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70 años bajo las estrellas

70 años bajo las estrellas

Ciro Bianchi Ross

 

Con mulatas despampanantes en escena, música contagiosa y desbordada,  humo, nostalgias, risas, abrazos,  aplausos y chin-chin de copas el mítico cabaret Tropicana, de la capital habanera, celebró su 70 cumpleaños. Una noche memorable que incluyó un recorrido por los grandes éxitos de siempre, pasado y presente del centro nocturno, y que desembocó en un primer gran final cuando, a los acordes de Tambor y Tropicana de Cuba, un video rindió merecido homenaje al coreógrafo Tomás Morales que celebraba sus 55 años de vida artística.

            Porque, en el aniversario del cabaret, los asistentes fueron partícipes de una justa tradición: la entrega del prestigioso trofeo Tropicana y otros galardones  a quienes, desde esa propia arena, han cimentado su leyenda.

            Actual Director Artístico y Primer Coreógrafo de esa sala de fiestas, Morales ha estado vinculado de manera ininterrumpida  a Tropicana durante más cuatro décadas. Quehacer que se le reconoció con la placa que así lo acredita, en tanto que con otra placa se enaltecía al colectivo de trabajadores del cabaret que con su labor anónima y no por eso menos importante garantizan el espectáculo.

Los trofeos esta vez fueron para Mary Salazar y Alberto y Armando Pérez. De Mery, entre otras actuaciones, se recordó su brillante presentación, junto a Rosa Fornés, primera vedette de Cuba, en la gran  tournée por tierras mexicanas de Tropicana 84. Alberto y Armando son los gemelos actuales del cabaret.

Durante los años 80 Tropicana contó con una atracción única: la inclusión de gemelos, mujeres y hombres idénticos,  en su nómina danzaria. Aportaron un capítulo de oro y una inequívoca señal de identidad en la noche habanera. Alberto y Armando son astros de esa constelación irrepetible.  

Dos figuras obligadas en las presentaciones de Tropicana en plazas internacionales. En Madrid, Milán, San Remo, Barcelona, Roma, Montecarlo… los han aplaudido por su excelencia danzaria y carisma desbordado. Cualidades esas que inspiraron al maestro Tomás Morales a crear para ellos coreografías antológicas,  como Los ojos de Pepa, La chancleta, French Can Can, Popourrit de mambos  y Rumba de taburetes; con las que los Pérez  cosecharon éxitos definitivos.

Hombre de fecundo genio creativo y altísima profesionalidad, Tomás Morales es maestro de maestros en el ámbito del espectáculo contemporáneo y uno de sus pilares más sólidos en Cuba.

En la noche de los trofeos se recordaron sus nexos con Tropicana, donde comenzó como bailarín. Incorporó seguidamente el canto a su arte hasta descubrir  su portentoso talento coreográfico e incursionar en la concepción y dirección de grandes puestas en escena no sólo para el cabaret sino también para la televisión y el teatro. Condujo la única y exitosa presentación de Tropicana en Broadway, así como su presentación especial, en la misma tournée de 1988,  en el recinto de la Organización de Naciones Unidas, puesta en escena que ganó para el centro nocturno la Medalla por el 40 Aniversario de la Victoria sobre el fascismo. Pero Morales es también presente. Así lo confirma su más reciente producción, Tambores en Tropicana.

Jornada inolvidable la de los 70 años del cabaret Tropicana, con mulatas despampanantes en escena, música contagiosa y desbordada, humo, nostalgias, risas, abrazos,  aplausos y chin-chin de copas, en la que se rindió homenaje a los que encumbran  las puestas en escena del paraíso bajo las estrellas.  

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Lectores de tabaquería

Lectores de tabaquería

Ciro Bianchi Ross

 

Un hombre lee mientras sus compañeros trabajan. Lo hace en voz alta y lleva de ese modo momentos de esparcimiento e instrucción a los que, sin mirarlo y concentrados en lo que hacen,  se aplican sobre la hoja delicada y oscura del tabaco que tuercen entre sus manos para formar la vitola que luego un fumador convertirá en aroma. Si les gustó lo que oyeron, esos tabaqueros, al final de la jornada, en señal de aprobación, golpearán al unísono con sus chavetas las tapas de madera de sus mesas de labor, y  tirarán al piso esas  cuchillas curvas, ideales para cortar y enrollar la hoja,  si lo que escucharon  no les convenció o les pareció poco apropiado.

Si el tabaco cubano es el mejor del mundo,  en su calidad alta y refinada influye,  de manera indudable,  el arte del lector de tabaquería que hace que el tabaquero  imprima a la hoja la pasión de lo que escucha. Solo así, dice el poeta Miguel Barnet, ese placer grande de la vida que es fumar deviene éxtasis supremo.

            Es una tarea  original, única aunque se hermana con lo que hacen los lectores de despalillo y de  escogida, las otras fases del proceso en la elaboración del torcido. No se repite en otros rubros productivos. Es cubana cien por cien  desde su inicio. Toda una institución. No parece estar lejana la fecha en que, a propuesta de Cuba, la UNESCO declare el quehacer del lector de tabaquería como Patrimonio Intangible de la Humanidad.

            No siempre el lector de tabaquería las tuvo todas consigo. El hombre que leería para sus compañeros apareció por primera vez en 1865, en la fábrica de tabacos El Fígaro, y no demoró en granjearse la ojeriza y la desconfianza de patronos y autoridades coloniales españolas. De los primeros, porque explotaban  mejor a un obrero ignorante. De las segundas porque temían que los ideales independentistas arraigaran y se consolidaran con aquellas lecturas. El caso es que aquel primer lector se vio privado de seguir en lo suyo apenas seis meses después de la primera lectura. Hacia 1880, sin embargo, volvieron a aparecer los lectores  y se consolidaron pocos años después con la entrada a la Isla de propaganda anarquista. Pero en 1896, iniciada ya la Guerra de Independencia, volverían a desaparecer. Muchas tabaquerías se habían trasladado al sur de la Florida y los tabaqueros cubanos en Tampa y Cayo Hueso fueron soporte invaluable de la Revolución. Con sus chavetas habían aplaudido los discursos de José Martí, mientras que los lectores hacían de su tribuna sitio perenne de arenga y exhortación patriótica. 

            Hubo en todo ese periodo lectores amenazados y golpeados y  la lectura se vio amordaza y censurada pues, como ocurriría también durante la República, los dueños de las fábricas de habanos pretendieron siempre, y consiguieron a veces, ejercer su control sobre lo que se les leería a sus obreros. ¿Qué se leía? Pronto las obras de José María Carretero, que usaba el seudónimo de El Caballero Audaz, dieron paso a textos más complejos de autores como Zola, Hugo, Balzac, Cervantes… Carlos Loveira, entre los escritores cubanos, gozaba de la mayor preferencia. Dumas y Shakespeare se llevaban las palmas, y tal fue la aceptación de que gozaron que personajes creados por ellos, como el conde de Montecristo y Romeo y Julieta, dieron nombre a famosas marcas de puros.

            Se leían además los periódicos del día. Había lectores especializados en hacerlo, mientras que otros resultaban insuperables en lo que se refería a narraciones. Cuando uno de ellos era capaz de asumir con maestría ambas vertientes, se le llamaba lector completo y era el más codiciado. Porque esa plaza se sacaba a concurso. Los propios tabaqueros convocaban el certamen y, convertidos en tribunal, elegían al que los convencía. Hasta bien entrada la década de 1960, que sepamos,  eran los propios tabaqueros los que retribuían su salario al lector.  Primero, cuando el lector era uno de ellos mismos, cada uno confeccionaba una cantidad mayor de tabacos de la que le correspondía para que así el lector pudiese acreditar ante el patrón  el cumplimiento de su jornada laboral. Ese sistema varió con los años y cuando los lectores empezaron a ser escogidos mediante certamen, cada tabaquero aportaba quincenalmente una modesta cantidad de dinero en efectivo para allegarle el salario.

            Hoy aquellas lecturas se ensanchan con una larga lista de escritores latinoamericanos y cubanos. Hay tabaqueros que pueden repetir de memoria capítulos enteros de importantes obras clásicas y modernas. Por el oído se han comido esos libros, como dice la Biblia; les pasaron a la sangre. Lecturas que deleitan y al mismo tiempo instruyen y ensanchan el mundo, y que terminaron por convertir a los tabaqueros en uno de los sectores más avanzados del movimiento obrero cubano.

           

           

           

           

El abanico

El abanico

Ciro Bianchi Ross

 

Vuelve a ponerse de moda en La Habana el abanico. Señoras ya con cierta edad no lo abandonaron nunca. Pero ahora se ve cada vez más entre las jóvenes que, junto con el teléfono celular, lo incorporan a sus accesorios. Tradición y modernidad juntas en el mismo bolso. No solo es un adminículo propicio para espantar el calor, sino que acompaña y añade un toque especial a la coquetería femenina.

            La cubana de ayer vivió entre grandes golpes de abanico. Los mejores y, por tanto, más caros, eran los que al abrirse y al cerrarse dejaban escuchar un chasquido que era casi una detonación. Y con qué sorprendente destreza lo manejaban para trasmitir un mensaje. Porque hay un idioma de los abanicos en el que fueron muy versadas nuestras antecesoras.

            Un abanico bien esgrimido es capaz de trasmitir un mínimo de treinta y seis mensajes. Posibilitaba la comunicación entre los enamorados en una época en que el encuentro a solas de dos que se simpatizaran mutuamente era casi impensable. El abanico fue entonces un arma secreta. Así, si una dama pasaba el dedo índice por las varillas de su abanico indicaba a su enamorado que le urgía decirle algo, y si se retiraba  el cabello de la frente con los padrones, el mensaje era casi una súplica pues le pedía que no la olvidara. La cosa se ponía fea para el amante si la dama se abanicaba con la mano izquierda ya que estaba celosa y si lo hacía muy despacio, el mensaje equivalía a indiferencia.

            Nada son los abanicos, dice Eusebio Leal, Historiador de La Habana, si no los despliega una mano de mujer en gesto de suave caricia, rubor escondido, seña propicia, altivez, desprecio, tentación.

            El origen del abanico se pierde en la noche de los tiempos. Era de uso corriente, entre ciertas capas sociales, en el antiguo Egipto hacia el año 3000 antes de nuestra era. Luego, lo encontraremos en representaciones etruscas, griegas, romanas y chinas, desde luego. En América se conoció antes de la llegada de los españoles pues el emperador de los aztecas, entre otros presentes, congratuló a Cortés con seis abanicos de plumas. Ya para entonces Colón había obsequiado una de esas piezas  a la reina Isabel la católica. Aparece en las manos de las esclavas en las pinturas murales de las tumbas faraónicas, acompaña a los césares romanos y, en las procesiones, a los pontífices de la Iglesia…

Con todo y aunque no quede constancia de ello,  el primer abanico fue muy anterior. Lo confeccionó el hombre con hojas de árboles o de palmas, tal como siguen haciéndolo hoy, con la fibra finamente tejida, los hombres del campo.

Se trataba siempre de abanicos rígidos. El abanico plegable o de varillas apareció en Japón en el siglo VII. Lo creó un comerciante de ese país  luego de observar minuciosamente el batir de las alas de un murciélago. Por eso se le denominó komori, palabra japonesa que identifica a ese quiróptero. Un buen día se expandió por Europa, llegó a España en el siglo XV, pero no es hasta el siglo XIX cuando en Valencia se inicia una producción importante y orientada a la exportación. Los hay finísimos y caros, confeccionados con  lacas negras y pinturas de oro puro, y también de plata, marfil y conchas nacaradas, y están los muy populares y corrientes, fabricados en serie,

cuya manufactura se abarata tanto que los políticos y  las casas comerciales pueden incorporarlos a sus campañas promocionales.

            En los fondos del Museo de la Ciudad, en el Palacio de los Capitanes Generales, de La Habana, obra una impresionante colección de abanicos. Va desde 1850 a 1900. Piezas preciosas y de un gusto exquisito.

            En estos días de ardiente verano, jóvenes cubanas han recordado que el abanico existe. Y aun sin que manejen su idioma ni sepan nada de los chasquidos con que sus abuelas sabían abrirlo y cerrarlo, su uso las hace más elegantes y atractivas.

 

 

 

 

 

 

 

 

             

 

La Habana, coqueta, oculta su edad

La Habana, coqueta, oculta su edad

Ciro Bianchi Ross

 

Todos los años, cuando faltan pocos minutos para la medianoche del 15 de noviembre, el doctor Eusebio Leal sale del Palacio de los Capitanes Generales y atraviesa la Plaza de Armas en dirección a  El Templete. Porta una de las antiguas copas de votación del Ayuntamiento habanero llena de centavitos que el Historiador de La Habana arroja y toma a su paso. Se inician así los festejos por la fundación de la ciudad, el 16. Ya en El Templete, Leal,  los que lo acompañan y el público que sigue la ceremonia, dan tres vueltas alrededor de la ceiba que se erige en el lugar. Fue precisamente bajo una ceiba que se hallaba en el mismo sitio donde  tuvieron lugar, dice la tradición, la primera misa y el primer cabildo de la villa,  el 16 de noviembre de 1519.

            Si nos atenemos a ese dato, la ciudad estaría celebrando ahora su cumpleaños 490. Pero su historia es más antigua y sus orígenes se pierden en una oscuridad profunda. Algunos historiadores dan el 25 de julio de 1515 como la fecha de su fundación, mientras que otros, y parece ser lo acertado, hablan del 25 de julio de 1514. Se estableció originalmente en la costa sur, en un sitio no precisado que se ubicaría entre el oeste del Surgidero de Batabanó y la bahía de Cortés. Esa villa primitiva se llamó San Cristóbal y fue la sexta población que formaron los españoles y no la séptima, como se creyó durante mucho tiempo. Solo cuando quedó establecida en la costa norte, en tierras del cacique aborigen Habaguanex, es que comienza  a llamarse, tal vez para diferenciarla de la otra,  San Cristóbal de La Habana.         Se desconoce asimismo la fecha de ese desplazamiento porque parece que en un momento coincidieron las dos Habanas. El traslado de la población del sur hacia el norte no fue una mudada organizada, sino un progresivo flujo de moradores. Ya en el norte, la ubicación primitiva de la ciudad se vinculó al río Casiguaguas o de la Chorrera, hoy Almendares. Sin embargo, los habaneros renunciaron a la facilidad de la obtención del líquido y buscaron un nuevo asentamiento en una isleta que, a modo de península, se proyectaba sobre la bahía. Antes se había asentado en el fondo del puerto, en las proximidades del río Luyanó, donde hubo una aldea aborigen y se trasladó a su asentamiento definitivo entre 1538 y 1540, cuando se construyó el primer castillo de La Fuerza, la llamada Fuerza vieja.

             Con objeto de recoger y avalar la tradición existente de que a  la sombra de una ceiba que existía en el lado noroeste de la actual Plaza de Armas se celebraron la primera misa y el primer cabildo, el gobernador Cagigal de la Vega erigió en 1754 una columna de tres caras con inscripciones alusivas al acontecimiento. Para dar solemne y ostentosa ratificación a ese sitio, el gobernador Francisco Dionisio Vives ordenó, en 1828,  construir en el mismo lugar El Templete conmemorativo. Un hecho contundente desmiente sin embargo la celebración de aquella misa y cabildo en dicho espacio pues la plaza de aquella primitiva villa estaba situada en un lugar que no se corresponde con el que después ocupara la Plaza de Armas. No debe olvidarse que si en el santoral católico actual  la festividad de san Cristóbal corresponde al 16 de noviembre, no siempre fue así, sino que se celebraba el 25 de julio hasta que Giovanni de Medicis, que ocupó el trono de San Pedro entre 1513 y 1521 con el nombre de León X, dispuso su paso para el 16 de noviembre a fin de que no interfiriera con las fiestas de Santiago Apóstol, patrón de España y de sus posesiones.

            Ya en 1532 La Habana era la población más importante de la Isla.

Entre 1537 y 1541 se organiza el sistema de flotas, que asegura el comercio entre España y América,  y La Habana se erige en el punto de reunión de los convoyes. En 1561 ese sistema se regulariza. La ciudad se transforma en la capital de la Isla y será a partir de ahí una de las piezas más codiciadas por parte de corsarios y piratas, lo que determina su fortificación. Ya en 1550, el gobierno había fijado, extraoficialmente, su residencia en La Habana. En 1556 tiene ya aquí el gobierno su residencia de manera oficial.  Y en 1592 Felipe II  concede a La Habana el título de ciudad.

            Todavía se conserva la columna de tres caras erigida por Cagigal de la Vega. El Templete conserva sus frescos interiores. Solo la supuesta ceiba de la fundación no en la misma; hubo que replantarla en 1959.

En las religiones afrocubanas, la ceiba es un árbol sagrado. Los negros venidos de África como esclavos depositaron en ella su leyenda. Para los creyentes, se asientan  en ese árbol todos los santos, los antepasados, los santos católicos y espíritus diversos. La ceiba recibe tratamiento de santo y no se corta ni se quema ni se derriba sin permiso de los orishas.

            Dicen que quien da tres vueltas alrededor de la ceiba de El Templete se le concede el deseo que formule. Así es de acogedora y generosa esta ciudad que, coqueta y presumida, celebra ahora su 490 aniversario cuando cumple en verdad 495 años.   

 

Parques de La Habana

Parques de La Habana

Ciro Bianchi Ross

 

Los parques conservan para siempre el encanto de la niñez. La primera y más remota expresión de propiedad social que pueda recordarse. El lugar que creíamos exclusivo aunque lo compartíamos con los primeros amigos. Donde  nos sentimos dueños sin que nadie nos lo adjudicara y  nos creímos  libres pese a que todo se hacía bajo la vigilancia de los mayores. Los mismos que luego serían ideales para los encuentros de la adolescencia  y a los que acudimos, ya en la adultez, a ver pasar la vida. Ir al parque, para los grandes, equivale, por lo general, a una actitud de dejadez; de matar el tiempo, de hacer nada.  Y es también una acción masculina. Van al parque los hombres y en ellos permanecen hasta que sospechan que en la casa están a punto de servir la comida. O, después de esta, a esperar que llegue la media noche y la casa bote el calor del día.

            Sitio de ocio bien llevado, donde se confunde el paseo con un retiro en cuya soledad se teje el oro apagado del recuerdo. Lugar que algunos convierten en mirador y en vitrina de sus vidas para esperar la oportunidad que no les llega porque son incapaces de buscarla.  

            La Habana cuenta con el parque urbano más grande del mundo. Se extiende a lo largo de unos ocho kilómetros. Es el Malecón. Su muro se convierte en un asiento  de piedra casi sin fin. Y dispone además de avenidas cuyos paseos centrales, arbolados y con bancos, son parques verdaderos. Ahí están, entre otros,  los de las calles G y Paseo, en el Vedado, vías  que con sus cincuenta metros de ancho llevan de alguna manera el mar a la ciudad;  el de la Quinta Avenida, de Miramar, que corre paralelo a la costa,  y el mítico Paseo del Prado, con copas, ménsulas  y leones de bronce, farolas, laureles frondosos y  bancos de mármol. Y están, por supuesto, los parques de barrio, presididos casi siempre por la estatua de alguien que merece ser recordado. En cada barriada habanera hay un parque llamado de los chivos, que buscan para pasar las horas estudiantes fugados de clase y jóvenes enamorados que quieren librarse de la curiosidad callejera y encuentran en ellos espacio discreto para el amorío.

            Urbes hay en Cuba que tienen más parques que otras, como Holguín, en el este de la Isla, la llamada ciudad de los parques. En parques del interior del país existió la costumbre inmemorial de que las muchachas los recorrieran en un sentido y los varones en sentido contrario y así lo hicieran hasta que dos de los que daban las vueltas simpatizaran o se atrajeran y empezaran a dar las vueltas juntos.  Hay parques que privilegian los estudiantes para el repaso de última hora antes del examen, y parques, como el de 21 y H, en el Vedado, del que, a la caída de la tarde, se adueñan  los perros más lindos de La Habana. Parques íntimos, casi una prolongación del hogar, donde los padres llevaron a sus hijos y terminan paseando a los nietos, y otros,  cosmopolitas como el parque Central y el del Quijote. El de la India atrae por su estatua de mármol que representa a la “Noble Habana”.  El parque Lenin, en el sur de la capital, merecería un punto aparte. Sus 745 hectáreas arboladas sirven de pulmón a la ciudad, al igual que el Metropolitano, a la vera del río Almendares.

Hay en la ciudad un parque de los cabezones, por los bustos de figuras egregias que allí se erigen.  Los del pescado, de los filósofos, de las lavanderas, de los enamorados y,  en las inmediaciones de la Universidad, el de los mártires. Y un parque de la Fraternidad Americana donde, hace más de 80 años, se sembró una ceiba con tierra de todas las repúblicas del continente y quedó cercada por una verja cuya puerta se abre con una llave de oro.

           

           

           

           

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Conversación con Cintio Vitier (II)

Conversación con Cintio Vitier (II)

Por Ciro Bianchi Ross

 

Acaba de publicar Nupcias, un volumen que recoge todos sus poemarios desde La fecha al pie (1981) y que inicia –o cierra- el tercer ciclo de su poesía, y Prosas leves, una selección de ensayos y artículos de circunstancia. Otro título suyo, Cuentos soñados, publicado en 1993, mereció uno de los premios de la crítica cubana correspondiente a ese lapso… Con setenta y tres años de edad, Cintio Vitier –poeta, narrador, crítico, ensayista- es la gran figura viva de las letras cubanas.

            Son tantos los títulos que ha dado a conocer desde que en 1938, con solo diecisiete años, publicara su poemario inicial –con prólogo de Juan Ramón Jiménez- que enumerarlos todos aquí resultaría casi imposible. Trabajador infatigable, dueño de una prosa que es pura delicia y fiesta de aciertos, renovador de la novelística nacional y sutil y lúcido explorador de sensibilidades, mereció, en 1988, por el conjunto de su obra, el Premio Nacional de Literatura.

            Conversar con Vitier es siempre una agradable provocación. Esta vez, durante tres horas, la plática fue de un tema a otro sin orden ni concierto, aunque en algún momento intentara centrarse en el cincuentenario de la revista Orígenes, próximo a conmemorarse. Lo que sigue es una versión aproximada de la entrevista que sostuvimos una tarde en su casa del Vedado.

ENTRE LA ESPADA Y LA PARED

-Lo cubano en la poesía es tal vez su obra cumbre. Se dice que ese libro es un testimonio vehemente de fe poética donde no se hace historia ni crítica, sino que en sus páginas la poesía se asume como experiencia personal. Revela la amarga confrontación del escepticismo ante la historia y la fe en la poesía. Si lo reescribiera ahora, ¿lo asumiría de la misma manera?

            -Lo dejaría tal como está, sin añadirle ni quitarle una sola coma. Es un libro que tiene su fecha y es así un testimonio de una época, y mi panorama personal –no una historia- de las esencias cubanas en la poesía. Lo escribí en 1957 y se publicó al año siguiente. Era la etapa más siniestra de la dictadura de Batista, yo no veía la luz al final del túnel, y, replegado al lado de la poesía, miraba con desconfianza hacia la historia, pero sumido ya en la búsqueda de una historia que tuviera sentido porque sabía que lo que da sentido a la historia es la poesía.

            -Los estudiosos advierten varios momentos importantes en la evolución de su pensamiento: Uno, en el que la poesía es para usted el reverso de la historia y otro, en que la historia es la sustancia de la poesía.

            -Esa forma de ver las cosas y la crítica situación que vive hoy nuestro país, explica el sentido de algunos de mis textos y la decisión de dar mi aporte, así sea modesto, a la vida política cubana, siempre en el campo de la cultura, por esa vocación origenista de incidir en la historia desde la poesía.

            “La poesía es un elemento estructural de este país, no superestructural, y se reafirma en los momentos durísimos que vivimos cuando lo que está en juego es la propia existencia de la nación”.

            -Tras la caída del muro de Berlín, Cuba perdió a sus socios comerciales tradicionales y Washington estrechó el bloqueo económico, comercial y financiero en torno a la Isla. Eso ha traído, como consecuencia principal, la aplicación de lo que aquí ha dado en llamarse periodo especial… La población sufre carencias de todo tipo, muchas de ellas traumáticas. Cierto es que no se advierten síntomas de descomposición social, o no son significativos, pero ¿cree usted que esta situación, de persistir, lleve al país a la desintegración?

            -El país sufre, pero no está desintegrándose. No ha perdido su orgullo ni su dignidad y mantiene, aun con grandes sacrificios, las conquistas sociales que logró.

            “Lo que hay que evitar a toda costa es el triunfo del anexionismo. José Martí, que dio entrada en su Partido Revolucionario Cubano a todos los hombres de buena voluntad que querían la independencia de Cuba, cerró el paso a los anexionistas. El anexionismo es fuerte en Cuba, no porque tenga muchos adeptos, sino porque lo respalda la potencia más poderosa del mundo. Si triunfa, sería la humillación total de este país. Por eso llegó la hora de estrechar filas en torno a la independencia. Luego se verá qué se hace, qué hacemos nosotros aquí, los cubanos”.

            -Quisiera retomar el hilo de lo que conversábamos antes. Hablamos de los momentos de su pensamiento. El tránsito entre uno y otro, ¿fue abrupto o paulatino? Pregunto esto porque si se mira hacia atrás en la trayectoria de Orígenes se advierten signos, síntomas, señales de que ese tránsito era inevitable. Quisiera que me relatara ese proceso.

            -Yo miraba con desconfianza hacia la historia y no podía hacerlo de otro modo. Todavía Lezama pudo participar en una verdadera manifestación estudiantil, la del 30 de septiembre de 1930, que marcó un hito en el devenir cubano. Cuando yo ingresé en la Universidad, encontré un gran descreimiento, y hechos como aquella histórica tángana no eran nada más que recuerdos.

            “Bueno, Machado había sido derrocado, pero la revolución del 30 fue un fracaso, y Batista, como jefe del Ejército, primero, y como Presidente constitucional, después, sembraba el terror y la muerte. En 1944 sobreviene algo peor: el triunfo electoral de Grau San Martín y todas las frustraciones que genera su actitud posterior. Se desarticulaba el movimiento revolucionario y progresista. Después, ya usted sabe, un hombre tan chabacano como Carlos Prío en la presidencia, y en 1952 de nuevo Batista en  el poder.

            “Eso en el orden interno. En la arena internacional, la república española, en la que pusimos tantas esperanzas, pierde la guerra contra el franquismo; se desencadena la Segunda Guerra Mundial, finaliza la contienda y surgen dos bloques que se oponen. Debo decir, con absoluta honradez, que nunca vi con simpatía ni claridad al bloque comunista. Sabíamos que la revolución de octubre buscó la justicia social en Rusia y que propició cierto esplendor cultural, pero el estalinismo, por un lado y la burocracia por otro acabaron con todo”.

            -¿Entonces?

            -Nos dimos al rescate de las esencias nacionales a partir de la poesía. Esa intención no fue exclusiva de Orígenes. Si volvemos sobre la etapa veremos que en las décadas del 40 y el 50 hay en Cuba un auge cultural indudable. Es la época de Orígenes, y son también los mejores años de Nicolás Guillén. Fernando Ortiz aporta algunos títulos esenciales a la cultura cubana. Florecen los estudios etnológicos, la pintura, la música, las investigaciones históricas, los acercamientos al pensamiento y a la figura de José Martí, que es especialmente atendido. Son los años de El monte, de Lydia Cabrera, de Historia y estilo, de Jorge Mañach; mi padre escribe un libro como Las ideas en Cuba. Parece que las energías mejores del país se replegaron en la cultura, más que en la política, que estaba muy desacreditada, y Orígenes está en esa línea, una línea de resistencia, de repudio a la frustración, a la ausencia de finalidad que se hacía visible en el país.

LA CUBA SECRETA

-Cuando yo hablaba de las señales, recordaba la serie de notas sobre la realidad cubana que con ese título publicó Lezama en Orígenes, y también aquel editorial que encabezó el número inicial de la revista, un documento diáfano en su defensa de las raíces cubanas.

            -Se ha dicho que Orígenes fue una publicación de torre de marfil y yo pienso que ninguna otra revista literaria cubana tuvo manifestaciones de tipo político tan constantes y claras.

            Orígenes comenzó a aparecer en 1944, pero hay señales anteriores, algunas tan remotas como la de enero de 1939. Yo había invitado a Lezama a participar en la lectura de poesía que tendría lugar en la Universidad y él, al aceptar mi invitación, me decía en una carta: “… Estas cosas parecen dejar tan  solo una  estela cremosa, y después resultan la mismísima voz central que a todos nutre y que de todos es apetecida. Ya va siendo hora en que todos nos empeñemos en una Economía Astronómica, en una Meteorología Habanera para uso de descarriados y poetas, en una Teleología Insular, en algo de veras grande y nutridor. Por todo eso y por su convite gentil…”

            -¿Valoró usted esas palabras en todo su sentido en ese momento o fue después que les concedió importancia?

            -Las valoré entonces y empecé a pensar en eso cada vez con más constancia y coherencia. Y fíjese, en 1954,  yo escribo a Lezama para agradecerle que nos hubiera dedicado a Fina y a mí su texto “Oppiano Licario”, que supusimos un cuento y que resultó ser un fragmento de Paradiso.

            “Le decía en aquella carta: “… Hace tiempo que estoy sintiendo en usted, en el impulso que posee a su persona, la más grande manifestación de entrega al destino que ha habido entre nosotros, después de Martí… vuelvo siempre a la idea de destino, que aparece cuando Historia y Poesía quieren confluir en un solo punto inapresable, integrar un solo cuerpo doloroso… confluencia y cuerpo que nos están mirando desde el centro de su palabra”.

            -Recordaba ahora un comentario de Lezama cuando usted publicó Extrañeza de estar. Dice que la historia daría constancia de los frutos de Orígenes porque la poesía tenía que encarnar en la historia.

            -¿Y dónde dejamos su “Secularidad de José Martí”? Lo escribió en ocasión del centenario del Apóstol y resulta profético al afirmar que Martí tomará carne cuando llegue el día de la desesperación y la justa pobreza, y cuando habla de la viviente fertilidad de su fuerza como impulsión histórica capaz de avizorarnos las cúpulas de los nuevos actos nacientes.

            “Sobre Martí, hay también un ensayo de Fina, de 1951, publicado en la revista Lyceum. Ella no ha querido incluirlo en ninguno de nuestros dos volúmenes de Temas martianos, pero los jóvenes lo descubrieron y el investigador Jorge Luis Arcos llamó la atención sobre ese texto por lo que tiene de una visión otra de Martí, una mirada desde la poesía, que lo vincula al destino más profundo y a la futuridad de Cuba. Es uno de los síntomas de la conciencia histórica y política que ya teníamos en vísperas del centenario martiano”.

            -¿Y aquellas páginas de María Zambrano?

            -Ahí tiene usted. Cuando publiqué la antología Diez poetas cubanos –Lezama, Ángel Gaztelu, Virgilio Piñera, Justo Rodríguez Santos, Gastón Baquero, Eliseo Diego, Octavio Smith, Lorenzo García Vega, Fina García Marruz y yo, esto es, los poetas de Orígenes- María, en su comentario “La Cuba secreta”, sobre ese libro, dice que los creadores que incluye ponen de relieve el testimonio de un país que todavía no ha despertado, pero que está a punto de despertar a la Historia, con mayúscula. Ve a diez poetas disímiles que anuncian el despertar de la historia dormida de la Isla. Y esto nos pone ya en la pista de una vocación profunda de Orígenes, que se manifiesta de manera espléndida en la ensayística de Lezama y se resume cuando en su artículo “El 26 de julio: imagen y posibilidad”, afirma: “La imagen es la causa secreta de la historia”.

            -Cintio, se dice que el tercer momento de su pensamiento está signado por la aceptación de la Teología de la Liberación y el triunfo de la revolución nicaragüense. ¿Por qué Nicaragua?

            -Mucho me entusiasmó –también a Fina- el proceso sandinista, sobre todo por la forma en que se vincularon allí catolicismo y revolución. Ernesto Cardenal fue, durante años, un activista clandestino de la revolución nicaragüense. Lo conocimos en México, en 1961, y en 1970, cuando estuvo en La Habana, conversamos mucho sobre la realidad cubana y la realidad de Nicaragua. Cuando en 1979 triunfa el sandinismo pudimos advertir que allí se superaban contradicciones que subsistían en Cuba. En Nicaragua, ser sacerdote no era obstáculo para ser ministro, digamos; eran sacerdotes y ministros Ernesto y su hermano Fernando y Miguel D’Escoto. Se entendía que un católico podía ser revolucionario y nadie sospechaba del católico que decía serlo. Además, nos provocaba honda satisfacción la forma en que el sandinismo asumió a Rubén Darío, como el gran poeta latinoamericano y universal que es, como lo había visto Martí, por encima de los errores políticos coyunturales que el autor de Azul cometiera como diplomático y como poeta. No había allí sectarismo cultural, como aquí, donde los funcionarios veían mal a Casal, a Heredia, a Lezama… Todos éramos mal vistos porque no hacíamos una poesía de consigna que ellos entendían como poesía social.

            -¿Se superaron en Cuba realmente situaciones como esas?

            -Sí, ser religioso no es obstáculo para militar incluso en el Partido Comunista de Cuba, y en lo que respecta a la cultura, Cuba vive hoy su mejor momento. Hay una apertura como no la hubo nunca antes y se enjuician con honradez y sinceridad etapas muy sombrías de nuestro pasado reciente, lo que pasó en el teatro cubano en los años 70, en la literatura, en la plástica.

            -Hace poco Miguel Barnet me decía que había quienes aludían a esa etapa con benevolencia llamándola  “quinquenio gris”, pero que para él fue un “decenio negro”. Fina y usted, y Lezama y otros, pasaron años sin poder publicar una línea. ¿Cómo juzga ese periodo?

            -Como algo muy injusto, pero Fina ni yo ni Lezama variamos por eso nuestra actitud hacia la Revolución. Lezama, que muere en 1976, no hizo nada por irse del país y no hay una sola declaración pública suya  en contra del Gobierno y sus dirigentes de primera fila.

            -Lezama definía su crítica a la realidad nacional como “casera y doméstica”.

            -La llamaba también “crítica de avituallamiento”. Imagínese, con las carencias actuales, qué diría si viviera ahora…

            -¿Recuerda esa etapa sin amargura?

            -Con mucha amargura, porque recibimos un castigo que no merecíamos. Lo he dicho otras veces, para mí todo estaba muy claro: al cabo de varios años de lucha interior y solitaria (Fina formaba parte de mi soledad, yo de la suya) comprendí, con la ayuda providencial del padre Camilo Torres, que ser revolucionario para mí no podía significar otra cosa que ser cristiano. Lo que parecía mi mayor conflicto era mi única solución. Si no todos entendían, era un precio pequeño el que pagaba. Ciertamente había llegado tarde, quizás no estaba ni invitado, pero mi conversión militante a la causa de “los pobres de la tierra” –preparada en secreto, más o menos oscuramente, por toda mi experiencia anterior- era irreversible.

            “Claro, los funcionarios no podían entenderlo. Sin embargo, en ningún momento nosotros confundimos su actitud mezquina y torpe con la corriente fundamental de la Revolución. Eran dos cosas bien diferentes. Y nuestros principios estuvieron por encima de todo, incluso de las ofensas personales, por muy desgarradoras que fueran”.

            -¿Melló el fracaso de la revolución sandinista su visión del mundo?

            -El sandinismo no ha muerto. No desaparece un movimiento que tiene en su raíz a figuras como Sandino y Fonseca Amador. Yo confío en las fuerzas morales y poéticas de los nicaragüenses que en tiempos de su revolución no decían “Viva Sandino” sino “Sandino vive”.

            “Aunque pudo haber habido algo de corrupción en algunos dirigentes sandinistas, no hay duda de que el hostigamiento norteamericano fue superior a la resistencia nicaragüense. Los llevó al hambre y a la guerra, y el pueblo, en las elecciones, votó contra esos flagelos. ¿Qué obtuvo? Migajas. Washington le prometió mucho y le dio muy poco, con cuentagotas.

            “Ahora nos toca evitar que la agresividad norteamericana sea superior a nuestra resistencia. Hay quienes se asombran de que Cuba pueda resistir una ofensiva tan brutal como la de ahora. Desconocen que en la raíz de este pueblo están Félix Varela, Luz y Caballero, Céspedes, Agramonte, Maceo, Martí… y que la Revolución responde al ideario de nuestros padres fundadores. No hay otra explicación.

CONFLUENCIA POÉTICA

-Estamos en vísperas del cincuentenario de Orígenes. ¿Cómo ve desde hoy esa revista?

            -Orígenes significa la presencia aislada y firme, durante doce años, de un reducto de creación poética del que iban a salir nombres y obras perdurables. Significa también un rechazo a la desintegración circundante, y un rescate de esencias cubanas profundas frente a la invasora penetración cultural norteamericana. Significa, en fin, la apertura de modos de expresión que, alimentados con fuentes universales, enriquecieron las posibilidades creadoras de varias generaciones de poetas, incluso hasta nuestros días.

            -Octavio Paz dijo que Orígenes era la mejor revista literaria del idioma. Asombra la forma en que confluyen en sus páginas poetas, pintores, músicos… y sorprende también que fuera un grupo tan disímil en su forma de hacer la poesía.

            -Nos agrupamos en torno a la revista, formamos un grupo, pero la poesía de cada uno de nosotros no se parece a la del otro ni ninguno de nuestros poemas se parece a los de Lezama.

            Orígenes fue una conjunción de gente muy diversa quizás por eso que Lezama llamaba el azar concurrente. Allí convergíamos la promoción de Lezama –Gaztelu, Baquero, Piñera y Rodríguez Santos, que nacieron alrededor de 1910- y la nuestra –Fina, Eliseo, Smith, García Vega, que nacimos después de 1920. En la década del 50 afluyen poetas más jóvenes: Fernández Retamar, Pablo Armando Fernández. Pedro de Oráa, Fayad Jamís.

            “Esa conjunción da idea de un criterio muy arraigado en Lezama: superar la teoría de las generaciones, no fomentar la polémica generacional e ir a lo histórico protoplasmático, marchar unidos a través del protoplasma histórico. Siempre dijo –usted recordará que era muy reiterativo- que todos debíamos a aspirar a pertenecer a una sola generación, la de José Martí”.

            -¿Cómo se hacía Orígenes? ¿Obedecía a la decisión única de Lezama o el resto del grupo intervenía de alguna manera en su elaboración, planes, etc.

            -No nos reuníamos. Lezama nos pedía determinada colaboración y luego recibíamos la revista impresa. Él se ocupaba de todo, de estructurar los números, de seleccionar los textos, de llevar los materiales a la imprenta, de repartir los ejemplares por dos o tres librerías y ponerlos en correos. Lezama jamás ganó un centavo con la revista ni a nosotros se nos retribuyó nunca una colaboración. Sí había entre él y José Rodríguez Feo, que era el codirector, un intercambio, casi siempre epistolar, sobre los textos que se incluirían en cada número.

            -Cuando Lezama y Rodríguez Feo se separan, se forma un consejo de colaboración en que figuran usted, Fina, García Vega, Julián Orbón, Eliseo, Gaztelu y Smith.

            -Sí, fue un consejo que nunca funcionó porque Lezama, ya como director único de Orígenes, jamás lo llamó a funcionar. Cuando sobreviene la ruptura, Lezama queda muy solo y yo me uní más a él en el trabajo de la revista. Yo, que siempre había publicado mucho en Orígenes, puse énfasis entonces en mi quehacer de traductor a fin de suplir las traducciones habituales de Rodríguez Feo. Es la época en que traduje Las iluminaciones, de Rimbaud, y El canje, de Claudel, entre otros textos.

            -Se tiende ver a Rodríguez Feo como el mecenas de Orígenes. ¿Fue ese exclusivamente su papel?

            -Rodríguez Feo pagaba la revista, ciertamente, y fue también un activo colaborador de Orígenes, la enriquecía con sus ensayos y traducciones. Él hizo más de noventa traducciones de autores anglosajones muy importantes. Recuerdo que varias notas críticas que publiqué en la revista, me las pidió Rodríguez Feo. Tenía muy buenas relaciones, viajaba mucho y eso posibilitó a la revista, que tenía una tirada muy limitada -250,  300 ejemplares- una difusión excelente. Gracias a él entró en Orígenes lo anglosajón, representado por grandes escritores como Eliot, Wallace Stevens, George Santayana… quienes autorizaron especialmente las traducciones de su obra que aparecieron en la revista.

            “El caso de Rodríguez Feo no es el del muchacho que va a Harvard y regresa deslumbrado por la cultura norteamericana. Rodríguez Feo asimiló esa cultura y en Estados Unidos se relacionó con escritores muy críticos, algunos de ellos verdaderos disidentes de la cultura norteamericana. Por eso en Orígenes no hay un rechazo programático a lo norteamericano ni tampoco el mimetismo que se evidencia en generaciones posteriores a la nuestra”.

            -Orígenes no se plegó a los ismos. Dio cabida en sus páginas a grandes escritores latinoamericanos –Paz, Carlos Fuentes, Gabriela Mistral…- a escritores cubanos de generaciones precedentes, como Carpentier,  Eugenio Florit, Mariano Brull y Dulce María Loynaz: a poetas y ensayistas de la España “peregrina”, como Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda, Jorge Guillén, Pedro Salinas, y fue también una galería espléndida de arte cubano.

            -Había cosas que no podían entrar en Orígenes, pese a ser un estado de concurrencia poética. Los escritores marxistas nos vieron con hostilidad; éramos católicos y esa diferencia no era fácil de superar en aquellos años. Sin embargo, un poeta como Nicolás Guillén aparece con todos los honores  en mi antología Cincuenta años de poesía cubana, y en Lo cubano en la poesía. Nosotros fuimos muy entusiastas con la obra de César Vallejo, más entusiastas que los mismos comunistas cubanos”.

            -Vallejo entra en Orígenes llevado de su mano.

            -Ese fue un gran aporte. Influye en mí, en Fina, en Eliseo incluso. En una conferencia de 1944, “Experiencia de la poesía”, reconocí el influjo que ejercían en mí tres poetas aparentemente irreconciliables: Juan Ramón, Lezama y Vallejo. Rimbaud se añadiría a ellos con el tiempo. No creo haber hecho una gran obra, pero vivo orgulloso de mi capacidad de integración.

            -Vallejo entró al grupo Orígenes por usted, pero en la revista no se publicó nada suyo.

            -No digo que se publicara, hablo de la influencia que ejerció en algunos de nosotros. En Orígenes sí aparece, por ejemplo, ese poema de Fina que es “Carta a César Vallejo”. Ahora que hablo sobre esto, yo nunca supe qué pensaba Lezama acerca de Vallejo.

            -Le pregunté una vez y me dijo, simplemente, que le parecía un poeta “rechupado”, lo que puede ser un denuesto o un elogio, todo está en dependencia de la intención con que se usó el adjetivo. Si lo empleó como sinónimo de enjuto, entonces está bien. Vallejo es un poeta enjuto; dice mucho con poco.

            -Nosotros fuimos y somos vallejianos… Y en cuanto a lo que usted recordaba acerca de los ismos, un pintor como Wifredo Lam, digamos, no aparece en Orígenes como un surrealista, sino como el gran creador que fue.

            -Se anuncia para fines de junio próximo la celebración del coloquio internacional sobre Orígenes. ¿Ha sido difícil la convocatoria?

            -Orígenes es una fábula. Uno se asombra de la cantidad de estudiosos y admiradores que tiene la revista en Cuba, en América Latina, en Estados Unidos, en Europa. Así, las respuestas y el interés por participar, son numerosos.

            -Cuando usted dice fábula, ¿quiere decir que es una leyenda?

            -También eso. Ahora, cuando me presentan por ahí, dicen: Cintio, miembro del legendario grupo Orígenes. Y yo, en vida, me veo metido en la leyenda.

EL DIPUTADO

 

-Usted es diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular. Todo parlamentario tiene un programa. Imagino que Cintio Vitier no sea la excepción.

            -Soy diputado por Bayamo, por una circunscripción que comprende el casco histórico de esa ciudad, que es Monumento Nacional, y los barrios rurales de Guasimilla, Los Mangos y Caurege, en la provincia Granma, en el oriente de la Isla.

            “Tengo una vieja relación amorosa con Bayamo. Comenzó en 1962 cuando publiqué la edición facsímil de Espejo de paciencia, el  monumento más antiguo de las letras cubanas que ha llegado a nosotros. Prosiguió con mi descubrimiento de Tristán de Jesús Medina, un poeta y orador sagrado nacido en Bayamo, y continuó con la publicación de mi libro Rescate de Zenea, también bayamés.

            “Yo no quería ser diputado. Cuando me hablaron de esa posibilidad, la rechacé por problemas de salud –había sufrido poco antes un paro cardiaco- y porque pensaba que como escritor católico en la Revolución podía ser más útil si me mantenía al margen de toda estructura política. No se me hizo caso; lanzaron mi candidatura y salí electo.

            “Como diputado he trabajado sobre dos cuestiones básicas como miembro de la comisión parlamentaria de Educación, Cultura, Ciencia y Tecnología. He estado muy cerca del Ministerio de Educación para colaborar en la recuperación de la tradición de la pedagogía cubana, que un poco se perdió cuando en el país se comenzó a copiar el modelo soviético, lo que hizo mucho daño, sobre todo en la enseñanza de la Historia. Parte de mi trabajo dentro de esa comisión se encamina a garantizar además la presencia de Martí en la educación cubana, desde el círculo infantil hasta la universidad. No es impartir a Martí como una asignatura, lo que no tendría ningún sentido, sino hacer de Martí una compañía para el estudiante.

            “Tengo asimismo otros proyectos concretos: el de la restauración de la plaza de Bayamo donde se cantó por primera vez el Himno Nacional, y de la iglesia parroquial de la ciudad, que se abre precisamente sobre esa plaza y que fue una de las pocas edificaciones bayamesas que no sucumbió al incendio a que los patriotas sometieron la villa antes de entregarla a los españoles, en los inicios de la Guerra Grande. Y el de fomentar bibliotecas martianas en la provincia de Granma. Además, presido el grupo parlamentario cubano-italiano de amistad, y eso genera también sus ocupaciones”.

            -Uno se asombra de su copiosa bibliografía. Prácticamente no pasa un año sin que aparezca un nuevo título de Cintio Vitier. Así ha sucedido durante largo tiempo. ¿Cómo se las arregla?

            -Mi secreto está en carecer de método de trabajo y planes preconcebidos. No soy de esos que dicen: yo escribo todos los días, de tal hora a tal hora, porque, en realidad, no tengo método de trabajo. Lezama se reía mucho de los que afirmaban que escribían de noche. Esos señores, repetía, no se percatan de que uno siempre escribe de noche, es decir, la raíz y la atmósfera de la creación es siempre la noche.

            “Yo trato de organizarme un poco y de aprovechar el tiempo y las circunstancias de la vida. El inconveniente es que ahora, ya jubilado, tengo más trabajo que antes. Cuando todavía laboraba en la Biblioteca Nacional o en el Centro de Estudios Martianos, de que aún soy asesor, la gente se compadecía de mí: Bueno, decían, el pobre Cintio, que es ya un señor mayor y sigue trabajando, ¿por qué cargarlo con esa tarea? Ahora sucede lo contrario. El pobre Cintio, dicen, que ya está jubilado, vamos a darle esta tarea para que no se aburra en su casa.

            “Cuando usted lea un libro como Prosas leves se dará cuenta de que es un monumento a la interrupción. Uno está trabajando en algo de cierto aliento y extensión y viene alguien y le pide que escriba un ensayo para tal cosa o un artículo para tal fecha, y esos textos de circunstancia son los que están en ese libro. Pero por suerte la poesía viene cuando ella quiere, sin pedir permiso,  y nos exige y toma de nosotros lo que necesita”.

 

1994

 

           

           

           

           

           

Conversación con Cintio Vitier (I)

Conversación con Cintio Vitier (I)

Ciro Bianchi Ross

 

 

Todas las mañanas, antes de las ocho, un hombre maduro, de regular estatura, pulcramente vestido, desciende en una de las paradas de la Plaza de la Revolución del ómnibus que abordó una media hora antes. Se dirige al edificio que ocupa la Biblioteca Nacional y se introduce en el elevador. Su “celda de trabajo –llamada así a su cubículo- lo espera para comenzar la labor del día.

            Es Cintio Vitier, una de las personalidades más brillantes y atrayentes de la actualidad cultural cubana. Poeta de obra rica e intensa que ha recogido íntegramente en dos gruesos volúmenes –Vísperas, 1953, y Testimonios, 1968-; crítico y ensayista medular e imprescindible –La voz de Gabriela Mistral, 1957, Lo cubano en la poesía, 1958, Temas martianos, 1958; Crítica sucesiva, 1971-; antólogo –Diez poetas cubanos, 1948, Cincuenta años de poesía cubana, 1952, La crítica literaria y estética en el siglo XIX cubano, 1968-1974-; traductor –Las iluminaciones, 1954-; investigador literario –edición facsímil y crítica de Espejo de paciencia, 1962-: editor –Obra poética, de Emilio Ballagas, 1955, Epistolario, de Juana Borrero, 1966-1967) –esta lista no es sino una pálida muestra de su ser y laborioso quehacer. Habría que consignar también sus actividades como profesor, conferencista y director de publicaciones y también muchos títulos más.

            Esta es la cuarta vez que voy a entrevistarlo. Nuestras entrevistas anteriores tuvieron como temas a José Martí y a Juan Ramón Jiménez. Al enterarse de que esta versaría sobre su vida y su obra, la modestia se pone en marcha. “Mi vida no me interesa tanto como para hacerla tema de una entrevista”, dice. La modestia rinde su pendón luego de unos cuantos días de asedio y el poeta, al parecer, se olvida de ella en el transcurso de la conversación, pero al final me dice: “Examiné mi vida y mi obra y me di cuenta de que no he hecho casi nada”.

 

“POETA Y MÚSICO, VOCATIVO…”

-¿Por qué nació usted en Cayo Hueso?

            -Nací en cayo Hueso porque mis padres estaban de viaje en ese islote cuando me llegó la hora. Me complazco pensando que Martí llamó al “Cayo querido”, donde se aprobaron las bases del Partido Revolucionario Cubano, “la yema de la República”. En agosto de 1958 estuve allí con mi mujer, visitando conmovido los lugares sacros de la emigración. Entonces escribí “La luz del Cayo”: “Una luz arrasada de ciclón,/ aquella misma luz que vi de niño/ en las mañanas nupciales del miedo…”, refiriéndome a los ciclones que asustaron mi niñez matancera. Porque lo curioso es que me identifiqué con aquel paisaje de arenal y pinos, vacío y en cierto modo intocable como una absoluta lejanía, y además tan pobre en su intemperie, como si fuera mi paisaje prenatal. Los temas de la aridez y de la lejanía están siempre ligados en mis versos a ese fondo salvaje de un lugar donde nunca viví.

            -Política, literaria, filosóficamente ¿cómo influyó su padre, el ensayista medardo Vitier, en usted? ¿Aceptó siempre su influencia?

            -La influencia, si puede llamarse así, de mi padre en mí, fue sustancial e inmedible, y seguirá siéndolo siempre, pero yo no diría que fue política, literaria ni filosófica. Si tuviera que especificarla, diría que fue esencialmente ética. Mi padre fue el mejor hombre que me conocido, y lo consideré siempre, de niño y de adulto, un modelo vital que me asiste sin tregua. Su eticidad laica, de raíces cristianas y estoicas, estaba entrañablemente unida a la tradición cubana de Varela, Luz, Varona, Martí, que es la herencia espiritual y patriótica en que tuve la fortuna de criarme y formarme (enlazada a la tradición mambisa de mi madre, hija de Chema Bolaños, general de la Guerra del 95). Frente a ese legado que él me trasmitía cotidianamente con pureza, emoción y sonrisa, la natural diversidad de criterios que podía surgir en otros planos, carecía de importancia.

            -¿Nunca sintió la necesidad de rebelarse contra la influencia de su padre?

            -No. Nunca sentí “la necesidad de rebelarme” contra el mundo de mis padres, cosa que ha sido tan común en generaciones posteriores y que siempre me ha parecido un síntoma de inseguridad. La condición de auténtico librepensador de mi padre me ayudó  a serlo yo también y a escoger libremente caminos diversos y propios que no necesitaban fundarse en ninguna rebelión. Era, sencillamente, otro crecimiento desde la raíz.

            -Sabemos que realizó estudios musicales. ¿Avanzó mucho en ellos?

            -Comencé a estudiar violín a los siete años, en Matanzas, con Miguelito Failde, sobrino del inventor del danzón. En unos versos nostálgicos titulados “El coche oscuro”, en que mezclo sensaciones de Matanzas y la finca de mi abuela materna, lo aludo como el “difunto mulato y violinista fino/ que me saluda suave como la estatua de su hastío”. Di clases con Gustavo Lamothe, que me llevaba a tocar en las misas dominicales de la iglesia de los Carmelitas, bajo la dirección del maestro Ojaguren, pedaleando y cantando en el órgano. Recuerdo también a Aniceto Díaz, flautista, autor del danzonete, en cuya casa de música compraba mis estudios, y a Periquito Diez en el contrabajo. Mi hermano Augusto, siete años mayor que yo, era barítono en el coro.

            “Guardo un recuerdo encantador de aquellas mañanas en los Carmelitas, completamente ajeno al misterio de la misa, compartiendo allá arriba, en la penumbra, el alegre y despreocupado mundo de los músicos, que por suerte ha venido a ser el de mis hijos.

            “Finalmente, viviendo todavía en Matanzas, y ya después radicado en La Habana, seguí mis estudios de violín –en realidad, tuve que recomenzarlos por problemas de técnica- con el profesor Juan Torroella, quien me presentó en la sala Espadero tocando el Concierto en la menor, de Vivaldi. Por aquel tiempo estuvo en La Habana Ángel Reyes, Premio del Concurso Internacional de Bruselas, el mejor discípulo de Torroella, quien había sido maestro también de Virgilio Diago, concertino de la Sinfónica y padre del pintor que ilustraría De mi provincia, y Divertimentos, de Eliseo Diego. Tuve entonces el honor de tocar con ellos y con un grupo de alumnos de Torroella, como homenaje al maestro, en el Auditorium, la Cavatiwa, de Raft.

            “De la época que venía de Matanzas a La Habana a dar mi clase semanal proceden las imágenes de “Calle mojada y paraíso”. Por último, al morir Torroella (sobre el que publiqué una nota necrológica en la Revista Cubana)  prácticamente abandoné los estudios de violín, aunque intenté reanudarlos con el maestro Molina. Durante años seguí tocando en familia, acompañado por mi suegra Josefina Badía, pianista cariñosa y solar, algunos conciertos de Bach y Mozart, algunas sonatas de Beethoven, Brahms y César Franck. Ella me llamaba, jovialmente, “su Paganini”.

            -A su juicio, ¿en qué momento el poeta comenzó a eclipsar al músico?

            -Nunca llegué a ser, en rigor, músico, aunque así me llamara Juan Ramón Jiménez en su prólogo autógrafo a mis versos de los diecisiete años (“poeta y músico, vocativo…”) porque siempre me veía con mi estuche o quizás queriéndole dar a esa palabra un sentido más amplio. Ojalá lo hubiera sido, y nada más, ahorrándome así las amarguras de la llamada vida literaria. No hubo, pues, tal eclipse.

            -¿Cómo se revela la música en su poesía?

 

            -La poesía es, ante todo, música. Como ella, nace y se nutre del silencio. Cada poema se nos aparece siempre, de entrada, como la insinuación de una melodía, de una tonalidad, de un ritmo interior. Por otra parte, cuando yo estudiaba durante muchas horas el violín, incluso haciendo escalas o ejercicios mecánicos de digitación y arco, pensaba mucho en la vida, soñaba cosas y hacía poemas que nunca escribí, pero sin los cuales probablemente nunca hubiera escrito los otros. El estudio disciplinado de un instrumento musical constituye, además, una ascética del cuerpo y del alma equivalente a los ejercicios espirituales: fortalece a la vez la voluntad y la humildad, nos enseña a sonar y a consonar íntegramente, a participar en la matemática del universo, y nos afina el oído del corazón, que es el de la poesía.

JUAN RAMÓN EN CUBA

-¿Qué significó para usted la estancia en Cuba de Juan Ramón Jiménez?

            -Significó, literalmente, el deslumbramiento de la poesía encarnada en una presencia humana, como si hubiera conocido a Apolo o a Orfeo. Yo acababa de pasarme varios meses leyendo y releyendo el primer libro de poesía verdadera que había caído en mis manos: Segunda antolojía poética, de Juan Ramón Jiménez, librito encuadernado en pasta azul que había encontrado en la biblioteca de mi padre, talismán que guardo contra todo mal. Tenía entonces quince años, escribía mis primeros versos, estudiaba violín. Me parece que oigo todavía la voz de Camila Henríquez Ureña (“No podrán quitarle como a Garcilaso el dolorido sentir…”) presentando a Juan Ramón en su conferencia sobre “El trabajo gustoso”, patrocinada por la inolvidable Institución Hispanocubana de Cultura que dirigía don Fernando Ortiz (de esta espléndida obra suya se habla poco) en el Teatro Principal de la Comedia, arriba, con mi reciente y misterioso amigo Eliseo; y desde la penumbra alta del Campoamor presencié también el acto en que leyeran cosas magníficas algunos de los poetas más importantes de La poesía cubana en 1936, presentados esquisitamente por Juan Ramón, en ámbitos de maravillas y tensiones.

 “El dolor de la república española parió grandes júbilos para mi generación en La Habana. El tránsito de los republicanos, la compañía de Margarita Xirgu, la presencia de Juan Ramón, todo aquello fue de algún modo, aunque no lo sabíamos, como una devolución de la dolorosa visita de Martí desterrado a España. Había en todo aquello algo más que lo que se veía. La noche de Fernando de los Ríos habló de Martí en el Aula Magna de la Universidad de La Habana conocí a Lezama. Yo tenía fiebre, recuerdo que Lezama dijo: “Quien no haya leído la Historia de las ideas estéticas en España absténgase hablar de literatura… y quién presenta al profesor Lavín” –pero estos eran signos exteriores, estaba sucediendo otra cosa.

            “Algún tiempo después, o no, más bien antes, gracias al generoso entusiasmo de José María Chacón y Calvo, aquel príncipe absoluto de la poesía quiso llanamente recibirme en el comedor alto del hotel Vedado (hoy Victoria) para leer mis pobres versos que de su voz salían azorados, y calificarme los mejores con un 1, los regulares con un 2, los otros, ay, con nada, y ponerles con su lápiz de dios el título justo: Luz ya sueño. Su bondad no era paternal, no era crítica, no era generosa. Era sencillamente. Su justicia, era, quiero decir, es. Con su rostro a la vez pacífico y feroz de esencias, con su mirada de ascua negra, sus labios de ascua roja, su barba arábigo andaluza, sus dientes de esplendor lunar, su frente señalada por, para, donde él estaba, estaban la ley, el sí y el no, la precisión, la autoridad. El número vivo de la flor en suma. El examen fue satisfactorio. Salí con mi nota de sobresaliente en el corazón  a los pinos radiantes del hotel Nacional. La alegría, indecible. Y después una noche me invitó a oír música en casa de Antonio Quevedo y María Muñoz: Kreisler tocando a Beethoven, Casals a Granados (y el cuento que él hacía de la muerte alucinada de Granados, que se tiró al mar por una falsa alarma y los otros cuentos de Benavente y Antonio Machado, que eran todos delirantes, más allá de la mentira y la verdad) y el trío de Debussy para arpa, flauta y piano, que era oír, girando en el disco negro maniáticamente vigilado por Quevedo, toda una época de Juan Ramón, increíblemente allí al lado, tan sobrio al opinar; y luego, una tarde, me invitó a su memorable lectura por radio, “Ciego ante ciegos”, en que dijo rayos puros de la hermosura total; y una mañana, en que volví a nacer, recibí de Nueva York su autógrafo bautismal para mi primer libro; y las cartas de Washington, de Coral Gables, de Río Piedras.

“Y haberme enterado después de su muerte, que en sus papeles estaba mi nombre para hacer una semblanza en otra edición de Españoles de tres mundos. ¿Orgullo? Sí, desde luego. Y sobre todo porque a Fina y a Bella las conocí, primero desde lejos en la penumbra de aquellos teatros mágicos de la adolescencia, después de súbito, personalmente, en los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad  Encantado!, en efecto, para siempre) a través y a favor y en la poesía para nosotros fundadora y nupcial de Juan Ramón Jiménez”.

            -¿Qué influencia ejerció Juan Ramón sobre los poetas cubanos que lo conocieron?

            -Si por influencia entendemos algo que se refleja visiblemente en la escritura, creo que un solo poeta cubano recibió la impronta juanramoniana de ese modo. Me refiero a Eugenio Florit, cuyo granado Doble acento apareció con un prólogo fijador, traspasador de Juan Ramón.   

            “Florit fue cogido por el hechizo de la lucidez juanramoniana (no era para menos, es fácil hablar cuando no se ha recibido ese prólogo irresistible) de tal modo, que su escritura posterior cambió en homenaje al prologuista, escogiendo, de las dos líneas señaladas en su poesía, la “neta” frente a la “barroca” cuando en verdad Juan Ramón prefería la fusión de ambas líneas en un solo estilo igual o encadenado, el rico contrapunto del “Martirio de San Sebastián” y las “Estrofas a una estatua”. Bien, de una u otra forma, Juan Ramón estaba en su destino y Florit se juanramonizó hacia lo que prefería de sí mismo.

“En otros poetas, el influjo fue menos verificable, más misterioso. Lezama, por ejemplo, entró en lo juanramoniano haciéndolo a su vez entrar en lo lezamiano, convirtiéndolo en tensión de fuerzas, en juego de resistencias, en desafío de esencias: de ahí el memorable Coloquio, que parece un torneo donde la cortesanía no oculta la batalla diseñada por la imaginación del cubano, alimentada por la sorpresa del andaluz. Sorpresa ante una cultura poética inesperada, que le hacía las preguntas de la resaca marina. El andaluz se defendió con realeza, remontándose en  lo reminiscente a las fuerzas de Tarsis. El tema central fue la isla, la insularidad, el mito de la lontananza. Solo un viajero tal, enviado de la zona más americana y profética de España, merecía provocar tales cuestiones, y la ocasión fue aprovechada por el poeta de “Noche insular” en un diálogo soñado, submarino, de inteligencias fosforescentes.

“Para los más jóvenes, Juan Ramón fue un prodigioso estimulador. Su influencia en mí, después  del vuelco vallejiano que pareció situarme en las antípodas, se siguió ejerciendo más profundamente a través de su poesía americana, desde Animal de fondo hasta Espacio, con un hambre de realidad que a la postre se sumó en mí a la del peruano, hambre cifrada en este verso clave para mi deseo: “El más, el más, camino único de la sabiduría”.

            -¿Qué importancia concede a La poesía cubana en 1936?

            -La poesía cubana en 1936, el granero, tuvo y tiene un valor histórico indudable, como corte geológico de la tierra poética cubana de los años 30. Si se hubieran seguido publicando colecciones análogas en los años sucesivos, según el deseo de Juan Ramón, probablemente se hubiera oscurecido el valor ejemplar de una colección que se sitúa, como muestra o cala, entre las antologías de Lizaso y Fernández de Castro (1925) y la mía de 1952.

“Cuando digo ejemplar no quiero decir inobjetable (cosa que además no pretendía) pues aún como “granero de la cosecha mejor o buena de los poetas cubanos en 1936” tuvo a mi juicio una falta grave: la de no incluir “Muerte de Narciso”, de Lezama, que era lo más original de aquel momento.  Pero sabemos que lo más original, en su manifestación primera, es siempre lo más desconocido. Un granero, después de todo, resulta lo contrario de un vaticinio, y Juan Ramón se equivocó en casi todos los jóvenes que,  en la Nota final del libro,  señaló como promesas.   Fijó en cambio magistralmente “las tres líneas mejores” (Guillén, Ballagas, Florit) de lo ya logrado dentro de la actualidad de aquellos años, planteó bien los problemas de nuestra “independencia poética” a partir de Martí y Casal: “uno por el camino del espíritu y otro por el que él entendía del arte”, y señaló la necesidad, precisamente por ser Cuba una isla, de “ir al centro siempre, no ponerse en la orilla a aullar a otra vida mejor o peor de nuestro mismo mundo, peoría o mejoría que puede ser la muerte”. Válido consejo, de tan martiano sabor, en todo tiempo. Y más cercano aún al nuestro, su discrimen sobre la poesía “revolucionaria”, que dijeron que no figuraba en su colección (igual que iban a decirlo de mi antología del 52) a lo que respondió seguro con palabras de perennidad sencilla: “Es cierto que se dijo que cierta escritura rimada, retórica social de mitin, altisonante, eterna y vacía, no es propia de este libro, y “eso” ha quedado fuera; pero en muchas de las pájinas vibra una poesía dolorosa, directa, honda de verdadero sentimiento social. A esta poesía le damos el mismo trato que a la otra, la de amor, por ejemplo. Es poesía cuando es profunda; cuando no, no”.

“Y en el prólogo, “Estado poético cubano”, (que lo mejor que tiene es la intención del título, emparentado con la idea antigeneracional de Lezama en Orígenes: un estado de concurrencia poética, jugando ambos con el doble sentido de la palabra “estado”, dijo como de pasada: “Va también a lo largo del libro, una hermosa corriente de poesía “revolucionaria” que considero y deseo accidental, pues traerá la verdad de todos…” Suele olvidarse que Juan Ramón fue también un soñador muy lógico de utopías sociales, y que en su conferencia escrita para Cuba, “El trabajo gustoso”, habló ampliamente de su “comunismo poético”, al que había dedicado ya en España otras páginas de ingenuidad profunda.

 “Esa verdad de todos que traería esa corriente revolucionaria, haciendo ya innecesaria la poesía “revolucionaria” o “social” entre comillas, mucho tiene que ver con la utopía juanramoniana expresada en estas palabras: “El propósito de fusión es la norma suprema de la relación humana, fundirnos todos en todo lo que podamos, con amor o convencimiento si no es posible el amor, que todos tenemos distintos lados buenos para la fundición de carne y alma. Y aquí está ya mi unidad libre poética, mi comunismo. El comunismo ideal, el “comunismo poético”, que es el que yo pienso y sueño, sería aquel en que todos iguales en principio trabajásemos en nuestra vida, con nuestra vida y por nuestra vida por deber consciente cada uno en su vocación, en lo que le gustara y, entiéndase bien, con el ritmo conveniente y necesario a este gusto. La vida y el trabajo no pueden tener otro ritmo que el suyo, no pueden ser hostigados ni desviados de su órbita. En este en lo que le gustara a cada uno, está el fuego alimentador de la calidad poética que debe acompañar siempre al trabajo, que le da al trabajo utilidad y encanto. Trabajar a gusto es armonía física y moral, es poesía libre, es paz ambiente. Fusión, armonía, unidad, poesía: resumen de la paz. La vida debe ser común y lo común altificado por el trabajo poético. El gusto por el trabajo propio trae el respeto, gustoso también, por el gustoso trabajo ajeno”.

“Y más adelante, tocando el radioso fondo de las más profundas esperanzas poético sociales: “Todos hemos nacido del pueblo, de la naturaleza, y todos llevamos dentro esa gran poesía original, paradisíaca, que es natural unión, nuestro comunismo”.

“De ese comunismo, comunidad poética y comunión total humana, de fondo natural paradisíaco, fueron reflejo las actividades propiciadas por Juan Ramón en La Habana, y a esa luz suya La poesía cubana en 1936 fue un acto de precursora moralidad que hay que entender como un envío de la mejor república española, en trance de agonía, a la corriente revolucionaria cubana, por entonces sumergida en la impotencia y la fábula”.

EXTRAÑEZA DE ESTAR

-¿Podría trazarnos la trayectoria de su vida desde la caída del dictador Gerardo  Machado (1933) hasta la ascensión al poder de Ramón Grau San Martín (1944)?

            -A la caída de Machado yo no había cumplido los doce años. Vivía con mis padres en Matanzas y allí cursaba la enseñanza primaria. Poco después ingresé en la Preparatoria, y, como no tenía edad para iniciar el Bachillerato, me pasé todo un año jugando al tenis en el court del Instituto. Fue también la época de mi gran amistad con Mario Argenter, espejo de fineza matancera, y con los alegres hermanos Melero, todos músicos, en cuya casa de Pueblo Nuevos nos reuníamos a tocar canciones y operetas. Mario y yo veníamos a La Habana, para asistir a los conciertos dominicales de Lecuona, de los que se salvaron, como artistas perdurables, Bola de Nieve y Esther Borja.

            “En 1934 mi padre fue secretario (ministro) de Educación unos meses: esto hizo que viviéramos provisionalmente en casa de un tío materno, en la Víbora, hasta que nos mudamos definitivamente a la capital, en ese mismo barrio, lo que fue para mí un desgarramiento, al extremo de que todos los domingos me iba para Matanzas con mi violín. Por esos años iba mucho al teatro Martí, o al Principal de la Comedia, mientras se apoderaba de mí, oscuramente, la tragedia política del país, que me perseguía como una angustia intermitente desde el machadato, cuando mi padre fue cesanteado de la Escuela Normal y se vio en peligro varias veces por sus discursos, hasta que tuvo que esconderse en la finca de mi abuela. Recuerdo el pantalón de saco de azúcar, la harina mañana y tarde, el trabajo tenaz de mis padres y de mi tío Helio en el Colegio que era mi propia casa, el uniforme militar y después el sombrero de pajilla que impuso Machado a los estudiantes, los disturbios en el Instituto, los soldados desde inmensos caballos dando “plan de machete”, los cuentos atroces. Recuerdo la gritería infinita, que a mí me sonó funesta, de aquella extraña tarde (véase “La caída”).

            “En La Habana continué el Bachillerato en el colegio La Luz, regidos por maestros matanceros. Un ómnibus destartalado iba a buscarme primero al hotel Alcázar y después a mi casa de la Víbora. En las aulas de La Luz, en el Vedado, conocí a Eliseo Diego, sumergido ya en su hechizo, amigo destinado, con el cual hice una revistita titulada, naturalmente, Luz.

            “Terminé el Bachillerato  en el Instituto e ingresé en las escuelas de Derecho y Filosofía. Eran los tiempos de la guerra civil española, de las temporadas de Margarita Xirgu con Yerma y Bodas de sangre, del asesinato de García Lorca, al que llamábamos Federico. Todas las semanas iba con Eliseo al teatro Campoamor o al Principal a oír a algún ilustre exiliado español traído por la Institución Hispanocubana de Cultura, bajo la dirección de Fernando Ortiz, inalterable siempre, con su voz pastosa y socarrona. Entre ellos vino Juan Ramón, que propició una memorable lectura de poetas cubanos y prologó mi primer libro, Poemas, 1938, sobre el cual recibí una lluvia de cartas elogiosas que cada vez me explico menos.

            “Al año siguiente apareció la revista Espuela de plata, donde publiqué algunos versos, más bien desorientado. Como me había sucedido con el violín, tenía que empezar otra vez con la poesía. Fue lo que intenté con Sedienta cita (1943) y Extrañeza de estar (1944) publicado el mismo año de la fundación de Orígenes y de la elección multitudinaria de Grau, que iba a defraudar todas las esperanzas populares frustradas desde 1933”.

EL EVANGELIO ERA VERDAD

-Dice en El violín, la conferencia de carácter autobiográfico que dicto en la Biblioteca Nacional: “Las bodas, el hogar, el hijo comenzaron a curarme de la extrañeza. Si el país no tenía sentido, mi casa lo tenía”.  ¿Qué hizo cuando se percató que el país no tenía sentido?

-Seguir trabajando en la edificación de mi casa, que era también mi poesía (véase El hogar y el olvido, 1946-1949). No teniendo facultades ni vocación política, ¿qué otra cosa podía hacer? Entre bromas y veras yo hablaba entonces de construir “El cuerpo metafísico de la patria” –ya que el otro estaba en manos de los bandidos. Ese cuerpo intenta encarnar en algunos textos de Sustancia, como el “Cántico de la mirada” que me provocó el paisaje de Puerto Boniato en el 50, con resonancias martianas y ciegas fulguraciones del deseo: “¡Isla, sí, hasta las lágrimas, oculto me revelas y me nublas/ con la dicha grande y angustiosa, con una voz de huérfano y amante/ alumbrando tu abandono en un nocturno desembarco…!”

            -Palabras del hijo pródigo ¿marca una ruptura con su poesía anterior?

            -Sí y no. Sí en cuanto marca un nuevo comienzo espiritual de mi vida y mi obra; pero ese nuevo comienzo venía preparado por los quince años de “vísperas” que forman la primera unidad de mi experiencia poética,

            -Dice en El violín: “Cuando en agosto del 53 publiqué Vísperas, reunión de todos mis cuadernos desde el 38, fue como si hubiese estado haciendo escalas y tocando piezas delirantes en una sala vacía: Nadie había escuchado.”  ¿Qué lo hace llegar a tan trágico convencimiento?

            -El prólogo de Vísperas  comienza así: “Publicar poemas en nuestro país, se ha reducido a la categoría y majestad del acto puro”. Estas palabras explican las que usted cita de El violín, que expresan literalmente la sensación de vacío después de tantos libros lanzados al más absolutos y opacos de los silencios. A partir de Sedienta cita, fuera de mi mujer y de mis amigos más cercanos, casi nunca recibí respuestas válidas, quiero decir, verdaderamente “atentas”, sino de poetas y críticos extranjeros. Pero lo fundamental no era eso, ya que en definitiva aprendimos a dialogar con ese otro silencioso de que hablo en mi prólogo y que después resultó que en verdad existía con cara de amigo o de enemigo. Lo fundamental era la desconexión entre la vida visible del país y lo que nosotros hacíamos, desconexión que en mi caso a veces tocaba los límites de la asfixia.

            -Se sabe que usted es católico practicante… Tenemos entendido que no se bautizó hasta muy tarde. ¿Cuándo lo hizo? ¿Qué lo llevó a ello?

            -Me hice bautizar a los diecisiete años, pero no comulgué hasta los treinta y uno, el Sábado de Gloria de 1953. Esas dos determinaciones, separadas por tantos años, formaron parte de un proceso que fue el de toda mi juventud. Nunca recibí más instrucción religiosa que el Padre Nuestro que me enseñó mi madre. Mi educación fue totalmente laica. Sin embargo, o por eso mismo, desde la adolescencia me sentí atraído por el cristianismo más o menos heterodoxo de Unamuno y de Pascal. Me sensibilizaron también mucho en ese sentido San Juan de la Cruz y fray Luis de León, Vallejo, Dostoyevski, Rilke, Milosz, Bloy, Eliot… También el seminario de María Zambrano sobre San Agustín; Ortodoxia, de Chesterton, el estudio de Jacques Rivière sobre Rimbaud, y su epistolario con Claudel, la obra misma de Claudel en cuando consecuencia inesperada de Rimbaud, Santo Tomás, Notre Dame, Ávila, una noche pasada en la sala de niños del hospital Calixto García por accidente de mi hijo mayor y la gran misa católica de Bach.

            “De pronto supe que siempre había sabido que el Evangelio era verdad, que Cristo era la verdad, y que estaba viviendo desde la niñez una vida clandestina, oculta, al margen de la ley. A partir de ese momento, entrar en la iglesia de los sacramentos era cuestión de honor. Ya no podía alegar ignorancia. Dar el paso de la penitencia, sin embargo, era duro y amargo. Fui ayudado y recompensado con la mayor claridad que hasta hoy he conocido”.

            -¿Cómo se sintió entonces en el seno del catolicismo?

            -En cuestión de comunión de fieles, me sentí muy bien, libre y pleno por primera vez. Nunca tuve contacto con la jerarquía ni con organizaciones católicas de la Iglesia ni tuve amistad con otro sacerdote que no fuera el padre Ángel Gaztelu, cuya plenitud vital me impresionó profundamente.

            -¿Cuál es su papel, como católico, en la Cuba revolucionaria?

            -No siento que tenga un papel determinado como católico en la Cuba revolucionaria, y menos si se entiende católico en el sentido institucional. Mis simpatías están con los católicos revolucionarios como Camilo Torres y Ernesto Cardenal. Creo que el cristiano sincero debe estar al lado de la Revolución porque es el único esfuerzo real que se ha hecho en nuestro país por cumplir el mandato de Yavé y de Cristo de hacerle justicia al pobre y rechazar la explotación y el lucro. Si esto no se hizo en nombre de Dios, culpa fue de los malos cristianos durante siglos. Cristo es también el hijo del Hombre, y todo lo que se haga por los desvalidos, se hace por él, como lo dijo explícitamente, San Mateo, 25.

            “Con mi adhesión a la obra social y a la postura internacional de la Revolución, quisiera contribuir, aunque fuese mínimamente, a la integración dialéctica, en el futuro latinoamericano, de marxismo y cristianismo”.

DE LA LETRA A LA VOZ

-Ha dicho que Canto llano es el paso de la letra a la voz. ¿Qué significa eso?

            -Para mí la letra es la palabra como signo, jeroglífico, señal del Oráculo, espacio estelar, ídolo de la literatura llevado por Mallarmé hasta las últimas consecuencias en “Un coup de dés” (que traduje para Orígenes). La voz es la palabra como encarnación, epifanía, tiempo del alma, todo, acento, “dejo”, canción y pasión por los hombres, que en América se manifiesta como poesía popular, Martí, Gabriela Mistral y el más hondo Vallejo. Cuando asumí el cristianismo, quise cantar, más que escribir: de ahí Canto llano. Después vino Escrito y cantado; cruz de las dos líneas.

            -En el poema XXX de Canto llano expresa usted: “pobre destino de escribir/ en sustitución del obrar” ¿No se había percatado de ello hasta ese momento? A partir de ahí, ¿ha sido siempre esa su impresión?

            -Tuve siempre la nostalgia del acto: no solo de la acción exterior, sino también, y sobre todo, del acto espiritual encarnado. En “Raíz diaria”, de La luz del imposible, escribí: “La bondad no se revela en el juicio, sino en el acto. Juzgar no es nada; la acción nos precipita en la seriedad, en el destino. Solo en la acción podemos vivir la belleza; podemos, en cierto modo, ser la belleza”. Esto lo sentí, más o menos oscuramente, siempre. Escribir cada vez me satisfacía menos, me hacía sentir culpable. El primer acto que realicé, o en que fui realizado, después de mi matrimonio, fue la comunión. El segundo, el trabajo productivo en el campo (cosecha de tabaco, corte de caña). La Revolución me ha aliviado esa sensación de culpa, náusea y amargura que tantas veces me produjo el escribir y, sobre todo, lo escrito, mío y ajeno, porque ahora todo lo que hacemos, incluso escribir y leer, se liga a la corriente colectiva y comunitaria del obrar.

            -¿Qué lo impulsa a adentrarse en nuestra poesía? ¿Qué lo impulsa hacia Martí?

            -El amor a mi patria.

            -¿Cómo ha evolucionado su estimativa martiana a través del tiempo?

            -Más que evolución, creo que ha habido ahondamiento.

            -¿Cómo ve desde ahora su polémica antología Cincuenta años de poesía cubana?

            -Fue un libro que provocó muchos ataques y resentimientos, algunos de los cuales duran hasta hoy. La mayoría de los ataques provenía de poetas omitidos o de amigos suyos. Se dio el caso de un supuesto crítico que me echaba en cara la exclusión de una serie de nombres, a quien le respondió un lector reprochándole otra lista de nombres no menos “imprescindibles”. Otros ataques pretendían fundarse en que era un libro “batistiano”, porque lo editó la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación, pero pronto se supo que “el general” estaba disgustado porque no aparecían sus poetas preferidos y protegidos, como Andrés de Piedra Bueno y Arístides Sosa de Quesada, y hasta empezó a hablarse del proyecto de añadir un apéndice a mi antología. Otros, en fin, censuraban que el libro estuviese hecho desde la perspectiva de Orígenes –como si ellos estuviesen dispuestos a renunciar a la suya.

            “Hubo quien expresó que no se daba importancia a la poesía social, aunque su máximo cultivador entre nosotros, Nicolás Guillén, figura allí con todos los honores.

            “Nada contesté a tantos fiscales. En realidad el libro, más que una antología, era un panorama de la lírica republicana. Tal como lo veo ahora tiene el defecto de su exceso: sobran poetas. Contiene además algunos defectos factuales que no siempre fueron culpa mía, sino de las fuentes que utilicé. De todos modos, parece que ha sido muy consultada. Hace poco una editorial alemana me pidió autorización para publicarlo con propósitos didácticos”.

PÉRDIDA DE CIUDADANÍA

-¿Podría trazarnos la trayectoria de su vida desde 1944 hasta el 1 de enero de 1959?

            -Durante esos años trabajé en el Consejo Corporativo y después en la Escuela Normal para Maestros de La Habana. Publiqué Experiencia de la poesía, De mi provincia, Capricho y homenaje, Diez poetas cubanos, El hogar y el olvido, Sustancia, Conjeturas, Cincuenta años de poesía cubana, Vísperas, Obra poética, de Emilio Ballagas, Canto llano, La luz del imposible, La voz de Gabriela Mistral y Lo cubano en la poesía, fruto este último título de un ciclo de conferencias, muy emocionante para mí.

            “Nacieron mis  hijos Sergio y José María, en 1948 y 1954, respectivamente; viajé brevemente por Francia y por España en 1949, por México en el 57 y por Estados Unidos, en el 58.

            “Esta última vez, al solicitar la visa me comunicaron que mi nacimiento en cayo Hueso me confería la ciudadanía norteamericana, por lo que, al regresar, promoví un expediente oficial de renuncia de dicha ciudadanía en el Consulado, con juramento y todo ante la vicecónsul Eleanor A. Burnett, el 28 de agosto de 1958. El State Departament aprobó mi certificado de pérdida voluntaria de la ciudadanía norteamericana el 4 de noviembre del 58 y la Vicecónsul me lo comunicó el 29 de enero de 1959”.

MI ACTITUD COMO CRÍTICO ES POÉTICA

-¿Qué es la crítica para usted?

            -Varias cosas: caracterización reflexiva de un producto intuitivo, a partir de una captación inicial también intuitiva. Descubrimiento comunicante del sentido espiritual implícito y muchas veces oculto en la creación artística: poesía de la inteligencia.

            -Su condición de crítico, ¿ha entorpecido su condición de poeta?

            -No lo creo. Mi tema principal como crítico ha sido la relación de crítica y poesía, que me parece fundamental en la poesía contemporánea. Mi actitud como crítico es poética. Mi actitud como poeta suele ser crítica y sobre todo, autocrítica.

            -Lo cubano en la poesía fue escrito en tres meses. ¿Todos sus libros han sido escritos con igual celeridad? ¿Cuál es su método de trabajo?

            -Mis libros anteriores fueron también escritos con bastante rapidez, pero no tanto, sobre todo si se considera el volumen de Lo cubano en la poesía. El caso de este fue excepcional y prueba que la crítica puede hacerse con los mismos caracteres de inspiración y celeridad que la poesía. A partir de Escrito y cantado y Testimonios, mi tempo se fue haciendo más amplio, incluyendo además el silencio entre un poema y otro como ingrediente esencial de los poemas mismos. Por esta razón empecé a fechar cada poema, como signo también de mi entrada en lo que pudiéramos llamar la historia cotidiana, y por eso mi libro inédito se nombra La fecha al pie.

            “En cuanto a mi método de trabajo, para la poesía, es simplemente esperar: ella llega y pide lo que necesita. Para la crítica –ahora que lo pienso bien- en definitiva, es el mismo”.

            -¿Cuáles son sus autores y compositores preferidos?

            -Los libros y autores a los que por mi gusto vuelvo con mayor frecuencia son: la Biblia, Martí, Juan Ramón, Vallejo, Rimbaud. Mis discos –o mis músicos preferidos -: las Misas de Bach, los últimos cuartetos de Beethoven, César Franck, Debussy, Ravel, Falla, danzones cubanos, Benny Moré, Gardel, Al Jolson, Chevalier.

-“He pasado de la conciencia de la poesía/ a la poesía de la conciencia, porque estoy, a no dudarlo, / entre la espada y la pared”, escribió usted en “Cántico nuevo” (Testimonios) ¿Podría ampliarnos esto? ¿Cómo ha evolucionado el concepto de poesía en usted? ¿Qué lo ha hecho evolucionar?

            -La poesía me condujo pronto a los problemas de la Poética, y con ese nombre publiqué una colección de ensayos en 1961, entre los que pudieran incluirse otros anteriores y posteriores. Muchos de mis versos se ocupan de la poesía misma, incluso algunos que tal vez no lo parecen, como “Epitalamios” y “El nombre del arco”. Todo esto es lo que yo llamaba, en la línea citada, conciencia de la poesía, incluyendo desde luego la conciencia poética del país asumida en Lo cubano…

            “La Revolución, de golpe, nos despertó otra conciencia terrible, implacable, de hechos exteriores sociales, políticos, históricos, económicos, en nuestro país y en el mundo: una conciencias moral que estaba implícita, para mí, en la estética, pero ahora encarnaba totalmente y se apoderaba de nuestra existencia como cuestión de vida o muerte.

            “Ese “estar entre la espada y la pared” fue lo mío durante ocho años de conflictos ideológicos expresados también en otros poemas como “La balanza y la cruz”. Se imponía, en efecto, un cántico nuevo, más despojado y directo, volcado hacia el cruce de la experiencia colectiva con los problemas íntimos, donde la poesía fuera sobre todo una toma de conciencia de la realidad revolucionaria tal como yo puedo vivirla”.

            -¿Cuáles considera los momentos trascendentales de su existencia?

            -El paso nocturno del tren central Habana-Santiago frente a la casa de mi abuela en Empalme: los danzones nocturnos en el parque de Matanzas; las dos tardes que pasé con Juan Ramón Jiménez en el comedor alto del hotel Vedado (hoy Victoria) leyendo y calificando él con su lápiz mis primeros versos; la mañana en que conocí a Fina en el patio interior de la Escuela de Filosofía y Letras; mi conversión al catolicismo, el mes de enero de 1959; la muerte de mi padre, el trabajo en el campo.

EL PROFESOR

-¿Podría trazarnos la trayectoria de su vida desde el primero de enero de 1959 hasta la fecha?

            -En enero del 59 redacté el documento de adhesión de los intelectuales y artistas cubanos a la Revolución, y empecé a dirigir la Nueva Revista Cubana, de la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación. Durante el curso 59-60 trabajé como profesor de Literatura Cubana e Hispanoamericana y director del Departamento de Estudios Hispánicos, fundado por don Federico de Onís, en la Universidad Central de Las Villas. El 18 de marzo del 60 falleció mi padre. En estos años recibí muchos ataques desde las páginas de Lunes de Revolución, semanario dirigido por Guillermo Cabrera Infante. En el 61, después de Playa Girón, viajé a México donde se preparaba una edición de Obras completas, de Martí, en que Fina y yo colaboramos y que no llegó a realizarse. Estaba entonces bajo el impacto de la entrada de Cuba en el socialismo. En México conocí a Ernesto Cardenal y recibí una invitación de la Universidad de Columbia para trabajar en ella como profesor (antes había rechazado otras dos: del Agregado Cultural de la embajada de Estados Unidos en Cuba, a principios del 59, para profesar en Puerto Rico y de la Universidad de Los Ángeles). Vuelto a Cuba, trabajé en el Instituto Superior de Educación confeccionando los programas de Literatura Cubana del Bachillerato e impartiendo clases a los profesores de español de toda la Isla.

            “En el 62 publiqué la edición crítica y facsimilar de Espejo de paciencia y pasé como investigador al Departamento de Colección Cubana de la Biblioteca Nacional. En enero del 68 me hice cargo con Fina de la Sala Martí y del Anuario Martiano.

            “En enero del 65 asistí, sin ninguna representación oficial, al congreso auspiciado por Columbianum,  en Génova, sobre el tema Terzo Mondo e Comunitá Mondiale; en abril del 70 fui invitado en las mismas condiciones, por la Universidad de Florencia a impartir un cursillo sobre Martí; en mayo del 72 participé oficialmente con Fina, Marinello, Portuondo Carpentier y Amado Blanco en el Coloquio Internacional sobre José Martí celebrado en el Instituto de Estudios Iberoamericanos de la Universidad de Burdeos, pronunciando después en el Instituto de Altos Estudios de la Universidad de París una conferencia titulada “En torno a la poética de los Versos libres”.

            “En abril del 69 participé en la recogida de tabaco cerca de Alquízar y en noviembre del mismo año, en el corte de caña para el central Habana Libre… desgraciadamente no he podido reiterar esa dura y hermosa experiencia revolucionaria por problemas de salud.

            “Durante estos años he publicado también: Escrito y cantado, Las mejores poesías cubanas, Los poetas románticos cubanos, Iluminaciones, de Rimbaud; Poética, Mozart ensayando su réquiem, de Tristán de Jesús Medina; Estudios críticos (con Fina) Los versos de Martí, Testimonios, Temas martianos (con Fina) la segunda edición de Lo cubano en la poesía y Crítica sucesiva.

LECCIONES PROFUNDAS

-¿De qué manera ha influido la Revolución en usted, en su poesía?

            -La Revolución ha influido en mí como un replanteo radical de todos los problemas vitales y metafísicos, acendrando mi cristianismo en el sentido de participación comunitaria y afincándome en la posición antiimperialista (que tuve siempre) y socialista (que no tuve antes). La muerte del Che me sacudió hasta las raíces de la vida. El proceso que he vivido en estos años está patente en la poesía que llevo escrita desde 1959 (y aún antes, desde “Agonía”, la noche que mataron a Machaco Ameijeiras cerca de mi casa, en noviembre del 58). En cierto modo creo que todos hemos vuelto a nacer con la Revolución a un mundo que no conocíamos: el de la absoluta responsabilidad histórica. Por otra parte, la escasez, los sacrificios, las dificultades materiales, nos han dado lecciones profundas.

            “Queda a la crítica ajena determinar las constantes de mi poesía antes y después de la Revolución y los temas y actitudes nuevos que hayan surgido en ella. Por el momento, sin dudas, hay cosas mucho más importantes que hacer.

 

1973. Las preguntas y las respuestas que conforman el acápite “Juan Ramón en Cuba” corresponden a una entrevista de 1969.

 

 

 

 

           

El Rey de la Melodía

El Rey de la Melodía

Ciro Bianchi Ross

 

Lo vimos muchas veces por el barrio de Los Sitios, en Centro Habana. Caminaba con elegancia y ritmo aquel hombre alto y huesudo que, vestido invariablemente de guayabera y pantalón blancos y tocado con un jipijapa auténtico, parecía un Quijote tropical. Era Joseíto Fernández, El Rey de la Melodía, el creador de la famosísima Guajira guantanamera, la pieza musical cubana, junto con El manisero, de Simons, y La comparsa, de Lecuona, más difundida en el mundo.

            Esa melodía no es guajira ni tampoco guantanamera. Quiere decir esto que no es oriunda de la provincia cubana de Guantánamo ni pertenece al género musical conocido como guajira. Joseíto Fernández la creó en 1928, en tiempos en que se iniciaba como cantante de sones, y la estrenó en la radio en 1935. Fue, a partir de  1940,   el tema que identificó a su orquesta hasta que tres años después el cantante era contratado en exclusiva  por una firma jabonera para que la interpretara en el programa radial El suceso del día, que escenificaba hechos de la crónica roja. Un poeta repentista componía la décimas o espinelas que recreaban el suceso criminal, y Joseíto las cantaba incorporándole el conocido estribillo de “Guantanamera, guajira guantanamera”. Aquello llegó a ser tan popular que, aunque el programa desapareció en 1957, todavía se oye decir que a alguien le cantaron la Guantanamera cuando se ha visto envuelto en un incidente desafortunado.

            No es esa la Guantanamera que hoy recorre el mundo ni la que se repite en la Isla. Sino la que lleva versos de José Martí. En los años 50 Julián Orbón, compositor español avecindado en La Habana, la versionó con los Versos sencillos del Apóstol de la Independencia de Cuba,  cuya métrica se ajustaba a las coplas de ocho compases que interpretaba Joseíto. En 1962, el músico Héctor Ángulo, becado en EE UU por el Gobierno Revolucionario, cantó esa versión en un campamento de verano de ese país. Así la escuchó Pete Seeger y la grabó poco después con el título de La guantanamera.

            Sería a partir de esa grabación que algunos musicólogos se aventuraron a decir que Guajira guantanamera era una tonada hecha por el pueblo, un aire folclórico del que Joseíto se había apropiado. No hubo tal cosa. No se trata de un género anónimo, como el guaguancó o el son, sino de una guajira-son escrita en compases de dos por cuatro, a diferencia de las guajiras de Anckermann, que tomó elementos del punto y de la clave de raíces españolas y están escritas en compases de seis por ocho. El hecho de que ningún testimonio literario pruebe  su similitud con otra tonada, confirma su originalidad, aunque tenga giros y cadencias parecidos al punto, la guajira y el son.

Hay algo más importante y definitivo. La versión cantada por Seeger tiene los elementos melódicos que se aprecian en la versión de la Guantanamera que para la disquera Víctor hizo Joseíto Fernández con su Orquesta Típica en 1941. En ese mismo año, su autor la registraba con el título de Mi biografía y el subtítulo de Guajira guantanamera.

            Para Joseíto fue siempre un honor que versos de Martí se incorporaran a su melodía. Él mismo llegó a cantarla en esa versión y lo hizo como habitualmente se hace en la Isla: incorporando casuísticamente  nuevas estrofas martianas y suprimiendo otras, a diferencia de la versión de Seeger, que incluye siempre los mismos versos. Afirmó en una ocasión que la Guantanamera fue siempre una canción protesta, de denuncia, porque recogía la tristeza y la desgracia de un pueblo y que al pedir bienestar y justicia para ese pueblo, los reclamaba también para sí.

            Porque aquel hombre íntegro,  complaciente y amable, habanero hasta la muerte, tuvo un origen muy humilde que nunca olvidó. Nació el 5 de septiembre de  1908 y murió el 11 de octubre de 1979, hace ahora treinta años.

           

           

             

           

             

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