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Personajes

Tres palabras para Osvaldo Farrés

Tres palabras para Osvaldo Farrés

Ciro Bianchi Ross

          

Corre el año de 1947 y la cantante mexicana Chela Campos pide al cubano Osvaldo Farrés que componga una canción para ella. Farrés se niega, vacila, no se siente suficientemente motivado. Pero la mexicana no se da por vencida. Insiste. Vamos, Maestro, si con tres palabras se hace una canción, le dice, y Farrés acepta el reto. Compone la canción que Chela Campos le pide y la titula precisamente así: Tres palabras.

            Ya para entonces Farrés había entrado en Hollywood por la puerta ancha cuando en 1940 su bolero Acércate más fue el tema de una película que interpretaron Esther Williams y Van Johnson.

            En realidad, Osvaldo Farrés no leía música ni tocaba el piano. Conocía, al igual que Agustín Lara e Irving Berlín los rudimentos de la música, pero no podía llevar sus inspiraciones al papel pautado. Nacido en Quemado de Güines, en el centro de la Isla, Farrés era un magnífico dibujante y un publicista aventajado cuando descubrió que tenía el don de componer bellas  melodías.

            Halló esa veta por casualidad. En 1937 preparaba con cinco muchachas, en un estudio de CMQ Radio, una promoción de la cerveza Polar  cuando un locutor comentó: Ahí está Farrés con sus cinco hijas… En el acto, Farrés  se comprometió a escribir una guaracha con ese título. Al cabo, no serían cinco hijas, sino cinco hijos: Pedro, Pablo, Chucho, Jacinto y José que no tardarían en ser conocidos en toda Cuba luego de que Miguelito Valdés montara la pieza con la orquesta Casino de la Playa.

            «Jamás pensé en convertirme en un compositor. Ni la canción ni la música entraban en mis planes, y mucho menos imaginé que llegaría a vivir de ellas», dijo en una ocasión. Y logró hacerlo sin embargo pues no demoraría en convertirse en el compositor de moda en Cuba, un hombre capaz de trocar en éxito cuanto escribía.

            Toda una vida pasó a ser un himno para los enamorados. Tres palabras apareció en una cinta de Walt Disney. Quizás, quizás, quizás la cantó Sarita Montiel en la película Bésame. En verdad, la Montiel interpretó varias canciones de Farrés en seis de los filmes que protagonizó. Nat King Cole dejó también su versión de Quizás. No me vayas a engañar fue uno de los grandes éxitos de Antonio Machín. Obras de Osvaldo Farrés se utilizaron también en películas argentinas y mexicanas. Otra pieza suya, emblemática, es Madrecita, compuesta en 1954. Si Toda una vida fue, como ya dijimos, el himno de los enamorados, Madrecita se cantaba hasta la fatiga en el Día de las Madres. Farrés la compuso en homenaje a la suya. Pero la buena señora nunca pudo oírla porque era sorda como una tapia.

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Cien años para Lezama

Cien años para Lezama Ciro Bianchi Ross

Cuba celebra por todo lo alto el centenario del poeta José Lezama Lima. Una comisión nacional, de la que forman parte figuras relevantes de nuestras letras, coordina las tareas. Se publicarán sus obras completas, iniciadas ya con nuevas ediciones de Paradiso y Tratados en La Habana y habrá un coloquio internacional dedicado a su figura. Se prepara una multimedia sobre la revista Orígenes, que Lezama animó y dirigió durante años y, entre otros libros, aparecieron o aparecerán los que compilan artículos y ensayos que dejó dispersos y las entrevistas que concedió, así como varios acercamientos a la poética lezamiana. La Academia Cubana de la Lengua auspicia un ciclo de conferencias sobre su obra, se trabaja en un documental sobre su vida, y la casa en la que vivió el poeta y que alberga hoy su museo fue remozada. Homenaje merecido a una de las grandes figuras de las letras contemporáneas, un escritor que supo imprimir a su cubanía una gran universalidad.
¿Quién es ese hombre? ¿Cómo fue su vida? Hace poco tiempo, el realizador Tomás Piard con El viajero inmóvil, la película más atrevida y perturbadora del cine cubano, inspirada en Paradiso, recreó la existencia del escritor. Antes, Senel Paz lo había exaltado en su relato El bosque, el lobo y el hombre nuevo, una de las piezas más trascendentes de la narrativa cubana actual, y Fresa y chocolate, película de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío inspirada en la obra de Senel, le daba carta de ciudadanía universal.
TÚ TIENES QUE SER EL QUE ESCRIBA
José Lezama Lima escribió para llenar una ausencia. Frecuentemente dado a las confesiones, relató que en una oportunidad, siendo niño, mientras jugaba a los yaquis con su madre y hermanas vio que las piezas al caer sobre el piso cementado del patio dibujaron el rostro del padre muerto. Lo hizo notar y todos se abrazaron, llorando. Fue entonces cuando Rosa Lima dijo por primera vez a su hijo: «Tú tienes que ser el que escriba; tú tienes que escribir la historia de la familia». Para Lezama, la muerte de su padre fue el motor impulsor de su poesía, y la madre significó la seguridad, el afianzamiento frente a la vida. Si el vacío que provocó la muerte de su progenitor lo movió a buscar la imagen a través de la poesía, el empeño y la insistencia de la madre lo obligaron a escribir.
«El mucho leer y la muerte de mi padre, el 19 de enero de 1919, me alucinaron de tal forma que me fueron preparando para escribir. El ejercicio de la lectura fue complementado por la alucinación. Mis alucinaciones se apoderaban de mi imagen y me retaban y provocarían mi mundo de madurez, si es que tengo alguno», me dijo en una ocasión y precisó: «En una palabra, la muerte de mi padre y en apegamiento con mi madre en una forma casi desesperada, como único asidero, fueron las consecuencias de aquellos ejercicios, de aquellos enigmas, de aquellas provocaciones, de aquellos paraísos…»
Como muchas veces tenía que pasar en la cama sus crisis asmáticas y la monotonía de esas horas se le hacía desesperante, empezó a leer a Salgari. Leyó después a Dumas. Tenía ocho años de edad cuando su madre le regaló un ejemplar del Quijote, y el niño lo leyó con dificultad. «Mi juventud parece estar representada por ese libro prodigioso porque forma parte de lo que me ha hecho insistir, de lo que me ha hecho volver, de lo que he sintetizado en aquella sentencia: solo lo difícil es estimulante».
Pero el joven Lezama gustaba también de los deportes, sobre todo del béisbol y era un buen field de la novena del barrio hasta el día en que sus compañeros lo buscaron para un partido contra el equipo de la barriada vecina. «No, hoy no salgo, me voy a quedar leyendo», les dijo. Había comenzado a leer El banquete, de Platón, para hacer de la lectura a partir de ahí –tenía 15 años de edad- su ejercicio, su fanatismo más importante.
Era todavía muy joven cuando comenzó a escribir. Inicio y escape, su primer poemario, que permanecería inédito hasta después de su muerte, lo escribió entre 1927 y 1932, y es una búsqueda, dice la crítica, de la voz que se haría definitivamente propia en Muerte de Narciso, publicado en 1937, pero escrito, recordaba Lezama, alrededor de 1931.
«Dánae teje el tiempo dorado por el Nilo», escribe el poeta en el verso inicial de Muerte de Narciso e inaugura una manera de decir desconocida y sorprendente en la poesía cubana, una forma lejana de «los fenómenos literarios de influencias, derivaciones o revalorización», que busca y encuentra su impulso, y se nutre, en las fuentes originarias de la lengua, y que por la libertad y la apertura de su palabra, al decir de Cintio Vitier, avisaba ya oscuramente sobre un barroquismo que no era el previsible. El poeta siempre fue consciente de eso. Muchos años después, mientras discurríamos sobre ese poemario, afirmó: «Toda la poesía de Mariano Brull, Eugenio Florit y de Emilio Ballagas, como brujas montadas en escobas, salieron disparadas por una ventana cuando yo escribí “Dánae teje el tiempo dorado por el Nilo”. La poesía cubana había cambiado en una sola noche».
HABANERO HASTA LA MUERTE
Aunque Lezama presumió siempre de ser habanero «y del cogollito», nació en realidad en el campamento militar de Columbia, enclavado en la vecina ciudad de Marianao, el 19 de diciembre de 1910. Hijo de José Lezama Rodda, descendiente de vascos que tuvieron y perdieron en Cuba negocios de azúcar, y de Rosa Lima Rosado, parte de una familia que, por sus ideas independentistas, debió salir de Cuba a fines del siglo XIX y que conoció y colaboró con José Martí en la emigración revolucionaria. Tres hijos nacerían de ese matrimonio: Rosa, José y Eloisa, que viene al mundo luego de la muerte de su progenitor. El padre, ingeniero diplomado en 1910, había sido de aquellos jóvenes estudiantes universitarios que en 1907 -y en calidad de segundo teniente- se alistaron en el entonces naciente Ejército Nacional. Con el tiempo, y ya con grados de Comandante, será el director fundador de la primera Escuela de Cadetes que existió en la Isla, con sede en el Castillo del Morro. En esas y otras instalaciones militares y en un ámbito de marcialidad, órdenes y disciplina transcurren los años iniciales del futuro escritor. Ya como Teniente Coronel se traslada a Estados Unidos a fin de prepararse para marchar e guarnición a Europa con las tropas aliadas. Pero muere en un hospital víctima de la epidemia de influenza de 1919. Su muerte está narrada en Paradiso; es uno de los pasajes más patéticos de la novela.
La situación familiar cambia radicalmente a partir de entonces. La casa, siempre llena y alegre, se ensombrece. La mesa se despuebla. Rosa Lima y sus tres pequeños hijos deben desmantelar lo que hasta ese momento fue su residencia e instalarse en la casa de la madre de Rosa, la abuela Augusta, de Paradiso. Deberán sostenerse ahora con una pensión que equivale a la mitad de los haberes y asignaciones de que disfrutaba el teniente coronel. En su novela, Lezama Lima presentará con absoluto realismo y crudeza los problemas económicos que aquejaron a los suyos. Hay algo peor. «La muerte de mi padre, repetía, dejó a mi madre sin respuesta».
En 1929, concluido ya el bachillerato, se instala con su madre y hermanas y la fiel Baldomera, la Baldovina de Paradiso, en la casa marcada con el número 162 de la calle Trocadero, donde residirá hasta su muerte. También en ese año matricula la carrera de Derecho en la Universidad de La Habana. Transcurre la dictadura de Gerardo Machado y Lezama no permanece ajeno a la realidad de la nación. El 30 de septiembre de 1930 participa en una manifestación estudiantil que marcaría, a juicio del escritor, «el comienzo de la infinita posibilidad histórica de lo cubano» y daría un impulso sin precedentes a la lucha contra el gobierno. Diría años después: «Ningún honor yo prefiero al que me gané aquella mañana del 30 de septiembre de 1930». Precisaría: «Yo soy un escritor revolucionario porque mis valores son revolucionarios. Y en la raíz de mi vida y mi obra están mi participación en aquella manifestación y el orgullo de haber sido un luchador antimachadista».
Hace la carrera con intermitencias. Machado clausuró la Universidad durante dos años. Fulgencio Batista la cerraría durante tres. Lezama no pierde el tiempo durante ese lustro de vacaciones obligadas. Lee y escribe. Vuelve a las aulas cuando la alta casa de estudios reabre sus puertas en 1936 y asume la secretaría de redacción de la revista Verbum, órgano de la Asociación de Alumnos de Derecho, que logra publicar tres números entre los meses de junio y noviembre de 1937. Se trata de una publicación eminentemente estudiantil en la que Lezama se las arregla, sin embargo, para ir dando a conocer lo que escribe. Es en sus páginas donde aparece Muerte de Narciso. Se gradúa en 1938 con una tesis sobre la responsabilidad criminal en el delito de lesiones. Trabaja entonces en el bufete de un conocido abogado y en 1940 obtiene la plaza de secretario del Consejo Superior de Defensa Social, con sede en la Cárcel de La Habana, en el Castillo del Príncipe; empleo modestísimo pese a su rimbombancia. En 1949 para a laborar en la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación.
Hay múltiples testimonios sobre su penuria de esos años. En 1947, José Rodríguez Feo, codirector y mecenas de la revista Orígenes, le pide por carta que se traslade a Miami. El 21 de agosto Lezama le responde: “Mi querido amigo: Cómo voy a ir de La Habana a Miami, si a veces, a no tener transporte gratis, no podría ir de mi casa al Castillo del Príncipe…” Al día 13 de agosto de 1956 corresponde esta anotación en su Diario: “Faltan tres días para que nos paguen la quincena. No sé si pedir anticipo, o pasarme tres días sin dinero, entonces mamá me dará veinte o treinta centavos. Así me siento niño…”
ESENCIAS CUBANAS
«En Esopo, en Homero, en los cronistas de Indias, en la teogonías de Valmiki, la novela formó parte de la poesía. La simple acción del hombre se ha vuelto demasiado soterrada, continúa arando en el sueño, y ya no se pueden hacer novelas a base de caracteres, tipos, situaciones, asuntos, porque un intramundo, una entrevisión, un entreoído ha ocupado los espacios clasificados», me decía el escritor, en 1969, cuando le pregunté qué lo había llevado a la novela. En Paradiso (1966) Lezama contó aquella historia de la familia que su madre quería que escribiese alguna vez.
Permeada, al igual que su poesía, de profundas esencias cubanas, la novela colocó a su autor en la cabecera de la narrativa continental. No era ciertamente un desconocido cuando publicó esa obra, sin embargo, el éxito que alcanzó con ella carecía de precedentes en su vida de escritor. Había publicado hasta entonces los poemarios Enemigo rumor (1941) Aventuras sigilosas (1945) La fijeza (1949) y Dador (1960) y los libros de ensayos Analectas del reloj (1953) La expresión americana (1957) y Tratados en La Habana (1958). Además tenía en su haber una fecunda labor como editor de revistas de poesía: Espuela de Plata, Nadie Parecía y Orígenes, de la que aparecieron cuarenta números entre 1944 y 1956 y que dio nombre al grupo de escritores, músicos y pintores que rodeaban a Lezama.
Tenía entonces 56 años de edad y lo sorprendió el impacto que provocó Paradiso. Los cinco mil ejemplares de la edición cubana se agotan en pocos días. El famoso capítulo VIII de la novela despertó la sensación y el escándalo en La Habana de 1966. Años después, comentaba Lezama:
«Paradiso es una totalidad y en ese todo está el sexo. En determinado momento del desarrollo de José Cemí, el protagonista de la novela, sucede el despertar genesiaco. Allí se recupera una libertad cuya aparición parece que resintió a algunos acostumbrados a la hoja de parra y a aquellos pintores sastres, de los que se rieron los italianos renacentistas, obligados a tapar las castas desnudeces de Miguel Ángel en la creación del mundo. Para mí, con la mayor sencillez, el cuerpo humano es una de las más hermosas formas logradas. La cópula es el más apasionado de los diálogos y, desde luego, una forma, un hecho irrecusable. La cópula no es más que el apoyo de la fuerza frente al horror vacui.
«En un himnario de gran belleza, Santo Tomás de Aquino dice: Ve, lengua, y canta las glorias del cuerpo misterioso. De manera que para mí todo lo que haga el cuerpo es como tocar un misterio superior a cualquier maniqueísmo modulativo, pues es absolutamente imposible descubrir nuevos vicios y nuevas virtudes, ellos estuvieron desde el origen y estarán en las postrimerías, y tal vez sería bueno recordar la visión memorable de una santa en la que se le reveló que había un infierno, pero que estaba vacío».
Tras la publicación de Paradiso, Lezama continuó sumando página tras página y sus personajes se desplazaron hacia nuevas situaciones. Otro personaje de su novela, Oppiano Licario, el Ícaro, el nuevo intentador de lo imposible, apenas se da cuenta de que está muerto y utiliza todos los procedimientos para estar de nuevo con nosotros. Su presencia se esboza como un relámpago y rehúsa las comprobaciones del cuerpo. El poeta, casi con el ritmo de otra respiración, corporiza la muerte. José Cemí volverá a encontrarse con la imagen y para que ello sea posible tiene que verificarse la resurrección incesante de Licario.
Trabaja entonces en otra novela, a la que siempre aludió como «la continuación de Paradiso» y a la que dio varios títulos –Inferno, La muerte de Oppiano Licario, El reino de la imagen- hasta que decidió que llevase el del nombre de su protagonista que es, a la vez, el personaje más desaforado de Paradiso. Pero Oppiano Licario quedó inconclusa.
LA REVOLUCIÓN
El triunfo de enero de 1959 sorprende a Lezama como empleado del Instituto Nacional de Cultura, nombre que a fines del gobierno de Batista adoptó la antigua Dirección de Cultura. Poco después lo nombran director de Literatura y Publicaciones del recién creado Consejo Nacional de Cultura. Acomete entonces una labor encomiable en lo que a la publicación de los clásicos cubanos y españoles se refiere. Durante sus años finales, y hasta su muerte, laborará sucesivamente en el Centro de Investigaciones Literarias, el Instituto de Literatura y Lingüística y la Casa de las Américas. A esa etapa corresponden, entre otros esfuerzos personales suyos, la edición crítica de la obra completa de Julián del Casal, la recopilación de toda la poesía de Juan Clemente Zenea y, sobre todo, la muy valiosa Antología de la poesía cubana, en tres volúmenes y que se extiende desde los comienzos hasta Martí. Dice a su hermana Eloísa: «Yo estoy trabajando intelectualmente más que nunca». De la antología se siente particularmente satisfecho y orgulloso. La hizo para dar una presencia y un latido a su familia ausente. «Está hecha, escribe a uno de sus sobrinos, para poblar un destierro, una necesidad violenta de tocar tierra, de arraigarse, de esclarecer sus raíces, que solo se vence por la poética en la secularidad, en la costumbre, en la unanimidad». Añade: «Deberás tener siempre presente a tu patria, que es Cuba».
Porque tras el triunfo de la Revolución, la familia, que parecía tan sólida, se resquebraja con la salida del país de las hermanas y los sobrinos del escritor. Lezama rechaza seguirlos y se niega terminantemente a la insistencia de Eloísa por llevar a la madre con ella. «Queda aclarado que tú no podrás venir. Pero debe quedar aclarado también que Mamá tampoco puede ir. Ni ella está dispuesta a dejarme, ni yo podría resistir semejante castigo… Que cada cual permanezca dentro de su fatalidad y que Dios decida». Porque el poeta que, dice su hermana, necesitaba vivir rodeado de una muralla de madres, sigue apegado a Rosa Lima de manera desesperada.
Rosa Lima muere el 12 de agosto de 1964. Ese mismo año Lezama contrae matrimonio con María Luisa Bautista Treviño, una profesora de Literatura en el Bachillerato que fue compañera de estudios de Eloísa y que ha sido para Rosa como una hija. La madre, ya en su agonía final, pidió al hijo que se casara con ella. Dirá Lezama en su poema «Mi esposa María Luisa»: «Eres la hermana que se fue, / la madre que se durmió / en una nube frente a la ventana…»
PERSONAL
Fue precisamente María Luisa, mi profesora de Literatura en el bachillerato, la que me presentó a Lezama, en 1968. Al año siguiente lo entrevisté sobre la estancia del poeta español Juan Ramón Jiménez en Cuba entre 1936 y 1936. Poco después volví a entrevistarlo. Una larga plática sobre su vida y su obra que el escritor decidió incluir en la Valoración Múltiple que le dedicó la Casa de las Américas.
Recuerdo que Lezama estaba eufórico el día en que le formulé la pregunta final de esa entrevista. En esa misma mañana acababa de culminar los trámites para un viaje a París, invitado por la UNESCO, a fin de tomar parte en un coloquio sobre Gandhi convocado por ese organismo internacional. Su partida era inminente y quedamos en vernos en su oficina tres semanas más tarde, cuando ya de seguro estaría de vuelta. Transcurrieron unos quince días cuando me tropecé con una amiga común a la que pregunté sobre el regreso del poeta. «¿Vuelto? Lezama no fue a ninguna parte».
Esa misma noche lo llamé por teléfono y concerté una cita para el día siguiente. Estaba ansioso por saber lo ocurrido y cuando inquirí me dijo: «No me pregunte las razones, pero preferí cancelar el viaje a última hora». La conversación siguió su curso y casi cuando me despedía, expresó: «Mi padre murió fuera de Cuba. San Agustín dice que quien muere fuera de la ciudad no alcanza la resurrección y todo viaje es un pregusto de la muerte… Imagine lo que es viajar en un avión donde solo una delgada lámina de aluminio nos separa de la eternidad…»
Un día me mostró su estudio, «un amasijo, expresó, de libros, papeles y polvo», donde, durante muchos años, trabajó y recibió a sus amigos y que tras la muerte de su madre dejó de utilizar porque se tornó «demasiado silencioso y sombrío». Se trataba de una habitación de pequeñas dimensiones, sin ventanas, cercana a la cocina. Allí los libros apenas dejaban espacio libre; en una pared se destacaban los retratos de Martí y de Góngora, y en otra un retrato de Lezama dibujado por Mariano. En un rincón, directamente sobre el piso, se hallaban dos máquinas de escribir que el poeta utilizó en su juventud y que el óxido había inutilizado, y, con la superficie totalmente cubierta de papeles, carpetas, revistas y libros, estaba su escritorio, un escritorio cómodo y de buenas proporciones que Lezama jamás utilizó para escribir.
Ya para entonces, Lezama recibía en la sala de estar y en esa sala también escribía, después de las seis de la tarde, apoyando sobre el brazo del sillón las libretas largas y estrechas. Nunca utilizaba la tipiadora; escribía a mano solo cuando sentía el texto hecho dentro de sí y después dictaba el manuscrito a María Luisa. Ella sacaba tres copias mecanográficas de cada trabajo o poema, copias que eran cosidas, no presilladas, en una misma carpeta que se mantenía siempre próxima al sillón del poeta, colocada sobre una mesita donde libros, revistas, cartas, cajas de tabacos guardaban un equilibrio mágico.
La conversación de Lezama resultaba siempre deliciosa. Su obra lo sobrevive, pero con su muerte perdimos de manera irreversible a un conversador fabuloso que sobre todo sabía escuchar a sus interlocutores. Deslumbraban sus artificios verbales, cautivaba el lujo de sus metáforas que nunca parecían rebuscadas, impresionaba la forma en que asociaba sus lecturas con temas y acontecimientos cotidianos, imponía respeto a sus enemigos y a sus amigos, se hacía temer por su ironía y demostraba en todo momento una cubanía irrepetible, tanto en su modo de ser como en el amor a la patria y la gracia y delicadeza de sus imágenes.
Diría que los rasgos que distinguieron a Lezama fueron la generosidad y la ironía. Nadie más generoso, entre nuestros grandes escritores, para compartir su tiempo con el que acudía a su casa, fuese un autor de nombre, un creador joven o «un ser errante con un destino subdividido». Hay una anécdota que lo retrata. Un adolescente toca a la puerta de Trocadero 162, atiende María Luisa y el muchacho, amoscado, explica que es un poeta que quiere ver a Lezama. María Luisa vacila; no sabe si franquearle la entrada o no. Lezama, que desde su sillón no ve al visitante, pero que lo escucha, dice a su esposa: «María Luisa, si es un joven poeta déjalo entrar». Pero de la ironía de Lezama no se libraban siquiera sus más cercanos amigos y muchas veces su dardo afilado se clavaba en su propia carne.
HOY NO ESTOY PARA HOSPITALES
¿Cómo murió? Mucho se ha especulado fuera de Cuba sobre el asunto. Aun aquí prevalece la confusión y no son pocos los que desconocen los pormenores de aquel lamentable suceso.
Lezama comenzó a padecer de una incontinencia urinaria. Su médico lo atendió con esmero, pero el poeta se negó a internarse en un hospital cuando lo exigía el curso de su padecimiento. Vivía convencido de que los Lezama morían cuando ingresaban en una casa de salud. Así sucedió con su padre, su madre, su hermana Rosita…
El viernes 6 de agosto fue a visitarlo Alba de Céspedes, la escritora italiana de hondas raíces cubanas; nieta del Padre de la Patria. Lo encontró muy desmejorado, abatido, ensimismado. Al día siguiente, de mañana, Alfredo Guevara, titular del Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficos, en nombre del doctor Osvaldo Dorticós, entonces Presidente de la República, se comunicaba por teléfono con María Luisa. Alba había comentado en altas esferas del Gobierno acerca de la enfermedad del escritor. Guevara comunicó a María Luisa que todo estaba previsto en el pabellón Borges del hospital Calixto García para recibir a Lezama; allí lo esperaba el cuerpo médico en pleno de dicho pabellón y una ambulancia había salido ya a buscarlo. El Borges, construido, en exclusiva para sus asociados, con fondos del Colegio Médico, se reservaba entonces para altos cargos del Gobierno Revolucionario y el Partido Comunista, aunque daba también hospitalización a figuras connotadas de la vida nacional. La propia María Luisa había estado internada allí en 1972.
En efecto, conversaban todavía Guevara y María Luisa cuando el vehículo aparcaba frente a la casa. Pero Lezama se negó a salir de ella. Dijo: «Hoy no estoy para hospitales; mi mente no está acondicionada aún para la mudanza».
El mismo día 7 se cae de sus propios pies. María Luisa, físicamente insignificante y muy debilitada ya por sus dolencias cardiovasculares, logró, no se sabe cómo, dada la corpulencia de Lezama, incorporarlo. El poeta tuvo fuerzas para responder y, apoyado en su esposa, caminó hasta la cama. Allí se desplomó; quedó tendido de tal manera que María Luisa debió buscar la ayuda de dos transeúntes ocasionales para que lo acomodaran en el lecho.
El domingo 8 volvió la ambulancia. Ya en el hospital, le diagnostican una pulmonía y se decide someterlo a un tratamiento intensivo. Lezama, muy intranquilo, estuvo consciente hasta las ocho de la noche. Después cayó en un letargo y a las dos de la mañana del lunes 9 era cadáver. Murió de un infarto cardíaco. En opinión de los médicos y de la propia María Luisa fueron fatales las 24 horas perdidas entre la mañana del sábado y la del domingo. Lezama decía que su padre había muerto de una «tonta» pulmonía. Otra «tonta» pulmonía se le atravesaba a él en el camino.
Me dijo en una ocasión: «Si algo he sabido hacer en la vida es aprovechar las posibilidades que se me han presentado. Por eso ahora en que la obesidad, el asma, la disnea, los años, me han reducido a esta suerte de inmovilidad y en que —fuera de mi obra— no tengo otra cosa que hacer que seguir en la sala de mi casa esperando la muerte, puedo hacer mía la frase de Flaubert que quisiera fuera mi epitafio: Todo perdido, nada perdido».
Posteriormente Lezama cambió esa frase. El epitafio que aparece en su tumba está sacado de un poema suyo. Dice: «La mar violeta añora el nacimiento de los dioses porque nacer es aquí una fiesta innombrable».
En los momentos finales el poeta asoció la muerte con la imagen del nacimiento. Por eso, para mí sigue en su obra tan vivo como siempre. Vivo en sus cien años. A veces paso por su casa y me detengo un momento ante la puerta: me parece que Lezama acudirá a mi llamada para preguntarme otra vez con el saludo habitual de su alegría: «¿Qué tal de humedad matinal? ¿Qué tal de resonancias?»






El Rey de la Melodía

El Rey de la Melodía

Ciro Bianchi Ross

 

Lo vimos muchas veces por el barrio de Los Sitios, en Centro Habana. Caminaba con elegancia y ritmo aquel hombre alto y huesudo que, vestido invariablemente de guayabera y pantalón blancos y tocado con un jipijapa auténtico, parecía un Quijote tropical. Era Joseíto Fernández, El Rey de la Melodía, el creador de la famosísima Guajira guantanamera, la pieza musical cubana, junto con El manisero, de Simons, y La comparsa, de Lecuona, más difundida en el mundo.

            Esa melodía no es guajira ni tampoco guantanamera. Quiere decir esto que no es oriunda de la provincia cubana de Guantánamo ni pertenece al género musical conocido como guajira. Joseíto Fernández la creó en 1928, en tiempos en que se iniciaba como cantante de sones, y la estrenó en la radio en 1935. Fue, a partir de  1940,   el tema que identificó a su orquesta hasta que tres años después el cantante era contratado en exclusiva  por una firma jabonera para que la interpretara en el programa radial El suceso del día, que escenificaba hechos de la crónica roja. Un poeta repentista componía la décimas o espinelas que recreaban el suceso criminal, y Joseíto las cantaba incorporándole el conocido estribillo de “Guantanamera, guajira guantanamera”. Aquello llegó a ser tan popular que, aunque el programa desapareció en 1957, todavía se oye decir que a alguien le cantaron la Guantanamera cuando se ha visto envuelto en un incidente desafortunado.

            No es esa la Guantanamera que hoy recorre el mundo ni la que se repite en la Isla. Sino la que lleva versos de José Martí. En los años 50 Julián Orbón, compositor español avecindado en La Habana, la versionó con los Versos sencillos del Apóstol de la Independencia de Cuba,  cuya métrica se ajustaba a las coplas de ocho compases que interpretaba Joseíto. En 1962, el músico Héctor Ángulo, becado en EE UU por el Gobierno Revolucionario, cantó esa versión en un campamento de verano de ese país. Así la escuchó Pete Seeger y la grabó poco después con el título de La guantanamera.

            Sería a partir de esa grabación que algunos musicólogos se aventuraron a decir que Guajira guantanamera era una tonada hecha por el pueblo, un aire folclórico del que Joseíto se había apropiado. No hubo tal cosa. No se trata de un género anónimo, como el guaguancó o el son, sino de una guajira-son escrita en compases de dos por cuatro, a diferencia de las guajiras de Anckermann, que tomó elementos del punto y de la clave de raíces españolas y están escritas en compases de seis por ocho. El hecho de que ningún testimonio literario pruebe  su similitud con otra tonada, confirma su originalidad, aunque tenga giros y cadencias parecidos al punto, la guajira y el son.

Hay algo más importante y definitivo. La versión cantada por Seeger tiene los elementos melódicos que se aprecian en la versión de la Guantanamera que para la disquera Víctor hizo Joseíto Fernández con su Orquesta Típica en 1941. En ese mismo año, su autor la registraba con el título de Mi biografía y el subtítulo de Guajira guantanamera.

            Para Joseíto fue siempre un honor que versos de Martí se incorporaran a su melodía. Él mismo llegó a cantarla en esa versión y lo hizo como habitualmente se hace en la Isla: incorporando casuísticamente  nuevas estrofas martianas y suprimiendo otras, a diferencia de la versión de Seeger, que incluye siempre los mismos versos. Afirmó en una ocasión que la Guantanamera fue siempre una canción protesta, de denuncia, porque recogía la tristeza y la desgracia de un pueblo y que al pedir bienestar y justicia para ese pueblo, los reclamaba también para sí.

            Porque aquel hombre íntegro,  complaciente y amable, habanero hasta la muerte, tuvo un origen muy humilde que nunca olvidó. Nació el 5 de septiembre de  1908 y murió el 11 de octubre de 1979, hace ahora treinta años.

           

           

             

           

             

La amante cubana de Greta Garbo

La amante cubana de Greta Garbo

Ciro Bianchi Ross

Una cubana de ascendencia santiaguera, nacida en Nueva York, fue amante de Greta Garbo. Lo fue asimismo de Marlene Dietrich e Isadora Duncan, dos de los nombres más sobresalientes en la larga lista de sus relaciones amorosas que extendieron sus tentáculos a lo largo y ancho del estrellato de Hollywood. Mostraba preferencia por las actrices y las escritoras. Podían ser jóvenes promesas o viejas glorias, como Pola Negri, la supuesta novia de Rodolfo Valentino. Fueron tormentosos sus amores con la actriz Eva Le Gallienne, la prometida de Basil Rathbone, que se hizo célebre por su interpretación de Sherlock Holmes, y solo  la bailarina rusa Tamara Plaronovna Karsavina siguió siendo su amiga una vez superada la pasión.   Era, dicen las que la conocieron, de una personalidad arrolladora, celosa y posesiva; una mujer que nunca ocultó sus preferencias sexuales.  “No puedes deshacerte de ella tan tranquilamente; ha tenido a dos de las mujeres más importantes de Estados Unidos: Greta Garbo y Marlene Dietrich”, escribía la famosa narradora norteamericana  Gertrude Stein a su compatriota  la escritora Anita Loos. Mercedes de Acosta incursionó como diseñadora en el mundo de la moda; publicó varios poemarios y alguna que otra novela, escribió para el cine y para el teatro… La fama literaria y artística  y el éxito económico les fueron siempre esquivos. Triunfó en su vida privada. Se vanagloriaba de poder arrebatarle la mujer a cualquier hombre. Y lo conseguía. Era un don Juan a la inversa.

            En un alarde de fina estrategia, con la Garbo se lanzó a fondo y por un camino inesperado en el momento en que las presentaron. Años antes, desde que la vio por primera vez en el vestíbulo de un hotel de Constantinopla, sintió que aquella mujer, de mirada distante y cuerpo de diosa,  tenía que formar parte de su vida. No sabía quién era a ciencia cierta. La vio tan  distinguida que la tomó por una princesa rusa exiliada, pero el recepcionista del establecimiento le aclaró que, aunque desconocía su nombre, se trataba de una actriz sueca. Días después se reencontraron en la calle y Mercedes volvió a sentirse turbada por aquellos ojos y no tuvo valor para abordarla.

            “Me pesó tener que dejar Constantinopla sin haberle hablado, pero a veces el destino es más amable de lo que pensamos o quizás es que no podemos escapar a nuestro destino”, escribía Mercedes muchos años después de aquellos encuentros fortuitos, porque la suerte no demoraría en volver a ponerlas frente a frente. Ocurrió en 1931, recién llegada Mercedes a Hollywood para iniciar su trabajo como guionista de cine. Fue la actriz ucraniana  Salka Viertel,  confidente de la Garbo  y guionista de algunas de sus películas, la que insistió para que la sueca la conociera y terminó presentándolas.

            “Cuando nos dimos la mano y me sonrió sentí que la había conocido toda mi vida; de hecho, en muchas encarnaciones previas”, escribió. La presentación no daba posibilidades para mucho más, pero fue suficiente para que Mercedes tuviera un detalle con la Garbo que uniría a ambas mujeres durante tres décadas. Hizo la actriz un comentario sobre el hermoso brazalete que lucía la escritora. Mercedes no demoró su respuesta. Se lo sacó y lo extendió a la Garbo. Le dijo: Lo compré en Berlín para ti.

AQUÍ YACE EL CORAZÓN

Esa historia la contó Mercedes de Acosta en sus memorias. Las publicó en Nueva York, en 1960, con el título de Aquí yace el corazón.  Un libro relativamente aséptico, pero apoyado en hechos, que tuvo como consecuencia que muchas famosas,  deseosas de mantener en secreto sus preferencias sexuales, le retiraran la amistad. Eva Le Gallienne, en particular, se puso tan furiosa que destruyó todo lo que conservaba como recuerdo de su antiguo idilio.  La Garbo fue menos explosiva, pero  le dijo con todas sus letras que no quería volver a hablarle nunca.  No faltaron los que acusaron a la autora de mentirosa y se comentó  que había inventado esas historias para conseguir la fama. Los especialistas, sin embargo, no comparten esas opiniones pues muchos de los amoríos narrados se confirman en cartas privadas y no pocos de ellos fueron en su momento la comidilla de todos  en Hollywood, si bien las productoras cinematográficas evitaron  que llegaran a la prensa para no perjudicar la reputación y la carrera  de actores y  actrices. Solo de Greta Garbo, Mercedes de Acosta donó a un museo de Filadelfia unas 55 cartas, con la exigencia de que no se publicaran  hasta pasados diez años de la muerte de la actriz.

Esas cartas, para decepción de los que gustan hurgar en sábanas sucias y más si son de mujeres, dicen menos de lo  que se esperaba. Aunque la Garbo llama a Mercedes “Cariño”, “Pequeña”, “Querido Muchacho”, “Querido/a Señor/a”…  faltan los detalles explícitos de una relación amorosa, como si la actriz, esquiva hasta la posteridad, estuviese calculando, dice su biógrafa Karen Swenson, como proteger su intimidad aún después de muerta. Discreta es también Mercedes de Acosta en su Aquí yace el corazón. No son pocos los que afirman que Greta fue el gran amor de su vida. Pero parece extraño que la actriz compartiese ese sentimiento con igual intensidad. Pasaban semanas de vacaciones  aisladas en parajes remotos de la Sierra Nevada,  que eran seguidas por largos periodos en los que apenas había trato entre ellas y en los que la Garbo negaba incluso que la conociera.  Fue aquella una relación que la sueca  controló a su antojo, y todo transcurrió en ella bajo su voluntad. Mercedes y Salka, por otra parte,  no demorarían en convertirse en rivales, tanto por el corazón de la actriz como por  el privilegio de escribir sus guiones. A comienzos de la década del 40, Salka gana la batalla. Mercedes sale del juego y se va a vivir a Nueva York. Allá le escribirá la Garbo. Pero solo para confiarle algunas tareas, como la de  encargarle unas chinelas o un tinte determinado. Fuego hubo y cenizas quedaron. Mercedes se va a vivir a París y tiene una nueva novia, Poppy Kirk. Con discreción y tacto, la Garbo le reprocha entonces al “Querido Muchacho” el nuevo romance.

            Salka Viertel, que eran también, en asuntos amorosos,  una estratega de altura, había hecho una jugada maestra: puso a Mercedes en contacto con Marlene Dietrich.  Marlene y Greta  se conocieron en Alemania, en 1925, cuando - eran los comienzos de sus carreras-  asumieron papeles secundarios en La calle sin alegría, película del  director G. W. Pabst, sobre la prostitución en Viena durante la primera posguerra. En la cinta, la Garbo, desfallecida por el hambre, cae  en los brazos de Marlene, que la acaricia de tal manera que la escena fue suprimida en las copias destinadas a la distribución comercial de la película. Semanas después ambas mujeres vivían un tórrido  romance en la capital alemana.

            La sueca se fue a residir  y a trabajar a Hollywood y cuando a Marlene se le presentó la misma oportunidad, ambas negaron conocerse de antes y apenas se trataron, evitando que se descubriera su pasado. El silencio hizo crisis cuando el famoso escritor Erich María Remarque, el autor de Sin novedad en el frente,  que sostenía una relación tempestuosa con Marlene, se enredó con la Garbo. Marlene se enteró del desliz, estalló en cólera y, presa de los celos, llamó a la sueca arrogante, egoísta y mujer poco fiable, lo que ahondó más el abismo que las separaba.

            La relación de Mercedes con Marlene no gustó  nada a la Garbo. A 1944 corresponde el último poema de amor que la escritora le dedicara, aunque se dice que vivió enamorada de ella hasta el último día de su vida, en 1968.

QUIERO ESTAR SOLA

 

Mercedes de Acosta nació el 1ro de marzo de 1893. Su padre, a quien ella llamaba El Soldado, tuvo que salir de Cuba a causa de sus simpatías por la independencia. Por parte de madre estaba emparentada con la casa ducal española de los Alba. Pasó su infancia en una casa enorme, en la zona más aristocrática de Nueva York, cerca de la de Teddy Roosevelt  y al lado de la del embajador británico. Una casa llena de libros donde, en un ambiente romántico,   convivió con hacendados millonarios, tíos retorcidos y parientes arruinados. Era la suya una familia proclive a la depresión y el suicidio. El Soldado terminaría privándose de la vida y su muerte fue todo un trauma para la niña, mientras que la madre, decepcionada porque en el nacimiento de Mercedes esperaba a un varón, insistió en vestirla y tratarla como tal y le dio el nombre de Rafael. En una ocasión, un vecinito  la llamó “mujercita” y Mercedes sufrió un nuevo trauma al constatar su verdadera condición.  Recapacitó su madre entonces y volvió a llamarla por su nombre.

            Conoció a la reina María de Rumania, al escritor francés Anatole France, al escultor Rodin… El compositor Igor Stravinsky fue su amigo íntimo. Una de sus hermanas llegaría a ser una importante modelo. Tenía Mercedes talento para la actuación, pero no se inclinaría hacia la escena.

Una muchacha de su condición social necesitaba contraer matrimonio. A su madre, preocupada ya tanto por la soltería de la hija como por el dinero que se le  esfumaba, pensó que el pintor Abram  Poole, guapo, rico, famoso y mimado  por sus cuatro hermanas,  sería un buen partido. A Mercedes no le desagradó, pero se apresuró a dejar en claro que el matrimonio no cambiaría su modo de vida y sus predilecciones, de las que Poole era consciente.  Se casó vestida de gris y pasó la noche de bodas en la casa materna, abrazada a su madre. Se divorciarían  en 1935, tras quince años de matrimonio, cuando la relación de Mercedes con Greta Garbo estaba en su clímax.

Ansiaba Mercedes escribir guiones. Alguien la recomendó y la productora KRO la contrató para que acometiese  el libreto de una película de Pola Negri. Hollywood llamaba a su puerta y la oferta de trabajo la acercaba a Greta Garbo. El comentario de que la sueca no era lesbiana, pero podía serlo, le hizo suponer que  no lo era porque otras habían fallado. Ella no fallaría. Lo conseguiría si la Garbo le dejaba poner un pie en su puerta. Existía un inconveniente: Salka Viertel era la guardiana de esa puerta.

Mercedes de Acosta murió en Nueva York, ignorada y pobre. La sueca la sobrevivió largamente. En sus diez y seis años en Hollywood, Greta Garbo filmó 24 películas, catorce de ellas rodadas con sonido. Nunca firmó autógrafos, asistió a estrenos ni respondió las cartas de sus admiradores, costumbres que mantuvo luego de su temprano retiro en 1942, a los 36 años de edad. Su frase “Quiero estar sola” la identificó como una marca de fábrica;  aislamiento que no le impidió ser una inversionista audaz, capaz de multiplicar con creces su capital, cifrado en el momento de su muerte, a los 84 años,  en 285 millones de dólares,  y que legó a una sobrina como única heredera.

Durante sus últimos años, que pasó en París, sus salidas se limitaban al parque de Luxemburgo. Se entretenía dando de comer a las palomas y viendo jugar a los niños. Nunca permitió que la fotografiaran para que sus admiradores no advirtieran el proceso de la vejez que le deterioraba el rostro enigmático que fascinó a  una época.

 

 

 

 

 

              

           

             

 

Dime cómo escribes

Dime cómo escribes

Ciro Bianchi Ross

 

Un libro publicado hace ya algún tiempo  recogió las respuestas que cuatrocientos escritores vivos y muertos  de veinte y ocho países dieron a lo largo de los años  a una sola pregunta. ¿Por qué escribe?

            Hubo de todo en las contestaciones entresacadas de muy diversas entrevistas y confesiones. Así, mientras García Márquez lo hace “para que me quieran más”, y Julio Cortázar dijo que escribió Rayuela porque no pudo “bailarla, ni cantarla ni esculpirla”, ese monstruo de la creación que fue William Faulkner confesaba paladinamente que escribía “para ganarme la vida”. Aunque allí no se dice, el autor de Mientras agonizo y El sonido y las furias carretillaba carbón cuando conoció al novelista Sherwood Anderson y “al percatarme de lo bien que vivía comprendí que escribir era lo mío”. Si Hemingway llegó a tener un yate, Faulkner tuvo avión particular. Fue un hombre con suerte. El éxito monetario o de otro tipo no siempre acompaña al talento. Dostoyevski vivió en la miseria, y Balzac, que era un esclavo de la pluma, escribió asaeteado por las deudas en que lo sumía el afán desmedido de vivir por encima de sus posibilidades. Cuando murió, a los 51 años de edad, luego de legar las noventa y siete novelas de La comedia humana, no había podido redimir compromisos económicos que contrajo en la temprana juventud y que con especial deleite se ocupó de incrementar a lo largo de su vida.

            Nunca se sabrá bien por qué escriben los escritores –el chileno Nicanor Parra afirmó que lo hacía por envidia-, por qué una obra pasa a la posteridad y otra no, ni por qué a veces un solo libro basta para inmortalizar a un escritor. Entonces, por qué no hablar ahora sobre cómo escriben los escritores. Cada vez más  el lector, en el que existe siempre el deseo y la posibilidad de escribir la obra que lee, se interesa por ese tema. Esto es, el revés de la creación. El revés de la trama.

            Víctor Hugo (Los miserables) escribía de pie y lo hacía en la misma habitación donde dormía. No desperdiciaba una sola cuartilla; las numeraba al comienzo de la jornada y las arrojaba al piso a medida que las llenaba para que no le estorbaran en la reducida superficie que utilizaba para el trabajo. El cubano Fernando Ortiz, en cambio, escribía sentado en su cama. Colocaba el papel en una tablita que apoyaba en sus muslos. Escribía en cuartillas sesgadas al medio y, para ahorrar, lo hacía preferiblemente en el reverso de las cartas que recibía. En su pulgar derecho había una zanja del grueso de un lápiz.

            Ortiz escribía de noche, hasta bien entrada la madrugada. Alejo Carpentier comenzaba su jornada a las cinco y treinta de la mañana y trabajaba hasta las ocho. Al final de la tarde pasaba a máquina lo que había escrito a mano anteriormente. Lezama Lima lo hacía a la hora del crepúsculo y se iba a “una segunda noche” si el asma no lo dejaba dormir. Apoyaba una libreta larga y estrecha en el brazo de su sillón de siempre y llenaba la página de signos aljamiados. Luego, su esposa María Luisa sacaba tres copias mecanográficas de cada texto, copias que eran cosidas, no presilladas, en una misma carpeta.

            Leonardo Padura, uno de los cubanos más leídos del momento, escribe todos los días posibles –de lunes a lunes- por las mañanas. Se sienta muy temprano delante de su computadora y trabaja hasta entrado el mediodía. Hace una primera versión de una novela, y después hace tantas versiones como crea necesario –cinco o seis versiones es la media. No trabaja en más de un libro a la vez. Espera concluirlo y, entre novela y novela, hace periodismo o acomete un guión de cine. El mexicano Paco Ignacio Taibo II, otro renovador, como Padura, del policial contemporáneo, sí suele trabajar en dos o tres proyectos al mismo tiempo hasta que se decide por uno que lleva hasta el final. Prefiere la noche, lo que  quiere decir que aprovecha también la mañana y la tarde. Tiene más de cincuenta títulos publicados y todos de éxito. Tras la biografía de Che Guevara -250 000 ejemplares vendidos- acometió la de Pancho Villa y anda ahora tras las huellas del cubano Antonio Guiteras, uno de los revolucionarios, dice, menos conocidos de toda la historia americana. El narrador Lisandro Otero –La situación, Temporada de ángeles, Árbol de la vida…-  que escribía un artículo diario para la prensa mexicana, hacía  su periodismo  entre las seis y las ocho de la mañana por lo que el día le quedaba libre para avanzar en algún proyecto de novela. Comenzó a escribir a los catorce años de edad en una vieja Remington que su padre, un destacado periodista, dejó de usar al cambiar para una Underwood. El último libro que Lisandro hizo totalmente a máquina fue  En ciudad semejante. Después comenzó a escribir a mano porque  esa manera, pensó, le posibilitaba una reflexión mayor y enriquecía su prosa. Pero desde fines de los 80 escribió directamente en una computadora y no se explicaba cómo pudo hacerlo de otra forma durante tanto tiempo.

            Lisandro y Padura fueron de los primeros escritores cubanos que utilizaron el ordenador de palabras. También el historiador Newton Briones Montoto, que descubrió el  invento en una visita a El Corte Inglés, de Madrid, y comprendió de golpe que era ese el aparato que necesitaba para domeñar su caos. Leonardo Acosta continua escribiendo a máquina.  Antón Arrufat se resistió a la nueva tecnología y siguió tecleando sus narraciones  en la tipiadora de siempre hasta que  cayó la tentación.  Miguel Barnet, en cambio, no da su brazo a torcer. Escribe todavía a mano y con una gorra puesta para abrigarse la cabeza. Dice que toda la gran literatura es manuscrita, y teme al ordenador porque cuando una frase aparece en la pantalla empieza a verla como algo lapidario, definitivo, que no lo deja avanzar. Lo priva del placer de  la hoja en blanco que  se llena con sus signos, del goce de estrujar una cuartilla entre las manos, que es como matar una criatura imperfecta para dar vida a otra saludable. Así rompió, no sin dolor, las trescientas cuartillas de una primera versión de Oficio de Ángel, iniciada en 1975. Sabía que alguna vez la retomaría y años después, en 1987, lo hizo  cuando en un feo hotel de Valencia, España, agarró un pedazo de papel y escribió: “Y comenzó el tiempo fluvial. Y el agua de la superficie no volvió a ser calma. Y la noche se tornó día…” Nadie sabe bien, dado lo intenso de su vida social, a qué horas escribe Pablo Armando Fernández. Confesó en una ocasión que cuando se sienta a hacerlo escucha voces que le dictan lo que escribirá.

            Cortázar hacía la prosa directamente a máquina (eléctrica) y escribía los poemas a mano; de ahí la huella digital que se advierte en ellos. Revisaba poco porque era muy severo a la hora de escribir y los muchos años en el oficio lo enseñaron a desconfiar de las palabras. Por eso, mientras escribía ejercía una especie de control y una vez que lograba el texto apenas le hacía enmiendas. De los cuentos hacía una sola versión que aceptaba o rechazaba en función de su poder hipnótico, que es condición inherente a todo buen cuento.

            El puertorriqueño José Luis González, el gran cuentista de En Nueva York y otras desgracias y Las caricias del tigre, decía que tan pronto tenía la idea ya el cuento estaba hecho. “Los cuentos jamás se escriben por el comienzo, sino por el final. A un cuentista se le ocurre la idea  y ya se le ocurrió el cuento. Busca entonces un buen comienzo y enseguida arma el andamiaje para llegar al final, que es la idea que tuvo primero. A un cuentista no se le ocurre un cuento sobre el adulterio, se le ocurre un cuento sobre un adúltero”, me dijo una vez el autor de En el fondo del caño hay un negrito y La noche en que volvimos a ser gente.

            Augusto Monterroso, que se dedicó a la literatura porque tenía poca habilidad para la vida y no sabía bien cómo conquistar a una muchacha, decía que se enfrentaba a un texto como cualquier buen artesano a su trabajo. No tenía método, horario ni disciplina. Le pregunté una vez como escribía y me dio una contestación lapidaria. Respondió: “Tachando”. Por cierto, y esto no es chisme y fue el propio escritor quien me contó, Monterroso tenía un tío que se dedicaba a falsificar dinero y abandonó ese “oficio” cuando, al poner en claro sus cuentas, se percató de que falsificar le representaba una inversión de un peso con veinte centavos…

            Para el chileno Antonio Skármeta –Ardiente paciencia, Soñé que la nieve ardía, La chica del trombón…-- mirar, oír, comprender, sentir son formas preliterarias de la escritura, y de esa manera escribe siempre, aunque no tenga delante una hoja de papel. Solo se pone a hacerlo cuando siente que tiene madura la historia y entonces trabaja a cualquier hora del día, con la condición de que sea en su casa, y no le importan los ruidos, la música ni la gente que se mueve a su alrededor. No lo entorpecen, más bien lo estimulan. El poeta español Juan Ramón Jiménez, en cambio, buscaba el aislamiento con ansiedad enfermiza. Escribía en una habitación a prueba de ruidos, sin embargo, un intercomunicador lo mantenía en contacto con la calle, y cuando alguien preguntaba desde la acera por el poeta, era el propio autor de Platero quien respondía: “De parte de Juan Ramón, que no está en casa”.

            Jorge Amado se quejaba de continuo de las interrupciones, pero insistía en escribir en el portal o en la sala de estar de su casa de San Salvador de Bahía con todas las ventanas abiertas. Si alguien llamaba a la puerta cuando estaba escribiendo, era él quien atendía al llamado e insistía en contestar el teléfono. A veces dejaba la máquina de escribir y se iba a la cocina a interesarse por el almuerzo y, como presumía de buen cocinero, no era remiso a dar instrucciones a la sirvienta; indicaciones que a veces arruinaban la comida.

            El argentino Mempo Giardinelli, capaz de teclear ciento veinte palabras por minuto y que piensa que la novela debe ser entretenimiento y reflexión, trabaja todos los días y escribe solo cuando tiene ganas. A veces, en una semana, escribe una única cuartilla, y otras en un día le sale un aluvión. Escribe más en verano que en invierno, y lo hace completamente desnudo, con una toalla enrollada al cuello para enjugarse el sudor.

            Isabel Allende, por su parte, necesita vestirse y maquillarse como para una fiesta antes de sentarse a escribir. Si no lo hace así, se desmoraliza. Corrige sus textos hasta el infinito, lo que, reconoce, no siempre es bueno, ya que se corre el riesgo de que la historia se ponga rígida y pierda encanto. Le parece el colmo de la impudicia leerles a los allegados pasajes de un libro en proceso, “es como desnudarse en público o peor”. Es muy supersticiosa. Un ocho de enero comenzó La casa de los espíritus. Desde entonces ha comenzado todos sus libros un día como ese.

           

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Cien años para Juan Bosch

Cien años para Juan Bosch

Ciro Bianchi Ross

 

En Cuba se sentía como en casa. La tenía como una prolongación de su patria. Había vivido aquí durante casi dos décadas, etapa que definía como la mejor de su vida, y cada uno de sus regresos era para él como una vuelta a la fuente de la juventud. Su mujer y sus hijos eran cubanos y también dos de sus nietas. Cuba fue para Juan Bosch la “isla fascinante”. Y ese es precisamente el título de uno de los libros más célebres.

            A Ernesto Guevara lo conoció en Costa Rica y el argentino  fue visita frecuente en su casa de San José hasta que decidió trasladarse a Guatemala. Con Fidel Castro trabó relación en los años 40,  en los días de la llamada expedición de cayo Confites, cuando unos mil doscientos jóvenes cubanos y dominicanos, reclutados en La Habana, se entrenaron durante meses en esa isleta de la costa norte de Cuba para derrocar a la satrapía de Rafael Leónidas Trujillo. Bosch era uno de los líderes  políticos del grupo. Fidel, con 21 años de edad, era teniente y segundo jefe de una compañía de vanguardia.

Aquellos combatientes no lograrían su objetivo. Al saberse de sus propósitos, el general Marshall, secretario de Estado norteamericano, instruyó a Norweb, su embajador en La Habana: debía presionar al presidente cubano Ramón Grau San Martín Grau, que había alentado y apoyado aquella expedición con el concurso de los gobiernos de Guatemala y Venezuela,  para que la aplastara “rápida y eficazmente”. Pero Grau no era hombre fácil de presionar. Tal vez por eso se optó por invitar a Washington al mayor general Genovevo Pérez Dámera, jefe del Estado Mayor del Ejército. Permaneció allá durante los días 15 y 16 de septiembre y a su regreso procedió a desmantelar la expedición que había salido ya rumbo a su destino y que fue interceptada por unidades de la Marina de Guerra cubana. Los barcos de la expedición serían conducidos al puerto de Antilla, en la bahía de Nipe,  y una vez allí los expedicionarios serían arrestados. 

Se dice que Trujillo recompensó a Genovevo con una crecida suma de dinero. Poco después del fracaso de cayo Confites, Juan Bosch le preguntó directamente, durante un encuentro en la playa de Guanabo, si eso era cierto. El militar rehuyó la respuesta. Dijo que si él no hubiera llegado a impedirla, todos los expedicionarios estarían muertos porque Trujillo estaba alertado y preparado para liquidarlos. Preguntó Bosch entonces cómo había logrado convencer a Grau para que le permitiera hacer lo que hizo. Le dije lo mismo, respondió Genovevo.

Historiadores dominicanos llegaron a la conclusión de que el general cubano no reveló toda la verdad porque si bien el dictador estaba enterado por la Inteligencia norteamericana de lo que se gestaba, no le refirió lo que bien sabía: barcos y aviones de EE UU  impedirían la expedición. El presidente Truman acababa de proclamar su política de contención de la influencia soviética y Trujillo era considerado por el gobierno norteamericano un aliado invaluable.

Ante el inminente e inevitable final, Bosch entregó su pistola a Fidel. Al joven estudiante, que presidía  el Comité Pro Democracia Dominicana en la Universidad habanera, le pareció humillante regresar arrestado y juzgaba intolerable entregar el barco que lo transportaba.  Fue entonces que Emilio García del Castillo, un dominicano conocido como Pichirilo, tomó el mando del barco en cuestión e hizo audaces esfuerzos por eludir la embarcación de la Marina cubana que, con los cañones de proa listos para disparar,  lo conminaba a que retrocediera hasta Antilla, donde ya estaba prisionero el resto de los expedicionarios. El objetivo de Fidel era salvar el grueso de las armas que iban en el buque. En definitiva, Fidel  no sería arrestado. Se tiró al mar y nadó hasta la costa en un área infectada de tiburones.

Un detalle curioso. Casi diez años después, cuando Fidel preparaba en México la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista, que libraría en la Sierra Maestra,  pudo contar con el apoyo de Pichirilo, que se sumó al grupo como segundo jefe del yate Granma que trajo a los 82 expedicionarios que encabezaba Fidel . Ya en Cuba, el grupo fue diezmado por fuerzas del Ejército. Algunos consiguieron llegar a la Sierra para iniciar la lucha. Los más fueron asesinados o capturados y enviados a prisión. Pichirilo  fue de los diecinueve desembarcados que lograron eludir las persecuciones.

Luego, en 1965,  con grados de comandante, combatirá, bajo las órdenes del coronel Francisco Caamaño contra los soldados de la 82 división aerotransportada que, con el apoyo de 40 000 infantes de marina, invadieron la República Dominicana. El 12 de agosto de 1966, durante la presidencia de Joaquín Balaguer, agentes de la Inteligencia dominicana, balearon a Pichirilo. Moriría horas después, el mismo día en que Fidel Castro cumplía 40 años de edad.

FRONTERA IMPERIAL

Con Juan Bosch conversé varias veces durante sus visitas a La Habana y en una ocasión, en 1985, durante el II Encuentro de intelectuales por la soberanía de los pueblos de nuestra América, que tuvo lugar en el Palacio de las Convenciones,  le moderé una conferencia de prensa. Era un hombre de buena pinta, elegante, ya con el pelo totalmente blanco. Pese a su edad de entonces, cuando hablaba de la realidad de su país lo hacía como un político a quien todavía quedaba mucha cuerda. Ocupó la presidencia de la República Dominicana durante siete meses, hasta su derrocamiento por un golpe de Estado en 1963, y desde entonces no había cejado en su empeño de retornar al poder, lo que nunca consiguió.

            Pero Bosch era también un escritor distinguidísimo. El escritor dominicano más significativo y trascendente; antologado y traducido a muchos idiomas. Publicó unos veinte títulos y su novela El oro y la paz le valió el Premio Nacional de Literatura en 1976, y varios años después su infatigable bregar como periodista se vio recompensado con el Premio Caonabo de Oro, que otorga la Asociación Dominicana de Periodistas y Escritores.

            ¿Hombre de dos vocaciones, entonces? La literatura por la literatura jamás interesó a Juan Bosch. Su último cuento, “La mancha indeleble”,  inspirado en la figura del ex presidente venezolano Rómulo Betancourt,  lo publicó en 1960, y la novela antes mencionada, aunque apareció en 1975, estaba pensada, estructurada y escrita desde muchos años antes. Por eso, ya al final de su vida, pese a la buena suerte que corrieron algunas de sus ficciones y lo importante que fue su orientación personal  en la formación profesional de otros escritores, como el puertorriqueño José Luis Rodríguez, autor de esos cuentos antológicos que son “En el fondo del caño hay un negrito” y “La noche que volvimos a ser gente”,  se consideraba un hombre de una sola y fuerte vocación política a quien le interesó más  abordar la realidad de su país que la forma en que se valía para hacerlo. Por eso se estuvo ajeno a las ganancias continentales del arte de narrar de las que fue contemporáneo. Se mantuvo aferrado, incluso en El oro y la paz, a los cánones de la novela tradicional. Con un argumento que transcurre de manera lineal, un predominio de la acción y un desenlace que satisface todas las inquietudes e interrogantes del lector. La crítica destaca el contenido dramático y la enorme fuerza expresiva de esa novela de Bosch y la compara con La vorágine, lo que confirma que el autor se sentía seguro en sus medios y en sus fines.

            Ese interés por expresar la realidad del hombre y sus problemas lo llevó a volcarse sobre el ensayo de tema político y social, y también de carácter histórico y económico. En esta línea privilegiaba, por las muchas ediciones que alcanzó, un título como Composición social dominicana, aunque no ocultaba su satisfacción por De Cristóbal Colón a Fidel Castro; el Caribe, frontera imperial, escrito para una gran masa de lectores y que le exigió largos meses de trabajo cuando decidió acometerlo, luego de haberlo pensado durante más de treinta años.

            Con Cristóbal Colón, afirmaba Bosch, el Caribe comienza a ser frontera de imperios que luchaban en tierras americanas por preservar y acrecentar sus intereses en ellas. Con la victoria de Playa Girón, protagonizada por Fidel, se inició una nueva etapa en la historia caribeña. La vieja frontera imperial, perdida para las metrópolis europeas en el siglo XIX y reconstruida por los norteamericanos, quedó deshecha en las arenas de Girón cuando el pueblo cubano aniquiló la invasión mercenaria de abril de 1961.

UNA FUERTE LECCIÓN

En 1953, a raíz del asalto al cuartel Moncada, Juan Bosch fue detenido por el tenebroso Servicio de Inteligencia Militar de la dictadura de Batista. Quedó en libertad al comprobarse que no tuvo vinculación alguna con ese suceso. Entró y salió de la Isla varias veces a partir de entonces, pero en 1958 la vigilancia y la persecución de que era objeto por parte de los cuerpos policiales se hizo intolerable y lo obligaron a salir de Cuba. Para vivir había desempeñado aquí ocupaciones disímiles: vendió personalmente los libros que escribía, trabajó como vendedor  de un laboratorio farmacéutico, buscó anuncios para publicaciones periódicas  y escribió dos programas para la emisora radial CMQ: Forjadores de América y Memorias de una dama cubana. Su situación mejoró cuando la revista habanera Bohemia lo aceptó como colaborador habitual y el presidente cubano Carlos Prío Socarrás (1948-1952) lo contrató para que escribiera sus discursos.

No regresó a La Habana hasta 1974. Su percepción del proceso social cubano había cambiado en esos años.

            En los días de la crisis de los misiles, de octubre de 1962, se negó a hacer declaraciones contra Cuba, y mantuvo la misma actitud durante la campaña que lo llevó a la presidencia de su país. Ya en el poder, resistió las  múltiples presiones que le exigían una postura condenatoria del gobierno de La Habana.

            La invasión norteamericana de 1965 fue un hecho decisivo para Bosch. La lección más viva y fuerte de su vida. Hasta entonces había sido un abanderado de la democracia burguesa. Pero aquella intervención extranjera le hizo comprender que no podía existir una democracia de tipo norteamericana en una nación de América Latina. Se había equivocado en eso. A partir de ahí reconsideró su trayectoria, sus ideas, su existencia misma y llegó a la conclusión de cuanto se había equivocado. Estudió y meditó. Rectificó. No quiso seguir viviendo en la mentira.

            Por esa vía concluyó asimismo que el Partido Revolucionario Dominicano, que lo llevó a la presidencia y al que estaba afiliado, jamás podría dejar ser una organización tradicional. Se sintió desencantado de la ejecutoria de esa organización populista liberal y fundó entonces el Partido de la Liberación Dominicana.

            Una hermosa lección se desprende de su última novela. En ella, un grupo de hombres anda a la caza de riquezas  en la selva boliviana.

            De un lado está Pedro Yasic, el usurpador del oro; del otro, Alexander Forbes, que busca y disfruta la paz. Uno es ambicioso y corrupto. El otro, sereno y bondadoso. Hay en la novela un mundo de obsesiones y aventuras que se contrapone al mundo plácido y tranquilo de quien vive lejos de toda ambición desmedida, dedicado a su trabajo creador.

            La belleza y la paz, parece decir el novelista, son metas que el hombre debe proponerse alcanzar en la tierra, ya que el oro y el poder complican la existencia humana. Pedro Yasic regresa sin oro y sin paz a la casa de Forbes, que carece de lo primero y a quien le sobra lo segundo. Oro y paz, valores simbólicos en el libro de Juan Bosch.

Este escritor y político dominicano hubiera cumplido ahora cien años. En su país se le recordará por su vertical trayectoria cívica  y los lectores de cualquier latitud  seguirán alabando la claridad y hondura de su pensamiento.  Los cubanos tenemos razones más que sobradas para recordarlo por su larga convivencia entre nosotros y  su cariño por Cuba, bien expresado en el libro que le dedicara, Cuba, la isla fascinante.

 

 

La Edad de Oro: Encantar jugando

La Edad de Oro: Encantar jugando

Ciro Bianchi Ross

 

La colonia cubana en Nueva York se sorprende, en el verano de 1889, con la noticia. José Martí, el revolucionario viril, el propagandista incansable de la guerra contra España, acaba de lanzar una revista titulada La Edad de Oro y que dedica a los  de América.

            “Para los niños trabajamos, por que los niños son los que saben querer, porque los niños son la esperanza del mundo”, escribe Martí en el editorial del primer número de la revista y detalla enseguida los propósitos de la publicación: “Este periódico se publica para conversar una vez al mes, como buenos amigos, con los caballeros de mañana, y con las madres de mañana… Todo lo que quieran saber les vamos a decir; y de modo que lo entiendan bien, con palabras claras y con láminas finas. Los vamos a decir cómo está hecho el mundo; les vamos a contar todo lo que han hecho los hombres hasta ahora”.

            Se trata de una publicación mensual, de 32 páginas a dos columnas, fina tipografía y agradable papel, en la que se incluyen láminas y viñetas en las que los mejores artistas plasmaron escenas de costumbre y de viaje y retratos de hombres y mujeres célebres, y que contiene  además reproducciones de pinturas famosas y de máquinas y aparatos científicos. Garantiza una lectura variada y placentera y también instructiva. Y tiene tantos valores pedagógicos y artísticos que hoy se le considera una obra maestra del que tal vez sea el más difícil de los géneros: la literatura para niños y jóvenes.

            Dice al respecto la cubana Fina García Marruz, una de las más profundas conocedoras de la obra de Martí: “El principal hallazgo de La Edad de Oro es haber descubierto ese medio justo con que había que dirigirse a los niños y hablarles de modo que las palabras no pareciesen palabras o ideas, sino que fueran como la piedra que inicia el juego. Una vez en posesión de esa palabra, tomada al mundo de ellos, no iban a notar si se les enseñaba arqueología o historia mientras parecía estarles haciendo un cuento”.  El poeta  mexicano Manuel Gutiérrez Nájera, que caló antes que nadie estas páginas martianas, comprendió como pocos el empeño del hombre de La Edad de Oro: no se trata de que el adulto se aniñe ni que el niño se hombree, sino partir de que el mundo de la infancia es tan serio como el nuestro y no podemos entrar disfrazados en su ámbito. Y sentenciaba: Martí no se muestra en las páginas de su revista como una maestra de primeras letras ni como una criada vieja, sabedora de cuentos de hechicería. “Su trabajo es el trabajo del alba: despertar”.

            Martí vive lejos de su esposa e hijo. A este le dedicó, en 1882, un poemario que es expresión de una nueva sensibilidad, Ismaelillo. Está hecho con rimas inesperadas, una sintaxis compleja, arcaísmos y hallazgos verbales. Inmerso como vive en el torbellino de la lucha política, el recuerdo del hijo lejano es como el remanso de un lago encantado. A esta hora, el amor sereno y doméstico de Carmen Miyares le ha sustituido el amor esquivo de su esposa. Y lo llena.  Carmen está casada con el cubano Manuel Mantilla, enfermo de melancolía y de parálisis. Es medio venezolana  y medio santiaguera;  gorda, parlanchina, simpática. Martí se aficiona a los hijos de Carmen, especialmente María, a la que distingue con marcado amor paternal. Saca a los muchachos por las tardes en bulliciosa reata. Los lleva al Parque Central, ven, en el Edén Musèe, las famosas figuras de cera. Todo lo sabe Martí. Todo quiere explicárselo a los niños.

            ¿Y por qué no hacerlo para todos los niños de América?  Un brasileño amigo, A. D’ Acosta Gómez, pone los recursos imprescindibles. El hombre que es uno de los grandes prosistas de la lengua española  es ahora sencillo a fuerza de ser sintético. Su estilo no se empequeñece para llegar a los niños, asevera Fina García Marruz. Por el contrario, se torna más fabuloso. Imita el idioma del niño. “Tres héroes”, elogio de Bolívar, Hidalgo y San Martín contenido en el número inicial de la publicación es una página sencillamente antológica, como lo son muchas de las de los tres números restantes porque  La Edad de Oro, “empresa del corazón y no del mero negocio”, vivió solo un año.

           

           

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lezama inabarcable

Lezama inabarcable

Ciro Bianchi Ross

 

Chillidos, gritos estentóreos, lágrimas y ataques de histeria –como en un concierto de rock en su punto culminante- caracterizaron la presentación en La Habana, en 1991, de la segunda edición cubana de Paradiso, la gran novela de José Lezama Lima. Fue una verdadera batalla campal en que cada uno de los asistentes se mostraba decidido a conseguir un  ejemplar de la obra a como fuera y actuaba en consecuencia.

            La ensayista y traductora italiana Alexandra Riccio, el poeta César López y el autor de estas páginas debíamos   presentar aquella tarde  la novela  que aparecía con el sello de la editorial Letras Cubanas. Nos disponíamos a hacerlo cuando el público, joven en su mayoría, cada vez más numeroso e inquieto, ahogó las palabras de Alexandra con lo que primero fue un rumor sordo y luego un grito a voz en cuello. ¡Paradiso! ¡Paradiso! ¡Paradiso!,   repetía sin cansancio aquella multitud que desbordaba el amplio portal del Palacio del Segundo Cabo, sede del Instituto de Libro, en La Habana Vieja, y que para garantizar que no hubiera  discursos hizo desaparecer de su soporte, en un golpe de manos sorpresivo y audaz, el micrófono que utilizaríamos, solo para devolverlo cuando se convenció de que los tres oradores habíamos desistido del empeño.

            Lo que siguió fue al acabóse. Ante la multitud que rugía, se retiraron de prisa los ejemplares dispuestos para la venta. Se dijo que el libro se vendería en el interior del edificio y hacía allá se disparó la gente, solo para volver al portal, decepcionada. Allí volvió a intentarse la venta, pero tampoco pudo llevarse a cabo con el público  encimado sobre las vendedoras, pese a que se hizo saber que habría libros para todos.   Al fin se decidió lo que parecía más prudente y la venta se hizo a través una ventana protegida por barrotes.

             Publicada originalmente en 1966, cuando los cinco mil ejemplares de la tirada se agotaron en un decir amén,  Paradiso no había vuelto a editarse en Cuba. Y en  aquella ya lejana tarde de 1991 existía un atractivo más para adquirir un ejemplar de la novela. Su edición era fiel hasta el detalle al manuscrito lezamiano y salvaba las numerosas erratas y omisiones que en ediciones extranjeras  se repetían desde su primera publicación en Cuba.  No era una edición más de Paradiso aquella que se ponía a la venta. Era el Paradiso  recobrado.

            Diez y siete años después de la puesta en venta de aquella segunda edición, el realizador cinematográfico Tomás Piard estrenó su filme  El viajero inmóvil, inspirada en Paradiso, la película más atrevida y perturbadora del cine cubano, homenaje a la vida y a la sensibilidad de un hombre que supo imprimir a su cubanía una gran universalidad. Filme que expresa de manera magistral todo el erotismo y el hedonismo que trasunta su obra  y que hacen que Lezama  supere lo tantálico porque es en la región de lo sensorial donde los hombres se crecen a plenitud. Antes, Senel Paz lo había exaltado en su relato “El bosque, el lobo y el hombre nuevo”, una de las piezas más trascendentes de la narrativa cubana actual, y Fresa y chocolate, película  de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío inspirada en la obra de Senel, le daba carta de ciudadanía universal. 

 

TÚ TIENES QUE SER EL QUE ESCRIBA

José Lezama Lima escribió para llenar una ausencia. Frecuentemente dado a las confesiones, relató que en una oportunidad, siendo niño, mientras jugaba a los yaquis con su madre y hermanas vio que las piezas al caer sobre el piso cementado del patio dibujaron el rostro del padre muerto. Lo hizo notar y todos se abrazaron, llorando. Fue entonces cuando Rosa Lima dijo por primera vez a su hijo: “Tú tienes que ser el que escriba; tú tienes que escribir la historia de la familia”. Para Lezama, la muerte fue el motor impulsor de su poesía, y la madre significó la seguridad, el afianzamiento frente a la vida. Si el vacío que provocó la muerte de su progenitor lo movió a buscar la imagen a través de la poesía, el empeño y la insistencia de la madre lo obligaron a escribir.

            “El mucho leer y la muerte de mi padre, el 19 de enero de 1919, me alucinaron de tal forma que me fueron preparando para escribir. El ejercicio de la lectura fue complementado por la alucinación. Mis alucinaciones se apoderaban de mi imagen y me retaban y provocarían mi mundo de madurez, si es que tengo alguno, me dijo en una ocasión y precisó: En una palabra, la muerte de mi padre y en apegamiento con mi madre en una forma casi desesperada, como único asidero, fueron las consecuencias de aquellos ejercicios, de aquellos enigmas, de aquellas provocaciones, de aquellos paraísos…

            Como muchas veces tenía  que pasar en la cama sus crisis asmáticas y la monotonía de esas horas se le hacía  desesperante, empezó a leer a Salgari. Leyó  después a Dumas a quien siempre consideró como uno de los grandes historiadores de Francia por la forma en que animó periodos y personajes de ese país y cuyos libros le darían un sentido de la historia que al paso del tiempo y el recuerdo Lezama mantuvo vivo en sus eras imaginarias.

            Tenía  ocho años de edad cuando su madre le regaló un ejemplar del Quijote, y el niño lo leyó con dificultad. “Mi juventud parece estar representada por ese libro prodigioso porque forma parte de lo que me ha hecho insistir, de lo que me ha hecho volver, de lo que he sintetizado en aquella sentencia: solo lo difícil es estimulante”.

            Pero el joven Lezama gustaba también de los deportes, sobre todo del béisbol y era un buen field de la novena del barrio hasta el día en que sus compañeros lo buscaron para un partido contra el equipo de la barriada vecina. “No, hoy no salgo, me voy a quedar leyendo”, les dijo. Había comenzado a leer El banquete, de Platón, para hacer de la lectura a partir de ahí –tiene 15 años de edad- su ejercicio, su fanatismo más importante.

            Era todavía muy joven cuando comenzó a escribir. Inicio y escape, su primer poemario, que permanecería inédito hasta después de su muerte, lo escribió entre 1927 y 1932, y es una búsqueda, dice la crítica, de la voz que se haría definitivamente propia en Muerte de Narciso, publicado en 1937, pero escrito, recordaba Lezama, alrededor de 1931.

            “Dánae teje el tiempo dorado por el Nilo”, dice el poeta con su “rauda cetrería de metáforas”, en el verso inicial de Muerte de Narciso e inaugura una manera de decir desconocida y sorprendente en la poesía cubana, una forma lejana de “los fenómenos literarios de influencias, derivaciones o revalorización”, que busca y encuentra su impulso, y se nutre, en las fuentes originarias de la lengua, y que por la libertad y la apertura de su palabra, al decir de Cintio Vitier, avisaba ya oscuramente sobre un barroquismo que no era el previsible. El poeta siempre fue consciente de eso. Muchos años después, mientras discurríamos sobre ese poemario, afirmó: “Toda la poesía de Mariano Brull, Eugenio Florit y de Emilio Ballagas, como brujas montadas en escobas, salieron disparadas por una ventana cuando yo escribí “Dánae teje el tiempo dorado por el Nilo”. La poesía cubana había cambiado en una sola noche”.

HABANERO HASTA LA MUERTE

Aunque Lezama presumió siempre de ser habanero “y del cogollito”, esto es, del mismo corazón  de la capital cubana, nació en realidad en el campamento militar de Columbia, enclavado en la vecina ciudad de Marianao, el 19 de diciembre de 1910. Hijo de José Lezama Rodda, descendiente de vascos que tuvieron y perdieron en Cuba negocios de azúcar, y de Rosa Lima Rosado, parte de una familia que, por sus ideas independentistas, debió salir de Cuba a fines del siglo XX y que conoció y colaboró con José Martí en la emigración revolucionaria. El  padre, ingeniero diplomado en 1910,   había sido de aquellos jóvenes estudiantes  universitarios que en 1907, y en calidad de segundo teniente, se alistaron en el entonces naciente Ejército Nacional. Con el tiempo, y ya con grados de Comandante, José Lezama Rodda será el director fundador de la primera Escuela de Cadetes que existió en la Isla, con sede en el Castillo del Morro. En esas y otras instalaciones militares y en un ámbito de marcialidad, órdenes y disciplina transcurren los años iniciales del futuro escritor. Gusta el niño de acompañar a su padre a las competencias de esgrima  que se organizan en Columbia. El espectáculo lo fascina, pero aquellos hombres enmascarados  le causan también una impresión de pesadilla.

            “Mi padre tenía el orgullo de sus dos pequeños hijos y a todas las visitas nos mostraba, pero me daba cuenta de que le molestaba que se percataran de que yo era asmático. Por eso yo procuraba ocultar mis crisis delante de los demás. El asma ha sido una debilidad hostil que me ha perseguido desde los seis meses de nacido… Cuando mi padre estuvo en la Cabaña, el ambiente húmedo de aquella fortaleza me convirtió en asma la bronquitis incipiente. Después mi padre pasó a Kansas City, un lugar muy frío, y allí mi enfermedad se agravó. Los días los pasaba bastante bien, pero las noches transcurrían con incesantes disneas… El organismo es muy sensible a la asimilación de enfermedades crónicas y ya usted me ve todavía con mi vieja asma a cuestas, al extremo que le he tomado cariño. Cuando estoy mucho tiempo sin padecerla me siento extraño”.

            Recibe Lezama Rodda el ascenso a teniente coronel por su actuación en el aniquilamiento de la insurrección liberal de febrero de 1917. En enero del año siguiente asume la jefatura interina  del Sexto Distrito Militar,  en el campamento de Columbia, cargo que desempeña hasta el mes de julio. Luego,  al frente de un grupo de oficiales del Cuerpo de Artillería, viaja a Estados Unidos donde se prepararía para marchar de guarnición a Europa con las tropas aliadas.

De esa etapa data el manuscrito de Lezama más antiguo que se conserva; una carta, más bien una esquela,  que dirige a su padre. No hay más cartas porque Lezama Rodda lleva a su familia consigo a Estados Unidos. Muere allí en un hospital  víctima de la epidemia de influenza que asoló al mundo en 1919. Su muerte está narrada en Paradiso y es uno de los pasajes más patéticos de la novela. “Mi padre fue un militar de mano dura”, me dijo el escritor en una ocasión.  

            La situación familiar cambia radicalmente a partir de entonces. La casa, siempre llena y alegre, se ensombrece. La mesa se despuebla. Rosa Lima y sus tres pequeños hijos, pues Eloísa nace luego de la muerte de su progenitor, deben desmantelar lo que hasta ese momento fue su residencia e instalarse en la  casa de la madre de Rosa, la abuela Augusta, de Paradiso. Deberán sostenerse ahora con una pensión que equivale a la mitad de los haberes y asignaciones de que disfrutaba el teniente coronel Lezama Rodda. En su novela, Lezama Lima presentará con absoluto realismo y crudeza los problemas económicos que aquejaron a los suyos. Hay algo peor. La muerte de mi padre, repetía, dejó a mi madre sin respuesta.

            En 1929, concluido ya el bachillerato, se instala con su madre y hermanas y la fiel Baldomera, la Baldovina de Paradiso, en la casa marcada con el número 162 de la calle Trocadero, donde residirá hasta su muerte. En abril de 1948 escribía a Eloísa, entonces de vacaciones en Nueva York: “Aquí ninguna jarra ha variado de lugar y los escaparates se abren con el mismo traqueteo que le motivan 40 ó 50 años de uso profundo y cuidadoso…”

            Ese mismo año matricula la carrera de Derecho en la Universidad de La Habana.  Son los años de la dictadura de Gerardo Machado (1925-1933)  y Lezama no permanece ajeno a la realidad de la nación. El 30 de septiembre de 1930 participa en una manifestación estudiantil que marcaría, a juicio del escritor, “el comienzo de la infinita posibilidad histórica de lo cubano” y daría un impulso sin precedentes a la lucha contra el gobierno. Diría años después: “Ningún honor yo prefiero al que me gané aquella mañana del 30 de septiembre de 1930”. Precisaría: “Yo soy un escritor revolucionario porque mis valores son revolucionarios. Y en la raíz de mi vida y mi obra están  mi participación en aquella manifestación y el orgullo de haber sido un luchador antimachadista”.

            Hace la carrera con intermitencias. Machado clausuró la Universidad durante dos años. Fulgencio Batista, que se apropia del poder, mediante un golpe de Estado, el 4 de septiembre de 1933 y asciende  de sargento a coronel y jefe del Ejército  en una sola noche, la cerraría durante tres. Lezama no pierde el tiempo durante ese lustro de vacaciones obligadas. Lee  y escribe. Vuelve a las aulas cuando la alta casa de estudios reabre sus puertas en 1936 y asume la secretaría de redacción de la revista Verbum, órgano de la Asociación de Alumnos de Derecho, que logra publicar tres números entre los meses de junio y noviembre de 1937.  Se trata de una publicación eminentemente estudiantil en la que Lezama se las arregla, sin embargo, para ir dando a conocer lo que escribe. Es en  sus páginas donde  aparece Muerte de Narciso y, entre otros trabajos en prosa, un ensayo medular, “El secreto de Garcilaso”.  Logra graduarse al fin en 1938 con una tesis sobre la responsabilidad criminal en el delito de lesiones. Trabaja entonces en el bufete del doctor Julián Peláez un conocido abogado, hermano de Amelia, la pintora,  y en 1940 obtiene la plaza de secretario del Consejo Superior de  Defensa Social, con sede en la Cárcel de La Habana, en el Castillo del Príncipe; empleo modestísimo pese a su rimbombancia.

            Es un quehacer que lo agobia y atemoriza.  Tiene entre sus obligaciones, la de confeccionar los expedientes de los reclusos y tramitar sus solicitudes de indulto. Luego, es él quien debe comunicar al solicitante el resultado de la gestión. Si es favorable, no hay problema, pero lo aterroriza que se confunda el mensaje con el mensajero cuando el perdón es denegado. Quiere trasladarse para la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación. No lo logra. Insiste. Cuando lo consigue al fin, en 1949, por intermedio de su ya poderoso e influyente amigo Gastón Baquero,  debe hacerlo para una plaza con  categoría y salario inferiores a la de la cárcel.

            Hay múltiples testimonios sobre su penuria de esos años. En 1947, José Rodríguez Feo, codirector y mecenas de la revista Orígenes, le pide por carta  que se traslade a Miami. El 21 de agosto Lezama le responde: “Mi querido amigo: Cómo voy a ir de La Habana a Miami, si a veces, a no tener transporte gratis, no podría ir de mi casa al Castillo del Príncipe…” Al día 13 de agosto de 1956 corresponde esta anotación en su Diario: “Faltan tres días para que nos paguen la quincena. No sé si pedir anticipo, o pasarme tres días sin dinero, entonces mamá me dará veinte o treinta centavos. Así me siento niño…”

ORÍGENES

Los años de la cárcel son, sin embargo, de gran riqueza creadora. Ya en 1937 había conocido al poeta Juan Ramón Jiménez, exiliado en La Habana, y su cercanía hasta 1939 resultó decisiva en la vida de Lezama.  Suma a sus libros un trabajo fecundo como editor de revistas. Dirige Espuela de Plata, de la que aparecerán seis números  entre agosto de 1939 y agosto de 1941. Hay en sus páginas una manera nueva de decir. La nueve un deseo de modernidad, una exigencia de rigor en el lenguaje, una búsqueda de lo cubano, no en el tambor y las maracas, sino en sus raíces más  profundas. Lo que todavía en Verbum era confuso, se expresa ahora de manera más definida. “Convertir el majá en sierpe o por lo menos en serpiente”, dice Lezama, y sintetiza en pocas líneas su concepción de la cultura: “Mientras que el hormiguero se agita –realidad, arte social, arte puro, pueblo, marfil, torre- pregunta, responde, el Perugino se nos acerca silenciosamente, y nos da la mejor solución: prepara la sopa, mientras tanto voy a pintar un ángel más”.

            Junto a Lezama están en Espuela de Plata los poetas Ángel Gaztelu,  Gastón Baquero y Cintio Vitier. Y también Virgilio Piñera, futuro antagonista.  Los pintores Mariano Rodríguez, René Portocarrero y Amelia Peláez, el compositor José Ardévol, el crítico Guy Pérez Cisneros… Sigue otra revista, Nadie Parecía; Cuaderno de lo bello con Dios. La codirige con Ángel Gaztelu. Diez números entre septiembre de 1942 y marzo de 1944. En ese mismo año aparece Orígenes que subsistirá hasta 1956, cuarenta números que denotan el esfuerzo colosal que la convirtió, al decir de Octavio Paz, en la mejor revista literaria de su tiempo en lengua española.

            Asevera Cintio Vitier que Orígenes significó la presencia aislada y firme de un reducto de creación poética del que saldrían nombres y obras perdurables. Significó además un rechazo a la desintegración circundante, y un rescate de esencias cubanas profundas frente a la invasora penetración cultural norteamericana. Significó, en fin, la apertura de modos de expresión que, alimentados con fuentes universales, enriquecieron las posibilidades creadoras de varias generaciones de poetas, incluso hasta nuestros días.

Orígenes comenzó a configurarse en Espuela de Plata. Lezama hablaba de “la generación de Espuela de Plata, después Orígenes”. Pero el concepto de generación debe verse aquí con cuidado. Orígenes fue una conjunción de figuras muy diversas quizás por eso que Lezama llamaba el azar concurrente. Convergen en ella la promoción de Lezama –Gaztelu, Baquero,  Virgilio Piñera, Rodríguez Santos, que nacieron alrededor de 1910- y la de Cintio –Fina García Marruz, Eliseo Diego, Octavio Smith, García Vega, que nacieron a partir de 1920. Y en la década de 1950 afluyen poetas más jóvenes como Fernández Retamar, Pablo Armando Fernández, Pedro de Oráa, Fayad Jamís… Esa conjunción da idea de un criterio muy arraigado en Lezama: superar la teoría de las generaciones, no fomentar la polémica generacional e ir a lo histórico protoplasmático, marchar unidos a partir del protoplasma histórico. Repitió mucho que todos debíamos aspirar a pertenecer a una sola generación, la de José Martí.

ENEMIGO RUMOR

Será  Enemigo rumor (1941) el libro que sitúa a Lezama definitivamente en la poesía cubana. Apunta Vitier con relación a ese poemario: “Yo me siento impotente para comunicarles a ustedes lo que este libro significó en aquellos años. Leerlo fue algo más que leer un libro. Su originalidad era tan grande y los elementos que integraba (Garcilaso, Góngora, Quevedo, san Juan, Lautréamont, el surrealismo, Valéry, Claudel, Rilke) eran tan violentamente heterogéneos, que si aquello no se resolvía en un caos, tenía que engendrar un mundo. Eso último fue lo que sucedió; y no solo un mundo para él, sino la posibilidad para todos de comenzar su periplo en la crecida súbita de la ambición creadora, en la oscuridad original de los dones, en la vertiginosa esperanza de lo desconocido”.

            A Enemigo rumor siguen Aventuras sigilosas (1945) y La fijeza (1949). En opinión de Armando Álvarez Bravo, el primero de esos poemarios “prefigura un poco el mundo de Paradiso”, mientras que el otro es “casi una prolongación de Enemigo rumor”.

            ¿Poeta oscuro? Virgilio Piñera hablará de esos poemarios como de un mosaico bizantino que hará pensar en una teoría de la gran imagen estructurada por miríadas de imágenes y donde la suntuosidad de los elementos determinará en el no avisado la sensación de que asiste a un discurso incoherente. Pero no es la suya, aclara Fernández Retamar, la oscuridad añadida de quien enturbia un discurso, sino aquella que nace de horadar una zona no hollada.

            Poesía clara y poesía oscura eran conceptos trasnochados para Lezama. Pero hay que admitir que el poeta no regala asideros a sus lectores. Su realidad es una realidad ya destrozada, vista ella misma como imagen, asevera Retamar. ¿Se nutre esa poesía de las vivencias del autor? Me dijo el poeta a fines de los años 60:

“Yo le puedo decir a usted que cuando mi padre murió  yo tenía ocho años y ese hecho me hizo hipersensible a la presencia de una imagen. Ese hecho fue para mí una  conmoción tan grande que desde muy niño ya pude percibir que era muy sensible a lo que estaba y no estaba, a lo visible y a lo invisible. Yo siempre esperaba algo, pero si no sucedía nada, entonces percibía que mi espera era perfecta, y que ese espacio vacío, esa pausa inexorable tenía yo que llenarla con la que al paso del tiempo fue la imagen. Por eso la poesía siempre ha sido en mí vivencial. Alrededor de una palabra, de una pausa, de un murmullo, se iba formando la novela imagen; yo iba reconstruyendo por la imagen los restos de planetas perdidos, de zumbidos indescifrables”.

            Dador (1960) es, comentaba su autor, un gran repaso de todo lo vivido hasta entonces. Fina García Marruz no buscó en sus páginas el poema acabado, sino el oscuro chorro de poesía, su manante fuente, una poesía llena de pasión por el cuerpo glorioso y por el tema de la resurrección. Poesía huraña que no busca la perfección porque sabe que el acabado de la falsa madurez no deja intersticios para la otra irradiación que busca.

            En Fragmentos a su imán, que quedó inédito a la muerte de su autor y que se publicaría en 1977, la poesía de Lezama se abre más a lo cotidiano e inmediato, se hace casi transparente. A diferencias de libros anteriores, salvo en algunos textos de Inicio y escape, casi todos los poemas de Fragmentos…están fechados por lo que el poemario podría verse también como una agenda personal del poeta, una suerte de diario íntimo.

            Una vez pregunté a Lezama cuál era, en poesía, su libro más logrado. Respondió:

            “Me ha preocupado siempre –en verdad, más que una preocupación, ha sido un incesante tironeo de mi espíritu- no volver en ningún libro de poesía sobre lo que yo creía haber alcanzado en otro anterior ya que me molesta que el lector sea dueño de una sola corbata gris. Creo que hay una parábola en lo que yo he hecho pues desgraciadamente no podemos ser infinitamente novedosos ni sucesivos, pero sí desconcertar un poco al lector. Las mejores lecturas son las que se hacen con infinitas interpolaciones. Ni que el autor pueda precisar y dibujar a su presunto lector ni que el lector fije sus lecturas ni sus autores. Es lo ideal”.

LA CANTIDAD HECHIZADA

Incursiona en géneros disímiles. Pero Lezama es un poeta. El Poeta. Sea cual sea el género que aborde parte siempre de la poesía y va hacia la poesía. Con razón apunta Reynaldo González: “En el último número de la revista Orígenes (1956) y en el ensayo “La dignidad de la poesía”, José Lezama Lima entrega su cosmovisión poética denominándola, ya, como cantidad hechizada: “En realidad, la aparición de la poesía es una dimensión, un extenso, una cantidad secreta, no percibida por los sentidos”. Y en su búsqueda de un lugar donde la poesía alcance a instalarse como la “gracia que ha decapitado a la naturaleza, adormeciéndola”, ve, en toda causa y en todo tema un hecho poético. Liberar a la poesía de todo causalismo es, en su razonamiento, partir de ella, hacer que Historia y Tiempo resulten sus anillos. Cuando escribe prosa narrativa (Paradiso) o cuando ensaya, también lo hace a través de esa cantidad hechizada, que es su capacidad de poetización o de ver a través de la poesía. El asunto tratado, por las connotaciones que alcanza y las asociaciones que recibe en su discurso, se vuelve la naturaleza misma de la poesía”.

El poeta, en un momento determinado, empieza a sentir el peso de sus visiones y su poema se convierte en una sala de baile, en un escaparate mágico. Se verifican laberintos, enlaces, y el poeta, organizado como una resistencia frente al tiempo, se convierte en un arca que fluye sobre las aguas con todos los secretos de la naturaleza. El arca llega a una isla desierta donde un almirante náufrago dialoga incesantemente con una gallina que tiene un ojo de vidrio. En fin, una novela.

            “En Esopo, en Homero, en los cronistas de Indias, en la teogonías de Valmiki, la novela formó parte de la poesía. La simple acción del hombre se ha vuelto demasiado soterrada, continúa arando en el sueño, y ya no se pueden hacer novelas a base de caracteres, tipos, situaciones, asuntos, porque un intramundo, una entrevisión, un entreoído ha ocupado los espacios clasificados”, me decía el escritor, en 1969, cuando le pregunté qué lo había llevado a la novela.

            En Paradiso (1966) Lezama contó aquella historia de la familia que su madre quería que escribiese alguna vez.

            “Hasta el punto en que toda novela es autobiográfica, Paradiso es una novela autobiográfica –añadía entonces. Yo no soy un novelista profesional, pero creo que es  imposible dejar totalmente fuera de una novela la vida vivida, seres conocidos, recuerdos, odios, rencores, pesadillas. Yo siempre supe que algún día tendría que escribir la historia de mi familia, aquellas conversaciones de mi madre y mi abuela con mis tíos sobre la emigración revolucionaria durante la Guerra de Independencia, los encuentros con José Martí y las Nochebuenas pasadas lejos de Cuba. Yo tenía que escribir también sobre la Universidad, la lucha estudiantil contra Machado, mis amigos, mis conversaciones, mis lecturas, mis esperas y silencios.

            “Ofrecí en Paradiso una summa, una totalidad en la que aparecen lo muy cercano e inmediato, el caos y el Eros de la lejanía. Cuando yo digo que en ese libro puse mi vida, no debe interpretarse la frase en un sentido literal, aunque haya mucho de mi vida en Paradiso, sino como la dedicación y el fervor con que la escribí”.

            Permeada, al igual que su poesía, de profundas esencias cubanas, la novela colocó a su autor en la cabecera de la narrativa continental. No era ciertamente un desconocido cuando publicó esa obra, sin embargo, el éxito que alcanzó con ella carecía de precedentes en su vida de escritor.

            Tenía entonces 56 años de edad y lo sorprendió el impacto que provocó su libro. Los cinco mil ejemplares de la edición cubana se agotan en pocos días y,  para colmo, era solicitado por editores extranjeros. Ediciones en Francia, Estados Unidos, México, Argentina y Perú le ganaban nuevos adeptos.

             Paradiso divide en dos la vida de Lezama. Si hasta entonces transcurrió alejada del gran público, protegida por las paredes de su casa y resguardada por los modestos  empleos que desempeñó para vivir, la publicación del libro hace que su vida íntima se convierta en noticia y sean tema de comentario su edipianismo, el asma –su enfermedad crónica- y los puros habanos que lo deleitaban y con los que, decía, rendía homenaje al olimpo de los aborígenes de la Isla.

            El famoso capítulo VIII de la novela despertó la sensación y el escándalo en La Habana de 1966. Así, sin que mediara explicación alguna, Paradiso fue retirado a toda prisa y sin explicaciones de las librerías solo para que, también de prisa y sin explicaciones, volviera a ellas y desapareciera otra vez, pero ahora en manos de los lectores.

            Años después, Lezama comentaba el incidente:

            Paradiso es una totalidad y en ese todo está el sexo. En determinado momento del desarrollo de José Cemí sucede el despertar genesiaco. Allí se recupera una libertad cuya aparición parece que resintió a algunos acostumbrados a la hoja de parra y a aquellos pintores sastres, de los que se rieron los italianos renacentistas, obligados a tapar las castas desnudeces de Miguel Ángel en la creación del mundo. Para mí, con la mayor sencillez, el cuerpo humano es una de las más hermosas formas logradas. La cópula es el más apasionado de los diálogos y, desde luego, una forma, un hecho irrecusable. La cópula no es más que el apoyo de la fuerza frente al horror vacui.

            “En un himnario de gran belleza, Santo Tomás de Aquino dice: Ve, lengua, y canta las glorias del cuerpo misterioso. De manera que para mí todo lo que haga el cuerpo es como tocar un misterio superior a cualquier maniqueísmo modulativo, pues absolutamente imposible descubrir nuevos vicios y nuevas virtudes, ellos estuvieron desde el origen y estarán en las postrimerías, y tal vez sería bueno recordar la visión memorable de una santa en la que se le reveló que había un infierno, pero que estaba vacío”.

Tras la publicación de Paradiso, Lezama continuó sumando página tras página y sus personajes se desplazaron hacia nuevas situaciones. Licario, el Ícaro, el nuevo intentador de lo imposible, apenas se da cuenta de que está muerto y utiliza todos los procedimientos para estar de nuevo con nosotros. Su presencia se esboza como un relámpago y rehúsa las comprobaciones del cuerpo. El poeta, casi con el ritmo de otra respiración, corporiza la muerte. José Cemí volverá a encontrarse con la imagen y para que ello sea posible tiene que verificarse la resurrección incesante de Oppiano Licario.

            Trabaja entonces en otra novela, a la que siempre aludió como “la continuación de Paradiso” y a la que dio varios títulos –Inferno, La muerte de Oppiano Licario, El reino de la imagen- hasta que decidió que llevase el del nombre de su protagonista que es, a la vez, el personaje más desaforado de Paradiso.

            Pero Oppiano Licario quedó inconclusa. El año de 1970 había marcado la apoteosis del poeta. Se le agasajó en ocasión de su sesenta cumpleaños, se recogió en un volumen su Poesía completa y se dio a conocer ese espléndido libro de ensayos que es La cantidad hechizada, mientras que la Casa de las Américas publicaba una excelente recopilación de textos  sobre su vida y su obra. Lezama, ninguneado por muchos durante años antes de 1959, parecía haber alcanzado su consagración definitiva solo para caer en el olvido y la relegación más completos en 1971, a raíz del llamado “caso Padilla”. Dejó de publicársele, ninguna revista cultural le pidió colaboración, su nombre se excluyó de recuentos y estudios de las letras cubanas… Fue como si hubiese dejado de existir. Peor, como si nunca hubiera existido.

LA REVOLUCIÓN

El triunfo de enero de 1959 sorprende a Lezama como empleado del Instituto Nacional de Cultura, nombre que a fines del gobierno de Batista adoptó la antigua Dirección de Cultura. Guillermo Cabrera Infante, Heberto Padilla y Carlos Franqui, entre otros, desde las páginas de Lunes, suplemento cultural del periódico Revolución, ejercitan contra él y otros origenistas “el oficial oficio de lobos feroces en el espinoso bosque de una revolución que ellos representaban”. Travestidos de teóricos generacionales y vindicadores patrios, portadores de una verdad que creían incontrovertible, condenaron el supuesto escapismo que creyeron ver en Orígenes al mismo tiempo que temían y rechazaban las tendencias del realismo socialista cuya vecindad no adivinaron ni pudieron, por supuesto, impedir. Lo de Lunes con Orígenes fue el extremismo vanguardista y el sectarismo en nombre de una liberalidad elevada dogma, escribe Reynaldo González. Puntualiza: “En el tratamiento que dieron a Lezama Lima, algunos episodios remuerden hoy las conciencias de los vivos y estremecen las tumbas de los muertos”. Pero la actitud del poeta frente a esos ataques fue infinita y salomónica: no dejó de colaborar en Lunes de Revolución.

            Como director de Literatura y Publicaciones del Consejo Nacional de Cultura acomete Lezama una labor encomiable en lo que a la publicación de los clásicos cubanos y españoles se refiere. Durante sus años finales, y hasta su muerte, laborará sucesivamente en el Centro de Investigaciones Literarias, el Instituto de Literatura y Lingüística y la Casa de las Américas. A esa etapa corresponden, entre otros esfuerzos personales suyos, la edición crítica de la obra completa de Julián del Casal, la recopilación de toda la poesía de Juan Clemente Zenea y, sobre todo, la muy valiosa Antología de la poesía cubana, en tres volúmenes y que se extiende desde los comienzos hasta Martí. Dice a su hermana Eloísa: “Yo estoy trabajando intelectualmente más que nunca”. De la antología se siente particularmente satisfecho y orgulloso. La hizo para dar una presencia y un latido a su familia ausente. “Está hecha, escribe a uno de sus sobrinos, para poblar un destierro, una necesidad violenta de tocar tierra, de arraigarse, de esclarecer sus raíces, que solo se vence por la poética en la secularidad, en la costumbre, en la unanimidad”. Añade: “Deberás tener siempre presente a tu patria, que es Cuba”.

            Porque tras el triunfo de la Revolución, la familia, que parecía tan sólida, se resquebraja con la salida del país de las hermanas y los sobrinos del escritor. Lezama  rechaza seguirlos y se niega terminantemente a la insistencia de Eloísa por llevar a la madre con ella. “Queda aclarado que tú no podrás venir. Pero debe quedar aclarado también que Mamá tampoco puede ir. Ni ella está dispuesta a dejarme, ni yo podría resistir semejante castigo… Que cada cual permanezca dentro de su fatalidad y que Dios decida”. Porque el poeta que, dice su hermana, necesitaba vivir rodeado de una muralla de madres, sigue apegado a Rosa Lima de manera desesperada.

            Le angustia pensar en la soledad en que quedaría ella si él fallecía y sabe que  padecerá él de una soledad aterradora si es ella la que muere. Por eso, durante los últimos años de Rosa, el hijo apenas sale de la casa para disfrutar de la compañía de la madre día a día, hasta el final. Algo lo consuela: “Se que mi madre no ha sufrido por mí, he procurado siempre mitigar su angustia, acompañarla, saborear los ratos agradables que me proporciona con su ternura y su ingenuidad deliciosas”. Expresa además en la misma carta a su hermana: “… No he procurado dolor, nadie ha sufrido por mí. Toda mi vida he tenido una suprema delicadeza, la cantidad de dolor que me fue asignada por el destino, la he masticado en la sucesión de mis días… Mi más doloroso dolor es pensar que pueda llevarle tristeza a los demás”.

            Rosa Lima muere el 12 de agosto de 1964. Ese mismo año Lezama contrae matrimonio con María Luisa Bautista Treviño, una profesora de Literatura en el Bachillerato que fue compañera de estudios de Eloísa y que ha sido para Rosa como una hija. La madre, ya en su agonía final, pidió al hijo que se casara con ella. Dirá Lezama en su poema “Mi esposa María Luisa”: “Eres la hermana que se fue, / la madre que se durmió / en una nube frente a la ventana…”

ENTRAMPADO

María Luisa lo atiende con desvelo y cariño. Se comprenden. Se sienten, en una dimensión profunda, necesarios el uno al otro. Ella tiene también a toda su familia fuera de Cuba. Son pues dos soledades que se han unido para darse un poco de compañía.

            El país, todo el pueblo, padece carencias a veces traumáticas. Lezama, aunque nunca tuvo menos de cinco platos en su mesa –lo sé, me consta- le obsesiona la idea de que pueda faltarle la comida. Le angustia la posibilidad de que le falten los medicamentos antiasmáticos que familiares y amigos, entre ellos Julio Cortázar, le remiten desde el exterior. Piensa que la crisis del transporte público es más grave de lo que era en realidad y se condena a su sillón, “peregrino inmóvil para siempre”, como expresa a Tomás Eloy Martínez.

            Disfruta de la alegría de los amigos que lo visitan. Tiene el gusto por la conversación inteligente. Escribe aun cuando sabe que las horas muertas son muchas y no siempre pueden llenarse con poemas. “El desierto está creciendo”, repite recordando el Zaratustra. Su obra no siempre le propina interpretaciones generosas, dice Reynaldo González. Ni dentro ni fuera del país. “Dentro arrastró  la inquina de rencillas literarias enquistadas y, gracias a la polarización que propiciaron los cambios, llevadas a verdadero terrorismo cultural”. Fuera empezó a ser visto como un asalariado de la Revolución.

            Sobreviene así, en abril de 1971, la detención del poeta Heberto Padilla y su confesión pública posterior en la que implica a varios de sus amigos y al propio Lezama. Recurro nuevamente a Reynaldo González: “Todo eso agravó la situación de Lezama entrampado en un cerco superior a sus fuerzas. El acoso venía desde antes, cuando al éxito internacional de Paradiso le siguieron incontables ediciones extranjeras de su poesía y su ensayística. Pero también conoció la insistencia en convertirlo en combustible de una lucha ideológica de la que a duras penas podía zafarse”.

            Una solución hubiera sido que Lezama saliera temporalmente de la Isla. Lo invitaban instituciones culturales y editoriales extranjeras, y María Luisa insistía en que las aceptara.  Se dice que de manera continuada las autoridades cubanas le negaron esa posibilidad. No estoy seguro de eso. Cuando en 1969, la UNESCO lo invitó a París, el poeta, con toda la documentación necesaria en la mano para salir de Cuba, canceló inesperadamente el viaje en el último minuto, como antes, en 1939, terminó por no aceptar la beca que, por intermedio de Juan Ramón Jiménez, le concedió la Universidad de Gainesville, en Florida. Aparte de aquel viaje que junto con su familia hizo de niño a Estados Unidos, solo salió de Cuba en dos ocasiones: México, en 1949, y Jamaica, al año siguiente. San Agustín decía que quien moría fuera de la Ciudad de Dios no alcanzaba la resurrección. Para José Lezama Lima la Ciudad de Dios era La Habana.

TODO PERDIDO. NADA PERDIDO

Lezama, que siempre trabajó en la niebla y en la oscuridad y aun dentro del caos, sufrió en silencio el silenciamiento y siguió escribiendo con su alegría trabajadora. Pero ya nada era lo mismo y pese a los reclamos de editores extranjeros se negó a publicar sus libros si antes no aparecían en su patria. Así lo sorprendió la enfermedad y la muerte, el 9 de agosto de 1976.

            ¿Cómo murió?  Mucho se ha especulado fuera de Cuba sobre el asunto. Aun aquí prevalece la confusión y no son pocos los que desconocen los pormenores de aquel lamentable suceso.

            Entre otros nombres, Lezama aludía a la muerte como “la gran enemiga”, y un día me dijo que quería que su epitafio fuera la frase de Flaubert que dice: “Todo perdido, nada perdido”. En algún momento posterior cambió de opinión y asoció, con mucha belleza, la idea de la muerte a la imagen del nacimiento. Por eso, en la lápida que se colocó sobre su tumba en la Necrópolis de Colón se leen estos versos suyos: “La mar violeta añora el nacimiento de los dioses / porque nacer es aquí una fiesta innombrable”.

            Lezama comenzó a padecer de una incontinencia urinaria y parece que en algún momento llegó a orinar sangre. Su médico lo atendió con esmero, pero el poeta se negó a internarse en un hospital cuando lo exigía el curso de su padecimiento. Vivía convencido de que los Lezama morían cuando ingresaban en una casa de salud. Así sucedió con su padre, su madre, su hermana Rosita…

            El viernes 6 de agosto fue a visitarlo Alba de Céspedes, la escritora italiana de hondas raíces cubanas. Lo encontró muy desmejorado, abatido, ensimismado. Al día siguiente, de mañana, Alfredo Guevara, titular del Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficos, en nombre del doctor Osvaldo Dorticós, entonces Presidente de la República, se comunicaba por teléfono con María Luisa. Alba había comentado en altas esferas del Gobierno acerca de la enfermedad del escritor. Guevara comunicó a María Luisa que todo estaba previsto en el pabellón Borges del hospital Calixto García para recibir a Lezama;  allí lo esperaba el cuerpo médico en pleno de dicho pabellón y que una ambulancia había salido ya a buscarlo. El Borges, construido, en exclusiva para sus asociados,  con fondos del Colegio Médico, se reservaba entonces para altos cargos del Gobierno Revolucionario y el Partido Comunista, aunque daba también  hospitalización a figuras connotadas de la vida nacional. La propia María Luisa había estado internada allí en 1972. 

            En efecto, conversaban todavía Guevara y María Luisa cuando el vehículo aparcaba frente a la casa. Pero Lezama se negó a salir de su casa. Dijo: “Hoy no estoy para hospitales; mi mente no está acondicionada aún para la mudanza”.

            El mismo día 7 se cae de sus propios pies. María Luisa, físicamente insignificante y muy debilitada ya por sus dolencias cardiovasculares, logró, no se sabe cómo –Lezama pesaba unos 150 kilogramos- incorporarlo. El poeta tuvo fuerzas para responder y, apoyado en su esposa, caminó hasta la cama. Allí se desplomó; quedó tendido de tal manera que María Luisa debió buscar la ayuda de dos transeúntes ocasionales para que lo acomodaran en el lecho.

            El domingo 8 volvió la ambulancia. Ya en el hospital, le diagnostican una pulmonía y se decide someterlo a un tratamiento intensivo. Lezama, muy intranquilo, estuvo consciente hasta las ocho de la noche. Después cayó en un letargo y a las dos de la mañana del lunes 9 era cadáver. Murió de un infarto cardíaco. En opinión de los médicos y de la propia María Luisa fueron fatales las 24 horas perdidas entre la mañana del sábado y la del domingo. Lezama decía que su padre había muerto de una “tonta” pulmonía. Otra “tonta” pulmonía se le atravesaba a él en el camino.

            Parece que Virgilio Piñera llegó a verlo con vida, al igual que Roberto Fernández Retamar, que corrió al hospital tan pronto supo que su amigo se hallaba internado.

            -Fíjate que te trajeron al pabellón Borges, que es el de los buenos poetas… a los malos los llevan al pabellón Sánchez Galarraga –dijo Retamar jugando con los nombres del gran escritor argentino y el de un poeta cubano hoy olvidado.

            Escribe Fernández Retamar en su vívido testimonio sobre el poeta: “A pocas horas de morir, al anochecer, hablé con él por última vez. Me confesó que se sentía mejor, y hasta halló ánimos para bromear conmigo: Cuando creían que había descendido a la mansión del Hades, me encuentran en Guanabacoa bailando una rumba”.

            El velatorio fue en la funeraria de Calzada y K, en el Vedado, en el tercer piso, reservado para las figuras de mayor relieve. Allí estaban sus amigos de siempre: Cintio Vitier y Eliseo Diego con sus respectivas esposas, las hermanas Fina y Bella García Marruz; monseñor Ángel Gaztelu, Octavio Smith, el pintor René Portocarrero, que lloraba como un niño. También, entre otros que anoté, Alicia Alonso, Raúl Roa y su esposa, la doctora Ada Kourí, médico de cabecera de María Luisa, el caricaturista Juan David. El ensayista y crítico Ambrosio Fornet, los diseñadores Umberto Peña y Félix Beltrán y el pintor Adigio Benítez. Los poetas Ángel Augier, Jesús Orta Ruiz, Luis Marré y los jóvenes que entonces se nucleaban en torno al mensuario cultural El Caimán Barbudo.  El poeta César López, los novelistas Reynaldo González y Edmundo Desnoes, el fotógrafo Chinolope, el ensayista Prats Sariol. Estaban además Heberto Padilla, Belkis Cuza Malé, Manuel Díaz Martínez, Norberto Fuentes y José Triana y su inseparable Chantal. La periodista Loló de la Torriente, el poeta peruano Winston Orillo, el narrador uruguayo Mario Benedetti…También, y sin que se separaran un solo momento del féretro, los que fueron brazos ejecutores de la persecución contra Lezama a lo largo de los años precedentes. No vale la pena mencionarlos, pero sí decir que algunos de los que asistieron  nada tenían que hacer allí como no fuera cumplir un compromiso oficial  y simular, y a veces ni eso,  un pesar que estaban muy lejos se sentir.

            Virgilio Piñera estuvo asimismo entre los asistentes. Apunta Reynaldo González que el autor de La isla en peso permaneció “desolado e inconsolable” en el vestíbulo de la funeraria sin atreverse a entrar en la capilla ardiente.

            De diálogo “difícil y entrañable” califica Reynaldo la amistad entre Lezama Lima y Virgilio Piñera. Se conocieron en los días de Espuela de Plata. . Virgilio lo atacó en su revista Poeta y como Lezama supo que volvería a ser atacado en un número subsiguiente de dicha publicación, un día en que coincidieron en el teatro Auditórium  lo invitó a resolver el diferendo a puñetazos. 

            Volvieron luego a amigarse. Virgilio estuvo entre los colaboradores de Orígenes y Lezama le confió una especie de corresponsalía en Buenos Aires. Así se infiere de una carta de agosto de 1946 en la que Lezama da acuse de una colaboración de Virgilio y le sugiere que escriba  “una impresión pigmentada de las letras en la Argentina”. Pregunta si los escritores de allá reciben los números de Orígenes que les envía y dice que la revista necesita establecer relación con escritores argentinos que le son afines, los de Sur, los de Papeles, “los nuevos escritores (de 20 a 25 años) que son aún poco conocidos, pero donde un ojo agudo puede percibir lo que después se va a mantener en la madurez”.

            Las diferencias se ahondan  cuando José Rodríguez Feo se separa de Orígenes y con Virgilio  su lado comienza a editar la revista Ciclón, y luego, ya en 1959, cuando el autor se Electra Garrigó se acerca a los jóvenes de Lunes, semanario cultural del periódico Revolución.  Sin embargo, tras la publicación de Paradiso y su posterior prohibición, Virgilio se comunicó con Lezama por teléfono. “Yo no puedo estar peleado con el autor de una novela como esa”. Lezama, que siempre dejaba la puerta abierta para “la reconciliación total y dulce”, frase de Pascal que gustaba repetir, respondió: “Esperaba su llamada. Venga a verme cuando usted quiera”.

            A partir de ahí la amistad no volvería a interrumpirse y Virgilio, junto a los entonces jóvenes Antón Arrufat, Reynaldo González, Umberto Peña, Chantal y José Triana, entre otros, formó parte del grupo que los martes –o los jueves, ya no recuerdo- de cada semana concurría a la casa de Trocadero para tertulias memorables y degustar “el mejor té de La Habana Vieja”, como calificaba Lezama al que preparaba  María Luisa.

            En ocasión del 60 cumpleaños de Lezama, Virgilio escribió unas páginas sobre Lezama en las que no dio entrada, sin embargo, a la relación personal. Lezama a su vez le dedicaría un poema cuando Virgilio arribó a igual edad. Habrá otro poema. Lo escribe Virgilio en la propia funeraria. Se titula “El hechizado” y explica tal vez los altibajos que acusó la relación entre ambos:

            “Por un plazo que no puedo señalar / me llevas la ventaja de tu muerte: / lo mismo que en la vida, fue tu suerte / llegar primero. Yo, en segundo lugar…”

            Lezama escribió el último poema meses antes de su muerte. Toda su obra la había escrito para llenar una ausencia y buscar una compañía insuperable. “El pabellón del vacío” es el título de ese poema. Dice en sus versos finales: “Me duermo en el tokonoma / evaporo el otro que sigue caminando”.

            Lezama Lima sigue caminando en aquellos jóvenes que buscan sus libros.  En las imágenes bellísimas,  atrevidas y perturbadoras de una película. En su obra inabarcable.

Santa Amalia, junio de 2009

 

 

Bibliografía

Lezama Lima, José: Como las cartas no llegan. Introducción, selección y notas de Ciro Bianchi Ross. La Habana. Ediciones Unión, 2000. 264 p. Contemporáneos.

-. Diarios; 1939-1949 / 1956-1958. Compilación y notas de Ciro Bianchi Ross. La Habana. Ediciones Unión, 2001. 179 p.

-. El pabellón del vacío. Introducción, selección, bibliografía, recopilación de testimonios críticos y cronología de Ciro Bianchi Ross. Ciudad de México. Editorial Océano, 2002. 294 p.

-. Imagen y posibilidad. Selección, prólogo y notas de Ciro Bianchi Ross. La Habana. Editorial Letras Cubanas, 1992. 2da. ed.

Otros títulos

Bianchi Ross, Ciro: “Asedio a Lezama Lima”. En su Voces de América Latina. La Habana. Editorial Arte y Literatura, 1988. p. 295-344.

-. “Orígenes es una fábula”; entrevista con Cintio Vitier. En su Oficio de intruso. La Habana. Ediciones Unión, 1999. p. 87-101.

Domínguez Alfonso, Aleida: Índice de las revistas cubanas. La Habana. Publicaciones de la Biblioteca Nacional José Martí, 1969. 293 p. T. I. Contiene: Verbum; Espuela de Plata; Nadie Parecía; Clavileño; Poeta; Orígenes; Ciclón.

González, Reynaldo: “Lezama sin pedir permiso”. En su Espiral de interrogantes. La Habana. Ediciones Boloña, 2004. p. 299-340.

-.”Lezama y Piñera, diálogo difícil y entrañable”. En su Espiral de interrogantes. La Habana. Ediciones Boloña, 2004. p. 368-373.

-. “Orígenes y un debate necesario”. En su Espiral de interrogantes. La Habana. Ediciones Boloña, 2004. p. 341-358.

Simón Martínez, Pedro: Recopilación de textos sobre José Lezama Lima. La Habana. Editorial Casa de las Américas, 1970. 375 p. Valoración Múltiple.

           

           

           

                       

 

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