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Dolores Rondón

Dolores Rondón

Ciro Bianchi Ross

 

Hacia mil ochocientos sentitantos los que concurrían al Cementerio General de la ciudad de Camaguey –a unos 700 km  al este de La Habana- se sorprendían e intrigaban con una décima escrita con letras negras sobre un pedazo de madera de cedro pintado de blanco y sujeto a una estaca que alguien colocó sobre la tierra en la parte norte del primer tramo de la necrópolis, en la zona de los enterramientos anónimos. Era un poema ingenioso y moralizante; original porque al mismo tiempo que censuraba a un ser querido, le censuraba la conducta durante su paso por la vida. La sorpresa crecía a medida que los visitantes advertían que siempre que la tablilla se deterioraba por los efectos del sol y la lluvia era restaurada quizás por la misma mano que la había colocado.

            Decía ese epitafio singular:

            Aquí Dolores Rondón

            Finalizó su carrera.

            Ven mortal y considera

            Las grandezas cuales son.

            La opulencia y el poder,

            Todo llega a fenecer,

            Pues solo se inmortaliza

            El mal que se economiza

            Y el bien que se puede hacer.

            Se desconocería hasta 1881 quien fue el autor de esos versos. En ese año una gacetilla publicada en el periódico camagüeyano La Luz los reprodujo y los atribuyó a un poeta que pomposamente se hacía llamar Francisco de Juan de Moya y Escobar, versificador discreto, peluquero y flebotomiano por más señas y que como tal estaba autorizado a extraer dientes y muelas, aplicar sanguijuelas y practicar sangrías, métodos que en la época y después se tenían como eficaces para tratar la hipertensión arterial, las fiebres y la locura.

            “Poco a poco la voz popular ha ido completando la leyenda que con más o menos variantes ha llegado hasta nosotros”, escribe el poeta Roberto Méndez en su libro Leyendas y tradiciones del Camagüey (2003).

¿QUÉ SABEMOS?

Porque no es mucho lo que a ciencia cierta se sabe acerca de Dolores Rondón. Abel Marrero Companioni consigna en su libro Tradiciones camagüeyanas (1960) que por más que buscó en archivos de iglesias locales no pudo dar con la fecha de su nacimiento. El padre de Dolores fue el catalán Vicente Rams, propietario de un establecimiento de tejidos y ropa hecha que llevaba el nombre de “Versalles” y se ubicaba en la calle de La Candelaria (Independencia) cerca de la plaza de Paula. Méndez apunta por su parte que los negocios sonrieron pronto a Rams, que pudo alternar en los círculos más elevados de la administración colonial en el territorio. No podía precisarse a cuánto ascendía su fortuna, pero el hecho de que se hubiera asentado con su familia en una de las grandes casonas de la plaza de San Francisco, en la que se afincaron algunos de los apellidos de mayor abolengo, da idea de su preeminencia.

            “Pero Vicente tenía un secreto: más allá de esta familia que mostraba a todos, había otra que ocultaba celosamente de parientes y amigos. En la popularísima calle de Hospital entre Cristo y San Luis Beltrán, tenía una amante, una mestiza que le había dado una hija excepcionalmente hermosa. Como era usual en esos casos, se encargó el catalán de mantener estrictamente separadas ambas familias y aunque entregó a su querida los recursos necesarios para la crianza de la hija natural, se negó a darle su apellido. Dolores Rondón nunca podría aspirar, gracias a la doble moral de esos tiempos, a convertirse en Dolores Rams”, escribe Roberto Méndez en el libro aludido.

            La niña, que denotaba viva inteligencia y afición por el canto, creció hasta convertirse en una criolla bellísima con su color trigueño lavado, los ojos verdes, el pelo negro y lacio y una figura modelada y airosa. Su vecino Juan de Moya, poeta, peluquero y flebotomiano, que se fijaba en ella desde que era una adolescente, comenzó a requebrarla. Marrero Companioni asegura que solo recibía de la muchacha burla y desaire, repulsa y desprecio, pero Méndez apunta que tal vez a Dolores no le desagradara el coqueteo con un hombre que la obsequiaba con los epítetos más encendidos de su lira y que debía abrumarla, como era usual en la época, con serenatas, acrósticos, flores y esquelas amorosas. Pero ella se reservaba para un destino más ambicioso.

MATRIMONIO

Fue así que contrajo nupcias con un oficial del ejército español que la llevó a vivir a una casa de la plaza de San Francisco, la zona en la que residía su padre y en la que ella no pudo habitar de niña. Su nueva situación le permite relacionarse con personas distinguidas y asiste a fiestas y bailes que tienen lugar en las sociedades más exclusivas y en las que comparte con militares, figuras del gobierno local, comerciantes ricos…

            Poco tiempo pasa la pareja después de la boda en la ciudad de Camagüey. Las dotaciones del ejército se movían de una ciudad a otra, y es muy posible, aunque nada hay de exacto en ello, que el matrimonio se fuera a España. El caso es que Dolores enviudó.

            Mientras tanto y sin noticias de Dolores, a quien quizás ya había olvidado, Juan de Moya continuaba su vida de siempre. Su peluquería La Filomena era refugio de trovadores y poetas,  fue en ese sitio donde, en 1867, se abrió la suscripción para procurar la impresión de un volumen de versos del poeta esclavo Manuel Roblejo. Aunque, salvo la décima citada, nada de lo que Moya escribió llegó hasta hoy, Roberto Méndez asevera que no debió tratarse de un talento mediocre dada su amistad con relevantes intelectuales como Antenor Lezcano.  “Su vocación literaria era proverbial, precisa Méndez, aficionado tanto a improvisar décimas populares como a escribir con el lenguaje culto que era del gusto en la época”.

            En tiempos de epidemia, Moya tenía mucho que hacer en los dos hospitales civiles de la ciudad, el de San Juan de Dios, para hombres, y el de Nuestra Señora del Carmen, para mujeres, donde se hacinaban aquellos que no podían costear la atención médica. Se ignoraba la medicina preventiva, las campañas de vacunación eran pobres o inexistentes y los azotes del tifus, el cólera, la fiebre amarilla y la viruela elevaban la mortalidad de manera alarmante, al punto de que en 1863 hubo que ampliar el Cementerio General. En ese año la viruela diezmaba a los camagüeyanos y Juan de Moya, sangrador y homeópata, prestaba servicios en el hospital del Carmen.

            Allí, un día, y con el rostro desfigurado por las pústulas de la enfermedad, apareció ante él la mujer que tanto había amado. Se dice que por su gravedad no pudo reconocerlo o que él, por piedad, no se identificó. Ella, tan altanera, estaba abandonada a la caridad pública. Moya quiso aliviarla, pero podo pudo hacer. Dolores murió durante la noche y ni siquiera fue posible reclamar su cadáver, enterrado en la fosa común.

            Fue entonces que Juan de Moya colocó allí su poema y restauró una y otra vez la tablilla en la que lo escribió mientras la vida le permitió hacerlo. Con los años esa fosa desapareció, pero eran ya muchos los que memorizaban los versos. En 1935, por iniciativa de Pedro García Agremot, alcalde de Camagüey, se construyó un túmulo y se grabó en mármol el epitafio.

            Arbitrariamente dicho túmulo fue emplazado lejos del sitio donde sepultaron a Dolores Rondón, delante del panteón de la familia Agramonte y muy cerca de la bóveda de los marqueses de Santa Ana y Santa María, como para darle más relieve dentro del entramado de la necrópolis, dice Méndez y añade:

            “Otra ironía del destino: después de morir en la indigencia y ser enterrada en fosa común, el epitafio de Dolores Rondón iba a ubicarse en la zona más aristocrática del cementerio, entre las familias que ella hubiera querido frecuentar en vida. Mientras tanto, sus restos parecen definitivamente perdidos, como corresponde a un personaje de leyenda”.

           

 
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2 comentarios

Javier López del Castillo Caymares -

Hola:

Hay un pequeño error en el epitafio de Dolores Rondón:

Después de:
las grandezas cuales son...
viene:
el orgullo y presunción

alain -

Muy bueno. Como siempre..
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