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Desaparecido

Desaparecido

Ciro Bianchi Ross


Con un pretexto banal los que lo procuraron lo hicieron salir a la calle oscura y desierta, mojada por la lluvia fina y pertinaz, y tras una breve plática se le vio abordar el automóvil que esperaba con el motor encendido. Antes, con un gesto, se despidió de los que seguían la escena desde el portal de la casa marcada con el número 8 de la calle Cervantes, en el reparto Sevillano. Era el 10 de diciembre de 1950 y Mauricio Báez, exiliado dominicano radicado en La Habana, había caído en la trampa. El destacado líder obrero y luchador contra la satrapía de Rafael Leónidas Trujillo desaparecía para siempre, sin dejar rastro. Nunca más volvería a saberse de él.

CAYO CONFITES

Había saltado definitivamente a los primeros planos de la actualidad dominicana cuando en 1942 organizó y condujo la huelga que paralizó al mayor central azucarero de su país. Aunque Trujillo movilizó entonces todas sus fuerzas para reprimirlo, no pudo sofocar el paro y la compañía propietaria tuvo que acceder a las demandas sindicales referidas al cumplimiento de la jornada laboral de ocho horas —y no de doce— y al aumento del 50 por ciento del salario. En cuanto cesó el movimiento, el sátrapa dispuso la persecución de Báez, que tuvo que irse a México.Desplegó en ese país una intensa campaña antitrujillista, pero en 1946 regresó a Dominicana ganado por una de las tantas ofertas de democratización que prometía Trujillo. Sobresalió de nuevo en la lucha sindical y bien pronto constató en carne propia el engaño del dictador cuando, víctima de una paliza brutal, fue dejado por muerto en plena calle.Pudo otra vez salir al exilio y en Cuba estuvo en la expedición de Cayo Confites, aquel grupo de 1 200 dominicanos y cubanos que con el apoyo del presidente Grau y de los gobiernos de Guatemala y Venezuela quiso en 1947 derrocar a Trujillo y que fue abortada por el Ejército cubano.Al saberse de la organización de la expedición, el general Marshall, secretario de Estado norteamericano, instruyó a Norweb, su embajador en La Habana: debía presionar a Grau para que la aplastara “rápida y eficazmente”. Pero Grau no era hombre fácil de presionar. Tal vez por eso se optó por invitar a Washington al mayor general Genovevo Pérez Dámera, jefe del Estado Mayor del Ejército. Permaneció allá durante los días 15 y 16 de septiembre y a su regreso procedió a desmantelar la expedición que había salido ya rumbo a su destino y que fue interceptada por unidades de la Marina de Guerra cubana.Se dice que Trujillo recompensó a Genovevo con una crecida suma de dinero. Poco después del fracaso de Cayo Confites, Juan Bosch, uno de los expedicionarios, le preguntó directamente, durante un encuentro en Guanabo, si eso era cierto. El militar rehuyó la respuesta. Dijo que si él no hubiera llegado a impedirla, todos los expedicionarios estarían muertos porque Trujillo estaba alertado y preparado para liquidarlos. Preguntó Bosch entonces cómo había logrado convencer a Grau para que le permitiera hacer lo que hizo. Le dije lo mismo, respondió Genovevo. Historiadores dominicanos llegaron a la conclusión de que el general cubano no reveló toda la verdad porque si bien el dictador estaba enterado por la Inteligencia norteamericana de lo que se gestaba, no le refirió lo que bien sabía: barcos y aviones de EE.UU. impedirían la expedición. El presidente Truman acababa de proclamar su política de contención de la influencia soviética y Trujillo era considerado por el gobierno norteamericano un aliado invaluable. 

RAMFIS

Después de Cayo Confites, Mauricio Báez prosiguió en La Habana su prédica contra la satrapía que ensangrentaba a su país. Desde su espacio en la emisora RHC-Cadena Azul atacaba al dictador y no cejaba en su denuncia de los desmanes de su representante diplomático en Cuba, el siniestro Félix Bernardino, a quien identificaba como el ejecutor principal en la Isla de los planes terroristas del déspota. Afirma el historiador dominicano Bernardo Vega que en una de esas emisiones Báez aludió a Ramfis Trujillo para decir que no era hijo del dictador, sino de un tal Rafael Dominicis, amante de María Martínez antes de su matrimonio con Trujillo. Algo parecido escribiría en Bohemia el profesor Jesús de Galíndez al asegurar que Ramfis era hijo de un cubano. Según Vega, esa afirmación costó la vida de Báez y a Galíndez, que agentes trujillistas secuestraron en Nueva York y no volvió a conocerse su paradero.  Si Ramfis era realmente hijo de Trujillo, es algo que no puede aseverar este columnista, pero sí decir que el dictador, que tenía un sentido del amor familiar exagerado y enfermizo, lo tenía como su primogénito y el preferido entre sus 40 hijos legítimos y naturales, y lo demostró cuando lo nombró coronel del ejército dominicano a los tres años de edad y lo promovió a general a los nueve.Cualquier cosa era posible en la República Dominicana donde Trujillo se autotituló Generalísimo y Padre de la Patria Nueva, dio su nombre a la capital del país, se hizo erigir más de mil monumentos, amasó una fortuna de 9 000 millones de dólares y convirtió a su tierra en un “cementerio sin cruces”. Fue un engendro macabro de EE.UU. Debutó en la vida como chulo y cuatrero y estuvo preso por falsificación y estafa, pero el ejército norteamericano, que entonces ocupaba su país, luego de utilizarlo como chivato, lo insertó en la Policía. Llegó a ser jefe de ese cuerpo y lo fue luego del Ejército. En 1930 fue electo por primera vez a la presidencia y a partir de ahí la ejerció directamente o por intermedio de familiares o amigos hasta 1961, fecha en la que comenzó a estorbar a Washington, que alentó y armó a los hombres que lo asesinaron. Su cadáver mutilado y casi irreconocible apareció embutido en el maletero de un carro abandonado en el garaje de una casa deshabitada.

IMPUNES

Los tres hombres que se personaron en la casa del reparto Sevillano en busca de Báez dieron el pretexto falso de que iban de parte del parlamentario Enrique Enríquez, cuñado del presidente Prío, “por el asunto de la máquina”, y Báez los siguió a la calle pese a que no los conocía e ignoraba de qué máquina le hablaban. Resulta inexplicable que un hombre curtido en la lucha y que sabía con qué enemigos trataba, se dejara embaucar de esa manera. Al subir mansamente al automóvil quizá evitó que lo mataran allí mismo y se tomara represalia con la familia que lo albergaba. Pronto se supo que esos sujetos eran hombres de confianza del ex parlametario Eugenio Rodríguez Cartas, que no debía ser ajeno al secuestro. No ocultaba sus simpatías por Trujillo y le debía favores, entre otros la protección que le brindó en Dominicana cuando se vio obligado a salir de Cuba luego de haber cosido a balazos al también parlamentario Carlos Frayle Goldarás, en el edificio América.Se dice que desde el Sevillano, Báez fue conducido a la finca de Rodríguez Cartas en el Wajay, de allí se le trasladó a Camagüey y desde Camagüey a la República Dominicana en un avión que despegó por la pista que Genovevo Pérez Dámera tenía en su finca La Larga. Ya para entonces Genovevo no era el jefe del Ejército. Conminado por un grupo de altos oficiales, Prío lo había destituido el 23 de agosto de 1949, entre otras cosas porque se suponía que produciría un golpe de Estado en connivencia con Trujillo. El secuestro de Mauricio Báez quedó impune.

(Fuentes: Textos de Víctor Grimaldi, Bernardo Vega, Raúl Aguiar y Enrique de la Osa)

        

                                                 
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