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Cambio cariocas por botellas

Cambio cariocas por botellas

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

Serafín  daba lustre a su nombre. Era un hombre seráfico, incapaz de alzar la voz, de matar siquiera a una mosca… Todas las noches, desde el atardecer y hasta la madrugada, con  un tablero que le pendía del cuello y que le quedaba a la altura del vientre, recorría el muy habanero barrio de Colón a fin de ofrecer sus mercancías a las prostitutas. Serafín llevaba en su bandeja  aquellos artículos, sanitarios y de aseo, que una prostituta podía necesitar en un momento de apuro. Se paraba entonces la mujer en cuestión a la puerta del prostíbulo y, a voz en cuello, llamaba por su nombre al anciano. Si Serafín no la escuchaba por hallarse distante del lugar, alguien le hacía saber que y de donde lo reclamaban, y allá   iba el viejo con su carga. Se detenía junto a la puerta del prostíbulo y hacía la venta. Tenía un estilo: jamás penetraba en los burdeles.

            Serafín era un buhonero. Un buhonero tardío. Y especializado, pudiéramos decir dada el área en la que se movía.  Durante décadas, a lo largo del siglo XIX, esos vendedores ambulantes de baratijas (hilos, botones, cintas…) aportaron  imagen a La Habana y cuando se establecieron dieron origen a las mercerías y a las quincallas para la venta de productos de poca monta, aunque necesarios. Y al alcance de la mano. Porque una quincalla se establecía en la sala de una vivienda y la atendía la propia familia, que ofrecía el servicio sin atenerse a horarios rigurosos de almuerzo y de cierre. En cualquier barrio podía existir un número indeterminado de quincallas, lo  que ahorraba el viaje a una tienda mejor surtida, pero distante.

            Muchos de esos vendedores a domicilio, tenían, como el lechero y el panadero, clientes fijos. Los tenía también, por suscripción, el repartidor de periódicos, que llegaba al amanecer con el diario de la mañana; no al mediodía o al día siguiente, como suele ocurrir ahora que lo trae el cartero. Entre esos vendedores madrugadores, y también con clientes fijos,  estaban el nevero y el carbonero. El primero, por cinco centavos, dejaba en el portal, envuelta en papel de periódico, una piedra de hielo de unos treinta centímetros de largo por otros de diez de alto y que dentro de la nevera o bien protegida con un saco de yute duraba buena parte del día. Era el refrigerador de los pobres…

A diferencia del nevero, que se valía de un camión para distribuir  lo suyo, el carbonero andaba en un carretón  de madera tirado por una pareja de mulos. Vendía el carbón en sacos, y entre sus ofertas se destacaba el carbón de torta;  no de forma alargada, como el convencional, sino redondo, y que las cocineras preferían para mantener la cocción “en bracitas”. Era una época en la que no se hablaba acerca  del camión de la nieve ni del carretón del carbonero, sino de los carros del nevero y del carbón, al igual que del carro de la basura y del de muerto, así como del carro  de la lechuza, que, por cuenta del municipio, conducía al necrocomio y al cementerio los cadáveres de los menesterosos.

A PLAZOS

Pero esos vendedores a domicilio no eran propiamente vendedores ambulantes. El vendedor ambulante era el que hacía su oferta de puerta en puerta o la pregonaba. Vendedores ambulantes los había para todo o para casi todo. Para lámparas de techo y de mesa. De sedas y tejidos. Joyas.  Cortinas. Líquidos para matar cucarachas. Desinfectantes. Dentaduras postizas. Imágenes religiosas. Adornos finos y que no los eran tanto. Talismanes para la buena suerte y alejar los malos ojos.  Escobas de guano. Viandas. Frutas.  Pollos. Pescados. Dulces y golosinas. Espejuelos graduados… porque muchos optometristas que no alcanzaban empleo en una óptica o en una casa de salud, no encontraban otro modo de vida que el de vender su servicio de esta manera. Había  cuadros que muchos creían de buen gusto tener. Reproducían invariablemente la imagen de un cisne o de una bandada de ellos en un lago o de una dama, que recordaba a la reina María Antonieta de Francia, mientras descendía por una escalera rodeada de admiradores.  Los que compraban algunas de esas piezas las colgaban en un lugar bien visible de la casa, aunque para hacerlo tuviesen que replegar un Gil García a la cocina. Cosméticos y productos de belleza en general y a veces de marcas reconocidas, eran además propuestos de puerta en puerta. A los que lo hacían no se les llamaba vendedores, aunque no hicieran otra cosa, sino viajantes.

            Para todo había facilidades de pago. El feliz comprador abonaba una entrada módica, que por lo general cubría la inversión del vendedor, y tras pagar muchas cómodas cuotas de cincuenta y hasta de veinticinco centavos a la semana, se convertiría  en  propietario. Pero no todos podían llegar a serlo. Se compraba urgido por la necesidad,  en un momento de embullo o bajo la presión del vendedor, que a veces era un verdadero experto en el arte de  vender, pero luego no siempre aparecían aquellos cincuenta centavos con que satisfacer la cuota.  El plazo incumplido quedaba pendiente para la semana entrante. El vendedor ponía mala cara, pero se resignaba. Su incomodidad, sin embargo, subía de tono cuando se acumulaban los plazos no pagados. Alzaba la voz y acentuaba los gestos sin importarle que el vecino de al lado presenciara la escena, y el moroso, que ya no era el feliz comprador,  se moría de pena mientras se deshacía en explicaciones.   A la semana siguiente decidía no abrirle la puerta porque por la rudeza de los golpes, sabía bien quién tocaba. Pero ni modo. El hombre volvía para reclamar lo suyo en el momento más insospechado y amenazaba con dar parte a la autoridad y llevar el caso a juicio si era preciso. Llegado a este punto, la cosa se ponía fea de verdad. Porque a la pena seguía el miedo. “En esta familia nadie ha pisado nunca una estación de Policía”, protestaba el comprador otrora feliz y ahora asustado. No había alternativa. Amenazaba el vendedor con llevarse completo lo que ya le habían pagado en parte, y el comprador, desmoralizado, se batía en retirada. Por lo general, se llegaba a un arreglo. ¿Qué haría el vendedor con una cortina ya manchada o con unos lentes graduados que no servirían a nadie más, y que a veces  a esa altura tenía más que cobrados?  No, él no era un ogro y sabía muy bien lo que era estar escachado.  Pero había que entenderlo: también tenía familia y plazos perentorios que cumplir. Daría un chance. Extendería los plazos y no se abonarían ya cincuenta centavos a la semana, sino cuarenta.  Manos dadas y pelillos a la mar, y tan amigos como siempre, que aquí estoy yo para servirle si me vuelve a necesitar.

            Nada aterraba más a un ciudadano honesto que verse como acusado delante de un juez correccional luego de haber pasado la humillación de una estancia en la unidad policial. Dicho magistrado solo tenía facultades para aplicar sanciones que no sobrepasaran los 180 días de encierro o multas inferiores a las 180 cuotas de un peso, pero sus fallos eran inapelables.

            Un artículo comprado a plazos duplicaba o casi en ocasiones  su valor real. Una sastrería vendía trajes hechos o la medida, al contado o a plazos. Pero si se escogía esa vía de compra, el cliente pagaba por lo usual traje y medio. Y casi dos refrigeradores cuando se llevaba uno solo. Lo mismo  sucedía con los automóviles. En estos casos, al igual que con los efectos eléctricos cuando se compraban a plazos, no hablaba de pagar el recibo, sino la letra. La letra del automóvil. La letra del televisor. Los vendedores grandes y pequeños hacían maravillas en eso de vender y de cobrar. Como el televisor de alcancía. El comprador lo llevaba a su casa y para hacerlo funcionar debía echar  en el depósito que el vendedor le adaptaba con ese fin  una moneda de veinte y cinco centavos. Si no, no había noticiero ni telenovela que valiera. Ni película ni pelea de boxeo. Una vez al mes un empleado de la tienda visitaba al comprador con el propósito de abrir la alcancía  y retirar el depósito. Así, poco a poco, se amortizaba el aparato.

QUE SE VA EL HUEVERO 

Las mulas que tiraban de las carretas de muchos de los vendedores ambulantes venían adornadas con plumas, flores y cintas. Los dulceros traían su mercancía en recipientes de cristal;  muy limpios. El pescador llegaba con sus productos en una canasta y cuando la clienta, que ellos llamaban marchante, escogía el pescado de su preferencia, se lo escamaba y desvisceraba en la misma puerta. El maní se compraba siempre caliente y como acabadito de tostar porque la lata en la que lo transportaba el manisero tenía debajo, y como parte de la lata misma, una especie de hornilla de carbón que le daba la temperatura apropiada.

            Estaban los que, en lugar de vender, proponían servicios. Como el que estiraba bastidores. El que reparaba y daba mantenimiento a las  máquinas de coser. El que ponía rejillas y de paso barnizaba un juego de muebles. El que deshollinaba los techos  de casas de puntales altísimos… Aunque hoy resulte difícil de creer había, en los campos, dentistas ambulantes. Y estaban los que podaban el césped, arreglaban jardines y limpiaban patios. Entre estos últimos había uno, en Lawton, cuyo recuerdo se ha mantenido vivo en mi memoria a lo largo de los años. Era un hombre ya muy mayor. Caminaba muy erguido, y venía tocado invariablemente con un sombrero de guano;  llevaba machete al cinto y en el lado izquierdo de la guayabera que lucía siempre   se distinguía su medalla de Veterano de la Independencia. Era un mambí que malvivía en  aquella República que ayudó a construir.

Aquellos vendedores ambulantes aportaban también sonido a la ciudad. Pasaba el tamalero con  sus tamales, que picaban y no picaban, porque los llevaba con y sin picante.  El vendedor de chicharrones de viento y de pellejo. Uno,  de  torticas de Morón,  decía: “Ay, qué ricas las torticas de Morón, a quilo son… Ay, qué ricas las torticas de Morón, son tentación”, frases que repetía hasta el infinito y que encerraba en el fondo toda una lección de marketing. Un vendedor de huevos, en el Vedado, pregonaba: “Pío, pío, pío, pío, que se va el huevero”.  El afilador de cuchillos y tijeras hacía sonar el caramillo. Emitía un sonido inconfundible. El heladero se anunciaba con una campana. Había varios y nunca coincidían. El de los helados Guarina, y el de los de Hatuey, marcas que competían entre sí, con sus señoritas, paleticas,  bocaditos y sus helados glaseados que llevaban en  carros modernísimos, y los de El Gallito, que se boleaban sobre un barquillo y seguían distribuyéndose en un vehículo de tracción animal y eran, sin embargo,  los preferidos. 

Entonces no existía el  chupa-chupa. En su lugar se alzaba victoriosa la carioca. Un caramelo sin envoltura,  alargado, de forma cómica, que se sostenía por un palillo mientras se chupaba; palillo que además encajaba  en la madera que le servía de soporte. El carioquero empujaba un carretón  del que colgaban aquellos caramelos y una serie de latas de conserva a los que se había puesto un asa  para convertirlas en jarros. Decía: “¡Cambio cariocas por botellas!” o “¡Cambio jarros por botellas!” Porque su negocio no estaba solo en vender, sino en acopiar frascos de vidrio que luego vendía a su vez para alzarse como uno de los pioneros en la recogida de materia prima con que contó el país.   

  

 

             

           

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