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La gota de oro de la décima cubana

La gota de oro de la décima cubana

Ciro Bianchi Ross

 

Si en la poesía del siglo XIX cubano, Manzano es el esclavo y Heredia, el desterrado, Mendive, el maestro, Milanés, el loco y Zenea, el mártir, Juan Cristóbal Nápoles  Fajardo es el desaparecido. En 1862, el hombre que había hecho célebre el seudónimo de El Cucalambé y que gozaba ya de una popularidad enorme por sus versos, desapareció para siempre, sin dejar rastro,  y hasta hoy llegan las conjeturas sobre su desaparición. Tenía 33 años de edad entonces.

            Pasó su infancia en la hacienda paterna, en las cercanías de la ciudad de Las Tunas, en la porción oriental del país, y se sintió identificado con el ambiente rural, que llevó a sus versos. Un abuelo sacerdote le enseñó latín, lo introdujo en la lectura de Virgilio y Horacio y lo hizo conocer bien a poetas españoles como Garcilaso y Villegas. Sin embargo, su cultura literaria no impidió que Nápoles Fajardo adoptara en su poesía la expresión común de los campesinos cubanos. Una parte de su obra clasifica dentro de lo que en nuestra literatura se llamó el ciboneyismo, con la evocación ingenua y sencilla de los aborígenes de la Isla. La otra, que escribió casi siempre en décimas, se inserta en el criollismo y pinta las costumbres de los habitantes de nuestros campos. Es esta la parte más trascendente de su quehacer literario. No solo logró en ella el trasunto del color local, sino que consustanció anhelos y sentimientos del guajiro cubano. De ahí la nunca agotada popularidad de sus versos, que muchos memorizan de tanto que los oyeron repetir, sin haberlos leído nunca y a veces sin poder precisar siquiera quién los escribió. 

            Por la orilla floreciente / que baña el río de Yara, / donde dulce, fresca y clara / se desliza la corriente, / donde brilla el sol ardiente / de nuestra abrasada zona, / y un cielo hermoso corona / la selva, el monte y el prado/ iba un guajiro montado / sobre una yegua trotona.

            Más que a la letra, la poesía de El Cucalambé se liga a la voz. A diferencia de otras naciones hispanoamericanas en las que el romance fue el metro popular por excelencia, el cubano se decidió por la décima. Sin ella, casi siempre improvisaba de repente, recitada o cantada al compás de una guitarra, se hace inconcebible en Cuba, incluso hoy, una fiesta campesina. Muchos poetas la cultivaron a lo largo del siglo XIX, pero no cuajó totalmente hasta la aparición de Nápoles Fajardo. Hasta entonces, dice Cintio Vitier, faltó algo más categórico y menos personal, un molde flexible que el pueblo adoptara como suyo, una destilación difícil y sin embargo sencilla, que se convirtiera en norma. Esa gota de oro fue la décima de El Cucalambé.

            Una expresión campechana y fina. Una adjetivación fresca y pura. La posesión indiscutida del paisaje como argumento primero y básico de la nacionalidad. Una intención patriótica soterrada. La  manera sutil de combatir por la independencia. Una formulación sentimental y rítmica que serviría al guajiro para el canto cotidiano y la controversia en el guateque… Todo eso lo debemos a El Cucalambé, asegura Vitier, y hoy, cuando leemos o escuchamos a  verdaderos maestros de la poesía popular asistimos al triunfo de una tradición que atravesó treinta años de guerra contra España con la palabra de Cuba apoyada en la guitarra. No es de extrañar entonces que desde hace más de dos décadas se celebre en la finca del poeta, en Las Tunas, la Jornada Cucalambeana y el Festival Iberoamericano de la Décima, fiesta de la cultura campesina que congrega cada año  a especialistas y curiosos de muchas partes del mundo.

            Entre 1848 y 1852 participó el poeta en varias conspiraciones contra España. Luego contrajo matrimonio,  tuvo dos hijos y en la ciudad de Santiago de Cuba aceptó un puesto en la administración colonial. La vida parecía sonreírle, pero, recio y altivo como era,  le molestaban las críticas de sus antiguos compañeros que le reprochaban el haberle admitido empleo al gobierno. La primera guerra de independencia no tardaría en estallar con todas sus tempestades y El Cucalambé vivía sin duda su propia tempestad interna. Aunque algunos afirman que tal vez el elemento español más recalcitrante se lo quitó del medio, asesinándolo, la hipótesis más aceptada es la del suicidio. Publicó un solo libro, Rumores del Hórmigo. No llegó a la posteridad ninguno de sus retratos. Poco importa ya porque, al decir de Cintio Vitier, su auténtico rostro se dibuja en la gota de oro de la décima que acuñó como moneda nacional.

           

           

           

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1 comentario

Ricardo -

TROVEROS
Es por el sur de España donde mas afición hay a la décima. Por aquí se les llama troveros. Creo que esta afición se está perdiendo poco a poco, se mantiene a duras penas, aunque hay festivales que intentan mantener la memoria y la afición de este arte.

Desde hace unos años se viene celebrando el festival internacional del trovo, se llama Trovalia, empezó en 2004. Hasta ahora han participado Cuba, Chile, Argentina, México y Uruguay.
Creo que fue en el año 2004 cuando vinieron trovadores cubanos. En el año 2006 participaron un trovador argentino y uno chileno junto a los españoles. Los argentinos los llaman payadores.

Desde luego no hay color entre los troveros latinos y los españoles. En el escenario estaban los españoles con su guitarrista, el cantaor y el trovero, de tal forma que el trovero tiene que ir diciendo al cantaor la décima en cuestión para que este la cante. Por lo general no toca la guitarra, ni canta.

El payador argentino llegó con su ingenio, su guitarra y su voz, todo de propia cosecha, y por si faltara algo venía el buen hombre de punta en blanco, con sus botas, su sombrero, su poncho de gaucho, su faja etc. El festival no es competitivo, no hay premios, solo es el placer de escucharlos, pero desde luego el gauchito le dio sopas con onda a los españolitos.

Esto de la décima es como el fútbol empieza aquí en España, se exporta a Latinoamérica y luego vienen los futbolistas argentinos y nos meten goles por toda la escuadra. No tuve la oportunidad de oír a los trovadores cubanos, pero seguro que aunque los cubanos –todavía- no nos ganan al fútbol son mejores como troveros.

Les cuento un bonito trovo sobre los españolistas allá por el año de Maricastaña de 1898 debido al ingenio de Manuel Lico Moreno referido a al general del ejercito español Eusebio Puedo.

Este Manuel Lico era abuelo de Manuel Moreno Fraginal quien en su novela “España Cuba, Cuba España una obra común” lo menciona.

¡Albricias nuevo Pelayo!
español carabalí.
cuando te vayas de aquí
ojalá de parta un rayo.
No te sienta bien el sayo
de gobernador, compadre,
y cuádrete o no te cuadre
al terminar esta plaza
vete a gobernar la casa
de la puta de tu madre.

Les aclaro a los cubanos que en este caso no deben confundir la puta madre de los generales españoles, que por desgracia hemos tenido muchísimos ejemplos, con las madres de los españolitos de a pie, que generalmente son tíos de puta madre. Que aunque parezca igual, no son lo mismo.
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