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De prisa

De prisa

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

En varias ocasiones hemos hablado en esta página sobre el vuelo de Mariano Barberán y Joaquín Collar, los heroicos aviadores españoles, protagonistas, en 1933, a bordo del Cuatro Vientos,  del vuelo Sevilla-Camagüey, que los llevó a atravesar, sin escalas, el Atlántico por su parte más ancha. Hazaña no intentada hasta entonces. En 39 horas con 50 minutos hicieron los 7 570 km que separan esas ciudades.

            De Camagüey el Cuatro Vientos voló a La Habana. Pasaron Barberán y Collar varias jornadas en nuestra capital y de aquí partieron rumbo a México, donde se les esperaba. Jamás llegaron a su destino.

            Todo eso es historia conocida. Lo que se conoce menos es que en los primeros días de 1936 un aviador cubano despegó de Camagüey para cruzar el Atlántico de oeste a este y, sin  pretensión de batir marca alguna, devolver a España la visita que Barberán y Collar  habían hecho a Cuba. La información, que me llega gracias a la gentileza del destacado historiador cubano  Gustavo Placer Cervera,  la ofrece Juan Antonio Guerrero Misa en su libro El vuelo Sevilla-Cuba-México del avión Cuatro Vientos, publicado el año pasado en España por el Instituto de Historia y Cultura Aeronáuticas y el Servicio de Historia y Cultura del Ejército del Aire.

            El aviador cubano, teniente de la Marina de Guerra, se llamaba Antonio Menéndez Peláez e hizo el viaje a bordo del avión bautizado como 4 de septiembre; un monoplano Lockheed Sirius 88 transformado en monoplaza y al que se le hicieron adaptaciones  importantes para la travesía.

            Despegó Menéndez Peláez en Camagüey, a las siete de la mañana del 13 de enero para tomar tierra en Campo Alegre, Venezuela, y de allí se trasladó al aeródromo de la Pan American, en Maiquetía. Al día siguiente se elevó hacia Puerto España, en la isla de Trinidad, y pasó a Ámsterdam, en la antigua Guayana Británica, y a Leguiar, para concluir en Pará, Brasil, en el delta del Amazonas, el 3 de febrero. Dos días más tarde se desplazó hasta San Luis de Maranho y Fortaleza y culminó en la jornada siguiente la primera fase de su vuelo al aterrizar en Natal a fin de cruzar desde ese punto el océano para arribar a África.

            Sobre el Atlántico, el teniente Menéndez Peláez encontró vientos fuertes y mal tiempo, lo que lo obligó a volar, en muchas ocasiones, a escasa altura sobre el agua. Como no llevaba radio a bordo, debió confiar en su pericia como navegante y tomó de referencia los barcos en ruta que avistaba desde su aparato. Consiguió aterrizar en Bathhurst, Senegal, después de haber recorrido 3 160 km sobre el océano.

            Desde Bathhurst voló el cubano al cabo Yuby, en el antiguo Sahara español, el 12 de febrero y dos días después llegó por fin a Sevilla para tomar tierra en el aeropuerto militar de Tablada, desde donde, tres años antes, partió el Cuatro Vientos en su histórico viaje a Camagüey. En Tablada se tributó al militar cubano un caluroso recibimiento, el mismo que recibiría una semana después al arribar al aeródromo que llevaba el nombre famoso del aparato utilizado por Barberán y Collar.

            En resumen, el teniente Antonio Menéndez Peláez, a bordo del avión 4 de Septiembre, recorrió 14 454 km en 72 horas y 27 minutos para devolver el abrazo que en 1933 dos valerosos aviadores trajeron desde España.

            Comenta el historiador español Guerrero Misa: “El gesto de Menéndez puso punto final a una época de heroísmo y profesionalidad que hoy sólo podemos tomar como ejemplo y que hermanó, ya para siempre, a las aviaciones de ambos lados del océano. Desde la hazaña de Barberán y Collar, el mar ya no nos separa”.

HOTELES EN 1926

De los treinta hoteles habaneros que incluye la guía turística de la Asociación de Comerciantes de La Habana correspondiente a 1926, solo siete siguen todavía como hoteles: Ambos Mundos, Florida, Inglaterra, Saratoga, Telégrafo, Sevilla y Plaza.

            De esos treinta establecimientos hoteleros, dos se ubicaban en el Vedado: Cecil, en Calzada y A, y Maison Royal, al comienzo de  la calle 17, y uno en Marianao, Almendares, cuyo edificio  sirve de sede, desde hace muchos años, al Estado Mayor de la Fuerza Aérea. Los 27 hoteles restantes se localizaban en La Habana Vieja y Centro Habana.

            De todos, el que reportaba mayor número de habitaciones era  Sevilla (350) seguido por  Plaza (300) y Majestic, en la calzada de Belascoaín, (250). Hoteles con cien habitaciones o más eran entonces Almendares y La Unión, en la calle Cuba, 55, con 150 cada uno; Perla de Cuba, en Amistad,  125 y  Luz, frente a la plazoleta de ese nombre, 120. Los hoteles Pasaje, en el Paseo del Prado, y Royal Palm, frente a parque de Colón y no en la calle de San Rafael, donde estuvo después, disponían de cien habitaciones cada uno.

            El de más altos precios era el hotel Almendares, con 18 pesos por habitación. Y el más económico, el Majestic, con precios de $2,50 para la habitación sencilla y de $3,50 para la doble. Una habitación sencilla en el Plaza costaba entonces entre tres y doce pesos y entre 6 y 16, la doble. En el hotel Inglaterra (80 habitaciones)  los precios eran  de cinco y ocho. En el hotel Florida (75 habitaciones) la sencilla oscilaba entre tres y siete pesos y entre cinco y doce, la doble. Telégrafo (50 habitaciones) resultaba más económico; los precios corrían entre los tres y los diez pesos. Más caros eran  Regina (50 habitaciones, en la calle Águila) que cobraba entre seis y catorce pesos, y  Pasaje, entre cuatro y doce. No se consignan en esa guía los precios del hotel Sevilla.

            Nada o poco dicen a los habaneros de hoy los nombres de esos hoteles desaparecidos hace años. Dejaron de “sonar” nombres como Biscuit, Gran América, Harding, La Esfera, Manhattan, Roma, Santa Fe…

RECADO DE CALLE G

Lo que hoy es el Vedado surgió a partir de 1859 cuando el propietario de la finca El Carmelo urbanizó su propiedad. Al año siguiente, el conde de Pozos Dulces, propietario de la finca El Vedado, hizo lo mismo con la suya. El primero de esos predios se extendía desde la actual calle Paseo hasta el río Almendares, mientras que la posesión del conde se enmarcaba en el espacio que ocupa el hospital América Arias, la llamada Maternidad de Línea,  hasta la calle 21 y entre las de G y Paseo. El propietario de El Carmelo dio número a las calles de su área, de menor a mayor desde Paseo hasta el río y dotó de números impares a las paralelas al mar. Lo que obligó a Pozos Dulces a dar nombres de letras a sus vías, mientras que aprovechaba la numeración impar para las vías que las cortaban.  

            Me cuenta el doctor Juan de las Cuevas, autor del libro 500 años de construcciones en Cuba, obra sencillamente monumental, que en 1859 Ivo León, urbanista de los repartos El Carmelo y Vedado, dio el nombre de Paseo a la avenida que conocemos como tal. Pero que en planos correspondientes a 1880, G pasa a llamarse Calle del Paseo y Paseo se convierte en la Avenida del Prado. Denominaciones que se mantienen en el plano de 1899, confeccionado por el gobierno interventor norteamericano. En 1929, sin embargo, Paseo recupera su nombre original y G es ya G o Avenida de los Presidentes, aunque, como apunta la doctora Adelaida de Juan, ningún vedadense que se respete la llama de esa manera, y ella lo es y del cogollito.

            Otro dato de mucho interés me pasa Juan de las Cuevas. En el aludido mapa de 1880 aparecen ya reflejadas dos edificaciones en G entre 23 y 25, que debieron ser las primeras de toda esa importante vía, y que no aparecerán consignadas en el mapa de 1899.

            En los años iniciales del Vedado, aún en tiempos de la Colonia, la avenida 23 se llamó Paseo de Medina, propietario o urbanista de otro de los repartos que conformaron la barriada. Medina, por una contrata de la administración española en Cuba, era el hombre que aportaba las piedras necesarias para las construcciones del gobierno. Donde quiera sacaba piedras, comenta De las Cuevas, y él es el causante de las oquedades existentes en la calle F entre 19 y 21 y  en 21 esquina a G. Tenía su casa frente a lo que es el cine Riviera.

            Todavía hay más, apunta Juan de las Cuevas. Hasta los años veinte del siglo pasado la calle G se detenía en  25, donde ya se habían edificado el hotel Palace y el edificio Chibás.  G no llegaba a Carlos III porque la cerraba la loma de Aróstegui. Fue Carlos Miguel de Céspedes, el dinámico ministro de Obras Públicas del gobierno de Machado, quien dispuso que se cortara dicha elevación en dos  para extender la avenida.

            Fue asimismo Carlos Miguel quien comenzó la construcción del monumento al mayor general José Miguel Gómez, segundo Presidente de la nación,  obras que se paralizaron por la crisis económica de 1929 y que culminaron en 1936 gracias a una colecta del pueblo de La Habana.

            Ya para entonces se había erigido, en G y Quinta, el monumento a Tomás Estrada Palma, primer Presidente de la República de Cuba. Monumento del que hoy solo puede apreciarse su base y  el  par de zapatos que quedó sobre ella al ser arrancada, en los años 60,  la estatua del mandatario.

            Y ahora viene lo mejor. Me dice Juan de las Cuevas que la idea de Carlos Miguel de Céspedes era la de erigir un monumento al dictador Machado en la intercepción de G y Malecón, obra que, por fortuna, no llegó a iniciarse.

            Muy cerca de allí, a la altura de la calle Tercera, se erige el extraño edificio que ocupa, desde su fundación, en 1959, la Casa de las Américas. Se construyó en los años 40 y hasta el triunfo de la Revolución fue la  sede de la Sociedad  Colombista Panamericana y dio albergue a otras instituciones y empresas como la Asociación Panamericana de Escritores, la Casa Continental de la Cultura y una sucursal del Banco Continental Cubano. Fue en sus salones que tuvo lugar, en 1956,  el llamado Diálogo Cívico,  encuentro que presidió Cosme de la Torriente en su carácter de timonel de la Sociedad de Amigos de la República.

            A fines de diciembre de 1955 y en enero del 56, don Cosme sostuvo dos largas entrevistas con Batista en el Palacio Presidencial. Jurista de larguísima trayectoria, De la Torriente había sido Canciller durante el gobierno de Menocal y le tocó presidir  la asamblea general de la Sociedad de las Naciones. Su propósito era el de convencer  al dictador de la inconstitucionalidad de muchos de sus decretos y, en definitiva, de la ilegalidad de su gobierno y hacerlo entrar en razones para  que convocara a elecciones generales. Matrero como era, Batista se negó a discutir el asunto de manera pormenorizada porque él se reconocía, afirmó, en una posición desventajosa frente a su interlocutor, que era abogado, y sugirió que esas discusiones se llevaran a cabo entre representantes del gobierno y de los partidos opositores.

            Ese fue el origen del Diálogo Cívico en el  que una oposición “atomizada y pedigüeña”, como le llamó Fidel desde México, hizo sus planteos de que el dictador dejara de serlo y  abandonara su cargo por las buenas.   Un fracaso desde el comienzo porque Batista a lo más que accedió fue a sacar a elecciones todas las magistraturas menos la suya. El desembarco del Granma, el 2 de diciembre de 1956, le dio el puntillazo final a esa vía y clausuró para siempre el camino de la negociación.

            El edificio de la Casa se construyó en el espacio que había ocupado, recuerda Lisandro Otero en sus memorias, un castillete barroco y recargado con guirnaldas de piedra. Ya en el edificio de la Colombista, con el cual no se sabía qué hacer y que se adscribió al Ministerio de Relaciones Exteriores antes de destinarlo a Casa de las Américas,   instaló Raúl Roa,  por breve tiempo, su despacho como titular de esa cartera.  

            Las edificaciones iniciales del Vedado, casi todas de madera, se emplazaron en la calle Línea. Una de las casas más antiguas, que se conserva, es la de Línea y B. Su propietario edificó además dos mansiones en la calle B entre Línea y Calzada. Eran casas destinadas al alquiler, algo totalmente inusual en la época pues nadie arrendaba  una mansión, sino que, si podía,  la fabricaba.

Es a partir de la segunda intervención norteamericana (1906-09) y en el gobierno de José Miguel (1909-13) cuando en verdad empieza a fabricarse en el Vedado. Los miembros  del Ejército Libertador, licenciados,  cobran su paga y los generales reciben compensaciones muy altas. Es entonces que muchos de esos altos ofíciales se hacen edificar sus residencias en Línea, y  también en 17 y  en G.

Para tener una idea de cuánto cobraron los generales gracias al empréstito de 35 millones de dólares concertado por Estrada Palma con EE UU, baste decir que uno de ellos, Bartolomé Masó, y lo sé de buena fuente,  recibió 32 000 dólares.  ¿Cuánto cobrarían Menocal y José Miguel?

 

 

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1 comentario

Mar -

Interesantísimo, como siempre, Señor Ciro.
Sigo leyendo...
Saludos
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