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Barberos

Barberos Ciro Bianchi Ross

Barbero, dice el diccionario, es el que se dedica a afeitar. En Cuba, el barbero no solo afeita –es, en verdad, lo que menos hace- sino que ejerce además el oficio de peluquero. Siendo sinónimas esas dos palabras, no tienen aquí, sin embargo, una equivalencia estricta pues barbero es el que corta el cabello a los hombres y peluquero es el que se ocupa del cuidado del cabello de las mujeres. Así es. Entre nosotros ningún hombre dice que visitará la peluquería ni que está urgido de un corte de cabellos, sino que necesita pelarse. Ninguna dama confesará que pasó toda la tarde en la barbería. Y nadie se rasura o depila; se afeita.
Cuando yo era niño me mandaban a la barbería un sábado sí y otro no. Yo no tenía dónde escoger entonces porque el barbero terminaba haciéndome el pelado que de antemano habían seleccionado mis mayores, que era siempre a la pluma corta; el mismo de a la pluma larga, pero más rebajado. No porque me asentara más, supongo, sino porque con menos pelo aguantaba mejor los quince días que transcurrirían hasta el próximo pelado. En esa época la única alternativa para los que iban haciéndose mayorcitos era la de pelarse a lo alemán, con el que el pelo quedaba como las cerdas de un cepillo, aunque para los más pequeños se añadían al catálogo los pelados al coco y a la malanguita. Pelar un niño al coco equivalía a raparlo al cero, mientras que a la malanguita era el mismo cero, pero con un cerquillito.
Grandes y chicos cumplíamos en esos años con el deber social de pelarnos. Lo hacíamos no porque quisiéramos, sino por el qué dirán. Al hombre que anda con el cabello descuidado siempre alguien termina preguntándole si está enfermo. Lo mismo que si luce una barba de varios días. Y la gente calcula el estado de las finanzas de una familia por el largo del cabello de los niños. Era aquella una sociedad muy convencional y nadie asociaba el pelo largo con el talento ni con la rebeldía individual, sino con la inopia o la negligencia.
Entonces los hombres, por lo general, no se teñían el cabello; si acaso, el bigote, y no se concebía una barbería atendida por mujeres ni existían establecimientos de ese tipo que dieran cabida en su clientela a los dos sexos. Todo estaba muy bien definido. El barbero lograba a base de pericia y tijera lo que hoy hace una maquinita eléctrica y se valía de una navaja de verdad que asentaba en un fajín de cuero que colgaba de uno de los brazos del sillón. Luego, depositaba en el cuenco de su mano una ración generosa de alcohol o colonia mentolada y la esparcía por la nuca o la cara del cliente, según lo hubiera pelado o afeitado. Al final, entalcaba las zonas depiladas con la ayuda de un cepillo; cepillo que le servía además para retirar los pelos que habían quedado adheridos a las ropas del que se peló. Mientras más cepillaba el barbero, mayor era la importancia del cliente o resultaba más elevada la consideración que le tenía. O mejor había sido la propina. Había una relación proporcional en eso.
Las cosas eran bien simples hace cinco décadas. El niño acudía a pelarse a la barbería donde todavía se pelaba el abuelo y donde también se pelaba su padre. De manera que el barbero, aparte de acicalarlos, era el depositario si no de los secretos, al menos de la historia de toda la familia, que se confesaba frente al mismo espejo. Hoy los más jóvenes eluden las barberías convencionales y ponen su cabeza en manos de alguien tan joven como ellos que sabe hacerles el pelado que les gusta. En cambio, los que andamos entre los 60 años y la muerte seguimos aferrados a la barbería tradicional, donde, al igual que cuando éramos niños, quedamos sin muchas alternativas, no porque alguien se empeñe en decidir por nosotros sino porque nos queda ya tan poco pelo que apenas interesa decidir por nosotros mismos.

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Dos hombres y Longina

Dos hombres y Longina Ciro Bianchi Ross
Caricatura de Laz


Longina es una de las piezas más populares de la trova tradicional cubana. Lo que quizás muchos no sepan es que se trata de una canción escrita por encargo. Su autor, Manuel Corona, no conocía a la mujer que se la inspiró. En verdad, la vio solo una vez antes de componerla. Fue suficiente.
HISTORIA DE ESTA HISTORIA
El solar habanero de Las Maravillas, donde residía María Teresa Vera, se fue convirtiendo en un lugar emblemático de la música cubana. Todos los domingos, por la mañana, se daban cita allí los grandes de la trova: Graciano Gómez, Oscar Hernández, Corona… hasta que aquellas peñas se hicieron habituales.
En una ocasión, exactamente el 8 de octubre de 1918, llegó a aquella cuartería el ya célebre periodista Armando André. Lo acompañaba una negra deslumbrante por su personalidad y belleza. Una mujer vistosa, distinguida, a la que era imposible dejar de mirar, siquiera de soslayo. Tanto André como su acompañante vestían con elegancia. Hacían una bonita pareja.
André se acercó a Corona y le pidió que compusiese una canción inspirada en su amiga. Preguntó entonces el trovador el nombre de la muchacha. Se llama Longina… Longina O’Farrill, respondió el periodista, y Corona, sin pensarlo mucho, repuso a su vez que la tendría en unos días y le sugirió que volviera a la semana siguiente para que la escuchara.
En efecto, el domingo 15 la canción estaba lista y Corona dio a conocer en el solar Las Maravillas la que sería una de sus melodías más recordadas.
“En el lenguaje misterioso de tus ojos / hay un tema que destaca: sensibilidad. / En las sensuales líneas de tu cuerpo hermoso / las curvas que se admiran despiertan ilusión, / es la cadencia de tu voz tan cristalina / tan suave y argentada de ignota realidad / que impresionado por todos tus encantos / se conmovió mi lira y en mí la inspiración…”

ANDRÉ, ¿QUIÉN ERES TU?

Armando André termina la Guerra de Independencia con grados de Comandante del Ejército Libertador. Es un hombre decidido y de probado valor personal, como lo demostró en su intento de ajusticiar al sanguinario capitán general Valeriano Weyler. Para ello, abrió un túnel que cruzó por debajo de la calle, alcanzó el palacio de gobierno, en la Plaza de Armas, y avanzó hasta situarse bajo el despacho del gobernador. Colocó allí una bomba. El artefacto hizo explosión, pero Weyler salió ileso del atentado. .
Ya en la República, se bate muchas veces a duelo, cuatro de ellas con el político ítalo-cubano de filiación liberal Orestes Ferrara. Milita André en el Partido Conservador y toma casi como una diversión atacar al presidente José Miguel Gómez como gobernante y en el orden personal. Miguel Mariano sale en defensa de su padre y el encuentro a tiros que sostiene con André lleva a ambos a la cárcel. Amigos y colaboradores cercanos al mandatario le piden que disponga la libertad de su hijo. José Miguel no solo se niega a hacerlo, sino que, como cubano, pide al juez actuante que imparta justicia sin tomar en cuenta quiénes son los protagonistas del incidente.
Armando André sería la primera víctima política de la dictadura de Gerardo Machado. Desde que asume la Presidencia de la República, el 20 de mayo de 1925, Machado, mostrándose tal cual era sin recato alguno, pone de manifiesto los dos rasgos más sobresaliente de su estilo de gobierno: el autoritarismo y una enfermiza demagogia moralista y puritana. Lo primero lo lleva a situar supervisores militares en muchos de los departamentos del Estado. Lo segundo, hace que ordene la persecución de infelices prostitutas en un intento por acabar con la prostitución.
Esas medidas le grajean la crítica de gran parte de la prensa de la época. Lo combaten con vigor tanto Heraldo de Cuba, diario de los liberales que siguen a Carlos Mendieta, como La Discusión, de tendencia conservadora. También censura sus medidas el Diario de la Marina, mientras que otros periódicos, aun reconociéndole sus buenas intenciones, lo llaman a la moderación. Pero de todos ellos, el más virulento en su actitud contra el gobierno es El Día, fundado el 1 de junio de 1925, presumiblemente con dinero del general García Menocal, y que dirige el comandante Armando André.
Menocal y André son viejos amigos. El periodista colaboró con el militar durante sus tiempos en la Presidencia de la República y se dice que, desde la Junta de Subsistencia, en 1918, ambos hicieron buenos negocios especulando con la miseria y el dolor del pueblo. Digo esto a fin de que el lector se percate de que el combativo periodista era un hombre inescrupuloso y de turbios antecedentes.
Sus críticas a Machado en El Día son groseras y lindan con el chantaje y el mandatario no demora su respuesta. Manda a sus adversarios, por vías indirectas, amenazas de muerte. El director del Diario de la Marina y de Heraldo de Cuba recogen pronto el guante y embarcan rumbo a Estados Unidos; el 22 de junio, el primero, y el 11 de agosto, el otro. El 14 de agosto el periódico La Discusión denuncia el intento fallido contra la vida de su director, Tomás Juliá. Armando André, sin embargo, no ceja en sus diatribas y hace burlas de las amenazas. Olvida que Machado no es José Miguel, aquel guajiro de Sancti Spíritus de vista demasiado gorda y manga demasiado ancha, cuando quería, y que atrás quedaron los tiempos del liberalismo romántico del gallo y el arado.
La vida privada de un Presidente y su familia, no pueden ser sometidas a discusión, advierte Machado a amigos y enemigos, y Armando André da un nuevo corte a sus artículos. Exalta las virtudes reales o supuestas de la familia presidencial mientras acusa al Presidente de llevar una vida licenciosa y disipada. No le faltaba razón. Machado era, ciertamente, un viejo libidinoso.
El día 16 de agosto se pasa de rosca cuando hace publicar en su periódico una caricatura en la que se ve a Machado, disfrazado de Don Juan, desplomado en el suelo, mientras que una mujer joven le dice: “Ya vuestras fuerzas no están para tales menesteres. Ya no estáis para galán, fantasías y mujeres…”
Machado, como casi todos los dictadores, alardea de su virilidad. Aquello es más de lo que puede soportar y Armando André tiene contados sus días.
Llega así el 20 de agosto de 1925. André, tras su faena en el periódico, pasa una buena velada en el restaurante El Ariete, en San Miguel y Consulado, la casa del mejor arroz con pollo de su época en La Habana, sitio de reunión obligada además de escritores, periodistas, actores y músicos, tanto cubanos como de los que están de paso por la Isla. Ya en su domicilio, en la calle Concordia, no puede abrir la puerta. Tupieron con jabón el hueco de la cerradura. Trata André, en vano, de forzarla. En la acera de enfrente, desde la casa marcada con el número 116, que quedó vacía el día anterior, dos o tres individuos lo observan hasta que deciden no esperar más y lo acribillan a perdigonazos. Machado cumple ese día tres meses exactos en el poder.
El hecho indigna a todos los sectores sociales. Se acusa a Machado como inductor y responsable del asesinato. Protesta la prensa y periodistas como Sergio Carbó y Fernández de Castro lo condenan abiertamente. Lo condena asimismo Julio Antonio Mella. Pero el suceso hace aparecer en la vida cubana a un personaje que no demorará en extenderse como la verdolaga: el apapipio. En una práctica que se repetirá luego muchas veces, centenares de guatacas acuden durante dos largos meses al Palacio Presidencial a fin de desagraviar a Machado por las acusaciones de que fue objeto.

EL TROVADOR

Manuel Corona, el autor de Longina, falleció en La Habana, a comienzos de 1950. En una crónica que publicó por entonces en el periódico El Nacional, de Caracas, y que tituló Un año que llega y un trovador que se va, Nicolás Guillén contó los últimos días del artista. Murió en una oscura habitación del cabaret Jaruquito, tuberculoso, en la mayor miseria. Poco antes el poeta y el músico se habían encontrado por casualidad en uno de los cafés situados frente a la Estación Central de Ferrocarriles. No se veían desde hacía mucho, cuando la enfermedad no había comenzado aún a devastar su cuerpo. Guillén lo encontró flaco, flaquísimo, con los ojos hundidos, el mentón en proa, la voz cavernosa. Lo invitó a una copa que el músico bebió ávidamente, con mano temblorosa.
-Un día quiero verte. Me gustaría cantarte las viejas cosas. Yo soy el autor de Santa Cecilia, de Longina… ¿No te acuerdas?
Corona no estudió música, pero tocaba la guitarra maravillosamente y componía con una facilidad pasmosa. No poco de lo que escribió se perdió en el viento, entre tragos de ron barato y tazas de café. Solo con nombres de mujer legó más de noventa canciones (Mercedes, Aurora, La Alfonsa…) y dedicó unas treinta a su fiel compañera la guitarra. María Teresa Vera fue una de las mejores intérpretes de su música.
A su entierro asistió solo un grupo reducido de amigos. Los de siempre: Sindo Garay, Pancho Majagua, Rosendo Ruiz, Tata Villegas, Gonzalo Roig, que despidió el duelo… Poco antes de morir expresó su último deseo: café y guitarras. Por eso, cuando la comitiva fúnebre regresó del cementerio de Marianao. Sindo invitó al grupo a su casa a fin de cumplir la voluntad del difunto. Y allí los fieles compañeros entonaron sus viejas melodías entre tazas humeantes de café negro.
Escribía Nicolás Guillén en su crónica:
“(…) La desaparición de este modesto músico vernáculo denuncia nuevamente esa grotesca antinomia que existe entre la vida y la muerte de nuestros artistas populares, aplastados por una sociedad ciega ‘que mata a un hombre del mismo modo que hiela una manzana’. Vivos, se les desconoce y hasta desprecia; muertos, se les exalta ruidosamente y, como si el tránsito fuera un nacimiento, surgen a una nueva vida: la vida que tanta falta les hiciera cuando vivían en realidad.
“¿Quiénes que hoy gastan millares y millares de dólares en lujos inútiles, llegaron nunca hasta la tenaz miseria del trovador para poner en ella la realidad de una dádiva decorosa, o la dádiva, aunque fuera irreal, de una promesa? ¿Cuántos de los que hoy pregonan el mérito de aquel sencillo forjador de belleza se le acercaron antaño para musitar en sus días de angustia lo que hoy gritan batiendo el parche hipócrita, junto al caído? ¿Corona? ¡Bah! Era apenas un mulato guitarrero…”

¿Y LONGINA?

Longina O’Farrill, por su parte, contaba por aquellos días:
“A la una de la mañana tocaron a mi puerta para darme la noticia de la muerte de Manuel y eso me hizo una horrible impresión. Estaba y le estaré agradecida. Corona ha muerto, pero la mujer que le inspiró una de sus mejores canciones está viva y lo recordará sin cesar. En cierto modo él me inmortalizó. Hubiera querido estar a su lado en el momento en que lanzó su último suspiro. Yo sabía que se hallaba enfermo, y sabía también que no se cuidaba, que se había entregado a la bebida, sin importarle su estado físico. Puedo decir que Corona se suicidó, porque si se hubiera cuidado habría vivido un poco más…”
Longina fue niñera de Julio Antonio Mella y de su hermano Cecilio. Ella les enseñó las primeras palabras que aprendieron a pronunciar en español pues la madre les habló siempre en inglés. Con la familia de Julio Antonio hizo varios viajes a Estados Unidos, afirma Christine Hatzky en su biografía del líder estudiantil.
No se sabe si tuvo relaciones amorosas con Manuel Corona; sí una buena amistad. Diez años después de haber compuesto su primer canto a Longina, el trovador le dedicaría otra canción, La rosa negra. Pieza esta rescatada del olvido gracias a la memoria prodigiosa del compositor santiaguero Walfrido Guevara, que la escuchó una vez y terminó cantándosela un día a su autor que ya la había olvidado.
Longina murió en La Habana. En 1988 sus restos fueron trasladados a Caibarién para que descasaran para siempre junto con los del trovador que la inmortalizara.








200 años de Plácido

200 años de Plácido

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

 

Si El Cucalambé es  el único poeta cubano que logra una verdadera transustanciación con el pueblo, al quedar abolida toda frontera entre lo que escribió y lo que se le atribuye, Plácido es, junto con Heredia, el primero que llega a ser gustado por cultos y no cultos pues unía, decía Lezama Lima, la espontaneidad a un refinamiento cuya esencia es constante aunque desconocida. Precisaba Lezama: “Fue la alegría de la casa, de la fiesta, de la guitarra y de la noche melancólica. Tenía la llave que abría la puerta de lo fiestero y aéreo”.

            Las ediciones de sus versos superaron en número a las de Heredia y fue el poeta cubano más divulgado en el siglo XIX. Cultivó, por encargo,  la poesía de ocasión y sus improvisaciones conforman en lo esencial el grueso de su obra. No era raro que en fiestas y saraos, en los que su presencia era solicitada,  le dieran una frase  para que a partir de ella improvisara  el poema, que le salía con facilidad pasmosa.  Cintio Vitier lo define como un juglar. Fue también un cronista. Hay naturalidad y limpidez en muchos de sus versos, incluso los más ocasionales. Primor y agradable espontaneidad en sus letrillas. Sus sonetos eróticos, sobre todo el titulado “A una ingrata”, revelan una rara calidad. Compuso odas de pura resonancia. Sus romances denotan su cubanía…

            El crítico español Marcelino Menéndez Pelayo, que pasa por alto o no puede apreciar la travesura genuinamente criolla de Plácido, no es remiso, sin embargo,  al elogio. Expresó:

            “Quien escribió el magistral y primoroso romance “Jicotencal”, que Góngora no desdeñaría entre los suyos, el bello soneto descriptivo “La muerte de Gessler”, la graciosa letrilla “La flor de la caña” y la inspirada plegaria que iba recitando camino del patíbulo, no necesita ser mulato ni haber sido fusilado para que la posteridad lo recuerde…” Es cierto, pero  como dice Cintio Vitier, nosotros también lo recordamos como el mulato fusilado por la estupidez del colonialismo español y el racismo de todos los tiempos.

            Plácido llegó a ser un hombre muy conocido y apreciado en la sociedad matancera. Gente de todas las clases sociales le pedían que animara sus festejos y diversiones. Esa popularidad fue la causa de su desgracia. Las autoridades españolas lo consideraron capaz de encabezar una de las reales o supuestas conspiraciones de negros y mulatos que conmovían a la Isla hacia 1840. Lo incluyeron en una de ellas. La llamada conspiración de la Escalera.  Fue puesto en prisión y, aunque las acusaciones no se probaron, lo condenaron a muerte. Murió fusilado en la ciudad de Matanzas, en 1844.

UNA BIOGRAFÍA

Plácido nació en La Habana, en una casa de la calle Bernaza, frente a lo que es hoy La Moderna Poesía, el 18 de marzo de 1809. Hijo de la bailarina española, natural de Burgos, Concepción Vázquez, y del peluquero mulato Diego Ferrer Matoso. Se habían conocido en el Teatro Principal, donde ambos trabajaban. Quiso la madre que el nacimiento del niño pasara en secreto y no demoró en deshacerse de él al abandonarlo en la Casa Cuna de la calle Muralla esquina a Oficios. Tuvo, sin embargo, el gesto de darle su nombre pues en una nota que acompañaba al tierno infante y en la que  se consignaba su fecha de nacimiento, se decía que se llamaba Gabriel de la Concepción. Lo bautizaron el mismo día de su ingreso en la Casa Cuna y por decisión oculta o declarada del padre, lo registraron como Diego Gabriel de la Concepción y se le dio el apellido Valdés, obligatorio para los niños expósitos. Su padrino sería el farmacéutico Plácido Fuentes y de él tomaría el poeta el seudónimo que lo hizo célebre, aunque otros afirman que lo tomó de la novela Plácido y Blanca, de la condesa de Genlis.  

            Poco se sabe acerca de los amores  entre el peluquero y la bailarina. Ella hizo dinero con el baile, y aunque mantuvo relaciones con el hijo, obligado a tratarla de “señora”, reprimió siempre cualquier manifestación de amor maternal y lo vio marchar al paredón de fusilamiento sin que un gesto de desesperación  borrara el pasado indiferente. Expresa Plácido en su soneto “Fatalidad”: “Entre el materno tálamo y la cuna/ El férreo juro del honor pusiste…”  Leopoldo Horrego Estuch,  en su libro Plácido, el  poeta infortunado, dice que aparte del problema social que para una blanca entrañaba en la época  tener un hijo, fruto del amor libre,  por demás,  con un pardo, Concepción, quien llegó a escribir poemas y publicarlos,  quería todo el tiempo para dedicarlo  su arte. El peluquero, en cambio, sintió remordimiento ante el destino del muchacho  y terminó sacándolo de la Casa Cuna a fin de ponerlo bajo el cuidado de su madre y hermanas.

            Los recursos de la familia Ferrer Matoso eran escasos y Diego, que podía ganar hoy un quitrín en una apuesta de juego y perderlo, en otra,  al día siguiente, era irresponsable y poco previsor. Quería al hijo, pero olvidaba a menudo  los deberes que tenía para con el pequeño. Así, entre la falta de recursos familiares  y la indiferencia paterna, el futuro poeta no podría ir a la escuela hasta los diez años de edad, precisamente cuando el peluquero salió de Cuba para establecerse en México. Estudió Plácido en varias escuelas, entre ellas el Colegio de Belén, que, en su sección de pobres,  admitía a niños negros y mulatos, y sorprendía a los maestros por su vivacidad y clara inteligencia, mientras que su simpatía le ganaba el afecto de todos, si bien su disciplina dejaba mucho que desear.  Llegó a ser un nadador hábil y atrevido.  

            Solo pudo asistir a la escuela durante dos años. A los doce, cuando ya improvisaba con facilidad décimas y cuartetas,  comenzó a trabajar en una carpintería. Pasó después, como aprendiz, al taller del célebre pintor retratista Vicente Escobar, y, más tarde, a la imprenta de José Severino Boloña, donde encontró ambiente propicio para su poesía y se adiestró en el oficio de tipógrafo. Como en la imprenta no ganaba lo suficiente, decidió Plácido hacerse peinetero, empleo productivo entonces ya que en Cuba, al igual que en Andalucía, la peineta era un adorno imprescindible en la mujer. A la vuelta de pocos meses, en la platería de Misa, en la calle Dragones, se convierte en un artífice del carey que entre sus manos se transforma en bastones de severa elegancia,   peinetas de alados arabescos, delicadas pulseras.

EL POETA

El peinetero es ya Plácido el poeta. En su mesa de  la platería, al lado de sus herramientas, tiene siempre un libro y un pedazo de papel, donde queda anotado lo que improvisa. Desde sus días en la imprenta de Boloña no solo despierta la admiración de los que lo escuchan improvisar, sino que, a petición de amigos y compañeros, escribe sonetos y cuartetas que luego se copian con profusión  y pasan de mano en mano.

            En 1836 se traslada a Matanzas, donde trabaja como redactor del periódico La Aurora. Le encargan la sección poética, muy importante en aquellos años, y tiene la obligación de publicar un poema en cada número del periódico. Le pagan veinticinco pesos mensuales, pero Plácido redondea sus entradas con los versos de ocasión que escribe con temas de bodas,  cumpleaños y bautizos y que vende a los interesados. Se dice que llegó a cobrar varias onzas de oro por algunas de sus poesías elogiosas. Las presentaba  impresas en seda, enmarcadas en dorado y con filigranas y viñetas muy del gusto de la época. Y no era raro que algún sujeto enamorado le pidiera, y pagara,   un poema que luego hacía pasar como suyo a los ojos de la amada.

            Muchos criticaron a Plácido que comercializara  sus composiciones, y durante años se afirmó que José Jacinto Milanés se inspiró en él para escribir “El poeta envilecido”, un sujeto  que después de haber deleitado con sus improvisaciones a los asistentes a una fiesta recibía la recompensa de compartir las sobras del banquete con el perro de la casa.  No es cierto. Milanés siempre se refirió a Plácido con respeto y admiración y el poema en cuestión, abstracto o alegórico, se escribió sin pensar en una persona determinada. Así lo afirmó, por escrito, en 1880, Federico Milanés, hermano de José Jacinto. Casi noventa años después Cintio Vitier se alegraba de poder  rectificar error tan difundido porque “Plácido, desde Del Monte hasta Sanguily, fue maltratado por la crítica, y porque de ese modo se salva de la tacha de injusto a Milanés”, tan alabado por Plácido por otra parte.

            . En 1836 publica su primer libro, Poesías. Cuatro años después da a conocer El veguero, cuaderno que agrupa letrillas y epigramas.  En 1834 había colaborado,  con su poema “La siempreviva”,  en la Aureola Poética que se dedicó al poeta español Francisco Martínez de la Rosa. Este que es además ministro de la Corona, de acuerdo con otro poeta, Juan Nicasio Gallego, invitan al cubano a trasladarse a España. Plácido se niega. Necesita de su propio paisaje.

            Acerca de su poesía, escribió Lezama Lima: “Plácido incorpora a nuestra poesía la gracia juglaresca. Nuestra poesía salía de la pesantez del neoclasicismo para entrar en los excesos del romanticismo, entonces fue cuando llegó la gracia sonriente y el aire amable de Plácido. Es innegable que en su verbo poético se expresan muchas de las condiciones de nuestra naturaleza, transparencia, juego de agua, enlaces finos y sutiles. Raro será el poema, aun en los más ocasionales, en que no se encuentre un giro gracioso, una metáfora airada y como la misteriosa penetración de los cuatro elementos de nuestra raíz… Forma parte de nuestra naturaleza, es fino, sensual, medido. Tiene algo de los finos valles de las provincias occidentales…”

FUSILADO

 

En Matanzas, contrae matrimonio el poeta con María Gila Morales. Había tenido una novia, Fela, que murió en 1833, durante la epidemia de cólera en La Habana. Radicado ya en tierras yumurinas, hace escasas visitas a la capital de la Isla, donde se aloja siempre en casa de su madre. En busca de mejores posibilidades de trabajo, se traslada, en compañía de su esposa, a Santa Clara. Está en Trinidad en 1843. Allí, el 1 de abril,  mediante un anónimo lleno de faltas de ortografía y dirigido al Gobernador Político de Las Villas, documento que Horrego Estuch  reprodujo en su libro citado, se le implica en una conspiración de pardos y morenos, que, al decir de quien lo escribe, estallaría muy pronto en varias de las localidades del territorio.  Ofrece el remitente del anónimo los nombres de los supuestos conspiradores y advierte que Plácido llegó a Santa Clara para hacer contacto con los rebeldes locales y organizarlos. Parece estar bien informado el soplón. Menciona al cabecilla del complot y dice que esconde en su casa catorce arrobas de balas, pólvora, mechas y fusiles. No solo revela el informante nombres y detalles, sino que hace indicaciones al Gobernador acerca de cómo debe reprimirse a los involucrados y le pide que con los negros y mulatos de la zona, aunque no estén en la conspiración, se muestre también inflexible y haga que se cumpla la disposición que les prohibe reunirse y andar por la calle a ciertas horas.

            Ese anónimo costó a Plácido seis meses de encierro en Trinidad. Un documento suscrito en esa ciudad el 15 de noviembre de 1843, hace constar que se había depurado la inocencia del poeta y que había sido absuelto en el proceso  que se  le siguió en el tribunal de la Comisión Militar. No obstante, advierte el informe, “sería conveniente que la autoridad territorial donde fuese a residir dicho individuo estuviera al tanto de su comportamiento y le exigiera que en el término de quince días se ocupara útilmente…” Es desfavorable la opinión que tienen sobre él las autoridades trinitarias: “… Su conducta durante el tiempo que aquí ha permanecido en libertad… es bastante mala: no se le ha conocido ocupación alguna; es hombre sospechoso y… perjudicial su permanencia en la Isla”.

            Ese informe selló su suerte. Meses después fue acusado de formar parte de la llamada Conspiración de la Escalera. No escapó esta vez. Junto a diez acusados más lo fusilaron en el amanecer del 28 de junio de 1844.

            Poco antes hizo su testamento. Era tan pobre que dejó solo “memoria” para la gente que quería y los poetas que admiraba. Escribió también, durante sus últimas horas, algunos poemas, entre ellos, “Adiós a mi lira”, “Plegaria a Dios” y uno que dedicó a su madre. Esos manuscritos los pudo el propio poeta entregar a su esposa.

            Unas veinte mil  personas contemplaron el espectáculo horrendo de aquel fusilamiento. Los esclavos de los lugares cercanos fueron llevados para que les sirviera de escarmiento, pero muchos acudieron movidos por la curiosidad morbosa de ver ejecutar al poeta. Plácido, que no se cansó de proclamar su inocencia en los interrogatorios, recitaba con voz clara su “Plegaria…” mientras avanzaba hacia la muerte. Un redoble de tambores ahogó su palabra vibrante y ante los condenados se formó un pelotón de 44 soldados con sus jefes. Cuatro soldados para cada uno de los sentenciados. Dos les dispararían a la cabeza y dos, al pecho. Y un sacerdote para cada supliciado. Rezaron el Credo los curas y los reos y aun tuvo Plácido fuerza suficiente para gritar que emplazaba ante el juicio de Dios a sus verdugos y fiscales, y los mencionó por sus nombres. Se dio la orden de fuego. “Adiós, patria querida…” exclamó. Pero la primera descarga, al alcanzarlo solo  en el hombro,  lo dejó con vida. A una nueva orden  se aprestaron cuatro soldados. Una nueva descarga y voló despedazada su cabeza.

 

           

               

           

           

El Águila Negra

El Águila Negra

Ciro Bianchi Ross 

 

En varias ocasiones he aludido en esta página a El Águila Negra, el guajiro de Tacajó que se convirtió en uno de los grandes estafadores internacionales de todos los tiempos.

Lo hice siempre de pasada porque no disponía de información suficiente. Soy, sin embargo, un escribidor afortunado. Un lector solidario, Antonio Lemus Nicolau, de Gibara, Holguín, que me ha sacado de apuros similares, pese a que no nos conocemos personalmente,  me hizo llegar en fotocopias largos fragmentos de la prolija investigación que sobre el personaje acometió el periodista holguinero Ángel Quintana Bermúdez y que recogió en un libro que desconocía hasta ahora, El Águila Negra y otras historias.

            Quintana Bermúdez buceó  en archivos y hemerotecas en busca de datos sobre El Águila Negra  y localizó y recogió el testimonio de algunos de sus  familiares radicados en Cuba. En el curso de la investigación, uno de los hijos del experto timador, periodista radicado en Panamá, se puso en contacto con Quintana Bermúdez. Él también acopió información sobre su padre y había escrito “un novelón” que envió a un concurso sin resultado positivo alguno. Entonces todavía vivían, en Venezuela y México, otros hijos del estafador. Pero ya su esposa, la panameña Griselda Contrera,  había muerto, en 1983, llevándose con ella, dice uno de sus vástagos,  “el verdadero secreto de El Águila”. Unos tres lustros antes, en 1967, en México, había muerto a los 80 años de edad,  víctima de un derrame cerebral,  el más increíble y sagaz de los tramposos, sin que la policía de país alguno, apunta Quintana Bermúdez, supiera dónde guardó su mal habido caudal.  

            Hasta donde sé, y por las fotocopias de sus materiales, lamentablemente incompletas, que me remitió Lemus Nicolau, el periodista Quintana Bermúdez no escribió una biografía. Pero en las crónicas que dedicó al personaje mucho se atisba acerca de su vida y “hazañas”. De niño, sufrió en carne propia los rigores de la Reconcentración ordenada por el sanguinario Valeriano Weyler y nunca pudo asistir escuela alguna, pero cuando supo hacerlo  leyó todo lo que cayó en sus manos, sobre todo en las cárceles que le tocó conocer. Salvó milagrosamente la vida cuando un torero burlado lo tiró al mar desde un trasatlántico en una zona infectada de tiburones y en China se libró en tablitas  de la furia de un terrateniente a quien estafó de manera consuetudinaria y  que después de hacer que le propinaran una paliza descomunal,  lo condenó a trabajar como esclavo en sus arrozales por el resto de sus días. En 1937 estuvo a punto de estafar nada menos que al temido  José Eleuterio Pedraza, jefe de la Policía cubana…

            La de El Águila Negra es una vida de novela, en la que, como a un Edmundo Dantés tropical, no falta su Abate Farías. En efecto, en la cárcel de Santiago de Cuba encontró a un verdadero amigo y maestro, El Murciélago. El anciano delincuente advirtió la inteligencia y la audacia del joven imberbe y le enseñó todas las trampas posibles en los juegos de cartas y lo instruyó en el difícil arte de engañar al prójimo.  Poco antes de morir, El Murciélago lo declaró su heredero y le cedió, como único legado, un grueso cinturón de cuero. Cuídalo, es de buena piel, comentó al entregárselo. La piel, por buena que fuera, no podía pesar tanto y El Águila advirtió que aquel fajín pesaba mucho. No podía ser de otro modo porque guardaba, en su doble forro, decenas y decenas de monedas de oro.

 

EN PRIMERA CLASE

José Roque Ramírez es el nombre verdadero de El Águila Negra. Nació el 16 de agosto de 1888, en la localidad holguinera de Tacajó. Trabajó la tierra, sin éxito y era todavía muy joven cuando, en la ciudad de Guantánamo,  se inició en la vida delincuencial: pasaba billetes falsos de 20 dólares; no existía aún la moneda cubana. Lo descubrieron, pero pudo evadir la acción policial. En Boca de Samá, donde buscó refugio,  su madre lo enseñó a leer y a escribir y allí, durante tres años, se mantuvo tranquilo y olvidado hasta que quiso ir a su pueblo natal para ver cómo andaban las cosas. Le echaron el guante y, con una condena de 12  años de privación de libertad, fue a parar a la Cárcel Provincial de Oriente, sita entonces en la calle Marina número 12, en Santiago de Cuba.

Es en ese establecimiento penal donde  traba relación con El Murciélago, un gaditano de nombre Leonardo Tejeda Legón, condenado a 30 años por la muerte de su amante. Simpatizan, juegan a las cartas,  conversan durante horas enteras. El muchacho es listo y Tejeda sabe tanto por viejo como por diablo.  Pronto caen en boca de los otros reclusos y los comentarios crecen cuando se advierte que la vida de Roque Ramírez y del anciano mejora por día. Ya no comen del rancho aborrecible de la prisión, sino que se hacen traer la comida de fuera, disfrutan de buenos  tabacos y no les faltan las bebidas alcohólicas que los custodios, condescendientes, les permiten pasar.  

            Y es que El Águila Negra ha empezado ya  a hacer de las suyas. En cartas que salen de la prisión santiaguera da cuenta a  hombres ricos de otras localidades de un cuantioso tesoro cuyo escondite guarda en secreto un oficial preso. Se necesitaba de mucho dinero para sacarlo de la cárcel, pero a cambio  el oficial, tan pronto estuviera en la calle,  estaba dispuesto a compartir su fortuna con los que lo ayudaran.  Las cartas van escritas en el papel timbrado del Dr. José Roque Ramírez, abogado con domicilio en Marina número 12, la misma dirección de la cárcel.

            La venta de acciones del tesoro escondido marcha a todo tren y en el supuesto bufete llueven las cartas de respuesta y, lo que es mejor, los certificados de giros postales emitidos a nombre de Roque Ramírez hasta el día en que el juez municipal de Arroyo Blanco, extrañado de no recibir aviso por los más de 3 000 pesos que invirtió en el negocio, tomó el tren con destino a Santiago. Ya en la ciudad localizó la dirección y ahí mismo ardió Troya. Dos años más vinieron a sumarse a la condena de El Águila Negra.

            No los cumpliría. Volvió a tomar papel y pluma y escribió textos conmovedores encaminados a obtener su indulto. Una de esas cartas, remitida a la esposa de un ministro del presidente Menocal, dio en el blanco. La señora abogó a su favor  y le concedieron la libertad.

            Las trampas que tan bien le enseñó El Murciélago le permiten salir vencedor en cuanto juego de naipes participa. En Sagua la Grande, de una sola sentada, acopia 5 000 pesos, y 6 000 en Ciego de Ávila. Pero quiere ver mundo. El puerto mexicano de Veracruz será su destino. De ahí, elegante y con buenos modales,  bien vestido y con una conversación fácil y amena, emprenderá las travesías, siempre en camarotes de lujo,  que lo llevarán a Barcelona, Londres, Manila, Shangai, California, Buenos Aires… ORO PURO

En Canadá le birló un cuarto de millón de dólares a una anciana a la que había jurado amor eterno. En la Guayana francesa juega a las cartas con el Gobernador General de la colonia y lo despoja de varios miles de dólares. En la Pampa argentina deslumbra a patrones y peones. Se hace llamar Belisario Roldán y es un rico magnate petrolero de Tampico. Los gana a todos con su verbo locuaz, su cordialidad, su gentileza. Se muestra como un caballero opulento y generoso que sabe hacer regalos fantásticos a los ricos y sorprender a los que lo sirven con propinas insospechadas. En Bahía Blanca, también en la Argentina,  adquiere caballos de pura sangre y más de mil toros con destino a su granja experimental, en México y se escabulle antes de pagarlos. No se marcha de la Argentina sin estafar a un importante joyero bonaerense por más de 60 000 dólares.

En la ciudad haitiana de Puerto Príncipe se presenta como un diplomático mexicano interesado en adquirir, por instrucciones de su gobierno, grandes cantidades de café. Es ahora el señor Castañón y pone en su mirilla a un caficultor francés radicado en la isla, el señor Berard,  viejo, arisco,  egoísta, ambicioso. Le compra todo un cargamento del grano, que no le paga, pero que llega a su destino, en Veracruz. Enseguida le ofrece 100 000 dólares por su posesión y le explica el motivo. Ha descubierto en ella un entierro de barras de oro. No accede el francés a la venta, pero está dispuesto a compartir las ganancias con el cubano. Busca Roque Ramírez un detector de metales, opera el aparato, perciben sus señales y excavan. Cincuenta lingotes  salen de la tierra. Raspa Roque uno de ellos y Berard, estremecido,  recoge las limallas que luego analizará un joyero. No hay duda posible: es oro puro.

            Como nadie en Haití lo compraría, Castañón otorga un voto de confianza al francés y lo insta a que viaje a Nueva York, donde la Casa Morgan se perfila como un comprador seguro. Le pide un favor, que le anticipe 30 000 dólares para emprender cierto negocio no previsto en su presupuesto. Da Berard gustoso el dinero e invita al cubano a que se instale en su residencia hasta que regrese. En Nueva York el fiasco fue total. Eran de bronce los 49 lingotes que llevaba. El que sí era de oro puro había quedado en poder de El Águila Negra, que pidió conservarlo como recuerdo. 

 

FINAL

El intento de estafar al coronel Pedraza costó a El Águila Negra dos años de cárcel. En 1943 regresa a México y se instala en su lujosa residencia de Chapultepec. Lleva esa vez,  producto de sus estafas,  unos 270 mil dólares consigo. Dos policías cubanos, Jacinto Hernández Nodarse y Luis Torres Catá, le siguen los pasos. La justicia cubana lo reclama y a sus requerimientos la policía de México lo detienen en más de diez ocasiones. Gasta Roque Ramírez una fortuna en abogados que retardan una y otra vez la extradición hasta que, por orden del ministro de Gobernación, lo confinan en la prisión de Lecumberri.  Alega Roque Ramírez su condición de ciudadano mexicano, pero son falsos los documentos con que pretende avalar su ciudadanía y Cuba demuestra que no se trata de dos sujetos con el mismo nombre, sino de un solo hombre con dos personalidades. La repatriación está cerca y El Águila Negra encarga a su esposa que contrate los servicios del pistolero Pavía Franco, que, con su banda,  ultimaría a sus custodios en el camino del aeropuerto. Nada pueden hacer.

            En la tarde del 5 de agosto de 1944 llega a Rancho Boyeros el avión que trae a Roque Ramírez para pasar en el castillo del Príncipe la más larga temporada penitenciaria de su vida. Batista lo indultó en 1953 y enseguida se trasladó a México con su familia.

            (Fuente: textos de Ángel Quintana Bermúdez)

 

           

 

           

           

           

                

                 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fray Olallo

Fray Olallo

Ciro Bianchi Ross

 

El padre Olallo no hizo milagros, pero en Camagüey se le tiene como un santo. Era un adolescente cuando, ya como profeso de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, fue destinado a uno de los hospitales civiles de esa ciudad a fin de que completara su formación religiosa y profesional.  En el hospital de San Juan de Dios,  durante 54 años, se dedicó al cuidado del enfermo, del más necesitado, del marginado.

Eran tiempos en los que un solo médico atendía los tres hospitales civiles de la localidad y no era raro que, en épocas de epidemias, los pacientes tuvieran que amontonarse en patios y pasillos de esas  casas de salud o de… muerte.  Para aliviar tantas calamidades,  Olallo, en la práctica de todos los días,  se hizo cirujano, boticario y dentista, pero siguió asumiendo con humildad las labores más desagradables, como las de botar orinales, bañar a enfermos, lavar paños ensangrentados, cargar cadáveres...

Aunque le llamaban Padre Olallo nunca quiso ordenarse sacerdote porque no se consideraba digno de tal distinción y prefirió seguir con sus enfermos para los que fue, unas veces, el hombre que trataba de ofrecerles la mejor atención médica posible, y, en otras, el religioso que les ayudaba a morir en paz. Mortificaba su cuerpo con ayunos constantes y largas vigilias. Aún así encontraba tiempo para enseñar a leer y a escribir a los niños pobres de la barriada en un aula que habilitó en el propio hospital.

            Hace apenas una semana, en la plaza de la Libertad, de la ciudad de Camagüey, tuvo lugar la ceremonia de beatificación de fray José Olallo Valdés, hermano hospitalario de la Orden de San Juan de Dios. El acto, presidido por el cardenal José Saraiva Martins, prefecto emérito de la Congregación para la Causa de los Santos del Vaticano, y que contó con la asistencia del presidente Raúl Castro, fue la culminación de un largo sumario que tuvo uno de sus hitos esenciales en 1990 cuando fueron remitidas a Roma las actas finales de la documentación del proceso diocesano que avalaban la beatificación de fray Olallo. Más de quince años después, el Papa Benedicto XVI reconoció a Olallo como Venerable al firmar los decretos que proclamaban sus virtudes heroicas. Se abrió entonces otra espera hasta que el pasado 15 de marzo Su Santidad firmó la Carta Apostólica en la que declaró Beato a fray Olallo, con lo que la Iglesia Católica podrá rendirle culto público.

PICHÓN DE CURA

Desde el portal de su casa,  en el punto más elevado de la Sierra de Cubitas,  el propietario de la finca Las Cocinas Altas, vio que se abría la talanquera del batey para dar paso a dos jinetes. No demoraron en llegar a su presencia. A uno de ellos, que resultó ser José Olallo Valdés,  lo veía por primera vez  en su vida. El otro era un viejo vecino.

            -Buenos días, don José –dijo el vecino. Aquí le traigo a este pichón de cura… No puede seguir hasta el pueblo pues está derrengado.

            El aspecto de Olallo, con 15 años de edad entonces,  era, en verdad, deplorable. Los siete días que demoró  su travesía marítima entre La Habana y el pequeño embarcadero de La Guanaja, en la costa camagüeyana, fueron para él de constante mareo y malestar. Y a ello se sumaban las doce leguas de mal camino recorridas a caballo desde el desembarco. Nunca antes había cabalgado y lucía maltrecho, su rostro era la estampa del dolor y la bata blanca que llevaba, a guisa de sotana,  estaba manchada por el barro rojo de aquellos lugares. Sus muslos y asentaderas eran una llaga viva y la fiebre comenzaba a hacer estragos en su cuerpo.

            “Después de cinco o seis días de descanso, y de curarle sus llagas de acuerdo con los tiempos aquellos, conducido por mi abuelo y otro vecino, fue traído a Puerto Príncipe, y llevado al hospital de San Juan de Dios…”, escribe Abel Marrero Companioni, nieto del propietario de Las Cocinas Altas,  en su libro  Tradiciones camagüeyanas. Andando el tiempo el propio Marrero Companioni llegaría a conocer personalmente a fray Olallo pues la casa de su familia se ubicaba frente  la misma plaza donde se erigía el hospital.

            Era un establecimiento exclusivo  para hombres: blancos pobres, esclavos, negros y pardos libres, presidiarios, bandoleros heridos. Si un bandolero fallecía en un enfrentamiento con la fuerza pública, se expedía allí el correspondiente  certificado de defunción. Al estallar la Guerra Grande (1868) el hospital empezó a recibir  soldados del Ejército Libertador capturados heridos por los españoles.

            Olallo había sido mandado a Camagüey  en días críticos para la ciudad. Debía reforzar el hospital en un momento en que una epidemia de cólera sembraba el espanto y la muerte entre los principeños. Ese fue su comienzo en la vida hospitalaria. Refiere Marrero Companioni, que lo escuchó de boca de testigos presenciales, que pasaba todo el tiempo al lado de los enfermos y moribundos, lo que hizo que,  precisa el cronista, a pesar de su corta edad empezara a revelarse como un iluminado en aquel antro de dolor y miseria donde fallecían entre 30 y 35 enfermos por jornada. Mantendría la misma consagración cuando otros brotes de cólera y también de viruela y fiebre amarilla ocasionaron víctimas cuantiosas en la urbe.

            Esa dedicación le valió que, ya con 36 años de edad,  se le promoviera a Enfermero Mayor del hospital. Pero Olallo siguió siendo el mismo de siempre: el más humilde de los empleados, dispuesto, de manera invariable,  a atender al que lo necesitara. Era, afirman los que lo conocieron, dulce y afable por naturaleza y con verdadera vocación para las funciones que asumía. Respetuoso y comedido. Solo una orden se negó a cumplir. Se opuso con firmeza a la disposición que establecía negarle auxilio a aquellos heridos que llegaban espontáneamente al hospital, sin previo conocimiento de las autoridades. La medida le pareció inhumana y se rebeló contra ella. No aguardaría por permiso alguno para aliviar el dolor o salvar la vida de un desgraciado. Cumpliría su misión sin importarle las consecuencias.

EL CADÁVER DE AGRAMONTE

La misma valentía mostró Olallo en el amanecer del 12 de mayo de 1873. Una columna española irrumpió en la plaza de San Juan de Dios. Conducía a varios heridos y el cadáver de un hombre doblado sobre el lomo de un caballo. Era el del mayor general Ignacio Agramonte, muerto el día anterior en el combate de Jimaguayú.

            Dos soldados desataron las sogas que sujetaban el cadáver y el cuerpo sin vida del Bayardo de la Revolución Cubana, sucio de sangre y lodo,  cayó al pavimento y quedó a la vista de vecinos y curiosos.

            Olallo no podía permitir el escarnio. Ordenó que una camilla condujera el cadáver al interior del hospital y limpió el rostro de El Mayor con su propio pañuelo. Pronto se sumó a Olallo el sacerdote Manuel Martínez Saltage –“muy buen cubano”, apunta Marrero Companioni-  y juntos rezaron durante varios minutos. Al final, otra vez volvió Olallo a limpiar el rostro maltratado del mambí.

            Una versión similar a la de Marrero Companioni ofrece Eugenio Betancourt, nieto de El Mayor. Dice que fray Olallo y el padre Manuel lavaron con aguardiente la cara del patriota y tendieron el cadáver en un pasillo del hospital. Así lo corrobora el acta del inspector Antonio Olarte, que cita Betancourt. Expresa dicho documento que el cuerpo de Agramonte estaba colocado en unas andas de madera teñidas de negro, boca arriba, con las piernas y los brazos extendidos, y apoyada la cabeza en una almohada.

EXPÓSITO

 

José Olalla Valdés nació en La Habana, en 1820.  Nunca supo quiénes fueron  sus padres. Lo depositaron en la Casa Cuna de San José, en esta capital.  Lo acompañaba una nota donde se afirmaba  que había nacido el 20 de febrero. No se sabe qué decidió su vocación por la asistencia de enfermos y desvalidos. Lo cierto es que llegó a convertirse en el alma mater del hospital de San Juan de Dios. Fueron exitosas muchas de las intervenciones quirúrgicas que se vio obligado a acometer de urgencia y los cuidados que prodigaba evitaron  la gangrena hospitalaria en numerosos pacientes. Jamás preguntó a un enfermo si era cubano o español, esclavo o liberto.  En los más de cincuenta  años que pasó en ese establecimiento no faltó a su trabajo un solo día ni  durmió fuera una sola noche. En su pequeña celda solo disponía del  mísero catre que usó durante todo ese tiempo. Olallo llegó a Camagüey como súbdito de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios y, con el tiempo, ascendió a superior responsable. Pero durante los últimos trece años de su vida sería  el único miembro de esa comunidad religiosa en Cuba y en América.

            En 1888 una epidemia de viruela causó estragos en Camagüey. El padre Olallo, ya con 68 años de edad, tiene la salud quebrantada y anda casi sin fuerzas. Aun así se le ve junto a los enfermos que mueren por decenas. No puede devolverles la salud a todos, pero les lleva el consuelo espiritual, les trasmite una frase amable, les hace sentir un gesto de cariño.

            “Ya hacía meses que casi no podía andar, encorvado, con su hermosa cabellera blanca, su rostro aguileño, con una cerrada barba también muy blanca y su mirada triste del que avizora la muerte, así lo recordamos en nuestros doce años; ya casi no salía de su humilde celda al fondo del hospital, hasta que el día 7 de marzo de 1889 dejó de latir su generoso corazón…”, escribe Abel Marrero Companioni en sus Tradiciones camagüeyanas.

            La noticia conmovió a la sociedad principeña. Los periódicos se hicieron eco de la triste nueva y exaltaron las virtudes del difunto fraile. Dijo el periódico El Pueblo: “El padre Olallo  es de esos seres que al abandonar la vida dejan tras sí esa luminosa estela de bondad sublime, piadosa compasión, de inmaculada virtud exenta de todo egoísmo, sin mancilla de hipocresía”. Y otro diario: “El Camagüey está de luto. Un pesar inmenso lo apena. Todo el que tenga corazón de hombre y sepa lo que significa la palabra gratitud, ha llorado”.

            El Arzobispo de La Habana se trasladó a Camagüey para asistir a los funerales de Olallo. En espera de la llegada del prelado,  el cadáver permaneció insepulto durante tres días y a lo largo de todo ese tiempo una muchedumbre enorme oró en voz alta y de rodillas en la plaza y en los portales del hospital. El entierro se convirtió en una manifestación de duelo gigantesca.

            El pueblo camagüeyano le levantó al padre Olallo un sencillo monumento en la necrópolis de la ciudad. Y ya en la República, el Ayuntamiento dio su nombre a la calle de Los Pobres. “Mis hermanos los pobres”, afirmaba el fraile cuando se refería a esa calle.

            Nunca faltaron flores ni ruegos en su tumba.

            (Con documentación de Marrero Companioni, Rico Hernández y Cruz Palenzuela.)

           

             

 

 

           

             

           

             

           

 

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Pasión y muerte de Yarini

Pasión y muerte de Yarini

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

¿Era un aristócrata o un héroe, un santo o un guerrero?  Para algunos, Alberto Manuel Francisco Yarini y Ponce de León era, antes que todo, un político, alguien  que hubiera llegado lejos en la cosa pública cubana… ministro, senador o, por qué no, presidente. Todas esas posibilidades se frustraron con su asesinato. Tenía entonces 28 años de edad y era el “gallo” de San Isidro, el rey de los chulos cubanos. Transcurridos  casi cien años de su muerte  nadie ha osado disputarle su bien ganada corona.

Hoy, a pedido de no pocos lectores, volvemos a traer a esta página al singular personaje. Nos valemos para ello del libro titulado San Isidro, 1910; Alberto Yarini y su época, escrito por  Dulcila Cañizares luego de una investigación que le llevó más de treinta años. De ese título, precisamos,  tomamos la información tal cual.   

            Alejo Carpentier recordaba a Yarini  como  un personaje mitológico, un ser fabuloso. Cuando paseaba a caballo por la calle Obispo, todos, hombres y mujeres, salían a la puerta de los establecimientos para verlo pasar. Para Miguel Barnet, sin embargo, y así lo dice en su Canción de Rachel, toda la fama de Yarini es mitad cierta y mitad invento porque Yarini no pasó de ser un chulo de barrio.

            Dulcila Cañizares, su más acuciosa biógrafa, lo describe como un hombre de cinco pies y seis pulgadas de estatura y 60 kilogramos de peso. Siempre perfumado y bien trajeado. Hablaba pausadamente y en voz baja.  Había estudiado en EE UU y dominaba el inglés a la perfección. Un hombre educado que tenía a su favor un ámbito familiar distinguido.  Sabía escuchar a los que lo superaban en edad y en jerarquía. Todo sonrisas y gestos refinados con las damas cuando se encontraba en el mundo social, político y familiar, pero en su imperio de chulos y prostitutas, matones y gente de mal vivir, era el guapo al que había que hablarle por lo bajo y rendirle pleitesías y respeto.

Era Yarini, sigue diciendo Dulcila Cañizares,  un hombre bastante metódico en su vida cotidiana. Se levantaba tarde y desayunaba invariablemente en su casa. Luego, sacaba a pasear a sus perros.   Hacía un recorrido habitual. Bajaba por Paula hasta Picota, doblaba a la derecha y caminaba hasta San Isidro para llegar a la fonda El Cuba. Allí se encontraba con su amigo Pepito Basterrechea y bebía un trago de ginebra, un mojito criollo o una copa de coñac. Después los dos amigos continuaban por San Isidro abajo hasta Compostela. En el bar de esa esquina bebía ron o cerveza y se limpiaba los zapatos. En su casa de la calle Paula vivían, en perfecta armonía, Elena Morales, una mulata en la flor de sus 22 años, Celia Martínez, una mestiza preciosa, y  La Petite Berthe, la francesa por la que lo mataron. Con el chulo en la cabecera, las tres se sentaban a su mesa en un orden que corría desde la izquierda. Sabían que la que ocupara la silla colocada a  la derecha de Yarini sería la elegida de la noche. 

A veces salía del barrio. Gustaba de los paseos en automóvil hasta la playa de Marianao o la Víbora. Lo normal era que tomara un auto de alquiler en el Parque Central para dirigirse al Palais Royal, un salón con barra y piano ubicado en la calle Marina, donde está ahora el edificio Carreño.  Frecuentaba asimismo el salón Manzanares, en Carlos III e Infanta,  sitio de bailes públicos,  o iba a bailar al Círculo de Artesanos de Santiago de las Vegas, o a La Verbena, en 41 y 30, en Marianao. Visitaba también el café Vista Alegre, en Belascoaín entre San Lázaro y Malecón, donde Sindo Garay compuso una canción para él. Se titula “Nada temas, la vida te sonríe”.  Degustaba refrescos de cebada en Egido y Gloria. Y gustaba de la ópera y el teatro.

            Había una guajirita que lo asediaba. Yarini se le  escondía  porque suponía que era virgen y él, decía, “no desgraciaba a ninguna mujer”. Jamás tuvo amores con sirvientas  ni costureras. Buscaba siempre entre las mujeres del gran mundo, con preferencia entre las esposas de los comerciantes y hombres acaudalados y les rayaba la pintura.

MONEDAS Y PALMADAS

El barrio de San Isidro era en la época la zona de tolerancia por excelencia de La Habana. Dentro de aquellos cuchitriles donde se comerciaba el sexo, apunta Dulcila Cañizares,  las preferidas casi siempre eran las francesas porque, mejor vestidas y perfumadas, menos vulgares y groseras, introdujeron modalidades desconocidas en la prostitución cubana. En lugar de la cohabitación habitual, practicaban el sexo oral, lo que les permitía abreviar el “trabajo”, y, con el tiempo mejor aprovechado, hacer mayor el número de clientes que atendían por noche. Las había italianas, austriacas, canadienses, belgas, suizas… pero para los cubanos todas eran francesas.

            Yarini controlaba a  una buena cantidad de prostitutas  que trabajaban para él en diversas accesorias. Tenía un burdel  de su propiedad, en Picota entre Luz y Acosta, y otro más, del que era copropietario y donde ejercían no menos de diez mujeres.

            Por las calles de San Isidro se regodeaba Yarini con aires de caballero intachable. Regalaba monedas a los chiquillos y sabía premiar con una palmada en el hombro a los que lo adulaban. Los souteneurs extranjeros eran sus enemigos y sabía que debía cuidarse de ellos. Pero Yarini andaba solo, sin guardaespaldas ni protección alguna. 

 

INSIDIAS E INTRIGAS

Louis Letot, uno de los chulos franceses de la zona,  trajo un día de Francia a la mujer más bella que se había visto jamás en San Isidro. Estaba orgulloso de la hermosura que aquella mujer a la que por su pequeña estatura llamaban La Petite Berthe, y la hizo su amante, aunque tenía una concubina principal, Jennie Fontaine,  que ejercía la prostitución en San Isidro 180 y compartía su casa de la calle Desamparados, 108 (números actuales).  Letot tenía 28 años, seis pies de estatura y 78 kilogramos. Pelo castaño. Cuidado bigote.

            Un día Berthe reparó en Yarini. Era más apuesto que Letot, más influyente, más respetado, más rico. Se sintió atraída. Yarini la aceptó.  Eso ocurrió cuando Letot se encontraba de nuevo fuera del país. Cuando regresó, el ambiente de San Isidro estaba caldeado. Los chulos extranjeros lucían agresivos y molestos; no podían admitir que la francesa se hubiera pasado al bando de los cubanos y fuera pertenencia de Yarini.

            Yarini fue al encuentro de Letot y le explicó lo que había sucedido. Letot aceptó los hechos y la cosa pareció terminar ahí. Pero los chulos foráneos, con insidias e intrigas, incitaban a Letot a tomar venganza.  Comenzaron una guerra sorda contra los chulos cubanos. El asunto se agravó cuando Yarini se personó en la casa de Letot y exigió que le entregase la ropa de Berthe, si no quería que lo matara a puñaladas. Letot se la entregó y no volvió a dirigirle la palabra.

A Letot siguieron dándole cuerda: debía acabar con Yarini.  Varios chulos franceses se ofrecieron para ayudarlo. En la  mañana del 21 de noviembre de 1910 se levantó con el presentimiento de que no tendría un buen día. Pero no podía dejar de enfrentar a Yarini porque sus amigos no perdonaban un paso en falso si de hombría se trataba.  Salió de su casa sobre las cinco de la tarde. Caminó por la calle Habana hasta el Club de los Franceses, en Velazco esquina a Desamparados,  y trazó el plan en compañía de algunos amigos. Se apostarían en la calle y en las azoteas de las casas de enfrente de la accesoria de Yarini donde ejercía Berthe. Se le enviaría recado a Yarini para que acudiera al lugar con cualquier pretexto,  y al salir de la accesoria sería acribillado a balazos. Ese sería el final de Yarini y de los chulos cubanos que, al faltarle el jefe, se batirían en retirada. Entre copa y copa Letot se fue envalentonando.Salió del Club, siguió bebiendo en el Café de Víctor, en Habana esquina a San Isidro,  y luego fue a comer a su casa. Se dirigió a la calle Compostela y dobló en dirección a San Isidro. Sus amigos, en cumplimiento de su promesa, estaban convenientemente apostados.

HACIA LA MUERTE

Mientras tanto, Yarini, sacado de su casa mediante un extraño recado,  doblaba por Picota hacia San Isidro y por la acera de la izquierda avanzaba hacia la accesoria situada entre Compostela y Habana. Al pasar Compostela se le unió Basterrechea. Llegaron a la accesoria donde ejercía Berthe, pero que esa noche ocupaba Elena Morales. Cuando Yarini y Basterrechea salían a la calle, Elena se les anticipó y advirtió  a Letot, revolver en mano, de pie, frente a la entrada principal de la casa. Al ver a Yarini, el francés comenzó a disparar y una lluvia de balas caía desde las azoteas de las casas de enfrente, donde se habían apostado no menos de ocho de los amigos de Letot. Yarini sacó su revólver,  pero no tuvo tiempo de defenderse. Detrás venía, revólver en mano, Basterrechea, que disparó sobre Letot y lo hirió mortalmente en el centro de la frente.

            Prosiguió el tiroteo. Basterrechea, al ver a Yarini herido y constatar que la Policía se acercaba, arrojó su arma y se dio a la fuga. Jennie Fontaine corrió hacia el cuerpo inerte de Letot y se abrazó a él. Recogió su revólver y lo desapareció para siempre. Yarini, todavía vivo, yacía en la acera. Una de sus concubinas lo abrazó llorando. La sangre, incontenible, manaba de su vientre.

            En un coche lo llevaron hasta la Estación de Policía de la calle Paula. De allí, en ambulancia, al antiguo Hospital de Emergencias.  Los franceses apostados en las azoteas huyeron por los tejados. Basterrechea fue detenido. Varios de los extranjeros implicados quedaron  detenidos después. Los amigos de Yarini juraron venganza.

EL ENTIERRO

A las 10:30 de la noche del 22 de noviembre fallecía Alberto Yarini. Entró en agonía sobre las diez  y la noticia corrió por la ciudad.  Al llegar los restos  a su casa, en Galiano 116 (actual),  había ya en la calle personas esperándolo. En torno al féretro, en la capilla mortuoria, montada por la funeraria Caballero, las guardias de honor se relevaban cada cinco minutos. Se calcula que unas diez mil personas desfilaron ante el cadáver para despedirlo.

            El dia 24, desde las ocho de la mañana, una multitud compacta esperaba la salida para el cementerio  y colmaba la calle Galiano, desde Lagunas a Virtudes, y la calle Ánimas, desde San Nicolás hasta Blanco. A las 9:15 partió el cortejo. Lo encabezaba una carroza imperial tirada por cuatro parejas de caballos, y dotada de cuatro palafreneros, el cochero y un postillón. Seguía el coche con las coronas y detrás la banda de música de la Casa de Beneficencia. El sarcófago era transportado en hombros de seis amigos, que se turnaban por tramos. Detrás, el público cubría más de tres cuadras largas. La gente se agolpó en las aceras para verlo pasar.  El cortejo salió por Galiano, buscó Reina y Carlos III y de ahí Zapata. Al llegar a Carlos III, en contra de la voluntad de los amigos más íntimos, se colocó el féretro dentro del coche fúnebre, mientas que la gente lo seguía a pie hasta el cementerio. Detrás avanzaban 200 coches vacíos, entre ellos el del Presidente de la República.  Ocho vigilantes de caballería, que se revelaban de acuerdo con las demarcaciones correspondientes, acompañaban el entierro para garantizar el orden. Los encabezaba el propio jefe de la Policía, brigadier Armando de la Riva, y sus más cercanos colaboradores.

            Se celebró el juicio. Basterrechea, el amigo de Yarini, fue absuelto porque Yarini tuvo tiempo de confesarse como el autor de la muerte del francés.  Quedaron también absueltos los chulos extranjeros que incitaron a Letot y fueron sus cómplices en el asesinato.

           

             

 

 

 

 

 

 

 

 

Sindo Garay

Sindo Garay

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

 

 

Los cubanos son los creadores del bolero. José (Pepe) Sánchez, un sastre oriundo de la ciudad de Santiago de Cuba, compuso, en 1885, el primer bolero auténtico que marcó la pauta a los que le seguirán. A partir de ahí la canción popular cubana –llámese criolla, guajira, clave, bambuco, habanera, bolero o canción propiamente dicha,  según sus características rítmicas o métricas- experimentaría  un auge extraordinario. En la propia Santiago hacen lo suyo Alberto Villalón y Miguel Matamoros; en Cienfuegos, Eusebio Delfín, mientras que Rafael Gómez (Teofilito) y Miguelito Companioni se destacan en Sancti Spíritus. En La Habana, proveniente también del centro de la Isla, está, con su guitarra a cuesta, Manuel Corona. Son los años de Boda negra, Mariposita de primavera, La guinda,  Pensamiento, Mujer perjura, Longina… Una música que en buena medida se compone y se canta  en la calle, en el cafetín de mala muerte,  en serenatas bajo los balcones.

            Dentro de ese grupo, Sindo Garay, El Patriarca, ocupa un lugar prominente. Nació en Santiago, el 12 de abril de 1867,  y aprendió la guitarra con Pepe Sánchez. Fue trapecista de circo y, espíritu inquieto, se movió a lo largo de toda la Isla y conoció no pocas naciones sudamericanas hasta que se asentó en La Habana  y en el ya desaparecido café Vista Alegre hizo casi toda su obra. En ese mítico establecimiento del centro de la capital cubana surgieron muchas de las más gustadas melodías del cancionero popular. Sindo y su hijo Guarionex –adviértase en el nombre el pretendido influjo de los primitivos pobladores de la Isla- eran clientes habituales del lugar, como lo eran también  otros músicos y trovadores: Graciano Gómez, Manolo Romero, Chepín,  Manuel Luna… al igual que el compositor Antonio María Romeu, el llamado Mago de las Teclas.  

Murió Sindo Garay, el 17 de julio de 1967,   con 101 años. Es el autor más cantado por los intérpretes de la canción tradicional cubana. Hace un tiempo   esa vocalista extraordinaria que es Miriam Ramos hizo versiones memorables de muchas de las  composiciones de Sindo. Demostraron lo que ya se sabía: se trata de  una música viva y vigente  cuatro décadas después del fallecimiento del compositor.

            ¿Por qué sigue gustando? Es, sencillamente, expresión de lo mejor de nuestro cancionero. Y lo es asimismo del ser nacional. En la música de Sindo Garay palpita Cuba; ríe y llora en piezas de gran riqueza musical y también de alto contenido literario. Textos cargados de una poesía auténtica y raigal, que celebran  al país,  la mujer, el amor, el desamor… La tarde, La bayamesa, El huracán y la palma y Perla marina, entre otras muchas,  lo hacen bien evidente.

 

LARGA E INCREÍBLE VIDA

Sindo Garay no solo hizo música. Creó además una leyenda. En  su  anecdotario riquísimo y que evidencia, sobre todo, a un poeta, no se puede deslindar a veces dónde termina la verdad y comienza la invención.

Su  larga vida guarda pasajes increíbles. Aprendió a leer por su cuenta; caminaba por su Santiago natal y  copiaba las palabras que veía en anuncios y carteles.  Decía, y parece ser cierto,  haber estrechado la mano de José Martí. Conoció al Apóstol de la Independencia de Cuba, en Dajabón, República Dominicana, cuando llegó allí como emigrado. Y pudo, ya al final de su existencia, conocer a Fidel. El líder de la Revolución haría una comparecencia televisiva en la Universidad Popular, y pidió a su hijo Hatuey que lo llevara.

El propio Sindo relataría ese encuentro: “Cuando él me vio en el estudio se me acercó sonriente para saludarme”. Fidel le dijo: “¿Quién no conoce a Sindo Garay en Cuba?”. Precisaba  el compositor: “Me abrazó muy afectuoso y me sentí más pequeño de lo que soy cuando sus brazos me rodearon”.  

 Guardaba un  grato recuerdo de Flor Crombet, cuando aquel combatiente de la Guerra de los Diez Años llegó a Santiago, en 1890,  pretextando un viaje de negocios. Sindo  lo evocaba en su plática:

            -¡Ay, Flor! Qué prestancia. Lo vi una sola vez y no tuvieron que señalármelo. Uno lo veía y ya sabía quién era.

            Durante la Guerra de Independencia sirvió como mensajero y correo marítimo. Era un nadador experto y poseía una gran resistencia  pese a su constitución física. Eso le permitía cruzar a nado la bahía santiaguera para hacer contacto con las tropas del general Agustín Cebreco.

            Cuando nació, en un hogar humilde,  no se había iniciado aún la Guerra de los Diez Años. Tenía once años cuando sobrevino la llamada Paz del Zanjón. “¡Aquello fue terrible! Después de tanto luchar…” decía. Fue por aquella época en que se enamoró por primera vez. Perdidamente, y pensamos que también en vano.  La muchacha se llamaba María Mestre, y era maestra en Guantánamo.  El dato en sí carecería de importancia si no fuera porque ese romance inspiró a Sindo la primera de sus composiciones musicales, Quiéreme, trigueña.

            De vuelta a Santiago, Pepe Sánchez lo retuvo a su lado. La Habana, sin embargo, comenzó a dibujarse en su horizonte. Por acá andaba ya Alberto Villalón que con una de sus composiciones, El ocaso, se había metido a los habaneros  en el bolsillo. Dijo entonces Sindo a sus amigos: “Veremos si esto que llevo gusta también”.

Era, nada más y nada menos,  que esa pieza que dice:

Retorna, vida mía, que te espero / con una irresistible sed de amar

Sindo no hizo nunca vida política. Pero en muchas de sus obras expresó un claro sentido de la justicia social y dejó anotados los males que aquejaban al país. Así, con motivo de la sublevación de los Independientes de Color (1912) escribió:

Pobre Cuba, señores. /  Pobre Cuba: sus montañas. / Sus praderas. Qué se hicieron / los hombres que en sus campos / sucumbieron…

Y dijo a la caída de la dictadura de Machado:

Se crecieron los ríos, / se ha escapado el enjambre; / ¡pero quedan bohíos / todos llenos de sangre!

Los destrozos que ocasiona el ciclón de octubre de 1926, lo conmueven profundamente. . Compone entonces El huracán y la palma, joya de nuestro cancionero.

Se dice que en una ocasión su gran amigo  Eduardo Sánchez de Fuentes lo hizo escuchar a Beethoven. Contaría Sindo Garay años después:

-Me quedé petrificado. A la semana volví y le dije: Maestro, ese alemán (Beethoven) me impresionó. Mire a ver qué le parece esta sindada. Y enseguida hizo escuchar al autor de la habanera lo que acababa de componer, Germania, la más difícil, dicen los entendidos, de las canciones trovadorescas cubanas.

Otra sindada es La bayamesa. Está en Bayamo y pasa toda una noche de parranda con Eulisipo Ramírez. La mañana los sorprende en el portal de la casa de su amigo. Sale la esposa de este y Sindo se disculpa. Ella le habla sobre sus antepasados. Avanza el día y Sindo no puede dormir, repasa mentalmente las palabras de la señora y escribe:

 Tiene en su alma la bayamesa / tristes recuerdos de tradiciones

“Aceptado que brotase la espontánea inspiración melódica, pero ¿cómo es posible que armonizara de esa manera quien no conocía absolutamente nada de música?”, se preguntaba Eduardo Robreño, y se daba a sí mismo la respuesta:

“El secreto se lo llevó a la tumba”.

Dejó dicho en lo que se considera su testamento lírico:

Que cuando se reúnan / recuerden mis canciones.

QUE CANTEN LOS QUE COMIERON

Sindo Garay es el autor de la frase “Que canten los que comieron”. Veamos la historia.

            Llegó en una ocasión el trovador a la ciudad de Bayamo y quisieron sus amigos congratularlo con un soberbio chilindrón en la finca El Salado, predio campestre de un político local, José Narciso Milanés Tamayo. Se dispuso el sacrificio de un cordero, empezó el ron a correr a raudales y Sindo llenó con su voz y su guitarra la espléndida terraza  de la casa de vivienda. El doctor Enrique Fernández, conocido médico bayamés, que cantaba muy bien, lo acompañaba y varios jóvenes se sumaban al coro. El cordero hervía con gran parsimonia ya que, se dice, la carne de los animales que se acaban de sacrificar es más lenta en ablandarse.

            Sindo, cansado de cantar y tocar y bastante pasado de tragos, abandonó la terraza y deambuló por la casa. Entró en la primera habitación que encontró a su paso y, sin pensarlo, dos veces, se tendió en la cama. Quedó profundamente dormido, mientras que los que permanecieron en la terraza apuraron el chilindrón y se lo hicieron servir con casabe mojado y plátano verde y ñame hervidos. Devoraron las cazuelas en un decir amén, sin dejar una sola postica para el cantor durmiente.

            El que más y el que menos cabeceó en los sillones después de la comida y poco a poco los ánimos volvieron al grupo. Hubo una nueva ronda de tragos y luego otra y con ellas el deseo de escuchar de otra vez  al trovador. Alguien fue a buscarlo a la habitación donde descansaba.

            -Vamos, Sindo, vamos… Quieren que les cantes una vez más  La bayamesa

            Regresó el compositor a la terraza, despierto del todo, pero muerto de hambre. Comentó:

            -¡Estoy desfallecido! ¿A qué hora nos comemos ese chilindrón?

            Nadie se atrevía a responder hasta que el doctor Fernández tomó la palabra.

            -¿El chilindrón? ¿Quién se acuerda? Ya nos lo comimos y estaba tan rico que no dejamos ni los huesos… Ahora, vamos a cantar.

            Sindo Garay dio por sentado que lo que decía Fernández no era cierto, pero cuando se convenció que nadie se había acordado de él  se plantó en 31.

            -¡Ah! ¿Sí? ¿Se lo comieron todo y no me dejaron nada. Pues no. Ahora ¡qué canten los que comieron!

           

           

           

           

 

 

 

 

 

 

              

             

 

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¡Jaque doble!

¡Jaque doble!

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

José Raúl Capablanca casi nunca hablaba de ajedrez. Su cultura general era tan vasta que le permitía abordar con agudeza y fluidez los temas más variados y seguir inteligentemente el tópico que esbozara su interlocutor, por difícil que fuera. Era, sin embargo, un mal conferenciante: reducía sus expresiones a términos esenciales porque suponía, equivocadamente, que los demás seguían el curso de su pensamiento. No fue nada disciplinado como deportista y su estilo de vida giraba en sentido inverso al del resto de los mortales: se iba a la cama cuando los demás se disponían a levantarse y desayunaba a la hora del almuerzo. Llegó a ganar unos 25 mil dólares al año, cifra no alcanzada por ningún otro maestro en su época.  Como nunca necesitó molestarse ni esforzarse para llegar a ser lo que fue, se le considera el ajedrecista más grande de todos los tiempos. En efecto, como afirmó el maestro Mijail Botvinnik,  no se puede comprender el mundo de ajedrez sin mirarlo con los ojos de Capablanca.

            Parece que no   tuvo nunca  un juego de ajedrez propio que valiera la pena. Eso se desprende de una información que apareció en el British Chess Magazine, en mayo de 1941, a menos de un año de su muerte.

            Preparaba el campeón la edición de su libro Chess Fundamentals y un jugador famoso le ayudaba a revisar las pruebas de imprenta del  volumen. Con ese propósito lo visitaba todas las tardes y discutían sobre la posición y el movimiento de las fichas esbozados por Capablanca en cada una de las propuestas contenidas en la obra y cómo quedaban atrapadas en el papel.   Lo hacían “en seco”; nunca ante un tablero. En una ocasión, sin embargo, al compañero de Capablanca se le hizo difícil comprender determinada propuesta de este y al maestro no le quedó otro remedio que buscar un juego de ajedrez para mostrar, en vivo, la jugada.

            El famoso colaborador de Capablanca se emocionó. Después de tantas y tantas visitas, vería al fin el juego de ajedrez que el cubano utilizaba en su intimidad, aquel donde estudiaba y planeaba sus jugadas sensacionales. En su entusiasmo llegó a imaginarlo  de marfil y brillantes…

            Volvió Capablanca al salón. Por tablero traía el  pedazo de una tela a cuadros, parte posiblemente de algún mantel, cortado con descuido y deshilachado. Las piezas eran más decepcionantes aún. De diferentes colores y estilos, todas ellas parecían provenir de juegos diferentes, salvo las  torres blancas, casi iguales, ya que el maestro las suplía por dos terrones de azúcar.

¡SE CREE QUE SOY BOBO!

Una tarde de diciembre de 1894 llegó José Raúl Capablanca, de la mano de su padre, al Club de Ajedrez de La Habana. Vestía el niño un trajecito blanco con una cinta amarilla ancha  en  la cintura  y lucía un  lazo en la cabeza que le recogía los bucles.

            Aquella tarde visitaba el círculo ajedrecístico el ilustre maestro polaco Juan Taubenhaus, a la sazón campeón de Francia, y  todos los presentes se apresuraron en hablarle sobre la buena mano y la inteligencia prodigiosa que ante el tablero evidenciaba aquel chiquillo de seis años de edad. Taubenhaus no creyó palabra de cuanto le decían o lo creyó a medias y para cerciorarse invitó a jugar al cubanito, concediéndole la dama de ventaja.

            La partida se enredó a las pocas jugadas. Taubenhaus, para aligerar la tensión o tal vez para invocar la buena suerte, daba vueltas sin cesar a la sortija que usaba en el dedo índice de su mano derecha y sus jugadas se hacían lentas y complicadas. Cada vez requería el maestro polaco de más tiempo para pensar, mientras que José Raúl hacía las suyas con una celeridad vertiginosa.

            Tendía Taubenhaus ingeniosas celadas y hacía difíciles combinaciones de doble efecto. José Raúl las descubría y reía con estrépito.

            -¡Se cree que soy bobo! –expresaba  y añadía frases picantes que exasperaban a su rival, cada vez en situación más desventajosa.  

            La partida se hizo insostenible. Taubenhaus, ya irremediablemente perdido y sin alternativa alguna,  hizo un movimiento falso con una torre para ver qué se le ocurría al niño.

            José Raúl no pudo ya contenerse. Como tocado por un resorte eléctrico se puso de pie sobre su silla, apoyó una rodilla en la mesa y con un caballo en la mano gritó: ¡Jaque doble! Y sin esperar más,  sabiendo derrotado a su contrario,  salió disparado y se puso a correr por el salón.

            Taubenhaus sonrió y, puesto de pie, abrió el coro de aplausos con que los presentes en el círculo celebraron  al cubanito  que acaba de derrotar al campeón de Francia, y el acaudalado Enrique Conill ordenó champán para todos.

            Tiempo después  volvieron a encontrarse.  Capablanca, ya con 23 años, pasaba por París, luego de salir vencedor en el célebre torneo de San Sebastián. Con orgullo, Taubenhaus declaró entonces que él había sido el único maestro que, aunque sin éxito, se había enfrentado al portentoso ajedrecista cubano dándole la dama de ventaja.

OTRO DESTINO

De haber seguido los consejos y orientaciones de su padrino, Capablanca hubiese sido administrador de un central azucarero. Al mismo tiempo en que se dispuso a costear sus estudios de Ingeniería Química en la universidad norteamericana de Columbia, Ramón San Pelayo exigió a su ahijado que abandonara para siempre el mundo del ajedrez. Lo quería al frente de uno de sus ingenios, decisión esta que mal que bien fue acatada por el padre del ajedrecista, que no quiso que su vástago desperdiciara aquella oportunidad.

            Capablanca, ya en EE UU, no cumplió su promesa y, aunque obtenía altas notas en sus estudios universitarios y su nombre figuró incluso en el cuadro de honor de los mejores alumnos durante 1906 y 1907, Pelayo le retiró su ayuda económica y ordenó que se le entregara lo justamente necesario para el pasaje de regreso.

            Sin apoyo de ningún tipo y en un país extraño, insistió Capablanca en continuar sus estudios. Para sufragarlos vendió parte de su ropa,  escribió para periódicos y revistas artículos que casi siempre le rechazaron y llegó incluso a aceptar el contrato que le propuso un club profesional de béisbol. No jugaba nada mal a la pelota… Contaba además con los pequeños premios que se ofrecían a los vencedores en los torneos relámpagos.  Sin embargo,  dicen sus biógrafos,  le faltaba experiencia en la dura escuela de la vida para pelearla desde abajo. Se dice también que de haberle comunicado a su padrino su intención de rectificar, todo habría vuelto a ser como antes, pero “Capablanca era demasiado orgulloso para pedir clemencia y no estaba dispuesto a prometer algo que no iba a cumplir después”.

COMO A UN HÉROE

Ya en 1909 gozaba Capablanca de una  popularidad enorme  en EE UU y la reafirmó con su victoria sobre Frank J. Marshall, el campeón nacional de ese país y uno de los jugadores más brillantes y completos que se recuerde; un match asombroso de ocho victorias y una derrota que demostró ampliamente su calibre. El maestro norteamericano pensó que enfrentar a Capablanca sería un paseo, la posibilidad, bien pagada además, de “hacer una fácil y breve demostración objetiva de la diferencia que existe entre un gran maestro y un buen aficionado”. Se equivocó.  Sobre ese encuentro, diría después el cubano: “Jugué con Marshall sin conocer la teoría de las aperturas ni consultar ningún libro. Todo mi caudal teórico era lo aprendido en la práctica y de oídas. La victoria me situó de repente en el grupo de los maestros de nota…”           

Decidió entonces Capablanca regresar a su tierra luego de seis años de ausencia. En el canal de entrada de la bahía habanera numerosas embarcaciones pequeñas se situaron a los costados del vapor que lo traía. Desde ellas lo saludaban y lanzaban voladores  numerosas personas, entre las que reconoció a sus padres. Los barcos surtos en puerto hicieron sonar sus sirenas y en el muelle la banda del municipio acometió las notas del Himno Nacional. No era todavía el campeón del mundo, pero ya Cuba lo saludaba como a un héroe. 

      

ALEKHINE-CAPABLANCA-EUWE

Alexander Alekhine arrebató a Capablanca la corona del mundo y durante años se las arregló para evadir la revancha y, en definitiva nunca se la dio. En 1935 ocurrió algo insospechado. El gran maestro holandés Max Euwe derrotaba a Alekhine y se adjudicaba el título supremo por un punto de ventaja.  Fue ciertamente un reinado efímero –hasta 1937-  y además muy discutido.  Alekhine jugó bajo una tremenda presión nerviosa y no parece que hubiera acudido sobrio a todas las partidas. Capablanca se beneficiaba con su derrota. Aun así comentó que en el encuentro Alekhine-Euwe sucedieron cosas que no se concebían que pudieran ocurrir en el ajedrez.

            Euwe, por supuesto, no era cualquier cosa. Tenía fama de ser uno de los investigadores más acuciosos y científicos del ajedrez de su tiempo. En 1928, después de haber jugado una célebre quinta partida contra Bogoljubow, en el torneo de La Haya, descubrió una nueva modalidad para una variante antiquísima y la estudió y practicó durante largos meses, con todas las combinaciones razonables y posibles. Solo restaba que un contrincante, con su apertura, le diera la oportunidad de ejecutarla.

            Fue precisamente Capablanca quien le dio ocasión para ello, en el Club de Ajedrez de Londres. A las treinta y seis  jugadas, por su posición y con dos peones de ventaja, Euwe parecía vencedor. Cuando se selló la partida,  Capablanca estaba en una situación extremadamente crítica. Apuntó el cubano la jugada con la que reanudaría el juego al día siguiente y la dio a guardar al director del torneo. Menos de cinco minutos pensó nuestro compatriota antes de hacer su apunte. Los expertos que rodeaban a los dos jugadores no veían solución alguna y, sin vacilar, proclamaban  ganador a Euwe. El holandés había hecho, aseveraban, una partida brillante y perfecta.

            Al día siguiente se abrió el sobre que contenía el apunte de  la jugada de Capablanca y  se reanudó el partido. El cubano sacrificaba  la reina y en un decir amén acababa con su adversario, al que obligó a rendirse, por mate, en menos de cinco jugadas.

            Euwe ni los consumados jugadores que seguían la partida imaginaron  la magistral salida  del cubano. Nadie  volvió a acordarse de la modalidad tan largamente estudiada por Max Euwe.

 

RECONOCIMIENTO ETERNO

Entre 1916 y 1925  José Raúl Capablanca no perdió un solo juego. Incluso en la simultánea de Cleveland (1922) donde jugó contra 102 tableros,  hizo una tabla, pero no perdió ninguna partida. En 1921, en La Habana, frente al doctor Emmamuel Lasker ganó la corona del mundo cuatro a cero, récord no igualado, hasta entonces al menos, en los campeonatos de ajedrez.  A los 12 se había ceñido  la corona de Cuba frente al maestro Juan Corzo,   pero desde el año anterior se le consideraba un jugador de primera clase. Tenía cuatro años cuando derrotó por primera vez a su padre. Nadie lo enseñó a jugar ajedrez. Aprendió solo; le bastó  ver cómo lo hacían sus mayores. El 9 de marzo de 1942, un día después de su muerte, en Nueva York, Marshall declaraba a la prensa: “Los siglos venideros no podrán olvidar su nombre, sus libros, sus anécdotas ni su juego y este será el eterno reconocimiento de su gloria”.

            (Fuentes: Textos de Víctor Muñoz, Juan M. Pérez-Boudet y Miguel A. Sánchez)

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