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Pelota

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Ciro  Bianchi Ross

Eladio Secades, uno de nuestros grandes costumbristas, escribió una vez que todo cubano fue un buen pelotero en su  niñez o adolescencia, porque “el cubano adulto confesará su ignorancia en Matemáticas o Física, y hasta admitirá no haber podido dibujar  un simple bohío, pero jamás aceptará que de joven fue un mal pelotero”.

            En ese sentido, soy un cubano bastante atípico. Jamás jugué pelota ni otra cosa que no fuese al dominó, y no sé nada sobre ese deporte ni sobre ninguno. Nada de nada. Padezco en ese sentido  una ignorancia colosal,  olímpica,  de campeonato. Y aunque en estos días del Clásico vi todos los juegos del equipo cubano de principio a fin y, desde el sillón, corrí las bases y  anoté carreras con nuestros peloteros y aprobé o discutí las decisiones de su mentor, nunca hasta ahora había tenido la paciencia de llegar a un  out 27. Les digo la verdad. Solo una vez fui a un estadio. Jugaban los Cubans Sugar King, que era, creo,  un club  semiprofesional, contra un equipo norteamericano,  y en la escuela primaria donde estudiaba repartieron invitaciones para el tope que tendría lugar en el Estadio Latinoamericano, que se conocía entonces como el Gran Stadium del Cerro. Cuando concluyó el partido tuve que preguntar cuál de los dos contendientes  había resultado triunfador. Si acudí a presenciar aquel juego, no fue  por el juego mismo, sino porque la papeleta de entrada daba derecho a participar en la rifa que se celebraría al finalizar el partido. Lo lógico sería pensar que sortearían   trajes de pelotero o guantes, bates y pelotas. Pero no. Por motivos que no supe u olvidé, rifaron  tres burros. Y yo fui aquella tarde  al estadio con la ilusión de ganarme uno. Todavía me pregunto qué hubiese hecho con el animalito de habérmelo sacado.

EL ALMA EN EL TERRENO

            Pero no se piense a partir de lo escrito hasta aquí que ando tan atrás. Puedo disfrutar un libro como El alma en el terreno, obra en la que Leonardo Padura y Raúl Arce compilaron hace años sus entrevistas con peloteros. Más aún. Pienso que la entrevista de Padura con Manuel Alarcón, pitcher que fue del equipo Orientales y que en un momento rompió a Industriales su cadena de éxitos ininterrumpidos en el campeonato nacional,  y que aparece en ese libro, es, sencillamente antológica, a la altura de las mejores. Asimismo, disfruté mucho siempre con las crónicas que  ese maestro de periodistas que es Elio Menéndez daba a conocer en las páginas de este diario. Su libro Swines de la nostalgia, publicado el pasado año, es un batazo,  para decirlo en una sola palabra  y sin salirnos del lenguaje beisbolero, porque más allá de las vivencias de un cronista empecinado que mira al ayer, Elio cuenta, como se ha dicho, historias de hombres para develarnos su alma de campeones aunque no llegaran a veces al podio olímpico y no tuvieran otra recompensa que la admiración y el cariño de la gente de su  barrio.

            Escribe Elio Menéndez en su libro: “Los cubanos nos comportamos siempre como si el béisbol no fuera un deporte para alegrar el espíritu, sino una cátedra para complicarnos  la existencia. Por doquier proliferan quienes presumen de dominar la inmensa sabiduría de la pelota, y jamás están conformes con lo que se hizo. Así, en cualquier parte padecemos a enloquecidos estudiosos de la asignatura […]  Y es que en cada uno de nosotros hay un catedrático en potencia”.

            Ni estudioso ni catedrático, aprovecharé el espacio de hoy para compartir con el lector algunas curiosidades beisboleras.

35 000 ESPECTADORES

Más de dos millones de pesos se invirtieron en la construcción del Gran Stadium del Cerro o de La Habana. Podía alojar a 35 000 espectadores y cuando se inauguró, el 26 de octubre de 1946, solo lo superaban en capacidad cinco instalaciones norteamericanas: el Yankee Stadium (75 000 personas) el  de Detroit (58 000) el Polo Grounds, de Nueva York (56 000)  el Wrigley Field, de Chicago (50 000) y el Fenway Park, de Boston (40 000). En tiempos del deporte rentado, el campo habanero era manichado, no por deportistas, sino por políticos y hombres de empresa agrupados en la Compañía Operadora de Stadiums S. A. Entidad que presidió hasta su muerte el senador Miguel Suárez Fernández, y que tenía a Bobby Maduro, rico colono ganadero, como vicetitular, y como secretario al doctor Julio Batista González de Mendoza, del bufete Mendoza y heredero de una de las grandes fortunas de Cuba.

            En ese tiempo, cuatro equipos disputaban en la liga nacional profesional: Habana, Almendares, Cienfuegos y Marianao. Al Habana lo simbolizaba el  león y su color era el rojo, mientras que el color del Almendares era el azul y su símbolo, el alacrán. Verde era el color del Cienfuegos y gris el del Marianao, en tanto que sus símbolos eran el elefante y el tigre, respectivamente. Todos, salvo el Marianao, tenían su lema. “La leña roja tarda, pero llega”, decían los habanistas y los almendaristas  ripostaban: “El que le gane al Almendares, se muere” y los cienfuegueros se consolaban con decir: “El paso del elefante es lento, pero aplastante”.

            Aunque cualquiera de esos equipos podía ganar y ganaba el campeonato, los preferidos por la fanaticada –se hablaba entonces de “fanáticos”, no de aficionados, y de “clubes”, no de equipos-  eran Habana y Almendares,  El Habana, como club beisbolero surgió en 1873, y el Almendares, al año siguiente, y a partir de ahí fueron “los eternos rivales” en el argot deportivo. Los títulos de propiedad de ambos equipos, que con los años llegaron a valer miles y miles de dólares, fueron  la única cosa importante que dejó en herencia  a su esposa el magnate Abel Linares. Y durante mucho tiempo, en cada temporada,  la buena mujer los arrendaba por sumas irrisorias y ridículas hasta que, con el fin de comprarse una casa,   los vendió por una bobería. ¿Cuánto llegarían a valer ambos equipos? No lo sabe a ciencia cierta  quien esto escribe. Pero tiene una referencia que podría ilustrar el asunto. A mediados de los años 40, José Manuel Alemán, el ministro del ayuno escolar, pagó cien  mil pesos no por la propiedad, sino por la franquicia del Marianao. Escribía Secades en 1948: “De haber esperado un poco, nada más que un poco más, la viuda de Linares poseería hoy una fortuna muy superior a la cuantiosa que manejó su esposo cuando era promotor supremo y único del base-ball en Cuba”.

ASÍ SE PITCHEA

De aquella pelota, siempre me llamó la atención el nombre del manager del Marianao, Napoleón Reyes. Había muchos apodos.  Martín Dihigo sigue siendo “El Inmortal”; lo mismo pitchaba que bateaba  y jugada con igual destreza cualquiera de las posiciones del cuadro. Adolfo Luque era  “Papá Montero”, como le llamaba Víctor Muñoz, el creador de la crónica deportiva en Cuba,  Conrado Marrero, “El Guajiro de Laberinto”, y Manuel García, “Cocaína” o “La Droga Maldita”. A José de la Caridad Méndez le apodaban “El Diamante Negro”. Por el color de su piel no llegó nunca  a las Grandes Ligas. Sí llegaron a ellas en tiempos más cercanos otros muchos cubanos  negros, como Orestes Miñoso, que pese a su dinero, que era mucho y a su fama, que era más, nunca se atrevió a entrar en El Carmelo, de Calzada, por temor al rechazo, como le confesó,  en Chicago, donde reside,   a mi amigo el poeta Norberto Codina. Cada vez que acudía a merendar a ese famoso grill-room, Miñoso  hacía que le llevaran  su pedido al automóvil. Por cierto, una noche, también  en Chicago, Codina invitó a Miñoso a que lo acompañara a un teatro donde se presentaba Van Van.  El espectáculo había comenzado ya cuando llegaron y  Formell  al ver  entrar al famoso pelotero, ordenó a su orquesta detener la música que interpretaba  para dejar oír a aquello de “Cuando Miñoso batea de verdad/la bola baila su cha cha chá”.

            Voy a cerrar con dos anécdotas de Luque que tomo prestadas del libro de Elio Menéndez. “Papá Montero” que en 1923 ganó 27 juegos y perdió ocho con el Cincinnati, dirigía, en la temporada de 1938-39, el club Almendares, que atravesaba por una prolongada racha adversa. Otra vez perdía el Almendares y Luque mandó a  lanzar al norteamericano Ted Radcliffe. Desencantado con su actuación, salió del banco, se dirigió al box, le pidió la bola y lo mandó a las duchas. Tras el yanqui partió el manager y, escribe Elio, “tras encerrarse con él, retumbó en todo el parque la detonación de un arma de fuego. Acto seguido se vio al lanzador importado, pálido el negro rostro y a medio vestir, abandonar precipitadamente los vestidores”. El incidente, que llegó a los tribunales, se arregló “entre cubanos”. Al día siguiente los periódicos daban a conocer que la detonación escuchada fue producto de un portazo y se anunciaba el regreso inesperado  de Radcliffe a su país.

            Pasaron los años. En 1946, Luque, que entonces dirigía el Cienfuegos, vio como sus lanzadores se descontrolaban ante el bateo del Almendares. Cansado de que los azules llegaran a primera por bolas malas, el airado piloto, que tenía ya 55 años de edad y el vientre abultado, pidió un guante, se dirigió a la lomita y arrebató la bola al lanzador de turno. Tras el breve calentamiento de rigor, subió al box y sacó un par de outs con   un hit intercalado. Los aplausos atronaron en las gradas y Luque, al volver al banco, exclamó con gesto fiero: “¡Así se pitchea, coño!”

           

           

             

             

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