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Velorios

Velorios

Ciro Bianchi Ross

Cuando yo era niño –y no hace de eso tantos años- un velorio era todavía un velorio. Un acto revestido de solemnidad aunque no faltase en ninguno de ellos el chistoso de guardia a quien los reunidos escuchaban sus pujos a falta de algo más interesante que hacer. Entonces, tan pronto se conocía la noticia de la muerte de un conocido, amigos y vecinos se aprestaban a “cumplir” con el difunto. Las mujeres  vestían de negro y aquel que andaba siempre en mangas de camisa casi agradecía la oportunidad para volver a lucir el traje que se compró cuando el bautizo de la niña y que no usaba desde que ella cumpliera los 15, pero que  bien cepillado volvía a quedar  como nuevo. Un trajecito de entretiempo, de apéame uno, pero que todavía daba el plante con la corbata de listas, que era la única. O la  guayabera de hilo, con la infaltable corbata de mariposa, muy cómoda porque venía  de fábrica con el lazo hecho y bastaba con  sujetarla al  cuello con sus presillas, que también eran de fábrica.  En ese tiempo, “por cumplir”, la gente se pasaba la noche entera en la funeraria, aunque tuviera que escucharle una y otra vez a los dolientes el relato pormenorizado de los días pasados en el hospital, la lenta agonía y  los esfuerzos vanos del médico por prolongarle la vida. Menudeaban frases como “no somos nada”  y otras que recordaban lo efímero de la existencia  y no era raro que alguien  aludiera una y otra vez  a lo vivito y coleando que andaba el difunto antes de morirse. Los familiares no reprimían los ayes ni las lágrimas ante cada expresión de pésame que se acompañaban con besos, abrazos y sonoros manotazos en las espaldas  y el silencio y la tranquilidad del lugar se rompían de cuando en cuando con manifestaciones de dolor mal contenidas. Desmayos. Subidas de presión. Calmantes, tazas de café y juguitos. Cuando los funerarios se disponían a llevarse el ataúd uno o más familiares se abrazaban a la caja como si abrazaran al muerto mismo.   “No, no se lo lleven”, decían a voz en cuello.  Pero era la hora y  había que llevárselo.

            No era lo mismo un velorio en  Caballero que en  Maulini o en Fiallo.  Pobres y ricos seguían divididos al borde de la tumba. Y en la tumba misma.  La muerte tenía también rango y clase  y el servicio fúnebre se pagaba en consecuencia. Existía el término medio, que era el que brindaba la funeraria Nacional. Los funerarios de medio pelo  o sus agentes recorrían clínicas y hospitales para enterarse de  quién en ellos estaba a punto de fallecer  e ir enamorando a los familiares a fin de que  no se les  escapara el negocio. Un negocio que  se disputaban en ocasiones   ante un  cuerpo todavía caliente. Pese a las diferencias y aunque el muerto no protestara,  lo mismo daba un velorio en Rivero que en Luyanó o en Oliva: el entierro no salía hasta que no se pagara el funeral. No valían súplicas ni promesas. Y había zonas  en el cementerio. Según la ubicación de la bóveda,  así era la posición  económica del muerto. Una necrópolis que reproducía  en sus cuadros y en el lujo de los panteones  la ciudad de los vivos, con su Country Club, su Miramar, su Vedado, su Llega y Pon…

VIENE DE ATRÁS

En Cuba, la costumbre de velar un cadáver viene de atrás, es decir, de España y África y es tan vieja entre nosotros que ya en una de nuestras primeras publicaciones literarias, El Papel Periódico de La Habana,  en su edición correspondiente al 4 de diciembre de 1804, aparece un “Extracto de lo que suele acontecer en los velorios”. Cuenta su autor que un día, frente a una casa donde se velaba un cadáver, uno de los amigos del muerto, para animarlo a entrar, se le acercó y le dijo: “Pase usted a divertirse, que para todos hay y para más que vengan”.

            En opinión del historiador Emilio Roig de Leuchsenring, los velorios en aquella época eran verdaderas orgías. Así sucedía en Andalucía, y principalmente en Granada, donde la “feliz subida al cielo de un angelito” se acompañaba con una gran fiesta. Mientras los padres lloraban la pérdida, sus amigos cantaban y bailaban con loca alegría junto al cuerpo sin vida del niño. Fernando Ortiz, por su parte, puntualiza que eso de hacer una fiesta de un hecho luctuoso fue reforzado por los negros llegados como esclavos.

            Quizás aquí sea conveniente precisar que, a diferencia de lo que sucede en las ciudades,  en los campos cubanos velorio no es sinónimo de mortuorio. Nuestros campesinos velan a un santo, y no precisamente en su día, por agradecimiento o en pago de una promesa. O velan a un cerdo mientras se asa en púa y en ambos casos hay música y baile y corre la bebida. Ya en 1875, Esteban Pichardo,  en su Diccionario provincial casi razonado de voces y frases cubanas, afirma que velorio es  “la acción y efecto de velar   en reunión a una persona difunta o próxima a morir… Si el cadáver es de algún niño perteneciente a la gentualla, el velorio se convierte en diversión. En La Habana vulgar también hay velorios de mondongo, lechón asado, etc., conforme sea el sustituto del difunto para cenar muy tarde, beber, bailar…” Dice además: “La noche pasa en conversación a voz baja, intercalándose más tarde sus golosinas, café y otras bebidas”.

APETECIDO CHOCOLATE

Porque si en los velorios de hoy se ve pasar a veces una botella de ron, y más de una también, solo por espantar el pesar y no por otra cosa, desde luego,   comer era práctica habitual en los velorios de antaño. El pintor inglés Walter Goodman, que vivió en Santiago entre 1864 y 1869, recuerda en su libro Un artista en Cuba un velorio al que asistió en esa ciudad porque los familiares querían un retrato del difunto. Allí los concurrentes ahogaban  su tristeza en la copa que alegra y en la charla animada y se sirvieron dulces, bizcochos, café, chocolate y puros habanos. En los años 20 del siglo pasado, el poeta Rubén Martínez Villena, en su “Canción del sainete póstumo”, imaginaba  su propio velorio donde “las apetecidas tazas de chocolate/ serán sabrosas pautas en la conversación”.

            En un libro hoy desconocido  y olvidado, Viaje de Nueva Granada a China y de China a Francia (1881) del que existe un solo ejemplar en Cuba, su autor, el colombiano Nicolás Tanco y Armero, que llegó a La Habana en 1851 y se enriqueció con la trata de chinos, se traza esta imagen vívida de un velorio de entonces.

            “Desde el instante en que ha muerto alguno, se coloca el cadáver en medio de la sala sobre un catafalco que generalmente es muy lujoso, cubierto de terciopelo negro y lleno de multitud de adornos del caso… El pobre muerto se halla muy quieto y tranquilo en medio de colgaduras y cirios, pero la concurrencia de amigos no permanece del mismo modo. Triste es decirlo, pero las escenas que se pasan en estos momentos son escandalosas: en lugar de la compostura y el silencio que exige un acto de esta clase, reina la mayor algazara y ruido. Todos los amigos se reúnen en un cuarto donde generalmente están los parientes del finado y hablan de todas las materias en voz alta como si estuvieran en su casa. Cuando se acercan las doce de la noche se pasa al comedor, y allí les aguarda una magnífica cena donde con el humo del champaña y las tajadas de jamón se suele mitigar un tanto el dolor. Allí, al ruido de los corchos,  empiezan los consuelos de cada cual a los allegados… Los niñitos se levantan de la mesa y mascando sus buenas tajaditas se acercan a contemplar el cadáver. En un cuarto especial hay mesas de juego para los aficionados…”

RAOLA, EL FUNERARIO

Nunca he visto comer en un velorio, y quizás vuelvan ahora las apetecidas tazas de chocolate,  pero sí asistí de niño a algunos que tuvieron lugar en la propia vivienda del difunto. Se contrataban los servicios de una casa fúnebre, que ponía el ataúd, las velas, el crucifijo y  el carro, y los dolientes  pedían sillas prestadas entre los vecinos. En los años 20 y 30 hubo en La Habana un funerario célebre en lo que al velorio casero se refiere. Se apellidaba  Raola. Ya desde mucho antes existían funerarias en esta capital. Caballero, por ejemplo, se fundó en 1857, en Centro Habana, y allí estuvo hasta que en los años 40 o quizás antes se trasladó para  de 23 y M, que no era entonces la esquina céntrica que sería después. Y ya que sobre esto  hablamos, recuerdo  la ocasión en que en Santiago de Cuba, sin tener donde dormir, pasé toda una noche, con mis bártulos de reportero errante y casi vagabundo, en la funeraria Bartolomé.

            No digo que el dolor por la pérdida de un ser querido sea menor, pero la muerte, “algo que diariamente pasa”,  se ve de otra manera. Hoy los velorios se han simplificado. A veces no duran las 24 horas que antes se hacían de rigor. Palabra esa exacta para una mala noche. Son pocos los que pasan la noche completa junto a un muerto pues con el pretexto del transporte, “que está pésimo”,  o de compromisos ineludibles en la mañana siguiente, a las once, a más tardar, empieza la desbandada. De los que “cumplieron” porque muchos se hacen el chivo loco y ni por la funeraria se portan por estrecha que fuera su amistad con el muerto.    

           

              

             

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1 comentario

Ricardo -

VELATORIOS, VELORIOS Y NOCHE DE JALOGUEN
En España al velorio se le llama velatorio. Desde hace aproximadamente unos quince años los velatorios dejaron de celebrarse en las casas para pasar a unos locales especiales creados al efecto: los tanatorios. Todo muy aséptico y pulcro. Se ha perdido la costumbre de velar al difunto en la casa, con su ataúd en la cama, o sobre un catafalco, ya nadie quiere tener el recuerdo de un difunto en su domicilio.

Desde 1920 existen compañías de seguros que por una cantidad mensual, al principio era semanal, se tiene derecho a un servicio completo de entierro. Ahora hasta incluyen traslado nacional, internacional y asistencia en viaje por si alguien se pone enfermo por esos países de Dios. Total que como dicen la propaganda: Ustedes ponen al muerto, y nosotros ponemos todo lo demás.

Cuando el muerto era un niñito pequeño existía la costumbre de hacerse una foto con el cadáver del niño en brazos, esta macabra práctica se suprimió por ley durante la Republica. No hay costumbre de comer o beber en los velatorios, en cambio si es normal después del entierro ir de bares con los amigos más cercanos a tomarse unas cervecitas y unas tapas. A mi me gustaría que en mi entierro mis amigos fueran a tomarse unas cañas, me sentaría fatal si no lo hicieran. Ir a un entierro es “cumplir”. El “no somos nadie” y “tenía sus cosillas, pero era bueno”, son lugares comunes. Los lutos rigorosos de antaño se han perdido Antes en estos seguros de decesos había un apartado para “lutos” la compañía aseguradora además de hacer el servicio daba un dinero para comprar ropa de lutos a la viuda. ¿Se dan cuenta? he dicho viuda no viudo. Abundan más las viudas. Y como dice el refrán: “Señor en caso de duda, que sea yo la viuda”. Ay mi madre. No es fácil.

Solo nuestra cultura latina es capaz de hacer de la muerte una comedia y una obra de arte como Guantanamera o Muerte de un burócrata, sin olvidar a Berlanga.

Bueno y para terminar. El pasado 1 de noviembre fue el día de Todos los Santos, la costumbre española es acudir a los cementerios a llevar flores a los familiares. Por cierto vaya cementerio chulo el habanero de Colón. Una maravilla.

Era una costumbre especialmente bonita representar el Don Juan Tenorio todos los uno de noviembre. Los mejores actores y los mejores directores españoles rivalizaban cada año en mejorar la representación. Todas las noches del uno de noviembre la familia entera se congregaba frente a la tele para ver esta joya de la literatura española. Esa costumbre por desgracia se ha perdido. Nada menos que el Don Juan de Zorrilla. Casi nada. Ahora los jóvenes no tienen ni puñetera idea de que es el Don Juan Tenorio.

Desde hace cinco años ha nacido en España la moda de la noche de Jaloguen o como carajo se llame esa imbecilidad gringa. Cada año más niños disfrazados de vampiros y frankestein pasan por las casas haciendo el ganso americano y dando la lata.

Yo ya estoy hasta los mismísimos de la noche de Jaloguen. El año que viene cuando lleguen a mi casa niños disfrazados de brujas, vampiros, hombres lobos y frankestein, yo voy a salir disfrazado de psicópata de la Matanza de Tejas con mi sierra mecánica incluida y voy a empezar a descuartizarlos a ellos, a la madre que los parió y a los padres que los hicieron.

¡Cambiar a Don Juan Tenorio por la Noche de Jaloguen¡ ¡Somos un país de gilipollas aborregados!

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