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Cara a cara con Luis Carbonell

Cara a cara con Luis Carbonell

Por Ciro Bianchi Ross

Juglar del Caribe, sabe hallar la joya lírica donde otros no la ven y ponerla de relieve. Sobre él escribió el poeta Emilio Ballagas: “Es su superior, en ocasiones, a la calidad de la poesía que interpreta”.

Montar la Elegía a Jesús Menéndez le llevó tres años, tanto como tardó Nicolás Guillén en escribirla. La rumba de Tallet, se la aprendió cuando tenía 17 años y vino a recitarla en público a los 55. A Luis Carbonell no le basta con repetir un texto. Para incorporar un poema a su repertorio le valora primero sus posibilidades escénicas y para hacerlo suyo lo escudriña en todos sus detalles hasta que visualiza  su contenido y encuentra el ritmo con que quiere declamarlo. Una declamación que al espectador le parecerá la espontaneidad misma  y que, sin embargo, es siempre fruto de un esfuerzo en el que hasta la respiración está memorizada. Su virtud es hallar la joya lírica y expresiva donde otros no la ven, y ponerla de relieve, escribe el crítico Virgilio López Lemus acerca de este artista que, al decir del poeta Emilio Ballagas, “es superior, en ocasiones, a la calidad de la poesía que interpreta”.

            -Estudio todos los días por la mañana y por la tarde. Me aprendo incluso textos que nunca declamaré, pero que me sirven para comprender mejor al autor de quien recitaré otro poema. Me sé completo, por ejemplo, Romancero gitano, de Lorca, y jamás diré en público ninguno de los poemas que lo conforman.

Carbonell es el mejor intérprete de la llamada poesía negra, afrocubana o mulata. “El acuarelista de la poesía antillana”, como se le conoce desde hace décadas, un apelativo que, si bien tiende a encasillarlo, contribuyó a hacerlo popular y que hoy, aunque no le moleste en absoluto, piensa que le queda chico. ¿Por qué entonces no definirlo como lo que es, un juglar? Un rey sin más trono que la palabra, dice el poeta Cos Causse, que salva del olvido poemas que sin su voz dormirían el sueño eterno en las páginas de libros poco afortunados.

VIVENCIA SOBRECOGEDORA

Luis no será músico; será médico o abogado. Así lo he decidido, recuerda Luis Carbonell que repetía su madre, Amelia Pullés.

 -Mi madre era un látigo. No podía ser de otra manera aquella mujer que crió y dio escuela a las siete fieras que éramos nosotros. Pero he aquí que a mí las cosas que más me gustaban,  y me gustan, son la música, la poesía y, por encima de todo,  la enseñanza, a las que terminaría dedicándome.  Mi madre fue una gran maestra, una maestra famosa en Santiago de Cuba.  Falleció en 1979 y todavía ando buscando que me apruebe.

Una de las hermanas de Carbonell recitaba con gracia y tenía la cultura suficiente para adentrarse en los poemas que declamaba. Hubiera sido, asegura, una buena recitadora. ¿Influyó ella hasta el punto de decidir su destino?  No lo cree, afirma, y recuerda el día en que otra hermana suya decía en voz alta dos poemas de Guillén, Sabás y Balada de Simón Caraballo, y “yo vi a esos personajes a los que aludía el poeta, me representé a Sabás, que pedía limosnas de puerta en puerta,  y a Simón, comido por la sarna, mientras dormía en un portal con un ladrillo como almohada”. Una vivencia sobrecogedora y decisiva, puntualiza el artista, y  puede precisarle la fecha: “Fue después del terremoto que asoló a Santiago en 1932”.

El niño prosiguió sus estudios. Cuando cursaba la enseñanza media superior contribuía ya al sostén de la casa con lo que cobraba por repasarle a sus compañeros, “y si alguien no podía pagarme le repasaba igual ya que mi madre aseveraba siempre que el conocimiento no se le negaba a nadie”. Aprendió inglés y llegó a convertirse en un profesor cotizado de ese idioma, y trabajó además como director artístico de la CMQC, una emisora de radio local. “Allí hice a Pacho Alonso”, rememora. Cuando intuyó que en Santiago de Cuba no haría nada nuevo, decidió viajar a Nueva York. ¿A qué?

UN HOMBRE CON SUERTE

-A nada, a correr la aventura. He tenido siempre mucha suerte – dice y toca madera.

            Allí estaba Eusebia Cosme, la recitadora cubana a la que mucho admiró, aunque comprendió pronto que nada le aportaría y que radicaba en Nueva York desde 1939. Y estaban, de paso, la cancionera Esther Borja y el maestro Ernesto Lecuona. Conoció a Diosa Costello, la llamada “bomba atómica puertorriqueña”, que nunca se atrevió a venir a Cuba por temor a Rita Montaner, y a otra cantante boricua de voz impresionante,  Aida Puyols, para quien montó Sangre africana, de Gilberto Valdés, una canción muy difícil de interpretar y que entre otras pocas acometieron la Montaner y Linda Mirabal. “Aida la cantó para su autor y Gilberto la escuchó temblando; pidió que la repitiera  y se echó a llorar. Fue ahí que me invitó a que lo acompañara a España”.

            -Regresé a Cuba con la esperanza de ese viaje, pero Gilberto era tan bondadoso como disperso y el asunto no se concretó. Me había instalado aquí en La Habana en la casa de Esther Borja, más que una amiga, una hermana para mí desde entonces, y ella asumió la tarea de “empujarme”. Una noche insistió en que la acompañara a un homenaje que se le tributaría a René Cabel, “El tenor de las Antillas”, que se disponía a partir en una larga gira. Cabel era un hombre muy querido y la función en su honor congregó a toda la farándula. Esther me advirtió que yo tendría que actuar y, en efecto, cuando llegamos al teatro, lleno hasta el tope, pidió a José Antonio Alonso, que fungía como presentador, que me colara en la lista de los que actuarían.

            Carbonell se situó cerca del escenario en espera de la llamada de Alonso y allí estuvo hasta que se cansó y volvió a su butaca, junto a Esther. A insistencia de ella subió de nuevo para otra espera que, como la anterior, le fue demasiado larga. Convencido de que no lo llamarían, regresó a su asiento. Fue entonces Esther la que subió a hablar con Alonso. “Mira, no lo voy a llamar porque aquí recitaron ya cuatro primeros actores y no pasó nada”. “A ti eso no te importa. Llámalo de todas maneras”.

            -El espectáculo había comenzado a las nueve de la noche y cuando Alonso, presionado por Esther, me llamó al fin faltaban cinco minutos para la una de la mañana. Recité Rumba de la negra Pancha, de José Antonio Portuondo, y los aplausos parecieron que echarían abajo el teatro,  y la ovación se repitió cuando dije  Habladurías, un poema clásico venezolano de Manuel Rodríguez Cárdenas… Haría, esa noche, cuatro poemas en total.

            Pocos días después la esposa del millonario Ernesto Sarrá contactó a Carbonell para que actuara en la fiesta que daría en su residencia. Allí coincidió con Pepe Viondi, el gran artista cómico argentino que pasó una larguísima temporada entre nosotros.   Viondi lo reconoció y entre otros elogios le dijo: “No, usted no recita, usted pinta el poema”.

SOY MUY TÍMIDO

Rehuye la cámara. Cuando ve que un fotógrafo se acerca, vira la cara, trata de escabullirse, se aparta. Lo hizo así desde siempre porque era remiso a que su madre siguiera su carrera a través de la prensa. Elude a los entrevistadores. “No, no me gustan los periodistas ni hablar de mi mismo y no sé por qué lo haciendo ahora”. Precisa: “Aunque usted no lo crea, soy muy tímido”. Añade enseguida que los golpes enseñan y las alegrías también. “A esta altura, mi carapacho es de cuero. Tengo 82 años de edad. Soy un fósil”. La enfermedad, sin embargo, no ha podido vencerlo.

            Largo es el aval de Luis Carbonell como repertorista. Ha montado las voces en piezas que interpretaron grandes cantantes cubanos, entre ellos  Esther Borja y Linda Mirabal, y fueron sus alumnos figuras que hoy son de primera fila como Luiba María Hevia, “que tiene una voz excelente para la música sudamericana”, y Paulo F. G., “que me gusta más como bolerista que como salsero”. Muy reconocida es también la asesoría que prestó a agrupaciones musicales como las de Orlando de la Rosa, Facundo Rivero, D’Aida, Cuarteto del Rey, Trío Antillano, Los Cañas… y ha tomado parte muy activa en no pocas producciones discográficas. Los discos en los que colaboró con la Borja en los años 50 son, sencillamente, antológicos.

            Su faceta como narrador oral es poco conocida. Ha hecho espectáculos unipersonales en el teatro y de los 60 discos que ha grabado, la crítica destaca sobre todo el que se titula La mulata, ñáñigo al cielo y otros poemas, al que califica como “una genuina joya poético-discográfica”. En el repertorio de este declamador se cuentan poemas de Guillén y Tallet, de Ballagas y Regino Pedroso, de Agustín Acosta, todos cubanos, y también de los españoles Lorca y Camín; Palés Matos, de Puerto Rico, y el dominicano José Antonio Alix. Muy celebradas son sus interpretaciones del venezolano Aquiles Nazoa. Así, afirma el crítico López Lemus, “solo en su reinado de gracia personal,  él es un artista del mestizaje creativo, propio no únicamente de la identidad cubana, sino de la convergencia identitaria caribeña”.

            ¿Qué nos deparará  ahora? Sin duda,  llevará a la escena o a grabará nuevos poemas. Por lo pronto, trabaja con el pianista Ulises Hernández en la grabación de unas danzas que el gran compositor cubano Ignacio Cervantes concibió para piano y voz.

           

           

  

             

  

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3 comentarios

RAFAEL LORENZO DEL CASTILLO -

Excelente articulo de ese grande de la cultura cubana inorvidable , nuestro querido luis calbonell ,seria bueno que se publicaran algunas de las poesias declamadas por el

RAMON JOSE SERRANO ROMO -

excelente articulo en el que comenta de los ricos de cuba muy interesante los datos de julio lobo un abrazo desde mexico

magalys -

Hola: sólo quería comentar, no en específico sobre esta crónica, que soy una asidua lectora de su columna de los domingos en jr, que es fábulosa la manera en que escribe sobre historia, desearle éxitos y que continúe delitándonos con sus trabajos
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