Blogia
wwwcirobianchi / BARRACA HABANERA

La próxima va por mí

La próxima va por mí

Ciro Bianchi Ross

Hay personas que aunque se aprecien e incluso se quieran, uno les coge miedo cuando las ve. Son los necesitados. No es que anden en la fúacata ni mucho menos, pero han hecho un vicio de   eso de pedir y siempre necesitan algo. No una gran cosa por lo general, sino insignificante, nimia, y  que, aun así,  a la larga, y gota a gota, te erosiona el patrimonio. Una cabecita de ajo. Un bolígrafo.  Una cebollita. Dos huevos. Que si fuera  para ellos, claro, nunca te pedirían. Pero es  me llegó una visita imprevista  o porque el niño, siempre tan desganado, se antojó ahora de comerse un revoltillo. Son las  mismas que te tumban  la puerta a las siete de la mañana para preguntarte si ya colaste por aquello del tremendo dolor de cabeza que les provoca la falta de café, y de paso te piden un cigarrito. Hasta que yo compre. Y una peseta para el camello porque no tienen menudo y tú sabes que en el camello no dan vuelto. Y,  si te haces el bobo, ni comprobante. Son las que se enteran que irás al médico y aprovechan para encargarte una receta de Paracetamol, no porque tengan fiebre ni los amenace la gripe, sino porque no se sabe lo que pueda pasar y siempre es bueno tener ese medicamento a la mano. O las que cuando presentas un nuevo libro, insisten con autoridad en que les regales un ejemplar dedicado y no se molestaron siquiera por compromiso en ir a hacer bulto el día del lanzamiento.

            El que nunca pide y se ve obligado a hacerlo, lo hace con pena.  Prefiere morirse. Te llama por teléfono o te visita y da vueltas y vueltas a las palabras hasta que encuentra el momento preciso para deslizarte la petición. Que, a veces, a última hora, no se atreve a hacer porque creyó no haber encontrado la oportunidad. Y,  al revés, está el que con timidez  y todo  te suelta de entrada  el petitorio y, aunque reciba una respuesta positiva, se explaya luego en una justificación sin límites que a la postre resulta  imposible de soportar.

            Los penosos y tímidos  sin embargo, no abundan. Pululan, sí, los que se creen que uno está obligado a servirlos. Porque piensan que a uno le sobra. O que para uno será poco significativo privarse de lo que ellos piden. Son los que vienen a verte y, así como así, te disparan que necesitan tres mil pesos para salir del lío en que se metieron o para completar lo que les cuesta el refrigerador que van a cambiarle. Podrían pedírselos al banco en ese último caso. Pero a ellos no les gusta deberle al banco. Prefieren debértelo a ti, que eres su socio. Y tú sabes que conmigo no hay lío. Si dices que no los tienes, no te lo creen. Si no  se los da, pierdes a un amigo, y si se los das, también. Porque por más que le adviertas que es el dinero de tus vacaciones o del arreglo de la casa, verás llegar el verano o el albañil, pero no tu dinero. Lo reclamas entonces, primero con indirectas, luego con  una sugerencia tenue y te dicen que no hay problema, que no hay porqué para la preocupación pues tú bien sabes que aquella vez te pagué los veinte pesos que me prestaste.  Pero ahora no son veinte, sino tres mil y te hacen falta. Subes el tono. El deudor se disgusta e indigna. Está ofendido y no quiere verte. Ni tampoco pagarte. Si al fin lo hace, de seguro  te tildará  de ridículo por reclamar la bobería que le  prestaste.

            En eso del dinero y los amigos, está siempre el que cobrará dos mil pesos el martes por la mañana y viene a pedirte mil el lunes a las nueve de la noche para devolvértelo en cuanto él cobre su dinero en un martes que nunca llega o demora. El que se sienta a tu mesa en un restaurante y luego de ordenar su plato deja caer que no tiene un centavo. Y aquel que no se cansa de blasonar que no pide ni presta, pero que se te arrima en una cafetería y te tumba la cerveza.

LOS RONEROS

Los roneros son los peores. Te hace la visita imprevista  uno de ellos  y como son las nueve de la mañana le ofreces un café. No, no toma café: ya tú sabes,  la acidez, la úlcera… Propones entonces un refresco y lo ves hacer una mueca. Ya sin saber que brindar, sugieres un platico con dulce de mango o de coco rayado. Mejor no haber convidado a nada.  El ronero no riposta, pero a las claras denota  que está ofendido. Él, tan amigo, luce ahora  cara de pocos amigos. Empiezas a preguntarte el porqué y pronto te percatas de  que descubrió la botella de añejo que   dejas siempre  encima del aparador.

            No, de ninguna manera,  a él no le parece que sea muy temprano para un añejazo.  Vendría bien. Lo necesita.  Le sirves una dosis generosa en un vaso,  sirves otro menos abundante para ti, pero él -¡qué bárbaro!- se lo suena de un  planazo y queda con el vaso en el aire en espera de la segunda vuelta. Sirves otra vez para ambos, pero tu visitante es insaciable y a partir de ahí  ya no espera que  seas tú  quien le repita. Asume la función de la intendencia, agarra él mismo la botella y después de echar un trago largo en su vaso, te pregunta, condescendiente,  si quieres más. No puedes con eso y menos a esa hora la mañana  y te resignas a  que se beba el añejo que reservaste para una ocasión mejor u otro visitante.

            Y se lo bebe. Solo para preguntar si  tendrás otra botellita por ahí. La tienes, pero, aclaras, es de ron chusmita que venden en la esquina. Tu visitante sonríe en triunfo.  Se lo sopla igual sin dejar de asegurar, una y otra vez, que en  la próxima visita, la  botella irá por él. No hay próxima vez que valga. Vendrá también con las manos vacías. O llegará en compañía de otro amigo que traerá la botella. Y por cada trago que beban  usted y el  amigo que trajo la botella, él se echará tres al gaznate, y si a la hora de marcharse queda todavía algo de líquido tratará de bebérselo aunque se atragante.

ÉCHALE GUINDAS AL PAVO                  

Ese tipo de amigo es de la misma horma  de aquel que va en grupo a un bar y espera siempre que otro pague la ronda que a él le toca. Va como becado o lleva cosido los bolsillos del pantalón. Aun así, bebe como el que más. Pero justo es decir que este espécimen rechaza generalmente las invitaciones en grupo. Carece de imaginación y  da siempre el pretexto de que sigue un tratamiento médico que le impide beber alcohol.

            Hay quien tiene  vicio de los  libros prestados. Y vicio de no devolverlos.  Por más que le recalques que todavía  no has leído el  que se llevó. O  la revista que inserta un par de notas interesantes que quieres conservar. Si difícil es que te devuelvan el libro, da de antemano  por perdida la revista. Nadie las devuelve. Y hay quien  te pide un destornillador y una pinza,  y échale guindas al pavo. Terminas perdiéndolos porque luego no recuerdas a quién se los prestaste.  Y el que a las doce de la noche te saca de delante del televisor en lo mejor de la peor película del sábado para pedirte una zapatilla porque se le rompió la llave del fregadero. Tú, que sueles preocuparte por tener siempre esos adminículos, no recuerdas a esa hora donde las pusiste, pero quieres resolverle el problema al vecino. Que está apenado por molestarte. Pero tú le dices que no, que no es molestia. Y sonríes para colmo,  aunque te pierdas la película y sepas  que luego la cogerás con el perro, que no ve televisión ni usa zapatillas.

            Está asimismo el vecino telefónico. No conoce  límite. Llama y lo llaman sin orden ni concierto.  Recibe llamadas lo mismo de Madrid que de Santiago. El que lo llama puede desconocer que aquí es de madrugada, pero el vecino telefónico no se lo advierte. Ni le corta la perorata. Lo escucha y habla con la sonrisa de oreja a oreja, sin importarle el tiempo que te está robando. Ni que por su culpa te pases del tiempo previsto en la cuota fija.  Si se ve obligado a hacer una llamada de larga distancia, la hace y después tú le corres detrás para que te la pague. A esa hora, a lo mejor, no tiene dinero y deberás esperar, pero la empresa telefónica no espera y en definitiva el asunto del pago es tuyo. Más tarde o más temprano, el vecino telefónico se lanza a fondo y trata de convencerte de que,  para evitar tanta molestia,  lo mejor es que le pases una extensión. Aduces, para salir del paso, que eso de las extensiones clandestinas está prohibido, y él te recuerda que muchos lo hacen y no pasa nada. Pero tú eres un ciudadano respetuoso de la ley y sigues negándole. Tratará de comprarte entonces. No te convence y empieza a calificarte  en la cuadra de  egoísta y casasola. Pero sigue usando tu teléfono.

            Si tu casa tiene garaje, te salaste. Te lo pide el vecino de enfrente.  O el de la esquina. El de al doblar. El que te dice que vive  tres cuadras más allá.   Ninguno tiene dónde guardar el automóvil y todos se sienten  con derecho a que los dejes disfrutar de tu espacio. Entonces te pones a pensar que el de enfrente nunca te saluda,  que con el de la esquina y con el de al doblar intercambiaste solo unas pocas frases y al de tres cuadras más allá ni siquiera lo conoces. Ninguno de ellos te da un aventón las veces que te ve por ahí aguardando un taxi. Viran la cara y si te he visto, no recuerdo.

            Hay gentes  que juran y vuelven a jurar, sin que nadie se los pida, que tú no eres su amigo, sino su hermano,  y empalagosos, repiten que eres su única familia. Desconfía de ellos. Son los peores.  Detrás de tanto cariño se hace bien visible su interés. No quieren una cebollita, una cabecita de ajo o dos huevitos. No piden nada;  tampoco necesitan, pero cuando se tiran, lo hacen a matar, sin reparar en que caen en el abuso de confianza. Una simple negativa los trastorna y, por suerte,  los hace alejarse.

            Está, cómo no estaría, el amigo que nunca molesta ni pide, pero que cuando conversa contigo te pinta un panorama tan dramático, sombrío  y desolador que toca   lo mejor de ti y mueve siempre tu solidaridad hasta que lo visitas y  te convences de tu error al ver en su casa el multimueble  y el equipo de música nuevos o al presenciar el video de los quince de la niña que le costó un Potosí;  fiesta a la que se le pasó invitarte o pensó en hacerlo y no hizo porque  intuyó que  a ti no te gustaban  esas cosas.

            Lo que  me trae a la memoria la visita mañanera de un viejo y querido amigo. Venía, en nombre de la institución  donde trabaja,  a felicitarme por un premio que había ganado por mi trabajo periodístico. Me dijo que la directiva de su centro  quiso  enviarme un cake por el galardón y que él  había dicho que se despreocuparan porque yo “no estaba en eso”. Respondí que me hubiera gustado recibirlo. Para qué, inquirió.  Le dije: Chico,  me lo hubiera comido, sentado en el contén de la acera,  con los niños de la cuadra. 

           

           

           

 

                 

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

5 comentarios

Anónimo -

Muy buen tema que debemos seguir desarrollando, ya que muchos no tienen conciencia de los límites y solo piensan en como resolver sus problemas, aunque afecten a los demás son capaces de presentarte una situación tan dramática que te convencen, pero lo peor es cuando te desengañas y ves que todo es una exageración barata piensas que hay gente que hace del pedir un arte y no se acuerda para nada de devolver. Considero que gente así, para nada son amigas, solo se quierena si mismas. Es muy bueno su artículo, me hizo ver en mi mente a muchos ejemplares de ese tipo que ha conocido en la vida. Gracias por su estilo.

Ricardo -

El que Máximo Gómez fuera pobre toda su vida no es nada vergonzoso sino todo lo contrario a la vista de la cantidad de “patriotasmangantes” que llegaron al poder en Cuba después de su independencia.

Hubieran hecho falta en Cuba una docena más de Máximos Gómez.

Como dice el proverbio árabe: “Fíate del hombre que pudiendo ser rico sigue pobre, es un hombre honrado”.

Ricardo -

Después de la guerra de Cuba le hicieron una entrevista al general Weyler. Fue una entrevista distendida sobre sus recuerdos y anécdotas de unos años y unos hechos que ya iban quedando lejos.
Estuvo hablando de Maceo y de Máximo Gómez. A los dos los había conocido y habían estado luchando juntos como compañeros de armas.

Cuenta que Máximo Gómez le pidió “cinco duros” (25 pesetas), Weyler se los prestó y Máximo nunca se los devolvió.
El periodista con muy mala leche le pinchaba, y decía:
-hombre se los podría haber devuelto cuando lo hicieron generalisimo.
-nada, nada, Máximo no me dio ni las gracias. Contestó Weyler.

¿Era Máximo Gómez un “gorrón”? Rotundamente no, y no es por darles coba o hacerles la pelota. No soy de esos. Es que lo creo así.

Lo primero de todo es que Máximo Gómez era capitán de la reserva, y como tal no cobraba una peseta del ejercito español. Y aquellos días iba más tieso que la mojama, con una mano atrás y otra adelante.

Lo segundo es que Weyler nada mas bajar del barco que lo trajo a Cuba se encontró con un “pesado” que le vendía lotería, y empezó a darle el tostón hasta que le compró un décimo para que lo dejara en paz, décimo que resultó premiado con 25.000 pesetas.

Y lo tercero es que Máximo le pidió el dinero cuando estaban en Santiago y eran amigos, si luego cada uno se puso en un bando y se pelearon, pues ya se sabe, al amigo que luego ya no es tu amigo, no le tienes que devolver nada. Que se fastidie. Yo tampoco se lo hubiera devuelto a Weyler.

Ya ven que el vocablo “resolver” viene de antiguo, ¡y ustedes que se creían que es un invento moderno!
¡No es fácil!

Ricardo -

Con este tema de los gorrones, no quiero levantar mucho la voz no sea que la cosa pueda empeorar. Me refiero a estos tipos que piden prestado. Los gorrones profesionales, los artistas del sablazo.

No vaya a suceder que de pronto una lumbrera de la medicina le de por diagnosticar a estos gorrones como enfermos, algo parecido a los ludópatas o los cleptómanos. Pude suceder que algún genio chiflado de la medicina anuncie la estrambótica teoría de que estos tipos son unos pobrecitos enfermos en vez de unos caraduras con más morro que un oso hormiguero.

Mi temor es que los médicos nos obliguen a prestarles el dinero a estos gorrones con la peregrina teoría que es bueno para su salud, tal como le daríamos una aspirina a un enfermo con resfriado.

¿Seríamos capaces de empeorar la salud de un pobrecito enfermo gorrón cuando nos pida dinero? Además de los ludópatas y los cleptómanos nos han nacido los “gorropatas” o “gorromanos” Entonces si que nos íbamos a enterar de las púas que tiene un peine

¡Ay mi madre! ¡Estamos perdidos!

vivian Gonzalez -

esas cosas de pedir prestado se acabarian si dejaran que la economia avanzara basada fundamentalmente en la propiedad privada o al menos el libre comercio
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres