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Poetas

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Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

  

José Martí murió a los 42 años de edad, Joaquín Lorenzo Luaces, a los 41, Juan Clemente Zenea, a los 39,  Julia Pérez, a los 36 y Plácido y José María Heredia,  a los 35.  A los 33 falleció Juan Nápoles  Fajardo.  Julián del Casal tenía 30 años al morir, Carlos Pío Uhrbach, 25 y Juana Borrero, 18.

            La muerte se ensañó temprano con algunos de los poetas cubanos más importantes del siglo XIX. Martí y Carlos Pío encontraron la muerte en combate. Zenea y Plácido fueron fusilados.  Casal que, al decir de Lezama Lima, vivió como un delfín muerto de sueño, murió de risa. En efecto, en la noche del 21 de octubre de 1893 cenaba el poeta en la casa del doctor Santos Lamadrid, en el Paseo del Prado. Alguien hizo un chiste ya al final de la comida y Casal  rió de buena gana. Pero pronto su risa se vio interrumpida por una violenta hemorragia que puso fin a su existencia.

            En “Virgen triste”, uno de sus poemas más  recordados, Casal había intuido la muerte temprana de Juana Borrero, que fallece de pulmonía, en 1896, en Cayo Hueso, donde, por sus ideas independentistas, buscó refugio la familia de la poetisa. Allí, poco antes de morir, Juana  dijo a su novio, Carlos Pío: “Me muerde la sierpe que llevo oculta en el pecho”, y visitó el cementerio donde sería enterrada, “para reconocer la tierra donde se levantaría su morada en la eternidad”. Carlos Pío apenas la sobrevivió. Estaba ya en la manigua cuando Maceo le encomendó que viajara a Estados Unidos; cumplió la orden  y murió en combate a su regreso. Llevaba en el bolsillo superior izquierdo de su chamarreta un retrato de Juana Borrero. También en el campo insurrecto  portaba Martí, junto al corazón,  el retrato de María Mantilla como un escudo contra las balas.

LA GOTA DE ORO

Si en la poesía del siglo XIX cubano,  Manzano es el esclavo y Heredia, el desterrado, Mendive, el maestro, José Jacinto  Milanés, el loco y Zenea, el mártir, Juan Cristóbal Nápoles  Fajardo es el desaparecido. En 1862, el hombre que había hecho célebre el seudónimo de El Cucalambé y que gozaba ya de una popularidad enorme por sus versos, desapareció para siempre, sin dejar rastro, que es otra forma de morir,  y hasta hoy llegan las conjeturas sobre su desaparición.

Pasó su infancia en la hacienda paterna, en las cercanías de la ciudad de Las Tunas, en la porción oriental del país, y se sintió identificado con el ambiente rural, que llevó a sus versos. Un abuelo sacerdote le enseñó latín, lo introdujo en la lectura de Virgilio y Horacio y lo hizo conocer bien a poetas españoles como Garcilaso y Villegas. Sin embargo, su cultura literaria no impidió que Nápoles Fajardo adoptara en su poesía la expresión común de los campesinos cubanos. Una parte de su obra clasifica dentro de lo que en nuestra literatura se llamó el ciboneyismo, con la evocación ingenua y sencilla de los aborígenes de la Isla. La otra, que escribió casi siempre en décimas, se inserta en el criollismo y pinta las costumbres de los habitantes de nuestros campos. Es esta la parte más trascendente de su quehacer literario. No solo logró en ella el trasunto del color local, sino que consustanció anhelos y sentimientos del guajiro cubano. De ahí la nunca agotada popularidad de sus versos, que muchos memorizan de tanto que los oyeron repetir, sin haberlos leído nunca y a veces sin poder precisar siquiera quién los escribió. 

Por la orilla floreciente / que baña el río de Yara, / donde dulce, fresca y clara / se desliza la corriente, / donde brilla el sol ardiente / de nuestra abrasada zona, / y un cielo hermoso corona / la selva, el monte y el prado / iba un guajiro montado / sobre una yegua trotona.

            Más que a la letra, la poesía de El Cucalambé se liga a la voz. A diferencia de otras naciones hispanoamericanas en las que el romance fue el metro popular por excelencia, el cubano se decidió por la décima. Sin ella, casi siempre improvisaba de repente, recitada o cantada al compás de una guitarra, se hace inconcebible en Cuba, incluso hoy, una fiesta campesina. Muchos poetas la cultivaron a lo largo del siglo XIX, pero no cuajó totalmente hasta la aparición de Nápoles Fajardo. Hasta entonces, dice Cintio Vitier, faltó algo más categórico y menos personal, un molde flexible que el pueblo adoptara como suyo, una destilación difícil y sin embargo sencilla, que se convirtiera en norma. Esa gota de oro fue la décima de El Cucalambé.

Entre 1848 y 1852 participó el poeta en varias conspiraciones contra España. Luego contrajo matrimonio,  tuvo dos hijos y en la ciudad de Santiago de Cuba aceptó un puesto en la administración colonial. La vida parecía sonreírle, pero, recio y altivo como era,  le molestaban las críticas de sus antiguos compañeros que le reprochaban el haberle admitido empleo al gobierno. La primera guerra de independencia no tardaría en estallar con todas sus tempestades y El Cucalambé vivía sin duda su propia tempestad interna. Aunque algunos afirman que tal vez el elemento español más recalcitrante se lo quitó del medio, asesinándolo, y otros, que viajó a Alemania y nunca volvió,  la hipótesis más aceptada es la del suicidio. Publicó un solo libro, Rumores del Hórmigo. No llegó a la posteridad ninguno de sus retratos. Poco importa ya porque, al decir de Vitier, su auténtico rostro se dibuja en la gota de oro de la décima que acuñó como moneda nacional.

ADIÓS, PATRIA QUERIDA

Si El Cucalambé es  el único poeta cubano que logra una verdadera transustanciación con el pueblo, al quedar abolida toda frontera entre lo que escribió y lo que se le atribuye, Plácido, fino, sensual, medido, es, junto con Heredia, el primero que llega a ser gustado por cultos y no cultos pues unía, decía Lezama, la espontaneidad a un refinamiento cuya esencia es constante aunque desconocida. “Fue la alegría de la casa, de la fiesta, de la guitarra y de la noche melancólica. Tenía la llave que abría la puerta de lo fiestero y aéreo”.

            Era hijo de una actriz blanca y de  un peluquero mulato. Su madre lo internó en la Casa de Beneficencia y de allí lo sacó su padre, que lo tuvo a su abrigo hasta los diez años, cuando quedó al cuidado de su abuela. Tenía vocación por la pintura y la encauzó en el taller de Vicente Escobar. Aprendió a trabajar la concha del carey y se hizo peinetero. Fue tipógrafo y periodista. Pero sobre todo un juglar. El gobierno colonial lo tenía en la mirilla. Cuando en 1836 intentó establecerse en la ciudad de Trinidad, lo redujeron a prisión, sin que se pueda precisar la causa, y ocho años después fue acusado de formar parte de la llamada Conspiración de la Escalera. No escapó esta vez a su suerte. Junto a diez acusados más lo fusilaron en el amanecer del 28 de junio de 1844.

            Poco antes hizo su testamento. Era tan pobre que dejó solo “memoria” para la gente que quería y los poetas que admiraba. Escribió también, durante sus últimas horas, algunos poemas, entre ellos, “Adiós a mi lira”, “Plegaria a Dios” y uno que dedicó a su madre. Esos manuscritos pudo el propio poeta entregarlos a su esposa.

            Unas 20 000 personas contemplaron el espectáculo horrendo de aquel fusilamiento. Los esclavos de los lugares cercanos fueron llevados para que les sirviera de escarmiento, pero muchos acudieron movidos por la curiosidad morbosa de ver ejecutar al poeta. Plácido, que no se cansó de proclamar su inocencia en los interrogatorios, recitaba con voz clara su “Plegaria…” mientras avanzaba hacia la muerte. Un redoble de tambores ahogó su palabra vibrante y ante los condenados se formó un pelotón de 44 soldados con sus jefes. Cuatro soldados para cada uno de los sentenciados. Dos les dispararían a la cabeza y dos, al pecho. Y un sacerdote para cada supliciado. Rezaron el Credo los curas y los reos y aun tuvo Plácido fuerza suficiente para gritar que emplazaba ante el juicio de Dios a sus verdugos y fiscales, y los mencionó por sus nombres. Se dio la orden de fuego. “Adiós, patria querida…” exclamó. Pero la primera descarga, al alcanzarlo solo  en el hombro,  lo dejó con vida. A una nueva orden  se aprestaron cuatro soldados. Una nueva descarga y voló despedazada su cabeza.

MAL DE AMORES

 

Se ha repetido que José Jacinto Milanés se inspiró en Plácido para escribir “El poeta envilecido”. Alude en sus estrofas a un trovador que, en sus fiestas, canta sin rubor ni seso  a los poderosos y al final  como pago se le da la posibilidad de compartir las sobras de la cena con el perro de la casa. Pero no es así pues Milanés mostró siempre respeto y admiración por Plácido; respeto y admiración que Plácido supo reciprocar. “El poeta envilecido” no parece estar inspirado en una persona determinada; es un poema alegórico, escrito, como otros suyos, con la intención moralizante  que quiso inculcarle Domingo Del Monte y que se ubican en lo peor de su poesía.

            Milanés es el autor de “La fuga de la tórtola”, “El beso”, “La madrugada”… En sus estrofas luce “ágil, lleno de encantamiento, penetrado por las más finas, hondas y depuradas esencias de lo cubano”. Aunque murió a los 49 años de edad, casi todo lo que escribió se encierra entre los años 1836 y 1843. En esa fecha perdió el poeta la razón a causa, se dice, de  amores no correspondidos con su prima Isabel Ximeno, de 14 años de edad entonces e hija de un acaudalado comerciante matancero que terminaría casándose con un sobrino del Capitán General. Dice Cintio Vitier al respecto que no puede saber hasta dónde  el trauma de esos amores contrariados determinó el creciente desequilibrio psíquico del poeta. “Solo nos está permitido detectar en sus versos una constante, obsesiva, neurótica, ligada al escrúpulo y a la culpa hiperbolizados, que alcanza en “El mendigo” su más profunda formulación”.

            Milanés pasó sumido en la demencia los últimos 20 años de su vida. Pareció redimirse el mal a partir de 1848 y es por esa época que sus amigos le costean un viaje al exterior, que hará en compañía de su hermano, con la intención de que encontrara cura. Volvió a escribir entonces el poeta. Pero poco y de escasa calidad. Y la locura no retrocedió. Entró en una fase más aguda y ensimismada.

            Si Milanés fue un loco melancólico, el habanero  Manuel de Zequeira y Arango es el loco simpático. Creía que poniéndose un sombrero se volvía invisible y quizás a las puertas de la locura es que escribe esas décimas  disparatadas –“Yo vi por mis propios ojos” y “La ronda”, que preludian lo que muchos poetas populares hacen aún.

            Cuenta por fin Heliodoro / Que nació (caso inaudito) / De una liendre un gran mosquito / Y de este mosquito un toro: / Esto publicaba un loro / Muy ufano en Puerto Rico, / Cuando alzando en el Guarico / Alto vuelo un tomeguín, / Fue a parar hasta Turín / con un camello en el pico.

            Zequeira nació en 1764 y siguió la carrera de las armas. En América del Sur desempeñó, con capacidad y honradez, cargos de gran responsabilidad, entre estos el de teniente rey de Cartagena, Colombia, y en la infantería alcanzó el grado de coronel. Se le considera, por su calidad y vocación,  el primer poeta cubano en el tiempo. Fue un gran sonetista. Su poema “A la piña” pone en evidencia su visión morosa y amorosa de nuestra naturaleza.

           

             

     
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