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Gregorio, el amigo de Hemingway

Gregorio, el amigo de Hemingway

Ciro Bianchi Ross

Se cumplieron por estos días seis años de la muerte de Gregorio Fuentes, el gran amigo de Ernest Hemingway. Vivió tanto -104 años- que llegamos a pensar que no moriría nunca.

            Gregorio Fuentes y Ernest Hemingway se conocieron en 1928, en Dry Tortugas, durante un huracán, y una década después se reencontraron  en un cafetín del poblado habanero de Casablanca. Hemingway escribía entonces Por quién doblan las campanas y era todavía un turista sospechosamente reincidente que pasaba sus días cubanos en el hotel Ambos Mundos. Gregorio era todo un lobo marino. Había nacido en Lanzarote, Islas Canarias, y el mar era lo suyo desde niño. Fue entonces que el narrador le propuso que trabajara para él como patrón de su yate Pilar. Sería, como dijo Hemingway, “el pilar del Pilar”. Le confiaría asimismo la cocina y el “departamento etílico” de la embarcación. Le llamaba el capitán Grigorine y lo inmortalizó en una novela: Gregorio Fuentes es el Antonio de Islas en el golfo.

            Curiosamente, en Cuba, cuando se habla sobre Gregorio Fuentes no se recuerda ese detalle y se insiste en identificarlo como el hombre que inspirara a Hemingway el Santiago de El viejo y el mar.

            La historia es otra y contarla no empequeñece en nada la humanidad de Gregorio.

UN VIEJO QUE PESCABA SOLO

En una crónica periodística de 1936, esto es, dos años antes de que se reencontrara con Gregorio Fuentes en Casablanca, Hemingway sintetizó en menos de 200 palabras la historia que en 1952 desplegaría a lo largo de los 27 000 vocablos de El viejo y el mar.

            Decía:

            “En otro tiempo, un viejo que pescaba solo en un bote frente a Cabañas enganchó en el anzuelo a un gran pez, que arrastró la embarcación mar afuera. Dos días después el viejo fue recogido por unos pescadores a 60 millas hacia el Este: la cabeza y la parte superior del pez estaban amarradas al bote. Lo que los tiburones habían dejado de él pesaba 800 libras. El viejo había pasado un día, una noche, y el día y la noche siguientes, mientras el pez, nadando en aguas profundas, arrastraba el bote. Cuando emergió a la superficie, el viejo lo acercó al bote y lo arponeó. Amarrado junto a la embarcación, los tiburones se lanzaron sobre el pez, y el viejo luchó solo contra ellos en la Corriente del Golfo, en una frágil embarcación, apaleándolos, apuñalándolos, golpeándolos con un remo hasta que quedó exhausto; entonces los tiburones comieron cuanto quisieron. Estaba llorando en el bote cuando lo recogieron los pescadores, casi enloquecido por su pérdida. Dos tiburones aún describían círculos en torno al bote”.

            La trama de El viejo y el mar se asienta entonces en una anécdota real, y cubana por añadidura. Hemingway acarició esa historia durante muchos años y la escribió cuando creyó que podía hacerlo. Lo dice explícitamente en una carta de 1952: “Yo siempre tuve buena suerte escribiendo en Cuba […]. Perdí cinco años de mi vida durante la guerra y ahora estoy tratando de recuperarlos. Yo no puedo trabajar  y vivir en Nueva York […]. Este otoño cuando salga El viejo y el mar tú verás parte del resultado del trabajo”. Y en otra carta, sin ninguna modestia, confiesa en relación con la novela: “Es como si finalmente hubiera dado expresión a lo que he perseguido toda mi vida”.

            Los estudiosos coinciden que, para su Santiago, Hemingway se inspiró en Anselmo Hernández,  un pescador de Cojímar, localidad situada al este de La Habana. Eso no excluye que otros pescadores de la zona aportaran elementos a su personaje. En Santiago pueden estar también El Sordo, Cachimba, Cheo López, Ova Carnero, Tato y Quintín que como otros alternaron con el narrador en el restaurante La Terraza y en los cafetines del poblado.

            Y está, por supuesto, Gregorio Fuentes que en varias escenas de la filmación de El viejo y el mar debió doblar al actor norteamericano Spencer Tracy, demasiado grueso para parecer un hambreado pescador cubano.

            Hay una foto de Hemingway tomada en La Terraza durante el rodaje de la cinta. Luce cara de descontento. Sabía muy bien, por experiencias anteriores, que casi nunca sale una buena película de una gran novela.

POLVO DE ESTRELLAS

En El gran río azul, una crónica de 1949, Hemingway asegura que su récord de un día es de siete agujas capturadas, y aclara que es una marca que puede superarse. Escribe que experimentar la fuerza enorme y el ímpetu del pez, formar parte de esa fuerza, dominarla, vencerla y manejar sin ayuda de nadie la vara, el carrete o el sedal hasta que el animal esté a punto de cogerse con el bichero, es una recompensa que justifica pasarse varios días aguantando el sol y todas las incomodidades.

            Pescar una aguja no es cosa de juego. Es toda una técnica en la que la pericia del pescador se conjuga con la del patrón del yate que debe saber maniobrar la embarcación con el fin de no perder la presa. La aguja se desplaza del levante al poniente, en dirección contraria a la Corriente del Golfo, dejando una estela en las aguas oscuras. Si hay mucho sol, no emerge a la superficie. Cuando lo hace, debe ser interceptada deslizando en zigzag la embarcación. Es un animal que carece de dientes, su boca es plana, traga muy rápido y no es fácil que se le clave el anzuelo. Si lo muerde, ahí empieza la cosa: hay que trabajarlo con vara y carrete hasta cansarlo. La aguja vuela tratando de sacarse el anzuelo –el castero también, pero en menor medida- y se sumerge, y el pescador y el patrón tienen que poner en práctica todo lo que saben para que el pez no rompa el sedal. Cuando el animal se cansa y pierde fuerzas para volar o sumergirse, comienza a nadar en círculos y es ahí cuando el pescador debe colocarse a distancia de bichero y ensartarlo. Tanto las agujas como los casteros, que es una aguja de casta, mayor y más pesada que las otras y con el pico más corto, son animales muy veloces, dotados de aletas muy rígidas y que caen sobre sus presas con tal agilidad que se les llama también especies de corso. Peces bellísimos, adaptados a la vida errante en los océanos.

            Más para dar a entender que yo también he salido a pescar agujas, hice esa larga descripción para decir que si Hemingway fue un gran pescador es porque tuvo a Gregorio Fuentes en el timón de su barco. Nunca fue remiso a reconocerlo. En la ya aludida crónica de 1949 dice que hasta esa fecha Gregorio había salvado al Pilar de la furia de tres huracanes, entre ellos el de 1944 que tuvo vientos de hasta 180 millas por hora, y se ufanaba de que gracias a su patrón el seguro marítimo jamás había tenido que compensarlo por accidente.

            Ernest Hemingway y Gregorio Fuentes. Papa y el capitán Grigorine. Una pareja inseparable en el Gran Río Azul, de tres cuartos de milla a una milla de profundidad y de 60 a 80 millas de ancho. Inseparables asimismo en las excursiones con Mary, la cuarta y última esposa del escritor, a cayo Paraíso, un islote desierto en el Norte de Pinar del Río, la más occidental de las provincias cubanas.

            La leyenda de Hemingway envuelve de alguna manera a Gregorio Fuentes. Ver al viejo pescador, escucharlo, era como tocar el polvo de estrellas que se desprende de la estela del autor de Adiós a las armas. Fueron muy amigos, tanto que, en su testamento, Hemingway le legó el Pilar porque sabía que nadie lo cuidaría como él. Juntos conocieron la inmensa soledad del mar,  capearon sus furias y persiguieron submarinos nazis en las aguas del Caribe…

            “Yo no he dejado de llorar a Papa un solo día en todos estos años”, me dijo Gregorio justo el día en que en La Terraza de Cojímar, rodeado de amigos, festejó su centenario. Hemingway, en alusión a él, había escrito por su parte: “Fue una suerte encontrarlo”.

 

           

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1 comentario

José Manuel -

Como siempre, los artículos de Bianchi te atrapan por su interés y el magnífico empleo del leguaje. También es una suerte.
Saludos.
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