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Bandidos y verdugos

Bandidos y verdugos

Ciro Bianchi Ross

 

Allá por el mil ochocientos ochentitantos don Luis Prendergart y Gordon, gobernador general de la Isla de Cuba, no encontró forma mejor para acabar con el bandidismo que entonces asolaba a la colonia que la de parlamentar con los bandidos. El jefe de banda dispuesto a deponer su actitud recibía como compensación el indulto, un pasaporte para viajar al exterior y 2 000 pesos oro que se le entregaban de manera oficial, mientras que por debajo del tapete se le deslizaban otros 5 000. En ese admirable negocio se enrolaron Chamendis, Lengue Romero, Víctor Fragoso y Manuel Galano, entre otros cabecillas notorios, pero cuando Prendergart concluyó su mando, en 1883, ya todos estaban de vuelta y operaban a sus anchas. Solo uno no aceptó la capitulación. El temido Victoriano Machín se las arregló para hacerle saber al Capitán General que por menos de 50 000 no se iría a ninguna parte porque esa era la cantidad que, más o menos, le reportaban cada año sus fechorías.

            En los campos de Pinar del Río y en zonas del oeste de La Habana, Machín sembraba, con su banda, el terror y la muerte; actuaba con total  impunidad hasta que un día del mes de agosto de 1888, Francisco Fajardo, un honesto ciudadano de Guanajay, condujo a las autoridades hasta el lugar donde se ocultaba el delincuente y las dejó sin alternativa. El 28 del propio mes lo juzgaron en el Castillo de la Fuerza y lo sentenciaron a muerte. Igual condena recibió su hermano, que había sido capturado en su compañía.

            El día 3 de septiembre, sin embargo, cuando se llevaba a cabo el conteo de presos en el Castillo del Príncipe la celda que ocupaban los Machín, el calabozo 16 y medio, estaba vacío. Habían limado los barrotes de la pequeña claraboya que se alzaba a 11 varas del suelo y se habían escurrido hacia los fosos por una cuerda de algodón encerada de menos de un dedo de diámetro. Fue tal el escándalo que provocó la fuga que se dispuso de inmediato la detención del alcaide del Castillo. Pero ahí no paró la cosa, pues apenas un mes después, Victoriano Machín se presentaba en Guanajay y a la luz pública dada muerte a Francisco Fajardo. Veintiséis machetazos se le contaron en el cuerpo.

            Aquello era más de lo que España podía resistir. La repercusión de la fuga de Machín y el asesinato de Fajardo fue en Madrid atronadora y la Corona decidió la destitución del gobernado Sabás Marín. Se nombraba en su lugar al teniente general Manuel Salamanca y Negrete, hombre rígido, inflexible, severo y honesto, que acometió en Cuba, con éxito, una campaña feroz contra los bandidos de abajo, pero otro sería el cantar cuando detectó en su gobierno una malversación de 14 millones de pesos y quiso proceder contra los bandidos de arriba. Murió de la noche a la mañana sin que pudiera diagnosticarse la enfermedad que lo llevó a la tumba. Se dice que lo envenenaron.

EL MINISTRO EJECUTOR

Al hacerse cargo de la administración colonial, el 13 de marzo de 1889, Salamanca responsabilizó a todas las autoridades civiles y militares y, desde luego, a la Policía con los actos que los bandidos pudieran cometer, y advirtió que bajo su mando no se seguiría proceso alguno por “infidelidad en la custodia de los presos”, pero que podría suceder que por alguna confusión lamentable se le aplicase la ley de fuga al custodio que permitiera la evasión de un prisionero. Poco después, Victoriano Machín y su suegro, el también bandido José Eusebio Moreno, eran detenidos en la ciudad de Cienfuegos, trasladados a La Habana y encerrados en la Cabaña, donde Victoriano esperaría el día en que sería ejecutado.

            Desde mucho tiempo atrás La Habana no presenciaba una ejecución. El verdugo, que recibía el pomposo título de ministro ejecutor, tuvo que ser traído desde Camagüey, donde residía. Se llamaba José Cruz Peña, era natural de la ciudad española de Badajoz, y aunque ejercía su ministerio desde muchos años  antes no había tenido ocasión de privar a nadie de la vida.

            La llegada de Cruz Peña a la capital fue todo un acontecimiento. Arribó a bordo del vapor Avilés y su paso desde el muelle de Caballería hasta la cárcel fue seguido por millares de habaneros de todas las clases sociales, entre los que no faltaban los que le solicitaban el autógrafo. Era alto, de buena presencia, de pelo y bigote rubios. Envaselinado y perfumado, vestía una chaquetilla azul fileteada en rojo de corte irreprochable.

            Ante una multitud que nunca antes se vio en la ciudad se llevaría a cabo la ejecución de Victoriano. El terrible bandido, que tenía más de 30 asesinatos sobre sus espaldas, se portó, llegado el caso, como un cobarde; lloraba, suplicaba, se arrodillaba, se arrastraba por el suelo… Tuvieron que cargarlo para sentarlo en el garrote, y una vez allí, con las manos atadas, trató de morder al verdugo, aquel pintoresco ministro ejecutor que, de tan acobardado que estaba también, cayó al suelo desmayado.

VALENTÍN

 

Entró entonces en escena Valentín Ruiz Rodríguez. Había nacido en Matanzas, tenía 22 años de edad, cumplía una condena de 15 por homicidio y era el ministro ejecutor asistente, aunque tampoco había ejecutado a nadie. Frío, sereno, casi sonriente se acercó al garrote, dio media vuelta a la palanca y terminó con la vida de Victoriano Machín para pasar a ser, a partir de ese día, el verdugo oficial.

            El general Salamanca había prometido que bajo su gobierno aquella máquina infernal no descansaría en Cuba y cumplió su promesa. Bien pronto se vio a Valentín con el garrote, que era itinerante, en Jovellanos, Guanajay, Santa Clara, Matanzas, Colón, Remedios… Veinte ejecuciones en menos de un año y medio. “Hasta de matar se cansa uno”, dijo un día Valentín, molesto. “Ese es tu oficio”, ripostó alguien, y el verdugo, recapacitando, añadió: “¡Es verdad! Me había olvidado que somos como un circo de caballitos que vamos de pueblo en pueblo y sin podernos quejar…” Otro día, en que debió agarrotar, de pegueta, a tres condenados, comentó: “Tres ejecuciones seguidas es un abuso. No volveré a ejercer mi sagrado ministerio si no me pagan el doble y por adelantado”. Sin embargo esta vez había impuesto un récord: demoró 14 minutos justos en despachar a los tres supliciados. En más de una ocasión pidió que le pusieran un ayudante, “aunque me haga la competencia”. En verdad, se lucía en su oficio y le gustaba. No era raro que manejara la palanca del garrote con una sola mano, lo que ocasionaba sufrimientos enormes al condenado, y,  a veces, sobre todo cuando había muchas mujeres en el público, lo hacía con tanta violencia que el corbatín de la máquina desarticulaba de manera espantosa la cabeza del tronco.

            Con todo se topó Valentín durante el ejercicio de su cargo de verdugo oficial. Gente que se enfrentaba a la muerte acobardada, y otros que lo hacían con una sonrisa a flor de labios. Algunos llegaban al garrote en son de fiesta y no faltó –el dato es estrictamente cierto- quien lo hiciera cantando y bailando el zapateo. Cierta vez debió ejecutar a Pablo Cantero, un espirituano de 33 años y vecino de Camajuaní quien para fugarse había dado muerte al custodio. Apresado de nuevo, intentó suicidarse para librarse del garrote. Valentín se esmeró con el herido. Día y noche permaneció a su lado prodigándole atenciones y cuidados, tantos que el médico del penal, conmovido, le preguntó si eran viejos amigos. “Nada de eso, aclaró Valentín, lo que pasa es que firmé un vale por 30 pesos por levantar el patíbulo y si el hombre se me muere antes me desgracio porque tendré que pagarlos”.

            La influencia y autoridad de Valentín Ruiz Rodríguez llegaron a ser casi inapelables en el “sector”. Cuando se trató de estrenar en Cuba el nuevo garrote adquirido por la Audiencia de Matanzas, el verdugo se opuso de plano y se negó con firmeza. Afirmó: “¡Eso de usar máquina nueva no va conmigo! Respondo solo por lo que yo manejo… Hasta ahora ningún cliente se me ha quejado”.

            Y el garrote de Matanzas quedó apartado en un rincón.

           

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