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Memorias

Todo el mundo baila

Todo el mundo baila

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

Se dice que La Habana es la ciudad más bailadora del mundo. Los que han estudiado el asunto no vacilan en afirmar que se baila aquí más que en Nueva York y en París. Cualquier espacio, por reducido que sea, resulta válido para ello y no sorprende a estas alturas el espectáculo que regalan los más jóvenes cuando en la parada del ómnibus o a la entrada de la escuela se contonean solos al ritmo de la música que llevan acoplada a los oídos.

            Parece que siempre fue más o menos así si damos crédito al testimonio de Nicolás Tanco y Armero, un colombiano que  organizó el tráfico de culíes chinos a Cuba y se enriqueció en el empeño. Estuvo aquí a mediados del siglo XIX y, en sus memorias, deja constancia del asunto, como si el baile  formase parte del paisaje habanero. Camina Tanco por la ciudad y advierte y  anota en su libro: “La pasión dominante es el baile; todo el mundo baila en La Habana sin reparar en edad, clase o condición… Las mismas danzas se bailan en el  palacio que en el bohío… Todo el día se oyen tocar las danzas, ya en las casas particulares, ya por los órganos que andan por las calles, a cuyo sonido suelen bailar los paseantes. Muchas veces he pasado, a mediodía, por una de aquellas casas que dan al Circo; la música ha herido mis oídos…”

¿DÓNDE ESTÁ LA MA’TEODORA? 

        

La primera orquesta con que contó La Habana se conformó a finales del siglo XVI. Poco antes, en 1582, una Relación de vecinos de La Habana y Guanabacoa  no consignaba a ningún residente en esas localidades que tuviese la profesión de músico. Sin embargo, ya en Santiago de Cuba existía en esa fecha una pequeña agrupación que tocaba tanto en las fiestas como en las iglesias. La integraban dos tocadores de pífano; un sevillano, tocador de violón, llamado Pascual de Ochoa, y dos negras libres dominicanas, oriundas de Santiago de los Caballeros, las hermanas Micaela y Teodora Ginés, aquella de “¿Dónde está la Ma’Teodora? /  Rajando la leña está / ¿Con su palo y su bandola? / Rajando la leña está/  ¿Dónde está que no la veo? / Rajando la leña está / Rajando la leña está…”

            Pero dos de aquellos músicos (¡qué actual nos parece el pasado!) se desgajaron del conjunto a fin de buscar vida en La Habana, que desde 1553 era la residencia oficial del gobierno de la colonia y contaba con líneas marítimas que la conectaban con las ciudades de Veracruz y Cartagena, transformándola en “llave del Nuevo Mundo”. Así, Pascual de Ochoa y Micaela Ginés se unieron aquí con el malagueño Pedro Almanza (violín) y el lisboeta Jácome  Viceira (clarinete) para formar un cuarteto que en sus presentaciones contaba con el acompañamiento espontáneo de gente que “rascaba el calabazo y tañía las castañuelas”.

            Ese conjunto gozó de gran popularidad; era el único. Se les reclamaba en bailes y diversiones y concurrían asimismo a la parroquia en ocasión de fiestas solemnes como las de San Cristóbal y el Corpus Christi. Eran tantos sus compromisos que, para asegurar su presencia, se dice en una crónica de la época, “es preciso pujarles la paga, y además de ella, que es exorbitante, llevarles cabalgaduras, darles ración de vino y hacerles, a cada uno, y también a sus familiares (además de lo que comen y beben en la función) un plato de cuanto se pone en la mesa, el cual se llevan a sus casas…”  No obstante, esos músicos pidieron al Cabildo de La Habana, en 1597,  un salario que los ayudara a sustentarse. Accedieron los regidores  a la solicitud y les asignaron  cien ducados anuales; 25 por cabeza. Se desconoce ya si el pedido obedeció a que su situación económica no era tan halagüeña como se dice en la crónica o si Micaela Ginés y sus compañeros buscaron cómo redondear sus entradas.

CINCUENTA BAILES DIARIOS

En 1798, apunta el cronista Buenaventura Pascual Ferrer, el baile, como diversión más apetecida, lindaba casi con la locura.  No menos de cincuenta bailes diarios  tienen lugar en La Habana de entonces. Comenta: “No se necesita ser convidado ni aun tener conocimiento alguno en la casa… basta presentarse decentemente para bailar”. 

Hay en esa fecha, en la Plaza Mayor, una sociedad donde se baila por suscripción. Asisten las familias más distinguidas y hay en ella salones destinados al descanso y  al juego.  La gente principal contrata para sus fiestas a buenos músicos y danza a la francesa. Los que no pueden darse ese lujo, lo hacen al son de una o dos guitarras y un calabazo hueco con hendiduras. Precisa el cronista: “Cantan y bailan unas tonadas alegres y bulliciosas, inventadas por ellos mismos, con ligereza y gracia increíbles. La clase de las mulatas es la que más se distingue en estas danzas”.

            El 28 de febrero de 1838 se inaugura el teatro Tacón con un gran baile de máscaras en el que participan, se dice, unas siete mil personas. Casi diez años después, a su paso por La Habana,  escribía el vizconde D’Harponville: “El año entero es un solo baile y la Isla un solo salón. Cuando no se baila en las sociedades líricas, en los casinos o en los pueblos de temporada, se baila en la propia casa de familia, muchas veces sin piano ni violines y con solo el compás de la voz de los bailadores”.

            En los carnavales, el baile cobra tintes de arrebato. Samuel Hazard, el autor del libro Cuba a pluma y lápiz acude, en los meses anteriores al inicio de la guerra del 68, a un baile de carnaval en el Liceo Artístico y Literario de Mantazas. Al filo de la media noche sale a la plaza a fin de tomar un poco de aire fresco. El espectáculo lo deslumbra. Hay tal profusión de luces, recuerda Hazard, que parece que se está en pleno día. Y también música y baile por doquier, canto, júbilo, diabluras. Gente de todas las edades, sexos y colores, mezclada en una confusión inextricable, que se divierte al aire libre.

            Ahí no acaba la fiesta, sin embargo. Alguien invita a Hazard al baile de máscaras que está a punto de comenzar. Acepta el viajero la convidada y aprecia en el salón a blancos y negros, ansiosos de baile y ruido, que ejecutan todas las figuras de la danza criolla, muchas de las cuales, escribe, “son completamente desconocidas para la mujeres decentes”. Ya en 1776 la danza conocida como chuchumbé, llevada de La Habana al puerto mexicano de Veracruz, había sido prohibida por el tribunal de la Santa Inquisición “por la indecencia de sus formas y coplas”.  

Cualquier pretexto parece apropiado para convocar un baile: un nacimiento, un bautizo, un matrimonio… y como locación se asalta sencillamente una casa de familia que, prevenida de antemano, acepta de ordinario el compromiso, más por halagar su propia vanidad que por compartir el regocijo ajeno. Se baila en los barracones de esclavos y en las sociedades de negros y mulatos. Y los campesinos llenan sus ocios con zapateos, puntos y rumbitas.  La Independencia da pie al baile patriótico, y son pocos los mítines políticos que no se cierran –guayo, clarinete y timbales por medio- con un guateque.

            Compositores y cantantes populares –negros y blancos- matizan sus creaciones con el dicharacho expresivo que recorre las calles. El choteo y el tono picaresco entran en la guaracha y en la música que se escribe para ciertos géneros teatrales. En 1801, el ya aludido Buenaventura Pascual Ferrer se queja de que tanto en la calle como en casas particulares se entonen cantares que “ultrajan la inocencia y ofenden la moral”. Menciona, entre otros, la guaracha titulada “Guabina”, que “en boca de los que la cantan sabe a cuantas cosas puercas, indecentes y majaderas se pueda pensar”.  Muchos años después, a partir de 1879, se diría lo mismo del danzón, nacido en la ciudad de Matanzas y que  se elevó a la categoría de baile nacional. De “licencioso y disoluto” se califica el nuevo ritmo. Una música “alborotosa y lasciva” en la que los timbales fingen redobles de deseo, el guayo exacerba la lujuria y el clarinete y el cornetín parecen imitar las ansias, las súplicas y el esfuerzo del que se enfrasca ardorosamente en la posesión amorosa. Más acá  en el tiempo sucederá lo mismo con el bolero, tildado en sus orígenes de “prostibulario”.

EL COCHE MUSICAL

La música había tenido la prerrogativa de mezclar negros y blancos. El final del siglo XIX va a caracterizarse por una nacionalidad cubana bien definida. Pero, advierte María Teresa Linares, todo lo nacional molestaba a la Colonia, y lo africano también. Los negros que, desde tiempos inmemoriales,  salían a la calle con sus cabildos y toques de tambor en ocasión del día de Reyes (6 de enero)  fueron privados de esa diversión a partir de 1884 y se prohibían bailes y fandangos sin el permiso correspondiente del gobierno, medida que, en las ciudades,  afectaba por igual  a negros y a blancos, mientras que en los campos la guardia civil perseguía tanto  los juegos de monte y las peleas de gallo de manigua  como las charanguitas de acordeón, timbal y güiro, aunque había música en las bodegas y guateques autorizados.

Algunas de esas medidas pasan a la República, como la que prohibe en los carnavales “el toque de tambores y otros instrumentos de origen africano y frases indecentes que los acompañan”. Y en cierto momento se suspenden hasta los carnavales mismos. Fiestas esas en las que, a lo largo de las primeras décadas del siglo pasado, sobresalen las orquestas de Raymundo Valenzuela, que inspiraran a José Lezama Lima su poema “El coche musical”, sencillamente antológico.

“La Habana de los años veinte fue, como pocas veces antes o después, escenario de una vida artística y cultural que la convirtió en polo de atracción al que acudían artistas de todo el país y extranjeros, y estos últimos tenían La Habana como primera escala obligada para hacer la América…” escribe Leonardo Acosta. Añade: “Salvo algunos cambios esta Habana permaneció casi la misma durante las dos décadas siguientes…”

El foco de la vida nocturna habanera se hallaba entonces, en lo esencial,  en lo que hoy conocemos como Centro Habana,  con una extensión hacia la parte más antigua de la ciudad. La era del automóvil hizo que los cabarets más lujosos, como Montmartre, se ubicaran fuera de ese sitio y aun en lugares apartados, como son los casos del Casino Nacional y el Jockey Club, el Summer Casino y el Sans Souci. Aseguraban un tercer foco los cabarets populares de la Playa de Marianao.

            ¿Dónde se bailaba entonces? El baile siguió siendo una forma de esparcimiento muy arraigada. Y continuó teniendo por  escenario el reducido espacio de casas particulares y patios de cuartería y también grandes áreas abiertas como las de los terrenos de las cervecerías La Polar y La Tropical, santuario nacional de los bailadores.

            Se bailaba en sociedades de recreo, gremiales y de profesionales. Y en  Los centros regionales españoles (Centro Gallego, Centro Asturiano) y, entre otras instituciones,  también la Asociación de Dependientes del Comercio de La Habana, en Prado y Trocadero, programaba fiestas periódicas para sus asociados, a las que  podía accederse por invitación o mediante el pago de la entrada. Hebreos, árabes y chinos tenían asimismo sus sociedades, al igual que los norteamericanos el American Club, en Prado y Virtudes, y la Community House, en la actual Casa de la Música, de Miramar. Y los ingleses, la suya,  en la carretera de Vento.

            Podía bailarse además, mediante el pago de la entrada, en  salones como Sport Antillano, en Zanja y Belascoaín;  La Galatea, frente al parque de Albear;  Encanto, en Zanja y Gervasio;  La Fantástica, solo para negros, en Galiano y Barcelona y en el salón de Prado y Neptuno, en los altos de la cafetería Miami, donde nació el chachachá.

Las llamadas sociedades “de color” agrupaban, por lo general,  a negros y mulatos y dentro de ellas los asociados se diferenciaban por sus ingresos económicos y su posición social.

¿Y las academias de baile? Venían desde la Colonia y a veces se vinculaban a la prostitución. El cliente, antes de entrar, compraba en la puerta varios tiquetes o papeletas que iría consumiendo a una por cada baile. Dentro de la academia aguardaban las muchachas. El hombre elegía a su compañera de baile y le entregaba la papeleta antes de salir a la pista. Al final de la noche, la muchacha presentaba en la caja esas papeletas y cobraba en consecuencia.

Muy famosa fue la academia de Marte y Belona, en Monte y Amistad. Y también Habana Sport, en Galiano y San José, y Rialto, en Neptuno entre Prado y Consulado. De ellas y de otras cosas hablaremos la próxima semana.

           

             

 

             

             

           

 

             

 

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Noche en La Habana

Noche en La Habana

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

Las academias de baile, llamadas también escuelitas,  venían desde la Colonia. Existían supuestamente para enseñar o adiestrar a quienes querían aprender a bailar o entrenarse en los pasos de algún nuevo ritmo. Pero el entrenamiento no estaba en manos de un maestro, sino de muchachas que aguardaban en el salón la llegada de algún cliente que les pidiera una pieza. Un baile tarifado que el hombre retribuía con la papeleta que había comprado previamente, y que mientras bailaba sostenía en la mano izquierda a fin de que un empleado se la ponchara y que luego entregaba a su compañera de baile.  Podía bailar una o varias piezas con la misma muchacha o cambiar de pareja cuando lo deseara y, si las cosas iban bien con alguna de ellas, invitarla a compartir un trago en la propia cantina de la academia. Para que las ganancias de la casa fueran mayores, y también para evitar que la bailarina se aturdiera o se emborrachara, el trago que se le servía estaba aguado o no contenía alcohol; era un simple simulacro con té, manzanilla o algún refresco de cola. En muchos casos, la academia no era más que una forma encubierta de prostitución. O el lugar propicio para divertirse o pasar un buen rato. Al final de la noche, la muchacha cobraba lo suyo según lo que hubiese bailado, lo que avalaba con las papeletas que tuviera en su poder; un tanto para ella y el otro, para la escuelita.

            Por cierto, en esas academias no debían entrar militares vestidos de uniforme. Para evitar que  sucediese, antes de la creación de la Policía Militar, el Estado Mayor del Ejército encargaba, todos los fines de semana,  a  un oficial, un sargento y dos o tres alistados, provistos de un brazalete que los identificaba,   que recorriesen las escuelitas para proceder a la detención de posibles infractores. Los militares, claro está, no solo bailaban, sino que sabían hacerlo. Las clases de baile, impartidas por el profesor Rubén Savón, eran obligatorias en los cursos de la Escuela de Cadetes de Managua; bailaban hombres con hombres. Práctica que se eliminó después del triunfo de la Revolución cuando los propios alumnos pidieron al comandante Ernesto Guevara, de visita en la institución, que los apoyara en su reclamo de abolirlas.

20 ACADEMIAS Y 7000 BARES

Don Felipe Poey y Aloy, el insigne naturalista habanero nacido en 1799 y muerto en 1891, que investigó sobre peces y minerales y legó a la posteridad una monumental Ictiología cubana, incursionó asimismo en la crónica de costumbres y en una de ellas contó su visita a la sala de bailes de Escauriza. Da Poey vueltas por el salón a fin de reconocer lo que llama “el ganado”, mientras la orquesta deja escuchar una danza titulada Panetela para la vieja. Cesa la música y, tras un breve respiro, se escuchan los acordes de la danza Baja la pata que, dice el cronista, dejó a todos los danzantes con la pata levantada. Ha reparado en una joven. Le cuentan que ha bailado con la flor y nata de los bailadores de La Habana. Quiere saber más sobre ella. “Doncella de medio uso”, le advierten, y alguien que escucha la conversación protesta porque la señorita sobre la que murmuran es pobre y modesta, pero pertenece a algunas academias. ¿Academias de ciencias?, inquiere Poey. “No, academias de bailes, escuelitas… allí gana la muchacha alguna cosa, sirviendo de compañera a los asistentes, lo cual no le impide conservar su virtud”.

            Es la época, apunta María Teresa Linares en su Introducción a la música popular cubana, de las academias de baile y de las “casas de cuna”, en las que se movía una fauna de  mulatas de rumbo y petimetres. Lo curioso es que varios años después, en 1928, había en La Habana no menos de veinte de esas academias; una etapa en la que, al conjuro de la ley seca imperante en Estados Unidos y que empujó hacia la Isla una buena parte de la corriente turística de ese país, se abrieron en Cuba unos siete mil bares y salas de fiesta.  

            Antonio Arcaño, El Monarca, en alusión a las academias de baile, decía, en 1986,  a la periodista Erena Hernández, que en los primeros tiempos de la dictadura de Machado hubo discrepancias entre Baldomero Acosta, alcalde de Marianao, y el ministro de Gobernación Rogerio Zayas Bazán y que este, en represalia, clausuró los cabarets de la Playa, las llamadas fritas de la Quinta Avenida.

            “Los músicos tuvimos que trasladarnos  para las academias de baile de Centro Habana: Sport Antillano [donde estaba la orquesta de Arsenio Rodríguez] Galatea, Marte y Belona, y a una sociedad de personas de color. En las academias no dejaban entrar hombres negros y, sin embargo, tenían empleadas mulatas ‘adelantadas’ ¡y bonitas!

            “En Marianao trabajábamos de diez de la noche a cinco de la mañana, ganábamos tres pesos y nos daban la cena. Las academias funcionaban de nueve de la noche a dos de la mañana, y tenían doble turno: alternaba un sexteto con una orquesta, y tocaban sesenta o setenta danzones diarios. Los clientes compraban una tira de tickets y se los ponchaban. La pieza valía cinco centavos; le daban tres a la mujer y dos para la casa. Los músicos recibíamos un peso con sesenta centavos, diarios, por lo que se recaudaba en la puerta y la cantina”.

            La cantidad que se pagaba por la pieza variaba de una época a otra, y se dice que las orquestas abreviaban las interpretaciones de los números musicales a fin de que el cliente se viera obligado a entregar más papeletas por el mismo tiempo de baile y la jornada resultara menos cansona para sus integrantes. Pero si en las academias se pagaba a tanto la pieza, en los salones de baile se hacía al entrar un pago único. Recordaba al respecto el maestro Enrique Jorrín:

            “Ya en 1948 tocábamos [con la orquesta América] en los salones de Prado y Neptuno, que estaban en el segundo piso de esa céntrica esquina, en los altos del restaurante Miami… Allí un tal Vicente Amores daba bailes los viernes, sábados y domingos, de nueve de la noche a tres de la mañana; los domingos se hacía la matinée entre las dos de la tarde y ocho de la noche. A Prado y Neptuno iban muchos jóvenes, sobre todo estudiantes del Instituto [de Segunda Enseñanza de La Habana]. Es falso eso que se ha dicho de que la mayor concurrencia era de maleantes. Asistían muchos jóvenes de las sociedades [de recreo] también, lo mismo blancos que negros, siempre y cuando los hombres pagaran su peso de entrada y las mujeres sus treinta centavos”.

            Las sociedades de recreo, dice Leonardo Acosta en su imprescindible Descarga cubana: el jazz en Cuba 1900-1950, representaban a todas las clases y estratos sociales  y raciales y seguían en parte el patrón de castas creado por la Colonia y reforzado en la República con su política de inmigración masiva de españoles para “blanquear” el país. Además, surgía una clase media de negros y mulatos y se dividieron según sus ingresos, aunque también por el matiz de la piel y hubo intentos de dividirlos según su región de origen, reviviendo los viejos cabildos de nación (congos, carabalíes, lucumíes…) de la época colonial.

            Entre esas sociedades “de color”, no era lo mismo el aristocrático Club Atenas que los populares Sport Club y la Sociedad El Pilar. Escribe Leonardo Acosta: “En el Club Atenas se llegaba al absurdo de que las orquestas eran obligadas por una Comisión de Orden a tocar fox trots, valses, danzones o boleros, pero se les prohibía tocar rumbas, sones o mambos. Mientras tanto, los blancos de la ‘buena sociedad’ se desarticulaban bailando la música de los negros, aunque contrataban por lo general orquestas blancas. Además, se impuso la costumbre de terminar las fiestas con una conga callejera, en la que todos arrollaban en fila india, moda que pasó a Estados Unidos”.

            Ese mismo absurdo era comentado por Félix Chapottín en su entrevista de 1986 con la ya citada Erena Hernández. Luego de recordar que el Septeto Habanero llevó el son a sociedades como el Miramar Yacht Club y el Vedado Tennis, precisaba: “…las sociedades negras como la Unión Fraternal y el Club Atenas nos discriminaban… la misma gente de nosotros. Entendían que no era decente tocar el son, pensaban que el blanco los despreciaría, les llamaría negros rumberos… ¡sabe Dios! Fíjese si la discriminación era grande que las criadas de mano no podían pertenecer al Club Atenas”.

HACHEROS

Los hacheros, que era como se les llamaba a los buenos y más persistentes bailadores, tenían  mecas como la valla Habana, en Vía Blanca y 10 de Octubre, el cabaret La Campana, en Infanta y San Martín, La Vallita, de Cerro y Palatino, y también en los salones de las cervecería Tropical y Polar, en Puentes Grandes, verdaderas catedrales de la música popular bailable. Se bailaba en los centros regionales y en los clubes de recreo de las playas. Si hoy localizáramos en un mapa los establecimientos en los que se podía bailar en La Habana de los 50, nos sorprenderíamos al advertir que no existiría  barrio o localidad habanera  que quedara excluido. Sitios fuera de cualquier itinerario imaginable como  Mantilla, La Lira, Guanabacoa, Cojímar, San Francisco de Paula, Cotorro, San Miguel del Padrón, Campo Florido, Luyanó… donde el Sierra Nigth Club ofrecía dos show diarios con dos orquestas.

Cerca del Caballo Blanco, se halla el Ali Bar, escenario preferido de Benny Moré, y en Boyeros, entre otros muchos, el Reloj Club, con discreto motel al lado, el Bambú Club, donde se presentó Tongolele, y el Mambo Club, último refugio de la célebre Marina Cuenya (al fin logré averiguar el apellido de esta señora)  propietaria de los más exclusivos prostíbulos habaneros durante varias décadas. Había además una victrola en cada esquina. Y por no dejar de haber, y para confirmar lo “avanzada” que estaba La Habana de los 50, dice Leonardo Acosta, había hasta un cabaret de travestis, entonces transformistas, El Colonial, en Oficios entre Teniente Rey y Amargura, donde la orquesta acompañaba a La Estrella del Bolero, La Bailarina Española y a La Bailarina Exótica. En bares y nigth club de las zonas de tolerancia (Kumaon, Victoria, Brindis, Bolero, en el barrio de Pajarito) había también música en vivo. Esos centros nocturnos no disponían de casinos de juego, pero en muchos de ellos existían máquinas traga níkeles.

            El cabaret Las Vegas, en la calle Infanta, marcaba una especie de frontera entre Centro Habana y el Vedado. Su propietario era un curioso personaje que, con el propósito de hacerlo desaparecer,   se robó del Museo Bacardí, de Santiago, el jaquet  que Batista había usado cuando el coronel Pedraza quiso darle un golpe de Estado, en 1941.

            El centro de la vida nocturna habanera se fue desplazando. Si en la década de los 20 fue la Acera del Louvre, en los 50 será la Rampa. El Casino Nacional, en el Country Club, cerró sus puertas, y el Montmartre lo haría en octubre de 1956 luego del atentado al teniente coronel Antonio Blanco Rico, jefe del Servicio de Inteligencia Militar. Los grandes cabarets eran entonces Tropicana y el cada vez más consolidado Sans Souci, en la carretera de Arroyo Arenas. También los de los grandes hoteles que se inauguraron a partir de 1955.  Pero pequeños clubes nocturnos, la mayoría con música en vivo, surgían como “hongos” en el Vedado y empezaron a florecer en Miramar, hasta entonces una barriada netamente residencial.

Dice  Cristóbal Díaz Ayala en su libro Del Areito a la Nueva Trova que  los grandes cabarets dirigían sus shows por igual a los turistas y a los cubanos; pero había una segunda línea dirigidos a la clientela cubana casi exclusivamente, en lugares más modestos, pero por lo general con dos orquestas y un show que podía tener, a veces, un coro de bailarinas, e indefectiblemente una pareja de bailes cubanos o internacionales o españoles, un trío y una o más figuras de cartel.

Parejas de baile famosas hubo muchas. Desde fines de los años 20 a comienzos de los 30 se estableció la costumbre de que las orquestas cubanas salieran al exterior con una pareja de baile. Se dice que la primera fue la de Ofelia y Pimienta, que debutaron en Nueva York, en 1931, con la orquesta Habana Casino de Don Justo Aspiazu, en la que figuraba Antonio Machín. Pero antes, esa misma agrupación había llevado una exhibición de bailarines de rumba a Estados Unidos.

Tal vez me equivoque, pero pienso que la pareja más famosa fue la de Ana Gloria y Rolando. Rolando salió de Cuba en 1959 y nunca más bailó y Ana Gloria, por esa misma fecha,  abandonó también el baile, y todavía se les recuerda.

Una foto publicada en una revista muestra a la bailarina descalza y en provocativa ropa de dormir. Es Día de Reyes y contempla una colección de muñecas. Dice el pie de foto: “A esta Ana Gloria tan bella / mil muñecas Baltasar / le trajo sin dejar huellas…/ Cuántos quisieran jugar a las muñecas con ella”. 

 

 

 

           

           

           

Café con leche

Café con leche

Ciro Bianchi Ross

 

Algún día habrá que hacer un estudio acerca del papel del café con leche en la vida cubana. O mejor, en la vida habanera. Lo cierto es que la sabrosa y reconfortante mezcla –más clara o más oscura- aparece en los momentos más cruciales e insospechados de nuestra historia.

            Existía la costumbre en La Habana de no encender el fogón el domingo por la noche. Se comía frío ese día.  Se recurría entonces a la frita, a la media noche, al perro caliente,  a la “galletita preparada” y al inexcusable   café con leche.  Cuando John Niewhof, de la West Indies, inventó esa bebida en Brasil, por lo que se erigió un monumento en Pernambuco, no pudo imaginar cómo y hasta qué punto se enraizaría  el café con leche en  nuestra capital, al extremo de que al reparar en ella los que venían del interior concluían que los habaneros éramos unos muertos de hambre. Cuba es un país de chicharrones y café con leche, dijo cierta vez  el avieso político Orestes Ferrara en irónica alusión a una realidad: el café con leche, las fritas, los tamales, los bollitos de carita, la majúa, los chicharrones de viento y de pellejo fueron platos recurridos en extremo en la gastronomía popular.  Verdaderos monumentos a la nutrición de quien no tenía nada mejor que llevarse a la boca.

            El café con leche emerge una y otra vez en la vida pública cubana.   

En la madrugada del 5 de septiembre de 1933, el profesor Ramón Grau San Martín, antes de salir de su casa en la calle 17 esquina a J, en el Vedado, invitó a café con leche a los estudiantes que fueron a buscarlo para acompañarlo al campamento militar de Columbia, donde sería designado miembro de la Junta Ejecutiva o Pentarquía que sustituyó al presidente Carlos Manuel de Céspedes. Y Batista, también en Columbia, en enero de 1934, interrumpió la reunión que sostenían allí civiles y militares que discutían el reemplazo de Grau por Carlos Mendieta para invitar a los presentes a degustar un café con leche en su casa.

            Eduardo Chibás cada vez que se batía en duelo –y se batió nueve veces- pasaba por la cafetería Kasalta, a la entrada del reparto Miramar, y pedía café con leche doble. El senador Félix Lancís, enterado de que se había llevado a cabo el golpe de Estado contra el presidente Prío, pidió a su esposa que le sirviera un café con leche antes de trasladarse al Palacio Presidencial. Batista, en la madrugada del 1 de enero de 1959, con los barbudos pisándole ya los talones, ingirió una taza de café con leche antes de trasladarse al aeropuerto militar… Fue lo último que hizo en Cuba.

En el transcurso de los años, el mejor sándwich fue  el del café OK, en Zanja y Belascoaín, en tanto que un emparedado como el Elena Ruz, que combina, y de qué manera, el pavo asado con la mermelada de fresa y el queso crema  era exclusivo de El Carmelo, el mejor grill-room capitalino de los 50. El restaurante El Faro, en Pepe Antonio y Máximo Gómez, en Guanabacoa, tenía fama de elaborar las mejores papas rellenas de La Habana. Y los tamales, con picante y sin picante,  que se vendían en el portal de la bodega La Guajira, en 24 esquina a 25, en el Vedado, no tenían paragón. Los mejores ostiones, los de Infanta y San Lázaro. Fritas, las de Sebastián Carro, en Zapata y Paseo.  Para sopa china, el Mercado Único… Revivía a un muerto.

En ningún otro establecimiento habanero se  discutió, en los años 40 y 50,  la primacía del café con leche del café Las Villas, en Galiano casi esquina a Lagunas.

Así lo aseguraba ese gran periodista que fue Enrique de la Osa, y lo precisa también José Pardo Llada en su libro Yo me acuerdo. Diccionario de nostalgias cubanas. Se le añadía por lo general al café con leche un pintica de sal. Si la sal se desparramaba, se hacía el exorcismo de echar sal por encima del hombro para alejar el mal agüero.

 

 

 

           

           

Fritas

Fritas

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

Entre todas las comidas rápidas, la frita tuvo preeminencia en La Habana antes de 1959. Más que los bollitos de carita y las majúas de los puestos de chinos, los perros calientes, entonces llamados hot dog, los chicharrones de viento y de pellejo, los emparedados y los tamales, la humildísima frita fue la reina de la gastronomía popular. Ocupaba un primer sitial que solo le disputaba el café con leche. Una de aquellas bolitas de carne bien condimentada, colocada entre dos tapas de pan untadas con mostaza y catsup y con la provisión correspondiente de malanga o boniato frito y cortado a la juliana, satisfacía el apetito y daba energía para lo que vendría después, más si se acompañaba de un refresco o un guarapo o se reforzaba con  una copita de ostiones. Fue el mejor de los inventos para matar el hambre. Un sostén  de pobres que terminó imponiéndose entre otras capas de la sociedad, así como en su momento  el tasajo y el bacalao, comida de esclavos, invadieron y terminaron por adueñarse de la mesa de los amos.

            Se dice que es la versión nacional de la hamburguesa norteamericana, lo que no parece cierto pues la frita se había  extendido antes que esa modalidad de carne picada venida de fuera arraigara entre nosotros. Fernando Ortiz incluyó el vocablo en su Nuevo Catauro de Cubanismos, y ya en 1926 Jorge Mañach dedicaba a la frita una de sus estampas de San Cristóbal. Estaba en consonancia con el gusto del cubano por lo frito, una de las constantes del paladar criollo. Las vidrieras donde se expendía, hechas de madera (o aluminio)  y cristal y con un fogón de gas o luz brillante, daban imagen peculiar a La Habana y le aportaban uno de sus olores característicos, el olor de las frituras, que rivalizaba con el del  aroma dulzón del coñac en las bodegas y el del perfume barato de la tardes.

INSTITUCIONES INCONMOVIBLES

El puesto de fritas era una de las instituciones inconmovibles del barrio, como lo fueron la bodega, el café y el puesto de chinos y, en otro orden, la quincalla. El bodeguero (también el quincallero) sabía muy bien cómo satisfacer a su clientela sin necesidad de recurrir a estudios de mercado. Los chinos eran famosos por sus helados de frutas y  su gama de alimentos ligeros cuyo origen todavía se desconoce pues no eran chinos ni cubanos ni tampoco parecían proceder de San Francisco de California, por donde pasaba  toda la comida china que se conocía en Cuba. Con lo que ellos expendían la gente no se alimentaba, pero se llenaba. Y todo por unos pocos centavos. De ahí que, tanto a los puestos de fritas como a los de chinos, se les llamara “casas de socorro”. La cosa, sin embargo, se ponía mala cuando no se ganaba ni para la frita, palabra que aquí, como vulgarismo, identificaba a la comida.

            El lunchero era otra cosa; tenía su categoría. Era casi un artista que, con gracia,  movía sus cuchillos en el aire para coger el ritmo y colocar sobre una tapa de  pan el pedazo de pierna de cerdo, las lonjas de queso, el jamón planchado, el pepinillo encurtido… antes de enviar el emparedado en la plancha, de donde salía tostado y crujiente. Los batidos tenían su magia. El cliente apuraba los primeros sorbos pues sabía que en el recipiente de la batidora quedaba siempre un residuo con el que el dependiente del café volvería a rebosarle el vaso.

            Existía en La Habana la costumbre de no encender el fogón los domingos por la noche.  Se comía frío ese día: una media noche o una frita, unas galletas  y el inexcusable café con leche. Cuando John Niewhof, de la West Indies, inventó esa mezcla en Brasil, por lo que se erigió un monumento en Pernambuco, no pudo imaginar cómo y hasta qué punto se enraizaría  en nuestra capital, al extremo que al reparar en ella los que venían del interior concluían que los habaneros eran unos muertos de hambre.

Se dice que el mejor café con leche de La Habana era el del café Las Villas, en Galiano y Laguna. El mejor sándwich, el del café OK, en Zanja y Belascoaín, en tanto que un emparedado como el Elena Ruz, que combina, y de qué manera, el pavo asado con la mermelada de fresa, era exclusivo de El Carmelo, el mejor grill-room capitalino de los 50. Los mejores ostiones, los de Infanta y San Lázaro. Mariscos, los del Puerto de Sagua, en la calle Egido.  Para sopa china, el Mercado Único… Revivía a un muerto.

            ¿Y las fritas? ¿Dónde se comían las fritas más deliciosas de La Habana?

LA FRITA SE ARISTOCRATIZA

Propietarios ilustres  de vidrieras de fritas, hubo varios en La Habana. Fidel Castro tuvo la suya, me dicen, en las inmediaciones del cine Infanta. Frente al restaurante Kasalta, a la entrada de Miramar,  la tuvo el periodista Carlos Lechuga. El entonces joven dirigente ortodoxo Max Lesnik llegó a tener seis, una de ellas en la estratégica esquina de 23 y 12, en el Vedado. Pero su aventura capitalista terminó abruptamente. Un día lo detuvo la policía batistiana, pasó la noche en el vivac del Castillo del Príncipe y al quedar en libertad sus  puestos ya no existían. La policía había dado cuenta de ellos.

            No hay dudas de  que el gran fritero  fue Sebastián Carro Seijido. Aristocratizó la frita. Empleó solo los mejores productos.  Enseñó a sus empleados a trabajar con limpieza y, sobre todo, les exigió que, en su trato con los clientes,  dieran muestras de una cortesía exquisita, y se empeñó en ganarse a la clientela femenina porque era esta la que arrastraba a los niños y a toda la familia. Tanto prosperó Sebastián Carro que a fines de los años 50 se daba el lujo de anunciarse en el exclusivo Libro de Oro de la Sociedad Habanera.

            ¿Quién fue Sebastián? Hoy, muchos años después de su fallecimiento, nos resultó fácil seguirle los pasos gracias a la colaboración de Juan Pablo Fernández Bravo, hombre de memoria prodigiosa pese a sus 82 años y a quien todos, en el reparto Santa Amalia, conocen por Panchito. Trabajó hasta su jubilación como capitán de los restaurantes del Hotel Riviera, pero antes, y luego de ejercer como dependiente en el café Hijas de Galicia, cercano a clínica de ese nombre, y en el restaurante El Escorial, casa de comidas españolas de Marina y San Lázaro, fue socio industrial de Sebastián, es decir, alguien que se incorpora a un negocio y comparte sus ganancias, pero que no aporta capital; solo su trabajo.

TRAS LAS HUELLAS

La inmigración gallega fue grande en Cuba durante las primeras décadas del siglo XX. Las mujeres, que a menudo no sabían leer ni escribir, se colocaban como sirvientas, en tanto que los hombres trabajaban en lo que se les presentaba.  Sebastián Carro fue uno de aquellos tantos gallegos  que buscó y encontró una vida mejor en la Isla. Fue carbonero, pero cuando el gas comenzó a imponerse como combustible doméstico en la barriada se percató de  que debía incursionar en  otro giro. Puso entonces un puesto de fritas en los bajos de su casa, en Zapata y A, pero de allí lo sacó el decreto del presidente Grau que prohibía la venta en los portales. El propietario del Paseo Club, restaurante-bar de Paseo y Zapata, le dio la mano al cederle, con vista a la calle Zapata, un pequeño espacio en su establecimiento. Ya sus fritas tenían fama y la afluencia de clientes fue haciéndose cada vez mayor. Sebastián, pese a que  contaba con la ayuda de su esposa y de dos empleados, apenas daba a basto. Abrió entonces la cafetería El Bulevar, en 23 entre Dos y Cuatro, y llevó a Panchito de socio. Progresó más el negocio e inauguró otra cafetería en la calle Paseo, frente al antiguo Palacio de los Deportes, que entonces se llamó Sebastián y es la actual La Cocinita. Cuando triunfó la Revolución, sus planes eran los de expandirse hacia la zona de  Ayestarán.

            El Estado, en negociaciones con el propietario con posterioridad a 1959,  adquirió El Bulevar, y Panchito se mantuvo como encargado hasta 1965, cuando pasó al Hotel Riviera. Néstor, uno de los hijos de Sebastián,  quedó al frente del negocio de Zapata y Paseo, pero lo convirtió en una fonda. Otro de sus hijos, Iván, terminó entregando voluntariamente La Cocinita a Gastronomía. Sebastián Carro Seijido falleció en La Habana, presumiblemente en los años 70. 

 

SECRETOS

Hay varios modos de elaborar la frita. Nitza Villapol recomendaba el empleo del huevo batido en su composición. En las de Max Lesnik, al igual que en las de Sebastián, se excluía el huevo. Max empleaba migas de pan mojadas en leche para dar consistencia a la masa, que en su fórmula era de una proporción de tres partes de carne de res y una, de cerdo. Sebastián aglutinaba con harina su conjunto, que se elaboraba con carne de res de primera y masa de cerdo limpia en iguales cantidades. En todos los casos resultaba importante el empleo del pimentón español, que daba a la frita sabor característico. En las fritas,   Sebastián utilizaba pan de acemita, y para los panes con bistec que también ofertaba empleaba el pan de flauta hecho con   manteca de cerdo que expendía la panadería La Francesa, en Águila entre Reina y Dragones. Eran bistecs de cañada que pasaban por una maquinita que los porcionaba sin partirlos para facilidad del cliente.

            Porque Sebastián no solo ofertó la cubanísima frita en sus establecimientos. También el bistec y  la costilla de cerdo. La empanada de bonito. El pan con tortilla, que se preparaba solo con huevos criollos. El perro caliente. Y los batidos, elaborados invariablemente con la leche de la vaquería Las Níveas, propiedad de Carlos Lechuga.  En el hot dog y en la frita estaba el  fuerte de Sebastián. De ahí que el lema de su negocio fuera “Fritas deliciosas. Exquisitos hot dog”.

            Algo importante precisa Panchito. En aquellos establecimientos nunca se utilizó el pan de un día para otro; era siempre fresco. Hace nuestro interlocutor otra precisión significativa. Sebastián sustituía la papa por boniato. Se cortaba a la juliana, se pasaba por una máquina que le daba consistencia de fideos y se freían. Se colocaban después, junto con la frita, entre las dos tapas de pan. En las fritas de Max Lesnik no se utilizaba la papa y tampoco el boniato, sino la malanga.

FRITAS DE MARIANAO

Muy célebres fueron  las llamadas fritas de Marianao, hilera de timbiriches que se alineaban delante de los cabarets de tercera y cuarta categoría abiertos en la Quinta Avenida, frente al parque de diversiones. Aunque terminaron dándole nombre al lugar, las fritas son lo menos memorable del asunto; sí aquellos centros nocturnos modestísimos que tanto contribuyeron al desarrollo y la difusión de la música cubana, en particular el son y la rumba.  Lugares que,  por su atmósfera de delirio, deslumbraron en su momento a García Lorca, Agustín Lara, Errol Flynn, Cab Calloway, Gary Cooper, María Félix. Marlon Brando…

            Hoy la frita ha desaparecido del panorama capitalino. Se la tragó la hamburguesa. Pugna, sin embargo, por reaparecer. De hecho, resurgió ya en la cafetería del Puerto de Sagua, en la calle Egido. Ojalá cobre vida de nuevo. Por sabrosa. Por nutritiva. Por cubana. 

           

 

             

           

                 

 

             

Viejo periodismo

Viejo periodismo

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

 

La Asociación de Reporters surgió en La Habana, en 1902, con 17 miembros. No es que entonces, como se ha dicho, el periodismo no existiera. Había columnistas, cronistas y gacetilleros,  pero el reportaje –entiéndase la información que llegaba a los periódicos  procedente de lo que ahora llamamos sectores-  era escasa y apenas merecía la atención de los directores de los diarios. Lo que les llegaba por esa vía, lo condensaban y relegaban  la apretada síntesis  a las páginas interiores de las publicaciones.

            El reportaje de los departamentos oficiales se inicia entre 1880 y 1890 en el Palacio de los Capitanes Generales. Solo había tres sectores que atender en esa época: el policiaco, el mercantil y el oficial, es decir, la información que se generaba en las instancias del gobierno.

            Dos jurisdicciones tenía el Capitán General en función de su mando: la civil y la militar, que delegaba por lo común en el Segundo Cabo. La jurisdicción civil se subdividía en secciones: Gracia y Justicia; Gobernación; Intendencia General de Hacienda, Fomento e Índice. En esta última era donde se resumían órdenes y decretos llegados desde la península, en tanto que la de Fomento, que incluía agricultura, obras públicas y comercio, era la que más información generaba.

            Como todas esas secciones radicaban en un mismo edificio, el del Capitán General, bastaba un solo reportero para “cubrirlas” para su periódico. Algo se complicó la situación para los reporteros  cuando el gobierno interventor norteamericano aumentó el número de esos departamentos y algunos de ellos salieron del viejo Palacio para empezar a gozar de edificio independiente, política que se continuó bajo el gobierno de Estrada Palma, cuando la secretaría de Obras Públicas se instaló en el viejo Arsenal, donde radica desde 1912 la Estación Central de Ferrocarriles. 

            Al instaurarse la República, en 1902, los ministerios, llamados entonces secretarias, fueron: Estado y Justicia, Gobernación, Hacienda, Obras Públicas, Instrucción Pública y Agricultura e Industrias. El presidente José Miguel Gómez adicionó, en 1909, las de Sanidad y Comunicaciones. Menocal, la de Guerra y Marina.  Grau, en 1933, creó la secretaría del Trabajo y Mendieta, al año siguiente, la de Comercio.

            El primer salón del que los periodistas dispusieron para trabajar en una dependencia oficial se habilitó en el viejo Palacio Presidencial (Palacio de los Capitanes Generales) a comienzos del mandato de Estrada Palma, cuando se les acondicionó una mesa con plumas y  tinteros en lo que después fue la portería del edificio. Era una mesa para seis asientos. Y no hacían falta más porque en aquella época solo La Discusión, El Diario de la Marina, El Nuevo País, El Comercio y El Mundo tenían  periodistas acreditados ante la máxima instancia del poder.  Eran tan pocos que se estableció entre ellos una camaradería extraordinaria que, en lo personal, los llevaba a desprenderse del último peso y la última camisa para ayudar a un compañero y que, en lo profesional, dada la complejidad y variedad de sectores, propiciaba un intercambio de pequeñas noticias que facilitaba la labor de rutina. Pero otra cosa era cuando uno  de ellos andaba detrás del “palo periodístico” o quería agenciarse una exclusiva. Entonces no había camaradería que valiera. Así fueron famosas, entre 1911 y 1913, las guerras entre los reporteros de La Prensa y La Noche que atendían el Palacio Presidencial.

MEJOR NO MENEARLO

Uno de aquellos “palos” se los anotaría, por pura casualidad, el reportero Enrique H. Moreno, uno de los periodistas cubanos de más extensa trayectoria profesional en todos los tiempos: estuvo entre los fundadores de la Asociación de Reporters en 1902 y todavía en los años 50 se mantenía activo.

            Contaba Moreno que en una de esas noches en las que nada sucede y nada parece que sucederá, disfrutaba,  repatingado en una  luneta, la puesta  de una obra en el teatro Albizu, cuando advirtió que el secretario de Gobernación, que ocupaba un placo cercano a su asiento, avisado por un ayudante, se ponía de pie y abandonaba la sala con nerviosismo evidente.

            Sin pensarlo dos veces Moreno salió del teatro tras el ministro, pero no pudo alcanzarlo en la calle, donde el funcionario había abordado su coche de inmediato. Intentó el reportero tomar un vehículo para seguirlo; no consiguió ninguno y, a buen paso, se dirigió al ministerio.

            Allí,  la antesala del despacho del ministro estaba vacía. Resignado a esperar por alguien que le dijera si algo sucedía o no, Moreno se entretuvo en seguir el ritmo de un aparato telegráfico que no paraba de sonar. En eso lo sorprendió el subsecretario.

            -¿Qué hace aquí, Moreno? –inquirió.

            -Nada.  Me entretenía oyendo el telégrafo –respondió el periodista que, con la mayor intención, marcó cada una de las sílabas de sus palabras.

            El subsecretario cambió de color y le echó el brazo por los hombros.

            -Tenemos que hablar –dijo y lo invitó a su despacho.

            Ya en su oficina y en la suposición de que Moreno se había enterado por el telégrafo de lo que estaba pasando, procedió a comentar la noticia. Los liberales se habían alzado en armas contra el presidente Estrada Palma y quería recomendarle cómo dar la información a fin de evitar la alarma en el país.

            Lo que nunca llegaría a saber aquel subsecretario era que de telegrafía Moreno  no sabía ni jota. 

            Otro “palo” no menos sonado se lo anotó el reportero José Benítez, del periódico El Día. Corría el año de 1908 cuando descubrió que  la secretaria de  Emigio González, jefe de la Policía Secreta, tenía por costumbre no utilizar por más de una vez el papel carbón que empleaba en las copias de los informes más reservados. Hecho ese descubrimiento, advirtió otro detalle importante: la mujer no se deshacía de esos papeles, sino que los acumulaba en la tablilla de apoyo de su mesa de trabajo.

            A partir de ese momento, Benítez comenzó a ser visita cada vez más frecuente en el local de la secretaria y se las arreglaba para, en el menor descuido, tomar de la tablilla un manojo de aquellos papeles que, luego, a trasluz, leía en la bodega de la esquina.

            Fue así que se enteró del contenido de un informe del jefe de la Secreta al ministro de Gobernación en el que daba cuenta de que el millonario periodista  Antonio San Miguel, el norteamericano Frank Steinhart, propietario de la empresa de los tranvías habaneros,  y Juan Gualberto Gómez estaban detrás de la insurrección de los Independientes de Color, capitaneada por Estenoz e Ivonet, y habían financiado el alzamiento.

            Resultó  de altura el escándalo que levantó la exclusiva de Benítez cuando se dio a conocer en el periódico de Armando André. No pasó, sin embargo,  del revuelo que ocasionó tanto en el sector político como en el estrictamente periodístico. Los tres acusados eran personajes importantes y, por otro lado, ya el alzamiento había sido ahogado en sangre. Y mejor no menearlo.

            Armando André, de filiación política conservadora, fue la primera víctima del gobierno dictatorial de Machado. Ordenó asesinarlo en agosto de 1925, a solo tres meses de haber tomado posesión de la presidencia y cuando todavía no había empezado a enseñar las garras y gozaba  de amplio respaldo popular, que se evidenció en los 200 840 sufragios con que llegó al poder y que lo llevaron a obtener la mayoría en cinco de las seis provincias cubanas de entonces. Perdió solo Pinar del Río, históricamente conservadora,  por 200 votos.

            Existen varias versiones de la causa que movió la orden del asesinato de Armando André. Se dice que, en una nota aparecida en El Día,   el periodista aludió a la supuesta relación amorosa entre  una de las hijas de Machado y una amiga con la que se disponía a viajar al exterior.  

Esa es la versión más difundida, lo que no equivale a decir que sea la verdadera. El caso es que una madrugada André llegó a su casa y no pudo meter la llave en la cerradura, que le habían taponeado con jabón. Mientras buscada la forma de entrar, matones a sueldo del gobierno lo acribillaron a balazos desde la calle.

EL PAPELITO

La forma en que se conseguían esas exclusivas, vista desde hoy y juzgadas desde el punto de vista de otras profesiones, quizás no se considere totalmente ética, pero tenían validez en su época. Llegaron así los días de la I Guerra Mundial y los directores de periódicos empezaron a ver con nuevos ojos la información  que emanaba de las secretarías y los  departamentos oficiales y a destacar su importancia mediante reportes especiales que con frecuencia alcanzaban el rango de la primera página.

            Desplazaba así, definitivamente, al reportaje mercantil, que era la información que verdaderamente interesaba durante los primeros años del siglo XX. Se generaba, en lo fundamental, en el puerto de La Habana y existía un periódico, El Avisador Mercantil, que la divulgaba en exclusiva hasta que  El Mundo decidió incluirla en sus ediciones diarias. Digamos de paso que es  mucho lo que el periodismo cubano debe a ese diario. Abrió puertas tanto en la gráfica (ilustraciones y fotografías) como a lo que los géneros periodísticos se refiere. En sus páginas apareció, el 20 de mayo de 1902,  la primera entrevista moderna de la prensa cubana:   la que Manuel Márquez Sterling hizo a Tomás Estrada Palma.

            La información ministerial decayó y perdió fuerza en los periódicos en los años 30. Eran los días de los gobiernos títeres que el coronel Batista manejaba desde el campamento militar de Columbia, y surgió en las secretarias y otros departamentos del Estado  el llamado Buró de Prensa.

            Poco tenía que hacer entonces el reportero. La información le llegaba molida, colada y digerida en hojas de papel mimeografiadas y se centraba sobre todo en noticias o referencias halagadoras para el titular del departamento.

            A ese procedimiento, los periodistas le llamaron “el papelito”, y tuvo sus antecedentes en el Ministerio de Agricultura con las listas de marcas y patentes que se entregaban  a los reporteros y siguió luego en Obras Públicas con la relación estudios, proyectos y subastas que ese departamento tenía entre manos. La fórmula pasó a otros sectores y se generalizó hasta que en 1941 el Primer Congreso Nacional de Periodistas exigió la abolición de los buroes de prensa, sustituidos a partir de entonces por oficinas de información y publicidad que no tenían afanes tan totalizadores.

             

           

           

           

           

                

           

           

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Sala de armas

Sala de armas

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

Un triunfo resonante se anotó la esgrima cubana en 1922, cuando,  en una competencia internacional que tuvo lugar en el Atletic Club de Nueva York,  el equipo del patio,  que contendió en las tres armas –florete, espada y sable- derrotó en toda la línea a los esgrimistas norteamericanos.

            Formaban parte de la delegación cubana Ramón Fonts, Silvio de Cárdenas, David Aizcorbe y Eduardo Héctor Alonso, entre otros y como capitán iba Manuel Dionisio Díaz, deportista de  técnica impresionante. Buena parte del éxito correspondió al maestro José María Rivas, que trabajó con tesón en el entrenamiento de nuestros compatriotas. La preparación del equipo se llevó a cabo en la sala de armas  de la Asociación de Dependientes del Comercio de La Habana, ubicada en su edificio social de Prado y Trocadero, donde radica desde hace unos años la Escuela Nacional de Danza. Fue en ese mismo lugar, en el propio año de 1922,  donde, al calor del maestro Pío Alonso, se fundó la Federación de Esgrima de Cuba.

            No finalizaron en el Atletic Club los triunfos cubanos. Se repitieron en Washington y en Boston y, en esa misma ciudad, volvieron a imponerse en los encuentros que sostuvieron en la Universidad de Harvard. Tal cadena de victorias tuvo un resultado inmediato: hizo que se desbordara el entusiasmo en las salas de armas que existían en la Isla.

EL PRIMER GIMNASIO

La esgrima como deporte organizado parece haber surgido en Cuba en 1867-1868. Fue entonces cuando se inauguró, San Rafael e Industria, la sala de armas del Casino Español. Por aquellos días se instalaban salas similares en el Círculo Militar, en Prado y Trocadero, donde después estuvo el Centro de Dependientes, y en el Unión Club, sito todavía en Zulueta y Neptuno, en los altos del Café Alemán, y no en el bello edificio de las cariátides de Malecón, 17.

            El primer director de la sala de armas del Casino Español fue el italiano Juan Galletti, que permaneció al frente de la instalación hasta 1874. El francés Pedro Cherembau, que lo sustituyó, la dirigió por poco tiempo; falleció cuatro años más tarde. Ocupó su lugar, hasta 1907, su hijo Julio. Mientras eso sucedía, el Casino Español, con su sala de armas a cuestas,  cambiaba de domicilio una y otra vez. Pasó, de San Rafael e Industria, a San Rafael entre Zulueta y Monserrate, donde estuvo después el teatro Albizu y luego el Centro Asturiano, espacio que ocupan hoy las salas europeas del Museo Nacional. De ahí se trasladó  para el antiguo palacio de Villalba, en Egido entre Monte y Dragones; sede del efímero Senado de la colonia en los días del régimen autonómico de 1898. Otro nuevo desplazamiento hacia Prado y Neptuno y otro más, en 1901, hacia Prado y Trocadero, hasta que seis años después inauguró su bello edificio de Prado y Ánimas; actual Palacio de los Matrimonios.

            Se conserva una foto de la apertura de la sala de armas en el último de los edificios mencionados. En ella aparece, ya muy anciano, el maestro Julio Cherembau. Lo rodea un grupo numeroso de discípulos. Entre ellos, un hombre  que luce una abundante cabellera negra peinada con una raya al medio. Es el doctor Ramón Grau San Martín. Un joven médico, entonces sin aspiraciones políticas, que ocuparía sin embargo la presidencia de la República en dos ocasiones.

            Otra sala de armas de aquellos días fue la del Club Gimnástico, en Prado, 86, por la numeración antigua. Su apertura el 30 de mayo de 1891, fue un sonado acontecimiento esgrimístico y  una fiesta lucidísima. Sala y gimnasio fueron punto de reunión de hombres muy notables y valiosos. Un grupo muy heterogéneo en el que sobresalían Enrique Hernández Miyares, el poeta del célebre soneto “La más fermosa” y el periodista Héctor de Saavedra; el millonario Juan Pedro Baró y el patriota Manuel Sanguily… Con todo, las figuras más notables,  en lo referido estrictamente a la esgrima, que en aquella sala tomaron lecciones con el maestro Aurelio P. Granados, fueron Filiberto Fonts, hombre de fuerza hercúlea y deportista consumado, padre de Ramón, y Francisco Varona Murias, que legaría un libro en el que relata los más de cien lances de honor  en los que tomó parte. Su récord nadie lo superó. Fue el hombre que más veces se batió a duelo en Cuba. Se tomaba como propias las ofensas aunque no le tocaran. Bastaba que un amigo suyo fuera agraviado y allí estaba Varona Murias para sacar la cara en su nombre.

El gimnasio de Prado, 86 no es el más antiguo de Cuba. Ese lugar corresponde al que estuvo emplazado en la esquina de Consulado y Virtudes, espacio que ocuparían sucesivamente  el teatro Alhambra y el cine Alkázar.

APARECE RAMÓN FONTS

El triunfo de Ramón Fonts en París trae un aire favorable para la esgrima cubana. Apenas tiene 16 años de edad, pero logra imponerse ante esgrimistas de reconocida fortaleza. Sorprende por su forma de manejar la espada y las victorias se las anota una tras otra ante el asombro de todos.

            Es de elevada estatura, sus piernas son largas y ágiles y con su mano izquierda produce golpes de arresto sin reparar en los ataques del contrario. Su velocidad impone pavor al adversario.

            Fonts revoluciona los cánones espadísticos imperantes, dice David Aizcorbe.  Hasta entonces, se afirma, la espada se practicaba casi como  el florete y los tiradores clásicos, en su mayoría, iban a la parada. El cubano se apropió de la lección de los grandes maestros en cuanto a que la esgrima es el arte de tocar sin ser tocado y sorprendía en sus ataques a los rivales al meter su punta por donde quiera que encontrara un espacio, por estrecho que fuera. Esa técnica le dio renombre mundial.

El deporte lo había atraído  siempre. Su padre no solo  sobresalía en la esgrima sino también  en el tiro de pistola, y el hijo quería ser como él. Sus condiciones físicas lo ayudaban.   Vivían en Francia  entonces y eso decidió que el muchacho empezara a entrenarse con el francés Juan Ayat y el italiano Antonio Conte, ídolos de la esgrima en París en aquellos días. Pocos años después sería el cubano quien conquistara a Francia con sus éxitos sobre los más reputados ases de la espada mundial.

Recorrió Fonts, luego del triunfo de París, las principales salas de armas europeas y en Madrid, esgrimistas de la talla de Carbonell y Sanz se maravillaron con el juego dificilísimo que el genial cubano  había implantado  con la espada.

Todas esas noticias llegaban a Cuba y estimulaban la práctica de la esgrima entre nosotros. Pero nadie había visto aquí batirse a Ramón Fonts. Había verdadera expectativa por verlo, y Fonts  vino, cargado de laureles, en compañía de su padre, el hombre que había hecho al campeón obligándolo al ejercicio metódico y bien dirigido de las armas.

CRUCE DE MAESTROS

Sucedió entonces algo interesante. Tal era la fama internacional de Fonts que muchos maestros de la esgrima pensaron que en cada cubano había un as de la espada en potencia. Eso resultó positivo por ingenuo que pueda parecer. Porque destacados esgrimistas de otros países se instalaron en La Habana, que se convirtió en un verdadero cruce de maestros y campeones. Cobraban sumas exorbitantes por sus lecciones. Hasta el conde Athos de San Malato, autor de uno de los códigos que regían los duelos, estuvo por aquí.

            Se multiplicaron entonces las salas de armas. Eduardo Alesson, llegado de España, abrió la suya en los entresuelos del teatro Payret. Y Jules Loustalot, otra en Monserrate entre Empedrado y Tejadillo. Pío Alonso se consolidó en el Centro de Dependientes.  El cubano Desiderio Ferreira, que en los años 40 moriría baleado ante la puerta de su casa en el apacible reparto San Miguel –un pase cuenta por su pasado machadista- instaló su sala en el local que fue del Unión Club, en Zulueta y Neptuno, un espacio al que dio un tono rojo, que lo hacía atractivo y original.

            Hubo asimismo salas de armas en el Miramar Yacht Club y en el Colegio de Arquitectos. En la sede  de la Cruz Roja, en el Instituto y en la Universidad  de La Habana.  Las hubo también en el Ejército y en  la Marina de Guerra. Los políticos que en un momento se entrenaron y practicaron preferiblemente con  Loustalot, contaron con  la sala de armas del Capitolio, una de las más bellas de la ciudad, a cargo del ya aludido José María Rivas.  Los periodistas dispusieron de la suya en la sede de la Asociación de Reporters.

No todos los que acudían a las prácticas de esgrima lo hacían por amor al deporte o por el honor de poder representar algún día los colores del país. Todavía en los años 40 del siglo pasado bastaba con que alguien se sintiera ofendido para que planteara la llamada cuestión de honor. Designaba entonces a sus representantes, que visitaban al ofensor, y este a su vez designaba los suyos. Los padrinos de una y otra parte se reunían para pactar las condiciones del lance: lugar y fecha del encuentro, el arma con que se dirimiría el asunto y la forma en que transcurriría el enfrentamiento.

        El arma escogida podía ser la espada o la espada francesa, el sable con punta o sin ella, o con filo, contrafilo y punta… Una vez decidida el arma establecían los padrinos a cuántas reprisses sería el combate, lo que duraría cada una de ellas y el tiempo de descanso entre una y otra. Si seleccionaban la pistola -el revólver estaba terminantemente prohibido- se fijaba cuántos disparos harían los contendientes y a cuántos pasos y si dispararían a discreción o a una voz de mando. La cosa se ponía fea cuando se acordaba que el duelo fuera con todas las consecuencias o a todo juego, como se decía, pero aun así los duelistas debían obedecer las órdenes del juez de campo y  acatar sin chistar su determinación de dar por finalizado el lance.

PERIODISTAS Y POLÍTICOS

Periodistas y políticos eran de los más retados a duelo y figuraban entre los que más se batían. Entre los primeros, por nuestra cuenta, Wifredo Fernández se batió cinco veces, Santiago Claret, ocho, Muzaurrieta, nueve y Antonio Iraizoz, 16. No existe constancia de que Grau San Martín se haya batido nunca, aunque sí llegó a retar a duelo al director de Bohemia por una información que apareció en la sección “En Cuba”. Famoso fue el duelo de Ricardo Núñez Portuondo, político liberal y médico de cabecera  del tirano Machado,  en que propinó a su rival, ante la curiosidad morbosa de 200 espectadores, una herida de 15 centímetros   que lo tajó desde la frente hasta el pecho.  El maestro Rivas se especializó en los lances de honor y fueron muchos en los que intervino como juez de campo. Puede  decirse que no hubo político sobresaliente que no utilizara sus servicios. Entre ellos Eduardo Chibás, que se batió nueve veces con figuras tales como Tony Varona, Alberto Inocente Álvarez y Francisco y Carlos Prío Socarrás. En ocasión del duelo de Chibás con el senador José Manuel Casanova, el Zar del Azúcar, advirtió Rivas al primero que no bastaba el coraje, sino que se requería de un poco de técnica. Es preciso, arguyó, seguir con la vista la punta del arma del rival.

         -Mire, Rivas, esa será la preocupación del contrario porque yo no veo ni la punta de la mía –respondió Chibás que padecía de una miopía bárbara y salió herido de casi todos sus duelos.

 

 

Alcaldes y concejales

Alcaldes y concejales

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

 

En Cuba, antes de 1959, la segunda posición de la República no era la vicepresidencia, sino la alcaldía de La Habana. Mientras que el vice tenía sus oficinas en el Capitolio donde esperaba la ausencia, la enfermedad o la muerte del presidente para sentarse en Palacio y sustituirlo, el mayor capitalino, por la vía de los impuestos, contribuciones y tributos le entraba al jamón sin pedir permiso,  gozaba de extraordinaria autonomía  y ejercía una influencia enorme. La vida propia del municipio, como entidad local, perduraba a despecho de cuanto pudiera acontecer en el campo de la soberanía del Estado. Precepto este que si bien era válido para todos los municipios del país, no se respetó siempre. El presidente Estrada Palma, en 1906, se empeñó en destituir a aquellos alcaldes que no apoyaban su reelección, y,  en 1952, Batista sacó del juego a todos los que se negaron a jurar los Estatutos con los que quiso legalizar el golpe militar del 10 de marzo. Gerardo Machado fue más lejos: de un plumazo suprimió, en 1931,  el municipio habanero y la elección, por sufragio, del alcalde. Habría a partir de ahí y hasta la caída de la dictadura en 1933, un llamado Distrito Central cuyo jefe sería designado por el propio presidente.

            Claro que también  sabía el municipio ponerse los pantalones. En los días de la ocupación de La Habana por los ingleses (1762-63) dio el ayuntamiento habanero pruebas extraordinarias de vitalidad y asumió la representación genuina del pueblo, de cuyo respaldo gozaba, en defensa de sus fueros y libertades, y exigió del ocupante el respeto a las personas y sus bienes. El gobernador inglés, Conde de Albemarle, no tuvo otra alternativa que la de aceptar la situación. Y es  que cuando el cabildo habanero se plantaba, lo hacía de verdad y era capaz de negarse a cumplir órdenes y provisiones del mismísimo rey de España, como cuando en 1551 impugnó las estipulaciones del monarca sobre el  valor de los reales, y se negó  a aceptarlas hasta tanto la Corona conociera las razones y motivos que tenía para no obedecerlas.

            En  tiempos inmemoriales, los vecinos de La Habana se reunían en la plaza pública cada 1 de enero para elegir a su alcalde y los regidores –concejales-,  sistema que sufriría muchísimas variaciones durante la Colonia.  En realidad, cada año se elegían dos alcaldes, que ejercían el cargo de manera paralela y con idénticos poderes. No puede precisarse quién fue el primer alcalde habanero pues  las actas del cabildo anteriores a 1550 que pudieron dar cuenta del día a día de la villa desde su fundación, se destruyeron.  Es por eso que Juan Rojas y Pero (Pedro) Blasco, elegidos en el año arriba mencionado, son los nombres de los  alcaldes más antiguos que llegan a nosotros. El último alcalde electo o designado bajo la soberanía española fue el Marqués de Esteban, que tomó posesión el 19 de junio de 1898 y se mantuvo en el puesto hasta el primer día del año siguiente, cuando el interventor militar norteamericano nombró a Perfecto Lacoste.

ALÍ BABÁ CON ESPEJUELOS

El primer alcalde que se dio La Habana por sufragio universal (16 de junio de 1900)  lo fue el espirituano Alejandro Rodríguez, mayor general del Ejército Libertador. Pero Rodríguez, a quien se erigió un monumento espléndido en Paseo y Línea, en el Vedado, no calentó la alcaldía. Volvió a las fuerzas armadas y fue el primer jefe de la Guardia Rural, cuerpo que antecedió al Ejército,  creado en 1909.

            Desde entonces, y hasta la Revolución, hubo de todo en la alcaldía habanera. Desde un hombre como don Carlos de la Torre, el sabio de los caracoles, hasta un ladrón notorio como Antonio  Fernández Macho, que si bien no llegó a robarse los clavos del ayuntamiento, se apropió de todo lo que pudo, incluida la madera con la que se fabricaban las cajas de muerto de los pobres de solemnidad y que empleó en la confección de sus pasquines electorales.  Hubo, desde luego, hombres honestos, como el también espirituano Miguel Mariano Gómez, que construyó  el Hospital Infantil de la calle G y la llamada Maternidad de Línea, institución que todavía lleva el nombre de su madre, América Arias, y que al cesar en el cargo dejó más de cuatro millones de pesos en las arcas  municipales. Manuel Fernández Supervielle merece igualmente ser recordado por su decencia.  Hombre de honor,  se pegó un tiro cuando se convenció de que le sería imposible cumplir su promesa de construir el nuevo acueducto que debía solucionar el problema del agua en La Habana.

            El pinareño Justo Luis del Pozo fue el último mayor capitalino. Militó en el partido Unión Nacionalista y fundó luego el Partido Social Demócrata, que pasó sin pena y sin gloria. En 1936, a la sombra del entonces coronel Batista,  escaló a la presidencia del Senado, y desde ese momento se convirtió en su cúmbila incondicional. Batista lo llevó a la alcaldía en 1952 y en ella, aunque se empeñó en lucir de manera invariable una corbata azul, el color de la probidad, se reveló como una especie de Alí Babá con espejuelos, mientras sus hijos Rolando y Luisito hacían y deshacían en las direcciones de Salubridad y Educación del municipio.

            Un chisme. Viene de buena fuente. Justo Luis estuvo en la Ciudad Militar de Columbia en la noche del 31 de diciembre de 1958. Fue a felicitar al dictador y beber con él una copa y, de paso, tomarle el pulso a la situación  nacional. Pese a ser un hombre que no tenía un pelo  de bobo, cuando abandonó la casa presidencial del campamento nada le hacía presagiar que el fin estaba cerca.

            Se fue a su casa. No compartía ya con su esposa Emelina Jiménez la residencia familiar de la calle 47 esquina a Ulloa, en las Alturas del Vedado. Se hallaba separado, aunque no divorciado, y, con una amante, había sentado nueva  tienda en el piso 9 del edificio de Línea y O. Una llamada telefónica interrumpió su sueño. Alguien le aseguró que Batista había huido del país. Ya con la certeza del desplome de la dictadura, Justo Luis hizo su maleta y tomó el ascensor. Fue un periplo corto. Detuvo  el aparato en la segunda planta y se asiló en la embajada paraguaya.

BIBLIOTECA FANTASMA

A Antonio Beruff Mendieta, que desempeñó la alcaldía entre 1936 y 1942, se asocia una de las anécdotas más recurridas de la Cuba republicana.

            Se halla el parque de Trillo en Centro Habana, concretamente en el barrio de Cayo Hueso,  y debe su nombre al del vecino que cedió a la comunidad el terreno para que se emplazara. Fue allí donde decidió Beruff Mendieta construir una biblioteca municipal para disfrute y superación de los habaneros.

            Un acta del ayuntamiento da cuenta de la determinación del alcalde y del presupuesto que se destinaría para la obra. Pero -¡horror!- una vez construido el edificio, los vecinos no estuvieron de acuerdo con la biblioteca y reclamaron su parque. Se imponía demoler la edificación y construir el parque otra vez. Y el ayuntamiento votó sendos presupuestos para acometer esas acciones. Lo interesante del asunto es que la biblioteca no se edificó nunca y, por lo tanto, no hubo necesidad de demolerla. El parque,  en todo ese tiempo, había sido el mismo de siempre. Un fraude colosal que el pueblo bautizó como el de la biblioteca fantasma del parque de Trillo.

            Beruff Mendieta, sin embargo, acogió calurosamente las iniciativas de Emilio Roig que se desempeñaba, desde el 1 de junio de 1935, como Historiador de La Habana. Hasta entonces Roig se veía obligado a trabajar en un exiguo espacio del archivo general del ayuntamiento, radicado en el Palacio de los Capitanes Generales. Beruff Mendieta hizo que le adaptara un local en la planta baja del edificio y fue ahí donde en propiedad surgió la Oficina del Historiador, con sus secciones iniciales de Publicaciones, Archivo Histórico Municipal y Biblioteca Histórica Cubana y Americana.  Roig pudo disponer de todos los tomos de las actas capitulares que, por disposición del alcalde, quedaron entonces a su cargo.

            Trabajaba el docto historiador en el ayuntamiento desde 1927, cuando Miguel Mariano le confió el examen y estudio de las actas capitulares. Por sus campañas periodísticas contra la dictadura machadista lo cesantearon en 1931. Ya para entonces  Roig había conseguido que se mecanografiaran los siete primeros tomos  que contenían aquellos documentos y había publicado en libro los  correspondientes  a la dominación inglesa en La Habana. Lo repusieron en 1933, a la caída de Machado.

EL MERCADO ÚNICO

Aunque hemos hablado únicamente de los alcaldes, hubo concejales que no se quedaban atrás.

            Como concejal comenzó Alfredo Hornedo y Suárez una aprovechada carrera política que lo llevó primero a la Cámara de Representantes y luego, en varias oportunidades,  al Senado de la República y en 1940  a la Convención Constituyente. Lo eligieron concejal en 1914 y  se integró al llamado Cenáculo,  un  grupo de políticos liberales que llegó a dominar el municipio. Apoyaba el Cenáculo al general Machado y también al alcalde de turno, Varona Suárez.  Ya en 1916 era Hornedo el presidente del ayuntamiento. Posición que le permitió obtener en 1918,  a través de un testaferro, la concesión del Mercado General de Abasto y Consumo, que se inauguraría en 1920 en la manzana enmarcada por las calles Monte, Cristina, Arroyo y Matadero; el Mercado Único de La Habana, destinado a la venta  de productos agropecuarios, verdadero monopolio pues su concesión prohibía la existencia  de cualquier otro establecimiento similar en un radio de dos y medio kilómetros y la apertura de casillas de expendio en un radio de 700 metros.  

            La construcción del Mercado Único requirió una inversión de 1 175 000 pesos, y Hornedo recibió licencia para operarlo por treinta años. Cuando estaba a punto de vencerse el plazo, el astuto político se gastó una fortuna en el intento de hacer elegir a su sobrino,  Alfredo Izaguirre,  alcalde de La Habana, lo que le aseguraría la prórroga de la concesión. No consiguió que fuese elegido, pero la concesión, con algunas variantes, fue prorrogada. Solo en 1957 comenzó a romperse el monopolio con la inauguración del Mercado Público, edificado  en la manzana comprendida entre Carlos III, Árbol Seco, Estrella y Pajarito, curiosamente casi frente por frente a la casa (Carlos III y Castillejo) donde Hornedo vivió durante años.

            Con todo,  el alcalde  más inefable fue un personaje que nunca llegó a serlo. Antonio Prío. Su hermano Carlos, entonces en la presidencia de la República, quiso imponerlo en las elecciones de 1950 y fue derrotado por Nicolás Castellanos. Pocas horas después  de los comicios, alguien preguntó a Antonio cómo le había ido en la votación.

            -Muy bien –respondió el aludido-. Quedé en segundo lugar. 

             

           

           

 

               

           

           

           

                

           

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La cubanísima guayabera

La cubanísima guayabera

Ciro Bianchi Ross

La guayabera es la camisa típica cubana; la prenda nacional, y, al mismo tiempo, un vínculo de Cuba con el Caribe y el resto del mundo. Se advierte su uso en Cancún y en Barbados; en Cartagena de Indias y en San Juan de Puerto Rico, y también en los centros de veraneo europeos, desde Cannes a Marbella, desde Viareggio a Mónaco. En Miami existen los meses de la guayabera, en los que, tanto para el trabajo como para las ocasiones formales,  se puede prescindir, sin atentar contra la etiqueta, de la chaqueta y la corbata, y en Bogotá se asiste en guayabera a bodas y bautizos sin que por ello se sienta el que la viste menos elegante. En 1948, mientras esperaba su toma de posesión  como presidente electo de Estados Unidos –ya lo era por sustitución desde la muerte de Roosevelt- Harry Truman, a la sazón en Cayo Hueso, mandó a confeccionarse seis de esas camisas, y el gran compositor cubano Leo Brouwer la vestía cuando recientemente recibió en Santiago de Chile la alta condecoración que a nombre del Estado chileno le entregó la presidenta Bachelet.

            Decía el narrador Lisandro Otero que la guayabera, que se hace más popular en cada temporada veraniega, es símbolo de la despreocupación vestimentaria, del espíritu festivo y del relajamiento reposado, al mismo tiempo que dignifica la informalidad y  simplifica las galas.

            ¿Dónde nació y cuándo? ¿Surgió realmente en Sancti Spíritus, en la región central de la Isla?  ¿Cómo ha evolucionado a lo largo del tiempo? ¿Cuál es su verdad y su leyenda?  A esas y otras interrogantes intentaremos dar respuesta en esta nota.

LA GUAYABERA EN SU LEYENDA

  

Se dice que en 1709 arribó a la villa Sancti Spíritus,  un matrimonio conformado por los andaluces José Pérez Rodríguez y Encarnación Núñez García. José era alfarero y  a los tres meses de su llegada  había construido ya una nave de madera para su taller. Se dice asimismo que un buen día el matrimonio recibió una pieza de tela de lino o hilo que mandaron a buscar o les remitieron sus familiares desde España  y que José pidió a Encarnación que le confeccionase con ella camisas  sueltas, de mangas largas, para usar por fuera del pantalón  y con bolsillos grandes a fin de llevar en ellos la fuma y otros efectos personales. La mujer acometió el encargo y a los pocos meses aquellas camisas se popularizaron en la comarca.

Este suceso tiene varios detractores. Aseguran que en dicha fecha las disposiciones de la Real Compañía de Comercio que regían  entre la metrópoli y la colonia, prohibían tales envíos y que, por otra parte, tampoco había comunicación entre España y Sancti Spíritus. Esa prohibición resulta a la larga poco significativa, a mi juicio,  pues los andaluces pudieron  haber obtenido su paquete de tela por la vía del contrabando con bucaneros y corsarios tan en boga entonces.

 Es inconcebible que un hecho meramente doméstico como la confección de una o varias camisas quedara registrado en la historia, y con tanto lujo de detalles: fecha, nombre de los protagonistas, diseño de la ropa… como para que los historiadores del futuro pudieran proclamar, sin sombra de duda, que ahí nació la guayabera. La historia de José y Encarnación es tan perfecta que no deja más alternativa que la de dudar de su veracidad. Pero marca el inicio de la leyenda de la guayabera o fija la entrada de la guayabera en la leyenda.

Nuestros guajiros del siglo XIX no la usaron. La literatura de la época los describe cubiertos con camisas azules o “de listado”, que usaban generalmente por fuera del pantalón. Constantes de su ajuar cotidiano  eran el sombrero de yarey, el machete al cinto,  los zapatos de vaqueta y un pañuelito atado al cuello para enjugar el sudor,  mientras que reservaban el mejor atuendo  para las salidas  al pueblo y a la valla de gallos. Esteban Pichardo no recoge la palabra guayabera  en su Diccionario provincial casi razonado de voces cubanas, que alcanza, en vida del autor, su cuarta edición en 1875, y hasta donde sé tampoco lo hace Manuel Martínez Moles en su vocabulario del espirituano. Aparecerá, sí, en Leonela, novela de Nicolás Heredia publicada en 1893, pero que cuenta una historia anterior al estallido, en 1868, de la Guerra de los Diez Años. En ella, don Cosme, un hacendado ganadero y maderero, llega a su casa de la ciudad procedente de la finca, donde pasa la mayor parte del tiempo, y se quita la guayabera, dice el narrador,  como si se quitara el pellejo para someterse por unos días a la vida ciudadana. Desconozco si hay en la literatura menciones a la guayabera anteriores a esta de Heredia, pero es la más antigua que logré localizar, y que nos dice que no era en ese tiempo  camisa de ciudad, pero tampoco de campesino pobre.

Para este, lo usual en ese entonces era la chamarreta, que era asimismo una prenda con faldillas y mangas estrechas. Y fue  la chamarreta y no la guayabera la que vistió para luchar contra España. En la Guerra Grande,  el Ejército Libertador careció de uniforme. El mambí se vestía como podía, con las ropas de la ciudad o del campo a su alcance.  Ya en  1895, al inicio de la Guerra de Independencia,  Martí alude a la chamarreta en su Diario.  Charito Bolaños cosió para los libertadores  durante toda la Guerra de Independencia. Los generales Alberto Nodarse, Mayía Rodríguez y García Menocal se vestían con lo que salía de sus manos. Jamás remitió una guayabera a la manigua, solo chamarretas.   María Elena Molinet, hija de un general de la Independencia, investigó este asunto desde dentro pues fue la directora de vestuario de películas como Baraguá y La primera carga al machete, y acopió más de 120 fotos de mambises en la manigua. Ninguno viste de guayabera. Manuel Serafín Pichardo escribió a comienzos de la República el soneto “Soy cubano”,  que gozó de una popularidad enorme y que todavía en los años 50 se incluía en los libros de Lectura de nuestra enseñanza primaria. Dice en su estrofa inicial: “Visto calzón de dril y chamarreta / que con el cinto del machete entallo. / En la guerra volaba mi caballo / al sentir mi zapato de vaqueta”. 

 

A PARTIR DE LA CAMISA

Resulta muy difícil enmarcar el surgimiento y evolución de la ropa popular tradicional. En lo que atañe a la guayabera,  parece que sí nació en Sancti Spíritus. Al menos, ninguna otra región cubana le discute la paternidad a la villa del río Yayabo. Se llamó  yayabera a esa guayabera primitiva y desde allí invadió las zonas vecinas. Fue  trochana en Ciego de Ávila;  camagüeyana, en Camagüey…  

Desciende de la camisa, la prenda de vestir más antigua que se conoce. Un tubo más o menos ancho con cuatro aberturas: una, para la cabeza; otra, para la parte baja del torso, y dos para los brazos. La camisa evolucionó desde la Edad Media. Se confeccionó de algodón, de hilo, de seda. Fue más ancha o más estrecha. Con adornos. Sin adornos. Una prenda interior. Unisex. Con los años perdió los puños y el escote y se hizo prenda exterior, protegida o no  por  levitas, sacos y chaquetas. En Cuba, los más humildes usaron la camisa hecha de algodón basto.

“¿Cuándo esa camisa se transformó en guayabera? ¿Cuándo y quién empezó a coser pliegues en las camisas hasta convertirlos en alforzas, reforzó el borde y las aberturas inferiores, hizo los primeros picos al canesú del frente y al de la espalda? El nacimiento de la guayabera no es obra de una sola persona y todavía falta por determinar a partir de qué momento se convirtió en prenda elegante, fresca, blanca, muy bien almidonada y planchada, que se podía llevar sin corbata”, escribe la diseñadora  María Elena Molinet.  

El testimonio gráfico más remoto que de la guayabera  llega a nosotros data de 1906. Pero la palabra guayabera, como cubanismo, no se  legitima  hasta 1921, cuando Constantito Suárez la incluye en su Vocabulario cubano. . La describe como una “especie de camisa de hombre, con bolsillos en la pechera y en los costados, muy adornada con pliegues y lorzas  de la misma tela, que se usa sin chaqueta y con las faldas por fuera, por encima del pantalón, al exterior”. Añade Constantino Suárez: “Es una prenda de vestir, muy generalizada y típica, del campesino cubano”.

Ya para esa fecha la guayabera no era la misma  que lucía don Cosme en Leonela. De la chamarreta y la camisa campesina surge, en la década del 1920,  la guayabera clásica, que terminaría imponiéndose, después de 1940,  como prenda nacional.  Habrá que precisar cuánto debe esa guayabera a sastres, camiseros y costureras de Sancti Spíritus y Zaza del Medio, también en la zona central del país.  

La guayabera, en su nueva versión, ganó pronto las ciudades del interior, pero no le fue fácil conquistar  La Habana. Referencias a ella en la capital  aparecen a cuentagotas, y no siempre son de fácil comprobación.  Se dice que fue el mayor general José Miguel Gómez,  presidente de la nación entre 1909 y 1913 y espirituano por añadidura, quien la trajo. Jorge Mañach la alude, en 1926,   en  sus Estampas de San Cristóbal; en una de sus páginas tres campesinos se estiran las mangas de sus estrujadas guayaberas antes de fotografiarse. De todas formas, su uso era tan limitado que puede casi calificarse de nulo. No se ve a nadie vistiéndola en el cine ni en las fotos de prensa de la época y Abela no vistió de guayabera  al Bobo ni a ninguno de sus otros personajes humorísticos, sino de traje.

   Escribe el poeta Nicolás Guillén: “Después de la caída de Machado (1933)  las costumbres cubanas experimentaron cierta modificación, al menos en sus signos exteriores. A los generales de la Guerra de Independencia, muchos con barbas, todos con bigotes, sucedió una generación lampiña y expeditiva que se corrompió rápidamente […]  y que hizo tabla rasa de muchos hábitos populares heredados del siglo XIX. Los sargentos ascendieron a coroneles, los soldados se paseaban por las calles vestidos de oficiales, el pueblo colgó el saco, tiró el sombrero, desanudó la corbata, se alivió, en fin, de aquella vestimenta traída de un clima que no es nuestro, y la cual era considerada hasta entonces sine qua non”.

ENTRA EN PALACIO

Ya en los años 40 de la pasada centuria la guayabera empieza a generalizarse e imponerse en La Habana. Su uso se hace cada vez más frecuente  y se complementa con un lazo de mariposa. Con la ascensión al poder del doctor Ramón Grau San Martín la guayabera entra en el Palacio Presidencial.

               Si Grau hizo de  la guayabera una especie de traje de corte, Prío, su sucesor y discípulo, no siente por ella el mismo aprecio. Le parece poco apropiada para ciertos actos protocolares, la saca del tercer piso de Palacio, donde radicaban las habitaciones privadas del presidente,  y la destierra de los eventos oficiales. Pero ya la guayabera se había apoderado de las vitrinas de las mejores tiendas y conquistaba espacio en los anuncios comerciales. A esas alturas, la capital era un inmenso almacén de guayaberas que amenazaba    desplazar cualquier otro estilo de traje varonil, algo que no tenía  antecedentes históricos ni tradición y tan serio y grave que alteraba  hasta nuestros modos de vivir, decía en 1948 Isabel Fernández de Amado Blanco.

            Eso motivó que las señoras del Lyceum Lawn Tennis Club, del Vedado, convocaran a un ciclo de conferencias sobre el uso y abuso de la guayabera, tema que en cuatro jueves sucesivos abordaron Rafael Suárez Solís, Herminia del Portal, Francisco Ichaso y la propia Isabel de Amado Blanco. Todos le hicieron reparos a la guayabera, pero ninguno se le opuso de frente. Suárez Solís aseveró que esa camisa tenía sus momentos y sus horas, por lo que podía usarse sin reservas hasta las seis de la tarde, haciéndose totalmente inapropiada para las salidas nocturnas. Ichaso la definió como un traje regional que tenía, por tanto, carácter de disfraz fuera del ámbito en que se creó.  El clima, aseveraron los disertantes del Lyceum, no justifica el uso que se hacía de la guayabera, y tampoco su precio ya que se trataba de una prenda cara. Tenía que ser de hilo del mejor y su confección exigía de costureras experimentadas. Durante años se confeccionaron a la medida y la necesidad de confiar su cuidado a buenas planchadoras encarecía su costo. A fines de los años 40,  y después,  una buena guayabera de bramante de hilo puro valía tanto como un traje barato.

             Parecía la guayabera haber ganado ya terreno suficiente cuando, en 1955, una disposición de la Sala de Gobierno del Tribunal Supremo la sacó de los juzgados. Magistrados, jueces, fiscales ni abogados defensores podían concurrir a sus tareas si no lo hacían con cuello y corbata.

            Es por esa época –fines de los 50- que la guayabera se abarata. No es  ya solo de hilo; podía ser de algodón. Su hechura se simplifica. Deja de ser blanca, la manga no siempre es larga y los habituales botones de nácar pasan a ser corrientes.

            Triunfa la Revolución y la guayabera se repliega hasta desaparecer. Para algunos era símbolo de una época superada de politiqueros y manengues. El país sufre agresiones económicas, sabotajes, invasiones y actos terroristas y padece carencias de todo tipo. Hay movilizaciones constantes. Lo mismo se convoca a un trabajo productivo que a un entrenamiento militar. El uniforme de las Milicias Nacionales parece resultar válido no solo para cumplir con las exigencias de ese cuerpo popular armado, sino para todas las tareas cotidianas, e incluso para asistir a ceremonias tan solemnes como  una boda o  un velorio.

            A finales de los 70  la guayabera reaparece tímidamente. De manga larga. Con pliegues y alforzas, pero no ya de hilo, sino de poliéster, y no siempre blanca.  No demoró en volver a abaratarse. Y los jóvenes empezaron a verla como símbolo del burócrata en  funciones.  Entonces diseñadores cubanos de prestigio cambiaron su estructura, materiales y colores y tienen en sus colecciones variantes de la prenda, tanto para hombres como para mujeres. Muy famosas son las camisolas habaneras de Mercy Nodarse, merecedoras de un  importante galardón internacional, y las de Nancy Pelegrín, así como las de Emiliano Nelson, que les incorporó el deshilachado.

            Ojalá vuelvan sus días de gloria.

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