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La cubanísima guayabera

La cubanísima guayabera

Ciro Bianchi Ross

La guayabera es la camisa típica cubana; la prenda nacional, y, al mismo tiempo, un vínculo de Cuba con el Caribe y el resto del mundo. Se advierte su uso en Cancún y en Barbados; en Cartagena de Indias y en San Juan de Puerto Rico, y también en los centros de veraneo europeos, desde Cannes a Marbella, desde Viareggio a Mónaco. En Miami existen los meses de la guayabera, en los que, tanto para el trabajo como para las ocasiones formales,  se puede prescindir, sin atentar contra la etiqueta, de la chaqueta y la corbata, y en Bogotá se asiste en guayabera a bodas y bautizos sin que por ello se sienta el que la viste menos elegante. En 1948, mientras esperaba su toma de posesión  como presidente electo de Estados Unidos –ya lo era por sustitución desde la muerte de Roosevelt- Harry Truman, a la sazón en Cayo Hueso, mandó a confeccionarse seis de esas camisas, y el gran compositor cubano Leo Brouwer la vestía cuando recientemente recibió en Santiago de Chile la alta condecoración que a nombre del Estado chileno le entregó la presidenta Bachelet.

            Decía el narrador Lisandro Otero que la guayabera, que se hace más popular en cada temporada veraniega, es símbolo de la despreocupación vestimentaria, del espíritu festivo y del relajamiento reposado, al mismo tiempo que dignifica la informalidad y  simplifica las galas.

            ¿Dónde nació y cuándo? ¿Surgió realmente en Sancti Spíritus, en la región central de la Isla?  ¿Cómo ha evolucionado a lo largo del tiempo? ¿Cuál es su verdad y su leyenda?  A esas y otras interrogantes intentaremos dar respuesta en esta nota.

LA GUAYABERA EN SU LEYENDA

  

Se dice que en 1709 arribó a la villa Sancti Spíritus,  un matrimonio conformado por los andaluces José Pérez Rodríguez y Encarnación Núñez García. José era alfarero y  a los tres meses de su llegada  había construido ya una nave de madera para su taller. Se dice asimismo que un buen día el matrimonio recibió una pieza de tela de lino o hilo que mandaron a buscar o les remitieron sus familiares desde España  y que José pidió a Encarnación que le confeccionase con ella camisas  sueltas, de mangas largas, para usar por fuera del pantalón  y con bolsillos grandes a fin de llevar en ellos la fuma y otros efectos personales. La mujer acometió el encargo y a los pocos meses aquellas camisas se popularizaron en la comarca.

Este suceso tiene varios detractores. Aseguran que en dicha fecha las disposiciones de la Real Compañía de Comercio que regían  entre la metrópoli y la colonia, prohibían tales envíos y que, por otra parte, tampoco había comunicación entre España y Sancti Spíritus. Esa prohibición resulta a la larga poco significativa, a mi juicio,  pues los andaluces pudieron  haber obtenido su paquete de tela por la vía del contrabando con bucaneros y corsarios tan en boga entonces.

 Es inconcebible que un hecho meramente doméstico como la confección de una o varias camisas quedara registrado en la historia, y con tanto lujo de detalles: fecha, nombre de los protagonistas, diseño de la ropa… como para que los historiadores del futuro pudieran proclamar, sin sombra de duda, que ahí nació la guayabera. La historia de José y Encarnación es tan perfecta que no deja más alternativa que la de dudar de su veracidad. Pero marca el inicio de la leyenda de la guayabera o fija la entrada de la guayabera en la leyenda.

Nuestros guajiros del siglo XIX no la usaron. La literatura de la época los describe cubiertos con camisas azules o “de listado”, que usaban generalmente por fuera del pantalón. Constantes de su ajuar cotidiano  eran el sombrero de yarey, el machete al cinto,  los zapatos de vaqueta y un pañuelito atado al cuello para enjugar el sudor,  mientras que reservaban el mejor atuendo  para las salidas  al pueblo y a la valla de gallos. Esteban Pichardo no recoge la palabra guayabera  en su Diccionario provincial casi razonado de voces cubanas, que alcanza, en vida del autor, su cuarta edición en 1875, y hasta donde sé tampoco lo hace Manuel Martínez Moles en su vocabulario del espirituano. Aparecerá, sí, en Leonela, novela de Nicolás Heredia publicada en 1893, pero que cuenta una historia anterior al estallido, en 1868, de la Guerra de los Diez Años. En ella, don Cosme, un hacendado ganadero y maderero, llega a su casa de la ciudad procedente de la finca, donde pasa la mayor parte del tiempo, y se quita la guayabera, dice el narrador,  como si se quitara el pellejo para someterse por unos días a la vida ciudadana. Desconozco si hay en la literatura menciones a la guayabera anteriores a esta de Heredia, pero es la más antigua que logré localizar, y que nos dice que no era en ese tiempo  camisa de ciudad, pero tampoco de campesino pobre.

Para este, lo usual en ese entonces era la chamarreta, que era asimismo una prenda con faldillas y mangas estrechas. Y fue  la chamarreta y no la guayabera la que vistió para luchar contra España. En la Guerra Grande,  el Ejército Libertador careció de uniforme. El mambí se vestía como podía, con las ropas de la ciudad o del campo a su alcance.  Ya en  1895, al inicio de la Guerra de Independencia,  Martí alude a la chamarreta en su Diario.  Charito Bolaños cosió para los libertadores  durante toda la Guerra de Independencia. Los generales Alberto Nodarse, Mayía Rodríguez y García Menocal se vestían con lo que salía de sus manos. Jamás remitió una guayabera a la manigua, solo chamarretas.   María Elena Molinet, hija de un general de la Independencia, investigó este asunto desde dentro pues fue la directora de vestuario de películas como Baraguá y La primera carga al machete, y acopió más de 120 fotos de mambises en la manigua. Ninguno viste de guayabera. Manuel Serafín Pichardo escribió a comienzos de la República el soneto “Soy cubano”,  que gozó de una popularidad enorme y que todavía en los años 50 se incluía en los libros de Lectura de nuestra enseñanza primaria. Dice en su estrofa inicial: “Visto calzón de dril y chamarreta / que con el cinto del machete entallo. / En la guerra volaba mi caballo / al sentir mi zapato de vaqueta”. 

 

A PARTIR DE LA CAMISA

Resulta muy difícil enmarcar el surgimiento y evolución de la ropa popular tradicional. En lo que atañe a la guayabera,  parece que sí nació en Sancti Spíritus. Al menos, ninguna otra región cubana le discute la paternidad a la villa del río Yayabo. Se llamó  yayabera a esa guayabera primitiva y desde allí invadió las zonas vecinas. Fue  trochana en Ciego de Ávila;  camagüeyana, en Camagüey…  

Desciende de la camisa, la prenda de vestir más antigua que se conoce. Un tubo más o menos ancho con cuatro aberturas: una, para la cabeza; otra, para la parte baja del torso, y dos para los brazos. La camisa evolucionó desde la Edad Media. Se confeccionó de algodón, de hilo, de seda. Fue más ancha o más estrecha. Con adornos. Sin adornos. Una prenda interior. Unisex. Con los años perdió los puños y el escote y se hizo prenda exterior, protegida o no  por  levitas, sacos y chaquetas. En Cuba, los más humildes usaron la camisa hecha de algodón basto.

“¿Cuándo esa camisa se transformó en guayabera? ¿Cuándo y quién empezó a coser pliegues en las camisas hasta convertirlos en alforzas, reforzó el borde y las aberturas inferiores, hizo los primeros picos al canesú del frente y al de la espalda? El nacimiento de la guayabera no es obra de una sola persona y todavía falta por determinar a partir de qué momento se convirtió en prenda elegante, fresca, blanca, muy bien almidonada y planchada, que se podía llevar sin corbata”, escribe la diseñadora  María Elena Molinet.  

El testimonio gráfico más remoto que de la guayabera  llega a nosotros data de 1906. Pero la palabra guayabera, como cubanismo, no se  legitima  hasta 1921, cuando Constantito Suárez la incluye en su Vocabulario cubano. . La describe como una “especie de camisa de hombre, con bolsillos en la pechera y en los costados, muy adornada con pliegues y lorzas  de la misma tela, que se usa sin chaqueta y con las faldas por fuera, por encima del pantalón, al exterior”. Añade Constantino Suárez: “Es una prenda de vestir, muy generalizada y típica, del campesino cubano”.

Ya para esa fecha la guayabera no era la misma  que lucía don Cosme en Leonela. De la chamarreta y la camisa campesina surge, en la década del 1920,  la guayabera clásica, que terminaría imponiéndose, después de 1940,  como prenda nacional.  Habrá que precisar cuánto debe esa guayabera a sastres, camiseros y costureras de Sancti Spíritus y Zaza del Medio, también en la zona central del país.  

La guayabera, en su nueva versión, ganó pronto las ciudades del interior, pero no le fue fácil conquistar  La Habana. Referencias a ella en la capital  aparecen a cuentagotas, y no siempre son de fácil comprobación.  Se dice que fue el mayor general José Miguel Gómez,  presidente de la nación entre 1909 y 1913 y espirituano por añadidura, quien la trajo. Jorge Mañach la alude, en 1926,   en  sus Estampas de San Cristóbal; en una de sus páginas tres campesinos se estiran las mangas de sus estrujadas guayaberas antes de fotografiarse. De todas formas, su uso era tan limitado que puede casi calificarse de nulo. No se ve a nadie vistiéndola en el cine ni en las fotos de prensa de la época y Abela no vistió de guayabera  al Bobo ni a ninguno de sus otros personajes humorísticos, sino de traje.

   Escribe el poeta Nicolás Guillén: “Después de la caída de Machado (1933)  las costumbres cubanas experimentaron cierta modificación, al menos en sus signos exteriores. A los generales de la Guerra de Independencia, muchos con barbas, todos con bigotes, sucedió una generación lampiña y expeditiva que se corrompió rápidamente […]  y que hizo tabla rasa de muchos hábitos populares heredados del siglo XIX. Los sargentos ascendieron a coroneles, los soldados se paseaban por las calles vestidos de oficiales, el pueblo colgó el saco, tiró el sombrero, desanudó la corbata, se alivió, en fin, de aquella vestimenta traída de un clima que no es nuestro, y la cual era considerada hasta entonces sine qua non”.

ENTRA EN PALACIO

Ya en los años 40 de la pasada centuria la guayabera empieza a generalizarse e imponerse en La Habana. Su uso se hace cada vez más frecuente  y se complementa con un lazo de mariposa. Con la ascensión al poder del doctor Ramón Grau San Martín la guayabera entra en el Palacio Presidencial.

               Si Grau hizo de  la guayabera una especie de traje de corte, Prío, su sucesor y discípulo, no siente por ella el mismo aprecio. Le parece poco apropiada para ciertos actos protocolares, la saca del tercer piso de Palacio, donde radicaban las habitaciones privadas del presidente,  y la destierra de los eventos oficiales. Pero ya la guayabera se había apoderado de las vitrinas de las mejores tiendas y conquistaba espacio en los anuncios comerciales. A esas alturas, la capital era un inmenso almacén de guayaberas que amenazaba    desplazar cualquier otro estilo de traje varonil, algo que no tenía  antecedentes históricos ni tradición y tan serio y grave que alteraba  hasta nuestros modos de vivir, decía en 1948 Isabel Fernández de Amado Blanco.

            Eso motivó que las señoras del Lyceum Lawn Tennis Club, del Vedado, convocaran a un ciclo de conferencias sobre el uso y abuso de la guayabera, tema que en cuatro jueves sucesivos abordaron Rafael Suárez Solís, Herminia del Portal, Francisco Ichaso y la propia Isabel de Amado Blanco. Todos le hicieron reparos a la guayabera, pero ninguno se le opuso de frente. Suárez Solís aseveró que esa camisa tenía sus momentos y sus horas, por lo que podía usarse sin reservas hasta las seis de la tarde, haciéndose totalmente inapropiada para las salidas nocturnas. Ichaso la definió como un traje regional que tenía, por tanto, carácter de disfraz fuera del ámbito en que se creó.  El clima, aseveraron los disertantes del Lyceum, no justifica el uso que se hacía de la guayabera, y tampoco su precio ya que se trataba de una prenda cara. Tenía que ser de hilo del mejor y su confección exigía de costureras experimentadas. Durante años se confeccionaron a la medida y la necesidad de confiar su cuidado a buenas planchadoras encarecía su costo. A fines de los años 40,  y después,  una buena guayabera de bramante de hilo puro valía tanto como un traje barato.

             Parecía la guayabera haber ganado ya terreno suficiente cuando, en 1955, una disposición de la Sala de Gobierno del Tribunal Supremo la sacó de los juzgados. Magistrados, jueces, fiscales ni abogados defensores podían concurrir a sus tareas si no lo hacían con cuello y corbata.

            Es por esa época –fines de los 50- que la guayabera se abarata. No es  ya solo de hilo; podía ser de algodón. Su hechura se simplifica. Deja de ser blanca, la manga no siempre es larga y los habituales botones de nácar pasan a ser corrientes.

            Triunfa la Revolución y la guayabera se repliega hasta desaparecer. Para algunos era símbolo de una época superada de politiqueros y manengues. El país sufre agresiones económicas, sabotajes, invasiones y actos terroristas y padece carencias de todo tipo. Hay movilizaciones constantes. Lo mismo se convoca a un trabajo productivo que a un entrenamiento militar. El uniforme de las Milicias Nacionales parece resultar válido no solo para cumplir con las exigencias de ese cuerpo popular armado, sino para todas las tareas cotidianas, e incluso para asistir a ceremonias tan solemnes como  una boda o  un velorio.

            A finales de los 70  la guayabera reaparece tímidamente. De manga larga. Con pliegues y alforzas, pero no ya de hilo, sino de poliéster, y no siempre blanca.  No demoró en volver a abaratarse. Y los jóvenes empezaron a verla como símbolo del burócrata en  funciones.  Entonces diseñadores cubanos de prestigio cambiaron su estructura, materiales y colores y tienen en sus colecciones variantes de la prenda, tanto para hombres como para mujeres. Muy famosas son las camisolas habaneras de Mercy Nodarse, merecedoras de un  importante galardón internacional, y las de Nancy Pelegrín, así como las de Emiliano Nelson, que les incorporó el deshilachado.

            Ojalá vuelvan sus días de gloria.

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