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Personajes

Hora cubana de Graham Greene

Hora cubana de Graham Greene

Ciro Bianchi Ross

-Un “aniejo”, por favor.

            El barman escuchó el pedido y sonrió. Ya sabía que aquel hombre alto, de escasos cabellos plateados y ojos azul pálido, quería su ron añejo de siempre, esa bebida que, decía, tenía sabor a “madera de barco, a viaje por mar”. Vestía camisa de lino azul y pantalón gris y, pese a su buena pinta, lucía algo desgarbado, como si se hubiera puesto la ropa sin quitarle el perchero. Era un cliente familiar, un huésped que regresaba siempre, un turista reincidente, si tal adjetivo cabía para calificar a Graham Greene, uno de los más grandes novelistas del siglo XX.

            El autor de El poder y la gloria vino muchas veces –ocho, diez- a Cuba, y salvo en sus dos últimas visitas, en las que fue huésped del presidente Fidel Castro, con quien compartía durante horas, se alojó siempre en el Hotel Nacional.

            En 1959 estuvo aquí con el actor Alec Guinnes y un equipo de realización para filmar algunas escenas de Nuestro hombre en La Habana, basada en su novela homónima. En visitas anteriores lo habían fascinado el daiquirí del Floridita, el sabor delicado del cangrejo moro y la atmósfera nebulosa del Barrio Chino habanero, lo que de alguna manera metió en esa  novela, en la que se burla de los servicios de Inteligencia.

            Volvió en el 63, en tránsito hacia Haití, y en 1966 para escribir una serie de artículos sobre Cuba. Entonces en compañía del narrador Lisandro Otero, el poeta Pablo Armando Fernández y el fotógrafo Ernesto Fernández  recorrió la Isla e insistió en ver de cerca, desde la frontera, la base naval norteamericana en Guantánamo.

            El Batallón Fronterizo cubano le tributó un recibimiento que no esperaba –con banda de música incluida. Al final escribió en el libro de visitantes:

            “Muchas gracias por vuestra hospitalidad para alguien que viene de otra isla. Ustedes están a algunos metros de su enemigo. Nosotros en 1940 estábamos a cincuenta kilómetros del fascismo. Por eso simpatizamos”.

SANTIAGO 1957

En su autobiografía (Ways of Escape) Greene recordó su visita a Cuba en 1957 y su interés por subir a la Sierra Maestra y entrevistar a Fidel. Lisandro Otero, en Llover sobre mojado, su libro de memorias,  recuerda asimismo ese deseo de Greene.  No pudo conseguirlo pese a que en su intento llegó a la ciudad de Santiago. Pero sí logró con sus artículos de prensa que Inglaterra suspendiera la venta de aviones Sea Fury al gobierno batistiano.

            Un día la etnóloga Natalia Bolívar apareció en la casa de la historiadora y periodista Nydia Sanabria y la hizo salir a la calle para que conociera a alguien que esperaba fuera. Allí, en efecto, a bordo de una cuña descapotable, estaba Greene en persona que insistía en su propósito  de entrevistar a Fidel. Más tarde los tres conversaron en un restaurante campestre con todas las precauciones que exigía el caso, pues el escritor sospechaba que un periodista norteamericano acreditado en La Habana conocía de sus intenciones y que aquel reportero era, además, espía del FBI. Fue en ese restaurante donde convinieron de que al día siguiente Greene, acompañado por Nydia, viajaría  a Santiago. Se encontrarían en el aeropuerto de Boyeros y, tanto en la Terminal aérea como durante el vuelo, se mantendrían a prudente distancia, sin intercambiar siquiera un saludo. La sorpresa fue grande para ambos cuando, ya en el aeropuerto, advirtieron que el presunto periodista o supuesto espía volaría en la misma aeronave.

            Ya en la ciudad oriental, Greene se alojó en el hotel Casagranda, mientras Nydia buscaba, a través de la célula del Movimiento Revolucionario 26 de Julio a la que pertenecía, la forma de ponerlo en contacto con  Armando Hart que, en la clandestinidad más absoluta, se hacía llamar Jacinto Pérez y se escondía en la casa del doctor Enrique Ortega. En su trato con Greene, Nydia utilizaba el seudónimo de Lidia Hernández.

            Hizo la historiadora los contactos necesarios y lo comunicó al escritor. Para reunirse con Hart bajaría solo por la calle Pío Rosado y Nydia lo esperaría a la altura de la calle San Francisco. Desde allí seguirían juntos hasta la casa de Ortega. Greene entraría sin Nydia y, al concluir la entrevista, se encontrarían en el Casagranda. El escritor aseguró que había logrado evadirse del periodista norteamericano y manifestó su certeza de no haber sido seguido por los soplones de Batista. Ni falta hacía. Desde el zaguán de la casa de Ortega, Nydia vio, sentado en la sala, al reportero en cuestión.

            Ella no puede asegurar ya si Greene llegó a encontrarse con Hart. Sí que por orientación de este se le recomendó que aplazara su subida a la Sierra. La zona de Marimón, que habitualmente se utilizaba para llegar a la montaña desde Santiago, era controlada rígidamente por el ejército batistiano, y las avionetas militares –que los santiagueros llamaban “chismosas”- ametrallaban todo lo que se movía. Greene, urgido por otros compromisos, decidió no esperar y regresó a La Habana.

CERCA DE LA LUCHA FIDELISTA

En 1963, en una entrevista que concedió a la revista Cuba, el escritor evocó un momento de aquella visita:

            “Salí a la calle una mañana. Las calles de Santiago estaban llenas de niños. Niños y niñas por todos lados, algunos en silencio con caras graves. Parece que ni un solo niño había ido a la escuela aquella mañana. Pregunté: ¿qué pasa? Y alguien me informó. La noche anterior, la policía de Batista arrancó de sus casas a tres niñas de 8 a 12 años. Se las llevaron en batas de dormir al cuartel de policía. Eran rehenes. Sus padres luchaban en la Sierra, estaban con los revolucionarios. A la mañana siguiente, no se sabe cómo la noticia de las tres pequeñas presas se supo en las escuelas. Los alumnos se fueron, vagaron por las calles en una huelga sin consulta, muda. Los policías no pudieron hacer nada. Soltaron a las niñas. Los alumnos volvieron a clase. Fue una victoria, una batalla ganada a Batista por los niños de Santiago. Que yo sepa, nadie publicó nunca este hecho. Y es una bella historia”.

            Esa bella historia, sin embargo, solo existió en la imaginación de Greene. Nunca acaeció  nada así en Santiago, asegura Nydia Sanabria. Y añade que lo más probable es que el escritor se confundiera en algo de lo que ella le contó entonces y que ocurrió antes de su visita: el asesinato de William Soler y de otros jóvenes revolucionarios, suceso que conmocionó a la sociedad santiaguera. Las madres se echaron a la calle en reclamo del cese del asesinato de sus hijos y las escuelas de la ciudad permanecieron cerradas.

            Pero algo está fuera de duda. Y lo afirma el propio Greene en una entrevista cuando dice: “Durante el periodo de la Revolución me sentí muy cerca de la lucha fidelista”.

            A Fidel lo conocería en 1966. Lisandro Otero lo llevó una noche a la Ciudad Deportiva a fin de que presenciase un interesante partido de baloncesto y menuda fue la sorpresa de Greene cuando advirtió que Fidel Castro jugaba en medio de la pista. Durante una de sus últimas visitas a Cuba, Fidel elogió el buen aspecto del escritor y este respondió que obedecía a su costumbre de beber un litro de whisky al día y una botella de vino en cada comida. Apuntó, además, que siendo muy joven había jugado a la ruleta rusa, lo que hizo que el Presidente cubano sacara un rápido cálculo sobre las posibilidades que con ese juego tuvo de morir.

            Pero si se piensa con más cuidado, escribía  Gabriel García Márquez, Graham Greene no dejó casi nunca de jugar a la ruleta rusa: la mortal ruleta rusa de la literatura con los pies sobre la tierra. Y en ese sentido, añadía el autor de Cien años de soledad, el enorme escritor británico que nunca recibió el Premio Nobel porque la Academia Sueca lo consideró siempre demasiado popular, concierne a los latinoamericanos por sus libros ambientados en la América Latina, desde El poder y la gloria hasta El cónsul honorario y Conociendo al general, su testimonio sobre Omar Torrijos.

LA HORA DE LONDRES

De entre los escritores cubanos, distinguía de manera particular a Lisandro Otero, Pablo Armando Fernández y Virgilio Piñera, a los que aludía siempre como “mis amigos”. De Alejo Carpentier decía que lo leía con placer y que merecía el Premio Nobel. De René Portocarrero recordaba el efecto fulminante del movimiento cromático de su pintura y el delirio lineal de sus dibujos. En la residencia habanera de Hemingway vio los numerosos trofeos de caza que adornan las paredes, y se horrorizó. En La Habana de 1957 adquirió de un taxista un sobrecito de  cocaína. Cuando lo probó, advirtió que le habían vendido bicarbonato. Días después el expendedor lo localizaba para devolverle su dinero… A él también lo habían engañado. A juicio de Greene, ese hecho ilustraba como pocos la honradez del cubano.

            En Llover sobre mojado, Lisandro recuerda esta anécdota deliciosa del escritor de El revés de la trama. Se hallaban en el hotel Colony, de la Isla de Pinos, y Greene comentó que un caballero jamás bebía antes del mediodía. Al día siguiente, muy temprano, Lisandro fue a buscarlo para el desayuno y lo encontró con un vaso de whisky en la mano. Le recordó su aseveración del día anterior. Respondió Greene:

            -Es que yo, amigo mío, me guío por la hora de Londres.

           

           

Raúl Corrales: De prisa por la vida

Raúl Corrales: De prisa por la vida Ciro Bianchi Ross

La crítica resalta en sus fotografías el tono poético, el poder de síntesis, la capacidad para mostrar los detalles y el tratamiento escultórico de la luz, sin que  pierdan por eso el sentido del mensaje directo, una manera de ver la vida y el tratamiento enaltecedor del ser humano. Elevó la foto noticiosa al rango de obra de arte, sin embargo fue siempre reacio a que se le calificara como un artista e insistió en definirse como un fotorreportero a secas. Ahora, al morir a los 81 años de edad, Raúl Corrales deja un archivo de miles de negativos sin imprimir y una obra publicada que le valió en 1996 el Premio Nacional de Artes Plásticas. Una de sus fotos, “El sueño”, está considerada entre las cien mejores imágenes de toda la historia de la fotografía.

            -Se ha escrito por ahí que a mí me hubiera gustado ser escultor o pintor –me dijo una vez. A mí, en realidad, me hubiese gustado estudiar música, aunque si volviera a nacer, sería fotógrafo de nuevo. He andado de prisa por la vida y, así, elegí lo más rápido: captar imágenes.

            Pero antes de su inicio en la fotografía, se vio obligado a acometer las ocupaciones más modestas. Fue vendedor de periódicos y de frutas, limpiabotas y mozo de limpieza y valet de Jorge Negrete durante las presentaciones del mexicano en La Habana... Pudo reunir lo suficiente para adquirir una camarita de 127 ml y tomaba con ella sus imágenes. No todas las imprimía. Se contentaba con mirar los negativos delante de una lámpara. Fue entonces que consiguió empleo en la Cuba Sono Film, una empresa del Partido Socialista Popular (Comunista) que daba servicios de fotografía y filmación en actos políticos y sociales.  Corría el año de 1944 y allí, de pura casualidad, se  hizo fotógrafo profesional. ¿Cómo?

           Le regocijaba contar esa anécdota. Un día, llamaron a la Cuba Sono Filme, donde trabajaba como limpia pisos, para un pedido y no se hallaba el fotógrafo de guardia. Corrales dijo al administrador: -Yo voy. Y recorrió a pie media Habana llevando a cuestas una enorme cámara Speed Graphis 4 x 5 y un maletín lleno de chasis, placas y bombillos, lo que lo identificaba como fotógrafo a los ojos de todos y lo hacía sentirse el hombre más realizado de la tierra. Llegó a su destino, tomó una sola imagen, la que le pidieron,  y emprendió el camino de regreso. Al rato se hizo ver por el administrador. –Ya está la foto, le dijo. –Bueno, esperemos por Fulano para que la revele –respondió. –Ya está revelada –dijo entonces Corrales. Contestó el administrador: -Que Zutano la imprima. –No, ya está impresa –aseveró el fotógrafo.

TRAYECTORIA

De la Cuba Sono Film pasó al periódico Hoy, y cuando ese diario fue clausurado en 1953  colaboró con la revista Bohemia. Como fotorreportero del semanario Carteles, Corrales, junto con  futuro historiador y economista Oscar Pino Santos, como redactor, llegó a los lugares más inimaginables de la geografía cubana para develar como vivían y morían los campesinos de las montañas y los carboneros de las ciénagas, los cortadores de caña y los mineros. Eran verdaderas denuncias aquellos reportajes. Tanto insistió en ellos que su amigo Alberto Korda, otro de los grandes de la fotografía cubana, le dijo un día: -Cuando se acabe la miseria en Cuba, te vas a morir de hambre.

            En 1959 trabajó para el periódico Revolución y a comienzos del año siguiente estuvo  entre los fundadores de la revista Cuba,  que fue una de las más interesantes experiencias  del periodismo cubano y uno de sus logros más relevantes.

            Por aquellos días, como fotorreportero de Revolución, Corrales fue invitado a incorporarse a una comitiva del Gobierno Revolucionario que, con Fidel Castro al frente, visitaría la hacienda Cortina, en la provincia de Pinar del Río. El predio había sido intervenido por el Instituto Nacional de la Reforma Agraria (INRA). Fidel lo recorrió, admiró las colecciones de obras de arte que atesoraba allí su antiguo propietario y, al final, alguien decidió que el grupo se quedase a cenar. Se montó una mesa fastuosa. Fidel tomó asiento y  quedó pensativo. Dijo de pronto: -Vámonos. Y la jornada terminó en medio de la noche, debajo de los árboles y comiendo  enlatados.

            Corrales y Antonio Núñez Jiménez, director del INRA, presentaron a la revista Bohemia, dirigida todavía por su propietario, el reportaje de aquella visita. Pasaron dos, tres, cuatro semanas  y la revista no lo publicaba. Llamó Fidel entonces a Núñez Jiménez, a Corrales y a dos o tres personas más: -Vamos a publicar el material, y como Bohemia no lo publica, lo haremos en nuestra propia revista  –dijo. -Tienen 15 días para hacer una revista como esta –añadió y entregó a Núñez Jiménez un ejemplar de Life. Ese fue el origen de la revista Cuba, que apareció en sus inicios con el nombre de INRA.

            Tanto para el periódico Revolución como para la revista Cuba, Corrales testimonió y documentó gráficamente el proceso político y social que se abrió en la isla en 1959  no hubo acontecimiento trascendente que no capturara en sus imágenes. Sin embargo,  en 1964 abandona la fotografía de prensa. Cierto es que otras tareas o reclamaron, pero no deja de ser significativo su alejamiento. Casual o no, coincide con el inicio de la decadencia de la fotografía en la prensa cubana. Si hasta ese momento la fotografía fue en Cuba la imagen misma de la Revolución y su vehículo más eficaz de difusión,  con fotos desplegadas a grandes espacios y fotorreportajes de autor, comienza a replegarse ante las fotos de “actividades” con su consabida trinidad de tribuna-orador-público, mientras que la desaparición publicaciones, la reducción de páginas en ellas, la mala calidad del papel y la escasez de materiales fotográficos hacían el resto.

            -Sé que soy un fotorreportero destacado, pero eso se lo debo a un accidente de la vida;  la Revolución que me dio la oportunidad de ser testigo de sucesos que hoy son historia –me dijo una mañana ya remota mientras conversábamos en su casa del poblado de Cojímar, al este de La Habana.

            Nuevas perspectivas se abrían  para él. Figuró, como jefe del departamento de fotografía,  en el núcleo fundador de la Academia de Ciencias de Cuba y laboró luego en la Oficina de Asuntos Históricos de la Presidencia de la República  (hoy, del Consejo de Estado).  Cuando lo llamaron para confiarle la tarea de preservar los documentos y la iconografía de la Revolución, le dijeron que se trataba de un trabajo que podía acometerse en 15 días. Permaneció 25 años haciéndolo. “Veinte y cinco años,  fotocopiando ‘papelitos’ que eran los grandes papeles de la historia reciente de este país, pues por mis manos pasaron los documentos de las figuras más importantes de la Revolución”, rememoraba Corrales.  Acogió esa labor con entusiasmo y total responsabilidad, pero no se desvinculó del todo de la fotografía que le gustaba hacer. Es esa la etapa de una serie  como La escuela al campo, muy bella, con imágenes muy plásticas, y de su viaje a Nicaragua donde, en un trabajo de equipo, testimonió los días iniciales de la Revolución sandinista: un ensayo fotográfico que valió al grupo el premio en la convocatoria inaugural del certamen de fotografía latinoamericana de la Casa de las Américas.

SU ESTÉTICA

¿Visualizaba Raúl Corrales las fotos antes de tomarlas o sencillamente apretaba el obturador de su cámara con la esperanza de lograr una buena imagen?

            Las imágenes están ahí, decía. El asunto no es mirarlas, que todo el mundo las mira, sino verlas. Así, nunca tuvo la esperanza de conseguir una buena imagen; sabía cuando la lograría. Las veía y solo entonces apretaba el obturador. Por eso nunca entendió a esos fotógrafos que hacen diez, quince, veinte tomas de una misma imagen. A su juicio procedían así porque no estaban seguros de lo que veían. Corrales jamás buscó una buena fotografía. Vio, antes de hacerla, la buena fotografía, y en muchas ocasiones más que el todo, encontró el detalle.

            Sucedió así en una de sus fotos más emblemáticas y trascendentes, “Las botas del mayoral”, de 1953. Se hallaba el fotorreportero en un lugar del interior del país y vio a dos hombres recostados al mostrador de un establecimiento comercial. Uno estaba descalzo, mal vestido, con los pantalones enrollados a nivel de los tobillos. El otro, a su lado, llevaba  machete al cinto y botas altas. Era  el mayoral, el mandamás de la finca. Y captó la imagen de esos dos hombres que daban la espalda a la cámara, y la tomó de la cintura para abajo a fin de marcar la diferencia. Otra foto suya es igualmente memorable. A diferencia de  la anterior, encontró en esta el todo y no el detalle.  La captó en 1960, en la Plaza de la Revolución.  El pueblo se había  congregado para escuchar la lectura de la Primera Declaración de La Habana, y aprobarla, y logró meter en una sola imagen a Fidel, que hablaba desde la tribuna, y al millón de cubanos que lo aclamaba.

            Sus fotos equivalieron siempre a la imagen que visualizó antes de tomarla. Si no resultaba así, no las imprimía. Tenía la habilidad de ver en el negativo aquellas fotos con posibilidades.

            Su incursión en el mundo de la publicidad, le dio disciplina y le agregó técnica, pero lo obligaba  a mentirle a sus propios sentimientos al verse obligado a dar como  agradables cosas que eran muy feas para él. Tampoco le agradó el desnudo fotográfico, no por aquello de que hay pocos cuerpos verdaderamente atractivos luego de haber sido fotografiados desnudos, de lo que habló a Play Boy el gran fotógrafo  norteamericano Ansel Adams, sino porque nunca creyó tener el don para hacerlo. No pensaba por eso que el desnudo fotográfico entrañara un tratamiento poco enaltecedor para el ser humano ni que se rebajaba la dignidad de un modelo –hombre o mujer- por mostrarlo desnudo. Aseveraba que la dignidad de una persona se disminuye  cuando pierde la moral y sus valores y que  muchos de los que criticaban a muchacha por acceder a que la fotografiasen o filmasen sin ropas o en traje de baño, lo hacían sobre todo  porque no podían imitarla sin exponerse a un ridículo total.

            De esa moralina, de aquellos  “pintores sastres” compulsados a cubrir los castos desnudos de Miguel Ángel en la capilla Sixtina, no se libró “El sueño”, la foto más recordada de Corrales. Lo captó en ocasión del  viaje de Fidel a Venezuela, en 1959, y se ve en ella a un soldado cubano  que duerme junto a su fusil en una habitación donde de una de las paredes cuelga la pintura de una mujer con el torso desnudo. Pronto las aguas encontraron  su cauce. Cuando la tomó, no cupo en ninguno de los reportajes que se publicaron sobre la estancia del jefe de la Revolución  en el país sudamericano. Pero “El sueño” siguió su curso hasta convertirse en una fotografía de culto.

            Compiló fotos suyas en cuatro  libros: Playa Girón, con dos ediciones en Cuba y otra en Italia; Cuba, que apareció en México con el sello del Fondo de Cultura Económica, y La emoción de la historia y Cojímar: el vechio e el mare, publicados ambos en Italia. Recreó en ese último el ambiente de la célebre novela de Ernest Hemingway y los personajes que deambulan o se presienten en sus páginas. En el primero, recogió las  instantáneas que captó durante los combates contra la invasión  mercenaria de Bahía de Cochinos, en abril de 196l.  “Las que salvaron”, precisaba, porque en Girón el fotógrafo cayó al agua con todo su equipo desde un tanque de guerra y se le echaron a perder siete rollos. Decía:   “¡Aún los tengo guardados. Quién sabe si mañana, con los adelantos de la técnica, se recuperarán para la historia”.

            Sentenció hace ya casi diez años, mientras conversábamos en su casa de Cojímar:

            -Amo esta profesión. Me ha deparado momentos inolvidables como el día en que se proclamó el carácter socialista de la Revolución cubana. Yo estaba allí y la posibilidad de capturarlo con mi cámara tiene para mí tanto valor con haber venido con Colón y haber podido testimoniar gráficamente la hazaña del Descubrimiento.

            “El sueño”, “Las botas del mayoral”… Corrales rehusó siempre concretar cuáles, a su juicio, podrían ser sus mejores fotos; selección que, repetía, correspondía hacer a otros. Un día me dijo que, si se viese precisado a hacerlo, además de esas dos  salvaría “La caballería”, que muestra a un grupo de jinetes en el momento de penetrar en los predios de un gran latifundio norteamericano recién intervenido en virtud de la ley de la Reforma Agraria, y las de la serie “La banda del nuevo ritmo”. Transcurría la crisis de los cohetes, de octubre de 1962,  fue hacer un reportaje a las trincheras y se encontró con los integrantes de una orquesta que fueron movilizados. Eran milicianos y todos estaban, por supuesto,  con sus fusiles, pero cada uno llevaba asimismo su instrumento musical.

            Añadió en aquella ocasión:

            -Le diré algo que no he dicho nunca: la mejor de mis fotos es, para mí, la que tomé a mi hijo mayor cuando tenía tres o cuatro años de edad. Está sentado en el suelo, juega y una oruga le sube por el brazo. Es una foto que nadie, fuera de la familia, ha visto”.

            Lo mismo ocurre con otras muchas fotos de Raúl Corrales: nadie las ha visto porque el fotógrafo nunca las imprimió. Mantenía miles de negativos sin imprimir y a veces, de cuando en cuando, imprimía alguno y advertía que les sucedía como a los buenos vinos: el tiempo los había mejorado, los había hecho más interesantes.

            Con su muerte, quizás muchos de esos negativos empiecen a conocerse. Tal vez un nuevo Raúl Corrales espere por nosotros.

           

           

           

             

           

             

           

           

           

Nosotros y el amor imposible

Nosotros y el amor imposible

Ciro Bianchi Ross

Si Total es, como se ha dicho, la pieza más cantada de toda la historia del bolero, ¿dónde queda Nosotros? Aludo, por supuesto, a la melodía imperecedera del compositor cubano Pedro Junco. Reafirmación de amor y despedida es, a la vez, esa canción, expresión de un amor real, pero ya imposible por la cercanía de la muerte. Junco murió a los 23 años de edad, poco después del estreno de su música, y la mujer que lo inspirara ya no estaba a su lado. Sin embargo, muchos años después del suceso ella confesaba a una amiga: “Todavía lo recuerdo”.

            Así como se escucha decir con frecuencia que Pedro Junco nació en México y no en Cuba, fueron varias las que en Pinar del Río, la localidad natal del creador, en el occidente de la Isla, se adjudicaron la inspiración de Nosotros. Su autor, que cuando en su caballo blanco recorría las calles de su ciudad, enloquecía a las mujeres, tuvo una vida tan breve como apasionada, y al saberse enfermo de muerte se entregó a excesos que aceleraron el final. Se consumió en sus pasiones; amores tormentosos con mujeres casadas, con la trapecista de un circo… Una vez, más allá de lo explicable y de lo inexplicable, se enamoró de una monja, aunque a nadie le consta que ella le correspondiera… ¿Fue esa monja la que inspiró Nosotros? –inquirí una vez con el escritor Aldo Martínez-Malo, muy cercano, al igual que su hermano Amado, a Pedro Junco.

            -No. Fue otra mujer que aún vive y que al fin se casó luego de guardarle luto. Dejémosla en el anonimato; el secreto le pertenece.

            Pero el secreto no permanecería guardado por los siglos de los siglos. En 1997 se reveló el nombre de María Victoria Mora Morales. Años más tarde, Amado Martínez-Malo ahondó en el asunto en su Pedro Junco: viaje a la memoria.

SOLO UNA NOVIA

Amado, en su libro, habla, entre otros, de los amores del compositor con una mexicana casada y con “Cubita la bella”, la trapecista del circo Montalvo, a quien Junco dedicó su bolero Por ti. Amores estos llenos de sobresalto por la presencia del guardián a quien el  padre de la muchacha confiara su custodia y que se interrumpieron de ahora para ahorita cuando una madrugada el circo levantó la carpa y se fue para no volver. Triste historia la de los hermanos Montalvo. El guardián murió atropellado por un camión del propio circo, al quedarse dormido debajo. “Cubita” dicen que murió el mismo año que Pedrito. Los dos hermanos menores, ahogados en el hundimiento del barco Junquera cuando viajaban con el circo Razzore, y Raúl, el mayor, despedazado por un tren.

            “Aunque amores sí tuvo muchos, yo solo le conocí a Pedrito una sola novia, María Victoria Mora”, dice Amado, y cuenta que procedía ella del poblado de San Juan y Martínez, de una familia acomodada, de profesionales. “Vino a estudiar a Pinar del Río […] en el colegio Inmaculado Corazón de María hasta que terminó el octavo grado: Pedrito la conoció en la apertura del curso escolar del Instituto de Segunda Enseñanza,  donde ella había matriculado […] La vio y se interesó por ella, al punto de hacer que yo se la presentara enseguida. Allí nació un romance que apenas duró dos años”.

            Los que la conocieron recuerdan a María Victoria como una mujer bellísima, alta, elegante, que “afinó” con el compositor para hacer una “pareja ideal” con una empatía poco común. Precisa Amado que un estudio de María Victoria, Las campañas de Antonio Maceo en la historia militar de América, mereció premio de la Sociedad Colombista Panamericana. En el año 2001, casada y con dos hijos, vivía aún en Nueva York.

SOY COMO SOY

A María Victoria Mora parecen estar dedicadas también otras composiciones de Junco como Tu mirar, Soy como soy, Te espero, Estoy triste, Cuando hablo contigo, Una más y Yo te lo dije. También el poema “Versos míos para ti”, que publicó el 8 de octubre de 1941 en el Diario de la Marina “en ofrenda a los 15 años de una joven sanjuanera”. A ella están dedicadas además las melodías Mi santuario y Gracias, y el poema “Lo que yo quiero”.

            Salvo Nosotros, ninguna de las canciones de Pedro Junco ha tenido suerte, ni siquiera se conocen. Aun así, dice Amado Martínez-Malo: “De entre un grupo de buenas canciones que compuso, Nosotros es la más famosa. Tus ojos, la más bonita y Estoy triste, la más compleja, pero todas llevan un sello inconfundible que las hace imperecederas”. Aldo, por su parte, me decía en 1990: “Tiene algunas composiciones muy buenas y yo diría que hasta mejores que Nosotros. Hablo de Me lo dijo el mar, Tus ojos, Soy como soy, Yo te lo dije… Fue un pianista excelente, extraordinariamente dotado, y nadie cantaba como él sus melodías, aunque raras veces lo hiciera fuera de un ámbito reducido. Era también hombre de otras inquietudes: hizo estudios de derecho, que dejó inconclusos, y fundó en Pinar del Río la Asociación de Prensa y Radio”.

            Nosotros se estrenó en público en febrero de 1943, apenas dos meses antes de la muerte de su autor. La cantó Tony Chiroldes a través de las ondas de la emisora pinareña CMAB, y poco después la cantaba Mario Fernández Porta en la RHC Cadena Azul, de La Habana. Ese mismo día Junco graba en su voz Mentiras tuyas, de Porta, y en la misma placa Porta grabó Nosotros. Pero ese disco, que era un ejemplar  único, se partió en dos; lo pegaron y siguió dejando escuchar la voz de Pedro Junco, en la única grabación que se le conoce, hasta que desapareció para siempre.

            En 1945 el cantante mexicano Pedro Vargas visitó a los padres del compositor. Les llevaba el diploma de la Asociación de Artistas de México que acreditaba que Nosotros se había mantenido en el hit parade de ese país durante dos años consecutivos. Ese era solo el comienzo de la carrera exitosa que conocería la melodía. Pero Pedro Junco no sabría de ese triunfo. Había muerto el 25 de abril de 1943.

            Aldo Martínez-Malo me dijo que murió de tuberculosis. Pero otros aseguran que no se conoce con certeza la causa de su muerte. La enfermedad apareció en agosto de 1942 envuelta en el misterio que aún la rodea, afirma Amado Martínez-Malo. Fue de todos modos una dolencia pulmonar la que devastó aquel cuerpo joven de 180 libras y unos seis pies de estatura y que a la postre lo fulminó.

            Una recaída había aconsejado la hospitalización de Junco en una clínica de La Habana. Allí tenía, junto a su cama, un aparato de radio. Una noche, aquella del 25 de abril, escuchaba la emisión de un programa cuando el locutor anunció su melodía Soy como soy, interpretada por René Cabel, “El Tenor de las Antillas”. Al escuchar el anuncio, Junco se incorporó en el lecho y, muy agitado, comenzó a llorar. Tuvo un golpe de tos y una expulsión de sangre que empapó la sábana. Su hermana, que lo acompañaba, salió de la habitación en busca de ayuda. Cuando regresó con la enfermera ya Pedro Junco estaba muerto, mientras que del radio seguían brotando las notas de su música.

            Lo enterraron en su ciudad natal. El tránsito allí se paralizó. Los comercios cerraron sus puertas. La emisora de radio local se declaró en duelo. El ataúd, cubierto con la bandera cubana, fue llevado en andas por la calle Martí, la principal arteria de la urbe. Las  mujeres arrojaban flores al paso del cortejo. Y un coro gigante cantaba Nosotros.

           

           

La Habana de Hemingway

La Habana de Hemingway

Por Ciro Bianchi Ross

“Amo este país y me siento como en casa; y allí donde un hombre se siente como en casa, aparte del lugar donde nació, ese es el sitio al que estaba destinado”, decía el autor de El viejo y el mar en alusión a Cuba

Ernest Hemingway vivió en esta casa los últimos 22 años de su vida. Cuando se instaló en Finca Vigía –a unos 30 minutos del centro de La Habana- estaba a punto de concluir Por quién doblan las campanas. Al abandonarla para siempre, había recorrido ya como escritor el camino de la fama y merecido el Premio Nobel. En la finca quedaron entonces su Royal portátil, las tumbas de sus perros, unos 50 gatos y los nueve mil volúmenes que atesoró a lo largo de su vida y que muchos años después harían exclamar a García Márquez: “¡Qué biblioteca más rara tenía este hombre!”

Hemingway llegó a Cuba en la primera quincena de abril de 1928. Junto a Pauline Pfeiffer,  su segunda esposa, hizo aquí el tránsito para Cayo Hueso, donde concluiría Adiós a las armas. Volvió en 1932 para pescar agujas en las aguas cubanas. Regresó en 1933 y escribió la primera de sus crónicas de tema cubano. A partir de entonces no se desvincularía jamás de esta “isla larga, hermosa y desdichada”, como llamó a Cuba en Las verdes colinas de África. El viejo y el mar (1952) es, por excelencia, la novela “cubana” de Hemingway. Parte de la trama de Islas en el golfo (1970) transcurre en Cuba. También en alguno que otro cuento y en muchísimos de sus artículos periodísticos hay alusiones a la Isla. El escenario de Tener y no tener (1937) es cubano en buena medida.

En una ocasión expresó con relación a Cuba: “Amo este país y me siento como en casa; y allí donde un hombre se siente como en casa, aparte del lugar donde nació, ese es el sitio al que estaba destinado”.

POR LA CALLE OBISPO

Su primer refugio habanero fue en el hotel Ambos Mundos, en la calle Obispo. La habitación 511 de esa instalación, en la que se alojó invariablemente, se conserva intacta. A las cinco de la tarde, después de un día de pesquería, Hemingway se encerraba en su pieza del hotel, pedía la comida y se ponía a escribir. Lo hacía en la cama, a mano, y luego mecanografiaba el manuscrito sin introducir apenas correcciones. En 1958, en su célebre entrevista con George Plimpton, recordaría: “El Ambos Mundos, en La Habana, fue un buen lugar para trabajar”.

A veces en bermudas, con zapatillas vascas, casi siempre sin calcetines y con una camisa ligera, se le veía caminar por la calle Obispo. Evocaría los olores característicos de esa vía en Islas en el golfo

El escritor se sentía a gusto en el Ambos Mundos, por lo céntrico de la zona y la cercanía con el puerto, donde fondeaba su yate Pilar. Pero a Martha Gelhorn, su tercera esposa, comenzaron a incomodarle la habitación anónima y despersonalizada y la falta de privacidad ante la visita de los amigos del marido. Fue ella la que buscó y encontró Finca Vigía. A Hemingway, al inicio, le desagradó el lugar: quedaba demasiado lejos del Floridita.

TRAGO DE AGUAS SOMERAS

Una buena parte de Islas en el golfo transcurre en ese bar habanero. En esas páginas de la novela, el lector ve deambular a un personaje a quien el escritor llama Liliana la honesta. En la vida real se llamó Leopoldina, una prostituta cubana que “hacía la vida” en el Floridita y que fue el gran amor cubano del novelista. El Floridita es la cuna del daiquiri, y allí Hemingway inventó un daiquiri especial que lleva su nombre.

La Terraza, restaurante marinero del pueblo de pescadores de Cojímar, fue, en La Habana, otro de los sitios preferidos de Hemingway. En el Floridita se reverencia el sitio donde el escritor solía sentarse –la primera butaca de la izquierda de la barra- y en La Terraza, su mesa de siempre, en la esquina izquierda, junto a la ventana.

“Es muy agradable estar aquí”, dice el protagonista de Islas en el golfo en alusión a La Terraza. Y en la misma novela se describe al daiquiri con su sabor y color exactos. “Trago de aguas someras”, lo definía Hemingway.

UNO VIVE EN ESTA ISLA

En 1949, explicó en una crónica las razones de su larga residencia cubana. Habló, por supuesto, de la Corriente del Golfo, “donde hay la mejor y más abundante pesca que he visto en mi vida”; de las 18 clases de mango que se cosechaban en su propiedad, de su cría de gallos de pelea…y apuntó como al descuido: “Uno vive en esta Isla (…) porque en el fresco de la mañana se trabaja mejor y con mayor comodidad que en cualquier otro sitio.”

Escribía de pie, ya en los últimos años, sobre una piel de lesser kudú, porque así “pensaba con más claridad”. Se levantaba temprano y solo abandonaba su labor cuando llegaba a un punto en que sabía con exactitud lo que sucedería después. Lograr, durante una jornada, unas 500 palabras “limpias” era para él satisfactorio, y jamás acometía directamente a máquina los pasajes más difíciles, pero sí los diálogos.

Finca Vigía fue, dice García Márquez, la única casa verdaderamente estable que el escritor tuvo en su vida. Mary Welsh, su cuarta y última esposa, puso, hasta donde pudo,  orden en la finca y en la existencia del novelista. Como éste se quejaba de cuánto lo importunaban los visitantes, Mary dispuso la construcción de la torre de tres pisos aledaña a la casa. La última planta sería el cuarto de trabajo de Hemingway. Subió un día y permaneció allí durante quince minutos, durante los cuales se empeñó, en vano, en redactar una frase. Bajó y nunca más volvió a utilizar el sitio para escribir. Comentó que no podía resistir la soledad.

HARAKIRI CON FUSIL

“Miren como voy a matarme”, decía a sus amigos en Finca Vigía. Colocaba la culata de su escopeta Mannlicher Schoenauer 265 en el piso y apoyaba el cañón en el cielo de la boca. Luego oprimía el gatillo con el pulgar de un pie. Se oía un chasquido seco. Exclamaba sonriente: “Esta es la técnica del harakiri con fusil.”

A su muerte, se leyó en La Habana el testamento de Hemingway. Entre otros legados, traspasaba al Estado cubano la propiedad de Finca Vigía. El viejo escritor, tan remiso a recibir a escritores en su casa, quería que el predio se convirtiera en lugar de reunión de jóvenes intelectuales y artistas y que funcionase allí además un centro de estudios botánicos. Fidel Castro, que mucho admiraba –y admira-  a Hemingway y que lo conoció personalmente durante uno de los torneos de la pesca de la aguja que organizaba el escritor, propuso entonces que la finca se convirtiera en museo, sugerencia que aceptó la viuda del narrador.

Pero más que un museo, Finca Vigía continúa siendo la casa de Hemingway. Vacía parece, sin embargo, llena de vida. Da la impresión de que su propietario no está muerto, sino ausente y que de un momento a otro regresará del Floridita o de una cacería.

Dejará entonces en algún sitio su carabina y mirará por encima la correspondencia; en definitiva, en la mesa de la biblioteca de la finca hay un cuño de goma que dice: “Yo nunca escribo cartas”. Ingerirá un trago (“Un buen güisqui es muy agradable, es una de las cosas más agradables de la existencia”) y se colocará ante su Royal  portátil  para proseguir el trabajo en la rara y ambiciosa novela que nunca llegó a concluir.

Constante

Constante

Ciro Bianchi Ross

Todavía a comienzos del siglo XX en Cuba, donde no se conocía o no era popular la  palabra “coctel”, se hablaba de compuestos, meneados o achampanados para aludir a las mezclas de bebidas. La ginebra compuesta, que deleitara a  nuestros bisabuelos, era la liga de esa bebida con azúcar, limón y angostura, enfriada con hielo, mientras que el achampanado no era más que ron, coñac o vermut mezclado con agua de seltz  y azúcar. El tren, otro de los tragos preferidos de antaño, se elaboraba con ginebra y agua de cebada.

            Había en ese tiempo una taberna famosa llamada  La Piña de Plata. Fue fundada en 1819 y se ubicaba a la vera de una de las puertas de la muralla que entre 1797 y 1863 rodeaba y protegía “la primitiva, modesta, sencilla, patriarcal y pequeña ciudad de San Cristóbal de La Habana”.   Una casona de ventanales buidos, a la que acudían petimetres, músicos, militares, faranduleros y hombres de toda laya gustosos  de saborear la sabrosa ginebra compuesta, el vaso de agua con anís y panales, el típico vermut “voluntario”, el licor de piña o el sabroso aguardiente de guindas, mientras las señoras, en sus quitrines, bajo el quitasol de seda, saboreaban pastillas de frutas, sorbetes y vasos de refrescos elaborados a partir de las frutas del país.

El bodegón La Piña de Plata se transformó durante la intervención militar de Estados Unidos en el cuartel general de los buenos catadores norteamericanos y sus cantineros fueron poniendo una nota de modernidad en las simples bebidas primitivas. Después de 1902, cuando se instaura la República, esa taberna recibió el nombre de La Florida, pero con el fluir de los años los mismos clientes le dieron la denominación por la que se le conoce aún. La Florida pasó a ser Floridita “por dejarse querer”, decía Fernando G. Campoamor, historiador del ron. Pero el cambio de nomenclatura debió obedecer a una razón más realista. Había otro bar famoso en la época, el del hotel Florida, en la calle Obispo y los propios clientes sintieron la necesidad de distinguirlos y diferenciarlos.

Eso ocurrió en tiempos del catalán Constantino Ribalaigua Vert. En su novela Islas en el golfo, Ernest Hemingway identifica con el sobrenombre de Constante a esa figura legendaria entre los cantineros cubanos y rey indiscutible de los cocteles. Constante le llamaban también sus amigos. Llegó al Floridita en 1914, como dependiente, y, junto con dos empleados más, adquirió el bar en 1918.

Era un hombre emprendedor, de mucha iniciativa, muy trabajador. Entraba al Floridita a las siete de la mañana y se iba de madrugada, cuando despedía al último cliente. Había sido cantinero de algunos de los mejores bares de la capital.  En el Floridita, las cosas no le fueron bien al comienzo: debía dinero. Fue así que los almacenistas que proveían el bar le dijeron que le concederían  crédito si reconocía la deuda. Constante no lo pensó dos veces. Convenció a sus socios para que les vendieran su parte y, aunque endeudado, quedó como propietario único. De ahí hacia arriba hasta 1952, que es la fecha de su muerte. Cuando ocurrió su deceso, Hemingway escribió: “Ha muerto el maestro de los cantineros. Inventó el Floridita…”

¿QUIÉN ES EL MEJOR?

Constante era un hombre de estatura regular, bien plantado, muy serio. Afable, pero parco. Entablaba el diálogo solo cuando el cliente buscaba conversación. Bebía tan poco que casi podría decirse que era abstemio. En fiestas particulares, si asistía a alguna, no era raro que se diera su trago, pero en el Floridita lo hacía únicamente cuando no podía eludir el compromiso. Creaba un coctel para un cliente y jamás lo cataba antes de servírselo ni después.

            Campoamor, que lo trató mucho a lo largo de varias décadas, escribió: “A hora fija se presentaba Constante sobre su discreto estrado como un malabarista que sale a la pista: pantalón negro, camisa blanca, lazo, chaquetilla smoking con delantal, es decir, la etiqueta gastronómica. Alzaba aquellos limones ácidos y jugosos de su propio limonar, y los exprimía a la vista de todos con entera pulcritud en los instrumentos de trabajo. Racionaba entonces los ingredientes según el código. Más de la mitad entre 150 cocteles, contaba con jugo de limón. Y en el país del azúcar, también su consumo entraba libremente en ellos, cuya lista encabezaban los de ron, asistido de toronja, naranja y piña”.

            El periodista norteamericano Jack Cuddy, de la UP,  cuenta en una crónica de 1937 que un grupo de amigos se hallaba reunido en uno de los bares del Hotel Nacional. Escuchaban al novelista Joseph Hergesheimer, que escribía en esos días  un libro sobre La Habana, su enjundiosa disertación sobre el pitcheo de Carl Hubbell, de los Gigantes, uno de los equipos de las llamadas Grandes Ligas del béisbol, cuando sin que nadie supiera cómo ni por qué, la conversación derivó hacia un tema muy diferente: el de la bebida. “Y sin una sola voz en contrario, precisa Cuddy, se coincidió en que beber era para el turista el deporte nacional de Cuba”.

            ¿Quién es el mejor barman del país? preguntó uno de los reunidos, y el cantinero que los atendía susurró un nombre: Constantino Ribalaigua, el rey de los cocteles. Ninguno de los del grupo lo había oído mencionar jamás, y sin perder un minuto designaron a un comité “de a uno” para que telefoneara al Sloppy Joe’s, a los bares de los hoteles Plaza y Sevilla, y a Prado 86, y buscara otras opiniones. Todos los votos favorecieron a Constante.

            Cuddy quiso conocerlo personalmente y acudió al Floridita. Concluye su crónica: “Después de que Constantino me hizo probar varias de sus creaciones, tuve que admitir para mí mismo su innegable superioridad. No sé cuánto cobra. Pero creo que tiene derecho a pedir aumento de sueldo antes de firmar el contrato para la próxima temporada”.

            Un escritor inglés a quien Héctor Zumbado cita sin mencionar su nombre en El sexto sentido del barman, vio trabajar a Constante en los años 30.  Expresaba:

            “Seis de ustedes visitan el Floridita y piden Mary Pickfords. Un muchacho exprime la piña mientras que otro ayudante llena con hielo seis vasos a fin de enfriarlos. Cuando el jugo de piña está listo, Constante lo vierte en una coctelera gigante, toma la botella de ron y, sin mirar, echa una cantidad en la coctelera. También sin mirar, echa en la coctelera el curazao o la granadina. La bebida se bate pasándola de una coctelera a otra, con lo que se forma un semicírculo en el aire. Esta proeza se repite varias veces y Constante entonces saca el hielo que enfrió los vasos, coloca los vasos en hilera sobre el mostrador y con un solo movimiento los llena todos. Cada vaso queda lleno exactamente hasta el borde y en la coctelera no queda una sola gota. Vale la pena visitar La Habana solamente para ver a Constante en acción”.

            El barman confesó a Cuddy que sus mejores cocteles eran el daiquiri, el presidente y el Pepín Rivero. Curiosamente, la receta de ese último no aparece en ninguno de los coctelarios consultados, ni siquiera en el que el propio Constantino Ribalaigua preparó en 1939 y del que existen por lo menos dos reimpresiones. Antonio Meilán, su  sobrino y discípulo más aventajado, que trabajó durante cinco décadas como cantinero en el Floridita, no la recordaba cuando conversé con él en 1993. Es muy probable que Constante se llevara el secreto a la tumba, o que muerto el señor Rivero, director-propietario del Diario de la Marina, dejara de elaborarlo, me dijo.

CLÁSICOS

En los días de la ley seca en Estados Unidos, el coctel cubano vivió su época de oro. Pero desde entonces muchas mezclas de bebidas quedaron en el camino y no son hoy más que meras referencias.

Aunque los gustos cambian de un bebedor a otro, los diez mejores cocteles cubanos, los clásicos,  son  Mary Pickfords, Havana Special, mojito, Isla de Pinos y presidente, Santiago,  saoco, mulata, ron collins y daiquirí, que  figura entre los diez grandes cocteles del mundo junto al old fashioned, el wiski sur, el manhattan…

 De ellos, cuatro son obra de Constante: daiquirí, Mary Pickfords, Havana Special y presidente. El Mary Pickfords y el Havana Special  se  los sacó de la manga, el primero, para rendir homenaje a la célebre  actriz norteamericana, y dio al segundo el nombre con que una naviera identificaba los viajes a Cuba desde Cayo Hueso.   El presidente lo elaboró según la formulación del general Mario  García Menocal. Y al daiquirí, que nació en las minas del mismo nombre en Santiago de Cuba y que hasta entonces se preparaba a rumbo,  le aportó las medidas exactas y, sobre todo,  el hielo frapé, con lo que le dio el toque mágico que hoy lo distingue y lo dotó de su carta de ciudadanía internacional.  

Hay entonces razones sobradas para recordarlo.     

           

           

Eliseo Grenet

Eliseo Grenet

Ciro Bianchi Ross

Ese día Eliseo Grenet, el popularísimo creador de Mamá Inés, estaba más alegre que nunca. Su sucu-sucu Felipe Blanco que, como quien dice, acababa de componer, se adueñaba, con su ritmo contagioso,  de la preferencia de los bailadores y en aquella jornada, en un estudio privado de Radiocentro, adquiría matices inéditos en las voces y guitarras del trío de Servando Díaz que, con la asesoría del propio Grenet,  lo montaba con vistas a su presentación inminente en el teatro América.  Los compases del sabroso son pinero –“Ya los majases no tienen cueva/ Felipe Blanco se las tapó…”-  escapaban por la puerta entreabierta del local y contagiaban  a artistas y a empleados de la CMQ cuando alguien se acercó al compositor para comunicarle, no sin cierta complacencia, que de nada valía ensayar tanto cuando la Comisión de Ética Radial había resuelto suspender la difusión de la pieza.

            Grenet pareció restar importancia al comentario; no quiso darlo  por cierto y  prosiguió con su trabajo como si nada le hubiesen dicho, pero   era inútil que fingiera indiferencia. Sabía muy bien que aquella  suspensión podía comprometer el éxito  del espectáculo previsto para el América.  La cabeza le dolía ya terriblemente cuando abandonó el estudio y se dirigió hacia la oficina de un alto ejecutivo de la emisora para que confirmase o desmintiese la noticia. El hombre le doró la píldora.  

            -Hay algo  de eso… nada grave, entiéndelo. La Comisión se planteó el caso de Felipe Blanco, pero si tú  cambias los dos versos que se le  objetan, nadie impedirá que se siga tocando.

            El compositor escuchó con alivio aquellas palabras.  Si se trataba solo de dos versos, estaba dispuesto a sustituirlos con tal de que su sucu-sucu no fuera suspendido. Pero el dolor de cabeza no cedía y se había hecho  mayor cuando su esposa, María Eugenia García, pasó a recogerlo para asistir juntos a una recepción que tendría lugar en la embajada de Colombia. Allí el malestar se tornó intolerable y lo obligó a retirarse a su casa. La vieja hipertensión arterial que aquejaba a Grenet hacía crisis y lo hacía caer  fulminado por un derrame cerebral. Nada pudieron hacer los médicos por impedir la hemiplegia. A las dos de la mañana del día siguiente entraba en agonía y cuatro horas después dejaba de existir el autor de Si me pides el pesca’o, La mora y Si muero en la carretera, entre otras composiciones que pasearon su nombre por el mundo y pusieron muy en alto la música cubana. Dicen los que lo vieron en sus momentos postreros que mientras se le iba la vida movía acompasadamente el brazo derecho como si estuviese percibiendo una extraña melodía que se  empeñaba en trasmitir a una orquesta invisible.

EL NIÑO PRECOZ

Su amigo, el poeta Nicolás Guillén, en la crónica que con motivo de su muerte dio a conocer en noviembre de 1950, lo describía así: “Eliseo Grenet tenía 57 años, pero fingía 40. Pequeña la talla, anchos los hombros, corto el cuello que sostenía una cabeza poderosa, de líneas fuertes y bien distribuidas, el físico del popular compositor  ofrecía un aspecto sui géneris. Una pulgada menos, y habría sido la catástrofe. Viéndole, nos sentíamos inclinados siempre a concederle dos pulgadas más…”

            Nació en La Habana, en 1893 y tenía solo nueve años  de edad cuando sorprendió a los que lo conocían con una revista musical que estrenó en la escuela donde estudiaba. Era la época del cine mudo y las salas cinematográficas requerían de un pianista que acompañase las películas donde Francesca Bertini moría dramáticamente de tuberculosis en los brazos inevitables de Gustavo Serena.   Pronto el muchacho, como pianista,  comenzaría a buscarse la vida en el cine La Caricatura donde le pagaban un dólar por noche hasta que  poco después, y siendo todavía un adolescente, pasó a dirigir la orquesta del teatro Politeama Habanero con la que estrenó no pocas zarzuelas. En 1926 dirigió el conjunto musical del teatro cubano de Arquímedes Pous. Con Ernesto Lecuona compuso Niña Rita o La Habana en 1830 y, ya en la cúspide de su fama, musicalizó varios poemas de Guillén: Negro bembón, Tú no sabe inglé, Sóngoro cosongo…

            Gerardo Machado estaba  en el poder y el Lamento cubano, de Grenet, que algunos compararon con El jibarito puertorriqueño, se hizo intolerable para los sicarios de la dictadura. Un esbirro machadista le aconsejó que saliera  de Cuba para evitar males mayores. Al compositor no le quedó otra alternativa que seguir aquella recomendación que, más  que tal, era una orden y decidió embarcar rumbo a España. Ya con el buque a punto de zarpar, el capitán lo llamó a su presencia y Grenet acudió a su encuentro con la idea de que el dictador no lo dejaría salir del país.

            -Veo que viaja usted en tercera –le dijo el oficial.

            -Es que no tengo dinero para viajar con más comodidad.

            Las palabras del capitán entonces le devolvieron a Grenet el alma al cuerpo:

            -Pues venga conmigo a mi camarote. Yo conozco su obra y no puedo permitir que un compositor de su talla viaje en tercera clase.

EL ÉXITO

En España lo esperaba una sorpresa gratísima: su Mamá Inés recorría triunfalmente el mundo y rivalizaba en popularidad con El manisero, del también cubano Moisés Simons. Mil representaciones consecutivas alcanzaba  en Madrid su zarzuela La virgen morena, cuando la capital francesa reclamó al compositor. Francia que tradicionalmente había ignorado a  América, empezaba a interesarse por las cosas de este continente y fue la música cubana –con Simons y Grenet por medio- la que abrió esa puerta, escribió por aquellos días Alejo Carpentier, a la sazón en París y testigo lúcido de ese acontecimiento. Una música, sentenciaba Carpentier, que olía a batey de ingenio, a patio de solar, a puesto de chinos, a pirulí premiado… y que no era  otra que el son que irrumpía  por igual en teatros y cabarets y la conga que Grenet imponía desde el cabaret La Cueva.

            Cada noche, en el Palace, Rita Montaner arrancaba ovaciones espontáneas con sus interpretaciones de Mamá Inés, y en otros centros nocturnos el público la reclamaba. Decía Carpentier: “… ingleses y franceses la bailan o hacen esfuerzos por bailarla. La movilidad y el dinamismo de esa música vencen todos los escrúpulos. Muchachas oxigenadas, que nunca salieron de París, cobran impulsos tropicales y exigen el bis a gritos. Los archiduques rusos pierden sus monóculos. Los yanquis  gritan: ‘¡Oh, wonderful!”. Las pálidas hijas de Albión olvidan por un instante sus poses  prerrafaelistas al enterarse del sortilegio sonoro que viene de las Antillas”. 

            Cuando la conga hacía furor en Europa y se infiltraba en EE UU, Grenet regresó a Cuba. Poco después partió hacia Nueva York y brindó allí, con bailarines cubanos,  una demostración del cálido ritmo. Su estancia en Buenos Aires y en otras capitales latinoamericanas fue apoteósica, pero se quedó con las ganas  de revivir en Broadway el éxito clamoroso que consiguió en Madrid con La virgen morena.

            Sus últimos años en Cuba los pasó enfrascado en una lucha tan feroz como estéril contra el mambo, que consideró una desnaturalización de la música cubana. En Isla de Pinos, meses antes de su muerte, descubrió el sucu-sucu y le llamó poderosamente la atención. Era una danza que los pineros bailaban desde muy atrás y que debía su nombre al sonido característico que provocaban los bailadores sobre el piso al arrastrar rítmicamente los pies: sucu, sucu, sucu…

            Grenet se enamoró de ese ritmo y pronto su Domingo Pantoja se convirtió en un hit, en tanto que Felipe Blanco sonaba el día entero en los radios domésticos y en los aparatos automáticos de los establecimientos comerciales y más de un humorista tomaba su letra como punto de partida para elaborar un chiste político o de temática escabrosa.

            -Ya puedo morir tranquilo –decía el compositor- porque el sucu-sucu es música cubana, libre de la odiosa contaminación extranjerizante.

            No murió en paz, sino  atenazado por la amenaza  de la Comisión de Ética Radial sobre su Felipe Blanco, lo que no quiere decir que fuera  el disgusto lo que le provocó la muerte. Pero así lo interpretó la gente. Millares de personas desfilaron ante su cadáver y acompañaron sus restos al cementerio en peregrinación silenciosa y solidaria.

            Cuando la muerte del trovador Manuel Corona, que pidió que hubiese junto a su tumba café y guitarras, Eliseo Grenet reclamó  a sus amigos que no lo despidiesen con marchas fúnebres, sino que le cantaran sus composiciones favoritas, Mamá Inés, Facundo… Pero el maestro Gonzalo Roig, llegado el momento y en discrepancia con el  deseo de Grenet y el criterio de algunos de sus amigos, prefirió ejecutar, al frente de la Banda Municipal, el Lamento cubano.