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Pablo Neruda en la Habana

Pablo Neruda en la Habana

Ciro Bianchi Ross

 En una carta que el 29 de julio de 1940 Delia del Carril –esposa entonces de Pablo Neruda- dirigió al ensayista cubano Juan Marinello, le dice que las circunstancias había desbaratado a Pablo “el plan de pasar por La Habana”, aunque “de todas formas tiene el firme propósito de ir”. El matrimonio viajaba hacia México, donde el poeta asumiría el cargo de Cónsul General de Chile y una vez en ese puesto, escribe Delia, le resultaría muy difícil viajar sin un motivo plausible. Es por eso que pide a Marinello que los amigos cubanos se acercaran al subsecretario de Relaciones Exteriores chileno, a la sazón en la capital de la Isla, o al embajador de ese país “y le hagan saber vuestro deseo de que Pablo os haga una visita”. Añade que el poeta “está adelantando bastante su Canto general y que no te escribe personalmente y me ha dejado a mí ese placer” porque “tiene que mandar una serie de cartas imprescindibles a Chile, latosas y desagradables” y aprovechará –la pareja viajaba en barco- el correo aéreo de Lima.

            Esa carta manuscrita, que obra en los fondos de la Biblioteca Nacional de La Habana y cuya lectura resulta difícil, sobre todo la cuartilla inicial, por lo desvaído de la tinta, lleva una posdata del propio Neruda. “Me muero de ganas de ir a Cuba”, dice a Marinello, y pide que en su nombre salude a Wenceslao Roces, traductor de Marx al español, al poeta español  Manuel Altolaguirre, a los cubanos  Nicolás Guillén,  Francisco y  Félix Pita Rodríguez y  Emilio Ballagas. Añade enseguida: “Y en particular a toda La Habana menos al viejo cabrón de Juan Ramón Jiménez”.

ANTERIOR, TURBULENTO, CERRADO, SOMBRÍO

Existía entre Neruda y Juan Ramón una vieja rencilla que el tiempo había recrudecido. Las desavenencias entre el chileno y el autor de Platero, a quien Neruda suponía todavía en La Habana, venían de atrás. Si Juan Ramón toleraba Veinte poemas de amor, quizás porque en los textos que lo conforman creyó descubrir su influencia, no toleraba ese otro gran libro de Neruda que es Residencia en la tierra. Para remate, el poeta de Moguer se hacía eco de la acusación de plagio que cierta vez se formuló contra Neruda: uno de los Veinte poemas… -el 16-, se decía, tenía un parecido sospechoso con “El jardinero”, de Tagore –escritor hindú que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1913- traducido al español por la esposa de Juan Ramón.

            A partir de ahí la polémica se agrió y la artillería gruesa y el fuego graneado del autor de Diario de un poeta recién casado hicieron blanco no solo en Neruda, sino en otros escritores latinoamericanos y españoles. Hasta García Lorca cogió su ramalazo. Decía Juan Ramón después del estreno de Mariana Pineda: “¡Lorca! ¡Pobre Lorca! ¡Está perdido!”. Y de Bodas de sangre, obra que aseguraba no haber visto, afirmaba que no pasaba ser cosa de zarzuela.

            Pero sería precisamente en La Habana –vivió aquí desde noviembre de 1936 hasta enero de 1939- donde “el andaluz universal” concebiría y escribiría su gran ataque a Neruda. Lo llamó “un gran mal poeta, un gran poeta de la desorganización… torpe traductor de sí mismo y de los demás, un pobre explotador de sus filones propios y ajenos, que a veces confunde el original con la traducción. Un abundante descuidado escritor realista de desorbitado romanticismo”.

            Estos antecedentes son los que motivaron la expresión de Neruda sobre Juan Ramón en su carta a Marinello. “Choque de dos poesías, de dos filosofías, de dos generaciones, de dos personalidades… de dos continentes”, apunta Volodia Teitelboim en su biografía del poeta chileno.

            Pasó el tiempo. La estancia en América, que tanto influyó en su poesía, hizo nacer en Juan Ramón otra manera de ver las cosas de nuestro continente y de su propia España, y en 1942 publicó en la revista Repertorio Americano, de San José de Costa Rica,  su “Carta abierta a Pablo Neruda”. Ofrecía en ella su nueva visión de la poesía del chileno, aunque advertía, de entrada, que nunca retiraba una opinión anterior, sino que la modificaba. Decía: “[…] Es evidente ahora para mí que usted expresa con tanteo exuberante una poesía hispanoamericana general auténtica, con toda la revolución natural y la metamorfosis de vida y muerte de este continente […] Y el amontonamiento caótico es anterior al necesario despejo definitivo, lo prehistórico a lo poshistórico, la  sombra turbulenta y cerrada a la abierta luz mejor. Usted es anterior, prehistórico y turbulento, cerrado y sombrío […]”

            Neruda no fue insensible a esa manera juanramoniana de ver su poesía y escribió al andaluz “la profunda emoción con que leí sus líneas, que con su sinceridad agrandan la admiración que por su obra he sentido durante toda mi vida”.

EN CUBA

 

Precisamente en ese año de 1942 estaba Pablo Neruda en La Habana por primera vez. El gran poeta comunista había sido invitado a venir a la Isla por un escritor católico, José María Chacón y Calvo, entonces al frente de la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación. En la Academia Nacional de Artes y Letras dictó varias conferencias –dos de ellas sobre Francisco de Quevedo- y evocó, dice Teitelboim, “por primera vez en América al Correo Mayor de Su Majestad, don Juan de Tassis, conde de Villamediana, el enamorado de la Reina, que un día incendia las cortinas del escenario de Palacio a fin de tener pretexto para huir con la alta amada prohibida en brazos”.

Testigo de excepción de aquellas conferencias es la poeta Fina García Marruz, galardonada este año con el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda. Aún recuerda aquella tarde de marzo de 1942 cuando lo escuchó recitar los sonetos de amor y de muerte de Quevedo Fue la única vez que vio en persona al gran poeta chileno y lo evoca ahora mientras recorría la sala de un extremo a otro y decía los versos de memoria, “sin aquella voz declamatoria que adquirió después y hemos escuchado por la televisión”. Neruda entonces, precisa, “aspiraba la última sílaba, pero mucho más débilmente que Gabriela Mistral”. Como toda su generación, Fina se entusiasmó con Veinte poemas de amor y una canción desesperada, “un clásico del romanticismo americano, que no era de escuela, sino de esencias” porque “venía del romanticismo libertario”. Y leyó con gusto otros poemarios de Neruda como Crepusculario y Tentativa del hombre infinito, pero sobre todo Residencia en la tierra, libro focal en  la poesía  del continente.

            Volvió Neruda en 1949 ó 1950 por unas pocas horas. Regresaba a México procedente de Europa –había asistido a un congreso por la paz en París y a los festejos por el sesquicentenario de Puccini, en Moscú- y el avión en que viajaba hizo escala en La Habana a causa de una falla técnica. Perseguido en Chile después de la traición del presidente González Videla al Frente Popular, el entonces senador Pablo Neruda era “el poeta errante”, como le llamó el periodista Enrique de la Osa en una nota que publicó en la sección “En Cuba”, de la revista Bohemia.

            Cuando regresó a La Habana por última vez, a fines de 1960, traía Neruda los poemas de Canción de gesta, el primer libro –se ufanaba por ello- “que un poeta en cualquier parte del mundo hubiera dedicado a la Revolución Cubana”. Un poemario que se cierra con una “Meditación sobre la Sierra Maestra” que es también suma y compendio de la vida del poeta en esa hora auroral. En esa visita, en la Plaza de la Revolución, ante un millón de personas, leyó el chileno, con su entonación peculiar, su  canto “A Fidel Castro”.

            Su amor a la Revolución Cubana, su fidelidad, no se enturbiaron por aquellos “dolorosos malentendidos” de 1966 cuando escritores cubanos, en carta abierta, enjuiciaron “su actividad poética, social y revolucionaria”, según comentó el propio Neruda. El poeta, ofendido, respondió con acritud. Sin embargo, el incidente no hizo que decayeran sus simpatías hacia Cuba y su Revolución. Lo dice explícitamente en Confieso que he vivido, su libro de memorias: “Un punto negro, un pequeño punto negro dentro de un proceso, no tiene gran importancia en el contexto de una causa grande. He seguido cantando, amando y respetando la Revolución Cubana, a su pueblo, a sus nobles protagonistas”.

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1 comentario

Té la mà Maria -

muy buen blog felicidades

si visita el nuestro encontrará dos artículos que hablan de su maravilloso pais

saludos desde Reus Catalunya
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