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El hombre de las dos Habanas

El hombre de las dos Habanas

Ciro Bianchi Ross

 

Se dice un hombre de las dos Habanas y con ese título su hija Vivian Lesnik realizó un documental espléndido en que narra su vida: la estancia en la Universidad, donde trabó amistad con Fidel Castro, a quien, para salvarle la vida, mantuvo escondido en su casa durante dos semanas; su incorporación a la Ortodoxia, el partido de Eduardo Chibás, que tanto se empeñó en el adecentamiento político administrativo, la oposición a Batista, su vinculación a la guerrilla, en las montañas del Escambray, la alegría del triunfo de la Revolución y la disconformidad posterior, la salida clandestina de Cuba luego de la permanencia en una embajada, el exilio…

 Desde hace 45 años Max Lesnik vive en Miami y allí, en un ambiente hostil, aboga por el cese del bloqueo norteamericano contra Cuba y porque los cubanos de dentro y de fuera sean una sola nación y se rijan por los mismos principios. No es un sentir solitario; sabe que muchos de sus compatriotas quieren un cambio en la política de Washington hacia La Habana,  aunque no lo digan.

Con verticalidad ética y un compromiso patriótico irreductible, Lesnik ha abogado por esos cambios, primero en su revista Réplica, que le cerraron a bombazos; en el canal 23, donde mantuvo un espacio de opinión, y más recientemente en Radio Miami, donde en una  columna combativa y no exenta de jocosidad que firma con el seudónimo de El Duende, registra la vida cotidiana de la comunidad cubana en Estados Unidos.

“Haberse ido de Cuba no es un pecado”, dice. Y recalca: “Lo importante es la actitud que asumas fuera de tu país”.  No le gusta hablar del exilio político cubano, etiqueta que fue válida para los batistianos y algunos más, sino de una  emigración económica. Y está convencido de que esa labor de acercamiento que trata de realizar entre las dos Habanas solo puede hacerla desde allá.

-Si los norteamericanos vinieran a Cuba, podrían conocer a Cuba. No la entienden porque la desconocen. Desde el inicio de la confrontación entre Washington y La Habana han visitado la Isla cientos de senadores, diputados, alcaldes, gobernadores… y todos supieron aquí de la perspectiva cubana. Todavía no conozco a uno que, después de escuchar la versión cubana, haya dicho que no está de acuerdo con esa posición. Algunos son discretos en sus declaraciones y comentarios; aun así reconocen que Cuba lleva parte de la razón. Por supuesto, para impugnar la equivocada política norteamericana con respecto a Cuba, hay que estar en Estados Unidos. Conozco esa realidad porque la he vivido. Y al revés. Conozco esta porque Cuba es mi país. Aquí nací y vuelvo periódicamente.

En efecto, muchas veces ha retornado Max Lesnik a Cuba desde que en 1978 lo hiciera por primera vez. Solo en el presente año, hasta agosto, estuvo ya en cuatro ocasiones. En una, la presentar, en proyección privada, el documental El hombre de las dos Habanas; en otra, para recibir la distinción Félix Elmuza, que le confirió la Unión de Periodistas de Cuba, y más reciente volvió para asistir a los actos por el centenario del natalicio de Eduardo Chibás.   Al verlo, muchos dicen que parece un hombre que nunca salió de Cuba.

 En aquella primera ocasión, el presidente Fidel Castro le preguntó sobre sus motivos para haber salido del país. Antes de responderle, Lesnik inquirió con el mandatario   acerca del trato que debía darle: Presidente, Comandante…

-Para ti, contestó  el gobernante, sigo siendo Fidel.

 

SIEMPRE HE SIDO EL MISMO

Nos encontramos en el bar del hotel Florida, en la calle Obispo, centro neurálgico de La Habana Vieja. Crecí en esta zona, dice Lesnik. Mira hacia fuera, a través del vidrio de la puerta y añade: Como dice el periodista Luis Ortega, gracias a Eusebio Leal tenemos hoy una Habana Vieja que Lezama Lima ni siquiera hubiera soñado. Pido un expreso para mí y él  se decide por un descafeinado. Comenta que El hombre de las dos Habanas, de Vivian Lesnik, tuvo una excelente acogida en el festival de cine que en Nueva York  auspicia el actor Robert De Niro, y anuncia que en el próximo mes de diciembre podrá ser visto en La Habana pues se presentará en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano.

            -El hombre de las dos Habanas es una frase ingeniosa y un magnífico título. Pero ¿existen realmente dos Habanas?

            -Sí, existen y entrañan dos visiones completamente distintas de Cuba y del mundo. Es una denominación que viene de, cuando en los años 30 y por el número de italianos emigrados, se hablaba de la pequeña Italia en Nueva York.  No se trata de comparar la pequeña Habana de allá con la gran Habana de aquí. La de allá se concreta a una zona del sur de Miami, pero tiene fuerza económica,  gravita  por razones políticas en el destino de todos los cubanos, tanto  los del exterior como  los de dentro de la Isla, y ha llevado al gobierno norteamericano a seguir con respecto a Cuba una actitud fracasada que se mantiene vigente, sin embargo, por los políticos de esa pequeña Habana y la influencia que les da el sistema electoral vigente.  Indudablemente, existen dos Habanas. La de aquí, cada vez más abierta al mundo, y aquella, que esperamos se haga cada vez más pequeña.

            Nací en esta Habana y vivo en la pequeña Habana de Miami. Voy y vengo entre una y otra,  siempre en busca de las mejores relaciones entre ambas y en procura de que los cubanos de dentro y de fuera sean una sola nación y se rijan por los mismos principios, propósito este que pasa, desde luego, por la solución del diferendo entre Cuba y Estados Unidos.

-¿Está solo en ese empeño? ¿Es la suya una voz solitaria?

-Siempre hay voces que reflejan la opinión de otros y no diría que mi pensamiento es el de  la mayoría del exilio, pero sí que  hay muchos cubanos que piensan de la misma manera. Cuando el enemigo alude a nuestra presencia en el escenario de Miami, es prueba de que trasciende lo que decimos y que no estamos solos. No tengo ambiciones personales, no aspiro a nada en Estados Unidos. Solo queremos que cambie la política norteamericana hacia Cuba y contamos con el respaldo de muchos compatriotas.

-¿Cómo enfrenta el clima adverso y las amenazas del ala más recalcitrante del exilio?  ¿No tiene miedo?

-No los  enfrento;  los vivo. Estoy acostumbrado ya a todo tipo de presiones. Desde la etapa de la revista Réplica nos ganamos  la animadversión de la derecha irracional de Miami, que hizo que publicación fuera objeto de varios atentados terroristas. Tuvimos la buena suerte de salir vivos en aquella época, y la buena suerte nos sigue acompañando. Ahora, sentir miedo… el miedo es algo tan humano que nadie está exento de sentirlo. Pero uno se habitúa  al peligro y convive con él, no por valor, sino por costumbre. Uno empieza por no hacer caso de las amenazas, se olvida  de ellas y el miedo desaparece.

Agrega Lesnik que, al igual que toda su generación, creció en el riesgo y vivió en la hostilidad. Tenía solo tres años de edad, en noviembre de 1933, cuando, en tiempos del primer gobierno de Grau San Martín,  escuchó desde su casa, cercana al Palacio Presidencial, el bombardeo nocturno a la mansión del ejecutivo y a la mañana  siguiente los disparos y la algarabía de la contrarrevolución que quería ocupar Palacio y eliminar o poner preso al Presidente. Años más tarde, siendo niño todavía,  cuando Grau fundó el Partido Auténtico, fue pionero de esa organización política. Vivió, en la Universidad, la etapa del gangsterismo y se opuso luego a Batista. Hizo en la revista Bohemia y en la Cadena Oriental de Radio un periodismo de combate y de  oposición política abierta contra la dictadura batistiana hasta que se fue a la guerrilla del II Frente Nacional del Escambray. 

-Pudiera decir que estoy inmunizado. No le niego que  me preocupó mucho la suerte que, por mi conducta en Miami,  pudieran corren Miriam, mi esposa, y las niñas. Mientras fueron pequeñas no nos cansábamos de advertirles que no salieran de la escuela con nadie que no fuésemos nosotros, que rechazaran cualquier compañía, aun cuando hubiesen visto en casa a la persona. Una tarde fuimos a buscar a Vivian y no estaba en el colegio. La había recogido, para hacernos el favor, Luciano Nieves, ex capitán del Ejército Rebelde, donde fue ayudante del comandante Camilo Cienfuegos. No pasó nada, pero apenas cuatro días después, Nieves, que buscaba asimismo un acercamiento con el gobierno cubano, era cadáver. Fue a visitar a su hijo, internado en un hospital, y al salir al parqueo a tomar su automóvil, lo balearon por la espalda.

Cuando triunfó la Revolución volvió Lesnik a su espacio en la radio. Un día dijo en su programa que no era imperialista ni comunista porque no le daba la gana de ser ninguna de las dos cosas, y al salir de la cabina, el operador de audio le advirtió que si volvía a decir una cosa así, le cerraría los micrófonos. Lesnik decidió no regresar al programa. Era la época en la que se trabajaba en la creación de las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI) antecedente del Partido Unido de la Revolución Socialista (PURS) y del actual Partido Comunista de Cuba y que agruparía a todas las organizaciones revolucionarias. El II Frente también fue invitado a sumarse, pero ese grupo decidió disolverse y, en un manifiesto que redactó el propio Lesnik, dejó en libertad a sus integrantes para que escogiesen el camino político que quisieran. Lesnik pasó una estancia en la sede diplomática de Brasil, no como asilado, sino como invitado del embajador y luego salió de la Isla, clandestinamente, en un bote.

-Dije a Fidel que lo hice porque estaba en desacuerdo con el rumbo de la Revolución en su política de acercamiento a la Unión Soviética. No le dije que tampoco estaba de acuerdo con la pena de muerte. Estoy en desacuerdo por una cuestión de principios. Pero estar en desacuerdo o de acuerdo en una cosa como esa es para mí algo aleatorio. Porque por más que lo pienso hay delitos que no tienen otra alternativa posible que esa sanción. Por cierto, cuando dije a Fidel lo del acercamiento de Cuba con Moscú, me respondió: Si tú hubieras estado sentado en esta silla habrías hecho lo mismo.

-A esta altura de su vida, ¿le pesa haberse ido?

-Si y no. Creo que nadie debe salir de su país y nada justifica una determinación así,  sobre todo, ahora. Lo hice en un momento en que razones de tipo político me aconsejaron que pusiera agua por medio. El destierro no es nuevo en la historia de Cuba. El exilio no es un pecado. Lo importante es la conducta que asumes cuando estás fuera de tu país.

-¿Se considera ahora un exiliado?

            -No. El exilio ha cambiado mucho. Fue un exilio político, pero las circunstancias variaron y el exilio dio paso a la emigración económica. Salvo en el caso de los batistianos y de algunos más, no se puede hablar de exilio político. Les cuadraba esa etiqueta. Otros, los más, que no salieron de Cuba por razones políticas, hablan también de exilio. Dicen vivir en el exilio, como si hablaran de un término geográfico, “la patria portátil”, a la que alude  Luis Ortega. Yo, como hombre de las dos Habanas, no pienso que soy un exiliado. No lo es un hombre que transita entre una Habana y otra y que aspira a que todo cubano, de aquí y de allá, pueda hacer lo mismo.

            En el acto en que la Unión de Periodistas de Cuba hizo entrega a Max Lesnik de la distinción Félix Elmuza, el doctor Ricardo Alarcón, presidente del Parlamento cubano, calificó al condecorado de gran patriota y gran periodista; un ejemplo para los  profesionales de la prensa. Exaltó asimismo su contribución al empeño por  la liberación de los cinco luchadores  antiterroristas cubanos que guardan prisión en Estados Unidos y al cese del bloqueo contra la Isla.

            -¿Qué semejanzas y qué diferencias se advierten en el periodismo que hizo en Cuba y el  que hace en Miami?

            -Mis afanes como joven combatiente ortodoxo y contra la dictadura de Batista me llevaron a esta lucha en la etapa actual de mi vida. Siempre he sido el mismo, un rebelde,  antes y después del golpe de Estado batistiano del 10 de marzo de 1952. He militado invariablemente  en la oposición. Mientras viví en Cuba seguí una única conducta en el programa que mantenía en la Cadena Oriental de Radio y en mis colaboraciones con la revista Bohemia. Si ahora leyésemos esos artículos y escucháramos esas grabaciones, nos percataríamos de que su autor es el mismo que dirigió la revista Réplica, mantuvo un programa en el Canal 23 y escribe ahora la columna de El Duende.

            -¿Por qué El Duende un personaje que está muerto, como bien se recalca día a día? ¿Por qué no, abiertamente, Max Lesnik? ¿Elude así determinadas responsabilidades?

            -Los muertos viven, son eternos. El Duende es un fantasma que habita en una tumba fría. Cuando salí de Cuba, El Duende iba conmigo. En San Antonio de Vueltas, el pueblo donde nací y que hoy pertenece al municipio de Camajuaní, en la provincia de Villa Clara, en el centro de la Isla, aparecía un periódico con el nombre de Jalisco…En sus páginas animaba un duende que se permitía decir todo lo que los demás callaban. Recordaba a aquel personaje y lo retomé. Está bajo mi control, pero ya hoy son mucha gente. Hay duendes en Madrid, en Washington y Nueva York,  en La Habana… hasta en  El Nuevo Herald hay un duende infiltrado. Se reprodujo como las amebas. Son ya muchos duendes, pero eso no me libera de responsabilidades. Las asumo todas a los efectos legales y personales y también moralmente. Lo que sucede es que El Duende, con sus comentarios impersonales y también a veces intemporales, me permite soltura y libertad expresiva y valerme de la jocosidad y recurrir incluso al chiste, lo que me está vedado cuando también para Radio Miami hago, digamos, el comentario de Réplica.

            -¿Cómo ve la interinatura de Raúl Castro?

            -Raúl es un hombre que estuvo en todas las batallas: la Universidad, el Moncada, el Granma, la Sierra Maestra. El Ejército Rebelde.  Es un magnífico organizador, como lo ha demostrado en las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Su responsabilidad al frente del país no le llega por herencia de familia, sino por mandato constitucional. Se le dio algo que no le quedó más remedio que aceptar, pero que no le hace ningún favor, y sabe que su mandato está limitado por el tiempo y que lo que viene es el relevo generacional.

            -¿Qué reproches, qué críticas haría hoy a la Revolución?

            -Entrar en el campo de los reproches o las críticas por el mero hecho de hacerlos, carece de sentido. Creo que se impone luchar por el logro de un cambio de política de Estados Unidos hacia Cuba. Cuando esa política cambie, podría examinarse cualquier reforma, siempre y cuando esa reforma no ponga en peligro el proceso cubano. Mientras Washington gravite sobre el destino del país  se corre el riesgo de que cualquier transformación se convierta en la abertura por donde penetre el enemigo.

-Comenzó usted muy joven su vida política; con solo 21 años ocupó la secretaría general de la Juventud Ortodoxa. Tendría de seguro  un futuro promisorio en la política cubana.  El triunfo de la Revolución cortó para usted cualquier posibilidad en ese sentido. ¿Lo ve como una frustración?

            -No tuve jamás ambiciones políticas. Tuve aspiraciones políticas. Para realizar un ideal político, por supuesto, se impone llegar al poder y la presidencia de la República es la aspiración máxima de todo político. Pero  anhelar  ser el presidente de la República es algo más que llegar a serlo y siempre estuve convencido de que mi nombre, difícil de pronunciar, conspiraría contra mí en una postulación. Si le digo la verdad, me hubiera gustado ser primer ministro en un régimen parlamentario; no presidencialista, como era el cubano. Un primer ministro con mi nombre era posible en Cuba; un presidente, nunca.

Foto Mayra Gómez Fariñas

           

 
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1 comentario

Magdaleno Solano Faildes Torres -

El hombre de las dos caras y de un solo pensamiento.
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