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La Edad de Oro: Encantar jugando

La Edad de Oro: Encantar jugando

Ciro Bianchi Ross

 

La colonia cubana en Nueva York se sorprende, en el verano de 1889, con la noticia. José Martí, el revolucionario viril, el propagandista incansable de la guerra contra España, acaba de lanzar una revista titulada La Edad de Oro y que dedica a los  de América.

            “Para los niños trabajamos, por que los niños son los que saben querer, porque los niños son la esperanza del mundo”, escribe Martí en el editorial del primer número de la revista y detalla enseguida los propósitos de la publicación: “Este periódico se publica para conversar una vez al mes, como buenos amigos, con los caballeros de mañana, y con las madres de mañana… Todo lo que quieran saber les vamos a decir; y de modo que lo entiendan bien, con palabras claras y con láminas finas. Los vamos a decir cómo está hecho el mundo; les vamos a contar todo lo que han hecho los hombres hasta ahora”.

            Se trata de una publicación mensual, de 32 páginas a dos columnas, fina tipografía y agradable papel, en la que se incluyen láminas y viñetas en las que los mejores artistas plasmaron escenas de costumbre y de viaje y retratos de hombres y mujeres célebres, y que contiene  además reproducciones de pinturas famosas y de máquinas y aparatos científicos. Garantiza una lectura variada y placentera y también instructiva. Y tiene tantos valores pedagógicos y artísticos que hoy se le considera una obra maestra del que tal vez sea el más difícil de los géneros: la literatura para niños y jóvenes.

            Dice al respecto la cubana Fina García Marruz, una de las más profundas conocedoras de la obra de Martí: “El principal hallazgo de La Edad de Oro es haber descubierto ese medio justo con que había que dirigirse a los niños y hablarles de modo que las palabras no pareciesen palabras o ideas, sino que fueran como la piedra que inicia el juego. Una vez en posesión de esa palabra, tomada al mundo de ellos, no iban a notar si se les enseñaba arqueología o historia mientras parecía estarles haciendo un cuento”.  El poeta  mexicano Manuel Gutiérrez Nájera, que caló antes que nadie estas páginas martianas, comprendió como pocos el empeño del hombre de La Edad de Oro: no se trata de que el adulto se aniñe ni que el niño se hombree, sino partir de que el mundo de la infancia es tan serio como el nuestro y no podemos entrar disfrazados en su ámbito. Y sentenciaba: Martí no se muestra en las páginas de su revista como una maestra de primeras letras ni como una criada vieja, sabedora de cuentos de hechicería. “Su trabajo es el trabajo del alba: despertar”.

            Martí vive lejos de su esposa e hijo. A este le dedicó, en 1882, un poemario que es expresión de una nueva sensibilidad, Ismaelillo. Está hecho con rimas inesperadas, una sintaxis compleja, arcaísmos y hallazgos verbales. Inmerso como vive en el torbellino de la lucha política, el recuerdo del hijo lejano es como el remanso de un lago encantado. A esta hora, el amor sereno y doméstico de Carmen Miyares le ha sustituido el amor esquivo de su esposa. Y lo llena.  Carmen está casada con el cubano Manuel Mantilla, enfermo de melancolía y de parálisis. Es medio venezolana  y medio santiaguera;  gorda, parlanchina, simpática. Martí se aficiona a los hijos de Carmen, especialmente María, a la que distingue con marcado amor paternal. Saca a los muchachos por las tardes en bulliciosa reata. Los lleva al Parque Central, ven, en el Edén Musèe, las famosas figuras de cera. Todo lo sabe Martí. Todo quiere explicárselo a los niños.

            ¿Y por qué no hacerlo para todos los niños de América?  Un brasileño amigo, A. D’ Acosta Gómez, pone los recursos imprescindibles. El hombre que es uno de los grandes prosistas de la lengua española  es ahora sencillo a fuerza de ser sintético. Su estilo no se empequeñece para llegar a los niños, asevera Fina García Marruz. Por el contrario, se torna más fabuloso. Imita el idioma del niño. “Tres héroes”, elogio de Bolívar, Hidalgo y San Martín contenido en el número inicial de la publicación es una página sencillamente antológica, como lo son muchas de las de los tres números restantes porque  La Edad de Oro, “empresa del corazón y no del mero negocio”, vivió solo un año.

           

           

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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