Blogia

wwwcirobianchi / BARRACA HABANERA

Velorios

Velorios

Ciro Bianchi Ross

Cuando yo era niño –y no hace de eso tantos años- un velorio era todavía un velorio. Un acto revestido de solemnidad aunque no faltase en ninguno de ellos el chistoso de guardia a quien los reunidos escuchaban sus pujos a falta de algo más interesante que hacer. Entonces, tan pronto se conocía la noticia de la muerte de un conocido, amigos y vecinos se aprestaban a “cumplir” con el difunto. Las mujeres  vestían de negro y aquel que andaba siempre en mangas de camisa casi agradecía la oportunidad para volver a lucir el traje que se compró cuando el bautizo de la niña y que no usaba desde que ella cumpliera los 15, pero que  bien cepillado volvía a quedar  como nuevo. Un trajecito de entretiempo, de apéame uno, pero que todavía daba el plante con la corbata de listas, que era la única. O la  guayabera de hilo, con la infaltable corbata de mariposa, muy cómoda porque venía  de fábrica con el lazo hecho y bastaba con  sujetarla al  cuello con sus presillas, que también eran de fábrica.  En ese tiempo, “por cumplir”, la gente se pasaba la noche entera en la funeraria, aunque tuviera que escucharle una y otra vez a los dolientes el relato pormenorizado de los días pasados en el hospital, la lenta agonía y  los esfuerzos vanos del médico por prolongarle la vida. Menudeaban frases como “no somos nada”  y otras que recordaban lo efímero de la existencia  y no era raro que alguien  aludiera una y otra vez  a lo vivito y coleando que andaba el difunto antes de morirse. Los familiares no reprimían los ayes ni las lágrimas ante cada expresión de pésame que se acompañaban con besos, abrazos y sonoros manotazos en las espaldas  y el silencio y la tranquilidad del lugar se rompían de cuando en cuando con manifestaciones de dolor mal contenidas. Desmayos. Subidas de presión. Calmantes, tazas de café y juguitos. Cuando los funerarios se disponían a llevarse el ataúd uno o más familiares se abrazaban a la caja como si abrazaran al muerto mismo.   “No, no se lo lleven”, decían a voz en cuello.  Pero era la hora y  había que llevárselo.

            No era lo mismo un velorio en  Caballero que en  Maulini o en Fiallo.  Pobres y ricos seguían divididos al borde de la tumba. Y en la tumba misma.  La muerte tenía también rango y clase  y el servicio fúnebre se pagaba en consecuencia. Existía el término medio, que era el que brindaba la funeraria Nacional. Los funerarios de medio pelo  o sus agentes recorrían clínicas y hospitales para enterarse de  quién en ellos estaba a punto de fallecer  e ir enamorando a los familiares a fin de que  no se les  escapara el negocio. Un negocio que  se disputaban en ocasiones   ante un  cuerpo todavía caliente. Pese a las diferencias y aunque el muerto no protestara,  lo mismo daba un velorio en Rivero que en Luyanó o en Oliva: el entierro no salía hasta que no se pagara el funeral. No valían súplicas ni promesas. Y había zonas  en el cementerio. Según la ubicación de la bóveda,  así era la posición  económica del muerto. Una necrópolis que reproducía  en sus cuadros y en el lujo de los panteones  la ciudad de los vivos, con su Country Club, su Miramar, su Vedado, su Llega y Pon…

VIENE DE ATRÁS

En Cuba, la costumbre de velar un cadáver viene de atrás, es decir, de España y África y es tan vieja entre nosotros que ya en una de nuestras primeras publicaciones literarias, El Papel Periódico de La Habana,  en su edición correspondiente al 4 de diciembre de 1804, aparece un “Extracto de lo que suele acontecer en los velorios”. Cuenta su autor que un día, frente a una casa donde se velaba un cadáver, uno de los amigos del muerto, para animarlo a entrar, se le acercó y le dijo: “Pase usted a divertirse, que para todos hay y para más que vengan”.

            En opinión del historiador Emilio Roig de Leuchsenring, los velorios en aquella época eran verdaderas orgías. Así sucedía en Andalucía, y principalmente en Granada, donde la “feliz subida al cielo de un angelito” se acompañaba con una gran fiesta. Mientras los padres lloraban la pérdida, sus amigos cantaban y bailaban con loca alegría junto al cuerpo sin vida del niño. Fernando Ortiz, por su parte, puntualiza que eso de hacer una fiesta de un hecho luctuoso fue reforzado por los negros llegados como esclavos.

            Quizás aquí sea conveniente precisar que, a diferencia de lo que sucede en las ciudades,  en los campos cubanos velorio no es sinónimo de mortuorio. Nuestros campesinos velan a un santo, y no precisamente en su día, por agradecimiento o en pago de una promesa. O velan a un cerdo mientras se asa en púa y en ambos casos hay música y baile y corre la bebida. Ya en 1875, Esteban Pichardo,  en su Diccionario provincial casi razonado de voces y frases cubanas, afirma que velorio es  “la acción y efecto de velar   en reunión a una persona difunta o próxima a morir… Si el cadáver es de algún niño perteneciente a la gentualla, el velorio se convierte en diversión. En La Habana vulgar también hay velorios de mondongo, lechón asado, etc., conforme sea el sustituto del difunto para cenar muy tarde, beber, bailar…” Dice además: “La noche pasa en conversación a voz baja, intercalándose más tarde sus golosinas, café y otras bebidas”.

APETECIDO CHOCOLATE

Porque si en los velorios de hoy se ve pasar a veces una botella de ron, y más de una también, solo por espantar el pesar y no por otra cosa, desde luego,   comer era práctica habitual en los velorios de antaño. El pintor inglés Walter Goodman, que vivió en Santiago entre 1864 y 1869, recuerda en su libro Un artista en Cuba un velorio al que asistió en esa ciudad porque los familiares querían un retrato del difunto. Allí los concurrentes ahogaban  su tristeza en la copa que alegra y en la charla animada y se sirvieron dulces, bizcochos, café, chocolate y puros habanos. En los años 20 del siglo pasado, el poeta Rubén Martínez Villena, en su “Canción del sainete póstumo”, imaginaba  su propio velorio donde “las apetecidas tazas de chocolate/ serán sabrosas pautas en la conversación”.

            En un libro hoy desconocido  y olvidado, Viaje de Nueva Granada a China y de China a Francia (1881) del que existe un solo ejemplar en Cuba, su autor, el colombiano Nicolás Tanco y Armero, que llegó a La Habana en 1851 y se enriqueció con la trata de chinos, se traza esta imagen vívida de un velorio de entonces.

            “Desde el instante en que ha muerto alguno, se coloca el cadáver en medio de la sala sobre un catafalco que generalmente es muy lujoso, cubierto de terciopelo negro y lleno de multitud de adornos del caso… El pobre muerto se halla muy quieto y tranquilo en medio de colgaduras y cirios, pero la concurrencia de amigos no permanece del mismo modo. Triste es decirlo, pero las escenas que se pasan en estos momentos son escandalosas: en lugar de la compostura y el silencio que exige un acto de esta clase, reina la mayor algazara y ruido. Todos los amigos se reúnen en un cuarto donde generalmente están los parientes del finado y hablan de todas las materias en voz alta como si estuvieran en su casa. Cuando se acercan las doce de la noche se pasa al comedor, y allí les aguarda una magnífica cena donde con el humo del champaña y las tajadas de jamón se suele mitigar un tanto el dolor. Allí, al ruido de los corchos,  empiezan los consuelos de cada cual a los allegados… Los niñitos se levantan de la mesa y mascando sus buenas tajaditas se acercan a contemplar el cadáver. En un cuarto especial hay mesas de juego para los aficionados…”

RAOLA, EL FUNERARIO

Nunca he visto comer en un velorio, y quizás vuelvan ahora las apetecidas tazas de chocolate,  pero sí asistí de niño a algunos que tuvieron lugar en la propia vivienda del difunto. Se contrataban los servicios de una casa fúnebre, que ponía el ataúd, las velas, el crucifijo y  el carro, y los dolientes  pedían sillas prestadas entre los vecinos. En los años 20 y 30 hubo en La Habana un funerario célebre en lo que al velorio casero se refiere. Se apellidaba  Raola. Ya desde mucho antes existían funerarias en esta capital. Caballero, por ejemplo, se fundó en 1857, en Centro Habana, y allí estuvo hasta que en los años 40 o quizás antes se trasladó para  de 23 y M, que no era entonces la esquina céntrica que sería después. Y ya que sobre esto  hablamos, recuerdo  la ocasión en que en Santiago de Cuba, sin tener donde dormir, pasé toda una noche, con mis bártulos de reportero errante y casi vagabundo, en la funeraria Bartolomé.

            No digo que el dolor por la pérdida de un ser querido sea menor, pero la muerte, “algo que diariamente pasa”,  se ve de otra manera. Hoy los velorios se han simplificado. A veces no duran las 24 horas que antes se hacían de rigor. Palabra esa exacta para una mala noche. Son pocos los que pasan la noche completa junto a un muerto pues con el pretexto del transporte, “que está pésimo”,  o de compromisos ineludibles en la mañana siguiente, a las once, a más tardar, empieza la desbandada. De los que “cumplieron” porque muchos se hacen el chivo loco y ni por la funeraria se portan por estrecha que fuera su amistad con el muerto.    

           

              

             

Ruidos

Ruidos

Ciro Bianchi Ross

A los que hoy escriben a los periódicos para quejarse del ruido ambiente que mucho  perturba de día y de noche, diré enseguida –y no para que les sirva de consuelo- que La Habana ha sido siempre una ciudad ruidosa. Tanto que ya en 1937, el historiador Emilio Roig de Leuchsenring, en su crónica “El ruidoso problema del ruido”, publicada en la revista Carteles, lanzaba la idea de crear una liga contra ese mal.

            “Los mastodónticos tranvías, los estrepitosos camiones, los alborotadores automóviles, los tintineadotes carritos de helados, las arrolladoras guaguas, las repiqueteantes campanas de las iglesias, los motores de los aeroplanos, los pregones de toda clase de vendedores y principalmente de los billeteros y ¡los radios! producen en nuestra capital ruidos tan estruendosos que solo podrían ser superados por los de un terremoto, un ciclón o una guerra mundial”.

            Cuenta Roig en su página que días antes, sobre las ocho de la noche,  se vio obligado a recorrer  la calle Tejadillo, de comienzo a fin,  y apreció que en todas y en cada una de las casas y todos los departamentos de todos los edificios tenían puesto el radio con el capítulo correspondiente del serial de turno de Chan Li Po, el célebre detective chino salido de la imaginación y la astucia del santiaguero Félix B. Caignet.  Y precisa que pudo seguirlo completo, cuadra tras cuadra, porque desde la calle se oía, si no  perfectamente, sí ruidosamente.

             “El automovilista no se conforma con tocar su fotuto o klaxon en las bocacalles o cuando encuentra a su paso el obstáculo de otro vehículo o de un viandante, sino que también, malcriadamente, utiliza su bocina para avisarle al pariente o amigo que vive en un tercero o cuarto piso que lo está aguardando a la puerta de la casa. Y fotuteará, sin importarle un bledo la molestia que ocasiona a vecinos y transeúntes, hasta que aparezca la persona a quien de esa inconcebible, pero comodísima manera, trataba de llamar”, dice Roig en su crónica del 16 de mayo de 1937 y que parece escrita hoy mismo. No era la primera vez que abordaba el asunto pues ya antes, en 1928 y 1929 lo había hecho muchas veces.

 PASIÓN DOMINANTE

El problema del ruido en La Habana salta una y otra vez en libros que durante el siglo XIX escribieron memorialistas y viajeros. El francés J. B. Rosemond de Beauvallon, uno de esos tantos visitantes que testimonió su paso por la Isla, no deja de consignar las molestias que le ocasionaba.

            Nicolás Tanco y Armero, el colombiano que organizó el tráfico de culíes chinos a Cuba y se enriqueció en el empeño, anota también el problema, sin criticarlo, como si el ruido formase parte del paisaje habanero.

            A su llegada a la capital,  se aloja Tanco en el hotel La nobleza vascongada, en la plaza Vieja, donde paga dos pesos fuertes diarios. Una instalación con un zaguán lleno de plátanos y cajas de azúcar, como si fuera un almacén; los cuartos, pequeños en extremo, y la servidumbre, poco profesional. La comida, menos mal, era allí bastante buena y abundante, aunque cargada de manteca o aceite verde al uso de la cocina española. Precisa  el colombiano: “No hay aseo ni orden alguno, reinando siempre un gran ruido, pues todo el mundo disputa como si estuviera en una plaza pública”.

            Sale Tanco a la calle y “la pasión dominante es el baile; todo el mundo baila en La Habana sin reparar en edad, clase o condición… Las mismas danzas se bailan en el  palacio que en el bohío… Todo el día se oyen tocar las danzas, ya en las casas particulares, ya por los órganos que andan por las calles, a cuyo sonido suelen bailar los paseantes. Muchas veces he pasado, a mediodía, por una de aquellas casas que dan al Circo; la música ha herido mis oídos…”

            Escribe Tanco que en La Habana cada barrio cuenta con un mercado famoso, pero, en su opinión, el mejor de todos es el de la plaza del Vapor. En el interior del edificio se expenden carnes y toda clase de legumbres y verduras, y en el exterior, las frutas. “Pero lo que sorprende es la mezcolanza y variedad  pues al lado de una tienda de naranjas y piñas, se encuentra un lujoso almacén de ropas, y todas las galerías están plagadas de baratillos… La plaza del Vapor, además, encierra cafés, barberías y toda especie de establecimientos; puede decirse que es la capital de La Habana, así como el Palais-Royal podía llamarse la capital de París”.

            Sin embargo, precisa que no hay que  salir de la casa para comprar lo que falta  pues “desde que amanece empieza a recorrer las calles una multitud de vendedores llevando caballos cargados de cuanto se pueda necesitar. Jamás tocan a las puertas, pero van gritando sin cesar y a voz en cuello cuanto llevan… Cada vendedor adopta un modo de gritar particular, y se necesita mucha práctica para poder adivinar algunas veces lo que quieren decir, por lo raro que gritan. En Estados Unidos y Francia, las mujeres venden cantando; en La Habana, isleños y negros venden tarareando y bailando. Cada país indica en todo sus instintos”.

EL AGUADOR Y EL DULCERO

De los vendedores ambulantes que aumentaban con sus pregones el  índice de ruido en La Habana, escribe asimismo Eliza Mc Hatton-Ripley. Esa norteamericana, que vivió en Cuba entre 1865 y 1875, vio como otros pocos viajeros de la época y lo memorizó todo a fin de recogerlo luego en su libro De bandera a bandera, que publicó en Nueva York, en 1889.  A diferencia de otros testimoniantes, escribió desde adentro, sin olvidar por ello su condición de extranjera. Fue dueña de esclavos en su país y volvió a serlo en Cuba, donde llegó a poseer el ingenio azucarero Desengaño en la provincia de Matanzas, y en el entonces aristocrático barrio del Cerro fijó  su residencia, frente por frente a  del cónsul inglés, a un tiro de piedra de la del cónsul alemán, a la vuelta de la esquina de la del representante ruso y rodeada de las de hombres de negocios foráneos  ya que esa zona era entonces la preferida por los diplomáticos y el empresariado.

            Hasta allí llegaban también los vendedores ambulantes. El primero de ellos en aparecer, recuerda  Mc Hatton.Ripley, era, por supuesto, el lechero que arribaba con su pobre vaquita y un rezagado y amordazado ternero. Martha, la esclava que la señora había logrado traerse desde EE. UU., corría a la calle en respuesta al agudo grito de “¡leche!”. El hombre ordeñaba con destreza y la taza de Martha rebozaba de espuma. Una espuma que se deshacía antes de que el lechero doblara la esquina y dejaba poquísima leche en el recipiente.

            “Los vendedores de hortalizas, frutas y aves, con diversos cascabeles tintineantes  y gritos o silbatos discordantes, parecen pasar en procesión interminable, con largas hileras de caballitos, pesadamente cargados, atada la cabeza de cada uno a la cola apretadamente trenzada del que le precedía, y el primero de todos montado por un guajiro  con la camisa fuera de sus pantalones y la faja ornamentada por un ancho cuchillo”, dice la memorialista que anota además el paso de los aguadores. El agua entonces llegaba en pipas a las casas, pero era tan impura que aun las familias de recursos más escasos se privaban de satisfacer otras necesidades para adquirir el líquido que aquellos vendedores traían desde los manantiales de Marianao, a unas nueve millas de distancia, y que vendían en cuñetes de diez galones.

            “Hacia el mediodía, los dulceros, con triángulos de retintín o gritos chillones, que siempre atraían a niños y criados, pasaban con grandes bandejas diestramente equilibradas sobre sus cabezas, en las que traían pequeños cuencos y tazas de confituras recién hechas, conservas de guayaba y mamey, coco rallado cocido en azúcar y un delicioso flan de leche de coco, además de varias preparaciones de frutas. Las familias se proveían diariamente de postres con estos dulceros que recorrían las calles con su mercancía descubierta, indiferentes al polvo y el sol”, escribe Eliza Mc Hatton-Ripley en De bandera a bandera.

            De esos vendedores ambulantes, el único que Jorge Mañach salvaba en sus Estampas de San Cristóbal (1926) era al mantecadero. Encontraba ejemplaridad en ese personaje que “empuja y suena  a la vez” en un medio en que “tantos quieren sonar sin empujar”.

SUPLICATORIO

De acuerdo con el parecer de Emilio Roig de Leuchsenring en cuanto a la necesidad de acabar con el ruido en La Habana, el alcalde de entonces, Miguel Mariano Gómez, dirigió un suplicatorio a la ciudadanía a fin de que “voluntariamente” contribuyera a reducirlo y a evitar los ruidos innecesarios. La súplica no surtió el efecto deseado y el mayor capitalino se vio obligado a dictar un cuerpo de medidas que disponían la penalización de los ruidosos. Las disposiciones coercitivas, porque nunca hubo la voluntad de aplicarlas, tampoco dieron resultado, y en 1937 cuando Roig decidió lanzar su idea de crear una liga contra el ruido, las cosas en ese sentido estaban peor que antes en la capital. De nuevo el eminente historiador pudo contar con el apoyo de la alcaldía, y aunque su titular de entonces, Antonio Beruff Mendieta, anunció que no condonaría ninguna de las multas que se impusiera a los ruidosos, no se aplicó multa alguna, la proyectada  liga se quedó en el proyecto  y  los habaneros, tan campantes,  continuaron metiendo ruido en el sistema.

            Han transcurrido casi 70 años de la catilinaria de Roig de Leuchsenring y, sin miramientos,  el ruido es cada vez peor. Los radios y otros equipos más  potentes y mayor capacidad de volumen molestan e intranquilizan al vecindario el día entero. Se usa y abusa de los fotutos de los vehículos motorizados. En esta o en la otra casa la lipidia entre madre e hija empieza, por cualquier nimiedad, a las siete de la mañana y no finaliza hasta entrada la noche, y de acera a acera dos amigas, a grito pelado, airean animadamente sus intimidades… Parece que ya va siendo hora de retomar la idea de la liga contra el ruido y los ruidosos molestos e indeseables.

              

Constante

Constante

Ciro Bianchi Ross

Todavía a comienzos del siglo XX en Cuba, donde no se conocía o no era popular la  palabra “coctel”, se hablaba de compuestos, meneados o achampanados para aludir a las mezclas de bebidas. La ginebra compuesta, que deleitara a  nuestros bisabuelos, era la liga de esa bebida con azúcar, limón y angostura, enfriada con hielo, mientras que el achampanado no era más que ron, coñac o vermut mezclado con agua de seltz  y azúcar. El tren, otro de los tragos preferidos de antaño, se elaboraba con ginebra y agua de cebada.

            Había en ese tiempo una taberna famosa llamada  La Piña de Plata. Fue fundada en 1819 y se ubicaba a la vera de una de las puertas de la muralla que entre 1797 y 1863 rodeaba y protegía “la primitiva, modesta, sencilla, patriarcal y pequeña ciudad de San Cristóbal de La Habana”.   Una casona de ventanales buidos, a la que acudían petimetres, músicos, militares, faranduleros y hombres de toda laya gustosos  de saborear la sabrosa ginebra compuesta, el vaso de agua con anís y panales, el típico vermut “voluntario”, el licor de piña o el sabroso aguardiente de guindas, mientras las señoras, en sus quitrines, bajo el quitasol de seda, saboreaban pastillas de frutas, sorbetes y vasos de refrescos elaborados a partir de las frutas del país.

El bodegón La Piña de Plata se transformó durante la intervención militar de Estados Unidos en el cuartel general de los buenos catadores norteamericanos y sus cantineros fueron poniendo una nota de modernidad en las simples bebidas primitivas. Después de 1902, cuando se instaura la República, esa taberna recibió el nombre de La Florida, pero con el fluir de los años los mismos clientes le dieron la denominación por la que se le conoce aún. La Florida pasó a ser Floridita “por dejarse querer”, decía Fernando G. Campoamor, historiador del ron. Pero el cambio de nomenclatura debió obedecer a una razón más realista. Había otro bar famoso en la época, el del hotel Florida, en la calle Obispo y los propios clientes sintieron la necesidad de distinguirlos y diferenciarlos.

Eso ocurrió en tiempos del catalán Constantino Ribalaigua Vert. En su novela Islas en el golfo, Ernest Hemingway identifica con el sobrenombre de Constante a esa figura legendaria entre los cantineros cubanos y rey indiscutible de los cocteles. Constante le llamaban también sus amigos. Llegó al Floridita en 1914, como dependiente, y, junto con dos empleados más, adquirió el bar en 1918.

Era un hombre emprendedor, de mucha iniciativa, muy trabajador. Entraba al Floridita a las siete de la mañana y se iba de madrugada, cuando despedía al último cliente. Había sido cantinero de algunos de los mejores bares de la capital.  En el Floridita, las cosas no le fueron bien al comienzo: debía dinero. Fue así que los almacenistas que proveían el bar le dijeron que le concederían  crédito si reconocía la deuda. Constante no lo pensó dos veces. Convenció a sus socios para que les vendieran su parte y, aunque endeudado, quedó como propietario único. De ahí hacia arriba hasta 1952, que es la fecha de su muerte. Cuando ocurrió su deceso, Hemingway escribió: “Ha muerto el maestro de los cantineros. Inventó el Floridita…”

¿QUIÉN ES EL MEJOR?

Constante era un hombre de estatura regular, bien plantado, muy serio. Afable, pero parco. Entablaba el diálogo solo cuando el cliente buscaba conversación. Bebía tan poco que casi podría decirse que era abstemio. En fiestas particulares, si asistía a alguna, no era raro que se diera su trago, pero en el Floridita lo hacía únicamente cuando no podía eludir el compromiso. Creaba un coctel para un cliente y jamás lo cataba antes de servírselo ni después.

            Campoamor, que lo trató mucho a lo largo de varias décadas, escribió: “A hora fija se presentaba Constante sobre su discreto estrado como un malabarista que sale a la pista: pantalón negro, camisa blanca, lazo, chaquetilla smoking con delantal, es decir, la etiqueta gastronómica. Alzaba aquellos limones ácidos y jugosos de su propio limonar, y los exprimía a la vista de todos con entera pulcritud en los instrumentos de trabajo. Racionaba entonces los ingredientes según el código. Más de la mitad entre 150 cocteles, contaba con jugo de limón. Y en el país del azúcar, también su consumo entraba libremente en ellos, cuya lista encabezaban los de ron, asistido de toronja, naranja y piña”.

            El periodista norteamericano Jack Cuddy, de la UP,  cuenta en una crónica de 1937 que un grupo de amigos se hallaba reunido en uno de los bares del Hotel Nacional. Escuchaban al novelista Joseph Hergesheimer, que escribía en esos días  un libro sobre La Habana, su enjundiosa disertación sobre el pitcheo de Carl Hubbell, de los Gigantes, uno de los equipos de las llamadas Grandes Ligas del béisbol, cuando sin que nadie supiera cómo ni por qué, la conversación derivó hacia un tema muy diferente: el de la bebida. “Y sin una sola voz en contrario, precisa Cuddy, se coincidió en que beber era para el turista el deporte nacional de Cuba”.

            ¿Quién es el mejor barman del país? preguntó uno de los reunidos, y el cantinero que los atendía susurró un nombre: Constantino Ribalaigua, el rey de los cocteles. Ninguno de los del grupo lo había oído mencionar jamás, y sin perder un minuto designaron a un comité “de a uno” para que telefoneara al Sloppy Joe’s, a los bares de los hoteles Plaza y Sevilla, y a Prado 86, y buscara otras opiniones. Todos los votos favorecieron a Constante.

            Cuddy quiso conocerlo personalmente y acudió al Floridita. Concluye su crónica: “Después de que Constantino me hizo probar varias de sus creaciones, tuve que admitir para mí mismo su innegable superioridad. No sé cuánto cobra. Pero creo que tiene derecho a pedir aumento de sueldo antes de firmar el contrato para la próxima temporada”.

            Un escritor inglés a quien Héctor Zumbado cita sin mencionar su nombre en El sexto sentido del barman, vio trabajar a Constante en los años 30.  Expresaba:

            “Seis de ustedes visitan el Floridita y piden Mary Pickfords. Un muchacho exprime la piña mientras que otro ayudante llena con hielo seis vasos a fin de enfriarlos. Cuando el jugo de piña está listo, Constante lo vierte en una coctelera gigante, toma la botella de ron y, sin mirar, echa una cantidad en la coctelera. También sin mirar, echa en la coctelera el curazao o la granadina. La bebida se bate pasándola de una coctelera a otra, con lo que se forma un semicírculo en el aire. Esta proeza se repite varias veces y Constante entonces saca el hielo que enfrió los vasos, coloca los vasos en hilera sobre el mostrador y con un solo movimiento los llena todos. Cada vaso queda lleno exactamente hasta el borde y en la coctelera no queda una sola gota. Vale la pena visitar La Habana solamente para ver a Constante en acción”.

            El barman confesó a Cuddy que sus mejores cocteles eran el daiquiri, el presidente y el Pepín Rivero. Curiosamente, la receta de ese último no aparece en ninguno de los coctelarios consultados, ni siquiera en el que el propio Constantino Ribalaigua preparó en 1939 y del que existen por lo menos dos reimpresiones. Antonio Meilán, su  sobrino y discípulo más aventajado, que trabajó durante cinco décadas como cantinero en el Floridita, no la recordaba cuando conversé con él en 1993. Es muy probable que Constante se llevara el secreto a la tumba, o que muerto el señor Rivero, director-propietario del Diario de la Marina, dejara de elaborarlo, me dijo.

CLÁSICOS

En los días de la ley seca en Estados Unidos, el coctel cubano vivió su época de oro. Pero desde entonces muchas mezclas de bebidas quedaron en el camino y no son hoy más que meras referencias.

Aunque los gustos cambian de un bebedor a otro, los diez mejores cocteles cubanos, los clásicos,  son  Mary Pickfords, Havana Special, mojito, Isla de Pinos y presidente, Santiago,  saoco, mulata, ron collins y daiquirí, que  figura entre los diez grandes cocteles del mundo junto al old fashioned, el wiski sur, el manhattan…

 De ellos, cuatro son obra de Constante: daiquirí, Mary Pickfords, Havana Special y presidente. El Mary Pickfords y el Havana Special  se  los sacó de la manga, el primero, para rendir homenaje a la célebre  actriz norteamericana, y dio al segundo el nombre con que una naviera identificaba los viajes a Cuba desde Cayo Hueso.   El presidente lo elaboró según la formulación del general Mario  García Menocal. Y al daiquirí, que nació en las minas del mismo nombre en Santiago de Cuba y que hasta entonces se preparaba a rumbo,  le aportó las medidas exactas y, sobre todo,  el hielo frapé, con lo que le dio el toque mágico que hoy lo distingue y lo dotó de su carta de ciudadanía internacional.  

Hay entonces razones sobradas para recordarlo.     

           

           

Pelota

Pelota

Ciro  Bianchi Ross

Eladio Secades, uno de nuestros grandes costumbristas, escribió una vez que todo cubano fue un buen pelotero en su  niñez o adolescencia, porque “el cubano adulto confesará su ignorancia en Matemáticas o Física, y hasta admitirá no haber podido dibujar  un simple bohío, pero jamás aceptará que de joven fue un mal pelotero”.

            En ese sentido, soy un cubano bastante atípico. Jamás jugué pelota ni otra cosa que no fuese al dominó, y no sé nada sobre ese deporte ni sobre ninguno. Nada de nada. Padezco en ese sentido  una ignorancia colosal,  olímpica,  de campeonato. Y aunque en estos días del Clásico vi todos los juegos del equipo cubano de principio a fin y, desde el sillón, corrí las bases y  anoté carreras con nuestros peloteros y aprobé o discutí las decisiones de su mentor, nunca hasta ahora había tenido la paciencia de llegar a un  out 27. Les digo la verdad. Solo una vez fui a un estadio. Jugaban los Cubans Sugar King, que era, creo,  un club  semiprofesional, contra un equipo norteamericano,  y en la escuela primaria donde estudiaba repartieron invitaciones para el tope que tendría lugar en el Estadio Latinoamericano, que se conocía entonces como el Gran Stadium del Cerro. Cuando concluyó el partido tuve que preguntar cuál de los dos contendientes  había resultado triunfador. Si acudí a presenciar aquel juego, no fue  por el juego mismo, sino porque la papeleta de entrada daba derecho a participar en la rifa que se celebraría al finalizar el partido. Lo lógico sería pensar que sortearían   trajes de pelotero o guantes, bates y pelotas. Pero no. Por motivos que no supe u olvidé, rifaron  tres burros. Y yo fui aquella tarde  al estadio con la ilusión de ganarme uno. Todavía me pregunto qué hubiese hecho con el animalito de habérmelo sacado.

EL ALMA EN EL TERRENO

            Pero no se piense a partir de lo escrito hasta aquí que ando tan atrás. Puedo disfrutar un libro como El alma en el terreno, obra en la que Leonardo Padura y Raúl Arce compilaron hace años sus entrevistas con peloteros. Más aún. Pienso que la entrevista de Padura con Manuel Alarcón, pitcher que fue del equipo Orientales y que en un momento rompió a Industriales su cadena de éxitos ininterrumpidos en el campeonato nacional,  y que aparece en ese libro, es, sencillamente antológica, a la altura de las mejores. Asimismo, disfruté mucho siempre con las crónicas que  ese maestro de periodistas que es Elio Menéndez daba a conocer en las páginas de este diario. Su libro Swines de la nostalgia, publicado el pasado año, es un batazo,  para decirlo en una sola palabra  y sin salirnos del lenguaje beisbolero, porque más allá de las vivencias de un cronista empecinado que mira al ayer, Elio cuenta, como se ha dicho, historias de hombres para develarnos su alma de campeones aunque no llegaran a veces al podio olímpico y no tuvieran otra recompensa que la admiración y el cariño de la gente de su  barrio.

            Escribe Elio Menéndez en su libro: “Los cubanos nos comportamos siempre como si el béisbol no fuera un deporte para alegrar el espíritu, sino una cátedra para complicarnos  la existencia. Por doquier proliferan quienes presumen de dominar la inmensa sabiduría de la pelota, y jamás están conformes con lo que se hizo. Así, en cualquier parte padecemos a enloquecidos estudiosos de la asignatura […]  Y es que en cada uno de nosotros hay un catedrático en potencia”.

            Ni estudioso ni catedrático, aprovecharé el espacio de hoy para compartir con el lector algunas curiosidades beisboleras.

35 000 ESPECTADORES

Más de dos millones de pesos se invirtieron en la construcción del Gran Stadium del Cerro o de La Habana. Podía alojar a 35 000 espectadores y cuando se inauguró, el 26 de octubre de 1946, solo lo superaban en capacidad cinco instalaciones norteamericanas: el Yankee Stadium (75 000 personas) el  de Detroit (58 000) el Polo Grounds, de Nueva York (56 000)  el Wrigley Field, de Chicago (50 000) y el Fenway Park, de Boston (40 000). En tiempos del deporte rentado, el campo habanero era manichado, no por deportistas, sino por políticos y hombres de empresa agrupados en la Compañía Operadora de Stadiums S. A. Entidad que presidió hasta su muerte el senador Miguel Suárez Fernández, y que tenía a Bobby Maduro, rico colono ganadero, como vicetitular, y como secretario al doctor Julio Batista González de Mendoza, del bufete Mendoza y heredero de una de las grandes fortunas de Cuba.

            En ese tiempo, cuatro equipos disputaban en la liga nacional profesional: Habana, Almendares, Cienfuegos y Marianao. Al Habana lo simbolizaba el  león y su color era el rojo, mientras que el color del Almendares era el azul y su símbolo, el alacrán. Verde era el color del Cienfuegos y gris el del Marianao, en tanto que sus símbolos eran el elefante y el tigre, respectivamente. Todos, salvo el Marianao, tenían su lema. “La leña roja tarda, pero llega”, decían los habanistas y los almendaristas  ripostaban: “El que le gane al Almendares, se muere” y los cienfuegueros se consolaban con decir: “El paso del elefante es lento, pero aplastante”.

            Aunque cualquiera de esos equipos podía ganar y ganaba el campeonato, los preferidos por la fanaticada –se hablaba entonces de “fanáticos”, no de aficionados, y de “clubes”, no de equipos-  eran Habana y Almendares,  El Habana, como club beisbolero surgió en 1873, y el Almendares, al año siguiente, y a partir de ahí fueron “los eternos rivales” en el argot deportivo. Los títulos de propiedad de ambos equipos, que con los años llegaron a valer miles y miles de dólares, fueron  la única cosa importante que dejó en herencia  a su esposa el magnate Abel Linares. Y durante mucho tiempo, en cada temporada,  la buena mujer los arrendaba por sumas irrisorias y ridículas hasta que, con el fin de comprarse una casa,   los vendió por una bobería. ¿Cuánto llegarían a valer ambos equipos? No lo sabe a ciencia cierta  quien esto escribe. Pero tiene una referencia que podría ilustrar el asunto. A mediados de los años 40, José Manuel Alemán, el ministro del ayuno escolar, pagó cien  mil pesos no por la propiedad, sino por la franquicia del Marianao. Escribía Secades en 1948: “De haber esperado un poco, nada más que un poco más, la viuda de Linares poseería hoy una fortuna muy superior a la cuantiosa que manejó su esposo cuando era promotor supremo y único del base-ball en Cuba”.

ASÍ SE PITCHEA

De aquella pelota, siempre me llamó la atención el nombre del manager del Marianao, Napoleón Reyes. Había muchos apodos.  Martín Dihigo sigue siendo “El Inmortal”; lo mismo pitchaba que bateaba  y jugada con igual destreza cualquiera de las posiciones del cuadro. Adolfo Luque era  “Papá Montero”, como le llamaba Víctor Muñoz, el creador de la crónica deportiva en Cuba,  Conrado Marrero, “El Guajiro de Laberinto”, y Manuel García, “Cocaína” o “La Droga Maldita”. A José de la Caridad Méndez le apodaban “El Diamante Negro”. Por el color de su piel no llegó nunca  a las Grandes Ligas. Sí llegaron a ellas en tiempos más cercanos otros muchos cubanos  negros, como Orestes Miñoso, que pese a su dinero, que era mucho y a su fama, que era más, nunca se atrevió a entrar en El Carmelo, de Calzada, por temor al rechazo, como le confesó,  en Chicago, donde reside,   a mi amigo el poeta Norberto Codina. Cada vez que acudía a merendar a ese famoso grill-room, Miñoso  hacía que le llevaran  su pedido al automóvil. Por cierto, una noche, también  en Chicago, Codina invitó a Miñoso a que lo acompañara a un teatro donde se presentaba Van Van.  El espectáculo había comenzado ya cuando llegaron y  Formell  al ver  entrar al famoso pelotero, ordenó a su orquesta detener la música que interpretaba  para dejar oír a aquello de “Cuando Miñoso batea de verdad/la bola baila su cha cha chá”.

            Voy a cerrar con dos anécdotas de Luque que tomo prestadas del libro de Elio Menéndez. “Papá Montero” que en 1923 ganó 27 juegos y perdió ocho con el Cincinnati, dirigía, en la temporada de 1938-39, el club Almendares, que atravesaba por una prolongada racha adversa. Otra vez perdía el Almendares y Luque mandó a  lanzar al norteamericano Ted Radcliffe. Desencantado con su actuación, salió del banco, se dirigió al box, le pidió la bola y lo mandó a las duchas. Tras el yanqui partió el manager y, escribe Elio, “tras encerrarse con él, retumbó en todo el parque la detonación de un arma de fuego. Acto seguido se vio al lanzador importado, pálido el negro rostro y a medio vestir, abandonar precipitadamente los vestidores”. El incidente, que llegó a los tribunales, se arregló “entre cubanos”. Al día siguiente los periódicos daban a conocer que la detonación escuchada fue producto de un portazo y se anunciaba el regreso inesperado  de Radcliffe a su país.

            Pasaron los años. En 1946, Luque, que entonces dirigía el Cienfuegos, vio como sus lanzadores se descontrolaban ante el bateo del Almendares. Cansado de que los azules llegaran a primera por bolas malas, el airado piloto, que tenía ya 55 años de edad y el vientre abultado, pidió un guante, se dirigió a la lomita y arrebató la bola al lanzador de turno. Tras el breve calentamiento de rigor, subió al box y sacó un par de outs con   un hit intercalado. Los aplausos atronaron en las gradas y Luque, al volver al banco, exclamó con gesto fiero: “¡Así se pitchea, coño!”

           

           

             

             

Gotas Divinas

Gotas Divinas

Ciro Bianchi Ross

Mi padre comenzó a quedarse calvo cuando tenía 18 años de edad y a los 22 lo era tanto como lo es ahora. En los años 40, en Cuba e imagino que en cualquier parte del mundo, el sujeto que comenzaba a destecharse se hallaba totalmente indefenso ante el mal que se le venía encima. De ahí que el personaje de una novela de Gabriel García Márquez lamente más la pérdida del cabello que de los dientes, porque para estos estaba el recurso de la prótesis mientras que para  lo otro no quedaba más   alternativa que la ridícula y humillante  solución del bisoñé, que por muy natural que pareciera terminaba siempre por delatar  la calvicie que  pretendía esconder.

            En los años 50, los especialistas Müller para el cabello, que se establecieron en un apartamento del edificio del Retiro Odontológico, frente a la actual heladería Coppelia, advertían de  la existencia de ocho tipos de calvos. O mejor, dividían la calvicie en otras tantas etapas. Y anunciaban  de manera invariable que algo podían hacer hasta la etapa número cuatro, pero  que a partir de ahí las dificultades para revertir el problema  irían en aumento y  daban  por desahuciado al cliente que llegara a sus manos en el estadio número ocho. Como entonces ni después conocí a nadie que hubiera puesto su cabeza en manos de tales  especialistas, nada puedo decir a favor o en contra de sus tratamientos. Ni tampoco sobre los injertos de pelo tan  en boga, creo, en la década del 70  o un poco más acá. Si esos métodos, así como  pociones y  ungüentos, linimentos y brebajes,  ideados o  elaborados a lo largo del tiempo, hubieran dado resultado, no habría tantos calvos a la vista, lo que por otra parte me lleva a concluir que el único remedio eficaz para conservar el cabello es ir guardándolo a medida que se cae.

            Cada vez que pienso en este tema, me viene a la mente un poema de Roberto Fernández Retamar. Se titula “Soliloquio del calvo”. Es muy breve; un solo verso apenas.  Dice: “Que adelantada llevo la calavera”. Y un chiste de Quino, el dibujante argentino,  en el que Mafalda atiende en  la puerta de su casa a un vendedor ambulante que propone un producto contra la calvicie, e inquiere ella si la mixtura es contra la calvicie de pelos o la calvicie de ideas.

            De todas formas, la calvicie, sin dejar de ser  una característica física, es un estado de ánimo. Hay quienes  no la soportan y quienes  la llevan con distinción. . Unos la disimulan hasta donde pueden y otros la acentúan al raparse el poco pelo que les queda. Algunos la cubren con una gorrita, en tanto que otros la  llevan  al viento. El calvo vergonzante se las arregla siempre para burlarse  de su calva por temor a que alguien se le anticipe, pero ni este ni el que asume su calvicie con garbo y desenvoltura se libra de que lo particularicen por ella. Mi amigo Luis Sexto, preocupado más por la calvicie de ideas que por la otra,  anda a veces por ahí tocado con una gorra, no porque sea calvo, me dijo una vez, sino porque es esa su forma de proteger el instrumento con el cual trabaja, mientras que el fotógrafo Ernesto Fernández, compañero de tantas aventuras en el periodismo, expone  su calvicie sin miramientos  al sol y al sereno pues, a su juicio y lleva algo de razón en eso,  le acentúa la elegancia. Yo jamás reparé en la cantidad de pelo que quedaba adherida al cepillo cuando me peinaba y solo tomé  conciencia del asunto  cuando una de mis alumnas en la universidad me lo hizo notar –en la clase, aclaro-. Pero bien pronto concluí  que no había motivos para  preocuparme, y  muchos años después no termino por verme calvo por más que me mire en el espejo. Ya supondrán los que me conocen con qué buenos ojos me veo…

MANTECA DE OSO

En una época en la que los jóvenes querían tener la cabellera de Jorge Negrete,  mi padre sí se preocupó por el pelo que se  le caía. Y fue ahí que alguien le recomendó un producto entonces en alza: Manteca de Oso,  loción que se elaboraba y expendía en la droguería de Ernesto Sarrá. Bastaba con aplicársela mientras se masajeaba suavemente el cuero cabelludo y los resultados, a mediado plazo, resultarían alentadores. Eso quería decir que no bastaba con  el empleo de un solo frasco, sino que debía hacerse del producto un uso más o menos continuado.

Era un líquido blanco y  espeso, y si era eficaz o no, ya se sabría, pero de entrada lo mejor que tenía era  el nombre. Los que desconocían  cómo olía un oso podían hacerse una idea exacta con oler aquello.  Sin dudas había que tener mucho valor para someterse a algo así  por milagroso que fuera. Pero ya se sabe que hay calvos que con tal de no serlo hacen cualquier cosa, como mi tío Pancho que llegó a darse masajes con una papa podrida.

El caso es que mi padre, con un entusiasmo digno de mejor causa y una fe  ciega en la manteca de Sarrá, empezó  el tratamiento. El primer pomo, el segundo, el tercero… y de tanto visitar la droguería donde se expendía la dichosa manteca  llegó a hacerse familiar en el establecimiento y sus guardia jurados, que eran los CVP de entonces, lo veían como a un amigo; se saludaban con afecto y  se preguntaban mutuamente por sus respectivas familias. Hasta  un día…

Porque un día  conversaba  amigablemente con uno de ellos  cuando se acercó a la farmacia un automóvil negro, de lujo. El custodio interrumpió de sopetón  la charla y se situó muy tieso junto al contén de la acera a fin abrir la puerta trasera derecha del vehículo y dar paso a un hombre de alguna edad y vestido de traje al que saludó  con un efusivo buenas tardes y una ligera reverencia. Luego de que  el recién llegado penetró en la droguería y el guardia jurado volvió a su posición anterior, mi padre se interesó por conocer su identidad.

-Es el doctor Ernesto Sarrá –respondió el custodio.

Y ahí mismo se acabó para mi padre la Manteca de Oso porque resulta que el fabricante de loción tan espectacular contra la calvicie, era calvo.

NO MÁS CANAS

Fármacos extranjeros pretendieron asimismo combatir la alopecia del cubano. De cierta fama, pero de poco éxito disfrutó el norteamericano Newsprout, a la venta en la filial habanera de esa firma, en  Obispo, 56 y en droguerías, farmacias y perfumerías.

            El calvo más recalcitrante se comía un cake con el anuncio de ese producto donde se mostraban dos fotos de una misma persona. En una, el hombre lucía pelón, y mostraba toda su cabellera en la otra. Era, decían sus distribuidores, “el testimonio del descubrimiento científico contra la calvicie”. Añadían a renglón seguido:

            “Millares de personas que desfilaron por nuestra oficina y una gran parte de los comerciantes habaneros, conocieron a nuestro agente de propaganda, de quien son estas fotografías tomadas antes y después de haber usado Newsprout.

            “La eficacia de Newsprout consiste en abrir y estimular la actividad de los poros, que tupidos por una delgadísima capa de grasa o caspa de origen sebáceo en la que convive el microbio de la seborrea, atrofia insensiblemente las fuentes generadoras del cabello. A su vez, sirve de abono a la raíz, por lo que estimula el crecimiento del pelo suavemente.

            “Enviamos pedidos por correo, que vengan acompañados con su importe en moneda cubana o dólares. Precio del frasco ahora $2.00.

            “Garantía: El calvo que usando Newsprout no recuperara su pelo sería tratado gratis en nuestra oficina, devolviéndole el dinero de no obtener éxito en este último caso”.

            Contra las canas hubo también mil y un inventos, como el de las Gotas Divinas del doctor Lorié, farmacéutico establecido en el Paseo del Prado esquina a Virtudes. Se decía que devolvían al cabello su color natural, hubiera sido rubio, castaño o negro. Por no hablar de la Rhum Quinquina, de Crusellas, que, al decir de su fabricante y algo había de verdad en ello,  eliminaba la caspa, fortalecía el pelo, evitaba su caída facilitaba el peinado y daba un toque característico a quien la usaba por su aroma fino y agradable. Bastaba con humedecer el cabello con el líquido, friccionárselo ligeramente y peinarse.

            Eran los tiempos en el que las muchachas intentaban eliminarse las pecas con la crema Bella Aurora, la tela de sharskin se anunciaba en la sastrería  Óscar como toda una novedad, los parásitos se eliminaban con el específico Higuerón, los sobrinos de Nazábal, importadores y distribuidores de paños establecidos en Muralla, 70, sacaban a la venta cortes de dril 100 garantizado y legítimo y el rostro  más descompuesto se componía con la cera mercolizada,  preparación maravillosa  que satisfacía las necesidades particulares de los cutis más diversos pues eliminaba manchas y decoloraciones, restablecía la juventud de pieles turbias y ásperas y restauraba la  tersura, suavidad y transparencia de una piel reseca y escamosa ya que  limpiaba, lubricaba, aclaraba y blanqueaba la tez en un tratamiento completo e integral  con una sola y única  pomada  capaz de poner a flote la belleza más deteriorada y recóndita.

             

           

             

           

Eliseo Grenet

Eliseo Grenet

Ciro Bianchi Ross

Ese día Eliseo Grenet, el popularísimo creador de Mamá Inés, estaba más alegre que nunca. Su sucu-sucu Felipe Blanco que, como quien dice, acababa de componer, se adueñaba, con su ritmo contagioso,  de la preferencia de los bailadores y en aquella jornada, en un estudio privado de Radiocentro, adquiría matices inéditos en las voces y guitarras del trío de Servando Díaz que, con la asesoría del propio Grenet,  lo montaba con vistas a su presentación inminente en el teatro América.  Los compases del sabroso son pinero –“Ya los majases no tienen cueva/ Felipe Blanco se las tapó…”-  escapaban por la puerta entreabierta del local y contagiaban  a artistas y a empleados de la CMQ cuando alguien se acercó al compositor para comunicarle, no sin cierta complacencia, que de nada valía ensayar tanto cuando la Comisión de Ética Radial había resuelto suspender la difusión de la pieza.

            Grenet pareció restar importancia al comentario; no quiso darlo  por cierto y  prosiguió con su trabajo como si nada le hubiesen dicho, pero   era inútil que fingiera indiferencia. Sabía muy bien que aquella  suspensión podía comprometer el éxito  del espectáculo previsto para el América.  La cabeza le dolía ya terriblemente cuando abandonó el estudio y se dirigió hacia la oficina de un alto ejecutivo de la emisora para que confirmase o desmintiese la noticia. El hombre le doró la píldora.  

            -Hay algo  de eso… nada grave, entiéndelo. La Comisión se planteó el caso de Felipe Blanco, pero si tú  cambias los dos versos que se le  objetan, nadie impedirá que se siga tocando.

            El compositor escuchó con alivio aquellas palabras.  Si se trataba solo de dos versos, estaba dispuesto a sustituirlos con tal de que su sucu-sucu no fuera suspendido. Pero el dolor de cabeza no cedía y se había hecho  mayor cuando su esposa, María Eugenia García, pasó a recogerlo para asistir juntos a una recepción que tendría lugar en la embajada de Colombia. Allí el malestar se tornó intolerable y lo obligó a retirarse a su casa. La vieja hipertensión arterial que aquejaba a Grenet hacía crisis y lo hacía caer  fulminado por un derrame cerebral. Nada pudieron hacer los médicos por impedir la hemiplegia. A las dos de la mañana del día siguiente entraba en agonía y cuatro horas después dejaba de existir el autor de Si me pides el pesca’o, La mora y Si muero en la carretera, entre otras composiciones que pasearon su nombre por el mundo y pusieron muy en alto la música cubana. Dicen los que lo vieron en sus momentos postreros que mientras se le iba la vida movía acompasadamente el brazo derecho como si estuviese percibiendo una extraña melodía que se  empeñaba en trasmitir a una orquesta invisible.

EL NIÑO PRECOZ

Su amigo, el poeta Nicolás Guillén, en la crónica que con motivo de su muerte dio a conocer en noviembre de 1950, lo describía así: “Eliseo Grenet tenía 57 años, pero fingía 40. Pequeña la talla, anchos los hombros, corto el cuello que sostenía una cabeza poderosa, de líneas fuertes y bien distribuidas, el físico del popular compositor  ofrecía un aspecto sui géneris. Una pulgada menos, y habría sido la catástrofe. Viéndole, nos sentíamos inclinados siempre a concederle dos pulgadas más…”

            Nació en La Habana, en 1893 y tenía solo nueve años  de edad cuando sorprendió a los que lo conocían con una revista musical que estrenó en la escuela donde estudiaba. Era la época del cine mudo y las salas cinematográficas requerían de un pianista que acompañase las películas donde Francesca Bertini moría dramáticamente de tuberculosis en los brazos inevitables de Gustavo Serena.   Pronto el muchacho, como pianista,  comenzaría a buscarse la vida en el cine La Caricatura donde le pagaban un dólar por noche hasta que  poco después, y siendo todavía un adolescente, pasó a dirigir la orquesta del teatro Politeama Habanero con la que estrenó no pocas zarzuelas. En 1926 dirigió el conjunto musical del teatro cubano de Arquímedes Pous. Con Ernesto Lecuona compuso Niña Rita o La Habana en 1830 y, ya en la cúspide de su fama, musicalizó varios poemas de Guillén: Negro bembón, Tú no sabe inglé, Sóngoro cosongo…

            Gerardo Machado estaba  en el poder y el Lamento cubano, de Grenet, que algunos compararon con El jibarito puertorriqueño, se hizo intolerable para los sicarios de la dictadura. Un esbirro machadista le aconsejó que saliera  de Cuba para evitar males mayores. Al compositor no le quedó otra alternativa que seguir aquella recomendación que, más  que tal, era una orden y decidió embarcar rumbo a España. Ya con el buque a punto de zarpar, el capitán lo llamó a su presencia y Grenet acudió a su encuentro con la idea de que el dictador no lo dejaría salir del país.

            -Veo que viaja usted en tercera –le dijo el oficial.

            -Es que no tengo dinero para viajar con más comodidad.

            Las palabras del capitán entonces le devolvieron a Grenet el alma al cuerpo:

            -Pues venga conmigo a mi camarote. Yo conozco su obra y no puedo permitir que un compositor de su talla viaje en tercera clase.

EL ÉXITO

En España lo esperaba una sorpresa gratísima: su Mamá Inés recorría triunfalmente el mundo y rivalizaba en popularidad con El manisero, del también cubano Moisés Simons. Mil representaciones consecutivas alcanzaba  en Madrid su zarzuela La virgen morena, cuando la capital francesa reclamó al compositor. Francia que tradicionalmente había ignorado a  América, empezaba a interesarse por las cosas de este continente y fue la música cubana –con Simons y Grenet por medio- la que abrió esa puerta, escribió por aquellos días Alejo Carpentier, a la sazón en París y testigo lúcido de ese acontecimiento. Una música, sentenciaba Carpentier, que olía a batey de ingenio, a patio de solar, a puesto de chinos, a pirulí premiado… y que no era  otra que el son que irrumpía  por igual en teatros y cabarets y la conga que Grenet imponía desde el cabaret La Cueva.

            Cada noche, en el Palace, Rita Montaner arrancaba ovaciones espontáneas con sus interpretaciones de Mamá Inés, y en otros centros nocturnos el público la reclamaba. Decía Carpentier: “… ingleses y franceses la bailan o hacen esfuerzos por bailarla. La movilidad y el dinamismo de esa música vencen todos los escrúpulos. Muchachas oxigenadas, que nunca salieron de París, cobran impulsos tropicales y exigen el bis a gritos. Los archiduques rusos pierden sus monóculos. Los yanquis  gritan: ‘¡Oh, wonderful!”. Las pálidas hijas de Albión olvidan por un instante sus poses  prerrafaelistas al enterarse del sortilegio sonoro que viene de las Antillas”. 

            Cuando la conga hacía furor en Europa y se infiltraba en EE UU, Grenet regresó a Cuba. Poco después partió hacia Nueva York y brindó allí, con bailarines cubanos,  una demostración del cálido ritmo. Su estancia en Buenos Aires y en otras capitales latinoamericanas fue apoteósica, pero se quedó con las ganas  de revivir en Broadway el éxito clamoroso que consiguió en Madrid con La virgen morena.

            Sus últimos años en Cuba los pasó enfrascado en una lucha tan feroz como estéril contra el mambo, que consideró una desnaturalización de la música cubana. En Isla de Pinos, meses antes de su muerte, descubrió el sucu-sucu y le llamó poderosamente la atención. Era una danza que los pineros bailaban desde muy atrás y que debía su nombre al sonido característico que provocaban los bailadores sobre el piso al arrastrar rítmicamente los pies: sucu, sucu, sucu…

            Grenet se enamoró de ese ritmo y pronto su Domingo Pantoja se convirtió en un hit, en tanto que Felipe Blanco sonaba el día entero en los radios domésticos y en los aparatos automáticos de los establecimientos comerciales y más de un humorista tomaba su letra como punto de partida para elaborar un chiste político o de temática escabrosa.

            -Ya puedo morir tranquilo –decía el compositor- porque el sucu-sucu es música cubana, libre de la odiosa contaminación extranjerizante.

            No murió en paz, sino  atenazado por la amenaza  de la Comisión de Ética Radial sobre su Felipe Blanco, lo que no quiere decir que fuera  el disgusto lo que le provocó la muerte. Pero así lo interpretó la gente. Millares de personas desfilaron ante su cadáver y acompañaron sus restos al cementerio en peregrinación silenciosa y solidaria.

            Cuando la muerte del trovador Manuel Corona, que pidió que hubiese junto a su tumba café y guitarras, Eliseo Grenet reclamó  a sus amigos que no lo despidiesen con marchas fúnebres, sino que le cantaran sus composiciones favoritas, Mamá Inés, Facundo… Pero el maestro Gonzalo Roig, llegado el momento y en discrepancia con el  deseo de Grenet y el criterio de algunos de sus amigos, prefirió ejecutar, al frente de la Banda Municipal, el Lamento cubano.