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Cara a Cara con José Ramón Fernández

Cara a Cara con José Ramón Fernández

Ciro Bianchi Ross

Hace 45 años, en abril de 1961, el entonces capitán José Ramón Fernández fue uno de los oficiales principales que, bajo el mando directo de Fidel Castro, asumió como jefe de tropas el enfrentamiento al desembarco  mercenario de  Bahía de Cochinos. Le llaman Gallego y es Vicepresidente del Gobierno cubano

Cuando le pregunto cuáles son sus funciones como Vicepresidente del Gobierno, cargo que desempaña desde 1978, responde que las de cumplir las tareas que el jefe ordena y delega en él, y añade enseguida que son muchas y muy diversas.

            José Ramón Fernández  parece incansable. Llega a sus oficinas a las seis de la mañana y hasta pasadas las siete de la tarde se mantiene al tanto de los asuntos de su competencia en una rutina que no altera siquiera los sábados.

            Luego hace un poco de ejercicios y camina siempre treinta minutos después de la comida. Tiene fama de ser un excelente organizador y un hábil diplomático. Su sentido de la responsabilidad y la disciplina son proverbiales.

            Pero este Héroe de la República de Cuba es también un hombre sencillo y sensible, jovial y afable. La gente con cariño y respeto le llama  Gallego”, pese a que su nacimiento ocurrió en Santiago de Cuba en 1923 y sus padres eran asturianos.

            De 1956 a 1959 el entonces primer teniente José Ramón Fernández sufrió prisión por su participación en la llamada Conspiración de los Puros, un movimiento militar que pretendió derrocar la tiranía de Fulgencio Batista.

            Tras el triunfo de la Revolución fue director de la Escuela de Cadetes del Ejército Rebelde, de la Escuela de Responsables de Milicias de Matanzas y de escuelas para la preparación de batallones de las Milicias de La Habana.

            Ascendido a Comandante, ocupó importantes responsabilidades en las Fuerzas Armas, de las que fue viceministro. Desde 1972 hasta 1990 se mantuvo al frente del Ministerio de Educación y es miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba desde su fundación en 1965. También resultó electo diputado al Parlamento cubano desde la creación de ese órgano en 1976.

            En 1996 asumió la presidencia del Comité Olímpico cubano y en esa misma fecha fue ascendido a General de Brigada ®. Había ingresado en el Ejército, como soldado, el 30 de agosto de 1940.

            Hace 45 años, en abril de 1961, el entonces capitán José Ramón Fernández fue uno de los oficiales principales que, bajo el mando directo del Comandante en Jefe Fidel Castro, mandó la agrupación de fuerzas que combatió en la dirección Australia-Playa Larga-Playa Girón durante el rechazo y derrota de la agresión mercenaria.

LA LLAMADA DE FIDEL

-Se insiste tanto en la cobardía de los mercenarios y en  que la invasión de Bahía de Cochinos fue derrotada en menos de 72 horas, que a veces se llega a pensar que la victoria cubana fue un paseo…

            -El enemigo nos ocasionó 176 muertos y más de 300 heridos, cincuenta de los cuales quedaron incapacitados de por vida. Combatieron duramente y en algunos lugares lo hicieron con más fuerza que en otros. Pero posibilidades reales de éxito no tuvieron nunca, como tampoco las tendrán ahora, porque se enfrentaban a un pueblo que defendía sus conquistas sociales, su libertad y su soberanía.

            “El Comandante en Jefe tuvo la convicción de que el golpe principal sería por la Ciénaga de Zapata y fue allí donde ordenó que se concentrara nuestro esfuerzo principal, aunque las fuerzas empleadas no sobrepasaron el 10 por ciento de las disponibles en La Habana. A parir de ahí la firme y certera dirección de Fidel determinó la victoria”.

            -¿Cuál fue su papel en los combates?

            -El domingo 16 de abril, pasada la medianoche, recibí en la Escuela de Cadetes de Managua una llamada de Fidel. Me ordenaba que condujera a la Escuela de Responsables de Milicias, constituida en batallón de combate, con la intención de enfrentar el desembarco mercenario y aniquilarlo.

            “Me trasladé a Matanzas, donde la Escuela había sido ya movilizada por la oportuna llamada del compañero Fidel, y de allí, en camiones que requisamos, se trasladó a la zona del central azucarero Australia. Cuando a las 12 del día 17 de abril informé a Fidel que habíamos tomado Pálpite y Soplillar, dos localidades cienagueras, expresó:

            ¡Ya ganamos la guerra! Si esa gente no se dio cuenta de que debió defender Pálpite, está perdida.

            “Me informó en aquella conversación de los barcos enemigos hundidos por nuestra heroica Fuerza Aérea. A mí me correspondía dirigir las acciones combativas en la dirección del central azucarero Australia, junto a Pálpite, Playa larga y Playa Girón, como antes expresé, y otros compañeros tenían tareas paralelas desde otras direcciones; todos, insisto, bajo el mando directo de Fidel que desde el inicio tuvo la clara visión de que debíamos derrotar al enemigo en el menor tiempo posible a fin de evitar la intervención directa de Estados Unidos.

            “Fidel fue verdadero ejemplo y guía con su presencia en el frente de combate en una y otra de las direcciones donde se desarrollaban las acciones”.

            -¿Cuál fue la participación norteamericana en la agresión?

            -El Gobierno norteamericano la organizó, pagó, armó, equipó, estimuló y asesoró.  Los planes de agresión fueron ideados y ajustados por la Agencia Central de Inteligencia, con la asesora del Pentágono, y estudiados por la junta de jefes de Estado Mayor del Ejército norteamericano.

            “Fue, a mi juicio, la mayor operación militar secreta, es decir, sin que se hubiera declarado el estado de guerra, que se lanzó contra un país hasta esa fecha. Su objetivo era el destruir a la Revolución e instalar un gobierno títere del de Estados Unidos, sin importar la muerte de niños, mujeres y civiles inocentes que la acción pudiera provocar”.

            -¿Qué fuerzas componían la brigada invasora?

            -La brigada 2506, que así se identificaba, contaba con 16 aviones B-26, seis C-46 y ocho C-54, esos dos últimos, aviones de transporte, y dos PBY, el conocido Catalina, capaz de aterrizar y marizar.

            “La proporción de pilotos de la fuerza enemiga con respecto a la nuestra era de seis a uno, y tenían tres veces más aviones de combate que nosotros. Los pocos pilotos que teníamos volaban en aparatos que ellos calificaban de Patria o Muerte, pues no estaban de alta ni de baja, simplemente operaban gracias a la inventiva de los mecánicos y al coraje de nuestros pilotos.

            “Formaban parte de la brigada seis batallones de infantería, un batallón de armas pesadas, una compañía de tanques y otros medios de combate con todas las estructuras de exploración, abastecimiento, ingeniería, comunicaciones, etc. Es decir, la misma estructura que en esa época tenía una unidad de las fuerzas armadas de Estados Unidos. Mil quinientos hombres, según se afirma en documentos norteamericanos desclasificados, conformaban la fuerza invasora. De ellos hicimos 1 197 prisioneros.

            “Entre los invasores venían 194 militares y esbirros de la tiranía batistiana, 100 latifundistas, 24 grandes propietarios, 67 casatenientes, 112 grandes comerciantes, 179 acomodados, 35 magnates industriales y 112 lumpens. Esa era la composición social de la brigada”.

DENTRO DEL ENEMIGO

-¿Podría intentar, así sea a grandes trazos, resumir los combates?

            -El día 17,  a las 12  horas  tuvimos una cabeza de playa dentro del territorio que al desembarcar  había ocupado la brigada invasora en Pálpite. Se asegura Pálpite, se bloquean las carreteras que conducían a San Blas, desde Covadonga y Yaguaramas, y se bloquea la posible huída de los mercenarios hacia Cienfuegos. Quedaron taponados y no se les dejó descansar, pues se les sometió a ataques y a  hostigamientos constantes.

            “Las fuerzas revolucionarias toman Playa Larga el 18 muy temprano y avanzan  hasta Punta Perdiz, con lo que se situaron a once kilómetros de Playa Girón, sin que se dejara de combatir en San Blas. Ya en ese momento se evidencia la derrota del enemigo, aunque refuerza San Blas y Girón. Las fuerzas revolucionarias no logran cortar a los invasores dividiéndolos en tres partes, como ordenó el Comandante en jefe.

            “En horas de la mañana del 19 de abril, las fuerzas revolucionarias que avanzaron desde Playa Larga se situaron a unos dos kilómetros de Girón. Se luchó en San Blas, y Fidel, presente allí, organizó nuestras acciones combativas. Hay durante todo el día violentos combates en la parte oeste de Girón.

            “Alrededor de las 11, tropas cubanas que avanzaban desde Covadonga y Yaguaramas ocupan, unidas, el poblado de San Blas. Esa tarde el Comandante en Jefe ordenó a la artillería que estaba en Covadonga que con sus cañones de 122 milímetros atacara Playa Girón y que una parte de sus proyectiles cayera en esa localidad y la otra, en el mar para evitar que los mercenarios se reembarcaran.  Las fuerzas que avanzan desde Playa Larga y la escasa Fuerza Aérea Revolucionaria también baten la zona.

            “Fidel dispuso que se tomara Girón antes de la noche. A las 5:30 de la tarde las fuerzas de la Revolución ocupan Playa Girón e inmediatamente después lo hicieron las que avanzaban desde San Blas-Helechal-Playa Girón. Se hubiera podido tomar más temprano…”

AGÁRRALOS           

-Sí, pero ocurre lo que usted supuso un segundo desembarco. ¿Fue así?

            -Exacto. Estábamos ya a menos de dos kilómetros de Girón cuando un oficial me señaló dos barcos de guerra que se aproximaban.  Eran dos destructores norteamericanos, el USS Easton y el USS Murria, que entre otros escoltaban o protegían la flota mercenaria. Se movían hacia la costa y penetraron en nuestras aguas jurisdiccionales.

            “Es entonces que ordené que se detuviera la ofensiva y que los cañones y los tanques, así como dos baterías de 85 milímetros se emplazaran en dirección al mar. Los destructores venían con los cañones desenfundados y de ellos salían botes hacia la costa  y desde la costa salían botes hacia ellos.

            “Yo envié un mensaje a Fidel del que no me arrepiento, pero que me abochorna: Mándeme un batallón de infantería y otro de tanques, que hay un nuevo desembarco.

            “Y Fidel, que estaba en otro sector del frente, en el norte, desde donde no se divisaba el mar, dedujo con claridad el propósito de los destructores y la operación que planeaban, y me respondió: Se te quieren escapar, agárralos.

            “Debo confesar que en ese momento sobrevaloré el ímpetu combativo del enemigo, que luchó tenazmente en defensa de sus posiciones en Girón, pero que no tenía ya perspectiva alguna de éxito. Era un error otro desembarco con las fuerzas revolucionarias presentes, las cuales acometían una ofensiva continua, vigorosa y con un dominio completo de la situación.

            “Todavía afincado en la creencia de que aquello era un refuerzo, un nuevo desembarco, pues el mensaje de Fidel me llegó mucho después, ordené hacer fuego contra los botes con todos los medios disponibles, mientras la fuerza aérea hizo lo mismo, no así sobre los destructores norteamericanos como sugerían muchos de nuestros combatientes.

            “Los destructores pusieron entonces proa al mar y se alejaron sin rescatar, hasta donde conocemos, a los tripulantes de ninguno de los botes”.

            -Disparar o no disparar contra los destructores, imagino que habrá sido para usted una determinación muy difícil de tomar.

            -Fue muy difícil ciertamente decidir que nuestros combatientes no hicieran fuego contra los verdaderos invasores. Estábamos conscientes de que no disparar contra ellos era la decisión correcta, aunque pareciera un acto de debilidad ante mis subordinados. Dispararle a esos barcos podría haber engendrado un conflicto directo con Estados Unidos.

            “¡Cuántas imágenes pasaron por mi mente en esos momentos! Tomaba una determinación que no había consultado con nadie. ¡Cuánta preocupación! Nadie sabe cuánta es la soledad de un jefe ante una situación como esa”.

            -En el plano personal, ¿qué significó Girón para usted?

            -Lo he repetido mucho: una ansiada oportunidad de realización personal. Es verdad que yo me opuse a la tiranía de Batista y guardé prisión casi tres años, pero Girón me permitió participar directamente en la defensa de la Revolución y el socialismo y poner mi vida en juego por mis ideales.

            -Hechos importantes de su vida ocurren casi siempre en el mes de abril. El movimiento militar en el que usted participó contra Batista iba a suceder en abril de 1956 y es en la propia fecha cuando usted es detenido y condenado. En abril de 1959 le imponen los grados de Capitán y también en un mes de abril lo ascienden a General de Brigada y se le distingue con el título de Héroe de la República de Cuba.

            -Es que la mayor parte de las distinciones y ascensos ocurren en aniversarios de la victoria de Playa Girón. Le diré algo: héroes son todos los que allí lucharon y cayeron.

           

           

           

             

           

           

Jesús del Monte

Jesús del Monte

Ciro Bianchi Ross

¿Sabía usted que en terrenos del actual municipio de 10 de Octubre hubo un ingenio azucarero? ¿Y que el origen de la parroquia de Jesús del Monte se pierde en la noche de los tiempos pues su construcción comenzó en 1695 cuando el presbítero Cristóbal Bonifá de Rivera ideó edificarla en un espacio de su propiedad  a fin de que diera servicio a los dueños del ingenio y a sus esclavos y  vecinos?

            La barriada de Jesús del Monte existía ya a mediados del siglo XVIII y fue un caserío independiente antes de que el crecimiento de la ciudad lo convirtiera en parte integrante de ella. La calzada de  igual  nombre no era sino un tramo del camino que conducía a las poblaciones de Santiago de las Vegas y Bejucal; el único que partía de la ciudad y se adentraba en el campo. Las vegas de tabaco fomentadas junto a los arroyos de Agua Dulce y Maboa dieron prosperidad relativa al poblado, que en 1765 fue declarado cabeza de partido rural y su  iglesia dejó de ser parroquia auxiliar para convertirse en parroquia independiente.  En 1820, Jesús del Monte era ya municipio. Pero perdió esa condición   tres años después.

            Sus moradores  más humildes ganaban el sustento gracias a la venta de sombreros de guano y yarey que tejían ellos mismos, mientras que el  tránsito de viajeros, carretas y arrierías aportaba al mismo tiempo lo suyo. Pero el establecimiento del ferrocarril Habana-Bejucal comprometió y retardó el desarrollo del poblado. En 1846 vivían allí algo más de 2 000 personas, y   en 1858 eran cuatro mil los vecinos y en sus cinco leguas cuadradas de superficie se asentaban las aldeas de Arroyo Naranjo, Arroyo Apolo, La Víbora y otros caseríos. Ese auge obedeció, dice el historiador Pezuela, a “la pureza de su atmósfera y la amenidad de su paisaje” que impulsaron a representantes de las clases pudientes a establecer allí sus casas y quintas de recreo, y ya en 1863 Jesús del Monte le disputaba al Cerro y a Puentes Grandes “la animación y concurrencia de las temporadas de verano”. Pero eso duraría poco. Jesús del Monte nunca suplantó a esas localidades como barrio elegante, papel que se adjudicó el Vedado y perdió en extensión territorial cuando se le escindió Arroyo Naranjo, que comprendía entonces los caseríos  de Arroyo Apolo y  de San Juan.

            De los árboles de la calzada de Jesús del Monte, llamada entonces Camino de Santiago, fueron ahorcados  doce de los  vegueros  que se rebelaron, en 1723 y por tercera vez,   contra el arbitrario y abusivo  estanco del tabaco dispuesto por el gobierno español. Y fue Jesús del Monte asimismo escenario de la resistencia criolla contra la invasión inglesa en 1762. Por su ubicación, en una altura frente a la ciudad, resultaba un lugar estratégico para el ataque y la defensa de la villa y su vía casi única de abastecimiento.  Allí,  murió Pepe Antonio Gómez y Bullones,  alcalde  de Guanabacoa, héroe de la resistencia popular contra el invasor.

CORONA DE LAS FRUTAS

Con el tiempo, Jesús del Monte creció y mucho. A mediados del siglo XX, y después, comprendía las barriadas de Santos Suárez, Luyanó, Chaple, La Asunción, San Miguel, Mendoza, Lawton, Lawton Batista, Víbora, Sevillano, El Rubio,  Arroyo Apolo, Vista Alegre,  Santa Amalia, Poey, Arroyo Naranjo… y también las de Naranjito, Los Pinos, Miraflores y Nueva Habana hacia la carretera de Vento y además  la zona donde la ciudad se prolonga entre dicha vía y la carretera de Rancho Boyeros, con los repartos Martí y Casino Deportivo.

Ocurren variaciones con la división político-administrativa de 1976. Algunas  de esas barriadas y repartos  pasan a ser parte de los recién creados entonces  municipios de Arroyo Naranjo y Boyeros, y Jesús del Monte recupera la categoría de municipio que perdió unos 150 años antes.

           Lo hace como  10 de Octubre. Porque resulta que a partir de  1918 es ese  el nombre que, a solicitud de la Asociación de Emigrados Revolucionarios Cubanos, dio el Ayuntamiento de La Habana  a aquel Camino de Santiago que durante mucho tiempo unió la ciudad con el campo.            En 1949 el gran poeta cubano Eliseo Diego dio a conocer su libro En la calzada  de Jesús del Monte. No creo que sean muchos los habaneros que llamen todavía así a esa vía. Ocurre algo muy curioso  con eso de los nombres de las calles. Nombres que pegan y se arraigan y  nombres que nadie acepta. Así, en el actual municipio de 10 de Octubre, Cocos sigue siendo Cocos  y no Alfredo Martín Morales y nadie llamó nunca  José Miguel Gómez a Correa   ni José Antolín del Cueto a Melones. Sin embargo, Dolores dejó de ser Dolores y se convirtió  en Camilo Cienfuegos para siempre.

            Hay zonas allí cuyas calles  –San Emilia, Santa Irene, San Anastasio,  San Francisco…-  agotan el santoral. Otras –Mayía Rodríguez, Juan Delgado, Lacret…- rinden tributo a los héroes de la Independencia, y otras más –Saco, Heredia, Luz Caballero…- recuerdan a nuestros más ilustres intelectuales y creadores, en tanto que  toda una canasta de frutas cubanas se llena con los nombres de  calles como  Zapotes, Mangos, Melones…

            Esquinas hay  que  se hicieron célebres en  el tiempo. Toyo, con  su bodegón y su panadería, que competía con la de Tejas. Concha y Luyanó. La de Los Motoristas, en San Francisco y Novena, en Lawton. Y la del cine Mónaco.   Estrada Palma y 10 de Octubre, con sus cafés Noche y Día y Los Castellanos, ambos a media cuadra del cine Tosca y de  tiendas como La Casa Brito y La Campana y a pocos metros más del café El Récord y la panadería La Marina.   La del paradero de La Víbora, con la cafetería El Asia, los cafés Central y   El  Recreo y la farmacia San Ramón. Cerca, frente a la ostentosa mansión de los Párraga, hay una librería que lleva el nombre ilustre del sabio alemán Alejandro de Humbolt y a la que seguiremos llamando La Polilla.

CAMBIO DE PAISAJE

Aunque hay muchísimas más, son esas de las esquinas más ecuménicas, pudiéramos decir, del municipio. Esquinas suficientes, diría yo, porque uno podía encontrar en ellas casi todo lo que necesitara, desde una aspirina y un ramo de flores hasta un número de la charada,   sin necesidad de buscarlo en otra parte.

            El paisaje ha cambiado. Ya no funciona ninguno de los cines –Florida, Apolo, Moderno, Tosca y Gran Cinema- que abrían sus puertas sobre la calzada del 10 de Octubre. El paradero de La Víbora, que lo fue primero de  tranvías y luego de  ómnibus, es desde hace un tiempo una base de taxis. El espacio de El Récord lo ocupa  ahora una agencia de pasajes, y El Asia, con sus sándwich espectaculares de los años 60, devino restaurante y centro nocturno. La 11na. Estación de Policía es una escuela y la casa de los Párraga, restaurada,  la casa de la cultura del municipio.

            Con anterioridad ocupó ese inmueble la clínica Nuestra Señora de Lourdes. Porque quizás por aquello de “la pureza de su atmósfera”, a la que aludía Pezuela antes de que, por supuesto, existieran los “almendrones” y otros cacharros anexos, casas de salud grandes y pequeñas buscaron asiento en el territorio del actual municipio.

            En la propia Calzada se ubicaban la de la Asociación de Dependientes y del Comercio de La Habana (Hospital 10 de Octubre) y las ya desaparecidas de la Cooperativa Médica (antigua Casuso)  cerca de Toyo, y El Sol, en la esquina con Cocos. En esa misma calle, pero en la esquina con Rabí,  Acción Médica (Policlínico-Hospital Santos Suárez). Y más hacia La Víbora, las de Pasteur (Policlínico Pasteur) Centro Médico (Policlínico-Hospital Puente Uceda) Santa Isabel (Policlínico Turcios Lima) y la ya inexistente San Luis, en la Avenida de Acosta. En Lawton, entre otras, estaba la clínica San Francisco, propiedad de un médico que costeó su carrera universitaria con lo que ganaba como conductor de los tranvías.

            Cada barrio tenía sus particularidades.  Luyanó era obrero, y Lawton, eminentemente estudiantil, en tanto que Santo Suárez, con sus casonas y  los numerosos profesionales que lo poblaban, se veía como el Miramar de la zona hasta  se congestionó en exceso  con  los  edificios de apartamentos  que se apiñaron en sus áreas.

            Vecinos  notables del municipio fueron Julio Antonio Mella, en Acosta,  y Raúl Roa, en La Víbora; Medardo y Cintio Vitier, en Santos Suárez, y,  en Lawton, Roberto Fernández Retamar y el periodista Eladio Secades. En Lawton vivieron  también el poeta Emilio Ballagas y el general Enrique Loynaz del Castillo.

            Figuraron  entre sus  moradores tristemente célebres gente como el general Pilar García, jefe de la Policía Nacional en los meses finales de la dictadura batistiana, en la calle Mayía Rodríguez, y Ramón Hermida, ministro de Gobernación en el mismo periodo, en la de Patrocinio. En los años 30, de  los altos del café El Cuchillo, en la esquina de Toyo, donde vivía, salió un sargento llamado Batista  para cogerse  de la República.  Y por no faltar, tras su egreso del Castillo del Príncipe en los años 50,   a La Víbora fue a vivir,  e instaló  la fábrica de desodorantes Axinodor,  José Roque Ramírez, más conocido como El Águila Negra, el estafador más grande, y con categoría internacional, de toda la historia de Cuba.

            Sobre el municipio 10 de Octubre y la “calzada más bien enorme de Jesús del Monte”, de la que habló el poeta, surgidos al pie de una iglesia, mucho más podría decirse. Pero detengamos aquí este viaje al recuerdo.

(Con documentación del Dr. Ismael Pérez Gutiérrez).       

             

             

     

           

             

Hora cubana de Graham Greene

Hora cubana de Graham Greene

Ciro Bianchi Ross

-Un “aniejo”, por favor.

            El barman escuchó el pedido y sonrió. Ya sabía que aquel hombre alto, de escasos cabellos plateados y ojos azul pálido, quería su ron añejo de siempre, esa bebida que, decía, tenía sabor a “madera de barco, a viaje por mar”. Vestía camisa de lino azul y pantalón gris y, pese a su buena pinta, lucía algo desgarbado, como si se hubiera puesto la ropa sin quitarle el perchero. Era un cliente familiar, un huésped que regresaba siempre, un turista reincidente, si tal adjetivo cabía para calificar a Graham Greene, uno de los más grandes novelistas del siglo XX.

            El autor de El poder y la gloria vino muchas veces –ocho, diez- a Cuba, y salvo en sus dos últimas visitas, en las que fue huésped del presidente Fidel Castro, con quien compartía durante horas, se alojó siempre en el Hotel Nacional.

            En 1959 estuvo aquí con el actor Alec Guinnes y un equipo de realización para filmar algunas escenas de Nuestro hombre en La Habana, basada en su novela homónima. En visitas anteriores lo habían fascinado el daiquirí del Floridita, el sabor delicado del cangrejo moro y la atmósfera nebulosa del Barrio Chino habanero, lo que de alguna manera metió en esa  novela, en la que se burla de los servicios de Inteligencia.

            Volvió en el 63, en tránsito hacia Haití, y en 1966 para escribir una serie de artículos sobre Cuba. Entonces en compañía del narrador Lisandro Otero, el poeta Pablo Armando Fernández y el fotógrafo Ernesto Fernández  recorrió la Isla e insistió en ver de cerca, desde la frontera, la base naval norteamericana en Guantánamo.

            El Batallón Fronterizo cubano le tributó un recibimiento que no esperaba –con banda de música incluida. Al final escribió en el libro de visitantes:

            “Muchas gracias por vuestra hospitalidad para alguien que viene de otra isla. Ustedes están a algunos metros de su enemigo. Nosotros en 1940 estábamos a cincuenta kilómetros del fascismo. Por eso simpatizamos”.

SANTIAGO 1957

En su autobiografía (Ways of Escape) Greene recordó su visita a Cuba en 1957 y su interés por subir a la Sierra Maestra y entrevistar a Fidel. Lisandro Otero, en Llover sobre mojado, su libro de memorias,  recuerda asimismo ese deseo de Greene.  No pudo conseguirlo pese a que en su intento llegó a la ciudad de Santiago. Pero sí logró con sus artículos de prensa que Inglaterra suspendiera la venta de aviones Sea Fury al gobierno batistiano.

            Un día la etnóloga Natalia Bolívar apareció en la casa de la historiadora y periodista Nydia Sanabria y la hizo salir a la calle para que conociera a alguien que esperaba fuera. Allí, en efecto, a bordo de una cuña descapotable, estaba Greene en persona que insistía en su propósito  de entrevistar a Fidel. Más tarde los tres conversaron en un restaurante campestre con todas las precauciones que exigía el caso, pues el escritor sospechaba que un periodista norteamericano acreditado en La Habana conocía de sus intenciones y que aquel reportero era, además, espía del FBI. Fue en ese restaurante donde convinieron de que al día siguiente Greene, acompañado por Nydia, viajaría  a Santiago. Se encontrarían en el aeropuerto de Boyeros y, tanto en la Terminal aérea como durante el vuelo, se mantendrían a prudente distancia, sin intercambiar siquiera un saludo. La sorpresa fue grande para ambos cuando, ya en el aeropuerto, advirtieron que el presunto periodista o supuesto espía volaría en la misma aeronave.

            Ya en la ciudad oriental, Greene se alojó en el hotel Casagranda, mientras Nydia buscaba, a través de la célula del Movimiento Revolucionario 26 de Julio a la que pertenecía, la forma de ponerlo en contacto con  Armando Hart que, en la clandestinidad más absoluta, se hacía llamar Jacinto Pérez y se escondía en la casa del doctor Enrique Ortega. En su trato con Greene, Nydia utilizaba el seudónimo de Lidia Hernández.

            Hizo la historiadora los contactos necesarios y lo comunicó al escritor. Para reunirse con Hart bajaría solo por la calle Pío Rosado y Nydia lo esperaría a la altura de la calle San Francisco. Desde allí seguirían juntos hasta la casa de Ortega. Greene entraría sin Nydia y, al concluir la entrevista, se encontrarían en el Casagranda. El escritor aseguró que había logrado evadirse del periodista norteamericano y manifestó su certeza de no haber sido seguido por los soplones de Batista. Ni falta hacía. Desde el zaguán de la casa de Ortega, Nydia vio, sentado en la sala, al reportero en cuestión.

            Ella no puede asegurar ya si Greene llegó a encontrarse con Hart. Sí que por orientación de este se le recomendó que aplazara su subida a la Sierra. La zona de Marimón, que habitualmente se utilizaba para llegar a la montaña desde Santiago, era controlada rígidamente por el ejército batistiano, y las avionetas militares –que los santiagueros llamaban “chismosas”- ametrallaban todo lo que se movía. Greene, urgido por otros compromisos, decidió no esperar y regresó a La Habana.

CERCA DE LA LUCHA FIDELISTA

En 1963, en una entrevista que concedió a la revista Cuba, el escritor evocó un momento de aquella visita:

            “Salí a la calle una mañana. Las calles de Santiago estaban llenas de niños. Niños y niñas por todos lados, algunos en silencio con caras graves. Parece que ni un solo niño había ido a la escuela aquella mañana. Pregunté: ¿qué pasa? Y alguien me informó. La noche anterior, la policía de Batista arrancó de sus casas a tres niñas de 8 a 12 años. Se las llevaron en batas de dormir al cuartel de policía. Eran rehenes. Sus padres luchaban en la Sierra, estaban con los revolucionarios. A la mañana siguiente, no se sabe cómo la noticia de las tres pequeñas presas se supo en las escuelas. Los alumnos se fueron, vagaron por las calles en una huelga sin consulta, muda. Los policías no pudieron hacer nada. Soltaron a las niñas. Los alumnos volvieron a clase. Fue una victoria, una batalla ganada a Batista por los niños de Santiago. Que yo sepa, nadie publicó nunca este hecho. Y es una bella historia”.

            Esa bella historia, sin embargo, solo existió en la imaginación de Greene. Nunca acaeció  nada así en Santiago, asegura Nydia Sanabria. Y añade que lo más probable es que el escritor se confundiera en algo de lo que ella le contó entonces y que ocurrió antes de su visita: el asesinato de William Soler y de otros jóvenes revolucionarios, suceso que conmocionó a la sociedad santiaguera. Las madres se echaron a la calle en reclamo del cese del asesinato de sus hijos y las escuelas de la ciudad permanecieron cerradas.

            Pero algo está fuera de duda. Y lo afirma el propio Greene en una entrevista cuando dice: “Durante el periodo de la Revolución me sentí muy cerca de la lucha fidelista”.

            A Fidel lo conocería en 1966. Lisandro Otero lo llevó una noche a la Ciudad Deportiva a fin de que presenciase un interesante partido de baloncesto y menuda fue la sorpresa de Greene cuando advirtió que Fidel Castro jugaba en medio de la pista. Durante una de sus últimas visitas a Cuba, Fidel elogió el buen aspecto del escritor y este respondió que obedecía a su costumbre de beber un litro de whisky al día y una botella de vino en cada comida. Apuntó, además, que siendo muy joven había jugado a la ruleta rusa, lo que hizo que el Presidente cubano sacara un rápido cálculo sobre las posibilidades que con ese juego tuvo de morir.

            Pero si se piensa con más cuidado, escribía  Gabriel García Márquez, Graham Greene no dejó casi nunca de jugar a la ruleta rusa: la mortal ruleta rusa de la literatura con los pies sobre la tierra. Y en ese sentido, añadía el autor de Cien años de soledad, el enorme escritor británico que nunca recibió el Premio Nobel porque la Academia Sueca lo consideró siempre demasiado popular, concierne a los latinoamericanos por sus libros ambientados en la América Latina, desde El poder y la gloria hasta El cónsul honorario y Conociendo al general, su testimonio sobre Omar Torrijos.

LA HORA DE LONDRES

De entre los escritores cubanos, distinguía de manera particular a Lisandro Otero, Pablo Armando Fernández y Virgilio Piñera, a los que aludía siempre como “mis amigos”. De Alejo Carpentier decía que lo leía con placer y que merecía el Premio Nobel. De René Portocarrero recordaba el efecto fulminante del movimiento cromático de su pintura y el delirio lineal de sus dibujos. En la residencia habanera de Hemingway vio los numerosos trofeos de caza que adornan las paredes, y se horrorizó. En La Habana de 1957 adquirió de un taxista un sobrecito de  cocaína. Cuando lo probó, advirtió que le habían vendido bicarbonato. Días después el expendedor lo localizaba para devolverle su dinero… A él también lo habían engañado. A juicio de Greene, ese hecho ilustraba como pocos la honradez del cubano.

            En Llover sobre mojado, Lisandro recuerda esta anécdota deliciosa del escritor de El revés de la trama. Se hallaban en el hotel Colony, de la Isla de Pinos, y Greene comentó que un caballero jamás bebía antes del mediodía. Al día siguiente, muy temprano, Lisandro fue a buscarlo para el desayuno y lo encontró con un vaso de whisky en la mano. Le recordó su aseveración del día anterior. Respondió Greene:

            -Es que yo, amigo mío, me guío por la hora de Londres.

           

           

Raúl Corrales: De prisa por la vida

Raúl Corrales: De prisa por la vida

Ciro Bianchi Ross

La crítica resalta en sus fotografías el tono poético, el poder de síntesis, la capacidad para mostrar los detalles y el tratamiento escultórico de la luz, sin que  pierdan por eso el sentido del mensaje directo, una manera de ver la vida y el tratamiento enaltecedor del ser humano. Elevó la foto noticiosa al rango de obra de arte, sin embargo fue siempre reacio a que se le calificara como un artista e insistió en definirse como un fotorreportero a secas. Ahora, al morir a los 81 años de edad, Raúl Corrales deja un archivo de miles de negativos sin imprimir y una obra publicada que le valió en 1996 el Premio Nacional de Artes Plásticas. Una de sus fotos, “El sueño”, está considerada entre las cien mejores imágenes de toda la historia de la fotografía.

            -Se ha escrito por ahí que a mí me hubiera gustado ser escultor o pintor –me dijo una vez. A mí, en realidad, me hubiese gustado estudiar música, aunque si volviera a nacer, sería fotógrafo de nuevo. He andado de prisa por la vida y, así, elegí lo más rápido: captar imágenes.

            Pero antes de su inicio en la fotografía, se vio obligado a acometer las ocupaciones más modestas. Fue vendedor de periódicos y de frutas, limpiabotas y mozo de limpieza y valet de Jorge Negrete durante las presentaciones del mexicano en La Habana... Pudo reunir lo suficiente para adquirir una camarita de 127 ml y tomaba con ella sus imágenes. No todas las imprimía. Se contentaba con mirar los negativos delante de una lámpara. Fue entonces que consiguió empleo en la Cuba Sono Film, una empresa del Partido Socialista Popular (Comunista) que daba servicios de fotografía y filmación en actos políticos y sociales.  Corría el año de 1944 y allí, de pura casualidad, se  hizo fotógrafo profesional. ¿Cómo?

           Le regocijaba contar esa anécdota. Un día, llamaron a la Cuba Sono Filme, donde trabajaba como limpia pisos, para un pedido y no se hallaba el fotógrafo de guardia. Corrales dijo al administrador: -Yo voy. Y recorrió a pie media Habana llevando a cuestas una enorme cámara Speed Graphis 4 x 5 y un maletín lleno de chasis, placas y bombillos, lo que lo identificaba como fotógrafo a los ojos de todos y lo hacía sentirse el hombre más realizado de la tierra. Llegó a su destino, tomó una sola imagen, la que le pidieron,  y emprendió el camino de regreso. Al rato se hizo ver por el administrador. –Ya está la foto, le dijo. –Bueno, esperemos por Fulano para que la revele –respondió. –Ya está revelada –dijo entonces Corrales. Contestó el administrador: -Que Zutano la imprima. –No, ya está impresa –aseveró el fotógrafo.

TRAYECTORIA

De la Cuba Sono Film pasó al periódico Hoy, y cuando ese diario fue clausurado en 1953  colaboró con la revista Bohemia. Como fotorreportero del semanario Carteles, Corrales, junto con  futuro historiador y economista Oscar Pino Santos, como redactor, llegó a los lugares más inimaginables de la geografía cubana para develar como vivían y morían los campesinos de las montañas y los carboneros de las ciénagas, los cortadores de caña y los mineros. Eran verdaderas denuncias aquellos reportajes. Tanto insistió en ellos que su amigo Alberto Korda, otro de los grandes de la fotografía cubana, le dijo un día: -Cuando se acabe la miseria en Cuba, te vas a morir de hambre.

            En 1959 trabajó para el periódico Revolución y a comienzos del año siguiente estuvo  entre los fundadores de la revista Cuba,  que fue una de las más interesantes experiencias  del periodismo cubano y uno de sus logros más relevantes.

            Por aquellos días, como fotorreportero de Revolución, Corrales fue invitado a incorporarse a una comitiva del Gobierno Revolucionario que, con Fidel Castro al frente, visitaría la hacienda Cortina, en la provincia de Pinar del Río. El predio había sido intervenido por el Instituto Nacional de la Reforma Agraria (INRA). Fidel lo recorrió, admiró las colecciones de obras de arte que atesoraba allí su antiguo propietario y, al final, alguien decidió que el grupo se quedase a cenar. Se montó una mesa fastuosa. Fidel tomó asiento y  quedó pensativo. Dijo de pronto: -Vámonos. Y la jornada terminó en medio de la noche, debajo de los árboles y comiendo  enlatados.

            Corrales y Antonio Núñez Jiménez, director del INRA, presentaron a la revista Bohemia, dirigida todavía por su propietario, el reportaje de aquella visita. Pasaron dos, tres, cuatro semanas  y la revista no lo publicaba. Llamó Fidel entonces a Núñez Jiménez, a Corrales y a dos o tres personas más: -Vamos a publicar el material, y como Bohemia no lo publica, lo haremos en nuestra propia revista  –dijo. -Tienen 15 días para hacer una revista como esta –añadió y entregó a Núñez Jiménez un ejemplar de Life. Ese fue el origen de la revista Cuba, que apareció en sus inicios con el nombre de INRA.

            Tanto para el periódico Revolución como para la revista Cuba, Corrales testimonió y documentó gráficamente el proceso político y social que se abrió en la isla en 1959  no hubo acontecimiento trascendente que no capturara en sus imágenes. Sin embargo,  en 1964 abandona la fotografía de prensa. Cierto es que otras tareas o reclamaron, pero no deja de ser significativo su alejamiento. Casual o no, coincide con el inicio de la decadencia de la fotografía en la prensa cubana. Si hasta ese momento la fotografía fue en Cuba la imagen misma de la Revolución y su vehículo más eficaz de difusión,  con fotos desplegadas a grandes espacios y fotorreportajes de autor, comienza a replegarse ante las fotos de “actividades” con su consabida trinidad de tribuna-orador-público, mientras que la desaparición publicaciones, la reducción de páginas en ellas, la mala calidad del papel y la escasez de materiales fotográficos hacían el resto.

            -Sé que soy un fotorreportero destacado, pero eso se lo debo a un accidente de la vida;  la Revolución que me dio la oportunidad de ser testigo de sucesos que hoy son historia –me dijo una mañana ya remota mientras conversábamos en su casa del poblado de Cojímar, al este de La Habana.

            Nuevas perspectivas se abrían  para él. Figuró, como jefe del departamento de fotografía,  en el núcleo fundador de la Academia de Ciencias de Cuba y laboró luego en la Oficina de Asuntos Históricos de la Presidencia de la República  (hoy, del Consejo de Estado).  Cuando lo llamaron para confiarle la tarea de preservar los documentos y la iconografía de la Revolución, le dijeron que se trataba de un trabajo que podía acometerse en 15 días. Permaneció 25 años haciéndolo. “Veinte y cinco años,  fotocopiando ‘papelitos’ que eran los grandes papeles de la historia reciente de este país, pues por mis manos pasaron los documentos de las figuras más importantes de la Revolución”, rememoraba Corrales.  Acogió esa labor con entusiasmo y total responsabilidad, pero no se desvinculó del todo de la fotografía que le gustaba hacer. Es esa la etapa de una serie  como La escuela al campo, muy bella, con imágenes muy plásticas, y de su viaje a Nicaragua donde, en un trabajo de equipo, testimonió los días iniciales de la Revolución sandinista: un ensayo fotográfico que valió al grupo el premio en la convocatoria inaugural del certamen de fotografía latinoamericana de la Casa de las Américas.

SU ESTÉTICA

¿Visualizaba Raúl Corrales las fotos antes de tomarlas o sencillamente apretaba el obturador de su cámara con la esperanza de lograr una buena imagen?

            Las imágenes están ahí, decía. El asunto no es mirarlas, que todo el mundo las mira, sino verlas. Así, nunca tuvo la esperanza de conseguir una buena imagen; sabía cuando la lograría. Las veía y solo entonces apretaba el obturador. Por eso nunca entendió a esos fotógrafos que hacen diez, quince, veinte tomas de una misma imagen. A su juicio procedían así porque no estaban seguros de lo que veían. Corrales jamás buscó una buena fotografía. Vio, antes de hacerla, la buena fotografía, y en muchas ocasiones más que el todo, encontró el detalle.

            Sucedió así en una de sus fotos más emblemáticas y trascendentes, “Las botas del mayoral”, de 1953. Se hallaba el fotorreportero en un lugar del interior del país y vio a dos hombres recostados al mostrador de un establecimiento comercial. Uno estaba descalzo, mal vestido, con los pantalones enrollados a nivel de los tobillos. El otro, a su lado, llevaba  machete al cinto y botas altas. Era  el mayoral, el mandamás de la finca. Y captó la imagen de esos dos hombres que daban la espalda a la cámara, y la tomó de la cintura para abajo a fin de marcar la diferencia. Otra foto suya es igualmente memorable. A diferencia de  la anterior, encontró en esta el todo y no el detalle.  La captó en 1960, en la Plaza de la Revolución.  El pueblo se había  congregado para escuchar la lectura de la Primera Declaración de La Habana, y aprobarla, y logró meter en una sola imagen a Fidel, que hablaba desde la tribuna, y al millón de cubanos que lo aclamaba.

            Sus fotos equivalieron siempre a la imagen que visualizó antes de tomarla. Si no resultaba así, no las imprimía. Tenía la habilidad de ver en el negativo aquellas fotos con posibilidades.

            Su incursión en el mundo de la publicidad, le dio disciplina y le agregó técnica, pero lo obligaba  a mentirle a sus propios sentimientos al verse obligado a dar como  agradables cosas que eran muy feas para él. Tampoco le agradó el desnudo fotográfico, no por aquello de que hay pocos cuerpos verdaderamente atractivos luego de haber sido fotografiados desnudos, de lo que habló a Play Boy el gran fotógrafo  norteamericano Ansel Adams, sino porque nunca creyó tener el don para hacerlo. No pensaba por eso que el desnudo fotográfico entrañara un tratamiento poco enaltecedor para el ser humano ni que se rebajaba la dignidad de un modelo –hombre o mujer- por mostrarlo desnudo. Aseveraba que la dignidad de una persona se disminuye  cuando pierde la moral y sus valores y que  muchos de los que criticaban a muchacha por acceder a que la fotografiasen o filmasen sin ropas o en traje de baño, lo hacían sobre todo  porque no podían imitarla sin exponerse a un ridículo total.

            De esa moralina, de aquellos  “pintores sastres” compulsados a cubrir los castos desnudos de Miguel Ángel en la capilla Sixtina, no se libró “El sueño”, la foto más recordada de Corrales. Lo captó en ocasión del  viaje de Fidel a Venezuela, en 1959, y se ve en ella a un soldado cubano  que duerme junto a su fusil en una habitación donde de una de las paredes cuelga la pintura de una mujer con el torso desnudo. Pronto las aguas encontraron  su cauce. Cuando la tomó, no cupo en ninguno de los reportajes que se publicaron sobre la estancia del jefe de la Revolución  en el país sudamericano. Pero “El sueño” siguió su curso hasta convertirse en una fotografía de culto.

            Compiló fotos suyas en cuatro  libros: Playa Girón, con dos ediciones en Cuba y otra en Italia; Cuba, que apareció en México con el sello del Fondo de Cultura Económica, y La emoción de la historia y Cojímar: el vechio e el mare, publicados ambos en Italia. Recreó en ese último el ambiente de la célebre novela de Ernest Hemingway y los personajes que deambulan o se presienten en sus páginas. En el primero, recogió las  instantáneas que captó durante los combates contra la invasión  mercenaria de Bahía de Cochinos, en abril de 196l.  “Las que salvaron”, precisaba, porque en Girón el fotógrafo cayó al agua con todo su equipo desde un tanque de guerra y se le echaron a perder siete rollos. Decía:   “¡Aún los tengo guardados. Quién sabe si mañana, con los adelantos de la técnica, se recuperarán para la historia”.

            Sentenció hace ya casi diez años, mientras conversábamos en su casa de Cojímar:

            -Amo esta profesión. Me ha deparado momentos inolvidables como el día en que se proclamó el carácter socialista de la Revolución cubana. Yo estaba allí y la posibilidad de capturarlo con mi cámara tiene para mí tanto valor con haber venido con Colón y haber podido testimoniar gráficamente la hazaña del Descubrimiento.

            “El sueño”, “Las botas del mayoral”… Corrales rehusó siempre concretar cuáles, a su juicio, podrían ser sus mejores fotos; selección que, repetía, correspondía hacer a otros. Un día me dijo que, si se viese precisado a hacerlo, además de esas dos  salvaría “La caballería”, que muestra a un grupo de jinetes en el momento de penetrar en los predios de un gran latifundio norteamericano recién intervenido en virtud de la ley de la Reforma Agraria, y las de la serie “La banda del nuevo ritmo”. Transcurría la crisis de los cohetes, de octubre de 1962,  fue hacer un reportaje a las trincheras y se encontró con los integrantes de una orquesta que fueron movilizados. Eran milicianos y todos estaban, por supuesto,  con sus fusiles, pero cada uno llevaba asimismo su instrumento musical.

            Añadió en aquella ocasión:

            -Le diré algo que no he dicho nunca: la mejor de mis fotos es, para mí, la que tomé a mi hijo mayor cuando tenía tres o cuatro años de edad. Está sentado en el suelo, juega y una oruga le sube por el brazo. Es una foto que nadie, fuera de la familia, ha visto”.

            Lo mismo ocurre con otras muchas fotos de Raúl Corrales: nadie las ha visto porque el fotógrafo nunca las imprimió. Mantenía miles de negativos sin imprimir y a veces, de cuando en cuando, imprimía alguno y advertía que les sucedía como a los buenos vinos: el tiempo los había mejorado, los había hecho más interesantes.

            Con su muerte, quizás muchos de esos negativos empiecen a conocerse. Tal vez un nuevo Raúl Corrales espere por nosotros.

           

           

           

             

           

             

           

           

           

Nosotros y el amor imposible

Nosotros y el amor imposible

Ciro Bianchi Ross

Si Total es, como se ha dicho, la pieza más cantada de toda la historia del bolero, ¿dónde queda Nosotros? Aludo, por supuesto, a la melodía imperecedera del compositor cubano Pedro Junco. Reafirmación de amor y despedida es, a la vez, esa canción, expresión de un amor real, pero ya imposible por la cercanía de la muerte. Junco murió a los 23 años de edad, poco después del estreno de su música, y la mujer que lo inspirara ya no estaba a su lado. Sin embargo, muchos años después del suceso ella confesaba a una amiga: “Todavía lo recuerdo”.

            Así como se escucha decir con frecuencia que Pedro Junco nació en México y no en Cuba, fueron varias las que en Pinar del Río, la localidad natal del creador, en el occidente de la Isla, se adjudicaron la inspiración de Nosotros. Su autor, que cuando en su caballo blanco recorría las calles de su ciudad, enloquecía a las mujeres, tuvo una vida tan breve como apasionada, y al saberse enfermo de muerte se entregó a excesos que aceleraron el final. Se consumió en sus pasiones; amores tormentosos con mujeres casadas, con la trapecista de un circo… Una vez, más allá de lo explicable y de lo inexplicable, se enamoró de una monja, aunque a nadie le consta que ella le correspondiera… ¿Fue esa monja la que inspiró Nosotros? –inquirí una vez con el escritor Aldo Martínez-Malo, muy cercano, al igual que su hermano Amado, a Pedro Junco.

            -No. Fue otra mujer que aún vive y que al fin se casó luego de guardarle luto. Dejémosla en el anonimato; el secreto le pertenece.

            Pero el secreto no permanecería guardado por los siglos de los siglos. En 1997 se reveló el nombre de María Victoria Mora Morales. Años más tarde, Amado Martínez-Malo ahondó en el asunto en su Pedro Junco: viaje a la memoria.

SOLO UNA NOVIA

Amado, en su libro, habla, entre otros, de los amores del compositor con una mexicana casada y con “Cubita la bella”, la trapecista del circo Montalvo, a quien Junco dedicó su bolero Por ti. Amores estos llenos de sobresalto por la presencia del guardián a quien el  padre de la muchacha confiara su custodia y que se interrumpieron de ahora para ahorita cuando una madrugada el circo levantó la carpa y se fue para no volver. Triste historia la de los hermanos Montalvo. El guardián murió atropellado por un camión del propio circo, al quedarse dormido debajo. “Cubita” dicen que murió el mismo año que Pedrito. Los dos hermanos menores, ahogados en el hundimiento del barco Junquera cuando viajaban con el circo Razzore, y Raúl, el mayor, despedazado por un tren.

            “Aunque amores sí tuvo muchos, yo solo le conocí a Pedrito una sola novia, María Victoria Mora”, dice Amado, y cuenta que procedía ella del poblado de San Juan y Martínez, de una familia acomodada, de profesionales. “Vino a estudiar a Pinar del Río […] en el colegio Inmaculado Corazón de María hasta que terminó el octavo grado: Pedrito la conoció en la apertura del curso escolar del Instituto de Segunda Enseñanza,  donde ella había matriculado […] La vio y se interesó por ella, al punto de hacer que yo se la presentara enseguida. Allí nació un romance que apenas duró dos años”.

            Los que la conocieron recuerdan a María Victoria como una mujer bellísima, alta, elegante, que “afinó” con el compositor para hacer una “pareja ideal” con una empatía poco común. Precisa Amado que un estudio de María Victoria, Las campañas de Antonio Maceo en la historia militar de América, mereció premio de la Sociedad Colombista Panamericana. En el año 2001, casada y con dos hijos, vivía aún en Nueva York.

SOY COMO SOY

A María Victoria Mora parecen estar dedicadas también otras composiciones de Junco como Tu mirar, Soy como soy, Te espero, Estoy triste, Cuando hablo contigo, Una más y Yo te lo dije. También el poema “Versos míos para ti”, que publicó el 8 de octubre de 1941 en el Diario de la Marina “en ofrenda a los 15 años de una joven sanjuanera”. A ella están dedicadas además las melodías Mi santuario y Gracias, y el poema “Lo que yo quiero”.

            Salvo Nosotros, ninguna de las canciones de Pedro Junco ha tenido suerte, ni siquiera se conocen. Aun así, dice Amado Martínez-Malo: “De entre un grupo de buenas canciones que compuso, Nosotros es la más famosa. Tus ojos, la más bonita y Estoy triste, la más compleja, pero todas llevan un sello inconfundible que las hace imperecederas”. Aldo, por su parte, me decía en 1990: “Tiene algunas composiciones muy buenas y yo diría que hasta mejores que Nosotros. Hablo de Me lo dijo el mar, Tus ojos, Soy como soy, Yo te lo dije… Fue un pianista excelente, extraordinariamente dotado, y nadie cantaba como él sus melodías, aunque raras veces lo hiciera fuera de un ámbito reducido. Era también hombre de otras inquietudes: hizo estudios de derecho, que dejó inconclusos, y fundó en Pinar del Río la Asociación de Prensa y Radio”.

            Nosotros se estrenó en público en febrero de 1943, apenas dos meses antes de la muerte de su autor. La cantó Tony Chiroldes a través de las ondas de la emisora pinareña CMAB, y poco después la cantaba Mario Fernández Porta en la RHC Cadena Azul, de La Habana. Ese mismo día Junco graba en su voz Mentiras tuyas, de Porta, y en la misma placa Porta grabó Nosotros. Pero ese disco, que era un ejemplar  único, se partió en dos; lo pegaron y siguió dejando escuchar la voz de Pedro Junco, en la única grabación que se le conoce, hasta que desapareció para siempre.

            En 1945 el cantante mexicano Pedro Vargas visitó a los padres del compositor. Les llevaba el diploma de la Asociación de Artistas de México que acreditaba que Nosotros se había mantenido en el hit parade de ese país durante dos años consecutivos. Ese era solo el comienzo de la carrera exitosa que conocería la melodía. Pero Pedro Junco no sabría de ese triunfo. Había muerto el 25 de abril de 1943.

            Aldo Martínez-Malo me dijo que murió de tuberculosis. Pero otros aseguran que no se conoce con certeza la causa de su muerte. La enfermedad apareció en agosto de 1942 envuelta en el misterio que aún la rodea, afirma Amado Martínez-Malo. Fue de todos modos una dolencia pulmonar la que devastó aquel cuerpo joven de 180 libras y unos seis pies de estatura y que a la postre lo fulminó.

            Una recaída había aconsejado la hospitalización de Junco en una clínica de La Habana. Allí tenía, junto a su cama, un aparato de radio. Una noche, aquella del 25 de abril, escuchaba la emisión de un programa cuando el locutor anunció su melodía Soy como soy, interpretada por René Cabel, “El Tenor de las Antillas”. Al escuchar el anuncio, Junco se incorporó en el lecho y, muy agitado, comenzó a llorar. Tuvo un golpe de tos y una expulsión de sangre que empapó la sábana. Su hermana, que lo acompañaba, salió de la habitación en busca de ayuda. Cuando regresó con la enfermera ya Pedro Junco estaba muerto, mientras que del radio seguían brotando las notas de su música.

            Lo enterraron en su ciudad natal. El tránsito allí se paralizó. Los comercios cerraron sus puertas. La emisora de radio local se declaró en duelo. El ataúd, cubierto con la bandera cubana, fue llevado en andas por la calle Martí, la principal arteria de la urbe. Las  mujeres arrojaban flores al paso del cortejo. Y un coro gigante cantaba Nosotros.

           

           

Cara a cara con Luis Carbonell

Cara a cara con Luis Carbonell

Por Ciro Bianchi Ross

Juglar del Caribe, sabe hallar la joya lírica donde otros no la ven y ponerla de relieve. Sobre él escribió el poeta Emilio Ballagas: “Es su superior, en ocasiones, a la calidad de la poesía que interpreta”.

Montar la Elegía a Jesús Menéndez le llevó tres años, tanto como tardó Nicolás Guillén en escribirla. La rumba de Tallet, se la aprendió cuando tenía 17 años y vino a recitarla en público a los 55. A Luis Carbonell no le basta con repetir un texto. Para incorporar un poema a su repertorio le valora primero sus posibilidades escénicas y para hacerlo suyo lo escudriña en todos sus detalles hasta que visualiza  su contenido y encuentra el ritmo con que quiere declamarlo. Una declamación que al espectador le parecerá la espontaneidad misma  y que, sin embargo, es siempre fruto de un esfuerzo en el que hasta la respiración está memorizada. Su virtud es hallar la joya lírica y expresiva donde otros no la ven, y ponerla de relieve, escribe el crítico Virgilio López Lemus acerca de este artista que, al decir del poeta Emilio Ballagas, “es superior, en ocasiones, a la calidad de la poesía que interpreta”.

            -Estudio todos los días por la mañana y por la tarde. Me aprendo incluso textos que nunca declamaré, pero que me sirven para comprender mejor al autor de quien recitaré otro poema. Me sé completo, por ejemplo, Romancero gitano, de Lorca, y jamás diré en público ninguno de los poemas que lo conforman.

Carbonell es el mejor intérprete de la llamada poesía negra, afrocubana o mulata. “El acuarelista de la poesía antillana”, como se le conoce desde hace décadas, un apelativo que, si bien tiende a encasillarlo, contribuyó a hacerlo popular y que hoy, aunque no le moleste en absoluto, piensa que le queda chico. ¿Por qué entonces no definirlo como lo que es, un juglar? Un rey sin más trono que la palabra, dice el poeta Cos Causse, que salva del olvido poemas que sin su voz dormirían el sueño eterno en las páginas de libros poco afortunados.

VIVENCIA SOBRECOGEDORA

Luis no será músico; será médico o abogado. Así lo he decidido, recuerda Luis Carbonell que repetía su madre, Amelia Pullés.

 -Mi madre era un látigo. No podía ser de otra manera aquella mujer que crió y dio escuela a las siete fieras que éramos nosotros. Pero he aquí que a mí las cosas que más me gustaban,  y me gustan, son la música, la poesía y, por encima de todo,  la enseñanza, a las que terminaría dedicándome.  Mi madre fue una gran maestra, una maestra famosa en Santiago de Cuba.  Falleció en 1979 y todavía ando buscando que me apruebe.

Una de las hermanas de Carbonell recitaba con gracia y tenía la cultura suficiente para adentrarse en los poemas que declamaba. Hubiera sido, asegura, una buena recitadora. ¿Influyó ella hasta el punto de decidir su destino?  No lo cree, afirma, y recuerda el día en que otra hermana suya decía en voz alta dos poemas de Guillén, Sabás y Balada de Simón Caraballo, y “yo vi a esos personajes a los que aludía el poeta, me representé a Sabás, que pedía limosnas de puerta en puerta,  y a Simón, comido por la sarna, mientras dormía en un portal con un ladrillo como almohada”. Una vivencia sobrecogedora y decisiva, puntualiza el artista, y  puede precisarle la fecha: “Fue después del terremoto que asoló a Santiago en 1932”.

El niño prosiguió sus estudios. Cuando cursaba la enseñanza media superior contribuía ya al sostén de la casa con lo que cobraba por repasarle a sus compañeros, “y si alguien no podía pagarme le repasaba igual ya que mi madre aseveraba siempre que el conocimiento no se le negaba a nadie”. Aprendió inglés y llegó a convertirse en un profesor cotizado de ese idioma, y trabajó además como director artístico de la CMQC, una emisora de radio local. “Allí hice a Pacho Alonso”, rememora. Cuando intuyó que en Santiago de Cuba no haría nada nuevo, decidió viajar a Nueva York. ¿A qué?

UN HOMBRE CON SUERTE

-A nada, a correr la aventura. He tenido siempre mucha suerte – dice y toca madera.

            Allí estaba Eusebia Cosme, la recitadora cubana a la que mucho admiró, aunque comprendió pronto que nada le aportaría y que radicaba en Nueva York desde 1939. Y estaban, de paso, la cancionera Esther Borja y el maestro Ernesto Lecuona. Conoció a Diosa Costello, la llamada “bomba atómica puertorriqueña”, que nunca se atrevió a venir a Cuba por temor a Rita Montaner, y a otra cantante boricua de voz impresionante,  Aida Puyols, para quien montó Sangre africana, de Gilberto Valdés, una canción muy difícil de interpretar y que entre otras pocas acometieron la Montaner y Linda Mirabal. “Aida la cantó para su autor y Gilberto la escuchó temblando; pidió que la repitiera  y se echó a llorar. Fue ahí que me invitó a que lo acompañara a España”.

            -Regresé a Cuba con la esperanza de ese viaje, pero Gilberto era tan bondadoso como disperso y el asunto no se concretó. Me había instalado aquí en La Habana en la casa de Esther Borja, más que una amiga, una hermana para mí desde entonces, y ella asumió la tarea de “empujarme”. Una noche insistió en que la acompañara a un homenaje que se le tributaría a René Cabel, “El tenor de las Antillas”, que se disponía a partir en una larga gira. Cabel era un hombre muy querido y la función en su honor congregó a toda la farándula. Esther me advirtió que yo tendría que actuar y, en efecto, cuando llegamos al teatro, lleno hasta el tope, pidió a José Antonio Alonso, que fungía como presentador, que me colara en la lista de los que actuarían.

            Carbonell se situó cerca del escenario en espera de la llamada de Alonso y allí estuvo hasta que se cansó y volvió a su butaca, junto a Esther. A insistencia de ella subió de nuevo para otra espera que, como la anterior, le fue demasiado larga. Convencido de que no lo llamarían, regresó a su asiento. Fue entonces Esther la que subió a hablar con Alonso. “Mira, no lo voy a llamar porque aquí recitaron ya cuatro primeros actores y no pasó nada”. “A ti eso no te importa. Llámalo de todas maneras”.

            -El espectáculo había comenzado a las nueve de la noche y cuando Alonso, presionado por Esther, me llamó al fin faltaban cinco minutos para la una de la mañana. Recité Rumba de la negra Pancha, de José Antonio Portuondo, y los aplausos parecieron que echarían abajo el teatro,  y la ovación se repitió cuando dije  Habladurías, un poema clásico venezolano de Manuel Rodríguez Cárdenas… Haría, esa noche, cuatro poemas en total.

            Pocos días después la esposa del millonario Ernesto Sarrá contactó a Carbonell para que actuara en la fiesta que daría en su residencia. Allí coincidió con Pepe Viondi, el gran artista cómico argentino que pasó una larguísima temporada entre nosotros.   Viondi lo reconoció y entre otros elogios le dijo: “No, usted no recita, usted pinta el poema”.

SOY MUY TÍMIDO

Rehuye la cámara. Cuando ve que un fotógrafo se acerca, vira la cara, trata de escabullirse, se aparta. Lo hizo así desde siempre porque era remiso a que su madre siguiera su carrera a través de la prensa. Elude a los entrevistadores. “No, no me gustan los periodistas ni hablar de mi mismo y no sé por qué lo haciendo ahora”. Precisa: “Aunque usted no lo crea, soy muy tímido”. Añade enseguida que los golpes enseñan y las alegrías también. “A esta altura, mi carapacho es de cuero. Tengo 82 años de edad. Soy un fósil”. La enfermedad, sin embargo, no ha podido vencerlo.

            Largo es el aval de Luis Carbonell como repertorista. Ha montado las voces en piezas que interpretaron grandes cantantes cubanos, entre ellos  Esther Borja y Linda Mirabal, y fueron sus alumnos figuras que hoy son de primera fila como Luiba María Hevia, “que tiene una voz excelente para la música sudamericana”, y Paulo F. G., “que me gusta más como bolerista que como salsero”. Muy reconocida es también la asesoría que prestó a agrupaciones musicales como las de Orlando de la Rosa, Facundo Rivero, D’Aida, Cuarteto del Rey, Trío Antillano, Los Cañas… y ha tomado parte muy activa en no pocas producciones discográficas. Los discos en los que colaboró con la Borja en los años 50 son, sencillamente, antológicos.

            Su faceta como narrador oral es poco conocida. Ha hecho espectáculos unipersonales en el teatro y de los 60 discos que ha grabado, la crítica destaca sobre todo el que se titula La mulata, ñáñigo al cielo y otros poemas, al que califica como “una genuina joya poético-discográfica”. En el repertorio de este declamador se cuentan poemas de Guillén y Tallet, de Ballagas y Regino Pedroso, de Agustín Acosta, todos cubanos, y también de los españoles Lorca y Camín; Palés Matos, de Puerto Rico, y el dominicano José Antonio Alix. Muy celebradas son sus interpretaciones del venezolano Aquiles Nazoa. Así, afirma el crítico López Lemus, “solo en su reinado de gracia personal,  él es un artista del mestizaje creativo, propio no únicamente de la identidad cubana, sino de la convergencia identitaria caribeña”.

            ¿Qué nos deparará  ahora? Sin duda,  llevará a la escena o a grabará nuevos poemas. Por lo pronto, trabaja con el pianista Ulises Hernández en la grabación de unas danzas que el gran compositor cubano Ignacio Cervantes concibió para piano y voz.

           

           

  

             

  

La Habana de Hemingway

La Habana de Hemingway

Por Ciro Bianchi Ross

“Amo este país y me siento como en casa; y allí donde un hombre se siente como en casa, aparte del lugar donde nació, ese es el sitio al que estaba destinado”, decía el autor de El viejo y el mar en alusión a Cuba

Ernest Hemingway vivió en esta casa los últimos 22 años de su vida. Cuando se instaló en Finca Vigía –a unos 30 minutos del centro de La Habana- estaba a punto de concluir Por quién doblan las campanas. Al abandonarla para siempre, había recorrido ya como escritor el camino de la fama y merecido el Premio Nobel. En la finca quedaron entonces su Royal portátil, las tumbas de sus perros, unos 50 gatos y los nueve mil volúmenes que atesoró a lo largo de su vida y que muchos años después harían exclamar a García Márquez: “¡Qué biblioteca más rara tenía este hombre!”

Hemingway llegó a Cuba en la primera quincena de abril de 1928. Junto a Pauline Pfeiffer,  su segunda esposa, hizo aquí el tránsito para Cayo Hueso, donde concluiría Adiós a las armas. Volvió en 1932 para pescar agujas en las aguas cubanas. Regresó en 1933 y escribió la primera de sus crónicas de tema cubano. A partir de entonces no se desvincularía jamás de esta “isla larga, hermosa y desdichada”, como llamó a Cuba en Las verdes colinas de África. El viejo y el mar (1952) es, por excelencia, la novela “cubana” de Hemingway. Parte de la trama de Islas en el golfo (1970) transcurre en Cuba. También en alguno que otro cuento y en muchísimos de sus artículos periodísticos hay alusiones a la Isla. El escenario de Tener y no tener (1937) es cubano en buena medida.

En una ocasión expresó con relación a Cuba: “Amo este país y me siento como en casa; y allí donde un hombre se siente como en casa, aparte del lugar donde nació, ese es el sitio al que estaba destinado”.

POR LA CALLE OBISPO

Su primer refugio habanero fue en el hotel Ambos Mundos, en la calle Obispo. La habitación 511 de esa instalación, en la que se alojó invariablemente, se conserva intacta. A las cinco de la tarde, después de un día de pesquería, Hemingway se encerraba en su pieza del hotel, pedía la comida y se ponía a escribir. Lo hacía en la cama, a mano, y luego mecanografiaba el manuscrito sin introducir apenas correcciones. En 1958, en su célebre entrevista con George Plimpton, recordaría: “El Ambos Mundos, en La Habana, fue un buen lugar para trabajar”.

A veces en bermudas, con zapatillas vascas, casi siempre sin calcetines y con una camisa ligera, se le veía caminar por la calle Obispo. Evocaría los olores característicos de esa vía en Islas en el golfo

El escritor se sentía a gusto en el Ambos Mundos, por lo céntrico de la zona y la cercanía con el puerto, donde fondeaba su yate Pilar. Pero a Martha Gelhorn, su tercera esposa, comenzaron a incomodarle la habitación anónima y despersonalizada y la falta de privacidad ante la visita de los amigos del marido. Fue ella la que buscó y encontró Finca Vigía. A Hemingway, al inicio, le desagradó el lugar: quedaba demasiado lejos del Floridita.

TRAGO DE AGUAS SOMERAS

Una buena parte de Islas en el golfo transcurre en ese bar habanero. En esas páginas de la novela, el lector ve deambular a un personaje a quien el escritor llama Liliana la honesta. En la vida real se llamó Leopoldina, una prostituta cubana que “hacía la vida” en el Floridita y que fue el gran amor cubano del novelista. El Floridita es la cuna del daiquiri, y allí Hemingway inventó un daiquiri especial que lleva su nombre.

La Terraza, restaurante marinero del pueblo de pescadores de Cojímar, fue, en La Habana, otro de los sitios preferidos de Hemingway. En el Floridita se reverencia el sitio donde el escritor solía sentarse –la primera butaca de la izquierda de la barra- y en La Terraza, su mesa de siempre, en la esquina izquierda, junto a la ventana.

“Es muy agradable estar aquí”, dice el protagonista de Islas en el golfo en alusión a La Terraza. Y en la misma novela se describe al daiquiri con su sabor y color exactos. “Trago de aguas someras”, lo definía Hemingway.

UNO VIVE EN ESTA ISLA

En 1949, explicó en una crónica las razones de su larga residencia cubana. Habló, por supuesto, de la Corriente del Golfo, “donde hay la mejor y más abundante pesca que he visto en mi vida”; de las 18 clases de mango que se cosechaban en su propiedad, de su cría de gallos de pelea…y apuntó como al descuido: “Uno vive en esta Isla (…) porque en el fresco de la mañana se trabaja mejor y con mayor comodidad que en cualquier otro sitio.”

Escribía de pie, ya en los últimos años, sobre una piel de lesser kudú, porque así “pensaba con más claridad”. Se levantaba temprano y solo abandonaba su labor cuando llegaba a un punto en que sabía con exactitud lo que sucedería después. Lograr, durante una jornada, unas 500 palabras “limpias” era para él satisfactorio, y jamás acometía directamente a máquina los pasajes más difíciles, pero sí los diálogos.

Finca Vigía fue, dice García Márquez, la única casa verdaderamente estable que el escritor tuvo en su vida. Mary Welsh, su cuarta y última esposa, puso, hasta donde pudo,  orden en la finca y en la existencia del novelista. Como éste se quejaba de cuánto lo importunaban los visitantes, Mary dispuso la construcción de la torre de tres pisos aledaña a la casa. La última planta sería el cuarto de trabajo de Hemingway. Subió un día y permaneció allí durante quince minutos, durante los cuales se empeñó, en vano, en redactar una frase. Bajó y nunca más volvió a utilizar el sitio para escribir. Comentó que no podía resistir la soledad.

HARAKIRI CON FUSIL

“Miren como voy a matarme”, decía a sus amigos en Finca Vigía. Colocaba la culata de su escopeta Mannlicher Schoenauer 265 en el piso y apoyaba el cañón en el cielo de la boca. Luego oprimía el gatillo con el pulgar de un pie. Se oía un chasquido seco. Exclamaba sonriente: “Esta es la técnica del harakiri con fusil.”

A su muerte, se leyó en La Habana el testamento de Hemingway. Entre otros legados, traspasaba al Estado cubano la propiedad de Finca Vigía. El viejo escritor, tan remiso a recibir a escritores en su casa, quería que el predio se convirtiera en lugar de reunión de jóvenes intelectuales y artistas y que funcionase allí además un centro de estudios botánicos. Fidel Castro, que mucho admiraba –y admira-  a Hemingway y que lo conoció personalmente durante uno de los torneos de la pesca de la aguja que organizaba el escritor, propuso entonces que la finca se convirtiera en museo, sugerencia que aceptó la viuda del narrador.

Pero más que un museo, Finca Vigía continúa siendo la casa de Hemingway. Vacía parece, sin embargo, llena de vida. Da la impresión de que su propietario no está muerto, sino ausente y que de un momento a otro regresará del Floridita o de una cacería.

Dejará entonces en algún sitio su carabina y mirará por encima la correspondencia; en definitiva, en la mesa de la biblioteca de la finca hay un cuño de goma que dice: “Yo nunca escribo cartas”. Ingerirá un trago (“Un buen güisqui es muy agradable, es una de las cosas más agradables de la existencia”) y se colocará ante su Royal  portátil  para proseguir el trabajo en la rara y ambiciosa novela que nunca llegó a concluir.

Hotel Nacional

Hotel Nacional

Sencillamente clásico
Ciro Bianchi Ross

Conserva el aura de una época. Tiene tradición y sello propios. La distinción, la elegancia y el  lujo se combinan con la eficacia de los servicios en una instalación que a lo largo de los años acogió a huéspedes como Winston Churchill y el rey Eduardo VIII, de Inglaterra; Ava Gardner y  Marlon Brando,  Graham Greene y  García Márquez,  Robert Redford y  Steven Spilbert y  muchísimos otros famosos, entre los que destacan María Félix, Libertad Lamarque, Jorge Negrete, Pierre Cardin,  Nat King Cole… Inaugurado en 1930, hace ahora 75 años, el Hotel Nacional de Cuba, el más majestuoso e imponente de la Isla, es, sencillamente, clásico.
            Se levanta sobre un promontorio rocoso a la entrada de la barriada habanera de El Vedado, lo que lo convierte en un punto visual obligado en el paisaje urbano de la capital, y esa ubicación, en lo que fue el asiento de la batería de cañones españoles de Santa Clara, hace que desde el hotel se disfrute de una vista insuperable de la ciudad y del mar,  con los que se integra pues sus jardines delanteros se proyectan hacia el ámbito citadino mientras que parecen internarse en las aguas del golfo los jardines traseros de esta edificación hermosísima que conjuga en su arquitectura lo ecléctico y lo moderno, con presencia del art deco y el llamado estilo colonial cubano.
            Una antigua leyenda  se asocia con el lugar donde se alza el Hotel Nacional de Cuba. Debajo del peñón donde hunde sus cimientos hubo varias cavernas, entre ellas la  muy célebre cueva de Taganana, llamada así porque, se dice, sirvió en el siglo XVI de refugio a un indio de igual nombre, lo que inspiró una narración de Cirilo Villaverde, el más importante novelista de la Cuba colonial. No existe ya esa gruta, pero sí, bajo los jardines, los túneles que para la defensa de La Habana  se trazaron en los días de la Crisis de los Cohetes de octubre de 1962 y que son hoy otro de los atractivos del Hotel.
PARA PASARLA EN GRANDE
Porque esta instalación brinda a sus huéspedes y visitantes todo un repertorio de sitios donde pasarla bien y en grande.
            Si de restauración se trata, de gran lujo es  el Comedor de Aguiar, con su extensa carta de vinos y su manera única de preparar las carnes rojas y los mariscos; un restaurante de alta cocina internacional y cubana, y no pocas sorpresas depara El Barracón, en los jardines del Hotel, especializado en comida criolla.
            El Piso Ejecutivo, en la sexta planta, es ideal para hombres de negocios que desean instalarse con  la comodidad y la representatividad que requieren, así como para la organización y buena marcha de sus quehaceres profesionales, en tanto que las salas Vedado y Taganana y los cuatro salones del Apartamento de la República garantizan  las facilidades necesarias  para eventos y convenciones. La Conserjería y el Servicio de Habitaciones funcionan las 24 horas. Los bares satisfacen las exigencias de los bebedores más exigentes y también de los que quieran acercarse  a la variedad de la coctelería cubana, y el cabaret Parisién, con su buena mesa y espectáculos deslumbrantes,  propicia la diversión y el esparcimiento en un ambiente inolvidable.
            Muy celebrados son en el Hotel Nacional de Cuba, que es, por otra parte,  cada año sede permanente del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, los conciertos de música tradicional cubana y los show ballet acuático. La cultura nacional vive en los espacios de la instalación. Hay allí expo-ventas  de objetos del Fondo Cubano de Bienes Culturales, su mesa-buffet exhibe manteles diseñados por 70 pintores cubanos consagrados y se muestran en sus salones unas 300 piezas artísticas de valor patrimonial. La Galería de la Fama, con los retratos de los huéspedes más ilustres del Hotel, propicia el paseo por la historia de la instalación.
            Para el alojamiento, se disponen de 464 habitaciones. De ellas, 16 son suites dobles, y cuenta además con una suite presidencial, dotadas todas esas capacidades con las facilidades y el confort de un hotel cinco estrellas. Muy visitadas son las áreas del gimnasio. 
            No se puede escribir la historia de La Habana si se excluye al Hotel Nacional de Cuba. En él tuvieron lugar acontecimientos de primer orden.  Un Presidente de la República, que lo sería solo por seis horas, prestó juramento a la luz de una vela en una de  sus habitaciones, la 412, en 1934. Y allí, en 1946, se celebró,  convocada y  presidida por Lucky Luciano, la gran reunión de la mafia norteamericana.  Meyer Lansky, el llamado “Financiero de la Mafia”,  tenía como centro de sus andazas habaneras a este Hotel sencillamente clásico que celebra ahora sus tres cuartos de siglo de fundado.