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El último embajador

El último embajador

Ciro Bianchi Ross

 

Cuando se rompieron las relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos, ya  Philip Wilson  Bonsal, el último de los embajadores norteamericanos acreditados  en La Habana, había vuelto a Washington, luego de poner la representación diplomática en manos de un encargado de negocios. Cuando se produjo la ruptura,  las relaciones entre los dos países, de hecho,  estaban rotas.  Lo que se rompió formalmente el 3 de enero de 1961 fue una ficción, un fantasma, algo que no existía a consecuencia  de la política de hostigamiento y agresión que la administración del presidente Eisenhower implementó contra Cuba desde el mismo momento del triunfo de la Revolución, el primero de enero de 1959, y que llega hasta hoy.

            Sus dos antecesores inmediatos, Arthur Gardner y Earl E. T.  Smith,  fueron desastrosos. Más que como el embajador norteamericano en Cuba, el primero  se proyectó  como el representante de la ITT en La Habana a fin de lograr del gobierno la autorización para el incremento de las tarifas telefónicas  y fue capaz de brindar por el dictador Fulgencio Batista en un banquete que tuvo lugar al día siguiente de los sucesos tristemente célebres de la calle  Humbolt, donde cuatro líderes estudiantiles fueron asesinados por la policía batistiana. Smith, que a nombre de Batista ofrecía fiestas “cubanas” en el Waldorf Astoria, no pasó de ser un servidor fiel del déspota. Tan escandalosa fue su actitud a favor de Batista que la propia colonia norteamericana en Cuba solicitó a Washington  su relevo a la caída de la dictadura, lo que obligó a Smith a renunciar el 10 de enero.

            “De continuarse con la presente política norteamericana con respecto a Cuba, los Estados Unidos se quedarán con un solo amigo, el dictador Fulgencio Batista”,  había escrito, en marzo de 1958, en The New York Times,  el periodista Homer Brigart luego  de una estancia en la Isla. Diez meses después se  esperaba que EE UU hubiese aprendido de sus errores,  y algunos  norteamericanos  propusieron al Departamento de Estado que Herbert  L. Matthews, un brillante periodista  que en 1957  subió a la Sierra Maestra y entrevistó a Fidel Castro, fuese el sustituto de Smith. No hay indicios  que Washington considerara esa propuesta y cuando parecía que el nuevo embajador sería Robert Woodward que, con igual rango, se desempeñaba en Montevideo, Washington decidía mover hacia La Habana a Philip Bonsal,  su embajador en Bolivia.

TRAYECTORIA

            Su carrera diplomática había comenzado precisamente en la capital cubana. A fines de los años 30 Bonsal vino a Cuba como empleado de la ITT y juró aquí como vicecónsul de su país. Recibió  el  primer ascenso pocos meses después cuando se le nombró secretario de tercera de su embajada. No permanecería mucho tiempo en La Habana. Llamado a Washington, se vio adscrito a la División de Repúblicas Americanas del Departamento de Estado, pero ya en 1940 se le designó director interino de ese departamento y más tarde, su director en propiedad.

            Con esa experiencia se le promovió a secretario de segunda clase, y se desempeñó  en Madrid, durante tres años, como encargado de negocios ad-interim. Pasó luego a Holanda y de ahí a París como asesor del embajador Harriman,  administrador de la Cooperación Económica con Europa que  impulsaba los planes Marshall y Truman en el Viejo Continente. Fue ministro consejero en Francia y en 1951 regresó a Washington como director de la Oficina de Filipinas y del Sudeste Asiático.

            En 1955 se le designó embajador en Colombia. No lo sería por mucho tiempo. Fue relevado discretamente  cuando el presidente Rojas Pinillas pidió a Washington que su representante  tuviese más relaciones con el  gobierno que con la oposición. Se le ubicó entonces en la delegación  norteamericana ante la ONU hasta que se decidió su designación en Bolivia. De ahí, a La Habana. Presentó sus cartas credenciales el 4 de marzo de 1959.  Tenía 56 años de edad.

            Era hijo del periodista y diplomático Stephen Bonsal, autor de dos libros sobre Cuba, uno de los cuales, The Fight  for Santiago, narra sucesos de la guerra hispano cubano americana, de los  que el autor fue testigo de primera mano. Como representante de su país, Stephen cumplió importantes misiones, una de ellas en México, en los días de la revolución. Philip, que hizo estudios elementales en Suiza y se graduó en la universidad de Yale, dominaba el francés, el italiano, el alemán y el español.

UN PROBLEMA DIFÍCIL

            “Mr. Bonsal está preparado, por su carácter, sus cualidades personales, sus convicciones democráticas y su experiencia para representar a su país en Cuba durante este periodo crítico”, expresó con motivo de su designación el comentarista político cubano Herminio Portell Vilá.  Matthews, en The New York Times, dijo por su parte: “El más difícil problema diplomático que encara ahora el Departamento de Estado es Cuba. Durante muchos años los Estados Unidos favorecieron al general Batista. (…) le vendieron armas con las cuales mataba a otros cubanos, armas supervisadas por la misión militar norteamericana que está todavía en Cuba. Los Estados Unidos tenían en Cuba una comunidad de negocios pro Batista en manos de norteamericanos, y el embajador Smith ha sido señalado como hostil a Fidel Castro, el hombre que es un héroe para la mayoría de sus compatriotas y que, obviamente, estaba ganando la guerra desde hacía meses”.

            Bonsal, sin embargo, sería incapaz de percatarse de lo que realmente sucedía en la Isla. Diría en sus memorias:

            En la Cuba de antes de Castro, la desbordante presencia norteamericana en términos geopolíticos era un permanente recordatorio de la naturaleza imperfecta de la soberanía cubana. Valorada por algunos como una garantía de estabilidad y del mantenimiento de lo que era en general una forma de vida satisfactoria, era rechazada por otros como una trasgresión intolerable de la independencia y la dignidad del pueblo cubano. Yo sospecho que la mayoría de los cubanos pensantes la consideraban como un hecho de la realidad contra el cual era inútil luchar. Después de todo, ello significaba para Cuba un número de ventajas económicas aparentemente irremplazables”.

            Pero no culpemos totalmente a Mr. Bonsal. Nadie supera sus propios límites. Fue, a juicio  de Luis Ortega, periodista cubano radicado en EE UU,  un diplomático que actuó con inteligencia en defensa de su país y que en defensa de su país hizo todo lo que estuvo a su alcance para presionar, frenar y domesticar la Revolución.  No lo consiguió.  No lo podía conseguir.

ESCALADA

La acogida que el gobierno norteamericano brindó a los asesinos y ladrones que huyeron de Cuba tras la caída de la dictadura de Batista, fue el primer acto hostil de Washington contra La Habana, y bien pronto comenzó en EE UU una bien orquestada campaña  encaminada a denigrar a la Revolución, a la que se acusaba de acometer una “purga sangrienta” por  los juicios a los que sometía a asesinos y torturadores del batistato. En junio de 1959 el gobierno de Eisenhower comenzaba a fabricar la contrarrevolución cubana cuando la subcomisión de Seguridad Interna del Senado concedía audiencias a criminales prófugos, desertores del Ejército Rebelde y de organizaciones revolucionarias  y políticos desplazados del panorama nacional cubano. El 8 de julio del propio año el Congreso norteamericano apuntaba directamente al corazón de la economía cubana al concederle al Presidente mayores facultades para suspender la ayuda a todo país que confiscara propiedades estadounidenses sin una justa compensación inmediata. En agosto, dos funcionarios de la embajada de EE UU eran apresados, y liberados luego, mientras participaban en una reunión con  elementos contrarrevolucionarios: programaban  actos de sabotaje en coordinación con  el plan de invasión a Cuba desde  la República Dominicana.

            A partir de ahí se suceden los sabotajes principalmente contra objetivos económicos. El más cruento de ellos, en esa época,  fue el de la voladura, en el puerto habanero, del vapor la Coubre, que traía a bordo un importante cargamento de armas compradas en Bélgica. Dejó un saldo de 101 muertos y más de 200 heridos. Eran del conocimiento de las autoridades cubanas los esfuerzos del cónsul norteamericano en Amberes para evitar ese embarque. Meses antes de este suceso, el 11 de diciembre de 1959, Allen Dulles, director de la CIA, proponía al Consejo de Seguridad de EE UU cuatro acciones para derrocar a la Revolución Cubana, una de las cuales consideraba cuidadosamente la eliminación física de Fidel Castro. Ya el 17 de marzo Eisenhower ordenaba  a Dulles la preparación de una fuerza armada de cubanos exiliados que se utilizaría en una invasión a Cuba.

            Refinerías norteamericanas asentadas en la Isla se negaron a refinar el petróleo soviético adquirido por Cuba. El país no tuvo más alternativa que intervenirlas. Como respuesta, Washington dispuso la rebaja de 700 000 toneladas de azúcar de la cuota asignada a Cuba y poco después suspendió las operaciones de la planta de níquel de Nicaro, en el oriente cubano. El 19 de octubre de 1960 se implementa el primer paso del bloqueo económico que dura hasta hoy cuando Eisenhower dispone la suspensión de las exportaciones norteamericanas a Cuba, con excepción de los alimentos y las medicinas, y el 16 de diciembre cancela la cuota azucarera. La prohibición de los viajes de norteamericanos a la Isla y el requerimiento de valerse de un pasaporte especial para hacerlo, data asimismo de esta época. Se dictó el 16 de enero de 1961.

MIENTRAS TANTO…

La Revolución no detenía su marcha ni el pueblo y los dirigentes cubanos se amedrentaban.

            En marzo del 59 el Gobierno Revolucionario disponía la intervención de la Cuban Telephone Co. El 17 de mayo siguiente promulgaba la ley de la reforma agraria, y poco después, se decidía la rebaja de las tarifas eléctricas. En agosto de 1960 Cuba nacionalizaba las refinerías de petróleo y los centrales azucareros de propiedad norteamericana, así como las compañías de teléfono y de electricidad. En octubre, una nueva ley de nacionalización comprendía  a los bancos extranjeros (menos a los canadienses) y a otras 328 grandes empresas. Y en noviembre se nacionalizan las empresas norteamericanas que habían quedado fuera de las medidas anteriores. Fue la respuesta al embargo de mercancías destinadas a Cuba. Al mismo tiempo, el pueblo fortalecía su defensa. En octubre de 1959 se creaban las Milicias Nacionales Revolucionarias, y en septiembre del 60 surgían los Comités de Defensa de la Revolución.

            El embajador Bonsal debió haber pasado en La Habana los momentos más amargos de su vida. No permanecía ciertamente con las manos cruzadas. Cursaba notas de protesta. Se entrevistaba con el presidente Dorticós. Hablaba con Fidel Castro en persona. De manera verbal o por escrito expresaba Bonsal  “la preocupación seria del gobierno de los Estados Unidos respecto al estado actual de las relaciones con  Cuba”. Le intranquilizaban, decía, “lo que parecían ser esfuerzos deliberados y concertados en Cuba de sustituir la tradicional amistad entre los pueblos cubano y norteamericano que son ajenos al expresado deseo de ambos gobiernos de mantener buenas relaciones”. Mentía: “Estados Unidos ha observado y seguirá observando una política de no intervención en los asuntos internos de Cuba, y hace cumplir, en la forma más cabal a su alcance, la Ley de Neutralidad, las leyes aduanales y otras legislaciones que prohíben ciertas actividades contra gobiernos extranjeros por personas residentes en los Estados Unidos”. Volvía mentir: “El gobierno de los Estados Unidos no puede hacer otra cosa que rechazar con indignación toda inferencia de que el gobierno de los Estados Unidos, sus funcionarios o el pueblo de los Estados Unidos han apoyado o mirado con pasividad las actividades ilegales contra el gobierno de Cuba”.

            Los hechos lo desmentían. Vale recordar, a modo de ejemplos, la revocación de la licencia para vender helicópteros norteamericanos a la Isla, la suspensión del servicio de inspección en puertos cubanos de frutas y vegetales con destino a EE UU, el boicot contra barcos que procedentes de Cuba tuvieran como destino puertos de  la costa atlántica norteamericana y la autorización de las trasmisiones por onda corta de programas redactados por los llamados “refugiados cubanos” y el Servicio de Información de los EE UU… Washington reparaba ya, sin embozo ni recato, la agresión mercenaria de Bahía de Cochinos.

            Llegó así el 2 de enero de 1961. Bonsal no estaba ya en La Habana y su  encargado de negocios recibió una nota de protesta del gobierno cubano: “Como consecuencia directa de las actividades de espionaje y subversión de los funcionarios de la embajada norteamericana en Cuba, el Gobierno revolucionario de Cuba solicita del gobierno de los Estados Unidos la limitación de su personal diplomático y consular en La Habana al número de once personas, el mismo mantenido por el gobierno de Cuba en la ciudad de Washington y acorde con los principios y costumbres establecidos respecto a ello en las relaciones internacionales”.

            Washington reaccionó con violencia. Pasando de victimario a víctima calificó el documento como “el último de una serie de hostigamientos, acusaciones infundadas y vilipendios”, y rompió formalmente las relaciones que ya no existían.

            Años después, Philip W. Bonsal publicó un ensayo sobre Cuba. Es, desde luego, un texto contra la Revolución, aunque no oculte la admiración de su autor por Fidel Castro. Reconoce incluso al dirigente  algunas cualidades, como la del carisma.  Dice en sus páginas en los momentos en que escribe la Revolución Cubana se hallaba   en su recta final. De nuevo Bonsal se equivocaba. El ensayo en cuestión es de 1967.

           

 

           

           

Cara a Cara con Pedro Trigo

Cara a Cara con Pedro Trigo

Ciro Bianchi Ross

 

Pedro Trigo López es uno de los treintitantos moncadistas que todavía viven. Él y su hermano Julio formaron parte del grupo que el 26 de julio de 1953, bajo las órdenes del entonces joven abogado Fidel Castro, asaltó el cuartel Moncada en Santiago de Cuba a fin de dar  inicio a  la lucha armada contra la dictadura de Fulgencio Batista. Julio fue detenido tras el combate y, al igual que muchos de sus compañeros, asesinado luego  sufrir horribles torturas. Pedro salió con vida y logró escapar milagrosamente de la ciudad. Hoy, a los 77 años de edad y más de medio siglo después de aquella gesta, rememora su colaboración con Fidel antes y después del Moncada y precisa el momento en que por primera vez escuchó al jefe de la Revolución abordar en público el tema de la reforma agraria.

YO SOY FIDEL CASTRO

-¿Cuándo conoció a Fidel?

-En la localidad habanera de Santiago de las Vegas, antes del golpe de Estado batistiano de 1952. Allí, en una asamblea del Partido Ortodoxo Fidel me escuchó referir que en nuestro propio municipio el presidente Prío había adquirido cinco fincas, de las que expulsó  a los arrendatarios que las trabajaban y en las que tenía como jornaleros a miembros de las Fuerzas Armadas. Me abordó cuando bajé de la tribuna. Me dijo: Yo soy Fidel Castro. Y preguntó: ¿Todo eso es verdad? Ante mi respuesta afirmativa, comentó que le había dado una gran idea. ¿Qué te parece si nos damos a buscar todos los datos, entrevistamos a esos campesinos desalojados y denunciamos el caso?  Prío había adquirido las fincas Lage, Gordillo, Pancho Simón, Potrerillo de Menocal y Paso Seco, 54 caballerías en total,  y las unificó bajo el nombre de El Rocío. En 48 caballerías de aquellas 54 están hoy el Parque Lenin, la escuela vocacional del mismo nombre y el Jardín Botánico Nacional. Fidel precisó que me buscaría al día siguiente en mi casa, a las ocho de la noche, para ponernos de acuerdo sobre la forma en que acometeríamos la investigación. Pero a las ocho de la mañana ya estaba conmigo. Llegó acompañado de Juan Martínez Tinguao,  valioso compañero, y después se sumaron al grupo José Luis Tassende y Gildo Fleitas, muertos más tarde en el Moncada. Como primera tarea debíamos fotografiar a los más de cien  campesinos desalojados, algunos de los cuales llevaron hasta  18 años trabajando aquellas tierras.

Recuerda Trigo que Fidel, luego de probar que aquellas fincas eran propiedad de Prío, denunció el hecho desde las páginas del periódico Alerta, y que antes, en una reunión que sostuvo con los campesinos expulsados, les habló sobre la necesidad de impulsar en el país una ley de reforma agraria que  acabara con el latifundio y diese la propiedad  la tierra al que la trabajaba. A partir de ahí no pierde contacto con Fidel y precisa que pocos días después del golpe de Estado con el que Batista derrocó a Prío, Fidel le habló de lo imperioso que resultaba crear un movimiento verdaderamente revolucionario que se opusiese a la naciente dictadura. Fue entonces que le orientó que organizara en el pueblo de Calabazar, donde vivía, una célula insurreccional que conformarían obreros, campesinos, estudiantes e intelectuales honestos que estuvieran dispuestos a empuñar las armas para llevar la Revolución al poder. Pedro, al igual que su hermano Julio, eran en esos momentos obreros textiles. Yo no me atrevería a afirmar que aquella fue la primera célula de lo que sería el Movimiento 26 de Julio, pero sí que estuvo entre las tres primeras, dice Trigo.

            -Y ahí empezamos a conspirar.  Abel Santamaría, a quien  conocí por aquel entonces, me pidió un día que citara a los hombres de mi grupo para  reunirse con ellos. Se interesó por nuestro nivel de escolaridad y preguntó enseguida cuántos leíamos a Martí. Algunos lo hacían; otros, no. Y dijo Abel que todos debíamos leerlo porque él sería el guía de la acción que llevaríamos adelante y porque era extraordinaria la vigencia de su pensamiento, no solo  para aquellos momentos, sino para el futuro.

            Fue a través de Pedro Trigo que se allegó  la mayor parte de los uniformes militares que se utilizaron en el asalto al cuartel Moncada. Un pariente suyo, Florentino Martínez, enfermero del Ejército y que terminaría por ser uno de los moncadistas,  los consiguió para el Movimiento, en tanto que en la casa de Melba Hernández, una de las mujeres incorporadas a la acción, -la otra fue Haydée Santamaría- se confeccionaron los de aquellos combatientes que como Fidel, requerían de tallas no disponibles en el lote adquirido.

EN SANTIAGO

-Se nos dio la orden de trasladarnos a Santiago de Cuba y ya allí nos agrupamos en la granjita Siboney, en las afueras de la ciudad. Se hablaba de la acción a la que nos abocábamos y se decía que sería a la hora cero, pero salvo Fidel y Abel, creo que ninguno de  nosotros sabíamos de que acción se trataba ni cuándo sería. Yo me enteré que atacaríamos el Moncada pasada ya la una de la mañana del propio 26 de julio cuando Fidel me lo hizo saber en la plaza de Marte mientras esperábamos  la llegada del doctor Mario Muñoz, otro de los combatientes. Mandó Fidel a Abel a encontrarse con Muñoz en El Esperón y nosotros hicimos un recorrido por Santiago, pasamos por el cuartel  y fuimos a la casa del periodista Luis Conte Agüero, la llamada “Voz más alta de Oriente”. Fue allí donde me enteré que, ya con el Moncada en nuestro poder, yo debía tomar la Cadena Oriental de Radio para que Conte arengara al pueblo. Conte no se encontraba: había salido para La Habana dos días antes, y Fidel me dijo que no me preocupara porque él, que presentía que Conte era un cobarde, había instruido a otro de los combatientes, el poeta Raúl Gómez García, para que llamara a los santiagueros a la lucha. Cuando nos encontramos con el doctor Muñoz, preguntó a Fidel: ¿Hoy es la hora cero? Sí, doctor, hoy es la hora cero. Oye, qué día escogiste, ripostó Muñoz, hoy cumplo 42 años. De vuelta a la granjita, pregunté a Abel Santamaría si todo estaba debidamente sincronizado. Sí, Pedrito, todo está sincronizado, ¿tienes alguna duda? Respondí que no la tenía, y Abel añadió: Mira, piensa lo peor, que nos maten a todos. Si es así, de todas maneras triunfamos porque salvamos la vigencia de Martí en el centenario de su natalicio. Quién iba a pensar que horas después Abel estaría muerto.

            Pero Pedro Trigo no llegó a combatir en el Moncada. Su hermano Julio, en cambio, que ya en Santiago recibió de Abel la orden de regresar a La Habana a causa de la hemotisis que se le presentó a consecuencia de la severa enfermedad pulmonar que padecía, no obedeció y combatió junto a Abel en el Hospital Civil, desde donde el grupo del que formaban parte  Melba y Haydée  apoyó la acción principal. Estuvo disparando mientras le quedaron balas para hacerlo.

            -Hubo gente que se negó a participar en la acción cuando se enteró de que el objetivo sería el Moncada. Fidel solo les pidió que abandonaran la granjita Siboney una vez que todos los combatientes hubieran salido. No le hicieron caso, lo hicieron al mismo tiempo que nosotros y ocasionaron que tres de nuestros automóviles, siguiéndolos sin saber que  volvían a La Habana, se desviaran de su ruta. Ese fue mi caso. Iba ya por  los Elevados de Quintero cuando escuché los disparos e intenté reorientarme. ¿Dónde queda el Moncada?, pregunté a un santiaguero corpulento que, calzado con chancletas de palo, venía bailando pues Santiago celebraba en esos días sus fiestas de carnaval. Vea, me dijo el hombre, coja por ahí y siga los tiros. Cuando llegué a la posta tres del cuartel ya Fidel había dado la orden de retirada.

            Fueron momentos angustiosos. Iban ocho combatientes a bordo del vehículo y Trigo comprendió que así no llegarían  a ninguna parte. Algunos tendrían que seguir a pie, buscar otra vía de escape, pero nadie quería abandonar el automóvil hasta que él y dos compañeros lo hicieron. Trigo deambuló por Santiago, sin conocer la ciudad, y se quitó el uniforme militar que llevaba puesto, al igual que casi todos los combatientes, encima de la ropa de civil. Para su suerte vio venir un ómnibus. Lo hizo detener y preguntó a dónde se dirigía. La Habana era su destino. Ya en su asiento, el conductor le facilitó un peine. Péinese y arréglese la guayabera, le dijo, que ya veremos cómo salimos de esta. A la altura de El Cobre otro moncadista abordó el vehículo. Vestía de pantalón militar y la camisa que le había facilitado un campesino. La camisa más chillona que he visto en mi vida, recuerda Trigo.

            -En Calabazar me esperaban agentes del Servicio de Inteligencia Militar (SIM) con orden de detenerme. Me llevaron a la sede de ese cuerpo represivo y me encerraron en un calabozo. Allí, acobardado,  estaba Juan Bosch, el futuro presidente de la República Dominicana. Bosch había sido asesor del Prío y le escribía sus discursos y la dictadura quería vincular al ex presidente con el asalto al Moncada. Pidió Bosch que le trajeran una aspirina y una gaseosa y cuando  se las llevaron en una bandejita, le rogué que me dejara dos dedos del refresco. Hacía tres días que no ingería líquido y tenía la boca y la garganta totalmente secas. Me lo negó mientras que,  aún más amedrentado, me gritaba: No me hable, no me comprometa, no se me acerque. Poco después lo liberaron. Ni él ni Prío tenían nada que ver con Fidel ni con  lo del Moncada.

            Por esas cosas que pasan, a Trigo no se le pudo probar su participación en los hechos. Es más un taxista  batistiano de su localidad, confundido, aseguró haberlo tenido como pasajero aquel domingo 26 de julio. Por tanto, si estaba en Calabazar, no podía haber estado en Santiago.   Lo dejaron en libertad con la advertencia de que no saliera de Calabazar y que en la localidad no hiciera más movimientos que los de la casa al trabajo y del trabajo a la casa. Pero cuando Melba y Haydée quedaron libres, luego de cumplir su condena, se puso a disposición de esas valerosas mujeres, y lo mismo haría con Fidel tras  la amnistía de 1955.  Luego de la partida de Fidel hacía México siguió dentro del Movimiento Revolucionario 26 de Julio hasta que tuvo que salir al exilio.

           

           

                         

 

Rico$

Rico$

Ciro Bianchi Ross

En estos días, mientras releía ese libro extraordinario que es La alta burguesía cubana; 1920-1958 (Editorial de Ciencias Sociales, 2003) del fallecido historiador Carlos del Toro, me dio por precisar quién era el hombre más rico de Cuba en 1959. No llegué, me anticipo a decirlo, a conclusión alguna, pero sí acopié los nombres de algunos que estuvieron entre los más ricos o pasaron por tales. Figuras que en el campo de la economía descollaron en la Cuba de entonces y que, a no dudarlo, fueron punteras en los giros en los que operaban. Para caracterizarlas, y lo digo antes de que un lector avisado lo advierta, reproduzco la información que en cada caso ofrece Del Toro. Veamos.

HACENDADOS

Julio Lobo Olavarría (1889-1983) sobresale entre los hacendados. En 1959 era el mayor propietario de centrales azucareros (12) y el mayor productor de azúcar (3 941 814 sacos de 325 libras). Era también el mayor colono, pero para evadir impuestos traspasó sus colonias cañeras a sus hijas Leonor y  María Luisa y a su cuñado Mario Montoro Saladrigas, que aportaba él solo 56 305 367 arrobas de caña.

            En 1946, en el censo de productores de azúcar, Lobo aparecía con ocho centrales y ocupaba el lugar número nueve en el índice de producción total. En 1953 se le consignaba con nueve centrales y el cuarto lugar, en tanto que la familia Rionda (seis centrales) ocupaba, al igual que en 1946, la segunda posición en producción y pasaría a la cuarta en 1959, mientras que los sucesores de Laureano Falla Gutiérrez  (siete centrales) suben del lugar seis en 1946 al tres en 1953, sitial que mantenían en 1959. La familia Gómez Mena (cuatro centrales) ocupaba la décima posición en cuanto a los productores en 1926-28 y la mantenía en 1959. También en esa fecha figuraban entre los 20 grandes productores cubanos de azúcar las familias Aspuru y Azqueta, con tres centrales cada una,  Tarafa, con dos, y Mamerto Luzárraga pasa del lugar l7, en 1946, al 2l.

            Hasta 1925 no se produjo aquí azúcar refinado para la exportación. A partir de esa fecha comienza a producirse en el central Hershey, de Santa Cruz del Norte, propiedad de Milton Hershey, el magnate de los chocolates norteamericanos. En 1956, sus sucesores, con 22 700 quintales diarios, ocupaban el primer lugar en la producción y Julio Lobo (150 000 quintales) el tercero. En 1959 Lobo adquirió los centrales de la Hershey Corporation y controló el mayor volumen del refinado del azúcar cubana

En cuanto a las destilerías, los mayores productores de alcohol en 1956 eran los herederos del industrial cubano-español José Arechabala. En esa fecha sus empresas producían más de 50 millones de litros, cifra a la que se añadían otros siete millones de litros de alcohol de 95 grados y aguardientes. En ese año la firma Bacardí, que se impuso en el mercado internacional, produjo algo más de tres millones de litros.

TRUST DEL DOLOR

En cuanto a los ganaderos, los mayores propietarios al triunfo de la Revolución eran la familia Infante (30 000 cabezas de ganado) Remigio Fernández (20 000) Bernardo Sánchez Adán (l4 000) y la familia Rionda (12 000). De los 20 grandes ganaderos registrados entonces, nueve se concentraban en la antigua provincia de Oriente (90 000 cabezas)  cinco en Camagüey (50 000) cuatro en Pinar del Río (l4 000) y uno en Isla de Pinos (5 000). El único gran propietario de Las Villas (4 000 cabezas) era José Eleuterio Pedraza, un oscuro sargento del Ejército que saltó a los primeros planos de la actualidad tras el golpe de Estado del 4 de septiembre de 1933. Estos datos, aclara Del Toro,  hay que tomarlos con reserva pues los aportaron los mismos propietarios ya exiliados en EE UU.

            Ernesto Sarrá, Teodoro Johnson y Francisco y Francisco Taquechel eran las cabezas de la industria farmacéutica. En 1929 hicieron ventas por diez millones de pesos. En 1938 un informe revelaba que el poder de esos propietarios llegaba a tal extremo que obligaban a los laboratorios extranjeros a negociar solo con ellos y eran capaces de arruinar a cualquier farmacéutico cubano que quisiera convertirse en importador.

26 LITROS DE CERVEZA PER CAPITA

En cuanto al tabaco, las marcas de mayor producción en 1958 fueron H. Upmann, de Méndez, García y Cía; Partagás, de Cifuentes;  La Corona, de Tabacalera Cubana; Gener, de Palicio y Romeo y Julieta, de Argüelles. Totalizaron 68 millones de unidades. En cuanto a los cigarrillos,  los hijos de Domingo Méndez (Regalías El Cuño) eran los más poderosos seguidos por los hermanos Trinidad (Trinidad) y Ramón Rodríguez (Partagás). Continuaban en orden descendente Tabacalera Cubana (La Corona) Martín Dosal (Competidora Gaditana) Méndez, García y Cía (H. Upmann) Calixto López (Edén) y Villamil y Santalla (Royal).

            Al igual que el tabaco y los cigarrillos, las cervezas cubanas alcanzaron una posición favorable en el mercado interno y se exportaron desde 1927. En la década de los 50 producían cervezas y maltas la Nueva Fábrica de Hielo S. A. (La Tropical) fundada en 1888 y bajo el control de la familia Blanco Herrera, la Compañía Cervecera Internacional (Polar) establecida en 1911 con capital cubano-español, y la Compañía Ron Bacardí S. A. (Hatuey). El récord de consumo de cerveza en la Isla se registró en 1952 con 25,6 litros per cápita.

            En la radiodifusión,  Goar Mestre no tenía competidores. En 1959 controlaba CMQ Radio, CMCB Radio Reloj, CMBF Onda Musical, CMQ-TV, CMBF-Canal 4 y el Canal 7, que trasmitía películas. Existía además el Cana 2-Tele-Mundo, propiedad de Amadeo Barletta, dueño además del periódico El Mundo y vinculado a la mafia norteamericana. Goar y sus hermanos Luis Augusto y Abel eran propietarios además de unas 26 empresas en giros tan disímiles como la publicidad, los alimentos, la construcción y la venta de automóviles, entre otros, negocios familiares que comenzaron en su natal Santiago de Cuba con la droguería Mestre y Espinosa, propiedad de sus padres.

COMERCIANTES Y BANQUEROS

Entre los grandes comerciantes importadores y exportadores emerge asimismo Julio Lobo. Se destacan además en esta línea el clan de los Falla Gutiérrez, Aspuru, los herederos de Nicolás Castaño, la familia Tarafa y la acaudalada familia Rionda, que en el siglo XIX se vinculó a la poderosa firma de corredores de azúcar londinense Czarnikow Ltd., y más acá, gracias a matrimonios sucesivos, creó nexos con los Fanjul, los Azqueta y los Gómez Mena.

            El banco cubano que operaba el mayor capital en 1958 era The Trust Company of Cuba; 234 millones de pesos, Le seguían el Banco Núñez (100) el Continental Cubano (88) el Agrícola Industrial (48) y el Gelats (45). El Banco Financiero, de Julio Lobo, operaba en esa fecha con 13 millones. The Trust Company estaba controlado por los herederos de Falla Gutiérrez.

            En esta relación que compilé, repito, gracias al libro de Carlos del Toro, no son todos los que están ni están todos los que son. Es solo un botón de muestra.  Gente que, dijo el economista Oscar Pino Santos,  no aparecen en una historia  convencional de Cuba  y que sin embargo tuvieron, como en el caso de Rionda, cicerone  de los intereses norteamericanos, más poder que muchos políticos, incluidos los mandatarios. El nombre de Julio Lobo se repite una y otra vez. ¿Fue acaso el más rico?  Parece que no si nos atenemos al juicio del investigador Guillermo Jiménez. Un inventario de los activos de Lobo y  de  los sucesores de Falla Gutiérrez, dice, arrojaría que aunque Lobo era puntero en el sector del azúcar, era superado por los Falla en la importancia y eficiencia de sus centrales, en la magnitud de los capitales invertidos en los consorcios azucareros norteamericanos y en la fortaleza de su banco.

            Precisa Jiménez: “Tres de los centrales de los  Falla estaban considerados entre los 20 mayores, y solo uno de los de Lobo, el Hershey, estaba dentro de ese grupo. Algo similar ocurría con el rendimiento industrial, pues los Falla tenían dos entre los 2l más altos, mientras que los de Lobo en general no pasaban de los considerados medianos, salvo un solo caso”.      

           

                    

Dolores Rondón

Dolores Rondón

Ciro Bianchi Ross

 

Hacia mil ochocientos sentitantos los que concurrían al Cementerio General de la ciudad de Camaguey –a unos 700 km  al este de La Habana- se sorprendían e intrigaban con una décima escrita con letras negras sobre un pedazo de madera de cedro pintado de blanco y sujeto a una estaca que alguien colocó sobre la tierra en la parte norte del primer tramo de la necrópolis, en la zona de los enterramientos anónimos. Era un poema ingenioso y moralizante; original porque al mismo tiempo que censuraba a un ser querido, le censuraba la conducta durante su paso por la vida. La sorpresa crecía a medida que los visitantes advertían que siempre que la tablilla se deterioraba por los efectos del sol y la lluvia era restaurada quizás por la misma mano que la había colocado.

            Decía ese epitafio singular:

            Aquí Dolores Rondón

            Finalizó su carrera.

            Ven mortal y considera

            Las grandezas cuales son.

            La opulencia y el poder,

            Todo llega a fenecer,

            Pues solo se inmortaliza

            El mal que se economiza

            Y el bien que se puede hacer.

            Se desconocería hasta 1881 quien fue el autor de esos versos. En ese año una gacetilla publicada en el periódico camagüeyano La Luz los reprodujo y los atribuyó a un poeta que pomposamente se hacía llamar Francisco de Juan de Moya y Escobar, versificador discreto, peluquero y flebotomiano por más señas y que como tal estaba autorizado a extraer dientes y muelas, aplicar sanguijuelas y practicar sangrías, métodos que en la época y después se tenían como eficaces para tratar la hipertensión arterial, las fiebres y la locura.

            “Poco a poco la voz popular ha ido completando la leyenda que con más o menos variantes ha llegado hasta nosotros”, escribe el poeta Roberto Méndez en su libro Leyendas y tradiciones del Camagüey (2003).

¿QUÉ SABEMOS?

Porque no es mucho lo que a ciencia cierta se sabe acerca de Dolores Rondón. Abel Marrero Companioni consigna en su libro Tradiciones camagüeyanas (1960) que por más que buscó en archivos de iglesias locales no pudo dar con la fecha de su nacimiento. El padre de Dolores fue el catalán Vicente Rams, propietario de un establecimiento de tejidos y ropa hecha que llevaba el nombre de “Versalles” y se ubicaba en la calle de La Candelaria (Independencia) cerca de la plaza de Paula. Méndez apunta por su parte que los negocios sonrieron pronto a Rams, que pudo alternar en los círculos más elevados de la administración colonial en el territorio. No podía precisarse a cuánto ascendía su fortuna, pero el hecho de que se hubiera asentado con su familia en una de las grandes casonas de la plaza de San Francisco, en la que se afincaron algunos de los apellidos de mayor abolengo, da idea de su preeminencia.

            “Pero Vicente tenía un secreto: más allá de esta familia que mostraba a todos, había otra que ocultaba celosamente de parientes y amigos. En la popularísima calle de Hospital entre Cristo y San Luis Beltrán, tenía una amante, una mestiza que le había dado una hija excepcionalmente hermosa. Como era usual en esos casos, se encargó el catalán de mantener estrictamente separadas ambas familias y aunque entregó a su querida los recursos necesarios para la crianza de la hija natural, se negó a darle su apellido. Dolores Rondón nunca podría aspirar, gracias a la doble moral de esos tiempos, a convertirse en Dolores Rams”, escribe Roberto Méndez en el libro aludido.

            La niña, que denotaba viva inteligencia y afición por el canto, creció hasta convertirse en una criolla bellísima con su color trigueño lavado, los ojos verdes, el pelo negro y lacio y una figura modelada y airosa. Su vecino Juan de Moya, poeta, peluquero y flebotomiano, que se fijaba en ella desde que era una adolescente, comenzó a requebrarla. Marrero Companioni asegura que solo recibía de la muchacha burla y desaire, repulsa y desprecio, pero Méndez apunta que tal vez a Dolores no le desagradara el coqueteo con un hombre que la obsequiaba con los epítetos más encendidos de su lira y que debía abrumarla, como era usual en la época, con serenatas, acrósticos, flores y esquelas amorosas. Pero ella se reservaba para un destino más ambicioso.

MATRIMONIO

Fue así que contrajo nupcias con un oficial del ejército español que la llevó a vivir a una casa de la plaza de San Francisco, la zona en la que residía su padre y en la que ella no pudo habitar de niña. Su nueva situación le permite relacionarse con personas distinguidas y asiste a fiestas y bailes que tienen lugar en las sociedades más exclusivas y en las que comparte con militares, figuras del gobierno local, comerciantes ricos…

            Poco tiempo pasa la pareja después de la boda en la ciudad de Camagüey. Las dotaciones del ejército se movían de una ciudad a otra, y es muy posible, aunque nada hay de exacto en ello, que el matrimonio se fuera a España. El caso es que Dolores enviudó.

            Mientras tanto y sin noticias de Dolores, a quien quizás ya había olvidado, Juan de Moya continuaba su vida de siempre. Su peluquería La Filomena era refugio de trovadores y poetas,  fue en ese sitio donde, en 1867, se abrió la suscripción para procurar la impresión de un volumen de versos del poeta esclavo Manuel Roblejo. Aunque, salvo la décima citada, nada de lo que Moya escribió llegó hasta hoy, Roberto Méndez asevera que no debió tratarse de un talento mediocre dada su amistad con relevantes intelectuales como Antenor Lezcano.  “Su vocación literaria era proverbial, precisa Méndez, aficionado tanto a improvisar décimas populares como a escribir con el lenguaje culto que era del gusto en la época”.

            En tiempos de epidemia, Moya tenía mucho que hacer en los dos hospitales civiles de la ciudad, el de San Juan de Dios, para hombres, y el de Nuestra Señora del Carmen, para mujeres, donde se hacinaban aquellos que no podían costear la atención médica. Se ignoraba la medicina preventiva, las campañas de vacunación eran pobres o inexistentes y los azotes del tifus, el cólera, la fiebre amarilla y la viruela elevaban la mortalidad de manera alarmante, al punto de que en 1863 hubo que ampliar el Cementerio General. En ese año la viruela diezmaba a los camagüeyanos y Juan de Moya, sangrador y homeópata, prestaba servicios en el hospital del Carmen.

            Allí, un día, y con el rostro desfigurado por las pústulas de la enfermedad, apareció ante él la mujer que tanto había amado. Se dice que por su gravedad no pudo reconocerlo o que él, por piedad, no se identificó. Ella, tan altanera, estaba abandonada a la caridad pública. Moya quiso aliviarla, pero podo pudo hacer. Dolores murió durante la noche y ni siquiera fue posible reclamar su cadáver, enterrado en la fosa común.

            Fue entonces que Juan de Moya colocó allí su poema y restauró una y otra vez la tablilla en la que lo escribió mientras la vida le permitió hacerlo. Con los años esa fosa desapareció, pero eran ya muchos los que memorizaban los versos. En 1935, por iniciativa de Pedro García Agremot, alcalde de Camagüey, se construyó un túmulo y se grabó en mármol el epitafio.

            Arbitrariamente dicho túmulo fue emplazado lejos del sitio donde sepultaron a Dolores Rondón, delante del panteón de la familia Agramonte y muy cerca de la bóveda de los marqueses de Santa Ana y Santa María, como para darle más relieve dentro del entramado de la necrópolis, dice Méndez y añade:

            “Otra ironía del destino: después de morir en la indigencia y ser enterrada en fosa común, el epitafio de Dolores Rondón iba a ubicarse en la zona más aristocrática del cementerio, entre las familias que ella hubiera querido frecuentar en vida. Mientras tanto, sus restos parecen definitivamente perdidos, como corresponde a un personaje de leyenda”.

           

 

Cocteles cubanos

Cocteles cubanos

Ciro Bianchi Ross

 

¿Qué tal si hablamos hoy de los cocteles cubanos?  En verdad, mejor sería decir de cocteles cubanos. Hablar sobre todos es imposible ya que nuestra coctelería es muy numerosa y variada.

            Alejo Carpentier lo dijo hace ya muchos años cuando afirmó que La Habana era la ciudad del mundo que mayor variedad de bebidas podía ofrecer al paladar curioso del viajero. El autor de esta página en su peregrinar por bares y cantinas, como dice el célebre bolero que interpretaba Orlando Contreras, llegó a acopiar más de trescientas recetas de cocteles. Las había de todas partes del país: de La Habana, sobre todo, pero también de Baracoa y Viñales porque si de algo se precia y enorgullece este escribidor es de haber recorrido Cuba –y muchos de sus cayos- de punta a cabo. Pero las fórmulas son ciertamente muchas más; en la computadora del Floridita, que es uno de los bares más famosos del mundo, había hace ya algunos años más unas 450. Y no eran todas.

            Claro que a un coctel lo refrenda el tiempo. Surge en cualquier bar y se impone o no en la preferencia de los bebedores. Así, hay cocteles cubanos que nadie recuerda o que aunque se recuerden no se degustan, mientras que otros se popularizan y dan la vuelta al mundo. El gusto del buen bebedor es, en esto, particularmente sabio.

            Cuando se habla de los grandes cocteles cubanos, se alude al Saoco, al Mulata, al Mary Pickfords, al Presidente y al Mojito. Y también al Cuba Libre, al Santiago, al Isla de Pinos y, por supuesto, al Daiquirí, que es el rey de los cocteles cubanos. Así lo reconocen los especialistas.

            Cantineros  ilustres hay también muchos en Cuba, gente que hizo de su oficio un arte. La relación, en esta línea, la encabeza, sin duda, Constantino Ribalaigua, el propietario del Floridita, el Constante de Islas en el golfo, la novela de Hemingway. Nació en España, se nacionalizó cubano y falleció en La Habana en 1952. Es el creador del Mary Pickfords, inspirado en la actriz norteamericana conocida como “la novia de América” –América tendría después otra novia más nuestra, Libertad Lamarque-, y el Havana Special, que tomó su nombre del de una línea naviera cuyos barcos hacían la travesía entre Tampa y la capital cubana. Constante asimismo se asocia al Daiquirí y al Presidente, aunque no los creara.

LOCOS POR EL DAIQUIRÍ

El Presidente -¡asombro!- fue idea del mayor general Mario García Menocal. El entonces primer mandatario llegó una tarde al Floridita y pidió a Constante que en un vaso de mezcla pusiera hielo, gotas de curazao, vermut blanco italiano y ron carta oro. Dijo que lo revolviera y se lo sirviera en una copa alta, de bacarat, adornada con una guinda y un pedacito de cáscara de naranja. Constante comentó entonces: “General, aquí tiene su Presidente”.

            Hay quien dice que en sus inicios el Daiquirí se llamó Canchánchara, la bebida preferida por las tropas independentistas cubanas. Nuestros libertadores, cuando podían, la degustaban endulzada con miel de abeja para alejar las penas, los dolores y la fatiga. Pero en verdad el Daiquirí nació en las minas de hierro del mismo nombre del oriente del país, y se popularizó en el hotel Venus, de Santiago de Cuba; el antiguo hotel Venus, el que se hallaba frente al parque Céspedes y se derrumbó cuando el terremoto de 1932.

            En el hotel Venus, sin embargo, el Daiquirí se preparaba al rumbo, sin medidas exactas, según la inspiración del cantinero, y se enfriaba con trozos de hielo. Fue Constante, entonces, en el Floridita, quien estableció la norma precisa  de este coctel.

            Comenzó a enfriarlo con hielo frapé y descubrió que el trago no tolera sino onza y media de ron; si se le echa menos, la batidora protesta, si se le echa más,  queda aguado. Descubrió asimismo que no se podía dejar en la batidora más de un minuto y se percató por último del sabor que le confería el marrasquino.

            Hemingway inmortalizó el Daiquirí en su narrativa. Otros escritores importantes tampoco lo han pasado por alto en sus textos y en sus vidas.

            García Márquez, Premio Nobel de Literatura al igual que Hemingway, se refiere al Daiquirí como “una combinación de ron diáfano de la Isla con polvo de hielo y jugo de limón”. Y otro Nobel, aunque rechazara el galardón,  Jean Paul Sartre, en su Huracán sobre el azúcar, el apasionante reportaje que escribió sobre Cuba en 1960, lo menciona como “una especialidad cubana que nos agrada por el leve gusto a ron y de su limón diluido en hielo”. Graham Greene, que mereció diez veces el Premio Nobel aunque nunca se lo dieran, y que fue, al decir de García Márquez, un inventor de cocteles diabólicos, lo degustaba, y de qué manera, durante sus estancias en La Habana. García Lorca se entusiasmó con el Daiquirí del Floridita. Lezama Lima rememoraba el día en que acompañó a Miguel Ángel Asturias, el notable novelista guatemalteco y Premio Nobel por añadidura, a ese afamado bar-restaurante. Nos deleitamos, aseveraba el autor de Paradiso, con aquella bebida helada que es como el néctar de los dioses. El argentino Julio Cortázar lo tenía como el primero en lo que a cocteles cubanos se refiere. Así lo confesó al autor de esta página que bebió su primer Daiquirí en la compañía siempre grata y estimulante del novelista de Rayuela.

FRANCIS DRAKE Y EL MOJITO

El Saoco, de seguro, tiene origen campesino. Solo en el campo cubano pudo haber surgido esa mezcla mágica de ron blanco y agua de coco. El Cuba Libre nació en el Floridita, cuando todavía ese bar se llamaba La Piña de Plata, en los días de la instauración de la República (1902). El Isla de Pinos incluye en su fórmula el zumo de esa maravilla de las frutas cubanas que es la toronja. Y el Santiago se prepara con dos líneas de ron blanco y un golpe de curazao rojo. El Mulata tuvo que haber sido creado por un barman español. Rinde tributo como pocos a la belleza y distinción de la cubana. Se elabora con ron añejo, lo que le da un toque de superioridad único.

            ¿Y el Mojito? Aseguraba don Fernando G. Campoamor, historiador del ron,  que el corsario británico Francis Drake es el creador de un coctel que hasta bien entrado el siglo XIX fue muy demandado en las latitudes antillanas. Se elaboraba con aguardiente y se llamaba Drake. Tenía, se dice, propiedades curativas. Al menos en su novela El cólera en La Habana (1838) Ramón de Palma hace decir a uno de sus personajes: “Yo  me tomo todos los días a las once un draquecito y me va perfectamente”. Es el antecedente del Mojito.

            Desde 1910 comienza a hablarse del Mojito batido, pero habría que esperar a la década de los 30 para que apareciera el Mojito actual. Surge en el bar del balneario de La Concha, pasa a otros bares habaneros, se populariza y llega a La Bodeguita del Medio, donde adquiere carta de ciudadanía internacional. No tiene la prestancia del Daiquirí ni el empaque del Presidente ni el barroquismo del Mary Pickfords ni la altanería del Mulata, pero es uno de los diez clásicos de la coctelería cubana junto al Saoco, el Isla de Pinos, el Santiago, el Havana Special y el Cuba Libre.

           

Oficios y personajes

Oficios y personajes

Ciro Bianchi Ross

Cuando usted tenía turno para ver a un médico, en una institución de salud,  pública o privada,  y veía aparecer en la  antesala a un viajante de laboratorio, se le ponían los pelos de punta pues sabía ya que su tiempo de espera, en el mejor de los casos, se duplicaría. El recién llegado, maletín en ristre y aire de suficiencia, sin pedir permiso ni  encomendarse a nadie, traspasaba la puerta del consultorio y permanecía dentro el tiempo que creyese oportuno con tal de convencer al médico de las bondades de  los productos que la empresa que representaba distribuía o elaboraba, aunque en la mayor parte de los casos aquellos medicamentos no fueran más de lo mismo. Claro que el hombre hacía su trabajo, pero lo acometía  sin importarle que fuera hubiera gente con dolor de estómago, fiebre de 40 o al borde del infarto. Al final de la visita dejaba al galeno tres o cuatro cajitas o frasquitos de muestra para que los obsequiara a su vez entre  pacientes requeridos de aquellas medicinas y que se convertirían, involuntariamente, en verdaderos conejillos de India, y así  comprobase por sí mismo su eficacia. Los que aguardaban, mientras tanto, se entretenían en matar la demora en un incesante intercambio de síntomas hasta que, con alivio, veían salir, con sonrisa de oreja a oreja, al personaje. Alivio que duraba poco porque bien pronto aparecía otro viajante de laboratorio que, maletín en ristre y el  aire de suficiencia propio de una desviación profesional, traspasaba la puerta del consultorio sin pedir permiso ni encomendarse a nadie.

            El de viajante de laboratorio es uno de los tantos oficios que quedaron al campo después de 1959. Desapareció también el nevero, que por cinco centavos nos traía, envuelto en una hoja de periódico, un trozo de hielo que duraba casi hasta el día siguiente si se metía en la neverita o se mantenía bien envuelto en un saco de yute.  Era el refrigerador de los pobres esa  piedrecilla  mágica que, entre otras cosas,  permitía la bendición del agua fría. También desapareció aquel personaje que a las cinco de la mañana nos dejaba ante la puerta o en la ventana del portal un litro de leche que, aunque la necesidad de los más era mucha, nadie se robaba. Y desapareció asimismo el despedidor de duelos; no aquel a quien la familia designa  para tal menester, sino el que lo hacía de oficio.

SUSPIROS Y LÁGRIMAS

Porque a la puerta de cada cementerio que se respetara aguardaban siempre dos o tres de esos personajes. En cuanto entraba un cortejo alguno  se dirigía con paso seguro al grupo de los dolientes y, ya entre ellos, descubría a golpe de ojo al que podía decidir por los demás. Entonces, luego de trasmitirle su pésame, le pedía muy respetuosamente un aparte y casi en un susurro le preguntaba  si tenía quién despidiese el duelo. Si ya lo tenía, no pasaba nada;  nuestro personaje pedía perdón al doliente  por haber molestado su atención en momentos como esos y volvía a la puerta para discutir el próximo entierro. Si le decían que no, que la familia no había encontrado a nadie a quien confiarle la tarea de despedir al difunto al pie de su sepultura, ofrecía discretamente sus servicios. Un discursito por un precio módico en el que se enaltecían o se fabricaban las virtudes del muerto. Bastaban al orador unos pocos datos para conformar sus palabras que, de un entierro a otro, eran siempre las mismas que daban la vuelta. En ellas, invariablemente, el muerto  era padre y esposo amantísimo, ciudadano ejemplar, amigo a carta cabal y la suya,  una familia que quedaba desolada por la pérdida, sumida en  la desesperación y el llanto…

            Cierto que eran palabras que, con los cambios imprescindibles, se repetían casi de memoria. ¡Pero qué gestos el de aquel despedidor de oficio! ¡Qué énfasis el suyo! ¡Qué cara de dolor  al hacer equilibrio al borde de la tumba abierta con el sombrero colocado a la altura del pecho! Palabras pagadas y no sentidas que conmovían, sin embargo, al pinto de la paloma. Si en  la Cuba pasada un traje de dril l00 se calibraba por el número de arrugas  que fuese capaz de soportar, la calidad de estos oradores  de a tanto la palabra  se medía por las lágrimas y suspiros que arrancaban.

EL PELETERO

Otras ocupaciones no desaparecieron, pero variaron en su esencia intrínseca. Ahí está la del peletero, que es como siempre hemos llamado  en la Isla al que nos vende un par de zapatos. En una de las peleterías de las de ahora, los productos se muestran en una rara exhibición. Solo se puede ver, y  es posible probarse,  una pieza de cada par. Si por casualidad colocaron los dos zapatos en el exhibidor, estarán  sujetos uno al otro por un broche o presilla de seguridad que los hará sonar en la puerta como endemoniados si es que alguien intenta llevárselos sin haberlos pagado. Esto quiere decir que aunque se muestren los dos zapatos del par  el cliente nunca podrá probárselos como Dios manda. Si acaso, si es que lo logra,  se calzará uno primero y  luego el otro.

            Eso no fue siempre así. Comprarse un par de zapatos era todo un ritual  que paso a paso se cumplía hasta el fin. El cliente escogía en la vidriera el modelo de su preferencia,  se lo mostraba al  peletero y esperaba, sentado, su pedido luego de confesar el número que calzaba.  Cuando el peletero aparecía otra vez venía no solo con el modelo  y el número  solicitados,  sino con cuatro o cinco pares de zapatos más. Y, con un calzador y delante de un espejo que permitía apreciar el producto,  procedía a probárselos todos al cliente, dejando de  último el que este se interesaba por adquirir.

            ¿Qué motivaba tanta solicitud? Sencillamente, un problema de pesos y centavos traducidos en una comisión que a favor del empleado recorría una escala que iba del tres al uno por ciento o fracción.   El primer modelo que el peletero probaba, aunque no lo hubieran pedido, era aquel que había pasado de moda y amenazaba con dormir el sueño eterno en el almacén del establecimiento o ser llevado, para su posible liquidación, a una peletería de menor rango. Los otros eran zapatos que estaban en onda, pero por una razón u otra no tenían salida y se preveía que sucediera con ellos lo mismo que con el que ya había pasado de moda. Mientras más viejo fuera el modelo que el peletero, con su capacidad de convencimiento y persuasión, fuera capaz de vender, mayor era la comisión que cobraba y que al fin de mes redondeaba sus entradas, en tanto que el zapato exhibido en la vidriera apenas dejaba dividendos.

SISOBRA

Existía además el personaje que se dedicaba a lo que los chinos, con su sabiduría milenaria, llaman hacer nada. Uno no sabía bien de qué vivían, si de las rentas o del cuento. Pudiera ser que vivieran, más que de la política, de alguna que otra “botella” que un pariente les consiguió en el ayuntamiento o en alguna  dependencia estatal y que les permitía cobrar sin disparar un chícharo, pero que les garantizaba una existencia incierta pues, para los de abajo, esas sinecuras aparecían y desaparecían en un abrir y cerrar de ojos y en el mejor de los casos duraban lo que el alcalde o ministro que las concedió.

            Vivía en el Lawton de mi infancia un personaje  al que apodaban “Sisobra”. Hacía vida de portal. Siempre apoyado en su baranda, debía tener callos en  los codos. Así un día y otro, mañana y tarde, y, con su “Sisobra” para arriba y su  “Sisobra” para abajo, nadie sabía  exactamente cómo se llamaba. El hombre había sido suplente en los tranvías. El suplente, otro personaje desaparecido, era aquel que concurría todos los días a su centro de trabajo y que, aunque quisiera, no siempre podía trabajar. Solo lo hacía y cobraba cuando faltaba un obrero o empleado  de los fijos y eso sucedía muy de tarde en tarde y solo por razones de fuerza mayor. Pues bien, el sujeto merodeaba a diario por el paradero de los tranvías y, con prudente distancia, pedía al despachador que se acordara de él si sobraba algo. “Chico, tenme en cuenta si sobra algo”, repetía  porque él no era el único suplente y de esa manera, de tanto “si sobra” se ganó su apodo. Pero no sería esa toda su ganancia. Un día chocó con unos pedacitos del premio gordo de la Lotería Nacional y pocas semanas después volvía a sonreírle la fortuna,  también con el gordo,  en el mismo sortero. Entró en plata, supo invertirla  y  se olvidó de los tranvías, pero no dejó ser “Sisobra”.

            Del cuento sí vivía el señor González. Siempre de traje y apoyado en una muleta, pedía de puerta en puerta. Necesitaba de una operación quirúrgica que le permitiese, libre de su incapacidad,  volver a ganarse la vida como todos. “Usted no sabe lo duro que es pedir…”, insistía.  González era un hombre de respeto caído en desgracia por obra de aquel accidente que jamás terminaba de contar en todos sus detalles,  y  bien merecía la compasión de los demás. En realidad, se trataba de todo un profesional en el arte del timo.  Convencía con el tema de su dolencia y sus deseos de restablecerse. Cuando recibía un donativo, por insignificante que fuera, sacaba del bolsillo izquierdo de su chaqueta una libreta gruesa en la que,  con un lápiz de los llamados de carpintero, anotaba el nombre de su benefactor y la cuantía de la contribución recibida, porque esperaba, decía,  devolver hasta el  último centavo. Aquel gesto  generoso y espontáneo  se convertía en una obligación y la merced en una cuota fija porque  al mes siguiente González tocaba a la misma puerta y reclamaba lo suyo para la  operación. De habérsela hecho, hubiera sido la intervención quirúrgica más cara del mundo. Recaudó dinero  para ella  durante unos 40 años y nunca la  necesitó porque no tenía impedimento alguno. La muleta solo era su instrumento de trabajo.   Cuando murió se supo que, gracias a ella, vivía en casa propia, poseía otras que daba en alquiler y había costeado estudios universitarios a su única hija.   

  

           

La muerte me está rondando

La muerte me está rondando

Ciro Bianchi Ross

 Alejandro García Caturla fue uno de los compositores que dio perfil propio a la música latinoamericana. Un artista adelantado a su tiempo en cuanto a intuición creadora. Lo asesinaron en plena juventud. Cuba celebra ahora el centenario de su natalicio 

“Tu cabeza huela a pólvora”, decía escuetamente la carta anónima recibida, y Alejandro García Caturla, juez de instrucción de Remedios, comprendió que sus enemigos no se detendrían ante nada. Algún tiempo atrás, cuando con igual cargo radicaba en la ciudad de Palma Soriano, salvó milagrosamente la vida la noche  en que una lluvia de balas fue lanzada contra su casa. Ahora la muerte lo rondaba de nuevo y de manera tan evidente que el peligro no pasaba inadvertido para familiares y amigos. “Doctor, cuídese, usted es muy joven y es un crimen que le pase algo”, le dijo uno de sus ayudantes, pero ni consejos ni amenazas lograron disuadirlo de sus propósitos. “Si me matan, mala suerte; mi deber está por encima de todo”, expresó Caturla a su mujer antes de que lo asesinaran. Y con un sentimiento de amargo pesar añadió: “Está visto que yo no sé administrar justicia en Cuba”.

            Caturla se había convertido, desde los comienzos de su carrera, en una figura incómoda para aquellos tradicionalmente acostumbrados a dictar pautas al Poder Judicial… En Ranchuelos obligó a una empresa cigarrera a abonar los jornales que adeudaba a sus empleados; en palma Soriano impuso multa al administrador de un central azucarero por violar la ley de nacionalidad del trabajo y se propuso erradicar el juego ilícito aun cuando para lograrlo tuvo que encausar a exponentes de la política y de los mandos militares locales; en Camajuaní denunció las tropelías de un magistrado venal…  En Remedios acaba de iniciar proceso a un agente del orden por maltratar a un detenido. A partir de ese momento –el asesinato se perpetraría veintisiete días después- los cuerpos represivos destacados en la ciudad echaron a correr el rumor de que el juez Caturla era elemento desafecto a las Fuerzas Armadas. En vano intentaba  calmar la intranquilidad de los suyos. “Nací en Remedios; aquí viven mis padres. Es imposible que pueda sucederme nada”, decía. Había sido declarado hijo predilecto y distinguido de esa ciudad de la región central de la Isla, y allí se sentía rodeado del cariño y el respeto de sus conciudadanos que le llamaban, familiarmente, Alejandrito. Pero en verdad –y él lo sabía mejor que nadie- la conjura se orquestaba en su contra.

            Mientras tanto la vida transcurría lenta en la vieja villa provinciana, la octava que fundaron los españoles en Cuba, y el juez continuaba ocupándose de sus asuntos habituales cuando la mujer de uno de los custodios de la cárcel, nombrado José Argache,  se empeñó en denunciar al marido a causa de la golpiza que le propinara. Se desconoce el motivo que llevó a Caturla a atender un caso que no era de su competencia ni nadie pudo prever que Argache fuera la mano asesina.

            ¿Hubo premeditación en los hechos? ¿Se dirigió la mujer al juez instructor y no al correccional por las garantías que ofrecía su integridad? ¿Los interesados en eliminar a Caturla aprovecharon las circunstancias que llevaban a Argache a su juzgado y lo indispusieron contra él? Las interrogantes siguen abiertas sesenta y seis años después del asesinato, pero cualquiera que sea la respuesta definitiva, el asesino confió en que actuaba con absoluta impunidad cuando a escasos cien metros de la plaza central, interceptó a García Caturla y tras increparlo, sin atender a los requerimientos del juez a fin de que respetara su autoridad, terminó por extraer el revólver de reglamento. Sonó un disparo y luego otro, y Caturla se desplomó, empapadas las ropas de sangre, con el corazón atravesado por dos proyectiles. Era el anochecer del 12 de septiembre de 1940.

            “¡Mataron a Alejandrito!”, gritó al alguien, y Argache, perseguido por los que presenciaron el suceso y otros que se les sumaron, corrió hacia el cuartel para eludir la indignación popular. “¡Maté a Caturla, lo maté!”, exclamó el asesino al trasponer la puerta del fortín, y un aforado, al que apodaban Pequeño, dijo a su vez: “Más antes debiste hacerlo”.

ESE ES CATURLA

Moría así un compositor que, al decir de Alejo Carpentier, se cuenta entre los que en el siglo XX dieron perfil propio a la música latinoamericana, un artista adelantado a sus contemporáneos en cuanto a intuición creadora y un músico convencido de que su nombre estaba llamado a barajarse entre los de los grandes de su época. Su música tiene mucho de ciclón tropical, escribía la pianista María Muñoz de Quevedo. Sintió admiración por los compositores cubanos Manuel Saumell (1817-1870) e Ignacio Cervantes (1847-1905) y ejercitó la mano con obras de Milhaud, Satie y Stravinsky, pero antes de cumplir los veinte años de edad volvió sobre sí mismo para buscar un acento propio vinculado al suelo natal. Siempre se sintió atraído por lo negro y lo asimiló de tal manera que los entendidos aseguran que resulta imposible distinguir entre un canto lucumí auténtico y un tema de su propia invención. En su obra, decía hace muchísimos años el compositor Hilario González a este columnista, podemos conocer, primero, cómo se puede ser académico y cubano; luego, impresionista y cubano; más tarde, bitonal y cubano; polirrítmico y cubano, casi atonal, incluso, y cubano. Ese es Caturla.

            Nació en 1906, en el seno de una familia acomodada. Su debut  artístico fue como cantante -tenía una hermosa voz de barítono- y era un pianista extraordinariamente dotado, capaz de impactar a sus oyentes con  una fuga politonal  y también de poner música en un cine de barrio a películas silentes de Tom Mix y Mary Walcamp, con lo que obtenía algún dinero para la atención de su primer hijo, que nació siendo él casi un muchacho. Aprendió idiomas por su cuenta e hizo estudios de Derecho por la libre al mismo tiempo que realizaba los de composición musical con el maestro Pedro San Juan, español avecindado en La Habana, y dirigía la Jazz Band Caribe en la universidad habanera.

            En 1929 estaba en París para mostrar sus partituras a Nadia Boulanger, la compositora francesa que fue maestra de Aaron Copland, Cole y Walter Piton, entre otros, y que lo aceptó como discípulo fijándole, para someterlo a prueba, tareas dificilísimas y un horario de clases poco habitual: las seis de la mañana. Caturla había llegado a Francia con los manuscritos de las Danzas cubanas, los bocetos de un poema sinfónico y numerosos apuntes para obras marcadas por un recio acento cubano. Impresionó a  Boulanger. Confiaría ella a Carpentier: “El talento de este joven es algo descomunal. Pocas veces he tenido oportunidad de vérmelas con un discípulo de semejante talla”.

            Allí recibió el encargo de una partitura y escribió Bembé en dieciocho días. Encerrado en su habitación del hotel  de Maine, Caturla trabajaba sin piano el día entero. Después aparecía en el bar La Coupole para conversar con los escritores surrealistas Desnos, Aragón y Sadoul y frecuentaba un restaurante en Montparnasse para degustar filetes de jabalí, anguilas ahumadas, erizos de mar y otros platos raros porque “quiero conocer el sabor de estas cosas que acaso no vuelva a probar… ¿Sabes lo que me espera? Una carrera de juez municipal”.

            En 1929 asistió al estreno de sus Tres danzas cubanas en los Festivales Sinfónicos Iberoamericanos de Barcelona, y,   de regreso a Cuba, pasó por París para la primera audición de sus poemas afrocubanos Marisabael y Juego santo, escritos sobre textos de Carpentier. Yamba-O y Primera suite cubana para instrumentos de viento y piano los escribió a la par que hacía las oposiciones para ocupar un cargo en la magistratura.

            Pese a que, por su novedad y audacia y su pasta sonora, trabajada sin miramientos para el ejecutante, “sonó” poco en la Cuba de su tiempo, Caturla pudo dar a conocer en vida un número de piezas considerable. Sin embargo, lo que a su muerte quedó inédito y sin estrenar hace crecer en mucho el catálogo de su obra. En su casa de la ciudad de Remedios se conservaron  en paquetes clasificados con sumo cuidado por la propia mano del artista, decía Hilario González, “siete Caturla juntos”.  Todo lo que Caturla hizo en lo personal –tuvo once hijos- y en lo artístico durante los treinta y cuatro años que alcanzó a vivir, visto en retrospectiva desde su asesinato, parece llevar el sello de quien se sabe llamado a una muerte temprana. Quizás esa premonición explique el tema popular que incorporó a una de las obras que escribió casi al filo de la muerte, El canto de los cafetales: “La muerte me está rondando/ Ay, mamá,/ pa’llevarme al cementerio…”

       

El tranvía

El tranvía

Ciro Bianchi Ross

A comienzos de la década del 30 la prensa cubana se inundaba de anuncios como este: “Mande a sus hijos a la escuela en tranvía; llegarán seguros”. Y a decir verdad, ese medio de transporte garantizaba entonces un viaje cómodo y feliz. Era el tranvía,  decía el poeta Nicolás Guillén en una de sus crónicas, el vehículo ideal para el trasiego de gente mesurada, honesta, paciente y sin prisa: el paralítico, el escribiente, el pensionado civil, el jugador de ajedrez…  Precisaba  el autor de Sóngoro cosongo, que fue uno de nuestros grandes periodistas: “Situábase usted en una esquina y todo consistía en esperar. La calceta, la lectura de Jorge Mañach o la simple divagación sobre temas no urgidos de resolución inmediata… Cuarenta minutos más tarde era usted sorprendido por un timbreteo inconfundible. ¡Ahí estaba el tranvía! Se instalaba usted en su lenta carroza, en su coche democrático y ya podía dormir seguro de llegar sano y salvo a su destino”.

Esa tranquilidad y  confianza,  sin embargo, desaparecieron  con el fluir del tiempo, y  el propio Nicolás escribía en 1950:   “Ahora, amigos míos –precisa reconocerlo con punzante melancolía- las cosas ocurren de modo bien distinto. El tendido de alambres para los trollies ha cedido bajo la acción demoledora de los años y ya no hay viaje sin accidente. Los cables caen a diario, enroscados sobre la calle como finas serpientes, y durante horas y horas permanece el tránsito paralizado en medio de las cuchufletas e ironías de quienes ante el humillante espectáculo aún se muestran con  ánimo de reír.

“A esto añádase el peligro mortal que tal contingencia entraña. Si los dos cables se unen y así los pisa el transeúnte, dícese que la catástrofe es fatal, y lo mismo si en esa forma caen sobre la distraída cabeza del viandante. De donde resulta que un medio de locomoción antaño tan sólido, tan constitucional, tan protector del sistema nervioso, se ha convertido en una permanente invitación a la muerte”.

El servicio tranviario  empezó a paralizarse progresivamente, más en el orden de la eficacia que en el de las utilidades, pues si en 1942, con 521 carros, la empresa que lo operaba recaudó algo más de dos millones de pesos; en 1944, con 420 coches, obtuvo ingresos por  más de cuatro millones y medio, y tres años después, con solo 400 vehículos en uso, la recaudación sobrepasó los siete millones.

¿Qué sucedía? Más que de muerte natural, el tranvía moría asesinado en Cuba. Afirmaba la revista Bohemia: “Congestionados hasta el máximo, los arcaicos vehículos dejaban de ser elemento de utilidad pública para transformarse en instrumentos de tortura urbana”.

LOS NUEVE PUNTOS

El tranvía era un vehículo movido por la energía eléctrica y  se desplazaba por carriles que no sobresalían de la calle o calzada.  Ancho y ventilado, tenía una plataforma en la parte posterior y alcanzaba  hasta nueve puntos de velocidad. El motorista podía ser cubano, si era blanco, pero la de conductor era  plaza reservada a españoles. Privilegio este que erradicó la llamada ley de nacionalidad del trabajo, dictada por el presidente Grau San Martín en 1934,  que obligó a las empresas establecidas en el país a que fuese cubana la mitad de su empleomanía. Aún así, no fue hasta bien avanzada la década del 40 cuando entró el primer negro a laborar en los tranvías.

Llegaron a circular más de  30  líneas de ellos en La Habana y sus barrios, líneas que se identificaban con letras y números. Las “V” salían del paradero del Vedado; las “P”, del de Príncipe y las “C”, del Cerro,  en tanto que las “S” lo hacían de Santos Suárez, y  las “M”, de Jesús del Monte. El L-4, Lawton-Parque Central, por ejemplo, comenzaba viaje en  San Francisco y 10 de Octubre y,  en bajada, llegaba por San Francisco a la Avenida de Acosta, seguía por Concepción, 16, B, Octava, Concepción, 10 de Octubre, Calzada de Monte, San Joaquín, Infanta, San Rafael, Consulado, San Miguel, Neptuno y Monserrate. Y subía por Empedrado, Aguiar; Chacón, Monserrate, Neptuno. Infanta y 10 de Octubre hasta San Francisco.

LA CUCARACHA

El transporte público en La Habana comenzó con vehículos de tracción animal. Se trataba de los coches de alquiler y, a partir de 1859,  de lentas guaguas tiradas por mulos. Pero ya a finales del siglo XIX comenzó a circular la célebre “cucaracha”, maquinita de cajón, como se le llamaba, movida por vapor. Operaba entonces el servicio, como una concesión del gobierno español,  la Empresa de Ferrocarril Urbano y de Ómnibus de La Habana, pero al acercarse el fin de la soberanía de España en Cuba, la junta de accionista de dicha entidad acordó ceder sus derechos. Es entonces que aparece en escena un personaje curiosísimo y digno de investigación, Tiburcio Pérez Castañeda.

            Había nacido en Pinar del Río, en 1869, y estudió Derecho en la Universidad de Barcelona y Medicina en las de La Habana y París. Se especializó como cirujano en Gran Bretaña y  se desempeñó como  profesor de Medicina Legal en nuestra más alta casa de estudios. Miembro del Real Colegio de Cirujanos de Londres, fue médico militar honorario de los ejércitos del zar de todas las Rusias y médico ad-honorem del rey de Inglaterra, mientras que en Francia lo hacían Caballero de la Legión de Honor, el zar le concedía la Gran Cruz Imperial de San Estanislao y ocupaba  en España, por las regiones de Huesca y Burgos, un escaño como Senador del Reino. Alfonso XIII, en 1927, le conferiría el marquesado de Taironas, que quedó vacante a su muerte, en La Habana, en 1939.

            Títulos aparte, don Tiburcio era una fiera para el dinero, y desconfiado como él  solo, apenas disfrutó de la concesión en el manejo de los ómnibus urbanos habaneros. La vendió, antes de la ocupación militar norteamericana,  a intereses canadienses que constituyeron la Havana Electric Railway Co.,   traspaso que sirvió a su vez para ponerla, con el tiempo,  en manos de la Havana Electric Railway,  Light and Power Company, empresa incorporada al estado de  New Jersey, que controlaría no solo los tranvías, sino también el servicio de alumbrado eléctrico y de fuerza motriz y la fabricación y distribución del gas artificial en la Habana y sus suburbios. El primer tranvía eléctrico circuló en esta capital en 1901.

STEINHART

Alemán de origen, pero nacionalizado norteamericano, Frank Steinhart llegó a Cuba como parte  del ejército de ocupación y se  quedó cuando las tropas interventoras salieron de la Isla. Durante 1902 y 1903 actuó aquí como representante del Departamento de Guerra de su país y tuvo en custodia  los archivos del gobierno interventor. Desde esos puestos usurpó las principales funciones del cónsul general norteamericano en Cuba pues el presidente Estrada Palma lo prefería a este para tratar los asuntos concernientes a las relaciones con  EE: UU. Así  se calzó en propiedad el consulado general, que desempeñó hasta 1907.  Sus funciones le valieron un sinnúmero de relaciones personales  valiosas en la Isla.

Se dice que  los socios norteamericanos de la Havana Electric Railway Co., se quejaron al cónsul de su país del manejo que la parte canadiense de la empresa hacía de los títulos de propiedad. Steinhart trasladó la queja al presidente de la compañía, radicado en Montreal, y este, despectivamente, le contestó que cuando él  fuera el accionista mayoritario y ocupase la dirección, podría administrarla a su antojo.

Steinhart vio esas palabras como un reto y sin pensarlo apenas trazó su estrategia para adquirirla. Visitó a importantes banqueros norteamericanos en busca de préstamos. No se los dieron, y  a los que le sugirieron que desistiera de ese propósito les ripostó que  requería de dinero y no de consejos. Necesitaba 750  000 dólares para acaparar la mayoría de las acciones y derribar a la junta directiva en la asamblea de 1907.  Resolvería su problema con el Arzobispo de Nueva York que adquirió un millón de dólares en acciones de 85 y al cinco por ciento con la garantía de que en un año Steinhart se las compraría a 90, lo que hizo, en efecto.

El dictador Machado, en tratos con la llamada Compañía Cubana de Electricidad, a la que autorizó a operar en Cuba, y en complicidad con Steinhart, hizo que la Havana Electric traspasara a la nueva empresa el monopolio de la generación de electricidad y de fabricación y distribución de gas.  El ex cónsul y sus principales asociados se beneficiaron con el negocio, no así la mayor parte de los accionistas cubanos y españoles que vieron como a partir de ese momento su entidad debía comenzar a pagar la electricidad  que movía a los tranvías y adquiría una deuda millonaria.

EL ÚLTIMO TRANVÍA

Fue el comienzo del fin. Apenas hubo ya inversiones nuevas en la havana Electric.  Steinhart hijo, al asumir la dirección de la empresa, no le insufló el soplo de juventud que de él se esperaba. Más que nada,  la ayudó a morir. En una hábil maniobra financiera barrió a los pequeños accionistas y liquidó la empresa en condiciones que lo favorecían tanto a él como a la Electric Bond & Share. La quiebra técnica de la Havana Electric era un hecho. El traspaso, durante el gobierno de Prío, de la concesión del transporte urbano habanero a la empresa de los Autobuses Modernos, dio el puntillazo a los tranvías.  

Dice el doctor Manuel López Martínez  que a las 12:08 del martes 29 de abril de 1952, hizo su entrada para siempre en el paradero de Príncipe el P2, número 388, último tranvía que circuló por las barriadas habaneras, en su postrer viaje de regreso. Había salido a las 11:22 de la noche anterior para cumplir su itinerario de siempre. El despedidor, Guillermo Ferreiro, con más de 30 años de servicio, ordenó la salida con algo de nostalgia. Cuando el motorista J. Amoedo y el  conductor M. Rey recibieron el cartón de salida sintieron que algo se les desprendía del corazón. Era como un desgarramiento interior y rompieron a llorar porque para ellos aquel sería también su último viaje.