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Duelistas

Duelistas

Ciro Bianchi Ross
El duelo es en Cuba desde hace bastante tiempo una institución anacrónica. Todavía en los años 40 del siglo pasado bastaba con que alguien se sintiera ofendido para que planteara la llamada cuestión de honor. Designaba entonces a sus representantes, que visitaban al ofensor, y este a su vez designaba los suyos. Los padrinos de una y otra parte se reunían para pactar las condiciones del lance: lugar y fecha del encuentro, el arma con que se dirimiría el asunto y la forma en que transcurriría el enfrentamiento.El arma escogida podía ser la espada o la espada francesa, el sable con punta o sin ella, o con filo, contrafilo y punta… Una vez decidida el arma establecían los padrinos a cuántas reprisses sería el combate, lo que duraría cada una de ellas y el tiempo de descanso entre una y otra. Si seleccionaban la pistola, el revólver estaba terminantemente prohibido, se fijaba cuántos disparos harían los contendientes y a cuántos pasos y si dispararían a discreción o a una voz de mando. La cosa se ponía fea cuando se acordaba que el duelo fuera con todas las consecuencias o a todo juego, como se decía, pero aun así los duelistas debían obedecer las órdenes del juez de campo y  acatar sin chistar su determinación de dar por finalizado el lance.Se suponía que tras el duelo, cualquiera que fuera el vencedor, la ofensa quedaba lavada y los rivales debían reconciliarse. No sucedió así en el caso de los villareños Judas  Martínez Moles y Joaquín Meruelo. Se batieron en La Habana por discrepancias políticas y el enfrentamiento no bastó para limar el malestar. Un día en que coincidieron en una calle espirituana, esgrimieron sus revólveres y se acometieron a tiros. Ambos se desplomaron, pero Moles llevó la peor parte, pues falleció a causa de las heridas.IMPUNIDADMientras que el pueblo resolvía las cuestiones de honor a puñetazo limpio y los más sensatos acudían a los tribunales en busca de apoyo, a espada, sable o pistola se batían los políticos de la hora, médicos y abogados eminentes y funcionarios de relieve, y lo hacían con total impunidad, pues si bien el duelo no era en sí una figura delictiva, sí eran punibles su concertación y consecuencias, como las de cualquier riña callejera. Los periodistas eran de los más retados a duelo y figuraban entre los que más se batían. Había excepciones. Pepín Rivero, director del Diario de la Marina, aunque se batió dos veces tuvo el valor reflexivo de no aceptar numerosos retos que se le hicieron. Y Miguel Ángel Quevedo, director de Bohemia, rehusó batirse cuando Grau San Martín, ya Presidente electo, lo retó por una información aparecida en la sección En Cuba.Duelistas famosos fueron en el sector de la prensa Wifredo Fernández, que se suicidaría en la prisión de la Cabaña tras la caída de Machado; Santiago Claret, director y propietario del periódico Información; y Desiderio Ferreira, director que fue de El Heraldo y que murió baleado ante la puerta de su casa en el apacible reparto San Miguel. También lo fueron José M. Muzaurrieta, de El Imparcial, y Antonio Iraizoz, director de los cotidianos La Noche y Alerta y que ocupó importantes cargos públicos y diplomáticos. Por nuestra cuenta Fernández y Ferreira se batieron cinco veces cada uno. Claret, 8; Muzaurrieta, 9; e Iraizoz, 16. De todos los duelistas cubanos es Iraizoz el que más lances tuvo en su haber y salió vencedor en más de la mitad de ellos.Otro duelista connotado fue el veterano de la independencia Manuel Secades Japón, que se vio envuelto en un ruidoso proceso por la muerte de su esposa. Participó en ocho lances y venció en siete de ellos. Entre los políticos parece que Eduardo Chibás se lleva la palma. Se batió nueve veces.Aunque se batía mucha gente sin honor, y muchos lances, con sus balas de cera y armas sin filo, no pasaban de ser mera comedia, hubo en Cuba duelos memorables. El más fuerte e interesante, a juicio del esgrimista Ramón Fonts, fue el que sostuvieron a sable el doctor Susini de Armas, hermano del periodista Justo de Lara, y el maestro de esgrima Eduardo Alesson y que casi termina en una riña tumultuaria. También el de los médicos Ricardo Núñez Portuondo y Pedro Palma en una clínica de Jesús del Monte y ante la curiosidad morbosa de unos 200 espectadores y que concluyó con la herida de 15 centímetros de largo que Núñez Portuondo con su sable propinó a su rival y que le tajó desde la frente hasta el pecho.Otro duelo sonado, el más sangriento, fue el de Iraizoz con el reportero Gustavo Rey, en 1917, en un corredor interior del teatro Alhambra. Dejó cinco heridos en total. Iraizoz quedó herido en el pecho y Rey con una herida grave desde el hombro hasta la mano. También resultó herido grave el juez de campo al interponerse entre los contendientes y un espectador cuando el sable de Iraizoz salió disparado hacia el público. Antes de comenzar el encuentro se había herido el médico que debía de asistir a los duelistas. Se llevó la yema de un dedo al revisar las armas que cortaban como navajas.TAMBIÉN LOS LIBERTADORESNo escapa de esta relación el lance entre el general Enrique Loynaz del Castillo y el coronel Orestes Ferrara. Loynaz recibió una herida grande en la cabeza y enardecido, lleno de ira y sangrando abundantemente, no obstante haberse dado por terminado el combate, corrió veloz, arma en ristre, hacia Ferrara en tanto gritaba a voz en cuello: Lo que no me hicieron los españoles en la manigua me lo hizo este maldito italiano. La agresión, no sin esfuerzos, fue frustrada gracias a la intervención de varios espectadores.Porque los libertadores también se retaban y batían. En 1893 y en una casa de Guanabacoa, Juan Gualberto Gómez, en un duelo a espada, puso fuera de combate al periodista Ignacio Sola, que lo ofendió en un artículo. Agramonte, siendo estudiante de Derecho en La Habana, se batió al menos en dos ocasiones con oficiales españoles, y una vez más en Camagüey. Maceo, en Jamaica, retó a duelo por ofensas a Flor Crombet. El Titán exigió un duelo a muerte. Se batirían a pistola, a 25 pasos y dispararían al mando. Pero los padrinos de ambos acordaron que el lance se pospusiera hasta que ambos cumplieran su misión en la independencia de Cuba. Lo mismo sucedió cuando Agramonte, en plena Guerra de los Diez Años, retó a duelo a Céspedes. Más sereno, menos impetuoso, el Padre de la Patria dijo a los padrinos del Bayardo que esperaría a que terminara la lucha para reclamar a Agramonte la reparación de sus insultos.Martí implícitamente retó a duelo a Enrique Collazo cuando este en una carta pública lo acusó de rehuir el peligro y de haber servido a España. Decía Collazo: “Si de nuevo llegase la hora del sacrificio, tal vez no podríamos estrechar la mano de Ud. en la manigua de Cuba…”  Respondió Martí: “Si mi vida me defiende, nada puedo alegar que me ampare más que ella… Pero no habrá que esperar a la manigua, Sr. Collazo, para darnos las manos, sino que tendré vivo placer en recibir de Ud. una visita inmediata, en el plazo y país que le parezcan convenientes”.PÓNGALE PESO Y MEDIONo todos los duelistas se comportaban con hidalguía en el campo del honor y no eran pocos los que con pretextos ridículos rehuían el enfrentamiento. Al periodista González Beaudiville, de tan asustado que estaba cuando se batió con Desiderio Ferreira, se le escapó un tiro antes de tiempo y se agachó cuando su oponente hizo el primer disparo. Cuando al fin se incorporó, Ferreira le coló una bala en el pecho, a un centímetro del corazón, y no pudieron sacársela en Cuba ni en Europa. Vivió con ella dentro desde entonces y murió de otra cosa.Cosas cómicas también sucedían en torno a los duelos. Wifredo Fernández debía batirse con Loynaz del Castillo y como sería un lance con todas las consecuencias llevó a afilar su sable viejo y mohoso. El servicio le cuesta dos pesos con 50 centavos, le dijo solícito el amolador. Fernández no los tenía, pero no se amoscó por ello, y sin vacilar repuso: Mire, amigo, póngale peso y medio de filo, que es lo que tengo.(Fuente: Octavio Garcerán Laredo: El duelo. La Habana, ed. Lex, 1947. Con documentación de Gonzalo Sala)

           

Presidentes

Presidentes

Ciro Bianchi Ross 

¿Sabía  usted que la antigua provincia de Las Villas fue el territorio que más nombres aportó a la presidencia de la República de Cuba entre 1902 y 1959? ¿Que no hubo ningún camagüeyano que llegara a desempeñar la primera magistratura y que tres de los que lo hicieron nacieron en el exterior? ¿Que de los presidentes de Cuba seis fueron abogados y dos médicos, y que hubo incluso un graduado de Filosofía y Letras y dos ingenieros? ¿Que de los de extracción más humilde fueron los que más se amillonaron en el ejercicio del poder? ¿Conoce usted lo que el periodista Mario Kuchilán, hace muchos años en esta misma página, llamó “el sino de los Carlos”? Pues sí, entre 1902 y 1959, llamarse Carlos fue fatal para los presidentes cubanos.De estas y otras cosas estaré hablando en seguida.

BREVES Y BREVÍSIMOS

Hubo aquí presidentes constitucionales y otros que no lo fueron, y hubo también quienes ocuparon con carácter provisional la jefatura de la nación. Entre los primeros, Carlos Prío no llegó a completar el mandato de cuatro años, para el que fue elegido en 1948 porque se lo impidió el golpe de Estado que en el 52 dio Batista. Tampoco pudo completarlo Miguel Mariano Gómez, juzgado y destituido por el Senado siete meses después de su toma de posesión, en 1936. Estrada Palma, García Menocal y Gerardo Machado se hicieron reelegir, y las consecuencias fueron terribles. El primero se vio obligado a renunciar; Menocal, aunque retuvo el poder hasta el final, provocó con su actuación la llamada revuelta de La Chambelona, y Machado ya se sabe cómo acabó.De los mandatarios provisionales, Carlos Manuel de Céspedes duró 23 días en el cargo, y Grau San Martín en su primer período (1933-34) algo más de cien. Su sustituto, Carlos Hevia, fue presidente entre el 14 y el 18 de enero del 34, y Carlos Mendieta lo fue entre ese día y el 12 de diciembre del año siguiente, cuando cedió paso a José Agripino Barnet, que ocupó el cargo hasta el 20 de mayo de 1936. Andrés Domingo y Morales del Castillo fue, al amparo de Batista, presidente entre agosto del 54 y febrero del 55. Federico Laredo Bru asumió la magistratura al ocurrir la destitución de Miguel Mariano; su mandato, por tanto, tampoco fue completo.De esos presidentes breves, los brevísimos fueron el general Alberto Herrera y el periodista Manuel Márquez Sterling. El primero sustituyó a Machado el 11 de agosto de 1933 y no llegó a cogerle el gusto al cargo pues, siguiendo instrucciones de la embajada norteamericana, se lo traspasó a Céspedes al día siguiente. Márquez Sterling duró menos. Juró la presidencia al filo de las seis de la mañana del 18 de enero del 34 y la soltó a las 12 meridiano del propio día. La República estaba acéfala por la renuncia de Hevia y correspondía a Don Manuel como Secretario de Estado la sustitución reglamentaria hasta que Mendieta, impuesto por el entonces coronel Batista, asumiera.

ORIGEN, PROCEDENCIA

En Las Villas nacieron José Miguel Gómez y su hijo Miguel Mariano (ambos en Sancti Spíritus), Machado (Santa Clara), Herrera y Mendieta (San Antonio de las Vueltas) y Laredo Bru (Remedios). Curiosamente también eran villareños Manuel Urrutia (Remedios) y el cienfueguero Osvaldo Dorticós, que no entran en este recuento.En Matanzas (Jagüey Grande) nació Menocal. Pinareños eran Grau (La Palma) y Prío (Bahía Honda). Hevia y Alfredo Zayas nacieron en La Habana; el último de ellos en el Cerro. En Oriente, Estrada Palma (Bayamo), Batista (Banes) y Andrés Domingo (Santiago). Nacieron en el exterior Céspedes (Nueva York), Márquez (Lima) y Barnet (Barcelona).De esas 17 figuras —no se olvide que Grau y Batista ocuparon la presidencia en dos ocasiones diferentes—  tenían títulos de abogados Zayas, Céspedes, Miguel Mariano, Andrés Domingo, Laredo y Prío. Menocal y Hevia eran ingenieros, graduados ambos en Estados Unidos, el primero en Cornell y el segundo en Anápolis. Estrada Palma era graduado en La Habana, de Filosofía y Letras, y empezó a estudiar Derecho en España, pero abandonó la carrera cuando, a la muerte de su padre, regresó a Cuba, a fin de administrar el cuantioso patrimonio familiar, que le confiscarían durante la Guerra de los Diez Años. Grau y Mendieta eran médicos. Grau era un excelente clínico y tisiólogo, profesor de Fisiología de la Universidad de La Habana. Cuando asumió la presidencia por segunda vez, en 1944, pidió que se le hiciera la auditoria de sus bienes y el arqueo arrojó que su capital ascendía a 72 000 pesos. Antes de abandonar el cargo en 1948 solicitó otro inventario y su fortuna personal había descendido a 22 000. Declaró entonces que el haber estado apartado de la Medicina, durante cuatro años lo había empobrecido.José Miguel era bachiller y no continuó estudios universitarios porque se incorporó a las filas del Ejército Libertador durante la Guerra de los Diez Años. Machado y Batista no superaron la enseñanza primaria. Herrera provenía de las filas del Ejército. No consta en las biografías que tenemos al alcance que Barnet ni Márquez Sterling hicieran estudios superiores. El primero estuvo toda la vida en el servicio exterior de la República. El segundo ya a los 15 años era periodista.

APODOS, MATRIMONIOS, ETC.

A diferencia de José Miguel, Miguel Mariano, Grau, Mendieta... que nacieron en cuna rica, Machado tuvo un origen muy humilde y en un momento de su vida fue obrero agrícola. Batista se metió a soldado, que era una carrera para los pobres, y se sabe que Prío llegó a concurrir a la universidad con los pantalones remendados... Los tres se enriquecerían a costa del Tesoro de la nación.A Machado le apodaban El Mocho, porque perdió un dedo mientras trabajaba como carnicero en su región natal. A José Miguel le apodaron Tiburón,  por lo que mordía, y a Menocal, El Mayoral porque fue administrador del central azucarero Chaparra. A Zayas le decían El Pesetero, ya que se conformaba con poco siempre que la gota no dejara de caerle en el bolsillo. A última hora transó con Machado y se comprometió a ayudarlo a alcanzar la presidencia a cambio de cinco humildes milloncitos que recibiría en cuotas, de la Renta de la Lotería Nacional. Por cierto,  Zayas en algún momento recibió la encomienda de escribir una Historia de Cuba, y la República le pagó, por esa tarea un salario de 500 pesos mensuales hasta su muerte, en el 34. No parece que escribiera una sola línea. Volviendo a lo de los apodos, Mendieta era el Solitario de Cunagua, y a Batista, ávido de una popularidad que nunca tuvo, debía resultarle grato oírse llamar El Guajirito de Banes.Todos estos 17 presidentes estaban casados, menos Grau, que era un solterón empedernido. Dos de ellos contrajeron matrimonios con extranjeras; Céspedes con la italiana Laura Bertini, y Estrada Palma con Genoveva Guardiola, a la que pescó cuando fue director de Correos en la República de Honduras y Genoveva era la hija del Presidente hondureño.  De las Primeras Damas, la más bella fue sin duda Mary Tarrero, la mujer de Carlos Prío. ¿Qué hay del sino de los Carlos? Sucede, decía Kuchilán en sus fabularios, que ningún presidente con ese nombre llegó en Cuba a completar su mandato y salió de la presidencia como bola por tronera. Así le sucedió a Céspedes, a Hevia, a Mendieta y a Prío. Otro hubo de nombre Carlos que ni siquiera pudo tomar posesión, Carlos M. Piedra y Piedra, que el primero de enero de 1959 fue llamado al Campamento de Columbia y quiso hacérsele presidente en sustitución de Batista, por ser el magistrado más antiguo del Supremo. Pero el propio tribunal se negó a tomarle juramento y Piedra se la dejó en la mano al general Eulogio Cantillo y volvió a su casa.

      

El Capitolio

El Capitolio

Ciro Bianchi Ross

La gente del interior venía a La Habana y no quería volverse a su tierra sin visitar el Capitolio. El que podía, se fotografiaba con el Capitolio al fondo como testimonio imbatible de su estancia en la capital. Lo mismo hacían los extranjeros que visitaban la Isla. Entonces la sede del Congreso de la República estaba rodeada de hoteles de mayor o menor cuantía, pensiones y casas de huéspedes y como no existía la Terminal de Ómnibus, que se inauguró en 1952, las guaguas interprovinciales hacían en sus inmediaciones la primera y la última parada.No faltaban allí -no faltan tampoco ahora- los fotógrafos callejeros con sus cámaras antediluvianas que nadie sabe bien cómo funcionan; todo un engendro con servicios de revelado e impresión acoplados, ni las fondas de medio pelo ni los buenos restaurantes como El Palacio de Cristal, en la calle Industria, que fue en su tiempo el mejor de La Habana y que debió soportar el humillante y triste destino de quedar convertido en un taller para embalsamar animales.El café El Senado y el bar Capitolio eran puntos de cita obligados. Había bailes en el Centro Gallego y en la Juventud Asturiana y la música de los aires libres amenizaba la noche. Abundaban los establecimientos pequeños como La Barrita de Don Juan, frecuentada por el escritor  Núñez Rodríguez,  y el café de Lorenzo García, al lado del cine Capitolio, que servía a su dueño para tapar un lucrativo negocio de préstamos de dinero. En los altos de García vivía Agustín Rodríguez, autor del libreto de la zarzuela Cecilia Valdés y famoso sainetero del teatro Martí, que todas las mañanas a las cinco, antes de ponerse a escribir, buscaba la inspiración en media botella de ron Castillo.Eran los años en los que los hombres intentaban contener la caída del cabello con la aplicación de lociones como Calvifín, que comercializaba Gastón Baquero, y Manteca de Oso, de Ernesto Sarrá, y en los que a cualquier cubano de a pie le bastaba con ponerse una chaqueta para que se le franqueara el acceso al Capitolio. Entonces el Paseo del Prado y los alrededores del llamado Palacio de las Leyes eran lugares de moda. A ellos fue a parar todo lo que se movía en la capital hasta que en la década del 50.  La Rampa los desplazó.Aun así no se concibe a La Habana sin Prado ni Capitolio. Son símbolos de la ciudad, parte de su historia y su identidad.DINAMITAN LA CÚPULAEl área que ocupa el Capitolio perteneció a la Sociedad Económica de Amigos del País que fomentó en ella, a partir de 1817, un jardín botánico. El gobierno colonial español enajenó a la Sociedad la propiedad de ese terreno, y en 1835 se comenzó a construir allí la estación de trenes de Villanueva. Sacar a los ferrocarriles de una zona que iba convirtiéndose en la mejor de La Habana fue, en las décadas postreras del siglo XIX, un anhelo creciente de los habaneros. Se haría realidad en 1910 cuando, en un negocio fraudulento, el Estado cedió a la empresa de los Ferrocarriles Unidos los terrenos del viejo Arsenal, donde se levantó la nueva estación ferroviaria, y recibió a cambio los de Villanueva, en los que debía edificarse el Palacio Presidencial.Las obras de la mansión del Ejecutivo comenzaron respaldadas por un crédito de un millón de pesos y la construcción se paralizó al asumir la presidencia el general Menocal, en 1913.  Otros eran sus planes. Quería edificar el Palacio en los terrenos de la Quinta de los Molinos y el edificio recién comenzado quedaría como sede del Legislativo. Esa determinación obligó a hacer modificaciones sustanciales al proyecto original de los arquitectos Rayneri (padre e hijo) e impuso que se dinamitara la cúpula ya construida y que pesaba 1 200 toneladas métricas.Las obras se reanudaron en 1917, solo para que se interrumpieran dos años más tarde por falta de dinero, y en 1921 el presidente Zayas las suspendió definitivamente. Cuando en 1925 Machado llega a la presidencia encuentra el Capitolio a medio hacer y con aspecto de ruina.17 MILLONESEn Cuba las dictaduras lo han sido también de hormigón armado. Machado se propuso modernizar la capital cubana y, en cierta medida, el país, y se embarcó en un vasto y ambicioso plan de obras públicas. Bajo su gobierno se remodeló el Paseo del Prado y se trazó la Avenida de las Misiones, prosiguió extendiéndose el Malecón, quedó inaugurada la Carretera Central y se levantó la escalinata universitaria. Se construyeron el aeropuerto y el Hotel Nacional...Resultaba impensable que Machado y su megalómano ministro Carlos Miguel de Céspedes dejaran el Capitolio inconcluso fuera de su punto de mira. En 1926 se reanudaron las obras. Se aprovecharía lo ya construido, aunque el proyecto debió sufrir modificaciones innumerables. Los mejores arquitectos cubanos de entonces -Cabarrocas, Govantes, Otero, Rayneri, Bens...- y algunos extranjeros, como Forestier se volcaron sobre los planos, en tanto que la parte material era encomendada a la empresa Purdy and Henderson, contratistas norteamericanos que hicieron muy buenos negocios en el país con la construcción de la Lonja del Comercio, el edificio de La Metropolitana, el Hotel Nacional y los centros Gallego y Asturiano.El Capitolio ocupa una superficie total de 12 000 metros cuadrados y de ellos, 10 839 metros cuadrados son  área techada. Sus jardines tienen una extensión de 26 500 metros cuadrados.Datos que dio a conocer en su momento el periódico El Mundo revelan que en su construcción se emplearon cinco millones de ladrillos, más de tres millones de pies de madera, 150 000 barriles de cemento y 38 000 metros cúbicos de arena. También 40 000 metros cúbicos de piedra picada y 25 000 metros cúbicos de piedra de cantería, 3 500 toneladas de acero-estructura y 2 000 toneladas de cabillas.El edificio se inauguró de manera solemne el 20 de mayo de 1929. Había costado, se dice, 17 millones de pesos.LOS PASOS PERDIDOSSu cúpula es, por su diámetro y altura, la sexta del mundo. La linterna que la remata se halla a 94 metros del nivel de la acera, y en el momento de inaugurarse el edificio solo la superaban, en su estilo, la de San Pedro, en Roma, y la de San Pablo, en Londres, con 129 y 107 metros de alto, respectivamente.La escalinata monumental tiene en la cima dos grupos escultóricos. Uno simboliza El trabajo o El progreso de la actividad humana; el otro, La virtud tutelar del pueblo. Son obras del italiano Angelo Zanelli, autor del Altar de la Patria que en Roma forma parte del monumento al rey Víctor Manuel. También de ese escultor es la Estatua de la República que se destaca en el imponente Salón de los Pasos Perdidos, exactamente debajo de la cúpula. Su peso es de 30 toneladas y se eleva a una altura total de 14,6 metros. La República, en ella, está representada por una mujer joven que aparece de pie y cubierta por una túnica y lleva casco, lanza y escudo. Muy poco se sabe de la cubana que sirvió de modelo a esa escultura. A sus pies, empotrado en el piso espejeante, un brillante marcaba el kilómetro cero de la Carretera Central. Se afirma que la gema perteneció a una de las coronas del último zar de Rusia.Hasta 1958 muy pocas leyes genuinamente populares se votaron en este palacio de palacios que dio albergue al Senado y a la Cámara de Representantes. Desde sus ventanas se ametralló a la ciudadanía que, desarmada y jubilosa, celebraba equivocadamente la caída de la dictadura de Machado. Cuando el déspota cayó de verdad, el pueblo no saqueó el Capitolio, aunque si desfiguró a martillazos el rostro de Machado esculpido al relieve en el pórtico del edificio. Allí sesionó la asamblea que elaboró la Constitución de 1940. Después de 1959 fue sede de la Academia de Ciencias y hoy lo es del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente y ha abierto al público sus espacios principales. Bien merece esta página ese símbolo de la identidad y la historia de La Habana. .                

Cómo murió Lezama Lima

Cómo murió Lezama Lima

Ciro Bianchi Ross

  Nuestro escandaloso cariño te persigue

Y por eso sonríes entre los muertos.

            J. L. L. “Oda a Julián del Casal”

 

Hace algunos meses el realizador español Enrique Payás me entrevistó para el documental que, por encargo de una televisora española, filmaba en La Habana sobre José Lezama Lima. El diálogo, distendido y abierto, conducido con pericia por el entrevistador, perseguía que yo  contara todo lo humano y lo divino de mi relación con el autor de Paradiso a quien conocí personalmente en 1965 y al que, a partir de 1968, traté con asiduidad hasta su muerte, el 9 de agosto de 1976. Ya casi al final, Payás deslizó como al descuido esta pregunta: ¿Cómo murió Lezama? Quizás no había una segunda intención en ella –o tal vez sí-, pero me percaté de que esperaba, al menos, una respuesta espectacular.

            Ciertamente, mucho se ha especulado en el exterior sobre el asunto y aun aquí prevalece la confusión y no son pocos los que desconocen los pormenores de aquel lamentable suceso. Payás añadió que la prensa cubana no se había hecho eco del deceso, lo que es totalmente falso, pues los periódicos Granma y Juventud Rebelde publicaron el día 10 sendas notas sobre el fallecimiento del gran escritor cubano, atribuyéndoselo, como es cierto, “a una repentina enfermedad”. Precisaba con justeza la nota de Juventud Rebelde: “Los médicos que atendieron al distinguido hombre de letras hicieron todos los esfuerzos por salvar su vida…”

            Entre otros nombres, Lezama aludía a la muerte como “la gran enemiga”, y un día me dijo que quería que su epitafio fuera aquella frase de Flaubert que dice: “Todo perdido, nada perdido”. En algún momento posterior cambió de opinión y asoció, con mucha belleza, la idea de la muerte con la imagen del nacimiento. Por eso en la lápida que se colocó sobre su tumba en la Necrópolis de Colón se leen estos versos suyos: “La mar violeta añora el nacimiento de los dioses/ porque nacer es aquí una fiesta innombrable”.

HOY NO ESTOY PARA HOSPITALES

Lezama comenzó a padecer de una incontinencia urinaria y parece que en algún momento llegó a orinar sangre. Su médico, José Luis Moreno del Toro, lo atendió con esmero, pero el poeta se negó a internarse en un hospital cuando lo exigía el curso de su padecimiento. Vivía convencido de que los Lezama morían cuando ingresaban en una casa de salud. Así sucedió con su padre, su madre, su hermana Rosita… No sería esa, sin embargo, la enfermedad que lo mataría.

            El viernes 6 de agosto fue a visitarlo Alba de Céspedes, la escritora italiana de hondas raíces cubanas –era nieta del Padre de la Patria. Lo encontró muy desmejorado, abatido, ensimismado. Al día siguiente, de mañana, Alfredo Guevara, presidente del Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficos (ICAIC) en nombre del doctor Osvaldo Dorticós, Presidente de la República de Cuba, se comunicaba por teléfono con María Luisa Bautista, la esposa del poeta. Alba había informado en altas esferas del Gobierno acerca de la enfermedad del escritor. Guevara dijo a María Luisa que todo estaba previsto en el pabellón Borges, del hospital Calixto García, para recibir a Lezama, que lo esperaba el cuerpo médico en pleno y que una ambulancia había salido ya a buscarlo.

            En efecto, conversaban todavía Guevara  y María Luisa cuando el vehículo aparcaba frente a la casa de Lezama. Pero Lezama se negó a salir de su casa. Dijo: “Hoy no estoy para hospitales; mi mente no está acondicionada aún para la mudanza”.

            Ese mismo día 7 se cae en su casa. María Luisa, muy debilitada ya por sus dolencias cardiovasculares, logró, no se sabe cómo –Lezama pesaba unas 300 libras- incorporarlo. El poeta tuvo fuerzas para responder y, apoyado en su esposa, caminó hasta la cama. Allí se desplomó, quedó tendido de tal manera que María Luisa debió buscar la ayuda de dos transeúntes ocasionales para que lo acomodaran en el lecho.

            El domingo 8 volvió la ambulancia. Ya en el hospital, le diagnostican una pulmonía y se decide someterlo a tratamiento intensivo. Lezama, muy intranquilo, estuvo consciente hasta las ocho de la noche. Después cayó en un letargo y a las dos de la mañana del lunes 9 era ya cadáver. En opinión del doctor Moreno las veinte y cuatro horas perdidas fueron fatales. Lezama decía que su padre había muerto de una “tonta” pulmonía. Otra “tonta” pulmonía se lo llevaría a él también.

RUEGA POR NOSOTROS

Parece que Virgilio Piñera llegó a verlo con vida. Roberto Fernández Retamar acudió al hospital tan pronto supo que su amigo se hallaba internado.

            -Fíjate que te trajeron a la sala Borges, que es la de los buenos poetas… a los malos los llevan a la sala Sánchez Galárraga –dijo Retamar jugando con los nombres de Jorge Luis Borges, el gran escritor argentino, y Gustavo Sánchez Galárraga, un poeta cubano de cuarta fila. De todas formas, el pabellón José Elías Borges era, en 1976, la instalación insignia de la salud pública cubana; en ella, en 1972 ó 1973 estuvo recluida la esposa de Lezama.

            Escribe Retamar en su vívido testimonio sobre el poeta: “A pocas horas de morir, al anochecer, hablé con él por última vez. Me confesó que se sentía mejor, y hasta halló ánimo para bromear conmigo: “Cuando creían que había descendido a la mansión del Hades, me encuentran en Guanabacoa bailando una rumba”.

            El velatorio fue en el tercer piso de la funeraria de Calzada y K, en El Vedado. Allí estaban sus amigos de siempre: Cintio Vitier y Eliseo Diego con sus respectivas esposas, las hermanas Fina y Bella García Marruz, monseñor Ángel Gaztelu, Octavio Smith, René Portocarrero, que lloraba como un niño. También, entre otros que anoté, Alicia Alonso, Raúl Roa  y su esposa, la doctora Kourí, y el caricaturista Juan David. El ensayista Ambrosio Fornet, los diseñadores Umberto Peña y Félix Beltrán, y  el pintor  Adigio Benítez. Los poetas Ángel Augier, Naborí, César López, Luis Marré y los jóvenes que entonces se nucleaban en torno al mensuario cultural El Caimán Barbudo. Los novelistas Reynaldo González y Edmundo Desnoes, el ensayista Prats Sariol y el fotógrafo Chinolope. Estaban, además, Heberto Padilla, Belkis Cuza Malé, Manuel Díaz Martínez, Norberto Fuentes y José Triana y su inseparable Chantal. La periodista Loló de la Torriente, el poeta peruano Winston Orrillo, el narrador uruguayo Mario Benedetti…

            Cintio Vitier despidió a Lezama al pie de su tumba. Lo llamó “cubano ejemplar”, un hombre que con su labor cultural levantó en la República un fortín en medio de las ruinas, e invocó, para concluir, el ángel de la Jiribilla: “Ruega por nosotros. Y sonríe. Obliga a que suceda. Enseña una de tus alas, lee. Realízate, cúmplete. Sé anterior a la muerte”.

            Lezama había esperado con ansiedad, día tras día, la llegada de un ejemplar del primer tomo de sus Obras Completas publicadas en México por la editorial Aguilar. El libro en cuestión llegó a La Habana el mismo día de su entierro.

            Cuando María Luisa regresó del cementerio a la casa de la calle Trocadero e introdujo la llave en la cerradura y empujó para entrar, la puerta se vino abajo.

            Su último poema lo había escrito Lezama unos meses antes. Toda su obra la escribió para llenar una ausencia, buscar una compañía insuperable. “El pabellón del vacío” es el título de ese poema. Dice al final:

            Me duermo. En el Tokonoma

            evaporo el otro que sigue caminando.

            José Lezama Lima sigue caminando en su obra.

           

 

Peonías

Peonías

Ciro Bianchi Ross 

Cuando pienso en la peonía recuerdo aquellos collares con que los milicianos bajaban de las montañas del Escambray, a comienzos de los 60,  luego de haber participado en la lucha contra las bandas contrarrevolucionarias. La peonía es, en efecto, un bejuco leguminoso medicinal que en Cuba florece en diciembre (flores blancas o rojas, en espiga) y echa unas vainas en racimo que contienen granos esféricos, duros, lustrosos y de color rojo vivo con un lunar negro, que son muy solicitados para adornos.

            Peonía es una voz que además designa en América al pedazo de tierra que por su menguada extensión puede labrarse en un día y, en otras latitudes,  identificaba asimismo a las  parcelas que luego de la conquista de un territorio se otorgaban a los soldados de a pie.

            Pero no es de ninguna de esas peonías de la que estaré hablando enseguida, sino de la planta de la familia de las ranunculáceas (familia a su vez de las dicotiledóneas) que tiene hermosas flores grandes de bello color carmesí.

No suponga el lector que le endilgaré una clase de Botánica. Lo que trae hoy la peonía a esta página es que en 1906, hace ya casi cien años, un científico austriaco aterró a los cubanos con una predicción terrible: entre el 15 y el 16 de mayo de ese año la Isla desaparecería a consecuencia de catastróficos temblores terrestres  y marítimos. Así, decía, lo vaticinaba la peonía. Según sus estudios, acometidos tanto en Viena como en Londres, ciudades en las que sostenía centros de investigación, las hojas de esa planta se enroscaban sobre sus tallos tan pronto se avecinaban movimientos anormales  en la tierra o en el mar.  

En uno de los artículos de costumbres  que el historiador Emilio Roig de Leuchsenring escribió, en los años 30, para la revista Carteles, de La Habana, bajo el seudónimo de El Curioso Parlanchín, se recrea esta sabrosa historia. De ahí la tomamos.

OPINIONES DIVIDIDAS

El doctor Nowack, que así se nombraba el personaje, llegó a La Habana en febrero de 1906 y predijo el cataclismo en cuanto pisó tierra.  Enseguida se dividieron las opiniones. El periódico La Lucha tomó en serio el vaticinio del vienés, difundiéndolo y calorizándolo, mientras que otro periódico, El Mundo, lo tiraba a broma,  y el Diario de la Marina lo combatía muy seriamente oponiéndole las aseveraciones del padre Gangoitia, director del Observatorio de Belén, el único que había entonces en la Isla.

            A nivel popular manifestábase la misma reacción ante Nowack y su peonía. Los más, no le hacían caso, pero muchos, los de mayores posibilidades económicas, por supuesto, salieron del país a fin de salvarse de la tragedia anunciada y muchos más vivieron agobiados por la preocupación.  El caso es que el asunto se convirtió en tema de conversación obligado  en todos los lugares y para todos los sectores y la prensa informaba de los avances de los experimentos del profesor con las peonías sembradas en una quinta de Guanabacoa, propiedad de un tal Tariche.

            Nowack, sin duda alguna,  se tomaba en serio su descubrimiento. Era miembro de una noble familia vienesa que perdió su patrimonio a causa de las investigaciones del profesor. En un libro había recogido sus observaciones sobre la peonía y modo de cultivarla y en sus dos institutos laboraban decenas de personas ansiosas de confirmar de una vez y para siempre la hipótesis de que era posible predecir los cambios del tiempo por las alteraciones que sufriera esa planta.

            En Europa había tenido tantos detractores como simpatizantes y no faltaban los dispuestos a certificar la exactitud con la que, peonías por medio, Nowack era capaz de pronosticar el estado del tiempo. El príncipe de Gales incluso, durante una visita a Viena en 1888, se interesó en el asunto y dispuso que en el Jardín Botánico de Londres se estudiaran las propiedades meteorológicas de la peonía. Dos años después, sin embargo, el director de esa institución daba a conocer la nulidad de la investigación: la planta no servía para predecir  el tiempo.

ALARMA DESDE VIENA

Aunque todo esto, con mayor o menor detalle, fue de conocimiento en La Habana de la época, el doctor Nowack continuaba sus investigaciones en la quinta de Guanabacoa y la fecha de su anunciada catástrofe se hacía cada vez más cercana.

            El 26 en abril, en su famosa columna “Actualidades”, del Diario de la Marina, escribía su director, don Nicolás Rivero, primer Conde del Rivero: “Desde ayer, gracias al doctor Nowack y a La Lucha, que publicó sus predicciones, no se habla de otra cosa que del próximo temblor terrestre o marítimo que habrá se sentirse con más o menos intensidad en nuestro litoral del 15 al 19 de mayo… Desde ayer no cesa de funcionar nuestro teléfono y llueven sin cesar recados y cartas en esta redacción… Las familias están alarmadas… En las casas del Malecón y en las del Vedado nadie duerme de noche. Se nos pide que digamos algo para tranquilizar los ánimos…”

            Así las cosas, otro periódico,  el Diario de la Familia añadió más leña al fuego de la alarma ciudadana al publicar en su edición del día 27 un despacho cablegráfico fechado supuestamente en Viena y que daba cuenta de que el Observatorio de esa ciudad anunciaba que muy pronto La Habana sería asolada por un terremoto.

            Llegado a este punto, la Secretaría de Estado (Cancillería) pidió al cónsul cubano en Viena que de manera urgente remitiera informes sobre el doctor Nowack y sus peonías, y el padre Gangoitia, desde el Observatorio de Belén, trataba de calmar a los habaneros asustados. Declaraba a la prensa: “El mes de mayo de 1906 en La Habana será poco más o menos como los que han pasado… La ley que rigió en los 48 mayos precedentes no ha sido suspendida en el presente… Los fenómenos van hasta resultando al revés del pronóstico.”

            La revista El Fígaro, por su parte, pese a la inminencia de la supuesta tragedia, tiraba a bonche a Nowack y a sus peonías y después de presentar de manera satírica a una pareja que esperaría en la cama y amándose con pasión la destrucción  de la ciudad y el fin  de los tiempos, abordaba la actitud de los fuertes y supermachos, indiferentes a la predicción. “¿Temblores, inundaciones? –decían.  Bueno, de algo hay que morirse y, por si acaso, dejemos de pagar el alquiler”.

            Porque algo de esto hubo también en esos días de pánico a juzgar por la denuncia que el capitán Inchaústegui  interpuso en un juzgado correccional contra el doctor Nowack. El aludido, que era además abogado, acusó al profesor de ser el responsable de que las familias abandonaran el Vedado, dejando las casas vacías, y de que los alquileres y el valor de los inmuebles se hubiesen derrumbado en la zona.

            Roig de Leuchsenring, en su artículo de Carteles, añade que en esos días en la popularísima montaña rusa del recién inaugurado Palatino Park “el doctor Nowack, sus predicciones y las peonías sirvieron mil y una veces de pretexto para que los novios, ante la perspectiva de la cercana  catástrofe, se entregaran muy sabrosamente al rascabucheo”.

            Así llegó el 15 de mayo y transcurrieron los días 16, 17, 18 y 19 y no pasó nada, y el doctor Nowack se fue de Cuba como vino, con sus peonías a otra parte. Pero el cataclismo natural, que no existió, dejó paso a ese siniestro político que fue la segunda intervención militar norteamericana en Cuba  que se prolongaría durante los tres años siguientes.

            Sin embargo,  quizás el profesor vienés, con peonías o sin estas,  no anduviese tan desacertado pues ese año de 1906 fue el de los terremotos de San Francisco de California, en Estados Unidos, y Valparaíso, en Chile, este con su saldo de 1 500 víctimas, y en Cuba, el de un violento huracán que entre el 17 y el 18 de octubre atravesó La Habana,  ocasionó muertes y daños cuantiosos en toda la zona occidental y central, desde Pinar del Río hasta Las Villas, y puso los pelos de punta al pinto de la paloma.

           

  

 

    

Un Cristo demasiado humano

Un Cristo demasiado humano

Ciro Bianchi Ross

 

Se cuenta que un día un forastero llegó a Matanzas – un caserío entonces de menos de 40 viviendas de arcilla y embarrado y un templo igualmente modesto- y pidió albergue a una familia. Dijo a la dueña de la casa que era carpintero y ella le comentó que podía pagar el hospedaje con una talla del Santo Cristo. Aceptó el recién llegado la propuesta y se encerró en la habitación que le destinaron. Pasaron los días y como el huésped no se dejaba ver ni se advertía en su pieza la más mínima señal de vida, la señora, con el auxilio de varios vecinos, descerrajó la  puerta. El visitante se había esfumado como por arte de magia, pero dejó una imagen formidable del Dios-Hombre que, si bien  carecía de peana y cruz, tenía los brazos abiertos y las manos ensangrentadas.

            La mujer confesó que no había en la habitación madera alguna para tallar la hermosa imagen, que el forastero no introdujo en ella herramienta  para tallarla ni se escuchó en esos días un  martillazo ni un golpe de escoplo. Tampoco cabía la posibilidad de que el huésped hubiese traído la imagen de otro sitio. Su extraño aspecto y lo exótico de su vestimenta, que revelaban a las claras que no era del país, llamaban tanto a la desconfianza que la señora había hecho vigilar la habitación desde que el viajero entró en ella…

            ¿Era un milagro? ¿El propio Cristo, de paso por Matanzas, talló su imagen? No existía otra respuesta que la de caer de rodillas ante el Aparecido, que bien pronto los matanceros empezaron a llamar El Señor de la Misericordia.

            El Cristo de La Habana no tiene, por supuesto, la aureola milagrosa del Cristo que todavía se adora en la iglesia de San Carlos de la ciudad de Matanzas, a unos cien kilómetros al este de la capital de la Isla y prácticamente a las puertas del balneario de Varadero. Mirándolo bien, el origen del Cristo habanero es bastante sombrío, pero lo matiza una anécdota simpática.

            Cuando el 13 de marzo de 1957, en horas de la tarde, un grupo de revolucionarios asaltó el Palacio Presidencial con la intención de ajusticiar al dictador Fulgencio Batista, la Primera Dama de la República prometió que si su esposo escapaba con vida mandaría a erigir una imagen de Cristo que pudiese ser vista desde cualquier rincón de la ciudad. La escultura en cuestión se inauguró el 25 de diciembre de 1958, a una semana escasa de la fuga del dictador y del triunfo de la Revolución.  Esa ceremonia debe haber sido el último acto público en que participó Batista.

            Cuando la escultora Jilma Madera recibió la encomienda de acometerla –y aquí viene lo cómico- utilizó de modelo a su amante de aquellos días. Es muy varonil la apariencia de este Cristo, con los brazos musculosos, las manos fuertes, la mirada desafiante, el mentón activo, los labios sensuales. Un Cristo cubanísimo, en todo caso, que mira a la ciudad desde el otro lado de la bahía, con la mano izquierda sobre el pecho y la otra en actitud de bendecir.

SITIO DE PREFERENCIA

Se trata de una escultura colosal de quince metros de alto y colocada sobre un pedestal de tres. Como se emplazó en una colina entre la fortaleza de San Carlos de la Cabaña y el área del Instituto de Meteorología, alcanza una altura total de setenta y nueve metros sobre el nivel del mar, lo que la hace visible desde muchos sitios de la capital. Por su ubicación, recibe y despide a todas las embarcaciones que entran y salen de la rada habanera. Esculpida en mármol de Carrara, se le considera la más alta y una de las de más volumen, en su tipo, en Cuba y el Caribe y, sin duda, la mayor que ha salido de las manos de una mujer para ser exhibida al aire libre.

            Jilma Madera cursó estudios en la Escuela de Bellas Artes de San Alejandro, en La Habana, y fue alumna allí del famoso escultor Juan José Sicre, el creador de la imagen de José Martí que se alza en  la Plaza de la Revolución. Esculpió el Cristo en Italia. Aunque se sintió siempre muy orgullosa de esa pieza, nunca fue remisa a confesar que su obra más emotiva es la del busto de Martí que, por iniciativa de Celia Sánchez, heroína de la Sierra Maestra y colaboradora cercana de Fidel, se colocó, a comienzos de los años 50, en la cima del Pico Turquino, la montaña más alta de Cuba.

            Conocí a Jilma en 1960, cuando la escultora se acercaba a su madurez vital. Impartía clases entonces en una escuela de la barriada habanera de Lawton y, aunque mantenía su taller, lucía bastante alejada de los círculos artísticos de entonces. Cautivaba por su aura creativa, su conversación vivaz, el rostro enigmático y extrañamente atractivo con aquellas cejas densamente pobladas en una época en la que las mujeres se las entresacaban con esmero o las depilaban casi hasta hacerlas desaparecer; su desenvoltura, su risa desfachatada. Yo era un adolescente y ella provocaba la impresión de ser una mujer que lo había probado todo y mucho más, pero que, lejos de estar de vuelta, seguía  abierta a lo que viniera.

            Poco después la perdí de vista, pero volví a visitarla en los 80. Ya era una mujer bastante mayor –se casaría una vez más poco después- pero viva y plena. Me dijo que la vista le había jugado una mala pasada y que eso la obligó a abandonar definitivamente la escultura. Poco antes de su muerte, sin embargo, sorprendió a la crítica y al público con una muestra de sus piezas en pequeño formato.

            Hoy, a cuarenta y ocho años de su inauguración, el Cristo de La Habana, obra de Jilma Madera, sigue ahí. Los habaneros hicieron de la explanada donde está emplazado un sitio de preferencia para la intimidad y la distracción en tardes y noches movidas por la brisa que llega desde el mar cercano, mientras la imagen,  varonil y sensual,  levanta su mano derecha en actitud de bendecir.

           

María Félix, fría y distante en La Habana

María Félix, fría y distante en La Habana

Ciro Bianchi Ross

 

Buscando en crónicas de hace más de cincuenta años, en periódicos apolillados y fotos descoloridas, el cronista reconstruye un momento de María Bonita en La Habana: un hecho insólito y lamentable cuando una cálida mano masculina provocó el estremecimiento de su cuerpo maravilloso de mujer fatal.

            Lo cuenta el poeta Nicolás Guillén en una de sus crónicas: “¡Qué Sarah Bernhardt en sus buenos tiempos, ni qué Raquel Meyer en los suyos! ¡Qué Pastora Imperio, ni Matilde Moreno, ni la Mayendía, ni la Barrientos, ni toda la corte terrestre o celestial de tiples, bailarinas, pugilistas, toreros, tenores, actrices de rango o canzonetistas de cartel prefabricado! La Habana olvidó por unos momentos sus urgentes ocupaciones y galopó hacia el aeropuerto de Rancho Boyeros. Desde las 12 del día hasta la llegada de María Bonita, la sudorosa comitiva fue engrosando sin cesar; llenó los amplios salones de recibo, se desbordó luego por la pista de aterrizaje hasta donde las fuerzas de la policía pudieron permitirlo;  invadió las azoteas aledañas y aún se alineó en la carretera, bajo un sol que dejaba caer barretas encendidas…”

            Escribe un cronista social de aquellos días: “Llegó deslumbrante. La  sonrisa, al aparecer en la escala del avión, iluminó todas las bocas. Fue una exclamación unánime y espontánea: ¡Qué bella es! Cuando nos hicieron la gracia de pasarnos, la pista estaba invadida. Invadida de público. En su mayoría dignísimo, discreto, curioso de ver de cerca la espléndida belleza mexicana que nos visitaba. Pero, ¡ay!, había de todo en aquella vorágine humana. Había de todo. ¡De lo peor también! ¡Hasta carteristas!”. Vuelve Nicolás Guillén: “Y no solo carteristas –añadiremos por nuestra cuenta y por cuenta de María Félix-. Ello fue cuando esta apenas había dado unos pasos, detúvose pálida y confusa. Luego enrojeció hasta la raíz del cabello. ¡Pero es imposible!, murmuró al cabo. ¿Qué había ocurrido? Algo insólito y lamentable. Aprovechando la jadeante confusión, una cálida mano masculina se deslizó de modo inconveniente por el cuerpo de la artista, que apenas pudo reprimir un grito de asombro, pero que por supuesto no reprimió su desagrado”.

            Comenta Ramón Vasconcelos –la llamada pluma de oro del periodismo cubano- en su periódico Alerta: “Se cuentan cosas que nos ridiculizan y deprimen. Con el pretexto de conservar souvenirs suyos, hubo quienes le tiraron del cabello, quienes intentaron arrancarle pedazos del traje, llevarse un adorno a viva fuerza; y lo que es más bochornoso, hacerla objeto de exploraciones groseras…”

            ¿Qué ocurrió? Digámoslo de una vez. Un hecho infame y oprobioso. A María Félix le habían palpado el glúteo en plena pista de aviación. Era el mes de octubre de 1950, y María Bonita, La Doña, estaba por primera vez en La Habana.

MÍRENME

Ya en el edificio de la terminal aérea conversó con la prensa. Venía en viaje privado y con la intención  de descansar. Había reservado una suite en el Hotel Nacional y, aunque le llovieran invitaciones, ella solo quería dormir en paz. El presidente Carlos Prío, al día siguiente de su llegada, la recibió en el palacio de gobierno. Y pronto se supo que veinte y cuatro horas después ofrecería un coctel en su honor. Alfredo Hornedo, “el muy ilustre senador Hornedo”, como se le llamaba siempre en El País, un periódico de su propiedad, la invitó a una cena de gala en su club Casino Deportivo. La Doña no acudió a la cita con Hornedo y, con la justificación de un malestar repentino, le dejó servido el champán a Prío, cuya esposa, Mary Tarrero, imitaba sin recato, se decía, a la actriz mexicana, lo que no necesitaba hacer en absoluto porque fue una de las mujeres más bellas de Cuba.

            Acudió, sí, al cabaret Tropicana. Escribe, a propósito, Nicolás Guillén en su crónica: “Cuando apareció, deslumbrante de belleza, pasada ya la media noche, y tomó asiento frente a una mesa espléndidamente preparada para ella, el gran mundo allí reunido la saludó con una tempestad de aplausos y exclamaciones. Muchas voces le suplicaban que saliera a la pista a decir algunas palabras, no ya de gratitud, sino de mera cortesía, pero se negó en redondo. La audiencia se rompía las manos aplaudiendo y enronquecía gritando… Nada. Intervino entonces el empresario de María Bonita […] y solo consiguió que la artista se pusiera de pie y saludara fugazmente con una sonrisa lejana, como desprendida de Sirio, a la concurrencia alborotada.

            En el teatro América no la haría  mejor. Subió al escenario y dijo solamente: “Mírenme”.  Pero  el público allí congregado pudo mirar y admirar a su antojo a María Félix en su triunfante imagen de hembra en celo, con aquellos ojos negros y grandes, la boca pulposa, las caderas firmes y altas, los senos discretos, los muslos poderosos.

            Pese a tanto calor y color, La Doña, al igual que lo hacía en México, se mostró en La Habana fría y distante, transcurrió en un limbo estratosférico e inalcanzable, sin importarte que la opinión pública se mantuviera en vilo con su presencia y pendiente de su altivez y sus silencios.

            Recuerda Guillén: “¿El béisbol con su eterna rivalidad entre rojos y azules, el Habana y el Almendares? ¿El billar, con la victoria de Hoppe, el campeón mundial de los tacos, sobre Mundito Campanioni, nuestro campeón nacional?  ¿La política, con el desenfrenado duelo entre Chibás, líder oposicionista, y el doctor Varona, jefe del Gobierno, tan lleno de insultos patibularios, dicho sea con perdón de los señores reos de muerte? ¿Las finanzas, con el empréstito de 200 millones de dólares que el presidente Prío quiere que el pueblo le cuente como strike, cuando es una bola baja y afuera? ¿El orden público, en fin, con un plante de dimensiones gigantescas en la cárcel de La Habana, donde los presos insubordinados pasearon como dramática bandera el cadáver todavía tibio de un recluso muerto a palos por los escoltas? Pues no, señores… Todo es apenas una dulzona melcocha informativa frente al plato de subido condimento que con su presencia nos sirvió la felina hembra mexicana…”

USTEDES DIRÁN

Con los periodistas fue más amable, si bien se hizo esperar durante una larga hora con doce minutos para comparecer en la conferencia de prensa que se había convocado. El escritor Orlando Quiroga, que entonces quería ser periodista –y lo fue, y muy bueno, en el mundo de la farándula- recuerda en sus memorias aquella tarde y dice que María entró al salón sin mirar a los reporteros que la aguardaban y sin dar excusas por su tardanza. Levantó aún más la ceja cuando abrió su pitillera de oro, sacó un cigarrillo largísimo, dejó que alguien se lo encendiera con un mechero también de oro, cruzó las piernas con elegancia, y, tras una bocanada como las de Pedro Armendáriz, ordenó: “Ustedes dirán…”

            La acosaron a preguntas, algunas de las cuales la actriz respondió con un seco “eso no interesa”. Habló de sus proyectos cinematográficos;  de su hijo; de su relación con Agustín Lara quien, enamoradísimo, le había dedicado aquello de “acuérdate de Acapulco, María Bonita, María del alma…” Expresó su concepto sobre la belleza y confesó su preferencia sobre el alacrán, “un animalito que me entusiasma y que los indios amaestran en México”. Dijo también que le gustaba el azul. Rectificó a una periodista que alabó su bello vestido mexicano. “Pues no, es un bello vestido cubano”.

Quiroga la había esperado a la entrada de la sala de conferencias para pedirle una fotografía. No lo miró desde su altura. Con la ceja levantada y el talle cimbreante –se decía, recuerda Quiroga, que se había hecho operar las dos costillas inferiores para hacerlo más fino- le dijo con voz hombruna: “Pídasela a mi secretaria”. Muchos años después, Quiroga le escribió a México: “Soy aquel jovenzuelo que un día le pidió una foto en el Hotel Nacional. Ahora tengo muchos años más, como usted, y le agradezco aquel gesto de ceja alzada, porque si me hubiera sonreído, me habría desilusionado”.

Precisa Nicolás Guillén: “María Félix ha sido toda una enseñanza para el desbordante temperamento de los criollos antillanos; un modelo de contención casi polar. Cuando pase otra vez por La Habana seguramente encontrará los ánimos más templados, los aplausos menos propicios, las invitaciones más restringidas y hasta -¿por qué no?- las manos que se atrevieron a provocar un estremecimiento en su maravilloso cuerpo de mujer fatal, menos agresivas y exploradoras”.

Volvió dos veces más y así fue, en efecto.

Cuba está preparada contra la fiebre aviar

Cuba está preparada contra la fiebre aviar

Ciro Bianchi Ross

 

Los cubanos  Gustavo Kourí y María Guadalupe Guzmán han hecho con  relación al dengue aportes universales en el  estudio de esa enfermedad, y piensan que  en torno a la fiebre aviar se ha desatado un clima de histeria que solo beneficiará al mercado

 

El profesor Gustavo Kourí, director del Instituto de Medicina Tropical (IPK) de La Habana, y vicepresidente de la Academia de Ciencias de Cuba, es conocido internacionalmente por sus investigaciones en torno al dengue, tema en el que, junto a su esposa, la profesora María Guadalupe Guzmán, ha hecho no pocos aportes a nivel mundial, afirma que en torno a la fiebre aviar hay mucha histeria y un interés de mercado.

-La fiebre está limitada a las aves. El temor es que el virus H5N1, que la provoca, haga una mutación, se adapte al hombre y el hombre lo trasmita al hombre. Ese es un peligro real, pero que todavía está por verse. Lo cierto es que en cuanto a la fiebre se ha creado un clima de histeria que solo beneficiará al mercado. Cada tableta del medicamento que la combate cuesta dos dólares con diez centavos y se necesitan no menos de diez tabletas para el tratamiento, y cuando al fin se obtenga la vacuna en la que se trabaja, solo los ricos podrán adquirirla. ¿Cuántas personas del Tercer Mundo tendrán acceso a la vacuna? ¿Cuántas podrán pagar el medicamento?

Desde su aparición, hace dos años, la fiebre aviar se extendió por ocho países y mató a 103 personas. Se habla mucho sobre ella y nada se dice, sin embargo, precisa el doctor Kourí, “acerca de la influenza, una enfermedad perfectamente evitable por vacuna y que aun así causa cada año 3,9 millones de muertes en el mundo”. Se pregunta: “¿Por qué nada se dice sobre ella?

-La influenza, el sarampión, la malaria, la tuberculosis, las diarreas y el sida son responsables de 14 millones de muertes anuales en el planeta. Recalco: 14 millones de muertes. La mayor parte de ellas son evitables. Hay vacunas contra la influenza, como ya dije, y contra el sarampión; también la hay  contra la tuberculosis, que cuenta con medicamentos eficaces para combatirla y que es una enfermedad que retrocede en cuanto mejoran las condiciones sociales. Existen medicamentos contra la malaria,  las enfermedades diarreicas responden a la asistencia médica y en cuanto al sida, sabemos que  medicamentos y estilos de vida adecuados  retardan la aparición de los síntomas de la  enfermedad y prolongan la vida del enfermo una vez que aparecen. Los ricos pueden pagar vacunas y tratamientos y como los que mueren son los de abajo, muy poco se habla de la mayoría de estas enfermedades.

AGRESIÓN BIOLÓGICA

Si el profesor Kourí tuvo una vocación muy definida por la Medicina desde su infancia –es hijo del eminente investigador Pedro Kourí, creador del Instituto de Medina Tropical que lleva su nombre- su esposa, la profesora Guzmán, tardó en decidirse por esa carrera, y no lo hubiera hecho de tener la posibilidad de matricular Pedagogía o Idiomas. Pero ya en ella no tardó en inclinarse hacia la investigación, no la que propicia la asistencia médica, sino la de laboratorio. Desde 1994 dirigió en el IPK el área de Virología hasta que recientemente pasó, con igual responsabilidad, al área de Dengue dentro de la propia institución. El año pasado ella fue una de los doce científicos que la prestigiosa revista norteamericana Ciencia escogió para publicar su biografía. Es ese un hecho consagratorio.

            Las áreas de Dengue, de Tuberculosis, de Control de Vectores y de Otras Enfermedades Virales son en el IPK centros colaboradores de la Organización Mundial y de la Oficina Panamericana de la Salud (OPS/OMS). El periodista se interesó en conocer cómo se traduce esa colaboración.

            -Los estudios sobre dengue empezaron en Cuba hace mucho tiempo –responde la doctora Guzmán. En 1977 apareció el dengue tipo 1 en las Américas. Entró por Jamaica y un sacerdote o misionero lo trajo a nuestro país, en específico, a la ciudad oriental de Santiago de Cuba. En los dos años que duró el cuadro de esta enfermedad se reportaron en la isla más de 500 000 enfermos. Enfermos no son todos los que se infectan y estudios serológicos evidenciaron que se infectaron entre cuatro y cinco millones de personas, esto es, la mitad de la población cubana. Eso nos preparó negativamente para lo que vendría después. En efecto, en 1981 se desata aquí una epidemia de dengue tipo 2, introducida de manera premeditada como parte de la política de hostigamiento –político, económico, militar-  de Washington contra La Habana y que adquirió entonces la característica de una agresión biológica. En cuatro meses el dengue 2 causó más de 10 000 enfermos graves y la muerte de 158 personas, niños en la mayoría de los casos. No se reportó otro brote hasta 1997, en Santiago: hubo otro en el 2001, y uno más en fecha más reciente.

            Precisa la profesora Guzmán que el dengue puede pasar asintomático o con un cuadro clínico benigno –fiebre, dolor de cabeza…- o puede provocar el cuadro grave de la enfermedad o dengue hemorrágico, nombre con que se le identificó en Tailandia, que es su cuna, aun cuando no curse por lo general con grandes hemorragias. Se identifican cuatro tipos dengue, que responden a igual número de cepas.  

            Hasta la epidemia del 81 en Cuba, los investigadores que estudiaban esta enfermedad en el mundo no sabían bien si el enfermo podía desarrollar un cuadro grave de dengue cuando sufría una segunda infección por el virus. Las opiniones se dividían. Especialistas del IPK, encabezados por los profesores Kourí y Guzmán, llegaron a la conclusión, después de esa epidemia, que una segunda infección es un factor muy grande de riesgo de padecer dengue hemorrágico; lo que no equivale a decir, apunta Guzmán, que no   todo el que sufra de una segunda infección padecerá de dengue hemorrágico, pero sí que el que lo padece es porque tuvo infecciones anteriores por dos cepas diferentes del virus.

            -El papel de la infección secundaria es una de las grandes observaciones y confirmaciones de Cuba al estudio del dengue. Otro aporte es el de que, una vez infectado el individuo,  el riesgo de dengue hemorrágico puede durar 24 años y más. Otro: el blanco es más propenso a la enfermedad que el negro. O el blanco tiene genes que lo hacen sensible o el negro tiene genes de resistencia. Hay factores genéticos en el dengue y en su estudio se trabaja en Cuba y otros países. Llegamos además a la conclusión de  que  personas con antecedentes de diabetes, asma o siklemia son más proclives al dengue hemorrágico que las que no los tienen. Ese es otro de los aportes cubanos y que se traducen en la colaboración que prestamos a organizaciones internacionales de la salud.

            Agrega la profesora Guzmán que en el 2001 circuló en la Ciudad de La Habana el dengue tipo 3. En ese momento, lógicamente, todavía vivían muchos de los que se infectaron con el dengue tipo1 en el 77 y de los que en el 81 se infectaron con el dengue tipo 2. Por tanto, muchas personas  pudieron padecer el dengue 1 o el dengue 2 y luego el dengue 3. Expresa: “La secuencia de infección 1-3 parece ser más riesgosa que la de 1-2”.

            -En Cuba el dengue tiene un comportamiento muy particular. Viene la epidemia y las autoridades sanitarias la enfrentan y la eliminan. Pero cuando nos movemos hacia regiones donde el dengue es un serio problema de salud encontramos que las cuatro cepas circulan el año entero. Es  muy difícil precisar entonces con cuál de esas cepas y cuándo un individuo se infectó antes. De ahí que resulten importantes las claridades aportadas por Cuba en cuanto a las secuencias de infección, así como la observación que pudimos hacer cuando la epidemia de dengue 2 en Santiago. Comprobamos allí que el virus fue cambiando. Cómo influye ese cambio en la evolución de la enfermedad del paciente y en la de la propia epidemia, son cosas que todavía no sabemos, pero  puede redundar en una mayor severidad del padecimiento.

SISTEMA DE VIGILANCIA

¿Cómo se produce el contagio? Responde el profesor Gustavo Kourí.

            -Una persona de visita en un país donde el dengue es endémico sufre la picadura de un mosquito infectado. La picazón que provoca esa picadura puede causarle molestias, pero por lo demás esa persona sigue en perfecto estado. Cinco, siete días después comienza el periodo de incubación. Está incubando el virus, el virus empieza a multiplicarse y la persona hace una viremia –virus en sangre. Tiene el virus en la sangre, pero esa persona puede no sentir mal alguno, sigue perfectamente. Regresa a su país de origen o viaja a otro destino, es picado allí por otro mosquito, que se infecta y pasa a su vez por un periodo de incubación hasta que ese mosquito es capaz de trasmitir la enfermedad cuando pica a otra persona.

            A juicio del director del Instituto de Medicina Tropical mantener en un país bajos niveles del mosquito Aedes aegypti es responsabilidad de toda la población. De hecho es una meta que no puede alcanzarse sin el apoyo consciente de  la comunidad. Es un mosquito doméstico, vive en la casa o sus alrededores, pica de día, preferiblemente en amaneceres y atardeceres y se reproduce en agua limpia y en los bebederos de animales afectivos. Si se saca al vector de su hábitat se elimina entre el 60 y el 70 por ciento de las posibilidades de la enfermedad.

            Cuba cuenta con un sistema de vigilancia epidemiológica y de enfermedades emergentes. En todo el país se vigila de manera permanente la aparición de brotes. Se cuenta para ello con una red de laboratorios y de centros municipales y provinciales de Higiene y Epidemiología. Es un sistema de persigue detectar cuanto antes la aparición de una posible epidemia y eliminarla o neutralizarla.

            -Eso solo se puede tener en un sistema de salud como el nuestro. La salud privada que es la que, por obra de la globalización neoliberal, prima en  América Latina, necesita enfermos. La salud pública no los quiere; es preventiva. La crisis económica de los 90 perjudicó nuestro sistema de vigilancia, pero estamos en condiciones de restituirlo a los niveles que alcanzó en los 80 y de perfeccionarlo. Cuba tiene en lo que a la salud se refiere un sistema de atención universal y gratuito como no lo hay en otra parte.

            “El sida y la malaria ponen en grave peligro a la población africana, prosigue el profesor Gustavo Kourí.  Hay países de África en los que el 35 y hasta el 40 por ciento de la población está infectada por el sida. Si los niños nacen ya con sida, ¿cuál será el destino de esas naciones? Morirán todos sus habitantes, lamentablemente. Yo advierto la indiferencia con la que los países ricos contemplan esa situación y, como soy malpensado, concluyo que se aprovechan de ella con vistas a apoderarse de los enormes recursos naturales  con los que cuenta ese continente.

            ¿Cómo enfrenta Cuba el problema de la fiebre aviar?

            - El país se está preparando. Hay una comisión, que dirige el Ministro de Salud Pública, que atiende el asunto. Se trabaja en la vigilancia de las aves y de los humanos. Se destinan recursos para la protección y se equipan  tres laboratorios para el diagnóstico. ¿Qué pasará? Nadie lo sabe. Ojalá no entre. Pero si viene, no nos sorprenderá desprevenidos –concluye el profesor Gustavo Kourí.