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Los nombres de Cuba

Los nombres de Cuba

Ciro Bianchi Ross

 

Durante los primeros siglos de su historia, descubridores, colonizadores, monarcas, cartógrafos, cronistas y marinos se empeñaron en sustituir el nombre con que los aborígenes designaron a nuestro país. De esa manera, durante años, los topónimos de Juana, Fernandina, Alpha, Fernandina del Puerto del Príncipe y Ave María, entre otros, lucharon por imponerse, sobre la voz arahuaca que le dieron a Cuba por nombre sus primitivos pobladores.

            Los nombres de Cuba y el contenido semántico de esa palabra fueron tema de un interesante ensayo del doctor Antonio Núñez Jiménez que glosaré ahora.

            El 21 de octubre de 1492 el nombre de Cuba entró a figurar en la historia universal. Ese día, el almirante Cristóbal Colón escribió en su Diario: “… y después, partir para otra isla grande mucho, que creo debe ser Cipango (Japón) según las señas que me dan estos indios que yo traigo, a la cual ellos llaman Colba”. Y apenas mes y medio después, al referirse al territorio que ya visitó, Colón  la llama Juana o Cuba.

            “Desde el reciente bautizo de Cuba con el nombre de Juana, apunta el geógrafo Núñez Jiménez, comienzan las dudas en el propio Almirante y la llama, como él mismo dice, Cuba o Juana, estableciéndose a partir de entonces y hasta el siglo XVII una lucha por el predominio de uno de aquellos dos nombres o de los otros con que fue rebautizado nuestro país. El nombre de Juana fue puesto por Colón a Cuba en memoria del Príncipe de Castilla, hijo de los Reyes Católicos”.

            Recuérdese, por otra parte, que Juana se llamaba también la hija de esos monarcas. Fue reina de Castilla, en 1504, y casó con Felipe, El Hermoso, archiduque de Austria. De esa unión nació el emperador Carlos V. Al enviudar, perdió la razón y pasó a la posteridad  con el sobrenombre de La loca.

            El 28 de febrero de 1515, muerta ya la reina Isabel, Fernando, El Católico, dispuso, mediante Real Cédula, dar a Cuba su propio nombre en la forma de Fernandina. Este topónimo fue también poco afortunado pues se vio rechazado hasta por los historiadores oficiales. Curiosamente, apunta Núñez Jiménez, los cronistas se referían en ocasiones a Cuba y a Fernandina como a dos territorios diferentes y, en otras, mencionaban ambos nombres, ayudando de esa manera a mantener el original.

            ¿Qué significa, en la lengua de los taínos, la palabra Cuba? El geógrafo precisa que acerca del contenido semántico de ese nombre escribieron Rocha, Macías,  Geoje, Fernando Ortiz, José Juan Arrom y Juan Bosch, entre otros.

            Núñez  Jiménez descarta las exposiciones de Rocha (1681) y de Macías (1885). El primero afirma que Cuba deriva de Acuba, que fue uno de los descendientes de Annón, hijo de Esdras, y alude así a un inaceptable poblamiento precolombino de Cuba por emigraciones de países bíblicos. El segundo, entretanto, lo hace derivar del griego: “Nos hemos decidido por afirmar que Cuba se derivó de cuba (en el sentido de barrigón) procedente del ablativo singular de cupa, ae cuba o tonel, vocablo original del griego kupe, es decir, cavidad”.

            Para Fernando Ortiz, a quien,  por sus investigaciones,  los cubanos consideran el tercer descubridor de la Isla,  Cuba y ciboney tienen la misma raíz: la voz ciba, que equivale a piedra, montaña, cueva. Aunque no se ha podido probar que ciba (o siba) signifique montaña o cueva, afirma Núñez Jiménez que es muy probable que tuviese la misma raíz de ciboney (o siboney) es decir, el hombre que habita en la piedra o en una país pedregoso, y también de siboruco o seboruco, equivalente a piedra.

José Juan Arrom, en su opúsculo Historia y sentido del nombre de Cuba (1964) al estudiar la obra de C. H. Geoje, recuerda que este autor registra en Surinam la palabra da kuban, equivalente a mi campo, mi terreno. Koba (o Kuba),  afirma Arrom, debe ser, por consiguiente, la voz que Colón oiría y eso vendría a explicar las vacilaciones del Almirante al registrarla, abriendo y cerrando la vocal de la primera sílaba, primero como Colba y luego como Cuba.

LLAMARSE CUBANO

Pero si los pobladores primitivos llamaron Cuba a nuestra Isla, ellos mismos no se llamaron cubanos. Tardaría mucho en aparecer ese gentilicio. Lo mismo sucedió en el resto de América. Cuando en estas tierras comenzaron a nacer los descendientes de españoles, no se supo cómo llamarlos, si naturales o criollos, insulanos o indianos. Con eso de insulanos, los diferenciaban de los isleños o nativos de las islas Canarias, en tanto que lo de indianos los distinguía de indios y aborígenes.

            Recuerda Núñez Jiménez que el cosmógrafo Juan López de Velasco, autor de Indias, islas y tierra firme del mar Océano de los reyes de Castilla (1571) tachó en su manuscrito un párrafo que le pareció conflictivo. Aludía en él a los nacidos en el Nuevo Mundo.

            Decía:

            “… Pero los que nacen de ellos [de los españoles] que llaman criollos y en todo son tenidos y habidos por españoles, conocidamente salen ya diferenciados en la color y tamaño, porque todos son grandes y la color algo baja declinando a la disposición de la tierra; de donde se toma argumento, que en muchos años, aunque los españoles no se hubiesen mezclado con los naturales, volverían a ser como ellos, y no solamente en las calidades corporales se mudan, pero en las del ánimo suelen seguir las del cuerpo, y mudando él se alteran también…”

            Gentilicio es el adjetivo que denota la patria o localidad de origen de una persona. Para que surja un gentilicio se impone que en un determinado territorio que tenga nombre nazcan y vivan individuos que se identifiquen con él.

            El gentilicio cubano comenzó a usarse ampliamente en la  primera mitad del siglo XIX. A partir de 1830, escribe el erudito Juan Pérez de la Riva, el cubano no pierde oportunidad de diferenciarse del español, y con la afirmación de la nacionalidad llega aparejado un cambio en los gustos. Entonces tomar café tinto y comer arroz blanco con frijoles negros eran maneras de distinguirse de los peninsulares, que preferían el chocolate, la paella y los garbanzos. Esa cubanía se reflejó además en la forma de vestir del cubano y en los colores con los que pintaba su casa, así como en la poca afición a las corridas de toros, que dejan de ser, poco a poco, el entretenimiento preferido.

            Aun así, todavía en 1842, cuando se publica La flor del Almendares, colección de poesías cubanas dedicadas al bello sexo, no se llama cubanos a los poetas incluidos, sino “naturales de la Isla”.

            Pero sería precisamente un poeta quien, entre los primeros, se llamó a sí mismo, y por escrito, cubano. Se llamaba Juan Antonio de Frías y su obra “Al sol de Cuba” se publicó en la revista El Palenque Literario, de La Habana, el 5 de noviembre de 1882, aunque la escribió alrededor de 1853.

            Cintio Vitier y Fina García Marruz, en su bellísima Flor oculta de poesía cubana (1978) rescatan a ese interesante y desconocido poeta. Muy poco se sabe acerca de su vida, salvo que fue esclavo y que nació, presumiblemente, en Camagüey, en 1835. Es autor además de un poeta tristísimo, “El esclavo”, y de un soneto en el que canta a la proclamación en pleno campo insurrecto  de la Constitución de Guáimaro. Murió el poeta fusilado por los españoles.

            Dice Juan Antonio de Frías en “Al sol de Cuba”:

            Ígneo cimiento del alcázar divo            Del Creador soberano.            Admite los obsequios de un cubano,            Oye la voz de un infeliz cautivo.

Los Rough Riders

Los Rough Riders

Ciro Bianchi Ross

 

En uno de los “muñequitos” que pasa ahora la TV nacional y que ilustra lo que significaría para Cuba el llamado proceso de transición diseñado por Washington, se ve a una maestra que pretende explicar a sus alumnos el papel y las hazañas de los Rough Riders en la independencia cubana. Al final no puede cumplir su cometido porque el inevitable Pepito, que esta vez no es más que otro Elpidio Valdés, empuña la corneta mambisa para llamar a sus compañeritos al combate y la maestra y los que la prohíjan huyen despavoridos.

            El término Rough Riders ha llamado la atención de muchos telespectadores que desconocen su significado. Literalmente quiere decir “jinetes duros”. Desde el punto de vista histórico esos jinetes duros no eran otra cosa que soldados de fortuna que se sumaron al ejército norteamericano que en 1898 intervino en la guerra de Cuba contra España.

            Los mandaba el coronel Leonardo Wood, un médico que andando el tiempo sería el gobernador militar de la Isla y uno de los más fuertes defensores de la anexión de Cuba a Estados Unidos, y tenían como segundo jefe al teniente coronel Teodoro Roosevelt, futuro presidente de su país. Era un cuerpo de voluntarios que procedía en lo esencial del oeste norteamericano; cawboys reclutados entre cazadores, vaqueros y rancheros, indiferentes a peligros y privaciones en su vida de constante aventura. Entre ellos había algunos indios y más de cien jóvenes del este, ávidos también de las fuertes emociones y de las ganancias que les reportaría su participación en la contienda bélica.

            Justo es decir enseguida que no todos los jóvenes norteamericanos que se sumaron al ejército de su país para venir a Cuba eran mercenarios. Muchos de ellos, y hay que incluir aquí a los voluntarios de Nebraska, por ejemplo, pidieron ser repatriados en cuanto advirtieron el verdadero cariz de aquella guerra. Escribía al respecto el coronel William J. Bryan: “Se alistaron voluntariamente para acabar con el yugo de España en Cuba y para nada más. No se alistaron para emprender la subyugación de otros pueblos”.

            Pero no procedió así la mayoría del ejército de ocupación. Casas violentadas, comercios saqueados, robos, asesinatos y mujeres vejadas o violadas fueron el saldo de la entrada de las tropas norteamericanas, con sus Rough Riders anexos, en Santiago de Cuba, donde además de aliarse con cuanto enemigo de la independencia encontraron a su paso, pagaban cuando compraban con papel moneda de los Estados Confederados del Sur, un dinero que carecía de valor desde muchos años antes.

ANTE EL DESASTRE

Algunos autores elogian la valentía de los Rough Riders, sobre todo en la batalla de San Juan, donde entraron, se dice, en un cuerpo a cuerpo con el enemigo. Pero no es eso lo que se desprende del desesperado telegrama que desde el campo de batalla remitió Teodoro Roosevelt al senador Lodge. Expresa: “Por amor del cielo, diga al Presidente que nos envíe todos los regimientos, y, sobre todo, todas las baterías disponibles. Hasta ahora hemos ganado a coste muy alto. Estamos a no mucha distancia de un terrible desastre militar”. Es el clásico “Manden hombres que estamos ganando” y que reafirma no solo el denuedo con que los españoles defendieron sus posiciones, sino también la certeza de que sin el apoyo de los mambises y sin el genio militar del general Calixto García poco hubieran podido hacer aquellas tropas que con sus l5 regimientos de infantería, uno de ingenieros y cuatro batallones de artillería, amén de una potente escuadra naval, formaban el ejército más grande y poderoso con que se tuvo que enfrentar España en tierras de América

Para que no quepa duda del papel decisivo del Ejército Libertador en su apoyo a los norteamericanos vale recordar que el  almirante McKeala aseguró que los cubanos habían ido a salvarnos del pánico en que se  encontraban desde su llegada y que no los dejaba siquiera respirar y que no sabía cómo agradecerles en nombre del gobierno de su país que como una bendición del cielo llegaran en momentos precisos para evitar el desastre.

McKeala alude en específico a la ayuda recibida por los primeros 600 infantes de marina que desembarcaron cerca de Guantánamo y que contaron con el apoyo providencial del coronel  Enrique Thomas. Pero esa ayuda no cesaría a lo largo de toda la contienda, tanto en los combates como en el trazado de la estrategia que decidiría la victoria..

Sobre esa estrategia no lograban ponerse de acuerdo, ya frente a las costas cubanas, el almirante Sampson, jefe de la escuadra naval, y el general Shafter, jefe del 5to. Cuerpo de Ejército,  por lo que determinaron conocer la opinión de Calixto. Sampson era partidario de iniciar los combates en Santiago de Cuba con la toma del Morro, cuando lo importante era lanzarse sobre el objetivo principal, la ciudad misma. Calixto lo convenció de ello y propuso que los norteamericanos, luego de su desembarco en Daiquiri,  atacasen la urbe por el este, en tanto  los mambises lo harían por el oeste completándose así un cerco que privaría a los españoles de cualquier refuerzo.

Los norteamericanos aceptaron la estrategia de Calixto García. Entonces fuerzas bajo el mando del general Cebreco ocuparon posiciones al oeste de Santiago con la idea de interceptar la ayuda e iniciar maniobras encaminadas a distraer al enemigo. El brigadier Castillo Duany con sus hombres iniciaría la limpieza de las costas para facilitar el desembarco norteamericano. Al mismo tiempo, un fuerte contingente mambí situado cerca de Guantánamo impediría cualquier refuerzo español que desde ese punto obstaculizara o frustrara el desembarco, y los 530 hombres del coronel González Clavel tomarían el caserío de Daiquiri para apoyar a los 6 000 marinos que pisarían tierra

cubana por ese lugar.

ACTUACIÓN DESASTROSA

A partir de ese momento no hubo momento de la guerra de Cuba y Estados Unidos contra España que no pusiera de relieve el valor, la estrategia superior y la altísima moral combativa del mando y de las fuerzas cubanos.

            La actuación del ejército norteamericano fue desastrosa en Las Guásimas, donde recibieron un duro castigo de parte de los españoles, aunque al final esa y otras localidades quedaron en manos de los norteamericanos a causa de la retirada inexplicable de sus adversarios. El general Lawton, que se comprometió a ocupar El Caney en dos horas, demoró doce para conseguirlo y en ello le resultaron imprescindibles los consejos de Calixto y los refuerzos enviados por este. Ese mismo día (1 de julio) al amanecer comenzaba la batalla de San Juan. Los norteamericanos, con sus Rough Riders a cuesta,  y tropas cubanas avanzaron hacia esa posición que tomaron al fin. De los 450 españoles que la defendían, se salvaron solo 90. Los cubanos tuvieron más de 200 bajas y los norteamericanos perdieron a 1012 de sus hombres.

            Después de San Juan las posiciones cubanas se consolidaron al ocupar sucesivamente varios puntos y localidades, entre ellos la importante loma de Quintero, desde la que se dominaba todo Santiago. Pero el calor y sobre todo aquellas más de mil bajas desmoronaron al general Shafter, que comunicó a sus oficiales la decisión de retirarse de las operaciones y pedir ayuda a Washington. La retirada no se la aceptaron, pero sí la renuncia, y el alto mando norteamericano recurrió a Calixto García para confiarle la conducción de las hostilidades. No aceptó el general cubano la propuesta. Antes había recomendado a Shafter que no interrumpiera el ataque mientras que se comprometía a asaltar la ciudad desde la loma de Quintero. La interrupción de las operaciones dio a los españoles la oportunidad de reorganizarse y enviar a Santiago   refuerzos capaces de revertir su situación y copar a cubanos y norteamericanos, atormentados por la escasez de abastecimientos y las privaciones del trópico. La destrucción de la escuadra del almirante Pascual Cervera a la salida de la bahía santiaguera dio un giro inesperado a la guerra. Santiago no tardaría en rendirse y los mambises tendrían que esperar hasta el 1ro de enero de 1959 para entrar en la ciudad ya que en aquella ocasión el ejército norteamericano impidió que el Ejército Libertador y Calixto García, su Lugarteniente General, lo hicieran. Dijeron que se temía que los mambises se vengaran de los españoles, cuando en realidad fueron los norteamericanos que en aquella plaza ocupada cometieron todo tipo de abusos y atropellos, mientras mantenían en sus cargos a las autoridades españolas que los desempeñaban.

            Nada de esto hubiera dicho la maestra de los “muñequitos” aludidos arriba cuando pretendía explicar a sus alumnos las supuestas hazañas de los Rough Riders en la independencia de Cuba.

           

    

La próxima va por mí

La próxima va por mí

Ciro Bianchi Ross

Hay personas que aunque se aprecien e incluso se quieran, uno les coge miedo cuando las ve. Son los necesitados. No es que anden en la fúacata ni mucho menos, pero han hecho un vicio de   eso de pedir y siempre necesitan algo. No una gran cosa por lo general, sino insignificante, nimia, y  que, aun así,  a la larga, y gota a gota, te erosiona el patrimonio. Una cabecita de ajo. Un bolígrafo.  Una cebollita. Dos huevos. Que si fuera  para ellos, claro, nunca te pedirían. Pero es  me llegó una visita imprevista  o porque el niño, siempre tan desganado, se antojó ahora de comerse un revoltillo. Son las  mismas que te tumban  la puerta a las siete de la mañana para preguntarte si ya colaste por aquello del tremendo dolor de cabeza que les provoca la falta de café, y de paso te piden un cigarrito. Hasta que yo compre. Y una peseta para el camello porque no tienen menudo y tú sabes que en el camello no dan vuelto. Y,  si te haces el bobo, ni comprobante. Son las que se enteran que irás al médico y aprovechan para encargarte una receta de Paracetamol, no porque tengan fiebre ni los amenace la gripe, sino porque no se sabe lo que pueda pasar y siempre es bueno tener ese medicamento a la mano. O las que cuando presentas un nuevo libro, insisten con autoridad en que les regales un ejemplar dedicado y no se molestaron siquiera por compromiso en ir a hacer bulto el día del lanzamiento.

            El que nunca pide y se ve obligado a hacerlo, lo hace con pena.  Prefiere morirse. Te llama por teléfono o te visita y da vueltas y vueltas a las palabras hasta que encuentra el momento preciso para deslizarte la petición. Que, a veces, a última hora, no se atreve a hacer porque creyó no haber encontrado la oportunidad. Y,  al revés, está el que con timidez  y todo  te suelta de entrada  el petitorio y, aunque reciba una respuesta positiva, se explaya luego en una justificación sin límites que a la postre resulta  imposible de soportar.

            Los penosos y tímidos  sin embargo, no abundan. Pululan, sí, los que se creen que uno está obligado a servirlos. Porque piensan que a uno le sobra. O que para uno será poco significativo privarse de lo que ellos piden. Son los que vienen a verte y, así como así, te disparan que necesitan tres mil pesos para salir del lío en que se metieron o para completar lo que les cuesta el refrigerador que van a cambiarle. Podrían pedírselos al banco en ese último caso. Pero a ellos no les gusta deberle al banco. Prefieren debértelo a ti, que eres su socio. Y tú sabes que conmigo no hay lío. Si dices que no los tienes, no te lo creen. Si no  se los da, pierdes a un amigo, y si se los das, también. Porque por más que le adviertas que es el dinero de tus vacaciones o del arreglo de la casa, verás llegar el verano o el albañil, pero no tu dinero. Lo reclamas entonces, primero con indirectas, luego con  una sugerencia tenue y te dicen que no hay problema, que no hay porqué para la preocupación pues tú bien sabes que aquella vez te pagué los veinte pesos que me prestaste.  Pero ahora no son veinte, sino tres mil y te hacen falta. Subes el tono. El deudor se disgusta e indigna. Está ofendido y no quiere verte. Ni tampoco pagarte. Si al fin lo hace, de seguro  te tildará  de ridículo por reclamar la bobería que le  prestaste.

            En eso del dinero y los amigos, está siempre el que cobrará dos mil pesos el martes por la mañana y viene a pedirte mil el lunes a las nueve de la noche para devolvértelo en cuanto él cobre su dinero en un martes que nunca llega o demora. El que se sienta a tu mesa en un restaurante y luego de ordenar su plato deja caer que no tiene un centavo. Y aquel que no se cansa de blasonar que no pide ni presta, pero que se te arrima en una cafetería y te tumba la cerveza.

LOS RONEROS

Los roneros son los peores. Te hace la visita imprevista  uno de ellos  y como son las nueve de la mañana le ofreces un café. No, no toma café: ya tú sabes,  la acidez, la úlcera… Propones entonces un refresco y lo ves hacer una mueca. Ya sin saber que brindar, sugieres un platico con dulce de mango o de coco rayado. Mejor no haber convidado a nada.  El ronero no riposta, pero a las claras denota  que está ofendido. Él, tan amigo, luce ahora  cara de pocos amigos. Empiezas a preguntarte el porqué y pronto te percatas de  que descubrió la botella de añejo que   dejas siempre  encima del aparador.

            No, de ninguna manera,  a él no le parece que sea muy temprano para un añejazo.  Vendría bien. Lo necesita.  Le sirves una dosis generosa en un vaso,  sirves otro menos abundante para ti, pero él -¡qué bárbaro!- se lo suena de un  planazo y queda con el vaso en el aire en espera de la segunda vuelta. Sirves otra vez para ambos, pero tu visitante es insaciable y a partir de ahí  ya no espera que  seas tú  quien le repita. Asume la función de la intendencia, agarra él mismo la botella y después de echar un trago largo en su vaso, te pregunta, condescendiente,  si quieres más. No puedes con eso y menos a esa hora la mañana  y te resignas a  que se beba el añejo que reservaste para una ocasión mejor u otro visitante.

            Y se lo bebe. Solo para preguntar si  tendrás otra botellita por ahí. La tienes, pero, aclaras, es de ron chusmita que venden en la esquina. Tu visitante sonríe en triunfo.  Se lo sopla igual sin dejar de asegurar, una y otra vez, que en  la próxima visita, la  botella irá por él. No hay próxima vez que valga. Vendrá también con las manos vacías. O llegará en compañía de otro amigo que traerá la botella. Y por cada trago que beban  usted y el  amigo que trajo la botella, él se echará tres al gaznate, y si a la hora de marcharse queda todavía algo de líquido tratará de bebérselo aunque se atragante.

ÉCHALE GUINDAS AL PAVO                  

Ese tipo de amigo es de la misma horma  de aquel que va en grupo a un bar y espera siempre que otro pague la ronda que a él le toca. Va como becado o lleva cosido los bolsillos del pantalón. Aun así, bebe como el que más. Pero justo es decir que este espécimen rechaza generalmente las invitaciones en grupo. Carece de imaginación y  da siempre el pretexto de que sigue un tratamiento médico que le impide beber alcohol.

            Hay quien tiene  vicio de los  libros prestados. Y vicio de no devolverlos.  Por más que le recalques que todavía  no has leído el  que se llevó. O  la revista que inserta un par de notas interesantes que quieres conservar. Si difícil es que te devuelvan el libro, da de antemano  por perdida la revista. Nadie las devuelve. Y hay quien  te pide un destornillador y una pinza,  y échale guindas al pavo. Terminas perdiéndolos porque luego no recuerdas a quién se los prestaste.  Y el que a las doce de la noche te saca de delante del televisor en lo mejor de la peor película del sábado para pedirte una zapatilla porque se le rompió la llave del fregadero. Tú, que sueles preocuparte por tener siempre esos adminículos, no recuerdas a esa hora donde las pusiste, pero quieres resolverle el problema al vecino. Que está apenado por molestarte. Pero tú le dices que no, que no es molestia. Y sonríes para colmo,  aunque te pierdas la película y sepas  que luego la cogerás con el perro, que no ve televisión ni usa zapatillas.

            Está asimismo el vecino telefónico. No conoce  límite. Llama y lo llaman sin orden ni concierto.  Recibe llamadas lo mismo de Madrid que de Santiago. El que lo llama puede desconocer que aquí es de madrugada, pero el vecino telefónico no se lo advierte. Ni le corta la perorata. Lo escucha y habla con la sonrisa de oreja a oreja, sin importarle el tiempo que te está robando. Ni que por su culpa te pases del tiempo previsto en la cuota fija.  Si se ve obligado a hacer una llamada de larga distancia, la hace y después tú le corres detrás para que te la pague. A esa hora, a lo mejor, no tiene dinero y deberás esperar, pero la empresa telefónica no espera y en definitiva el asunto del pago es tuyo. Más tarde o más temprano, el vecino telefónico se lanza a fondo y trata de convencerte de que,  para evitar tanta molestia,  lo mejor es que le pases una extensión. Aduces, para salir del paso, que eso de las extensiones clandestinas está prohibido, y él te recuerda que muchos lo hacen y no pasa nada. Pero tú eres un ciudadano respetuoso de la ley y sigues negándole. Tratará de comprarte entonces. No te convence y empieza a calificarte  en la cuadra de  egoísta y casasola. Pero sigue usando tu teléfono.

            Si tu casa tiene garaje, te salaste. Te lo pide el vecino de enfrente.  O el de la esquina. El de al doblar. El que te dice que vive  tres cuadras más allá.   Ninguno tiene dónde guardar el automóvil y todos se sienten  con derecho a que los dejes disfrutar de tu espacio. Entonces te pones a pensar que el de enfrente nunca te saluda,  que con el de la esquina y con el de al doblar intercambiaste solo unas pocas frases y al de tres cuadras más allá ni siquiera lo conoces. Ninguno de ellos te da un aventón las veces que te ve por ahí aguardando un taxi. Viran la cara y si te he visto, no recuerdo.

            Hay gentes  que juran y vuelven a jurar, sin que nadie se los pida, que tú no eres su amigo, sino su hermano,  y empalagosos, repiten que eres su única familia. Desconfía de ellos. Son los peores.  Detrás de tanto cariño se hace bien visible su interés. No quieren una cebollita, una cabecita de ajo o dos huevitos. No piden nada;  tampoco necesitan, pero cuando se tiran, lo hacen a matar, sin reparar en que caen en el abuso de confianza. Una simple negativa los trastorna y, por suerte,  los hace alejarse.

            Está, cómo no estaría, el amigo que nunca molesta ni pide, pero que cuando conversa contigo te pinta un panorama tan dramático, sombrío  y desolador que toca   lo mejor de ti y mueve siempre tu solidaridad hasta que lo visitas y  te convences de tu error al ver en su casa el multimueble  y el equipo de música nuevos o al presenciar el video de los quince de la niña que le costó un Potosí;  fiesta a la que se le pasó invitarte o pensó en hacerlo y no hizo porque  intuyó que  a ti no te gustaban  esas cosas.

            Lo que  me trae a la memoria la visita mañanera de un viejo y querido amigo. Venía, en nombre de la institución  donde trabaja,  a felicitarme por un premio que había ganado por mi trabajo periodístico. Me dijo que la directiva de su centro  quiso  enviarme un cake por el galardón y que él  había dicho que se despreocuparan porque yo “no estaba en eso”. Respondí que me hubiera gustado recibirlo. Para qué, inquirió.  Le dije: Chico,  me lo hubiera comido, sentado en el contén de la acera,  con los niños de la cuadra. 

           

           

           

 

                 

Era el Bárbaro del Ritmo

Era el Bárbaro del Ritmo

Ciro Bianchi Ross

 

El Benny, una de las producciones más recientes del Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficos, fue vista en el país, a tres semanas de su estreno, por 223 581 espectadores. Como una “gran gozada” y “una fiesta para el espectador”,  calificó la crítica a  este primer largometraje del realizador Jorge luis Sánchez. Película “fastuosa”, como pocas filmadas en nuestro país, de esas “en que la conjugación de cada uno de sus elementos […] termina por concretar un espectáculo que cualquier público agradece. Historia en la que lo original y lo trillado –como la vida misma- se dan la mano en función de reconstruir una época y un personaje bajo los acordes de una banda sonora y una música (Osmany Olivares y Juan Manuel Ceruto) de altos vuelos y que valen ellas mismas la película”.   Renny Arozarena mereció el  premio Boccalino en el reciente 59º Festival de Locarno por su actuación en el papel de Benny Moré.

            ¿Quién fue ese hombre que a cuarenta y tres años de su muerte permanece vivo en el imaginario popular cubano y hace que decenas de miles de personas  quieran ver recreada su vida en la pantalla?   Es un mito de la historia musical.  El cantante cubano más popular de todos los tiempos. El Bárbaro del Ritmo, como le llamaron en su momento y se le sigue llamando en la Isla.  

UN ESTILO ÚNICO

Benny Moré fue el ídolo de los bailadores y de los amantes de lo genuinamente autóctono de la música cubana. Fue la alegría de la fiesta  y la compañía en los atardeceres melancólicos. En su repertorio, que abarcaba todos los ritmos de la música popular  –“Elige tú, que canto yo”, dijo  en una de sus composiciones- palpitaba nuestra alegría festiva y una cubanía auténtica, y en su voz  –alegre, violenta, sensual, triste- una síntesis del ser nacional.

            Benny halló un estilo único para sus interpretaciones y estuvo dotado de una voz providencial. Se dice que fue el cantante cubano más polifacético, que era capaz de florear, alargar, repetir frases de una canción sin alterar su ritmo, y que pese a que se desenvolvió en una época sumamente permeada de elementos foráneos en la música –que en lo tocante a armonización asimiló inteligentemente- supo mantenerse fiel a sus orígenes.

            Pero eso no es todo. Benny era en sí mismo, actuara o no, un espectáculo. Risueño, expresivo, espontáneo, ocurrente, cordial, agresivo cuando la ocasión lo requería, como aquella vez que, en Caracas, le rompió la cabeza a cabillazos a un empresario que se negó a pagarle su dinero. Vestía casi siempre con unas chaquetas que se alargaban hasta más abajo de la mitad del muslo y unos pantalones, sujetos por tirantes,  que comenzaban algo más arriba de la cintura. Un hombre penetrado por el ritmo melódico que interpretaba su orquesta, a la que dirigía con una serie de movimientos únicos que iban desde la suave contracción del brazo hasta una violenta patada contra el piso.

YO TENÍA FE EN MI VOZ

Bartolomé Maximiliano Moré Gutiérrez nació en Santa Isabel de las Lajas, actual provincia de Cienfuegos, el 24 de agosto de 1919. Fue el mayor de dieciocho hermanos. Su tatarabuelo había sido esclavo de los condes de Casa Moré. De ahí su apellido.

            Como su padre, Bartolo –lo de Benny vendría después- trabajó como carretillero. Un carretillero alegre y entusiasta que a petición  de sus compañeros hacía menos dura la faena del día con su canto. Tenía un oído y una voz extraordinarios y desde muy temprano aprendió a acompañarse con una guitarra.

            El adolescente quería cantar y la popularidad ganada con su voz entre sus compañeros de trabajo lo empujó a unirse a José Luis Bolívar. Dicen que el dúo Bartolomé-Bolívar era imprescindible en todas las serenatas. Luego rodó de conjunto en conjunto hasta que en 1940 decidió conquistar La Habana. Desde la región central de la Isla se trasladó a la capital en un camión cargado de coles.

            La Habana resultaba arisca  y Bartolo no era el único cantante que pujaba por hacerse de  un lugar ni el único que se iba a la cama con más hambre que sueño. Se integró al cuarteto Cordero y al conjunto Cauto, sin sacar provecho material, y se presentó en radioemisoras a cambio del pago del pasaje del ómnibus. En CMQ, en La corte suprema del arte,  espacio para aficionados que dio tantos valores perdurables, no gustó y le tocaron la campana a mitad de la presentación. Vendió hortalizas; fue yerbero. Estar en La Habana era su más grande ambición y la ciudad apenas le daba para vivir. Su ánimo, sin embargo, no menguó.

            Diría años después: “Había venido a conquistarla y no me daba por vencido. Había que oírme. Yo tenía fe en mi voz, en mis canciones”.

            Y con su voz y sus canciones y una guitarra bajo el brazo se lanzó a la calle. Cantó a los turistas y peregrinó por bares y restaurantes durante tres años, hasta que Siro Rodríguez consiguió que Miguel Matamoros lo escuchara. Al autor de Lágrimas negras y Son de la loma, entre otras muchas melodías emblemáticas, le gustó su voz, comprendió que la manejaba a las mil maravillas, que hacía con ella lo que le daba la gana y lo contrató para su conjunto como suplente suyo en la parte vocal, pero bien pronto lo dejaría actuar por su cuenta porque aquel muchacho era en sí mismo, decía Miguel Matamoros, el son entero.

TRIUNFAR EN SU TIERRA

1944. Con el Conjunto Matamoros graba  boleros, guarachas y sones sin que su nombre aparezca en la carátula de los discos. Un año más tarde viaja a México, donde -siempre  con el Conjunto- se presenta en los cabarets Montparnasse y Río Rosa. Matamoros regresa a Cuba, pero Bartolo permanece en México. Se cambia el nombre y ya como Benny, Benny Moré, canta en centros nocturnos y bailes populares y hace  de grabaciones con varias orquestas, entre ellas la del mítico Dámaso Pérez Prado, el creador del mambo.

            Su primer contrato en Cuba, luego de su regreso, fue en la Cadena Oriental de radio, de  Santiago de Cuba. Hace una gira artística por el este  de la Isla y el público no quiere creer que aquel hombre flaco, desgarbado, sin dientes es Benny Moré.

            Ya en La Habana, entra por la puerta ancha de las radioemisoras. En la RHC Cadena Azul consigue un éxito fenomenal y Radio Progreso lo contrata para que cubra la hora estelar en su programación diaria.

            En 1953 –después de haber cantado con las mejores orquestas cubanas del momento- decide fundar la suya, la Banda Gigante, “la tribu”, como él la llamaba, conformada por veinte y un músicos, que conjugó e instrumentó con paciencia y trabajo. Y con ella, en 1954, dio comienzo a una carrera vertiginosa.

            Triunfa la Revolución. Muchos artistas abandonan el país. Tratan de arrastrar a Benny; lo tientan con jugosos contratos. Los rehúsa.  Dice, categórico: “Ahora es cuando yo me siento un hombre con todos los derechos en mi país. De aquí no me saca nadie. No me interesan los dólares”.

            La identificación del público con el artista y de éste con su pueblo crecían por día. Con una expresión gráfica dijo a la prensa lo que sería una de sus últimas presentaciones: “Que Obras Públicas prepare los hierros para que arregle los huecos que los bailadores van a dejar en la calle”.

ME COGIÓ LA RUEDA

Treinta y tres de sus composiciones llegaron a estar en el hit parade. No estudió nunca música ni sabía leer el pentagrama, pero tenía una memoria prodigiosa que le permitía recordar, de comienzo a fin, todas y cada una de las melodías, y una tremenda intuición para darse cuenta de qué faltaba o sobraba en las piezas que montaba. A sus músicos les tarareaba el sonido que quería  sacaran a los instrumentos.

            Las malas noches, el alcohol,  las giras por el interior del país, los bailes populares, las presentaciones en vivo en radio y televisión, terminan por agotarlo. Está enfermo; sufre de cirrosis hepática. Apenas ingiere ya alimentos y, como tampoco puede beber, se unta las manos de ron para írselas oliendo. En  Colón, localidad de la provincia de Matanzas, sufre, antes de una actuación, una expulsión de sangre. Otra hemorragia, terminada ya la función, impone su regreso urgente a La Habana. Viene vomitando sangre durante todo el camino. Aun así Benny no quiere ir directo al hospital; insiste en que lo lleven a su casa para despedirse de los suyos. “Me cogió la rueda”, les dice. Llega al centro médico delirando y sin fuerzas para caer en un letargo del que no saldría jamás. Un promedio de 900 llamadas telefónicas por hora se reciben en el Hospital de Emergencias durante el internamiento del artista. Son inútiles los esfuerzos de los médicos. A las 8:45 del día 19 de febrero de 1963 todo había terminado para Benny Moré y una ola de dolor recorría el país de extremo a extremo. Cuatro comandantes del Ejército cargaron su féretro y un duelo musical se disponía en toda la Isla. No había cumplido Benny los cuarenta y cuatro años de edad.

            “Hermano, si muero fuera de Cuba, que me devuelvan, y si muero aquí, que me entierren en Lajas”, había dicho a un amigo. Así fue.

 

La fuga espectacular de Evangelina Cossío

La fuga espectacular de Evangelina Cossío

Ciro Bianchi Ross

 Fue, mírese como se mire, una acción audaz, si bien no puede deslindarse de la implacable campaña orquestada por cierta prensa norteamericana para apurar la intervención militar de Estados Unidos en la guerra que Cuba libraba contra España.

            En la noche del 7 de octubre de 1897, un periodista del New York Journal, una de las tantas publicaciones  del magnate William Randolph Hearst, propició la fuga de Evangelina Cossío Cisneros de la Casa de Recogidas de La Habana. Allí aguardaba su traslado a Ceuta, en África, donde debía cumplir una condena de veinte años de cárcel. Eran los tiempos del sanguinario gobernador Valeriano Weyler, y la muchacha, de belleza extraordinaria, fue conocida en el mundo como la Juana de Arco de América.

EL COMPLOT PINERO

Un tiempo antes ella se había involucrado en un complot que se proponía la captura del jefe militar de la Isla de Pinos y la proclamación de la independencia de ese territorio. Acto seguido se atacaría el cuartel de caballería de Nueva Gerona, la cuidad capital de esa isla, y, con las armas ocupadas en la instalación, una parte de los amotinados abordarían un cañonero a fin de trasladarse a la isla grande y sumarse a las fuerzas del Ejército Libertador. Muchos pineros y unos trescientos presos y deportados políticos, entre los que se encontraba el padre de Evangelina Cossío, participaban en la temeraria acción y la muchacha de diecisiete años de edad era una pieza clave en los hechos pues debía atraer a su casa, como en efecto hizo, al jefe español para que lo retuvieran.

            El enamoradizo coronel José Bérriz fue capturado y el golpe transcurrió con éxito, pero una traición impidió que se consumara. Siguió a esto unan severa represión y Bérriz, que había llegado a creerse el interés que le fingía Evangelina, se ensañó con ella. La sometieron a consejo de guerra y la condenaron.

            Hearst, en su empeño de precipitar la intervención del vacilante presidente Mckinley en la guerra cubana y en su interés por destronar a su rival Joseph Pulitzer, editor y propietario del New York World, vio los cielos abiertos al enterarse del caso de Evangelina y exclamó complacido: “Ahora la tenemos donde queríamos. Hay que iniciar un movimiento de protesta a escala internacional. ¡Ni un solo ojo puede quedarse sin llorar!”.

            Y ahí mismo comenzó la campaña del New York Journal a favor de una “delicada e inocente joven, educada en un convento, a la que los esbirros españoles amenazan con un futuro peor que la muerte”, y la campaña dio frutos inmediatos: se creó en Estados Unidos un Comité Pro Evangelina Cossío, que encabezó la Primera Dama de la nación, y se recogieron 200 000 firmas que, en reclamo de la libertad de la muchacha, se remitieron al Papa, a fin de lograr por su conducto la clemencia de la reina María Cristina, de España, quien siquiera se dignó a responder.

            Las informaciones sobre Evangelina Cossío ocupaban grandes titulares en los periódicos de Hearst y en especial en el Journal. En ellas se insistía en que la mantenían descalza y semidesnuda en la Casa de Recogidas, mal alimentada y sometida a las atrocidades más horribles y a un trato inmoral. Todo eso era falso y lo desmintió oportunamente, sin que Hearst le hiciera caso, el general Fitzhugh Lee, cónsul norteamericano en La Habana, quien, además, insistía en que la joven había participado, como ella misma reconoció, en el levantamiento de la Isla de Pinos.

            Hearst no soltaba prenda y cada mañana en sus periódicos echaba leña nueva al fuego de aquella historia en la que mezclaba la verdad y la mentira. Quería hacerla vivir durante el mayor tiempo posible y subió la parada cuando encargó a uno de sus corresponsales especiales que se trasladara a La Habana y sacara de la cárcel, a como fuera, a Evangelina Cossío.

LÁUDANO EN EL CAFÉ

Karl Decker, el periodista escogido por Hearst, llegó a la capital cubana y se alojó en el hotel Inglaterra, el preferido entonces por los corresponsales extranjeros. Le echó un vistazo a la Casa de Recogidas y consiguió, gracias al soborno, entrevistarse con Evangelina, a la que dio a entender lo que tramaba. Pronto se topó con dos hombres dispuestos a secundarlo, Tom Mallory, un irlandés aventurero, y el cubano Miguel Hernandón, a los que se sumarían Carlos Carbonell, que escondería a Evangelina en su casa, y un imprescindible cochero.

            El traslado de la muchacha a Ceuta parecía inminente, el tiempo apremiaba y Decker, desesperado, concibió una acción descabellada: acudió a la Casa de Recogidas dispuesto a sacar a Evangelina de su celda a punta de pistola, pero esa vez ni siquiera le permitieron entrar en el establecimiento penitenciario. Mallory  entonces propuso dinamitar una de sus paredes y la idea se desechó enseguida porque la explosión hubiera atraído al lugar a una numerosa tropa. En eso se recibió un mensaje de Evangelina: estaba recluida en una celda de la segunda planta del edificio y el calabozo tenía una ventana con barrotes que daba a la azotea. Había una casa deshabitada a un costado de las Recogidas, un inmueble de dos pisos, cuya azotea quedaba aproximadamente al mismo nivel de la de la cárcel, de la que lo separaba solo un callejón estrecho, y Decker, que tenía fondos ilimitados para la aventura, no vaciló en alquilarla.

            El periodista y su grupo procederían así: pasarían de una azotea a otra gracias a una escalera de mano que tenderían entre los muros de ambos edificios. Un mensaje a Evangelina la instruyó para que estuviera preparada en la medianoche del día 6 de octubre, y ella respondió que lo estaría y avisó que desde tres días antes, con unas gotas de láudano que adicionaba al café, ponía a dormir temprano a sus compañeras de celda y al custodio que velaba junto a ella.

A BOMBO Y PLATILLO

La escalera resultó no tener el largo suficiente y quedó apoyada en solo tres o cuatro pulgadas de los muros. Hernandón, haciendo maromas, pasó el primero, y luego lo hicieron en periodista y el irlandés. A gatas llegaron a la ventana de la celda donde Evangelina esperaba al borde del ataque de nervios. Los barrotes que debían aserrar eran más gruesos y resistentes de lo que suponían y todos se aferraron a uno de ellos y con todas sus fuerzas consiguieron doblarlo para abrir el pequeño espacio por donde, a duras penas, pasó Evangelina.

            El cruce de un edificio a otro fue riesgoso para la muchacha, pero Hernandón, que volvió a abrir el camino, hizo prodigios de equilibrio, se sostuvo en el extremo y la ayudó en el tránsito. Ya en el interior de la casa, los hombres bebieron una copa de brandy y Hernandón acompañó a Evangelina hasta el coche que la aguardaba a unas tres cuadras de distancia y que la trasladaría hasta la casa de Carbonell. Despuntaba la mañana del 7 de octubre.

              Pocos días después, vestida de hombre y con la abundante cabellera oculta en el sombrero, Evangelina Cossío Cisneros abordaba el vapor Séneca que la llevaría a Estados Unidos. Carbonell discretamente la seguía de cerca, y Decker, sentado a una mesa del café de Luz, vio deslizarse el paquebote hasta el canal del puerto. Al día siguiente el periodista escapaba a Panamá.

            Evangelina fue recibida en Estados Unidos con bombos y platillos. Miles de personas la aclamaron en Nueva York y se le hizo una recepción grandiosa en Madison Square.  El Presidente la recibió en la Casa Blanca  y la agasajaron en el Congreso y las familias más conspicuas. Cien mil monedas de plata –de 5, 10 y 25 dólares- se fundieron en su honor, como souvenir. Hearst aseveró: “¡Un periódico norteamericano logra con un golpe lo que no pudo la diplomacia de Estados Unidos!”

            Allí Evangelina Cossío se casó, en primera nupcias, con Carlos Carbonell, que, ya en la República, fundó el Club Náutico de Marianao. En los años cincuenta del siglo pasado todavía vivía, pero la existencia no parecía haberle sonreído a juzgar por lo modesto de su morada en La Habana vieja. En una entrevista que concedió en esa época confesó su añoranza por el pasado y su esperanza de un porvenir mejor para Cuba.

Cara a Cara con Rosa Fornés

Cara a Cara con Rosa Fornés

Ciro Bianchi Ross

 

Se le consideró en su tiempo la gran vedette de América. Fue la mujer más deseada de Cuba y figura entre las mejor vestidas de la Isla. Chávez, el modisto mexicano que vistió a tantas luminarias, conservó en su taller, durante décadas, un maniquí con sus medidas. Sabe que le asientan el verde, el negro y el blanco, y si de perfumes se trata prefiere el Shalimar, de Guerlain, el Diva, de Saint Laurent, y el Paloma Picasso, mientras que, entre las joyas, se inclina por los brillantes… Durante los últimos 65 años, Rosa Fornés ha llenado, y de qué manera, el mundo del espectáculo. Hizo radio, teatro, cabaret, cine, televisión y recogió aplausos tanto en lo lírico como en lo dramático, la comedia, el musical, la canción ligera. Ahora, cuando ya de vuelta de todo pudiera contentarse con mirar al mundo desde arriba, dio a conocer sus memorias, provocadas sagazmente por el escritor Evelio R. Mora, y se lanzó con la revista Una rosa para todos en una gira que la llevó por todo el país. Tiene más de 80 años de edad, cinco nietos y dos bisnietas, pero para júbilo de los que la siguen y la quieren ese mito viviente que es la Fornés se empeña en mantener su centro.

            -Yo no sé lo qué es pedir trabajo. Fíjese bien, nunca, ¡nunca!, me acerqué a un empresario para que me diera un contrato ni supliqué un papel a un director, y mucho menos lo haría hoy. Por ser así me perdí cosas que tal vez me hubiera gustado hacer, pero siempre me mantuve invariable en ese principio. Me llaman, vienen a verme y me proponen esto o lo otro, y de una propuesta como esa salió Una rosa para todos  que me dio el gusto de presentarme en el escenario con mi hija Rosa María Medel y otros valores jóvenes y fue un éxito tremendo. Claro, tuve que planificarme para acometerlo. Me dije: “Ya no estás para fiestas”. Por eso, cuando terminaba la función y mis compañeros se iban por ahí a divertirse, yo me volvía a mi hotel y reponía energías para la jornada siguiente. ¿Sabe una cosa? Siempre he sido muy audaz. Y esa audacia me valió mucho en un medio como el artístico donde para triunfar no basta el talento, sino también la suerte y la oportunidad.

            Cuando me comuniqué por teléfono con Rosa Fornés para solicitarle esta entrevista, pensé que pondría reparos. Pero no; me citó para el sábado siguiente, a las cuatro. Solo pidió que ese día le recordara el compromiso a media mañana. Cuando volví a llamarla para hacerlo, preguntó si me acompañaría algún fotógrafo y me respuesta afirmativa pareció hacerla dudar. “Entonces tendré que prepararme”, comentó como para sí. Le dije que de seguro no lo necesitaría, pero insistió. “A lo mejor tendrá que esperar un poco”, dijo. Cuando llegamos a su casa, Yuma, un perro dócil y hermosísimo, fruto del cruce extraño entre un san bernardo y un chau-chau, fue el primero en salir a recibirnos al jardín y enseguida La China, la asistente de la actriz, nos dijo, de parte de Rosa, que viéramos y seleccionáramos los lugares donde se le tomarían las fotos. Cuando la artista apareció al fin en la sala de estar, lo hizo como si saliera a un escenario: desbordaba simpatía y buscaba el asentimiento de los que la esperábamos. Eran las 4:30. Las estrellas siempre se hacen esperar.

            -En mi casa había una buena discoteca. Mi madre me decía: “Te contaré el argumento de esta ópera”, y me la ponía luego en el tocadiscos. Así fui creciendo. Mi padre quería que yo me preparara para la vida, que estudiara secretariado, comercio, qué sé yo. Y yo un día me presenté en La Corte Suprema del Arte, un  programa para aficionados, que descubría talentos y que llegó a tener una gran audiencia en la radio, y me llevé el premio. Dijo mi padre: “Bueno, ya ganaste; ahora a lo tuyo, que es el estudio…” Yo quería ser artista. Insistí y tuve que imponerme. Estudié canto, baile y música y aprendí muchísimo con esa gran actriz que fue Enriqueta Sierra… Tenía 15 años. Casi enseguida debuté con Antonio Palacios e hice mi primer papel en el cine: interpreté a una madre con tres hijas, y cualquiera de ellas era mayor que yo en edad.

            Dicen los que la conocen que Rosa es jovial en público y melancólica en la intimidad, y que se ha hecho más artista y más bella con la sensibilidad y la sabiduría de los años. Nació en Nueva York, aunque nadie dude de su cubanía, y la trajeron a Cuba a los tres años. La Guerra Civil la sorprendió en España. Retornó a la Isla de nuevo y a los 20 años tenía ya una carrera hecha. El día en que cumplió los 18 celebró también su 150 presentación consecutiva en Luisa Fernanda, donde encarnó el papel de la duquesa Carolina.

            -Hacía yo en México una revista musical de esas que te imponen una trusa ajustada y muy corta  y que te hacen lucir al aire unas piernas larguísimas, y una noche, al regresar al camerino, encuentro a dos señores que me aguardaban. Se presentaron. Eran Moreno Torroba y Fernández Shaw, los autores de Luisa Fernanda. “Todo el mundo nos comenta que no hay otra duquesa Carolina como la que usted hace, y hemos venido a conocerla”, dijeron. Y yo respondí: “¡Ay! Qué honor, pero qué pena que me hayan visto en esta facha”.

            “Me dediqué mucho a lo lírico y eso es uno de mis mayores orgullos. La opereta, al igual que la zarzuela, me dio la posibilidad de alternar en la escena con grandes figuras, tanto en Cuba como en México y España. La opereta permitió también que demostrara mi calidad de actriz, pero ninguna de las dos me hizo desistir de mi interés por la canción ligera. Me reprocharon que no incursionara en la ópera, y yo me decía: “A la ópera puedo llegar, pero me faltan puntos”. Me decían además: “Una cantante como tú no debe meterse en lo popular”, y yo me decía: “Tengo la voz bien colocada y no tengo por qué preocuparme”.

            “A mí me tocó una época muy dura. Subía una obra a escena y el teatro la programaba en dos funciones diarias de lunes a sábado, y tres el domingo. Eso te daba una escuela tremenda, seguridad, una confianza extraordinaria. Y al mismo tiempo tenías que seguir estudiando, superándote sobre la marcha, aunque tuvieras que sacrificarlo todo en aras de tu arte porque  cada día,  con cada actuación, con cada presentación en público o ante una cámara, se vuelve a empezar. La gente me dice: “Bueno, a su edad, con su experiencia, ya nada debe asustarla, nada debe inquietarla…” Yo respondo: “Pues no, cada actuación es para mí como si fuera la primera vez; siento el mismo miedo, las mismas preocupaciones, y tal vez más, y es que soy muy autocrítica, muy exigente conmigo misma y nada me molesta más que dar al público menos de lo que el público espera de mí.

            Dice la Fornés que en su larga carrera hubo más alegrías que penas. Ríe y recuerda aquella noche en la que interpretaba el papel de una odalisca persa y se pisó el vestido, “un vestido que me quedaba muy bonito, pero tenía la tela podrida”, comenta, y quedó en el escenario cubierta solo por unos bombachos y el pelo. Menciona asimismo su actuación en La dama de las camelias. “Margarita Gautier muere en la obra de Dumas y yo me moría de verdad en el escenario; sufría un ataque de llanto tremendo y apenas podía salir a saludar al publico que aplaudía a rabiar”.

            -Una  lo sacrifica todo por esos aplausos. Yo, hasta dónde me fue posible, cuidé mucho a mi familia, a mi madre, que me vivió hasta hace poco; a Rosa María, la hija que tuve con el actor mexicano Manuel Medel, y a Tania, la hija de Armando Bianchi, que llegó pequeñita a mi vida. Mi relación con Armando duró 28 años, hasta su muerte. Siempre digo que tengo dos hijas, y los nietos de Tania son tan nietos míos como los de Rosa María.

            “Sé cocinar, coser, bordar, tejer… En ocasiones, muy de tarde en tarde, soy capaz de confeccionarme un vestido. Si me meto en la cocina es solo para prepararme una tortilla. Sí me mantengo muy al tanto de la casa, pero en cuanto a las labores propiamente domésticas siempre he contado con ayuda. Ahora me acompaña uno de los hijos de Rosa María. Antes hablaba mucho con mi madre, salía con ella. Fue una mujer muy saludable hasta el final”.

            En una butaca, dormitando, Toña la Negra, la gata de Rosa, asiste a toda la entrevista. Ahí la encontramos y en su butaca quedó cuando nos fuimos. La artista ha sido una coleccionista inteligente de obras de arte y apenas le alcanzan las paredes para colgar sus cuadros. Hay espacio en la casa para las fotos de gente que ha querido: Cantinflas, Pedro Vargas, Libertad Lamarque,  Ernesto Lecuona… y otras muchas de ella misma  sola o en compañía de Jorge Negrete, Pedro Infante, Benny Moré, Adolfo Guzmán, Armando Bianchi… Y para los trofeos de incontables premios y reconocimientos, como la Orden Félix Varela, la más alta condecoración cultural que confiere el Estado cubano.

            ¿Cuál es el secreto de su éxito?, pregunto y la respuesta viene rápida como si Rosa Fornés la hubiese pensado de  antemano:

            -Aparte de la calidad de mi trabajo, el hecho de haber sabido ir con el tiempo.

            Vuelvo a inquirir.

            ¿Cómo ve el mundo a los 80 años?

            -El mundo evoluciona y he sabido evolucionar con él. Creo que esa es la clave de que me mantenga vigente. Me miro ahora y me veo parada 30 ó 40 años atrás. Todavía con 50 años yo me comía el mundo y aún me asombro de todo lo que pude hacer entre los 50 y los 60, entre los 60 y los 70, entre los 70 y los 80. Procuré siempre logar una buena armonía  en mi familia y con mis compañeros de trabajo, y los éxitos de otros artistas los sentí como míos. Lo importante no es querer seguir haciendo lo que hiciste, sino saber lo que puedes hacer… Lo importante es no dejarse aplastar ni abatir. Hay que estar arriba y mirar el futuro. Sí, por extraño que parezca, todavía miro el futuro y espero que la gente se sorprenda con lo que seré capaz de hacer a partir de ahora, y siga dándome el cariño que me dio siempre.

 

           

  

Lezama en dos tiempos

Lezama en dos tiempos

Ciro Bianchi Ross

José Lezama Lima vivió en esta casa desde 1929 hasta su muerte, el 9 de agosto de 1976. Cuando llegó a ella estaba a punto de comenzar sus estudios de Derecho en la Universidad de La Habana. Cuando la abandonó para siempre, cuarenta y siete años después, era, desde hacía mucho, uno de los grandes de las letras universales.

            Se trata de una casa más bien pequeña. Un día me dijo que tenía veintiséis metros de largo y que, obeso y sedentario como era, la recorría cuatro o cinco veces seguidas cuando sentía que le hacía falta un poco de ejercicio. A la sala de estar seguían  un saloncito que hacía las veces de recibidor y los dormitorios, que corrían junto al patio interior. Al fondo, el comedor y la cocina y una pieza  más donde el escritor instaló su estudio y que  le sirvió durante mucho tiempo para compartir con sus amigos.

            Una casa modesta que Lezama Lima, sin embargo, no dejó de considerar nunca como un verdadero palacio. Y que realmente lo era por la biblioteca espléndida de más de diez mil volúmenes que atesoraba, la impresionante colección de cuadros que se había ido acumulando en ella y que era expresión de la mejor  pintura cubana, y la imaginación desbocada  y la fulgurante artillería verbal de su inquilino. En esta casa de la calle Trocadero, 162, bajos, en La Habana Vieja, Lezama escribió toda su obra.

            Su esposa María Luisa Bautista, a la muerte del escritor, quiso que se convirtiera en un museo que perpetuase la memoria del autor de Paradiso. Y algo avanzó en su empeño   mientras le quedaron fuerzas para hacerlo. Fue entonces que se colocó en la fachada del inmueble la tarja de bronce, costeada por  los amigos, que anuncia que “aquí vivió Lezama…” y se demolieron divisiones interiores  para que dos  habitaciones se convirtieran en un área más cómoda y mayor  de exhibición. Se emplazó  allí la mascarilla del poeta y el vaciado de su mano.

Pero María Luisa falleció  en 1981 sin poder concretar su propósito, y a su muerte pareció que aquel esfuerzo caería en el vacío. Las pertenencias de Lezama –libros, cuadros, manuscritos, muebles…- se dispersaron entonces, si bien persistía en el ánimo de las autoridades culturales cubanas hacer de la casa de Trocadero un sitio donde se le  recordase. Fue así que en 1984 se inauguró allí una biblioteca que llevó su nombre  y su directora, Fabiola Mora, al tiempo que  acopiaba testimonios sobre el poeta,  se dio a la tarea de recuperar para la recién nacida institución todo lo que de Lezama era recuperable. Si bien sus manuscritos quedaban en la Biblioteca Nacional y muchos de sus objetos personales en el Museo de Centro Habana,   volvían a la casa de Trocadero parte de los libros   y   los  cuadros que Lezama atesoró.

Aquella biblioteca, a la postre, resultó insuficiente. Cerró sus puertas en 1989 y la casa comenzó a someterse a un proceso de remozamiento para que diera albergue a la Casa Museo José Lezama Lima.  

“NINGUNA JARRA HA VARIADO DE LUGAR”

La Casa Museo  abrió  sus puertas el 30 de junio de 1994. Su propósito es el de conservar, exponer y promover el patrimonio material y espiritual del autor de Enemigo rumor. Rescatar su espacio vital y a través de ese espacio rescatar la figura de Lezama Lima y atrapar su espíritu, afirma Israel Díaz, especialista del Museo. El montaje  se logró, puntualiza, gracias a los testimonios de la gente que estuvo cerca de Lezama, desde el poeta Pablo Armando Fernández hasta Nélida, su última asistente.

            Ese rescate  se consiguió en buena medida. Quien, como en mi caso, conoció la casa en vida del escritor se percata del respeto y el  cuidado con que el Museo  trató de reproducirla. Los muebles pueden no ser los mismos. Pero sí su distribución. En la sala de estar se exponen los mismos adornos y el  retrato del teniente coronel Lezama Rodda, padre del escritor,  en su atuendo de gala, tomado poco  antes de la enfermedad –aquella “tonta pulmonía”, como decía Lezama- que lo llevó a la tumba en plena juventud. Sobre la mesa, colocada debajo de ese retrato, hay otro, de la madre, hecho asimismo poco antes de su muerte. Desde su sillón Lezama podía contemplar la imagen de sus progenitores que aparentemente presintieron el momento postrero y se apresuraron a dejar al hijo ese recuerdo.

            Para Lezama, la muerte del padre fue el motor impulsor de su poesía, y la madre que, según decía, continuó protegiéndolo aún  después de muerta, significó la seguridad y el afianzamiento frente a la vida. Si el vacío provocado por el fallecimiento del coronel,  a los treinta y tres años de edad y cuando su hijo aún no había cumplido los nueve, lo movió a buscar la imagen a través de la poesía, la insistencia de su madre lo obligó a escribir.

            En esa sala de estar, por las tardes,  escribía Lezama Lima. Con la  libreta  apoyada en  el brazo del sillón. A veces, cuando el asma no lo dejaba dormir, se iba a una segunda noche y sus  manos volvían a penetrar en el hálito de la palabra.

            Antes trabajaba en el estudio, al fondo de la casa. Pero tras la muerte de doña Rosa esa pieza se tornó demasiado silenciosa y sombría. No escribía  a máquina y revisaba muy poco lo que escribía. María Luisa mecanografiaba los manuscritos que iban siendo cosidos, no presillados, en carpetas.

            Lezama era extremadamente cuidadoso con las cosas que lo acompañaban en la vida, y era un ser incapaz de deshacerse de nada, incluso de lo que dejaba de tener utilidad, como las máquinas de escribir que dejó de utilizar a lo largo de los años y que insistía en conservar. Un búcaro, roto,  que fue de su madre y un busto destrozado de la reina Nefertiti, que compró en su juventud, seguían teniendo para él  una significación especial de la que no podía sustraerse. Botarlos era cometer una traición consigo mismo y con los suyos.

            La casa  la formaron tres aluviones principales: las pertenencias de la abuela del escritor, una cubana que conoció a José Martí en la emigración revolucionaria, las de su madre y las suyas. Y es muy posible que nada cambiara en Trocadero, 162 aun después de que, en 1964, cuando fallece doña Rosa,  Maria Luisa entró allí  como dueña de casa. Ya en abril de 1948, escribía Lezama a su hermana Eloísa, a la sazón de vacaciones  en Nueva York: “Aquí ninguna jarra ha variado de lugar y los escaparates de abren con el mismo traqueteo que le motivan 40 ó 50 años de uso profundo y cuidadoso…”

HUMEDAD MATINAL

Después de la muerte de María Luisa, volví en muy contadas ocasiones a Trocadero, 162. Cuando Abel Prieto, que todavía no era Ministro, inauguró  la biblioteca, en el 84; cuando  trabajaba para la UNESCO en la edición crítica de Paradiso y Cintio Vitier, coordinador de aquel equipo de trabajo, insistía en reunirnos allí y acaso en un par de ocasiones más. Al Museo no había ido nunca, pese a que no dejaron de invitarme a los coloquios internacionales que esa institución convocó en 1996 y 1998. Después que Lezama murió jamás acudí  a celebrar su cumpleaños los 19 de diciembre ni a conmemorar el día de su santo los 19 de marzo, día de San José. Prefiero  recordar las cervezas que disfruté en su compañía, los almuerzos con los que me honró y el té que preparaba su esposa y del que Lezama, con orgullo, afirmaba que era el mejor de La Habana Vieja.

            Me alegro de haber vuelto por allí ahora, en  vísperas del cuarenta aniversario de la publicación de Paradiso y ya en la recta final del centenario del natalicio del escritor, en el 2010. No diré que Lezama muerto parece vivo en su casa de vitrina. Sigue vivo, sí, en su obra. Yo, que lo traté tanto, no tengo última imagen de José Lezama Lima. Imposible tenerla del hombre que en su último poema escribió: “Me duermo.  En el Tokonoma/evaporo el otro que sigue caminando”. Todavía me parece que Lezama acudirá a mi llamada para preguntarme otra vez con el saludo habitual de su alegría: “¿Qué tal de humedad matinal? ¿Qué tal de resonancias?” Y es que nuestro escandaloso cariño lo persigue y por eso sonríe entre los muertos.

  

           

 

           

Duelos de anjá

Duelos de anjá

Ciro Bianchi Ross
Aunque se suponía que en un duelo debía salir vencedor quién tuviese la razón, el triunfo se inclinaba siempre hacia el más hábil o fuerte. O casi siempre pues a veces el menos diestro, por aquello de que la suerte es loca, llevaba la mejor parte.
Ocurrió así en el lance que sostuvieron, en 1890, el afamado duelista cubano Alberto Jorrín y Leopoldo D’Ousuville, capitán de artillería del ejército español, por ofensa de obra inferida por el primero. El militar exhibía un historial esgrimístico bastante mediocre y como el otro de manera invariable había salido vencedor en todos sus encuentros, amigos y entendidos le adjudicaron de antemano la victoria. Sin embargo, Jorrín resultó muerto cuando en la primera reprisse D’Ousuville, de una estocada certera, le atravesó el vientre con su sable.Tan pronto el juez de campo ordenó el inicio del combate, el capitán, punta en línea, se lanzó sobre su rival en un ataque suicida que Jorrín fue incapaz de parar. Sin movimientos, como un muñeco, quedó a merced de su adversario. Y es que el cubano desde días antes y a consecuencia de la caída de un caballo padecía de una especie de catalepsia que momentáneamente lo paralizaba y dejaba en blanco su mente. Aún así se batió.Retomo hoy el tema de los duelos porque imagino que muchos lectores quedaron con las ganas de saber más de esas peleas regulares entre dos personas, precedidas de un desafío o reto y que se llevaban a cabo a mano armada, en presencia de testigos y antecedidas de acuerdos que, entre otros detalles, establecían las armas con las que dirimiría el combate.Algunos cabos, ciertamente, quedaron sueltos, por falta de espacio, en la página pasada. ¿Cómo fue aquel lance entre Susini de Armas  y el maestro Alesson que Ramón Fonts calificó como el más fuerte e interesante que se dio en Cuba? ¿Qué sucedía cuando un león como ese, campeón olímpico en la modalidad de espada de combate, y centroamericano de espada, sable y florete, concurría al campo del honor? De duelos de verdad y de duelos de mentirita continuaremos hablando este domingo y también de otros que se vieron matizados por incidentes ingeniosos o burlescos.VIEJO, POR TU MADREPorque en un duelo en Cuba podía suceder cualquier cosa. En 1918 tocó hacer su debut de espadachín intrépido al formidable humorista Miguel de Marcos, redactor por aquellos días del Diario de la Marina.  Todavía en 1947 el autor de Papaíto Mayarí y Fotuto recordaba en una crónica los pormenores del encuentro, aunque no menciona en ella el nombre de su adversario ni el por qué del desafío. Precisa De Marcos que los padrinos que escogió no eran de espíritu moderado y pactaron con los representantes de su rival algo siniestro: un lance a sable, con guante corto, filo, contrafilo y punta. Tenía el escritor 24 años de edad entonces y su conmoción fue grande al leer el acta de concertación suscrita por los padrinos en la que solo faltaba acotar aquello de “Se ruega no envíen flores”.La noche antes del encuentro, ya muy tarde, Lucio Solís, jefe de redacción del Diario, conminó a De Marcos a que se preparara. Le recomendó que hiciese unos molinetes, tirase a fondo y diera brusquedad al sable. No lo había en el periódico y el duelista hizo su práctica con el arma que se le puso a mano: un espadón visigodo de 50 libras de peso y abrumador como el remordimiento.El médico que lo asistiría, en caso de salir herido, sería el eminente cirujano Benigno Souza, pionero de la laparatomía en Cuba y, cosas de la cirugía general, especialista en trepanaciones de cráneo. El juez de campo, el maestro Pío Alonso, alto, magnífico, apuesto, con bigotes en batalla y una bondad inextinguible.Comenzó el combate. Cuando los contrincantes se acaloraban y chocaban los sables una y otra vez, Alonso, fiel a su práctica, no solo intervenía con su bastón, sino que detenía con sus manos el enroscamiento de las armas.Transcurrió la primera reprisse. En la segunda, De Marcos advirtió que su adversario, hecho a la esgrima trágica, quería sacarlo del campo con una estocada en el vientre y que en la tercera estaba dispuesto a liquidarlo de cualquier manera. Fue entonces que sintió un golpe mate y sordo en un antebrazo.Ordenó el juez de campo la interrupción del lance y pidió al médico que examinase al herido. ¡Herida grave, imposibilidad de este contendiente de reanudar el duelo! dictaminó Souza pasando por alto que en la zona afectada solo aparecía una mancha cárdena. Volvió a diagnosticar: ¡Bordes magullados! y sin detenerse ni bajar la voz indicó el tratamiento que creyó oportuno: ¡gasa fenicada, sopa de tapioca, reposo absoluto! Y enseguida, bajito y mientras le apretaba con fuerza el moretón, dijo a De Marcos: Viejo, por tu madre, haz un esfuerzo a ver si por lo menos te sale una gota de sangre y damos esto por finalizado de una vez.ENTRE LEONESLa sangre sí corrió en el duelo (1916) entre Susini de Armas y Eduardo Alesson. La crónica no precisa el lugar del encuentro; solo dice que ocurrió en una casa de la calle J, en el Vedado. Como uno de los padrinos en el lance fue Francisco Grau San Martín, es de suponer que se celebrara en J esquina a 17, donde está ahora la escuela y que era la residencia del doctor Ramón Grau, futuro presidente de Cuba. El juez de campo fue el ya aludido Pío Alonso y en el combate De Armas recibió una herida de sable de diez centímetros de largo en el hombro izquierdo y su rival una contusión en el cuello, una herida debajo de la oreja y múltiples excoriaciones en el torso.Curados ya los heridos, se suscitaron varios incidentes enojosos, no solo porque con impertinencia De Armas pedía la reanudación del lance, sino porque algunos espectadores atestiguaban que Alesson había herido a su oponente después de darse la voz de ¡alto! y otros aseguraban justamente lo contrario, que fue De Armas quien atacó cuando se había dado ya por concluido el encuentro. Zanjada esa cuestión, Alonso, erguido, arrogante y enérgico, pidió una reparación a Alesson por haber manifestado este días antes que no lo quería como juez de campo. Y ahí no paró la cosa pues dos conocedores casi se van a las manos por su desacuerdo con la calificación de las lesiones que recibieron ambos contrincantes.Porque la discusión más nimia, el motivo más baladí daba a veces pretexto para la concertación de un duelo.Una tarde discurrían plácidamente sobre asuntos de armas Ramón Fonts, el formidable esgrimista zurdo, y el maestro de esgrima José María Rivas. Conversaban sobre la técnica esgrimística del italiano Athos de San Malato, autor de uno de los códigos que regían los duelos, algo dijo Rivas que disgustó a su interlocutor y ahí mismo quedó planteada la llamada cuestión de honor.  No quedaba otra salida que la de batirse.El día acordado se situaron frente a frente los dos leones. El juez de campo dio por comenzado el encuentro y enseguida dejó escuchar la voz de ¡alto! Pidió a Rivas que diera a Fonts las satisfacciones necesarias.  El maestro Rivas asintió sin reparos y ambos contendientes, que eran en verdad muy amigos y se admiraban mutuamente, se sellaron en un abrazo.  (Fuentes: Textos de David Aizcorbe y Octavio Garcerán Laredo. Con documentación de Gonzalo Sala)