Blogia

wwwcirobianchi / BARRACA HABANERA

Padura o la memoria

Padura o la memoria

Ciro Bianchi Ross

 

Mucho ha cambiado el periodismo en los últimos años.

            El reportaje, el más humano de los géneros, que ofrece la noticia “vestida” y que hace que el lector se sitúe dentro del acontecimiento, ha ido desapareciendo de las páginas donde fue dueño y señor, se relega a las ediciones dominicales o se hace cada vez menos extenso, y pasan por entrevistas meras declaraciones a las que se les inventaron preguntas y que bien pudieran haber ido como una nota simple. Se comenta y se opina en la noticia, con olvido de que el hecho es el hecho y la interpretación viene después y se descubre de pronto que la cualidad más importante de una información no es su veracidad, sino la espectacularidad y el sensacionalismo que posibilitarán venderla mejor. En un intento baldío de competir con la televisión, que muestra el suceso, periódicos y revistas se llenan de fotos cuando deben explicarlo y analizarlo de la manera más profunda posible.

            Hoy los directores de los grandes medios no son generalmente periodistas, sino empresarios o políticos. Las escuelas de periodismo, en las que todo el claustro, incluso los profesores de taquigrafía, lo conformaban periodistas en ejercicio, pasaron a ser facultades de comunicación o de comunicación social donde se aprende muy poco de las interioridades del oficio. Aquel redactor jefe, que enseñaba sobre la marcha a los más jóvenes, aun cuando tenga algo que decir anda ahora demasiado apurado siempre para hacerlo. Con la revolución de la electrónica y de las comunicaciones desaparecieron las viejas redacciones y sus salones devinieron “laboratorios asépticos para navegantes solitarios”, y las nuevas tecnologías hacen más fácil ponerse en contacto con alguien que se agazapa en el  otro extremo del mundo que conversar con el compañero de mesa. Antes el periodista ligaba a la profesión su vida y ambiciones; era una misión esa que hoy es un empleo más que se puede abandonar en cualquier momento. Los periodistas son ahora comunicadores, aunque esos términos no sean sinónimos, como no lo son tampoco información y comunicación. Comunicar es divertir, interesar, conmover, influir. Informar es razonar, convencer, explicar. La comunicación se dirige a los consumidores, en tanto que la información se ocupa de los ciudadanos, escribió Laurent Joffrin para fundamentar lo que muchos años antes Ernest Hemingway sintetizó en una frase ocurrente: Para enviar mensajes ya está correos, o lo que es lo mismo: Para comunicar está el teléfono.

  

De esa “deshumanización galopante” de la profesión, que tanto preocupa a figuras como Gabriel García Márquez y Ryszard Kapuscinski, se excluye el periodismo de Leonardo Padura Fuentes. Siendo el narrador exitoso y reconocido que es, el periodismo sigue siendo, sin embargo, otro batiente de su ser, un oficio, dice, que ama, necesita y respeta y que no abandona porque le permite atrapar en el fluir de una vida que pasa el latir de la vida que queda  a fin de darle su lugar en la memoria del país.

            No otra cosa ha hecho desde que en 1980 se inició en el medio y, sobre todo, a partir de 1983 cuando ingresó como reportero de a pie en el periódico habanero Juventud Rebelde. Fue allí que empezó a escudriñarle las esquinas a la historia, a meterse en sus rincones empolvados y a bucear en trayectorias de personajes perdidos. En ese diario, donde nadie nunca le impuso temas, sino que escribía  sobre lo que quería, Padura hizo periodismo como si hiciera literatura y encontró su estilo.

            De esa etapa, que se cerrará en 1995, cuando abandona la redacción de La Gaceta de Cuba, en cuyas páginas dejó muchas entrevistas memorables, son sus libros periodísticos El alma en el terreno, que contiene sus diálogos con jugadores de béisbol, la colección de reportajes El viaje más largo, y Los rostros de la salsa, un empeño diverso y coherente a la vez que lo llevó a entrevistar a afamados compositores, cantantes e intérpretes musicales.

            Puedo dar fe de lo importante que fueron en la prensa cubana de los 80 los reportajes de Padura; aquella visión suya del tórrido romance de la haitiana Úrsula Lambert y el alemán Cornelio Souchay, su acercamiento a la vida y la muerte del joven proxeneta Alberto Yarini, El Rey, o su incursión en el mundo del tamborero Chano Pozo…Fue precisamente tras la publicación de ese último trabajo que nos conocimos personalmente y recuerdo que en aquella primera conversación Padura me dijo algo que de tanto repetirlo terminé haciendo mío: El destino último de todo lo que uno escribe debe ser el libro. Aludía al periodismo, por supuesto.

            No me perderé ahora en una larga disquisición sobre las relaciones entre periodismo y literatura. Hay, es evidente, periodismo y periodismo, periodistas y periodistas. Para algunos es hora ya de que se le reconozca al periodismo su condición de género literario. Alejo Carpentier no establecía distingos entre un periodista, un narrador y un historiador, y Juan Marinello decía que un gran periodista es un gran escritor de dotes específicas. Por ser Padura un escritor entero y verdadero y un periodista siempre eficaz puede abordar la realidad en su contorno evidente y llegar en su vuelo al envés de situaciones y personajes.

            Cuánto debe su narrativa al periodismo es asunto que otros deberán dilucidar. Baste decir ahora que ese saber suyo de agarrar al lector desde el inicio y mantenerlo sujeto hasta el final, es una ganancia del periodismo en su narrativa. Fue en el reportaje donde el escritor aprendió a valerse de ese gancho y a tender los  necesarios puentes de entendimiento que hacen que quien lo lee no quede perdido en las páginas de sus novelas

  

El periodismo, afirmaba Vázquez Montalbán, crea adicción. Los que creían a Leonardo Padura Fuentes perdido para el periodismo tras su salida de La Gaceta de Cuba se   equivocaron de calle. Durante los diez años transcurridos desde entonces,  él, que se aplica sobre  sus libros de domingo a domingo y es el más disciplinado de los escritores cubanos, puede apartarse de la novela en la que trabaja para seguir haciéndolo. Lo ha hecho durante todo ese tiempo en la revista Cultura y Sociedad, de IPS, y este libro es prueba de ello.

            Los que le exigían una y otra vez una nueva colección de reportajes como la de El viaje más largo y otras entrevistas con peloteros y músicos, hallarán temas afines en estas crónicas escritas entre dos siglos y otros temas más porque sólo el cronista, y no el reportero, al decir de Graham Greene, puede permitirse el lujo de creer en Dios.

Si para sus reportajes de ayer se refugió en la historia, donde los conflictos son más evidentes y se puede trabajar con una visión conflictiva de hechos y personajes, en las crónicas que siguen Padura se mete de lleno en su realidad –artística y social- cotidiana.  Lo hace desde dentro, con una honestidad a toda prueba y rescata el lado más humano del periodismo. Con una visión aguda, pero amorosa y cálida que quiere razonar, convencer,  explicar  y. sobre todo, ayudar a pensar y que quedará como una memoria de este tiempo “arduo y cambiante” que vivimos y como expresión de lo mejor del periodismo de esta época.  

 

Santa Amalia, 17 de octubre, 2005

 (Prólogo a Entre dos siglos, de Leonardo Padura)

 

Gobernadores

Gobernadores

Ciro Bianchi Ross

Ciento veintiocho gobernadores ejercieron el mando en Cuba durante la Colonia. De ellos, ocho ocuparon el cargo en dos ocasiones, y solo José Gutiérrez de la  Concha y Blas Villate, Conde de Balmaceda, en tres, en tanto que otros l6 lo hicieron con carácter interino. Varios de esos gobernadores –tres por nuestra cuenta—fueron destituidos antes de concluir sus mandatos. De todos, los que permanecieron mayor tiempo al frente de los destinos de la Isla fueron Diego Velásquez de Cuellar (15ll-1524) y Salvador Muro y Salazar, Marqués de Someruelos, que también lo hizo a lo largo de 13 años a partir de 1799. El más breve, Diego Antonio de Manrique, llevaba 13 días en el poder cuando cayó fulminado por el vómito mientras inspeccionaba las obras en construcción de la fortaleza de La Cabaña. La fiebre amarilla, que no respetaba fortunas, rangos ni dignidades, se lo llevó de cuajo para convertirlo en uno de los nueve gobernadores que fallecieron en su puesto. De esos nueve, dos, Francisco de Carreño y Manuel de Salamanca y Negrete fueron envenenados, y Diego Velázquez murió de envidia.

 

DOS CUBANOS

Entre esos gobernadores hubo un Marqués de La Habana (el ya aludido Gutiérrez de la Concha) y un Marqués de Victoria de las Tunas (Luis de Prendergast) y hasta un Sancho de Alquízar, que dio nombre primero a un hato y luego a una ciudad.

            De esos 128 gobernadores que a lo largo de 388 años mantuvieron la Isla en un puño, únicamente dos nacieron en Cuba, Juan Manuel Cajigal y Joaquín de Ezpeleta, en tanto que solo una  mujer, Inés de Bobadilla, asumió la más alta autoridad, aunque de modo más formal que verdadero. Era la esposa de Hernando de Soto y lo sustituyó en el gobierno mientras que el afiebrado descubridor buscaba en la Florida,. sin éxito, la fuente de la eterna juventud.

            Algunos de ellos llegaron a Cuba de capa caída, como Francisco de Carreño tras la derrota de la Armada Invencible. Para otros, el gobierno de la Isla fue el trampolín que les permitió el salto a más altas posiciones. Tal fue el caso de Francisco Cajigal de la Vega; de gobernador de Cuba pasó a virrey de Nueva España.

            Un hombre como Miguel Tacón sobresalió por su autoritarismo, y por su cobardía e incapacidad frente al corsario francés Jacques de Sores se destacó Gonzalo Pérez de Angulo. Leopoldo O’Donnell y Gutiérrez de la Concha descollaron por su crueldad, aunque de todos ninguno fue tan cruel como Valeriano Weyler, Marqués de Tenerife.          

VOLUNTARIOS

El gobierno de O’Donnell fue pródigo en derramamiento de sangre y en represiones brutales. Durante su periodo ocurrió, luego de los alzamientos de esclavos de Alcancía, Triunvirato y Ácana, la Conspiración de la Escalera, llamada así porque uno de los métodos de tormento consistía en atar al detenido a una escalera para hacerlo declarar al son del látigo. Muchos cubanos de altísima significación (Luz Caballero, Gener, Del Monte…) fueron involucrados en ella y su víctima más notable fue el poeta Gabriel de la  Concepción Valdés (Plácido) fusilado en Matanzas, en 1844. Para que el gobierno de O’Donnell fuera aun más tristemente memorable, es en su periodo cuando pasan por la Isla  los dos huracanes más desastrosos de los que se tuvo noticia durante la Colonia.

            Con Concha (segundo mandato)  surgen los odiosos voluntarios. Recién vuelto a Cuba ese funesto gobernante ocurre la muerte de José Antonio Castañeda, el aprehensor de Narciso López, a quien España había recompensado con un cargo de capitán. En el atardecer del  12 de octubre de 1854 se hallaba Castañeda en el café Marte y Belona cuando un disparo puso fin a su vida. Ese hecho exacerbó las pasiones ya desbordadas del elemento más españolizante y Concha, en respuesta, reorganizó las milicias disueltas por Pezuela, su antecesor. Se formaron así los batallones de voluntarios que tantas páginas de luto llenarían en la historia de Cuba.

SUELDO FABULOSO

Concha, sin embargo, ganó fama de débil entre los integristas. Cuando en 1850 sustituyó en el gobierno a Roncali con un sueldo de 50 000 pesos (32  000 más que su predecesor) condenó a muerte a Narciso López, de quien fue subordinado en el ejército español y dispuso el fusilamiento de 50 de sus hombres en las faldas del Castillo de Atarés. En su segundo mandato, Concha levantó el garrote para Pintó y Estrampes. Más de 50 muertes en el primer periodo y dos en el segundo… los voluntarios acusaron entonces al gobernador  de hallarse en franca y lastimosa decadencia. Ese hombre, al que se colgaba el sambenito de débil, volvería a hacerse cargo del mando de la Isla entre abril de 1874 y marzo de 1875, precisamente en una etapa en que la insurrección llegaba a su apogeo.

            Aunque no obtuvo grandes éxitos ante los mambises y sí en la mesa de juego d e la casa de la Condesa de Jibacoa, Concha no se dejó jamaquear por los voluntarios y al cesar en su tercer y último mandato los obligó a que lo despidieran con todos los honores. En su camino hacia el muelle, dice un testimoniante, iba tan despacio, con una actitud tan arrogante y metiendo de tal modo los ojos a los voluntarios formados en dos filas que aquello parecía un desafío mudo, mientras que, para que no quedara cabo suelto alguno, los cañones del Morro apuntaban hacia la ciudad.

            Si el Marqués de La Habana era amargo como el acíbar cuando se le buscaban las cosquillas, el Marqués de Castell-Florit era, como su apellido, tan dulce que se lo comían las hormigas. En su segundo mandato (1869) Domingo Dulce buscó soluciones de paz y entendimiento con los insurrectos, lo que lo hizo entrar en contradicciones con los voluntarios. Estos, tras los sucesos del teatro Villanueva, se sintieron los verdaderos dueños de la situación ante un gobernador incapaz de poner coto a sus desmanes y pronto se creyeron con derecho a censurarlo. Dulce solicitó entonces su relevo y como los voluntarios le hicieran saber que no lo querían más en el cargo, salió de La Habana sin esperar a su sucesor.

EL PRIMERO Y EL ÚLTIMO

Diego Velásquez fue un hombre con mala suerte tanto en la vida pública como en la vida privada. Esperaba haberse hecho cargo de un territorio rico y no encontró aquí las riquezas deseadas. Trajo a su prometida, contrajo matrimonio con ella en Baracoa y enviudó seis días después de la boda. Todas las expediciones que organizó para expandir su poder e influencia en la Tierra Firme fracasaron y el triunfo de Hernán Cortés en México fue más de lo que pudo soportar.

            Velásquez puso a Cortés al frente de aquella expedición. Cambió luego de parecer, pero ya era tarde. No le perdonaría la fama y riqueza que iba ganando frente a los aztecas ni   el olvido en que lo sumía. Encomendó entonces a Pánfilo de Narváez  la organización de otra expedición que castigaría a su antiguo subordinado, pero Cortés supo hacerse de parciales entre sus adversarios y Narváez tuvo que regresar a Cuba herido y casi solo mientras que el vencedor, con el refuerzo que constituyeron los hombres enviados en su contra, consolidaba su gloria. El éxito ajeno provocó en Velásquez una apoplejía y murió a consecuencia de ella en Santiago de Cuba, el 12 de junio de 1524.

            Fue el primer gobernador español de la Isla, El último se llamó Adolfo Jiménez Castellanos. Había sustituido a Ramón Blanco y Erenas, Marqués de Peña Plata, y le correspondía resignar el poder español ante el ejército de ocupación norteamericano.

            La ceremonia de traspaso de la soberanía tendría lugar en el Salón del Trono del Palacio de los Capitanes Generales. El general Brook representaría al gobierno de Estados Unidos, y José Miguel Gómez, Mario García Menocal, Mayía Rodríguez y Eugenio Sánchez Agramante, entre otros altos oficiales cubanos,  asistirían como invitados. Minutos antes de las 12 meridiano entraron al recinto los comisionados. A las 12 en punto, al sonar el primero de los cañonazos con que las tropas españolas honraban su bandera, que se arriaba, Jiménez Castellanos saludó militarmente a sus contrarios y con los ojos arrasados en lágrimas anunció el cese de la soberanía de España sobre Cuba. Brook respondió su discurso y el jefe español abandonó el Palacio mientras que cañones norteamericanos  con sus salvas saludaban la bandera de de su país que se izaba en el Morro.

            Era el l de enero de 1899. Cuba había luchado 30 años por su independencia  y había derrotado a España.  Pero no era libre.         

    

Gobernadores (final)

Gobernadores (final)

Ciro Bianchi Ross

 

Cuando Diego Velásquez murió, pálido de envidia por los éxitos de su ex subordinado Hernán Cortés en México, ya la Corono española había decidido residenciarlo, es decir, someterlo a un proceso para que rindiera cuentas de sus actos como gobernador de la Isla de Cuba.

            Su fallecimiento, en 1524, lo libró de esa humillación y de su posible destitución, pero Juanes de Dávila, que tomó posesión de su cargo de gobernador veinte años después, sí fue destituido  cuando quiso hacer cumplir las Ordenanzas de Indias que suprimían las encomiendas. Tal supresión lesionaba los intereses de los colonos pues ponía fin ala esclavitud de los indios –existía ya la esclavitud de los negros—y los perjudicados apelaron a la metrópoli para que lo sustituyera, al igual que en 1555 el Ayuntamiento y los vecinos de La Habana pedirían relevo y castigo para Gonzalo Pérez de Angulo, incapaz de organizar a derechas las defensas de la Isla.

            Con algunos gobernadores podían las “clases vivas” criollas y con otros, no. Y con los que no pudieron estuvo Juan Francisco Güemes de Horcaditas, primer Conde de Revillagigedo.

            La aristocracia habanera lo llamaba el tirano e hizo cuanto estuvo a su alcance avaro y rapaz como ninguno de sus antecesores y más ladrón que todos ellos, pero a para que Madrid lo sacara del cargo. Güemes, que asumió el gobierno en 1734, era esas características unía otra peor: no dejaba robar a los demás. Eso sí, enviaba al Rey lo que era del Rey y las rentas que de aquí remitía a España no habían alcanzado antes auge mayor. Eso, y la segura defensa que garantizaba de la Isla, hacían que cayeran en el vacío todas las quejas que en su contra elevaba a Madrid el patriciado criollo, que para salir del intruso no vislumbraba ya más solución que un rayo lo partiera.

            Y casi fue así pues un buen día el gobernador cayó fulminado por un ataque de apoplejía que lo puso a las puertas de la muerte. Cantaron victoria aristócratas y burgueses. Pero el hombre se fue a Santa María del Rosario, disfrutó de los beneficios de sus aguas medicinales, y treinta días después volvió a La Habana como nuevo, gordo y colorado como nunca antes, y dispuesto a seguir haciendo rabiar a los que pedían su relevo, hasta 1745 cuando cesó en la Isla para asumir como virrey de México.

HASTA LOS CLAVOS

La cosa se ponía fea cuando el relevado se negaba a irse e insistía en permanecer en La Habana durante semanas o meses después de su sustitución.

            Cuando Federico Roncali, Conde de Alcoy, se hizo cargo del gobierno (1848) para suceder a Leopoldo O’Donnell, el Conde de Lucena le jugó una mala pasada ya que el relevo le llegó antes de lo previsto y sin causa que lo justificara.

            O’Donnell no solo recibió a Roncali con evidente desprecio y no cambió con él más de media docena de palabras durante la ceremonia del traspaso de mando, sino que le dejó vacío el Palacio de los Capitanes Generales. Salvo el Salón del Trono y las dos piezas principales, que lucían en todo su esplendor, en el resto de las habitaciones faltaba no solo aquello que representa la comodidad y el lujo, sino los objetos más indispensables;  como si la mansión acabara de sufrir los efectos de una mudada.

            Algo de eso había porque O’Donnell, a quien apodaban el leopardo de Lucena, antes de cesar en el gobierno se había establecido, junto a su familia, en la Quinta de los Molinos y se empeñó en convertirla en una casa de vivienda digna para el primer funcionario de la Colonia. Para ello invirtió allí 20 000 pesos y se había llevado del Palacio hasta los clavos. Ya sustituido siguió viviendo en ella, sin prisa alguna por retornar a España.

            Cuando la Condesa de Alcoy, como dueña de casa, recorrió el Palacio de los Capitanes Generales advirtió que no dispondrían ella y su esposo siquiera de una cama donde reponerse de tan largo viaje. Para salir de aquel trance y evitar tener que pasar la noche acomodados en las butacas del Salón del Trono, el Conde y la Condesa se vieron obligados a recurrir a don Pancho Marty, un avispado catalán que llegó a Cuba pobre como una rata y se había enriquecido gracias a la trata negrera y al trabajo de los presos, que explotaba a su favor, y que ajeno al protocolo visitaba Palacio y veía al gobernador cuando le venía en ganas. Marty se pintaba solo para solucionar un asunto como ese, solución que redundaría en su influencia y valimiento

Cosas de don Leopoldo, señora, dijo a la Condesa. Todo se arreglará. Y se arregló en efecto

RICLA

A diferencia de O’Donnell, otros gobernadores salían pitando de La Habana en cuanto les llegaba el relevo, como lo hizo Ambrosio Funes de Villalpando, Conde de Ricla.

En verdad, quería irse desde antes y tanto insistió en su reemplazo que el 17 de enero de 1765 el Rey de España nombró al mariscal de campo Diego Antonio de Manrique para sustituirlo. Era este un hombre que gozaba de excelente concepto en la Corte y se había distinguido tanto en la guerra como en las labores administrativas. Sobre Cuba tenía conocimientos especiales pues había formado parte de la Junta de Generales que juzgó en España la causa que se instruyó con motivo de la toma de La Habana por los ingleses.

Manrique arribó a La Habana el 25 de junio y el 30 recibió el mando de manos de Ricla. En mala hora. Trece días después, víctima de la fiebre amarilla, era cadáver. Sus funerales tuvieron toda la pompa que exigía un Capitán General y lo enterraron en la iglesia de San Francisco. El Ayuntamiento de La Habana, en uso de sus prerrogativas, pidió entonces a Ricla, que permanecía en la Isla, que reasumiese el gobierno al menos con carácter interino, pero el Conde, loco por volverse a España, declinó el honor

CAIDO DEL CIELO

Cuando Salvador de Muro y Salazar, Marqués de Someruelos, se presentó en el Palacio de los Capitanes Generales para anunciar que era el nuevo gobernador de la Isla, el gobernador en propiedad, Juan Procopio de Bassecourt, Conde de Santa Clara, debió pensar que su sustituto había llegado por los aires porque hacía más de dos meses que no entraba barco alguno al puerto de La Habana.

Y es que Someruelos, perseguida de cerca por corsarios ingleses la nave en que viajaba –Inglaterra y España estaban en guerra—se vio obligado a desembarcar en Casilda y desde allí a caballo, seguidos por numerosos criados y sin un solo ayudante de campo, en penosa travesía, tomó rumbo a La Habana. Si en ese tiempo un buen jinete demoraba tres días en ir desde Nueva Bermeja (Colón) a la ciudad de Matanzas, ¿cuánto demoraría el viaje entre Trinidad y La Habana?  Para hacer más difícil la travesía, era infernal el clima y mojado por la lluvia y sucio de fango, llegó Someruelos al ingenio Holanda, próximo a Güines, donde su propietario le dio posada, con tanta generosidad y fineza que el recién llegado no tuvo otra alternativa que responder revelando su identidad..Venía con sus credenciales cosidas al forro de la ropa, a sustituir a un gobernador probo y capaz que cometió sin embargo el error de acoger en La Habana a los fugitivos príncipes de Orleáns, uno de los cuales, Luis Felipe, llegaría a ser rey de los franceses. Protestó por ello la Francia revolucionaria, entonces república y aliada de España y obtuvo el extrañamiento de los príncipes y el relevo de Bassecourt.

Entre los 128 gobernadores que rigieron los destinos de Cuba entre 1511 y 1899 hay hombres más familiares que otros, pero la mayoría de ellos nada dice al lector de hoy. Todos dejaron su huella en el horror de la Colonia. Con Antonio Chávez (1546) se fomentó en Cuba el primer ingenio azucarero, y con Manuel de Rojas, en los albores de la colonización, llegaron los primeros esclavos africanos. El Marqués de la Torre embelleció La Habana con el paseo de la Alameda de Paula y con Juan de Tejada La Habana tuvo título de ciudad. Con José Gutiérrez de la Concha se promulgó la más arbitraria de las medidas cuando quedó prohibido para los criollos el derecho de pedir. Dicen que el mejor de todos los gobernadores fue Luis de las Casas. Eso es, el mejor porque ninguno fue bueno.

   

 

Martí enamorado

Martí enamorado

Ciro Bianchi Ross

 

¿De dónde sacó tiempo este hombre para hacer lo que hizo?

            Aunó las voluntades independentistas, fundó un partido político, organizó la guerra contra España. Después de los 17 años de edad, cuando salió deportado de Cuba tras cumplir prisión y trabajos forzados pese a su minoría de edad, vivió de manera casi permanente en el exilio. Cursó dos carreras universitarias en España; trabajó como abogado y tenedor de libros, fue maestro en Guatemala, Venezuela y Estados Unidos. Cónsul en Nueva York de varias repúblicas sudamericanas y su representante en conferencias internacionales. Orador. Periodista siempre. Creó y dirigió un periódico, Patria, y publicó varias revistas, entre ellas La edad de oro, para los niños de América, que escribía de cabo a rabo. Redactaba directamente en inglés para periódicos norteamericanos. Hizo teatro, escribió una novela. Como poeta, es de los más grandes del idioma, iniciador del modernismo, aunque a la postre no quepa en ninguna escuela… Sus obras completas –crónicas, artículos, ensayos, literatura, cartas, discursos…- suman casi treinta volúmenes de más de 300 páginas cada uno.

            ¿De dónde sacó tiempo este hombre que vivió solo 42 años para hacer lo que hizo? ¿Dejaron sus tareas políticas y profesionales tiempo para la vida privada? ¿Amó?

            “Martí era un hombre necesitado de calor. Solo en las lides del amor o de la acción encontraba su propia temperatura”, dice Jorge Mañach en Martí el Apóstol, su insuperable biografía del Héroe Nacional de Cuba. Un hombre que a veces se enamoraba del amor más que de la mujer.

            Tuvo un matrimonio contrariado del que le nació un hijo al que dedicó un poemario espléndido, Ismaelillo. Pero antes y después y a veces paralelamente dejó entrar a otras mujeres en sus fervores de desterrado.

            Rosario de la Peña, La Musa, la George Sand de México, fue de las primeras. Y la actriz, también mexicana, Concha Padilla, con la que tuvo un idilio de “bruscas alternativas de beatitud y borrasca”. Ella fue la protagonista principal del drama Amor con amor se paga que el público mexicano pagó a Martí con largos aplausos.

            Era muy celosa la Concha y tenía motivos para ello. Se mostraba cada vez más avara con el galán mientras él se prodigaba en atenciones con las demás mujeres. Galantuomo le llamaba un amigo, y él confesaba que quería dividirse “en cachitos” entre todas.

            Doña Leonor, la madre, no veía con agrado los amoríos de Martí con Concha Padilla, “que podrá ser todo lo decente que se quiera, pero es una cómica”, y muchos de sus amigos tampoco. Manuel Mercado, su hermano mexicano, le metió por los ojos a la cubana Carmen Zayas Bazán, fina y elegante, que atraía, a su paso por la Alameda, las miradas de todos los jóvenes.

            Luego de los amores turbulentos con la Concha, Carmen fue un remanso. Se comprometieron y Martí viajó a Guatemala. Allí conoció a María García Granados, hija de un ex Presidente de ese país. Fue una simpatía mutua, un acercamiento inmediato a aquella muchacha de 20 años de edad, rostro pálido y mirada suave. Él le descubrió el amor dormido y se le desbordaba la ternura cuando ella interpretaba al piano algún vals de Ardite.

            Pídele ella que le escriba un poema en  su álbum íntimo. Martí lo hace y la muchacha lo lee con pesar. Habla de amistad en sus versos, no de amor. Quiere él estrecharle la mano y ella se lleva el pañuelo a los ojos y huye al interior de la casa.

            Nada había  dicho Martí a sus amigos guatemaltecos de su compromiso con Carmen y el poema en el álbum de María, más que una mentira piadosa es para ella una cruel revelación.

            Viaja él a México y regresa a Guatemala, casado. María muere. Años después Martí la inmortalizaría en La niña de Guatemala, uno de sus poemas más célebres y repetidos.

            …Ella dio al desmemoriado / una almohadilla de olor. / El volvió, volvió casado. / Ella se murió de amor…

            Con Carmen Zayas Bazán las cosas van a veces bien y casi siempre mal. Logra el deportado regresar a La Habana, donde nace su hijo, pero vuelven a desterrarlo y a partir de ahí la pareja se reunirá de cuando en cuando. Si se encuentran, media una paz diplomática entre ellos en un hogar difícil por la estrechez económica y los continuos reclamos que hacen a Martí sus ideales patrios. Un día, acogida a la protección del cónsul español en Nueva York, Carmen abandona a Martí para siempre. Es una mujer y acaso intuye que otro amor “sereno ya y doméstico le ha sustituido el amor esquivo”.

            Porque a esa hora otra Carmen, Carmen  Miyares,  había aparecido ya en la vida del Apóstol. Y la llena. Está casada con el cubano Manuel Mantilla, enfermo de melancolía y parálisis. Es medio venezolana  y medio santiaguera, robusta, parlanchina, simpática.

            Mucho se ha hablado de esos amores. Algunos los niegan. A María, la hija  de Carmen y en la que se repite el nombre de la niña de Guatemala, Martí la quiso con amor paternal. El parecido entre ambos es asombroso si se comparan sus retratos. ¿Era su padre? Poco importa precisarlo. A María Mantilla escribió Martí  cartas desbordadas de cariño y consejos para la vida cuando él ya no estuviera.

            La última de esas cartas, escrita semanas antes, la recibió María en Nueva York, el 19 de mayo de 1895, el mismo día que Martí, en Cuba, caía en combate frente a las tropas españolas. En ella le decía que llevaba su retrato sobre el corazón, como un escudo contra las balas.

           

  

Era santiaguera la nodriza de Bolívar

Era santiaguera la nodriza de Bolívar

Ciro Bianchi Ross

¿Sabía usted que Simón Bolívar escribió a lo largo de su vida 3 275 cartas, dos Constituciones, cientos de leyes y decretos, brindis, artículos periodísticos, proclamas y manifiestos? ¿Sabe que era un genio de la publicidad y que antes de entrar en toda gran ciudad ordenaba que pegaran lienzos con su imagen en las esquinas más céntricas para que después todos lo reconocieran con facilidad? ¿Conoce acaso que a lo largo de su existencia El Libertador recorrió en barco, a caballo y a pie unos 90 000 km –más que Alejandro Magno, Aníbal, Julio César y Napoleón juntos- con lo que hubiera podido darle más de dos vueltas completas a la Tierra? ¿Conocía que de manera documental pueden contársele 17 amores y que ninguno de ellos fue determinante en el derrotero de este hombre marcado por la soledad y al que no se le conoció hijo alguno?

            Estos detalles y otros de mayor peso están en un librito de apenas 60 páginas publicado en 1989 por la Casa de las Américas, de La Habana. Se titula Simón Bolívar, y su autor es el cubano Francisco Pividal. Por la cantidad de temas que esboza  y a veces agota en tan breve espacio, leerlo es como tener a Bolívar en la mano. Recoge la comparecencia de Pividal ante los micrófonos de Radio Caracol, de Bogotá. Durante tres horas consecutivas el prestigioso historiador respondió en vivo a lo que el público colombiano tuvo a bien preguntarle sobre El Libertador. Se calcula que más de cinco millones de personas escucharon sus palabras.

            El doctor Francisco Pividal nació en 1916 y falleció, en La Habana, bien entrada la década de los  90. Fue coordinador del Movimiento 26 de Julio en Venezuela y embajador de Cuba en ese país. Las últimas cuatro décadas de su vida las dedicó casi por entero al estudio de la figura y el pensamiento de El Libertador, y en 1977 mereció el Premio Casa de las Américas por su libro Bolívar: pensamiento precursor del antiimperialismo. Se definía como un latinoamericanista práctico y no hubo sitio relacionado con la trayectoria de Bolívar que le quedara sin conocer: diez y seis veces recorrió, durante su larga estancia en Venezuela,  el escenario de la batalla de Carabobo  y residió o visitó en reiteradas ocasiones los países que integraron la Gran Colombia –Nueva Granada, Venezuela, Panamá y Ecuador. Su conocimiento sobre Bolívar fue tal que Gabriel García Márquez recurrió a él cuando se preparaba para escribir El general en su laberinto. Así lo confiesa, explícitamente,  en las páginas finales del volumen. Dice: “Con Francisco Pividal sostuve en La Habana las lentas conversaciones preliminares que me permitieron formarme  una idea clara del libro que debía escribir”.

            Pividal era un maestro sabio y bonachón. Un día, muerto de risa, me dijo: “En Venezuela yo era el doctor Francisco Pividal. Retorné a Cuba y me quedé en Pividal a secas. Ahora me dicen “El Pivi”, y a este paso no demoraré en convertirme en “Piv”.

70 BIOGRAFÍAS

De Bolívar se han escrito unas setenta biografías. No palidece ante ellas el Simón Bolívar, de Pividal, libro de consulta obligada bajo su engañosa modestia. En sus páginas se abordan temas como los de las relaciones entre El Libertador y Santander, el Congreso de Panamá, el supuesto panamericanismo de Bolívar y su posición frente a Estados Unidos, su posición ante la Iglesia…

            Emerge también de sus páginas un Bolívar íntimo. El hombre que perdió al padre cuando tenía tres años de edad y la madre, a los nueve. Una de sus hermanas nace y muere el mismo día. Su único hermano desaparece en plena juventud durante un naufragio sospechoso. Su esposa Teresa fallece apenas ocho meses después de la boda. Bolívar jura entonces no volver a contraer matrimonio y cumple la promesa, aunque no tarda en mitigar su pena en los brazos de una condesita francesa casada con un adusto y famoso general de los ejércitos napoleónicos.

            Muchos se empeñan en ver solamente el genio militar de Bolívar. Pividal, sin desdeñar esa faceta, consideraba que sus aristas como estadista, intelectual, diplomático, periodista, orador y ecologista fueron superiores a su capacidad militar. Y precisaba que por las proyecciones de su pensamiento político y social, Bolívar seguía a nuestro lado. Advirtió una continuidad en el pensamiento revolucionario latinoamericano que arranca en Bolívar y llega a Fidel.

            -Lo primero que me llamó la atención fue la admiración que Martí sintió por Bolívar, a quien menciona 138 veces a lo largo de artículos y discursos y siempre para elogiarlo. Eso sucedió en la época en que a mí comenzaba a inquietarme la lucha liberadora que se llevaba a cabo en la Sierra Maestra. A medida que conocía y me adentraba en el pensamiento de Fidel, me convencía cada día más de su inspiración martiana. Si Martí se refería a Bolívar, y Fidel, a su vez, a Martí, era porque entre ellos existían afinidades políticas e ideológicas y se imponía entonces una conclusión obvia: podía hablarse de una continuidad histórica en el pensamiento revolucionario latinoamericano. No tardé en convencerme de que Fidel es la síntesis de la acción bolivariana y el pensamiento martiano y de que la Revolución de 1959 triunfó en Cuba con la espada de Bolívar y las ideas de Martí.

BOLÍVAR Y CUBA

Un proyecto de Pividal que, hasta donde sé, quedó inconcluso fue la biografía de José Rafael de las Heras, un cubano que alcanzó los grados de coronel en los ejércitos de Bolívar, aquella tropa que conformaron llaneros venezolanos y colombianos, guasos chilenos, montañeses ecuatorianos, gauchos argentinos y hombres de otras partes del continente. Durante muchos años Pividal rastreo las huellas de ese combatiente cubano en libros y documentos inimaginables. Sin embargo, pensó  que no alcanzaría nunca uno de sus más caros anhelos: el retrato de Heras. Un día, de manera inesperada, lo encontró al fin en La Casa de Morales, un museo de Maracaibo. Llevaba diez y ocho años buscándolo. Bolívar había dicho a Heras que ayudaría a Cuba a conquistar su independencia.

            En realidad, se sabe poco acerca de los vínculos de El Libertador con nuestro país. Su primera nodriza, Inés Mancebo, era una cubana de Santiago. Cuando salió hacia España escribió en Veracruz una carta en la que menciona a La Habana. Más tarde pasa por la capital de la Isla. La primera conspiración antiespañola que se organiza aquí lleva el nombre de Soles y Rayos de Bolívar, denominación tomada de una frase en la que el prócer afirma que es un sol que echa rayos por todas partes, y esa conspiración es dirigida por oficiales bolivarianos. Durante la celebración del Congreso de Panamá, al que Cuba no asiste por no ser nación independiente, Bolívar imparte instrucciones secretas a la delegación peruana para que exponga el tema de la independencia de Cuba y Puerto Rico, y a fin de que en la Isla se tuviera información de primera mano sobre los debates de la reunión nombra a los cubanos José Agustín Arango y Fructuoso del Castillo como secretarios de la delegaciones  de Perú y Venezuela, respectivamente.

            Decía Francisco Pividal: “Bolívar nunca se desentendió de la cuestión de la independencia de Cuba y Puerto Rico. Después de la batalla de Ayacucho, el momento pareció propicio, pero El Libertador carecía de marina y nunca concretó el apoyo que solicitó a México y a Colombia para la realización de esa empresa.  Por otra parte, tenía informantes en la Isla, y en 1824, cuando España fue derrotada en Ayacucho, no existía un extendido sentimiento separatista en Cuba. Sabía, por tanto, que no habría apoyo suficiente y sabía que encontraría la oposición manifiesta del gobierno norteamericano. A pesar de eso, Bolívar dice al cubano Iznaga que se producirse un alzamiento en Cuba, él buscaría los medios para apoyarlo, aunque Estados Unidos se opusiera”.

Edades

Edades

Ciro Bianchi Ross

Caricatura Laz

 

Me contactó una vez a través del periódico y cuando conversamos al fin por teléfono dijo que quería verme porque se interesaba por conocer mi opinión sobre algo que tenía escrito y se empeñaba en publicar. Le di de lado. Aparte del tiempo y la energía que una tarea como esa consume,  sé bien del peligro que entraña leer inéditos ajenos, sobre todo si son de un aficionado que solo escribió antes cartas a la familia.  Quien viene a conocer tu valoración sobre lo que ha escrito,  casi siempre reclama humildemente una opinión sincera cuando en verdad está en espera de una opinión favorable. Si valoras positivamente su trabajo, el individuo se va contento aunque arroparas tu elogio con cuanta tontería encontraste a mano, por el aquello de que casi todos  los escritores, publicados y por publicar,  aceptan  las mayores tonterías a cambio de que sean elogiosas. Pero si tu juicio no es  propicio, el sujeto se desconcierta y no lo disimula y se va hecho una furia. A partir de ahí serás para él un insensible o un imbécil. Nada. Quisiste hacer un favor y te buscaste a  un enemigo.

            Pero que yo le diera de lado, no quiere decir que el hombre no insistiera. Hay que reconocer que tenía maña y arte en eso. Reiteraba sus llamadas, tanto al periódico como a otros lugares que, sabía, yo frecuentaba.  Se buscó aliados. Y esos  aliados, quizás por quitárselo de encima,  intercedían en su ayuda. Yo no creo que estés tan ocupado como para no poderle conceder media hora, me decían. Lo atiendes, y luego te lo quitas de encima, recalcaban. La cosa llegó al punto de que empecé a sentirme culpable por no recibir al “muchacho”, como, sin conocerlo,  le llamaba una de las secretarias del periódico con la que se comunicaba al ritmo de dos veces por  día.

            Así, nos pusimos de acuerdo para la visita. Cometí un error. En esos casos, es mejor visitar que lo visiten. Porque cuando es uno quien hace la visita, se marcha cuando lo estime pertinente, así deje a su interlocutor con la palabra en la boca. Otro es el cantar si se es  el visitado. Hay que soportar hasta  que el visitante se marche o se le induzca  a que lo haga. Pero no. Quedamos en que nos veríamos en mi casa, el próximo sábado, a las seis de la tarde. Y allí estuvo  el hombre a la hora de la cita.

PASARÁS POR MI VIDA

Me dijo, de sopetón: ¿No me conoces? No, no lo conocía. Añadió: ¿Es posible que no me recuerdes?  Contesté que no, que no lo recordaba. Te diré mi nombre completo  y sé que te acordarás. Lo dijo, y tampoco. Estuvimos juntos en el Bachillerato, puntualizó.

 Nada hay peor que una persona lo salude a uno y uno no la recuerde. Se le  tiende a decir en principio que lo ha confundido con otro.  Pero cuando se adquiere la certeza de que no hay confusión posible, uno quiere que la tierra se lo trague. Es como cuando se le pregunta por la madre al amigo que no se veía desde hace  tiempo y la respuesta llega como un pistoletazo: Murió hace seis años. Y uno, desconcertado y sin saber qué decir, recurre a Jorge Manrique y habla de lo efímero de la vida y lo fugaz  de los placeres mundanos.

 Ni el nombre ni la cara de mi interlocutor venían  a mi memoria por más que me esforzara. Hay gente así, de pasarás por mi vida sin saber que pasaste. Pero uno finge y quiere hacer creer que recuerda. Lo que pasa es que engordaste, dices  y te dicen que no, que, pese a los años, mantiene el mismo peso. ¡Ah! Claro, son los espejuelos, te aventuras a decir,  pero resulta que los espejuelos los usó siempre. Y ya desde el Bachillerato lucía las mismas canas  de ahora. Ni más ni menos.

No sabes ya a qué recurrirás. Para ubicarlo de una vez menciona dos o tres nombres de compañeros de estudios que te vienen a la mente. El del polista que se mató en un accidente en plena juventud. El del que estudió Medicina y está ahora al frente de una orquesta que gana espacio en la simpatía popular. Sí, por supuesto, tu interlocutor los conoce  perfectamente. Y te habla además sobre este y aquel, que se los tragó la vida cuando parecían que habían dado ya un paso más allá de la promesa.

            Preguntas: ¿Y Ofelia?  Te dice: Es arquitecta.  Vive en la calle Heredia entre Santa Catalina y Milagros. Nació el 18 de junio de 1947. Tiene ahora tantos años. ¿Y Germán, qué se hizo de Germán?  Responde: Es tremendo médico.  Vive en 10 de Octubre esquina a San Mariano. Nació el 3 de enero de 1948. Tiene ahora tal edad. Y así  Belkis, Manolo, Jesús… El tipo no falla. Cada vez que mencionas un nombre,  te aporta esos detalles hasta que llega el momento en  que no puedes reprimir tu asombro. ¡Qué bárbaro!

            -Te sorprenderá que yo domine todo eso. Es que  me he dedicado a nuclear a todos los compañeros de promoción. Si por algo insistí tanto en verte, aparte de lo que quiero que leas,  fue porque tú eres uno de los que faltaba en mi lista. Los he ido agrupando y nos encontramos  una vez al año y siempre que es el onomástico de uno de nosotros,  unos cuantos de los del grupo  le  “asaltamos” la casa –dijo mi interlocutor, y añadió con orgullo que no solo tenía empadronados a los del Bachillerato. Había logrado hacerlo además con los que terminaron la Secundaria Básica junto con él, y ahora la emprendía, por difícil que pareciera dado  el tiempo transcurrido,  con los de la Primaria. Había que reconocerle al sujeto un espíritu gregario fuera de serie. Me mordí la lengua  para no  preguntarle de dónde sacaba el tiempo para emplearlo en algo como aquello, aunque no vacilé en decirle que eso de los “asaltos” me resultaba   anacrónico y ridículo en gente de nuestra edad. De más está decir que no estuvo de acuerdo conmigo.

PÓNGANSE EL SOLAPÍN

Hace años, más por fuerza que por grado, me tocó acompañar a una persona entonces cercana  a una de esas  reuniones de antiguos alumnos. Alumnas, diría mejor, porque lo habían sido de un colegio de monjas. La acompañé por mero compromiso. Yo esperaría fuera mientras ella se reencontraba con sus compañeras de antaño. Vi entrar a las convocadas, señoras todas ya en su edad  y que, en su mayoría,  no se veían desde hacía mucho, y me preguntaba cómo se las ingeniarían para reconocerse por más que cuando lo hicieran se asegurarían mutuamente que estaban “igualitas”.  En medio de los dulces y los refrescos, pocas podían identificarse entre sí hasta que una de ellas facilitó a las demás una tira de papel y una presilla. Cada una escribiría su nombre y se colocaría el improvisado solapín  en un lugar visible para facilitar el reconocimiento y aligerar la tensión que había generado la extrañeza. Mi amiga fue de las primeras en abandonar la reunión. Convocaron para otra, me dijo, pero yo aquí no vuelvo. “El tiempo, Juan, con su fluir callado…”, como diría Nicolás Guillén en su soneto a Marinello.

            Y es que en momentos como esos se  ve la otra cara  de  la luna. Por mucho que se alargue la expectativa de vida,   se insista en eso de que la belleza y la juventud andan por dentro, que joven ha de ser quien lo quiera ser  y nos alegren los reencuentros, no hay como una reunión de antiguos alumnos para constatar que Elisa, tan bonita que llegó a estar nominada como estrella del carnaval, es ahora una abuela de 200 libras y que Julián, que tanto sobresalía en el salto alto, no salta ya ni el quicio de la bañadera.

            Por eso me conmueve tanto la gente que se impone una vida sana. Dicen que lo hacen para mantener la salud cuando, en verdad, en el fondo de su alma,  lo que quieren es retardar la vejez. Lo malo del asunto es que la mayoría empieza muy tarde. Porque la salud, la juventud y la belleza son cosas que hay que intentar prolongar cuando todavía se tienen. Si se pierden, no vuelven por más que uno se empeñe en recuperarlas. No hay prueba mejor de eso que un gimnasio. Se va al gimnasio porque no se está conforme con lo que se tiene. La gorda, porque quiere bajar de peso. La flaca, porque quiere ganar algunas libras. La entreverada, porque quiere que le acomoden la grasa… Unas hacen pesas; otras se agotan en el escalador o en la estera; aquella quiere que la sauna y los masajes le enmascaren  la edad, y luego  se zampan una pizza y un par de refrescos en la esquina y se comen media libra de pan  al llegar a la casa  y recuperan, sin querer, lo que acaso perdieron. Está la que acude al gimnasio porque desea que con medios artificiales le rebajen cierta parte de la anatomía donde la naturaleza la dotó generosamente y olvida que en eso, como en Derecho, lo que abunda no daña. Y está la gordita que siente que pierde méritos en verano, por lo que suda, y desconoce que los recupera en invierno, por lo que abriga. Hay mujeres que antes de ir a la calle, en vez de peinarse, se despeinan, y otras que  cuando salen  del tocador debían ponerse el cartelito de “Ojo, pinta”.

Con los pantalones a la cadera, la cubana ha perdido la figura. Hasta las flacas tienen ahora barriguita, que hacen más llamativa con ese arete que se cuelgan del ombligo. Hay barriguitas atractivas, por lo que insinúan. Y las hay de espanto, por el mismo motivo. Pero las dos se exhiben por igual.   Ya  hay pocas  caderas que valgan. El cuerpo se va haciendo recto, de una sola pieza, desde el pecho a las piernas. Hay mucho frente, pero poco fondo.   Cayó en el olvido aquella máxima  de que “para lucir, hay que sufrir”. Tan relegada con el corset y el brassier, las fajas y los cintos para hacer cintura en esta hora de una moda  cómoda y pragmática.   Cada vez queda más atrás la imagen de la “criollita”, de Wilson, uno de los productos más emblemáticos de la industria nacional y con la que muchos quisiéramos seguir identificando a la cubana.

LINIMENTO DE MURALLA

Mi antiguo compañero de estudios pretendía que yo le leyera un mecanuscrito de 80 cuartillas a un solo espacio. Le dije redondamente que carecía de tiempo para hacerlo. Ya lo sospechaba. Aun así estaba eufórico. Al reencontrarme se había topado, por carambola, con una especie de eslabón perdido que tal vez completara su lista de fiesteros. ¿Por qué no te incorporas a nuestro grupo? Vas a pasarlo bien.

            Pero nones. Ni modo. Me negué a que me cogiera para el trajín y a  convertirme en un número más en sus fiestas y “asaltos” con olor a linimento de muralla  y a bálsamo de veneno de serpiente para las fricciones contra el reumatismo.    Pasando del tú al usted,  para acentuar la solemnidad, le dije:

-Me perdonará por lo que voy a expresar. Yo a usted lo veo tan “matado” como usted debe estarme viendo a mí. La vejez y la juventud se pegan.  ¿Qué haría en una fiesta donde no vería más que mi propia edad en la cara de mis amigos?

           

           

             

             

             

           

   

           

                       

  

¡Ese negro es un héroe!

¡Ese negro es un héroe!

Ciro Bianchi Ross

 La escena tiene lugar en el café El Cosmopolita, en la Acera del Louvre, sobre el Paseo del Prado. Sentados a una de las mesas varios jóvenes blancos, de distinguida presencia y elegantísimos con sus trajes a la última moda, escuchan con avidez el relato de un negro que puede triplicarles la edad. Avivado por la curiosidad de sus interlocutores el hombre evoca a Antonio Maceo y a Calixto García, alude a los tiempos en los que mandaba la escolta de Carlos Manuel de Céspedes y detalla el ataque a El Caney y la batalla de la Loma de San Juan, de los que fue protagonista.Quien habla es el mayor general Jesús Rabí, un combatiente de las tres guerras por la independencia de Cuba que no quiso ocupar cargos públicos durante la intervención militar norteamericana y que ahora, en la República, vive de un puesto de inspector de Montes y Minas. Uno de los que escucha con atención es Alberto Yarini, El Rey, el más grande y famoso de los chulos cubanos de todos los tiempos.Cómo y por qué se entrecruzan los destinos de estos dos personajes es algo que desconoce el autor de esta página. Ni viene a cuento. El caso es que en aquella remotísima tarde de comienzos del siglo pasado, Alberto Yarini dio, a su modo y sin medir las consecuencias, una formidable lección en defensa del orgullo y la dignidad de la nación.EL SOLDADOJesús Rabí se llamaba en realidad Jesús Sablón, pero adoptó ese apellido por el sobrenombre con que se identificaba su padre. Nació en Jiguaní, Oriente, el 24 de junio de 1845 y el 13 de octubre de 1868, tres días después del Grito de Yara, se incorporó como soldado a la tropa de Donato Mármol. El 15 entró en combate por primera vez y el 26 estuvo al lado de Máximo Gómez en su primera carga al machete en Pino de Baire. En 1872 Rabí era ya capitán, y comandante en el 74.El 6 de septiembre del propio año acompañó a Calixto García en San Antonio de Baja, a 26 km. al suroeste de Manzanillo, cuando el campamento insurrecto fue rodeado por una tropa superior en número. Calixto ordenó a Rabí que sostuviera el fuego a fin de dar tiempo a evacuar la posición. Lo hizo Rabí con 12 soldados, pero no pudo evitar la entrada del enemigo ni socorrer a su jefe, que había perdido ya su cabalgadura, por lo nutrido de la fusilería española. Fue entonces que Calixto, aislado y a punto de caer en manos del adversario, intentó suicidarse. Se dio un tiro en la barbilla que le salió por la frente.Rabí participó en la Protesta de Baraguá (1878) y fue ascendido a teniente coronel, y también en la llamada Conspiración de la Paz del Manganeso, en 1890. En el 95 se alzó en armas el mismo 24 de febrero y el 26, por aclamación de la tropa, asumió el mando de las fuerzas sublevadas en Baire y Jiguaní. En Los Negros infligió una sonada derrota a un batallón del regimiento Hernán Cortés mandado por el coronel Zbikowsky, un ruso al servicio de España. Y era ya general de brigada cuando intervino en la batalla de Peralejo (13 de julio de 1895) donde Maceo se enfrentó al capitán general Arsenio Martínez Campos y ocasionó unas 400 bajas a los españoles.En 1896 Rabí es ascendido a mayor general. Más adelante, en 1898, y otra vez bajo las órdenes de Calixto García, será el segundo jefe de la agrupación de tropas que se creó con vistas a la Campaña de Santiago de Cuba.Murió en Bayamo, el 6 de diciembre de 1915.EL ECOBIOAlberto Yarini nació en La Habana, en 1884. Estudió en los mejores colegios de la capital y prosiguió sus estudios en Estados Unidos. En 1900 regresó a la Isla. Su padre, un prestigioso dentista y profesor universitario, se empeñó en que siguiera sus pasos, pero Yarini no acató la voluntad paterna. Tenía dos pasiones: la política y las mujeres. La primera lo llevaría a afiliarse al Partido Conservador y a prepararse para aspirar a un acta de Representante a la Cámara como escalón inicial de la confesada ambición de alcanzar un día la presidencia de la República. La segunda, dice Leonardo Padura en un reportaje espléndido, lo convirtió en el más ranqueado accionista del amor rentado. Cuando lo asesinaron tenía 11 mujeres bajo su égida y unas 25 llevaban tatuadas en alguna parte de su cuerpo las iniciales de Alberto Yarini.Gustaba del arroz con leche y de los coquitos prietos, y tomaba sopa, plato que según la tradición no ingieren los guapos. Pero fuera de toda discusión guapo sí era Yarini, y hombre hasta el final y buen amigo. Quince negras viejas, santeras o retiradas de la prostitución, tenían techo seguro gracias a su bolsillo generoso. Y los ñáñigos no olvidaban su contribución sin reservas al entierro de Aniceto Lambarri, jefe de la potencia macaró efot. Por eso, para ellos, era el gran ecobio blanco.Pero Yarini, escribe Padura, cometió al final de su vida una serie de torpezas inconcebibles no ya en un chulo de su categoría sino en un hombre de su posición social. Se enamoró de la pequeña Bertha, una prostituta francesa que era controlada por el apache Louis Lotot. Se la arrebató al francés y un día se personó en su casa y pidió que le entregaran la ropa de la muchacha. Todo hubiera quedado ahí si aquella tarde, mientras paseaba a sus dos San Bernardo, no se hubiese detenido ante la puerta de Lotot para gritarle que cuidase de sus otras mujeres porque Bertha sola no bastaba  para calmarle la calentura.El francés tenía su filosofía ante la vida. Decía: De las mujeres se vive, pero no se muere por ellas. Aquella ofensa, sin embargo, era más de lo que Lotot podía soportar.  Cuando la escuchó, salió a la calle y dijo al cubano: Yarini, yo me voy a morir una sola vez. Y con esas palabras selló la suerte de su rival.Al día siguiente, el 21 de noviembre de 1910, Lotot y uno de sus secuaces sorprendían a traición a Yarini mientras recorría la calle San Isidro, su feudo. Yarini y su acompañante lograron ripostar la agresión y el francés cayó fulminado por un tiro que le abrió la frente. Pero tres disparos habían ido a cebarse en el cuerpo del afamado chulo cubano, aquel hombre que “deslumbró por su belleza, educación y virilidad”. Murió el 22, a las 11 de la noche. Tenía 26 años de edad. Su entierro fue una de las mayores manifestaciones de duelo que conoció La Habana.A PUÑO LIMPIOCómo y por qué se entrecruzaron los destinos de Rabí y Yarini es algo que aún está por averiguarse. El caso es que aquella tarde de comienzos del siglo pasado mientras que el general conversaba con un grupo de jóvenes en El Cosmopolita, dos extranjeros, desde una mesa cercana, hacían burlas del patriota negro. Yarini se percató de ello y pidió al grupo trasladarse a otro sitio. Ya fuera del café, volvió sobre sus pasos y se acercó a los dos extranjeros. En perfecto inglés les dijo: ¡Ese negro es un héroe de mi país y hay que respetarlo!Entonces, sin pensarlo mucho, se echó hacia atrás como buscando impulso, levantó rápido el brazo derecho y proyectó el puño una, dos, tres veces, contra el rostro del que más se había burlado del cubano.Al día siguiente los periódicos anunciaban que en la Acera del Louvre un joven distinguido y de buena familia le había roto la nariz y la mandíbula al Encargado de Negocios de la embajada norteamericana en La Habana.       

La Amorosa Guajira seguirá sonando

La  Amorosa Guajira seguirá sonando

Ciro Bianchi Ross

Jorge González Allué parece ser el autor de una sola melodía: Amorosa guajira. Un velado pesar asomaba tras sus palabras cuando decía que otras composiciones suyas eran tan buenas o mejores que esa, y no alcanzaban la misma difusión ni, remotamente, el mismo éxito. Para él, la Guajira era como una hija que un día decide abandonar a la familia y hacer vida independiente. No es la mejor, afirmaba, es solo la más despierta de todas. Pese a lo extenso de su catálogo –unas 360 piezas- Allué es conocido, sobre todo, por Amorosa guajira. Musicalizó poemas de  Nicolás Guillén, escribió música para el teatro y sus canciones, boleros, valses, danzas, criollas y baladas ponen de manifiesto a un músico de alto nivel profesional, genuinamente inspirado y dotado de fina sensibilidad, pero eso apenas se toma en cuenta. Tal vez por eso, cuando le pregunté cuál de todas las que había escrito era su composición preferida, respondió sin vacilaciones: Fatalidad.

            Conocí a González Allué hace más 25 años, durante uno de mis entonces frecuentes viajes de trabajo a la ciudad de Camagüey, donde nació y murió el compositor. Una mañana de 1980, sin previo aviso, me aparecí en su casa, una residencia enorme con dos o tres entradas, que hace esquina en un sosegado barrio camagüeyano. En la puerta principal, alguien me dijo que buscara la antigua cochera de la edificación, donde el artista tenía su estudio y un discreto apartamento. Allí me hice anunciar.

            Como todas las estrellas –y Allué lo era- demoró en hacerse visible. Lucía la barba de varios días y me pareció abatido por males espirituales más que físicos. Comentó que apenas salía a la calle y que vivía refugiado en sus recuerdos en aquella casa que habitaba desde hacía 69 años. El diálogo lo fue animando. Habló acerca de su madre, de sus estudios musicales, del quehacer autoral, de su peregrinar por la vida, de buenos y malos momentos y concluyó diciendo que, pese a todo, contemplaba el futuro con optimismo. Después, sin que se lo pidiera –debe haber sospechado que lo deseaba- se sentó ante el piano y me regaló un pequeño concierto que cerró con Amorosa guajira. Yo tengo el honor, entonces, de que el maestro Jorge González Allué interpretara solo para mí su melodía imperecedera, su tema emblemático.

CINCUENTA DÓLARES POR AMOROSA GUAJIRA

Cintio Vitier habló alguna vez de los “poemas reyes” de cada literatura. Incontables son los ciudadanos que superan en virtudes y méritos al rey, pero solo el rey reina. Los “poemas reyes” mantienen un predominio que puede discutírseles, pero que  mantienen. “Poemas símbolos” que, en cierto modo, suplantan el nombre del autor o se ligan a él de manera indisoluble. Lo mismo sucede en todas las expresiones de las artes. Y es el caso de Amorosa guajira respecto al resto de la obra del compositor. A veces, una golondrina hace todo el verano. Después de una composición como esa, ¿qué importa lo demás?

            Hoy resulta poco significativo que González Allué considerara injusto el juicio y la apreciación del público y la crítica. Lo cierto es que Amorosa guajira, transida de la esencia y la atmósfera que distinguen a la auténtica canción cubana, está situada de manera indeleble en el cancionero nacional. Corría el año de 1937 y una puesta de sol despertó en Allué el deseo de cantar a la campiña cubana. Pasaba las vacaciones en la finca de una familia amiga y lo bello del paisaje, a la caída de la tarde, impactó su sensibilidad. Meses después escribiría, “de un tirón, en menos de una hora”, la Guajira sentimental, que es el título original de la pieza.

            Tres años más tarde estuvo aquí el propietario de una poderosa editora musical norteamericana, la Robbins Co., en busca de música cubana. El señor Robbins se entrevistó con varios compositores del patio, recorrió los centros nocturnos y en un cabaretucho de la playa de Marianao escuchó la Guajira. Enseguida se puso en contacto con Allué. Como anticipo, el empresario ofreció al artista 25 dólares por Fatalidad y 50 por la Guajira, no sin advertirle antes que haría una variación en el título. Allué no se mostró del todo de acuerdo con aquel Amorosa guajira que le proponían, pero aun así dio su consentimiento y firmó el contrato.

            Muchos meses después recibió por correo el dinero pactado, no así el documento que estipulaba los compromisos de la casa Robbins con su música. Nunca más tendría noticias de esa empresa editora. “En resumen, puntualizaba Allué, yo recibí únicamente 50 dólares por la Guajira y a ellos debe haberles producido miles. Aquella gente no difundía música: la explotaba a su favor”.

NAVIDADES AMARGAS

A los diez años de edad comenzó sus estudios musicales y tenía 13 cuando decidió liberar a su madre de la obligación de costeárselos. Eran solo siete pesos mensuales que para la escuálida economía familiar se convertían en todo un capital. Para conseguirlos, Allué amenizó fiestas y bailes particulares, y casi adolescente aún organizó su primera orquesta y compuso su primera melodía, un pequeño vals al que tituló Corazón mudo

            A partir de entonces integró agrupaciones musicales propias y ajenas, y, urgido por la necesidad de ganarse el sustento, desempeñó empleos muy disímiles, desde pianista de clubes y cabarets hasta profesor universitario. Dirigió una Escala artística dedicada a la búsqueda de nuevos valores: una compañía conformada por más de 50 niños.  Me dijo en aquella remota mañana de 1980: “Quise ser concertista y ya ve usted… Sin embargo, no me pesa la dedicación a lo popular. Mi primera composición se reprodujo en dos publicaciones nacionales, y eso me impulsó a seguir adelante. Además, dirigir una orquesta es algo que siempre me entusiasmó”.

            Recordaba unos días particularmente tristes. Les llamaba “mis navidades amargas”. Era el año de 1957 y el compositor, entonces en La Habana, tras recorrer, sin éxito, varios centros nocturnos en busca de empleo, consiguió ser aceptado en uno de los bares del hotel Capri. El pianista habitual estaba enfermo y la gerencia del lugar requería, con premura a un sustituto. Allué se sentó al piano y comenzó a tocar sin firmar contrato y sin saber siquiera lo que le pagarían. Llevaba interpretados varios números cuando, en un intermedio, fue abordado por un representante del sindicato de los músicos. “Aquel gángster me dijo que no podía tocar una pieza más pues carecía de contrato y la plaza estaba ocupada. Le repliqué que tenía necesidad de dinero y que yo me hallaba afiliado a la organización por cuyo carnet había pagado 38 pesos, pero el hombre no accedió y ante mi insistencia en quedarme, me habló de una ‘comisión de estaca’ que se encargaría de mí a la salida. En definitiva, cobré mi dinero por lo interpretado y, comiéndome las lágrimas, me fui de allí con el rabo entre las piernas”.

            Repuesto del incidente, Allué inició un largo recorrido por la noche habanera hasta que consiguió  colocarse. Trabajó en la capital durante todo el año de 1958. “Creo que nunca toqué tanto en mi vida”, decía. En los primeros meses de 1959 regresó a Camagüey con el fin de “empezar de nuevo”. Lo del Capri, sin embargo, dejó una huella en su memoria. Quizás de ahí la aversión que el compositor sentía por La Habana.

LECUONA, RITA, BOLA, ESTHER

Una de sus ambiciones fue la de tocar junto al maestro Ernesto Lecuona. Aunque se conocieron en Cuba, Allué nunca tuvo la oportunidad de intimar aquí con el autor de Siboney. La posibilidad se le presentó en Lima, Perú. Allí, Lecuona lo invitó a formar parte de su orquesta y con ella participó en los cuatro recitales que ofreció en el Teatro Municipal de la capital peruana, y en los brindados a través de la Radio Nacional de Perú. Más tarde, ya en La Habana, Allué fue de los doce pianistas que, junto a Lecuona, interpretaron de manera simultánea su Malagueña, y uno de los 24 que tocaron la Serenata.

            “Al Maestro le gustaban aquellas cosas espectaculares”, recordaba. “Lecuona era un hombre serio, de pocas palabras, muy metido en sí mismo y un gran conocedor de la psicología humana. Él sabía darle confianza a uno, resaltarle sus potencialidades. Cuando la Orquesta Sinfónica Nacional ofreció su primer concierto, en 1922, allí estaba Lecuona como pianista. Pudo haber sido un gran concertista; su habilidad con la mano izquierda llegó a ser proverbial y resulta incalculable el valor de su obra. Yo admiro a Gonzalo Roig por su vasta y meritísima composición; admiro a Ignacio Cervantes, pero no creo que Cuba haya dado a otro compositor como Lecuona”.

            Fue gracias al autor de La comparsa que Allué conoció personalmente a muchas  figuras perdurables de nuestra música. Aquella mañana de 1980 evocó a Ernestina, hermana del Maestro; a Esther Boja, esa dama de la canción; a Bola de Nieve, “siempre risueño, ingenuo siempre como un niño; todo un creador”, y a Rita. “Cómo olvidar a Rita Montaner. Una mujer impresionante. Una mulata sumamente atractiva. Todo un carácter. Ls composición más sencilla adquiría con ella otro valor. Fue dueña de una voz de mezzo con un timbre capaz de los graves más lindos, de los registros más amplios. Cuando Rita cantaba, sus agudos me levantaban de la butaca, y esa sensación no la he tenido nunca con otro intérprete. Sigo pensando que era La Única”.

            Jorge González Allué falleció a los 92 años de edad. Mereció la Orden Félix Varela de primer grado, la más alta condecoración que, en la esfera de la cultura, concede el Estado cubano. Justo reconocimiento a quien, quizás injustamente, seguiremos recordando gracias a su Amorosa guajira, su composición-rey, la golondrina que, en su caso, hizo el verano.