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¡Viva la Perla de las Antillas!

¡Viva la Perla de las Antillas!

Ciro Bianchi Ross

 

Al ex primer ministro británico Winston Churchill se le dio en Cuba, en 1946, trato de jefe de gobierno, y el Hotel Nacional le reservó, por supuesto, el Apartamento de la República, que se reservaba para los huéspedes oficiales más distinguidos.  Durante la Segunda Guerra Mundial la prensa había hecho habitual su imagen de abuelo bonachón e implacable a la vez. Era un fumador insaciable de puros habanos. Cuando se asomó a la portezuela del Boeing 17 que lo trajo, levantó la mano derecha y con los dedos índice y corazón en forma de uve saludó a la multitud que lo aguardaba en el aeropuerto de Rancho Boyeros y que lo aplaudió entusiasmada: Sir Winston repetía para los habaneros el signo de la victoria, gesto que acuñó a lo largo de la contienda bélica.

            Y ahí mismo comenzaron los dolores de cabeza para el protocolo cubano y la legación británica en La Habana, porque el ex premier no respetaba horarios ni formalidades y se regía solo por lo que le deparaba la jornada. Se levantaba a las cinco de la mañana y desde ese instante ponía en jaque a todo el hotel. Un día de lluvia, molesto porque no podría darse el acostumbrado chapuzón en la piscina, ordenó de improviso que hicieran sus maletas para marcharse y pidió  que se las deshicieran en cuanto salió el sol. Otro día, en compañía de un apuesto cadete cubano, que le servía de ayudante, desapareció durante unas cuantas horas como por arte de magia. Muchos años después,  la biznieta de Churchill, que escribía su biografía, se empeñó en dilucidar y reconstruir esas horas perdidas en La Habana por  su ilustre antecesor y no lo logró porque aquel apuesto cadete, ya general de brigada,  no tuvo valor para decirle que habían pasado toda la tarde en una casa de putas. Su tiempo libre lo pasaba jugando a las cartas con el que quisiera acompañarlo. “Come, bebe y fuma sin restricciones de ninguna clase. Y en cantidad”, escribía Enrique de la Osa en su reportaje sobre la visita.

RON Y PUROS HABANOS

            La conferencia de prensa que ofreció en el Hotel Nacional fue un desastre. Churchill llegó diez minutos antes de la hora prevista al salón preparado para su encuentro con los periodistas y sus respuestas llegaron a medias a una audiencia en la que apenas había reporteros. Se hacía sentir un calor de mil demonios y el ex premier y el embajador británico en La Habana no tardaron en desaparecer de la vista de los asistentes, bloqueados por una muchedumbre compacta de exquisitas damas y delicados caballeros entre los que sobrenadaba algún que otro periodista que había acudido ingenuamente a aquello que se dio en llamar conferencia de prensa. Decía Enrique de la Osa: “Parece ser que tanto el Ministerio de Estado como la legación británica en Cuba –organizadores de aquel encuentro tan bien desorganizado- habían aprovechado la ocasión  para deparar a sus amistades la oportunidad de que vieran a míster Churchill más de cerca. El que los periodistas pudieran llevar a cabo su labor informativa, para la que habían sido convocados, era asunto de segunda importancia. Lo importante era que aquellas elegantes damas y aquellos correctos caballeros que asistían a la conferencia de prensa, pudieran satisfacer su curiosidad rodeando al ex premier británico en aquel círculo de entusiasmo y calor animal”.

            Alguien le preguntó si le gustaba la pesca y dijo que carecía de tiempo para dedicárselo, y cuando le pidieron opinión sobre el gobierno de su país, respondió que no acostumbraba a hablar sobre el tema fuera de Inglaterra. Aseveró que la paz solo se consolidaría con la unión de Rusia, Estados Unidos y Gran Bretaña, y acerca del juicio de Nuremberg que se seguía entonces a criminales de guerra hitlerianos, comentó que más importante que dicho proceso era asegurar que los horrores que lo motivaron no volvieran a repetirse. Se declaró devoto ferviente del tabaco cubano y expresó el deseo de colaborar en su promoción internacional. Sobre la Isla, sobre La Habana, vertió los mayores elogios.

            Era la segunda vez que Winston Churchill visitaba nuestro país.  Muchos años atrás, en 1895, había celebrado aquí su cumpleaños veintiuno. El entonces joven oficial del cuarto Regimiento de Húsares vino a título personal a ver la guerra que por su independencia sostenían los cubanos contra España, y aquí el futuro Lord del Almirantazgo británico recibió su bautismo de fuego. En esa época también se aficionó al ron cubano. Así lo dice explícitamente en sus memorias.

LA AVENTURA

En Mi primera juventud, su primer libro de recuerdos, Churchill dedica todo un capítulo a Cuba. Rememora la estancia en La Habana, Santa Clara y Sancti Spíritus antes de sumarse a una columna española y hacerse al campo de batalla. Afirma que cuando se acercaba a las costas cubanas, se sentía como si navegara a bordo del barco del capitán Silver y tuviera a la Isla del Tesoro como destino.

            ¿Qué buscaba Winston Churchill en 1895 en estas tierras? Lo dijo claramente en su libro: la aventura por la aventura misma. Ansiaba saber cómo era una guerra, oportunidad de la que se veía privado en su país a causa de la paz que conociera Inglaterra a todo lo largo de la última década de la era victoriana.

            “No conocíamos las cualidades de nuestros amigos, ni las de nuestros enemigos. Nada teníamos que ver con sus querellas. Excepto para defendernos, no podíamos tomar parte en los combates. Pero nos dábamos cuenta de que ese era el gran momento de nuestra vida, en efecto, uno de los mejores por los que he atravesado […] Puede llamarse locura. Viajar miles de millas, disponiendo de poco dinero, y levantarse a las cuatro de la mañana con la ilusión de participar en un combate, en compañía de extranjeros, es evidentemente una cosa poco lógica”, escribe en Mi primera juventud.

            De Sancti Spíritus salió Churchill con una tropa española de tres mil hombres, dispuestos en cuatro batallones, que se movía hacia Arroyo Blanco. Marchó a caballo durante horas e hizo vida de campaña: durmió en hamaca, vivaqueó con la tropa, se bañó en los ríos… Pasaban los días y no ocurría  nada, hasta que una mañana, a la hora del desayuno, su grupo fue sorprendido por una descarga cerrada que salía del bosque cercano y un caballo que pastaba plácidamente junto a Churchill recibió una herida de muerte en el costado.

            Los españoles se precipitaron hacia el lugar de donde provinieron los disparos y no encontraron a nadie. Ya a Churchill le habían advertido que en Cuba el enemigo estaba en todas partes y en ninguna… “Cuando presenciaba todas esas operaciones no pude por menos de pensar que la bala que había alcanzado al caballo había pasado ciertamente a un pie de mi cabeza. Así, por lo menos, había estado bajo el fuego. Ya era algo”, dice el ex premier en sus memorias. Comprendió la situación: España se arruinaría y desangraría frente a un ejército andrajoso y armado, sobre todo, “con un cuchillo terrible llamado machete”: un arma manejada por soldados a los que la guerra “no les costaba nada, aparte de miseria, peligros y privaciones”. Pero aún así, Churchill simpatizaba con España. Mejor, sentía lástima por los españoles.

            Hasta su arribo a Cuba “había simpatizado (secretamente) con los rebeldes o, al menos, con la rebelión”. Pero ya aquí “empecé a ver lo desgraciados que se consideraban los españoles ante la idea de ser expulsados de su hermosa Perla de las Antillas y sentí lástima por ellos”.

HALCÓN AL FIN

Volvamos a aquella Habana de febrero de 1946.

            Churchill pidió que lo pasearan por la ciudad en un automóvil descapotado y como el protocolo cubano no disponía de vehículo semejante, el propietario de la fábrica de puros Partagás ofreció el suyo y él mismo sirvió gustoso de chofer a cambio de que el visitante lo reciprocara con una visita a su empresa, en lo que fue complacido.

            El almuerzo de Churchill con el presidente Grau San Martín, cuyo menú se conserva todavía, se vio matizado por la anécdota. Sir Winston salió para el Palacio Presidencial con todo el empaque que exigía la ocasión solo para regresar al hotel a los pocos minutos… Había olvidado los tabacos. Luego, otro desenchufe: la comitiva tuvo que dar vueltas y vueltas en torno al Palacio durante diez minutos a fin de que el ex premier y el mandatario se encontraran a la hora prevista.

            Al final del almuerzo, Grau  obligó a Churchill a salir a la Terraza Norte ante la que lo aguardaban numerosos habaneros para saludarlo.

            Churchill dijo: “Me siento muy complacido en esta hermosa Isla de Cuba donde he sido tan bien acogido…” Y prosiguió, en español: “Aprovecho la oportunidad para decir: ¡Viva la Perla de las Antillas!”

            Al final de su estancia hizo otra declaración entusiasta: “Si no tuviera que ver al presidente Truman, me quedaba aquí por un mes”.

            “Cuba es una isla encantadora”, escribió Churchill en Mi primera juventud, pero,  halcón al fin, no ocultó su pesar porque sus antepasados dejaran escapar de sus manos “tan deliciosa presa”.

 

             

Leyenda y realidad de Chano Pozo

Leyenda y realidad de Chano Pozo

Ciro Bianchi Ross

 

“Chano Pozo fue un revolucionario entre los tamboreros de jazz; su influjo fue directo, inmediato, eléctrico. Los más reputados músicos de batería se estremecían ante el inesperado reformador… Por el tambor de Chano hablaban sus abuelos, pero también hablaba toda Cuba, pues el músico Chano, que injertó en el jazz de Norteamérica una nueva y vigorosa energía, fue cubano ciento por ciento. Debemos recordar su nombre para que no se pierda como el de tantos artistas anónimos que durante siglos han mantenido el arte musical de su genuina cubanía”, escribió hace ya muchos años don Fernando Ortiz.

            En La historia del jazz, Marshall W. Stearns, apunta que después de Chano no hubo límite alguno para el ritmo. Y Leonardo Acosta, por su parte, asevera que el músico cubano jugó un papel individual de suma importancia en una de las revoluciones más notables que hubo en el jazz, la del bop. “Es el tamborero más grande que he oído en mi vida”, afirmó en cierta ocasión Dizzy Gillespie y sintetizó de esa manera todas las opiniones en torno a Chano.

            Se dice que Luciano Pozo González, Chano, nació en La Habana, el 7 de enero de 1915. Que fue figura en las comparsas habaneras. Que algunos de los números que compuso –Pin Pin y Nagüe- lo hicieron relativamente rico. Que compró y destrozó varios automóviles. Que le exigió a un editor un adelanto de mil pesos y solo pudo sacarle los cuatro balazos que los guardaespaldas del hombre le metieron en el cuerpo y lo pusieron al filo de la muerte. Que cuando, años después, lo asesinaron, le encontraron ocultos en el tacón de su zapato izquierdo varios billetes de mil dólares.

            Días antes de su muerte Chano había puesto fin a una gira que con la orquesta de Gillespie lo llevó por varias ciudades meridionales de Estados Unidos. La orquesta quedó en Jacksonville y él regresó a Nueva York porque, comentó con Miguelito Valdés, no podía soportar el trato que en el sur de ese país recibían los negros. Proyectaba un viaje a La Habana, donde pasaría las navidades y compraría unos cueros nuevos porque le habían robado los suyos en la estación de trenes de Virginia.

            Era ya una celebridad. Manteca, una de sus últimas grabaciones, le había reportado una gruesa suma de dinero, cobrada horas antes de que lo asesinaran. Después de las vacaciones en Cuba, cumpliría un contrato en Billy Berg, el famoso cabaret-restaurante de Hollywood que le serviría de antesala a su debut en Broadway. Las pantallas del teatro Strand lo anunciaban: “Manteca-Chano Pozo con la orquesta de Dizzy Gillespie”.

TOCO LO QUE SIENTO

Chano era un negro muy feo, bajito, trabado, con cara de luna y dientes todo el día afuera. Durante años vendió periódicos y limpió zapatos hasta que la actriz y cantante Rita Montaner, “La Única”, logró colarlo en la RHC-Cadena Azul y creó un conjunto musical en esa radioemisora. Antes se había sometido a prueba para formar parte de la orquesta Casino, pero no lo aceptaron por motivos raciales.

            Rita Montaner y Miguelito Valdés lo convencieron para que saliera de Cuba. Esperaba buscar y encontrar su ambiente en Estados Unidos y allí se topó con Gillespie. El músico norteamericano tocaba y Chano se puso a acompañarlo con una tumbadora.

            -¿Qué tú haces? –preguntó Gillespie.

            -Toco lo que siento –respondió Chano.

            Llevaba la música por dentro y la expresaba de qué manera, pero si se le preguntaba sobre lo que había hecho  quedaba sin respuesta. No estudió música y era incapaz de identificar en el papel una nota musical.

            Nunca se puso en claro la causa de su muerte. ¿Deudas? ¿Drogas? ¿Cuestiones religiosas? ¿Machismo? El caso es que Eusebio Muñoz, un individuo al que apodaban El Cabo, le partió el corazón en Harlem. Fue en 1948, la víspera de Santa Bárbara, su ángel de la guardia.

15 DÓLARES

-Lo mató una riña entre hombres –aseguró Miguelito Valdés y se encogió de hombros e hizo un gesto despectivo con la mano. Miró hacía el féretro gris donde Chano parecía que aún soñaba con su entrada por la puerta grande en el mundo artístico norteamericano. Y concluyó: ¿Para qué averiguarlo?

            Caridad Martínez, la mujer de Chano, aseguró al periodista Omar E. Llep, que investigó sobre el asesinato del músico:

            -Ese día Chano salió de la casa más alegre que nunca. Solo pensaba en su próximo debut en el Strand. Me habló sobre el incidente sobre El Cabito, pero sin darle importancia. Son inciertas sus declaraciones de que Chano quiso robarle quince dólares.

            Lo cierto es que Chano entregó ese dinero a El Cabo para un encargo, y como este no cumplió, Chano reclamó su dinero en forma violenta y hasta llegó a abofetearlo en público. Chano no era hombre a quien importaran quince dólares. Los amigos intercedieron y El Cabo se mostró dispuesto a olvidar el asunto si Chano reparaba la ofensa. Pero la reconciliación no se produjo.

            -La verdad del caso –dijo Caridad Martínez a Llep- es que a El Cabito le dieron “máquina” para que actuara como actuó.

EL CRIMEN

Chano insertó una moneda de cinco centavos en la ranura de la vitrola. El disco descendió sobre el plato giratorio y del surco negro en espiral comenzaron a brotar los ritmos iniciales –trompeta y bongó- de una música semisalvaje. El café Río,  de Harlem, se fue llenando del repique furioso de los cueros que tejen pespuntes sobre la melodía de Manteca. Chano se quedó inmóvil un instante. Con los ojos fijos en el plato negro, miraba embebido cómo se enroscaba la aguja mágica que iba traduciendo en sonidos los compases de su última composición, de su Manteca, el be bop triunfal que lo había instalado en el pináculo de la fama vernácula neoyorquina. Los dedos le temblaron y Chano alargó las manos como si buscara inconsciente, automáticamente, los cueros que nadie como él sonaba, y el curveante ritmo del be bop se le metió en el cuerpo. Las caderas le contonearon, los ojos se le llenaron de destellos y comenzó a bailar solo, solo física y mentalmente…

            La puerta de cristal del café Río se abrió sigilosamente. Tan furtivamente quiso penetrar el que llegaba que ni siquiera se valió de las manos, hundidas en el fondo de los bolsillos del abrigo. Proyectó la punta del zapato entre el marco y la hoja de la puerta, encorvó la rodilla y empujó… Por la abertura se escaparon hasta la acera de enfrente de la avenida de Lenox las notas del montuno de Manteca.

            Era Eusebio Muñoz, El Cabo.

            Con las manos aún en los bolsillos del abrigo, El Cabo se afincó en el piso, buscó un claro por entre los circundantes y cuando Chano, en uno de los giros de la danza, le presentó el pecho, sacó la diestra y la alzó a la altura de los ojos.

            Sonó un disparo y Chano se desplomó, cortado el baile por un tajo brutal, con el corazón partido por el balazo. Eusebio Muñoz, lívido el rostro todavía y apretados todavía los labios, dio varios pasos al frente, se aproximó al cuerpo inmóvil de Chano, lo miró durante un segundo y sin pronunciar palabra volvió a descargar la pistola una, dos, seis veces sobre el bongosero y compositor inerte en un charco de sangre.

            En la vitrola, la aguja seguía enroscándose en la traducción mecánica de los compases postreros de Manteca.

 

La fiesta del Guatao

La fiesta del Guatao

Ciro Bianchi Ross   

 

Durante más de cien años hemos oído repetir en Cuba  una frase que el uso ha hecho célebre: “Acabó como la fiesta del Guatao”. Lo curioso del caso es que desconocemos realmente qué fiesta fue aquella, aunque por el sentido que se da a la expresión se sabe que no tuvo un final feliz. Cuando aquí se dice que un suceso terminó de esa manera, nadie duda de que se trató de algo que empezó bien y finalizó mal.

            ¿Fue bronca de borrachos en medio de una celebración religiosa afrocubana? ¿La motivaron los celos y las furias de un marido burlado o la determinación de un grupo de hombres dispuestos a vengar una estafa? Se ignora qué pasó y hay quien asegura que no hubo tal fiesta en Guatao y sí una matanza horrible que en 1896 perpetraron soldados y paramilitares españoles entre la población indefensa y levantisca porque en Guatao, se afirma, hasta las piedras eran insurrectas.

            En 1955, Gregorio Ortega, un entonces joven reportero, se fue a ese poblado habanero a fin de indagar qué fue esa fiesta y cómo concluyó. Allegó varias versiones diferentes y hasta contradictorias que resumió luego en un reportaje que escribió para la revista Carteles, pero no pudo llegar a una conclusión definitiva porque cualquiera de aquellas versiones podía ser la verdadera y tal vez no lo fuera ninguna.

            Nada nuevo puede aportar hoy este columnista a la indagación que hace más de cincuenta años acometió el autor de La red y el tridente y Una de cal y otra de arena y que en un grueso volumen titulado Del Guatao a Hong Kong, publicado en 1986, narró sus aventuras periodísticas por medio mundo y compiló muchas de sus crónicas, entre ellas la titulada “Aquella fiesta del Guatao”.

CAMINO REAL

Guatao se fundó en 1750 en las tierras que cedió gratuitamente Esteban Godina a la vera del camino real que iba de La Habana a Vuelta Abajo. Sobre esa vía se edificaron también los caseríos de Mordazo, La Ceiba, Curazao, Quemados y Marianao, y además El Cano, Corralillo y Guayabal. Pero la tierra era baja y pantanosa y para trazar la calzada hasta el poblado de Guanajay se buscó una base más firme. La nueva ruta pasó paralela, pero a unos dos kilómetros del viejo camino real y El Cano, Guatao, Corralillo y Guayabal quedaron a un lado, abandonados. Entonces, sobre la nueva calzada, por cada uno de esos caseríos surgió uno nuevo: Arroyo Arenas por El Cano, Punta Brava por Guatao, Hoyo Colorado o Bauta por Corralillo y Caimito del Guayabal por Guayabal,

            “Luego, sobre la antigua calzada se hizo la carretera Central y las nuevas poblaciones florecieron. Los pueblos a la orilla del viejo camino real, ya en desuso, languidecieron”, escribe Gregorio Ortega en su reportaje y asegura que en 1955 Guatao tenía menos población y comercio que a mediados del siglo XIX. En 1827, por ejemplo, existían allí un almacén de víveres, dos tiendas de ropa, ocho tiendas mixtas, dos herrerías, una carpintería, una sastrería, una panadería, tres tabaquerías y una barbería. En 1955 no quedaban más que dos bodegas y una cantina, precarias las tres, y una fábrica de almidón que era la única industria del poblado. La iglesia, que se edificó en 1765, acababa de derrumbarse en esos días y se confiaba en que se construiría de nuevo. Comentó al periodista uno de sus informantes: “Lo único que queda del Guatao es su fama; aquella de la fiesta”.

VERSIONES

Alberico Martínez, propietario de la fábrica aludida, dio a Ortega su versión sobre el origen de la frase. Se la contó una negra esclava llamada Ramona que falleció alrededor de 1940 luego de haber vivido más de cien años. Ella relataba, recordaba Alberico, que justo en el lugar que ocupaba su fábrica estuvo la casa de la fiesta famosa.

            “En una zapatería de Punta Brava estaban liquidando las existencias a precios muy bajos y varios guajiros de aquí habían ido a comprar. Pero llovía mucho y los caminos estaban muy malos y cuando regresaron al pueblo los zapatos estaban abiertos, deshechos. Los guajiros asistieron a la fiesta y ya había empezado esta cuando llegó el zapatero. Los estafados apalearon al hombre y allí mismo se acabó todo”,

            La versión de Alberico no coincide con la que también ofreció a Gregorio Ortega un hombre de piel muy negra y brillante y 86 años de edad que aseguraba haber peleado por la independencia de Cuba bajo las órdenes del general Quintín Bandera. Se llamaba Cirilo Suárez y en su conversación con el periodista aludió a los congos y lucumíes que vivían en Guatao y sus alrededores. “Eran muy guapos y se fajaban mucho”, aseveró, y recordó además su carácter fiestero; todos los sábados se emborrachaban y a veces sus fiestas duraban hasta el domingo.

            “Me acuerdo de una fiesta que se hizo famosa; de ahí viene eso de la fiesta del Guatao. Hace muchos años de ella… Era un santo de congo y todo el mundo se emborrachó. Con la tomadera se formó la guaracha. De pronto empezó la bronca, no sé por qué… Cuando la gente bebe por cualquier cosa se faja. ¡Cómo se dio leña aquel día!”.

            Una versión más recoge el reportero. Se la cuenta Nicolás Larrinaga, que la escuchó de su padre, muerto en 1952,  a los 118 años de edad. Se celebraba en Guatao un baile para festejar el fin de la guerra contra España y a la celebración concurrieron, sin que nadie los hubiera invitado y para ver la acogida que se les daba, elementos pro españoles hasta la víspera.

            Por aquellos días, rememoraba Larrinaga, dos vecinos del poblado –Ángel Bildosa y Merced Amador- mantenían relaciones amorosas pese a que Ángel era casado. Llegó la fecha del baile y Ángel, que tenía la fortaleza de un animal y muy malas pulgas, prohibió a su amante que acudiese a la fiesta. Parece que sospechó que ella no lo obedecería y ya a medianoche, luego de dejar a su esposa en la cama, se fue a la casa de la querida. No la encontró y decidió buscarla donde sabía que estaba. Cuando entró a la fiesta, que se celebraba donde después estuvo la fábrica de almidón, Ángel vio que Merced bailaba con un  teniente de los recién desaparecidos paramilitares españoles.

            No se molestó en pedir explicaciones. Rasgó el vestido de la mujer de arriba abajo, y ella, que también se las traía, se descalzó y a taconazo limpio la emprendió contra su compañero. Quiso intervenir a favor de Merced el teniente y ahí se armó la gorda porque los vecinos, que se la tenían jurada al elemento pro español desde la matanza de 1896, aprovecharon la oportunidad para cobrársela… Los enemigos de ayer quedaron muy mal parados.

¿QUIÉN SABE?

Porque el 22 de febrero de ese año los españoles cometieron en Guatao la matanza de la que ya se habló. Una columna compuesta por unos 200 guardias civiles, soldados y paramilitares salió de Marianao para operar en las zonas vecinas y en Punta Brava se enfrentó con una partida insurrecta a la que no pudo aniquilar. Ireno Gutiérrez, testigo presencial de los hechos, contó a Ortega lo que sigue:

            “Entonces la columna vino hasta el Guatao, cogió a todo el que pudo y lo metió en la iglesia. De allí los sacaban amarrados, los tiraban en la carretera, frente a unas matas de salvadera que todavía existen, y los mataban en el suelo… De noche partió la columna llevando veinte prisioneros de los cuales solo cinco llegaron a Marianao. En la carretera dondequiera aparecían manchas de sangre y en las afueras del pueblo quedaron diez y seis cadáveres”.

            Se dice que unos cincuenta muertos causó aquella tragedia. Ireno no fue apresado porque tuvo la suerte de poder huir a un bosque cercano. Tenía 15 años de edad.

            Para algunos autores, esa matanza fue la que dio origen a la frase. Pero ¿quién sabe? Porque como expresa Gregorio Ortega en su reportaje, “de aquel pasado sangriento, pendenciero y bullente del pueblo, no queda más que una frase”.

           

Pote l

Pote l

Ciro Bianchi Ross

En una época en la que para visitar o acometer cualquier gestión en las edificaciones donde se asentaban los poderes centrales del Estado se hacía obligatorio el uso de la chaqueta, José López Rodríguez entraba al Palacio Presidencial y se reunía con el Presidente en mangas de camisa. Por apretada que fuera su agenda, José Miguel Gómez, ajeno en su caso a todo protocolo, lo recibía sin reparar en su vestimenta, y es que el gallego José López Rodríguez no solo había ayudado mucho a los cubanos durante las luchas por la independencia, sino que era uno de los hombres más ricos de la Cuba de entonces. Le llamaban Pote por su predilección desmedida a los potajes.

Era el vicepresidente-director del Banco Nacional de Cuba, entidad netamente privada pese a su nombre, y era propietario de los centrales España y Reglita, ambos en Matanzas, administrados por la  Compañía Nacional de Azúcares de Cuba, que también presidía. Junto con Ramón González de Mendoza era propietario además  de la empresa que fomentaba el reparto Miramar y sus intereses se extendían por el Matadero Industrial, la fábrica de cemento El Almendares, la Compañía de Seguros de Cuba y la Compañía Nacional de Finanzas, entre otros negocios.

La base de esa millonaria fortuna fue su matrimonio con Ana Luisa Serrano, la viuda propietaria de La Moderna Poesía, empresa fundada en 1890. Gracias a su amistad con José Miguel Gómez, Pote consiguió los derechos de impresión de los billetes de la Lotería Nacional, así como de los sellos del timbre y del impuesto estatal. Controló además, por otra parte, el mercado de los libros de texto escolares e introdujo en la Isla las máquinas de linotipo.

Entre 1911 y 1912 compró los intereses de la casa Morgan en Cuba y se convirtió en el primer accionista del Banco Nacional, fundado en 1901, y que llegó a tener depósitos por 190 millones de pesos y más de cien sucursales en el país. Su posición en esa entidad bancaria le permitió disponer a su antojo de sus fondos a fin de cubrir con ellos sus especulaciones en diversos campos. Los tomaba con absoluta confianza y falta de precaución ante una posible crisis.

Cuando esa crisis estalló, luego del crack bancario de 1920, el Banco Nacional tuvo que cerrar sus puertas y Pote fue encontrado muerto en su mansión de la calle  L esquina a 13, en el Vedado. Tras considerarse traicionado por sus socios y amigos, según expresó en una carta, y creyéndose arruinado, se suicidó el 17 de marzo de 192l.

Su fortuna en ese momento, sin embargo, sobrepasaba los once millones de pesos luego de que se liquidaran todas sus deudas.

LAS VACAS FLACAS

Tras la entrada de EE UU en la I Guerra Mundial -6 de abril de 1917- el Congreso norteamericano aprobó una ley de control de alimentos que fijó precios topes a estos, empezando por el azúcar. Cuba, que entró en la contienda al día siguiente, decretó un embargo de exportaciones, con excepción de las destinadas a EE UU y a los países aliados. Fue así que el gobierno del general Menocal vendió a  Washington las zafras azucareras completas de 1918 ($337 796 950) y 1919 ($461 113 225) con lo que el país entró en un periodo conocido como de las Vacas Gordas o Danza de los Millones.

Vencidos los alemanes, el presidente Wilson dictó, en noviembre de 1919, medidas para iniciar la vuelta de los negocios azucareros al régimen de libre empresa, por lo que no accedió a la oferta de venta global de la zafra de 1920 que le hicieron los productores cubanos y los precios comenzaron a oscilar. Cuando se esperaba que se estabilizaran, la información de que los abastos disponibles para el año se reducían a 600 000 toneladas determinó una demanda enloquecida con precios que alcanzaron su clímax en mayo de 1920 cuando el dulce cubano llegó a cotizarse a 23,5 centavos/libra, con lo que las Vacas Gordas entraron en su apogeo.

La información falsa sobre el desabastecimiento fue rectificada y los precios cayeron aparatosamente. Pasaron de 5,32 centavos/libra el 31 de diciembre a 1,8 centavos a comienzos  de 1921. El desastre fue total y la desmoralización del mercado provocó la ruina de productores y exportadores. La prosperidad, apuntalada además por el auge del turismo, quedó atrás y el país se sumió de manera brusca en las llamadas Vacas Flacas.

            Quebró el Banco Mercantil Americano de Cuba y depositarios y ahorristas, sospechando lo que se avecinaba, se lanzaron desesperados a extraer su dinero de todas las casas bancarias. No tardarían -9 de octubre de 1920- en suspender pagos el Banco Español, el Banco Internacional y el Banco Nacional de Cuba, entre otros,  que confiados en que el azúcar se cotizaría entre 15 y 20 centavos/libra especularon con el alza y concedieron préstamos por más de 80 millones de pesos. La moratoria decretada por el gobierno calmó en algo los ánimos, pero solo de manera pasajera.

            El crack bancario de 1920 y la crisis deflacionaria que le siguió aniquilaron a las bancas cubana y española. Los más fuertes compradores de azúcar y entidades como el Nacional City Bank of New York y el Royal Bank of Canada se incautaron de numerosos ingenios cubanos. Solo el City Bank se apoderó de más de cincuenta centrales y junto otros bancos estadounidenses ejerció  el control básico de las inversiones en Cuba con lo que se inició un proceso acelerado de penetración norteamericana en la economía nacional con el desplazamiento consiguiente de la burguesía cubana y española.

LOS PERDEDORES

“En octubre de1920, el cataclismo económico sacudía de manera violenta a los más destacados inquilinos de la cima estructural socioclasista de la oligarquía azucarera. Unos perecen y otros sobreviven, mientras surgen flamantes personajes  que ocupan las plazas vacantes. Entre los principales dolientes –vinculados al capital hispano- aparecen José Marimón Juliach y José López Rodríguez (Pote)”, escribe el historiador Carlos del Toro. El otro gran afectado por la debacle fue el banquero cubano José Ignacio Lezama.

            Marimón era el presidente del Banco Español y encabezaba además la Compañía Azucarera Oriental, que,  con oficinas principales en Santiago, operaba los centrales Esperanza, San Miguel, Concepción, Sabanilla, San Cayetano y Marimón, todos en la antigua provincia de Oriente. Fungía como vicepresidente de la cervecería La Polar y, entre otros negocios, regenteaba la Empresa Naviera de Cuba, la Papelera Cubana, la Compañía de Jarcia de Matanzas, la Compañía de Alumbrado y Tracción de Santiago y la Compañía Manufacturera Nacional para la elaboración de dulces y confituras y conformada por las fábricas La Estrella, Cuba Biscuit, La Constancia, Mestre y Martinica, todas en La Habana. Poseía además la Compañía Sombrerera Nacional con tres fábricas y un capital de cinco millones de pesos en acciones.

            Todo eso se le escurrió a Marimón entre los dedos en un abrir y cerrar de ojos en medio de la convulsionada escena financiera cubana y partió hacia el exterior en un viaje sin fecha de retorno ni destino conocido. Se esfumó. Antes, en abril de 1919, había hecho lo mismo, previsoramente, su segundo en el Banco Español, Andrés Godoy, que cargado de dinero se estableció en París para iniciar, lejos de las finanzas, una nueva carrera, esta vez como poeta católico de expresión francesa. Publicaría más de cuarenta títulos.

            José Ignacio Lezama, que era consejero del Banco Comercial y propietario de los centrales Limones y Unión, en Matanzas, no tuvo un escape plácido. Luego de que el primero de esos ingenios pasara a la junta liquidadora del Banco Nacional y luego al gobierno cubano y que el Unión quedara en otras manos, se le acusó de falsificación de documentos mercantiles y se libró en su contra una orden de detención. Debía pagar 24 millones de pesos, que adeudaba, pero  lo evadió con su salida casi clandestina del país.

            Pote, en cambio, se suicidó. Así lo veremos más adelante.

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Pote II

Pote II

Ciro Bianchi Ross

Pote no solo concurría en mangas de camisa al Palacio Presidencial, sino que cuando visitaba al general Domingo Méndez Capote, ex vicepresidente de la República, en su residencia de B esquina a 15, en el Vedado, se distendía y, al calor de la conversación, terminaba con los pies encaramados en la butaca que ocupaba sin importarle su finísima y genuina tapicería de Aubusson.

En su libro Amables figuras del pasado (1981) Renée, la hija del General, lo recuerda como un hombre amable y simpático, muy cordial con los niños y preocupado hasta el detalle por satisfacer a su familia y que, pese a su inmensa fortuna, vivía modestamente, con una austeridad casi espartana.

Un día, evoca la escritora, Pote enfermó de gripe y dos religiosas de la Orden de las Siervitas, magníficas enfermeras, fueron a atenderlo en su casa, un palacio encantado sobre los acantilados del Vedado, una mansión en tonos blancos y azules, de dos pisos y un alto abuhardillado. Penetraron las monjitas y fueron atendidas por un solo sirviente. Se maravillaron ante la espléndida belleza y la riqueza de los muebles, alfombras y cortinas. Atravesaron todo aquel emporio y subieron al piso alto, acondicionado con la misma riqueza. El sirviente las llevó todavía más alto, a lo que parecía un enorme desván abandonado. Allí, amueblado con una mesa de madera basta y sin pintar, una silla y un antiguo lavabo de palangana de porcelana y jofaina esmaltada, yacía Pote en una columbina.

Esa casa de la calle L esquina a 13, cerca del mar, la ocupó en los primeros años de la República, el primer embajador de China en Cuba, Liao Ngantao. Era una casa divinamente puesta. En los salones y el comedor alternaban el lujo y el gusto más exquisito. Allí todo era auténtico: los cristales, los mármoles, la plata, el bronce, la mantelería… y todo pertenecía a Pote, aquel José López Rodríguez, uno de los hombres más ricos de Cuba, que pese a eso alquilaba su mansión para buscarse unos pesitos que engrosaban su enorme fortuna,  mientras que él y los suyos moraban en algún lugar de La Habana Vieja.

EL PUENTE

A comienzos del siglo XX la zona céntrica de La Habana se deterioraba y la aristocracia y las burguesías vieja y nueva emigraban  hacia el Vedado, uno de los grandes logros del urbanismo cubano. Pero el clima elitista que se ambicionaba no se consiguió en una barriada en la que el palacio lujoso coexistía con la vivienda modesta y la casa de vecindad. Es por eso que los más pudientes, entre ellos los magnates del azúcar que se enriquecieron súbitamente o vieron acrecentar su capital en la Danza de los Millones, buscaron zonas no contaminadas por otras clases sociales. Es así que empiezan a fomentarse nuevos repartos  como Kohly,  Alturas de Almendares, Barandilla, La Coronela, Playa de Marianao, Country Club  y Miramar. Los propietarios de la empresa que impulsaba esa última barriada eran Pote y Ramón González de Mendoza.

            Había un inconveniente. El río Almendares actuaba como un valladar natural entre la zona en expansión, al oeste, y el resto de la ciudad. Cierto que lo cruzaba a la altura de la calle23 un viejo puente de barcas, pero no era suficiente para sustentar la zona en desarrollo. Se imponían nuevas vías de acceso. El puente Asbert o Almendares, que sustituyó al de barcas, se construyó en 1909. Más adelante se construyeron otros dos, uno de polines, que daba paso a los tranvías y unía la calle Línea con la futura Séptima Avenida, y el  puente  Miramar, que enlazaba la calle Calzada con la Avenida de las Américas o Quinta Avenida. Ambos se abrían por el centro para dar paso a las embarcaciones que navegaban por el río.

            Para los habaneros, el ya desaparecido puente Miramar, sustituido por el túnel, sigue siendo el puente de Pote, como se le conoció en su tiempo. Muy lujoso, de hierro y verdadera belleza y elegancia. Se inauguró en febrero de 1921. Pote se suicidó en marzo y en abril, a causa de una pulmonía, fallecía en Estados Unidos su socio Ramón González de Mendoza, mientras que el país  sufría las consecuencias del crack bancario y la crisis deflacionaria.

LA QUIEBRA

Cuando en septiembre de 1920 las Vacas Flacas se veían venir en virtud de la baja mantenida de los precios del azúcar, Pote, en nombre del Banco Nacional, del que era el accionista principal, y José Marimón Juliach, presidente del Banco Español, otro de los grandes perjudicados por la debacle, propusieron, a fin de salvar a las empresas bancarias y azucareras, una emisión de bonos garantizados por la zafra de 1921 y que tendrían en la práctica el valor de moneda corriente. El presidente Menocal apoyó la iniciativa, que no fue aceptada por los que tenían  su dinero depositado en los bancos y que, confundidos hasta entonces por la prensa, pensaban que el país enfrentaba una perturbación pasajera.

            Los bancos habían dispuesto a su antojo de los fondos de ahorristas y titulares de cuentas corrientes para cubrir, con créditos a corto plazo, la especulación azucarera. El 6 de octubre los que tenían  sus depósitos en el Banco Mercantil se lanzaron llenos de pánico sobre esa entidad en reclamo de su dinero, exigencia que el Mercantil no pudo satisfacer. Durante los dos días siguientes la escena se repitió en otros bancos de importancia. El día 10, tratando de evitar lo inevitable, el gobierno decretó la moratoria bancaria que suspendió el cobro de los créditos y estableció que los bancos solo entregaran el 10% de los depósitos, medida que no perjudicó en absoluto a los más ricos que la burlaron al aducir que requerían de su dinero para saldar reales o supuestas deudas con el Estado.

            El historiador Julio Le Riverend asegura que los bancos cubanos y de capital español hubieran podido atenuar la crisis de no haber estado supeditada la economía cubana a la estadounidense. Las bancas norteamericana e inglesa establecidas en Cuba, que se opusieron al decreto de moratoria y que resultaron las grandes beneficiarias de la situación, no acudieron entonces en ayuda de los bancos en desgracia, antes bien les negaron o recortaron  préstamos para enfrentar las exigencias de los depositantes y cubrir el déficit de los créditos que concedieron y no podían cobrar.

            La alarma se convirtió en pánico. Ocho bancos y 125 sucursales dejaron de existir. Entre ellos el Banco Nacional de José López Rodríguez, Pote, que utilizó, en perjuicio de los depositantes, millones y millones de pesos para expansionar sus empresas azucareras.

FINAL

Perdió Pote la mayor parte de su fortuna, pero gracias a una complicada operación financiera retuvo el negocio de impresión y venta de libros (La Moderna Poesía)  por donde había empezado su meteórica carrera. Sus centrales azucareros pasaron a la larga a manos de José Manuel Casanova, más tarde Senador de la República y presidente de la Asociación de Hacendados de Cuba, y Menocal, ya fuera del poder, adquirió por medio millón de pesos la parte que le correspondía en la empresa que fomentaba el reparto Miramar. La fortuna de Pote se calculó entonces, una vez pagadas todas sus deudas, en unos 11 ó 12 millones de pesos. Le parecieron insuficientes y se suicidó. Parecerá absurdo. Pero qué podían ser 11 millones para un hombre que hasta meses antes manejaba, solo en el Banco Nacional, activos por 190 millones de pesos. Tanto como el dinero debe haber dolido a Pote la pérdida de poder, posición, prestigio y autoridad.  Algunos autores son de la opinión de que fue asesinado. Es posible. Pero en verdad no existe  prueba alguna en ese sentido.

            Los herederos de ese capital, así como de muchísimas propiedades, fueron su esposa, Ana Luisa Serrano, y sus hijos José Antonio, de tres años de edad, y Caridad, de dos. Andando el tiempo, en el espacio que ocupaba la casa paterna, construyeron el edificio de apartamentos López Serrano, el primero de los rascacielos de La Habana moderna y una de las cumbres del estilo art deco en la capital. Caridad, convertida en una gran casateniente, contrajo matrimonio con Joaquín Gumá Herrera, “el joven y apuesto, como se le identificaba en la crónica social, Conde de Lagunillas y Marqués de Casa Calvo, que hasta después del triunfo de la Revolución se desempeñó como Agregado al Protocolo en el Ministerio de Estado (Relaciones Exteriores) y que a lo largo de su vida llegó a acopiar una impresionante colección de arte antiguo que, para que no se desmembrara, entregó primero al Museo Nacional en calidad de depósito y terminó donando al país.

(Fuentes: Textos de Carlos del Toro, Ramiro Guerra, Julio Le Riverend y Renée Méndez Capote)  

La mujer que escribía de cocina

La mujer que escribía de cocina

Ciro Bianchi Ross

 

Sus programas de radio y televisión la hicieron enormemente popular. Sus libros batieron siempre récords de venta y sus colaboraciones en la prensa escrita eran buscadas y conservadas por una  infinidad  de lectoras –y lectores. Pocos autores abordaron el tema  de la cocina cubana con tanta extensión y profundidad como Nitza Villapol.

            Su labor fue más allá de la simple recopilación y divulgación de recetas, con todo lo importante que eso pueda ser. La autora de Cocina al minuto, su libro más emblemático y difundido, enfrentó la cocina también como un problema económico y dietético que forma parte de la cultura y la  nacionalidad, y lo hizo con un rigor no exento de vuelo artístico. “La cocina –aseguraba- es un arte, un arte de cada pueblo, un arte menor que forma parte de la cultura de los pueblos”.

            Se dice que su programa televisivo, por las más de cuatro décadas que se mantuvo en pantalla, podría haber sido asentado en el Libro de Guinness. En un tiempo solo lo superaba, en antigüedad, Meet the Press, de la televisora norteamericana NBC. Pero si este lo aventajaba en cuatro años, Nitza, como conductora, no tuvo rivales: nadie permaneció más tiempo que ella al frente de un espacio de TV. Su contendiente más cercano sería el periodista Lawrence E. Spivak, que llevó veinte y siete años como panelista o conductor del espacio mencionado. Nitza lo hizo durante cuarenta y cuatro años.

            Tan larga presencia en la pequeña pantalla impuso la imagen de una mujer simpática, meticulosa, convincente y dotada de un enorme poder de comunicación. El carisma  era, sin embargo, solo una de las aristas de Nitza Villapol. Detrás de su aparente desenfado, animaba una mujer de cultura y arduos estudios. Lo demostró cuando la UNESCO le confió la encomienda  de escribir el capítulo relativo a la cocina en el libro África en América, que se publicaría en varios idiomas y tiene ya diez ediciones.

            “Culta, inteligente, dotada de una rara capacidad de persuasión y profunda conocedora de tan complejas ramas como la nutrición y la dietética, Nitza Villapol es, sin lugar a dudas, la personalidad que más ha influido en el dinamismo y actualización de la cocina cubana, y, sobre todo, en la dificilísima tarea de modificar los hábitos alimentarios del país”, decía en 1986, el escritor Jaime Sarusky en su “Encuentro con la cocina cubana”.

            Porque a Nitza le tocó acometer parte de su trabajo en épocas de grandes carencias: primero, cuando a consecuencia del bloqueo norteamericano a la Isla, el cubano se vio privado de productos y condimentos tradicionales en su cocina. Luego, cuando el derrumbe del campo socialista, cortó el suministro de renglones alimentarios que ya se habían hecho habituales en la mesa cubana.

            Recordaba Sarusky en su artículo citado que Nitza, en los años 60, enseñó a preparar y a degustar platos como la merluza y la tilapia, desconocidos en la dieta del cubano promedio, lo convenció de las ventajas de cocinar con menos grasa, le reveló el secreto para prescindir de los huevos en la elaboración de un pudín y le dijo cómo empanar la carne con agua y harina como únicos ingredientes. ¿Qué escaseaba la harina para las frituras? Nitza entonces ponía la solución al alcance de la mano: bastaba, para que apareciera, con derretir un paquete de macarrones.

            Es por eso que, en opinión de Sarusky, son pocos los que dudan en Cuba que con la magia y los descubrimientos culinarios de esta mujer podría llenarse un delicioso tratado sobre la infinita e inagotable inventiva de los cubanos. Pero Nitza restó siempre importancia al asunto, y en una ocasión confesó: “Sencillamente, invertí los términos. En lugar de preguntarme cuáles ingredientes hacían falta para hacer tal o cual receta, empecé por preguntarme cuáles eran las recetas realizables con los productos disponibles”.

UN APORTE DECISIVO

Al desencadenarse en Cuba la crisis económica de los 90, el tema de la cocina se hizo tabú en la Isla, y el programa de Nitza Villapol desapareció del aire de la noche a la mañana. Fue un error, diría más tarde José Luis Santana, presidente entonces de la Federación Culinaria Cubana. “Desde que desapareció el programa Cocina al minuto se ha seguido cierta política errónea de no tocar el tema de la alimentación en los medios. Nuestros hogares se han visto privados de un asesoramiento, de una ayuda, y eso debía rescatarse también”, expresó el chef Santana a la prensa en 1996.

            Felizmente, así fue. Pero ya Nitza se había deteriorado mucho para reaparecer en pantalla. Aun así, escribió y publicó nuevos títulos, y se vendieron con el éxito de siempre. La gente, sin embargo, la  fue olvidando. Cuando murió, en 1998, solo un puñado de personas acompañó hasta la tumba a la que fue una de las mujeres más populares de Cuba.

            Nitza Villapol nació en Nueva York, en 1923. Hija de cubanos emigrados por sus ideas políticas. Eso hizo que en su infancia conociera y tratara a Pablo de la Torriente Brau y a otros revolucionarios de la época. Diez años más tarde se radicó en la Habana con su familia, y aquí hizo estudios hasta diplomarse como Doctora en Pedagogía, en 1948. En su acercamiento a la cocina hubo mucho de vocación y un poco de casualidad. Gustó siempre de compilar recetas y un día consideró que resultaría útil publicarlas. Su facilidad expositiva, su carisma y su capacidad para comunicarse, la harían sobresalir pronto entre las que realizaban la misma tarea –Ana Dolores Gómez, Nena Cuenco de Prieto, Carmencita San Miguel, María Radelat de Fontanills, María Antonieta de la Reyes Gavilán… Mereció la Distinción por la Cultura nacional.

            Hizo un aporte decisivo al estudio de la culinaria cuando concluyó que la cocina comenzó a ser cubana cuando los garbanzos se suprimieron del ajiaco. Hasta entonces, ese sopón, que se nutre de muy variadas carnes secas y frescas, no había sido más que el encuentro del cocido español con las viandas de la Isla.

            La diferencia se acentuó, sentenciaba Nitza, cuando el criado doméstico –negro o chino- asumió la cocina de los blancos. Por la vía de la esclavitud, precisamente, y de la industria azucarera, se imponen en el paladar cubano toda una serie de alimentos y condimentos y entran hábitos dietéticos que llegan hasta hoy.

            La degustación del arroz en las dos comidas diarias como cereal básico, la presencia de un guiso que “moje” ese arroz, el gusto por lo frito y la preferencia por lo dulce, son constantes en el paladar criollo, aseguró, y afirmó, además, que la gente se ata más a la forma de elaborar un alimento que al alimento mismo.

ESCAMOTEO EN MIAMI

Quise dedicar a Nitza esta página por dos motivos. Primero, porque me parece advertir una especie de sentimiento anti Nitza en algunos especialistas o en gente que pretende pasar por tales. Dicen que abarató la cocina cubana. No fue así, sino que en épocas muy difíciles para la mesa ofreció soluciones, algunas de ellas –Nitza debió saberlo muy bien- coyunturales, mientras que otras reportarían una ganancia permanente. Tal es el caso de sus recetas de vegetales, en las que tanto trabajó durante sus últimos años.

            El otro motivo es más grave. Pude ver hace poco una edición de Cocina al minuto hecha en Miami. Hasta donde constaté sigue la letra del libro de igual título que Nitza Villapol y Martha Martínez dieron a conocer en La Habana, en 1959. La única diferencia es que el Cocina al minuto publicado en Miami no consigna el nombre de ninguna de sus autoras.

            “Uno de los aspectos más lentos y difíciles de modificar en cualquier cultura son los hábitos de conducta entre los cuales se encuentran los alimentarios. Para que esa modificación sea verdadera, profunda y duradera, debe partir del conocimiento de algunos de los factores que conforman esos hábitos y cuáles son las modificaciones que pueden hacerse en aras de una mejor salud”, afirmaba Nitza Villapol.

            Ella lo supo muy bien e hizo su legado en más de quince títulos, miles de programas radiales y televisivos e infinidad de columnas de prensa, como la que durante años mantuvo en la revista Cuba Internacional que la tuvo hasta el final entre sus colaboradores más distinguidos. Ahora que ya no está habrá que remitirse una y otra vez a ese legado para seguir gozando de las delicias de la buena mesa y del arte y la gracia que Nitza Villapol supo imprimirles.   

Manuel García

Manuel García

Ciro Bianchi Ross

 

José Martí rechazó los 8 000 pesos que le ofreció para la guerra porque eran fruto de un secuestro, pero no le negó el derecho a combatir por la independencia de Cuba. Dirá a Máximo Gómez: “Manuel García, en carta triste y sumisa, espera órdenes”. Y el propio Gómez escribe a Francisco Carrillo, jefe de la Revolución en Las Villas: “Cuente con Manuel García”.Pero Manuel García murió el 24 de febrero de 1895, el mismo día en que se  iniciaba la Guerra de Independencia. Lo asesinaron cuando se disponía a ponerse al frente del grupo de Juan Gualberto Gómez y Antonio López Coloma alzado en Ibarra. Se dice que se incorporaba con grados de capitán, pero parece ser cierto que clubes de la emigración cubana en Cayo Hueso le confirieron con anterioridad la estrella de comandante. Y se dice que antes de comenzar la contienda Juan Gualberto había hecho coronel a aquel hombre que a su modo y en solitario animaba la subversión en la Isla y que, equivocado o no en sus métodos, engrosaba las arcas de la insurrección.Pocas figuras cubanas son tan desconocidas y tan ligeramente tratadas como la de El Rey de los campos de Cuba. Ninguna tal vez más controvertida y polémica. Todavía hoy no pasa de ser, para algunos, un simple bandolero, aunque otros, por aquello que repartía entre los pobres lo que quitaba a los ricos, envuelven su personalidad en una aureola romántica y sentimental, imagen esa que alimentó la literatura, el cine, la décima, la plástica y el cómic. Cada vez son más, sin embargo, los que no vacilan en considerarlo como un patriota.En 1886, desde Cayo Hueso, escribe García a Máximo Gómez: “Mi General: Hallándome dispuesto a volver a los campos de Cuba... me pongo a  las órdenes de Ud. como soldado de la causa de la independencia de mi patria”. Y en 1891, en un manifiesto que suscribe en la localidad habanera de Melena del Sur y que dirige a las repúblicas americanas, expresa: “Ahora, muy respetuosos, pedimos a los gobiernos extranjeros que mantengan su neutralidad en nuestra guerra civil y si las razones que tenemos para luchar son bastantes a despertar su simpatía, vengan y ayúdennos”. En ese documento García enumera los motivos que impulsan a Cuba a luchar por su libertad y anuncia que el país declaró la guerra a la monarquía española. Lo firma como “General del Departamento Occidental”, título que se adjudica él mismo, al igual que el de “El Rey de los campos y casi que de toda la Isla de Cuba” con el que rubrica la carta que en la misma época dirige al periódico La Lucha.

ENEMIGO PÚBLICO

¿Quién es ese hombre? Lamentablemente, casi todo lo que se conoce acerca de su vida lo escribieron sus enemigos. Por su partida de bautismo se sabe que nació en Alacranes, Matanzas, el 1ro. de febrero de 1851. Sus padres eran oriundos de las Islas Canarias y el niño no tuvo muchas oportunidades de ir a la escuela. Era serio y decidido. Pronto comenzaron sus problemas con las autoridades españolas. Lo encarcelaron cuando amenazó de muerte a un alcalde que había vejado a su esposa, Charito Vázquez, y con posterioridad hirió a machetazos al padrastro cuando lo sorprendió en el momento  en que propinaba una golpiza  a su madre. El temor de que lo encarcelaran de nuevo lo hizo buscar amparo en el monte. Escribió al respecto Charles Aguirre, coronel del Ejército Libertador: “El daño que pudiera haber hecho tuvo para mí siempre una excusa. Le hallo justificación. No conozco un hecho del Rey de los campos de Cuba que no la tenga. ¿Se quiere mayor, acaso, que el que lo obligó a refugiarse en el monte y que hizo torcer el rumbo a su destino?”Parece que entonces se sumó a la partida del bandolero Lengue Romero y se convierte en enemigo público. Cuando el gobernador Luis Prendergart, con tal de acabar con el bandidismo, ofrece a los cabecillas el indulto, facilidades para viajar al exterior y una gruesa suma de dinero si deponían su actitud, Manuel García se traslada a Cayo Hueso. El hombre que supuestamente había robado miles de pesos no guardaba nada para sí y para vivir debió buscar empleo en la tabaquería de Eduardo Hidalgo Gato, el amigo de Martí. Eso resultó decisivo para el ex bandolero, aseguran historiadores, pues su relación con José Dolores Poyo y el brigadier Fernández Ruz, entre otros emigrados revolucionarios, hizo que su rebeldía derivara hacia la independencia. Pronto será uno de los cuatro integrantes de la expedición del balandro Dolphin que desembarca en septiembre de 1887 por Puero Escondido, al este de La Habana. El jefe del grupo muere en combate casi enseguida y García asume el mando del pequeño destacamento que pretende crear las condiciones para la guerra libertadora.

BÚSQUEDA Y CAPTURA

A partir de entonces apenas conocerá el reposo. En noviembre de 1890 el Capitán General ofrece 10 000 pesos de recompensa por su captura y entrega, y otros 5 000 por cada uno de los miembros de su banda. En vano, nadie lo denuncia; nadie siquiera intenta atraparlo. Numerosa tropa le sigue los pasos y lo cerca una red de espionaje que pretende vigilar sus movimientos. Pero García  no es enemigo de poca monta. Sobresale por su inteligencia natural e intuitiva y lo ayudan sus dotes de organizador y el conocimiento absoluto que tiene del terreno en que se mueve. Su más encarnizado adversario, el teniente coronel Tejada, jefe del grupo paramilitar Escuadras de Guantánamo, tendría que reconocer ante sus superiores que García ha sabido equipar a sus hombres con un armamento moderno, uniformarlos y disciplinarlos. Además suprimió la “prima” o el tanto especial que recibían los jefes de bandas y reparte con los suyos lo que consigue a partes iguales, lo que le valió el respeto y la consideración de sus hombres.Operó en lo esencial en zonas de La Habana y Matanzas, llegó a Las Villas y solía replegarse en Pinar del Río. Realizaba asaltos y secuestros y pedía rescate por ellos. Los españoles sabían bien de las ideas y propósitos que lo movían. Informaba a Madrid el Capitán General: “Manuel García no ha querido perder nunca la significación de separatista, y así  se ve que sostiene correspondencia con los revolucionarios de aquí y del Cayo, que casi todas las víctimas de sus secuestros han sido personas que no profesan tales ideas, que el dinero que obtiene por los rescates se emplea exclusivamente en adquirir armas y municiones y en  socorrer a los campesinos”.Exigió dinero —15 000 pesos— a la empresa de los  ferrocarriles. No lo recibió y tiroteó trenes y destruyó estaciones ferroviarias. Subió la exigencia a 20 000 pesos. Tampoco los obtuvo y descarriló el tren que corría entre Empalme y  Matanzas y elevó el pedido a 30 000 pesos. Se ignora cómo paró el asunto. Parece que la empresa llegó a algún acuerdo secreto con García porque un alto oficial español  declaró que se había comprometido a salir de Cuba. Pero no lo hizo. Solo se mantuvo sin dar señales de vida durante tres meses y luego volvió a las andadas.

MUERTE OSCURA

Gregorio Ramírez, uno de los últimos sobrevivientes del alzamiento de Ibarra, contó en 1939 que como “mozo de confianza” de López Coloma tuvo que encontrarse dos veces con Manuel García, y que este, antes del levantamiento, concurrió en dos ocasiones al paradero de Ibarra para conferenciar con Coloma. Añadió que en la noche del 23 al 24 de febrero de 1895 esperó, por órdenes de su jefe, la llegada de García al campamento que debía producirse por el camino de Ceiba Mocha. García no llegó y horas después se enteraron por un periódico de que no llegaría nunca. Eso provocó contrariedad en Juan Gualberto y en Coloma.Manuel García, en efecto, se dirigía a Ibarra en la tarde del día 24. Al salir de la tienda El Seborucal, en Ceiba Mocha, donde se pertrechó, se adelantó a su tropa con dos acompañantes. Minutos después sus hombres vieron a uno de ellos en el camino, al lado del jefe que se desangraba. Jamás se precisaron los detalles. Muerte oscura y misteriosa la de El Rey de los campos de Cuba.             

El médico chino

El médico chino

Ciro Bianchi Ross


“A ese no lo salva ni el médico chino...” “Eso no lo arregla ni el médico chino...”

Son frases que se transmiten de generación en generación y quedaron en el imaginario popular para ejemplificar, la primera, la gravedad extrema e irreversible de un enfermo, más cerca ya de la muerte que de la vida, y, la otra, lo insoluble de un problema.Los que escuchamos o repetimos cualquiera de esas dos frases damos por descontado que ese médico chino que pasó al folclore cubano fue, como es cierto, un ente real. Lo que quizá sorprenda a muchos lectores sea saber que en la Cuba del siglo XIX hubo por lo menos dos médicos chinos famosos. Uno en La Habana —ejercería también en la ciudad de Matanzas y en Cárdenas—, y el otro, en Camagüey, y que cualquiera de ellos pudo dar pie a la popular y socorrida expresión.Para un historiador como Emilio Roig de Leuchsenring, ese galeno ilustre fue Cham Bom-biá. Para un poeta como Roberto Méndez, estudioso de la fábula que alienta en el pasado camagüeyano y fabulador él mismo, el personaje en cuestión fue Juan de Dios Siam Zaldívar.En una estampa que dio a conocer en la revista Carteles, el 26 de marzo de 1939, y que se reproduce en el libro Artículos de costumbres (2004) que nos permitimos recomendar, Roig de Leuchsenring afirma: “Hablaré... del famosísimo Cham Bom-biá, el médico chino, cuyas curaciones fueron tan extraordinarias que de él ha quedado en nuestro folclore la frase ponderativa de la suprema gravedad de un enfermo: ‘No le salva ni el médico chino’”.Méndez asevera en su Leyendas y tradiciones del Camagüey. (2003) que de Siam “ha quedado en el habla popular, a través de la expresión coloquial, extendida por todo el país, (la frase): Eso no lo arregla ni el médico chino”.

CHINOS EN CUBA

El 3 de junio de 1847 arribaban por el puerto de La Habana 206 culíes chinos de los 300 que 142 días antes embarcaron por el puerto de Amoy en la fragata Oquendo con destino a la Isla. Albergaban la ilusión de que la suerte les sonreiría en Cuba y que retornarían a su tierra cargados de riquezas. No venían ciertamente como esclavos, pero era casi lo mismo. Un contrato oneroso los obligaba a servir aquí durante ocho años con un salario de cuatro pesos mensuales. La trata negrera confrontaba cada vez más dificultades, la industria azucarera requería de mano de obra y esos chinos “contratados” sufrirían en los campos condiciones similares a las de los esclavos.Diez días después del Oquendo entraba en La Habana otro barco con 365 chinos a bordo, y ya en 1853 sumaban 5 000 los culíes “contratados” y eran 132 435 veinte años después, asegura Leonardo Padura en su reportaje “El viaje más largo”. En 1877 un tratado suscrito entre China y España suspendió la contratación de culíes, pero no la inmigración.En 1855, al cumplirse sus ocho años en Cuba, muchos lograron librarse del contrato, pero muy pocos pudieron regresar a China, y es por esa misma fecha cuando comienzan a llegar a la Isla, procedentes de California, en Estados Unidos, algunos chinos con capital suficiente para establecerse como pequeños o medianos comerciantes. En 1858, dice Padura, en Zanja esquina a Rayo abre sus puertas una pequeña casa de comida china y a partir de ahí chinos que vendían de puerta en puerta los artículos más variados, buscan asiento en las calles Zanja, Dragones, San Nicolás y Rayo para dar vida al después muy populoso Barrio Chino de La Habana.

EL HERBOLARIO

Es precisamente en 1858, dice Emilio Roig, cuando apareció en La Habana Cham Bom-biá. Clientela no le faltaría entre sus compatriotas. Españoles y criollos quizá lo vieran en los primeros momentos como un curandero, pero bien pronto, gracias a su agudo ojo clínico y a su sapiencia, se reveló como “un notable hombre de ciencias de amplia cultura oriental, que mezclaba sus profundos conocimientos de las floras cubana y china, como sabio herbolario que era, con los adelantos de la medicina occidental”.Otro historiador, Herminio Portell-Vilá, que acopió testimonios sobre Cham, lo describe así: “Hombre de elevada estatura, ojillos vivos y penetrantes, algo oblicuos; con luengos bigotes a la usanza tártara, larga perilla rala pendiente del mentón y solemnes y amplios ademanes subrayando su lenguaje figurado y ampuloso; vestía como los occidentales, y en aquella época en que no se concebía en Cuba al médico sin chistera y chaqué, él también llevaba con cómica seriedad su holgada levita de dril”.Por motivos que no se precisan, Cham salió de La Habana e instaló su consultorio en Matanzas —calle Mercaderes esquina a San Diego—. En 1872 se trasladó a Cárdenas y se estableció en una casa cercana al cuartel de bomberos. Volvió a sobresalir por su absoluto desprendimiento. Cobraba sus servicios a los que podían pagarle y atendía de manera gratuita a los más pobres. Un día lo encontraron muerto en la casa donde siempre vivió solo. Nunca se conoció la causa del deceso. Algunos apuntaron a la posibilidad del suicidio; otros insinuaron que murió envenenado por algún colega envidioso de su fama.

VERACRUZ

Siam, el otro médico chino, oriundo de Pekín, apareció en la ciudad de Camagüey en 1848 y despertó de inmediato la curiosidad de los vecinos.“Hombre ceremonioso y cortés, pronto ganó prestigio con las curaciones que realizaba, a pesar del temor y la ignorancia de muchos principeños que al principio lo consideraban como un hechicero y de los comprensibles celos de varios galenos locales, a los que iba sustrayéndole clientela”, escribe Roberto Méndez en Leyendas y tradiciones del Camagüey.Años antes de la llegada de Siam se había descubierto en aguas de Nuevitas una caja de madera con una sola inscripción: Veracruz. Dentro había una imagen de Cristo crucificado. Los pescadores que hicieron el hallazgo lo dieron por milagroso. Nunca se dio una explicación coherente sobre esa imagen, que podía estar destinada a algunos de los templos de la Villa Rica de Veracruz, en México, o que podía contar con algunas astillas de la “vera cruz”, el madero donde se dio tormento a Jesús. Se pensó que la caja había caído de algún barco o que fue arrojada al agua durante alguna tormenta para que, según la tradición, aplacara la furia de los elementos.La imagen, que ganó fama de milagrosa y que con el tiempo se perdió para siempre, no fue llevada a templo alguno, sino puesta en venta. La adquirió un acaudalado matrimonio, de rancia estirpe principeña: Ignacio María de Varona y Trinidad de la Torre Cisneros. Durante la Semana Santa sus propietarios la llevaban a la Parroquial Mayor de la ciudad y de ahí salía en procesión el Viernes Santo.

SORPRESA

Puntualiza Méndez que el Viernes Santo de 1850 mientras la procesión de la Veracruz recorría las calles más céntricas, “apareció súbitamente Siam, ataviado con ricas vestiduras orientales, y, solemnemente, se arrodilló en medio de la vía, delante de la imagen... el misterioso brujo se había convertido al cristianismo”. Al día siguiente visitó a los esposos Varona de la Torre y les expresó su deseo de recibir el bautismo. “¿Era sincero el personaje o había encontrado esta vía para alejar de sí los malignos rumores e incorporarse mejor a la sociedad en la que iba a residir y ejercer su profesión? No es posible discernirlo”, concluye Méndez.En los archivos de la Parroquial Mayor consta que el médico recibió allí el bautismo, el 25 de abril de 1850 y adoptó el nombre de Juan de Dios Siam Zaldívar.Llegó a amasar una fortuna cuantiosa. Solía desplazarse en un carruaje lujoso y vestía, al modo occidental, de traje negro. En 1879 en el Padrón de vecinos se dice que tiene 68 años de edad y está casado. Falleció el 23 de marzo de 1885. El diario El Camagüeyano, en su sección Flores y Espinas, dio cuenta del suceso: “El lunes por la tarde se dio sepultura al cadáver de don Juan de Dios Siam, hijo del celeste imperio, que había ejercido entre nosotros con buen éxito la ciencia de Galeno”.Cham Bom-biá y Juan de Dios Siam... ¿cuál de los dos dio pie a la frase: “A ese no lo salva ni el médico chino”?