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Pote l

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Ciro Bianchi Ross

En una época en la que para visitar o acometer cualquier gestión en las edificaciones donde se asentaban los poderes centrales del Estado se hacía obligatorio el uso de la chaqueta, José López Rodríguez entraba al Palacio Presidencial y se reunía con el Presidente en mangas de camisa. Por apretada que fuera su agenda, José Miguel Gómez, ajeno en su caso a todo protocolo, lo recibía sin reparar en su vestimenta, y es que el gallego José López Rodríguez no solo había ayudado mucho a los cubanos durante las luchas por la independencia, sino que era uno de los hombres más ricos de la Cuba de entonces. Le llamaban Pote por su predilección desmedida a los potajes.

Era el vicepresidente-director del Banco Nacional de Cuba, entidad netamente privada pese a su nombre, y era propietario de los centrales España y Reglita, ambos en Matanzas, administrados por la  Compañía Nacional de Azúcares de Cuba, que también presidía. Junto con Ramón González de Mendoza era propietario además  de la empresa que fomentaba el reparto Miramar y sus intereses se extendían por el Matadero Industrial, la fábrica de cemento El Almendares, la Compañía de Seguros de Cuba y la Compañía Nacional de Finanzas, entre otros negocios.

La base de esa millonaria fortuna fue su matrimonio con Ana Luisa Serrano, la viuda propietaria de La Moderna Poesía, empresa fundada en 1890. Gracias a su amistad con José Miguel Gómez, Pote consiguió los derechos de impresión de los billetes de la Lotería Nacional, así como de los sellos del timbre y del impuesto estatal. Controló además, por otra parte, el mercado de los libros de texto escolares e introdujo en la Isla las máquinas de linotipo.

Entre 1911 y 1912 compró los intereses de la casa Morgan en Cuba y se convirtió en el primer accionista del Banco Nacional, fundado en 1901, y que llegó a tener depósitos por 190 millones de pesos y más de cien sucursales en el país. Su posición en esa entidad bancaria le permitió disponer a su antojo de sus fondos a fin de cubrir con ellos sus especulaciones en diversos campos. Los tomaba con absoluta confianza y falta de precaución ante una posible crisis.

Cuando esa crisis estalló, luego del crack bancario de 1920, el Banco Nacional tuvo que cerrar sus puertas y Pote fue encontrado muerto en su mansión de la calle  L esquina a 13, en el Vedado. Tras considerarse traicionado por sus socios y amigos, según expresó en una carta, y creyéndose arruinado, se suicidó el 17 de marzo de 192l.

Su fortuna en ese momento, sin embargo, sobrepasaba los once millones de pesos luego de que se liquidaran todas sus deudas.

LAS VACAS FLACAS

Tras la entrada de EE UU en la I Guerra Mundial -6 de abril de 1917- el Congreso norteamericano aprobó una ley de control de alimentos que fijó precios topes a estos, empezando por el azúcar. Cuba, que entró en la contienda al día siguiente, decretó un embargo de exportaciones, con excepción de las destinadas a EE UU y a los países aliados. Fue así que el gobierno del general Menocal vendió a  Washington las zafras azucareras completas de 1918 ($337 796 950) y 1919 ($461 113 225) con lo que el país entró en un periodo conocido como de las Vacas Gordas o Danza de los Millones.

Vencidos los alemanes, el presidente Wilson dictó, en noviembre de 1919, medidas para iniciar la vuelta de los negocios azucareros al régimen de libre empresa, por lo que no accedió a la oferta de venta global de la zafra de 1920 que le hicieron los productores cubanos y los precios comenzaron a oscilar. Cuando se esperaba que se estabilizaran, la información de que los abastos disponibles para el año se reducían a 600 000 toneladas determinó una demanda enloquecida con precios que alcanzaron su clímax en mayo de 1920 cuando el dulce cubano llegó a cotizarse a 23,5 centavos/libra, con lo que las Vacas Gordas entraron en su apogeo.

La información falsa sobre el desabastecimiento fue rectificada y los precios cayeron aparatosamente. Pasaron de 5,32 centavos/libra el 31 de diciembre a 1,8 centavos a comienzos  de 1921. El desastre fue total y la desmoralización del mercado provocó la ruina de productores y exportadores. La prosperidad, apuntalada además por el auge del turismo, quedó atrás y el país se sumió de manera brusca en las llamadas Vacas Flacas.

            Quebró el Banco Mercantil Americano de Cuba y depositarios y ahorristas, sospechando lo que se avecinaba, se lanzaron desesperados a extraer su dinero de todas las casas bancarias. No tardarían -9 de octubre de 1920- en suspender pagos el Banco Español, el Banco Internacional y el Banco Nacional de Cuba, entre otros,  que confiados en que el azúcar se cotizaría entre 15 y 20 centavos/libra especularon con el alza y concedieron préstamos por más de 80 millones de pesos. La moratoria decretada por el gobierno calmó en algo los ánimos, pero solo de manera pasajera.

            El crack bancario de 1920 y la crisis deflacionaria que le siguió aniquilaron a las bancas cubana y española. Los más fuertes compradores de azúcar y entidades como el Nacional City Bank of New York y el Royal Bank of Canada se incautaron de numerosos ingenios cubanos. Solo el City Bank se apoderó de más de cincuenta centrales y junto otros bancos estadounidenses ejerció  el control básico de las inversiones en Cuba con lo que se inició un proceso acelerado de penetración norteamericana en la economía nacional con el desplazamiento consiguiente de la burguesía cubana y española.

LOS PERDEDORES

“En octubre de1920, el cataclismo económico sacudía de manera violenta a los más destacados inquilinos de la cima estructural socioclasista de la oligarquía azucarera. Unos perecen y otros sobreviven, mientras surgen flamantes personajes  que ocupan las plazas vacantes. Entre los principales dolientes –vinculados al capital hispano- aparecen José Marimón Juliach y José López Rodríguez (Pote)”, escribe el historiador Carlos del Toro. El otro gran afectado por la debacle fue el banquero cubano José Ignacio Lezama.

            Marimón era el presidente del Banco Español y encabezaba además la Compañía Azucarera Oriental, que,  con oficinas principales en Santiago, operaba los centrales Esperanza, San Miguel, Concepción, Sabanilla, San Cayetano y Marimón, todos en la antigua provincia de Oriente. Fungía como vicepresidente de la cervecería La Polar y, entre otros negocios, regenteaba la Empresa Naviera de Cuba, la Papelera Cubana, la Compañía de Jarcia de Matanzas, la Compañía de Alumbrado y Tracción de Santiago y la Compañía Manufacturera Nacional para la elaboración de dulces y confituras y conformada por las fábricas La Estrella, Cuba Biscuit, La Constancia, Mestre y Martinica, todas en La Habana. Poseía además la Compañía Sombrerera Nacional con tres fábricas y un capital de cinco millones de pesos en acciones.

            Todo eso se le escurrió a Marimón entre los dedos en un abrir y cerrar de ojos en medio de la convulsionada escena financiera cubana y partió hacia el exterior en un viaje sin fecha de retorno ni destino conocido. Se esfumó. Antes, en abril de 1919, había hecho lo mismo, previsoramente, su segundo en el Banco Español, Andrés Godoy, que cargado de dinero se estableció en París para iniciar, lejos de las finanzas, una nueva carrera, esta vez como poeta católico de expresión francesa. Publicaría más de cuarenta títulos.

            José Ignacio Lezama, que era consejero del Banco Comercial y propietario de los centrales Limones y Unión, en Matanzas, no tuvo un escape plácido. Luego de que el primero de esos ingenios pasara a la junta liquidadora del Banco Nacional y luego al gobierno cubano y que el Unión quedara en otras manos, se le acusó de falsificación de documentos mercantiles y se libró en su contra una orden de detención. Debía pagar 24 millones de pesos, que adeudaba, pero  lo evadió con su salida casi clandestina del país.

            Pote, en cambio, se suicidó. Así lo veremos más adelante.

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