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La Chambelona

La Chambelona

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz 

Ha recorrido durante décadas las calles de Cuba. Todos la hemos tarareado alguna vez o hemos participado del coro espontáneo que la entona. Estudiantes de secundaria básica, al igual que los de preuniversitario,  dejan escuchar su pegajoso estribillo, que admite las improvisaciones más variadas,  cuando acuden a  jornadas productivas y no es raro que acompañe a participantes en mítines y manifestaciones. Sin ir más lejos, durante todo el verano y bajo un sol de justicia,  en la escuela situada frente a mi casa, un grupo de niños ensayó los pasos y movimientos de una comparsa cuya música, en alguna de sus partes, dejaba sentir sus acordes. Los tiempos cambiaron, pero La Chambelona sigue siendo La Chambelona.

            Es aquí, quizá, el canto popular más repetido de todos los tiempos y se le conoce desde que  los liberales la introdujeron en su campaña política de 1916. La cantaron entonces  con pareados agresivos y aun insultantes para el presidente García  Menocal, y poco después, en febrero del año siguiente,  daba  nombre a una guerra civil: la llamada “revolución de La Chambelona”, cuando los liberales, capitaneados por José Miguel Gómez,  se dispusieron a conquistar por las armas el poder que los conservadores le arrebataron en las elecciones. Si entonces  La Chambelona  fue un himno liberal, con el tiempo a todo político rapaz y demagogo se le llamó chambelonero, con independencia del partido al que perteneciera.

            ¿Qué la inspiró?  ¿Se trata de una música original o adaptada?  ¿Nació en Camajuaní o en Chambas?  ¿Fue Rigoberto Leyva su autor? ¿Surgió realmente en 1916 en la antigua provincia de Las Villas y desde allí se desplazó a La Habana para inundar luego toda la Isla?

            A estas interrogantes trataremos de dar respuesta este domingo.

VIEJA TONADILLA

Contra la opinión generalizada, dice Fernando Ortiz, la música de La Chambelona no es de origen africano; lo es solo el compás, que ha popularizado una vieja tonadilla española. De la misma opinión es el maestro Helio Orovio: la define como un canto popular en ritmo de conga, que utiliza la estructura de una vieja cancioncilla española mezclada con elementos rítmicos de origen congo. Ortiz añade que el nombre chambelona parece proceder de Chambas y que chambelona, según algunos, quiere decir música de Chambas, toponímico cubano que a su vez proviene de África, de Sierra Leona, específicamente. Esa supuesta procedencia no parece cierta.  

            A juzgar por lo que, en mayo de 1930, escribió el memorialista Ramón A. Catalá en su columna Del lejano ayer, que aparecía en el Diario de la Marina, su estribillo se conocía ya en los años 80 del siglo XIX. Fue en esa época en que el periodista Felipe López Briñas improvisó para el diario habanero La Lucha una  redondilla que alude a dos gobernadores españoles e ilustra  sobre la situación económica del país:

            Desde que se fue Chinchilla / y ha venido Polavieja / yo no como mantequilla / ni tampoco ropa vieja / ¡Aé, aé, aé la chambelona

           Con respecto a esta cuarteta, Ortiz puntualiza que no se sabe cuál fue su música, “pero el estribillo fue tomado de una canción entonces de moda, que el periodista aprovechó en su satírica copla”.

            La Chambelona aparecerá como canto político en 1908, asegura Fernando Ortiz. Y lo reafirma Juan Manuel García Espinosa en un artículo que publica la revista Signos, de Santa Clara, correspondiente a julio-diciembre de 2005. Afirma García Espinosa: “La Chambelona se canta en Camajuaní por primera vez en octubre primero de 1908, al tomar oficialmente posesión de la alcaldía el médico Pedro Sánchez del Portal”. Dice además: “(…) se popularizó después  en el terreno de la política, entre los liberales villareños, cuando (…) salió a la luz la misma melodía con una letra titulada La Chambelona,  transformación de la original en texto y título, cuya paternidad se disputaban varias personas”. Según García Espinosa, el título original era el de La Chamberona por el sobrenombre que recibía, como veremos después, cierta prostituta de la zona.

            Decía en su letra aquella melodía de 1908:

            Pedro Sánchez del Portal: / Un alcalde sin igual  / Elegido en su persona. / ¡Aé, aé, aé la chambelona! / Todo liberal ya grita:       Yo no tengo la culpita /  Ni tampoco la culpona. / ¡Aé, aé, aé, la chambelona.

         

            Expresa, en Signos, el articulista: “Luego esta letra fue transformada, y se utilizaron diversos textos con el mismo verso final del estribillo. La Chambelona (…) –corrupción de Chamberona- y con la misma melodía de más de treinta años de existencia por entonces (cuando aún no habían nacido los que después se disputarían la paternidad de su música). Como ocurre con muchas creaciones de entraña eminentemente popular, su verdadero autor se pierde en el anonimato de los tiempos. ¿Sería obra del Homero tropical que le sirvió de popularizador?”

EL CIEGO MATEO

Porque por las zonas de Caibarién y Remedios, y también por Yaguajay, se movía un ciego oriundo de Chambas llamado Mateo. Se apoyaba en su bastón,  un perro le servía de lazarillo y con una guitarra acompañaba sus canciones. Había sido barbero, pero al perder la visión a consecuencia de una enfermedad venérea, se dio en “inmortalizar” en sus versos a la prostituta que lo “premió”. Le llamaban, como ya se dijo,  La Chamberona:

            Una bella margarita, /  Lisonjera y retozona / Con amor me dio una cita. /  ¡Merecería una corona! ¡Aé, aé, aé La Chamberona1 Yo no tengo la culpita / Que la dulce picarona / Un día de Santa Rita / Me enredara en la encerrona. / ¡Aé, aé, aé La Chamberona!Guardaraya muy solita / Se llevó a la muy bribona / Con mi corazón -¡maldita!- / Sin dejarme luz… ¡Ladrona! / ¡Aé, aé, aé La Chamberona!

La versión que sobre el origen de La Chambelona ofrece el periodista Cano Vázquez, si bien coincide  con la de García Espinosa, difiere en algunos detalles. Cano Vázquez no menciona a La Chamberona, sino a La Tambelona, una llamativa mulata camagüeyana que traía locos a los hombres de Camajuaní y a la que los trovadores locales, con bandurrias, claves y maracas, cantaban endechas eróticas.

Pero sea esta la verdad o la del ciego Mateo, lo que está fuera de toda duda es que el músico Rigoberto Leyva Matarana (1886-1979) oriundo de Camajuaní y liberal entusiasta, tomó, en 1916,  la melodía anónima, le agregó notas de su inspiración, le adaptó versos sectarios y le dio el título por el que se le conoce. La inscribiría a su nombre.  Creaba así una conga  cuyo arraigo estuvo muy lejos de imaginar.

Por aquellos días, José Miguel Gómez era visita frecuente en Camajuaní, donde vivía su yerno, el coronel Espinosa. En ocasión de una de esas visitas, Leyva y otros músicos interpretaron La Chambelona en su presencia y el ex presidente se entusiasmó.

Fue entonces que llegó a La Habana. Una tropa de liberales procedente de Las Villas descendió del tren en la Estación Central y, cantándola y bailándola, se echó a la calle con la intención de llegar a la calle Morro, donde residía  Alfredo Zayas, candidato presidencial, por los liberales, en las próximas elecciones. La Policía adujo que aquello era “cosas de negros” e intentó detener la manifestación. No  era esa la verdadera causa: aquel piquete de liberales, con   los versos de La Chambelona, insultaba al general García Menocal,  Presidente de la República, y a su esposa,  la Primera Dama, Mariana Seba. Vano fue el intento de las autoridades por paralizar la marcha. A partir de ahí La Chambelona prendió en la nación como una llama en un polvorín,

CANTO POPULAR  

Pero ¡ojo! Aquel himno liberal, adaptando sus versos, lo cantaron también los afiliados al partido contrario.  Lo dice García Espinosa en su artículo publicado en Signos. En las elecciones de 1916 por el gobierno de Las Villas, cantaban los conservadores:

Carrillo se sentaráEn la provincial poltrona.¡Aé, aé, aé, la chambelona!

Y ripostaban los liberales:

Yo no tengo la culpita / Ni tampoco la culpona: / Pedro Sánchez del Portal / Ocupará la poltrona. ¡Aé, aé, aé la chambelona!

Nada de esto saben ni les importa   los estudiantes que  adaptan hoy los versos de La Chambelona a su realidad y se alegran y bailan al ritmo de esa conga. Al hacerlo reivindican un canto popular metido como otros muchos en el imaginario colectivo del país.

  

  

      

           

 

           

  

Otras del Hotel Nacional

Otras del Hotel Nacional

Ciro Bianchi Ross

 

En una página anterior -16 de diciembre de 2001- hablamos ya sobre el Hotel Nacional para referirnos a dos hechos que lo tuvieron por escenario y que no son frecuentes en una instalación hotelera. En  el Nacional, a raíz del derrocamiento de la dictadura de Gerardo Machado, el 12 de agosto de 1933, Carlos Manuel de Céspedes, hijo del Padre de la Patria, fue proclamado Presidente de la República. También en ese hotel, al año siguiente, juró la Presidencia Manuel Márquez Sterling. Lo hizo de madrugada, a la luz de unas velas, y desempañaría el cargo solo durante seis horas.

            Hoy volveremos a ocuparnos de esa instalación insignia de la hotelería cubana para remitirnos a sus orígenes. ¿Por qué se construyó en los terrenos de la antigua batería de Santa Clara, en la entrada de la barriada del Vedado, cuando el sitio que proponía la compañía que, en definitiva, lo edificó era bien distinto? ¿Quién sugirió su ubicación y por qué? Digamos enseguida que Carlos Miguel de Céspedes, a la sazón secretario (ministro) de Obras Públicas en el gabinete de Machado, fue el patrocinador de la idea. Y fue precisamente a Céspedes a quien estaba destinado, en principio, el lujoso Apartamento de la República, donde a lo largo de muchos años se alojaron los huéspedes oficiales de los gobiernos de Cuba.

            Encontré esos datos en Acción directa –La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1999-, el segundo libro publicado por Newton Briones Montoto y que trata acerca de Ángel Pío Álvarez, una de las figuras más interesantes y olvidadas de la lucha antimachadista.  Su título anterior, Aquella decisión callada (1998), aborda la vida y acción revolucionaria de Antonio Guiteras, aunque dedica a Batista más de la mitad del volumen. Briones Montoto es un historiador que asume la historia con el desenfado del buen reportaje, lo que no le resta un ápice en rigor investigativo. Si el reportaje es, como se ha dicho, “la noticia vestida”, Briones “viste” la historia, la trasmite como quien relata un cuento en que hace transcurrir personajes llenos de matices y pasiones, caídas y grandezas, con olor y color, porque no olvida que un héroe tiene rostro y brillo en la mirada y es un ser humano.

LAS MOSCAS Y EL ZOQUETE

Briones Montoto, que se sumerge en papeles viejos y en libros raros, y repara y rescata lo que la historia académica pasa por alto, encontró en el Archivo Nacional el relato sobre  la idea de la ubicación del hotel hecho por el propio Carlos Miguel de Céspedes. Aunque no cita con exactitud la fuente, dice que lo hizo en una entrevista que concediera el día de la apertura de la instalación hotelera, el 30 de diciembre de 1930, y que continuara días después en su residencia de Villa Miramar, donde hoy se halla el restaurante 1830.

            -Fueron las moscas las que hicieron el Hotel Nacional. Y conste que esto […] es un hecho histórico y como tal lo narro. El destino escoge los caminos más insospechados para lograr los aciertos y producir belleza –recordaba Céspedes.

            A renglón seguido alabó la limpieza de la capital cubana, donde la policía imponía multas a todo aquel que ensuciara las calles. Pero de pronto, comentó, se desató una invasión de moscas en ciertas zonas de la ciudad, y no tardó en precisarse la causa. En las furnias del lugar donde estuvo a batería de Santa Clara, un ayudante del general Alberto Herrera, jefe del Ejército, había montado una fábrica artesanal de fertilizantes que luego distribuía por La Habana. Hacía traer estiércol de las caballerizas del campamento de Columbia y allí lo mezclaba con ciertas sustancias químicas. Carlos Miguel  acudió a Herrera para que tomara cartas en el asunto y el militar decidió proteger a su subordinado. El Ministro puso entonces su cargo a disposición del Presidente, pero Machado le dio la razón.

            En ese tiempo Cuba recibía un promedio de 60 000 turistas cada año. Céspedes sabía muy bien que La Habana necesitaba un hotel de lujo. La Casa Morgan presionaba al Gobierno para que le permitiese construir y operar ese hotel en la capital. En efecto, con ese fin vino una delegación de banqueros y empresarios norteamericanos que encabezaba Mr. Browson, presidente de la compañía constructora Purdy and Henderson. Sus integrantes se entrevistaron con Céspedes y “me dijeron que si el Gobierno cedía los terrenos de la antigua Cárcel de La Habana a la compañía que se formase, construirían en esos terrenos de Prado y Morro un magnífico hotel de 500 habitaciones”.

            Proseguía Carlos Miguel su relato:

            -Siento no poder complacerlo, Mr. Browson –le dije-, porque esos terrenos el Gobierno los tiene destinados para construir el Palacio de Justicia, cuyos planos ya están confeccionados por Forestier. Ahora, yo tengo un lugar mejor.

            Browson entonces puso el grito en el cielo y se encaró con el Ministro. Fuera de sí, le dijo:

            -Si no es ese el lugar, no quiero ninguno.

            -Ni lo haremos –repuso Carlos Miguel-. Usted es un zoquete y yo no puedo hacer negocios con usted.

            Intervinieron en este punto otros miembros de la comitiva, los ánimos se aplacaron y se convino en visitar el lugar propuesto.

            “Cuando Browson llegó allí, a la antigua batería de Santa Clara, se quedó sin habla. No solo me felicitó por mi visión sino que quería cerrar el negocio enseguida”, aseveró Carlos Miguel.

            El contrato para la construcción del hotel, sin embargo, se sacó, al menos aparentemente, a subasta, y se lo llevó la Purdy and Henderson. Se invertirían tres millones de dólares en la obra y al cabo de sesenta años el hotel pasaría a ser propiedad del Estado cubano.

            Rememoraba Céspedes:

            “En el contrato se especificó que la suite de lujo estaría destinada a mi persona, a lo que renuncié, y propuse que se dedicara a los visitantes distinguidos”.

UNA SOLA BANDERA

Carlos Miguel propuso que en el contrato quedara bien claro que en el hotel solo ondearía la bandera cubana. “Ya estaba cansado de que en todos los edificios estuviera la bandera norteamericana junto a la nuestra”, dijo.  Esa determinación provocaría un grave incidente.

            -El día de la firma del contrato se reunió todo lo que era entonces el gran mundo social de nuestra Habana con el presidente Machado. Recuerdo a más 200 personalidades apretujadas alrededor del Presidente y del Consejos del Secretarios. Al leerse la escritura y notar yo que no habían puesto la cláusula mía respecto a la bandera, se produjo una escena indigna de mis principios y de mi respeto a las autoridades y a esta sociedad. Cogí el contrato y lo rompí ante los ojos asombrados de Machado y de todos allí, especialmente de los banqueros americanos. Sin volver la cabeza salí seguido de mis amigos, que no sabían nada. Poco después me mandaron a buscar de Palacio y le expliqué a Machado lo que pensaba. Enseguida ordenó que se pusiera la cláusula que hacía suya y así se hizo”.

            Asombra este Carlos Miguel patriota y nacionalista. Pero debe decirse de inmediato que, aunque muchos lo superaron después, el suyo es uno de los casos más emblemáticos de la cleptocracia criolla, y uno de los más vivos ejemplos de enriquecimiento súbito que se dio en la Isla. El hombre que un día intentó suicidarse con el fin de librarse de la miseria que lo embargaba, se haría rico de la noche a la mañana gracias a un golpe de suerte, y, por qué no, de audacia e inteligencia. El negocio del dragado del puerto lo puso en el camino de la fortuna, y de ahí pasó al turbio asunto de la venta de los terrenos de la playa de Marianao para lograr después, en connivencia con gobernantes venales, que el Estado pagara a un supuesto propietario la zona del litoral del Vedado, que pertenecía a la nación. Lo que el Tesoro clasificó y  pagó como fincas rústicas en área marítimo-terrestre, lo vendió Céspedes después como parcelas en zonas urbanas, lo que reportó una ganancia millonaria.

            Parte de ese dinero lo puso a disposición de la campaña presidencial de Machado, y Machado lo hizo Ministro. Le apodaron “el dinámico” por la celeridad y eficacia con que acometía cuanta empresa se le confiara. El 12 de agosto de 1933, mientras en la pista del aeropuerto de La Habana, Céspedes veía cómo el avión que se llevaba a Machado se perdía en el aire, el pueblo “visitaba” su casa y reducía virtualmente a ruinas la fastuosa residencia de Villa Miramar. La gente intuía, oscuramente acaso, que la destrucción y el saqueo de los bienes de los machadistas eran los únicos actos de justicia dables de acometer en aquella revolución que en definitiva se fue a bolina.

El periodista más leído

El periodista más leído

Una entrevista con Ciro Bianchi Ross

Susadny González Rodríguez 

Caricatura Pedro Méndez

“Ciro Bianchi Ross es capaz de entrevistar a un árbol para preguntarle sobre el escondite de Adonais”, escribió  en una ocasión José Lezama Lima. Durante 40 años de fructífera labor este hombrecito sencillo ha logrado plasmar en el papel una mirada propia, buscando el lado humano en cada entrevistado, en cada acontecimiento que reporta.  «Comencé a hacer entrevistas por envidia», afirma. Entendió a tiempo que a pocos podía interesar su vida. Prefirió entonces hurgar en el quehacer de otros mediante un diálogo bien llevado, lo que terminó otorgándole  un lugar merecido dentro de nuestro periodismo.   Hoy Leonardo Padura  califica sus crónicas como “necesarios y jubilosos islotes”,   y  Rosa Miriam Elizalde le celebra   su vehemencia y su audacia y también su condición de observador febril e instintivo. Un periodista que, dice Manuel Echevarría, no ceja en su empeño de redescubrir el mundo y contarlo a su manera.Conversador con dotes de humorista. Fiel al cigarrillo y al añejo. Amante del buen café… Parece una enciclopedia  viviente que no ofrece espacio a la vanidad y evita sentarse a la sombra de la insuficiencia. La cabeza semidesierta evidencia el paso de los  58 años cumplidos el pasado 31 de octubre. Es tal vez el periodista cubano  más leído. Está traducido a idiomas  impotables como el japonés.  Sus libros se agotan casi en el mismo momento en que salen de la imprenta y es mucha la resonancia de su columna dominical en el periódico Juventud Rebelde. Como si eso fuese poco, su blog Barraca habanera tiene “Full Record” de entradas entre las bitácoras cubanas en Internet, según aseveran estudios  del Scout Portal Toolkit, de Estados Unidos.

— ¿Cómo fueron sus inicios en el periódico El Mundo?

El Mundo era, todavía en 1967, un gran periódico en la línea  tradicional. Tenía una página fuerte de opinión. Escribían en ella de manera habitual, Loló de la Torriente, Samuel Feijóo, Salvador Bueno, Manuel Díaz Martínez y muchos más. Eventualmente lo hacían  Cintio Vitier y Carpentier. En esa página y con tales vecinos  me vería yo a partir del 21 de enero de ese año. A los 17 años—estudiaba bachillerato— como no conocía a ningún periodista envié por correo a Luis Gómez Wangüemert, el director, un artículo sobre Tristán de Jesús Medina, cura y poeta del siglo XIX. Eran dos cuartillas escritas en una máquina prestada. Lo publicaron. Seguí escribiendo y enviándole mis artículos y cuado tenía ya unos cuantos publicados, Wangüemert me hizo un pago retroactivo desde la primera colaboración, dinero que aproveché para adquirir los volúmenes que todavía me faltaban de las Obras completas, de Martí, y Hombradía de Antonio Maceo, de Raúl Aparicio. Comprendí de golpe que escribir sería lo mío. Me gustaba hacerlo y además pagaban por ello. Decía Oriana Fallaci: «Los periodistas somos unos privilegiados. Vivimos en la pasión por contar historias. Tenemos curiosidad por saber lo que pasa y gozamos con el placer de contarlo. Y nos pagan por eso»

.Cintio, Carpentier, Loló, Samuel… ¿No tuvo temor de no estar a su altura?

Siempre he sido muy atrevido y entonces lo era más que ahora. Por otra parte, fue el director del periódico quien decidió que yo estuviese en esa página.

 ¿Quiénes lo influyen?

—Viví una de las experiencias más enriquecedoras del periodismo revolucionario: la revista Cuba Internacional. Fue para mí una verdadera escuela a partir de 1972 y  complementaba esa enseñanza práctica  con lecturas incesantes. Allí publiqué una entrevista a Nicolás Guillén en ocasión del setenta cumpleaños del poeta nacional, diálogo que se desplegara a ocho páginas con portada. Fue mi primer trabajo publicado en esa revista.En esos años me leí completa la sección “En Cuba”, de  Enrique de la Osa,   desde que apareció en 1943 hasta 1960, cuando comenzó a perder interés.  Aprendí mucho con ella desde el punto de vista profesional, aunque hoy comprendo  que fue expresión de una  visión tendenciosa y parcializada de la realidad nacional. Pese a eso, sigue viva por su técnica, por su empeño logrado de ofrecer “la noticia vestida”, y sigo considerando a Enrique, a quien quise mucho, como uno de los grandes periodistas cubanos. Jaime Sarusky es un periodista siempre cercano, como también lo fue un cronista llamado Nicolás Guillén. Cuba: ZDA, de Lisandro Otero, fue importante en su momento. Al igual que Los que luchan y los que lloran, de Jorge Ricardo Masetti, y Tras la cortina de chiclet, del cubano Ángel Boán, hoy tan olvidado. Si de entrevistas se trata, nada superó para mí, en su tiempo, un libro como El oficio del escritor, y mucho me entusiasmaron las entrevistas de Luis Suárez, sobre todo su largo y apasionante diálogo con Diego Rivera, y el Reportaje a Perón, de Carlos María Gutiérrez. Alejo Carpentier y Leonardo Padura  cada día se me hacen mayores como cronistas.

 — Una vez dijo que un periodista joven debe hacerse imprescindible en una redacción. ¿Usted lo consiguió?

Evidentemente. Un periodista joven que entra en competencia con gente de mayor edad y experiencia tiene que saber hacerse imprescindible; hacerse notar con su trabajo,  mostrarse dispuesto a acometer cualquier encargo y hacerlo bien. Tiene ventajas a su favor: los viejos acopian los conocimientos y las “mañas”, pero han hecho lo mismo muchas veces y están cansados, sienten ese agobio que llegan a causar todas las redacciones. Eso hay que aprovecharlo antes de que uno mismo empiece también a sentir ese agobio.

El diario Juventud Rebelde lo acoge a partir del 4 de noviembre del 2001, con la publicación de  Paciencia, mucha paciencia, crónica   dedicada a la vida de Félix B. Caignet, autor d El Derecho de nacer. Allí aceptó el reto que la pluma de Enrique Núñez Rodríguez imponía en la página  de Lectura de ese diario.  La palabra exacta, la crónica exquisita impregnada de historia, el humor de trasfondo en cada párrafo, no tuvieron en cuenta el precedente. Cautivó la curiosidad y la sed de conocimientos del lector dominical.

Aunque nunca pensé en una colaboración sistemática, tenía muchas ganas de verme en la edición dominical de ese diario. Un jueves por la mañana me llamó Rosa Miriam Elizalde, en aquel tiempo subdirectora del periódico, para invitarme a ser el “vecino de los altos” en una página que compartiría con Enrique. Acepté de inmediato. Le advertí que escribía a máquina, lo que podría resultar un inconveniente para el trabajo de la redacción. No dio importancia al detalle. Cuando le dije que contara con mi primer trabajo para la semana entrante, contestó que lo esperaba ese mismo domingo. No tuve alternativa. Y ese domingo apareció mi primera crónica.

Sus crónicas en Juventud Rebelde lo han convertido en uno de los periodistas más leídos de Cuba…

—Es una página muy agradecida y ha gozado desde el inicio del favor de los lectores. Benévolos que son. No hay otra explicación posible.

53 PREGUNTAS PARA LA HISTORIA

Bianchi realizó la compilación de Imagen y posibilidad de Lezama Lima. Editó la correspondencia y  los diarios de ese  escritor y trabajó en la edición crítica de Paradiso junto a Cintio Vitier.De su pluma han salido varios títulos, donde cultiva y brinda una clase magistral sobre el género que dice empezó a  hacer por envidia: la entrevista.Las palabras de otro (1983) fue calificado por la crítica como: «un libro para la historia. Un orgánico contrapunteo entre periodismo y ensayo que define un estilo dentro del testimonio». Allí conversa con prominentes personalidades de las letras cubanas: Eliseo Diego, Cintio Vitier, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén—Para su entrevista con Guillén, ¿consultó la obra del poeta o simplemente tenía ya dominio de ella?

Empecé muy temprano a leer a Nicolás Guillén. Me asomé a su poesía gracias a aquellos libritos que publicaba la editorial Losada, de Buenos Aires, en su colección Contemporánea. En 1960, 1961, apenas había ediciones cubanas de los libros de Nicolás. Después empecé a interesarme también  por su periodismo. Aunque muchos no lo reconocen, nuestro gran poeta fue un gran periodista, y yo no me perdía una de aquellas crónicas que en esa época daba a conocer en el periódico Hoy. Ya en 1962, Samuel Feijóo publicó una selección del periodismo de Guillén, Prosa de prisa, y el primero de los dos volúmenes de Nicolás Guillén: apuntes para un estudio biográfico-crítico, de Ángel Augier. Conocía todo eso cuando la revista Cuba Internacional, a comienzos de 1972, me encargó aquella entrevista por su cumpleaños. Lo primero que hice fue visitar al poeta en su despacho de la Unión de Escritores y solicitarle la entrevista a nombre de la revista Cuba. Dijo que sí y pidió que le hiciera llegar el cuestionario.  Nunca me ha gustado entregar al entrevistado un cuestionario previo. Obliga al entrevistador a un quehacer exhaustivo. A aparentar una brillantez que estimule la apetencia del entrevistado. Sin contar que cuando el entrevistado ve el cuestionario, insiste en responderlo por escrito, lo que en la mayor parte de los casos resta a la entrevista espontaneidad y frescura y trunca la posibilidad de la repregunta.  No tenía alternativa, y, aunque me preciaba de conocer la obra de Nicolás, para hilvanar el cuestionario que me pedía volví a volcarme sobre sus poemarios, repasé su periodismo, estudié los comentarios sobre su obra que tuve a mi alcance y releí otra vez de cabo a rabo  el estudio de Augier, que entonces iba ya por el segundo volumen.Un día, de mañana, llegué a su despacho con el dichoso cuestionario a cuestas: 53 preguntas. Lo leyó el poeta con detenimiento y luego de asegurar  que lo contestaría preguntó si prefería grabar la entrevista  o coger al dictado sus respuestas. Como hasta entonces nunca había utilizado una grabadora y estaba loco por hacerlo, le dije que prefería grabar. Sucedió lo previsible.  Dijo el poeta: Entonces, te la responderé por escrito. Prometió hacerlo cuanto antes

.— ¿Fue así de fácil?

—Varias semanas después recibí una llamada telefónica de Sara Casals, su secretaria. Nicolás quería verme esa misma tarde, a las dos, en su casa. “Trata de llegar a la hora, recalcó Sara, pues él tiene pensado irse a la playa, pero no lo hará hasta que hable contigo”. Me extrañó sobremanera el lugar de la cita pues bien sabía, se lo escuché decir a él mismo, que, como norma, eludía recibir en su casa. Me extrañó también lo perentorio de la llamada. Cuando a la hora exacta toqué a la puerta del piso 22 del edificio Someillán, en el Vedado, tenía el convencimiento de encontrarme con mi cuestionario respondido. Una sirvienta me condujo a la sala de estar.  Él contestó mi saludo sin volverse y me invitó a sentar. Fue al grano. Dijo: “Te he mandado a buscar para decirte personalmente que no contestaré tu cuestionario”. Inquirí los motivos. “Mira esta pregunta, por ejemplo. Aquí tú te interesas en saber por qué yo no participé en la lucha contra Machado… Si te hubieras tomado la molestia de consultar el libro de Ángel Augier sabrías el por qué”. Respondí que el libro en cuestión no lo había leído una vez, sino dos: una, por el placer de leerlo y otra, precisamente, para elaborar el cuestionario, pero que a mí no me interesaba lo que pudiera decir el afanoso  crítico, sino lo que él tenía que decir al respecto. “Pues si quieres tu entrevista, tendrás que cambiar todas las preguntas porque de este no responderé ninguna”. Hoy es viernes, le dije. El lunes tendrá usted en su despacho el nuevo cuestionario. En efecto, el lunes, estaba yo delante del poeta con otras 53 preguntas. Comenzó a leerlas. Su cara se contrajo en una mueca de desagrado. De las anteriores, yo había cambiado 52 pues en la nueva entrega dejé  intacta la pregunta sobre su no participación en la lucha antimachadista.“Mira, voy a responder ahora, y no por escrito, a tu interés. No participé en la lucha contra Machado porque, a consecuencia de la muerte de mi padre, asesinado durante la revolución liberal de La Chambelona, yo estaba desencantado de la política tradicional”. Siempre he pensado que el entrevistado necesita a veces que lo sacudan para hacerlo hablar y obligarlo a mostrar su verdad. Jugándome el todo por el todo, repuse: es que por ahí se dice que en ese tiempo usted desempañaba un puesto de censor en el Ministerio de Gobernación (Interior) de la dictadura… En cuanto a lo que me dice acerca de su desencanto, yo no sabía que en ese tiempo el Directorio Estudiantil, el ABC, el Partido Comunista, el Ala Izquierda y otros grupos que llevaron el peso de la lucha contra Machado formaban parte del juego de la política tradicional… Me interrumpió. “Tú hablas demasiado de prisa y yo oigo demasiado despacio”. No se habló más. Nos despedimos en los mejores términos luego de aseverarme de que diera por segura la entrevista. Cuando franqueaba ya la puerta de salida me preguntó la edad. Veintitrés años, respondí e inquirí a mi vez: ¿Por qué? Me dijo: “Pareces que tienes 24”.

¿Le gustó al poeta aquella entrevista?

—Jamás se lo pregunté. En verdad, nunca he preguntado a un entrevistado si le gustó o no la entrevista que le hice. Pienso que sí. Luego de entregarme sus respuestas mecanografiadas, con decenas de correcciones e interpolaciones hechas por su propia mano, siguió dándole vueltas al texto y me llamó por teléfono  un par de veces para que retocara un pasaje o hiciera un añadido. Gracias a su gestión, la entrevista apareció en Crisis, la revista que Eduardo Galeano dirigía en Buenos Aires, y en la Recopilación de textos sobre Nicolás Guillén que hizo Nancy Morejón. En una de esas precisiones que introdujo  después, y que no estaban en el texto original, es cuando Nicolás revela que su padre, sorprendido enfermo, había sido asesinado por un grupo de soldados de  la tropa del teniente coronel Lezama Rodda. Esa revelación afectó mucho a Lezama. Nunca se había hablado de eso y Nicolás no lo había dicho antes. Lezama reconocía que su padre, muy querido y respetado en el Ejército, fue un militar de mano dura, pero vio aquello como un golpe bajo que recibía, en el ostracismo en que  estaba, en un momento en que no podía defenderse ni reivindicar la memoria de su  progenitor. Nicolás, que era un hombre muy fino y delicado, me dijo que lo había hecho, y hoy me apena repetirlo, porque aquella era “una entrevista para la historia”. Por cierto que en la entrevista  le pedí que, a la vuelta de los años, comentara una frase aparecida en el número inicial de La Gaceta del Caribe y que iba dirigida directamente al pulmón de Lezama Lima: “Nadie necesita de plateadas espuelas para hacer andar a Pegaso”. En su primer manuscrito respondió, que “eso estaba ya muy lejos”. En una versión posterior, y también “para la historia”, escribió: “Nunca colaboré en Espuela de plata, pues mantuve un criterio francamente opuesto al de sus redactores. Yo pertenecía al grupo de los escritores revolucionarios y nuestro papel estaba junto a las masas trabajadoras…”Cuando Lezama leyó eso, me dijo: “Respuesta inexacta. Es verdad que jamás colaboró en Espuela de plata, pero lo que debió haber dicho es que nunca nadie lo invitó a que lo hiciera”.

¿Cómo eran las relaciones entre ambos poetas?

—Cordiales, en sentido general, diría yo. En la selva, las fieras marcan su territorio y no traspasan las líneas imaginarias; se observan desde lejos. En una ocasión, en alusión a Nicolás,  Lezama me comentó que bastaba leer su poema “Iba yo por un camino” para convencerse del gran poeta que era. Y en otra me contó que, en 1968, cuando el  jurado del premio de  poesía Julián del Casal de la UNEAC se inclinaba por  Fuera del juego, de Heberto Padilla, Nicolás había ido a verlo a su casa para pedirle que no votara a favor de ese poemario. “No me digas que te gusta porque la poesía de Padilla nada  tiene que ver contigo”, afirmó el autor de Tengo y Lezama ripostó que, en efecto, no le gustaba el poemario, pero era, sin duda, el mejor de los que competían y que el hecho de que él votara en contra poco alteraría el resultado final pues el resto del jurado había decidido ya concederle el galardón. “Salva tu responsabilidad”, le advirtió Nicolás, y añadió: “Padilla es una mala persona. Recuerda  la saña con la que te atacó en los primeros años de la Revolución; fue implacable contigo y con Orígenes”. Lezama no había olvidado, pero imagino que, vanidoso como era, lo conmoviera el poema de pecador arrepentido que Padilla le dedicaba en su libro. Cuando Nicolás se percató de que no lo convencería de que votara en contra de Fuera del juego, le dijo: “Allá tú. Te vas a echar una palangana de mierda en la cara”. Y Lezama, recordando la frase, expresó aquella vez: “No sabes lo que me ha pesado no haberle hecho caso a Nicolás”.

Lezama fue un hombre muy cercano a usted. ¿De él,  qué lo impresionó más? ¿El escritor o el hombre?

Lezama era un hombre imponente. Simpático. Comunicativo, cordialísimo y muy generoso. Yo diría que su rasgo distintivo era la generosidad.

 NI UN SOLO APUNTE

En 1988 aparece Voces de América Latina, libro asimismo  muy bien acogido por la crítica, donde Ciro ofrece una visión de la vida y los  sueños de prestigiosos narradores latinoamericanos. El más antiguo de los textos es el de José Lezama Lima. «Excepto Miguel Barnet, Pedro Jorge Vera y Mario Benedetti que lo hicieron por escrito, el resto respondió de viva voz y yo recogí sus palabras sin valerme de la grabadora. Ni con Julio Cortázar, ni con Augusto Monterroso hice un solo apunte», afirma en la introducción del volumen

 — El hecho de no utilizar la grabadora, ¿lo ve como un desafío a su memoria?

—La memoria se ejercita. Los periodistas abusan tanto de la grabadora que llegará el día en que se queden sin recuerdos. Comencé a trabajar en una época que esas grabadoras pequeñas no existían en Cuba. Y nadie soñaba con el audio layer.  No niego su utilidad y reconozco que en medios como la radio, se hace imprescindible, pero es muy trabajosa. Lo obliga a uno a escuchar, por lo menos, la misma entrevista dos veces. Decía Truman Capote que cualquier persona es capaz de recordar con exactitud lo que le dijeron dos horas antes.Uno toma  notas y va haciendo al mismo tiempo la edición de su texto.  A la hora de redactar, el trabajo se hace más fácil y el resultado, menos encartonado. Porque una cosa es el lenguaje hablado y otra la palabra hablada llevada al papel.

¿Nunca teme olvidar un detalle importante?

—Se tiende a memorizar lo esencial. Si algún detalle se me quedó fuera, dé por seguro de que no era importante. Si de entrevistas y reportajes se trata, de manera invariable dejo transcurrir unos días  entre el momento en que acopié la información y el momento se sentarme a escribirlos. En ese periodo se borra lo secundario y queda solo lo esencial o es de un interés mayor. Y es en ese tiempo en que aparece la oración con la que iniciaré mi texto.

— ¿Le ha traído inconvenientes  el hecho de no  utilizarla?

Nunca. Sé  que algunos de mis entrevistados se han sentido incómodos por lo que les hice decir  o por la forma en que los retraté y caractericé. Pero ninguno me ha desmentido jamás.Asumo mis responsabilidades hasta el final. Sé muy bien que hay gente que no debe entrevistarse si no es con una grabadora de por medio. Ministros, por ejemplo. Por eso nunca he entrevistado a ninguno. Se lo pierden ellos. No desconozco  lo difícil que resulta para un periodista cubano entrevistar a un ministro o a un miembro de nivel del funcionariado: ninguno concede entrevistas y, por derivación o imitación, tampoco las dan los funcionarios menores. Entre la crisis de la noticia y la falta de reportajes y buenas entrevistas, languidece  la prensa cubana.

  Atraer a los lectores… ¿Ha sido siempre ese el motivo de sus entrevistas?

 ---Las motivaciones son siempre las mismas: el interés de embocarme con el entrevistado, ser el hilo conductor entre él y el lector, hacerle decir lo que mucha gente quiere saber acerca de su vida y, a la postre, estar en su bibliografía.   

UN GÉNERO SUTIL, DELICADO, COMPROMETEDOR

Ciro no oculta su preferencia por La Oreja de Dios (1998), donde conversa sobre la aventura de hacer periodismo contada por quienes lo hacen: el cubano Enrique de la Osa, Ernesto González Bermejo, uruguayo, Gregorio Selser, argentino,  el brasileño Fernando Morais  y otras personalidades  dedicadas a esta noble profesión.

— ¿Cómo prepara sus entrevistas?

—Antes de encontrarme con alguien para entrevistarlo —entrevistas de personalidad, desde luego— procuro conocer de su vida y su quehacer tanto como él mismo. Todo me interesa, sus éxitos, sus fracasos, sus matrimonios, sus decepciones, pues nunca se sabe por dónde se agarrará al personaje ni desde qué lado podrá uno encajarle la banderilla.Tengo una muy extensa colección de recortes, clasificados y archivados. Y ficheros en los que acumulo toda la información que pueda acopiar sobre una persona célebre, sin que saber si algún día llegaré a entrevistarla. No es raro que en el acopio de datos me valga además de fuentes vivas, amigos y enemigos del personaje que me darán una visión más amplia, diversa y contradictoria. Los “pecaditos” también quedan anotados, y los utilizo eventualmente. Por lo común, preparo un temario de antemano, que no es, por supuesto, una camisa de fuerza, sino una pauta, una guía, que muchas veces se rompe.

— ¿Qué tiene en cuenta a la hora de organizar las entrevistas para un libro?

—Me es muy fácil porque desde el momento en que acometo la entrevista pienso en el libro en el que la incluiré. Para mí la publicación periódica, con todo lo importante que pueda ser, es siempre transitoria, convencido de  que el destino último del buen periodismo debe ser el libro.

— Ya frente a frente con el entrevistado, ¿hay algún momento particularmente difícil?

Suele decirse que el comienzo, ese “romper el hielo” entre entrevistador y entrevistado. ¿Cómo se logra? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Kant decía que cuando uno llegaba a un lugar y no sabía sobre qué hablar, lo recomendable era hacerlo acerca del estado del tiempo. He usado ese recurso muchas veces. O hago un chiste, relato una anécdota, comento sobre un hecho que acabé de presenciar o que actualizo. Lo importante es aligerar la tensión. El asunto es conseguir  un diálogo sin desmayos, en el que la palabra, como una pelotita de ping-pong, se mantenga en el aire batida por dos buenos jugadores, sin caídas, sin reiteraciones, sin evasivas intolerables, sin digresiones más allá de lo permisible.Por eso, si el momento inicial es difícil, lo que sigue  es encarnizado hasta el final. Si el entrevistador preparó bien su trabajo y se mantuvo atento al diálogo sabrá el momento exacto en que deba largarse.

¿Se ha identificado con alguno de sus entrevistados?

— Con muchos de ellos. Me gusta terminar como amigo de la gente que entrevisto. En ocasiones, el cara a cara con un personaje me ha hecho variar para bien la opinión que tenía sobre él. Y al revés, gente que se me cayó del altar después de una entrevista. Quizás por eso eludo, aunque a veces no lo logre, entrevistar a mis amigos. Tampoco me gusta entrevistar a la misma persona dos veces.

— Usted ha dicho que es a partir de su segunda entrevista con René Portocarrero que empieza a identificarse con su trabajo periodístico.

Esa segunda entrevista es de 1978; la anterior, de 1974. Marcó un hito en mi trabajo. Fue en ella, a la hora de escribirla, donde por primera vez apliqué el consejo sabio que me dio Loló de la Torriente, el mismo que muchos años atrás dio a ella Ramón Gómez de la Serna. Una noche, entre tragos de tequila y un aluvión de recuerdos, la autora de Mi casa en la tierra me dijo: “Suelta la mano”. Y de verdad que la solté en esa entrevista que salió así, de un tirón, para demostrarme que un género tan manoseado y  del que tanto se abusa,  puede ser tan rico y creador como la crónica y el reportaje

.¿Es, a su juicio, el género periodístico  más difícil?

Preferiría definirlo como sutil y delicado, comprometedor. Quiero decir que la entrevista, como el reportaje, es una técnica que si se conoce y domina da un resultado más o menos aceptable.  Muchas entrevistas se frustran porque el periodista se cohíbe de preguntar aquello que se supone  debería saber. Con la técnica y solo con ella se consigue una entrevista pasable. O buena. Excelente incluso. Pero no la entrevista con mayúscula.

¿Cómo se consigue entonces?

— Se necesita de cierta gracia. Y de otros muchos factores: preparación adecuada, arrojo, suspicacia, cultura, inteligencia, astucia… Y a la hora de escribirla, cuidar de que la prosa mantenga la frescura de lo hablado. Solo el entrevistador sabe cuánto hay de él mismo en una entrevista. A la hora de escribir uno pule, retoca, omite, destaca, lleva a primer plano esto o aquello o lo relega a fin de que el entrevistado ofrezca en el texto “su definición mejor”. De ahí que pueda añadir  que la entrevista es también  un género ingrato. Comprometedor por lo que entraña asumir las palabras de otro. Sutil por el esfuerzo que representa  que el entrevistado se reconozca en el texto.

Al quehacer desolador, terrible y privilegiado—según dice— que practica, sumó en 1999 su cuarto libro: Oficio de intruso, que persiste en ese «juego no necesariamente plácido entre dos o más personas». En casi 200 páginas invita a descubrir la magia en la fotografía de Korda, la poesía de Nancy Morejón, la música de Harold Gramatges

—Se habrá encontrado con entrevistados difíciles a lo largo de su carrera…

—Algunos. Está el que pone reparos y se hace de rogar. El que quiere dejar inconcluso el diálogo. El que pretende arrimar la brasa a su sardina y se esfuerza por conducir la entrevista por el bando que le es propicio… Cada uno de esos casos tiene su antídoto específico e intransferible, solo que se requiere de mucha experiencia para administrarle la poción y la dosis adecuadas. No basta a veces halagar la vanidad de un entrevistado posible, hacerlo sentir tan o más importante de lo que es. No conviene apabullarlo con todo lo que sabemos sobre él cuando basta con darle a entender que no  lo dejaremos meter gato por liebre. En ocasiones, es sabio mostrarse humilde, y en otras, arrogante. Siempre darse a respetar. La indiferencia, a ratos, es oportuna. Dice un proverbio árabe: La mujer es como la sombra; la persigues y te huye, le huyes y te persigue. Algunos entrevistados son iguales.

¿Cuál ha sido su entrevista más difícil?

—No hay entrevistas difíciles. Los difíciles son los entrevistados.  El pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín fue muy difícil ciertamente porque él  dio por terminado el encuentro  cuando yo apenas  había acabado de empezar.  Tuve que imponérmele para que permitiera seguir adelante. También lo fue, por otras razones,  el narrador peruano Bryce Echenique. Pero ninguno lo  fue más  que  Gabriel García Márquez. Demoré cinco años para que me concediera la entrevista.  El autor de El coronel no tiene quien le escriba repite que, por solidaridad, nunca dice que no a un periodista. No dice que no, pero no le concede la entrevista. Es comprensible. Un día comentó con el periodista mexicano Luis Suárez  que eran tantos los prólogos que le pedían cada año (unos 200) que estaba valorando la idea de contratar a alguien para que se los escribiera, y Suárez le dijo que contratara a Isabel Allende, que escribía como él, lo que al colombiano no le gustó ni un poquito. Si eso es con los prólogos, ¿cuántas entrevista le pedirán?No resistí a la tentación de solicitarle una entrevista a García Márquez. No recuerdo ya dónde ni en qué circunstancia, y no me dijo que no, por supuesto, pero en ese momento no me la concedió. Pasó el tiempo. Una tarde sesionaría en Casa de las Américas el Comité Permanente de Intelectuales por la Soberanía de los Pueblos y, para reiterarle mi solicitud, monté una guardia sin límites en la puerta de esa institución.García Márquez llegó a bordo de un Mercedes. No más lo vi descender del vehículo me le acerqué con el ánimo de recordarle mi interés. Esfuerzo inútil. Volvió a pasar el tiempo. Me lo topé de golpe en el Palacio de las Convenciones de La Habana. Lo saludé y reiteré mi pedido. Resignado, sacó un papelito estrujado del bolsillo derecho de la guayabera y me lo pasó. “Localízame mañana temprano en ese teléfono”, aseguró. Llamé y logré hablar con él. Preguntó mi número telefónico y “no te muevas de ahí que te hablo  en cuanto me desocupe”. Esta vez sí tendría suerte, pero el tiempo pasó  con su fluir callado y cuando a las cinco de la tarde lo llamé de nuevo, me dijeron que  ya  el novelista estaba en México.Tiempo después de ese último intento me lo encontré una noche en La Maison, a donde yo había acudido a presenciar un desfile de modas. El gran escritor bebía, solo, acodado en  la barra. No quise molestarlo porque, como decía Hemingway, no hay porqué  molestar a una persona por el simple hecho de encontrarla en un lugar público. Pero no le quité el ojo de encima y cuando, junto con su esposa, se sentó a una mesa para ver el desfile, yo me instalé en otra desde la que me fuera fácil vigilarlo. No había comenzado todavía el show cuando entró al salón la gran novelista brasileña Nélida Piñón, con quien, a partir de una entrevista, mantenía una buena relación. En el intermedio del desfile, fui a saludarla. García Márquez, inexplicablemente, me recordaba. “Este es  el hombre que quiere entrevistarme,  dijo. ¿Tienes el ‘grabador’ contigo?” No lo tenía ni me hacía falta. “Podemos hacer la entrevista, añadió, pero ¿por qué no haces mejor una crónica sobre esta noche?… Hablas de estas muchachas espléndidas que hemos visto, hablas de Nélida, de mí…”  Con el ánimo de allanar el camino le dije: Mire, son solo dos preguntas.Terminó el desfile y me le pegué como una lapa. “Voy al baño”, me dijo. Lo seguí y lo esperé en la puerta. Esa vez no se me escaparía. Y allí mismo, en el vestíbulo del urinario, nos sentamos a la pequeña mesa donde  una empleada colocaba los rollos de papel higiénico para entregar su porción  a los que usarían del sanitario. Periodistas que asistieron al desfile se percataron de que yo había podido agarrar a García Márquez e intentaron entrar al local donde nos encontrábamos. Pero mi esposa de entonces, sargento mayor  de la caballería prusiana, les cerró el pasó.

 Afirmó hace años que tuvo etapas en las que se debatió entre la incertidumbre y el complejo de ineptitud. ¿Los superó?

Nunca los he dejado de sentir, en mayor o menor medida. Pero uno encara su trabajo y ya.         

  — ¿Cuán crítico es con su trabajo?

Soy un periodista profesional. Eso quiere decir que trabajo con temas, fechas de entrega y número de cuartillas que impone otro. Aun así, cuando entrego un texto para su publicación es porque estoy conforme con él. Es lo mejor que pude hacer en ese momento. Nunca he acometido un reportaje ni una entrevista con “el tanque de repuesto”, con “el piloto automático”. Eso no equivale a decir que me sienta satisfecho con lo que hice. Ni tampoco insatisfecho, que es otra forma de satisfacción.

 ¿Es por eso que dijo que nunca escribió una cuartilla que no fuera  por encargo?

—Sucede que casi todo el trabajo periodístico es por encargo. El encargo es inherente al quehacer periodístico.  No haría  un reportaje o una entrevista si no hay previamente una publicación interesada en ellos. Puede ocurrírseme la idea para una entrevista, pero la hago solo cuando sé de antemano que hay una publicación dispuesta a acogerla. Si no, ¿qué sentido tendría? 

En la actualidad, ¿son otros los que escogen sus temas y deciden el género en que debe tratarlos?

—Si es un reportaje o una entrevista, sí. Invariablemente. Ahora, si se refiere al  espacio que desde hace cinco años ocupo todas las semanas en Juventud Rebelde, no. En ese periódico he disfrutado siempre de una libertad absoluta en cuanto a la elección de los temas y su tratamiento. Allí nunca  me han impuesto asuntos ni  me los han sugerido siquiera, y jamás le han censurado una sola coma a lo que entrego.

SENADOR, GINECÓLOGO, PERIODISTA

Ciro heredó de su padre y su  abuela el arte de contar historias. Con apenas siete años dominaba acontecimientos de la época republicana. Sabía de memoria aquellos relatos que se contaban en su casa,  y terminó percatándose de que «el suceso más absurdo se hace creíble si quien lo cuenta sabe ubicarlo en una realidad».

¿Qué recuerda de sus diez primeros años de vida?

—El asalto al Palacio Presidencial, el 13 de marzo de 1957. Cursaba la enseñanza primaria y recuerdo que el director del colegio entró al aula y dijo: Algo muy grave está pasando en La Habana. Y nos dio la salida, aunque todavía no era la hora, no sin advertirnos antes que corriésemos para la casa.  Recuerdo también  vívidamente cómo la muerte del jefe de la Policía batistiana y la del jefe del Servicio de Inteligencia del ejército de la dictadura,  ajusticiados por los revolucionarios con pocos días de diferencia  a fines del mes de octubre, me frustraron, en 1956,  mi fiesta de cumpleaños, que celebramos casi clandestinamente, con la casa cerrada a cal y canto por temor de que algún chivato pensara que celebrábamos lo otro. En otro plano, recuerdo de esa etapa con mucho agrado las “paradas” estudiantiles de  los 28 de enero en el Parque Central,  las fiestas de Navidad, con aquel árbol enorme y colmado de adornos que colocaban a la entrada del reparto Fontanar y los días de Reyes.  Y, por supuesto, el triunfo de la Revolución.

¿No fue su infancia como la de otros niños?

—Sin llegar a ser “el niño de Asunción”, si le digo la verdad tengo que reconocer que fui bastante rarito.

¿Pensó siempre en ejercer el oficio de la palabra o en dar otro destino a su vida?

—Mi padre me llevó a visitar el Capitolio. Me impresionaron la tribuna y los escaños de maderas preciosas, las lámparas de bronce, los timbres para llamar a los lacayos…  Aquí trabajan los senadores, comentó mi padre. Le pregunté qué quienes eran ellos y él, con toda la solemnidad del caso, me dijo que eran los padres de la patria. En ese momento yo quise ser Senador de la República. Tenía cinco años de edad. Pero al año siguiente o al otro, quería ser ginecólogo. Como usted se imaginará yo entonces no sabía a derechas qué era un senador ni en qué parte de la anatomía femenina husmeaba ese especialista… Un día comprendí que de eso, a mí lo que me gustaban eran las palabras.

 RESCATE DE LA MEMORIA OCULTA

— ¿Por qué esa insistencia en desempolvar la época republicana en sus crónicas?

—-Dice el escritor mexicano Carlos Fuentes: “Algo es cierto: nosotros hicimos el pasado y somos responsables de él, a menos de que conscientemente queramos ser olvidados cuando nosotros mismos seamos el pasado”.

  ¿Aun con todo lo que se ha escrito sobre el tema?

-Es que, por lo general, se da una visión maniquea de ese pasado, en blanco y negro, sin matices. No piense que nuestra historia está tan estudiada. Hay mucho de calco y repetición. Y mentiras que se repiten sin sonrojo. Hay múltiples ejemplos. Se habla, digamos, de la Causa 82 que se siguió contra el ex presidente Grau y algunos de sus colaboradores, pero jamás se dice, siquiera por respeto al lector, que esa Causa fue sobreseída y Grau exonerado de cargos. Si algo que sucedió en una fecha relativamente reciente es aún tan desconocido, ¿qué queda para lo que sucedió hace cien años? Y es que de la historia existen versiones, sobre todo la  del vencedor. Pocas veces o ninguna llegamos a conocer la visión de los vencidos. A la historia se llega por aproximaciones. Mientras mayores y mejores sean esas aproximaciones, más completa es la historia.

 — ¿Se considera usted un historiador?

—De ninguna manera. Soy un periodista que escribe sobre temas de historia. Mejor, sobre temas de la pequeña historia, con los que se hace la crónica. Gusto de trabajar con versiones de un suceso y me aproximo al pasado a través de hechos que en la gran historia no ocupan espacio, y de personajes marginales que nunca entrarán en ella. Procuro, y eso lo han señalado  otros, una aproximación lingüística a ese pasado, y reparo en lo que muchos pueden pasar por alto pero que da, a mi juicio, el sabor de la época. Nunca el pasado nos ayudará a comprender el presente. Pienso que es justamente al revés: el presente  ilumina el pasado. Al saber cómo somos, podemos entender cómo fueron, qué pensaron y por qué actuaron los que nos precedieron. Quisiera  que cada crónica aportara algo interesante, descubriera otro ángulo del asunto o despertara un interés que mueva a profundizar en el tema, pero mi  verdadera  motivación es que el lector disfrute con lo que escribo.

¿De ahí ese matiz humorístico tan perceptible en sus crónicas? ¿Se lo propone o, simplemente, sale?

—Siempre trato de ver la vida por su costado más amable. Aun a las peores situaciones he buscado la arista que me haga sonreír.

Su libro sobre Lorca, ¿es el de un historiador o el de un periodista? Insisto en esto porque alguien tan riguroso como Ian Gibson, autor de la mejor biografía que existe del poeta granadino, se remite a usted una y otra vez cuando aborda el capítulo cubano de Federico…

Pienso que es un reportaje que a medida que aborda aquellos días “sedientos y desbordados” de Federico en Cuba, se empeña en dar la época. Lo concebí y estructuré  como un reportaje y acopié los datos necesarios como el reportero que soy

.Lorca fue el camino para conocer a Dulce María. ¿Qué impresión le causó la poetisa?

Creo que fui el primer periodista cubano que entrevistó a Dulce María y a su hermana Flor después del triunfo de la Revolución. Yo la sabía ahí, en su mansión enorme del Vedado, pero desconocía cómo llegarle, hasta que Cintio Vitier me proporcionó su número de teléfono. La llamé y expliqué mi propósito. Me preguntó cuándo quería verla. Dejé que fuera ella quien fijara el encuentro. La cita fue en  la tarde siguiente. Respondió a mis preguntas, aclaró algunas dudas y recomendó que no dejara de ver a Flor, más cercana a Lorca que ella. La propia Dulce María  me gestionaría la entrevista. De Dulce María solo conocía entonces algunos de sus poemas insertados en antologías y su libro Un verano en Tenerife. Aquella mujer que fue una leyenda viva de la sociedad habanera, se había encerrado en su casa y vivía en una soledad espantosa, en el mayor olvido. Me dijo: “Joven, usted que anda en el mundo, cuénteme qué pasa fuera”. Días después me encontraría con Flor Loynaz, una persona sencillamente encantadora.

—Decía usted hace años que no había perdido la emoción que le causaba ver su nombre en blanco y negro. Después de varios libros en su haber y muchísimos  textos periodísticos, quizás esa emoción se haya convertido ya en costumbre. ¿Es así?

Se equivoca. Me sigo ilusionando igual que antes. Y con igual ilusión leo, una vez publicado,  lo que escribí. Con decirle que cada domingo espero en el portal la llegada de Juventud Rebelde.

¿Lo movió su gusto por la culinaria para acometer un libro como Yo soy el chef?

—La cocina, como la moda, es un arte que interesa a todo el mundo. Uno se viste y come todos los días. Me considero un buen cocinero. Eso sí, poco imaginativo ya que me gusta cocinar con apego a la receta.  Pero no fue esa preferencia lo que me llevó a un libro como ese. No se sabía mucho acerca  de ese gran chef que es el cubano Gilberto Smith, y quise llenar ese vacío. Es la clásica “teoría del hueco”. Hay un hueco y se impone rellenarlo. Sucedió con Smith y sucedió con Lorca. Me gusta acopiar recetas de platos y de cocteles, y me llevo algunas cada vez que paso por un bar o una instalación gastronómica. Tuve columnas fijas de cocina cubana en las revistas Cuba Internacional, Prisma y Correo de Cuba, y escribí el capítulo sobre ese tema en la multimedia Todo de Cuba. Con los cocteles hice en soporte digital algo que se llamó La noche cubana.

Revolución y Cultura y La Gaceta de Cuba, también son testigos del quehacer periodístico de Bianchi Ross, que ostenta el Premio Latinoamericano de Periodismo José Martí y el de Periodismo Cultural José Antonio Fernández de Castro, por la obra de su vida.  Mantiene columnas fijas en la revista Correo de Cuba,  la revista digital Cubanow y en la página Web de la UNEAC. Colaborador además la revista  de Sol y Son,  y,  para beneplácito del público, continúa con su espacio habitual en la edición del domingo de Juventud Rebelde.  De 1988 a 1993 ejerció el magisterio como profesor de la asignatura de Géneros Periodísticos en la Facultad de Periodismo de la Universidad de La Habana.

--- ¿Fue para usted la docencia tiempo perdido?

--- La docencia no es nunca tiempo perdido. Ni siquiera tiempo invertido. La docencia es siempre tiempo ganado. Lo que sucede es que la formación de un periodista se asocia más con la curiosidad y el sentido común que con un programa universitario de materias concretas.

¿Cuánto debe Ciro Bianchi a la suerte y a la oportunidad?

La suerte se hace y la oportunidad se propicia o no se deja pasar. Eso es parte del talento. Nadie me regaló nunca nada y lo que para algunos resultó más o menos fácil, a mí me sigue siendo bien difícil. Pero soy como la jicotea: cuando muerdo, no suelto.

 ¿Cuál es el mayor privilegio que le ha concedido el periodismo?

—Estar en lugares donde muchos hubieran querido estar y conocer gente que muchos hubieran querido conocer. De ahí ese papel de hilo conductor entre un hecho, un lugar o un personaje y el lector que atribuyo a los periodistas.

¿Qué ha sido el periodismo para usted?

—Todo. No me concebiría a mí mismo si no lo fuera.

¿Cómo le gustaría que lo recordaran?

—Los que vendrán después tendrán muchas cosas más interesantes y verdaderamente importantes que recordar que este periodista que fui yo.      

El Paganini negro

El Paganini negro

Ciro Bianchi Ross

 

Es ya de noche en La Habana colonial cuando cuatro amigos –negro uno de ellos- entran, después de un concierto, a refrescar a un café. El dependiente, solícito, toma el pedido de los blancos y cuando el otro se dispone a ordenar, le da esta respuesta insolente:

            -Yo no sirvo a negros, sino a caballeros.

            El aludido apenas puede reprimir la ira. Se incorpora de golpe, señala, altanero, la condecoración que luce en la solapa izquierda del frac y dice:

            -Pues yo soy Caballero de la Legión de Honor francesa y no hay en este salón quien pueda decir lo mismo.

            Es Claudio José Domingo Brindis de Salas y Garrido, “el rey de las octavas”, el violinista excepcional que tiene ya los oídos acostumbrados al aplauso, cosecha fama y dinero en Europa y América, y que a lo largo de su vida sumará a la condecoración de Francia las que le otorgaron los reyes de España e Italia, Austria y Portugal. El emperador de Alemania, sin ir más lejos, le concede los títulos de Caballero de Brindis y Barón de Salas. Habla seis o siete idiomas y se presenta en escena con un Stradivarius auténtico. Alterna con Bartolomé Mitre en  Argentina, y con el general Porfirio Díaz, en México, y es profesor de música de la familia del monarca alemán,

            Pero este hombre que acumula honores y saborea el triunfo, que vive la existencia a plenitud y dispone de la gloria a su antojo, morirá en Buenos Aires en la mayor miseria y el más cruel olvido. Cuando ya agonizante lo desnudan en un hospital de la asistencia pública, le encuentran, bajo la ropa mugrienta, un corset de seda, vestigio de sus días de Don Juan, y en los bolsillos el pasaporte alemán y el recibo de la casa de empeños en la que por diez pesos dejó su Stradivarius que había costado 100 000. La era del virtuosismo quedaba atrás en la música; la tuberculosis minaba los pulmones del violinista y devastaba su cuerpo, y aquel “negro atorrante”, como alguien lo llamó, de “hermosa y simpática figura” y de quien llegó a decirse que parecía “un hombre rubio tallado en ébano”, no era más que un guiñapo.

EL GENIO PRECOZ

Alejo Carpentier, remiso a recargar su libro con las figuras de intérpretes y de concertistas, no puede eludir en su La música en Cuba el nombre de Brindis de Salas, “el más extraordinario de los músicos negros del siglo XIX […] un personaje singular que constituyó un caso sin precedentes en la historia musical del continente”.

            Nació en La Habana –calle Águila, 168-  el 4 de agosto de 1852. Junto a su padre –un destacado director de orquesta- se inició en la música y prosiguió estudios con el belga José Van der Gucht, avecindado en la ciudad. Tenía ocho años de edad cuando dio a conocer su primera composición, y once cuando ofreció su primer concierto. En 1869 matriculó en el Conservatorio de París y a partir del año siguiente, y durante un lustro consecutivo, ganó el Premio de Honor que concedía   esa casa de estudios.

            Egresado del Conservatorio comienza una vida artística intensa. Todas las puertas se le abren. Arrebata en Italia. Los alemanes se sienten tocados por su arte inimitable. El famoso Ignacio Paderewsky lo acompaña durante sus presentaciones en Polonia. Se hace aplaudir en Rusia y en Inglaterra, y también en toda América Central y Venezuela. Regresa a Cuba y se anota, en el teatro Payret, un éxito clamoroso.

            La crítica lo halaga en todas partes y en todas partes el artista lleva al público a un clima de delirio. Brindis de Salas sorprende con sus grandes golpes de arco, sus facultades fenomenales, la fantasía brillante y un repertorio erizado de escollos que sabe siempre vencer. Bien pronto comienzan a llamarle “el Paganini negro”. Existe, dicen los especialistas, una similitud diabólica en el virtuosismo de ambos ejecutantes.

ES LO QUE DOY YO DE PROPINA

De La Habana se va a México, y de ahí, a Europa otra vez. Está en Barcelona cuando alguien lo invita a Buenos Aires. Le atrae, ciertamente, esa ciudad que todavía no conoce y en la que tampoco se sabe de su arte. Trata allí  de conseguir un contrato digno de su fama y solo logra, de momento, que un empresario le ofrezca la ridícula suma de cien pesos por concierto.

            -¿Cien pesos? ¡Eso es lo que doy yo de propina! –responde Brindis.

            Bien pronto consigue lo que se propone. Se hace escuchar en las residencias particulares de lo más selecto de la sociedad bonaerense, y aparece el contrato añorado de mil pesos por función. La burguesía argentina se lo disputa. Le obsequian un soberbio solitario de diamantes, y sus nuevos amigos adquieren para él un Stradivarius legítimo.

            Allí tiene amores con una argentina apasionada; luego, en Berlín, se casa con una dama de la aristocracia alemana, y de esta unión nacen tres hijos. Pero la relación dura poco porque la mujer, dice Nicolás Guillén, no puede soportar a aquel artista “excéntrico y andariego” que a veces derrocha su arte en cafetines de barrio ante un público de marineros borrachos. Era, apunta Salvador Bueno, un hombre original y pintoresco, algo extravagante, demasiado afectado en su trato y en su porte. Hablaba casi siempre en francés y quizás algunas veces tuvo que dejar transparentar su condición de súbdito alemán para recordar que no debía sumisión a las autoridades españolas de su isla natal.

            En 1895 está una vez más en Cuba. Volverá en 1900 y en 1901. La música avanza por nuevos derroteros y el arte de Brindis  va en descenso y su genio declina.  De aquí para allá, en América y en Europa, pasa diez años en la oscuridad y en el olvido hasta que, enfermo y pobre, decide retornar a la Argentina de sus grandes triunfos. ¿A qué? Nadie lo sabe con certeza, tal vez para reencontrarse con aquella mujer apasionada de antaño o para evocar mejor los días de esplendor que quedaron atrás para siempre. Ahora sus amigos están muertos y nadie lo acoge; vaga por las calles y nadie lo reconoce. En el hospital, se niega a identificarse. Cuando, por el pasaporte, se sabe su nombre, la noticia corre por toda la ciudad: se moría “el Paganini negro”, “el rey de las octavas”. Los médicos le atienden con esmero, pero el esfuerzo resulta inútil. En la madrugada del 2 de junio de 1911, sin pronunciar  palabra ni dejar escuchar una queja, fallece Claudio José Domingo Brindis de Salas. La funeraria rehúsa cobrar el servicio de primera clase que presta al gran músico y sus restos, cubiertos con la bandera cubana y acompañados por el reducido número de compatriotas que radica en Buenos Aires, son conducidos al Cementerio del Oeste.

            En 1917, el periódico La razón inicia una campaña para dar al artista una tumba acorde con su fama, y, como homenaje de la colonia cubana y la prensa bonaerense, se coloca una tarja de mármol ante el nicho que guarda sus despojos. Faltaba aún, sin embargo, el último periplo de este andariego que fue Brindis de Salas, pues en 1930 y con grandes honores, sus cenizas fueron trasladadas a La Habana.

 

Las erratas de Paradiso

Las erratas de Paradiso

Ciro Bianchi Ross

Chillidos, gritos estentóreos, lágrimas y ataques de histeria –como en un concierto de rock en su punto culminante- caracterizaron la presentación en la Habana, en 1991, de la segunda edición cubana de Paradiso, la gran novela de José Lezama Lima. Fue una verdadera batalla campal en que cada uno de los asistentes se mostraba decidido a conseguir un  ejemplar de la obra a como fuera y actuaba en consecuencia.

            La ensayista y traductora italiana Alexandra Riccio, el poeta César López y el autor de esta página debíamos   presentar aquella tarde  la novela  que aparecía con el sello de la editorial Letras Cubanas. Nos disponíamos a hacerlo cuando el público, joven en su mayoría, cada vez más numeroso e inquieto, ahogó las palabras de Alexandra con lo que primero fue un rumor sordo y luego un grito a voz en cuello. ¡Paradiso! ¡Paradiso! ¡Paradiso!,   repetía sin cansancio aquella multitud que desbordaba el amplio portal del Palacio del Segundo Cabo, sede del Instituto de Libro, en La Habana Vieja, y que para garantizar que no hubiera  discursos hizo desaparecer de su soporte, en un golpe de manos sorpresivo y audaz, el micrófono que utilizaríamos, solo para devolverlo cuando se convenció de que los tres oradores habíamos desistido del empeño.

            Lo que siguió fue al acabóse. Ante la multitud que rugía, se retiraron de prisa los ejemplares dispuestos para la venta. Se dijo que el libro se vendería en el interior del edificio y hacía allá se disparó la gente, solo para volver al portal, decepcionada. Allí volvió a intentarse la venta, pero tampoco pudo llevarse a cabo con el público  encimado sobre las vendedoras, pese a que se hizo saber que habría libros para todos.   Al fin se decidió lo que parecía más prudente y la venta se hizo a través una ventana protegida por barrotes.

            “Jamás vi algo semejante”, comentaba el narrador Lisandro Otero, y Julio Travieso, el novelista de Para matar al lobo, se preguntaba por su parte que cuánta de esa gente que pugnaba por conseguir su ejemplar lo  leerían   realmente. Y aunque quizás sea cierto que muchos de los que se hicieron de la novela aquella tarde  se regodearon solo en   los vericuetos del famoso capítulo octavo o  con las peripecias de Farraluque, “un leptosomático adolescentario, con una cara tristona y ojerosa, pero dotado de una enorme verga”, el tumulto era justificado y explicable. Se trataba de una obra  que había sido elogiada, con toda razón, hasta el delirio, y también criticada a muerte y negada con furia durante los veinte y cinco años precedentes. Un libro signado por el escándalo sobre todo  a partir  del largo diálogo sobre la homosexualidad  que José Cemí, el  protagonista, sostiene con sus amigos Ricardo Fronesis y Eugenio Foción luego de haberse enterado de que Baena Albornoz, un atleta machista y perseguidor de homosexuales, fue sorprendido en pecado nefando con el guajiro Leregas.

            Publicada originalmente en 1966, cuando los cinco mil ejemplares de la tirada se agotaron en un decir amén,  Paradiso no había vuelto a editarse en Cuba. Y en  aquella ya lejana tarde de 1991 existía un atractivo más para adquirir un ejemplar de la novela. Su edición era fiel hasta el detalle al manuscrito lezamiano y salvaba las numerosas erratas y omisiones que en ediciones extranjeras  se repetían desde su primera publicación en Cuba.  No era una edición más de Paradiso aquella que se ponía a la venta. Era el Paradiso  recobrado.

PANTAGRUÉLICO, DESMESURADO, VORAZ

Tres años antes había aparecido en la Colección Archivos de la Literatura Latinoamericana, del Caribe y África del siglo XX, auspiciada por la UNESCO, la edición crítica de Paradiso. Fue un trabajo arduo  que aunó esfuerzos de  críticos e investigadores de varios países  que  debían  establecer el texto fidedigno de la obra y la valoración específica de sus variantes, así como elaborar un dossier exhaustivo sobre el autor  y someter el libro a análisis textuales y contextuales. Figuramos en ese equipo, entre otros, Julio Ortega, de Perú,  Benito Pelegrín, de España,  y los cubanos  Raquel Carrió,  Roberto Friol,  Severo Sarduy y quien esto escribe, todos  bajo la conducción de Cintio Vitier, que confiaría el prólogo de la obra a la ensayista española María Zambrano, la autora de Claros del bosque. La edición cubana de 1991 reprodujo el texto establecido en la edición crítica, aunque prescindió de su aparato erudito.  

            Para la edición de la Colección Archivos, Vitier y su esposa, la poetisa Fina García Marruz, cotejaron el manuscrito de Paradiso con la copia del original mecanografiado que Lezama Lima envió a la imprenta en ocasión de la edición de 1966. Lo cotejaron además con  el texto de la edición príncipe de Unión, de La Habana,  y con el de la editorial Era, de México, que publicó la novela en 1968, y que se consideraba hasta entonces como la más cuidada de todas. Tan fatigosa tarea llevaría a Cintio Vitier a conclusiones curiosas e inquietantes.

            En su confrontación, el autor de Lo cubano en la poesía encontró que las erratas comenzaron, presumiblemente, desde el original mecanografiado que Lezama entregó a Ediciones Unión. Luego, la imprenta incorporó otras. Cuando el escritor tuvo en sus manos el libro impreso, con aquella bellísima cubierta de Fayad Jamis, corrigió muchas de ellas, pero sólo la tercera parte: 225. Contando nada más que las  que afectan o modifican el sentido del texto, la edición de Unión tiene 798 erratas. La mexicana, 892, y algunas de estas, advirtió Vitier, son verdaderos arreglos para homogeneizar o regularizar  el texto o resolver problemas de redacción que eran propios de Lezama.

            Cuando traductores y editores extranjeros preguntaban al autor sobre erratas de bulto que advertían en Paradiso, Lezama no respondía o daba respuestas evasivas e insatisfactorias. En ningún caso se molestó en volver sobre su manuscrito para dilucidar las dudas. De eso hay pruebas irrefutables. Y es que Lezama, pantagruélico, desmesurado y voraz, podía permitirse esos y otros “lujos” y salir ileso y airoso siempre.

            Sirva de ejemplo esta “perla”. Didier Coste, el traductor de Paradiso al francés, le escribe. Trabaja, por recomendación de Lezama, con la edición mexicana de la novela, y no comprende, no puede comprender,  este pasaje del capítulo VI. Dice:

            “Baldovina, Violante y Cemí pasaban las mañanas, eran los reflejos, los tonos intermedios, que hacen que se retengan más semanas de vacaciones, en la azotea o en la playa”.

            En la edición crítica, fiel a la letra del manuscrito y de la edición príncipe de Unión, se lee, en cambio:

            “Baldovina, Violante y Cemí pasaban las mañanas, eran semanas de vacaciones, en la azotea o en la playa […]  Siguen varias líneas y añade  el autor: “[…] aquella miel de los cabellos de su hermana, parece mostrar en él como unas manchas violetas, más sensibilidad para los reflejos, los tonos intermedios, que hacen que se retenga más en el recuerdo la cabellera después que ha desaparecido la figura”.

            ¿Qué había pasado?  La línea 12 de la página 157 de la edición de Era  es repetición, por error de imprenta, de la línea 30 de la misma página. Pero consultado por el traductor sobre el pasaje incongruente, Lezama  explica el error como si no lo fuera. Le dice en una carta: “Esos tonos intermedios, reflejos, prolongan las vacaciones, llevándonos a pasear por las playas o por las azoteas”. Ni siquiera se tomó la molestia de volver, no ya sobre el manuscrito, sino sobre la edición de Unión.

¿OLALLA U OLAYA?

A Lezama lo deslumbró la edición mexicana de Paradiso. Ese texto, del que Era hizo hasta ahora una diez reimpresiones, se tomó  para las traducciones al francés, como ya vimos, y también al inglés, italiano, alemán y polaco, y fue la base  para las de Aguilar (Obras completas de Lezama Lima) y de Cátedra, aunque para la de esta última, Eloísa Lezama Lima, según confesó, la cotejó con un ejemplar de la edición de Unión  con las correcciones  anotadas por su hermano.

            El hecho de que la edición de Era estuviera al cuidado de Carlos Monsiváis y. sobre todo, de su gran amigo  Julio Cortázar, conmovió profundamente a Lezama. ¿Cómo no conmoverse luego de que el novelista de Rayuela diera a conocer aquel lúcido y penetrante ensayo de “Para llegar a Lezama Lima”?

            Cortázar, en Nueva Delhi, y Monsiváis, en México, trabajaron en las galeras de  la edición mexicana de la novela. El argentino tenía a la mano la edición cubana de Paradiso con las correcciones de  Lezama. Pero no  el manuscrito que le hubiera ayudado a solucionar numerosos problemas, y Lezama, desde La Habana, por otra parte, recordaba Monsiváis, tampoco respondía en forma satisfactoria a  las consultas que se  le hacían.

 En una carta que remitió a Emmanuel Carballo, uno de los ejecutivos de Era entonces, Cortázar afirma que en su revisión enfatizó en la puntuación  lezamiana y que prestó atención especial a todas las citas en lenguas extranjeras, donde, dice, “había las fantasías más sabrosas”. En cuanto a lo primero, advierte a Carballo,  que Lezama, en complicidad con los tipógrafos cubanos, “conspira abiertamente contra sí mismo por la frecuente insensatez de su puntuación”. Precisa: “El principio dominante parece ser el respiratorio […] es decir que las comas se suceden monótonamente, con un ritmo accesorio al verdadero ritmo profundo del sentido y el sonido”. Aclara enseguida que en esto como en todo lo demás procedió  a la vez con gran respeto y con gran franqueza. Un descuido advierte el argentino. En los primeros capítulos de la novela el autor utiliza el nombre de Olalla para la familia materna del protagonista; un  Olalla que a partir de determinado momento transforma en Olaya hasta el final.

Expresa Cortázar al final de su carta a Carballo: “He trabajado mucho en el libro, y ya verán ustedes que hay millares de correcciones; pero el resultado, creo, hará de la edición mexicana algo radicalmente diferente de la pésima edición cubana”.

Pero  Cortázar, en su intento de “arreglar” ciertos pasajes,  provocó errores y a ellos se sumaron las erratas de la edición de Era. En resumen, tras el fatigoso cotejo de las ediciones cubana y mexicana con el manuscrito decía Cintio Vitier:   “El total de erratas advertidas en la edición mexicana es de 892, de las cuales 489 proceden de la edición cubana, lo que indica la rectificación de unas 84 no corregidas por Lezama y el añadido de 403, de las cuales habría que rebajar unos 70 presuntos “arreglos”. Estos arreglos se presumen por no ajustarse a las lecciones correspondientes de la edición cubana, ni del manuscrito, y porque traslucen el propósito de homogeneizar o regularizar el texto, o de resolver problemas de redacción que son propios de la escritura lezamiana”.

Lezama Lima, sin embargo, no parece haber visto esas erratas. Cuando se publicó la edición de Era, escribió presuroso a Carballo:

“Mi querido amigo: saboreo el Paradiso mexicano, en su impecable edición, cuidada por todos lados y hecha con una amistad generosa. Enseño el libro, y me gana el gusto de todos. Es una edición que a todos nos engendra placer, por su artesanía, por la cantidad del más fino trabajo que atesora. La portada muy bella, los tipos convenientes, los márgenes adecuados, la deleitosa calidad del  papel, todo ha contribuido  a una edición donde está el verdadero Paradiso. Yo lo muestro orgulloso y reviso mil veces sus cuidados primores.

“La vergonzosa edición argentina se hizo sin el menor uso cortés. No pidieron permiso, no cuidaron el texto, y,  colmo y pasmo, todavía en estos momentos no me han mandado un solo ejemplar. Da tétano y desolación.

“Le escribo a Cortázar mostrándole mi reconocimiento por la ayuda a la edición. Todos ustedes han hecho posible que se pueda leer Paradiso sin el sobresalto de las erratas, esos piojos de las palabras, como decía Flaubert. Por todo gracias, y un abrazo de su amigo

“José Lezama Lima”

Esa carta, aunque sin fecha, debe corresponder a mediados  de septiembre de 1968. Retengamos la larga relación de elogios que encierra: “impecable edición”, “edición que a todos nos engendra placer”, “sus cuidados primores”, “sin el sobresalto de las erratas”, “el verdadero Paradiso”.Y comparémosla con la que el 25 de febrero de 1970 Lezama  remite a Didier Coste, que trabajaba ya en la traducción de Paradiso al francés:

“[…] Sí, la edición de Paradiso, hecha en La Habana, está llena de erratas. Pero la que yo le envié a la casa Seuil, está revisada cuidadosamente por mí. Después, para obviar dificultades, aconsejé que se utilizase la edición mexicana, la de la casa Era, que es, supongo, sobre la cual usted trabaja. Yo creo que dado el cuidado con que se hizo, sus erratas deben ser pocas, aunque yo no la he leído, pues la revisión de la misma me fatigaría”.

Ya sabemos a qué atenernos cuando Lezama Lima afirma que el ejemplar de la edición cubana que envió a la editorial francesa está revisado cuidadosamente por él. Lo cierto es que habría que esperar a 1988 para que la edición crítica publicada por la Colección Archivos  restituyese el verdadero Paradiso. Edición que siguió  en su texto  aquella  edición cubana de 1991 que entre chillidos, gritos estentóreos, lágrimas y ataques de histeria reclamó el público con verdadera avidez.

 

           

              

 

 

Amores lejanos

Amores lejanos

Ciro Bianchi Ross 

 

¿Sabía usted que era cubana la mujer que inspiró a Saint-John Perse –Premio Nobel de Literatura en 1960- su célebre poema “A la extranjera”? ¿Que el gran amor de   Ernest Hemingway en La Habana fue  una mulata  llamada Leopoldina, y  que el escritor la inmortalizó en una novela  con el nombre de Liliana, la Honesta? ¿Que una de las últimas amantes del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo fue una rumbera cubana? ¿Qué el boxeador Kid Chocolate tuvo amores con actrices como Pola Negri y a Misttinguette? ¿Que José Raúl Capablanca se casó con una princesa rusa auténtica y que Alfonso de Borbón, el primogénito de Alfonso XIII y tío del rey Juan Carlos, renunció a su derecho a ocupar el trono de España para casarse con la cubana Edelmira Sampedro? ¿Que Miguelito Valdés sostuvo una relación con Patricia Hill, la llamada reina de la mafia, que vivía obsesionada con el diente de oro que lucía el cantante? ¿Que el jefe mafioso Meyer Lansky tuvo mujer cubana durante años y que la llevó consigo  cuando salió definitivamente de Cuba en 1959? ¿Que Ava Gardner, “el animal más bello del mundo”, como le llamaba su amigo  Hemingway, se entregaba aquí a auténticos maratones sexuales y que aunque tenía amantes blancos más o menos fijos, se las arreglaba siempre para colar algún que otro negro en su suite del Hotel Nacional? ¿Que era cubana la “marca de fábrica” de los mellizos de Tongolele? ¿Que el teatrista Gerardo Fullera León se llevó una tarde a la cama a Margarita Duras, la autora de Hiroshima, mi amor? ¿Que el dictador Fulgencio Batista vivía enamorado de Rosita Fornés, la mujer más deseada de Cuba?

            En Cuba hay médicos e investigadores cuyos nombres dan la vuelta al mundo. Y escritores, actores, deportistas, compositores, intérpretes, realizadores cinematográficos… En esa relación de famosos, por una razón u otra, quedan siempre fuera los amantes. Y amantes y grandes amadores y donjuanes y mujeres que amaron o se dejaron amar los hay aquí por montones dignos de figurar en la galería más selecta.

DOÑA LEONOR Y LA EXTRANJERA

La relación, de ser cronológica, comenzaría con Leonor –o Inés o Isabel- de Bobadilla, la esposa de Hernando de Soto, el afiebrado explorador que luego de haber jugado al ajedrez con el Inca Atahualpa, que era su prisionero, buscó sin encontrar, en 1539, en la Florida, la fuente de la eterna juventud. Soto gobernó la Isla a partir de 1537 y cuando partió a su aventura dejó a doña Leonor al frente del gobierno. Aunque el historiador Pezuela dice que esa autoridad fue “puramente nominal”, el caso es que nunca antes ni después una mujer desempeñó aquí tamaña responsabilidad.

            Cuenta la leyenda que todas las tardes subía la señora a la torre del primitivo Castillo de la Fuerza a atisbar en el horizonte el regreso del marido. Pero Hernando de Soto jamás volvió. Murió en la Florida y sus compañeros lo enterraron en el lecho de un río para evitar que los indios profanaran su cadáver. Un siglo después los habaneros, en recuerdo de doña Leonor, que esperó y esperó y quedó a la postre sin respuesta, hicieron fundir en bronce la imagen de una mujer que porta en su mano izquierda la Cruz de Calatrava y la colocaron en lo alto de la torre de homenaje del Castillo con el fin de que indicara a los navegantes la dirección del viento. La llamaron La Giraldilla y simboliza a La Habana.

            Demos ahora un salto en el tiempo. El 16 de mayo de 1874 contraen matrimonio en la ciudad central de Santa Clara, Luis Estévez y Romero y Marta Abreu. Él es un distinguido abogado –con bufete en la calle Obispo, 27- y profesor de la Universidad. Ella, una de las mujeres más acaudaladas de Cuba, benefactora de esa ciudad y sólido sostén económico de la causa de la independencia, a la que hace cuantiosas donaciones, como aquellos cien mil pesos que puso en manos del Partido Revolucionario Cubano al enterarse de la muerte de Maceo. Instaurada la República, Luis Estévez fue su primer vicepresidente, pero inconforme con la política de Estrada Palma, renunció a ese cargo en 1905 y volvió, junto con su esposa, a instalarse en París. Allí Marta enfermó. Cuando falleció, el 3 de enero de 1909, Estévez debió ser internado en una clínica siquiátrica, y justo un mes después del deceso, en un gesto dramático y desolado, se quitó la vida con un pistoletazo. Tal era el carácter de Marta, tal su temple, que la gente decía que Luis Estévez fue vicepresidente de la República y vicepresidente de su casa.

            Y con Marta se relaciona “la extranjera” de Saint-John Perse, pues esta enigmática mujer, cuya verdadera identidad se mantuvo oculta durante cuarenta años, era su sobrina Rosalía Sánchez Abreu. Lilita le decía su familia. Lil  le llamaba el poeta que, al evocarla ya casi al final de su vida, en 1975, confesaría que “nunca tuve relaciones parecidas con otro ser”.

            Lil y el escritor francés se conocieron en 1932 y “A la extranjera” fue el regalo de despedida que el poeta le hizo cuando,  años después,  se separaron por última vez, en Washington. Sin embargo, Perse no olvidó nunca a la cubana y todavía en 1953 le hacía llegar este mensaje: “Quisiera que ella sepa que permanecerá para siempre en lo mejor de mí mismo, que ella es mucho de mí mismo, que mi corazón sigue emocionándose cuando pienso en ella, y que el lazo que existe entre nosotros seguirá siendo para mí, quizás contrariamente a lo que ella siente, excepcional hasta mi muerte”.

            La muchacha estaba casada, al menos desde 1928, con un sujeto llamado Alberto Henralix o Henrahx, que de las dos maneras aparece escrito en las guías sociales de la época.

LA REALEZA

Fue un amor a primera vista el de Alfonso de Borbón, Príncipe de Asturias, y Edelmira Sampedro (en la foto). Se vieron una noche en un cinematógrafo de la ciudad suiza de Lausana y se enamoraron.

 Todo lo tuvo en contra la joven pareja desde el comienzo. La familia real española no aceptó el noviazgo, y Edelmira debió sufrir bien pronto las presiones de los enviados de Alfonso XIII, ya exiliado en París, que privó al hijo de sus cinco automóviles, redujo sensiblemente su mesada y lo obligó, en definitiva, a renunciar a su derecho a la sucesión. Ningún miembro de la Casa Real  asistió a la boda, en Lausana,  el 21 de junio de 1933, y las invitaciones que el ya Conde de Covadonga  cursó a amigos y conocidos, le fueron devueltas “con sentimiento”.

 Los celos desmedidos de Edelmira, por un lado, y la hemofilia que aquejaba a Alfonso, por otro,  harían muy difícil la vida en común. Rompe la pareja sus relaciones una y otra vez, pero se reconcilia siempre hasta que en 1937 ella lo acusa de tener otra mujer. Es el fin. En Nueva York, Alfonso pedirá la anulación el matrimonio, y Edelmira, en La Habana, el divorcio.

            La acusación de Edelmira tenía, esa vez, una base real. Alfonso estaba viéndose en secreto con otra cubana, la modelo Martha Rocafort. Se casarían en La Habana, en junio de 1937.  ¿Llegó Martha a ese matrimonio impulsada por el amor o por el interés?

Un familiar cercano suyo confesó a este periodista que, aunque no descartaba la posibilidad de atracción física, se inclinaba más por lo segundo que por lo primero. Y de una opinión más o menos similar fue Zenobia Camprubí, la esposa de Juan Ramón Jiménez, que siguió en La Habana las peripecias de la relación. “Ojalá sean felices, escribió Zenobia en su diario, pero parece un matrimonio de conveniencia”.

            Amor o interés, esta relación duró muy poco. En septiembre,  tres meses escasos después de la boda, Martha solicitó el divorcio. Se negó a soportar las crisis alcohólicas de Alfonso que desencadenaban lo peor de su carácter y lo llevaban a crudas agresiones verbales y a la violencia física.

LOS DICTADORES

Aunque se dice que, en su temprana juventud, pasó una temporada en la ciudad oriental de Santiago de Cuba, el generalísimo Trujillo jamás logró que se hiciera realidad su caro anhelo de que lo invitaran a visitar la Isla  de manera oficial. Vivía obsesionado con todo lo cubano: era cliente de la mueblería la Moda, de La Habana; se vestía con sastres cubanos y eran cubanos los médicos que lo atendían. Gran bailador, presumía de Don Juan y gustaba que sus romances y aventuras amorosas fueran de dominio público porque, a su juicio, confirmaban su virilidad.

            Trujillo tuvo también una amante cubana, la rumbera Silda. El autor de esta página vio una foto suya en la revista habanera Show. Tenía la piel color canela y una figura espectacular… Pese a los elogios que en esa publicación se le prodigan, nunca levantó cabeza en la vida nocturna capitalina: la competencia era mucha. En Santo Domingo, sin embargo, logró notoriedad, si no por su arte, sí por su relación con el dictador, que un día, tal vez para quitársela de encima, la envió a España a fin de que filmara una película. Y en Madrid la sorprendió el ajusticiamiento del sátrapa, el 31 de mayo de 1961. Pero Silda no quedó abandonada a su suerte. Un jeque árabe, petrolero y millonario, cargó con ella.

            ¿Y lo de Batista y Rosita? Lo cuenta la propia vedette en sus memorias. El dictador cubano la acosó durante largo tiempo y cuando se hizo pública su relación con el actor Armando Bianchi, la persecución se extendió a los dos. El asedio iba desde multas por insignificantes infracciones de tránsito y largas retenciones en estaciones de policía hasta presiones por parte de agentes del servicio secreto y consejos de personas aparentemente ajenas al asunto que instaban a la actriz y cantante “a portarse bien”. El hostigamiento subió de tono cuando Rosa, en 1957, se estableció en España por motivos de trabajo. El gobierno cubano le prohibió entonces que sacara a su pequeña hija del país.

            “Batista me hizo daño con eso, mucho daño”, dice ella en sus recuerdos.

EL DIABLO EN EL CUERPO

En Islas en la corriente, Hemingway traza esta descripción de Liliana, la Honesta:

            “Tenía una hermosa sonrisa, unos ojos oscuros maravillosos y espléndido pelo negro (…) Tenía un cutis terso, como un marfil color olivo, si tal marfil existiera, con un ligero matiz rosado…”

            Liliana la Honesta se inspira en un personaje real, una prostituta que hacía la vida en el bar-restaurante Floridita, de La Habana. Se hacía llamar Leopoldina,  -tal vez no fuera ese  su nombre verdadero-  y el gran escritor norteamericano mantuvo con ella un amor clandestino que se extendió a lo largo de muchos años.

            Antonio Meilán, barman de ese establecimiento, que la conoció mucho y fue testigo mudo de aquel romance, la recordaba todavía en 1992. Contó entonces a este periodista:

            -Una mulata fina, elegante, bellísima con su sonrisa deslumbradora, sus piernas larguísimas, las caderas rotundas, los pechos breves y aquel rostro en el que se agolpaban toda la picardía y la gracia de la cubana.

            Añadió:

            -¡Eso sí era una hembra! Tenía el diablo en el cuerpo…

            Leopoldina murió de cáncer, en 1951. Hemingway corrió con los gastos del sepelio.  Y fue el único hombre que la acompañó hasta la tumba. Ese día, en el Floridita, bebió más de lo habitual.

           

           

  

           

Biografía de La Rampa

Biografía de La Rampa

Ciro Bianchi Ross

Toda ciudad –todo país-  tiene su historia y su pequeña historia. Con la primera se confeccionan los anales y se conforman las efemérides;  se redactan libros de texto y se llenan discursos académicos y oficiales; se incorpora al turbión colectivo y sirve de acicate y ejemplo. Con la otra,  condenada al olvido,  obligada a transmitirse a lo sumo de boca en boca, se escriben novelas y se enhebran páginas como esta.

            ¿Cuentos de los miles de transeúntes –cubanos y no-  que a diario bajan y suben por La Rampa conocen los antecedentes de este pedazo de vía que es, desde hace varias décadas, el corazón de La Habana?

            Es el tramo de la avenida 23 que corre desde Infanta hasta la calle L, en el Vedado. O lo que es lo mismo: los 500 metros que se extienden desde el lugar donde radica el Ministerio de Comercio Exterior hasta donde se halla el hotel Habana Libre.

            Hay una foto aérea de La Rampa cuando todavía no lo era. Se tomó hace algo más de 60 años desde el mar. A la izquierda se ve el edificio del cabaret Montmartre, y, a la derecha, el del Hotel Nacional. Pero ninguno de ellos se ubica propiamente en La Rampa. ¿Qué se observa entonces en la fotografía? Nada. Casi nada… A la derecha, el edificio del actual Ministerio del Trabajo, más arriba, el ya desaparecido edificio Alaska, construido en 1930, y en la acera de  enfrente el edificio de la funeraria Caballero. Nada más. Veinte años después de esa foto, se toma otra desde la misma perspectiva, y ya La Rampa es La Rampa.

AQUEL RAS DE MAR

Transcurre el mes de septiembre de 1919, El día nueve un  huracán hace sentir su fuerza sobre la costa de la Isla y provoca un ras de mar a la altura de La Habana. El Valbanera,  un buque español de 7 000 tonelada de peso y con 200 pasajeros y tripulantes a bordo, imposibilitado de entrar en la bahía, decide afrontar el cataclismo mar afuera y desaparece para siempre.

            Pasado el torbellino, una familia salió en su automóvil a presenciar los destrozos del huracán, se internó por el camino que hoy es La Rampa y nunca más regresó a casa: murió ahogada cuando el vehículo cayó en una de las furnias del lugar.

            Eso era La Rampa todavía en la década del 20 y después: un camino bordeado de sumideros de gran profundidad. En una de esas furnias, que colindaba con el Hotel Nacional, estaba el estadio de Marina, famoso por sus topes de boxeo, y otra servía de improvisado campo de béisbol. En la esquina de 23 y L donde ahora está la famosa heladería Coppelia, que llegó a ofertar 54 sabores de helados en los años 60, prestaba servicios el hospital Reina Mercedes. Dicho hospital funcionó hasta 1954. Sus terrenos, que en 1886 costaron 7 000 pesos se vendieron entonces en 300 000. Una compañía constructora quería edificar allí un hotel de 500 habitaciones. Frente al hospital, por L, en lo que hoy es el parqueo de automóviles contiguo al cine Yara, tenia su casa el general Alberto Herrera, jefe del Estado Mayor del Ejército desde 1922 hasta la caída de Machado, en 1933.

EL TESTAMENTO

La Habana de 1909 terminaba prácticamente en Infanta. El Vedado se limitaba al barrio de La Chorrera, a algunas residencias en la calle Calzada y a alguna que otra urbanización incipiente en Línea…

            El propietario de los terrenos que bordean La Rampa era Bartolomé Aulet y construyó su vivienda en el fondo de un hoyo cercano a lo que hoy es la sede del Instituto Cubano de Radio y Televisión. Cuando fallece, a comienzos de la década del 40, deja a su sobrina Evangelina como única heredera. Pero la muchacha, según una de las cláusulas del testamento, no podría disponer de sus propiedades hasta 1975. Evangelina no esperó tanto. Se buscó a un buen abogado y este encontró apoyo en el coronel Pedraza, segundo hombre fuerte de la Cuba de entonces, y entre los dos convencieron a un juez venal de lo injusto y arbitrario de la voluntad del muerto. Dicho y hecho: la sobrina y sus compinches se enriquecieron de la noche a la mañana.

            El italiano Amadeo Barletta fue de los primeros compradores. Fascista, agente de Benito Mussolini y organizador de las Camisas Negras en La Habana, este personaje había sido expulsado de Cuba durante la Segunda Guerra Mundial y reapareció en 1946 como representante de la General Motors. En realidad, era jefe de una de las cuatro grandes familias mafiosas que operaban en Cuba hasta 1959. Tenía múltiples empresas tapaderas: Unión Radio, el periódico El Mundo, el canal 2 de la TV… y por supuesto, la Ambar Motors, que radicó en el edificio del actual Ministerio de Comercio Exterior, donde había numerosos bufetes y oficinas, entre ellos el del  doctor Domingo Santos Domingo, abogado cubano de Ernest Hemingway. Allí también funcionó una escuela de dealers, empleados de los casinos de juego.

            Sería Goar Mestre, el todopoderoso propietario de la CMQ, quien se percató antes que nadie de las posibilidades de La Rampa. Se decidió por este lugar desoyendo las sugerencias de los que le aconsejaban que edificara Radio Centro en la  esquina de Monte y Prado. Mestre pensó que si construía en La Rampa el edificio de su empresa, los terrenos aledaños se revalorizarían y la zona se poblaría de inmediato. El periodista Guido García Inclán lo conectó con Evangelina y cerraron el negocio. . Radio Centro se inauguró el 12 de  marzo de 1948. Poco antes, el 23 de diciembre de 1947, había abierto sus puertas el teatro Wagner, hoy cine Yara, con una función de gala a la que asistió el presidente Grau San Martín. Se exhibió la película norteamericana  Night and Day  y la entrada al teatro costó diez pesos.

PABELLÓN CUBA

A partir de entonces La Rampa, que se llama así por su acentuada inclinación, se edificó en un abrir y cerrar de ojos: edificios de apartamentos, como el Retiro Médico con sus murales pintados por Lam, restaurantes y centros nocturnos, agencias bancarias y de publicidad… El edificio donde radican las oficinas de las compañías de aviación fue un centro comercial. En su galería de arte expusieron sus pinturas, en abril de 1953, los artistas del mítico grupo Los Once, que revolucionarían la plástica cubana de su tiempo. Allí además hubo una tienda, La California, donde una semana antes de que lo asesinaran, Frank País impartió a integrantes del Movimiento 26 de Julio instrucciones que traía directamente de la Sierra.

            Resulta imposible hablar de La Rampa sin aludir a la colección de obras de arte que forma parte de sus aceras: una muy buena selección de pintura cubana está en esas losas de granito. Tampoco puede hacerse sin mencionar al Pabellón Cuba. Se construyó en 70 días, y sus arquitectos Juan Campos y Enrique Fuentes proyectaron una obra abierta a la brisa y a la perspectiva; un alarde de arquitectura aérea donde las suaves pendientes avanzan entre la vegetación y el agua cristalina. Se inauguró en 1963, con motivo de la celebración en la capital del Congreso Mundial de Arquitectos, donde participaron 600 de esos profesionales y unas 1 300 personas en conjunto. Se destinó a centro de exposiciones y acogió, entre otros eventos, la Primera Muestra de la Cultura Cubana, en 1967, y, en esa misma fecha, al importante Salón de Mayo, que trajo a Cuba desde París lo que en  el mundo se hacía en el campo de las artes plásticas.

 El Pabellón Cuba se inauguró con un tremendo rumbón. Y hasta los arquitectos bailaron a la zaga de la comparsa del Ministerio de la Construcción, que venía Rampa arriba, mientras que Pacho Alonso y Los Bocucos, en una esquina, y El Jilguero de Cienfuegos, en otra, dejaban escuchar lo mejor de su música.

           

   

Cuando quisieron clausurar Tropicana

Cuando quisieron clausurar Tropicana

Ciro Bianchi Ross

No creo que sean muchos los que conozcan que en 1940 quisieron clausurar el cabaret Tropicana. Sacerdotes del colegio de Belén, que colindaba con el centro nocturno, y varios vecinos de la zona, encabezados por Francisco Xavier de Santa Cruz y Mallén, Conde de San Juan de Jaruco, solicitaron a Ortelio Alpízar, alcalde de Marianao, su cierre inmediato ya que, decían, resultaba una ofensa a la moral de la barriada y atentaba contra el descanso de los alumnos. Con su pedido ponían en tres y dos a la máxima autoridad municipal, pues él mismo había acreditado  la apertura del cabaret el 31 de diciembre de 1939.

EDEN CONCERT

Aunque con el correr de los años, Martín Fox, un apostador oriundo  de la ciudad central de Ciego de Ávila, que quiso hacer e hizo fortuna en La Habana, introduciría en Tropicana múltiples reformas y mejoras, ese después afamado centro nocturno es obra de Víctor de Correa, un ítalo-brasileño que se radicó en esta capital en 1931. Venía de Panamá, donde, como cajero del cabaret Overtop, se había adiestrado en el manejo de bares y night club, y ya aquí puso en práctica todo lo aprendido con la fundación del cabaret Eden Concert, que hizo época en sus días. Lo concibió al aire libre, entre las ruinas de lo que fuera la sede del Círculo del Partido Liberal –Zulueta entre Ánimas y Virtudes- destruido por un incendio el 20 de mayo de 1925, justo el día en que un presidente liberal, Gerardo Machado y Morales, tomaba posesión de su cargo.

            Se gestaron allí espectáculos fabulosos. Correa seleccionaba a sus artistas con verdadero acierto y muchos de ellos no tardaron en convertirse en grandes figuras internacionales. Tal fue el caso de Rita Conde, una vedette de 17 años de edad, a quien Correa lanzó a la fama y allanó el camino de Hollywood con un show que contó con la música de Alfredo Brito y coreografía de Sergio Orta.

VILLA MINA

En Marianao, a la altura de la calle 72, había una finca de recreo propiedad de Regino Du Rapaire Truffin. La bautizó Villa Mina en honor de su esposa, Nieves Altuzarra Pérez Chaumont. Eran personas de la alta sociedad. Truffin, nacido en Cuba de padre francés, fue cónsul de Rusia en La Habana y presidente de la Cuban Sugar Corporation y del Havana Yacht Club. Las hijas del matrimonio estaban casadas, una con Clemente Vázquez Bello, presidente del Senado de la República en tiempos de Machado y que sería víctima de un atentado en 1932, y la otra, con el millonario Tirso Mesa. Truffin murió alrededor de 1925 y,  años después Mina contrajo matrimonio otra vez, con un senador  norteamericano, pero volvió a enviudar enseguida: el hombre falleció durante la misma noche de bodas. Es entonces que decide arrendar la finca.

            Víctor de Correa quería salirse de La Habana y buscaba un lugar retirado para lanzarse de lleno a una aventura “diferente, novedosa y sensacional”. Visitó la finca y le gustó la gran mansión rodeada de un bosque tropical de maravilla;  el sitio ideal para convertirlo en un oasis del placer y del juego. No lo pensó dos veces y entró en arreglo con la propietaria. Alfredo Brito y Sergio Orta lo acompañarían en la nueva empresa.

            Dicen algunos que el cabaret, inaugurado en la noche de San Silvestre de 1939, se llamó en sus inicios Boite de Nuit, pero eso es poco probable ya que ese no es sino un nombre genérico. Una antigua empleada aseguraba haber visto en el Registro de la Patente Fiscal la inscripción del cabaret como Tropicana Night Club, pero ese documento no se ha localizado. El nombre de Tropicana, se afirma, es idea de Alfredo Brito que, a pedido de Correa, escribió una melodía con ese título para que sirviera de opening. Pero eso tampoco es seguro pues alguien muy cercano al músico afirmó  que Tropicana es el nombre de una producción que se montó en el Eden Concert –con música de Brito, por supuesto-  y que fue Orta, el coreógrafo, quien lo sugirió como nombre para el cabaret de Marianao.

BALLET RUSO

Por aquellos días andaba anclado en La Habana el prestigioso Ballet Ruso de Montecarlo, dirigido por el coronel Bazil. Lo había traído la Sociedad Pro-Arte Musical para presentarlo en el Teatro Auditorium (actual Teatro Amadeo Roldán) y si bien gozó de buena crítica y fue visto por no poco público, fue un fiasco económico por el alto costo de producción del espectáculo. Aquella compañía, en la que figuraban bailarinas que clasificaban entre las mejores del mundo, quedó varada en la Isla y sin posibilidades de regresar a Europa ya que no había sacado ni para el pasaje.

            Y ahí fue donde a Correa se le encendió la chispa y quiso y logró que ese elenco de estrellas bailara en Tropicana al compás de los tambores de Chano Pozo, el tamborero más grande del mundo. A cambio de garantizar al Ballet los boletos de retorno, Correa haría realidad su más cara ambición: lanzar la revista musical Conga Pantera, algo no visto antes en Cuba.

            Encargó la música al genial  Gilberto Valdés,  el compositor de Tambó. La coreografía a Sergio Lifar y David Lichini. La orquesta sería conducida por Alfredo Brito, y Chano Pozo estaría al mando de los tambores batá.  En el escenario, junto a un centenar de bailarinas y bailarines cubanos, Ivón Lebrand, Nina Verchinina y Ana Leontieva, entre otras integrantes del Ballet Ruso, se moverían al ritmo de una música alucinante y lujuriosa.

LA PROTESTA

Dicen que fueron los tambores de Chano los que sacaron de quicio a los jesuitas de Belén y al Conde de San Juan de Jaruco, pues en los meses precedentes nadie objetó la existencia del cabaret. El alcalde de Marianao, a quien acudieron los demandantes, no halló razones de peso en sus alegatos para determinar la clausura de Tropicana. Pero como se ejercían presiones y se movían influencias, tomó la decisión salomónica de recomendarles que hicieran la denuncia en el juzgado correccional correspondiente. Como los fallos de esa instancia judicial eran inapelables, si el juez se pronunciaba a favor de la demanda, se le revocaría el permiso al centro nocturno.

            El día de la vista, el juez Rigoberto Cabrera, joven, de pelo negro y aspecto cordial, se situó en su estrado. A su derecha se ubicaron la representación del colegio de Belén y el Conde San Juan de Jaruco a nombre de los vecinos. A la izquierda, Víctor de Correa, asistido por su abogado, el doctor Carlos M. Palma. En la audiencia se agolpaban familiares de los estudiantes y no pocos de los trabajadores de Tropicana.

            El secretario del juzgado dio lectura al acta de denuncia. Hablaron los sacerdotes y el Conde. Palma, a su turno, reconoció que los demandantes podían haberse opuesto no solo a la apertura del cabaret, sino a su continuidad, que tenían el tiempo y el derecho que les concedía la ley para haberlo hecho, pero como no lo hicieron en el momento justo ya ese tiempo y ese derecho estaban caducados. No veía motivo, añadió, para que por un ruidito de más durante las noches se privara a La Habana de lo que iba siendo ya una de sus grandes atracciones. El cierre de Tropicana llevaría a sus trabajadores al desempleo y al hambre, adujo, y como el Conde de San Juan de Jaruco había dicho en su deposición que la música del cabaret no lo dejaba dormir de noche, le recomendó que durmiera de día.

            Al final, el juez Cabrera, en atención a los argumentos incontrovertibles de Palma, dictó fallo absolutorio. Tropicana mantendría abiertas sus puertas y a nadie más se le ocurriría solicitar su clausura.