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La trompetilla

La trompetilla

Ciro Bianchi Ross

 

En la serie de “muñequitos” que pasa ahora la Televisión nacional  con el título de Súper B; Otra B, el  Emperador sufre perretas colosales al advertir que el  cubano hace producir sus fábricas, cosecha la tierra, exporta, recibe visitantes… y como no le da su “gana americana” de que así sea, toma medidas radicales y urgentes para evitarlo. Pero el cubano se las arregla para salir adelante, se sale siempre con la suya y alguna que otra vez se burla de su poderoso enemigo y su plan anticubano con la criollísima trompetilla.

BANDERITA DE RIDÍCULO

Durante décadas el cubano se valió de ese húmedo y sonoro recurso para burlarse  y hacer mofa de aquellos que “se pasaban de rosca y causaban daño con sus estridencias”. Era expresión de una crítica cruel, pero eficaz y certera que dejaba fuera de combate a quien la merecía. Filósofos de café con leche, retóricos de parque, filomáticos de esquinas y políticos demagogos fueron sacados del aire, al menos de momento, con una buena trompetilla que “enfriaba, desarmaba y reintegraba a la realidad a los que sin darse cuenta habían salido de ella”.

            Decía Eladio Secades en una de sus Estampas que el cubano inventó la trompetilla a fuerza de necesitarla, y añadía que casi todos los errores que aparecen en nuestra historia fueron trompetillas que se dejaron de tirar. Para Jorge Mañach, la trompetilla desinflaba y bajaba los humos de personajillos extranjeros de arribazón, ganosos de remozar  un prestigio raído en su país  y que llegaban aquí, con aires de suficiencia, como a tierra conquistada. Y también al nativo, que debía pensarlo tres veces antes de engreírse.

            Precisaba el autor de Indagación del choteo:

            “El arma de emergencia para esos casos suele ser la trompetilla. De todo el repertorio hasta ahora conocido de emisiones o ademanes despectivos, es ese el más humillante, acaso por ser también el más cargado de alusiones abyectas. No hay gravedad, por imperturbable que sea, en la que no cale de momento esa estridente rociada de menosprecio. Su eficacia está en su misma falta de violencia, en lo disminuyente que resulta su propio tono disminuido. Cualquier otro ademán de burla o desdén –sacar la lengua, negar el saludo, escupir al paso- conlleva una agresión directa ante la cual se hace fuerte la dignidad agredida.

            “En cambio la trompetilla, por más oblicua y lejana, parece desarmar y hasta disolver  por el momento la dignidad a que se dirige. Es una mínima saeta que se clava siempre en el blanco –en el centro de gravedad- flameando una banderita de ridículo…”

RUBRO EXPORTABLE

Si se busca en cualquier diccionario el significado del término, se encontrará que se llama trompetilla al embudillo de metal que suelen usar los sordos para oír. También a cierto cigarro filipino de forma cónica. Y se dice mosquito de trompetilla de aquel que deja escuchar su zumbido cuando vuela.

            Ninguna de esas acepciones concuerda con la que le damos aquí. El sonido que, imitando  al de una trompeta,  se emite con el puño cerrado puesto en la boca. Por tanto tiene razón Eladio Secades. Trompetilla,  en esa acepción, es voz cubana, y aunque Fernando Ortiz no la incluye en su Nuevo catauro de cubanismos, sí lo hace Esteban Pichardo en su Diccionario provincial casi razonado de voces y frases cubanas, libro que alcanzara su cuarta edición en 1875, lo que da una idea de la antigüedad del término.

            Es pues tan criolla  como el son y fue durante décadas, según Secades, uno de nuestros principales  rubros exportables. Salvo José Raúl Capablanca y Kid Chocolate, nada de Cuba llegó en su tiempo tan lejos como la trompetilla.

            Porque de La Habana, en tiempos del presidente Alfredo Zayas (1921-25) la trompetilla pasó a Panamá y, gracias al tráfico interoceánico, saltó de esa nación centroamericana a todos los continentes antes de que el cine made in USA la santificara. Decía  Secades: “He aquí un triunfo cubano del que nadie ha querido hablar”.

ARDE TROYA

A ese país  arribó a cuesta de una nutrida delegación deportiva cubana en una época en que, en bares y cafés de la capital istmeña,  cierto prohombre alcoholizado retenía por la fuerza a amigos y parroquianos a fin de que le escucharan sus largas y afectadas declamaciones. A veces, en un arrebato de lirismo,  se aferraba, con las manos crispadas,  a las solapas de uno de sus oyentes y le colaba sin vacilar una tirada lírica de Juan de Dios Peza… “Los pobres panameños, recordaba Secades, de quien tomo la anécdota,  padecían a aquel hombre sin encontrarle solución”.

            Cierta noche  recitaba el tipo en un bar  el famoso “Nocturno” de José Asunción Silva, cuando entró  al establecimiento uno de aquellos cubanos de la delegación deportiva que, de paso para el hotel, carenó allí para beber el penúltimo trago. Rodeaba al declamador una corte de víctimas que, para halagarle, ensayaba dramáticos gestos, ora de aprobación, ora de asombro. Se golpeó el pecho con los dos puños el recitador, abrió los brazos y dejó oír muy despacio:

Contra mí ceñida toda, muda y pálida…Como si un presentimiento de amarguras infinitas

Hasta el más secreto fondo de las fibras se agitara…

Y ahí mismo ardió Troya  porque desde uno de los ángulos del salón brotó un ruido áspero, prolongado, escalofriante. Como el que se produce al arrastrar una silla en el silencio de la noche o al abrirse la puerta de un escaparate nuevo.

“El hombre de mi historia se congeló de los tobillos a las narices y sintió como si de pronto todo el alcohol se le hubiera escapado del cuerpo –concluía el autor de Estampas. Sacó la pistola y empezó a buscar a quien tenía que matar. Pero la carcajada era unánime y el destino le había colocado en la tremenda disyuntiva de la resignación o la masacre.

“Esa fue la primera trompetilla que se tiró en Panamá. Los cubanos arrojamos tan peligrosa semilla…”

¡FO!

Cuando yo era niño existía una broma, de pésimo gusto y peor olor, que a diferencia de la trompetilla, que afectaba solo a la persona a la que se dirigía, perjudicaba a todos. Era la flor de pedo, que por elegancia idiomática llamaremos aquí bombita de peste.

 Tres o cuatro de esas bombitas, bien aplastadas en el piso de concreto de un cine de barrio, ponía a correr al pinto de la paloma. No había forma de permanecer en la sala.  El olor se adueñaba del ambiente, asfixiaba,  ponía a todos al borde del vómito y se quedaba allí, flotando, durante largos minutos. Lo peor era que, aun  transcurrido ese tiempo, se  tenía  la sensación de que uno se había impregnado de aquel olor repugnante e iría por ahí expandiéndolo.  Aquello no era una broma. Era un estropicio. Ante el alboroto,  encendían las luces del cine,  se interrumpía la proyección de la película, y usted esperaba para volver a entrar o regresaba a su casa y perdía su dinero.

            A diferencia de Enrico Caruso, a quien en 1920 pusieron aquí  una bomba de verdad, aunque causó más ruido que daño, el tenor mexicano José Mojica fue víctima en la Habana de 1931 de aquellas florecitas.

            Si bien la prensa se dio por hacerle imposible la vida a Mojica  durante su estancia cubana, su presencia fue acogida con júbilo por el público que lo conocía muy bien gracias a sus películas, entre ellas la titulada El precio de un beso. La noche del estreno (14 de diciembre) el Gran Teatro de La Habana estaba a reventar y el artista, al salir al escenario, fue recibido con una verdadera tempestad de aplausos. Interpretaría la Invocación del Orfeo, de Peri, la  Salve Dimora del Fausto, de Gounod, la Donzella fuggie, de Cavalli…  Todo iba viento en popa hasta que, desde la escena, advirtió  que el público se levantaba y salía apresuradamente. Los espectadores se cubrían la nariz con pañuelos, tosían y gesticulaban. Puntualiza el tenor  en su autobiografía: “Todo el recinto era bullicio y desorden. Hasta mí llegaba el picante olor de las bombas lacrimógenas”. Que eran de otra cosa. Agrega: “Quince minutos se suspendió el concierto, y, con la atmósfera viciada por los gases, se reanudó el programa”.

            El artista ofreció seis conciertos en La Habana y otro más  que fue de homenaje y despedida. Cobró mil dólares por cada uno de ellos. Cuando comparamos dicha cantidad con lo que devengan hoy los grandes tenores, aquellos mil dólares  podrán parecernos ridículos. Pero era una suma exorbitante en su época. Mojica, de concierto en concierto y de película a película, se hizo millonario, hasta que,  en marzo de 1943, aquel hombre hecho al calor de las ovaciones, se retiró del mundo. Se ordenó sacerdote con el nombre de fray José Francisco Guadalupe  e hizo voto de pobreza. Murió en un monasterio de Perú, el 20 de septiembre de 1974, a los 79 años de edad.

            Ya sabe. La trompetilla es cubana. Y hecha  sonar a tiempo, decía Secades,  es peor que un tiro. Expresión de un choteo que le sale al paso, desarma y le baja los humos a cualquiera. Incluso a Súper B.

             

              

             

     

           

           

           

           

           

           

El niño perdido

El niño perdido

Ciro Bianchi Ross

 

¿Sabía usted que en Trinidad muchas familias, ante el advenimiento del primogénito,  piden prestada la estatuilla de El niño perdido para, con luces y oraciones, mantenerla durante varios días cerca de la cuna del recién nacido?

            Es una  efigie enigmática, de color caoba y  apenas cinco centímetros de largo. Semeja a un infante que duerme y desde su aparición se le tiene como milagrosa. Durante mucho tiempo se le mantuvo en una cuna de plata hasta que un hábil joyero le confeccionó otra de oro, que todavía conserva.  Ese artífice se empeñó en saber de qué material estaba hecha y raspó la figura en una axila. Pagó con la ceguera su irreverencia. 

            La imagen  apareció en Trinidad en los primeros años del siglo XIX. La ciudad se transformaba entonces  gracias al alza de los precios del azúcar, rubro importante de la economía trinitaria, y los Borrell, los Bécquer, los Iznaga…   rivalizaban entre sí a fin de dejar en  claro quién de ellos era el más poderoso y rico. Se construían palacios y casas solariegas. Las calles empezaron a ser de piedras y se cubrían las aceras con losas de Bremen. Los sectores de menos recursos, favorecidos de alguna manera con el auge azucarero, tampoco querían quedarse atrás y remozaban  sus viviendas. Del barro pasaban al mampuesto y el techo de tejas sustituía a  la cobija de guano. Fue en una humilde casa del barrio de La Cantoja donde apareció el icono.

            Porque el viejo José María Cañón se empeñó en restaurar su morada y, mientras rompían una roca enorme para nivelar los pisos, saltó del interior de la piedra  la diminuta figura.

            -¡Es un niño Jesús! –exclamó Cleto Gascón, un mestizo de unos siete años de edad, y se apoderó de ella, pero sus compañeritos de juego, que también seguían el quehacer de los albañiles, se empeñaron en arrebatársela. Cleto se defendió todo lo que pudo y cuando comprendió que perdería su tesoro, lo arrojó a la manigua cercana, donde lo buscó y encontró al día siguiente.

            Pronto la noticia  se extendió  por la localidad y la vecinería empezó a visitar  la casa de Cleto, ansiosa de ver la pieza y escuchar el relato del hallazgo.  La gente le atribuyó poderes milagrosos  y la bautizó con el nombre por el que se le conoce. En esa casa estuvo hasta que, en 1813,  el padre Valencia, fraile franciscano muy querido y respetado en la comunidad por sus obras caritativas, la  pidió  para que se le venerara en el templo de San Francisco y la bendijo,  pero la devolvió a sus propietarios cuando, al cabo de dos años, supo que sería trasladado a Camagüey.

            Desde entonces,  El niño perdido se ha mantenido bajo la custodia de los descendientes de Cleto. Y viajó a España, con doña Asunción González Llorente de Torrado, para que le confeccionaran la cuna de oro.  Cristina Gascón lo cuidó hasta su fallecimiento y lo hizo también su hija Josefina hasta que pasó a manos de Esther, que en la actualidad guarda la estatuilla junto con los ricos obsequios que ha recibido en agradecimiento a  sus bondades.

DE AMOR Y DE MUERTE

Esa y otras historias están ahora al alcance del lector gracias a las crónicas que Manuel Lagunilla Martínez recogió en su libro Trinidad de Cuba: tradiciones, mitos y leyendas, publicado este año por la editorial Luminaria, de Sancti Spíritus. Un volumen de apenas cien páginas con relatos de amor, celos, muerte, venganzas, odios… que perviven en el imaginario colectivo de esa villa, una de las primeras que fundaron los españoles en la Isla, y forman  parte de su encanto.

            El autor quiso que, a partir de su libro, el visitante se acerque a Trinidad también por el costado de sus tradiciones. Que al doblar por el callejón de Galdós imagine el cuerpo inerte del marqués de Guáimaro acribillado a perdigonazos por un esclavo pagado por su esposa. Que vea esfumarse al pícaro bandido Caniquí ante  las mismas narices de sus perseguidores. Que escuche los dulces lamentos de una mujer condenada por su esposo al encierro eterno en el penúltimo piso de la torre de Manaca-Iznaga.

            Cuánto de realidad y ficción hay en esas historias, es algo que no debe preocuparnos. Las leyendas son  relatos desfigurados por la tradición que tienen siempre un fondo de verdad. Alguien las escribe en un momento dado, pero antes recorrieron  ya, de boca en boca, un largo camino de fantasías y distorsiones. Se impone entonces seguir dándoles vueltas, añadiéndoles nuevos anillos para que mantengan la vida de su fulguración.

            Sucede así con la historia de Ma Dolores que Lagunilla inserta en su libro. Frente ya al pelotón de fusilamiento, los ángeles la rescataron de la muerte. O con la de la mujer aquejada de demencia senil, que volvió a sus cabales después de resucitar. Hernán Cortés fue el primer pirata  que asoló el Caribe, asegura el escritor y hay que creérselo.

Cortés, ya se sabe, fue el fiero sometedor  de los aztecas. Pasó por Trinidad antes de iniciar su misión, y allí, con su estandarte negro bien clavado en el centro de la Plaza Mayor, ordenó pregonar su llegada y anunciar el  propósito de conquistar la Costa Firme. Prometió grandes riquezas a quienes lo acompañaran y compró caballos y puercos y tocino y casabe para la aventura.

            En eso estaba cuando se enteró de que cerca de las costas trinitarias pasaba un navío cargado de víveres y ordenó que una carabela bien armada lo persiguiera y abordara. Llevaba la embarcación, en efecto, cuatro mil arrobas de pan, mil quinientos tocinos y muchas gallinas, de los que Cortés se apropió  para iniciar así la piratería en estas aguas.

PALACIO QUE NO ES

Dice Lagunilla que el  más bello  palacio que hubo en Trinidad fue el del norteamericano John William Baker Smith que allí,  y ya como súbdito español, pasó a llamarse Juan Guillermo Bécquer Smith. Un naufragio lo había empujado hacia las costas de la región y en la ciudad se hizo rico gracias a sus habilidades como comerciante y a la trata negrera. Fue entonces que, en medio de la fiebre constructiva que propició el auge de los precios del azúcar, se dio a la tarea de construir, para vivirla, una  fabulosa morada, la más lujosa de la Isla en su tiempo.  Un palacio de dos plantas  con balcón corrido e incrustaciones de oro y marfil en las paredes interiores. Las escaleras, que parecían suspendidas en el aire, llevaban a una hermosa torre con el  mirador coronado por una cúpula.

            Bien pronto comenzaron los comentarios. Las familias más antiguas y pudientes no perdonaban el boato del nuevo rico. Y Pedro Iznaga Borrell comentó que Bécquer no tenía suficiente dinero para terminar su obra. Un palacio por otra parte,  añadía Iznaga, en cuya edificación se estaban empleando materiales tan baratos que no perduraría en el tiempo.

            Enterado de lo que se decía, Bécquer quiso demostrar que sí tenía y ordenó levantar los pisos de mármol y sustituirlos por monedas de oro y plata en raras y caprichosas combinaciones. Las autoridades locales vieron en el gesto una ofensa al rey y a la Corona española y no se lo permitieron. El norteamericano se vio obligado a mandar a retirar las que ya habían sido colocadas. Hubo entonces un nuevo comentario de Iznaga: Al yanqui se le acabaron las monedas. Se empeñó en  usarlas y no pasó de la puerta.  Al tanto otra vez de lo que se decía, Bécquer volvió a mandar a poner las monedas. Si antes le impidieron colocarlas de cara porque se pisotearía la imagen del monarca, las situaría ahora de canto. Tampoco pudo hacerlo. Pero Iznaga, en parte, tenía razón. Por una causa  u otra  aquel palacio no perduró y de aquella mansión fastuosa solo se ve ahora, en la calle Real del Jigüe, cerca de la Plaza Mayor, una verja y una gran ventana.

ESTRENADA POR UN MUERTO

Tampoco tendría suerte con su casa colosal  don José Mariano Borrell y Padrón. La planeó en 1827 y tres años después la tuvo lista para vivirla. Era, dice Lagunilla en su libro, de sólidos muros, largos guardapolvos y elevado puntal. Cuatro ventanales y una puerta de caoba enorme  se abrían en la fachada principal. Zaguán para la entrada de los coches y la servidumbre. Espaciosas la sala y la saleta. En el centro del patio, una bellísima fuente de hierro, con dos tazas concéntricas, coronada por un cisne. La decoración más refinada y exquisita. Todo el espacio lucía claro, lleno de luz y aire, para rematar la sensación de esplendor y comodidad.

            Llegó así el día de la apertura  de la mansión. Don José Mariano esperaba a sus invitados, la flor y nata de la ciudad, cuando, en un decir amén,  el cielo se puso negro en un presagio de tormenta. Y entre rayos y truenos  comenzó a llover como nunca antes había llovido. A  esa hora un cortejo fúnebre que venía desde el barrio de Jibabuco pasaba frente al palacio. Como el agua  impedía continuar la marcha, los concurrentes, para pasar la tempestad,  buscaron refugio en la casona y colocaron el ataúd en medio de la sala. Aquello a don José Mariano le pareció de mal agüero.

            -¡Yo no vivo en una casa que ha estrenado un muerto! –dijo y ordenó cerrarla y ponerla en venta.

            Y fue de tan mal agüero que murió poco después y su palacio permaneció desahitado durante once largos años hasta que, en 1841, su heredero, José Mariano Borrell y Lemus Padrón de la Cruz Jiménez, marqués de Guáimaro, pudo venderlo.

            Pero antes, mucho antes, en 1801, habían pasado por Trinidad el barón de Humboldt y su inseparable amigo y colaborador, el botánico francés Bonpland. Fue aquella una visita científica. Los dos sabios observaron y anotaron en sus libretas todo lo que les pareció de interés acerca de la flora, los insectos, los caracoles, el suelo. Midieron la latitud y longitud de Trinidad, calcularon la altura de la loma de La Popa y reconocieron la caliza negra de las sierras trinitarias. La visita fue todo un acontecimiento. Portaban un pasaporte expedido por el propio Carlos IV, rey de España, y una carta de recomendación del marqués de Someruelos, capitán general de la Isla.

            Días después llegaba a La Habana el alcalde de Trinidad y fue a presentar sus respetos a Someruelos. El gobernador, hombre culto y refinado, se interesó por conocer los detalles de la estancia trinitaria de los europeos. Respondió el alcalde:

            -El barón y su amigo fueron recibidos con todo género de cortesías y atenciones, de acuerdo con su recomendación, Excelencia, pero no eran tan sabios como dicen… Nada. Es cierto aquello de cría fama y acuéstate a dormir.

            Perplejo, Someruelos exclamó con voz airada:

            -¡Explíquese usted!

            -Mire, Excelencia, los señores se pasaron todo el tiempo mirando el cielo y recogiendo caracoles…

            Ahorraremos al lector la respuesta de Someruelos. O que la busque en el libro Trinidad de Cuba: tradiciones, mitos y leyendas, de Manuel Lagunilla Martínez, cuya lectura nos place recomendar.

             

Vivir del "Chisme"

Vivir del  "Chisme"

Los 40 años de Ciro Bianchi en el periodismo demuestran que la historia es más creíble y humana cuando se baja de los pedestales por DANAY GALLETTI HERNÁNDEZ y MARIO CREMATA FERRÁN, estudiantes de Periodismo

El entrevistador por excelencia se convirtió en entrevistado. La habitual Tertulia «Barraca de Feria» que mantiene el periodista Ciro Bianchi Ross desde hace un año, el tercer jueves de cada mes, tuvo en la tarde de ayer una ligera variación.Un grupo de amigos encabezados por Jaime Sarusky —Premio Nacional de Literatura—, el escritor Leonardo Padura y el director de La Gaceta de Cuba, Norberto Codina, decidieron festejar las cuatro décadas en la profesión de este imprescindible en el periodismo cubano. «Hemos venido aquí, no a hacerle un homenaje al amigo, pues a su edad no está preparado todavía. Nos reunimos para conversar sobre determinados aspectos del periodismo, de la labor de Ciro, que escapa de los estereotipos, demuestra su responsabilidad con la historia y defiende la cultura sin dejar de producir textos amenos y bien escritos», expresó Padura. También se refirió a su trabajo en los diarios cubanos, en la Agencia Latinoamericana de Noticias Prensa Latina, en la revista Cuba, y a sus colaboraciones, pasando por todos los géneros y especializándose en las buenas entrevistas. «Ciro es sin discusión, un magnífico entrevistador. Su claridad es impresionante. Fue referencia para el periodismo literario que en los 80 hicimos un grupo de jóvenes», agregó.«Escribe libros de periodismo, pero no pensados como tal. Sus trabajos saltan de la vida efímera de un periódico o revista, hacia las páginas de una obra mayor, porque trascienden al universo literario y artístico». Por su parte, Jaime Sarusky destacó que Ciro logra una comunicación con el lector, y su manera exhaustiva de investigar llena los agujeros negros de nuestra memoria y enriquece enormemente los conocimientos históricos, particularmente los de la historia nacional no contada.Norberto Codina comentó acerca de sus colaboraciones para La Gaceta de Cuba por más de 20 años, con artículos nada superficiales. «Por el brillo de sus ojos tal parece que fue testigo de primera línea de los acontecimientos pasados que relata o cuenta. Es un enamorado de su profesión, de corazón caliente y un poco apasionado, con diálogo transparente y un periodismo decantado, sintético, altamente profesional». El agasajado habló de la que fuera su escuela: la revista Cuba Internacional. Para ella escribe hace 35 años, aunque sus primeros trabajos vieron la luz en el periódico El Mundo, allá por 1967, cuando tenía solo 18 años.Además, comentó sobre sus artículos para la revista Sol y Son, de la que fue fundador en 1986; de su crónica semanal en Juventud Rebelde desde hace un lustro, hasta la columna que inició hace muy poco en El Nuevo Día, de Puerto Rico.Infinidad de anécdotas como la odisea para entrevistar al escritor Gabriel García Márquez amenizaron la tarde. Después de varios intentos fallidos, logró su propósito, en un insólito lugar: el baño de la casa de modas La Maison.También contó detalles de sus encuentros con intelectuales de renombre como José María Chacón y Calvo, José Lezama Lima, Octavio Cortázar, Augusto Monterroso, el padre Ángel Gaztelu y el Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal Spengler, a quienes entrevistó.En conversación con este diario, Codina manifestó su pasión por la obra de Bianchi desde hace 30 años, y la satisfacción por haber sido su editor. Confesó compartir con él otras aficiones, como el gusto por la buena comida y la bebida.«Lo conozco desde fines de los 70, cuando empecé a publicar en El Caimán Barbudo. Desde entonces, mantenemos una sólida amistad y afinidad. Lo respeto muchísimo, y de alguna manera fue también mi «modelo». Ciro forma parte de esos grandes periodistas que ha dado Cuba; por ser una fuente de cultura, por el rescate a los olvidados, por su conocimiento de la técnica del periodismo, que a pesar de las revoluciones tecnológicas sigue siendo el mismo», dijo Padura a JR.Jaime Sarusky aseguró que el estudio sistemático de la obra de Ciro, ayuda a preparar a la joven generación de periodistas que necesitamos. «Él cuenta pequeñas historias que forman parte de la idiosincrasia del cubano, que no se pierden con el tiempo, reivindica esa memoria. Tiene la virtud de que la mayor parte de sus crónicas pueden desarrollarse y convertirse en magníficos guiones de cine».Los aportes de Ciro Bianchi a la cultura cubana son innegables. Decir 40 años de ejercicio profesional resulta fácil, pero mantenerse en esta profesión que el propio Sarusky calificara como la principal causa de infartos en el mundo, es una tarea de grandes.

 

Calles de La Habana

Calles de La Habana

Ciro Bianchi Ross

 

La Calzada de Monte se llama Máximo Gómez, y la de Reina lleva el nombre de Simón Bolívar. Como Finlay se rebautizó la vieja calle de Zanja, y Belascoaín se denomina Padre Varela. Pero ¿cuántos son los habaneros, viejos o jóvenes, que aluden a esas vías por su nomenclatura oficial?  Pocos en verdad, aunque los documentos y las tabletas que las identifican insistan en recordarnos que Teniente Rey, Zulueta, Concha y Estrella se llaman Brasil, Agramonte, Ramón Pintó y Enrique Barnet, respectivamente.

            ¿Se ha puesto usted a pensar en el nombre que lleva su calle y por qué? Algunas se identifican con letras, otras con números. Esa manera tan racional de distinguir las calles comenzó a emplearse aquí a partir de 1858 cuando la estancia El Carmelo se convirtió en barrio residencial. Comprendía 105 manzanas que se ubican entre el río Almendres y la actual calle Paseo y desde la calle 21 hasta la línea de la costa.

            Esos terrenos adquirieron mayor importancia un año más tarde, cuando el conde de Pozos Dulces y sus hermanas obtuvieron la autorización para parcelar su finca El Vedado y quedó dividida en las 29 manzanas que se extienden desde  las calles G y 9 hasta los límites de El Carmelo. Fue entonces que surgió la manzana como hoy la conocemos, con sus cien metros por cada costado. Por la calle Línea, que fue la primera en trazarse en la zona, circularon tranvías tirados por caballos, vehículos que fueron sustituidos por la “cucaracha”, maquinita de vapor que sobrevivió hasta 1900, cuando entró en servicio el tranvía eléctrico.

A CAPRICHO

El nuevo sistema de los números y las letras no sustituyó del todo el modo antiguo y más pintoresco que se empleó en La Habana Vieja y sus primeras ampliaciones, y en el que las calles recibían su nombre a capricho, bien por el de un vecino, una persona célebre o un suceso que había despertado interés o también por una iglesia, un comercio o un árbol.

            Así, la calle de Aguacate tiene ese nombre por un árbol de ese fruto que se plantó en el huerto del antiguo convento de Belén. Águila, por la imagen de ese animal pintada en una taberna que existió en dicha calle. Lealtad, por la cigarrería de ese nombre, y Alcantarilla, por la que se abrió en las inmediaciones del Arsenal. No faltaba la ironía a la hora de las denominaciones. Tal es el caso de Economía. Sucedió que un tal Cándido Rubio, propietario de un taller de madera, fabricó en esa calle, con tablas de desecho y los mayores ahorros, una serie de viviendas destinadas al alquiler.

            San Rafael no siempre se llamó así. Se le conoció antes como Del Monserrate porque conducía a la puerta homónima de la Muralla, y se denominó también De los Amigos y Del Presidio por el que existía donde se levantó después el teatro Tacón, hoy Gran Teatro. Neptuno debe su nombre a la fuente de esa deidad emplazada donde la calle hace esquina con Prado; se llamó también De San Antonio y De la Placentera. Suárez, que recibió ese nombre en honor de un cirujano mayor del Hospital Militar, fue la calle del Palomar, por uno que allí había, propiedad del Tío Domínguez. Cervantes fue el nombre original que tuvo la calle Cienfuegos, y no para que sirviera de recuerdo al gran escritor español, sino por el periodista cubano Tomás Agustín Cervantes, director de El Papel Periódico de la Havana.

RÓTULOS Y NÚMEROS

Fue el despótico capitán general Miguel Tacón, gobernador de la Isla, quien acometió la pavimentación y rotulación de las calles habaneras, y también la numeración de los locales.

            Lo dice en el documento en el que hizo el resumen de su mandato: “Carecían las calles de la inscripción de sus nombres y muchas casas de número. Hice poner en las esquinas de las primeras tarjetas de bronce y numerar las segundas por el sencillo método de poner los números pares en una acera y los impares en otra”.

            Eso ocurrió entre 1834 y 1838. No volvería a rotularse ni a enumerarse en La Habana hasta 1937.

            Dice el historiador Emilio Roig de Leuchsenring que tras el cese de la dominación española en Cuba, el Ayuntamiento habanero comenzó a cambiar los nombres de las calles de manera caprichosa e inconsulta, sin obedecer orden, plan ni sistema alguno, sino en respuesta a intereses personales, vanidades, razones políticas y adulonería. A veces, reconoce el historiador, el Ayuntamiento actuó movido por la buena voluntad. Pero siempre cada cambio provocaba la protesta del vecindario.

            Fue el propio Roig, en 1935, quien propuso que se les restituyera a las calles habaneras sus nombres antiguos, tradicionales y populares, siempre que no hirieran el sentimiento patriótico cubano. Los nombres de próceres o de celebridades nacionales de la cultura y la ciencia con los que se rebautizaron esas calles, debían reservarse, a juicio de Roig, para calles nuevas o todavía no nombradas. Proponía además que no se diese a ninguna calle, calzada o avenida el nombre de ninguna persona viva o que no tuviese al menos diez años de fallecida, y que no quedara al arbitrio de los dueños de las nuevas urbanizaciones la denominación de sus calles. En buena medida los argumentos de Roig tuvieron aceptación en las autoridades municipales.

            En definitiva, nadie llamó Avenida de la República a la Calzada de San Lázaro, ni José Miguel Gómez a la calle Correa, en Santos Suárez. La Avenida de México sigue siendo Cristina, y Neptuno nunca ha sido Zenea, como Palatino no fue Cosme Blanco Herrera ni San Rafael, General Carrillo. O’Reilly siempre fue O’Reilly y no Presidente Zayas, como se leía en sus tarjetas, y no creo que nadie recuerde ya que Trocadero fue alguna vez América Arias. Gerardo Machado hizo bautizar con su nombre la calle 23, en el Vedado, y Línea, en tiempos de Batista, comenzó a ser llamada Doble Vía General Batista, y ya sabemos lo que pasó.

EL MALECÓN

Algo similar sucede con el Malecón habanero. Recibió en sus orígenes, en los albores del siglo XX, el nombre de Avenida del Golfo en su tramo primitivo, aquel que se extiende entre  el Castillo de la Punta y el monumento a Maceo.

            Después a ese tramo se le llamó, sucesivamente, Avenida de la República, Avenida del General Antonio Maceo, Avenida Antonio Maceo. Eran los tiempos en que esa vía, la más cosmopolita de la urbe, llegaba justo hasta la estatua del prócer. A partir de 1936 se fue extendiendo hasta la desembocadura del Almendares y los nuevos tramos recibieron los nombres de Avenida de Washington, Avenida Pi y Margall y Avenida Aguilera.

            Pero no hay quien los identifique para llamarlos así, si es que aún tienen esos nombres, y todos, habaneros y no, aluden a esa vía por el genérico y popular nombre de Malecón. Así ha sido siempre y así será.

Los sucesos del Prado

Los sucesos del Prado

Ciro Bianchi Ross 
E
L coronel Aurelio Hevia, secretario (ministro) de Gobernación llamó a su despacho al brigadier general Armando de la Riva, jefe de la Policía Nacional y le transmitió una orden terminante: debía acabar con los juegos de azar que poco a poco iban generalizándose en la Isla y sobre todo en La Habana.—Estoy de acuerdo con perseguir el juego, Señor Secretario, pero me gustaría comenzar por la gente grande; no por los infelices que carecen de influencia —respondió Riva y sin sospecharlo firmó con esas palabras su sentencia de muerte. Poco después, el siete de julio de 1913, era abatido a balazos mientras paseaba por el Prado, sin escolta, en compañía de sus dos hijos pequeños. Dos balas lo alcanzaron en el vientre y otra en pleno rostro. Llegó vivo al hospital e hizo declaraciones al juez especial Federico Edelman.—El tiro de la cara me lo disparó Arias, y el del estómago, Asbert. Vidal Morales también me disparó...— ¿Está seguro? —inquirió el magistrado.—Seguro. Lo juro por la vida de mis hijos y por la mía, que se me va yendo.Falleció el día 9. Sus agresores no fueron gente cualquiera. Ernesto Asbert era el Gobernador de La Habana, y Vidal Morales, Senador por Camagüey, en tanto que Eugenio Arias desempeñaba un acta de Representante a la Cámara. En el juicio, Morales fue absuelto, y el tribunal condenó a Asbert y a Arias por los delitos de atentados a agente de la autoridad y homicidio. Se les recluyó en el Castillo del Príncipe, pero pasarían allí poco tiempo pues una ley de amnistía los favoreció.LOS PROTAGONISTASAl ocurrir los sucesos, Ernesto Asbert estaba en el candelero de la popularidad. En el Ejército Libertador había peleado bajo las órdenes de Maceo y de Máximo Gómez, y terminó la contienda con grados de Coronel. Alcanzaría los de General durante la guerrita de agosto de 1906 contra el presidente Estrada Palma. En 1908 resultó electo, por el Partido Liberal, Gobernador de La Habana, y cuando para las elecciones de 1912 se le suponía uno de los posibles presidenciables por esa organización política, se viró con fichas y se sumó a la Conjunción Patriótica Nacional, liga de liberales y conservadores que llevó a Menocal a la presidencia, mientras que era reelecto como Gobernador de La Habana, y reasumía su cargo apenas cinco meses antes de los trágicos sucesos del Paseo del Prado.Armando de la Riva provenía también de las filas independentistas. Combatió bajo las órdenes del general Calixto García y este reconoció su comportamiento heroico en la toma de la ciudad de Las Tunas. También bajo el mando de García integró la brigada volante en la batalla de Santiago de Cuba. Era uno de los generales más jóvenes del Ejército Libertador. Tenía un título de abogado y fue magistrado de la Audiencia de Camagüey y sirvió luego al Poder Judicial en Pinar del Río. El presidente José Miguel Gómez lo llamó de nuevo a la vida militar y al crearse el Ejército Permanente lo designó jefe de la Brigada de Infantería. Asumió después la jefatura de la Policía Nacional.VERDADEROS GARITOSRiva comenzó a actuar según las órdenes del Secretario de Gobernación. Cuando se supo que en el Ateneo de Prado y Neptuno se jugaba al prohibido, sus subordinados no pudieron proceder a causa de la gente poderosa que allí concurría, y el propio General se vio precisado a intervenir personalmente en el asunto, y pese a que algunos implicados gozaban de inmunidad parlamentaria, los metió de cabeza en la estación de policía. La cosa subió de tono cuando decidió poner fin a las bancas de juegos de los círculos “Ernesto Asbert” y “Julián Betancourt”. Este personaje que dirigía a la sazón el diario La Época, hizo publicar en su periódico una nota con el título de “Una cobardía más del afeminado jefe de la Policía”, en la que acusaba a Riva de cobarde y de cundango, palabreja que ya imaginará el lector lo que significa.Asbert, en cambio, acogió la irrupción de la Policía en su Círculo con aparente calma. Consultado por el Diario de la Marina al respecto, la estimó un incidente baladí. Riva, por su parte, fue muy enérgico en sus declaraciones a la prensa. Habló del respeto que la Policía debía a los políticos y aseguró que no se inmiscuía en aquellos Círculos donde se jugaba con corrección y discretamente. “Pero lo que pasaba en los Círculos de Asbert y Betancourt entraba de lleno en la clasificación de garitos inmundos. Las bancas estaban subarrendadas a croupiers de la más baja especie y de allí salían ganchos a atrapar puntos para explotarlos”. Aseveró que no renunciaría, como se aseguraba, a su jefatura, y no ocultó su alegría por la declaración de Asbert en la que desmentía haber escrito al Presidente de la República protestando por la “sorpresa” de la Policía en su Círculo. Puntualizó Riva sobre eso: “Yo lo esperaba, porque otra cosa sería un acto impolítico... El general Asbert tiene una vida pública muy brillante para suicidarse políticamente con un acto tan impropio como esa carta”.EL TIROTEOLos ánimos estaban caldeados. El día de la tragedia, Armando de la Riva vio desde el coche donde, Prado arriba y Prado abajo, paseaba con sus hijos, cómo el portero del Círculo “Ernesto Asbert” alardeaba del pavoroso revólver que llevaba a la cintura. Mandó que lo desarmaran y detuvieran. Cuando era conducido a la Estación, el portero vio acercarse el automóvil de Asbert, hizo señas para que se detuviera y le explicó lo sucedido. El Gobernador y sus acompañantes, los parlamentarios Arias y Vidal Morales,  no ocultaron su desagrado. En eso se aproximó el coche del general Riva, que subía por Prado en busca del Parque Central. Al verlo, Asbert y los congresistas descendieron del vehículo y lo increparon. La discusión subió de tono. Asbert golpeó a Riva en el estómago y Arias le dio otro puñetazo. Entonces sacó su revólver y le disparó, y Riva ripostó con el suyo. Un Capitán de la Policía acudió en defensa de su jefe y el tiroteo, a pecho descubierto, se prolongó hasta que Riva fue herido en la cara.Asbert negó haberle disparado a Riva. Su pistola belga, que presentó en el juzgado, no tenía señales de que hubiera sido utilizada.El Gobernador declaró que había tratado de contener a Arias, y que no pudo conseguirlo. El historiador Gerardo Castellanos, en su Panorama histórico (1934) asegura que no se pudo probar que Asbert disparara. Y de la misma opinión es el periodista Cuéllar Vizcaíno en su libro Doce muertes famosas (1957). Pero la sala de Vacaciones del Tribunal Supremo lo condenó, al igual que a Arias, a doce años de privación de libertad. Culpable o no, con la condena de Asbert liberales y conservadores quitaban del medio a un político hábil y demasiado popular.En octubre de 1914, la Cámara aprobó una ley de amnistía a favor de Asbert y de Arias, y Menocal la vetó. Pese al veto presidencial, el Senado, en uso de sus prerrogativas, aprobó la amnistía en febrero de 1915 y ambos quedaron en libertad. Asbert volvió a la política y fundó el Partido Unión Liberal, pero su momento había pasado y nada volvió a ser como antes.En 1954 la revista Bohemia lo entrevistó en su modesta casa de San Miguel 655, donde vivía y pagaba alquiler desde 1904. Se acercaban las espurias elecciones de ese año y declaró que ni Grau ni Batista eran los hombres del momento, que los intereses individuales de uno y de otro, cualquiera de los dos que alcanzara la presidencia, no resolverían los problemas de una patria que era de todos. Anunció que escribía sus memorias. Tenía 82 años de edad y, solterón inconmovible, se hacía acompañar por un mambí de 94, su fiel asistente desde los días de la Independencia. En 1960 todavía su nombre aparecía en el directorio telefónico. 

Muerte en Palacio

Muerte en Palacio

Ciro Bianchi Ross

 

Yo no sé en qué quedó lo de la muerte sorpresiva del general Manuel Salamanca y Negrete. Si murió de muerte natural o si alguien se las ingenió para quitarlo del camino. Parece ser que era un hombre enfermo, pero cuando falleció en La Habana de 1890 fueron muchos los que tuvieron la certeza de que el Capitán General y Gobernador de la Isla de Cuba había sido asesinado.

            A lo largo de su vida pública, Salamanca sobresalió siempre por su competencia e intachable honradez. Su designación para regir los destinos de la Cuba colonial fue saludada con júbilo por los cubanos. Un día de fiesta popular fue el de su llegada a La Habana, y la gente desbordó las calles para recibir al hombre que, pensaba, pondría fin a todos los males que aquejaban al país.

            Hubo también escepticismo, por supuesto. Nadie vio hasta ahora a un Gobernador español bueno, escribía Julián del Casal, gran poeta y agudo cronista, en su columna de La Habana Elegante, el 5 de mayo de 1889. Aun así, con el transcurso de los días, el propio Casal llegaba a reconocer que la justicia resplandecía en las disposiciones de Salamanca, ajeno al favoritismo político y fiel guardián de los intereses del Estado.

            “Hoy el General es una esfinge, cuyo enigma nadie se aventura a descifrar. No se conocen sus planes ni se trata de descubrirlos. Todo el mundo aguarda a que surja algún conflicto grave para conocer sus dotes  gubernamentales y pronunciar el fallo definitivo acerca de su gobierno. Mientras esto se espera, el General continua su obra lentamente”, escribía Casal.

            Nueve meses después los despojos de Salamanca eran conducidos a la Necrópolis de Colón en el coche fúnebre conocido como de Jerónimo Napoleón, similar al de la Casa Real francesa. En su caja privada el fallecido dejaba la magra cantidad de 400 pesos oro.

SE VOLATILIZAN 14 MILLONES

El conflicto grave que pedía Julián del Casal para medir el temple de Salamanca estalló entre una fecha y la otra cuando llegó a su conocimiento que del Departamento de Guerra de la Colonia se habían volatilizado 14 millones de pesos, suma astronómica para la época.

            -Es mucho baldón para nuestro Gobierno –dijo el Capitán General a sus colaboradores y ordenó a los tribunales que tomaran cartas en el asunto.  La lista de los implicados fue en aumento y cuando empezó a hablarse de la prisión inminente de encumbrados personajes, la enfermedad aquejó repentinamente al Gobernador. Roure, su médico de cabecera, no pudo diagnosticarla y muchos menos vencerla.

            Ya muy grave, Salamanca impartió sus últimas instrucciones y recomendó severidad con los culpables. Ofreció nuevos datos a los jueces encargados del proceso, pero otro ataque lo hizo entrar en agonía. En sus cada vez más raros y espaciados momentos de lucidez, conversaba con el general Cavada, que sería su sustituto interino.

            -Cavada, sé que eres pundonoroso y leal; ten firmeza con ellos… Ya les tenemos el pie puesto encima. ¡Caerán! La rueda está andando y los tribunales tienen los datos…

            Sobrevino el delirio. Salamanca dio órdenes a un ejército imaginario, gritó, masculló frases incoherentes. De pronto pareció calmarse y al advertir la presencia de Cavada pidió a este que se acercara a su lecho. Musitó:

            -Los ladrones son débiles ante la entereza de un gobernante… Pueden más en la apariencia que en la realidad.

            Fueron esas las últimas palabras del General.

EL CORTEJO

El cadáver es tendido en el salón Blanco del Palacio de gobierno, tapizado y alfombrado de negro. Al resplandor de los cirios que lo rodean, se descubre el rostro severo del difunto, ornado de espeso bigote y luenga pera, y el pecho robusto que luce todas sus condecoraciones. Cuatro Hermanas de la Caridad y Siervas de María, relevándose cada dos horas, le hacen guardia. Le rinde honores la Infantería del Ejército. Durante tres días permanecerán en capilla ardiente los restos mortales del Gobernador.

            Un largo camino recorrería el cortejo desde el Palacio de los Capitanes Generales hasta el Cementerio de Colón. Preceden al coche fúnebre  niños de la Casa de Beneficencia, vestidos de blanco y azul, y las huérfanas del Colegio de las Domiciliarias, sacerdotes, seminaristas, bomberos…

            Detrás del coche marchan las máximas autoridades militares y civiles y el Obispo, seguidos por altos funcionarios del gobierno colonial, el cuerpo diplomático, representantes de instituciones académicas y docentes y figuras de la banca, el comercio y la industria. Avanzan luego los caballos, enlutados, de la Capitanía General y batallones de la Infantería y la Artillería, la Artillería de Marina, el Cuerpo de Voluntarios…

            Desde puertas y ventanas, balcones y azoteas, la población sigue el paso del cortejo. Los jefes de los tres ejércitos hacen de batidores y una legión de hombres del comercio carga cien coronas de flores.

            Sigue el coche fúnebre hasta el Campo de Marte y se oye de pronto un ruido de madera que cruje y gritos y ayes de dolor. Una tarima, armada a la carrera a la altura de lo que es hoy la Manzana de Gómez, no resiste el peso de la gente y se viene abajo, pero afortunadamente no se reportan víctimas fatales.

            En la esquina de Reina y Galiano están detenidos los coches del transporte urbano, imposibilitados de traspasar el cortejo que avanza hacia Belascoaín y busca Carlos III.

            Ya en el Cementerio, el ataúd es llevado en hombros a la Capilla Central, donde se le canta el responso y hay una misa oficiada por el Obispo. Lo conducen luego al panteón de la familia  Blanco Herrera, en la avenida principal del Cementerio, casi a la entrada, a la izquierda, y mientras se le deposita en bóveda, el corneta da la voz de fuego y los escopeteros disparan sus salvas durante quince minutos.

            Los ayudantes de campo del Capitán General portan los atributos de mando del difunto: el bastón, el kepis y la espada.

SU GESTIÓN

En su obra El bandolerismo en Cuba (1800-1933). Presencia canaria y protesta rural, Manuel de Paz Sánchez y colaboradores, valoran la gestión de Salamanca al frente de la Isla y afirman que se empeñó en acabar, al igual que sus antecesores, con el bandolerismo, que consideraron una grave lacra social. Para Salamanca, los tres problemas de Cuba eran la cuestión económica, el autonomismo (que identificaba con el separatismo) y el bandolerismo que quiso exterminar a golpes de decretos, circulares y somatenes. En este sentido, mantuvo una postura intransigente y se negó a conceder el perdón, y facilitar la fuga al extranjero,  de los bandoleros que lo se lo solicitaban. “Salamanca fue, también, una especie de reformador. Su deseo de sanear la administración colonial es innegable”, escribe Paz Sánchez.

            Desmiente que facilitara de buena gana el retorno a Cuba, en 1890, del general independentista Antonio Maceo, vuelta que fue motivada, apunta Paz, “por una suerte de política de ‘reinserción’ planeada desde Madrid, con la obligada aquiescencia del aparato diplomático y colonial español”.

            Salamanca se preocupó asimismo por la educación y a instrucción popular, prosigue el autor citado. Suplicó continuamente la entrega de numerario para enfrentar los gastos del anacrónico sistema administrativo de la Colonia y, en particular, se mostró sensible ante las deficiencias estructurales de la hacienda municipal. Trató de colonizar vastos territorios con familias peninsulares y canarias, lo que levantó airadas  protestas de la sacarocracia criolla, obsesionada con la obtención de una mano de obra abundante  y barata. Intentó dividir a los autonomistas, pero “no supo, o no quiso, adular a los individuos más reaccionarios y menos dialogantes del partido español”. Clausuró cárceles y aduanas inútiles y sumarió a no pocos empleados corruptos.

            Asevera Manuel de Paz que el programa de gestión de Salamanca parecía ser sincero, pese a combinar cierta planificación tecnocrática con una  ideología bastante reaccionaria. Y puntualiza: “En el fondo no gustó a nadie, ni a los políticos ni a los periodistas […] Tampoco gustó a los bandoleros…”

¿DE QUÉ MURIÓ SALAMANCA?

El periódico habanero La Discusión reconoció sin ambages que a algunos de los que seguían a pie los restos del Gobernador iban con la cara triste y el corazón contento, y el hijo de Salamanca declaró enfáticamente que su padre no había muerto de enfermedad natural alguna. Manuel de Paz es de una opinión contraria. Dice al respecto que Salamanca, en su deseo de sanear la administración colonial,  “recorrió la Isla palmo a palmo para conocer la realidad in situ, pese a sus problemas de salud, y acabó contrayendo unas fiebres malignas que lo llevaron a la tumba. Es falso, pues, como se ha dicho por algunos historiadores, que tratarán de envenenarlo por su afán moralizador”.

            Pero si se trató de unas “fiebres malignas”, la fiebre amarilla, de seguro, ¿por qué su médico fue incapaz de diagnosticarla?

            ¿De qué murió entonces?

            Hasta dónde sabe el autor de esta página, no lo han puesto en claro los historiadores, ni acaso haga falta porque este es tema para una novela, un thriller apasionante en que se entretejen la historia y la política con ese asunto universal que es la muerte, y por qué no, el amor, ya que entre las muchas coronas fúnebres que se amontonaron alrededor del lecho mortuorio había una, oculta por las otras, que era la más sencilla y expresiva de todas.

            Estaba hecha de hojas de mirto naturales y flores de resedá y violetas frescas, cuyos perfumes se mezclaban con el del incienso que se evaporaba en la capilla. En la parte superior tenía un lazo de cintas de raso blanco, y, sobre ellas, en letras de oro, esta dedicatoria: “A Manuel Salamanca, de un corazón inconsolable y fiel”.

 

           

 

El caso de la descuartizada

El caso de la descuartizada

Ciro Bianchi Ross

 

Las cosas iban de mal en peor. La ilusión que surgió, espontánea, una noche en la academia de baile “Galatea”, se había diluido en el fardo pesado de la vida en común, y en él no quedaba ya más que una atracción casi salvaje que lo mantenía atado a ella. A René Hidalgo Ramos seguía gustándole Celia Margarita Mena. Por eso se endemoniaba con aquella sonrisa suya al cruzarse con otros hombres, y con su andar ligero y cadencioso que la hacía blanco de todas las miradas cuando, en busca de la compra del día, se paseaba por los pasillos del Mercado Único de La Habana.

            Hidalgo había querido ser médico, pero tuvo que abandonar los estudios y encontró plaza en la Policía. Blanco, alto, de buena pinta. Un hombre educado, recuerda hoy Aida de la Torre, su vecina. Celia Margarita era una muchacha del campo que quiso probar suerte en la capital. Mestiza, oriental, pizpireta, aunque ni entonces ni después se escuchó decir que le fuera infiel a René… una muchacha obsesionada con poder usar los cosméticos de Mc Factor, precisa Aida. Al parecer, no sabía leer ni escribir, pues era René quien redactaba las cartas que ella remitía a la familia distante. Nunca llegaron a contraer matrimonio. Luego de residir en varios lugares, se instalaron en una habitación de la azotea del Edificio Larrea, en la Calzada de Monte, 969,  entre Pila y Matadero. Un pequeño apartamento marcado misteriosamente con la letra “D” en un inmueble donde el resto de las viviendas se identificaba con números. Era como una premonición: “D” de descuartizada.

Allí se cometió el crimen.

HALLAGOS MACABROS

El 19 de marzo de 1939 una noticia espeluznante ocupaba espacios en la primera plana de todos los periódicos de la Isla y se repetía con insistencia en la radio: en el registro de la alcantarilla de la avenida Séptima esquina a 2, en Buenavista, Marianao, había aparecido, cuidadosamente envuelta en  un saco de yute, una pierna de mujer. Los hallazgos macabros, con su inevitable envoltura, se sucedieron en el transcurso de los días en el Diezmero, en Guanabacoa… Una foto de la época muestra dos brazos y dos piernas  colocados sobre una camilla mientras son examinados por  funcionarios del Gabinete General de Identificación. En otra foto, la víctima, completamente desnuda y con  los pedazos superpuestos, ha sido reconstruida ya sobre una mesa de madera. Solo le falta la cabeza. Una cabeza que tardaría once meses en aparecer.

            Aunque parezca increíble, muchos afirmaban que no se trataba de un crimen. Durante largo tiempo, las especulaciones sobre los hallazgos fueron diversas y encontradas. Mientras detectives e investigadores, conducidos por Israel Castellanos, director del Gabinete, se empeñaban en esclarecer los hechos, había quienes lo conceptuaban, al no aparecer la cabeza, como una broma de pésimo gusto llevada a cabo, tal vez, por algún estudiante de Medicina que, por partes, había sustraído un cadáver del Departamento de Anatomía Patológica de la Universidad. Pero eso sí, debía ser el cadáver de una extranjera porque –chovinistas que somos- se decía que una cubana no podía tener los senos tan pequeños.

            Algo quedaba claro para los especialistas involucrados en el caso: los cortes eran limpios y precisos; la víctima había sido trucidada por alguien que supo hacerlo a la perfección.

APARECE LA CABEZA

Si los restos de la infortunada habían sido tirados en alcantarillas y cunetas, la cabeza aparecía en la letrina de una casa de la calle Dificultades en Surgidero de Batabanó. La encontraron unos muchachos que limpiaban el pozo negro. El hallazgo dio la primea pista. Celia Margarita e Hidalgo habían vivido en la zona cuando, como policía, él estuvo destacado en ese poblado. La familia de la casa en cuestión, a la que Hidalgo continuaba visitando, creyó reconocer a la muchacha en aquel cráneo, y un odontólogo, cuando la foto apareció en la prensa, tuvo la misma sospecha y la confirmó después de examinar la dentadura y confrontarla con la hoja clínica que conservaba en sus archivos. Celia Margarita Mena había sido su paciente.

            Con esos elementos, Israel Castellanos establecía de manera definitiva la identificación de la víctima y tiraba la línea que conducía a René Hidalgo.

            Faltaba detenerlo y que confesara.

DETECTOR DE MENTIRAS

Hidalgo fue el primer cubano sometido al detector de mentiras. Corría el mes de febrero de 1940 y con él se estrenó ese aparato en Cuba. No resultó difícil lograr su confesión. Se reconoció culpable, pero adujo que no había querido matarla. Había llegado a su casa, aquel apartamento marcado fatídicamente con la letra “D”, no encontró en ella a Celia Margarita e intuyó que se hallaba en un apartamento vecino. La hizo venir y de inmediato tuvo lugar una de aquellas escenas de celos tan frecuentes en la pareja. Para colmo, se comentó que en medio de la pelea ella exigía dinero para comprar sus cosméticos Mc Factor, rememora Aida de la Torre. Hidalgo golpeó a Celia, perdió ella el equilibrio y, al caer, se fracturó la base del cráneo. Intentó él incorporarla, no pudo; insistió, en vano, en hacerlo y pensó que estaba muerta. Sintió miedo. Una idea ocupó su mente ofuscada: haría desaparecer el cadáver. Arrastró a Celia Margarita hasta el baño, la desnudó y la metió en la bañera, y con una navaja de afeitar le propinó un corte profundo en la parte superior de la rodilla. El efecto de la cuchilla sobre los troncos nerviosos la hizo volver en sí. Celia Margarita no estaba muerta, pero no tardaría en estarlo pues Hidalgo, enloquecido, le asestó un tajo mortal en el cuello.

            A partir de ese instante el hombre vivió en un infierno. Siguió radicado en el lugar del crimen. A amigos y vecinos decía que Celia Margarita estaba en Oriente, con los suyos, y a la familia de ella seguía remitiéndole cartas en su nombre.

            La Audiencia de La Habana condenó a René Hidalgo a 24 años de prisión por el delito de asesinato calificado por la agravante de alevosía y le impuso dos sanciones más de tres años cada una por los delitos de profanación e inhumación ilegal de cadáver. Recurrido el caso, el Tribunal Supremo confirmó la pena por asesinato y rebajó a dos cada una de las condenas por los otros delitos: 28 años en total.

INDULTADO

No fueron pocas las voces que se alzaron en su momento a favor de René Hidalgo. Una parte de la prensa y también varios criminalistas abogaron por su indulto. Pero Hidalgo encaneció en el Reclusorio Nacional para Hombres de la Isla de Pinos, el tristemente célebre Presidio Modelo. Aún así, no extinguiría completa su condena: lo indultaron a mediados de los 50. Aunque hay versiones en contrario, su conducta como presidiario parece que fue encomiable y ejemplar.

            Ya debe haber fallecido. A comienzos de la década de los 70 laboraba todavía en la Terminal de Ómnibus de Santiago de las Vegas. Era un hombre taciturno y esquivo, de grave y retraída presencia.

            Ya en libertad, muchas veces se le vio pasar frente al Edificio Larrea, en la Calzada de Monte, comenta Aida de la Torre. Se detenía en el portal de la mueblería La Fortuna y desde allí miraba el hueco de la empinada escalera que conducía a la que había sido su casa, la misma donde asesinó a Celia Margarita. Luego, continuaba su camino, cabizbajo, agobiado por la pena.

Regalo de fin de año

Ciro Bianchi Ross

 

Yo no sé bien qué es lo que pasa. El año, al menos para mí, empezó, como quien dice, ayer, y se acabará dentro de pocos días. Llega la Nochebuena y en un abrir y cerrar de ojos vendrá el Año Nuevo a tumbarnos la puerta. Quisiera entonces hacer a los lectores un regalo. ¿Qué tal si hablamos de los cocteles cubanos?

            Bueno, en este punto, mejor sería decir de cocteles cubanos. Hablar sobre todos es imposible ya que nuestra coctelería en muy numerosa y variada. Alejo Carpentier lo dijo hace ya muchos años cuando afirmó que La Habana era la ciudad del mundo que mayor variedad de bebidas podía ofrecer al paladar curioso del viajero. El autor de esta página en su peregrinar por bares y cantinas, como dice el célebre bolero que interpretaba Orlando Contreras, llegó a acopiar más de 300 recetas de cocteles. Las había de todas partes del país: de La Habana, sobre todo, pero también de Baracoa y Viñales porque si de algo se precia y enorgullece este escribidor es el de haber recorrido Cuba –y muchos de sus cayos- de punta a cabo. Pero las fórmulas son ciertamente muchas más: en la computadora del Floridita, que es uno de los bares más famosos del mundo, había hace ya algunos años unas 450. Y no eran todas.

            Claro que a un coctel lo refrenda el tiempo. Surge en cualquier bar y se impone o no en la preferencia de los bebedores. Así, hay cocteles cubanos que nadie recuerda o que aunque se recuerden no se degustan, mientras que otros se popularizan y dan la vuelta al mundo. El gusto del buen bebedor es, en esto, particularmente sabio.

            Cuando se habla de los grandes cocteles cubanos, se alude al Saoco, al Mulata, al Mary Pickfords, al Presidente y al Mojito. Y también al Cuba Libre, al Santiago, al Isla de Pinos y, por supuesto, al Daiquirí, que es el rey de los cocteles cubanos. Así lo reconocen los entendidos.

            Cantineros ilustres hay también muchos en Cuba, gente que hizo de su oficio un arte. La relación, en esta línea, la encabeza, sin duda, Constantino Ribalaigua, el propietario del Floridita, el Constante de Islas en el golfo, la novela de Hemingway. Nació en España, se nacionalizó cubano y falleció en La Habana, en 1952. Es el creador del Mary Pickfords, inspirado en la actriz norteamericana conocida como La Novia de América –América tendría después otra novia más nuestra, Libertad Lamarque-, y el Havana Special, que tomó su nombre del de una línea naviera cuyos barcos hacían la travesía entre Tampa y la capital cubana. Constante asimismo se asocia al Daiquirí y al Presidente, aunque no los creara.

LOCOS POR EL DAIQUIRÍ

El Presidente -¡asombro!- fue idea del mayor general Mario García Menocal. El entonces primer mandatario llegó una tarde al Floridita y pidió a Constante que en un vaso de mezcla pusiera hielo, gotas de curazao, vermut blanco italiano y ron carta oro. Dijo que lo revolviera y se lo sirviera en una copa alta, de bacará, adornada con una guinda y un pedacito de cáscara de naranja. Constante comentó entonces: “General, aquí tiene su Presidente”.

            Hay quien dice que en sus inicios el Daiquirí se llamó Canchánchara, la bebida preferida entre las tropas independentistas cubanas. Nuestros libertadores, cuando podían, la degustaban, endulzando el aguardiente con miel de abeja, para alejar las penas, los dolores y la fatiga. Pero en verdad el Daiquirí nació en las minas de hierro del mismo nombre del oriente del país, y se popularizó en el hotel Venus, de Santiago de Cuba; el antiguo hotel Venus, el que se hallaba frente al parque Céspedes y se derrumbó cuando el terremoto de 1932.

            En esa instalación hotelera, sin embargo, el Daiquirí se preparaba al rumbo, sin medidas exactas, según la inspiración del cantinero, y se enfriaba con trozos de hielo. Fue Constante, entonces, en el Floridita, quien estableció la norma exacta para cada uno de los componentes de ese coctel.

            Comenzó a enfriarlo con hielo frapé y descubrió que el trago no tolera sino onza y media de ron; si se le echa menos,  la batidora protesta, si se le echa más, queda aguado. Descubrió también que no se podía dejar en la batidora más de un minuto y se percató por último del sabor que le confería el marrasquino.

            Hemingway inmortalizó el Daiquirí en su narrativa. Otros escritores importantes tampoco lo han pasado por alto en sus textos y en sus vidas.

            García Márquez, Premio Nobel de Literatura al igual que Hemingway, se refiere al Daiquirí como a “una combinación de ron diáfano de la Isla con polvo de hielo y jugo de limón”. Y otro Nobel, aunque rechazara el galardón, Jean Paul Sartre, en su Huracán sobre el azúcar, el apasionante reportaje que escribiera sobre Cuba en 1960, lo menciona como “una especialidad cubana que nos agrada por el leve gusto a ron y de su limón diluido en hielo”. Graham Greene, que mereció diez veces el Premio Nobel aunque nunca se lo dieron y que fue, al decir de García Márquez, un inventor de cocteles diabólicos, lo degustaba, y de qué manera, durante sus estancias en La Habana. García Lorca se entusiasmó con el Daiquirí del Floridita. Lezama Lima rememoraba el día en que acompañó a Miguel Ángel Asturias, notable novelista guatemalteco y Premio Nobel por añadidura, a ese bar-restaurante. Nos deleitamos, aseguraba el autor de Paradiso, con aquella bebida helada que es como el néctar de los dioses. El argentino Julio Cortázar lo tenía como el primero en lo que a cocteles cubanos se refiere. Así lo confesó al autor de esta página que bebió su primer Daiquirí en la compañía siempre grata y estimulante del novelista de Rayuela.

FRANCIS DRAKE Y EL MOJITO

El Saoco tiene, de seguro, origen campesino. Solo en el campo cubano puede haber surgido esa mezcla mágica de ron blanco y agua de coco y que se sirve en el envase natural del fruto. El Cuba Libre nació en el Floridita, cuando todavía ese bar se llamaba La Piña de Plata, en los días de la instauración de la República (1902). El Isla de Pinos incluye en su fórmula el zumo de esa maravilla de las frutas cubanas que es la toronja. Y el Santiago se prepara con dos líneas de ron blanco y un golpe de curazao rojo. El Mulata tiene que haber sido creado po un barman español. Rinde tributo como pocos a la belleza y distinción de la cubana. Se elabora con ron añejo, lo que le da un toque de superioridad único.

            ¿Y el Mojito? Asegura don Fernando G. Campoamor que el corsario británico Francis Drake es el creador de un coctel que hasta bien entrado el siglo XIX fue muy demandado en las latitudes antillanas. Se elaboraba con aguardiente y se llamaba Drake. Tenía, se dice, propiedades curativas. Al menos en su novela El cólera en La Habana (1838) Ramón de Palma hace decir a uno de sus personajes: “Yo me tomo todos los días a las once un draquecito y me va perfectamente”. Es el antecedente del Mojito.

            Desde 1910 comienza a hablarse del Mojito batido, pero habría que esperar a la década de los 30 para que apareciera el Mojito actual. Surge en el bar del balneario de La Concha, pasa a otros bares habaneros, se populariza, y llega a la Bodeguita del Medio, donde adquiere carta de ciudadanía internacional. No tiene la prestancia del Daiquirí ni el empaque del Presidente ni el barroquismo del Mary Pickford ni la altanería del Mulata, pero es uno de los diez clásicos de la coctelería cubana junto al Saoco, el Isla de Pinos, el Santiago, el Havana Special y el Cuba Libre.

            En estos días de fiesta escoja uno de estos cocteles, prepárelo y bébalo con calma y moderación en compañía de familiares y amigos. Agradecerá este regalo de fin de año.