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Reynaldo González: "Quiero escribir para después"

Reynaldo González: "Quiero escribir para después"

Ciro Bianchi Ross

Lúcido e indispensable, el autor de Contradanzas y latigazos y La fiesta de los tiburones acaba de merecer, por la obra de su vida en ese campo, el Premio de Periodismo Cultural José Antonio Fernández de Castro 

 

Reynaldo González, Premio Nacional de Literatura 2004, es, como se ha dicho, “un escritor sin fronteras”. Su inquietud y curiosidad carecen de límites. Se ha metido en la narrativa, el ensayo, la investigación antropológica, el testimonio. Hace poco sorprendió con su primer poemario, hecho de corazón y de memoria… Ahora acaba de merecer  el Premio de Periodismo Cultural José Antonio Fernández de Castro, que reconoce la obra de su vida en ese campo.

            Tiene en su haber un libro sobre el tabaco, El bello habano; un recetario de cocina tradicional cubana, Échale salsita, y hasta un libro para viajeros, Cuba, una epopea metticcia, publicado hasta ahora solo en italiano y que más allá de esos volúmenes para turistas con sus descripciones de plazas y edificios y el recuento de leyendas que acumulan más mitos que realidades, propicia al visitante un recorrido por los conflictos y las contradicciones que armaron la sensibilidad del cubano, ese perfil que el trato con el extranjero tamiza u oculta. Sus más entrañables obsesiones, que van desde la pintura renacentista hasta incidentes y torceduras de la actualidad, sin olvidar a Lezama Lima, están en su título más reciente, Espiral de interrogantes.

SOY UN PREGUNTÓN

Para Manuel Vázquez Montalbán, este escritor “forma parte de la conciencia más lúcida de los intelectuales que prosiguen en la Isla la tarea de hacer la revolución a la medida del hombre y no a la inversa”, en tanto que Lisandro Otero, luego de calificar como indispensables algunos de los títulos de Reynaldo González, le alaba su indeclinable buen humor y su condición de hombre de principios, consecuente con sus afinidades, solidario en la adversidad, tesonero organizador y campeón de la amistad. Para César López, el compromiso de los libros de González refleja su posición ante la vida, y añade: “Alta literatura de Reynaldo González en cuanto revela… verdades que por pertenecer a nuestra historia a veces oculta, no dejan de transformarse en cultura fundamental e imprescindible”.

            Nació en la ciudad de Ciego de Ávila, a unos 400 km al este de La Habana, en 1940. Fue un niño pobre –perdió a su padre casi al nacer- que para ayudar al sostenimiento familiar vendió aguacates, billetes de lotería y tamales, y que tuvo, sin embargo, una formación insólita. En un ambiente cambalache y maracas, mientras las victrolas dejaban escuchar la voz de Rolando Laserie y los muchachos de su edad se enredaban  acaso con los comics, él leía a Kafka, a Sartre, a Goethe… Lecturas que le llevaron a concluir que era “un hombre torcido, con un destino diferente”. Libros para niños y adolescentes los conocería después a fin de recuperar un pedazo perdido de su infancia. De niño fue un preguntón que incordiaba a su madre con interrogantes que a veces ella no podía o no creía conveniente responder, y que le hicieron recurrir al ardid de contestarle: “No sé, hijo, sus razones tendrán”.

            -De mayor y llegado a la rara e inquietante tercera edad sigo siendo un preguntón –dice el autor de Lezama Lima, el ingenuo culpable y Cuba, una asignatura pendiente, y explica así sus múltiples aristas creativas: “Mi forma de ser no me permite encasillarme; me impulsa siempre a hacer otra cosa”. Por eso hace mucho periodismo, que es su modo de apropiarse de vidas ajenas, y fue editor, que es una manera de hacer propio el libro de otro. “A los 50 años de edad, y luego de casi 30 como periodista y editor, di un salto y me fui a dirigir la Cinemateca de Cuba, donde permanecí durante once años, y me metí así en un mundo que apenas intuía”.

FUNDADOR DE LO FUNDABLE

-A partir de 1959 me convertí en fundador de todo lo fundable: las milicias, los sindicatos, la Asociación de Jóvenes Rebeldes, la Unión de Jóvenes Comunistas… Participé en la Campaña Nacional de Alfabetización, pasé escuelas de instrucción revolucionaria, fui dirigente sindical; me integré al proceso tanto como lo estoy ahora –enfatiza González y añade que como escritor se ubica entre la gente que nació a la literatura con el triunfo de la Revolución.

            Su título inicial, Miel sobre hojuelas, libro de cuentos que publicó en 1964, hizo que se le considerara “un narrador de la Revolución”. Su libro siguiente, Siempre la muerte, su paso breve (1968) se alzó con la primera mención en el concurso de la Casa de las Américas de ese año, alcanzó ediciones en el exterior y fue muy celebrado por la crítica, al punto de considerársele como una de las novelas más importantes de la época. Sin embargo, pasarían 33 años para que Reynaldo González diera a conocer Al cielo sometidos, su segunda novela.

            ¿Por qué?

            -Porque supuse que no tenía la cultura necesaria para acometer la obra que quería. Me propuse una obra que debía sustentarse en una cultura sólida y me dediqué al ensayo mientras me preparaba para escribirla.

            De Al cielo sometidos, merecedora del Premio Ítalo Calvino y con ediciones en Cuba y otros países, señala la crítica que devuelve la carnalidad a quienes acompañaron a Colón en su empresa. Es una novela histórica que se emparenta con la de aventuras y con la picaresca. Una inmersión total, sicológica y física en una realidad virtual reconstruida pacientemente en un laboratorio, con escenas de fuerte erotismo y un lenguaje que no es, por supuesto, el de la época, pero que se apropia de sus giros, términos, apotegmas y frases sueltas valederas en el espíritu de entonces para ofrecer una sintaxis diferente y actual en una expresión novelesca distinta a la del siglo XV y a la de nuestros días. Una novela que admite una lectura contemporánea. El autor ve en ella al prostíbulo como el espejo del mundo y “es como si ese ámbito de inevitable o necesaria marginalidad fuese a la vez el mundo natural, el verdadero reino de este mundo, pero mediado y maniatado por un poder que encarna la misma fuente de toda corrupción”.

LLORAR ES UN PLACER

González recalca siempre su condición de autodidacto. “No hice estudios superiores, pero cada uno de mis libros es una carrera universitaria; cada uno de ellos me llevó a la universidad” dice para puntualizar que la cultura más general está en  El bello habano, en tanto que la Cuba del siglo XIX aparece en Contradanzas y latigazos, libro en el que acusa a Cirilo Villaverde, el autor de Cecilia Valdés, de racista y lo califica de novelista de poca imaginación. Las décadas iniciales del siglo XX se hallan en La fiesta de los tiburones, que transcurre en el batey de un central azucarero que es, en definitiva, la misma paila bullente de un país completo. Los años 40 y 50 de la centuria pasada se abordan en Llorar es un placer, dedicado a la radionovela, un mundo que pobló la infancia y adolescencia del escritor de buenos fantasmas, capaces de despertar, con sus mensajes  múltiples, el sueño y el delirio y al que parece negar ahora el pan y la sal.

            -No precisamente. Mi planteo es que la radionovela y su pariente la novela de televisión deben hacerse de manera diferente y llevar a su público otro contenido, y no, como es habitual, la falsía de la vida y esa visión de que la existencia es una batalla sentimental.

            “Puede llegar a ser un vehículo de información, una vía que propicie al oyente o al espectador una visión más amplia del mundo. Hay intentos en ese sentido, pero el propio medio lastra el contenido. El hombre dedica más tiempo al trabajo y a mejorar su condición que al amor. El amor es cosa de horas libres y en la radio-telenovela se le coloca por encima de la realidad. Quise poner en evidencia en mi libro cómo la radionovela deformó a más de una generación de cubanos, pero no negarle, como usted asevera, el pan y la sal”.

            En opinión de Manuel Vázquez Montalbán, un libro como Llorar es un placer figurará en una Historia Universal de la Sentimentalidad que se escribirá, sin duda, algún día. Con sus acercamientos al bolero, Reynaldo González reclama también su inclusión en esa historia. Es un género, dice, “que enraíza los valores de la sociedad y que, en lo que se refiere a los sentimientos, revitaliza la cultura popular en sus arquetipos violentos de machismo y hembrismo, aunque hay también boleros ambiguos, andróginos, que se escriben sin marcar sexos. En el bolero la mujer es hoy santa y mañana, puta, e ilustra además la apertura de la permisibilidad de la pareja. El bolero ventila todas las situaciones sentimentales en la América Latina y registra las palpitaciones de la vida”.

ESE OJO QUE NOS VE

Como escritor, Reynaldo González hunde sus raíces y evidencia amplios puntos de contacto con el periodismo, género que por otra parte, ha ejercido desde su inicio en la letra impresa, con sus colaboraciones aurorales en el periódico Adelante, de Camagüey, hasta la actualidad, cuando hizo célebre su columna de los jueves en el diario habanero Juventud Rebelde.            Entre una etapa y otra, González fue jefe de redacción de la revista Pueblo y Cultura, dirigió la página cultural del periódico Revolución y estuvo entre los fundadores de la revista Revolución y Cultura, donde ha colaborado de manera sistemática e ininterrumpida con páginas que recogió después en libros como La ventana discreta y Cine cubano: ese ojo que nos ve.

Por si fuera poco, ha colaborado en Bohemia, Unión, Granma, El Caimán Barbudo, Casa de las Américas, Revista de la Universidad de La Habana y Cine Cubano. Y en publicaciones de Alemania, España, EE UU, Francia, Italia y México.

Libros medulares suyos como La fiesta de los tiburones y Llorar es un placer no ocultan su impronta periodística: el investigador, devenido reportero y entrevistador, escudriña hechos y paisajes e interroga a testigos y protagonistas para recrear, en el primero de esos títulos –crónica de costumbres, crítica social, reconstrucción histórica, literatura testimonial-  la memoria de una época, y en el otro, develar el fraude artístico y la intencionada torcedura de la psicología popular que se esconde tras las radionovelas.

Un periodismo el suyo que se da la mano con la literatura. Un ejercicio periodístico de altos atributos con una deleitosa información que se traduce en reseñas, comentarios, notas  impregnadas por el amor a la cultura cubana y donde ancestros, mestizaje y música convergen para nombrar y recrear lo inefable. Una capacidad narrativa y descriptiva que denota Reynaldo González para expresar sus ideas y exorcizar el texto árido y plomizo, alambicado y tortuoso, y que lo hace exponente de lo mejor y más acabado del periodismo cultural cubano.

NECESITO DISTANCIARME

Trabaja ahora en un libro sobre Félix B. Caignet, el célebre autor de El derecho de nacer,  y que complementará su libro sobre la radionovela. Lo hace además en una novela que se sitúa en el siglo XIX, entre 1812y 1844. Dijo en una ocasión que “no amo la narrativa apegada en exceso a la inmediatez”.

            -Necesito la distancia. Lo publicado es letra que queda; lo inmediato muere. Cuando se aborda lo inmediato, el escritor se deja llevar por la pasión del momento. El periodismo tiene su campo, que es el de la actualidad, y la novela histórica tiene el suyo, la posterioridad. Yo quiero escribir para después. Requiero ocuparme de un campo cerrado para tener así todos los elementos al alcance. La cercanía de ese pasado me lo la el estudio. Aspiro a la novela total en la que esté todo y se hable de todos. La realidad cubana cambia mucho, se mueve todo el tiempo y a mí me hace falta distanciarme de lo que escribiré.

  

La Habana de Hemingway

La Habana de Hemingway

Ciro Bianchi Ross 

Caricatura de Laz

 

Ernest Hemingway vivió en esta casa los últimos 22 años de su vida. Cuando se instaló en Finca Vigía –a unos 30 minutos del centro de La Habana- estaba a punto de concluir Por quién doblan las campanas. Al abandonarla para siempre, había recorrido ya como escritor el camino de la fama y merecido el Premio Nobel. En la finca quedaron entonces su Royal portátil, las tumbas de sus perros, unos 50 gatos y los nueve mil volúmenes que atesoró a lo largo de su vida y que muchos años después harían exclamar a García Márquez: “¡Qué biblioteca más rara tenía este hombre!”

Hemingway llegó a Cuba en la primera quincena de abril de 1928. Junto a Pauline Pfeiffer,  su segunda esposa, hizo aquí el tránsito para Cayo Hueso, donde concluiría Adiós a las armas. Volvió en 1932 para pescar agujas en las aguas cubanas. Regresó en 1933 y escribió la primera de sus crónicas de tema cubano. A partir de entonces no se desvincularía jamás de esta “isla larga, hermosa y desdichada”, como llamó a Cuba en Las verdes colinas de África. El viejo y el mar (1952) es, por excelencia, la novela “cubana” de Hemingway. Parte de la trama de Islas en el golfo (1970) transcurre en Cuba. También en alguno que otro cuento y en muchísimos de sus artículos periodísticos hay alusiones a la Isla. El escenario de Tener y no tener (1937) es cubano en buena medida.

En una ocasión expresó con relación a Cuba: “Amo este país y me siento como en casa; y allí donde un hombre se siente como en casa, aparte del lugar donde nació, ese es el sitio al que estaba destinado”.

POR LA CALLE OBISPO

Hemingway era, en la década de los 30, un turista sospechosamente reincidente que todos los años pasaba en Cuba los meses de mayo, junio y julio, que son los de la corrida de la aguja

Su primer refugio habanero fue el hotel Ambos Mundos, en la calle Obispo, muy cerca del puerto. La habitación entonces sin número del quinto piso  de esa instalación, en la que se alojó invariablemente, se conserva intacta. A las cinco de la tarde, después de un día de pesquería, Hemingway se encerraba en su pieza, pedía la comida y se ponía a escribir. Lo hacía en la cama, a mano, y luego mecanografiaba el manuscrito sin introducir apenas correcciones. En 1958, en su célebre entrevista con George Plimpton, recordaría: “El Ambos Mundos, en La Habana, fue un buen lugar para trabajar”.

Por su crónica “La pesca de la aguja a la altura del Morro”, con la que volvió al periodismo luego de haberse mantenido alejado de esa profesión durante más de diez años, se conocen no pocas de las costumbres  de aquel huésped del  Ambos Mundos.

Dormía con los pies hacia el levante. De esa forma el sol, cuando empezaba a golpearle la cara, lo obligaba a abandonar la cama. Entonces, desde la ventana,  oteaba el entorno: la Catedral, la entrada del puerto, Casablanca, los tejados de los edificios. La bandera cubana que ondea en el Morro le indicaba la dirección del viento y los rizos del mar lo hacían percatarse de golpe si los alisios soplaban desde temprano. Las condiciones eran favorables entonces para la pesca de la aguja y el narrador, tras ducharse, se ponía un viejo pantalón de caqui, una camisa cualquiera, unos mocasines secos y bajaba a desayunar –un vaso de agua de Vichy, otro de leche fría y una rebanada de pan- antes de dirigirse a la embarcación.

A veces en bermudas, con zapatillas vascas, casi siempre sin calcetines y con una camisa ligera, se le veía caminar por la calle Obispo. En Islas en el golfo evocaría los olores característicos de esa vía: el de la harina almacenada en sacos y el del polvo de harina, el de las cajas de embalaje recién abiertas, el del olor del café tostado, “que era una sensación más fuerte que la de un trago por las mañanas”, el delicioso olor a tabaco…

El escritor se sentía a gusto en el Ambos Mundos, por lo céntrico de la zona y la cercanía con el puerto, donde fondeaba su yate. Pero a Martha Gelhorn, su tercera esposa, comenzaron a incomodarle la habitación anónima y despersonalizada y la falta de privacidad ante la visita de los amigos del marido. Fue ella la que buscó y encontró Finca Vigía. A Hemingway, al inicio, le desagradó el lugar: quedaba demasiado lejos del Floridita.

UNO VIVE EN ESTA ISLA

Una buena parte de Islas en el golfo transcurre en ese bar habanero. En esas páginas de la novela, el lector ve deambular a un personaje a quien el escritor llama Liliana la honesta. En la vida real se llamó Leopoldina, una prostituta mulata que “hacía la vida” en el Floridita y que fue el gran amor cubano del novelista. La recordaría en Islas en el golfo: “Tenía una hermosa sonrisa, unos ojos oscuros maravillosos y espléndido pelo negro… Tenía un cutis terso, como un marfil color olivo, si tal marfil existiera, con un ligero matiz rosado…”

La Terraza, restaurante marinero del pueblo de pescadores de Cojímar, fue, en La Habana, otro de los sitios preferidos de Hemingway. En el Floridita se reverencia el sitio donde el escritor solía sentarse –la primera butaca de la izquierda de la barra- y en La Terraza, su mesa de siempre, en la esquina izquierda, junto a la ventana.

“Es muy agradable estar aquí”, dice el protagonista de Islas en el golfo en alusión a La Terraza. Y en la misma novela se describe al daiquiri con su sabor y color exactos. “Trago de aguas someras”, lo definía Hemingway.

En 1949, explicó en una crónica las razones de su larga residencia cubana. Habló, por supuesto, de la Corriente del Golfo, “donde hay la mejor y más abundante pesca que he visto en mi vida”; de las 18 clases de mango que se cosechaban en su propiedad, de su cría de gallos de pelea…y apuntó como al descuido: “Uno vive en esta Isla (…) porque en el fresco de la mañana se trabaja mejor y con mayor comodidad que en cualquier otro sitio.”

Allí concluyó Por quien doblan las campanas y escribió A través del río y entre los árboles, El viejo y el mar, París era una fiesta e Islas en el golfo. También otra novela que dejó inconclusa, El jardín del Edén. Y asimismo muchísimos artículos y crónicas para publicaciones periódicas, entre ellos el reportaje  Un verano sangriento, acerca del mano a mano entre los toreros Antonio Ordóñez y Luis Miguel Dominguín, que presenció en España el año precedente, y que, dicen sus biógrafos, tuvo muchas dificultades para poder concluir.

“Yo siempre tuve buena suerte escribiendo en Cuba… expresó en una carta. Y poco después de conocer que había ganado el Premio Nobel, declaró en una entrevista: “Este es un Premio que pertenece a Cuba, porque mi obra fue pensada y creada en Cuba, con mi gente de Cojímar, de donde soy ciudadano. A través de todas las traducciones está presente esta patria adoptiva donde tengo mis libros y mi casa”.

En una crónica periodística de 1936, Hemingway contó en menos de 200 palabras la historia que desplegaría años después en El viejo y el mar. Los estudiosos coinciden que se inspiró en un pescador de Cojímar llamado Anselmo Hernández, lo que no excluye que otros pescadores de la zona aportaran elementos a su personaje. La anécdota de la novela es conocida. Su sentido es bien evidente. Hemingway lo pone en boca de Santiago, el protagonista: “El hombre no está hecho para la derrota. Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”. El escenario de la novela es el mar, y la lucha del viejo contra los tiburones que terminan arrebatándole su pesca, es la del hombre por la vida.  Diría el escritor: “Traté de hacer un viejo real, un muchacho real, un mar real, un pez real y tiburones reales. Pero si los hice bien y suficientemente verdaderos, pueden significar muchas cosas. Cuando se escribe bien y con sinceridad de una cosa, esa cosa significará después muchas otras cosas”. Y dirá sin ambaje ni modestia que con El viejo y el mar “es como si finalmente hubiera dado expresión a lo que perseguí toda mi vida”.

Escribía de pie, ya en los últimos años, sobre una piel de lesser kudú, porque así “pensaba con más claridad”. Se levantaba temprano y solo abandonaba su labor cuando llegaba a un punto en que sabía con exactitud lo que sucedería después. Lograr, durante una jornada, unas 500 palabras “limpias” era para él satisfactorio, y jamás acometía directamente a máquina los pasajes más difíciles, pero sí los diálogos.

Finca Vigía fue, dice García Márquez, la única casa verdaderamente estable que el escritor tuvo en su vida. Mary Welsh, su cuarta y última esposa, puso, hasta donde pudo,  orden en la finca y en la existencia del novelista. Como éste se quejaba de cuánto lo importunaban los visitantes, Mary dispuso la construcción de la torre de tres pisos aledaña a la casa. La última planta sería el cuarto de trabajo de Hemingway. Subió un día y permaneció allí  quince minutos, durante los cuales se empeñó, en vano, en redactar una frase. Bajó y nunca más volvió a utilizar el sitio para escribir. Comentó que no podía resistir la soledad.

HARAKIRI CON FUSIL

“Miren como voy a matarme”, decía a sus amigos en Finca Vigía. Colocaba la culata de su escopeta Mannlicher Schoenauer 265 en el piso y apoyaba el cañón en el cielo de la boca. Luego oprimía el gatillo con el pulgar de un pie. Se oía un chasquido seco. Exclamaba sonriente: “Esta es la técnica del harakiri con fusil.”

A su muerte, se leyó en La Habana el testamento de Hemingway. Entre otros legados, traspasaba al Estado cubano la propiedad de Finca Vigía. El viejo escritor, tan remiso a recibir a escritores en su casa, quería que el predio se convirtiera en lugar de reunión de jóvenes intelectuales y artistas y que funcionase allí además un centro de estudios botánicos. Fidel Castro, que mucho admira  a Hemingway y que lo conoció personalmente durante uno de los torneos de la pesca de la aguja que organizaba el escritor, propuso entonces que la finca se convirtiera en museo, sugerencia que aceptó la viuda del narrador.

Pero más que un museo, Finca Vigía continúa siendo la casa de Hemingway. Vacía parece, sin embargo, llena de vida. Da la impresión de que su propietario no está muerto, sino ausente y que de un momento a otro regresará del Floridita o de una cacería.

Dejará entonces en algún sitio su carabina y mirará por encima la correspondencia; en definitiva, en la mesa de la biblioteca de la finca hay un cuño de goma que dice: “Yo nunca escribo cartas”. Ingerirá un trago (“Un buen güisqui es muy agradable, es una de las cosas más agradables de la existencia”) y se colocará ante su Royal  portátil  para proseguir el trabajo en la rara y ambiciosa novela que nunca llegó a concluir.

      

Luciano en persona

Luciano en persona

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

El gobierno norteamericano presionaba, pero el presidente Ramón Grau San Martín no cedía. Tendría al fin que hacerlo cuando Washington dispuso la suspensión  de los embarques de drogas de uso medicinal hacia Cuba, con lo que se privaría a la Isla de importantes medicamentos. Entonces Charlie Lucky Luciano, el zar del hampa, detenido con toda consideración y cortesía por la Policía Secreta en un lujoso restaurante de La Habana, fue internado en la Estación Cuarentenaria de Tiscornia y se le formó expediente de expulsión.

            Culminaba así el proceso iniciado desde que autoridades estadounidenses  detectaron la  presencia del capo de todos los capos en la capital cubana. Aunque no es improbable que funcionarios de la Oficina  de Narcóticos del Departamento del Tesoro de  Estados Unidos hubiesen seguido sus pasos desde Italia, Luciano cometió en La Habana descuidos inadmisibles en un hombre de su posición. Entusiasmado con una joven norteamericana a la  que conoció aquí de manera casual y que se volatizaría luego como el humo, se exhibió con ella lugares públicos y fue fotografiado. Una madrugada, a la salida de un casino de juego, un hombre le cortó el paso. Era Harry Wallace, columnista del periódico Havana Post, que se editaba en inglés.

            -Me pareció que era usted una persona conocida y no me he equivocado. Lo hacía en Italia, en su pueblo natal, y vaya sorpresa de encontrarlo en uno de los sitios más afamados de La Habana –le dijo, no sin asegurarle que sería discreto.

            -No. Yo no soy esa persona que usted busca –respondió Luciano secamente  y siguió su camino, pero su suerte estaba sellada.

AMIGOS Y ENEMIGOS

En realidad, se sentía seguro en Cuba, donde contaba con amigos y había gente muy poderosa interesada en que permaneciera en el país. El senador Paco Prío, hermano del Primer Ministro, estaba entre sus íntimos, como también lo estaban  Pablo Suárez Aróstegui, esposo de una de las sobrinas del Presidente, e Indalecio Pertierra, dueño del hipódromo y del cabaret Montmartre, que le buscó a sus guardaespaldas cubanos. Había hecho significativas inversiones, se mezclaba  en la política cubana y legisladores, jueces y oficiales de Policía acudían a sus fiestas y eran congratulados con regalos costosos…

            Pero Luciano tenía también enemigos muy fuertes. Y la prensa cubana pareció descubrir de golpe quién era  aquel rico, amable y generoso señor que se presentaba como  Salvatore Lucania, su nombre verdadero,  y que había entrado en Cuba con pasaporte legal y con una visa expedida por el consulado cubano en Roma. A esa altura la Oficina de Narcóticos norteamericana sabía todo lo que deseaba saber sobre los vínculos de Luciano en la Isla y recomendó al gobierno de Grau que lo devolviese a Italia.

            Grau se hizo el sueco. Respondió a  Washington, pero le dio el esquinazo. No veía razones para expulsar a un hombre que tenía sus papeles en regla y llevaba, decía la Policía, una vida apacible en La Habana. Antes de salir de Italia, Luciano dejó allí una extensa organización para introducir narcóticos en Cuba y trasladarlos luego a Estados Unidos, adujo el gobierno norteamericano y el ministro cubano de Salud ripostó que dudaba de que Luciano estuviese detrás de un supuesto aumento en el tráfico de drogas. Grau pareció rematar el asunto al declarar: No hay argumento legal que obligue al señor Lucania a salir del país si sigue comportándose de una manera tan digna.

EL EMBARGO

Estados Unidos no cejaba en su empeño. La Oficina de Narcóticos requirió la colaboración del presidente Truman y los departamentos de Estado y del Tesoro presionaron en conjunto sobre La Habana. Si no expulsaba  a Charlie Lucky Luciano, Washington cortaría todo embarque legítimo de narcóticos y la Isla quedaría sometida a un embargo de medicamentos.

Mientras el premier Carlos Prío maniobraba en secreto para que el gobierno  saliera lo mejor parado posible ante la injerencia extraña,  políticos de todos los partidos y tendencias, reunidos en la casa de Neno Pertierra,  buscaban una solución airosa al problema. Desde su exilio dorado de Daytona Beach, el ex presidente Batista dejaba saber su opinión. Recomendaba que Luciano se trasladara a Venezuela donde su antiguo ayudante, el  comandante Jaime Mariné, regenteaba el hotel más importante de Caracas, propiedad de Batista y del propio Mariné. Allí sería bien acogido. De esa manera, precisaba el General, se era flexible con la exigencia de Washington y Luciano mantenía su objetivo de permanecer cerca de Estados Unidos. La otra sugerencia del mayoral de Kuquine era audaz, pero totalmente absurda e irrealizable. Si Estados Unidos suspende la venta de medicamentos a Cuba, decía Batista, Cuba suspende la venta de azúcar a Estados Unidos.

A través de Meyer Lansky, su lugarteniente, Luciano mantenía relaciones con Batista desde que en 1933, a cambio de una jugosa tajada, lo había autorizado a abrir y operar el casino del Hotel Nacional y otras salas de juego. Lo tenía por un hombre  con los pies bien afincados en la tierra, pero aquella idea le pareció demasiado peregrina. Sabía que el gobierno de Grau no se compraría una bronca como esa ni tenía pantalones para ello. Se resignó entonces  a que lo expulsaran de Cuba.

EL MAR Y LAS PALMERAS

Luciano había llegado a la Isla seis meses antes, a fines de septiembre de 1946. Procedente de Brasil, arribó por el aeropuerto de Camagüey, como era habitual en los viajes procedentes de Sudamérica. Fue muy breve su estancia en esa ciudad. Aceptó la comida que le ofreció Germán Álvarez Fuentes –el hombre de la Ipecacuana-  ministro cubano de Agricultura y propietario de la farmacia de la calle Avellaneda, vinculado, se dice, al negocio de la droga, y descansó en el Gran Hotel, presumiblemente en la habitación 407, el famoso cuarto veneciano de esa instalación hotelera.

            Ya en La Habana, y alojado en el Hotel Nacional, se impresionó con el paisaje: las palmeras lo hicieron creerse en Miami, en tanto que el azul del mar le recordó Nápoles. “Pero estaba solo a 90 millas de Estados Unidos, y eso significaba que estaba de nuevo en América”, dice Luciano en sus memorias.

            Claro que Salvatore Lucania no había venido a La Habana a admirar el paisaje, por muy espectacular que le pareciera. Vino a algo más preciso y urgente: apuntalar su imperio que se desmoronaba ante el empuje de Vito Genovese, ansioso de convertirse en el nuevo jefe de la mafia norteamericana. Luciano, salido de la cárcel, había sido repatriado a Italia. Su lejanía dejaba la brecha abierta a los antojos de Genovese, en Nueva York, y en California, Buggy Siegel lo traicionaba abiertamente.  Se imponía un llamado al orden, y los jefes de las familias principales de la mafia debían reunirse, llamados por Luciano, a fin de discutir sobre esferas de influencia, problemas territoriales, tráfico de drogas y la apertura del imperio de Las Vegas. Ese fue, dice el escritor Enrique Cirules, el temario de la reunión de cabecillas que tuvo lugar en La Habana.

            Ninguna ciudad más apropiada para el cónclave que esta, punto intermedio en ese tiempo del tráfico de heroína hacia Estados Unidos. Se convocó en el Hotel Nacional para el 22 de diciembre de 1946 y se extendió hasta el día 26. Asistieron los jefes más connotados, mientras que Al Capone, ya muy enfermo,  enviaba sus saludos y respetos. Las sesiones se celebraron en la sala Taganana y nadie fuera de  los citados pudo hospedarse ni usar de los servicios de la instalación hotelera en esos días. La prensa no publicó una sola línea sobre el tema.

APARECE SINATRA

“Si alguien hubiese preguntado, había una razón aparente para semejante reunión, expresa Luciano en sus memorias. Se celebraba para honrar a un chico italiano de New Jersey llamado Frank Sinatra quien había volado a La Habana para conocer a su amigo Charlie Luciano, y durante la semana se daría una gala en su honor”.

            La reunión concluyó. Los participantes se fueron con el mismo sigilo con que llegaron, pero Luciano permaneció en La Habana. En su casa de la calle 30, en Miramar, se sentía intocable, ajeno a la vigilancia que funcionarios de la Oficina de Narcóticos mantenían sobre él.  Ajeno también a los trajines de su lugarteniente, Meyer Lansky, el financiero de la mafia, empeñado en secreto de sacarlo de Cuba.

            Llegó así el 23 de febrero de 1947. Mientras almorzaba, un agente de la Secreta pidió de favor  a Luciano que lo acompaña. El capo de todos los capos no perdió la compostura. Se despidió afectuosamente de sus guardaespaldas cubanos y caminó hasta el automóvil con chapa oficial que lo esperaba. No había acusación contra él. Solo aquella orden de repatriarlo a Italia que Washington obligó al gobierno de Grau a ejecutar. En el campamento de Tiscornia, donde eran retenidos hasta que se aclarara su situación extranjeros llegados sin la documentación requerida y aquellos que esperaban ser sacados del país, expresó a Lansky la preocupación por sus hombres que quedaban en la Isla. Pero ninguno fue molestado, se reanudó el flujo de medicamentos desde Estados Unidos, y el tráfico de drogas, ahora bajo el control de Lansky, siguió su curso indetenible.

            Se presentó un recurso de habeas corpus en favor de Luciano, pero fue denegado por el ministro de Gobernación. Presentarlo ante un tribunal  era poner en la picota a sus cómplices cubanos. El senador Eduardo Chibás denunció por sus nombres a los principales asociados cubanos del jefe mafioso, y la denuncia provocó un sonado incidente en el Senado cuando, durante el receso de una sesión, Paco Prío lo agredió físicamente al tiempo que gritaba: “Esto te lo manda Lucky Luciano”. Agresión que en otro receso ripostó Chibás y fue el preámbulo de un duelo a espada entre los dos parlamentarios.

            El 29 de marzo de 1947 Charlie Lucky Luciano embarcaba hacia Italia, en un camarote de lujo, a bordo del barco turco Bakir. Paco Prío no resistió la tentación y acudió al puerto a despedirse de su amigo.

           

           

           

  

               

    

             

           

           

 

Cervezas en Santa María del Rosario

Cervezas en Santa María del Rosario

Ciro Bianchi Ross

 

Hacía un calor tan desesperante como el de ahora y yo tenía una sed terrible luego de haberme movido durante horas por el poblado. Tenía unas ganas locas de tomarme un par de cervezas para espantar el calor y el cansancio y alguien me sugirió que visitara El Mesón, restaurante que daba servicio en la mismísima casa solariega de los condes de Casa Bayona. Busqué el sitio recomendado, nada difícil de encontrar, pero  por esas cosas que sólo ocurren en Cuba, como si la gente comiese únicamente los fines de semana, no abría ese día al público. Aun así mi deseo se haría realidad pues en el patio, con mesas acomodadas entre los árboles, estaba la cervecera, con su cerveza áspera y dura, de a seis pesos la botella chusmita y sin etiqueta, que era posible acompañar, sin embargo, con un platillo de masas de cerdo fritas, discretísimas, pero suaves y fragantes, como deben ser, y una ración generosa de plátanos tostones, elaborados como Dios manda. Pese a ser un establecimiento de barrio, la cervecera de la casa de los condes de Casa Bayona tenía clase.

            No sé si por los precios que, a pesar de, no eran altos, o por la hora, el lugar estaba casi desierto. Era una maravilla estar allí, en aquel sitio casi bucólico, tranquilo, agradable y acogedor y no preciso ya si por eso o porque la atención era realmente exquisita, me fui embullando y de las dos cervezas previstas llegué a la tercera, pasé a la cuarta, y con la lengua ya tropelosa, ordené la quinta, no sin que el camarero me advirtiera que desistiera de mi empeño. Pero nada podía importarme a esas alturas pues tenía hecho y bien guardado el trabajo del día.

            Este periodista, que se precia de conocer bien la geografía cubana, no había estado nunca antes en Santa María del Rosario. Omisión imperdonable ya que esa joya de la Cuba profunda, fundada en 1732 por el primer conde de Casa Bayona, se encuentra  sólo a 25 km al este del centro de La Habana.

            A las cualidades casi milagrosas de sus aguas medicinales y al esplendor de su iglesia, donde se rinde culto a la virgen del Rosario, debe su fama esta villa de poco más de 3 000 habitantes y que hoy es un consejo popular, un barrio, del municipio del Cotorro. No deja de ser paradójico porque el Cotorro, que se fundaría casi un siglo después, empezó por allí, pero en 1930 la Carretera Central dejó a un lado el poblado original y propició el desarrollo del Cotorro, y a ese sitio se trasladaron, después de 1959, el juzgado, la estación de policía y la casa consistorial.

             Apenas sin industrias ni edificios altos y modernos, regalando al visitante la apariencia de un pueblo calmo y limpio de la Cuba rural y aldeana, Santa María del Rosario quedó enquistado en su historia  Una historia de la que puede ufanarse y que busqué para mi reportaje en una localidad que en 1946 el presidente Grau dio título de Monumento Nacional.

            Su iglesia asombra por su techumbre de maderas preciosas. Sus altares son de cedro y oro y de cedro cromado en oro las imágenes de bulto de San Francisco y San Antonio que se veneran en el templo. Son de mucha cuenta las obras de arte que allí se exhiben, entre ellas las cuatro pechinas, que no vi por hallarse en proceso de restauración, de Nicolás de la Escalera, el primer pintor cubano del que se tiene memoria.

.Esas y otras informaciones las tenía yo anotadas y las llevaba sobre todo en la memoria y podía permitirme la quinta cerveza y otras más incluso. Me sentía, por otra parte, con  el derecho de estar allí porque en definitiva yo había sido amigo del último propietario de la casa que daba asiento al restaurante y a la cervecera, José María Chacón y Calvo, sexto y último conde de Casa Bayona que solo reivindicó su título en 1956 ante la certeza de que se perdería si no lo reclamaba, lo que lo convertía en el menos aristocrático o el más plebeyo de todos los nobles cubanos y que se hubiera alegrado de que ese restaurante y esa cervecera se instalaran en la casa donde nació aunque solo fuera para que su amigo, aquel pobrecito periodista que era yo cuando lo conocí, treinta años después de su muerte se emborrachara en sus predios como un perro.

          

Cómo huyó Orestes Ferrara

Cómo huyó Orestes Ferrara

Ciro Bianchi Ross

Hace muchos años, allá por los lejanos 70, un amigo me contó que había conservado durante décadas un par de corbatas que pertenecieron al político machadista Orestes Ferrara. Era parte de un botín de guerra. El 12 de agosto de 1933, varios estudiantes, entre los que se encontraba mí ya fallecido amigo, trataron de echarle el guante en el puerto de La Habana al Secretario de Estado (Ministro de Relaciones Exteriores) de la dictadura de Machado.  No lo consiguieron. El astuto italiano, que alcanzó en la Guerra de Independencia el grado de Coronel, que le otorgó el generalísimo Máximo Gómez, logró llegar indemne al hidroavión que, como todos los días, saldría  del muelle del Arsenal  a las tres de la tarde. Poco después se le juntaba su esposa. Pero esta, en la prisa por escabullirse, abandonó u olvidó el equipaje, cuyas piezas se repartirían, como trofeo, sus perseguidores. Como yo  sabía que Ferrara,  el historiador Ramiro Guerra y el periodista Alberto Lamar fueron los tres últimos funcionarios que abandonaron  el Palacio Presidencial minutos antes de que el pueblo lo ocupara y saqueara, siempre supuse que se había dirigido directamente al puerto. Pero no. Ferrara, a pie y en coche, haría aquel día un largo periplo por La Habana.

            De esa sabrosa estampa del ayer estaremos hablando enseguida.

EN REBELIÓN ABIERTA

Ferrara regresa a Cuba el miércoles 9 de agosto de 1933, tres días antes de la caída del régimen. Una conferencia internacional, tan rimbombante como inútil, lo había retenido en Londres durante varias semanas, y ya en Washington, donde esperaba poder entrevistarse con el presidente Roosevelt, recibió el llamado perentorio de Machado que lo conminaba al regreso. “Embarca lo más rápido que puedas”,  ordenaba el dictador en su mensaje. El país estaba en rebelión abierta y el papel de mediador entre la oposición y el gobierno asumido por Benjamín  Summer Welles, el embajador de EE UU, agriaba los ánimos, mientras que la dictadura perdía sostenes y esperanzas.

            Los días 10 y 11 son para Ferrara de trabajo incesante. Se entrevista con Machado, que le aseguraba  que renunciaría, aunque nunca estuvo muy decidido del todo, y con el embajador  Welles, a quien reprocha su gestión mediadora. Conferencia asimismo con representantes de la política tradicional que se oponen a la dictadura. Sabe muy bien que la suerte del régimen está echada. Por eso, sin concurrir al ministerio, apenas sin salir de su casa, labora, con el concurso de Ramiro Guerra, Secretario de la Presidencia, en  los documentos que avalarán el tránsito de poderes: las dimisiones  de los ministros, la solicitud de licencia que hará Machado al Congreso y que equivale a su renuncia, los decretos que darán vida al nuevo gobierno… todo un esqueleto que quiere presentar en orden al general Alberto Herrera, escogido por Machado como su sustituto.

            El sábado 12 acude al Palacio Presidencial.  Son las ocho de la mañana y en el trayecto desde su casa, en San Miguel y Ronda,  al costado de la Universidad, advierte las calles insurreccionadas, pero no agresivas. Allí, para su sorpresa, se encuentra con Machado. Conversan. Dice  al dictador que, junto con su mujer,  viajará rumbo a Miami en el hidroavión ordinario de las tres de la tarde y que entonces  se trasladarían a Nueva York. Machado confiesa que no sabe exactamente lo que hará, pero que quizás se traslade a Las Villas a fin de acampar en el Escambray con un centenar de leales. A otros diría esa misma mañana que acamparía en Rancho Boyeros.

            Ferrara le recomienda con insistencia que se olvide del Escambray y salga al exterior, y Machado, en una especie de limbo, da vueltas por los salones de Palacio como quien no sabe si irse o quedarse hasta que decide salir,  con la escolta, hacia  su finca Nenita, en la carretera de Santiago de las Vegas a Managua.  En el despacho privado del Presidente, en el tercer piso de la mansión, junto con Guerra y el periodista Lamar, Ferrara se vuelca de nuevo sobre los documentos que deben estar listos antes de la fuga. El Palacio, tan concurrido en días anteriores, está ahora casi desierto. Lo abandonan los empleados al advertir la ausencia de la familia presidencial, y también los viejos servidores que, ajenos a la política,  pasan de un Presidente a otro. Solo una criada permanece en las habitaciones particulares  del mandatario. Nadie se lo ha pedido, pero ella las arregla por amor al orden.

SE ALQUILA

Una multitud comienza  a darse cita en las afueras del Palacio. La documentación está lista al fin y Ferrara y sus acompañantes se disponen a salir del edificio. La puerta por la que quieren hacerlo  está cerrada y ya por fuera colocaron  en ella un cartelito que dice “Se alquila”. La puerta principal está cerrada también y lo está asimismo la reja de la mayordomía. El policía que debe custodiarla y que sirve como portero desde los tiempos de Estrada Palma, da paseítos nerviosos por el edificio y jaranea con la muchedumbre. Lo localizan y retira el candado. Ferrara pide a sus compañeros que lo dejen salir primero, y  afuera agita los papeles que lleva en la mano como para anunciar la renuncia del jefe del Estado. Estalla el entusiasmo y los tres funcionarios que ya dejaron de serlo llegan al coche de la Secretaría de Estado que los espera. La gente no aguarda  más y penetra en el Palacio Presidencial.

            Guerra baja el primero y busca  la Estación de Policía de la calle San Lázaro. Poco después, a la altura de Infanta, desciende Lamar del vehículo. Ferrara se dirige a la casa del general Herrera, en L entre 21 y 23, frente a un costado del hospital Mercedes, para  entregar los documentos que a esa altura no interesan  a nadie.  Lo recibe el embajador Welles, pero no puede ver a Herrera. El general no fue aceptado por el Ejército como sustituto de Machado, y el Presidente es ya, por obra y gracia del embajador,  Carlos Manuel de Céspedes, el hijo del Padre de la Patria.

            Ferrara, solo, debe volver a pie a su casa. Ve pasar, en su automóvil, a su viejo amigo el nuevo mandatario, que vuelve la cara para no saludarlo.  En el camino se le suman algunos amigos dispuestos a protegerlo. Frente a su residencia, mientras atiende al embajador de España, un tiro que era para él mata a un hombre de su confianza. Se hace nutrido el tiroteo y el diplomático insiste en que, junto con su esposa, busque refugio en su embajada. El matrimonio se niega. Reitera el embajador su ruego, pero la respuesta es la misma. Urge hallar una salida. Ferrara pide a su esposa que se traslade a la casa de su hermana, y, antes, prepare  el equipaje. Él iría a la  casa de un amigo, donde ella deberá reunírsele. Almuerzan, con buen apetito, unos espaguetis napolitanos.

SIN DISFRAZ 

            Hay saqueos, linchamientos, incendios,  detenciones… La radio trasmite noticias inquietantes. Una amiga de la familia ha reservado dos pasajes en el hidroavión de las tres de la tarde. El asunto es llegar al muelle del Arsenal. Ferrara decide hacerlo sin disfraz alguno y en un automóvil descubierto. Como su chofer se niega a conducirlo, lo hará un sobrino y lo acompañará su cuñada. Un sobrino más se suma al grupo  en calidad de guardaespaldas. Ferrara irá también armado.  La esposa acudirá  después, en otro vehículo, luego de realizar gestiones de última hora y recoger las dos pequeñas maletas donde llevan lo imprescindible.

            El trayecto hasta el muelle es fácil. Evitan, claro, las vías más concurridas. Por G, el auto tuerce a la izquierda y gana Carlos III. Lo hace a una velocidad normal para no llamar la atención.  Muchos  reconocen al funcionario del gobierno depuesto; algunos lo saludan y otros lo increpan, pero nadie lo detiene. A la altura de Belascoaín, se  ve jaleo dos cuadras más allá, en Reina y Escobar. Están asaltando la casa del senador Wilfredo Fernández. El automóvil gira rápido  a la derecha, luego a la izquierda y escapa por la calle Estrella.

            En el Arsenal no hay público. Ferrara abona el importe de los pasajes y aunque falta tiempo para la hora del vuelo un empleado le permite pasar al hidroavión. El sobrino que sirvió de custodio se mantiene fuera, armado, a la expectativa. Llega la esposa del ex ministro y ocupa un asiento a su lado.

            La tripulación está ya a bordo, y el capitán de la nave, un ruso blanco, dispone que el aparato se separe del muelle y sea atado a la boya. Ya la instalación  no está desierta como lo estuvo antes. La ocupa un grupo numeroso de jóvenes estudiantes y también de marineros y soldados. Desde el hidroavión se les ve gesticular, pero no se escucha lo que dicen. Sí  es audible desde el aparato la voz de las ametralladoras. Disparan contra la nave. No menos de cincuenta tiros la impactan. El camarero está muerto de miedo, a punto del ataque de nervios,  y una bala atraviesa el sombrero de la esposa de Ferrara.

            El motor, el motor, grita el capitán y la nave se pone  en movimiento. Ya en el aire, el piloto  toma una determinación inesperada. Teme  que aviones del Ejército cubano lo persigan y ataquen en pleno vuelo, y  cambia el rumbo y solo lo rectifica cuando se convence de que no habría  peligro.

            En el aeropuerto de Miami un grupo de cubanos increpa al ex ministro de la dictadura. Ferrara responde a las agresiones verbales y se lanza contra uno de ellos, pero cuatro policías vestidos de paisano lo contienen y lo cargan hasta un automóvil. La pareja se hospedaría en el hotel Colombus, y de allí la sacan las autoridades de Emigración para ficharla.

            Deben comprar ropa. La de Ferrara, que viste de blanco, está en un estado deplorable. Tanto que algún que otro periodista llegó a afirmar que parecía  como escapado de una refriega de masas. Lo ha castigado duro el sol de agosto y, entre una cosa y otra,  lleva dos días sin cambiarse. Pero no tiene con qué hacerlo porque las pocas pertenencias que recogieron para el viaje quedaron en el muelle del Arsenal, de La Habana, a merced de sus perseguidores que décadas después todavía las mostraban como trofeo y recuerdo   de una época  en la que el pueblo se vio obligado a tomar la justicia por su mano y que, por su complicidad con la dictadura y con Machado, hubiera pasado la cuenta a Ferrara de haberle echado el guante aquel 12 de agosto.

             

 

             

 

Finlay

Finlay

Ciro Bianchi Ross

 El doctor Carlos Juan Finlay  acaba de hacer un planteamiento absolutamente original y escruta los rostros de sus compañeros de labores académicas. Ha echado por tierra  todas las teorías sobre la fiebre amarilla. Es más. Formula una nueva concepción acerca del contagio basada en el papel de los vectores en la trasmisión de enfermedades ya que nunca antes se expuso, y mucho menos se avaló experimentalmente, la posibilidad de que los insectos sirviesen de entes trasmisores de microorganismos patógenos.

            Se sabe en un momento clave de su existencia. La honda emoción que lo embarga y la confianza en la certeza de sus postulados apenas le deja reparar en la actitud hostil de su auditorio. Piensa que los incrédulos tendrán que mudar de parecer cuando dé a conocer las pruebas que respaldan sus afirmaciones.

            Pero Finlay no logra  entusiasmar a nadie. Cuando el presidente de la sesión anuncia que concederá la palabra a los que quieran hacer uso de ella, solo se escucha la voz del secretario general de la corporación para solicitar que el trabajo del ilustre científico “quede sobre la mesa”, formulismo que indicaba que no habría comentarios. Ninguno de los estudiosos que concurrieron  aquel 14 de agosto de 1881 a la sala de actos de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, impugnó los puntos expuestos por Finlay en la teoría del mosquito Aedes aegypti como agente trasmisor de la fiebre amarilla ni se mostró  de acuerdo con ellos. El silencio fue la única respuesta a una concepción que no solo posibilitaría a la postre la erradicación del entonces llamado “vómito negro”, sino que abrió un nuevo capítulo en la historia de la medicina tropical.

CONTRA LA ADVERSIDAD

Finlay fue un hombre en lucha permanente contra la adversidad y las vicisitudes.

            En su adolescencia fue víctima de dos graves enfermedades, una de las cuales le dejó un serio trastorno de pronunciación que nunca superó del todo. Hizo estudios de medicina   fuera de Cuba y cuando regresó a la Isla para ejercer su profesión lo suspendieron en el examen de reválida del título, lo que lo obligó a esperar el tiempo reglamentario para volver a presentarse. Aspiró a socio supernumerario de la Academia de Ciencias y se vio frustrado en el primer intento; reiteró entonces su solicitud para socio corresponsal y la respuesta fue desfavorable… Cuando por fin resultó aceptado en la Academia, su teoría sobre la relación entre el mosquito y la fiebre amarilla fue acogida con indiferencia y se vio precisado a esperar más de treinta años para que se comprobara oficialmente su descubrimiento y se pusieran en prácticas las medicas sanitarias que recomendó para la erradicación del vector.

Después de muerto le quedarían  batallas por ganar. Pese a que el XV Congreso Internacional de Historia de la Medicina (1956) estableció de manera definitiva que “a Carlos J. Finlay, de Cuba, y solo a él, corresponde el descubrimiento del agente trasmisor de la fiebre amarilla y a la aplicación de su doctrina, el saneamiento del trópico”, algunas entidades extranjeras, esencialmente norteamericanas, trataron de escamotearle la paternidad de su concepción. De ahí que uno  de sus biógrafos afirme que Finlay es un hombre envuelto en una polémica permanente.

Sus profusos y concluyentes experimentos e investigaciones en cuanto al morbo amarillo y la importancia de su descubrimiento, han hecho que este genial cubano sea considerado y valorado hoy a partir y a través de su teoría sensacional sobre el papel de los mosquitos en la trasmisión de enfermedades. Sin embargo, no fue esa la única rama de la medicina donde descolló. Fue un oculista eminente y un internista consumado y resultaron significativos sus aportes en enfermedades tropicales como el bocio exoftálmico, la lepra, la filaria, la triquinosis, el beri-beri y el cólera, así como sus estudios en el campo de la parasitología.

En 1911, en el prólogo a Trabajos selectos, de Finlay, escribía Juan Guiteras:

“La laboriosidad del doctor Finlay es pasmosa. En medio del trabajo constante de su profesión y de la producción permanente de escritos sobre asuntos de patología y terapéutica, en los que se adelantó generalmente a sus contemporáneos, como puede verse en sus trabajos sobre la filaria y el cólera, encuentra tiempo, por ejemplo, para descifrar un antiguo manuscrito de latín, haciendo acopio de fuentes históricas, heráldicas y filológicas para comprobar que la Biblia en que aparece el escrito hubo de pertenecer al emperador Carlos V en su retiro de Yuste, o trabaja en la resolución de problemas de ajedrez, de altas matemáticas o de filología: o elabora complicadas y originales teorías sobre el Cosmos…”

MÉDICO DE LOS MOSQUITOS

Carlos J. Finlay nació en la ciudad de Camagüey, el 3 de diciembre de 1833, fecha  que se escogió para la celebración del Día de la Medicina Latinoamericana. Comenzó a interesarse en los estudios sobre la fiebre amarilla en 1870. Entonces la enfermedad, endémica del continente americano, era considerada ya una especie de mal inevitable y contra ella se ensayaban las medidas más peregrinas. Dos hipótesis prevalecían entones. Una decía que se trasmitía de enfermos a sanos y que donde se presentaba un caso, no tardaban en aparecer muchos más. La otra planteaba que e el caso de este padecimiento las personas sanas no lo contraían aun cuando usaran las ropas del enfermo, estuvieran en contacto con él, respiraran sus hálitos o fueran afectados de algún modo con los productos de la enfermedad.

            Como las dos conjeturas se basaban en hechos objetivos y reales y parecían estar en lo cierto, Finlay se decidió por otro camino y elaboró el concepto de la trasmisión metaxénica   de las enfermedades infecto-contagiosas. Un modo nuevo y distinto de la trasmisión de enfermedades que ha resuelto grandes y complejos problemas epidemiológicos.

            Durante más de tres décadas el científico ahondó como nadie en la patogenia, epidemiología, clínica y tratamiento de la fiebre amarilla. Llegaron a apodarle “el médico de los mosquitos”. Indiferencia, burlas e ironía no lograron erosionar en Finlay,  la fe en sí mismo ni su tenacidad. Era frecuente verlo por las calles habaneras con varios tubos en ensayo en los que había recogido mosquitos infectados y que solía llevar en el bolsillo superior izquierdo de la levita, junto al corazón.

LA INFAMIA

La teoría de Finlay se abrió paso. Los habitantes de la Isla no podían dejar de establecer  una estrecha relación entre la aparición de la enfermedad y las pésimas condiciones sanitarias existentes en la Cuba colonial. Por otra parte, los médicos de ideas más avanzadas terminaron por aceptarla. Faltaba la práctica social que la confirmara plenamente.

            Durante la primera intervención norteamericana en Cuba, el gobierno de Estados Unidos presionó a sus  médicos militares destacados en la Isla para que buscasen una solución al problema de la fiebre amarilla. Impotentes ante la enfermedad, decidieron ensayar la teoría de Finlay. Pero no creían en ella. Fue así que los doctores Reed, Carroll y Lazear visitaron  a su colega cubano y obtuvieron de él los resultados de treinta años de investigaciones. Pusieron en práctica entonces los métodos propuestos por el cubano y los resultados fueron favorables. Solo aventajaron a Finlay en la determinación de la naturaleza viral de la enfermedad.

            Desde los primeros contactos de los norteamericanos con Finlay comenzó a gestarse la infamia, pues Reed, quien fungía como jefe del grupo, nunca se mostró partidario de reconocer a Finlay la paternidad del descubrimiento en caso de que llegase a corroborarse su teoría. Quería el mérito solo para sí y no demoró en adjudicárselo.

            Obedecía en eso a orientaciones muy precisas que recibió de Washington. Ante los ojos del mundo entero el gobierno de Estados Unidos quería hacer pasar su intervención en Cuba como una obra humanitaria y civilizadora, no militar. Nada se prestaba mejor a ese propósito que hacer creer que el saneamiento del país con el combate del mosquito y la erradicación de la fiebre amarilla era colofón únicamente de sus “humanitarios” y “civilizadores” desvelos.

GLORIA

Finlay reaccionó vigorosamente ante la usurpación y los más distinguidos profesionales de su tiempo lo secundaron, así como antes se negaron a creer en sus planteamientos. Pronto la gloria del médico rebasó nuestros límites territoriales y el reconocimiento universal llegó al sabio cubano. La Universidad de Filadelfia, donde cursó estudios, le otorgó, ad honorem, el doctorado en Leyes. La Escuela de Medicina Tropical de Liverpool, la Medalla Mary Kingsley y el gobierno francés lo condecoró con la insignia de Oficial de la Legión de Honor.

            Cuando en febrero de 1901 se convocó en La Habana el III Congreso Panamericano de Medicina, una gran expectación reinaba entre los asistentes. En sus sesiones volverían a encontrarse cara a cara Finlay y Reed. El cubano presidía la sección de Medicina General y daría lectura a un informe sobre los adelantos contra la propagación de la fiebre amarilla.

            Cuando le tocó el turno para dar a conocer su ponencia, dice su biógrafo Rodríguez Expósito, “una ovación cerrada recibió la figura venerable, serena y digna del noble anciano. Los médicos de todo el continente allí representados rendían de ese modo un emotivo y elocuente homenaje al descubridor del agente trasmisor de la fiebre amarilla”.

            Al día siguiente, Reed se dirigió al congreso. Leyó asimismo un informe sobre la fiebre amarilla, pero el nombre de Finlay no se menciona en sus páginas.

            A partir de 1909 dejaron de registrarse en Cuba casos de esa enfermedad. La aplicación de las recomendaciones del médico cubano posibilitó  el saneamiento del trópico con el ahorro consiguiente de vidas humanas en Panamá, Brasil, el sur de Estados Unidos y otras regiones.

            Al conmemorarse el 137 aniversario del natalicio de Carlos J. Finlay vale recordar la figura del ilustre científico cuya proeza se sale del marco de la época que le tocó vivir a la medicina de su tiempo y sentó, a escala universal, la base para la busca y  la solución de los problemas médico sanitarios.

            Carlos Juan Finlay murió en La Habana el 20 de agosto de 1915.

 

           

  

Ron

Ron

Ciro Bianchi Ross

 

Gracias a la amabilidad del lector Gerardo Barrera, de Puerto Rico, llega a mis manos un libro muy curioso. Se titula Ron, y ya imaginará el lector sobre lo que trata. Su autor es Dave Broom, y lo ilustran  fotografías espléndidas de Jason Lowe. Un libro caro, de lujo, que aborda en sus páginas la historia, la producción y toda la gama de sabores del ron, uno de los aguardientes más antiguos del mundo. Lo publicó, hace un par de años en su primera edición en español, la editorial Blume, de Barcelona.

            Para hacerlo posible, Broom recorrió el Caribe y llegó a Sudamérica; saboreó cocteles en la Habana, se desmelenó –lo dice así textualmente- en Guyana, vivió el carnaval de la isla de Trinidad… y  reafirmó lo que ya sabía: el ron no es algo plano y único, sino diverso, con infinidad de caras. Cada isla tiene su  propio estilo, cada país aporta  su propio sabor y cada destilería presenta sus propias variaciones, dice, porque, más allá de su sabor,  un buen ron habla de su lugar de origen y cuenta su historia. Una historia de desplazamientos, emigración y creación; colonización y esclavitud.  Una historia fantástica, apasionada y sangrienta porque el ron, como el azúcar, nació del dolor.

            Ningún otro aguardiente ofrece tanta diversidad en su aroma, profundidad y calidad. Rones hay para beber a sorbos y para mezclar. Envejecidos y con un alto contenido alcohólico (overproof). De alambique de retorta, de destilación continua, de barrica única. Rones con sabores y rones especiados. Y cada uno con las características  que le concede su procedencia: el delicado estilo dulce de los rones cubanos, la sutil ligereza de los de Puerto Rico y St. Croix, la  sutileza del ron de Guyana, la elegancia y el empuje del de Jamaica, la fuerza de los añejos de Martinica, la prestancia de algunos rones haitianos…

            Broom, en su recorrido, degustó esos rones. Y, con  su color y paladar,  los describe en un Directorio que incluyó en su libro para concederles enseguida una puntuación que, como la de los hoteles, va desde una a cinco estrellas y asentar así  una gradación  que lo lleva del malo al excepcional, pasando por el regular, el bueno y el excelente. Aunque reconozca que él, como bebedor, se conforma con los buenos.

RONES CUBANOS

No escapan a su aguda valoración los rones cubanos. A algunos de ellos, concede un bajo puntaje. Sube la parada con el ron Varadero 5 Años. Le otorga entre tres y cuatro estrellas y lo valora como “joven, con una interesante complejidad” luego de decir en cuanto a su paladar que es generoso, sabroso, con “un toque seco que aporta una buena estructura”.

Dice sobre el Havana Club: “El original se elaboró por primera vez en 1878. Hoy es la marca de ron más conocida y más respetada de Cuba. Gracias a la empresa conjunta (con Pernod-Ricard) se convirtió en la marca de aguardiente de crecimiento más rápido del mundo”. Y añade entre paréntesis: “Cosa que no gustó nada a Bacardí”.

Broom se deslumbra con los rones de Havana Club. Da entre tres y cuatro estrellas al Añejo Oro y al Añejo Reserva. Califica al Añejo Blanco con tres y, sin vacilar otorga cuatro estrellas a los añejos 3 y 7 Años.

Llega así al Havana Club San Cristóbal de La Habana y al Havana Club Añejo 15 Años.

Del primero, asevera que su paladar es “masticable, amplio y exótico”. Afirma que los rones que se utilizaron en su elaboración tienen una media de doce años y, sin vacilar, lo califica de “excepcional”. Y expresa que  el otro, con textura sedosa,  “golpea el paladar con una oleada de sabores generosos y dulces”  y lo conceptúa como “enorme” antes de decir: “Ron verdaderamente clásico por el que algunos barmans llegarían a matar”.

OTROS RONES

 Es poco entusiasta con la marca Bacardí. Recoge en el Directorio cinco productos de esa firma y no lo  convence ninguno de ellos, salvo  el Bacardí 8yo, al que valora como “encantador” y concede cuatro estrellas.

            Los otros cuatro quedan por debajo y a veces muy por debajo. Del Bacardí White (dos-tres estrellas) dice que tiene buen equilibrio, es suave en el centro y ligero antes de catalogarlo como “bien elaborado, pero no parece ron”. El Bacardí Gold (tres estrellas) lo recomienda para combinar, en tanto que al Bacardí Limón y el Bacardí O, ambos, a su juicio,  con categoría de dos estrellas, los califica explícitamente de “regular”.

            Rones buenos, tan buenos como el Havana Club, hay en todo el Caribe y en América.   Y este Directorio  es ilustrativo al respecto. Entre ellos, la gama de El Dorado, de Guyana, y  Flor de Caña nicaragüense en sus diferentes versiones.  El R. L. Seale’s 10yo, de Barbados y el guatemalteco Zacapa Centenario.  Los Don Q, puertorriqueños, y el Cristal Lime, de Santa Lucía. El Bermúdez 150, de República Dominicana, y el Appleton Extra, de Jamaica…

            Un ron, a su entender, muy equilibrado, suave y sedoso, con peso y complejidad extra es el Barbancourt Special Rerserve 5 Star 8yo, de Haití. En la destilería Barbancourt, fundada en 1862, el ron se elabora con un método más parecido al del coñac, con destilación doble y  roble francés en las barricas.

BREVÍSIMA HISTORIA

“Barbados fue la primera; Jamaica añadió su propio toque en la forma de hacer las cosas, mientras que Martinica y Guyana insinúan sus propios encantos seductores al consumidor. Pero la isla que primero elevó el ron de una condición de espirituoso a clásico fue Cuba”,  se afirma en este libro. Nuestro país entró tarde en el panorama de los rones, pero con pasos rápidos. En 1778 exportó 230 000 litros de aguardiente y la cifra superó los cuatro millones y medio de litros a comienzos del siglo XIX. En 1861 funcionaban aquí 125 destilerías.

            Lo que hoy se conoce como ron cubano es el tercer gran estilo, en orden de aparición, en lo que al ron se refiere. Hacia 1860 se podía beber toda una gama de rones “británicos”, elaborados, con melaza y  en alambiques de retorta, en Jamaica, Guyana y Barbados. Fue entonces que en Cuba se adoptó una  tecnología en forma de alambique continuo o de columna, que no solo aumentó la producción, sino que dio vida a un nuevo estilo de ron, más ligero y dulce.

            Cuba, por otra parte, es la cuna de la mayoría de los cocteles de ron que se conocen y hogar de algunos de los mejores barmans del planeta. El daiquirí figura en la lista de los diez mejores cocteles del mundo.

Dice Broom en su libro que el turista que viene a Cuba en viajes organizados por las agencias “no se mezcla con la gente, no recorre las calles de Santiago, Trinidad y Cienfuegos y, sobre todo, los maltrechos callejones de La Habana Vieja […] nunca experimentará un poquito de la dura vida, aunque romántica, de la auténtica Cuba. Jamás bailará con extraños por la noche (como dice la canción) en el Malecón de La Habana ni beberá a la luz de la luna el ron que te deja el pecho helado y te eleva el espíritu hasta las estrellas”.  Mi lector canario Juan Arroyo me decía hace un tiempo: “Yo he bebido chispa ‘e tren y bájate el blumer a pico de botella debajo del puente de la Lisa, y te juro que no es fácil”.

De rones no destinados a la exportación, también conoció Broom en la Isla.   Porque la  peregrinación por bares y cantinas de La Habana llevó a ese escritor tanto al mítico Floridita y a La Bodeguita del Medio  como al bar Actualidades, al lado del cine del mismo nombre,  limpio y acogedor, pero lejos de los todos los circuitos turísticos capitalinos. Sus preferencias se centraron, sin embargo,  en el bar Monserrate que, asegura, “sigue siendo uno de mis preferidos en todo el mundo”. Un bar donde se comparte la barra, las familias comen tranquilamente, las conversaciones surgen de manera espontánea y la música,  ensordece, mientras que desde la calle entra el humo que despiden los ómnibus y el ruido de viejos automóviles que suenan como tanques de guerra. “Y donde uno se emborracha, pero no de ron (aunque algo ayuda) sino de la misma fuerza de la vida”.

Añade: “La vida en Cuba, como sucede en gran parte del Caribe, no es fácil. Y tampoco ayuda el boicot económico estadounidense. El ron forma parte de ese boicot”, dice Broom para adentrarse en la guerra Bacardí-Havana Club.

Precisa que una de las razones de que Bacardí se transformara en una empresa global fue porque se percató de que el futuro estaba en las marcas internacionales. Contaba además con el mercado del ron blanco. Así fue hasta 1993, año en que Pernod Ricard y Havana Club se asociaron para comercializar en el mundo esa marca cubana.

“Aunque Bacardí había colocado en 1959 una pancarta en la que se leía ‘Gracias, Fidel’, la compañía se convirtió en el enemigo del régimen. Las ventas de Havana Club eran, en esa fecha,  ridículas en comparación con las de Bacardí, pero Havana Club fue la marca de mayor crecimiento en el mundo”.

Bacardí no solo tuvo un rival en lo referido a la distribución internacional, sino que se trataba de un rival cubano y se desató la confrontación.  “Una guerra sórdida e indigna”, dice Dave Broom,  cuando Bacardí lanzó la marca Havana Club en Estados Unidos y Washington cambió la ley para permitirla.  

  

   

           

  

           

Cuba y Puerto Rico son

Cuba y Puerto Rico son

Ciro Bianchi Ross

 

Hace unos días una audiencia de la Asamblea Nacional del Poder Popular instó a todos los parlamentarios, fuerzas políticas y movimientos e instituciones sociales del mundo a realizar acciones concretas a favor de la eliminación definitiva del estatus colonial de Puerto Rico. La Comisión de Relaciones Internacionales del Parlamento cubano acordó suscribirse a la Proclama de Panamá, adoptada de manera unánime por el Congreso Latinoamericano y Caribeño por la Independencia de Puerto Rico. En ese cónclave, 33 partidos políticos de 22 naciones de la región decidieron aunar esfuerzos para contribuir a la solución del problema colonial en la isla vecina. Tanto en la reunión de Panamá como en la de La Habana se constató la creciente comprensión que existe en nuestra área geográfica de que América Latina y el Caribe no serán verdaderamente independientes hasta que todas sus naciones no lo sean. Para los cubanos, expresó Ricardo Alarcón, es obligación de hermanos reforzar su apoyo a la lucha independentista del pueblo boricua.

            Se sabe que desde los tiempos de Martí, la independencia de Puerto Rico es anhelo del pueblo cubano. Lo que quizá se desconozca o no se recuerde es que la primera vez que La Borinqueña, el canto nacional puertorriqueño, se escuchó en un evento internacional fue gracias a la gestión de dos figuras prominentes de la cultura cubana. Y que poco después la Cámara de Representantes y el Gobierno de la República de Cuba intercedían ante el gobernador colonial  Luis Muñoz Marín  a fin de que garantizara la vida de don Pedro Albizu Campos, sitiado entonces en su casa de San Juan.  Corría el año de 1950.

CITA CENTROAMERICANA

Se inauguraban los VI Juegos Centroamericanos y del Caribe y unas 60 000 personas se daban cita en el estadio de Ciudad de Guatemala. El presidente de ese país, Juan José Arévalo, pronunciaría las palabras de apertura y enseguida desfilarían los atletas de doce países y territorios de la zona. El paso de cada una de las delegaciones  sería saludado con su himno nacional respectivo, interpretado por la banda de la Policía guatemalteca. Solo los deportistas boricuas no portarían su bandera, sino la de las barras y las estrellas, y marcharían bajo los acordes del himno de Estados Unidos.

            “Guatemala se enorgullece de ser el dirigente del movimiento contra las potencias coloniales e imperialistas y las dictaduras en el Caribe”, dijo Arévalo en su discurso inaugural, y sus palabras fueron el preámbulo de lo que sucedería porque al paso de la delegación de Puerto Rico la banda de la Policía hizo escuchar La Borinqueña, mientras que el maestro de ceremonias, a través de los altoparlantes del estadio, recordaba que Guatemala no reconocía colonias en América y una ovación cerrada acogía su mensaje.

            Claro que no todos los presentes en el amplio coliseo aplaudieron. Richard Petterson, embajador de Estados Unidos en la nación centroamericana, obligado por el protocolo, escuchó La Borinqueña en atención, pero de inmediato se retiró indignado, no sin antes advertir que entregaría una protesta formal ante la cancillería guatemalteca. Lo hizo y la réplica del gobierno de Arévalo fue precisa y lógica. Decía: “No se tocó el himno norteamericano porque Estados Unidos no participa en estos Juegos. Se interpretó La Borinqueña porque Puerto Rico no tiene himno nacional y esa melodía popular está considerada como canto nacional”.

            El canto nacional puertorriqueño interpretado en la apertura de los VI Juegos Centroamericanos eclipsó la competencia misma. Grandes agencias de prensa reportaron el incidente y los periódicos más importantes de Norteamérica le dieron cabida en sus páginas. El asunto, sin embargo, no quedó ahí pues se repitió  en Haití pocos días después en ocasión del recibo que el presidente Estimé hizo a los participantes extranjeros en la feria de Puerto Príncipe, solo que esa vez no hubo nota de protesta de la embajada  de Estados Unidos.

            ¿Cómo llegó La Borinqueña a Guatemala? Como no había allí copia de su música, un alto funcionario del Gobierno guatemalteco dirigió  al doctor Emilio Roig de Leuchsenring, Historiador de La Habana, una petición para su envío urgente. Roig, como era de esperar, tampoco la tenía, pero acudió al maestro Gonzalo Roig, compositor y  director de la Banda de Música Municipal, para que la facilitara. Aportó el autor de Quiéreme mucho una copia para piano de la melodía  y el historiador la puso en el correo aéreo tan pronto como pudo. Así llegó a Guatemala. Una gestión en el mismo sentido, pero que no llegó a cuajar, hacía entonces en la capital cubana el hijo de Pedro Albizu Campos.

CRUENTA Y SAÑUDA PERSECUCIÓN

Pasaron diez largos meses. El 30 de noviembre de 1950 llegaba al Capitolio una dama encadenada. Vestía de negro y, con los ojos fijos, lucía  consumida por la angustia. Era la esposa de don Pedro y portaba un mensaje  en el  que el líder  nacionalista recababa la solidaridad de los parlamentarios cubanos. Frustrado un atentado contra su vida, orquestado, a su juicio, por agentes norteamericanos y no por la Policía de la ínsula, se hallaba, al igual que otros independentistas, confinado en su casa, acosado como una fiera, sin otra alternativa que entregarse o sucumbir peleando. La fracción Ortodoxa acogió de inmediato el llamado y el profesor Manuel Bisbé propuso al pleno de la Cámara de Representantes que tres diputados viajaran a Puerto Rico “para comprobar sobre el terreno lo que allí sucede y aminorar la cruenta y sañuda persecución que sufren en estos momentos los líderes independentistas”.

            Aunque el presidente Prío apeló  por carta a los “buenos oficios” y a la “humana mediación” del gobernador Muñoz Marín para garantizar la vida de Albizu, se negó a conferir carácter oficial a la embajada del Congreso que visitaría la isla hermana. Muñoz Marín, por otra parte, no había respondido a las más de veinte llamadas telefónicas que el presidente de la Cámara de Representantes le hizo desde La Habana para anunciarle la llegada de los parlamentarios.

            El destino de la misión era incierto. Aun así los representantes Manuel Romero Padilla (independiente) Luis Orlando Rodríguez (ortodoxo) y Enrique Cotubanama Henríquez (auténtico, dominicano, cuñado de Prío) se ponían en camino. No pasarían de Miami.

VEJACIONES

En el aeropuerto de esa ciudad se les “pegó” un sujeto que se identificó como de la Pan American.y que, sin que se lo pidieran, dijo estar a sus órdenes. Sospechaban los cubanos de tan extraña compañía cuando dos llamadas desde La Habana les anunciaron que no debían proseguir viaje. Por la primera se enteraron de la desairada respuesta de Muñoz Marín a Prío, y por la otra, de que la Cancillería cubana no había obtenido en Puerto Rico buena acogida para su gestión.

            Lo peor vendría después. Dos inspectores de Inmigración penetraron en la cafetería del aeropuerto y comunicaron a Henríquez que no podría salir del edificio. Estaba excluido de visitar Estados Unidos en virtud del artículo primero de la Ley de Seguridad Interna. Los funcionarios tenían órdenes de no dejarlo solo. Minutos después otro funcionario norteamericano se sumaba al grupo para comunicar que el dominicano era persona no deseable en Estados Unidos y que Romero Padilla y Luis Orlando estaban detenidos y sujetos a investigación. De nada valían  los argumentos del cónsul cubano, los pasaportes diplomáticos ni las visas expedidas a favor de los afectados por la embajada norteamericana en La Habana. Los tres legisladores serían trasladados a las oficinas de Inmigración. Los inspectores acordaron sacarlos por el fondo del aeropuerto para evitar el escándalo.

            -Solo por la fuerza me sacan a mí por el fondo –gritó Luis Orlando, que llegaría a ser Comandante del Ejército Rebelde. Romero Padilla no se quedó atrás. Rugió: ¡Al que se me acerque le meto una trompada! Y los tres diputados cubanos, más allá de sus discrepancias políticas, se agruparon en el centro del salón, con los puños en guardia.

            Hubo una calma tensa. El cónsul pidió a los funcionarios norteamericanos que le permitieran comunicarse con Luis Machado, embajador cubano en Washington y tuvo que esperar quince minutos para que lo dejaran hacerlo. Y en ese cuarto de hora se produjo otro incidente. Romero Padilla apremiado por una necesidad fisiológica, pese a estar advertido de que no podía moverse, buscó una puerta que creyó era la del sanitario y que daba a un salón donde aguardaban ansiosos periodistas y reporteros gráficos. Se abalanzó sobre él uno de los custodios y solo la interposición del cónsul evitó el cuerpo a cuerpo.

            Llevaban ya  tres horas detenidos cuando se recibió desde Washington  la llamada del embajador Machado. Había conseguido una dispensa y quedarían en libertad en otros treinta minutos. Romero Padilla y Luis Orlando hervían de indignación.

            -Nosotros no permaneceremos aquí. ¡Volvemos a Cuba! –dijeron, pero Henríquez, conciliador, insistió en quedarse. Quería ir a las oficinas de Inmigración a responder el interrogatorio.

            Minutos después otro funcionario, sin presentar la menor excusa por el tratamiento que les dieron,  dijo: ¡Están libres! ¡Pueden hacer lo que quieran!

            Enrique Cotubanama Henríquez salió del aeropuerto para perderse en la ciudad y Luis Orlando Rodríguez y su compañero se dispusieron a regresar a Cuba en el avión que partiría  cuarenta minutos después. Se había frustrado aquel intento cubano de abogar por la vida de Pedro Albizu Campos, expresión de la solidaridad de un pueblo para el que “Cuba y Puerto Rico son/ de un pájaro las dos alas/ reciben flores y balas/ sobre un mismo corazón”.