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Carlos, fálico y diablo

Carlos, fálico y diablo

Ciro Bianchi Ross

 

Cuando se conoce por referencia la vida del gran pintor cubano Carlos Enríquez, uno lamenta no haberlo podido conocer personalmente. Fue uno de los mejores intérpretes del paisaje cubano y un retratista excelente y legó, tanto en su pintura como en sus novelas, una visión muy personal de cuanto lo rodeaba. Supo hacerse acompañar invariablemente de mujeres muy hermosas, fuera una escritora francesa o una modelo haitiana, pero era un solitario que  vivió poseído de un afán de autodestrucción,  y el alcohol, que terminó matándolo, lo destruyó primero como artista. Hablaba sobre la obra de amigos y enemigos y se empeñaba en fabricar la frase más brillante para infligir la herida más profunda. “Carlos fálico y diablo”, lo definía Nicolás Guillén.  Pero era un hombre generoso. En sus últimos años, cuando ya no tenía nada que dar, regalaba a los amigos que interesaban su ayuda alguno de sus cuadros para que lo hicieran dinero. Aun así,  decía en un poema  Félix Pita Rodríguez, se esforzó durante toda su existencia en hacer creer que era tan malo como Benvenuto Cellini y tan perverso como el Marqués de Sade. Esfuerzo inútil, añadía Pita, “aunque algunos, a veces, /  te lo confieso ahora / al oído discreto de la muerte, / para verte feliz / fingíamos creerte”.

            Carlos Enríquez nació en 1901, en Zulueta, localidad de la región central de la Isla. Su padre quiso “darle carrera” y lo envió a estudiar Contabilidad a Estados Unidos, pero allí el muchacho adquirió  el instrumental técnico para su pintura. Como otros de su generación, ambicionaba   romper el estancamiento que signaba a la plástica cubana y encontró  aquí solo hostilidad e indiferencia. Sus dibujos fueron  tachados de obscenos y escandalosos y una muestra de su obra  retirada de la sala de la exclusiva sociedad que la exponía el mismo día de la apertura. Viajó entonces a París y los cuatro años que pasó en esa ciudad en el momento en que el surrealismo estaba  en lo mejor de su curva, completaron  su desarrollo, pero no lo cambiaron  en lo esencial. Siguió  siendo el pintor de la sensualidad y el embrujo cubanos, el artista que sabía que “pintar es reencontrar la perdida magia del mundo, su esplendor primario”.

            Algunos lo consideran como el primer surrealista cubano. Para no pocos  críticos, como Adelaida de Juan, esa afirmación no es del todo acertada. Dice: “Estaba demasiado arraigado en lo inmediato, en fuentes terrenales; su imaginación y su erotismo no requerían  del ‘maravilloso azar’ ni del subconsciente surrealista… El sueño de Carlos Enríquez tiene una verificación inmediata y carnal…”  Expresaba el propio artista: “Creo que mi pintura se encuentra en constante plano evolutivo hasta la interpretación de imágenes producidas entre la vigilia y el sueño… Sin embargo, esto no quiere decir que sea surrealista… Me interesa interpretar el sentido cubano del ambiente pero alejándome de escuelas europeas… Me interesa la forma humana, el paisaje y, sobre todo, la combinación de ambos pues todo hombre tiene su paisaje, interior o exterior, del cual nunca podrá aislarse”.

            Su pintura más recordada es El rapto de las mulatas (1938) en la que mujeres, caballos y guardias se funden en una especie de danza ritual que confiere un movimiento frenético a la obra. Espléndidas figuras femeninas poblaron su mundo pictórico, singularizado por el uso del color (azules, malvas, rojos) y de la transparencia.  Sus caballos y la vegetación de sus cuadros remedan siempre el cuerpo de la mujer. Hay en sus desnudos un disfrute sexual pocas veces visto en nuestra pintura. Enríquez gustaba de definir su obra como un romancero criollo. Esa definición puede englobar las tres novelas que escribió: La vuelta de Chencho,  La feria de Guaicanama, y Tilín García, la única que llegó a publicar en vida, en 1939,  y en la que el protagonista, como un nuevo caballero andante, recorre la campiña cubana pregonando la redención del campesino y la necesidad de una reforma agraria.

            Una mañana, en el barrio habanero del Vedado, Carlos Enríquez cortó el paso a quien sería después uno de los grandes escritores cubanos para preguntarle cómo llegaba al hospital Courí. El pintor lucía sucio, mostraba la barba de varios días y pese a llevar en pleno verano un traje de invierno temblaba como el azogue. El joven escritor sintió deseos de gritar a los transeúntes que aquel derrumbe humano era una gloria de Cuba, pero no lo hizo y, limitándose a indicarle el camino, tampoco quiso darle señas de que lo había reconocido. Poco después, en un amanecer,  la sirvienta del artista lo encontró sentado en su sillón, con el radio encendido. Parecía dormido… Ese mismo día se inauguraba una exposición de su obra. Los que llegaron a la galería de la calle Obispo, donde se expondría, encontraron la puerta cerrada y un letrero: “Carlos Enríquez ha muerto”. Era el 2 de mayo de 1957, hace ahora cincuenta años. 

           

           

                       

           

Guajiro

Guajiro

Ciro Bianchi Ross

Ilustración de Eduardo Abela

 

En un documento que circula en estos días por Internet, de esos que alguien se dedica a remitir masivamente y que quien lo recibe lo hace circular a su vez de la misma forma, se pretende explicar el origen de algunas frases cubanas como “la hora de los mameyes”, “la hora que mataron a Lola”, etc. Algunas explicaciones son correctas. Otras, no. Y ese es el caso de la explicación que dicha página ofrece sobre el origen de la voz “guajiro”. Dice que tal palabra surgió cuando, durante  la guerra hispano-cubano-americana (1898) los soldados estadounidenses decían a los combatientes del cubano  Ejército Libertador: You are a hero, y que de esas dos últimas palabras (“héroe de guerra”) se derivó “guajiro”.

            Lo cierto es que ese vocablo aparece registrado en el Diccionario provincial casi razonado de voces y frases cubanas, de Estaban Pichardo, que tuvo su cuarta edición, la última en vida de su autor, en 1875, más de veinte años antes de aquel conflicto bélico.

            Desconozco de dónde pudo salir la aseveración de que proviene de una  corrupción del inglés. Hay gente que atribuye a ese idioma un influjo mayor del que realmente tuvo en Cuba. Algo similar sucede con el término congrí, que es la mezcla del arroz blanco con los frijoles colorados guisados juntos. El lexicógrafo cubano Rodríguez Herrera lo hacía derivar  de la voz inglesa concrete, la mezcla o mortero  de arena, piedra y cemento. Eso, en opinión de otros especialistas, es un disparate.

            Se ha dicho que guajiro es una palabra que proviene del yucateco, idioma donde significa “señor”. Pero asegura Pichardo que en la época en que escribió su libro apenas se usaba en Yucatán, mientras que en Cuba era muy común y muy distinto su significado pues aquí guajiro es sinónimo de campesino. Con esa acepción lo recoge el diccionario de la Academia de la Lengua.

            Fernando Ortiz, en su Nuevo catauro de cubanismos (1974) incluye también la palabra y José Juan Arrom le concede la extensión que merece en su Estudios de lexicografía antillana (1980). Expresa Arrom que la voz se empleó en Santo Domingo, “si bien allí hoy parece haber caído en desuso”, y, en sentido restringido, en Guatemala, país donde, afirma Martín Alonso, se llama así a los centroamericanos en general, y también a los guatemaltecos no nacidos en la capital del país.

            Arrom cita a Oviedo, que en su General y natural historia de Indias (1535) asevera que guajiro no es término originario de la Tierra Firme sino de procedencia caribe, es decir, antillana. Acude asimismo a la Apologética historia de las Indias, del padre Las Casas, y recuerda que entre los taínos existían tres palabras para significar el grado y la dignidad de los señores: matunheri, que equivalía a alteza; baharí, señoría, y guaxerí, vuestra merced. Y añade que en su Historia de las Indias, Las Casas expresa que guaxerí significa señor. Rafael Calderón, en su gramática de la lengua goajira, dice que guashire es caballero y que guashiri significa rico. De todo ello concluye Arrom la procedencia arahuaca de la palabra.

 Arrom dice que en los vocablos guaxerí, baharí y matunherí los fonemas xerí, harí y herí son vacilantes grafías de un mismo morfema que corresponde a la voz arahuaca “a-hatí”, es decir, camarada, compañero, compatriota. Entonces si matun significa generoso, noble, matunherí sería noble,  generoso compañero o compatriota. Y que si bahü es casa, baharí quiere decir compañero de casa.

            Bachiller y Morales asegura que es artículo. Arrom no concuerda con ese erudito. Para él gua o wa es prefijo pronominal que significa nos, nuestro.

            Puntualiza: “Guajiro, por tanto, vendría a ser lo mismo que nuestro compañero o compatriota, equivalente a la palabra inglesa milord y a la española monseñor, con lo que queda demostrado que es un término de tratamiento a la vez familiar y respetuoso, de procedencia taína”.

            Ortiz recuerda en su Catauro que hubo una nación de goajiros, La Guajira, pueblo ganadero que se ubicó entre Venezuela y Colombia. Pero la palabra guajiro, la adoptaron allí de los caribes. Afirma el ilustre polígrafo: “Nuestro nombre de guajiros puede haberse tomado de los indios esclavizados que en el siglo XVI se trajeron desde Venezuela”.

            Guajiro entonces no surgió en los días de la guerra hispano-cubano-americana. Ni es voz derivada del inglés. Su origen es más antiguo y más nuestro.

Certidumbre de Arrom

Certidumbre de Arrom

Ciro Bianchi Ross

Foto Eduardo Cabrera

 

En la ciudad universitaria de New Haven, Connecticut, falleció a los 97 años de edad el erudito cubano José Juan Arrom. Era Profesor Emérito de la Universidad de Yale, donde hizo estudios y ejerció la docencia durante varias décadas. La larga permanencia en Estados Unidos no melló su cubanía. No dejó nunca de considerarse un escritor cubano, condición que supo siempre defender con intensidad. En septiembre de 1981, la Universidad de La Habana le otorgó el título de Profesor Honoris Causa en  Artes y Letras. Al recibirlo, en acto solemne en el Aula Magna de esa casa de estudios, Arrom hizo una confesión cenital.  Aseveró que de  la Universidad de Yale había recibido tres títulos y siempre guardó los diplomas; no sintió la necesidad o el deseo de exponerlos. Nunca supo el porqué de esa determinación hasta que recibió el diploma de la universidad habanera. Fue ahí que comprendió que siempre quiso tener un título académico cubano. Colocaría entonces en una línea horizontal los de Yale y sobre ellos, como culminación de su vida académica, el de la Universidad de La Habana.

            Nació en la ciudad de Holguín, pero se consideraba mayaricero, porque fue en Mayarí, pequeña localidad del oriente cubano, donde pasó su infancia y adolescencia. Allí, tendría Arrom ocho o nueve años de edad, alguien le regaló una pequeña hacha de piedra muy pulida. Le dijeron que se trataba de una “piedra de rayo”, con cualidades mágicas, pero no tardaron  en aclararle que se trataba de un hacha petaloide que quizás hubiera pertenecido a un niño taíno de su misma edad. Años después se empeñaría  en saber cómo había sido aquel niño, qué hacía, qué pensaba, cómo hablaba, y muchos años después hallaría respuestas a esas preguntas al empezar a ocuparse del estudio de los indígenas de las Antillas. Antes, con sus indagaciones sobre los cronistas de Indias, daba inicio a sus acercamientos a la lingüística y  la antropología antillanas. Sobre todo del taíno con sus mitos, su cultura, los misterios de su tierra y de su lengua.

GUSTADOR DEL IDIOMA    

Varios de sus libros versan sobre esos temas. En Estudios de lexicografía antillana (1980) recogió,  entre otras páginas,  sus aproximaciones a las vicisitudes y el significado del nombre de “Cuba”, rastreó los orígenes de la palabra “chévere”, procuró la etimología del término “manatí” y la génesis de la voz “congrí”, guiso de arroz blanco y frijoles colorados; una de las glorias de la cocina cubana…

            El idioma de los antillanos tiene palabras que vienen de muy lejos y con el sentido que le dio una lengua que se selló hace siglos. Algunas de esas palabras nunca salieron de sus límites geográficos, pero otras, llevadas por conquistadores y colonizadores, se extendieron por toda América y algunas atravesaron el Atlántico. Muchas de ellas presentan problemas que oscurecen su origen, debilitan su fuerza o reducen su campo semántico.

            De ahí que Arrom estudiara con atención la obra de importantes lexicógrafos que le antecedieron en Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo, y luego, por los rumbos que ellos trazaron, llevara su búsqueda a un campo poco explorado, el de las relaciones de la extinta lengua de los taínos con otras, todavía habladas, de la misma familia arahuaca a la que perteneció. Esa apertura le sirvió para acopiar elementos que no existían o desconocieron sus predecesores, y el aprovechamiento de ese nuevo material permitió a Arrom ir más allá de los registros usuales de indigenismos e indagar correspondencias, proponer etimología e intentar precisiones antes insospechadas. No todo pudo esclarecerlo, no siempre encontró la respuesta categórica y salvó a veces el vacío con  hipótesis que podrán confirmarse o no, pero que habrá que tener en cuenta por las sendas que abrieron y los datos que relacionan e iluminan.

            Más que un lingüista profesional, Arrom fue un gustador del idioma y sus estudios obedecieron más a preocupaciones literarias que a propósitos exclusivamente lingüísticos, pero contribuyeron a  llenar un espacio que  atañe a las raíces mismas de nuestra lengua y nuestra cultura.

DEFINIR AL CRIOLLO

Muchos años dedicó al estudio de la etimología del topónimo “Cuba”.  Comprobó que para el taíno esa voz quería decir “tierra”, “territorio”. Esto es, una de las islas que componían su patria, que era todo el archipiélago antillano. A ese archipiélago, constató Arrom, le llamaban “bohío”. Bohío no era para ellos, por tanto, lo que es hoy: la rústica casa de un campesino. Significaba ese término para los taínos “hogar, casa, residencia, morada”, y las Antillas eran la morada ancestral de todo el pueblo taíno. La isla de Cuba, dice el padre Las Casas, era “Cuba Anacan”: territorio central. Porque “cuba” es “territorio” y “anacan” quiere decir “en el centro”.  

            A la voz “criollo” también dedicó José Juan Arrom muchos desvelos. Antes de que diera a conocer el resultado de su investigación, se tenía por criollo solo al nacido en América de padres españoles. Ese le pareció una idea inexacta, incompleta y hasta peyorativa al no incluir a otros que no eran hijos de españoles y nacieron también en América.

            Arrom buscó el origen de la palabra y siguió su trayectoria para concluir que criollo es “lo nacido en la tierra para separarlo de lo que viene de afuera; lo auténtico de uno”. Los portugueses, argumentó,  llamaban “criadouro” al pollo que nacía en la casa, aunque hubiese salido del huevo de una gallina traída de otra parte. Criollo es lo nacido en mi patio, puntualizaba.  Y por eso, insistía en que podía hablarse de criollos blancos, criollos negros, criollos mestizos: Decía al respecto: “Los americanos somos los criollos”,  y esbozó  una definición que obligaría a la  Real Academia de la Lengua a modificar la suya.

¿MÉDICO O ECONOMISTA?

En Cuba, Arrom quiso hacerse médico. Pero la Universidad de La Habana, la única que existía en la Isla, fue clausurada por el dictador Gerardo Machado en 1931, y el coronel Batista volvió a cerrarla en 1933. Fue así que decidió  buscar nuevos horizontes en Estados Unidos y estudiar lo que pudiera. Lo aceptaron  en Yale en 1934. Matriculó Economía. Pero siguió, al mismo tiempo, un curso sobre novela hispanoamericana que dictaba  el profesor Frederick B. Luquiens. Allí cambiaría su destino porque Luquiens le sugirió que continuara estudios de Letras y lo invitó a que, una vez graduado, se incorporara a su departamento.

            Los estudios hispanoamericanos estaban en pañales entonces en Estados Unidos. El español se estudiaba dentro de los departamentos de Lenguas Romances y solo se prestaba atención a la literatura española. Luquiens logró separar el español de las demás lenguas y asumió  los temas de la cultura de Hispanoamérica. Con él iría a trabajar, como instructor, José Juan Arrom, y pocos años después, tras el fallecimiento de Luquiens, asumiría sus cursos.

            Llevaba otras preocupaciones, otros intereses. Incluyó en los programas el estudio de otros autores: Sor Juana, Ercilla y también escritores como Martí y Nicolás Guillén. Las innovaciones fueron mayores en sus cursos de postgrado. Dedicó algunos al teatro hispanoamericano y abordó en sus clases desde las actividades dramáticas prehispánicas hasta los dramaturgos más actuales y, en otros, abordó a los cronistas de Indias y sus aportes a las letras de su tiempo. Era una época en la que la Universidad de Yale carecía de un bibliotecario profesional que se encargara de los libros de y sobre Hispanoamérica. Arrom se prestó para trabajar como curador ad honorem en 1942. Cuando veinte años después abandonó el cargo había enriquecido la biblioteca con unos treinta mil volúmenes.

CIUDADANO DE AMÉRICA

Muchos de los que fueron sus alumnos, son hoy destacados profesores e investigadores. Basta mencionar entre ellos a Robert F. Thompson, eminente profesor en Yale y un hombre reconocido universalmente por su labor en los estudios sobre las artes africanas. Fueron las clases de Arrom sobre la poesía de Nicolás Guillén las que despertaron la curiosidad de Thompson por esos temas. Se sintió tan impresionado con  la lectura de “Sensemayá” y otros poemas de Guillén, que en las vacaciones siguientes viajó a La Habana para ahondar en la obra de escritores cubanos de ascendencia negra.

            En 1957 tuvo un gesto conmovedor con el poeta cubano Roberto Fernández Retamar, el profesor más joven entonces (27 años) de la Universidad de La Habana, plaza conquistada por concurso-oposición. Arrom disfrutaría de un año sabático y lo invitaba a trasladarse a Yale como Visiting Assistant Professor. No lo movió la amistad. Apenas se conocían. Se habían visto solo una vez y sostuvieron una breve plática, pero Arrom recordaba con agrado la lectura de un libro de Retamar, La poesía contemporánea en Cuba (1954).  Y eso lo decidió.  Retamar ya había rechazado una invitación anterior de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) y aceptó la nueva propuesta: Batista estaba otra vez  en el poder y la alta casa de estudios habanera había vuelto a cerrar sus puertas.

            Años después, Retamar reciprocaría el gesto al hacer el elogio de Arrom cuando la Universidad de La Habana lo distinguió como Profesor Honorario. Al aludir a su cubanía, Retamar dijo que “con el tiempo, aquella condición creció hasta hacerlo ciudadano de nuestra América toda. No pocos de los instrumentos intelectuales de sus estudios los debió a la Academia norteamericana, pero la temática y el aliento de esos estudios han sido siempre los de la América Latina y el Caribe (incluso de lo que ha sido llamado Preamérica) contempladas con orgullo y fervor. Sus principales maestros fueron criaturas como Fernando Ortiz, Pedro Henríquez Ureña, y, desde luego, José Martí”.

ENSEÑAR CON BUEN HUMOR

Algunos de los libros que publicó Jose Juan Arrom son: Historia de la literatura dramática cubana (1944) El negro en la poesía folklórica americana (1955) Esquema general de las letras hispanoamericanas; ensayo de un método (1963) e Hispanoamérica: panorama contemporáneo de su cultura (1969).

            De mucha trascendencia es  Certidumbre de América, publicado originalmente en 1959. Escribió en la introducción a ese libro:

            “Los estudios que aquí recojo convergen hacia un solo tema. La ruta elegida podrá ser una disquisición lexicológica, apuntes sobre una antigua comedia, el análisis de un par de cuentos, indagaciones sobre temas folklóricos o esbozos de apretadas síntesis, pero invariablemente conducen a un mismo punto: la realidad de América y del hombre americano. Todos han resultado, además, de un mismo proceder. En cada caso partí de una duda y regresé con una certeza […] De ahí que titule al conjunto Certidumbre de América…”

            Muchos de sus libros Arrom los concibió a partir de sus clases. En ellas, cuentan los que fueron sus discípulos, solía intercalar anécdotas, casi siempre risueñas, para subrayar un aspecto sustancial de la obra o el tema que comentaba. Hizo suyos, como divisa, las palabras de un antiguo poeta inglés: Gladly learn and gladly teach.

 

            Y es que la anécdota, aseveraba Arrom, es parte muy principal de la tradición intelectual hispanoamericana. Desde los cronistas de Indias la anécdota potencia el sentido del discurso.

            Un día, al finalizar una conferencia, un alumno le preguntó:

            -Profesor, ¿por qué estudia tanto?

            -Porque me divierte, respondió Arrom.

            Siguió a sus palabras un espeso silencio. Y Arrom, sin inmutarse, concluyó:    

            -Sí, señores. La erudición no tiene que ser un martirio. Bien llevada puede proporcionarnos momentos placenteros y aun de júbilo, como cuando se descubre algún momento olvidado o desconocido durante las investigaciones que uno está realizando.

           

           

           

             

           

             

  

Hitos en el tiempo

Hitos en el tiempo

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

Soy, y desconozco si la expresión es correcta, una suerte de obituario viviente, Llueva, truene o relampaguee, no dejo de detenerme ante cuanta tarja, placa, busto o monumento que  encuentro a  mi paso. Con algunos mantengo una complicidad especial, como con la cabeza del gran periodista cubano Manuel de la Cruz emplazada  en Prado y Neptuno. Cada vez que discurro por esa esquina, le digo: “Adiós, don Manuel”, y creo que él me responde el saludo. Es un monumento  poco afortunado. Una vez un vehículo salido de  cauce lo hizo añicos. Lo recompusieron o restituyeron, no sé. Como el busto del autor de Cecilia Valdés, ubicado al fondo de la Iglesia del Ángel. Una tarde, en esas horas del diablo que son las que siguen al mediodía, lo bajaron de su pedestal con el ánimo de sustraerlo. Pero los vecinos, convocados a la voz de “¡Nos roban a Cirilo!”, dieron caza a los ladrones.

            El gran caricaturista Juan David me dijo una vez que los monumentos servían para que la gente se olvidara de los personajes monumentados. Por suerte, el mundo no es tan dramático como lo pintan los humoristas. Un monumento no solo recuerda a determinada persona, sino que sirve para que esa persona, que en  un momento alcanzó  notoriedad, siga viviendo con  ella entre nosotros. Sobre todo en esa estatuaria que humaniza al personaje, lo baja a ras de suelo  y lo convierte en uno más de su entorno. Tal es el caso de  esas  figuras populares  a las que el escultor Félix Madrigal  puso a caminar  con el transeúnte en el bulevar de Sancti Spíritus. O  Hemingway que,  esculpido por José  Villa,  bebe su daiquirí, con doble cantidad de ron y sin azúcar, en la barra del Floridita. O el Caballero de París, obra de Villa asimismo, que prosigue su eterna caminata esta vez  por  las inmediaciones del convento de San Francisco.

            Los que lo conocimos, no podemos representarnos al Caballero más que caminando. Con su melena, su capa negra, sus libros y papeles. En su deambular, cambiaba de “morada” cada cierto tiempo. Unas veces se establecía en los portales de las Lámparas Quesada, en Infanta y San Lázaro. O en el Parque de los Filósofos, en La Habana Vieja. O en 23 y l2. Llegaba a un establecimiento gastronómico y no mendigaba;  exigía. Y se le daba de buena gana la comida  porque en definitiva era el Caballero. Un Caballero  que no había nacido en Cuba, pero sin quien resultaba imposible concebir la ciudad. Solo una vez conversé con él. Cuando ya enfermo y muy depauperado lo internaron en el Hospital Siquiátrico. No me dijo mucho. Pero sin que  se lo pidiera, quiso dejarme un recuerdo. Reclamó  papel y lápiz y trazó su auto caricatura. Puse yo la fecha, y él firmó: “París”.

            Claro que hay estatuas que se las traen. Como la desnarigada del tiránico monarca español  Fernando VII, a la vera del Castillo de la Fuerza. Porta la figura de mármol un pergamino  enrollado en su mano derecha. Pero si se le mira desde los portales del Palacio del Segundo Cabo, sede del Instituto Cubano del Libro, ese pergamino que le sale al tal Fernando desde más debajo de la cintura parece otra cosa y lo convierte cuando menos en un rey exhibicionista. O con deseos de orinar. El poeta e improvisador Justo Vega merecía mejor suerte en su estatua de La Palma, en Arroyo Naranjo. Más que un monumento al decimista, lo parece a su guayabera.

            Si la historia de La Habana antigua y moderna puede contarse también a través de sus plazas –la de Armas, la de la Catedral, la Plaza de la Revolución- otra de sus posibles historias podría escribirse a partir de sus fuentes y estatuas.

            Algunas alcanzan su monumentalidad por el recuerdo que perpetúan. Otras ganan esa condición por su valor artístico, una belleza que se añade a toda la historia que acumulan o vieron desfilar.

            La más remota sería quizá la preciosa Fuente de los Leones, en la Plaza de San Francisco. La más reciente, algunas de las ya mencionadas. O, mejor, el busto de Federico García Lorca, obra del escultor Madrigal, en el Centro Cultural Dulce María Loynaz, en El Vedado.

 FUENTE DE LA INDIA

La figura central de la Fuente de la India, se adorna con plumas y la custodian cuatro delfines. Se ubica frente al Parque de la Fraternidad y simboliza a La Habana. De ahí que se le conozca también como la estatua de La Noble Habana. Data de 1837 y es obra del italiano Gaggini, el mismo artista que un año antes esculpiera la Fuente de los Leones. De 1838 es la Fuente de Neptuno, ejecutada en mármol de Carrara, como las anteriores, y en piedra dura de Artemisa. El dios aparece en ella en actitud pensativa, se apoya en su tridente y tiene a su espalda dos delfines. Fue un regalo del despótico gobernador Miguel Tacón al comercio de la capital y después de varios desplazamientos –llegó a estar en el parque Villalón, en el Vedado- volvió a su sitio original en la Avenida del Puerto. En la Plaza Vieja, la más interesante de La Habana antigua luego de las de Armas y la Catedral, hay también otra fuente de muy reciente construcción, fruto del arduo y costoso quehacer que devolvió a ese sitio su esplendor pasado.

            De más acá, de mucho más acá en el tiempo, es la Fuente de la Juventud, en la confluencia de Paseo y Malecón. Se inauguró en 1978, en ocasión de la oncena cita mundial de los jóvenes y los estudiantes que tuvo a la capital cubana por escenario. Y entre otras, hay una más, ineludible en este recuento, la Fuente Luminosa, en la Avenida de Rancho Boyeros, frente a la Ciudad Deportiva. Se emplazó en los años 40 del siglo pasado, y los habaneros, con picardía, le han llamado siempre “el bidet de Paulina”, en alusión a la Primera Dama de la República en los tiempos en que se construyó.  

UN CRISTO CUBANÍSIMO

El Cristo de La Habana, obra de la cubana Jilma Madera, merece un alto en el camino. Es una estatua colosal, con sus 15 metros  de altura, que se asienta en un pedestal de tres. Como se ubicó en una colina, alcanza una altura total de 79 metros  sobre el nivel del mar, lo que lo hace visible desde muchos sitios de la capital.

 Es en su tipo la más alta y una de las de más volumen en todo el Caribe y, sin duda, la mayor ejecutada por una mujer para su exhibición al aire libre. Por su ubicación, recibe y despide a todas las embarcaciones que usan el puerto habanero.  La artista utilizó como modelo a su amante. Es muy varonil la apariencia de ese Cristo con sus brazos musculosos, las manos fuertes, la mirada desafiante, la frente amplia, el mentón altivo, los labios sensuales. Una imagen cubanísima y humana.

Una escultura vinculada a las luchas estudiantiles y revolucionarias es la del Alma Máter, en lo alto de la escalinata de la Universidad de La Habana. Es obra del artista checo (o yugoslavo) Korbel, que la esculpió entre 1919 y 1920.  Un año después se emplazaba frente al Rectorado, en un terreno todavía rústico, y más o menos en el mismo sitio quedó situada al construirse, en 1927, la escalinata monumental.

El grupo escultórico del Capitolio sobresale por su alegoría y tamaño colosal. La primera imagen, de bronce, representa a la República y  mide 11,5 metros desde la base a la cabeza, cifra que no incluye la lanza y el brazo. Si se tiene en cuenta el pedestal, de dos metros y medio, se eleva a una altura total de 14,6 metros. Pesa treinta toneladas. Las otras dos, de bronce verde florentino y 6,70 metros de altura, pesan quince toneladas cada una.  La República, en su estatua, está representada por una mujer joven,  revestida de una túnica, que lleva casco, lanza y escudo. Muy poco se sabe acerca de la cubana que sirvió de modelo para ella al escultor italiano Zanelli, el mismo que erigiera en Roma el Altar de la Patria en honor al rey Víctor Manuel.

MALA SOMBRA

Otros monumentos fueron y ya no lo son. Como la escultura que remataba al que se erigió a las víctimas del acorazado Maine, cuya misteriosa explosión en el puerto de La Habana (1898) dio pretexto a Washington para intervenir en la guerra que por su independencia sostenía Cuba contra España y adueñarse de los destinos de la Isla. A comienzos de los años 60 del siglo pasado, el pueblo derribó el águila soberbia que se posaba en triunfo sobre las columnas del monumento. Picasso prometió entonces enviar una paloma que sustituiría al águila derribada, y, haciéndose eco de esa promesa, Juan Marinello publicó en Bohemia un artículo con el título de “La paloma de Picasso volará sobre La Habana”. Pero la paloma que ofreció el famoso malagueño nunca llegó.

El monumento al Maine, de todas formas,  tenía mala sombra. El presidente Menocal, mediante un decreto, dispuso su construcción en 1913, pero, por falta de fondos, demoró años en erigirse y  no se inauguró hasta el 8 de marzo de 1925, un mes después de que frente a su emplazamiento se sepultaran definitivamente en el mar los últimos restos del Maine extraídos del fondo de la bahía habanera.  El ciclón de octubre de 1926 lo destruyó y hubo que reconstruirlo. Con los restos de los destrozos, se esculpió una columna que el dictador Machado regaló al presidente norteamericano Caldvin Coolidge en 1928.

 Otro monumento que "fue" es el de Tomás Estrada Palma, primer Presidente de la nación; el hombre que abrió las puertas del país a la segunda intervención militar norteamericana en 1906. De su escultura, en la calle G, cerca del Malecón, quedan solo los zapatos. Del monumento al presidente Alfredo Zayas, en el parque situado al fondo del antiguo Palacio Presidencial (hoy Museo de la Revolución) no quedó ni memoria.

El que en 1919 se erigió en recuerdo  del general independentista Alejandro Rodríguez atrae al  paseante. Se construyó con granito rojo de Ravena y figuras en bronce. Sobre un pedestal se alza la estatua ecuestre del evocado. . Rodríguez era el jefe de la Guardia Rural cubana en tiempos en que alistados de ese cuerpo armado dieron muerte al general Quintín Bandera, que no tiene aún el monumento que se merece, sino uno  en el parque Trillo que, por su modestia, contrasta lastimosamente con el de Rodríguez.

MARTÍ

La estatua de José Martí (1905) en el Parque Central habanero es el primero de los monumentos que se alzaron en la Isla en recuerdo del Héroe de la Independencia. Muchos otros se le dedicarían.

 Ninguno de ellos, sin embargo, tiene la majestuosidad del de la Plaza de la Revolución. Impacta y admira con su altura de más de 112 metros desde la calle. En su armazón se utilizaron 20 000 metros cúbicos de hormigón, 40 000 quintales de acero y 10 000 toneladas de mármol blanco. La estatua del Apóstol –18 metros-  es también de mármol, y se ve en ella sentado, en actitud meditabunda, cubierto por los pliegues de una toga.

Ante esa estatua, imagen y recuerdo, se han efectuado en Cuba las más grandes concentraciones populares y un pueblo victorioso ha ratificado su apoyo a la Revolución y a su líder.

 

Papeletas

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Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Adan

En la Cuba del siglo XIX se hacía imprescindible obtener una licencia, y portarla en un lugar visible, para poder ejercer, vamos a llamarle así, el oficio de mendigo. Así lo cuenta nuestra vieja conocida – hemos hablado de ella aquí varias veces-  Eliza Mc Hatton-Ripley. Una norteamericana que vivió en la Isla entre 1865 y 1875 y recogió sus memorias en From flag to flag (De bandera a bandera) libro que dio a conocer en Nueva York, en 1890.

            Apunta Eliza  que los sábados las calles de la capital se llenaban de pordioseros. Muchos de ellos sucios, enfermos, deformes y repulsivos, pero que los había también de apariencia saludable y pulcramente vestidos que se hacían seguir por sirvientes que llevaban las bolsas para las limosnas.

            “Un mendicante […] pasaba con frecuencia por nuestra casa haciendo sonar una campanilla. De las diversas casas salían sirvientes que, con darle alguna moneda, adquirían el privilegio de besar una bendita, pero sucia estampa que le colgaba al cuello”,  escribe Eliza Mc Hatton-Ripley.

OTRAS LICENCIAS

Y ya que de licencias hablamos, vale recordar lo que expresa otra norteamericana, Louisa Mathilde Woodruff, que nos visitó en 1870 y recogió sus impresiones sobre nuestro país en el libro My winter in Cuba (Mi invierno en Cuba) publicado, también en Nueva York, al año siguiente.

            Dice que en La Habana, todo el que quería construir o reparar una vivienda, debía primero obtener una licencia y pagarla. Añade:

“Pero no deberá interpretarse que esto es un permiso ilimitado para bloquear la calle y poner en peligro las vidas de los paseantes desprevenidos. Cada vez que, por la noche, se encuentre en una calle cubana una pila de ladrillos, de piedras o tablones, una cama de mezcla, un hueco en el pavimento o cualquier otra cosa molesta ocasionada por la construcción, también se verá que todo ello tiene encima un poste con una linterna que lo hace visible desde lejos y que permite que pueda verse, y determinarse su naturaleza y extensión exactas. Quien no ponga ese faro será castigado con una fuerte multa. El bloqueo también deberá limitarse escrupulosamente a una tercera parte de la estrecha calle”.

VACA LECHERA

Más adelante, en su libro, Louisa Mathilde Woodruff anota algunos de los impuestos que regían en la Cuba colonial y también las licencias y permisos que se hacía necesario obtener.

            “Hay un impuesto de registro, un impuesto sobre la renta, un impuesto sobre la propiedad, la industria y el comercio. Todas las cosechas pagan un por ciento. Todos los contratos deberán hacerse en papel timbrado, suministrado por el gobierno […]

            “Deben obtenerse licencias o permisos para abrir una escuela, una tienda, un mercado o un lugar de diversión o entretenimiento público, para vender en las calles, para entrar a una profesión, para cambiar de residencia (ya sea de una casa a otra casa o de uno a otro pueblo) para dar una fiesta, por mantener un carruaje, por alquilar un esclavo, por publicar un periódico o panfleto y por viajar por la Isla, y deberá obtenerse un pasaporte para abandonarla”.

            Advierte: “La falta de esos permisos puede ser castigada con una multa”. Y expresa de inmediato: “Menos de la mitad del ingreso así obtenido se necesita para los gastos de gobierno de la Isla, el resto se envía al Gobierno de la metrópoli. No es sorprendente que Cuba haya recibido el expresivo aunque poco elegante apodo de La vaca lechera de España.

COSAS DE ETIQUETA

El Capitán General de la Isla, estuviese casado o no, no podía sentar señoras a su mesa ni cenar con hombre alguno, fuera su rango el que fuese. Lo cuenta así Mathilde Houston, otra norteamericana que estuvo por aquí y dejó sus impresiones en el libro titulado Texas and the gulf of Mexico; or yatching the New World (Texas y el golfo de México o navegando en el Nuevo Mundo) publicado en 1884. Mathilde, que viajó en compañía de su esposo -era un matrimonio adinerado- recorrieron  Madeira, Barbados, Jamaica, Belice, Nueva Orleáns, Galveston, Houston, Florida, Lousiana, Texas y La Habana. Y pasaron  también Bermudas y las islas Azores.

            Mathilde y su esposo visitaron al gobernador Valdés en el Palacio de los Capitanes Generales. Era soltero el personaje, pero se hacía acompañar por la señora Olivar, esposa del embajador español en México. Ella, dice Mathilde Houston, reside con la máxima autoridad colonial  y le asiste en la tarea de hacer los honores del palacio. “Aunque no le está permitido invitar a las damas para que cenen con él, la prohibición no se extiende a las veladas nocturnas”, afirma, y apunta como al descuido: “Me dijeron que el actual Gobernador no disfrutaba en lo más mínimo la forzada monotonía de su existencia”.

PASEO POR EL PASEO

Pasea de noche, en volanta,  Mathilde Houston por el Paseo de Tacón (actual Carlos III). Hacerlo, comenta, es el gran evento de cada día. Allí, “los chismes aumentan su cotización; cada paseante es escrutado y escudriñado; se concertan citas y las reputaciones son víctimas de la mofa”.

            Asombra a la visitante la costumbre de las cubanas. Se toman buen cuidado de que las blancas y amplias vestiduras cuelguen más abajo del estribo de las volantas, de manera que los vuelos, encajes y bordados permanezcan fuera del carruaje. Cuando la damisela que la acompañaba en su paseo  advirtió que Mathilde se recogía su vestido para preservarlo del polvo del camino y del contacto con las ruedas, la reprendió amablemente. No era elegante.

GOLPES DE ABANICO

Examina con detenimiento Mathilde a las mujeres cubanas de la clase adinerada que le toca conocer. De día, raramente se hacen visibles. De noche, sin embargo, se exhiben con ventaja. Todas usan rouge desde la niñez, aunque sus ojos negros no necesitan ciertamente de ningún maquillaje para lucir chispeantes. Ha oído hablar sobre el movimiento ondulante de la cubana al desplazarse y quiere aquí observarlo de cerca. Decepción. Las mujeres con las que alternan apenas caminan. Dice acerca de ellas: Hablan un poco y mal el francés,  se ocupan escasa e indiferentemente de la religión, flirtean.  Puntualiza: “Baten con sorprendente destreza sus grandes abanicos”.

QUÉ BUEN CHASQUIDO

Hay en La Habana del siglo XIX abanicos para todos los gustos y bolsillos. Sus precios oscilan desde los  de cincuenta centavos a los  ciento cincuenta dólares equivalentes, advierte la ya mencionada Louisa Mathilde Woodruff. Entra a una tienda para adquirir alguno y, de los baratos, el tendero dice que son mudos, o sea, incapaces del idioma de los abanicos en el que están tan versadas las cubanas y, por lo tanto, no son válidos si de coquetear con ellos se trata.

            Los caros, y mientras más caros, mejor, asegura el tendero a Louisa Mathilde, podrán a sus pies a toda la población masculina de La Habana. “¡Vea que buen chasquido tiene!, expresa, abriéndolo y cerrándolo con un traquido que casi hace salir a una fuera de la piel. Y después de haber agotado tanto el lenguaje como el gesto refiriéndose a sus perfecciones, termina con ese beso de la punta de los dedos que significa cosas indecibles”, recuerda la testimoniante.

            Aunque la escritora ni tampoco ninguna de las restantes viajeras, explica el lenguaje de los abanicos, en que tan expertas fueron las cubanas de ayer, revelaremos ahora algunas claves:

            Apoyar los labios en los padrones del abanico: No me fío.

            Abanicarse muy despacio: Me eres indiferente.             Pasar el dedo índice por las varillas: Tenemos que hablar.            Quitarse con los padrones el cabello de la frente: No me olvides.            Abanicarse con la mano izquierda: Celos. No coquetees con esa.            Salir al balcón abanicándose: Saldré luego.            Entrar en la sala cerrando el abanico: Hoy no saldré de casa.

            La calle Mercaderes, dice Louisa Mathilde, es la Broadway de La Habana, pero no menos movida y atrayente le parece la calle Obispo. Abundan en la ciudad  las joyerías hermosas. Las mercerías y las bisuterías están por doquier. Las librerías son buenas, pero escasas. Puntualiza: “Cierta tienda que hace esquina se especializa en cirios para los devotos, mostrándolos de todos los tamaños y colores, desde un inmenso polo de cera que pudiera servir de señal en una barbería hasta pequeñísimos cirios rosados, azules y blancos que servirían para iluminar salones de hadas”.

DE TIENDAS

Los lienzos y los encajes son tentadoramente baratos en La Habana de entonces; también lo son los sombreros de hojas de palma y los libros españoles. Las sedas y los rasos son muy caros, y las modistas francesas hacen su agosto pues cobran precios respetables por su trabajo.   Las tiendas  de entonces se llamaban Esperanza,  Maravilla, Deseo… y las señoras no descienden de las volantas cuando van de compras. Se hacen traer las mercancías al carruaje y seleccionan y encargan  sus preferencias. Igual sucede cuando acuden a una sorbetería. Entonces los caballeros ofrecen su diligente asistencia y son recompensados con sonrisas y significativos revoloteos y cierres de los siempre oportunos abanicos.

            Pero las extranjeras de paso por Cuba no respetan esa  norma que tanto placer provoca a las cubanas.  La inglesa Fanny Erskine Inglis, marquesa de Calderón de la Barca, en su visita de  1839, no espera en la volanta los servicios  del tendero, y, sin pensarlo, entra a las tiendas.  Es la esposa del primer embajador español en México. Lo mismo hará Mathilde Houston cuando, agobiada por el calor, en la Plaza de Armas, desea refrescar con un helado y entra a tomarlo a La Dominica. Un gran café, asegura, que será mencionado asimismo en otros testimonios de la época, con su piso de piedra, su fuente  y sus mesas de mármol, lleno a todas horas del día y de la noche por gente de muy variadas nacionalidades.

           

              

           

           

                         

Zonas de tolerancia

Zonas de tolerancia

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Adan

Las “pupilas” aguardaban y se exhibían en el salón como la mercancía en las vidrieras  del mercado, y no se hacía necesario hablar mucho. El cliente, con tiempo para calibrar y escoger, abordaba a la que era de su agrado con una pregunta simple: “¿Te quieres ocupar?” y la muchacha, que podía decir que no, respondía generalmente que sí -no estaba allí para otra cosa- e invitaba al hombre a que la acompañara a su habitación. Ya en ella, cobraba por adelantado y salía, por un momento,  para entregar el dinero a la matrona.

            En 1963 se acabaron las zonas de tolerancia en La Habana. En esa fecha, las principales eran las de Colón –sórdida, sombría, ya en plena decadencia- y la de La Victoria, que lucía aún su esplendor pasado. La primera tenía su eje en la calle del mismo nombre y se extendía por las de Crespo, Blanco, Ánimas,  Bernal… mientras que la otra ocupaba un rectángulo delimitado entre Infanta y Belascoaín, Carlos III y Llinás, en tanto que la calle Retiro o Pajarito le servía de eje. Y fue tanta la celebridad de esa vía  que sirvió para identificar toda la zona: el barrio de Pajarito, así como la otra era conocida como el barrio de Colón.

            Colón venía desde muy atrás, de las primeras décadas del siglo pasado, cuando después del asesinato del chulo Alberto Yarini, se clausuró la zona de San Isidro. La Victoria data de más acá en el tiempo. Surgió en los días de la II Guerra Mundial y se le dio tal nombre porque sus patrocinadores  confiaban ciegamente en el triunfo de las fuerzas aliadas. En esa época llegaban a La  Habana muchísimos militares norteamericanos, en especial marineros, en busca de bebidas, diversiones  y mujeres. La Victoria fue entonces también una gran victoria económica para los dueños de un negocio al que se asociaban otros como los juegos de azar, la pornografía y las drogas.   

            Eran barrios como otros. El prostíbulo alternaba en ellos con el almacén,  la oficina, la redacción de una revista, el laboratorio, la fábrica, la casa de familia. Por eso las familias que vivían en ellos debían poner en las puertas de sus casas, en la ventana que daba a la calle o en cualquier otro lugar visible, el cartelito de “No moleste. Esta es una casa decente”, que les evitaba de las incursiones de visitantes no deseados.

MARINA

Varios esfuerzos se acometieron en Cuba por acabar con las zonas de tolerancia. El dictador Machado y el presidente Prío lo intentaron cada cual  en su época y poco consiguieron. Cerrarlas, en definitiva, no acababa con el problema, más bien lo agudizaba porque aumentaba el ejército de fleteras, que ejercían el oficio en la calle, sin vínculos con los burdeles y que, al no estar registradas, no se sometían a las regulaciones sanitarias que eran obligatorias. Tampoco acababa con las meseras de  bares y cantinas,  ocupación que, en la mayoría de los casos, enmascaraba la otra ni con la prostitución de lujo, con la que ningún gobierno se metía.

            En esa prostitución de lujo descollaba una mujer conocida por Marina. Nadie sabe su nombre exacto ni si ese era el verdadero. Cubrió un espacio tan vasto y se desenvolvió durante tanto tiempo, que no son pocos hoy  los que creen que bajo ese patronímico se ampararon varias personas, aunque otros aseguran que se trataba realmente de una sola, que salió de Cuba después de 1959 y murió en Miami, donde reinstaló con éxito su negocio.

 No se llegaba a uno de sus burdeles así como así. Se requería de la recomendación de algún cliente habitual o conocer al menos a una de las muchachas que prestaban servicios en ellos. Y se imponía acudir con dinero abundante. Marina reclutaba a mujeres muy jóvenes en el interior del país y con mil y una promesas  las traía engatusadas  a la capital para enfrentarlas en definitiva  con la triste realidad del prostíbulo, del que ya no podían salir sin saldar las deudas que habían contraído con su “protectora”. Porque Marina las vestía, invertía para dotarlas  de cierto refinamiento, las envolvía en determinada atmósfera y cubría sus gastos  antes de lanzarlas al ruedo. Y eso había que reintegrárselo. Parece que hubo casas de Marina en varios lugares de La Habana. Por Infanta, por el Malecón.  Cuando en tiempos de Prío se sintió amenazada en lo que era su casa matriz de la calle Colón número 258, salió de la ciudad y abrió el Reloj Club en la calzada de Rancho Boyeros. Muchas quisieron, pero nadie pudo arrebatarle  la primacía.

A diferencia de lo que se piensa, el chulo casi nunca era el dueño del negocio. La Victoria estaba en manos de dos o tres homosexuales y de una o dos mujeres que eran los que allí cortaban realmente el bacalao. Todavía en los años 50 existía un personaje que a bordo de un llamativo convertible rojo recorría el barrio de Colón y entraba a casi todos los prostíbulos. Se le tenía como el gran chulo de la época, una suerte de reencarnación de Yarini,  cuando no era más que el cobrador de los alquileres. Un inmueble destinado a burdel, por viejo y deteriorado que estuviese, pagaba una renta mensual  de entre cuatrocientos y quinientos pesos.   Los proxenetas eran solo una parte de la cadena, y no de las más sólidas. Daban protección a sus mujeres, apaciguaban o impedían la violencia en los prostíbulos, que no era mucha, como tampoco lo era en las zonas. Como norma, se podía recorrer Colón y Pajarito con tranquilidad y confianza absolutas. Nadie se metía con nadie. El negocio marchaba sobre ruedas.

LA MACORINA

Los precios no eran los mismos en Colón y en La Victoria. Aquí, ya en los últimos tiempos, la tarifa llegó a cinco pesos, cuando en Colón nunca sobrepasó los dos pesos. Existieron zonas peores, aunque no tan frecuentadas, como la de la calle Omoa.   Muchachas  que ejercían la profesión como electrones sueltos. Y burdeles disimulados bajo cualquier fachada. En los más ranqueados, podía el cliente seleccionar a su presa por fotos y lograr incluso que se la mandaran al lugar que indicara. Hasta hace poco tiempo anduvo por ahí el álbum con las fotos de las “pupilas” de Marina.

   Mientras que en La Victoria las muchachas eran escogidas por su belleza y las ponían en la calle en cuanto se ajaban, lo que, a causa de la mala vida, ocurría muy tempranamente,  en Colón podía encontrarse cualquier cosa, mujeres avejentadas  y deterioradas pese a su juventud. Eso las obligaba a mostrarse agresivas y no era raro verlas desnudas, o casi, a la puerta o las ventanas del prostíbulo, anunciándose a voces y convidando al transeúnte.

La Victoria era más luminosa, por decirlo de alguna manera; no se sentía allí esa sensación de podredumbre y hacinamiento. No por eso era un mundo alegre. Al contrario. Resultaba bastante deplorable y, visto de hoy, deprimente. En La Victoria, las prostitutas se adaptaban a ciertos preceptos. Aguardaban, vestidas, en el salón. Usaban, por lo general,  un mono, esto es, una vestimenta de una sola pieza, que solo en las prostitutas se veía  entonces. Esa ropa, que se extendía hasta los tobillos, dejaba sus hombros al descubierto y estaba provista de un zipper largo que corría desde el pecho hasta debajo de la cintura. Era un vestido práctico para el oficio. Como no empleaban ropa interior, se desnudaban y vestían con facilidad y rapidez. 

Solo con lo esencial estaban equipadas las habitaciones. Una cama matrimonial corriente y uno o dos espejos. No faltaban, dentro de la propia habitación,  el lavamanos y el bidet, como únicos muebles sanitarios. Nada más.

Ninguna muchacha en el giro se identificaba con su nombre real. Todas tenían un seudónimo como nombre de guerra. Pocos recuerdan ya el nombre de la dama que hizo célebre, en los años veinte, el remoquete de La Macorina, y no son muchos más los que saben  que todas las tardes, alrededor de las cinco, se exhibía  en una cuña, conducida por ella misma,  por Malecón, Galiano, Dragones y Zanja hasta Infanta, donde daba la vuelta para empezar otra vez su periplo, aunque todos hemos escuchado alguna vez la melodía que la inmortalizó con aquel  pegajoso estribillo que decía: “Ponme la mano aquí, Macorina…”

LAS POSADAS

Las posadas eran otra cosa. Se acudía a ellas en pareja  y servían de escenario a un encuentro de amor ocasional y a las escapaditas extramatrimoniales, tanto de ellos como de ellas, y las utilizaban también amantes que carecían de un lugar mejor para consumar sus propósitos. Tenían  una tarifa para las primeras tres horas y una cuota extra transcurrido ese tiempo, pero siempre  más ventajosa para el cliente que las de un hotel.  Al igual que el de las funerarias era un negocio que siempre reportaba beneficios porque nunca faltaban  muertos ni   gente que quisiera amarse. Cuando el Gobierno Revolucionario las intervino quedaron bajo la égida del Instituto Nacional de la Industria Turística y pasaron a llamarse albergues. Albergues INIT. Almendra, Casitas de Ayestarán, Dos Palmas, Aseo, Fersal, Serafines, Isla de Chipre, La Campiña, Venus, Retiro, Segundo Madrid, Areca, Cándida… eran algunos de sus nombres. En el Directorio Telefónico de 1979 se consignaban 57 posadas en La Habana. Y 31 en el Directorio del 89. Hoy deben quedar muy pocas.

            En ellas sí no era raro que se produjera el escándalo cuando un marido sorprendía a su media naranja en brazos de otro. Las escenas eran generalmente tan violentas entonces que se imponía la intervención de la Policía, que terminaba por conducir a la Estación a la adúltera y a su compañero de aventura y al agraviado. Como a esa altura del asunto era ya numeroso el público que se había congregado ante el edificio, las autoridades cubrían la cabeza de la mujer con una funda para llevarla hasta patrullero.

            Rigurosamente cierta es esta anécdota. Allá por 1960 ó 61 un puritano desorbitado se dio a la tarea de recorrer las posadas. Estacionaba su automóvil delante de ellas y, desde fuera, megáfono en mano,  increpaba a las mujeres que estuviesen dentro. “Mujer impura y desvergonzada: abochórnate, arrepiéntete de su pecado y vuelve a casa”, gritaba. Se desconoce si alguna se tomó la justicia por su mano para fulminarlo a taconazos.

           

           

  

 

           

           

           

           

  

Vida de café

Vida de café

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Massaguer

En los cafés de La Habana no podía faltar la escupidera. Por muy extraño y antihigiénico que parezca hoy, ese adminículo, metálico o de cristal grueso, debía permanecer en  lugar visible de esos establecimientos. Si no sucedía así, el inspector de Salubridad multaba al propietario. Lo mismo sucedía con el dependiente si dejaba sobre el mostrador un vaso, un plato o una taza ya usados. No hacerlo en cuanto el cliente diera por finalizado el servicio equivalía a una infracción sanitaria. Existían en los cafés dos fregaderos. Uno estaba lleno de agua jabonosa y en ella se sumergía el recipiente sucio, que después se enjuagaba con agua corriente en el otro depósito. Las tazas para degustar la infusión  eran especiales. Estaban hechas de loza muy gruesa, anchas arriba y estrechas debajo, con un fondo gordo. De esa forma parecía que el líquido era más del que en realidad podían contener. Pero eso sí, en cualquiera de esos establecimientos, fuera cual fuera su rango, la taza de café era acompañada por un vaso de agua fría.

            Cafés había en los que se consumía de pie, junto al mostrador, mientras que en otros podía el cliente sentarse a una mesa. Existía una categoría en el comercio. La del café sin alcohol. Eso quería decir que en uno de esos establecimientos no se expendía ni una triste cerveza. Solo café, café con leche, batidos, cigarros y tabacos, bocaditos… También unos pasteles deliciosos, de carne o de guayaba generalmente, que un dispositivo eléctrico mantenía calientes en su vidriera. Porque los establecimientos tenían vidrieras para los caramelos, los chocolates y los dulces, y desde detrás de los cristales los cocos prietos y blancos, las cremitas y los boniatillos inflamaban los deseos de los niños.

 No había que entrar a un bar para refrescar con una cerveza o impulsarse con trago fuerte. Se ofertaban  en cualquier bodega. Uno de los extremos  del mostrador  servía de barra. Y la cerveza y el trago se acompañaban del saladito, que iba por la casa. Un pedazo de queso, una lasquita de jamón  o unas cuantas aceitunas, según fuera la solvencia del comerciante, y a veces, todo eso combinado con un pepinillo encurtido en lo que entonces se llamaba la galletita preparada. Las bodegas abrían a las siete de la mañana y cerraban a las once de la noche, con el ligero intermedio de la siesta. Pero el expendio de bebidas alcohólicas se suspendía en ellas a las siete de la tarde. Era una cuestión económica. Mantenerlo después de esa hora obligaba a sus dueños a pagar un impuesto similar al de los bares, lo que las  hacía  incosteables. El bodeguero siempre estaba en la bodega: vivía  por lo general en la trastienda. Era un esclavo de su negocio.

ALUMINIO Y CRISTAL

Estaba el café tipo español y la cafetería tipo norteamericano. El primero con su alto mostrador de madera dura, las mesas con superficie de mármol, las sillas sólidas, un gran ventilador de techo, desesperadamente lento, que no echaba fresco, pero espantaba a las moscas y la ya aludida e infaltable escupidera.  Eran locales abiertos que permitían la entrada del ruido y el polvo del exterior y donde el cliente, consumiera o no, veía transcurrir las horas sin que el mesero le advirtiera que debía ahuecar el ala. Acudía a ellos una fauna heterogénea. Parroquianos habituales y de paso.  El político de barrio, el abogado en ascenso, el médico de prestigio, el tendero de al doblar y el profesor que le echaba el vistazo al periódico coincidían con la muchachita que “hacía la calle” y que entraba a descansar por un momento y el que, apresurado,  quería calmar la sed después de una ardua gestión burocrática. Ineludible era en el café la vidriera de apuntaciones, donde se recogían las apuestas para la bolita y la charada.

            En una sociedad dependiente y mimética como la cubana, las cafeterías arrollaron en los años 40 y 50 del siglo pasado. Climatizadas, de aluminio y cristal y mucho inglés en la oferta que exhibía la carta. Empezó el   “self service” y  al perro caliente se le llamó “hot dog”. Pero algo se ganó en cuanto la higiene. Daba gusto sentarse a merendar o almorzar en la cafetería de un Ten Cent.  Todo muy limpio, reluciente, exquisitamente preparado. El inglés ponía en aprietos a más de un comensal, como aquel bayamés, amigo del escritor Ambrosio Fornet,  que vino a La Habana en viaje de bodas y llevó a su esposa, que nunca había estado aquí, a merendar al Ten Cent de Galiano. Al sentarse delante del mostrador descubrió que casi todas las ofertas estaban en inglés,  pero al menos conocía la palabra “milk” y para no desmerecer pidió algo relacionado con ella, con el deseo de que fuese un batido. Les trajeron dos copas enormes de algo muy cremoso, como un merengue,  parecido a la nata de leche cuando se bate bien. La señora contempló aquello estupefacta y sin apenas contener la irritación, le espetó: “¡Yo no creo que viniéramos  a La Habana para comer boruga!”. Esto es, un dulce campesino típico.

            Con eso de la influencia norteamericana, hasta el bien ranqueado  bar Floridita se vio obligado a introducir  cambios de envergadura. El local abierto que tanto gustaba a Hemingway tuvo que ser cerrado y refrigerado a la carrera cuando a escasos cincuenta metros de allí, en la calle Bernaza, abrió sus puertas el bar Pan American, que amenazó con robarle la clientela. Algunas fotos de ese Floridita antiguo lo revelan como un lugar bastante deprimente, con las paredes “decoradas” de arriba abajo con pasquines electorales. Existe una foto que así lo muestra. A su pie un redactor ingenuo, para ilustrar sobre la cantidad de personas que lo visitaba, escribió: “Repárese en que tiene dos mostradores”. No hay tal. Son  un mostrador y la vidriera de apuntaciones para la charada.

LA LLUVIA DE ORO

José Lezama Lima solía frecuentar, por las tardes,  La Lluvia de Oro, un café que todavía existe en la calle Obispo. A veces acudía al café de Revoredo, un lugar, decía el autor de Paradiso, signado por “el maltrato, el mal olor y la carestía”. En uno de ellos escuchó una vez una frase, venida desde la mesa vecina: “Todo el que tiene una novia china tiene buena suerte”,  que terminó incorporando a uno de sus poemas. El  desaparecido café Vista Alegre, en Belascoaín entre San Lázaro y Malecón, fue el cuartel general de Sindo Garay y su hijo Guarionex, Graciano Gómez, Chepín y otros trovadores, así como de Antonio María Romeu, el llamado  El Mago de las Teclas, y más de una canción se concibió y compuso  en el lugar. Se afirma que Eladio Secades escribía a mano a la mesa de un café sus crónicas insuperables  y cuando las daba por concluidas llamaba al periódico para que un tracatrán  las recogiera y mecanografiara.

            Muchos cafés se hicieron famosos en La Habana del siglo pasado.  Europa, en Obispo y Aguiar, era preferido por la gente elegante y pudiente, y Carlos Loveira, con su novela Juan Criollo, lo inmortalizó en las letras cubanas. Es allí don Roberto sorprende al protagonista de la obra hambriento y embobecido ante la vidriera de los dulces y lo obsequia con algunas de aquellas golosinas. Otro, La Isla, en Galiano y San Rafael, La Esquina del Pecado, como se le llamó en los 50,  fue célebre por sus reservados y por sus dos salidas, que posibilitaban todo tipo de escapadas. A su propietario, que pasó medio siglo en el lugar donde ahora está Flogar,  todos lo conocían por Don Pancho, el de La Isla, y Eduardo Robreño lo recordaba “viendo crecer en su derredor los edificios colindantes y su bigotazo de grandes proporciones que nunca abandonó”. En Las Columnas, después cafetería Miami y hoy A Prado y Neptuno, se deleitó García Lorca con una champola de guanábana en una tarde de 1930.  En el café de Zabala, en los bajos del hotel del mismo nombre, se reunían, dice Robreño, “elementos de la farándula, cómicos sin contrata, empresarios, agentes teatrales, críticos y especimenes ligados al mundillo teatral”. Se hallaba en la famosa esquina del teatro Alhambra,  donde estuvo después el cine Alcázar, en Consulado y Virtudes, en el muy habanero barrio de Colón, esquina trágica, por cierto, dado el número de atentados que en los años cuarenta ocurrieron en ella. El café del propio teatro fue visitado por Rubén Darío, Blasco Ibáñez, Jacinto Benavente, Eduardo Zamacois y otras figuras extranjeras de las letras y el espectáculo. Y frecuentado además por tipos populares, como Pancho Gómez, viejo,  enfermo y alcoholizado.  Se apoyaba en una muleta y reclamaba la caridad de los parroquianos, entre respetuoso e irónico: “Excelentísimo Señor: ¿Podría ayudar en algo a la situación  de este derrumbe social?”

            Hubo en La Habana un café La Rana, en Águila esquina a Reina, y un café Las Avenidas, que todavía existe en Carlos Tercero e Infanta. En el café Las Antillas intercambiaban sueños y poemas Luis Marré y Fayad Jamís bajo la mirada alerta y esclarecedora del culto periodista  Agustín Pi. A Fraga y Vázquez, en las inmediaciones de 23 y 12, concurrían por las tardes políticos de todas las tendencias y por las noches, actores, músicos y cantantes, y vividores de toda laya.

            En Los Parados, en Neptuno y Consulado, se vendían sándwiches espectaculares, “de dos pisos”, y las fritas de Sebastián  atraían a los golosos a su establecimiento de Zapata y Paseo, aunque contaba con una sucursal en 23 entre 2 y 4, también en el Vedado. En verdad, había un fritero en cada esquina. En la barriada de Lawton, en Porvenir esquina a San Francisco, había uno sencillamente espectacular, acreditado asimismo por sus panes con bistec. Ofertaba estos a diez centavos y las fritas, a ocho. Ganaron también nombradía las que se vendían en Infanta y San Lázaro, que allí era posible reforzar con una copita de ostiones.

            Algún día habrá que precisar cuántos cubanos, antes de 1959, capearon el hambre gracias a las fritas, los ostiones de a diez centavos la copita, y las sopas chinas. Entre estas, las del último piso del Mercado Único de La Habana merecen lugar aparte: revivían a un muerto. Es el mundo de las fondas y sus “completas” de arroz, frijoles, vianda, ensalada y carne por solo veinte centavos.  El caldo gallego del Bodegón de Toyo carece de comparación. Aun así, en la época a muchos no quedó más remedio que engañar su estómago con un buche de café.

PROYECTO 23

 La Avenida 23, con sus más de cuatro kilómetros de largo,  es de las vías más transitadas de la capital cubana. Nace en el célebre Malecón habanero, se interna en la mítica Rampa,  atraviesa la barriada de El Vedado, cruza sobre el río Almendares y se hunde  en Marianao. Esa importante arteria ha venido reanimándose a lo largo de los últimos meses. Se remozan y se pintan las fachadas, se modernizan sus luminarias y su sistema semafórico y reabren sus puertas establecimientos comerciales que permanecían cerrados o abatidos  por su falta de ofertas atractivas.

            Algunos de esos establecimientos reavivados son los cafés, como el que se ubica en la intersección con la calle G, un café “literario” donde el cliente tiene acceso a los periódicos  e incluso a libros que se dan en préstamo para ser leídos en el lugar o para llevar,  y,  siempre en moneda nacional, puede degustar la infusión. Café puro, de verdad, no el mezclado que se hizo habitual,  y que allí preparan de diferentes maneras –expreso, capuchino, cortado…--  para disfrute de una gama variopinta de consumidores, entre los que predominan los jóvenes y, por su proximidad con varias facultades universitarias, los estudiantes, en un ambiente calmo,  bohemio  y desprejuiciado donde no falta el escritor de éxito, el trovador que guitarra en ristre confía  en el triunfo que se labrará con su canción no estrenada ni el ser errante con el destino subdividido.

            Un oasis en medio de la vida agitada de hoy. Expresión de una Habana que vuelve y que ya nunca será la misma. Con buen café, pero sin agua fría. Y sin escupidera.

             

              

 

           

           

Las bodegas

Las bodegas

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

La bodega es una institución en la vida cubana. Es, más allá de lo que en ella se adquiere, lugar de encuentro y reunión de los vecinos. Una especie de plaza pública en miniatura donde se conversa sobre los pormenores del día, el estado del tiempo, la salud del viejito de al doblar, los nuevos amores de la muchacha de enfrente, que está acabando, y también, por qué no, de cuestiones de alta política o del rumbo de la competencia deportiva que trae en vilo a la fanaticada. Lo que no se acaba de solucionar en la ONU, encuentra arreglo en la bodega de la esquina y en ella se le enmienda la plana al más ranqueado de los mentores  beisboleros. Si no fuera por la bodega apenas se conocería que el matrimonio de al lado celebró en Tropicana su aniversario de bodas o que prepara, para la niña, unos 15 con todas las de la ley. Porque la bodega es asimismo el escenario que algunos aprovechan para pregonar su buena fortuna y esperan que el establecimiento reviente de público para pagar con un billete de cien pesos el sobrecito de café de a cinco. Y se incomodan cuando el bodeguero dice que no tiene cambio.

            Mucho varió  la bodega a lo largo de las últimas décadas. Su espectro comercial se redujo al perder la cantina y la parte que en ella se destinaba a quincalla y se constriñó su horario. En una época, los lunes, martes, jueves, viernes y sábados abría desde las siete de la mañana hasta las once de la noche, con un intermedio para el almuerzo y  la siesta entre la una y las tres.  Los miércoles cerraba a las siete de la tarde y los domingos, a las doce del día. El bodeguero, por lo general, vivía en la misma bodega y había muy pocas  bodegueras;  eran casi siempre hombres los que atendían detrás del mostrador. Estaba el bodeguero cubano y los bodegueros españoles y chinos. Si un cliente habitual de uno de esos establecimientos requería hacer efectivo un cheque, ahí estaba el bodeguero para realizar la operación y si necesitaba dinero, el bodeguero podía hacer un pequeño préstamo. Entonces se fiaba en la bodega. Si el cliente se comprometía a pagar en la semana, los gastos en que incurría  se anotaban en una tira de papel que el bodeguero conservaba y rompía cuando le liquidaban la deuda. Si el compromiso de pago se establecía para un plazo más largo, mensual, digamos, el bodeguero hacía las anotaciones en una pequeña libreta que él mismo facilitaba al cliente y que permanecía en manos de este. Las cuentas se sacaban a punta de lápiz. Un lápiz de creyón gordo y muy negro que el bodeguero portaba en la oreja y no en el bolsillo de la camisa.  Los clientes, en ese tiempo, no eran clientes ni usuarios. Eran marchantes. Que es como en Andalucía y en América se les llama a los habituales de un establecimiento comercial o de un vendedor ambulante.

VÍVERES Y LICORES FINOS

La palabra bodega cuando se emplea para designar lo que en Cuba se entiende por tal cosa, es un cubanismo. Así  lo recogen Esteban Pichardo y Fernando Ortiz. Tienda de víveres al por menor o abacería, y, por extensión, la tienda mixta de las pequeñas poblaciones o del campo en la que también se venden víveres. De ahí que mucha gente del interior cuando viene a La Habana, llame tienda a la bodega y casilla a la carnicería. Y tienen  razón, aunque les cause risa a muchos.  Porque bodega, en puridad, es el lugar destinado para guardar el vino o para servir de almacén a los mercaderes. Granero. Espacio comprendido en los buques desde la cubierta a la quilla. Almacén donde se venden vinos al por mayor y al por menor. Taberna, y bodegón es, además de taberna, el establecimiento donde se guisan y ofertan comidas, en tanto que tienda significa casa o puesto donde se vende cualquier mercancía. Bazar. Comercio. Despacho. Establecimiento.

Toda bodega en Cuba que se respetara anunciaba en un lugar bien visible que expendía víveres y licores finos. Pero se vendían en ella otras muchas cosas: papel y sobres para cartas, curitas, hilos y agujas, champú, cuchillas de afeitar, desodorante, talco, polvo facial y perfumes baratos,  betún y cordones de zapatos, limas y pinturas de uña, brillantina para el cabello y aquella Rhum Quinquina,  de Crucellas, que eliminaba  la caspa en la primera aplicación.

Todas, al igual que ahora, tenían su nombre, por el que, lo mismo que ahora, nadie las identificaba, salvo excepciones. En Lawton estaban Los Motoristas, La Mía y El Gallito, pero lo frecuente era hablar de la bodega de Alfredo, de Daniel, de Manolo… y prácticamente abría sus puertas una en cada esquina. En las siete cuadras lineales que mediaban entre la bodega de Alfredo y la de Manolo había, contando estas, siete comercios de ese tipo. Además de dos carnicerías, cuatro cafés, tres quincallas y una gasolinera con taller, ponchera y expendio de piezas para automóviles. Una sala cinematográfica. También dos puestos de chinos, un tren de lavado, dos tintorerías, dos escuelas privadas y una pública, la consulta de un pediatra y el gabinete de un dentista. Un conservatorio musical y dos o tres modistas. Un rastro de materiales de construcción. Dos barberías. Una farmacia. Y una clínica. Y conste que se alude solo a un pedazo de la mencionada barriada, el que corría sobre  San Francisco desde la calle Lawton hasta Once.

Allí, pero en la calle Concepción y más cerca de la calzada de 10 de Octubre, tenía su bodega el chino Luis. Había llegado a Cuba en tiempos inmemoriales y levantó una pequeña fortuna que le permitió retornar a su país. Lo sorprendió allí el triunfo de la Revolución y logró volver a La Habana, donde en 1959 terminaría viendo la misma película. Su bodega se llamaba La Fe.

TESTIMONIO INSUPERABLE

La referencia más antigua a la bodega cubana que conoce este escribidor, se halla en un libro publicado en Nueva York, en 1889. Se titula From flag to flag (De bandera a bandera) y su autora es  Eliza Mc Hatton-Ripley, una norteamericana a quien la Guerra de Secesión obligó a salir de su país y buscar refugio en Cuba junto con su familia y un par de esclavos. Aquí, donde vivió durante diez años a partir de 1865, se radicó primero en el Cerro y luego en Matanzas, donde tuvo un ingenio al que puso el nombre de Desengaño.

            Dice Eliza Mc Hatton-Ripley con relación a las bodegas cubanas:

            “Nunca supe cuándo cerraban las tiendas de La Habana ni cuándo abrían sus puertas; ni las vi nunca cerradas aun en domingo, excepto durante los tres últimos días de la Semana Santa, en los que se suspende totalmente todo tipo de negocio. Al regresar a medianoche de la ópera o el baile, una encontraba cada tienda brillantemente iluminada y llena de personas que se empujaban unas a otras.  […] Los mismos hombres permanecían día  y noche detrás de los mostradores, muchos en mangas de camisa y fumando”.

            ¿Dónde almorzaban esos hombres? Precisa Eliza que lo hacían en la misma tienda. A una mesa larga se sentaban los dueños y los empleados, incluidos los mandaderos y los carretoneros, y “si entraba un marchante, alguno de aquellos se levantaba, lo servía y se sentaba a almorzar de nuevo”. Añade que como no existían comedores, en oficinas y bancos, tiendas, casas de comercio y almacenes se daba de comer a todos los empleados.

            “Innumerables bodegas pequeñas y cantinas baratas y sucias estaban dispersas por los alrededores y calles apartadas, donde los trabajadores blancos y de color comían uno junto al otro pescado frito o sopa de ajo y bebían aguardiente (ron nativo) o vino tinto. En algunas de las bodegas más pobres se mantenían burras atadas al mostrador y se ordeñaban allí mismo para vender la leche a inválidos y personas de digestión delicada. El café que se servía en esas mismas bodegas era rico y delicioso”, recuerda la Mc Hatton-Ripley en su testimonio, que es de las cosas mejores y más abarcadoras que un extranjero escribió sobre Cuba.

LOS CHINOS Y EL SOBRINO

En las bodegas siempre había cartuchos. De diferentes capacidades. Desde una libra hasta 25. Y un papel parafinado donde se envolvían la manteca, que no se derretía, y el jamón, los chorizos y las aceitunas, las pasas y las alcaparras. Tampoco faltaba, en la barra, el saladito y el cubilete. Ni el mensajero, que debía permanecer en el portal. En ocasión del fin de año el bodeguero agasajaba  a sus marchantes habituales con una sidra, una botella de vino o un turrón. Como el dueño del negocio no se desprendía del mostrador y, en caso de tener empleados, no se  desentendía de la caja contadora, la contabilidad marchaba al kilo y el negocio transcurría sin faltantes ni sobrantes. Había, claro, una pequeña ventaja para el bodeguero cuando no dejaba asentar la pesa o, a propósito,  se le iba la mano en el tamaño del cartucho o  rellenaba con agua de la pila las botellitas de agua mineral.  El cliente tenía siempre la razón y si no, cambiaba de bodega.  

            Era más económico entonces comprar en las bodegas de chinos. Sucedía que un bodeguero de esa nacionalidad no compraba nunca de manera individual para su bodega. Lo hacía en cooperativa, en sociedad con otros comerciantes, también chinos.  Como adquirían mercancías para diez, doce bodegas, los vendedores al por mayor y los carreros les hacían descuentos que, a la larga, terminaban beneficiando al marchante. Así, una caja de cerveza (24 botellas) que se expendía en cualquier bodega al precio de cuatro pesos con 80 centavos, salía en los chinos en $4.08, con el ahorro consiguiente para el cliente de 72 centavos. Lo mismo sucedía con el arroz y otros productos.

            Más que dueño, el bodeguero era, en verdad, un esclavo de su negocio. El bodeguero cubano supo hacer familia, lo que no hicieron, como regla, bodegueros de otras naciones que aquí se avecindaron. El chino Felipe, decano de los bodegueros en el reparto Santa Amalia, siguió viviendo, solo, en la trastienda de su comercio, luego de que se lo intervinieron, hasta que decidió ingresar en un asilo de ancianos del Barrio Chino.

            Los españoles no tenían familia, pero tenían sobrinos. Un día recibían al hijo de la hermana que les llegaba desde la Madre Patria. Venía por abajo  el “galleguito”, agradecido de la oportunidad que se le daba de vivir en La Habana. Al comienzo, todo era paz y orden. “Sí, tío”, “Como usted mande, tío”. Pero el tío envejecía y él, sin esperar a su muerte, se iba adueñando poco a poco  del negocio. Sacaba las uñas. Empezaba por no cuadrarle las alpargatas, la camisetilla y aquellos pantalones de dril crudo que distinguían a su pariente. Quería vestir y vestía de otra manera. Se ilusionaba luego con un automóvil y cambiaba el espacio de la trastienda por una casita con patio y portal. Empleaba casi tanto como lo que ganaba en los juegos de azar y la mulata del solar terminaba amarrándolo hasta que la cambiaba por una muchachita bien, aunque venida a menos y, al final, perdía la bodega. Porque la fortuna que el tío, con mucho sacrificio había logrado levantar a lo largo de toda una vida, la dilapidaba el sobrino en un par de años para seguir haciendo válido el refrán de “Padre bodeguero, hijo caballero, nieto pordiosero”.