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Certidumbre de Arrom

Certidumbre de Arrom

Ciro Bianchi Ross

Foto Eduardo Cabrera

 

En la ciudad universitaria de New Haven, Connecticut, falleció a los 97 años de edad el erudito cubano José Juan Arrom. Era Profesor Emérito de la Universidad de Yale, donde hizo estudios y ejerció la docencia durante varias décadas. La larga permanencia en Estados Unidos no melló su cubanía. No dejó nunca de considerarse un escritor cubano, condición que supo siempre defender con intensidad. En septiembre de 1981, la Universidad de La Habana le otorgó el título de Profesor Honoris Causa en  Artes y Letras. Al recibirlo, en acto solemne en el Aula Magna de esa casa de estudios, Arrom hizo una confesión cenital.  Aseveró que de  la Universidad de Yale había recibido tres títulos y siempre guardó los diplomas; no sintió la necesidad o el deseo de exponerlos. Nunca supo el porqué de esa determinación hasta que recibió el diploma de la universidad habanera. Fue ahí que comprendió que siempre quiso tener un título académico cubano. Colocaría entonces en una línea horizontal los de Yale y sobre ellos, como culminación de su vida académica, el de la Universidad de La Habana.

            Nació en la ciudad de Holguín, pero se consideraba mayaricero, porque fue en Mayarí, pequeña localidad del oriente cubano, donde pasó su infancia y adolescencia. Allí, tendría Arrom ocho o nueve años de edad, alguien le regaló una pequeña hacha de piedra muy pulida. Le dijeron que se trataba de una “piedra de rayo”, con cualidades mágicas, pero no tardaron  en aclararle que se trataba de un hacha petaloide que quizás hubiera pertenecido a un niño taíno de su misma edad. Años después se empeñaría  en saber cómo había sido aquel niño, qué hacía, qué pensaba, cómo hablaba, y muchos años después hallaría respuestas a esas preguntas al empezar a ocuparse del estudio de los indígenas de las Antillas. Antes, con sus indagaciones sobre los cronistas de Indias, daba inicio a sus acercamientos a la lingüística y  la antropología antillanas. Sobre todo del taíno con sus mitos, su cultura, los misterios de su tierra y de su lengua.

GUSTADOR DEL IDIOMA    

Varios de sus libros versan sobre esos temas. En Estudios de lexicografía antillana (1980) recogió,  entre otras páginas,  sus aproximaciones a las vicisitudes y el significado del nombre de “Cuba”, rastreó los orígenes de la palabra “chévere”, procuró la etimología del término “manatí” y la génesis de la voz “congrí”, guiso de arroz blanco y frijoles colorados; una de las glorias de la cocina cubana…

            El idioma de los antillanos tiene palabras que vienen de muy lejos y con el sentido que le dio una lengua que se selló hace siglos. Algunas de esas palabras nunca salieron de sus límites geográficos, pero otras, llevadas por conquistadores y colonizadores, se extendieron por toda América y algunas atravesaron el Atlántico. Muchas de ellas presentan problemas que oscurecen su origen, debilitan su fuerza o reducen su campo semántico.

            De ahí que Arrom estudiara con atención la obra de importantes lexicógrafos que le antecedieron en Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo, y luego, por los rumbos que ellos trazaron, llevara su búsqueda a un campo poco explorado, el de las relaciones de la extinta lengua de los taínos con otras, todavía habladas, de la misma familia arahuaca a la que perteneció. Esa apertura le sirvió para acopiar elementos que no existían o desconocieron sus predecesores, y el aprovechamiento de ese nuevo material permitió a Arrom ir más allá de los registros usuales de indigenismos e indagar correspondencias, proponer etimología e intentar precisiones antes insospechadas. No todo pudo esclarecerlo, no siempre encontró la respuesta categórica y salvó a veces el vacío con  hipótesis que podrán confirmarse o no, pero que habrá que tener en cuenta por las sendas que abrieron y los datos que relacionan e iluminan.

            Más que un lingüista profesional, Arrom fue un gustador del idioma y sus estudios obedecieron más a preocupaciones literarias que a propósitos exclusivamente lingüísticos, pero contribuyeron a  llenar un espacio que  atañe a las raíces mismas de nuestra lengua y nuestra cultura.

DEFINIR AL CRIOLLO

Muchos años dedicó al estudio de la etimología del topónimo “Cuba”.  Comprobó que para el taíno esa voz quería decir “tierra”, “territorio”. Esto es, una de las islas que componían su patria, que era todo el archipiélago antillano. A ese archipiélago, constató Arrom, le llamaban “bohío”. Bohío no era para ellos, por tanto, lo que es hoy: la rústica casa de un campesino. Significaba ese término para los taínos “hogar, casa, residencia, morada”, y las Antillas eran la morada ancestral de todo el pueblo taíno. La isla de Cuba, dice el padre Las Casas, era “Cuba Anacan”: territorio central. Porque “cuba” es “territorio” y “anacan” quiere decir “en el centro”.  

            A la voz “criollo” también dedicó José Juan Arrom muchos desvelos. Antes de que diera a conocer el resultado de su investigación, se tenía por criollo solo al nacido en América de padres españoles. Ese le pareció una idea inexacta, incompleta y hasta peyorativa al no incluir a otros que no eran hijos de españoles y nacieron también en América.

            Arrom buscó el origen de la palabra y siguió su trayectoria para concluir que criollo es “lo nacido en la tierra para separarlo de lo que viene de afuera; lo auténtico de uno”. Los portugueses, argumentó,  llamaban “criadouro” al pollo que nacía en la casa, aunque hubiese salido del huevo de una gallina traída de otra parte. Criollo es lo nacido en mi patio, puntualizaba.  Y por eso, insistía en que podía hablarse de criollos blancos, criollos negros, criollos mestizos: Decía al respecto: “Los americanos somos los criollos”,  y esbozó  una definición que obligaría a la  Real Academia de la Lengua a modificar la suya.

¿MÉDICO O ECONOMISTA?

En Cuba, Arrom quiso hacerse médico. Pero la Universidad de La Habana, la única que existía en la Isla, fue clausurada por el dictador Gerardo Machado en 1931, y el coronel Batista volvió a cerrarla en 1933. Fue así que decidió  buscar nuevos horizontes en Estados Unidos y estudiar lo que pudiera. Lo aceptaron  en Yale en 1934. Matriculó Economía. Pero siguió, al mismo tiempo, un curso sobre novela hispanoamericana que dictaba  el profesor Frederick B. Luquiens. Allí cambiaría su destino porque Luquiens le sugirió que continuara estudios de Letras y lo invitó a que, una vez graduado, se incorporara a su departamento.

            Los estudios hispanoamericanos estaban en pañales entonces en Estados Unidos. El español se estudiaba dentro de los departamentos de Lenguas Romances y solo se prestaba atención a la literatura española. Luquiens logró separar el español de las demás lenguas y asumió  los temas de la cultura de Hispanoamérica. Con él iría a trabajar, como instructor, José Juan Arrom, y pocos años después, tras el fallecimiento de Luquiens, asumiría sus cursos.

            Llevaba otras preocupaciones, otros intereses. Incluyó en los programas el estudio de otros autores: Sor Juana, Ercilla y también escritores como Martí y Nicolás Guillén. Las innovaciones fueron mayores en sus cursos de postgrado. Dedicó algunos al teatro hispanoamericano y abordó en sus clases desde las actividades dramáticas prehispánicas hasta los dramaturgos más actuales y, en otros, abordó a los cronistas de Indias y sus aportes a las letras de su tiempo. Era una época en la que la Universidad de Yale carecía de un bibliotecario profesional que se encargara de los libros de y sobre Hispanoamérica. Arrom se prestó para trabajar como curador ad honorem en 1942. Cuando veinte años después abandonó el cargo había enriquecido la biblioteca con unos treinta mil volúmenes.

CIUDADANO DE AMÉRICA

Muchos de los que fueron sus alumnos, son hoy destacados profesores e investigadores. Basta mencionar entre ellos a Robert F. Thompson, eminente profesor en Yale y un hombre reconocido universalmente por su labor en los estudios sobre las artes africanas. Fueron las clases de Arrom sobre la poesía de Nicolás Guillén las que despertaron la curiosidad de Thompson por esos temas. Se sintió tan impresionado con  la lectura de “Sensemayá” y otros poemas de Guillén, que en las vacaciones siguientes viajó a La Habana para ahondar en la obra de escritores cubanos de ascendencia negra.

            En 1957 tuvo un gesto conmovedor con el poeta cubano Roberto Fernández Retamar, el profesor más joven entonces (27 años) de la Universidad de La Habana, plaza conquistada por concurso-oposición. Arrom disfrutaría de un año sabático y lo invitaba a trasladarse a Yale como Visiting Assistant Professor. No lo movió la amistad. Apenas se conocían. Se habían visto solo una vez y sostuvieron una breve plática, pero Arrom recordaba con agrado la lectura de un libro de Retamar, La poesía contemporánea en Cuba (1954).  Y eso lo decidió.  Retamar ya había rechazado una invitación anterior de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) y aceptó la nueva propuesta: Batista estaba otra vez  en el poder y la alta casa de estudios habanera había vuelto a cerrar sus puertas.

            Años después, Retamar reciprocaría el gesto al hacer el elogio de Arrom cuando la Universidad de La Habana lo distinguió como Profesor Honorario. Al aludir a su cubanía, Retamar dijo que “con el tiempo, aquella condición creció hasta hacerlo ciudadano de nuestra América toda. No pocos de los instrumentos intelectuales de sus estudios los debió a la Academia norteamericana, pero la temática y el aliento de esos estudios han sido siempre los de la América Latina y el Caribe (incluso de lo que ha sido llamado Preamérica) contempladas con orgullo y fervor. Sus principales maestros fueron criaturas como Fernando Ortiz, Pedro Henríquez Ureña, y, desde luego, José Martí”.

ENSEÑAR CON BUEN HUMOR

Algunos de los libros que publicó Jose Juan Arrom son: Historia de la literatura dramática cubana (1944) El negro en la poesía folklórica americana (1955) Esquema general de las letras hispanoamericanas; ensayo de un método (1963) e Hispanoamérica: panorama contemporáneo de su cultura (1969).

            De mucha trascendencia es  Certidumbre de América, publicado originalmente en 1959. Escribió en la introducción a ese libro:

            “Los estudios que aquí recojo convergen hacia un solo tema. La ruta elegida podrá ser una disquisición lexicológica, apuntes sobre una antigua comedia, el análisis de un par de cuentos, indagaciones sobre temas folklóricos o esbozos de apretadas síntesis, pero invariablemente conducen a un mismo punto: la realidad de América y del hombre americano. Todos han resultado, además, de un mismo proceder. En cada caso partí de una duda y regresé con una certeza […] De ahí que titule al conjunto Certidumbre de América…”

            Muchos de sus libros Arrom los concibió a partir de sus clases. En ellas, cuentan los que fueron sus discípulos, solía intercalar anécdotas, casi siempre risueñas, para subrayar un aspecto sustancial de la obra o el tema que comentaba. Hizo suyos, como divisa, las palabras de un antiguo poeta inglés: Gladly learn and gladly teach.

 

            Y es que la anécdota, aseveraba Arrom, es parte muy principal de la tradición intelectual hispanoamericana. Desde los cronistas de Indias la anécdota potencia el sentido del discurso.

            Un día, al finalizar una conferencia, un alumno le preguntó:

            -Profesor, ¿por qué estudia tanto?

            -Porque me divierte, respondió Arrom.

            Siguió a sus palabras un espeso silencio. Y Arrom, sin inmutarse, concluyó:    

            -Sí, señores. La erudición no tiene que ser un martirio. Bien llevada puede proporcionarnos momentos placenteros y aun de júbilo, como cuando se descubre algún momento olvidado o desconocido durante las investigaciones que uno está realizando.

           

           

           

             

           

             

  

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