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Vivir del "Chisme"

Vivir del  "Chisme"

Los 40 años de Ciro Bianchi en el periodismo demuestran que la historia es más creíble y humana cuando se baja de los pedestales por DANAY GALLETTI HERNÁNDEZ y MARIO CREMATA FERRÁN, estudiantes de Periodismo

El entrevistador por excelencia se convirtió en entrevistado. La habitual Tertulia «Barraca de Feria» que mantiene el periodista Ciro Bianchi Ross desde hace un año, el tercer jueves de cada mes, tuvo en la tarde de ayer una ligera variación.Un grupo de amigos encabezados por Jaime Sarusky —Premio Nacional de Literatura—, el escritor Leonardo Padura y el director de La Gaceta de Cuba, Norberto Codina, decidieron festejar las cuatro décadas en la profesión de este imprescindible en el periodismo cubano. «Hemos venido aquí, no a hacerle un homenaje al amigo, pues a su edad no está preparado todavía. Nos reunimos para conversar sobre determinados aspectos del periodismo, de la labor de Ciro, que escapa de los estereotipos, demuestra su responsabilidad con la historia y defiende la cultura sin dejar de producir textos amenos y bien escritos», expresó Padura. También se refirió a su trabajo en los diarios cubanos, en la Agencia Latinoamericana de Noticias Prensa Latina, en la revista Cuba, y a sus colaboraciones, pasando por todos los géneros y especializándose en las buenas entrevistas. «Ciro es sin discusión, un magnífico entrevistador. Su claridad es impresionante. Fue referencia para el periodismo literario que en los 80 hicimos un grupo de jóvenes», agregó.«Escribe libros de periodismo, pero no pensados como tal. Sus trabajos saltan de la vida efímera de un periódico o revista, hacia las páginas de una obra mayor, porque trascienden al universo literario y artístico». Por su parte, Jaime Sarusky destacó que Ciro logra una comunicación con el lector, y su manera exhaustiva de investigar llena los agujeros negros de nuestra memoria y enriquece enormemente los conocimientos históricos, particularmente los de la historia nacional no contada.Norberto Codina comentó acerca de sus colaboraciones para La Gaceta de Cuba por más de 20 años, con artículos nada superficiales. «Por el brillo de sus ojos tal parece que fue testigo de primera línea de los acontecimientos pasados que relata o cuenta. Es un enamorado de su profesión, de corazón caliente y un poco apasionado, con diálogo transparente y un periodismo decantado, sintético, altamente profesional». El agasajado habló de la que fuera su escuela: la revista Cuba Internacional. Para ella escribe hace 35 años, aunque sus primeros trabajos vieron la luz en el periódico El Mundo, allá por 1967, cuando tenía solo 18 años.Además, comentó sobre sus artículos para la revista Sol y Son, de la que fue fundador en 1986; de su crónica semanal en Juventud Rebelde desde hace un lustro, hasta la columna que inició hace muy poco en El Nuevo Día, de Puerto Rico.Infinidad de anécdotas como la odisea para entrevistar al escritor Gabriel García Márquez amenizaron la tarde. Después de varios intentos fallidos, logró su propósito, en un insólito lugar: el baño de la casa de modas La Maison.También contó detalles de sus encuentros con intelectuales de renombre como José María Chacón y Calvo, José Lezama Lima, Octavio Cortázar, Augusto Monterroso, el padre Ángel Gaztelu y el Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal Spengler, a quienes entrevistó.En conversación con este diario, Codina manifestó su pasión por la obra de Bianchi desde hace 30 años, y la satisfacción por haber sido su editor. Confesó compartir con él otras aficiones, como el gusto por la buena comida y la bebida.«Lo conozco desde fines de los 70, cuando empecé a publicar en El Caimán Barbudo. Desde entonces, mantenemos una sólida amistad y afinidad. Lo respeto muchísimo, y de alguna manera fue también mi «modelo». Ciro forma parte de esos grandes periodistas que ha dado Cuba; por ser una fuente de cultura, por el rescate a los olvidados, por su conocimiento de la técnica del periodismo, que a pesar de las revoluciones tecnológicas sigue siendo el mismo», dijo Padura a JR.Jaime Sarusky aseguró que el estudio sistemático de la obra de Ciro, ayuda a preparar a la joven generación de periodistas que necesitamos. «Él cuenta pequeñas historias que forman parte de la idiosincrasia del cubano, que no se pierden con el tiempo, reivindica esa memoria. Tiene la virtud de que la mayor parte de sus crónicas pueden desarrollarse y convertirse en magníficos guiones de cine».Los aportes de Ciro Bianchi a la cultura cubana son innegables. Decir 40 años de ejercicio profesional resulta fácil, pero mantenerse en esta profesión que el propio Sarusky calificara como la principal causa de infartos en el mundo, es una tarea de grandes.

 
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1 comentario

Ricardo -

Voy a chismear de mi país. Les pido perdón doblemente, primero porque no sé si les interesa, y segundo porque es copia de un artículo. Deben disculparme que yo no sea el autor, soy ciudadano de a pie incapaz de expresar con tanta claridad una radiografía tan acertada de mi España. Espero que disfruten el humor ácido y amargo de este artículo. Este chisme es real. Somos así.
P.D. El último párrafo es de aplicación cubano/española.

Estado de delirio
ANTONIO MUÑOZ MOLINA 27/01/2007
La política española resulta tan difícil de explicar al extranjero porque está toda entera contaminada de delirios, algunos de ellos tan difundidos, tan arraigados, que casi todo el mundo ya los confunde con la realidad. El delirio ha sustituido a la racionalidad o al sentido común en casi todos los discursos políticos, y los personajes públicos atrapados en él lo difunden entre la ciudadanía y se alimentan a su vez de los delirios verbales y escritos de unos medios informativos que en vez de informar alientan una incesante palabrería opinativa. La actualidad no trata de las cosas que ocurren, sino de las palabras que dicen los políticos, de los cuales no se conoce apenas otra cosa que sus exabruptos verbales. En ningún país que yo conozca los titulares están tan hechos casi exclusivamente de declaraciones entrecomilladas. El que llega de fuera se ve asaltado, nada más subir al taxi en el aeropuerto, por un zumbido perpetuo de opinadores que someten a escrutinio las declaraciones y contradeclaraciones previamente enunciadas por los charlistas de la política. Da la sensación de haber entrado en un bar de barra pringosa en el que el humo de la palabrería fuera más denso que el del tabaco, y en el que un número considerable de afirmaciones tajantes parece dictado por la ofuscación de una copa matinal de coñac.
El delirio contamina todos los saberes y con frecuencia termina por sustituirlos del todo. Hay una geografía delirante, que se manifiesta, por ejemplo, en los textos escolares y en los mapas de las noticias sobre el tiempo, y en virtud de la cual cada comunidad autónoma es una isla rodeada de un gran espacio en blanco y sin nombre o se dilata para abarcar territorios soñados. Casi cualquier delirio es un delirio de grandeza. El País Vasco abarca en los mapas Navarra y una parte de Francia: Cataluña se extiende hacia el norte y a lo largo del Levante y por las islas del Mediterráneo, en un ejercicio de megalomanía geográfica que se parece bastante al de los reinos que don Quijote imaginaba que conquistaría con su bravura de caballero andante. Galicia se agranda por las anchuras atlánticas de la lusofonía y por los confines de niebla de los reinos celtas. Y no quiero pensar qué ocurrirá cuando los cerebros políticos de mi tierra natal descubran por azar algún libro en el que se muestre que hubo una época en la que el territorio de Al-Andalus cubrió casi entera la península Ibérica y una parte del norte de África.
La geografía fantástica se corresponde con el delirio lingüístico: en esos mundos virtuales el español es un idioma molesto y residual que sólo hablan guardias civiles, emigrantes y criadas, y que por lo tanto no merece más de dos horas de enseñanza semanal en las escuelas, aparte de comentarios despectivos sobre su rusticidad y su patético provincianismo. Al fin y al cabo sólo se habla en tres continentes. Cuando no hay modo de prescindir de este idioma al parecer extranjero que sin embargo es el único de verdad común de toda la ciudadanía, se le desfigura en lo posible con una ortografía delirante, que debe de ser un enigma para la inmensa mayoría de los cientos de millones de hablantes que lo tienen como propio. Y cuando los jerarcas de tales patrias viajan por el mundo se convencen a sí mismos en su delirio de que hablan inglés, para no rebajarse a la indignidad de hablar español: pero con raras excepciones hablan inglés tan mal y con un acento español tan inconfundible que sólo los entienden los españoles diseminados entre el público, que constituyen, por otra parte, la mayoría de éste. Los dignatarios -da igual el partido o el territorio al que pertenezcan- cultivan un delirio grandioso de política internacional, y viajan por el mundo con séquitos más propios de sátrapas que de gobernantes democráticos, con jefes de prensa y de protocolo, con asesores, con periodistas, con fotógrafo de corte y cámaras de televisión, incluso con pensadores áulicos, en algún caso muy selecto. Se alojan en los mejores hoteles y gastan el dinero público con una magnanimidad de jeques petrolíferos. Viajan con el pasaporte de un país cuya existencia niegan y utilizan los servicios diplomáticos y consulares de un Estado al que no se consideran vinculados por ninguna obligación de lealtad, y aseguran que el motivo de tales viajes es la promoción internacional de sus respectivas patrias, provincias, principados, o reinos: obtienen, es verdad, una gran cobertura mediática, si bien no en los periódicos del país que han visitado, sino en los de la comunidad o comarca de origen, en la que todo el mundo parece aceptar sin sospecha el delirio de los resultados provechosos del viaje, así como la cuantiosa inversión necesaria para que sus excelencias celebren en Nueva York o en Melbourne una mariscada suculenta de la que habrían disfrutado lo mismo sin marcharse tan lejos, o hagan unas declaraciones a la televisión autonómica o al diario local a seis mil kilómetros de distancia.
El delirio afecta lo mismo al pasado que al presente, por no hablar del porvenir. Jovenzuelos malcriados que disfrutan de uno de los niveles de vida más altos del mundo se adornan de un corte de pelo carcelario y de un pañuelo palestino y se imaginan que participan en una intifada o en un motín kurdo o irlandés quemando los cajeros automáticos de sus opulentas instituciones bancarias y los autobuses de un servicio municipal de transportes lujosamente subvencionado, sin correr más peligro que el de un siempre desagradable enfriamiento después de la carrera delante de los paternales policías. En la escuela les han enseñado geografía fantástica y una historia mitológica inspirada en folletines truculentos del siglo XIX. Los tebeos de Astérix y las columnas de astrología de las revistas del corazón son más rigurosos que la mayor parte de sus libros de texto, pero tienen efectos menos tóxicos sobre las conciencias.
El delirio no sólo determina las historias que se cuentan en la escuela. Una editorial de prestigio le encarga a un escritor un libro sobre la caída de Barcelona al final de la guerra. Al escritor no le cuesta confirmar lo que sabe o sabía todo el mundo: que las tropas de Franco fueron recibidas en Barcelona por una muchedumbre entusiasta -ya observó Napoleón que en cualquier gran ciudad hay siempre cien mil personas dispuestas a vitorear a quien sea- y que en el ejército vencedor y entre la nueva clase dirigente había un número considerable de catalanes. Al escritor le dicen que el libro no puede publicarse, sin embargo: no porque cuente mentiras, sino porque las verdades que cuenta no se ajustan al delirio oficial sobre el pasado, según el cual la Guerra Civil española fue una guerra de España contra Cataluña, y ningún catalán fue cómplice de los zafios invasores, igual que ningún vasco llevó la boina roja de los requetés en el ejército de Franco.
El delirio niega la realidad pero puede tener efectos devastadores sobre ella. En España no queda nadie o casi nadie que simpatice de verdad con el fascismo o con el comunismo, y sin embargo se oye con frecuencia creciente que al adversario se le califica de facha o de rojo, con una insensatez verbal que hiela la sangre, y que revela una voluntad de ruptura de la concordia civil copiada de lo peor de los años treinta. Cuando a uno lo pueden llamar rojo por creer que el atentado del 11 de marzo lo cometieron terroristas islámicos o fascista por no eludir siempre la palabra "España" o defender la Constitución de 1978 está claro que el debate político ha caído en un extremo irreparable de delirio.
Por culpa del delirio de José María Aznar nos vimos involucrados en una guerra de Irak que ya era en sí misma otro delirio y en la que no contábamos militarmente para nada, pero que enconó el clima político del país y nos hizo más vulnerables a la amenaza del terrorismo integrista. Poseído por un delirio en el que ya vería a sí mismo coronado por los laureles de la Paz, esa bella palabra, el actual presidente no consideró oportuno prestar atención a los muchos indicios que venían avisando de que su negociación con los pistoleros y con los socios y beneficiarios de éstos no iba por buen camino. Tratar con gánsteres puede ser a veces tristemente necesario, pero conlleva el peligro de que los gánsteres tomen por blandura la benevolencia cautelosa del interlocutor y al menor contratiempo vuelquen la mesa de póquer y se líen a tiros. Que los servicios secretos no hubieran advertido lo que se aproximaba no tiene mucho de extraño, ya que tales servicios, casi en cualquier parte del mundo, se caracterizan por no enterarse de nada, contra lo que sugiere una extendida superstición literaria y cinematográfica: lo asombroso es que nadie en el entorno presidencial leyera los periódicos. La insolencia creciente de las hordas vándalas del norte, las cartas de chantaje y amenaza, los robos de pistolas y de explosivos, el descaro con que los terroristas presos amenazaban de muerte a los magistrados que los juzgaban (ante el apocado retraimiento, por cierto, de los policías encargados de reducirlos, quizás temerosos de provocarles una luxación si les ponían las esposas desconsideradamente) : es increíble la cantidad de cosas que uno puede no ver cuando se empeña en cerrar los ojos.
También es llamativa la complacencia con que tantas personas de izquierda han resuelto en los últimos años abolir toda actitud que no sea de inquebrantable adhesión al Gobierno. He leído textos conmovidos sobre la felicidad de estar "al lado de mi presidente", y escuché hace poco en la radio a un entusiasta que llevaba su fervor hasta un extremo de marcialidad, asegurando que él, en estas circunstancias, se ponía "detrás de nuestro capitán, en primer tiempo de saludo", tal vez no el tipo de incondicionalidad más adecuado para el primer ministro de una democracia. Quizás uno, como va cumpliendo años -enfermedad política que denunciaba hace poco en estas mismas páginas Suso de Toro, a quien cabe suponer venturosamente libre de ella- conserva el recuerdo de otra época en la que las personas de izquierdas podíamos ser muy críticas y hasta en ocasiones hostiles hacia otro gobierno socialista, o por lo menos no incondicionales hasta la genuflexión, hasta las lágrimas. No digo que no haya motivos para oponerse a una deplorable Oposición, avinagrada y sombría, que no parece capaz de desprenderse de su propio delirio de conspiraciones, y en la que todo el talento de sus dirigentes da la impresión de estar puesto al servicio, sin duda generoso, de favorecer a sus adversarios. Lo que me sorprende es este nuevo concepto de la rebeldía y de disidencia, que consiste en rebelarse contra los que no están en el poder y en disentir de casi todo salvo de las doctrinas y las directrices oficiales. El delirio perfecto, sin duda: disfrutar de todas las ventajas de lo establecido imaginando confortablemente que uno vuelve a vivir en una rejuvenecedora rebeldía, inconformista y a la vez enchufado, obsequioso con el que manda y sin remordimientos de conciencia, gritando las viejas y queridas consignas, como si el tiempo no hubiera pasado, en la zona VIP de las manifestaciones, enaltecido a estas alturas de la edad por una cápsula de Viagra ideológica.



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