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70 años bajo las estrellas

70 años bajo las estrellas

Ciro Bianchi Ross

 

Con mulatas despampanantes en escena, música contagiosa y desbordada,  humo, nostalgias, risas, abrazos,  aplausos y chin-chin de copas el mítico cabaret Tropicana, de la capital habanera, celebró su 70 cumpleaños. Una noche memorable que incluyó un recorrido por los grandes éxitos de siempre, pasado y presente del centro nocturno, y que desembocó en un primer gran final cuando, a los acordes de Tambor y Tropicana de Cuba, un video rindió merecido homenaje al coreógrafo Tomás Morales que celebraba sus 55 años de vida artística.

            Porque, en el aniversario del cabaret, los asistentes fueron partícipes de una justa tradición: la entrega del prestigioso trofeo Tropicana y otros galardones  a quienes, desde esa propia arena, han cimentado su leyenda.

            Actual Director Artístico y Primer Coreógrafo de esa sala de fiestas, Morales ha estado vinculado de manera ininterrumpida  a Tropicana durante más cuatro décadas. Quehacer que se le reconoció con la placa que así lo acredita, en tanto que con otra placa se enaltecía al colectivo de trabajadores del cabaret que con su labor anónima y no por eso menos importante garantizan el espectáculo.

Los trofeos esta vez fueron para Mary Salazar y Alberto y Armando Pérez. De Mery, entre otras actuaciones, se recordó su brillante presentación, junto a Rosa Fornés, primera vedette de Cuba, en la gran  tournée por tierras mexicanas de Tropicana 84. Alberto y Armando son los gemelos actuales del cabaret.

Durante los años 80 Tropicana contó con una atracción única: la inclusión de gemelos, mujeres y hombres idénticos,  en su nómina danzaria. Aportaron un capítulo de oro y una inequívoca señal de identidad en la noche habanera. Alberto y Armando son astros de esa constelación irrepetible.  

Dos figuras obligadas en las presentaciones de Tropicana en plazas internacionales. En Madrid, Milán, San Remo, Barcelona, Roma, Montecarlo… los han aplaudido por su excelencia danzaria y carisma desbordado. Cualidades esas que inspiraron al maestro Tomás Morales a crear para ellos coreografías antológicas,  como Los ojos de Pepa, La chancleta, French Can Can, Popourrit de mambos  y Rumba de taburetes; con las que los Pérez  cosecharon éxitos definitivos.

Hombre de fecundo genio creativo y altísima profesionalidad, Tomás Morales es maestro de maestros en el ámbito del espectáculo contemporáneo y uno de sus pilares más sólidos en Cuba.

En la noche de los trofeos se recordaron sus nexos con Tropicana, donde comenzó como bailarín. Incorporó seguidamente el canto a su arte hasta descubrir  su portentoso talento coreográfico e incursionar en la concepción y dirección de grandes puestas en escena no sólo para el cabaret sino también para la televisión y el teatro. Condujo la única y exitosa presentación de Tropicana en Broadway, así como su presentación especial, en la misma tournée de 1988,  en el recinto de la Organización de Naciones Unidas, puesta en escena que ganó para el centro nocturno la Medalla por el 40 Aniversario de la Victoria sobre el fascismo. Pero Morales es también presente. Así lo confirma su más reciente producción, Tambores en Tropicana.

Jornada inolvidable la de los 70 años del cabaret Tropicana, con mulatas despampanantes en escena, música contagiosa y desbordada, humo, nostalgias, risas, abrazos,  aplausos y chin-chin de copas, en la que se rindió homenaje a los que encumbran  las puestas en escena del paraíso bajo las estrellas.  

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El abanico

El abanico

Ciro Bianchi Ross

 

Vuelve a ponerse de moda en La Habana el abanico. Señoras ya con cierta edad no lo abandonaron nunca. Pero ahora se ve cada vez más entre las jóvenes que, junto con el teléfono celular, lo incorporan a sus accesorios. Tradición y modernidad juntas en el mismo bolso. No solo es un adminículo propicio para espantar el calor, sino que acompaña y añade un toque especial a la coquetería femenina.

            La cubana de ayer vivió entre grandes golpes de abanico. Los mejores y, por tanto, más caros, eran los que al abrirse y al cerrarse dejaban escuchar un chasquido que era casi una detonación. Y con qué sorprendente destreza lo manejaban para trasmitir un mensaje. Porque hay un idioma de los abanicos en el que fueron muy versadas nuestras antecesoras.

            Un abanico bien esgrimido es capaz de trasmitir un mínimo de treinta y seis mensajes. Posibilitaba la comunicación entre los enamorados en una época en que el encuentro a solas de dos que se simpatizaran mutuamente era casi impensable. El abanico fue entonces un arma secreta. Así, si una dama pasaba el dedo índice por las varillas de su abanico indicaba a su enamorado que le urgía decirle algo, y si se retiraba  el cabello de la frente con los padrones, el mensaje era casi una súplica pues le pedía que no la olvidara. La cosa se ponía fea para el amante si la dama se abanicaba con la mano izquierda ya que estaba celosa y si lo hacía muy despacio, el mensaje equivalía a indiferencia.

            Nada son los abanicos, dice Eusebio Leal, Historiador de La Habana, si no los despliega una mano de mujer en gesto de suave caricia, rubor escondido, seña propicia, altivez, desprecio, tentación.

            El origen del abanico se pierde en la noche de los tiempos. Era de uso corriente, entre ciertas capas sociales, en el antiguo Egipto hacia el año 3000 antes de nuestra era. Luego, lo encontraremos en representaciones etruscas, griegas, romanas y chinas, desde luego. En América se conoció antes de la llegada de los españoles pues el emperador de los aztecas, entre otros presentes, congratuló a Cortés con seis abanicos de plumas. Ya para entonces Colón había obsequiado una de esas piezas  a la reina Isabel la católica. Aparece en las manos de las esclavas en las pinturas murales de las tumbas faraónicas, acompaña a los césares romanos y, en las procesiones, a los pontífices de la Iglesia…

Con todo y aunque no quede constancia de ello,  el primer abanico fue muy anterior. Lo confeccionó el hombre con hojas de árboles o de palmas, tal como siguen haciéndolo hoy, con la fibra finamente tejida, los hombres del campo.

Se trataba siempre de abanicos rígidos. El abanico plegable o de varillas apareció en Japón en el siglo VII. Lo creó un comerciante de ese país  luego de observar minuciosamente el batir de las alas de un murciélago. Por eso se le denominó komori, palabra japonesa que identifica a ese quiróptero. Un buen día se expandió por Europa, llegó a España en el siglo XV, pero no es hasta el siglo XIX cuando en Valencia se inicia una producción importante y orientada a la exportación. Los hay finísimos y caros, confeccionados con  lacas negras y pinturas de oro puro, y también de plata, marfil y conchas nacaradas, y están los muy populares y corrientes, fabricados en serie,

cuya manufactura se abarata tanto que los políticos y  las casas comerciales pueden incorporarlos a sus campañas promocionales.

            En los fondos del Museo de la Ciudad, en el Palacio de los Capitanes Generales, de La Habana, obra una impresionante colección de abanicos. Va desde 1850 a 1900. Piezas preciosas y de un gusto exquisito.

            En estos días de ardiente verano, jóvenes cubanas han recordado que el abanico existe. Y aun sin que manejen su idioma ni sepan nada de los chasquidos con que sus abuelas sabían abrirlo y cerrarlo, su uso las hace más elegantes y atractivas.

 

 

 

 

 

 

 

 

             

 

Gestos y palabras

Gestos y palabras

Ciro Bianchi Ross

 

Se dice que una de las formas de identificar  a un cubano, hállese donde se halle, es por lo que come. Preferirá siempre una ración abundante de arroz, un guiso para mojarlo, alguna carne frita y, desde luego, el postre imprescindible porque si no remata la cena con algo dulce, siente que no ha comido.

 Otra forma de identificarlo  es la de reparar en la forma en que conversa. Habla por lo general muy alto y acompaña sus palabras con gestos fuertes y reiterados, al punto de que quien los observa, de desconocer esa particularidad, podría llegar a pensar que está en presencia de personas que discuten y que en algún momento llegarán a las manos cuando, en verdad, sostienen una conversación amistosa. Dos vecinas pueden airear sus intimidades de balcón a balcón o de acera a acera con la mayor tranquilidad del mundo y un diálogo entre dos llega a convertirse casi en una charla para toda una multitud porque el cubano es así. Magnifica cuanto hace.  Si está contento, si puede vanagloriarse de algún logro, por ínfimo y efímero que sea, procura que todos lo sepan y compartan su entusiasmo, y si está triste, no oculta su pena, sino que la proclama. Algo de eso se aprecia en las ciudades de René Portocarrero, una de las temáticas más emblemáticas y celebradas del artista.  La Habana que el pintor atrapó en sus lienzos no es  solo abigarrada y de un barroquismo viviente y generalizado.  Es también parlanchina y uno percibe sus voces y sus ecos.

            La Habana siempre ha sido, como diría Alejo Carpentier, una ciudad sonante. El tañer de las campanas de las iglesias a cada hora del día y de la noche, el pregón de los vendedores callejeros, la música que brotaba de  bailes improvisados por cualquier motivo, impresionaron notablemente a viajeros que, en siglos pasados, dejaron memorias de su estancia en Cuba. Y Federico García Lorca vio en 1930 a la capital cubana como una ciudad  con mucho calor y gente que habla muy alto. Poco varió  desde entonces el ruidoso problema del ruido, con radios y equipos de música conectados  a todo volumen y automóviles antediluvianos, por lo general de marcas norteamericanas, que nadie se explica cómo funcionan todavía, pero que suenan  como tanques de guerra.

            Hay varios tipos de conversadores. El escarbador deja desnudo en plena vía pública a quien participa de su charla. Otros nacieron para la polémica y les basta que alguien a su alrededor diga “rojo” para que ellos respondan que “verde”. El que echa sapos y culebras por la boca cuando se refiere al prójimo ausente  y quiere hacer creer que es incapaz de murmurar sobre alguien a sus espaldas. El dueño de la verdad infalible. El que pone la nota trágica. Los que traen “la última”, aunque sea mentira.  El que parece estar a punto de decir algo trascendental y, al final, no dice nada. Los que después de que todo está dicho, tienen aún algo que decir y terminan repitiendo lo que ya se dijo.  De todos ellos, el peor es el lluvioso. Hay que valerse de un paraguas para evitar ser salpicados por su saliva. Pero si ellos no existieran, los parques,  las barberías, los cafés y los bares perderían en mucho su razón de existir. No hay lugar como el bar para las confesiones. Los devaneos de la esposa, el entusiasmo por la chiquilla de enfrente, la mala cabeza de los hijos, los problemas laborales terminan revelándose en la cantina como ante el confesionario. Siempre hay alguien dispuesto a escucharlos y si se hace el bobo, carga con la cuenta.  

No hay como darse una vuelta por el Parque Central habanero. Decenas  de personas se dan allí  cita espontánea para discurrir sobre los pormenores de la serie nacional de béisbol, el deporte nacional. No dialogan, rugen.  Varios de ellos gritan para poder imponerse sobre otros que a su vez hacen lo mismo. Enfatizan sus palabras con la mano. La acompañan con la fuerza de la mirada. La cabeza se mueve, ora despectiva, ora, altanera.  Parecen que van a agredirse. Dirimen  la conveniencia de una jugada, lo oportuno o inoportuno de la decisión del mentor de un equipo, si el tiro a tercera fue out o una “cuchilla” del árbitro, si la sustitución de tal o más cual jugador a finales del juego fue razonable o no lo fue. Nadie da su brazo a torcer. Ni admitirá estar equivocado.  Cuando más, abandonará el campo al contrario, no porque se haya convencido de la verdad del otro, sino para perdonarle la vida porque al cubano le es más fácil ser condescendiente que justo. Al final, la sangre nunca llegará al río y cada cual se irá por donde vino para reencontrarse con energías renovadas en el mismo sitio al día siguiente.

             

             

Sírveme un guarapo

Sírveme un guarapo

Ciro Bianchi Ross

 

Pocas cosas reconfortan y estimulan tanto como un buen guarapo. El cansancio, la fatiga, el calor desaparecen de golpe cuando se ingiere esa bebida que es el jugo de la caña de azúcar pelada y exprimida. Se trata de un proceso que transcurre sin manipulaciones extrañas ni adiciones de ningún tipo; apenas sin intermediarios y a la vista del consumidor. El jugo que extrae un pequeño trapiche pasa  directamente al vaso de quien va a degustarlo y sin demora alguna pues el guarapo es tan orgullo y altanero que no admite demoras. De ahí que resulten vanos los intentos de embotellarlo. Se recomienda ingerirlo bien frío –enfriado con hielo frappé- y algunos lo prefieren con unas goticas de limón.

            El guarapo es el gran alimento líquido; la sangre del azúcar. En tiempos de hambruna colonial resultaba el sostén de la dieta. Desde entonces sigue siendo una bebida popular que para muchos era parte de la alimentación diaria. Un vaso de guarapo acompañado de un dulce de harina o de un emparedado, por modesto que sea, provoca una sensación de hartazgo difícil de conseguir de otro modo. No solo fue alimento de pobre; su demanda se extendió a todos los sectores de la sociedad y llega hasta hoy.

            La caña, una vez en el central azucarero, se exprime entre dos masas rodantes de metal. Es el paso inicial de un arduo y complejo proceso que por vaporización convierte el guarapo en azúcar. Esas masas rodantes de hoy equivalen al trapiche primitivo, movido por tracción animal o por trabajo esclavo antes de que se utilizaran la fuerza hidráulica, el vapor, la electricidad. Fueron los negros esclavos los que dieron nombre propio al guarapo, que fermentado es pariente cercano del aguardiente y el ron.  Lo denominaron garapa, palabra muy extendida en Angola y Congo para identificar a una bebida fermentada o cerveza derivada del maíz o de la yuca o mandioca. Los negros congos, esclavos en los centrales azucareros cubanos –llamados ingenios o cachimbos según su capacidad de producción- aplicaron su voz africana al guarapo de la caña de azúcar.

            Garapa procedía de la voz portuguesa xarope o de la española jarabe, que descendía  a su vez del árabe xarab, que significa bebida. Guarapo entonces es corrupción de garapa. Curiosa genealogía: del árabe al español y al portugués y de estos al congo, y del congo otra vez al español y al portugués de las colonias americanas.

            Mucho se ha exagerado acerca de los daños que provoca el azúcar. Pura o en refrescos, helados, bizcochos, pasteles, con leche o chocolate… usada racional e inteligentemente es fuente de energía, ingrediente de salud y alegría de la mesa. Entonces, no pierda la oportunidad de saborear un buen guarapo. Recomendación que agradecerá.

           

¡Se la comieron!

¡Se la comieron!

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

Hay frases y palabras que se usaban mucho cuando yo era niño y que no escucho desde hace largo tiempo.

            Cuando se decía, por ejemplo, “se armó la de Pancho Alday”, ya se sabía que la cosa había terminado en tragedia, gritos, fajazón.  Equivalía a “acabó como la fiesta del Guatao”, aunque nadie sabe con certeza qué pasó en dicha localidad. En un excelente reportaje, el periodista y narrador Gregorio Ortega trató de investigarlo hace muchos años y allegó en su pesquisa mil versiones sin que supiera al final cuál era la verdadera. Como tampoco se conoce con precisión qué pasó en un pueblo de la provincia de Matanzas que dio pie a la no menos famosa frase de “a correr liberales de Perico”, aunque leí en alguna parte que el autor de la recordada expresión fue el político Aquilino Lombart.

            Palabras que ya no se escuchan tampoco son “flus” –corrupción de “flux”- por traje, juego de pantalón y chaqueta, terno. Tampoco se escucha “abombada” por “tibia”, y “con kile” cayó también en el olvido como sinónimo de “mucho”: comió “con kile”, corrió “con kile”. Lo mismo pasó con “habitante” por “infeliz, menesteroso, desposeído, olvidado de la fortuna”.

            Cuando yo era niño oía decir “Fulano es un habitante”, y no encontraba el sentido del asunto porque pensaba que todos somos habitantes. Solo muchos años después, como quien dice ayer, hallé la explicación del vocablo. En Cuba, en el siglo XVII, había vecinos y habitantes. Los vecinos tenían entre sus derechos el de elegir a los alcaldes y a los regidores y de disfrutar de tierras para edificar, labrar y criar ganado. Los habitantes carecían de esos privilegios.

            “Encartonado” o “acartonado” son palabras también en desuso. Se decía de quien curado de una tuberculosis lucía débil y pálido de por vida.

            Hubo aquí “acartonados” famosos, como el actor Alberto Garrido, el popular negrito del vernáculo. Y Carlos Manuel Palma, político, abogado –El Abogado de las Mujeres- y director de la revista Show, dedicada a la farándula y en la que Palmita aparecía en todas y en cada una de sus páginas.

Palmita era un fotomaníaco. En su casa, cuidadosamente enmarcadas, autografiadas y colgadas en las paredes, había fotos de Palma con Perón, Frank Sinatra, Pérez Prado, Tongolele, Batista, Hemingway, Kid Gavilán… y hasta una foto de Palma solo con una foto de Palma al lado.

 Palma se pasó 50 años tosiendo y murió, ya muy viejo, de otra cosa: lo atropelló un ómnibus en la Infanta y Humbolt, justo en la esquina de su casa.

            Otro “encartonado” ilustre fue Carlos Márquez Sterling, presidente de la Asamblea Constituyente de 1940 y candidato presidencial en la farsa electoral del 3 de noviembre de 1958.

            De Márquez Sterling hay una anécdota sabrosa. Resulta que Batista quería que la Constitución del 40 se proclamara cuanto antes y no encontró forma mejor de apurarla que “tocar” con 25 mil pesos a los principales factores de la Asamblea. Pero dejó a Márquez Sterling fuera del juego y el tipo, que no tenía nada de bobo, empezó a frenar las sesiones y así lo hizo hasta recibir su tajada. Con el dinero, se fabricó la casa de la avenida Santa Catalina esquina a Luz Caballero, en la habanera barriada de Santos Suárez. Y la gente, con sorna, llamaba a esa residencia Villa Constituyente.

            Otra frase olvidada: “Cayó como warandol de a peso”. El warandol era una tela buena, ancha y barata, con mucha demanda entre los sectores más populares. De ahí que “Cayó como warandol de a peso” era sinónimo de algo bien recibido.

            Cierro este pequeño catauro con otra frase: “¡Se la comió!” “¡Se la comieron!” No está precisamente en desuso. Se sigue usando para expresar lo equivocado que está alguien con respecto a algo o para catalogar una colosal metedura de pata.

            Pues bien, la frase se originó  durante la revolución liberal de La Chambelona, de febrero de 1917.  EE UU le declararía la guerra a Alemania, lo que Cuba no demoraría en hacer, y varios senadores norteamericanos acusaron a los liberales cubanos de germanófilos y  estar pagados por los alemanes.  A lo que un cubano que sabía bien por dónde andaba la cosa, respondió: “¡Se la comieron!”.

            

 

 

 

 

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Fabelo: Entre el espanto y la ternura

Fabelo: Entre el espanto y la ternura

Ciro Bianchi Ross

 

Roberto Fabelo vive y pinta entre el espanto y la ternura. Son las señales que le envía la vida desde rincones sombríos y luminosos. En las paredes de uno de los baños de la casa de  su amigo el cantautor Pablo Milanés ha dibujado en secreto muchos ángeles y demonios. Reconoce tener una relación clarísima con Goya, en especial con sus pinturas negras, y también con la cubana Antonia Eiriz que legó en su arte y en su labor docente una visión muy cuestionadora de la vida. Se le pregunta con frecuencia si esos seres extraños y deformes que salen de sus manos lo dejan dormir tranquilo. Consigue un sueño plácido, en efecto, porque dibujar  es para él una forma de drenar y no es precisamente de los sueños de donde emergen sus personajes, sino de  una realidad que metamorfosea, modifica, interpreta, entrecruza con experiencias y vivencias. Si dibuja a un gordo no es para burlarse de su gordura. El gordo de su dibujo es una metáfora que le permite aludir a los excesos. Su crítica es siempre metafórica, de ironías sutiles. Es un mirón. Observa a su alrededor y dibuja siempre. Y en busca de las verdades del hombre  plasma en su obra una visión respetuosa, pero también divertida, de todo y de todos, de nuestra idiosincrasia, del desbordamiento y exageración de nuestras vidas, nuestras ilusiones, nuestras fantasías. No siempre logra Fabelo explicarse todo lo que dibuja y por qué lo hace. Por eso, mientras más pinta y  dibuja, menos habla.

            José Roberto Fabelo Pérez nació en Guáimaro, localidad de la provincia de Camagüey, en la porción oriental de la Isla, el 28 de enero de 1950. Ve la fecha de su natalicio como una feliz coincidencia. Un día como ese (de 1853)  nació José Martí, Apóstol de la Independencia de Cuba, y eso lo vinculó de manera muy particular a lo martiano, sin contar que sus padres le inculcaron la decencia, el respeto y la solidaridad por los demás. “Todo eso influyó en mi formación”, reconoce y recuerda que desde niño le gustó pintar. Dibujaba en todas partes, las paredes, los pizarrones, las aceras y la gente se reunía para ver lo que hacía. Al mismo tiempo transformaba en animalitos cuanto material caía en sus manos, la arcilla, la cera de los panales de miel, la madera. Asevera: “De ahí nace mi interés por modelar”.

            Afirma que nunca ha dejado de ser niño. Cree que esa condición, que insiste en proteger y mantener incólume, se palpa en su obra “juguetona” gracias a elementos muy obvios y a veces subyacentes, o en las ideas y recurrencias. 

Ya en La Habana,  Fabelo  realizó estudios de Pintura en la Escuela Nacional de Arte y en 1981 se graduó en el Instituto Superior de Arte. Hoy su obra forma parte de los fondos de importantes museos nacionales y extranjeros y su pintura ha sido muy bien cotizada en subastas internacionales, como la de Sotherby’s. Aun así tiene la sensación de que todavía está empezando.

            Se define como un hombre cauteloso que a veces se arriesga demasiado y pone toda la energía posible en sus ataques de audacia. Pinta o dibuja sobre cualquier superficie y es capaz de transformar en obra de arte el objeto más inverosímil. Los 58 años vividos le parecen solo un instante en el que sin embargo pasaron millones de cosas, buenas y malas, como la muerte de su padre y de  uno de sus hijos. Tiene otros dos y una mujer a la que define como “una energía de mil soles”.  La familia le permite volcarse en su trabajo artístico y compensa pérdidas o carencias ya irremediables. Ha cambiado 25 veces de casa y su plato preferido es la crema de calabaza que elabora según una receta personal. Gusta de los boleros y se le ha visto cantándolos a dúo con el español Joaquín Sabina por la Quinta Avenida de La Habana.

           

           

           

           

Agua al dominó

Agua al dominó

Ciro Bianchi Ross

 

Si el béisbol es el deporte nacional de Cuba, el dominó es el pasatiempo preferido. Un cubano podrá confesar que nunca obtuvo buenas notas en física o que hizo trampas en el último informe que rindió a su jefe, pero jamás admitirá que es un mal jugador de dominó. Y es que el dominó solo tolera dos clases de jugadores: los que saben jugarlo y los creen que lo juegan.

            Alguien me dijo en una ocasión que, como el ajedrez, tenía categoría de juego ciencia. No hay que exagerar. Claro que detrás del acto aparentemente mecánico de colocar una ficha detrás de otra sobre el tablero hay siempre una estrategia.  Requiere, sí, de cierto grado de concentración, capacidad para observar  y de  mucha  retentiva por parte de cada uno de los jugadores para llevar en la mente tanto las jugadas de su pareja como de los contrarios. Un buen jugador de dominó espera siempre la ficha que pondrá quien le antecede en la jugada y sabe del aprieto en que se haya su compañero antes de que quede en evidencia. A juzgar por la gente que juega dominó y gana, no hay que ser ningún José Raúl Capablanca para hacerlo. Una técnica muy recurrida  es la de salir cuanto antes de las fichas más cargadas. A los que así proceden  se les llama “botagordas” y, por mucho que la suerte los acompañe, rara vez son buenos jugadores.

            Si bien el dominó es un juego que transcurre en silencio –se dice que lo inventó un mudo- ha generado muchísimas expresiones y numerosos vocablos. Al acto de mover  las fichas en el tablero para que cada jugador tome las que les corresponde, se le llama “dar agua” y, por extensión, se  da agua al dominó  cuando se impone buscar una solución perentoria.  Una pareja da “pollona” a la pareja contraria cuando no permite que gane ninguna de las datas de un partido, que, por general, son a cien tantos y a veces a 150. Un  jugador “tranca” el juego cuando pone en la mesa una ficha agotada ya para el resto  de los jugadores;  “se agacha” cuando injustificadamente se queda con fichas del contrario y no se las da para que él mismo  las “mate”, y “domina” cuando “se pega” con su última ficha. Cada una de ellas  tiene su nombre. La uña,  el duque,  la trina,  el cuarteto,  Quintín, el sexteto,  el septeto, ocho mil y más murieron en la guerra,  la novilla y  la blancura. También se llama Octavio al 8 y Blanquizal de Jaruco al blanco.  El doble seis es “la caja de muerto”, la ficha más pesada del juego, la que, dicen muchos, resulta más difícil de colocar.  Es habitual que el jugador que inicia el juego lo haga con un doble; si no, hizo una salida “capicúa”. Cuando corresponde jugar a uno de los participantes y no lleva ficha para hacerlo, toca ligeramente la mesa y dice “paso”.

            En Cuba lo juegan tanto los hombres como las mujeres, y el juego más generalizado es el de 55 fichas, aunque en la región oriental de la Isla gusta más el de 28. Se trata de un juego que enaltece el espíritu gregario. Permite estrechar lazos de amistad y conocer mejor a las personas. Pero no todos los partidos de dominó transcurren en un ámbito distendido. Mucho malestar causa que, al final de la data, uno de los jugadores se “vire” con el doble blanco. E incomoda al jugador que se le quede en la mano la ficha con la que pensó pegarse. La llamada Vieja del Doble Tres no soportó verse en una situación semejante y sufrió una trombosis cerebral  ante el mismo tablero. Para inmortalizar el momento, sus deudos hicieron reproducir la partida en cuestión  sobre el mármol de la  losa del panteón donde la enterraron en la necrópolis habanera de Colón.  Solo que allí la señora logra colocar su ficha  y el doble tres sirve de jardinera a su tumba. 

            Se atribuye a los chinos la invención de este juego. Pero lo cierto es que en 1922 se encontró un dominó en la tumba de Tutankamón, que reinó en Egipto hacia el año 1325 antes de nuestra era, y se dice también que los primeros restos arqueológicos que con ese pasatiempo se relacionan proceden de Caldea y tienen cuatro mil años de antigüedad. De cualquier manera el dominó pasó  a Europa en el siglo XVIII y fue a mediados de esa centuria cuando los españoles lo introdujeron en Cuba. Llegó para quedarse como la fabada asturiana, el vino tinto, el chorizo y el caldo gallego.

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Del cartón al cine

Del cartón al cine

Ciro Bianchi Ross

De joven, con menos libras y bigotes, me parecía a Elpidio Valdés; ahora, gordo y con el bigotazo, me parezco al general Resople, dice Juan Padrón con relación a dos de sus personajes más emblemáticos, un coronel del Ejército Libertador cubano, cuyas hazañas y ocurrencias son conocidas de memoria por nuestros niños y a quien el español Resople, por más que lo intente, nunca puede derrotar. Elpidio nació como un personaje secundario dentro de una historieta de samuráis. Gustó y se convirtió en personaje protagónico. Un día,  de la historieta saltó al dibujo animado. Sus  famosas cargas al machete, el arma más recurrida de los libertadores y que sembraba el pánico entre los españoles, y los  ingeniosos ardides de Elpidio para burlar el asedio enemigo, llegaron al público más joven en episodios frescos y cargados de humor. Tanto fue el éxito que en 1979 Elpidio Valdés pasaba al largometraje; el primero de dibujos animados que se acometió en Cuba. Hoy Juan Padrón es Premio Nacional de Cine, los niños se vuelven locos de júbilo y corean la frase  cuando el personaje grita  “¡Al macheteeeeeeeee!”,   y los cubanos seguimos viendo a Elpidio Valdés como un símbolo de cubanía.

            Su nombre no fue elegido al azar. Padrón lo bautizó de esa manera porque quiso que “sonara” a Cecilia Valdés, la protagonista de la novela homónima de Cirilo Villaverde; el más grande fresco de la narrativa cubana del siglo XIX. De su diseño, no se preocupó mucho. Lo dibujó con bigotes y el pelo divido al medio por una raya. Se copió a sí mismo, se tomó de modelo, y  lo perfiló con las sugerencias que le remitían los admiradores del personaje que se iba haciendo familiar gracias a la revista Pionero.

Al comienzo Elpidio, si bien se identificaba como mambí, esto es, como un soldado de la independencia de Cuba, se movía lo mismo en EE UU que en Japón, y también hasta en el mismísimo planeta Marte. A Padrón siempre le había interesado la historia de Cuba, pero su personaje  lo motivó a adentrarse más en ella y a medida que lo hacía se reforzaba y arraigaba el Elpidio Valdés que hoy conocemos mejor. Mientras más sabía, más quería saber, asevera el dibujante, porque una cosa es leer sobre el Ejército Libertador, cómo era su vida, las armas que utilizaban sus soldados y sus grados militares, que animar y dibujar todo eso. Palmiche, que es el fruto de la palma real, árbol nacional cubano, sería el nombre del caballo de Elpidio, y los personajes que lo rodean se inspirarían en amigos del humorista y en algunos enemigos también.

            Una encuesta realizada hace años daba cuenta que en Colombia, el 89 por ciento de los niños quiere imitar a los personajes de TV, el 70 prefiere las películas de peleas, robos y crímenes y el 45 por ciento opina que tener dinero es lo mejor de la vida. Añadía la investigación que el 55 por ciento de los encuestados creía que los ricos son los que más valen y que el 50 sufre por no poder obtener lo que la publicidad propone. Esos datos no deben variar mucho entre un país y otro de un  continente donde, dice el ecuatoriano Jorge Enrique Adoum, “el universo imaginario del niño ha sido impuesto por los cuentos europeos y norteamericanos, desvirtuando su propia concepción de lo maravilloso y suplantando gran parte del folclor con historias que no tienen raíz en nuestra realidad”.  Los niños cubanos, sin embargo, expresa Padrón, no juegan a ser el Pato Donald. Necesitaban, al igual que los niños de toda el área geográfica, de un personaje con fuerza suficiente para convertirlo en héroe en sus juegos y con quien identificarse en su lengua y tradiciones.

            Ese personaje es Elpidio Valdés. Moverlo desde el cartón al celuloide no resultó difícil para su creador pues cree que la historieta es el medio que más se asemeja al dibujo animado y al cine en general porque el autor se enfrenta a la puesta en escena con los mismos problemas que el realizador de animación. Más aún. El cine favoreció al personaje porque le permitió un salto de calidad grande tanto en el dibujo como en la comunicación con el público, aparte de la riqueza añadida de la banda sonora. En cuanto a los chistes y determinadas situaciones cómicas en que se ven envueltos Elpidio y sus amigos, Padrón ofrece una explicación sencilla y convincente: El personaje tiene un universo y uno sabe cómo reaccionará.

            A aquel primer largometraje de 1979 siguió otro, Elpidio Valdés contra dólar y cañón. Padrón se ha girado asimismo en su obra para el mundo de los vampiros, seres que siempre le dieron más risa que miedo y a los que considera unos pobres infelices porque tienen que huirle al sol, temen al ajo y duermen en un ataúd. Vampiros en La Habana fue un gran éxito de taquilla y es una de las diez cintas de culto a nivel mundial en lo que a la animación se refiere. Muy celebrados son asimismo  sus Quinoscopios, filmes de un minuto aproximado de duración y que se basan en los chistes de Quino, el famoso humorista argentino. Pero más allá de estas y otras películas, las que tienen como protagonista a Elpidio Valdés sobresalen en la obra de Juan Padrón por lo que enseñan, entretienen y divierten. Y  por su cubanía.

 

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