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TV en Cuba

TV en Cuba

Ciro Bianchi Ross

 

Aunque soy un poco mayor, la televisión en Cuba y yo tenemos, puede decirse, la misma edad, y crecimos juntos pues en mi casa hubo televisor desde muy temprano. Ahora que el lector Rafael Rodríguez Frías me pide, desde Santiago,  que escriba sobre sus orígenes en la Isla me vienen a la mente recuerdos de cuando ella y yo éramos niños.

            El primero es el de “La escuelita de Rosendo Rosell”,  programa infantil que trasmitía en las tardes el Canal 11, con  estudios en el edificio de cúpulas que todavía existe a la salida del puente Almendares, sobre la senda izquierda según se avanza desde el Vedado hacia Marianao. Una televisora que duró lo que un decir amén.  Allí en aquella Escuelita obtuve yo el primero de los  premios que gané en mi vida: una caja espléndida de lápices de colores. Porque cuando me preguntaron qué quería ser cuando fuera grande, respondí que pintor, y enfaticé: pintor de brocha gorda.

            Vinieron después, con los años, las visitas a “Escuela de Televisión”, el espacio nocturno que el avispado Gaspar Pumarejo arrendaba  en el Canal 2, propiedad de Amadeo Barletta, dueño además del periódico El Mundo. Tenía sus estudios en Prado, en lo que fuera una sala cinematográfica y cuyo lugar exacto no soy capaz de precisar ahora pese a que acudí allí varias veces. Pero de “Escuela de Televisión” sí recuerdo el chori-pan de Pumarejo, aquellos panes con chorizo que el empresario repartía, siempre frente a la cámara, entre los asistentes al estudio y que por supuesto llegaban solo a las manos de unos pocos. No creo haberme empatado con ninguno.

            De las trasmisiones televisivas del boxeo profesional tengo memoria de los enfrentamientos entre Ciro Morasén y Puppy García,  rivales en el peso de las 126 libras.  La afición seguía sus peleas sin perderse un solo puñetazo. Puppy tenía un punto flojo: las cejas. Parecían de cristal. Y como sus contrarios lo sabían era por ahí por donde más lo castigaban.

 En una de esas peleas,  Morasén  ganó de calle, pero la decisión de los jueces dio el triunfo a Puppy. Entonces Armando Alejandre, manager del boxeador contrario, sacó una pistola. Como el dinero de las apuestas estaba sato en el Coliseo, sus tiros al aire dieron origen a una balacera que metía miedo y obligó a ambos púgiles, a pesar de sus diferencias en la lona, a buscar refugio bajo el ring. Allí, con pies ligeros, fue a hacerles compañía el narrador Fernandito Menéndez. En un combate posterior, Puppy derrotó a Morasén. Y esa vez fue de verdad.  Le centró un puñetazo en el pecho que lo hizo caer hacia atrás más tieso que un palo. Parecía haber muerto. No, no lo estaba, pero había visto la muerte cerca. Esa misma noche Morasén anunció su retirada del deporte de los puños.

LOS MARCIANOS LLEGARON YA

Pero de esos años iniciales de la televisión cubana, ningún recuerdo es para mi tan vívido e impactante como el de la llegada de los marcianos. Ni más ni menos. Un platillo volador, de los que tanto se hablaba en aquellos días, vino a La Habana  a visitarnos. 

            Debió haber sido un sábado porque no había clases. O un día de vacaciones, aquellas del verano que parecían eternas. La noticia corría de boca en boca y pronto se supo que la televisión, en vivo y en detalle, trasmitía el acontecimiento que llenaba de temor al país entero. Tan pronto había empezado a clarear, un OVNI había sido detectado en los terrenos de lo que es hoy la Ciudad Deportiva.

            Poco a poco se amontaban los curiosos y huían despavoridos cada vez que de aquel objeto extraño y circular salía un chirrido espeluznante que daba paso a otro no menos pavoroso. La Policía, al fin, acordonó el sitio y sus efectivos, provistos muchos de ellos de ametralladoras de trípode, tomaron posesión del lugar. La batalla podía comenzar en cualquier momento pues se hablaba de cañonear el objeto no identificado. Pero nadie se ponía de acuerdo hasta que el Ejército, que también se hizo  presente, anunció la determinación de asaltar la nave.

            Y ahí mismo se destapó el gallo porque de aquel platillo volador salió, con su meneíto, Marta Véliz, la escultural y curvilínea  modelo exclusiva de la  cerveza Cristal, con una botella en la mano. Dentro estaban también, entre otros, Rosa Fornés y Armando Bianchi, vestidos todos de Flash Gordon.  Era una idea del director Joaquín M. Condall y con ella la Cristal se anotaba el palo publicitario del año. Lo único que cuando Marta Véliz, ya fuera del OVNI, fue a decir “Tome Cristal”, le pusieron una capucha en la cabeza y la empujaron hacia uno de los automóviles del Servicio de Inteligencia Militar aparcado cerca.

            Hacia las perseguidoras fueron empujados asimismo Rosita y Armando. Rosa gritó: “¡Esto es un atropello! ¡Una barbaridad! Estamos haciendo un programa de televisión  y además es una inocentada… ¡Me voy a quejar!”. Pero no le hicieron el menor caso, si bien no le pusieron la capucha. Obligaron a  caminar a los artistas entre dos filas de uniformados y debieron hacerlo rápido porque sobre ellos caía alguna que otra piedra que lanzaban los curiosos.

            Cierto es que, en los años 30, Orson Welles aterró a Nueva York con su versión radial de La guerra de los mundos. El cubano Condall quiso hacer lo mismo. Construyó la supuesta nave interplanetaria con un material que parecía venido de otra galaxia, le dio un color extraño,  coló dentro, junto con los artistas, a un operador de sonido y su correspondiente cabina, y se situó, en una unidad móvil, a poco más de 200 metros,  a fin de trasmitir desde allí, por teléfono, las órdenes oportunas.

            La gente, por momentos, parecía perder el miedo y se acercaba al platillo. Se dejaba escuchar entonces un ruido como de una sierra que imponía respeto a los curiosos, pero que no les hacía alejarse del lugar. Cuando el sonido era como de hormigas que devoraban lo que encontraban a su paso, la gente no lo resistía y ponía pies en polvorosa.

            Con el transcurrir de los años cada vez me resulta más difícil imaginar que el público, tanto el que estaba en el lugar como el que lo seguía por televisión, pudiera tragarse aquello. Que nadie hubiera visto cómo de madrugada emplazaban en un lugar público  aquel artefacto donde cabían varias personas. Que la Policía no supiese nada…

            Lo cierto es que Rosa, Armando, Marta y otros implicados en la inocentada pasaron el día, retenidos, en las oficinas del Servicio de Inteligencia Militar. Logró sacarlos de allí, ya  en la noche, Julito Blanco Herrera, el dueño de la cervecería Cristal.

DOS  FIGURAS

En 1949 Goar Mestre, propietario del Circuito CMQ anunció que en un plazo de tres años  su empresa comenzaría a operar la televisión en Cuba. Pero al año siguiente  otras dos figuras del medio radial tenían el mismo propósito: Gaspar  Pumarejo, de Unión Radio, y Amado Trinidad, de la RHC Cadena Azul, que hablaba ya  de traer la TV en colores. Trinidad, caído su ánimo y muy enflaquecida su bolsa, quedó en definitiva al campo, y entre los otros contendientes ocurrió lo inexplicable: Pumarejo le cogió la delantera a Mestre. El 12 de octubre de 1950, en sus estudios de Mazón y San Miguel hizo la primera prueba en circuito cerrado. El 16 hizo otra prueba y el 24 el presidente Prío, desde el Palacio Presidencial, dejaba  inaugurada oficialmente la televisión en Cuba. Había surgido la primera de las televisoras con que contó la Isla: Unión Radio Televisión Canal 4. Mestre, que pensaba en lanzarse el 12 de marzo de 1951 se vio obligado a anticipar sus planes, y el 18 de diciembre abría el Canal 6.

            Pumarejo era un empresario audaz y arriesgado. Dicen los que lo trataron que tenía pocas ideas propias, pero era capaz de apropiarse de la iniciativa ajena y hacerla mejor. Tenía defectos en su contra: era poco constante y carecía casi por completo de sentido de la organización. Además, disponía de poco dinero. No tardaría mucho en deshacerse  de Unión Radio. Pero resurgió al arrendar espacios en el Canal 2: la ya mencionada “Escuela de Televisión”, en horas de la noche, y, por las tardes,  “Hogar Club”, “una modalidad de banco de capitalización y ahorro en forma de agencia de sorteos”, que llegó a contar con 102 000 socias que pagan la cuota mensual de un peso.

Se empeñó en traer a la Isla la televisión en colores y en 1957 inauguró en efecto el Canal 12, del que aparecía como dueño cuando el verdadero propietario era Fulgencio Batista, a quien Pumarejo vendió también sus acciones en la Cadena Azul de radio.

            Goar Mestre era, sin embargo, el orden mismo. Propietario de 26 empresas, su capital era infinitamente mayor y contaba con el respaldo de grandes intereses norteamericanos. Un detalle curioso: Goar y sus hermanos Abel y Luis Augusto nunca viajaban en el mismo avión ni siquiera en el mismo automóvil por temor a un accidente que los borrara a todos. Pensaban que si uno de ellos moría, otro quedaría  al frente de los negocios familiares. Goar y Abel vivían frente por frente en la barriada del Country Club y el otro tenía su casa al doblar de la esquina. Esa forma de asumir la vida la llevaron hasta el final de su camino en Cuba. Cuando Goar y Abel salieron del país, para no volver, en 1960, Luis Augusto quedó al frente de los intereses de la familia, que no fueron intervenidos sino seis meses después, y al cuidado de lo que quedaba de ellos permaneció aquí hasta su muerte.

            Goar intentó recuperarse en el extranjero. Llegó a la Argentina, donde la televisión estaba todavía en pañales,  y organizó una productora televisiva y compró lo que sería en Canal 13. Pero durante el gobierno de María Estela Martínez de Perón le pasaron la misma película que había visto en La Habana: le intervinieron el Canal.

HISTORIA DE TRES HERMANAS

Recuerdo haber visto de niño la primera telenovela que se pasó en Cuba: Historia de tres hermanas. Se ubicaba en la Cuba colonial, tenía como protagonista a Enrique Santiesteban y se trasmitía solo los domingos.  Recuerdo además las producciones fastuosas de Jueves de Partagás, conducido por Santiesteban, y de El cabaret Regalías, con Rolando Ochoa, patrocinados ambos por dos poderosas firmas cigarreras. También de El guateque de Apolonio, antecedente de Palmas y cañas, y el montón de enlatados norteamericanos  que consumí, desde Las aventuras de Rin Tin Tin hasta Patrulla de caminos, sin olvidar La ley del revólver, donde el médico del pueblo, armado solo de una simple cuchilla y sobre el mostrador de la taberna, terminaba siempre por extraer la bala que había ido a alojarse en el cuerpo de uno de los protagonistas. Sin anestesia. Y nos creíamos aquello sin saber que los que estábamos siendo anestesiados éramos nosotros.

             

           

           

              

             

 

Metáforas del cambio

Metáforas del cambio

Ciro Bianchi Ross

Desde los días finales de 1898 comenzó en toda la Isla el desmantelamiento febril de los signos más visibles de la presencia de la antigua metrópoli. La bandera de España se retiró de todos los edificios públicos, sustituida por la enseña norteamericana, en tanto que la nuestra se exhibía en casas particulares, instituciones privadas  y sedes  clubes patrióticos, gremios y sociedades de instrucción y recreo. Desaparecieron de las fachadas  escudos y divisas alusivos a la monarquía y dejaron de tener validez los sellos y el papel timbrado  con emblemas del poder colonial. No por eso dejó de utilizarse ese papel en juzgados y oficinas públicas, pero en el lugar en que lucía el escudo u otro símbolo español empezó a aparecer un agujero.

 En una pequeña localidad de Matanzas, los concejales exigieron que las tropas españolas no solo se llevaran su bandera, sino además los retratos del rey español. En otros lugares, como en la ciudad de Colón, se  fue más lejos cuando un grupo de patriotas enardecidos y deseosos de pasarle la cuenta a todo lo que oliera a colonización, la emprendieron contra la estatua de Cristóbal Colón, ubicada en la plaza central. No pudieron derribarla,  pero los cuatro  leones que la rodeaban corrieron la peor suerte. Depuestos y desplazados, encontraron refugio en un rincón oscuro de la casa consistorial, y allí estuvieron hasta que fueron repuestos en la base del monumento al entenderse que “podían convivir con los cubanos libres, porque no eran el símbolo de la esclavitud, sino del valor y la fuerza, cualidades que eran tan privativas del cubano como del español”,

El 12 de marzo de 1899, sin miramientos ni ceremonia de ninguna clase  era retirada de su pedestal, ante la mirada de numerosos transeúntes,  la estatua de la reina Isabel II que había presidido durante casi medio siglo el majestuoso Paseo del Prado, de La Habana. El pedestal vacante era todo un símbolo. De la ruptura con el pasado español, pero también de un presente ambiguo, marcado por la intervención extranjera, y de un futuro incierto. Mediante un montaje fotográfico, la revista El Fígaro lograba atrapar ese momento de perplejidad y desconcierto al colocar, sobre el  pedestal vacío, un enorme signo de interrogación.

¿Qué estatua debe ser colocada en el Parque Central? Se preguntaba El Fígaro e iniciaba una encuesta con el fin de decidir con quién llenar la ausencia dejada por la reina. Se determinaba así que el espacio debía ser ocupado  por un monumento que consagrara la memoria de José Martí. Ese fue el voto mayoritario, aunque con escaso margen. Solo con cuatro votos menos le seguía la proposición de erigir una estatua de la libertad, mientras que la tercera propuesta era la de una estatua de Cristóbal Colón. Los participantes en la encuestan votaron también, en orden descendente, por  Luz y Caballero, Céspedes y Máximo Gómez. En sitios inmediatamente inferiores de la votación aparecían  el Presidente norteamericano y la sugerencia  de levantar  un grupo alegórico que representase a Cuba, Estados Unidos y a España. Al último de los primeros lugares se relegaba la propuesta de erigir una estatua a Antonio Maceo.

La encuesta de El Fígaro no reflejaba la opinión popular, sino que era expresión de las tendencias ideológicas de  sectores habaneros pudientes.  La idea de levantar en el Parque Central un monumento a Colón evidencia la fuerza que todavía tenían en Cuba el elemento español y los defensores del legado cultural hispano. En la indagación de El Fígaro no se precisa si la estatua de la libertad sugerida para ese sitio debía ser una réplica de la célebre estatua neoyorquina, aunque bien podría verse como  la representación de una república moderna y libertaria. Es explicable  que Maceo ocupase el último lugar entre las sugerencias: era negro y de origen humilde.

CAMBIAN LOS NOMBRES

Con el fin de la soberanía española en Cuba  se descolonizan los nombres. Se inicia una “reescritura toponímica”,  una “toponimia patriótica”. Calles, calzadas, plazas, parques y aun poblados y municipios son rebautizados. Placas y letreros antiguos  se reemplazaron por inscripciones alusivas al nuevo estado de cosas.

            Sin que una disposición central lo ordenara, en todas las localidades de la Isla, calles como Real y Reina perdían sus nombres monárquicos para convertirse en calles republicanas o recibían los de figuras vivas o de  mártires de la independencia. Otras, conocidas de viejo por nombres de santos, secularizaron sus denominaciones. Así, en Remedios, por ejemplo, en enero de 1899, en virtud de un acuerdo del Ayuntamiento, se dio el nombre de Máximo Gómez a la calle San José y la calle Fortín pasó a ser General Carrillo, en tanto que Jesús de Nazareno se trastocó en Antonio Maceo,  San Juan de Dios, en Independencia y la Plaza de Armas Isabel II se denominó José Martí.

            A partir de entonces en casi todas las localidades cubanas es frecuente encontrar un esquema toponímico común. Los nombres de Martí, Maceo o Gómez se repiten en sus vías  centrales, sin que falten las denominadas Céspedes  y Agramonte, y Libertad, República, Mártires, Independencia…

            Sin embargo, no muchos patriotas negros merecieron el honor de que se diera su nombre a calles y plazas, o se colocaran  bustos y tarjas en  su memoria. No hubo en eso una proporción entre los méritos que alcanzaron en la guerra los mambises negros y los que se les reconocieron después.

            Hoy se calcula que al menos el 60% de los miembros del Ejército Libertador fueron negros y mulatos. Y eso no quiere decir que se tratara de una masa de soldados negros mandados por un puñado de oficiales blancos, sino que hubo asimismo numerosos combatientes negros que alcanzaron los grados más altos en el Ejército Libertador y tenían bajo su mando a no pocos hombres considerados blancos. Cerca del 40% de los cargos de la tropa mambisa, hacia el final de la última guerra, eran desempeñados por negros y mulatos.

ENTRE DOS IMPERIOS

 Estuve repasando en estos días un libro muy valioso, fruto de una prolija investigación sobre un complejo y singular periodo de nuestra historia. El que corre desde el final de la Guerra de Independencia y los inicios de la primera intervención norteamericana en Cuba, hasta la instauración de la República: etapa confusa en la que sobre el trasfondo del vacío simbólico provocado por el cese de los más de cuatrocientos años de dominación colonial española, emergen  exaltadas corrientes de patriotismo nacionalista y contradictorios procesos de americanización de las instituciones y las costumbres. Se titula Las metáforas del cambio en la vida cotidiana: Cuba 1898 – 1902, y valió a su autora, la Doctora en Ciencias Históricas Marial Iglesias Utset el Premio de Ensayo Enrique José Varona de la Unión de Escritores y Artistas Cuba. Libro cuya lectura recomiendo  y del que tomé los datos que nutren la página de hoy.

            Un periodo que fue una especie de encrucijada entre dos siglos y dos imperios, afirma Marial Iglesias.  Se desmontaba la dominación colonial española y se llevaba adelante un proceso institucional de transformación de la sociedad cubana. Una reestructuración de las instituciones y las prácticas sociales que era, al mismo tiempo, requisito inevitable de la modernización de la sociedad y, en conjunto, la puesta en práctica de un proyecto de dominación neocolonial.

Fue  por entonces  que las barberías cubanas se trocaron en barber shops y en muchas tiendas aparecieron carteles donde se leía English Spoken Here. Empezaron a celebrarse teas y  garden  parties,  se practicaban sports,  y las señoras y señoritas emancipadas eran conocidas como new woman.  Un hombre se convertía en gentleman por adquirir un bombín americano y las mujeres, en ladies  por estrenar un corset anatómico diseñado en Nueva York. Pero tiempos en los que también  se socializaban los símbolos patrios, se batallaba por la preservación del idioma y, en un proceso complejo de articulación de pertenencias, plural y en permanente conflicto, se consolidaba la identidad nacional.

Todo se transformaba  en Cuba al calor de los nuevos tiempos. La modernidad y la civilización llegaron a los lugares más privados de la vivienda. En 1899, solo el 10% de las casas de La Habana y Matanzas disponía de servicios sanitarios. El máximo oficial de sanidad  del ejército de ocupación norteamericano, al frente de un equipo de 120 médicos, visitó las casas de la capital e impartió instrucciones sobre el uso de desagües, vertido de desperdicios y otras medidas higiénicas. Para facilitar las cosas, piezas sanitarias se trajeron en cantidades  desde Estados Unidos y se vendieron a muy bajos precios. Los inspectores  llegaron a verdaderos extremos y numerosos vecinos recibieron la notificación que los obligaba a instalar el water closet correspondiente conectado  a la red de albañales cuando lo cierto es que no existían alcantarillas ni tuberías de desagüe en varias cuadras a la redonda.

LAS GLORIAS DE PELAYO

Bodegas, fondas, tiendas, almacenes, cafés  y establecimientos comerciales de todo tipo cambiaban asimismo sus nombres a la luz de las transformaciones políticas y sociales. El publicista José A. González Lanuza se refería a la filosofía oportunista que subyacía en los cambios de rótulos de los comercios habaneros; denominaciones caprichosas y pintorescas que son un barómetro que marca con bastante fijeza la presión, mayor o menor, en un sentido o en otro de la atmósfera política.

            Todavía con La Habana en poder de los españoles, fondas y bodegas con  nombres como “Mi Patria”, “El Cubanito” y “El Campamento Cubano” hacían alarde de patriotismo frente a denominaciones españolizantes del comercio capitalino. Otros, se preparaban para lo que vendría al identificar sus establecimientos con nombres en inglés. En la fonda “La Flor de Galicia”, en la calle Habana entre Teniente Rey y Amargura, habría para todos los gustos “un surtido colosal de 2 000 y más variedades”: desde el criollísimo ajiaco hasta el roast-beef y el beef-steak, pasando por la fabada, el bacalao a la vizcaína y el caldo gallego.

            Los propietarios de “Las Glorias de Pelayo”,  una tienda de la calle Monte, decidieron cambiarle el nombre con el fin de la soberanía española. No les parecía bien que en su denominación el establecimiento rindiera honores al primer rey de la Reconquista. Pero querían al mismo tiempo dejar un eco de su antiguo título y no perder el crédito adquirido ni  la marchantería habitual. Llamaron entonces a la tienda “Las Glorias de Maceo, antiguas de Pelayo”. Algo similar a una bodega que recibió en su origen, mucho antes de la contienda del 95, el cubanísimo nombre de “El Aguacate”. Comprada más tarde por un peninsular, se llamó “El Aguacate Español”. Empezó la Guerra de Independencia y su propietario le dio entonces el nombre de “El Aguacate Español en Campaña”. Pero España perdió esa guerra, cesó su soberanía en Cuba y el propietario, a tono con la época, llamó a  su bodega  “El Aguacate de Martí”.

 

 

 

           

Asistiré

Asistiré

Ciro Bianchi Ross 

Lo cuenta Renée Méndez Capote en uno de sus libros.  Una noche en su casa, al final de una fiesta, preguntaron a Enrique Fontanills, cronista social del Diario de la Marina y oráculo del gran mundo, a cuánto tarifaba los adjetivos que con soltura y ligereza prodigaba en su página, y el aludido, que como amigo y no como cronista acudía siempre a aquellas reuniones, confesó sin ambages que cobraba según los administraba.El orden de precedencia, la belleza, la distinción... tienen su precio, pero solo en “regalos”, precisó, y eso a su juicio no era propiamente cobrar.  Aclaró que también las florerías y los modistos tenían su tarifa que abonaban en “regalos”.  La misma sociedad, comentó el periodista, implantó el orden: una dama encumbrada hace un “regalo” mejor si se le elogia más que a una rival y no falta el “obsequio” de la que pretende que nunca se le diga bella a una enemiga, y entonces yo le digo graciosa, elegante, incluso culta aunque no lea ni el periódico, pero no bella. Dicho esto, recuerda la Méndez Capote, Fontanills pasó a enumerar los increíbles y fabulosos “regalos” que recibía de su numerosa clientela.Claro que en eso de los regalos Fontanills no parece haber superado a Pablo Álvarez de Cañas, cronista social del periódico El País.  Dulce María Loynaz, que fue su esposa, refiere en sus memorias la fantástica relación de regalos que recibía Pablo en su cumpleaños.“Muchas personas solían preguntarme ingenuamente cómo me las arreglaría yo para colocarlos, pues aunque la casa era bien grande parecía imposible darles cabida a todos. A estas preguntas se evitaba siempre contestar, pues hubiera producido lógico desencanto entre los oferentes saber que objetos elegidos con sumo cuidado y gusto, serían al día siguiente devueltos en casi su totalidad a los establecimientos de comercio de donde procedían... No era posible conservarlos. No obstante, esos regalos no dejaban de cumplir la intención de quienes los ofrecían, pues su valor reconocido en tarjetas de crédito por las correspondientes firmas comerciales, proveía a nuestro hogar de todo lo necesario durante el año”, apunta la Loynaz en Fe de vida y no menciona, porque dice desconocerla, la cantidad en metálico que se deslizaba en los bolsillos de su esposo en los días de su onomástico.Pablo no era hombre de cinco pesos aquí y diez allá, escribe, y no necesitaba serlo porque por su misma condición de cronista social tenía los gastos cubiertos. En los grandes restaurantes, por ejemplo, no se le cobraba el consumo ni tampoco a sus invitados, y muchos de esos restaurantes le ofrecían sumas nada desdeñables porque se dejara ver en ellos. Aquel hombre elegante y popular ponía de moda los lugares que frecuentaba, y la gente iba a donde él iba.HABANERASCuando en Cuba se habla de cronistas sociales, los nombres que primero vienen a la mente son los de Enrique Fontanills y Pablo Álvarez de Cañas. Y fueron muchísimos los periodistas que aquí, hasta 1961, vivieron de ensalzar la vanidad ajena. Cada periódico tenía el suyo, pero los nombres de Fontanills y Álvarez de Cañas sobresalieron en sus épocas y sobreviven en el tiempo.El primero fue un maestro en lo suyo. La crónica mundana, tal como la concibió, perduró en la Isla a despecho de aires renovadores. Creó un estilo cortado, donoso, nuevo, dúctil, que manejó con destreza y en el que los adjetivos equilibraban y ponderaban el alcance de las definiciones. Tuvo el acierto de encontrar la frase precisa, escribía, en 1935, el gran periodista cubano Arturo Alfonso Roselló.Larga fue la trayectoria de Fontanills. Comenzó en El Liberal y trabajó, entre otras publicaciones, para La Discusión, La Lucha, El Fígaro y La Habana Literaria, que dirigió el después presidente Alfredo Zayas, hasta atrincherarse a fines del siglo XIX en el Diario de la Marina. Se inició allí en la redacción de aquellas  gacetillas en las que lo mismo se habla sobre un libro que de un laxante hasta que un buen día se alzó con la columna de la vida social. La tituló Habaneras e hizo célebre la expresión “asistiré”. Cuando calzaba con ella el anuncio de un espectáculo artístico movía hacia el evento la curiosidad del público y afinaba, acaso sin saberlo ni importarle, el gusto popular.Un día, disgustado, se fue del periódico. Nicolás Rivero, el director-propietario, no demoró en buscarlo. Cuando retornó, Rivero escribió en una de sus Actualidades: “El Diario no puede estar sin Fontanills, ni Fontanills sin el Diario”. Falleció en 1933.Como periodista el caso de Álvarez de Cañas es bien distinto. No escribía. Aunque debe haberlo hecho en los comienzos de su carrera, su esposa no recordaba haberlo visto escribir nunca una línea. No lo hacía, dice la Loynaz, porque consideraba que era ese un trabajo manual que otros podían realizar. “Lo que otros no podían hacer, era lo que él hacía, esto es, vertebrar las crónicas, enfocarlas en los aspectos más interesantes o convenientes, podar lo superfluo o, por el contrario, realzar lo que no tenía realce y convenía que lo tuviese...Tampoco permitía intervención ajena en su página, y solo rara vez oyó consejos: la crónica social constituía en el periódico un pequeño estado autónomo, donde de vez en cuando se podía tener voz, pero solo él podía tener voto”.Era un hombre imprevisible y de éxito. Publicaba una columna diaria y no escribía. Era el propagandista principal de los tabacos cubanos y no fumaba.  Emprendió una vez una gira publicitaria por Estados Unidos y no hablaba una gota de inglés. Pero su pequeño feudo, su estado autónomo de la crónica social lo respetaba en El País hasta el mismo propietario, el senador Hornedo.  Cuando a este, pese a sus millones, le echaron bola negra por su ascendencia racial al presentarse como aspirante a socio del Habana Yacht Club, a donde Pablo sí pertenecía, decidió que ninguna información relativa a ese exclusivo centro apareciera en su diario.Si yo fuera el dueño del periódico no obraría así, le dijo Álvarez de Cañas. Usted es un hombre demasiado importante, demasiado poderoso para considerarse ofendido por gente desocupada que no hace más que beber y tirar su dinero a las cartas. A Hornedo le gustó el halago y dijo que ser socio o no del Yacht Club en lo íntimo no le interesaba; solo quería que su esposa Blanquita, ya muy enferma, disfrutara de una buena playa. Esa playa usted puede fabricársela, repuso entonces el cronista. ¿Qué golpe de efecto para Cuba entera cuando en los periódicos aparezca estGe cintillo: “El conocido millonario don Alfredo Hornedo fabrica una playa para su mujer”. ¡Caramba!, comentó Hornedo dándose un golpe en la frente. ¿Cómo no se me había ocurrido? Y Pablo, que era un bicho, dijo a su vez: Pero si acaba de ocurrírsele, lo que pasa es que la ofuscación no le dejó poner en orden sus ideas.Fin de la historia: Hornedo construyó la playa, con edifico social y todo (es el círculo social Cristino Naranjo) y Pablo prosiguió aludiendo al Yacht Club en sus crónicas.COSAS QUE PASANYa hace casi tres años conté en esta página la famosa errata de Fontanills. Escribió: La dueña de la casa, siempre tan bella y gentil, prodigó su celo entre los invitados... Y el linotipista escribió celo con “u”.

A Álvarez de Cañas le pasó algo peor: anunció un muerto que seguía vivo. Agonizaba un encumbrado personaje y el cronista, deseoso de ser el primero en dar a conocer la noticia de su fallecimiento, traía locos a los médicos que asistían al enfermo. No preguntes más, le dijo uno de ellos, no llega a la madrugada. Y Pablo, en efecto,  no hizo más preguntas e insertó en su página el anuncio de la muerte del anciano. Cuando el periódico salió a la calle el finado todavía no lo era. ¡Horror! Estaba en juego no ya su puesto en El País sino el prestigio de toda una carrera. Menos de  24 horas después el supuesto difunto se resolvió a serlo de veras. Álvarez de Cañas respiró con alivio. Dijo a sus amigos: No me explico el porqué de tanto alboroto si el tipo iba a morirse de todas maneras. Yo, por mi parte, no hice más que asegurar el palo periodístico.

Flashes

Flashes

 Ciro Bianchi Ross

La primera fotografía nocturna que se tomó en Cuba con vista a su publicación en la prensa la hizo el fotógrafo Adolfo Roqueñí Herrera, del periódico El Mundo. El presidente electo de la República, Tomás Estrada Palma, había desembarcado, procedente de Estados Unidos, por el puerto de Gibara, y en la ciudad de Holguín se le agasajó con un banquete en La Periquera. Para iluminar la escena Roqueñí disparó su lámpara de magnesio y la explosión que provocó al activarse causó alarma entre los asistentes a la comida.Un año antes Roqueñí había buscado empleo en El Mundo. Un día hizo falta tomar una foto y como el diario no disponía de cámara fotográfica el director le facilitó una de su uso particular. Roqueñí hizo su trabajo, reveló e imprimió las fotos y, aunque se publicaron, se le dijo que le quedaron bien de pura chiripa. Pero a partir de ahí el fotógrafo comenzó a repetir sus chiripazos tan seguidos que a la administración no le quedó otro remedio que contratarlo por 15 pesos a la semana. Tomó en 1917 las primeras fotos aéreas que se hicieron de La Habana y hoy se le considera como el primer fotógrafo del periodismo republicano, aunque en la época en que se inició en El Mundo eran ya varios los profesionales del lente.En Cuba, los primeros periódicos con servicios fotográficos fueron La Caricatura, La Discusión, La Lucha y El Mundo, en tanto que revistas como Bohemia (1908), Gráfico (1913)  Social (1916) y Carteles (1919) concedían asimismo, espacio a la fotografía. En 1920 comienza aquí la guerra de las noticias gráficas cuando el diario La Prensa adopta la forma de tabloide y lo mismo hacen El Imparcial y La Voz. Con el paso de los años un periódico como El País llega a publicar cuatro ediciones diarias y todas ellas cuajadas de fotos.EL MAGNESIO MÁS LARGOA comienzos del siglo XX las fotografías no se imprimían como se haría después. Entonces los grabados a medio tono quedaban imperfectos y se hacían a líneas. Las fotos se imprimían en papel repro y sobre ellas un dibujante trazaba las líneas correspondientes a las imágenes. El papel se sumergía en una solución de bicloruro de mercurio, la foto desaparecía y quedaba el dibujo a líneas. Si se trataba de una fotografía nocturna no quedaba más alternativa que recurrir a las lámparas de magnesio. Pasarían años para que apareciera el bombillo photoflash, que se utilizó primero en El Mundo y luego en el diario Havana Post hasta generalizarse en toda la prensa cubana. Cuando eso ocurrió, el Ministerio de Sanidad prohibió, por su nocividad, el uso de los polvos de magnesio.Lo que hoy podría considerarse como el magnesio más grande de Cuba, y digno de asentarse en un libro de récords, lo disparó el fotógrafo Federico Gilbert, de La Discusión, con la ayuda de varios aprendices, en ocasión del concierto que la banda de música del crucero chino Hai Chi regaló al pueblo habanero, durante su visita a la isla, en la glorieta del Malecón. Para iluminar tan vasto espacio tuvo que construirse una artesa de hojalata inmensa en la que pudiera quemarse el magnesio necesario.Gilbert, que estudió en Alemania, se inició en la fotografía en Estados Unidos y se anotó allí un éxito sonado cuando logró, en exclusiva, la foto de la detención del anarquista Czolgose, asesino del presidente McKinley. Fue, por otra parte, el primer fotógrafo que en Cuba captó una pelota en el aire, al ser disparada por el bateador durante un juego de béisbol que tuvo lugar en el Almendares Park.DE AYER A HOYDe aquellos fotógrafos del lejano ayer resulta imposible soslayar los nombres de José Gómez de la Carrera (El Fígaro, La Lucha, La Discusión) y Julio Lagomasino, que luego de pasar por varios diarios hizo carrera en El Mundo.Carrera fue el fotógrafo oficial de la comisión norteamericana que investigó en el puerto habanero la voladura del acorazado Maine y luego, como corresponsal de periódicos del exterior, “cubrió” la guerra de Independencia. Al finalizar esta, recorrió la Isla a fin de captar las imágenes que ilustrarían los libros de Geografía e Historia de Cuba del sabio Carlos de la Torre, sin abandonar por ello su trabajo para la prensa. Se retiraría abruptamente, sin embargo, de esa labor cuando con motivo de un viaje al interior del presidente Estrada Palma sostuvo, en la estación de ferrocarriles de Villanueva, un violento altercado con otro fotógrafo importante de la época, Rafael Blanco Santa Coloma; un incidente donde carrera perdió su cámara y sufrió múltiples lesiones. Santa Coloma era el niño terrible de la fotografía cubana: todos lo deseaban y todos le temían.Siguió carrera trabajando en su estudio fotográfico de la calle O’ Reilly, pero por poco tiempo; falleció casi enseguida. Dejó un archivo impresionante que su viuda donó a la Biblioteca Nacional. Entre esas fotos estaban las de toda La Habana que a carrera le tocó conocer. Con ellas y contrastándolas adecuadamente con las de su momento, Gilbert animó en La Discusión su columna “Lo que va de ayer a hoy”.CRIMEN EN EL CANGRELagomasino era el fotógrafo de los crímenes. No hubo hecho de sangre de a comienzos del siglo XX en que no estuviera presente como fotógrafo de El Mundo y en compañía del gran reportero Eduardo Varela Zequeira. Los crímenes de la niña Zoila, la niña Luisa, el niño Onelio, el de Tintán, el del baúl.... Los “cubrió” todos y en muchos de ellos se salpicó con el polvo de estrellas de su compañero de faena que en varios casos esclareció los hechos, o puso a la policía en la pista correcta.Sucedió así en el crimen del Cangre, en Güines, y en el del Cuzco, en la Sierra de los Órganos. En el primero, Varela demostró que los dos jóvenes sentenciados a muerte por los delitos de incendio y asesinato eran inocentes y obligó con su reportaje a que se les revisara la causa y se les exonerara. El de El Cuzco también lo esclareció, pero no tuvo un final feliz. El hecho permanecía en el misterio hasta que el periodista alertó a las autoridades acerca de la identidad del asesino gracias a la entrevista que le hiciera a un sujeto al que apodaban El gallego. El criminal, descubierto, le pasó entonces la cuenta al susodicho en las mismas lomas y desapareció para siempre.PALOS PERIODÍSTICOSSi Roqueñí tomó imágenes desde un avión, el primer reportaje aéreo de la prensa cubana lo hizo Emilio Molina, en 1928, cuando por espacio de tres días participó en la búsqueda de dos aviadores perdidos. También son suyas las fotos de los combates de Gibara (1931) luego del desembarco de la expedición antimachadista de Hevia, Laurent y Carbó.De valor periodístico e histórico enorme es la foto en la que Fernando Lezcano Miranda captó la imagen del cuerpo a cuerpo entre Rafael Trejo y un policía, el 30 de septiembre de 1930, incidente en el que Trejo resultó herido de muerte. También lo son las de Santa Cruz del Sur luego del ras de mar de 1932 que Julio Power tomó con una camarita de aficionado y que dio a conocer El Mundo antes que ningún otro periódico.Entre las fotos de Power sobresalen también las de la fuga de Arroyito de la cárcel de Matanzas, con las que El Mundo alcanzó la tirada récord de 108 000 ejemplares, palo periodístico que repitió al volverlo a fotografiar en el momento en que el célebre bandido era internado en el castillo del Príncipe, luego de su detención a bordo de un tranvía, en Regla.En el interior del propio castillo, donde logró colarse escondido bajo la camilla de una ambulancia, hizo Dámaso de La Vega para La Lucha las fotos del general Baldomero Acosta herido en su celda. No midió para hacerlas las consecuencias y la policía le echó el guante. También son de Vega unas fotos impactantes de la actriz Eleanora Duse. La trágica estaba en La Habana, donde haría presentaciones, y el fotógrafo, bien oculto, la espió durante casi dos horas hasta que la retrató como quiso. ¡Horror! Intentó la Duse llegar a un arreglo para evitar la publicación de las fotos; no lo consiguió y procuró entonces, en vano, adquirir toda la edición del periódico. No quería que el público que horas después la aplaudiría a rabiar viera en aquellas fotos crueles y alevosas lo vieja que estaba.(Fuente: 50 años de periodismo gráfico, de Rafael Pegudo. Con documentación de Gonzalo Sala)

           

El Día de las Madres

El Día de las Madres

Ciro Bianchi Ross

 

El segundo domingo de mayo se celebra en buena parte del mundo el Día de las Madres. En algunos países se  llama Día de la Madre a esa fiesta, pero en todos tiene el mismo significado. Aunque se trata de un amor que se manifiesta o debe manifestarse durante todo el año, en esa ocasión se destina un momento especial para honrarlas. Cuando este cronista era niño, todos en esa jornada  salíamos a la calle llevando un clavel rojo o blanco, según tuviésemos a la madre viva o muerta.  Los hombres, en la solapa y las mujeres, en la blusa.  Esos claveles, al menos en Cuba, dejaron de verse en las últimas décadas y dieron paso a unas tarjetas postales con motivos alegóricos que la destinataria recibe puntualmente en la fecha. El  amor a la madre sigue manifestándose y, más allá de la madre propia, se extiende a todas las mujeres que amamos o a las que nos unen lazos de gratitud, tengan hijos o no.  Es como otro Día de la Mujer, pero más íntimo.   En los días previos, las tiendas hacen su agosto pues nadie quiere homenajear  a su progenitora con las manos vacías, aunque a ella le baste el regalo  solo un beso.  Y los que la tienen muerta, acuden  al cementerio. En esa fecha, las flores se agotan, se abarrotan los restaurantes, se lleva a cabo al fin aquella visita siempre pospuesta a la tía vieja y  lejana  y  el transporte se hace insufrible.

            La celebración del Día de las Madres surgió en Estados Unidos. La norteamericana Anna Jarvis creó en Filadelfia  una asociación para impulsarla.  Al comienzo,  la nueva organización apenas fue advertida y su propósito, ignorado,  pero no pasó mucho tiempo para que se anotara algunos éxitos parciales pues ya en 1914 varios estados de la Unión, siguiendo sus recomendaciones, hicieron fiesta local el día y la Cámara de Representantes recomendó que  fuera observado por los miembros de los dos cuerpos colegisladores del Congreso, así como por el primer mandatario de la nación. En tres o cuatro años más la iniciativa se generalizó en Estados Unidos y empezó a abrirse paso en la faz del mundo.

            Llegó muy temprano a Cuba. Y aquí se hace imprescindible la mención de aquel periodista proteico e incansable que fue Víctor Muñoz, porque  él abogó  antes que nadie porque el Día de las Madres comenzara a celebrarse en la Isla. Lo hizo en su columna “Junto al Capitolio” que, con el seudónimo de Attaché, publicaba en el periódico El Mundo, de La Habana. Tituló a esa página “Mi clavel blanco”.

            Muñoz era dueño de una veta humorística extraordinaria y reseñaba los juegos de béisbol entre Cuba y Estados Unidos como una competición en que la naciente República justificaba su derecho a la vida. Alentaba en sus comentarios  el triunfo cubano como una cuestión de soberanía nacional.

            Con el seudónimo de Frangipane, Muñoz fue el creador de la crónica deportiva cubana. Su columna “La Semana” en la edición dominical de El Mundo, fue leidísima, al igual que ya aludida “Junto al Capitolio”.

            El Capitolio junto al cual escribía Víctor Muñoz era supuestamente el de Washington. Eso creían los lectores ante aquella página tan lúcida y espontánea, llena de informaciones novedosas que parecía escrita desde las orillas del Potomac. En realidad, el cronista, con la ayuda del cable y de las publicaciones norteamericanas que allegaba, escribía su sección en la propia redacción de El Mundo. Allí, en atención a su gordura desmedida que lo hacía sudar a mares, el director del diario había dispuesto para él una habitación privada, ubicaba en la azotea, donde Víctor Muñoz hacía su trabajo en calzoncillos.

            La idea de Muñoz no cayó en el vacío y ya en 1920, impulsado por un grupo de jóvenes con inquietudes sociales e intelectuales, se celebraba en Cuba por primera vez el Día de las Madres. Fue en Santiago de las Vegas, ciudad del sur de la capital cubana.

            Meses más tarde, en las elecciones del 1 de noviembre de 1920, Muñoz fue electo concejal por el Ayuntamiento de La Habana, y en esa Cámara, el recién estrenado edil propuso, el 22 de abril de 1921,  que la fiesta se instituyera en el municipio habanero. No es hasta 1928 cuando la Cámara de Representantes, a propuesta de Pastor del Río, aprueba, con carácter de ley, su celebración nacional. Ya Víctor Muñoz había muerto, en 1922.

           

           

 

Fina: Con urgencia del alma

Fina: Con urgencia del alma

Ciro Bianchi Ross

 

Aún recuerda aquella tarde de marzo de 1942 cuando escuchó a Pablo Neruda recitar en La Habana los sonetos de amor y de muerte de Francisco de Quevedo. Fue la única vez que vio en persona al gran poeta chileno y lo evoca ahora mientras recorría la sala de un extremo a otro y decía los versos  de memoria, “sin aquella voz declamatoria que adquirió después y hemos escuchado por la televisión”. Neruda entonces, precisa, “aspiraba la última sílaba, pero mucho más débilmente que Gabriela Mistral”. Como toda su generación, Fina García Marruz se entusiasmó con 20 poemas de amor y una canción desesperada, “un clásico del romanticismo americano, que no era de escuela, sino de esencias” porque “venía del romanticismo libertario”. Y leyó con gusto otros poemarios de Neruda como Crepusculario y Tentativa del hombre infinito, pero sobre todo Residencia en la tierra, libro focal en  la poesía  del continente.

            La poetisa cubana Fina García Marruz no pudo de abstenerse de evocar al autor de Canto general  al saberse merecedora del Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, que le entregará en junio, en el Palacio de La Moneda,  la Presidenta de Chile, Michelle Bachelet.  Renuente a las declaraciones públicas, las fotografías de prensa  y  las entrevistas, confesó, sin embargo, su sorpresa y agradecimiento, e hizo constar que recibía el galardón  con una gran humildad. “Ante un premio, una piensa siempre en tantos escritores que lo merecían, y no lo recibieron. Martí no tuvo sobre su pecho más que una medallita escolar que recibió a sus nueve años”, precisó. Fina es así. A la vera de su esposo, el poeta Cintio Vitier, y en la cercanía de dos grandes de las letras cubanas, Lezama Lima y Eliseo Diego, escribió casi toda su obra, en la que se encuentran, decía Eliseo, algunos de los poemas de más apasionada belleza que se hayan compuesto en lengua española. Pero ha sido muy parca a la hora de publicar. Por lo general suele guardar durante veinte años un poemario antes de decidirse a darlo a la imprenta. “Escriba solo por la urgencia del alma”, le aconsejó un día Gabriela Mistral, y Fina terminó comprendiendo que se comunicaba mejor con el silencio.

Dice la crítica que Fina busca en su obra la perfección conceptual y la belleza de lo verdadero. Hay en sus versos sobriedad esclarecedora, afán de comunicación y vocación para explicar lo inexplicable. La intimidad de los recuerdos, el sabor de lo cubano y los misterios católicos conforman en buena medida su obra poética. En la primera dimensión, ofrece una poesía de evocaciones entrañables, matizada a ratos de un voluntario impresionismo, donde también interviene la imaginación del sentimiento. En la segunda dimensión, persigue esa realidad que se escapa y vuelve como a ráfagas. Y en la tercera, busca la alabanza por el conocimiento de los símbolos sagrados. Tres dimensiones, dice Vitier, que se funden para dar un testimonio confesional de los movimientos desgarrados o contemplativos del alma; una poesía atenta a la plenitud expresiva que le gana hermosura interior al estilo. El jurado que le concedió el premio Pablo Neruda, que por primera vez recayó en una mujer, resaltó la espiritualidad cristiana de su poesía, abierta a las preocupaciones sociales del mundo.         

Transfiguración de Jesús en el monte (1947)  Las miradas perdidas (1951) y Visitaciones (1970) son algunos de los poemarios que dio a conocer esta mujer nacida en 1923 y que mereció, en 1990, el Premio Nacional de Literatura.  También Créditos de Charlot y La Habana del centro. De mucha cuenta son sus acercamientos a la vida y a la obra de José Martí recogidos  en la serie Temas martianos. Un libro polémico  como Hablar de la poesía (1986) la confirmó como una rigurosa y personal indagadora de poéticas y sensibilidades. Ahora, “en el tiempito que me queda” quisiera Fina dar fin a algunos estudios que tiene inconclusos. Uno sobre el colombiano José Asunción Silva y otro acerca de Gabriela Mistral, así como una prolija investigación sobre el tema de las relaciones entre religión y revolución, mientras espera otra visita de la poesía, siempre huidiza.   

             

           

           

           

Cines

Cines

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

Sé que muchos no creerán lo que diré enseguida: a comienzos de la década de los  60, yo vi muchas de las películas de la Nueva Ola francesa en un cine de barrio y antes de que las pasaran en circuitos de primer nivel. En esa época existía la costumbre, que venía de atrás, de que los filmes, antes de estrenarse, se preestrenaran.  Eran los años en la que los espectadores salían de las salas cinematográficas con la boca y la nariz cubiertas por el pañuelo. Si el preestreno obedecía, de seguro, a alguna estratagema comercial que permitía a los distribuidores medir el éxito o el fracaso de una cinta, o era  tal vez el modo de  quitarse de encima a un público no deseado en los cines de lujo,  lo del pañuelo en la boca era una medida sanitaria. Con un proceder tan sencillo se evitaba, decían entonces, la pulmonía o al menos el catarro que podía sobrevenir a causa del cambio brusco de ambiente.  En esa época, cuando la película en exhibición se cortaba por algún motivo, los espectadores, al grito de “¡Cojo!” reclamaban la atención del proyeccionista. Como el mismo grito se repetía de cine en cine, cualquiera podía llegar a pensar que todos los proyeccionistas sufrían de ese impedimento físico.

            Ir al cine de barrio era todo un paseo. Un verdadero acontecimiento. Una puerta a la aventura. Era como cuando a uno lo “tocan” hoy con un viaje al exterior. El lugar más cosmopolita de la comunidad, aunque estaba a la vuelta de la esquina. Aparte de la película, uno iba a ver y a que lo vieran. Los caballeros, por lo que se podía presentar,  se peinaban ese día con Glostora y se cepillaban bien los dientes con los polvos de San Agustín, que sacaban brillo y mataban los olores, y las señoritas, por el mismo motivo, entraban a la sala con un paquetico de pastillas de violeta o de ramitas de canela,  mientras que los niños se conformaban con los besitos de chocolate, aquellas  miniaturas de las que era posible echarse el paquete entero en la boca. Muchos noviazgos se tejieron en aquellos cines. Y se destejieron. Se hicieron  muchas promesas que desembocaron en matrimonio. Y se tramitó más de un adulterio.  Invitar a la esposa al cine de barrio y llevarla luego a comerse un pastelito y tomarse un refresco en la cafetería de al doblar, eran gestos que se agradecían y recompensaban. Si se convidaba  a la novia, había que disponer también de dinero para la entrada y la merienda de la inevitable chaperona que acompañaba a la pareja. El cine de barrio era  el mejor antídoto para  el aburrimiento de las tardes de domingo. Era el lujo del pobre. El pobre entonces escogía entre dos salidas: iba al cine de barrio o, de noche,  se conformaba con comprar  con los ojos en las vidrieras de las grandes tiendas. Luego, si se lo permitía el presupuesto, se zampaba  un cucurucho de maní y bebía  una tacita de café de tres centavos y volvía a su casa a dormir.

            Chaplin, en la pantalla grande, no era el mismo de los pedazos de película con los que en la televisión armaban La comedia silente. Era más potente, en el cine, el chorro de voz de Jorge Negrete, podían contarse las lágrimas de Sara García en aquellos dramones mexicanos que tanto gustaban,  las muecas de Gardel se apreciaban mejor y Sarita Montiel lucía más apetitosa y encamable.  Los cartones eran en colores y no en blanco y negro como en la TV. Los espadachines se batían de verdad y parecía real el monstruo de la Laguna Negra. Aunque la Comisión Revisora de Películas las clasificaba estrictamente  por edades –las había para mayores de 12, mayores de 16 y, excepcionalmente, para mayores de 21- no se descartaba la posibilidad de alguna que otra escenita subida de todo en una cinta no prohibida, sin contar  que con eso de la edad se podía engañar al portero o el portero se dejaba engañar. Aislado en la sala oscura, el espectador vivía su propia película.

MIL CAPACIDADES

Ya en 1958 nos ufanábamos de contar con el teatro más grande del mundo, el Blanquita (hoy Karl Marx). El propietario le dio el nombre de su esposa y se dice que lo mandó a construir porque, de reducida estatura como era, no se sentía cómodo en ningún cinematógrafo ni podía ver la pantalla a sus anchas. Diez salas tenían en Cuba,  en esa fecha,  más de mil capacidades, y una de ellas era la del ya desaparecido cine San Francisco, en la calle de ese nombre, en Lawton.

            Como los espectáculos teatrales eran escasos entonces y, salvo el vernáculo, con aquel teatro Martí que noche a noche se abarrotaba, minoritarios, devinieron cines locales concebidos para teatro. A esa suerte no escapó siquiera el Auditorium (Amadeo Roldán) con sus 2 600 butacas y 24 palcos, que su propietario, la Sociedad Pro-Arte Musical,  terminó arrendando, para la exhibición de películas de alta fidelidad,  al Circuito Carrerá, que controlaba además el teatro Trianón –el preferido de La Habana elegante en los años veinte-  y los cines Infanta, Belascoaín, Astor, el ya mencionado San Francisco y el Acapulco, que, junto con La Rampa, fue de los últimos cines que se construyeron antes del triunfo de la Revolución.

            De 1951 data el Payret, luego de su última reconstrucción que había comenzado en 1948. Su propietario original, el catalán Joaquín Payret, lo inauguró en 1877, pero apenas cinco años después sufrió un derrumbe y quedó en manos de la hacienda pública hasta que en 1890, reedificado, abrió de nuevo sus puertas. Un teatro donde actuaron Anna Pavlova y Sara Bernhardt se dedicó solo a la exhibición de películas españolas.

            La Inmobiliaria Itálica controlaba los muy lujosos  cines América y Rodi (Teatro Mella). Y otra inmobiliaria, Atlántica, los cines Astral, Atlantic y Ambassador.  Tres autocines funcionaban en La Habana en esos años: Autopista del Mediodía y los de Vento y Tarará. No había que salir del automóvil para ver la película.

            El cine Yara fue inaugurado, en 1948, con el nombre de Wagner y adoptó luego el de Radiocentro.

            El Trianón es la sede del grupo teatral El Público, el Mella ya a comienzos de los 60 funcionó como teatro y el Amadeo Roldán consolidó su empaque de siempre. Se mantienen como cines casi todos los mencionados en la relación anterior, aunque algunos variaran su nombre.

            No sucede así con los cines de barrio. Casi todos desaparecieron. Y aquí cabría recordar los nombres de Victoria y Erie, en Lawton, y  Dora y San Miguel, en Luyanó. Sobre la Calzada de Diez de Octubre, desde Agua Dulce, abrían sus puertas Florida, Moderno, Apolo, Tosca, Gran Cinema y Martha. Ninguno existe. El cine La Palma, un poco más allá,  es ahora una discoteca, y los cines Mantilla  y Ensueño hace rato que pasaron a mejor vida. Igual suerte debe haber corrido el cine Los Pinos, y el Valentino, en la esquina de Tejas, hace rato que no es más que un recuerdo. También el Roosevelt, en la Calzada de Monte, que luego pasó a llamarse Guisa.  En la zona solo subsiste el Alameda. Y no sé si Mónaco. En todos los barrios pasó lo mismo.

TRES VECES POR SEMANA

 Había cines de barrio con mala fama y otros que eran frecuentados por las familias. Esa fama se las daba, como norma, más la gente que los frecuentaban que las películas que exhibían. En algunas salas, la programación era “sicalíptica”, por no decir pornográfica. Y en otros era pornográfica con todas las de la ley. El teatro Shangai, en el Barrio Chino, presentaba espectáculos pornográficos en vivo, que se suspendieron después del triunfo de la Revolución, pero se exhibieron allí películas pornográficas hasta mediados de los 60.

 En todos,  los precios de la entrada estaban acorde con la época, y subían o bajaban con ella, si bien tendían a incrementarse. En 1949, la papeleta en un cine como Cervantes, en Lamparilla y Compostela, era a treinta centavos para los hombres y veinte para las mujeres de lunes a viernes y también los domingos. Pero esos precios para los hombres se incrementaban los sábados después de las seis de la tarde, cuando debían pagar cuarenta centavos por la entrada. Existía en muchos cines lo que se llamaba el Día de Damas, en el que las mujeres no abonaban su entrada siempre que acudieran acompañadas de un hombre. Aunque por exigirlo las compañías distribuidoras de películas, pagaba su entrada todo niño que no fuera de brazos.  En otros, la papeleta de fin de semana –de viernes a domingo- se expendía a cuarenta.

Y es que aquellos cines cambiaban la programación  tres veces por semana. Una era la función de lunes y martes; otra la de miércoles y jueves, y otra distinta la que se daba de viernes a domingo, día ese en que  los más jóvenes disfrutaban además de la matinée, que empezaba a la una o a las dos de la tarde y que incluía cartones,  alguna película del oeste, el noticiero, un episodio y el preestreno. En algunas salas se exhibían en la matinée tres películas, más una comedia y un cartón.

Si se llegaba a la sala cuando la función aún no había comenzado y las luces estaban encendidas,  había música en el cine. En algunos le llamaban la sinfonía, aunque no lo fuese. La función se iniciaba con los anuncios que se proyectaban en pantalla. Carecían de imágenes y eran más bien carteles que anunciaban las ofertas de algunos establecimientos cercanos. Pasaban luego una película llamada de salón, seguida por algún episodio o material de cortometraje, el noticiero, los avances de las películas que se proyectarían más adelante y finalmente tocaba el turno al preestreno. Tanta oferta por tan poco dinero. Eran los centavos mejor pagados del mundo.

BUTACAS DE PALO

El Tosca, por su fachada, tenía ínfulas y precio de gran cine y su sala era incomodísima. Era una nave adaptada. Mónaco, sin embargo, con butacas acolchadas y aire acondicionado, no estaba entre los cines caros. En los cines de barrio, por lo general, las butacas eran de palo, carecían de alfombras que silenciaran las pisadas y, si bien no tenían aire acondicionado, su sistema de ventilación mantenía en su interior un ambiente fresco y agradable.

            Se dividían en dos secciones: el lunetario y la tertulia, más económica esta que la primera y sitio propicio para los acudían al cine a cualquier cosa, menos a disfrutar la película. En ocasiones las trifulcas que en las tertulias se provocaban eran de tal magnitud que, sin que se interrumpiera la proyección de la película,  tenían que encenderse las luces del local para que el acomodador aplacara o  expulsara a los revoltosos.

            Porque todo cinematógrafo que se respetara tenía a sus acomodadores que, con una linterna, guiaban al espectador hasta su asiento o lo ayudaban a localizar una butaca. Y tenía bajo contrato a un pintor que, a falta de anuncios lumínicos,  preparaba los carteles que avisaban de  los preestrenos y que se colocan tanto en el portal cine como en las calles aledañas. Sin contar que de casa en casa se repartía en una hoja pequeña plegada al medio el programa de la semana para que funcionara a manera de aviso o reclamo.

           

    

           

           

           

Hospitales

Hospitales

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

Si Emergencias (1920) con su pórtico de ocho columnas de estilo dórico y su escalinata de granito,  fue el primer hospital monumental con que contó La Habana, el Reina Mercedes (1886)  fue el primer hospital moderno y científico de que dispuso la ciudad. Enclavado en el terreno que ocupa, desde 1965, la famosa heladería Coppelia, la forma y distribución del edificio eran las más perfectas de su tiempo, y todavía en 1922 se le conceptuaba como una instalación de salud que nada tenía que envidiar a las mejores del mundo. El Calixto García data de 1896. Se denominó originalmente Alfonso XIII, en honor del entonces rey de España,  y recibió el nombre de Hospital Número Uno en tiempos de la intervención militar norteamericana. La Purísima Concepción, de la Asociación de Dependientes del Comercio de La Habana (actual Hospital Diez de Octubre)  abrió sus puertas en 1881, y en 1897 lo hacía La Covadonga (hoy, Hospital Salvador Allende) del Centro Asturiano.  En 1931 se inauguró el Hospital de Maternidad América Arias (Maternidad de Línea) y en 1947 el Hospital Curie (Instituto de Oncología). Las Ánimas, destinado primero a la atención de la fiebre amarilla, se utilizó después para el aislamiento y cuidado  de pacientes con enfermedades infecto-contagiosas severas y graves, y el  sanatorio antituberculoso de La Esperanza se instaló en la finca Asunción, de Arroyo Naranjo, en 1907. Ambos desparecieron después de 1959.  Maternidad Obrera presta servicios desde 1941, y desde 1944 lo hace  el hospital infantil Ángel Arturo Aballí.

            De hospitales y de médicos ilustres  estaremos hablando enseguida. Solo diremos antes que Cuba fue el primer país del mundo que creó y organizó la Secretaría (Ministerio) de Sanidad y Beneficencia.  Fue una iniciativa del doctor Carlos J. Finlay, calorizada  por el mayor general José Miguel Gómez, que la puso en práctica, como parte integrante del Poder Ejecutivo, el 28 de enero de 1909. A partir de 1940 pasó a llamarse Ministerio de Salubridad y Asistencia Social hasta que el Gobierno Revolucionario le dio el nombre de Ministerio de Salud Pública.

LIGA CONTRA EL CÁNCER

Baste recordar algunos nombres para cerciorarnos de que la medicina cubana ha tenido siempre un nivel altísimo. En el siglo XIX sobresalen Finlay y Joaquín Albarrán. La  nacionalidad de ese urólogo eminente  la disputan todavía tres países: Cuba, donde nació; España, donde estudió y Francia, donde ejerció su quehacer profesional y ocupó una cátedra en La Sorbona. Salas, pabellones y hospitales con su nombre los hay tanto en La Habana como en París.

La lista se hace interminable en el siglo XX: cirujanos como Benigno Souza, Ricardo Núñez Portuondo, Antonio Rodríguez Díaz y José A. Presno Albarrán, y oncólogos como Nicolás  Puente Duany, el introductor de la cancerología en el país, y Zoilo Marinello.  El pediatra Clemente Inclán fue  Rector de la Universidad de la Habana y mereció de los estudiantes el título de Rector Magnífico. El ortopédico  Julio Martínez Páez, siendo Comandante del Ejército Rebelde y Ministro de Salud, no abandonó su consulta ni dejó de pasar visita diaria a su sala en el Calixto García. Carlos Ramírez Corría fue considerado en un momento de su vida unos de los diez neurocirujanos más destacados del mundo y figuras como Pedro Kourí, parasitólogo,  y el oftalmólogo Orfilio Peláez  alcanzan asimismo renombre mundial.

No nos llamemos a engaño, sin embargo. Una cosa es la Medicina y otra la Salud Pública. Y  esta andaba muy mal aquí   antes de 1959. Tanto que en 195l, el doctor Ángel Castellanos, figura cimera, junto con Aballí, de la pediatría en Cuba, consideraba que más de 500 niños morían todos los años en la Isla  por falta material de asistencia médica y que solo en el barrio habanero de Mantilla miles de infantes carecían totalmente de ella. En 1954, el Colegio Médico denunciaba el déficit de 50 000 camas para enfermos en los hospitales de la República, y dos años después el propio Colegio hacía público un informe que consignaba que, según datos oficiales, el presupuesto  diario para un enfermo hospitalizado en La Habana, contando con que no se lo robaran,  era de $2,69, cifra que descendía en las provincias y se hacía crítica en Oriente, donde se reducía  a  88 centavos, cuando el mínimo requerido debía ser de ocho pesos diarios por cama.

Eso, en muchas ocasiones,  llevó a la iniciativa privada a asumir el papel que el Estado y las administraciones municipales dejaban de la mano. Para  la construcción del hospital Reina Mercedes, por ejemplo, se contó con lo que el municipio habanero aportó de la venta de los terrenos del  viejo hospital de San Juan de Dios, en la calle de ese nombre, pero resultaron decisivos los legados, a título totalmente personal, de Joaquín Gómez, Josefa Santa Cruz de Oviedo y Salvador Samá, marqués de Marianao.

 Lo mismo sucedió con el Curie, construido en gran medida gracias a las donaciones  de María Bonet viuda de Falla y sus familiares, creadores además de la Liga contra el Cáncer. Esta entidad organizaba un día al año una cuestación pública. Grupos de mujeres de todas las clases sociales salían a la calle con alcancías de lata provistas de una envoltura amarilla, y en ellas la ciudadanía depositaba lo que tuviera a bien, segura de que el dinero se invertiría en forma acertada y utilísima. Cada contribuyente, a cambio de su donación, por modesta que fuera, recibía un sello de papel también amarillo que la propia recaudadora, con un alfiler, prendía en su pecho.  Se allegaban  así miles de pesos.

El Consejo Nacional de Tuberculosis, por el contrario, era el desastre. Tenía, en 1951, un déficit de 40 000 pesos mensuales, y en La Esperanza, con capacidad para 700 hospitalizados, se hacinaban mil pacientes. Un día, cansados de la mala atención,   la pobre alimentación y la carencia de medicamentos, los enfermos tomaron los jardines y las calles interiores de la instalación y luego  paralizaron el tráfico en la calzada de Bejucal. Elementos de la Policía Nacional, llegados al lugar con armas largas como para reprimir un motín, fueron incapaces de desalojarlos. Acudió también, a toda prisa, el Ministro de Salubridad. Los enfermos no se quejaban de los médicos ni de la dirección del hospital. Culpaban de sus desdichas  al Consejo Nacional de Tuberculosis y al Ministro mismo. Insistían en conversar con el Presidente de la República y se declararían en huelga de hambre para logar sus objetivos.

EL PRIMER MÉDICO

La Habana no contó con médico ni con boticario  alguno durante las primeras cinco décadas de su existencia. No sería hasta 1569 en que el cabildo de la villa designó a un tal Licenciado Gamarra para que  desempeñara ambas tareas. Pero desde 1552 tenía barbero y cirujano. Se llamaba Juan Gómez ese “maestro examinado en el dicho oficio é hábil é suficiente para lo usar y egercer”.

 El nombramiento estipulaba que mientras Juan Gómez viviera en La Habana nadie más podría ejercer esos oficios, so pena de exponerse a una multa de dos pesos oro cada vez que los profesase. Gamarra fue obligado prácticamente a ejercer como médico. El cabildo consciente de la necesidad que tenían de “botica y médico y cirujano” los vecinos y las muchas personas que traían las flotas,  obligó a Gamarra, graduado con todas las licencias en Alcalá de Henares, a hacer su asiento en la villa y a poner botica y a servir los dichos oficios por sí mismo y con la ayuda de sus oficiales suficientes.

Cada vecino lo retribuiría con una paga fija anual que obligaba al médico a asistir a la mujer y a los hijos de su cliente y a todos los de su casa. “A todos los curará y sangrará, dice el documento, dándoles en todo el mejor remedio que entendiese para su salud y hánle de ser pagadas las medicinas que en esto gastare”. Los pacientes que no pagaban cuota fija también serían atendidos por el médico que en tales casos fijaría sus honorarios.

Al igual que con el barbero y cirujano, ningún enfermo podía verse en La Habana con otro médico sin que Gamarra lo autorizara. Si lo hacía, había multas para el médico y para el paciente. Y el Licenciado no podía alejarse de la ciudad sin dejar en su lugar “personal tal y a contento de la justicia y regimiento de esta dicha villa”.

EMERGENCIAS       

El hospital que los habaneros conocen como de Emergencias, nunca se llamó así. Lo inauguraron en 1920 y la nueva instalación  vino a sustituir al primitivo hospital municipal de los tiempos coloniales y al pequeño Hospital de Emergencias que a inicios de la República existió en la esquina de las calles Salud y Puerta Cerrada. Su función principal era la de asistir a accidentados y a personas aquejadas de enfermedades súbitas. De ahí el nombre por el que se le conoce.  Entró a prestar servicio bajo la administración municipal de Varona Suárez, pero se le dio el nombre de Fernando Freyre de Andrade, el alcalde que impulsó su construcción. En un momento se pensó que se llamaría Juan Bruno Zayas, joven general del Ejército Libertador muerto en campaña, cuyo busto, en mármol, se veía frente al soberbio edificio. Algo similar sucedió con Maternidad de Línea, construida por el alcalde Miguel Mariano Gómez en tiempos de la dictadura machadista. Los apapipios insistieron en que el hospital llevase el nombre de Elvira Machado, la esposa del dictador. Pero Miguel Mariano  impuso el  de su madre, que todavía mantiene. América Arias se destacó como mensajera durante la Guerra de Independencia y dejó, como Primera Dama de la República, un grato recuerdo por sus obras caritativas. 

            El Calixto García surgió de la necesidad. El hospital de San Ambrosio era ya hospital militar en 1764. Fue notablemente ampliado y gozó de las mejoras  que le imprimieron  los intendentes Alejandro Ramírez y José Martínez de Pinillos, así como de los consejos y orientaciones del eminente médico cubano Tomás Romay. Empezó a decaer, sin embargo, en 1835, y la cosa empeoró con su traslado para el edificio que había ocupado la Factoría del Tabaco, junto al muelle de Tallapiedra y en las márgenes de una ensenada que recibía los desagües  de varios barrios de la ciudad y los del canal de Chávez que conducía a la bahía la sangre y las inmundicias del matadero. Detestable emplazamiento en un terreno bajo y cenagoso, rodeado de manglares. Uno de los mayores focos de fiebre amarilla de la urbe.

            Como  consecuencia de tal asentamiento, un soldado que  ingresaba en lo que ya se llamaba Hospital General Militar por una enfermedad venérea, pasaba por lo general, a los pocos días, a una de las salas de Medicina, donde moría víctima del vómito negro. La mortalidad alcanzó allí la cifra de 60 por cada mil hospitalizados.

            Eso determinó su clausura, y para sucederlo  se construyeron las barracas de madera del hospital Alfonso XIII. Instalaciones que a partir de 1914 empezaron a ser sustituidas por pabellones de mampostería mientras que el Calixto García se convertía en el hospital insignia de la salud pública cubana.