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Judíos

Judíos

Ciro Bianchi Ross

El escritor Jaime Sarusky recuerda aún aquel día de 1970 cuando, en busca de tema para un buen reportaje, un cambio de tren lo llevó a conocer Omaja, asiento de una colonia norteamericana en la zona oriental de Cuba. El asombro inicial de que allí el nombre de una ciudad del estado de Nebraska y de una nación de bravos indios pieles rojas se cubanizara con la “j”, pronto quedó atrás cuando el visitante recorrió la pequeña villa  y vio sus casas y bungaloes destartalados por el paso del tiempo, así como los restos del hotel y la iglesia metodista y le pareció que por algunas de las puertas con  batientes de la bodega, que bien pudo haber sido la taberna, podría emerger en cualquier momento la figura tranquila y legendaria de Billy the Kid dispuesto a enfrentarse solo con una banda de adversarios.

            Aquel descubrimiento marcó un  interés todavía vivo en Sarusky (Premio Nacional de Literatura, 2004)  por otros asentamientos  de extranjeros. Siguieron sus investigaciones en torno a suecos, japoneses, hindúes y yucatecos en la Isla, que recogió en su libro Los fantasmas de Omaja (1986)  mientras que  en otro título de 1999 narró las peripecias de un grupo de suecos que huyeron de la pobreza y la miseria y buscaron en Estados Unidos, primero, y en Cuba después el lugar para realizar su anhelo de bienestar.

            En esa línea se inscribe su libro más reciente, Las dos caras del paraíso. Lo publicó Ediciones Unión y lo conforman  crónicas sobre la huella cubana, durante las primeras décadas del siglo XX, de emigrantes canadienses, finlandeses, haitianos y  japoneses, sin olvidar las peculiaridades de la presencia hebrea. Son  esas páginas del libro a las que quiero referirme  y glosaré hoy.

QUÉ ES UN JUDÍO

El tema le toca muy de cerca. Sarusky desciende de una familia judía. Sus progenitores fueron también emigrantes. La madre, bielorrusa.  Su padre, polaco, encontró empleo en las labores de reparación de la línea férrea del norte de Oriente. Ahorró y compró algunas mercancías que comenzó a vender de puerta en puerta. Prosperó y abrió un establecimiento, lo que le permitió traer de Polonia a seis de sus nueve hermanos, a los que ayudaría a radicarse aquí. Sarusky es el primer cubano de su estirpe. Nació en La Habana y vivió hasta los nueve años en la localidad avileña de Florencia. Quedó huérfano siendo niño  y pronto entró en contradicciones religiosas con los suyos. Jamás puso piedras en la tumba de sus padres, como hacen los judíos,  sino flores.

            Qué es un judío o, mejor, que son los judíos, se pregunta el escritor  en Las dos caras del paraíso. ¿Una civilización, una cultura, un pueblo? Dice enseguida que el carácter ambiguo, por lo variado y hasta contrapuesto, de la condición social en que históricamente se han situado o han sido situados los judíos, revela la complejidad del asunto. Y puntualiza: “Un judío puede no asumirse como tal por abstención  o alejamiento de la religión y de las tradiciones, o porque no posee sentido o conciencia de pertenencia”. Si trata de enmascararse  o de escapar, los antisemitas,  de descubrirlo, lo discriminarán, lo expulsarán de donde se encuentre, lo reducirán a un ghetto o lo eliminarán. La Inquisición condenó a los judíos a la hoguera; los nazis, a las cámaras de gas.

LOS PEREGRINOS DEL SAN LUIS

Así como los españoles sin excepción son aquí gallegos, todos los judíos, vinieran de donde vinieran, eran aquí polacos. En Cuba, el polaco formaba parte del paisaje. Aun así, dice Sarusky, el antisemitismo se expresaba de las más disímiles formas, como negarle empleo a un judío. “Pero no se trataba, precisa, de una política de Estado ni de un rechazo popular, sino de acciones condicionadas por intereses de clases”. En este punto recuerda  las campañas antisemitas del Diario de la Marina. Representaba ese periódico los intereses de los ricos comerciantes españoles que veían con recelo y temor la competencia de los comerciantes judíos.

            También el Diario de la Marina azuzó el odio contra los judíos cuando el incidente de los peregrinos del San Luis, en junio de 1937. Ese barco, con más de 900 refugiados judíos a bordo, permaneció durante varios días anclado en el puerto de La Habana  en espera de que se autorizara el desembarco de sus pasajeros, procedentes de la Alemania de Hitler. El gobierno del presidente Laredo Bru, sin embargo, se negó a concederles el permiso. Más que por decisión propia, las autoridades cubanas procedieron de esa manera por presiones del Departamento de Estado norteamericano. Cordell Hull, titular de esa secretaría, pidió a La Habana que les negara el derecho de asilo con el pretexto de que las cuotas para los potenciales emigrantes procedentes de la Europa central estaban ya cubiertas en Estados Unidos, país a donde, en definitiva, se suponía  viajarían muchos de aquellos refugiados. Levó anclas entonces el San Luis con su carga, en Miami también se les negó el ingreso y fue en Holanda donde al fin pudieron desembarcar los pasajeros. Una aventura trágica. Más de 670 de ellos fueron capturados por los nazis y murieron en campos de concentración. Los 240 restantes pudieron escapar otra vez para ponerse a salvo.

UN POCO DE HISTORIA

Los primeros judíos llegaron a Cuba con Colón. En sus viajes a América navegaron con el Almirante unos 160 judíos, seguramente conversos o que ocultaban su origen para escapar de la Inquisición. De ellos, se recuerdan los nombres de Martín Alonso Pinzón, Rodrigo de Jerez y Luis de Torres, políglota consumado que fue el primer terrateniente hebreo en Cuba y el introductor del tabaco en Europa. Fueron judíos portugueses, por otra parte, los que trajeron la caña de azúcar.

            Aun así, dice Sarusky, fue tarea ardua la de los judíos en su afán de echar raíces en la Isla y  en todo el nuevo continente pues cuando se autorizó la venida de los hijos de los quemados por la Inquisición, se les impuso la restricción de que no ocupasen cargos públicos. Se les obstaculizaba su movilidad social  y no fructificaban sus expedientes de “limpieza de sangre”. Carlos V, en 1552, prohibió la venta de hidalguías a los que tuviesen un antepasado condenado por pública infamia, a los descendientes de los comuneros y a los sospechosos de herejía o de descender de  judíos. Los sucesores del Emperador, a partir del siglo XVII, flexibilizaron la venta de ese privilegio. De todas formas, era judía conversa Isabel de Bobadilla, que sustituyó a su esposo,  Hernando de Soto, como gobernadora de la Isla e inspiró al artista que esculpió La Giraldilla.

            No fue hasta 1881 cuando el gobierno de Madrid autorizó la migración de los judíos. Es a partir de entonces, recuerda Sarusky, que puede hablarse de una comunidad judía en Cuba, si bien no existía la libertad de cultos. Martí tuvo a judíos entre sus colaboradores cercanos y fue valioso el aporte de la comunidad judía de Cayo Hueso a la Guerra de Independencia, en la que sobresalieron combatientes judíos.

            En 1906 sumaban unos mil los judíos radicados en Cuba. Eran en lo esencial hombres de negocios y fundaron  una institución social y una sinagoga en La Habana y un cementerio en Guanabacoa. Entre 1910 y 1917 arribaron unos cuatro mil judíos sefarditas procedentes de Marruecos y Turquía. En 1919  llegaban a dos mil los hebreos ashknazis provenientes de Polonia, Rusia y Lituania, y  esa cifra se duplicaría hacia 1924.

            Los sefarditas, cuenta Sarusky, buscaban las zonas suburbanas o rurales. Eran vendedores ambulantes e introdujeron los créditos en su práctica comercial. Al comercio y a la pequeña industria se dedicarían en La Habana los ashknazis, sobre todo durante la II Guerra Mundial y después. En 1945 se contaban  unos 25 000 judíos en Cuba. Las más nutridas migraciones habían tenido lugar en las décadas de los  20 y los 30 y en La Habana Vieja, sobre todo, establecieron escuelas, bodegas, cafés, restaurantes, tiendas para la venta de tejidos y retazos… e introdujeron la industria de la talla de diamantes.   Dos periódicos, uno en yiddish, y otro en español, se editaban para esa comunidad que desplegaba una activa vida cultural y social, tanto en la capital como en las provincias. Muchos de ellos, con el fin de la guerra, volvieron a Europa o pasaron a radicarse en Estados Unidos o Canadá. De esa etapa, algunos nombres se recuerdan en La otra cara del paraíso: Erich Kleiber, brillante músico que dirigió la Orquesta Filarmónica,  Ludwig Chajovitz, que fundó e impulsó el Teatro Universitario, y Sandú Darié, destacado pintor y escultor que nunca más se fue de Cuba.

DOS TRADICIONES

 

Esa comunidad entró en crisis a partir de 1960 cuando la nacionalización de comercios e industrias provocó la emigración de la mayoría de sus componentes, por lo general comerciantes y profesionales. ¿De qué fuentes se nutriría?, se pregunta Sarusky y responde que el Patronato Hebreo convocó a todo el que tuviera briznas de judaísmo en su estirpe. Eran contadas las parejas que contaban con ascendencia judía directa y desde 1965 las uniones matrimoniales eran mixtas pues  un judío o una judía casi nunca podía casarse con alguien de su misma creencia. El Patronato debía actuar con tacto y de manera flexible, poniendo a un lado el excesivo fervor religioso.   Por suerte, agrega Sarusky, el Patronato  había adoptado el rito conservador, que  es mucho más moderno y acorde con los tiempos que el rito ortodoxo. En este rito, enquistado en tradiciones antiguas,  es la madre judía la que otorga legitimidad a sus descendientes. Ahora se trataba de que todas las familias, mixtas o no, se asumieran como judías.

            A diferencia del rito tradicional, donde las mujeres no pueden mezclarse con los fieles masculinos, el rito conservador concede a la mujer acceso pleno al ritual. En Cuba, donde no reside ni oficia un rabino de manera estable, son mujeres las que se encargan de conducir el oficio. Y apunta Sarusky el fuerte contraste entre las ceremonias del pasado y las de hoy en La Habana. Dice: “Quien haya visto unas y otras, con seguridad no podrá ocultar su desconcierto por la abismal diferencia. Son dos manifestaciones tan diferentes de una misma creencia, que se diría que un tajo espectacular las escindió, al punto de que nada tienen que ver entre sí”.

            El mundo judío no es uno ni monolítico, advierte Sarusky en Las dos caras del paraíso.  Vista a la distancia la unidad judaica parece un haz compacto, pero ofrece, de cerca, un panorama heterogéneo. En Cuba, los hebreos enfrentan la dramática disyuntiva de disolverse o intentar reencontrarse y conseguir una cohesión, por precaria que sea, asevera el escritor  y concluye: “Es imposible vaticinar cómo será la comunidad hebrea en Cuba en el 2025 o en el 2050. Pero si aún entonces permanece viva y activa, seguramente tendrá características muy propias, en las que estarán fundidas, en una entidad singularmente caribeña, dos tradiciones: la hebrea y la cubana”.

           

 

           

 

             

 

Zayas

Zayas

 Ciro Bianchi Ross 

Alfredo Zayas y Alfonso fue en la política cubana el eterno aspirante.En 1906 se vio obligado a sacrificar sus ansias presidenciales y lo mismo sucedería en las elecciones de 1908, cuando tuvo que conformarse con la vicepresidencia. No quedó otro remedio a los liberales que llevarlo de candidato en las elecciones del 12, pero el presidente José Miguel Gómez, su eterno rival pese a que militaban en el mismo partido, propició el triunfo del conservador Mario García Menocal con tal de no entregarle el poder a su correligionario. En 1916 Zayas ganó por amplio margen las elecciones, pero le dieron la brava y Menocal se reeligió de modo fraudulento. En 1921, al fin, llegó a la presidencia de la nación, aunque para ello tuvo que aliarse al propio Menocal a quien prometió traspasar la primera magistratura en 1925. Llegada esa hora, sin embargo, Zayas quiso reelegirse y no pudo porque Menocal le ganó la asamblea postulatoria. Pactó entonces para entregarle a Gerardo Machado a cambio de cinco millones de pesos que cobró religiosamente de los fondos de la Lotería Nacional. Se dice que Menocal visitó a Zayas en esos días para quejerse del despojo del que lo hizo víctima, y que Zayas, recordando el bravazo de 1916, comentó: "!Y como duele eso!" Al doctor Alfredo Zayas y Alfonso le apodaban El Chino. Tenía ciertamente una paciencia asiática y su flema era única y desconcertante. Le llamaron también El Pesetero; con tal de coger, se conformaba con cualquier cosa. Antes de salir del poder se hizo erigir una estatua frente al Palacio Presidencial. Se le veía en ella de pie, tenía la mano izquierda en el bolsillo de la chaqueta y con la otra señalaba hacia la mansión del ejecutivo como diciendo: Lo que tengo aquí me lo robé de allí.

 

BANQUETE DE LA VICTORIA

 Era, desde antes de 1902, un "presidenciable". El Partido Liberal nació en 1905 como fruto de la fusión de la fracción minoritaria de liberales nacionales, que encabezaba Zayas, y los liberales republicanos de José Miguel, y a partir de ahí los militantes de esa organización política se dividieron en zayistas y miguelistas. Con el recién creado partido se aprestaron a concurrir a los comicios de 1906 frente a los empeños reeleccionistas del presidente Estrada Palma por el Partido Moderado, que no tenía nada de tal y que con sus atropellos y desmanes los obligó a ir al retraimiento.El ticket Gómez ( Presidente) – Zayas (Vice) volvió a repetirse en las elecciones de 1908. El general independentista Eusebio Hernández era el candidato de los miguelistas para la vicepresidencia, pero renunció a la postulación porque Zayas exigió para sí ese cargo cuando supo que no se le postularía a la presidencia. No se conformó con eso y pidió también para los suyos las mejores carteras del proyectado gabinete y numerosas actas senatoriales y de representantes. Ambas fracciones designaron a sus comisionados para que hicieran los ajustes finales y llegaran a acuerdos sobre los cargos que corresponderían a cada uno de los dos grupos. Los comisionados miguelistas se quejaron ante su jefe. Djeron: General, es imposible; lo quieren todo. José Miguel preguntó si también querían la presidencia. No, eso no, respondieron. Y José Miguel con su guachinanguería habitual dijo entonces: Pues no se preocupen. Menos la presidencia, concédanles lo que quieran.

Zayas logró sus objetivos y las diferencias se ahondaron entre los dos políticos. Para celebrar el triunfo electoral los liberales celebraron el llamado banquete de la victoria. Después del café se repartieron entre los comensales aromosao tabacos que llevaban indistintamente en sus anillas la efigie del presidente electo y de su vice. José Miguel tomó uno que lucía la imagen de su compañero de boleta y mientras lo encendía comentó en tono mordaz: A Zayas yo le doy candela. Zayas no fumaba. Aun así tomó un tabaco que mostraba la faz del presidente y sentenció: A José Miguel me lo meto en el bolsillo. Y, en efecto, se guardó el habano.

 

LOS CUATRO GATOS

 Para las elecciones de 1920 Zayas fundó el Partido Popular, una organización minúscula y anémica que con el tiempo sería conocida como de los Cuatro Gatos, no se sabe si por lo exiguo de su membresía o porque a Zayas siendo ya Presidente le tocó el gordo de la Lotería con un billete que llevaba el número 4 444. Cuatro, para los que no lo saben o no lo recuerdan es gato en la charada. Con ese partido de bolsillo talló con Menocal a fin de agenciarse en las elecciones los recursos del poder y pasarle la cuenta a José Miguel que volvía a aspirar por los liberales.La coalición popular-conservadora se nombró Liga Nacional. Al sumarse a ella Menocal sacrificó a su íntimo Rafael Montalvo, que sería el aspirante de su partido y que desde entonces se convirtió en su encarnizado enemigo. Zayas concurriría a las urnas llevando al general Francisco Carrillo como vice, y José Miguel, a Manuel Arango, ejecutivo de la Cuban Cane Sugar Co. Los ligistas cantaban: "Zayas-Carrillo, el triunfo en el bolsillo". Y los liberales: "Gómez-Arango, les zumba el mango". Pero los cubanos más despiertos y avisados, desengañados ya de aquella política, cambiaban los versos y vociferaban: "Gómez-Arango, siempre robando" y "Zayas-Carrillo, el primero es un pillo", con lo que salvaban el prestigio del valeroso militar insurrecto.Los miguelistas confiaron en su triunfo, pero la alegría les duró poco. Si bien ganaron La Habana, desde el interior del país llegaban noticias alarmantes como esta que procedía de Calimete: "General José Miguel Gómez. Prado y Trocadero. Habana. Imposible seguir votando. A los 10 minutos de iniciada votación, liguistas entraron a tiros liberales". Al día siguiente ls prensa daba como seguro el triunfo de Zayas. Y José Miguel se iría a Washington a protestar. De allá, víctima de una pulmonía, regresaría a un ataúd de bronce.El gobierno de Zayas fue un desastre. Bajo su mandato tuvo lugar el famoso "chivo" del convento de Santa Clara que motivó la Protesta de los 13 cuando el ejecutivo abonó a una empresa particular dos millones y medio de pesos por un caserón que años antes la Iglesia había vendido en menos de la mitad. Zayas en lo personal se portó mal con amigos como Juan Gualberto Gómez que tanto lo ayudaron. Fue, sí, un gobernante astuto. Al ocurrir la insurrección del Movimiento de los Veteranos y Patriotas, capitaneada en Cienfuegos por el coronel Federico Laredo Bru, supo liquidarla sin que se hiciera un solo disparo; le bastó una bien abultada chequera. Debió soportar la misión injerencista del general norteamericano Enoch Crowler. Cuando este le impuso que nombrara un llamado "Gabinete de la Honradez" a fin de que Estados Unidos concediera a Cuba un empréstito por 48 millones de dólares, Zayas pareció plegarse a los dictados del procónsul, pero le zafó el cuerpo en cuanto mejoró el precio internacional del azúcar y pudo disponer de los fondos del propio empréstito. Entonces destituyó a los ministros impuestos y continuó su política de corrupción pública y de desorganización estatal. Bajo su gobierno se reconoció por parte de Estados Unidos la soberanía de Cuba sobre la Isla de Pinos, tema pendiente desde los días de la Enmienda Platt.Pasó el tiempo. Zayas quiso reelegirse y no pudo porque Menocal le ganó la postulación. Su compromiso político le exigía apoyarlo, pero decidió apoyar a Machado cuando Viriato Gutiérrez, en representación de Laureano Falla, el hombre más rico de la Cuba de entonces, le firmó los pagarés por cinco millones de pesos deducibles de la Renta de Lotería tan pronto Machado se instalara en el poder.Zayas entonces pasó a la vida privada.  Escribiría una historia de Cuba, para la que firmó contrato años antes  y por esa tarea recibía  del Estado un sueldecito de 500 pesos mensuales. Murió en 1934 en su casona de Línea e I, en el Vedado, y no parece que escribiera una sola línea.

Miguel Mariano

Miguel Mariano

Ciro  Bianchi  Ross
 “Hay que encerrar a Batista en los cuarteles y devolver al poder civil todas las prerrogativas usurpadas por los militares”, repetían una y otra vez amigos y colaboradores al doctor Miguel Mariano Gómez y el presidente de la República, excitado en su celo civilista y con olvido de que debía su posición al jefe del Ejército, quiso serlo de hecho y de derecho. Duró siete meses en el cargo. El Senado, convertido en tribunal de justicia, lo destituía el 24 de diciembre de 1936 y Miguel Mariano salía del Palacio Presidencial como bola por tronera.

 

VUELTA A LA NORMALIDAD

 El año de 1935 se caracterizó por una represión sangrienta. Atentados, ataques policiacos a la prensa, agitación estudiantil y pugnas insalvables entre los revolucionarios de antaño precedieron a la huelga de marzo, que fue sofrenada con saña. Se clausuró la Universidad de La Habana, la única que existía entonces, y tanto los auténticos como los comunistas y los seguidores de Antonio Guiteras eran considerados al margen de la ley. Regían leyes de excepción y funcionaban los tribunales de urgencia. Las cárceles se llenaban de presos políticos, las embajadas, de refugiados, y buques y aviones trasladaban al exterior a los que se expatriaban.El doctor Grau San Martín, que capitalizaba, al frente del Partido Auténtico, fundado un año antes, las esperanzas de la ciudadanía, se hallaba en el exilio, y el gobierno posponía la convocatoria a la asamblea constituyente por la que clamaba el país. Se promulgó una Ley Constitucional que calcaba la Constitución de 1901 y dejaba fuera de su texto las conquistas populares conseguidas tras la caída de Machado, durante el período grausista de los cien días.Es en ese clima enrarecido en que se preparó la vuelta a la “normalidad” con los comicios previstos a celebrarse en un inicio en el propio 1935 y que a sugerencia de un asesor norteamericano llamado a La Habana se pospusieron para enero del año siguiente. Carlos Mendieta, dócil instrumento de Batista, renunció a la presidencia y lo sustituyó uno todavía más feble, el inocuo José Agripino Barnet Vinajeras.Eduardo Chibás, entonces en las filas del autenticismo, decía en la revista Bohemia: “¿Qué validez moral pueden tener unas elecciones que prescinden de la voluntad, expresa o tácitamente manifestada, de un millón cuarenta y cuatro mil electores? ¿Qué elecciones son estas que se van a celebrar... con miles de presos políticos en las cárceles y millares de cubanos en el destierro?”.

Pero de otra opinión eran los políticos tradicionales ansiosos de llevarse el jamón. Así, para la justa electoral el Conjunto Nacional Cubano nominó a su caudillo natural, el general Mario García Menocal, y el Partido Liberal, a Carlos Manuel de la Cruz, íntimo de Batista y a quien despostuló luego para apoyar, junto al Partido Acción Republicana y la Unión Nacionalista, a Miguel Mariano Gómez que, con el respaldo del jefe del Ejército, se alzaría con la presidencia gracias al fraude y con la abstención de la mayoría ciudadana.

 

ALCALDE MODELO

 Miguel Mariano nació en Sancti Spíritus el 6 de octubre de 1889, y en su ciudad natal cursó los primeros estudios mientras su padre, el general José Miguel Gómez, peleaba por la independencia de Cuba, y su madre, América Arias, trasegaba medicinas y correspondencia en la manigua. Hizo el bachillerato con los jesuitas de Cienfuegos y cursó la carrera de Derecho. En 1909, como delegado de la República, asistió a las fiestas por la coronación del rey Jorge V, de Inglaterra, y tres años más tarde formó parte del cuerpo de abogados de la Havana Electric Railway Co. En febrero de 1917 estuvo junto a su padre en la llamada Revolución de La Chambelona y guardó prisión por ese suceso en el Castillo del Príncipe. En tres ocasiones resultó electo representante a la Cámara.

En 1926 ganó, por elección, la Alcaldía de La Habana e inauguró al año siguiente, cuando tomó posesión, una administración municipal que le valió el sobrenombre de Alcalde Modelo, no solo por las obras de beneficio público que impulsó –dispuso además la restauración de El Templete y del Palacio de los Capitanes Generales— sino por su honradez, ya que al cesar en el cargo, en 1931, dejó más de cuatro millones de pesos en las arcas del Ayuntamiento. Se opuso a Machado, y en 1934, de facto, volvió a ocupar la Alcaldía. La renunció en 1935 para, al frente de Acción Republicana, aspirar a la presidencia, a la que accedió el 20 de mayo de 1936.

 

EL VETO

 Pronto surgieron las divergencias entre el Ejecutivo y el coronel Batista. Miguel Mariano se negó a someterse a los caprichos del líder de las Fuerzas Armadas, pero no pudo hacerse de la autoridad que exigía su alta investidura. La situación tocó fondo cuando partidarios del coronel presentaron en el Senado un proyecto de ley que establecería un impuesto de nueve centavos sobre cada saco de azúcar producido a fin de costear el proyecto batistiano de las escuelas cívico-militares.En sus devaneos fascistas Batista entendía  que solo al Ejército le era posible combatir el analfabetismo en el país y emprender una guerra exitosa contra las enfermedades que diezmaban a la población rural. Para ello restaba atribuciones a los ministerios de Educación y Salubridad y las traspasaba a los institutos armados. El Presidente opinaba que la solución de tan graves problemas era de la incumbencia del poder civil y ordenó a los parlamentarios de los tres partidos que apoyaron su candidatura que se opusieran a la propuesta legislativa de los batistianos. Si la iniciativa se convertía en ley, anunció, la vetaría. Miguel Mariano era un representante de la burguesía agrícola, en su condición de rico hacendado ganadero, y jamás arremetería contra su clase. La ley se aprobó en el Congreso y el Presidente, en uso de una prerrogativa constitucional, la vetó. A partir de ahí sus días estuvieron contados.

Tres parlamentarios, entre los que figuraba Carlos M. Palma, que mucho se arrepintió después de su actuación, lo acusaron ante la Cámara de coartar el libre funcionamiento del Poder Legislativo. Miguel Mariano se defendió: “Entiendo que es a la Secretaría de Educación, y no al Ejército, a la que corresponde la erradicación del analfabetismo porque es la enseñanza civil, dirigida por un maestro y no por un militar, la que debe infiltrarse en el espíritu de la niñez...”, pero la acusación prosperó y pasó al Senado. Fue inútil el alegato del republicano Manuel Gutiérrez, senador por Matanzas, en defensa del mandatario contra la catilinaria del representante conservador villareño Antonio Martínez Fraga. La decisión estaba tomada de antemano y el Senado, bajo la presidencia del titular del Tribunal Supremo, lo encontró culpable del delito que se le imputaba y lo destituyó.

 

FINAL

 Miguel Mariano salió entonces al extranjero. Regresó a la palestra en 1939 cuando obtuvo un acta de delegado a la convención que elaboró la Constitución de 1940. En ese mismo año aspiró a la Alcaldía habanera y fue derrotado por Raúl Menocal. El viejo Menocal había determinado apoyar a Batista en sus aspiraciones presidenciales y a cambio de ese apoyo recabó que la coalición batistiana, conformada por seis partidos, respaldara a su hijo. Pronto Miguel Mariano sorprendió al país al anunciar, en plena juventud política, su retirada de la vida pública. Se reintegró a los asuntos propios de su bufete y a los negocios particulares y aceptó la presidencia de la Asociación de Ganaderos, a la que renunció por no prestarse a los manejos especuladores y agiotistas de algunos de sus miembros en días de la Segunda Guerra Mundial. Enfermó gravemente y los médicos recomendaron una intervención quirúrgica que debía practicársele en Estados Unidos. Todo fue en vano. Falleció en La Habana, el 26 de octubre de 1950.Ese mismo año el Congreso aprobó la ley que disponía la rehabilitación moral del mandatario depuesto y la anulación del proceso arbitrario al que se le sometió. El presidente Carlos Prío convocó al Palacio Presidencial a los familiares del extinto y, en ceremonia solemne, hizo entrega a Josefina Diago, viuda de Gómez, de un pergamino que reproducía la ley. Una tarja de bronce, donde se consignó la reparación del Congreso, se colocó entonces en la tumba de Miguel Mariano

Muerte de Vinent

Muerte de Vinent

Ciro Bianchi Ross

 

El 17 de octubre de 1947 la opinión pública era sacudida por un escándalo mayúsculo –uno más en aquella administración escandalosa que fue la de Ramón Grau San Martín- cuando el senador Luis Caíñas Milanés fulminó de un balazo al representante a la Cámara Arturo Vinent Juliá en sus oficinas de la calle Hartman esquina a Aguilera, en Santiago de Cuba.

            Militaban ambos en el Partido Auténtico y mediante un pacto, que involucró a otras figuras del autenticismo en Oriente,  se habían comprometido a otorgar todos los votos orientales de la asamblea nacional de esa organización al doctor Carlos Prío Socarrás a fin de apoyarlo en su aspiración presidencial. Pero bien pronto Vinent, que ejercía la jefatura del partido en la antigua provincia, se percató de que Caíñas  desconocía su autoridad y  maniobraba para perforar sus huestes, en lo que era alentado desde La Habana por José Manuel Alemán, ministro de Educación y favorito de Palacio, que lo había “calzado”, a espaldas de Vinent,  con 154 puestos de esa dependencia para que los distribuyera a su antojo. Vinent entonces anunció su determinación de abandonar la política y retirarse a la vida privada, y su amenaza preocupó tanto a Grau como a Prío pues su salida del partido podía significar la pérdida de unas 50 000 afiliaciones con vistas a los comicios generales de 1948.

            Enseguida Grau aseguró a Vinent que todo se solucionaría y Vinent pidió al Presidente 36 puestos, de los que Alemán soltó solo 24, que parecieron calmar las furias del parlamentario descontento, en tanto que Prío lo “enamoraba” con una nota perentoria en la que le decía:  “Mi querido Arturo: has bombardeado con artillería gruesa a todo el mundo. Confío en que eso te habrá servido para serenarte. Si no fuese así, recuerda que estamos en el camino que conduce al 48. Piensa en mis sacrificios y recuerda que cuanto hagas te lo sabré agradecer. Tengo fe en ti y estoy seguro de tu cooperación hasta el final. Un abrazo, Carlos”.

            Prío había desembolsado 102 000 pesos por aquellos votos; de ahí su “sacrificio”, y con Vinent ausente no las tendría todas consigo en la asamblea nacional del partido pues se rumoraba que Caíñas, pese a haberse beneficiado con la parte correspondiente de ese dinero, trabajaría en el cónclave para poner a favor de Alemán al mayor número de delegados posibles.

DOS BIOGRAFÍAS

El manzanillero Luis F. Caíñas Milanés (47 años) era un cambia casacas. Machadista en tiempos de Machado, fue sucesivamente liberal, nacionalista y auténtico. Su relación con Batista lo exaltó al Senado en 1936 y en ese cuerpo propició la destitución del presidente Miguel Mariano Gómez, de quien se fingía amigo y con quien hacía pareja en los juegos de dominó que se organizaban en Palacio. En 1940, militando en Unión Nacionalista, sufrió, a manos del candidato auténtico, una sonada derrota en su intento de alcanzar la alcaldía de Bayamo. Dos años después, conducido por  Rubén de León, se pasó al autenticismo y retornó al Senado en 1944. No solo se había convertido ya en uno de los grandes alabarderos de Grau, sino que en las elecciones de ese año acusó de fraude a su propio hermano, que dirigía en Bayamo el Partido Demócrata, y ordenó el asalto de sus oficinas. A partir de ahí su influencia fue enorme en los círculos grausistas y fungió como “amigable componedor” entre el Presidente y elementos del Congreso que no eran afines al mandatario.

            Arturo Vinent Juliá (5l años)  era, en cambio,  un auténtico de cuna. En 1942 lo eligieron representante a la Cámara por ese partido y dos años más tarde, contribuyó decisivamente al triunfo presidencial de Grau. Lo reeligieron entonces a la Cámara y ocupó la primera vicepresidencia del autenticismo en Oriente. Cuando el senador Emilio (“Millo”) Ochoa, que desempeñaba la presidencia de esa organización en la provincia, pasó a militar en el recién fundado Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) Vinent ocupó su lugar.

MI MUERTE ES SU MUERTE

“No creo que Vinent ni nadie hubiera tomado en serio su jefatura, por lo menos que Vinent fuera jefe mío. Eso de la jefatura está bien para halagar la vanidad de Vinent, pero no para que Vinent piense que él es mi jefe. Nunca mi actividad política ha sido andar a la caza de puestos públicos porque en distintas ocasiones le he dado a Vinent, y a algunos otros que no son Vinent, los puestos que me pidieron…” declaró Caíñas Milanés a la prensa santiaguera y la respuesta de su adversario por la misma vía  no se hizo esperar: “Caíñas, afiliado a nuestro partido por mero accidente, no fue ni será capaz de ser auténtico… Llegó a nuestras filas para probar fortuna… y de veras le ha ido muy bien. Todos los legisladores auténticos responsables hemos defendido al Gobierno en el Congreso, en la tribuna y en la calle. Pero no conozco a ningún otro que haya cobrado por su defensa un precio tan alto, tan inmediato y tan ‘al contado’ como el senador Caíñas Milanés”.

            En su finca El Chungo, en las afueras de Bayamo, Caíñas escuchó por teléfono la lectura de las acusaciones de Vinent que desde Santiago le hacía  un amigo. Eran palabras demoledoras sobre todo en un momento en que  tenía noticias de que Vinent y otros legisladores auténticos suscribirían un nuevo pacto que lo excluiría de la combinación senatorial. Decidió no esperar más y en compañía de su secretario, “Cundy” Silva, su guardaespaldas Llorente y Mario Tamayo, jefe de los  inspectores de Comercio en Bayamo, se trasladó de inmediato a Santiago.

 Poco después, en la bella capital oriental, Arturo Vinent era informado por un correligionario  de la brusca salida de su rival luego de conocer las  declaraciones, pero Vinent restó importancia al asunto. “No tengas cuidado. Caíñas no hará nada violento. Mi muerte es su muerte política”, respondió y salió a la calle. Luego de algunas gestiones culminó su recorrido en el bufete de su hermano, en Hartman y Aguilera, que utilizaba como oficina política. Estaba ya enterado de la opinión de Grau acerca de las pugnas del autenticismo en Oriente y la melosa nota de Carlos Prío, que acababa de entregarle su concuño, hizo que el ánimo se le  subiera al límite. A las 12:30 dijo a sus allegados que iría a almorzar a su casa, pero, conversador incansable como era, se mantuvo en el bufete más tiempo del previsto. Nada presagiaba la tragedia que se le venía encima.

El vehículo en el que desde Bayamo  viajaron Caíñas y sus acompañantes aparcó frente al edificio. Silva y Tamayo se apostaron en la puerta de entrada del inmueble,  y Caíñas, de guayabera y pantalones  blancos y el rostro oculto por el ala del sombrero de jipijapa, se lanzó pistola en mano,  seguido por Llorente, escaleras arriba. Empujó mamparas y recorrió las salas del bufete hasta encontrarse cara a cara con Arturo Vinent que todavía discurría plácidamente con dos colaboradores. Vinent, desarmado, no podía enfrentarlo y trató de escabullirse. Una columna le sirvió de escudo, pero hizo un movimiento, asomó medio cuerpo y ofreció un blanco insuperable a su adversario. Una sola bala fue suficiente. Le penetró entre la sien y el ojo derechos y se le alojó en el cerebro.

El atacante, cumplido su objetivo, se precipitó, seguido por su guardaespaldas,  escaleras abajo y disparaban para dificultar cualquier intento de persecución. En la calle, Silva y Tamayo hacían lo mismo. Desde el balcón del bufete también hacia uso de su pistola uno de los colaboradores de Vinent. Un policía fue víctima casual de la refriega. Silva escapó hacia el Gobierno Provincial y Tamayo, al timón del automóvil, se alejó con destino desconocido. Caíñas y Llorente atravesaron el café La Cubana y el primero ganó la entrada lateral del club San Carlos. Un policía quiso detenerlo, pero alegó su inmunidad parlamentaria. Ya en la cantina pidió un vaso de agua, que bebió con pulso firme, y encendió un cigarrillo. Mintió a los que se interesaban por conocer los detalles del suceso: “Sí, fui a buscar a Vinent para darle dos ‘galletas’ por lo que me publicó hoy en el Diario de Cuba y me hizo un disparo al verme entrar. Entonces yo también disparé mi pistola… Debe estar herido pues se escondió detrás de una columna”.

Ya policías y  soldados arribaban a las inmediaciones del parque Céspedes, desalojaban a la multitud que se iba congregando y cubrían las entradas del San Carlos. Poco después el senador Luis Caíñas Milanés era trasladado, bajo protección, al cuartel Moncada. Cuando todos pensaban que se hallaba detenido en esa instalación militar, el presidente Grau enviaba a Santiago un avión Douglass, del Ejército, para trasladarlo a La Habana y de nuevo el matador de Arturo  Vinent era custodiado por una tropa de aforados  a lo largo de la avenida de Crombet y en el aeropuerto de San Pedrito. La muerte de Vinent no significaría la muerte política de su asesino. Ya lo veremos la  semana venidera.

 

 

                

Resurrección de Caíñas

Resurrección de Caíñas

Ciro Bianchi Ross

 

Llevar a juicio a un parlamentario, así fuera por una infracción de tránsito, era fruto de un proceso que comenzaba cuando un tribunal suplicaba al cuerpo colegislador  al que pertenecía el presunto culpable que le retirara la inmunidad a fin de que pudiese ser juzgado; suplicatorio que debía  ser aceptado o rechazado en el plazo de los 40 días siguientes de haberse librado. No habían transcurrido todavía diez días de la muerte del representante Arturo Vinent Juliá cuando el Senado se reunía para considerar el pedido que en ese sentido hacía el Tribunal Supremo en contra del senador Luis Caíñas Milanés, acusado del asesinato.

               No era un procedimiento inédito en el parlamento cubano.  En los comienzos de la República, la Cámara de Representantes le retiró la inmunidad al general Silverio Sánchez Figueras por la muerte, en un duelo irregular, del también legislador Severo Moleón (Ver JR, 25-1-04) y en 1913 el senador Vidal Morales y el representante Arias se vieron privados de las suyas  por su implicación en el tiroteo donde perdió la vida el jefe de la Policía habanera (JR, 4-4-04). Luego, en 1922, el representante José Cano dio muerte en el hotel Luz a su colega Martínez Alonso. También se le retiró la inmunidad, pero logró huir al extranjero (JR, 1-2-04) como hizo en 193l el senador Modesto Maidique luego de matar  a tiros al también senador Zayas Bazán (JR, 13 y 20-6-04). Cuando el representante Mariano Corona, comandante del Ejército Libertador y director de El Cubano Libre,  fue acusado de la muerte del periodista Constantino Insua, él mismo pidió a la Cámara que se le  privase de su inmunidad. Fue absuelto en el juicio, como lo fue Vidal Morales y no así Arias, que enloqueció en el Castillo del Príncipe.

            En cuanto al pedido de supresión de la inmunidad de Caíñas Milanés, el Senado tenía interés en poner punto final cuanto antes a tan espinoso problema a fin de librarse de las presiones que por un lado sufrían sus miembros por parte del súper ministro José Manuel Alemán que, con el propósito de que no se accediera al suplicatorio, intentaba comprar a todos –oposicionistas y partidarios del régimen- con el ofrecimiento de una nutrida lista de puestos burocráticos con cargo al célebre Inciso K y  la Renta de  Lotería, y, por otro, las de la viuda de la víctima, señora Amelia Ross, que con lágrimas, pero con firmeza pedía justicia para su esposo desaparecido. Por encima de esas presiones gravitaba la mirada vigilante y fiscalizadora de la opinión pública.

BOLA NEGRA

Así, el día 27 de octubre de 1947, a las cuatro de la tarde, el comunista Juan Marinello, senador por Camagüey y vicepresidente del Senado, declaró abierta la sesión donde se dirimiría el asunto, y cinco minutos después traspasaba su responsabilidad al auténtico Miguel Suárez Fernández, senador por Las Villas y titular en propiedad del cuerpo, que había llegado tarde al ala izquierda del Capitolio. Efectuado el pase de lista, se comprobó que había quórum  para celebrar la reunión pues asistían 45 del total de los 54 senadores (eran nueve  por cada una de las seis provincias) y enseguida “Miguelito” anunció que como se  abordaría un asunto que afectaba a un miembro del Senado, la sesión sería secreta,  por lo que se desalojarían  las tribunas públicas.  Invitó además  a los periodistas a que abandonaran el local y también fueron sacados del recinto los ujieres y taquígrafos antes de que se iniciara la lectura del largo y farragoso documento del Supremo, que reproducía el auto de procesamiento por el asesinato de Arturo Vinent y la petición en cuanto a su asesino.

            Terminada la lectura, solicitó  la palabra el ortodoxo Pelayo Cuervo; demandó, a nombre de su partido, una votación nominal, de manera que quedase constancia en acta de quiénes votaban a favor del suplicatorio del Supremo y quiénes en contra. A eso  se opusieron varios senadores, entre ellos el republicano Santiago Rey que invocando preceptos legales exigió que la votación se hiciera con bolas negras y blancas, como era habitual en los casos donde se enjuiciaba  la conducta de un miembro del cuerpo. La discusión en torno a ambas propuestas parecía hacerse interminable. Ortodoxos y comunistas –había tres entonces en el Senado-  se pronunciaban  sin vacilaciones por la votación nominal, pero la mayoría de los restantes se apegaba a la idea de la votación secreta. Era un momento difícil para muchos de ellos, en especial para Carlos Prío, ministro y senador por Pinar del Río, que como parte del equipo gobernante debía votar en contra de que se le retirara la inmunidad a Caíñas, pero que como aspirante a la Presidencia de la República debía hacerlo a favor para no enajenarse el apoyo de los seguidores de Vinent.

            Al fin, por 27 votos contra 18, triunfó la propuesta de la votación secreta y dos mujeres penetraron entonces en el hemiciclo. Una portaba una copa cubierta; la otra, una caja pequeña con las bolas. Cada uno de los senadores presentes debía escoger la suya: blanca, si accedía al suplicatorio; negra, en caso contrario, y la depositarla en la copa. El conteo final arrojó las cifras siguientes: 28 bolas blancas y 17 negras. Luis Caíñas Milanés, privado de sus fueros,  debía responder ante la justicia por su crimen. Pero no llegó a hacerlo. Fuera del Capitolio, en  compañía de José Manuel Alemán, esperó el  fin de la sesión y una vez enterado del resultado del conteo de bolas  salió del país con destino a la Florida.

POSTULADO

Todo parecía haber acabado para él.  En rebeldía, los tribunales le iniciaron un proceso con exclusión de fianza. Debía ser internado en un establecimiento penal como medida preventiva y se reclamó su extradición al gobierno norteamericano, que nunca lo repatrió. Pero en la Isla Caíñas Milanés tenía amigos que trabajaban a su favor y las gestiones y el interés singular  de Alemán y del  republicano Guillermo Alonso Pujol, senador por Matanzas y aspirante, por la Coalición Auténtico Republicana, a la Vicepresidencia de la República, dieron sus resultados cuando la asamblea del Partido Auténtico en la provincia de Oriente lo postuló como representante a la Cámara.

            La viuda de Vinent, con indignación y dolor, dirigió entonces una carta al doctor Grau, cabeza cimera de ese partido. Pero no se contentó con aquella misiva al  mandatario, sino que promovió en la Junta Provincial Electoral de Oriente un recurso de impugnación  contra Caíñas  que pareció que progresaría cuando esa instancia dispuso que se le tachara de la lista de candidatos  por no gozar de todos los derechos civiles y políticos, limitados por el auto de procesamiento, y porque la Instrucción General 40 de 1944 impedía postularse a procesados por delitos políticos contra personas. Amigos y correligionarios de Caíñas, luego de insistir en su inocencia, acusaron a su vez a la parte contraria de querer barrerlo  de la escena política y de que preparaban un complot para asesinarlo, lo que impedía a Caíñas retornar a Cuba y enfrentar el juicio correspondiente.

            Mientras tanto, en Miami Beach, cómodamente instalado en la casa marcada con el número 11 de la calle Terrace, lo que era sabido tanto en Cuba como por las autoridades migratorias norteamericanas,  Caíñas  se quejaba, con amargura, de que José Manuel Alemán no lo recibía ni Alonso Pujol tampoco. Sin nada que hacer (“Nadie se acuerda de mí”, repetía)  dormía durante casi todo el día y recorría a pie  la playa por la noche.

            Nada evitó al cabo que Caíñas figurase en el ticket cameral del  Partido Auténtico y que saliera electo en los comicios del l de junio de 1948. Todavía, sin embargo, quedaba una oportunidad  para impedir su acceso a la Cámara de Representantes cuando el pleno de ese cuerpo se reuniera, el 24 de septiembre, para dictaminar sobre los certificados de elección de sus miembros. El día 23 la viuda de Vinent volvió a la carga. En una misiva dirigida  esa vez a cada una de las esposas de los legisladores les pedía que hicieran cuanto estuviese a su alcance para impedir la validación del acta de Caíñas Milanés. Decía: “Ayer la víctima fue mi esposo; mañana puede ser el de usted si quedan impunes los crímenes de esta naturaleza…”

            El día del pleno, los parlamentarios ortodoxos y comunistas pidieron la tacha del acta de Caíñas, todavía en EE. UU.  Solo un legislador auténtico, Teodoro Tejeda Setién, les dio su apoyo, velando por la higiene moral del Congreso y la República, y la propuesta, carente de votos suficientes que la respaldaran,  no progresó. La Cámara de Representantes abría así  sus puertas a un asesino.

(Fuente: En Cuba; primer tiempo (1947-1948) de Enrique de la Osa)              

Desaparecido

Desaparecido

Ciro Bianchi Ross


Con un pretexto banal los que lo procuraron lo hicieron salir a la calle oscura y desierta, mojada por la lluvia fina y pertinaz, y tras una breve plática se le vio abordar el automóvil que esperaba con el motor encendido. Antes, con un gesto, se despidió de los que seguían la escena desde el portal de la casa marcada con el número 8 de la calle Cervantes, en el reparto Sevillano. Era el 10 de diciembre de 1950 y Mauricio Báez, exiliado dominicano radicado en La Habana, había caído en la trampa. El destacado líder obrero y luchador contra la satrapía de Rafael Leónidas Trujillo desaparecía para siempre, sin dejar rastro. Nunca más volvería a saberse de él.

CAYO CONFITES

Había saltado definitivamente a los primeros planos de la actualidad dominicana cuando en 1942 organizó y condujo la huelga que paralizó al mayor central azucarero de su país. Aunque Trujillo movilizó entonces todas sus fuerzas para reprimirlo, no pudo sofocar el paro y la compañía propietaria tuvo que acceder a las demandas sindicales referidas al cumplimiento de la jornada laboral de ocho horas —y no de doce— y al aumento del 50 por ciento del salario. En cuanto cesó el movimiento, el sátrapa dispuso la persecución de Báez, que tuvo que irse a México.Desplegó en ese país una intensa campaña antitrujillista, pero en 1946 regresó a Dominicana ganado por una de las tantas ofertas de democratización que prometía Trujillo. Sobresalió de nuevo en la lucha sindical y bien pronto constató en carne propia el engaño del dictador cuando, víctima de una paliza brutal, fue dejado por muerto en plena calle.Pudo otra vez salir al exilio y en Cuba estuvo en la expedición de Cayo Confites, aquel grupo de 1 200 dominicanos y cubanos que con el apoyo del presidente Grau y de los gobiernos de Guatemala y Venezuela quiso en 1947 derrocar a Trujillo y que fue abortada por el Ejército cubano.Al saberse de la organización de la expedición, el general Marshall, secretario de Estado norteamericano, instruyó a Norweb, su embajador en La Habana: debía presionar a Grau para que la aplastara “rápida y eficazmente”. Pero Grau no era hombre fácil de presionar. Tal vez por eso se optó por invitar a Washington al mayor general Genovevo Pérez Dámera, jefe del Estado Mayor del Ejército. Permaneció allá durante los días 15 y 16 de septiembre y a su regreso procedió a desmantelar la expedición que había salido ya rumbo a su destino y que fue interceptada por unidades de la Marina de Guerra cubana.Se dice que Trujillo recompensó a Genovevo con una crecida suma de dinero. Poco después del fracaso de Cayo Confites, Juan Bosch, uno de los expedicionarios, le preguntó directamente, durante un encuentro en Guanabo, si eso era cierto. El militar rehuyó la respuesta. Dijo que si él no hubiera llegado a impedirla, todos los expedicionarios estarían muertos porque Trujillo estaba alertado y preparado para liquidarlos. Preguntó Bosch entonces cómo había logrado convencer a Grau para que le permitiera hacer lo que hizo. Le dije lo mismo, respondió Genovevo. Historiadores dominicanos llegaron a la conclusión de que el general cubano no reveló toda la verdad porque si bien el dictador estaba enterado por la Inteligencia norteamericana de lo que se gestaba, no le refirió lo que bien sabía: barcos y aviones de EE.UU. impedirían la expedición. El presidente Truman acababa de proclamar su política de contención de la influencia soviética y Trujillo era considerado por el gobierno norteamericano un aliado invaluable. 

RAMFIS

Después de Cayo Confites, Mauricio Báez prosiguió en La Habana su prédica contra la satrapía que ensangrentaba a su país. Desde su espacio en la emisora RHC-Cadena Azul atacaba al dictador y no cejaba en su denuncia de los desmanes de su representante diplomático en Cuba, el siniestro Félix Bernardino, a quien identificaba como el ejecutor principal en la Isla de los planes terroristas del déspota. Afirma el historiador dominicano Bernardo Vega que en una de esas emisiones Báez aludió a Ramfis Trujillo para decir que no era hijo del dictador, sino de un tal Rafael Dominicis, amante de María Martínez antes de su matrimonio con Trujillo. Algo parecido escribiría en Bohemia el profesor Jesús de Galíndez al asegurar que Ramfis era hijo de un cubano. Según Vega, esa afirmación costó la vida de Báez y a Galíndez, que agentes trujillistas secuestraron en Nueva York y no volvió a conocerse su paradero.  Si Ramfis era realmente hijo de Trujillo, es algo que no puede aseverar este columnista, pero sí decir que el dictador, que tenía un sentido del amor familiar exagerado y enfermizo, lo tenía como su primogénito y el preferido entre sus 40 hijos legítimos y naturales, y lo demostró cuando lo nombró coronel del ejército dominicano a los tres años de edad y lo promovió a general a los nueve.Cualquier cosa era posible en la República Dominicana donde Trujillo se autotituló Generalísimo y Padre de la Patria Nueva, dio su nombre a la capital del país, se hizo erigir más de mil monumentos, amasó una fortuna de 9 000 millones de dólares y convirtió a su tierra en un “cementerio sin cruces”. Fue un engendro macabro de EE.UU. Debutó en la vida como chulo y cuatrero y estuvo preso por falsificación y estafa, pero el ejército norteamericano, que entonces ocupaba su país, luego de utilizarlo como chivato, lo insertó en la Policía. Llegó a ser jefe de ese cuerpo y lo fue luego del Ejército. En 1930 fue electo por primera vez a la presidencia y a partir de ahí la ejerció directamente o por intermedio de familiares o amigos hasta 1961, fecha en la que comenzó a estorbar a Washington, que alentó y armó a los hombres que lo asesinaron. Su cadáver mutilado y casi irreconocible apareció embutido en el maletero de un carro abandonado en el garaje de una casa deshabitada.

IMPUNES

Los tres hombres que se personaron en la casa del reparto Sevillano en busca de Báez dieron el pretexto falso de que iban de parte del parlamentario Enrique Enríquez, cuñado del presidente Prío, “por el asunto de la máquina”, y Báez los siguió a la calle pese a que no los conocía e ignoraba de qué máquina le hablaban. Resulta inexplicable que un hombre curtido en la lucha y que sabía con qué enemigos trataba, se dejara embaucar de esa manera. Al subir mansamente al automóvil quizá evitó que lo mataran allí mismo y se tomara represalia con la familia que lo albergaba. Pronto se supo que esos sujetos eran hombres de confianza del ex parlametario Eugenio Rodríguez Cartas, que no debía ser ajeno al secuestro. No ocultaba sus simpatías por Trujillo y le debía favores, entre otros la protección que le brindó en Dominicana cuando se vio obligado a salir de Cuba luego de haber cosido a balazos al también parlamentario Carlos Frayle Goldarás, en el edificio América.Se dice que desde el Sevillano, Báez fue conducido a la finca de Rodríguez Cartas en el Wajay, de allí se le trasladó a Camagüey y desde Camagüey a la República Dominicana en un avión que despegó por la pista que Genovevo Pérez Dámera tenía en su finca La Larga. Ya para entonces Genovevo no era el jefe del Ejército. Conminado por un grupo de altos oficiales, Prío lo había destituido el 23 de agosto de 1949, entre otras cosas porque se suponía que produciría un golpe de Estado en connivencia con Trujillo. El secuestro de Mauricio Báez quedó impune.

(Fuentes: Textos de Víctor Grimaldi, Bernardo Vega, Raúl Aguiar y Enrique de la Osa)

        

                                                 

Pipi Hernández

Pipi Hernández

Ciro Bianchi Ross


Las primeras informaciones atribuyeron el crimen a móviles personales: enemistades, problemas laborales, deudas, faldas... Pero la verdad era bien distinta y no tardó en abrirse paso: aquel hombre que llegaba cadáver a la casa de socorros del Vedado, fulminado por seis cuchilladas —tres debajo de cada axila— propinadas por una mano experta y que le cruzaron literalmente el cuerpo, había sido víctima de un motivo político. Corría el mes de agosto de 1955 y, en una violación monstruosa de la soberanía nacional, las garras del chacal dominicano Rafael Leonidas Trujillo se hacían sentir nuevamente en La Habana. Cinco años antes había sido secuestrado aquí el dirigente obrero Mauricio Báez. Ahora tocaba el turno a Manuel de Jesús Hernández.Sus amigos le llamaban Pipi y sufría sobre sus espaldas un exilio que duraba ya 24 años. Junto con su familia fue pionero de la oposición a Trujillo. Se le opuso en cuanto, exaltado por el ejército de ocupación norteamericano, el otrora cuatrero y estafador logró hacerse del control del país. Su padre padeció cárcel y torturas, al igual que dos de sus hermanos, en tanto que otros dos se veían obligados también a vivir fuera de su tierra.Un destierro activo propiciaba Cuba a Pipi Hernández. Fue aquí uno de los pilares de la unidad de acción contra la dictadura y factor de peso en la integración del frente Unido Dominicano, una entidad que tras vencer divisiones enojosas consiguió nuclear a todas las fuerzas oposicionistas. Encomiables resultaron sus esfuerzos para rescatar a aquellos compatriotas suyos que luego de cruzar la frontera eran apresados por la policía haitiana.Un día, en un  bote de remos, arribó por las costas de la provincia de Oriente un grupo de dominicanos que logró escapar a la represión trujillista. Entre ellos venía uno que dijo ser oficial del ejército expulsado de las filas por su quehacer contra la dictadura. Se llamaba Ulises Sánchez Hinojosa y no se cansaba de hacer profesión de fe de su militancia democrática.El largo exilio había entrenado a Pipi Hernández en la detección de espías y soplones. No tardó en percatarse de que aquel supuesto ex militar era un agente a sueldo de Trujillo. Ese descubrimiento le costaría la vida.

ASESINO SIN FRONTERAS

Ningún otro dictador latinoamericano llegó en su momento tan lejos como Trujillo en la práctica sistemática del asesinato político. Sus hombres, para hacer hablar a los detenidos, recurrían a la aplicación de descargas eléctricas, de cigarros encendidos que aplastaban sobre la piel del apresado y de tanques llenos de agua pestilente en la que sumergían al prisionero hasta la boca durante horas y días enteros. En las cárceles trujillistas había ruedos con perros de presa adiestrados para cercenar a dentelladas a un detenido y existían en el país campos de concentración instalados en islas distantes donde no había nada de comer.Los que no se doblegaban ante la tortura morían, según los reportes oficiales, en un intento de fuga o en un accidente automovilístico o se ahorcaban en sus celdas “empujados por el remordimiento” de haberse rebelado contra el Benefactor y Padre de la Patria Nueva. Otros desaparecían para siempre pese a las pacientes y minuciosas investigaciones que la Policía decía acometer en su búsqueda. “Se perdió”, aseveraban sencillamente en esos casos. El dictador era dueño de un humor macabro. En 1931 dispuso el asesinato del senador Desiderio Arias. La misma noche del crimen se personó en la casa del difunto y, sentado junto al ataúd, veló hasta la mañana siguiente cuando decretó tres días de duelo nacional.Era un asesino sin fronteras. Con cobertura diplomática o sin ella sus agentes se movían en aquellas ciudades de América donde grupos antitrujillistas hacían sentir su presencia para infiltrarlos o asesinar a sus dirigentes connotados. Así murió en Nueva York el escritor Andrés Requena, autor de Cementerio sin cruces, y fue secuestrado el profesor Jesús de Galíndez, autor de La era de Trujillo. En esa ciudad también fue ultimado el ex diputado Sergio Bencosmo, hijo de un líder político asesinado en República Dominicana. En esa ocasión el asesino no buscaba a Bencosmo sino a Andrés Morales, jefe político de la frustrada expedición de Cayo Confites, y penetró en su apartamento. No lo encontró, pero encontró a Bencosmo y lo mató.Trujillo asimismo ordenó el complot contra la vida del ex presidente haitiano Lescot, pero la conjura se descubrió a tiempo, y dispuso el asesinato del escritor Valentín Tejada, que salvó la vida de milagro luego de haber sido cosido a puñaladas. Pipi Hernández no tuvo esa suerte.

EL CRIMEN

Cuando lo asesinaron, Pipi trabajaba como capataz en las obras del hotel Habana Hilton, entonces en construcción, y tenía mujer e hijos cubanos.Un día, antes de salir de su casa, en la calle A, 706, en el Vedado, aseguró a su esposa, Dolores Méndez Gómez, que regresaría temprano. Ella le ofreció un vaso de leche, “para que tengas el estómago despejado”, y él se despidió con un beso en la mejilla. Sería su última demostración de cariño. Poco después, sobre las diez de la noche, cuando volvía junto a los suyos, tres hombres salieron de las sombras y le cortaron el paso en la esquina de 25 y A. Dos de ellos le agarraron los brazos y se los levantaron con fuerza. El otro, con un cuchillo, trabajó con rapidez y precisión el cuerpo indefenso.La escena, oscura y solitaria, era ideal para el crimen. Cerca de allí los transeúntes indiferentes pasaban sin que les llamara la atención aquel grupo. Un marinero creyó escuchar un grito. Se acercó y precisó hombres que huían y dejaban un bulto en el suelo. Disparó contra los fugitivos, pero no pudo atajarlos. Prestó atención entonces al cuerpo que yacía en la acera, en medio de un charco de sangre. Ya Pipi Hernández estaba muerto.Días después del suceso, una ambulancia, seguida de un automóvil de la embajada dominicana, arribaba al aeropuerto de Rancho Boyeros. Del primero de los vehículos se sacó una camilla. En ella, sonriente, iba acostado un hombre que, a requerimiento de la prensa, los diplomáticos identificaron como un comerciante que había enfermado gravemente en La Habana. Los reporteros llamaron a la embajada y la respuesta entonces fue diferente: el sujeto en cuestión sufrió una caída en el estadio del Cerro. Una llamada más y la caída había ocurrido frente al torreón de la calle Marina. El encamillado, herido tal vez por una de las balas perdidas del marinero, no era otro que Emilio Sánchez Hinojosa, hermano de Ulises, el ex militar a quien Pipi había denunciado como agente del déspota. Tenía una hoja de servicio tenebrosa: salió silenciosamente de Cuba tras la desaparición de Mauricio Báez, llegó a la Isla días antes del asesinato de Pipi y estaba en Nueva York cuando ultimaron a Requena. A bordo de la nave, rumbo a Dominicana, iba también Ulises.Con el tiempo la Policía Nacional capturó a los cubanos que participaron en el asesinato, un tal Robinson (escribo de memoria) y Rafael Emilio Soler Puig, alias El Muerto, célebre por el asesinato, en 1948, del líder comunista portuario Aracelio Iglesias y una cadena de delitos que pasaban por la amenaza, la usurpación de funciones y el asalto. Aunque estuvo procesado por ambos crímenes, no pagó sus culpas por ellos. Tuvo, sin embargo, la mala idea de venir en la invasión mercenaria de Playa Girón. Capturado, no se le juzgó junto al resto de los mercenarios, sino que en compañía de otros 13 esbirros batistianos y asesinos que vinieron también en la invasión, se le siguió un juicio aparte en Santa Clara, el 8 de septiembre de 1961. Lo condenaron a muerte.

(Fuentes: Textos de Juan Jiménez Gruñón y Enrique de la Osa)

               

En coche

En coche

Ciro Bianchi Ross

 

Los primeros taxistas o boteros aparecieron en La Habana en 1836 y las guaguas circularon a partir de 1840. Años antes, a comienzos del siglo XIX se introdujeron  los quitrines, pero su uso no se generalizó hasta 1820. Para entonces los coches, pese a conocerse aquí desde el siglo XVIII, eran pocos y en 1840 solo existían el del Capitán General y el que los sacerdotes de la Catedral utilizaban para visitar a los enfermos.

            Las calles, estrechas y mal niveladas, eran un desastre y se hacía molesto andar por ellas.  En su empedrado se utilizaban piedras de todos los tamaños y la tierra que las acuñaba era arrastrada por las primeras lluvias. No existían carreteras, sino caminos reales y vecinales, a menudo intransitables,  y todavía en 1858 La Habana tenía solo cuatro calzadas que merecían tal nombre, aunque dos décadas antes el gobernador Miguel Tacón había acometido la pavimentación de las calles, así como su rotulación y la numeración de los inmuebles.

            Con tales condiciones, el quitrín fue convirtiéndose en el carruaje insustituible, tanto en la ciudad como en los campos. Sus ruedas enormes le permitían un impulso mayor e impedían que se volcara y las largas, fuertes y flexibles barras de majagua aumentaban la seguridad del vehículo. La caja, montada sobre sopandas de cuero, propiciaba, con su movimiento lateral, un viaje suave y cómodo, y el fuelle mitigaba en algo el sol y el calor. Sus estribos eran de resorte o de cuero y no oponían resistencia a los árboles y piedras del camino. Un quitrín podía ser tirado por un solo caballo, pero a veces se utilizaban dos y hasta tres. El que iba dentro de las barras debía ser de trote y los otros, de paso. De esos dos últimos, el de la izquierda ayudaba al tiro y era “la pluma”. Sobre el de la derecha, “de monta”, iba el calesero. Pero solo en el campo se empleaban las tres bestias porque en las ciudades bastaba con dos y a menudo con un solo cuadrúpedo.

            José María de la Torre, en su libro Lo que fuimos y lo que somos o La Habana antigua y moderna (1857) asevera que en la ciudad, a fines del siglo XVIII,  “solo se conocían las volantes, las calesas tiradas por mulas y algún coche”. Este tipo de vehículo se hizo más común a partir de 1846. La volante era un quitrín, destinado generalmente al servicio de alquiler, más reducido y de confección menos acabada y artística; menos cómodo que el quitrín, por otra parte,  dada la rigidez de su caja. Diligencias y berlinas enlazaban a la capital con las poblaciones vecinas.  Otro carruaje de uso más o menos frecuente era la araña; vehículo de lujo muy ligero, de cuatro ruedas, capota, un asiento posterior, muy reducido, para el esclavo y, de ordinario, tirado por un solo caballo y que era guiado casi siempre por el dueño. El uso de la calesa, vehículo de dos o cuatro ruedas, dos asientos y capota de vaqueta, no parece haberse extendido mucho en Cuba. Sin embargo, al conductor de quitrín o de volante no se le llamó nunca quitrinero ni volantero,  sino calesero.

            El calesero era el aristócrata dentro de los esclavos. Aunque no estaba exento de castigo, el amo le guardaba ciertas consideraciones. Como se le hacía necesario y no resultaba fácil sustituirlo,  pasaba por alto sus faltas. Se le veía como a una persona cercana, de confianza. Conocía los secretos de su dueño, le servía de mediador y mensajero en sus amoríos, sabía cuándo le apuraba el dinero y cuándo le sonreía la fortuna  y no era raro que, de niños, hubieran jugado juntos. Eso le permitía libertades. El calesero tenía suerte con las mujeres, era enamorado y bailador, y vestía bien, tanto en traje de casa como en traje de monta.

            Las familias de mayores recursos se gastaban una fortuna en los adornos de plata que lucían sus carruajes en sillas, estribos, arreos, cabezadas y correas. Un juego completo de quitrín no bajaba de los tres mil quinientos pesos; cifra esa que incluía al calesero, los caballos, los adornos, así como el impuesto y la escritura. Se dice que en 1836, sin contar las diligencias y berlinas,  circulaban por La Habana cuatro mil carruajes.

GUAGUAS DE ENAMORADOS

Aunque el ya aludido José María de la Torre da el año de 1840 como el del inicio de los ómnibus en Cuba –una línea entre La Habana y el Cerro-  se dice que ya desde el año anterior hubo otra  entre Regla y Guanabacoa. Los de Jesús del Monte comenzaron en 1844. En 1850, los de Príncipe y en 1855 los del Cerro a Marianao.

            Las guaguas comenzaban su recorrido muy temprano en la mañana desde la Plaza de Armas y daban por concluido el servicio a las diez de la noche, con la llamada guagua de los enamorados, que a dicha hora hacía su último viaje.

 Una de las empresas de ómnibus que operaba en la capital en la segunda mitad del siglo XIX, la de Ibargüen, Ruanes y Compañía, poseía sesenta coches que distribuía en seis depósitos –dos en Jesús del Monte, dos en el Cerro, uno en Marianao y otro en Pueblo Viejo- y disponía además de casas para relevos de caballos en Arroyo Arenas y Caimito. Daba empleo a más de 150 hombres y contaba con 800 bestias de tiro. Cuando se eliminó la tracción animal en las guaguas, a comienzos del siglo XX, la empresa de Estanillo controló el servicio de los ómnibus urbanos en la capital: montaba las viejas berlinas sobre chasis de automóviles Ford. Junto con Estanillo comenzaron a operar otras empresas más pequeñas y menores recursos. Sus propietarios terminarían asociándose en 1933 para constituir la Cooperativa de Ómnibus Aliados, que monopolizó casi en su totalidad las líneas de ómnibus capitalinas hasta la aparición de la empresa de Autobuses Modernos, que, tras la desactivación de los tranvías,  trajo a La Habana  vehículos  que se utilizaron como transporte en la Segunda Guerra Mundial. A diferencia de los carros de los Ómnibus Aliados, en cuyo exterior, creo recordar, predominaban los colores marrón  y crema, los otros estaban pintados enteramente de blanco. Por eso le llamaron las enfermeras.

LA CUCARACHA

Pero antes de la aparición de los vehículos de motor, estuvieron los tranvías eléctricos y el ferrocarril suburbano movido por locomotoras de vapor. Y antes, también de vapor,  la maquinita de cajón  o cucaracha: salía de la explanada de La Punta y, por la calle Línea, se internaba en el Vedado.

            Escribe Federico Villoch,  en sus Viejas postales descoloridas, que los carritos urbanos de los últimos días de la Colonia “venían siendo como una prolongación de nuestros hogares domésticos, porque en ellos, al paso lento de los caballos y mulas que los arrastraban, los habaneros, libres del delirio contemporáneo de la velocidad, continuaban la tertulia iniciada en la casa o en la oficina, concertaban las citas comerciales o amorosas o aprovechaban el forzoso y habitual encuentro a horas determinadas del día o de la noche para charlar con los amigos”.

            El primer tranvía eléctrico circuló el 22 de marzo de 1901 entre La Habana y el Vedado. Y el servicio se amplió paulatinamente a toda la ciudad, sus barrios y nuevos repartos y hasta más allá del término municipal de La Habana.

            En 1930, veintisiete líneas de tranvías circulaban por la ciudad. Como los actuales camellos, se identificaban con letras y números, nomenclatura que heredaron los Autobuses Modernos. Las “V” correspondían al paradero del Vedado. Las “P”, al de Príncipe. Las “C”,  al del Cerro y las “M”, a Jesús del Monte. Las “L” salían de Luyanó o Lawton y las “S”, de Santos Suárez. La “VM” cubría el tramo Vedado-Miramar. Las “F” salían de la Universidad, y las “I”, del Vedado con destino a Marianao.

            Veamos uno de aquellos recorridos. El del L-4, Lawton-Parque Central. Iniciaba el trayecto en San Francisco y Diez de Octubre y tomaba, en bajada, por San Francisco, Avenida de Acosta, Concepción, 16, B, Octava, Concepción, Diez de Octubre, Monte, San Joaquín, Cádiz, Infanta, San Rafael, Consulado, San Miguel, Neptuno, Monserrate. En subida venía por  Empedrado, Aguiar, Chacón, Monserrate, Neptuno, Infanta, Diez de Octubre hasta San Francisco. El primer carro de línea del L-4 iniciaba el servicio a las 4:25 a m y después de las doce de la noche,  salía un carro, la famosa confronta,  cada cuarenta minutos.

TRANSFERENCIAS

En las guaguas, al igual que hoy, el conductor no era quien conducía el vehículo, sino el encargado del cobro del pasaje. Entregaba al pasajero un comprobante por su pago y  accionaba una manecilla para que ese pago quedara registrado en un contador. El pasajero conservaba  su comprobante mientras estuviese a bordo del ómnibus porque debía mostrarlo al inspector si se lo solicitaba. Le hacía entonces el inspector  una pequeña marca con un lápiz y devolvía el comprobante al viajero. Cotejaba además  los comprobantes entregados por el conductor  con la cantidad registrada en el reloj: tenían que coincidir. También el inspector, sin subir al ómnibus, chequeaba la hora en que el vehículo llegaba a determinada parada pues el chofer debía hacer el recorrido dentro de un horario estricto.

            Durante muchos años el precio del pasaje se mantuvo en ocho centavos. Si el pasajero debía proseguir viaje, porque la guagua que había tomado no llegaba a dónde él lo necesitaba, pedía una transferencia que, por dos centavos adicionales, le permitía seguir su recorrido en un ómnibus de la misma empresa. El comprobante de la transferencia era más largo que el del pasaje y el conductor  antes de entregarlo, con un ponchador,  le marcaba la hora y el lugar donde el pasajero haría el cambio de ómnibus.

            Muchas esquinas de La Habana se hicieron famosas por las transferencias. Son los casos de las de Tejas, Toyo, la Víbora…

EL QUILITO DEL PUENTE

A fines del primer gobierno de Batista (1940-44) se estableció el pago de un centavo adicional  al precio del pasaje en ómnibus cuando estos sobrepasaran cualquiera de los puentes sobre el río Almendares.

 A tal impuesto se le llamó “el quilito del puente” y la ciudadanía lo recibió como siempre se reciben esas cosas, con grandes muestras de desagrado. La gente formaba inmensas trifulcas cada vez que se veía en el trance de pagar aquella pequeña carga. Llegaron así las elecciones de 1944 y Grau San Martín se alzó con la primera magistratura. En vísperas de su ascenso al poder, el pasajero empezó a entregar dócilmente su quilo, aunque no sin añadir, con esperanzado rencor:

-Gocen, gocen ahora; sigan explotando al pueblo, que ya el Viejo está ahí para acabar con tanto abuso…

Grau subió a la presidencia el 10 de octubre de ese año. Y a partir de entonces el impuesto sobre el puente subió de uno a dos quilitos.