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Palabras perdidas

Palabras perdidas

Ciro Bianchi Ross

  

El lector español Ricardo Torre ha estado enviándome en estos días listas de palabras ya en desuso y que, sin embargo, fueron habituales en el leguaje de los abuelos. Me cuenta que recientemente finalizó una iniciativa, en la que participaron internautas de todos los países de habla española,  para salvar palabras que ya no se utilizan,  y precisa: “La idea de recuperar las palabras de nuestros mayores me parece tan hermosa como necesaria. Hay que apadrinar palabras para salvarlas del olvido y la orfandad. Las palabras de nuestros abuelos nos están lanzando un SOS de auxilio desde la lejanía de nuestra niñez”.

Dice Torre que la palabra más apadrinada y que, por tanto, resultó ganadora, fue bochinche, que significa desorden, confusión, y es sinónimo de alboroto. Comenta que dicho término se usó poco en España y que en la encuesta fue votada mayoritariamente por los países latinoamericanos. En Puerto Rico y Colombia, bochinche es cuento o chisme, y en México, baile o fiesta casera. Añade mi corresponsal que antes que bochinche, él hubiera preferido otra voz muy parecida en su significado y de amplio uso otrora en su país: chinchar,  por fastidiar o molestar.

Otras de las palabras que me envía Ricardo Torre son amartelar, alcancía, apañar, arregostarse y bigardo. Se llamaba amartelados a los novios muy cariñosos y acaramelados, aunque a mí se me antoja mejor una voz que serviría para designar el “cuerpo a cuerpo” de una pareja de enamorados, en un lugar público y con indiferencia  a las miradas y comentarios  ajenos. Era apañado aquel que iba a lo suyo, sin importarle  nada más. He escuchado ese término para referirse a algo barato: Los precios en este restaurante están apañados. Se llama arregostarse a aficionarse a algo, en tanto que  un bigardo es un  vago. Dice Torre: un  vago al cuadrado.

Otras palabras en desuso que remite el lector español son cachivache, cascajo, cachaza, cacho, canijo, carlanca, cascarrabias y cascar. También caterva, cavilar, cháchara, chambi, chiripa, chispearCaterva es sinónimo de pandilla o multitud: una caterva de chanchulleros. Existe un cubanismo, poco usado igualmente, que también significa multitud: mole: son una mole de descarados. Chambi es lo que ahora llamamos un helado, en especial, el de barquillo, y chiripa es la casualidad favorable y, en el billar, suerte favorable que se gana por casualidad. Está vivo de chiripa; de chiripa  logró alcanzar el avión… Y chispear es echar chispas y también quemar. Relucir, brillar, destellar. Y además, lloviznar, salpicar. Cuando en Cuba se dice que alguien se chispeó es que, por un motivo u otro, se enfureció. Pero chispearse es además mojarse el calzoncillo…

            De todas las palabras perdidas que, salvadas por los internautas, me remite el amigo Ricardo Torre, la que él prefiere es chirimbolo. Sencillo y bonito término, dice, que nos exonera de aprendernos los complicados nombres que la tecnología moderna nos obliga a digerir diariamente. ¿Para qué embrollarnos la vida con la memorización de los nombres de  componentes y partes de automóviles, computadoras, teléfonos celulares si con una sola voz,  chirimbolo, resolvemos el problema?

A PIQUE

Hay voces y frases cubanas en pleno desuso. Ya llama nadie llama bomba al agua tibia ni nadie está a pique de conseguir empleo. No hay aprendices de carpeta en los departamentos de contabilidad y los contadores ocupan el lugar de los tenedores de libros. No se pide en el mercado una burena de huevos, sino una decena, y no se habla de toñada para aludir al grupo de pichones en el nido. Apenas se escucha la frase: No doy avío para significar que no se da abasto, como tampoco aquella otra de que a fulano lo pusieron como botija verde con los insultos que le propinaron en la calle.

            Ya no hay escolares modorros, aunque puede haberlos desaplicados. Ni mesiteros o mesilleros,   palabras con la que se designaba a los  que ante una mesa vendían su mercancía en un paseo o lugar público. Se les llama ahora merolicos, palabra tomada de Gotica de gente, una telenovela mexicana que gustó mucho aquí en los 80. Y también de una telenovela, pero brasileña, Vale todo, vino paladar, que sacó del vocabulario cotidiano   a la fonda de siempre. Tampoco hay ya cantinas; hay bares.

            Gurrumina ya no  se emplea. Es, se dice, una voz vasca con la que en esa región se llama a la contemplación excesiva de la mujer propia, pero que, cubanizada, quería decir poca cosa,  insignificante. Planazo, fuetazo o cocotazo sustituyen ya al cubanísimo chancarrazo, trago de bebida alcohólica y acción de beber en exceso. Me cayó encima tremendo flay  decía el que debía asumir una tarea difícil o sufría una molestia excesiva.

            Fogaje, muy común entre menopáusicas e hipertensos, por sofoco o bochorno, quedó también al campo. En los hospitales no se alude al especialista de Garganta, Nariz y Oídos, sino al Otorrinolaringólogo ni al de Piel y Sífilis, sino al Dermatólogo. Tampoco hay especialistas de Vías Digestivas ni de Vías Urinarias, sino Gastroenterólogos y Urólogos y los tisiólogos y los cirujanos parteros pasaron a ser neumólogos y obstetras. Hasta un nuevo término surgió para designar a quienes se ocupan de los Rayos X, los ultrasonidos y las resonancias magnéticas: Imagenólogos.

PRÁNGANA

“El banco pierde y se ríe; el punto gana y se va”, se decía, pero había banqueros que salían abancuchados del juego, esto es, desbancados o arrancuchados. Y banqueaba el banquero en el juego o los negocios.

            Toda una serie de términos se fueron perdiendo en la repostería criolla. Nadie recuerda un dulce cubanísimo como la  cafiroleta, elaborado con boniato y coco. O el atropellado, que incluye cascos de guayaba en su masa o pasta de la misma fruta. Ni el cacalote, dulce  de origen mexicano y que se prepara con maíz tostado, azúcar y miel de abejas. La clásica frita, esa especie de emparedado popularísimo formado por dos capas de pan, carne molida, cebolla y papas fritas, ahuecó el ala para ceder su puesto a la hamburguesa.

            Ya al penoso no se le llama ciscado, sino inhibido. Prángana, que tal vez provenga del portugués (plaga, azote, calamidad) significa miseria o inopia. Esta es también una palabra perdida, aunque verdaderas pránganas son  algunos bocaditos que venden por ahí. La voz pacotilla, tan empleada en los últimos años, viene de muy lejos. Tripulantes y pasajeros de  las flotas que en tiempos de la colonia tocaban el puerto habanero dos veces al año en sus viajes entre España y América, llevaban a la metrópolis  tabaco de pacotilla. Porque esa voz que designa por extensión a cualquier género de inferior calidad, es la cantidad de mercancía vendible que pueden llevar por su cuenta marinos y viajeros. Antes, cuando un residente en la periferia salía de compras al centro,  “iba a La Habana”; ahora “va a la shopping”. No hay programas para la erradicación del mosquito o para la limpieza o el embellecimiento de una ciudad. Hay “campañas”. Y se dirigen siempre desde “un puesto de mando”.

Viene del ayer y  persiste el cubanismo  busca. Son los aledaños, las ventajas o las entradas más o menos lícitas o, por lo general, ilícitas del todo que se agencia un funcionario o empleado. Multa ya no es solo la pena pecuniaria que puede imponer una autoridad competente; es también el sobreprecio que de manera ilegal  se le asigna   a un producto en determinado establecimiento, con la afectación consiguiente del cliente y el beneficio del tendero. La práctica no es nueva. El multar de ahora es el emplumar de antaño: Le emplumé el búcaro en más de lo que vale. Zorra equivalía a prostituta, en tanto que hacerse el zorro correspondía  a mostrar ignorancia o distracción. Zorrear es ahora flirtear. Sigue siendo común la palabra mota, la borla finísima con que se aplican los polvos. Apenas se escucha ya, sin embargo, la voz motera que designa al recipiente que los guarda. Nada tiene que ver con la belleza ni la higiene la expresión pasar la mota. No es otra cosa que guataquear, adular.

Hacía maromas quien debía estirar su salario para llegar a fin de mes y era un maromero quien actuaba de manera que atraía la atención sobre sí. Un galán hacía maromas delante de una muchacha o le vendía listas para enamorarla. Emparrillarse no era lo que es ahora: transportarse en la parrilla de una bicicleta, sino acostarse, tenderse. Embalado no quería decir envuelto o envasado, sino precipitado, acalorado, furioso. Machacante no era el que machacaba, sino el ordenanza o  ayudante, todo aquel que auxiliaba a otro en una labor manual. En Pinar del Río se llamaba sabina al curioso dado enterarse de lo que no le importaba, y en Camagüey era  marcopérez una mujer más cursi que ridícula.

¡VAYA NOMBRECITOS!

 

Van cayendo en desuso patronímicos tradicionales como José, Andrés, Miguel, Bárbara, Antonio, Carmen, Aurora, Pedro, Ángel… Uno no puede dejar de alegrarse de que haya llegado la extinción para otros como Patrocinio, Socorro, Procopio, Melquíades… Nombres más o menos raros hubo siempre. Pero hay ahora nombrecitos que se las traen. Leoannis, Odielsys, Disley, Mape, Luibis, Taimí, Yoerkys, Yusimí, Zulaidys… que no se sabe, al leerlos o al escucharlos, a qué sexo corresponden. Un niño que hoy se llame Rafael o Marcos, Ángela o Javier podrá, con  su nombre extraño, no sentirse cómodo entre las equis, las zetas y las yes de sus compañeros de estudio.

Claro que el lenguaje se hace y se enriquece  todos los días, y si no se cuida, se deshace y empobrece. Por eso resulta válido el intento de rescatar, hasta dónde sea posible, las palabras de los abuelos, sin rechazar por ello las nuevas palabras. Pero sobre aprender a usarlas con propiedad. Recuerdo que una vez el poeta Eliseo Diego me dijo que la palabra era como un potro salvaje que uno tenía que domeñar.

Por eso no resisto a cerrar esta página sin reproducir el texto de dos carteles que vi en estos días. Uno, en una oficina pública, dice:

Atención a la población

Lunes, miércoles y viernes

   De 8:30 a 4:30

Horario aperturizado

Martes y jueves

   De 8:30 a 7:30

Y este otro, en la vidriera de una  juguetería del Vedado:

            Mercancía rebajada de precio por pérdida de atributos”.



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Pinceladas

Pinceladas

Ciro Bianchi Ross

 

¿Cómo llegó Batista a general? Confieso que aun después de haber leído, hace mucho tiempo, un libro como Un sargento llamado Batista, tenía dudas al respecto. La biografía que, por encargo, escribió el norteamericano Edmund A. Chester, no es suficientemente explícita en ese sentido. En la noche del ocho de septiembre de 1933 Batista pasó, en virtud del Decreto 1538, de sargento de primera (taquígrafo) a coronel, y con ese grado se mantuvo al frente de la jefatura del Ejército hasta que salió de las filas  para postularse a la presidencia de la República, la que alcanzó en 1940.  Es decir, se retira como coronel, grado máximo en el Ejército cubano de entonces. En 1942, sin embargo, asciende a general. ¿Cómo alcanza ese grado si se hallaba, en lo militar, en  situación pasiva?

            Con fecha de 27 de enero de 1942 se promulga, bajo la presidencia de Batista, el Acuerdo-Ley Número 7, conocido también como Ley Orgánica del Ejército y la Marina de Guerra. Dicho documento, impulsado por la entrada de Cuba en la II Guerra Mundial, estableció que en el Ejército habría cuatro generales de brigada y que uno de ellos, con el grado transitorio de mayor general, ocuparía la jefatura del Estado Mayor.

            En el cuerpo de ese Acuerdo-Ley Batista hizo asentar una disposición que lo retrata.  Dice: “El oficial superior en situación de retiro, que haya ocupado en propiedad la jefatura del Ejército y desempeñe o haya desempeñado la presidencia de la República, figurará en la relación o escalafón especial de oficiales de su misma situación, con el mayor grado o jerarquía reconocido por esta ley”. Ese grado máximo era el de mayor general y  Batista  reunía los requisitos.

  No contento con el autoascenso, se propuso consolidar su posición. Para ello modificó la Ley de Retiro de las Fuerzas Armadas con la  adición de un nuevo artículo, el 48, que expresa: “El militar en situación de retiro que ocupe la presidencia de la República no percibirá pensión alguna mientras desempeñe dicho cargo; computándosele el tiempo que lo sirviere como en activo a los efectos de su antigüedad en el servicio”.

La Ley Orgánica establecía que el militar  escogido para ocupar, como mayor general, la jefatura del Estado Mayor, debía haber servido,  como general de brigada durante dos años como mínimo.  En virtud del artículo 48, Batista, aunque retirado, seguía teóricamente en el Ejército y acumularía antigüedad durante los dos años que le restaban para abandonar la presidencia.  Con su grado y el tiempo requerido, si  un testaferro suyo   llegaba a la presidencia en 1944, podía nombrarlo jefe del Ejército sin infligir  la ley,  Circunstancia que no se dio, pero  perfectamente posible si su  candidato, Carlos Saladrigas,   hubiera ganado los comicios en  ese año.  

EXTRADICIÓN DE MACHADO

A la caída de la dictadura de Gerardo  Machado, muchos machadistas y aun el propio ex dictador encontraron refugio en Estados Unidos. El gobierno cubano  solicitó  la extradición de todos ellos y aunque Washington en definitiva no los devolvió, pareció en un primer momento que daría una respuesta favorable al pedido y dispuso la tramitación de los expedientes de extradición de Machado y del ex general Alberto Herrera, jefe del Ejército  desde 1922 a 1933.

            Un grupo de policías  apareció en la casa de Machado en Nueva York  para llevarlo  detenido. Pero el ex dictador después de recibirlos y asegurarles que la persona que buscaban  no estaba en casa, se les escurrió delante de las narices, como un vulgar ratero, por la puerta principal.

 Orestes Ferrara, que había sido su embajador en EE UU y su ministro de Relaciones Exteriores y tenía vinculaciones estrechas con grandes monopolios norteamericanos, como el de los teléfonos y el telégrafo (ITT)  insistió en  que Machado se presentara al juicio migratorio. En un rapto repentino de antiimperialismo, Ferrara –un gran abogado- quería aprovechar el proceso para denunciar la injerencia de Washington  en los asuntos internos de Cuba. Machado no accedió. Le dijo: “Yo no hablo inglés, no sé de leyes, no soy orador ni conozco bien estos asuntos internacionales”. Por lo que prefirió buscar refugio en la República Dominicana, donde suponía gozar, como en efecto ocurrió,  de la  acogida de su compinche Rafael Leonidas Trujillo.

En un barquito tripulado por dos marineros emprendió la travesía. Pero aquella embarcación era un cacharro. Se rompía una y otra vez, lo que obligaba a la tripulación a tocar tierra  en busca de ayuda. Se averió  incluso frente a las costas de Cuba, pero esa vez los propios marineros lograron superar el inconveniente y Machado llegó al fin a su destino. 

El juicio de Herrera, también con Ferrara como  abogado defensor, sí se llevó a cabo, pero el juez determinó que no habría extradición. Machado volvió a entrar a EE UU por la frontera de Canadá y no pasó nada. Washington no devolvería en definitiva a quienes bien lo sirvieron.

EL PEINE DE GRAU

Siempre pensé que los presidentes electos llegaban al Palacio Presidencial perfectamente vestidos para la ceremonia trascendental de la trasmisión de poderes. Pero no.  Ramón Grau San Martín,  al menos, se arregló en el propio Palacio, todavía ocupado por Batista, en una habitación que se destinó para que lo hiciera. Era el 10 de octubre de 1944 y ambos mandatarios, el saliente y el entrante, con sus vicepresidentes respectivos,  debían encontrarse en el salón de  recepciones de la mansión  del  ejecutivo  a las 11:55 de la mañana.

            Grau, que era muy meticuloso en lo que se refería a su atuendo  personal, se vistió con esmero y ya de  chaqué  se dispuso a peinarse. ¡Horror! Había olvidado su peine en la casa de 17 y J, en el Vedado. Su sobrino Mongo, que lo auxiliaba, le ofreció el suyo y Grau comenzó a arreglarse el cabello. . De pronto su mano tembló, el peine cayó al piso  y el futuro presidente de la República, sin quitar los ojos del espejo,  dijo como para  sí mismo: “Esto no está bien”, antes de volverse, enérgico, hacía su sobrino y ordenarle que pidiese una escolta policial, fuera a la casa y le trajera su peine.

            El aludido, molesto, respondió:

            Muy bien, tío. Voy a la casa y traigo tu peine, aunque eso retrase la ceremonia. Pero antes de salir, me asomaré al balcón y gritaré a la multitud que deberá seguir esperando porque el doctor Grau no puede peinarse si no es con el peine que es el suyo.

            Grau, de golpe, pareció percatarse de lo ridículo de la situación. Sonrió.

            Perdóname, Mongo, creo que tengo mis prioridades un poco confundidas. Ayúdame a mantenerme en mi sitio para no sobrepasarme, dijo y terminó de peinarse con el peine ajeno, que había recogido del piso.

            Fue un solterón empedernido, lo que no quiere decir que no le interesaran las mujeres. Su gran amor –se sabe ahora- fue Enma Gueist, la enfermera norteamericana que lo atendió mientras estuvo hospitalizado, en EE UU, a causa de la tuberculosis que contrajo durante su estancia en el Presidio Modelo, donde guardó prisión por su oposición a Machado. Grau mantuvo  siempre discreta reserva sobre esa mujer, desconocida incluso para su propia familia, que por mera casualidad supo un día de su existencia.

            ¿Por qué no te casaste con ella?, preguntaron entonces. Respondió: Porque ella es protestante y yo, católico, y mi madre no hubiera permitido jamás un matrimonio entre nosotros. Así, yo preferí romperme el corazón antes de destrozar el corazón de mamá.

            La relación epistolar entre Grau y Enma se interrumpió  en 1965.

LA LECHE DE ZAYAS

 

No precisan los testimoniantes los detalles de aquella visita. Dicen que una comisión de estudiantes y trabajadores,  de la que formaba parte el líder universitario Julio Antonio Mella, acudió a visitar al presidente Alfredo Zayas a fin  solicitarle la excarcelación de un dirigente obrero.

            Zayas accedió a recibir a la comitiva, pero le pareció de mal tono aquella mezcolanza de obreros y estudiantes.  Aguardaban todos  a que  los hicieran pasar al despacho presidencial cuando uno de los edecanes anunció que el presidente los atendería  en dos grupos;  primero, a  los estudiantes, y luego a los obreros, y ya cara a cara   regañó a los primeros  por la juntera.

            Julio Antonio Mella le salió al paso y fue tan rotundo y convincente  en sus argumentos, que Zayas reconsideró su actitud y ordenó que hicieran pasar a los trabajadores que habían quedado fuera.

            En eso un sirviente de Palacio entró al salón con un vaso de leche para el primer magistrado.

            ¿Ustedes gustan?, dijo Zayas con cortesía, pero también con la seguridad de ninguno de los presentes aceptaría el ofrecimiento. Se equivocó pues de inmediato se dejó escuchar otra vez de Julio Antonio, que solía tomar  más de un litro de aquel alimento todos los días  y que para colmo  no había desayunado aquella mañana.

            Sí, gracias, dijo y se zampó de un tirón la leche del presidente de la República.

   

 

 

Un siglo de pintura cubana

Un siglo de pintura cubana

Ciro Bianchi Ross 

 

 

Hay siglos largos y siglos cortos. Siglos que comienzan a su hora y siglos que se anticipan o retrasan. El siglo XX comenzó tarde para la pintura cubana y acabó antes de tiempo pues durará a lo sumo unos sesenta años.  No hace su debut hasta 1927 cuando Víctor Manuel García (1897-1969) da a conocer su Gitana tropical, óleo que se tiene como el heraldo de la vanguardia en la plástica de la Isla. No es un retrato costumbrista ni tampoco el de una de esas damas elegantes que tanta fama dieron, entre los que podían pagarlos, a pintores como Menocal, Romañach y Valderrama. Víctor Manuel pintó a una mujer de pueblo, mestiza por añadidura, y hay en su obra un rechazo al arte oficial y a lo “aceptado”, que pone de manifiesto, al mismo tiempo, la repulsa del artista por la sociedad que le tocaba en suerte.

            No estaba Víctor Manuel solo en su empeño. Otros artistas quieren limpiar todo lo que hay de académico en temas y formas.  Las enseñanzas de los viejos maestros les parecen insuficientes y toman como referentes los modelos de la Escuela de París. Jorge Arche  y Arístides Fernández dotan a la retratística de una nueva función. Carlos Enríquez se empeña en construir su “romancero criollo” y con sus personajes, los guajiros de Abela y Gattorno y con  los tuberculosos de Ponce, los  tipos populares saltan del grabado al lienzo. El paisaje campestre no será solo armonía y exuberancia, sino reflejo además de la miseria humana, mientras que la visión de la ciudad se transforma, con Pogolotti, Hernández Cárdenas y Jorge Rigol,  para mostrar también fábricas, obreros, desempleados, gente corriente. Amelia Peláez va en sus naturalezas muertas a la búsqueda de elementos nacionales. Se abandonan los temas bíblicos y mitológicos y  los de una historia alejada en el tiempo y se da cabida a la realidad social. La alegoría, tan importante para la Academia, es suplantaba por los símbolos propios de nuestro mestizaje, con énfasis en lo africano. La jungla (1942) de Wifredo Lam es  la pieza más importante de esta temática y no son pocos los que la valoran como la obra cumbre de la pintura del Tercer Mundo.

            La frustración política llevará al repliegue, ya en los años 40,  la afirmación nacionalista de los pintores cubanos. Pierde vigencia el tema social y el artista se refugia en sí mismo. Explota el color y la línea se hace barroca. Mariano Rodríguez da inicio, en 1941 (El gallo pintado) a lo que sería su temática más constante y característica. René Portocarrero, infatigable, va de los interiores del Cerro a la mitología imaginaria para perpetuar, con sus Floras, una visión personalísima de la cubana y ofrecer, con sus ciudades, un mundo pletórico de habaneridad. Sobresalen por su imaginación desbordada Luis Martínez Pedro y, por su rica inventiva, Roberto Diago. Experimentadores son Sandú Darié, rumano avecindado en La Habana, y Loló Soldevilla. Los Arlequines de Mario Carreño entusiasman a Pablo Picasso.

            Los Once aparecen en 1953. No son un grupo; no dan a conocer ningún manifiesto. Son Los Once porque ese es el número de artistas (Antonio Vidal, Fayad Jamís, Raúl Martínez, Salvador Corratgé…) que presentaron de conjunto sus obras  en la galería de arte de un centro comercial habanero. Su técnica es la abstracción. Para ellos solo cuentan los valores plásticos, sin referencia alguna al mundo circundante. En esa época lo abstracto permeará la plástica cubana, los contornos tienden a borrarse y se hacen resaltar el color y la línea. Con Antonia Eiriz y sus figuras grotescas irrumpe el expresionismo abstracto y gana a algunos pintores que, como Mariano, parecían haberse anclado en lo figurativo. Es surrealista la pintura de Acosta León, y Samuel Feijóo encabeza una escuela de pintores populares.

            El triunfo de la Revolución sacude a la plástica cubana. Vuelve la retratística, ahora con los rostros de héroes y mártires. Campesinos y obreros aparecen triunfantes en los óleos de Cabrera Moreno, Adigio Benítez y Carmelo González. Raúl Martínez se vale del pop para reiterar la imagen del pueblo. Hay intentos de pintura mural y proliferan los grabadores (Lesbia Vent, Canet, Peña…). Con Benito Ortiz y Jay Matamoros se reafirma lo naif.  Maestros como Portocarrero prosiguen, con nuevos bríos, su quehacer incesante, y Mariano añade al sensualismo de sus desnudos y sus frutas  un personaje hasta entonces ignorado, las masas.

            Todo un sistema de enseñanza artística se establece en Cuba después de 1959. Los resultados de ese esfuerzo comenzarán a advertirse ya en la década del 80. Y en fecha tan temprana empieza a nacer ya, en nuestra pintura, el siglo XXI.

           

           

 

Árabes en Cuba

Árabes en Cuba

Ciro Bianchi Ross

 Si los moriscos españoles dejaron una huella singular en la arquitectura colonial cubana -patio central, arcadas, techos de alfarje, lucetas, mosaicos y azulejos- la cultura árabe durante la República se asimila a la cubana y  no deja una huella visible. Se calcula que  hoy en la Isla la colonia árabe la conforman,  entre originarios y descendientes, unas 50 mil personas. Hay en La Habana una Casa de los Árabes, que atrapa el trazo de esa cultura y algunos restaurantes que se afanan por recrear la atmósfera de Las mil y una noches.

            Fue Antón Farah el primer árabe que llegó a Cuba con el propósito de asentarse en estas tierras. Lo hizo en 1879 y abrió un camino que hasta 1936 siguieron unas 40 mil personas, hombres fundamentalmente que, en lo esencial, se dedicarían al comercio, con preferencia al de los tejidos y las sedas que importaban de sus regiones de origen. Algunos, muy pocos, consiguieron establecer  almacenes y casas importadoras; los más, se las pasaron de vendedores ambulantes y ponían una nota pintoresca en las principales ciudades cubanas. Otros se dedicaron a la joyería. El libanés Isaac Estéfano, vendió al Estado cubano, en los años 20, el brillante que en el Capitolio de La Habana marcaba el kilómetro cero de todas las distancias del país. La gema en cuestión había sido parte de una de las coronas de Nicolás II, último zar de Rusia. Un notable poeta cubano ya fallecido, Fayad Jamís, tenía ascendencia árabe;  sus amigos le llamaban El Moro, que es como se llama aquí familiarmente a árabes y descendientes. Pedro Kourí es una de las glorias de la medicina cubana. Su hijo Gustavo dirige el Instituto de Medicina Tropical, de La Habana,  que lleva su nombre y cuyo quehacer se reconoce internacionalmente.  Se trata de una familia que, a través del tiempo,  dota a la salud cubana de nombres muy ilustres.  Una familia descendiente de árabes   se atribuye la paternidad de la guayabera, prenda nacional de Cuba, y aunque no parece que sea cierto, sin duda debe haber contribuido a conformar esa camisa que es sinónimo de elegancia y comodidad.   También de ese origen era Jorge Nayor, cabeza pensante y  protagonista del sonado asalto al Royal Bank de Canadá en La Habana de 1947; el mayor robo de dinero en efectivo que registra la historia de Cuba.

            A diferencia de los chinos, que tuvieron y tienen su barrio en la capital cubana, no existió nunca aquí un barrio árabe. Para residir los arabófonos buscaron lugares que les recordaran en algo aquellos sitios de donde provenían. La populosa calzada de Monte, una de las arterias comerciales habaneras más movidas, y sus inmediaciones fueron el centro de sus preferencias.

            Los hombres solos casaron con cubanas y muy pocos mantuvieron su fe. Se hicieron católicos y contrajeron matrimonio y bautizaron a sus hijos según el ritual de esa iglesia. Muchos de los libaneses que se radicaron en Cuba eran cristianos de la vertiente maronita, y eso motivó que en la década de los  40 del siglo pasado la imagen de San Marón  se emplazara en una parroquia católica habanera en la que, por otra parte, oficiaban sacerdotes libaneses.

            Muchos de aquellos emigrantes castellanizaron sus nombres tras la llegada a Cuba, y, por lo general, no enseñaron su lengua a los hijos cubanos. Crearon sus sociedades y tuvieron sus periódicos en árabe o en español y árabe. Y se empeñaron, ellos y sus descendientes, en mantener sus tradiciones culinarias, sin mistificaciones.

            Porque si cocinas como la española y la italiana se adaptaron al paladar cubano, la cocina árabe mantiene, o intenta mantener, su pureza. Cuando se habla de cocina árabe en Cuba se alude, en lo esencial, a las cocinas libanesa, siria y palestina, por ser esas nacionalidades las más ampliamente representadas, aunque se conocen y elaboran platos egipcios, libios e iraquíes, entre otros.

            Es una cocina que no se ha popularizado. Pervive en los hogares de los árabes y sus descendientes que siguen elaborando sus platos según recetas trasmitidas de madres a hijas y con el empleo del llamado condimento árabe –mezcla de canela, nuez moscada, pimienta dulce y clavo de olor- y no con las especias que cubanizan la cocina.

            Hay, justo es reconocerlo, un verdadero empeño porque esa cocina no muera en Cuba, lo que podría suceder, sin remedio, si se tiene en cuenta que la colonia no ha recibido en los últimos años golpes sustanciales de emigrados que la fortalezcan; más bien se ha despoblado. De ahí que resulten encomiables los esfuerzos de la Unión Árabe por preservarla.

            Como no hay regla sin excepción, las circunstancias obligan a algunas adaptaciones, mínima a veces, pero adaptaciones al fin. Tal es el caso del empleo del maní en sustitución de la almendra y el pistacho, no siempre fáciles de conseguir ahora; la falta de algunas semillas, que se intenta remediar como se pueda, y la suplantación de los garbanzos por los chícharos en el hummus, que se elabora aquí, y esa es otra adaptación, con salsa mayonesa. 

             

  

Pablo Neruda en la Habana

Pablo Neruda en la Habana

Ciro Bianchi Ross

 En una carta que el 29 de julio de 1940 Delia del Carril –esposa entonces de Pablo Neruda- dirigió al ensayista cubano Juan Marinello, le dice que las circunstancias había desbaratado a Pablo “el plan de pasar por La Habana”, aunque “de todas formas tiene el firme propósito de ir”. El matrimonio viajaba hacia México, donde el poeta asumiría el cargo de Cónsul General de Chile y una vez en ese puesto, escribe Delia, le resultaría muy difícil viajar sin un motivo plausible. Es por eso que pide a Marinello que los amigos cubanos se acercaran al subsecretario de Relaciones Exteriores chileno, a la sazón en la capital de la Isla, o al embajador de ese país “y le hagan saber vuestro deseo de que Pablo os haga una visita”. Añade que el poeta “está adelantando bastante su Canto general y que no te escribe personalmente y me ha dejado a mí ese placer” porque “tiene que mandar una serie de cartas imprescindibles a Chile, latosas y desagradables” y aprovechará –la pareja viajaba en barco- el correo aéreo de Lima.

            Esa carta manuscrita, que obra en los fondos de la Biblioteca Nacional de La Habana y cuya lectura resulta difícil, sobre todo la cuartilla inicial, por lo desvaído de la tinta, lleva una posdata del propio Neruda. “Me muero de ganas de ir a Cuba”, dice a Marinello, y pide que en su nombre salude a Wenceslao Roces, traductor de Marx al español, al poeta español  Manuel Altolaguirre, a los cubanos  Nicolás Guillén,  Francisco y  Félix Pita Rodríguez y  Emilio Ballagas. Añade enseguida: “Y en particular a toda La Habana menos al viejo cabrón de Juan Ramón Jiménez”.

ANTERIOR, TURBULENTO, CERRADO, SOMBRÍO

Existía entre Neruda y Juan Ramón una vieja rencilla que el tiempo había recrudecido. Las desavenencias entre el chileno y el autor de Platero, a quien Neruda suponía todavía en La Habana, venían de atrás. Si Juan Ramón toleraba Veinte poemas de amor, quizás porque en los textos que lo conforman creyó descubrir su influencia, no toleraba ese otro gran libro de Neruda que es Residencia en la tierra. Para remate, el poeta de Moguer se hacía eco de la acusación de plagio que cierta vez se formuló contra Neruda: uno de los Veinte poemas… -el 16-, se decía, tenía un parecido sospechoso con “El jardinero”, de Tagore –escritor hindú que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1913- traducido al español por la esposa de Juan Ramón.

            A partir de ahí la polémica se agrió y la artillería gruesa y el fuego graneado del autor de Diario de un poeta recién casado hicieron blanco no solo en Neruda, sino en otros escritores latinoamericanos y españoles. Hasta García Lorca cogió su ramalazo. Decía Juan Ramón después del estreno de Mariana Pineda: “¡Lorca! ¡Pobre Lorca! ¡Está perdido!”. Y de Bodas de sangre, obra que aseguraba no haber visto, afirmaba que no pasaba ser cosa de zarzuela.

            Pero sería precisamente en La Habana –vivió aquí desde noviembre de 1936 hasta enero de 1939- donde “el andaluz universal” concebiría y escribiría su gran ataque a Neruda. Lo llamó “un gran mal poeta, un gran poeta de la desorganización… torpe traductor de sí mismo y de los demás, un pobre explotador de sus filones propios y ajenos, que a veces confunde el original con la traducción. Un abundante descuidado escritor realista de desorbitado romanticismo”.

            Estos antecedentes son los que motivaron la expresión de Neruda sobre Juan Ramón en su carta a Marinello. “Choque de dos poesías, de dos filosofías, de dos generaciones, de dos personalidades… de dos continentes”, apunta Volodia Teitelboim en su biografía del poeta chileno.

            Pasó el tiempo. La estancia en América, que tanto influyó en su poesía, hizo nacer en Juan Ramón otra manera de ver las cosas de nuestro continente y de su propia España, y en 1942 publicó en la revista Repertorio Americano, de San José de Costa Rica,  su “Carta abierta a Pablo Neruda”. Ofrecía en ella su nueva visión de la poesía del chileno, aunque advertía, de entrada, que nunca retiraba una opinión anterior, sino que la modificaba. Decía: “[…] Es evidente ahora para mí que usted expresa con tanteo exuberante una poesía hispanoamericana general auténtica, con toda la revolución natural y la metamorfosis de vida y muerte de este continente […] Y el amontonamiento caótico es anterior al necesario despejo definitivo, lo prehistórico a lo poshistórico, la  sombra turbulenta y cerrada a la abierta luz mejor. Usted es anterior, prehistórico y turbulento, cerrado y sombrío […]”

            Neruda no fue insensible a esa manera juanramoniana de ver su poesía y escribió al andaluz “la profunda emoción con que leí sus líneas, que con su sinceridad agrandan la admiración que por su obra he sentido durante toda mi vida”.

EN CUBA

 

Precisamente en ese año de 1942 estaba Pablo Neruda en La Habana por primera vez. El gran poeta comunista había sido invitado a venir a la Isla por un escritor católico, José María Chacón y Calvo, entonces al frente de la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación. En la Academia Nacional de Artes y Letras dictó varias conferencias –dos de ellas sobre Francisco de Quevedo- y evocó, dice Teitelboim, “por primera vez en América al Correo Mayor de Su Majestad, don Juan de Tassis, conde de Villamediana, el enamorado de la Reina, que un día incendia las cortinas del escenario de Palacio a fin de tener pretexto para huir con la alta amada prohibida en brazos”.

Testigo de excepción de aquellas conferencias es la poeta Fina García Marruz, galardonada este año con el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda. Aún recuerda aquella tarde de marzo de 1942 cuando lo escuchó recitar los sonetos de amor y de muerte de Quevedo Fue la única vez que vio en persona al gran poeta chileno y lo evoca ahora mientras recorría la sala de un extremo a otro y decía los versos de memoria, “sin aquella voz declamatoria que adquirió después y hemos escuchado por la televisión”. Neruda entonces, precisa, “aspiraba la última sílaba, pero mucho más débilmente que Gabriela Mistral”. Como toda su generación, Fina se entusiasmó con Veinte poemas de amor y una canción desesperada, “un clásico del romanticismo americano, que no era de escuela, sino de esencias” porque “venía del romanticismo libertario”. Y leyó con gusto otros poemarios de Neruda como Crepusculario y Tentativa del hombre infinito, pero sobre todo Residencia en la tierra, libro focal en  la poesía  del continente.

            Volvió Neruda en 1949 ó 1950 por unas pocas horas. Regresaba a México procedente de Europa –había asistido a un congreso por la paz en París y a los festejos por el sesquicentenario de Puccini, en Moscú- y el avión en que viajaba hizo escala en La Habana a causa de una falla técnica. Perseguido en Chile después de la traición del presidente González Videla al Frente Popular, el entonces senador Pablo Neruda era “el poeta errante”, como le llamó el periodista Enrique de la Osa en una nota que publicó en la sección “En Cuba”, de la revista Bohemia.

            Cuando regresó a La Habana por última vez, a fines de 1960, traía Neruda los poemas de Canción de gesta, el primer libro –se ufanaba por ello- “que un poeta en cualquier parte del mundo hubiera dedicado a la Revolución Cubana”. Un poemario que se cierra con una “Meditación sobre la Sierra Maestra” que es también suma y compendio de la vida del poeta en esa hora auroral. En esa visita, en la Plaza de la Revolución, ante un millón de personas, leyó el chileno, con su entonación peculiar, su  canto “A Fidel Castro”.

            Su amor a la Revolución Cubana, su fidelidad, no se enturbiaron por aquellos “dolorosos malentendidos” de 1966 cuando escritores cubanos, en carta abierta, enjuiciaron “su actividad poética, social y revolucionaria”, según comentó el propio Neruda. El poeta, ofendido, respondió con acritud. Sin embargo, el incidente no hizo que decayeran sus simpatías hacia Cuba y su Revolución. Lo dice explícitamente en Confieso que he vivido, su libro de memorias: “Un punto negro, un pequeño punto negro dentro de un proceso, no tiene gran importancia en el contexto de una causa grande. He seguido cantando, amando y respetando la Revolución Cubana, a su pueblo, a sus nobles protagonistas”.

El déspota en fuga

El déspota en fuga

Ciro Bianchi Ross

 

Sin ley, autoridad ni orden La Habana ardía el 12 de agosto de 1933 mientras que el dictador Gerardo Machado, que había renunciado a la Presidencia de la República el día antes, aguardaba, en su finca Nenita, la hora de la fuga, y su sustituto, el general Alberto Herrera, antes de esconderse en el Hotel Nacional, designaba secretario de Estado a Carlos Manuel de Céspedes, hijo del Padre de la Patria, a fin de allanarle el camino hacia la Presidencia. La multitud arrasaba las viviendas de los machadistas y ajusticiaba o ponía presos a los que encontraba a su paso. Había gritos de muerte, incendios, disparos… En medio de ese aquelarre, Céspedes, el hombre de la embajada norteamericana, la rueda de repuesto del carro de la injerencia, que había sido ministro y embajador de Machado, se empeñaba en que el Congreso lo proclamara Presidente. Pero ¿a qué congresistas convocar a esa hora en la que ellos también se escondían como ratas? Al fin, cuatro senadores y siete representantes a la Cámara lograron darse cita en el Hotel Nacional y asumiéndose con la mayoría suficiente reformaron a la carrera la Ley Orgánica del Poder Ejecutivo y proclamaron a Céspedes antes de volver a sus escondites respectivos. A las 12 horas,  veintiuna salvas de artillería saludaban, desde la fortaleza de la Cabaña, al nuevo mandatario que juraría su cargo, sin embargo, al día siguiente en un Palacio Presidencial que no ocultaba los estragos que ocasionó en su interior la “visita” que el pueblo le había hecho.

            Cuba tenía un nuevo presidente, que lo sería solo por veinte y tres días, pero aún Machado estaba en el país. A las 3:20 de la tarde del propio día 12, el dictador, en su automóvil, un Lincoln  blindado, llegaba al aeropuerto de Rancho Boyeros. Lo acompañaban funcionarios del régimen depuesto y el brigadier Antonio Ainciart, jefe de la Policía, todos bajo la protección de la escolta presidencial al mando de un capitán apodado Colinche, a las órdenes de Machado desde los días de la Guerra de Independencia (1895-98). Pero no todos pudieron abordar el avión de seis plazas que Benjamín Sumner Welles, embajador de Estados Unidos en La Habana, dispuso para la fuga, un Sikorski N. M., anfibio, de color negro, perteneciente a la Pan American Airways y con tripulación norteamericana.  Con el déspota subieron a la pequeña aeronave el ex alcalde de La Habana Pepito Izquierdo, los ex secretarios de despacho Octavio Averhoff, de Hacienda, y Eugenio Molinet, de Agricultura, y los capitanes Vila y Crespo Moreno, un asesino que se pegó como una lapa al dictador. Cuando el avión alzó vuelo con destino a Nassau quedaron en la pista Carlos Miguel de Céspedes, ex secretario de Educación, el brigadier Ainciart, el guardaespaldas Colinche y, entre otros parlamentarios, el senador Wifredo Fernández, aquel que en un acto supremo de adulonería dijo una vez a Machado: “Gerardo, ha comenzado tu milenio”.

ESCALA EN ANDROS

No parece que el viaje a Nassau obedeciera a una determinación de última hora. Machado se había asegurado del trato que le dispensarían las autoridades coloniales británicas en las Bahamas. Lo cierto es que una representación de estas aguardó su arribo en la noche del 12 de agosto, pero el ex presidente llegó a Nassau el 13, lo que quiere decir que las cinco horas previstas para el vuelo desde La Habana se convirtieron en 15.

 En el alud informativo que provocó en Cuba la caída de la dictadura poco espacio hubo en la prensa nacional de entonces para los detalles de la fuga. Los pormenores los ofreció el diario Daily Tribune, de Nassau. A causa de la oscuridad y de una pequeña avería, el avión tuvo que amarizar sobre las siete de la tarde cerca de Nicholls Town, en la isla de Andros, donde los fugitivos pasaron la noche sin salir de la aeronave anfibia. Al día siguiente, a las 5:30, reparado el desperfecto, el aparato cobró altura y poco después amarizó en la base de la Pan American, en Nassau. La llegada, infrecuente a esa hora, provocó la sorpresa de funcionarios y empleados de la aerolínea, y llamó su atención porque el avión no se acercaba al punto de desembarque. Un inspector de Aduanas y el médico del puerto se dirigieron entonces hasta el anfibio y regresaron en compañía de Crespo Moreno, que se identificó como el secretario privado del ex presidente de Cuba y pidió que se abreviaran los trámites para llevar a tierra a los pasajeros del Sikorski, solicitó dos automóviles para moverse hacia un hotel y explicó que todos necesitaban ropas presentables.

Aunque nada dice al respecto la información del Daily Tribune, imagina el autor de esta página que la noche incierta pasada en el mar, encerrados en un avión, debió haber provocado abundantes y reiteradas aguas menores y mayores en los fugitivos. Viajaron sin equipaje, y la Aduna les retuvo los cinco revólveres que portaban. Los capitanes Vila y Crespo manipularon ocho saquitos de lona, pesaditos. En ellos iba la fortuna de Machado, en oro. La depositarían en un banco local. Muchos años después todavía se decía en esa ciudad: Nunca hubo tanto oro en Nassau como cuando vino Machado.

El dictador se instaló en la suite 119 del hotel Royal Victoria y pidió protección policial. Ordenó té y whisky y se acostó a dormir. Luego del descanso, hizo declaraciones a la prensa y ensalzó en ellas su obra de gobierno. Al día siguiente recibió al cónsul de Cuba en Bahamas y le dijo una de esas frases que los mandatarios en desgracia quieren hacer pasar de contrabando a la historia: “Ya no soy tu presidente. La posteridad dirá si fui bueno o malo como cubano y como jefe de Estado”. Esa misma tarde, con ropas nuevas, hizo una visita de cortesía al Gobernador colonial.

Machado estuvo muy poco tiempo en Nassau. En 5 de septiembre de 1933 escribió al presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt desde el hotel Mount Royal, de Toronto, Canadá, para quejarse del mal trato que le dio el embajador Sumner Welles en La Habana, y Roosevelt le respondió que el diplomático siguió las instrucciones de su gobierno. El 26 volvió a escribirle a fin de que interpusiera sus buenos oficios con las autoridades cubanas que habían creado los Tribunales de Sanciones para juzgar a los machadistas. El presidente norteamericano le contestó con cortesía, pero le dio el esquinazo.

FINAL

 

Carlos Miguel de Céspedes, que nada tiene que ver con el otro Céspedes de esta historia, salió de Cuba,  tras la fuga de Machado,  en un barco, con la ayuda de un pescador al que apodaban Picúa. Ainciart se suicidó para evadir la vendetta popular y aun así los estudiantes intentaron colgar de un poste, frente a la escalinata de la Universidad de La Habana, su cadáver completamente desnudo. Wifredo Fernández se privó de la vida estando preso ya en la Cabaña. Crespo Moreno murió en Santo Domingo donde, por recomendación de Machado, estuvo a las órdenes del sátrapa Rafael Leónidas Trujillo.  A Colinche se le perdió el rastro; nunca más volvió a saberse de él después de aquel 12 de agosto.

            Hacia 1937, al amparo del coronel Batista, jefe entonces del Ejército cubano, los machadistas comenzaron a regresar a la Isla. Volvieron Molinet y Averhoff, que recuperó sus propiedades, incluido su célebre castillo de las afueras de La Habana, pero se mantendría a la sombra hasta 1960, en que volvió a desaparecer. Carlos Miguel sí se reinsertó en la política y aunque se vio frustrado en sus aspiraciones de conquistar la alcaldía  habanera, murió en 1954 como Senador de la República. Reconstruyó Villa Miramar –donde hoy se halla el restaurante 1830- arrasada por el pueblo en 1933, y cedió a la Iglesia Católica los terrenos en los que se edificó el bellísimo templo del Corpus Christi. El arrogante Pepito Izquierdo, que lo perdió todo, terminó sus días como empleado de una bolera.

Machado, al igual que muchos de sus partidarios, logró entrar en Estados Unidos. El gobierno cubano  solicitó  la extradición de todos ellos y aunque Washington en definitiva no los devolvió, pareció en un primer momento que daría una respuesta favorable al pedido y dispuso la tramitación de los expedientes de extradición de Machado y del ex general Alberto Herrera, jefe del Ejército  desde 1922 a 1933.

            Un grupo de policías  apareció en la casa de Machado en Nueva York  para llevarlo  detenido. Pero el ex dictador después de recibirlos y asegurarles que la persona que buscaban  no estaba en casa, se les escurrió delante de las narices, como un vulgar ratero, por la puerta principal.

 Orestes Ferrara, que había sido su embajador en EE UU y su ministro de Relaciones Exteriores y tenía vinculaciones estrechas con grandes monopolios norteamericanos, como el de los teléfonos y el telégrafo (ITT)  insistió en  que Machado se presentara al juicio migratorio. En un rapto repentino de antiimperialismo, Ferrara –un gran abogado- quería aprovechar el proceso para denunciar la injerencia de Washington  en los asuntos internos de Cuba. Machado no accedió. Le dijo: “Yo no hablo inglés, no sé de leyes, no soy orador ni conozco bien estos asuntos internacionales”. Por lo que prefirió buscar refugio en la República Dominicana, donde suponía gozar, como en efecto ocurrió,  de la  acogida de  Trujillo.

En un barquito tripulado por dos marineros emprendió la travesía. Pero aquella embarcación era un cacharro. Se rompía una y otra vez, lo que obligaba a la tripulación a tocar tierra  en busca de ayuda. Se averió  incluso frente a las costas de Cuba, pero esa vez los propios marineros lograron superar el inconveniente y Machado llegó al fin a su destino. 

El juicio de Herrera, también con Ferrara como  abogado defensor, sí se llevó a cabo, y el juez determinó que no habría extradición. Machado volvió a entrar a Estados Unidos  por la frontera con  Canadá y no pasó nada. Washington no devolvería en definitiva a quienes bien lo sirvieron.

Allí murió. En Miami, en marzo de 1939, mientras su médico de confianza, que hizo viajar desde La Habana, lo sometía a una intervención quirúrgica. En los años 40 el Congreso de la República dispuso que sus restos nunca pudieran ser traídos a Cuba.

 

           

           

           

Tragedia en La Suiza

Tragedia en La Suiza

Ciro Bianchi Ross

Las versiones acerca del suceso difieren en su esencia. Unos dicen que Enrique Villuendas accedió a que registraran su habitación, y otros, que se negó porque su condición de parlamentario hacía inviolables su persona y su domicilio. Algunos aseveran que la Policía buscaba pretextos para sorprenderlo in fraganti y detenerlo, y otros son de la opinión que las autoridades aprovecharían el registro para inculparlo por tenencia de explosivos, que “sembrarían” convenientemente en el lugar. Para unos, fue un incidente casual. Para otros, un hecho premeditado. A Enrique Villuendas, joven Representante a la Cámara de filiación liberal, le cazaron la pelea en la ciudad de Cienfuegos y se lo llevaron en la golilla.

Corría el año 1905 y el presidente Tomás Estrada Palma, instigado por el ejecutivo del Partido Moderado, decidió ir a la reelección. Para garantizarle el triunfo su Gabinete de Combate pareció no deparar en obstáculos: perseguía sin tregua a los liberales y encarcelaba a figuras prominentes de ese partido, ocupaba ayuntamientos y deponía a alcaldes y concejales y cesanteaba a funcionarios públicos que no fuesen afines al gobierno, mientras que la prensa, según su tendencia liberal  o moderada, difundía noticias carentes a veces de fundamento, pero que inflaman los ánimos de sus seguidores... Llegó así el mes de septiembre. El día 23 se celebrarían en todo el país elecciones para constituir los colegios electores. En Cienfuegos, el senador José Antonio Frías asumía la dirección de la política gubernamental, y Villuendas dirigiría la oposición, pero el 22, a las 11 de la mañana, Villuendas estaba muerto y un día después los moderados copaban los colegios y se aseguraban la victoria en los comicios generales del primero de diciembre.

 

RONDA LA MUERTE

En la Guerra de Independencia Villuendas ganó los grados de coronel con solo 21 años de edad. Comandó durante la contienda el Regimiento Castillo, que combatió a las órdenes de José Miguel Gómez. A los 24 años resultó electo miembro de la Asamblea que redactó la Constitución de 1901 y tenía 26 cuando ocupó un escaño en la Cámara. Abogado. Gran orador. Tenía una agradable presencia física y una simpatía que desbordaba. José Miguel lo quería como a un hijo.El 22 de septiembre, tres horas antes de que lo asesinaran, Villuendas escribía al caudillo liberal: “Pude convencerme que tanto en el tren por la mañana como en el Correccional por la tarde, se trataba de un complot contra mi vida tramado por Frías. Cuando nos veamos le contaré todo esto. El que había de matarme es un mulato, Mantilla, que oportunamente se encasquilló y dijo que por 20 centenes no se exponía a que yo lo matara a él. El de por la tarde era el propio Illance, que me encañonó con su revólver a dos pasos de distancia...”Sobre esto, en su edición del día 21, el periódico La Lucha  (liberal) daba a conocer una nota de su corresponsal en Cienfuegos: “Esta tarde, celebrándose el juicio correccional en que Villuendas defendía al activo propagandista liberal José Fernández (Chichí) acusado falsamente de injuriar a la policía se formó un fuerte escándalo por parte de agentes de la autoridad al mando de los jefes Illance, Cueto, Ruiz, Soto y otros. Entraron estos, revólver en mano, en el juzgado correccional desalojando a todo el mundo y apuntando contra Villuendas, quien estuvo admirable de valor y sangre fría...”El propio día 21, La Discusión, diario rabiosamente gubernamental devolvía la pelota: “En vísperas de las elecciones para los colegios cuando parece asegurado el triunfo del Partido Moderado por su fuerza en la opinión y brillante organización política, los liberales de Cienfuegos quieren perturbar la tranquilidad a fin de dificultar la lucha legal en los comicios. La policía municipal de Cienfuegos ha ocupado una bomba que según se dice fue puesta con el objeto de atentar contra la vida del señor Frías”.

Porque violencia hubo, en verdad de parte y parte. Hoy se sabe que fueron Villuendas, Carlos Mendieta y Orestes Ferrara los que instaron a que se redujese a cenizas el Ayuntamiento de Vueltas para evitar así que fuera ocupado por la comisión del gobierno que depondría a su alcalde.

 

LA TRAGEDIA

 

En el Hotel La Suiza, sito en la calle San Carlos número 103, a media cuadra del Parque Central cienfueguero, encontró la muerte Enrique Villuendas. Ocupaba la habitación número uno de esa instalación hotelera.La Discusión relató los hechos de esta manera: “Con noticias la policía de que en el hotel La Suiza, donde se alojaba el señor Villuendas, se encontraba un depósito de armas, se procedió a practicar un registro. Al subir el señor Illance, que mandaba la fuerza pública, las escaleras del hotel, fue agredido brutalmente por un grupo de liberales, quienes dispararon sobre él sus armas, dándole muerte. Envalentonados por ese hecho atacaron enseguida a la fuerza pública, que se vio precisada a repeler la agresión, haciendo una descarga sobre el grupo que la asaltaba, viéndose caer entre varios heridos al representante liberal Enrique Villuendas, que resultó muerto”.La realidad fue bien distinta, aunque sin duda los primeros disparos partieron del grupo liberal. El jefe Illance, en compañía de dos vigilantes, se personó en La Suiza y pidió a Nicanor Sánchez, dueño del hotel, que lo condujera a la habitación de Villuendas. Tenía lugar allí la reunión del comité municipal del Partido Liberal y Villuendas ante la llegada de Illance pidió a los reunidos que abandonaran el local. Dice Horacio Ferrer, que arribó a Cienfuegos horas después del incidente y que conversó con figuras de uno y otro bando, que Villuendas, pese a su inmunidad, se dispuso a autorizar que registraran su habitación.Cuéllar Vizcaíno, en cambio, afirma que se negó al registro. Comprendió Illance los derechos del Representante a la Cámara y pidió al vigilante Parets que lo hiciera constar así en la diligencia. Parets se dispone a redactar el documento y requiere la presencia de un testigo. Se llama a Nicanor Sánchez, pero este se niega porque, aduce, no sabe leer ni escribir y dice que enviará de inmediato a un hombre de confianza.En eso sale de la habitación número dos José Fernández, conocido por Chichí. Se enfrenta cara a cara con Illance y sin pensarlo dos veces lo fulmina. Parets, que está ocupado en la redacción del documento, saca entonces su revólver, pero Villuendas se le echa encima y se enfrascan en una lucha cuerpo a cuerpo. Chichí dispara contra Parets y lo hiere. Sube el vigilante Andrés Acosta que, por órdenes de su jefe, había quedado apostado en el vestíbulo del hotel y Chichí le atraviesa el pecho con un balazo. Quiere Acosta repeler la agresión, pero ya Chichí está fuera de su alcance y acude a donde todavía forcejean Parets y Villuendas. Dispara y el parlamentario muere en el acto.“Si un espectador hubiera estado con reloj en mano tomando el tiempo, no hubiera contado un minuto desde que sonó el primer tiro contra Illance al último que privó de la vida a Villuendas”, escribe Horacio Ferrer en su libro Con el rifle al hombro. Dice además: “Según a mí se me informó, era lo convenido que mientras Parets iniciara el acta de constitución en el hotel, debía llegar un oficial de la policía con dos bombas de dinamita que aparecerían encontradas en el aposento de  Villuendas”, y se acusaría así al parlamentario de querer volar el cuartel de la Policía.El cadáver, denunció Sanguily en el Senado, fue arrastrado por los pies escaleras abajo y la cabeza repicó, como una campana fatídica, de escalón en escalón. Dicen que la muerte de Villuendas no estaba en los cálculos de Frías, que quería, sí, apartarlo de la lucha comicial del día siguiente. Sin embargo, Frías no se cansó de proclamar a los cuatro vientos que él había ordenado la ejecución. De todas formas, a su regreso a La Habana, Estrada Palma lo recibió como a un héroe en el Palacio Presidencial.(Fuentes: Con el rifle al hombro, de Horacio Ferrer, y Doce muertes famosas, de Manuel Cuéllar Vizcaíno. Con documentación de Gonzalo Sala)

Leyendas de Camagüey

Leyendas de Camagüey

 Ciro Bianchi Ross  

Catorce mujeres, entre ellas la esposa del alcalde de la villa y las dos hermanas del cura de la parroquial mayor, fueron secuestradas en Puerto Príncipe por el filibustero francés Francis Granmont que pidió rescate por ellas. Corría el año de 1679. Granmont, que había desembarcado en La Guanaja, en la costa norte de Camagüey, pudo llegar sin que lo advirtieran, al frente de sus 600 hombres, hasta La Matanza, en las inmediaciones de la cabecera del territorio, pero allí los descubrió el cura Francisco Garcerán que regresaba de un paseo campestre y huyó como alma que lleva el diablo cuando quisieron echarle garra. A todo galope entró en Puerto Príncipe y anunció la presencia del enemigo, lo que permitió a la vecinería ponerse a buen recaudo con lo más valioso de sus pertenencias. Fresca estaba todavía en la memoria de los principeños el asalto del corsario británico Henry Morgan que en 1668 saqueó con sevicia la ciudad, quemó sus archivos y asesinó a muchos de sus moradores, mientras que otros morían de inanición encerrados en las dos iglesias con las que entonces contaba la primitiva Camagüey. Pese a que no hubo allí objeto de valor que se salvara de la rapacidad de Morgan hubo que darle, para que se fuera, los 50 000 pesos que se recolectaron a duras penas, suma esa que le pareció ridícula al corsario, ya que no le bastaba, dijo, para pagar deudas, y 500 reses saladas que hubo que cargarle a hombros hasta donde aguardaba su flotilla.

 Esta vez no sucedería lo mismo, pero los fusileros de Granmont lograron capturar a un grupo de principeños, entre ellos las 14 mujeres, con los que pensó buscar una salida negociada. Porque a esa hora el capitán francés se había percatado de que Puerto Príncipe era mayor de lo que pensaba y que el número de habitantes superaba sus cálculos. Temía el contraataque y fue por eso que hizo saber a las autoridades de la villa que estaba dispuesto a devolver a los rehenes e incluso el magro botín que había conseguido a cambio de que lo dejaran marcharse en paz.

 

 EL VALOR Y LA HONRA

 Y ahí fue donde el alcalde se paró en 31 a pesar de tener a su esposa prisionera o quizás por lo mismo. Lleno de arrogancia y confiado en el coraje de sus hombres hizo saber al pirata “que si por la presa de las mujeres presumía que él y su pueblo habían de admitir pláticas y capitulaciones ignominiosas, vivía engañado porque, aunque se las llevasen a todas y la primera la suya, no cedería un punto del valor y la honra de la nación española”. Los franceses, sabiendo ya a qué atenerse, pusieron rumbo a La Guanaja, donde dejaron sus naves, y para protegerse colocaron a las mujeres como escudo en la vanguardia de la tropa. Poco importó eso a los principeños y atacaron a los filibusteros a la altura de la Sierra de Cubitas. Un combate con bajas cuantiosas de parte y parte y que la fusilería decidió a favor de los franceses que llegaron al fin a sus barcos y subieron las mujeres a bordo. Lo que hasta ese momento fue gallardía en los criollos se convirtió en llanto y crujir de dientes. No les quedó más remedio que juntar el crecido rescate que Granmont exigía por las cautivas, y, aunque el cura empeñó las lámparas de la iglesia parroquial, el tesoro tuvo que recolectarse moneda a moneda durante treinta largos días en los que los hombres estaban aquí y las mujeres allá. Recaudaron así una cantidad satisfactoria, la entregaron al pirata y este dispuso que volvieran a tierra las prisioneras.

¿Qué pasó en los barcos con las principeñas a bordo? No se sabe. Las mujeres no lo contaron y los hombres prefirieron pensar que aquellos piratas por muy piratas que fueran eran también caballeros y que como tales se comportaron. Volvieron, asegura el obispo Morell de Santa Cruz en su libro La visita eclesiástica, “colmadas de obsequios y muy agradecidas del sumo respeto con que las trataron”. ¡Vaya usted a saber!

 

EL SANTO SEPULCRO

 Encontré esa preciosa historia, nunca contada en todos sus detalles, en Leyendas y tradiciones del Camagüey, del laureado poeta Roberto Méndez y que me hizo llegar desde esa ciudad, junto con otros materiales interesantísimos, el lector Enrique Echevarría Salazar, a quien no tuve ocasión de agradecerle antes.           Un libro delicioso el de Méndez, que se lee de un solo trago y en el que las leyendas viven en su propia fulguración. Ahí están las del aura blanca y el padre Valencia, la de los ensabanados del San Juan, la de Dolores Rondón, la del indio bravo... y la del Santo Sepulcro, que contaré ahora. En 1746, luego de la muerte de su esposa y ya con una numerosa prole, Manuel Agüero  Ortega decide ingresar en la carrera eclesiástica. Su primogénito y el hijo de cierta viuda a la que don Manuel protegía y que tal vez fuera su hijo natural, estudiaban en La Habana. Se enamoraron ambos de la misma mujer; prefirió esta al hijo legítimo, y el otro, atormentado por los celos y el resentimiento, hirió de muerte al elegido. Dicen que demoró en expirar y que cada vez que el juez le preguntó el nombre de su agresor respondió: El que me ha herido está perdonado. Huyó a Camagüey el fraticida. Se sinceró con su madre y esta en medio de la noche acudió a contarle toda la historia a su benefactor. Nadie sabe cómo fue la entrevista, el caso es que don Manuel proveyó al asesino de un caballo y le entregó una talega de dinero, es decir, 60 onzas de oro o mil pesos con el ruego de que se pusiera fuera del alcance de sus otros hijos. La pena llevó a don Manuel a alejarse más del mundo. Entró como fraile en el convento de La Merced y dedicó la parte de su capital que le hubiese tocado al hijo muerto, a la decoración del templo. Con monedas de plata mandó construir un Santo Sepulcro, el arca que se destina a guardar la imagen del Cristo yaciente, las andas correspondientes, el altar mayor de la iglesia y varias lámparas monumentales con cadenas también de plata.

Pasaron los años. En 1906 hubo un incendio en La Merced y el altar mayor y las lámparas sufrieron daños irreparables, no así las andas y el Santo Sepulcro que es, desde el siglo XVIII, uno de los mayores y mejor elaborados exponentes de la orfebrería cubana.

 

 EPITAFIO

 Dedica Méndez espacio en su libro a ciertos epitafios memorables y cuenta que en 1879 falleció en Camagüey Rosalía Batista, dama de respetable relieve social. Su viudo, Agustín Montejo, desconsolado, hizo colocar sobre la tumba este sentido epitafio:

Si el ruego de los justos tanto alcanza, Ya que ves mi amargura y desconsuelo, Ruega tú porque pronto mi esperanza  Se realice de verte allá en el cielo.

Pero don Agustín se enamoró de nuevo y contrajo nupcias en 1882. Entonces un chusco de los que nunca faltan tuvo la ocurrencia de colocar, con letras negras, bajo la inscripción citada, un cartel en el que se leía esta frase: “Rosalía, no me esperes”.