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50 años del Loquito

50 años del Loquito

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

Una llamada telefónica del joven y brillante crítico Axel Li, que tiene en su haber estudios muy profundos sobre la caricatura cubana, me puso sobreaviso y sin reparo ni pudor voy a tomarle la delantera: El Loquito, de René de la Nuez, cumple ahora cincuenta años.

            De todas formas, ya la profesora Ana Cairo se había anticipado a Axel y a mí con  Viaje a los frutos –Ediciones Bachiller, La Habana, 2006- título en que, sin pretensiones de exhaustividad,  compiló voces e imágenes sobre Fidel Castro desde 1953. Libro plural en sus textos y miradas, nacidos en muy diversas circunstancias, que revela las interrelaciones de Fidel con la comunidad de intelectuales y  da al lector la oportunidad de disfrutar, reunidos por primera vez, testimonios de la simpatía, la suspicacia, el fervor y la confianza que acompañaron al jefe de la Revolución desde su irrupción en el panorama político cubano.

            Depara el volumen  no pocas sorpresas. En sus páginas está la introducción de Jorge Mañach a la edición clandestina de La historia me absolverá (1954) cartas que Virgilio Piñera y José Lezama Lima dirigieron al líder del Movimiento 26 de Julio e  interesantes aproximaciones a su figura y a su pensamiento  escritas por  Alejo Carpentier, Alfredo Guevara,  Marcelo Pogolotti, Cintio Vitier, Eusebio Leal, Gabriel García Márquez… Poemas de Che Guevara, Nicolás Guillén,  Justo Rodríguez Santos, Nancy Morejón,  Ángel Augier  y Fernández Retamar.  Carilda Oliver Labra fecha su “Canto a Fidel”  en marzo de 1957. Le sigue el de Pura del Prado, en mayo del propio año. Carilda escribió el suyo cuando, tras la entrevista  que hiciera a Fidel el periodista norteamericano Herbert Mathews, que subió a la Sierra Maestra, se  obtuvo la confirmación de que el comandante rebelde estaba vivo. Su poema, manuscrito, llegó también a las montañas y se hizo público al leerse en la inauguración de la emisora radial del III Frente Oriental Mario Muñoz, el 3 de septiembre de 1957. El de Pura del Prado, que al igual que Mañach, Rodríguez Santos y otros escritores incluidos en el libro de Ana Cairo, terminó abandonando el país, se publicó originalmente en Patria, órgano del Movimiento 26 de Julio en Nueva York, el 25 de octubre de ese año. La vibrante y conmovedora “Marcha triunfal del Ejército Rebelde”, de Jesús Orta Ruiz (Indio Naborí) no apareció hasta el 18 de enero de 1959, en la segunda parte de la Edición de la Libertad de la revista Bohemia.

Viaje a los frutos  incluye una selección de imágenes del Comandante en Jefe. Fotos, caricaturas, carteles, dibujos. Encontramos  el retrato  de José Luis Fariñas, insuperable, y los de Raúl Martínez y Cabrera Moreno. Se aprecia el primer cartel de la Revolución Cubana, obra de Eladio Rivadulla, y aquel otro de Juan Ayús, con fotografía de Korda y la leyenda de “Comandante en Jefe: ¡Ordene!” que hizo circular la UJC en los días de la Crisis de Octubre. No falta el reclamo publicitario: Fidel, que reposa junto a un árbol, con su mítico fusil de mira telescópica al lado,  se deleita con un habano. “Cuba siempre está en mis labios”, se lee a la izquierda de la imagen, anuncio de los tabacos H. Upmann. Caricaturas de Massaguer, correspondientes a 1959. La caricatura escultórica en yeso, de Tony López (1955).  Una caricatura de David  publicada en Bohemia, el 3 de enero del 54, como parte de una galería de “Las figuras más destacadas de 1953”. Es en este contexto que aparecen en Viaje a los frutos, de Ana Cairo, dos dibujos de René de la Nuez que tienen a El Loquito como protagonista.

HACERSE EL LOCO

¿Recuerdan a El Loquito? Es uno de los personajes más populares del caricaturismo cubano. Un ente de ojos estrábicos y nariz de cucurucho, tocado invariablemente con un gorro de papel periódico que aunque no hablaba decía con lucidez luciferina aquello que la dictadura de Fulgencio Batista pretendía ocultar con la represión y a censura. El Loquito hacía alusiones que el pueblo sabía traducir e interpretar. Si el personaje leía en la prensa el anuncio de una “Gran oferta, 33,33% de rebaja”, se hacía evidente que lanzaba una advertencia contra los chivatos batistianos, a los que se les pagaba 33 pesos con 33 centavos por su deplorable proceder. O que recomendaba moverse con cautela ante la censura de prensa cuando, delante de una florería, veía un cartel que decía: “Dígalo con flores”. En otro dibujo, El Loquito coloca muy juntos los dedos índice y pulgar de una de sus manos;  sostiene algo pequeño. El texto dice: “Un granito de arena”; un llamado a colaborar con la lucha insurreccional. En otro, ve llegar un ómnibus de la ruta 30, que hacía el recorrido entre el reparto La Sierra, en Marianao, y el centro de La Habana. Mensaje clarísimo: está próximo el triunfo de la Revolución.

            Dice la doctora Adelaida de Juan, en su libro Pintura cubana: temas y variaciones –Unión, La Habana, 1978- que al igual que El Bobo, de Abela, El Loquito, de Nuez, lleva un nombre que indica su condición de necesario engaño a la autoridad. Uno se “hace” el bobo, el otro, el loco, y en su aparente ingenuidad y simpleza esconden su firme posición. Puntualiza la mencionada ensayista: “Hacerse el bobo (o el loco) representa coloquialmente al hombre inteligente que se ve obligado a enmascarar su ingenio. En esto se diferencian del primer símbolo republicano del pueblo, el Liborio, de Torriente”. Liborio crece en una época de grandes decepciones políticas, carece de esperanzas, no tiene fe en que su situación cambiará un día; está amargado, se ve a sí mismo como una víctima. No se ven así El Bobo ni El Loquito. Señala Adelaida: “Tienen armas de combate, reflejo de la lucha revolucionaria de sus épocas respectivas”.

            Nuez quiso buscar su Liborio, esto es, un personaje que simbolizara al cubano de su tiempo. Pero a diferencia del de Torriente, que siempre le pareció pasivo y aguantón, quería a un personaje más vivo. Un día, al pasar en un ómnibus frente al Hospital de Dementes de Mazorra, se le ocurrió El Loquito. La lucha en la Sierra Maestra había comenzado, la dictadura acentuaba la represión y el personaje, con su locura, diría la verdad de lo que sucedía en el país, lo que no siempre podía ser dicho por la prensa.

            Tenía entonces el dibujante veinte años de edad y en San Antonio de los Baños, su ciudad natal, había publicado  sus primeros dibujos. Era la misma localidad donde nació Abela, el creador de El Bobo, y en la que coincidieron artistas como Posada, Peroga, Jesús de Armas y Manuel Alfonso, que fue el iniciador del humorismo gráfico en dicha villa. Cuando ideó El Loquito, Nuez disponía  ya de  un espacio semanal fijo en Zig Zag, la publicación humorística cubana más importante del momento. Al comienzo, no devengaba pago alguno por sus cartones, pero eso resultaba secundario para el joven dibujante, que agradecía la posibilidad de publicar en dicho semanario y de relacionarse con algunos de los más destacados humoristas de la época.

            José Manuel Roseñada, director de Zig Zag, acogió de inmediato a El Loquito, que no revelaría sus verdaderos propósitos en sus primeras salidas en público. Al comienzo hizo solo locuras, cosas sin mucho sentido y fue cayendo paulatinamente en lo político. Así creó sus claves. Su creador tenía una ventaja sobre el resto de sus compañeros de redacción: se hallaba vinculado al 26 de Julio y era enlace del coordinador provincial del Movimiento. Así, conocía muy bien las noticias de la Sierra Maestra y de la lucha clandestina en las ciudades, y a partir de ahí, El Loquito también las sabría.

OTROS PERSONAJES

 

Fue un personaje que prendió en la conciencia colectiva. Gracias a él su creador se vio envuelto en situaciones verdaderamente conmovedoras, como cuando un día de 1958 recibió en Zig Zag a un grupo de masones que lo visitó al creerlo en peligro. Por una de esas casualidades de la vida en una caricatura El Loquito aparecía con un gesto que ellos identificaron como una señal de auxilio masónico y allí estaban para ofrecerle su ayuda.

            Otros personajes de Nuez calaron asimismo en el público. El Barbudo tiene su antecedente en las propias caricaturas de El Loquito,  anteriores a l959, en las que aparece Fidel.  Después del triunfo de la Revolución ese personaje atraviesa etapas en las que se enriquece y deviene símbolo del pueblo cubano. Es un hilo conductor dentro de la caricatura del artista: lleva la voz del pueblo y la Revolución, y Nuez ha querido verlo como el masculino de la Flora, de René Portocarrero.

            En la misma línea está otro personaje suyo, Mogollón. Apareció antes de la promulgación de la ley contra la vagancia (1971) como una forma de crear en la población el rechazo hacia el vago,  y cuando al fin apareció la ley el pueblo quemó su imagen en todas las provincias. Lo curioso es que Nuez se había propuesto, aun con la ley en vigencia, seguir utilizándolo. No pudo hacerlo dada la reacción popular. Si la gente lo había quemado, Mogollón ya no existía y lo hizo desaparecer con la misma alegría con que lo concibió. Al día siguiente, en las páginas del periódico Granma aparecía otro personaje, De apellido Mogollones, que no era propiamente un vago, pero pertenecía a la misma familia, un sujeto indolente, apático, indiferente al esfuerzo ajeno. Ya el pueblo había enterrado a Don Cizaño, otro personaje suyo, símbolo de la prensa burguesa. El día en que el Gobierno Revolucionario nacionalizó las publicaciones que quedaban aún en manos de la burguesía, los estudiantes se echaron a la calle con un ataúd. Dentro iba Don Cizaño. Se hizo imposible entonces que su creador siguiera utilizándolo.

            También El Loquito perdió su razón de existir. En enero de 1959 Fidel remitió a la dirección de Zig Zag una carta en la que felicitaba al colectivo del semanario, y muy especialmente a El Loquito, por la posición mantenida durante la lucha. Poco después, sin embargo, los propietarios de Zig Zag comenzaron a entrar en contradicciones con la Revolución y empezaron los problemas entre Nuez y Roseñada. Las diferencias hicieron crisis en mayo. Obreros armados desfilaron por las calles para expresar así su decisión de defender la Revolución hasta las últimas consecuencias y Roseñada se opuso a que Nuez llevara  los trabajadores con sus armas  a su caricatura. Entonces el artista se fue del semanario, donde ya le pagaban muy bien sus dibujos, y El Loquito reapareció en las páginas del periódico Revolución. Tenía a Don Cizaño de contrafigura.

            Con los días, El Loquito perdió sentido. La Revolución estaba en el poder y el personaje no tenía  que decir en clave lo que podía gritar a voz en cuello, no debía burlar ya ninguna censura. Sus sueños se habían hecho realidad, y dejó de salir.

            Hoy El Loquito parece ingenuo a su creador. En lo estrictamente profesional, le enseñó, a lo largo de meses, a resolver problemas de dibujo en un espacio muy reducido. Se apreciarán sus cambios si se revisa, en orden cronológico, la colección de Zig Zag; variaciones no en cuanto a la idea y filosofía del personaje, sino en relación con el dibujo y las soluciones. Un monumento a El Loquito se erigió en las afueras de San Antonio de los Baños. Está en la historia.

           

           

           

              

             

           

Tragedia de Barberán y Collar

Tragedia de Barberán y Collar

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

Un lector residente en Estados Unidos me ha hecho llegar el libro El vuelo del Cuatro Vientos; Epopeya y tragedia de Barberán y Collar,  joya periodística de los investigadores españoles Alfonso Domingo y Jorge Fernández-Coppel. Como la obra se editó en Madrid (Oberón, 2003) el aludido lector, que vive bien al norte, encargó a una distribuidora de Miami que se lo consiguiera y enviara, y ya con el ejemplar en su poder y para asegurar que me llegara, lo remitió, por indicación mía, a otro lector, en Puerto Rico, que esperó por la venida a La Habana de un tercer lector que lo trajera. Soy malo en Geografía y peor en Matemáticas. Si en junio de 1933,  el capitán Mariano Barberán y el teniente Joaquín Collar cubrieron, a bordo del Cuatro Vientos, 7 885 km en su histórico viaje Sevilla-Camagüey, el libro que relata su hazaña y su tragedia debe haber recorrido, el pasado mes de junio,  una distancia tres veces superior para llegar a mis manos.

            La gesta de esos pilotos españoles es conocida en Cuba y existe en Camagüey un monumento que perpetúa el hecho. En un vuelo sin escala atravesaron el Atlántico por su parte central, la más larga, ancha y solitaria, algo no intentado hasta aquella ocasión, cuando ya el océano había sido vencido en vuelos directos por el norte y por el sur. Pretendían llegar a La Habana, pero la escasez de combustible y el mal tiempo los obligaron a aterrizar en el campo de aviación de la ciudad agramontina, que previeron siempre como aeropuerto alternativo. Desde ahí, una vez repuestos del estrés y las fatigas de un viaje que se prolongó durante 39 horas y 55 minutos y otra vez a bordo del Cuatro Vientos, se trasladaron a la capital. Debían proseguir viaje hacia la Ciudad de México, destino final del periplo, y visitarían después la exposición universal de Chicago.  No arribarían sin embargo a la capital mexicana donde más de 60 000 personas, encabezadas por el líder de la Revolución Plutarco Elías Calles, aguardaron  bajo la lluvia y durante casi todo un día su llegada. Tras su salida de La Habana y los informes de observadores mexicanos, que dijeron haberlo visto o escuchado, nunca más volvió a saberse del Cuatro Vientos y sus pilotos.

            Unos 300 000 voluntarios mexicanos y españoles radicados en México registraron alrededor de 200 000 kilómetros cuadrados del territorio para localizar los restos del aparato y a sus tripulantes, vivos o muertos. Se les buscó asimismo en el mar.  Treinta días después cesó la búsqueda cuando se encontró un salvavidas de la aeronave en una playa mexicana. El Cuatro Vientos, se dijo entonces y esa es la versión oficial, había caído en las aguas del Golfo de México.   En 1941, sin embargo, comenzó a cobrar cuerpo otra historia: el avión cayó en tierra y sus pilotos, asesinados.

FICHA TÉCNICA

Comparados con los monstruos de la aviación actual, el Cuatro Vientos podrá parecernos ahora un avioncito. Era, en su tiempo, un avión poderoso. Un Breguet XIX Superbidón, fabricado totalmente en España con patente francesa. Sexquiplano de duraluminio, que,  con las modificaciones que le introdujeron ingenieros españoles a espaldas de la parte francesa, podía llevar 5 400 litros de combustible, la gasolina justa para llegar a Cuba. Dotado de un  motor Hispano Suiza, de carburación mejorada, con 650 caballos de fuerza. Tenía una envergadura de 14,83 m, una longitud de 9,50 y una altura de 3,34 m. “Volaba de maravilla. Mucha sustentación, planeo fácil, con tomas de tierra perfectas, en resumen, un seguro de vida”, afirman Domingo y Fernández-Coppel en su libro, y añaden que si bien su velocidad de crucero no sobrepasaba los 180 km por hora, “era un descanso para el piloto, pues perdonaba fallos  y prácticamente volaba solo”. Barberán y Collar volaron sin aparato de radio a fin de aligerar el peso de la nave y cargar la mayor cantidad posible de combustible. Como en buena medida debían guiar su rumbo por la brújula y las estrellas, la cabina era de cristal irrompible, pero podía lanzarse en caso de emergencia. En ese mismo caso, con solo tirar de una palanca se vaciaba en medio minuto el depósito mayor de gasolina y el Cuatro Vientos podía flotar en el mar. Solo un detalle preocupaba a Barberán: la hélice era de madera, y no podía cambiarse sin que lo advirtieran los franceses. ¿Resistiría su encolado los rigores del trópico?

            Con sus 38 años de edad, el capitán  Mariano Barberán era toda una autoridad en lo que a la aeronáutica se refiere y un piloto muy calificado, y  el teniente Collar (26 años) el piloto de pruebas más hábil de la aviación española. Aunque se llevaban muy bien, eran  opuestos en todo. Barberán usaba  gafas y lucía una calvicie avanzada. Soltero empedernido, era hombre retraído, serio, de pocas palabras, tímido, afable. Collar, en tanto, gustaba de la vida despreocupada y alegre y, sobre todo, de las mujeres, y pese a sus convicciones y sentido del deber  se empeñaba a veces en parecer frívolo. Un hombre apuesto que sacaba partido a su profesión porque sabía que las muchachas lo veían como un héroe.

ANTECEDENTES

Ya para entonces los pilotos españoles habían alcanzado un alto grado de adiestramiento y algunos de ellos inscribían sus nombres en la aviación mundial. El  comandante Ramón Franco (hermano del caudillo Francisco)  a bordo del hidroavión Plus Ultra acometió, con escalas,  en 1926, el vuelo Canarias-Buenos Aires, el primer gran raid de la aeronáutica española.

            Siguió en el mismo año el de los tres aviones que conformaron la patrulla Elcano. Volarían entre Madrid y Manila, la capital filipina, en 20 etapas de entre 700 y 1 500 km de longitud cada una  y durante 30 días. Pero de aquellos tres aparatos, uno cayó en el desierto de Siria y otro debió realizar un aterrizaje forzoso en China, donde no pudo repararse su avería. El aparato restante llegó a su destino, tres meses después de iniciado el periplo. También en 1926, pero con éxito, se llevó a cabo,  la Patrulla Atlántica que finalizó en Guinea luego de costear el África occidental en nueve etapas para un total de 6 800 km en el viaje de ida, y 7 153 en las doce etapas del regreso.

            Tres años después un  Breguet XIX Gran Raid, bautizado con el nombre de Jesús del Gran Poder, saltaba el Atlántico sur,  visitaba numerosos países de América Latina y cubría los 20 000 km de la ruta prevista. Ya en 1927, el norteamericano Charles Lindbergh, a bordo del avión conocido como Espíritu de San Luis, había realizado solo y sin escalas el vuelo Nueva York-París.

CAMAGÜEY-COLUMBIA

El 11 de junio de 1933, a las 3:39 PM el Cuatro Vientos tocó tierra cubana en el campo de aviación de Camagüey, más una extensa sabana que un aeropuerto.  Esa misma noche, a bordo de un avión militar, llegaba a esa ciudad el sargento mecánico español Modesto Madariaga, que días antes había arribado por barco a La Habana. Debía  revisar el Cuatro Vientos y  hacerle las reparaciones que estimara oportunas. Como el motor funcionaba como  nuevo y el tren de aterrizaje se encontraba  intacto pese al gran peso que soportó en el despegue a causa del combustible, se limitó a engrasarlo y a repostarlo de aceite y gasolina. Al día siguiente, a las 2:20 de la tarde, el Cuatro Vientos volvía a elevarse, con la escolta de cuatro aviones del Ejército cubano, con destino al campo militar de Columbia.

            Y es aquí, el día 17, cuando se da la voz de alerta al detectársele un salidero en el depósito principal de gasolina. Madariaga solucionó el problema con la ayuda de mecánicos cubanos. Nada se dice, sin embargo, de la hélice del avión. Con respecto a su estado hay dos testimonios valiosísimos en El vuelo del Cuatro Vientos y que sus autores recogieron en Cuba. “Se ha dicho lo del salidero de gasolina, pero no se ha comentado el penoso estado de la hélice”, dijo uno de los testimoniantes. Y el otro: “… Aquella hélice estaba algo astillada y se veía muy maltratada. No sé si pudieron repararla bien y en cualquier caso, era un punto débil en todos los aviones de la época”.

LA AMANTE DE MACHADO

 

Domingo y Fernández-Coppel comparten  la versión oficial de la caída  del Cuatro Vientos al mar. Para los cubanos su obra adquiere particular relieve por las amplias referencias a la estancia cubana de los pilotos españoles, que se alojaron, primero, en el desaparecido hotel Camagüey (actual Museo Ignacio Agramonte) y en La Habana, en el hotel Plaza, y recibieron cálidas muestras de admiración y cariño en ambas ciudades. Homenajes que Barberán y Collar reciprocaron al donar para los sectores menos favorecidos de cubanos y españoles residentes las cuantiosas sumas de dinero con que instituciones bancarias radicadas en la Isla quisieron recompensar su hazaña.

            Aquí los recibieron las autoridades municipales, los presidentes del Senado y de la Cámara y los secretarios (ministros) de despacho, así como las sociedades regionales españolas y otras como la Asociación de Dependientes del Comercio. A muchos llama la atención que el dictador Machado, a quien quedaban ya solo dos meses en el poder,  no los recibiera. En verdad, no tenía por qué hacerlo. El protocolo no lo obligaba y aunque el viaje se vio como una muestra de fraternidad entre España y su antigua colonia, aquellos pilotos no traían mensaje alguno para el gobierno cubano. La república española no lo veía con buenos ojos, y Machado se sintió disminuido al saber que el destino final de Barberán y Collar era la Ciudad de México y no La Habana.  

            Un detalle significativo, pero no probado, queda anotado en el libro. Sus autores recogen el rumor, que circuló en México en esos días, que aseguraba que Collar  tuvo relaciones íntimas en La Habana con una amante de Machado. De ser cierto, un hecho como ese tuvo que llegar a oídos del Presidente, que fraguó su venganza. Sus sicarios, dicen algunos, colocaron una bomba en el Cuatro Vientos, mientras que otros aseguran que echaron bórax en el tanque de combustible. Para hacer más real el rumor, se ofrecieron  datos sobre el dinero gastado en el sabotaje y se comentó  que dicha suma fue extraída un domingo de las cuentas del gobierno.

            De todas formas hay un hecho cierto. Barberán y Collar salieron precipitadamente de La Habana. Debían partir rumbo a México el jueves 22 de junio y salieron a las 5:35 de la mañana del martes 20.  Se desconoce  por qué Barberán tomó tal determinación, de la que no le pudo hacer desistir el propio Collar ni su amigo el piloto español Francisco Iglesias, avecindado en La Habana tras su matrimonio con una Gómez Mena, que sabía que no había preparado ese viaje con la meticulosidad con que solía hacerlo, ni tampoco lo convencieron el teniente Oscar Riverí, jefe de la Meteorología Militar cubana, ni el sacerdote jesuita Gutiérrez Lanza, del Observatorio de Belén, que le aseguraron que encontraría mal tiempo entre Veracruz y la Ciudad de México. Tampoco aceptó el ofrecimiento del capitán Torres Menier, jefe de la Aviación, de que se instalara en el avión un aparato de radio. Barberán estaba agobiado. Lo perturbaban el calor del verano habanero, la falta de descanso, los banquetes, los brindis y aquellos discursos en los que, corto de palabra como era, terminaba siempre por decir lo mismo. Dicen Domingo y Fernández-Coppel: un hombre hecho para el deber y para cumplir cualquier empresa, por difícil que fuera, no estaba preparado para las celebraciones.

             

 

  

 

¿Dónde cayó el Cuatro Vientos?

¿Dónde cayó el Cuatro Vientos?

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

No pensaba que dedicaría la página de hoy a los pilotos Mariano Barberán y Joaquín Collar, desaparecidos en su vuelo La Habana-Ciudad de México, en 1933, sobre los que hablé la semana anterior, pero las numerosas opiniones recibidas me obligan a volver sobre el tema. Como se recordará, ellos fueron, en junio de ese año,  los protagonistas del histórico vuelo Sevilla-Camagüey, hasta entonces la distancia más larga cubierta sin escala por una aeronave. A bordo del Cuatro Vientos, un avión de hélice de madera, Barberán y Collar demoraron 39 horas y 55 minutos en reducir la distancia que media entre una ciudad y la otra.

El lector Manuel Rodríguez me reprocha amigablemente que aludiera al monumento que a los valerosos pilotos existe en Camagüey y no mencionara el que se erigía en el hospital Diez de Octubre (antigua Quinta de Dependientes) para perpetuar su hazaña y que se demolió en los años 60 para  levantar en su lugar otro en homenaje a la gesta del cosmonauta Yuri Gagarin. Yo recordaba perfectamente ese monumento y sobre él hablé en esta misma página, el 17 de marzo del 2002. De todas formas, el doctor Ismael Pérez, profesor de la Facultad de Medicina de esa casa de salud me hizo llegar la foto del monumento original: una sencilla columna, con los rostros de Barberán y Collar esculpidos al relieve, que es coronada por un avión que se entierra de cabeza en ella. El monumento de Camagüey, refiere el lector Sandor González, y es algo que desconocía, marca el kilómetro cero de la Carretera Central en dicho territorio. 

El doctor Ismael Pérez  pregunta el nombre de la amante del dictador Gerardo Machado con la que supuestamente tuvo, en La Habana,  relaciones íntimas el teniente Collar. Nada puedo decir al respecto. Y mucho menos asegurar que Machado, enterado de la infidelidad, en caso de que fuera cierta,  ordenara sabotear el avión de los españoles en el campo militar de Columbia. El asunto, y así lo dije explícitamente el domingo anterior,  no pasa de ser un rumor que circuló en México en los días de la desaparición del Cuatro Vientos, cuando se dijo  indistintamente que la tragedia obedeció a la bomba que el mandatario cubano mandó  colocar en el aparato o al bórax  que ordenó echar en el tanque principal de combustible. No digo que no fuera capaz de algo semejante. Era larga su mano para el crimen, bien se sabía en México, y el tema de sus amantes era, en su tiempo, público y notorio.   Pero en este caso no debió tener motivos porque me parece poco probable que una querida suya se atreviera a tanto con un piloto extranjero cuyos días cubanos transcurrieron a la expectativa pública, y que, dado los múltiples compromisos que debió cumplir, apenas pudo haber disfrutado de momentos de intimidad. Sin contar que desde su llegada a La Habana, tanto Collar como el capitán Barberán, tuvieron a su servicio edecanes militares que no les perdieron pie ni pisada.

El asunto más grave que exponen los lectores en sus mensajes es el tema de la desaparición del Cuatro Vientos. ¿Cayó al mar, como afirma el informe oficial sobre la tragedia o, por el contrario, se precipitó a tierra y sus pilotos, que sobrevivieron al accidente, fueron asesinados?  Los periodistas españoles Alfonso Domingo y Jorge Fernández-Coppel, en su libro El vuelo del Cuatro Vientos; epopeya y tragedia de Barberán y Collar, que comenté la semana pasada, están convencidos de su caída al mar. Otros, como el periodista mexicano Jesús Salcedo, se atienen a la otra versión. Sobre ella también escribí en la ya aludida página del 17 de marzo del 2002.

“AH, EL AVIÓN, EL AVIÓN”

La versión del asesinato de los aviadores cobró cuerpo a partir de 1941. En esa fecha, la revista mexicana Hoy recibía una carta que hablaba sobre la caída del aparato en la Sierra Mazateca, entre los estados de Puebla, Oaxaca y Veracruz. Y allá fue un equipo de periodistas, encabezado por el después notable escritor Edmundo Valadés, que después de treinta días de búsqueda aseguró haber encontrado el Cuatro Vientos. Conversaron los periodistas con residentes en la zona que les confirmaron los hechos. Barberán salió del accidente con las piernas fracturadas y Collar, ileso, buscó ayuda. El fajo de dólares que mostró a un individuo, excitó la codicia de este que, en complicidad con otros lugareños, decidió matarlos para apropiarse del dinero. Lo hicieron a traición y a tiros de escopeta. Valadés menciona los nombres de los culpables, pero no aporta fotos ni prueba material alguna  acerca del suceso ni de los restos  del avión. En 1947 se llevó a cabo otra expedición a la zona. Encontraron entonces un par de auriculares, un cinturón de seguridad y un altímetro, pero ninguno de esos objetos pertenecía al Cuatro Vientos. El periodista Jacobo Zabludowsky, en 1973, hizo otra búsqueda, y en 1982 Jesús Salcedo comenzó sus investigaciones. Logró localizar entonces al presunto asesino. Pero el hombre, dicen Domingo y Fernández-Coppel, no hablaba español y tampoco lo entendía bien. En su entrevista se limitó a asentir a cuanto Salcedo le preguntaba y murmuró en una frase casi ininteligible: “Ah, el avión, el avión”.

            Como se decía que el Cuatro Vientos, picado a hachazos, fue escondido en una cueva del Cerro de la Guacamaya, en la Sierra Mazateca, Salcedo empleó años y muchos recursos en hallarlo. La suerte pareció sonreírle en 1995. En la falda del Cerro de los Gachupines, en una cueva separada del abismo por unos cinco metros de volado, a mil metros de altura sobre el nivel del mar y a unos 700 del fondo del precipicio, creyó haber hallado  el Cuatro Vientos.

            Al respecto dijo Salcedo a la revista española Cambio 16: “Lo primero que vimos fue la tierra quemada y restos inequívocos de que allí se había producido un incendio. Al entrar distinguí en una de las paredes algo que parecía una línea de metal fundido en la roca. ¿Por qué habría metal allí? Escéptico como soy, después de tantos fracasos, el corazón  comenzó a latirme con fuerza. Sacamos la vegetación, despejamos la entrada y comenzamos a cavar… Logramos sacar las primeras piedras con metal fundido, algunas de las cuales semejaban perfectamente piezas de avión (restos de hélice, remaches) y en otras se distinguían claramente los colores amarillo y gualda, como estaba pintado el Cuatro Vientos: allí estaba”.  

            Pero no. Apuntan Domingo y Fernández Coppel en su libro El vuelo del Cuatro Vientos, que los restos aportados por Salcedo fueron analizados en España por expertos del Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial. El dictamen de los peritos arrojó un saldo negativo: “Los presuntos restos del Cuatro Vientos no son asimilables, por su apariencia, a ningún tipo de pieza procedente de una aeronave… Existe una gran probabilidad de que los restos sean de origen volcánico por lo que es imposible dar credibilidad al supuesto descubrimiento”.

PERO ¿QUÉ AVIÓN?

No hay duda, escriben Domingo y Fernández Coppel, que la Sierra Mazateca encierra un misterio. O mejor, un avión. Dada la cantidad de noticias, reportajes, programas televisivos, comentarios de expertos y profanos, se arriba a la conclusión de que hay un avión encerrado en la región. Apuntan investigadores de la Asociación Mexicana de Cultura e Historia Aeronáutica: “Por un lado la gente de la zona tiene miedo a hablar del avión, el Cuatro Vientos está en la Sierra Mazateca y todos los expedicionarios han visto presumiblemente partes del aparato. Todos ellos, desde lugareños de La Guacamaya, periodistas, hasta autoridades judiciales y militares, han contribuido a que el misterio continúe ya que todos tenían prueba del hallazgo del avión, pero nadie ha aportado ninguna prueba material”. Añade el presidente de dicha Asociación: “En ese misterio, indudablemente, está de por medio un avión, pero ¿qué avión?”

            Se imponía una investigación histórica. La acometió la Asociación Mexicana de Cultura e Historia Aeronáutica.  Entre 1933, fecha de la desaparición del Cuatro Vientos, y 1941, cuando se habla por primera vez de la aparición de una aeronave en la Sierra Mazateca, existe un clima convulso en toda el área centroamericana e incluso en Venezuela y Colombia. Hay dictaduras y golpes de Estado en la región y grandes problemas sociales que se derivan de los gobiernos militares impuestos por EE UU. Guerras civiles e intervenciones militares estadounidenses.  México mismo sufre los vestigios de la Guerra Cristera, sofocada en su totalidad por el general Cárdenas en 1939. En esa situación, el tráfico de armas entre EE UU y Centroamérica era cosa rutinaria. Aseveran los investigadores:

            “Creemos firmemente, la comisión encargada del misterio de La Guacamaya, miembros de la Asociación Mexicana de Cultura e Historia Aeronáutica, que en La Guacamaya efectivamente existe un avión, pero no es el Cuatro Vientos. El avión accidentado es uno de los tantos aviones que volaban de la frontera norte de México hacia territorio tanto nacional como centroamericano y viceversa, transportando armas y el pago por esas armas. Ahora sí las narraciones de Edmundo Valadés en su expedición de 1941 toman un carácter de credibilidad, no en las fechas de la narración, sino en el periodo de 1933 a 1941 ya que en la sierra el tiempo pierde su carácter de exactitud”.

            Precisan esos investigadores que los habitantes de esa zona basaban su poder en la tenencia de armas y dinero. De ahí que les parezca explicable la muerte de los pilotos para apropiarse de lo que transportaban. Es lógico y normal que se quiera allí mantener en secreto ambos delitos. Lo que para ellos resulta inexplicable es que las autoridades civiles y militares mexicanas se hayan prestando para que el misterio continúe. Dice el presidente de la Asociación mencionada: “Ahí está el verdadero misterio de La Guacamaya, ya que el avión accidentado, como sucede en la actualidad con los vuelos clandestinos del narcotráfico, puede ser uno de tantos. ¿Por qué se ocultó ese hecho? Quizás porque no era bueno para las relaciones con EE UU y debía ser silenciado. Si fue así, lo del Cuatro Vientos era la tapadera perfecta. No había relaciones con España y nadie iba a investigar seriamente el asunto”.

ENTONCES…

 

¿Dónde cayó el avión de Barberán y Collar y cuál fue el motivo de la tragedia?   El accidente ocurrió sobre el mar, en medio de una fuerte tormenta,  en un sitio próximo a la localidad de Frontera en el tramo previsto hacia Veracruz.  ¿Se desencoló la hélice de madera? ¿Falló el motor? ¿Alcanzó una descarga eléctrica a la aeronave?  ¿Puede atribuirse al desfase horario y al cansancio y  estrés de los pilotos?  Nada de eso parece ser cierto, aunque las condiciones sicofísicas pueden haber influido.  El Cuatro Vientos tenía limitaciones de diseño. La cabina de cristal se concibió para que los pilotos se guiaran por las estrellas, no para que miraran hacia delante. La visibilidad de Barberán, que ocupaba el asiento posterior, era prácticamente nula, y, dado lo pequeño de los parabrisas, muy escasa la de Collar desde el asiento anterior. La lluvia intensa redujo a cero la visibilidad de los pilotos y el Cuatro Vientos chocó contra el mar. El salvavidas que se encontró en una playa mexicana y que iba amarrado con doble lazo debajo de los asientos, puso en evidencia que al menos uno de los aviadores luchó inútilmente por salvar su vida.

           

  

 

  

Propietarios (I)

Propietarios (I)

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

Llovía a cántaros desde la noche anterior y muchos pensaron que el estado del tiempo restaría brillo y público a la presentación de Los propietarios de Cuba; 1958, de Guillermo Jiménez. En definitiva, no se trataba de una novela de Daniel Chavarría ni de Leonardo Padura, nuestros escritores  con más éxito de venta, y el hecho de que la lluvia obligara a trasladar el espacio del “Sábado del Libro”  desde el portal, su escenario habitual, al salón de la planta alta del Palacio del Segundo Cabo, no causaba mayor preocupación en los funcionarios del Instituto Cubano del Libro, que pensaron que con veinte sillas habría más que suficiente para acomodar a los osados que en aquella mañana se atrevieran a desafiar el agua. Una hora después, y a punto ya de comenzar el acto, Iroel Sánchez, presidente del ICL, recordaba a la concurrencia que se hallaba en un edificio con más de tres siglos  de antigüedad y  pedía que se evitaran los movimientos innecesarios ante el riesgo de  desplome. El reclamo cayó en el vacío y, más que calmar los ánimos, solo consiguió exacerbarlos porque antes de que Sánchez lo confirmara aquellas seiscientas personas que desbordaban la sala y se escurrían por balcones exteriores y pasillos laterales, se habían percatado de que los libros no alcanzarían  para todos. Para la presentación de Los propietarios de Cuba; 1958, promocionada en los días previos con bombo y platillo por la prensa, no habría más de ciento cincuenta ejemplares disponibles, los últimos en existencia  pues el título había tenido ya una primera venta  en la última jornada de la más reciente feria del libro de La Habana.

            Presentaciones de libros famosas se registran en Cuba a lo largo de las décadas precedentes. En 1982 fue apoteósica la del primer volumen de En marcha con Fidel; 1959, del capitán Antonio Núñez Jiménez. Entonces el “Sábado del Libro” tenía lugar al comienzo de la calle Obispo, al costado de La Moderna Poesía, pero en ocasión de la del título aludido, los organizadores, ante la previsible avalancha de público, reubicaron el espacio en el Parque Central. Por esa misma época, años antes o años después, la puesta en venta de una reedición de Biografía de un cimarrón, obligó a su autor, Miguel Barnet, a firmar, con paciencia y resignación  de monje, los ejemplares  que durante cinco horas consecutivas estuvieron tendiéndole sus ávidos lectores.

Sonado fue asimismo  el lanzamiento de La neblina del ayer, la última novela publicada por Leonardo Padura. Como sucede de manera invariable con las obras de este afamado narrador,  la sala Martínez Villena, de la Unión de Escritores, resultó pequeña otra vez  para dar cabida  los interesados en adquirirla, a los que no quedó otro remedio que permanecer en los jardines de esa institución a fin de pescar su ejemplar a la hora de la venta. Para ello, la cola empezó a organizarse antes de los discursos. Luis Marré, el poeta de Los ojos en el fresco, se “dejó caer” como quien no quiere las cosas al comienzo de la fila, en busca de algún resquicio que le permitiera llegar al libro.

-Viejito, ¿usted estaba ahí? –le preguntó, cariñosa, una muchacha de pantalón a la cadera y barriguita  con teléfono celular incluido, ante la que el poeta pretendía colarse sin saber que ella también estaba colada. Y Marré,  haciendo valer su condición de fundador de la Unión de Escritores, respondió, imperturbable:  

-Fíjese si estaba, que llegué aquí hace cuarenta y cinco años.

EL CASO DE PARADISO

  

Chillidos, gritos estentóreos, lágrimas y ataques de histeria –como en un concierto de rock en su punto culminante- caracterizaron la presentación en la Habana, en 1991, de la segunda edición cubana de Paradiso, la  novela descomunal  de José Lezama Lima. Fue una verdadera batalla campal en que cada uno de los asistentes se mostraba decidido a conseguir un  ejemplar de la obra a como fuera y actuaba en consecuencia.

            La ensayista y traductora italiana Alexandra Riccio, el poeta César López y el autor de esta página debíamos   presentar aquella tarde  la novela  que aparecía con el sello de la editorial Letras Cubanas. Nos disponíamos a hacerlo cuando el público, joven en su mayoría, cada vez más numeroso e inquieto, ahogó las palabras de Alexandra con lo que primero fue un rumor sordo y luego un grito a voz en cuello. ¡Paradiso! ¡Paradiso! ¡Paradiso!,   repetía sin cansancio aquella multitud apiñada en el amplio portal del Palacio del Segundo Cabo,  y que para garantizar que no hubiera  discursos hizo desaparecer de su soporte, en un golpe de manos sorpresivo y audaz, el micrófono que utilizaríamos, solo para devolverlo cuando se convenció de que los tres oradores habíamos desistido del empeño.

            Lo que siguió fue al acabóse. Ante la multitud que rugía, se retiraron de prisa los ejemplares dispuestos para la venta. Se dijo que el libro se vendería en el interior del edificio y hacía allá se disparó la gente, solo para volver al portal, decepcionada. Allí volvió a intentarse la venta, pero tampoco pudo llevarse a cabo con el público  encimado sobre las vendedoras, pese a que se hizo saber que habría libros para todos.   Al fin se decidió lo que parecía más prudente y la venta se hizo a través una ventana protegida por barrotes.

            “Jamás vi algo semejante”, comentaba el narrador Lisandro Otero, y Julio Travieso, el novelista de Para matar al lobo, se preguntaba por su parte que cuánta de esa gente que pugnaba por conseguir su ejemplar lo  leería   realmente. Y aunque quizás fuera  cierto que muchos de los que se hicieron de la novela aquella tarde  se regodearían  solo en   los vericuetos del famoso capítulo octavo o  con las peripecias de Farraluque, “un leptosomático adolescentario, con una cara tristona y ojerosa, pero dotado de una enorme verga”, el tumulto era justificado y explicable. Se trataba de una obra  que había sido elogiada, con toda razón, hasta el delirio, y también criticada a muerte y negada con furia durante los veinte y cinco años precedentes. Un libro signado por el escándalo sobre todo  a partir  del largo diálogo sobre la homosexualidad  que José Cemí, el  protagonista, sostiene con sus amigos Ricardo Fronesis y Eugenio Foción luego de haberse enterado de que Baena Albornoz, un atleta machista y perseguidor de homosexuales, fuera sorprendido en pecado nefando con el guajiro Leregas.

            Publicada originalmente por Ediciones Unión  en 1966, cuando los cinco mil ejemplares de la tirada se agotaron en un decir amén pese a su precio de cinco pesos, exorbitante  para la época,   Paradiso no había vuelto a editarse en Cuba. Y en  aquella ya lejana tarde de 1991 existía un atractivo más para adquirir un ejemplar de la novela. Su edición era fiel hasta el detalle al manuscrito lezamiano y salvaba las numerosas erratas y omisiones que en ediciones extranjeras  se repetían desde su primera publicación en Cuba.  No era una edición más de Paradiso aquella que se ponía a la venta. Era el Paradiso  recobrado.

LOS MÁS PODEROSOS

 

En el caso de Los propietarios de Cuba;  1958, tanto el autor como los presentadores pudieron hablar; nadie les sustrajo el micrófono, y el presidente del ICL ofreció una buena noticia: había dispuesto la reedición de la obra, que estará a disposición de los lectores sobre el 5 de julio próximo.

            Esa seguridad, sin embargo, no evitó lo que pasaría cuando el libro de Jiménez se puso al fin a la venta. Pese a que se formaron tres  filas, es un decir,  frente a igual número de expendios, la escasez de ejemplares provocó codazos, empujones, caídas. En la confusión, algunos se fueron sin pagar. Alguien, no sin dificultad,  deslizó un ejemplar en las manos de este cronista, pero no hubo ejemplares  para periodistas cubanos y la prensa extranjera  quedó igualmente al margen. Algunas celebridades que  por la vía de la cortesía pensaron conseguirlo, tuvieron que salir a la lluvia  con el rabo entre las piernas y la alforja vacía. Ya finalizado el acto, Max Lesnick, director de Radio Miami, de paso en la ciudad para la presentación privada del excelente documental El hombre de las dos Habanas, realizado por su hija Vivian y que lo tiene como protagonista e hilo conductor,  todavía esperaba salir con el suyo. La doctora Graziella Pogolotti, que, agobiada por el calor y el tumulto,  tuvo que ser sacada del salón, fue recompensada. Monseñor Carlos Manuel de Céspedes, Vicario General de La Habana, no tuvo esa suerte. Tampoco Antón Arrufat ni Jaime Sarusky, premios nacionales de Literatura, el arquitecto Mario Coyula ni  Marta Rojas.  Por cada persona que salió del Palacio del Segundo Cabo con el libro, hubo cuatro al menos  que se quedaron sin la obra, y deberán esperar a su inminente reedición.

            Samuel Feijóo me dijo en una oportunidad que un escritor puede sentirse satisfecho si alcanza siete lectores en una generación, cifra esa que incluía al linotipista. No se trata, por supuesto, de una frase para tomar al pie de la letra.  En este Sábado del Libro era  lógico que se dieran cita, como ocurre siempre,  los amigos y compañeros del autor, y también especialistas, investigadores y estudiosos del tema. Nadie esperaba, sin embargo, tal afluencia de público. El propio Jiménez se sorprendió de su poder de convocatoria. Su libro anterior, Las empresas en Cuba; 1958, publicado al igual que este con el sello de la editorial de Ciencias Sociales, si bien ya  agotado, tuvo un fluir discreto.

            Y es que Los propietarios de Cuba; 1958 atrapa por lo inédito del tema. En sus páginas el autor presenta de manera individualizada una selección de 551 de los más influyentes y poderosos miembros de la oligarquía, cubanos o extranjeros, pero residentes en Cuba en el momento de la irrupción de la Revolución Cubana y que  concentraban el mayor número de las empresas principales de la nación.

            Incluye el universo de los propietarios de la industria azucarera y la banca, sectores punteros de la economía,  así como los propietarios de  empresas  no azucareras de gran rentabilidad como las de tabacos y cigarrillos, rones, cervezas, medios de prensa, ganaderas… Para precisar la importancia económica de esos personajes, a juzgar por sus propiedades, Jiménez les otorgó una clasificación que va del 1 al 5 y que facilita una evaluación rápida del sujeto. En cada caso se consignan el número de sus propiedades, su nacionalidad y la del fundador de su estirpe, la profesión, el estado civil, número y nombre de los hijos, religión, títulos nobiliarios, relaciones sociales y políticas, lugar de residencia en la época que aborda el libro… Un diccionario biográfico, lo define en el prólogo el profesor Oscar Zanetti, cuya originalidad radica en su asunto. Precisa:   “Nuestros diccionarios biográficos suelen  comprender figuras destacadas en la política, las acciones militares, la literatura, las artes, las ciencias, pero rara vez en el mundo de los negocios. Tal ausencia se hace muy sensible, especialmente para los historiadores, pues muchos de esos ‘negociantes’, además de su gestión casi siempre decisiva en el campo económico, actuaban también en otras esferas y en particular ejercían una influencia nada desdeñable en la vida política”.

            Repare el lector en el título del libro. No se trata de los propietarios “en” Cuba, sino Los propietarios de Cuba, unos pocos cientos de hombres que tenían en sus manos la riqueza nacional en 1958, lo que ya de por sí justificó la Revolución de 1959. Sobre algunos de ellos hablaremos la próxima semana.

                                                                                  (Continuará…)

           

             

  

              

Propietarios (II)

Propietarios (II)

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Massaguer

 

De manera individual, Julio Lobo Olavarría era, dice Guillermo Jiménez, el más rico entre los propietarios de Cuba en 1958. Su fortuna se calculaba entre 85 y 100 millones de dólares. Era dueño de 16 centrales, una corredora azucarera y 22 almacenes de azúcar. Poseía además un banco, una naviera, una aerolínea, una agencia de seguros y otra de radiocomunicaciones, una petrolera… Era la personalidad más destacada de la burguesía cubana, el principal empresario y el más grande corredor de azúcar del mundo.

            Entre los grupos familiares, destaca Jiménez en su libro Los propietarios de Cuba; 1958, cuya segunda edición se anuncia para comienzos del próximo mes de julio, a la Sucesión Falla Gutiérrez, que con un capital de entre 65 y 75 millones e inversiones por más de 40 millones en el exterior, era el más poderoso clan  financiero-azucarero del país. Al fallecer, en 1929, Laureano Falla Gutiérrez, fundador de la dinastía, su herederos decidieron no dividir el legado, valuado en  unos 35 millones, y sus yernos Agustín Batista, Viriato Gutiérrez y David Suero  trabajaron por acrecentarlo. A través de Batista, presidente de The Trust Company of Cuba, el más importante banco cubano, con 26 sucursales y 800 empleados y depósitos por 213 millones, la Sucesión enlazaba con los González de Mendoza (siete familias, acaudaladas todas)  y gracias a Viriato Gutiérrez con los Castaño (10 millones de pesos y 26 empresas) y con los Cacicedo, poseedores  de dos centrales azucareros y de un banco, entre otras propiedades.

            Los más poderosos se enlazaban entre sí para ser cada vez más ricos e influyentes. Liliam, la única hija de José Gómez Mena (cuatro centrales, una destilería, un club de pelota, entre otros bienes, y activos calculados en 20 millones) contrajo matrimonio con Alfonso Fanjul Estrada, uno de los cuatro hijos de Fanjul Rionda y descendiente de los Rionda Polledo, creadores de todo un emporio azucarero.  Lian, la hija de ambos y nieta, por tanto, de Gómez Mena, con solo 17 años,  casó a su vez, en 1955,  con Norberto Azqueta, heredero de una de las mayores fortunas creadas en Cuba durante el segundo tercio del siglo XX. Fue, recuerda Jiménez, la boda más trascendente celebrada en la época por la burguesía pues unía a tres de los más poderosos clanes del azúcar.

DEL UNO AL CINCO

Todos los personajes mencionados arriba tienen  categoría 1 en cuanto a la importancia económica de sus propiedades. Cada una de las 551 figuras  incluidas en el libro de Guillermo Jiménez  lleva una clasificación que, en orden decreciente de capital,  llega hasta el 5 y que permite al lector una evaluación rápida del propietario. En esas figuras, que el autor presenta de manera individual, están los dueños  de las principales empresas y otros que pueden considerarse propietarios no esenciales, entre ellos, descendientes de antiguas familias criollas que, pese a haber perdido sus posesiones más significativas, conservaban ascendiente y poder gracias a sus vínculos familiares, sociales o políticos.  Incluye asimismo una relación de treinta ejecutivos, propietarios o no, que por los cargos que desempeñaban, sus nexos y sus aptitudes profesionales, se paseaban entre la oligarquía.

            Para facilitar la búsqueda de información en un libro de más de 700 páginas,  Jiménez dotó a su obra de varios índices. En el Índice General relaciona a todos los propietarios que incluyó, mientras que en los  de Ejecutivos y de  Propietarios Extranjeros particulariza a los de  esas dos categorías. Uno más indiza a los propietarios según su importancia.  En otro incluye a los fundadores de las grandes fortunas. Hay también índices de Veteranos de las guerras de independencia  y de  Autonomistas, que se opusieron a ellas, vistos Autonomistas y Veteranos en su condición de propietarios;  un índice de Empresas, otro, de Militares, así como uno más que inserta a personas citadas en el texto y no recogidas en índices anteriores.  El Índice de Profesiones consigna los nombre de los propietarios por aquellas carreras que estudiaron  y ejercieron o no.

            En ese último precisa  Jiménez a 109 abogados, 27  arquitectos e ingenieros-arquitectos, 5 contadores públicos y 4 dentistas. También a 5 farmacéuticos, 22 ingenieros, 20 médicos, 7 periodistas y 50 políticos.

            Saltan algunas curiosidades. El doctor Fernando Ortiz, con clasificación 3 en cuanto al rango de su fortuna, aparece en el libro como dueño de fincas madereras y una aseguradora, El Iris, la primera y más antigua empresa cubana de su giro. Era Ortiz el principal de los tres propietarios de tierra en la Ciénaga de Zapata, donde poseía, en copropiedad, dos fincas con una extensión total de 2 600 caballerías.

Ortiz vendió sus fincas en 1958. En cambio Julio Lobo que, en marzo de ese año, pidió a banqueros de Wall Street un préstamo por más de 24 millones de dólares  que devolvería en cuatro plazos, tres de los cuales vencían en 1959, se vio obligado a liquidar su deuda  cuando ya sus negocios en Cuba habían sido nacionalizados.

  Justo Luis del Pozo, alcalde de La Habana entre 1952 y 1958 y que, en sociedad con Batista y otros empresarios, llegaría  a ser uno de los dueños de Isla de Pinos, compró en ese territorio más de un millón de metros cuadrados de tierra y pagó por ellos  solo 1 106 pesos. Justo Luis, con categoría 3 en atención a sus bienes en 1958, había comenzado su vida laboral como un modesto peón de fincas. Igualmente comenzó por abajo José Manuel Casanova Diviñó: de  jornalero, con 14 años de edad en 1898,  en el central Bramales, devendría  uno de los zares del azúcar cubano, apoderado y dueño de centrales y desde 1933 vocero y guía de los hacendados, con un papel relevante y decisivo  en la política azucarera de la nación.

            Lamentablemente en los casos de Justo Luis y de Casanova, así como de otros personajes que se recogen en el libro, Jiménez no ofrece detalles en cuanto a la forma en que pasaron de pobres a propietarios. De otros sí lo hace. O lo insinúa.

 Del abogado Jerónimo Bugeda (director de Petróleos Aurrerá y accionista del Banco de la Construcción) español, ex  militante del Partido Socialista Obrero y  subsecretario de Hacienda en la República, recoge la acusación que le hizo la prensa por el desfalco de unos 12 millones de dólares que se le confiaron, durante la Guerra Civil, para la compra de armas en Francia.

 Alude también al posible origen de la fortuna de los Castaño. Al español Nicolás Castaño Capetillo, fundador de la casa, se le tuvo como el hombre más acaudalado de Cuba a comienzos del siglo XX. Se había establecido en la ciudad de Cienfuegos en 1849 y a partir de 1851 trabajó como dependiente de bodega y vendedor ambulante. Fue luego empleado de los Cacicedo hasta que se estableció por su cuenta con una fábrica de velas y una tienda mixta, que perdió en un incendio. Reaparecería  como comerciante y productor de azúcar.

¿Qué pasó en ese tiempo? Castaño Capetillo, contrario  a la independencia de Cuba, formaba parte del elemento integrista  español más recalcitrante, si bien durante la República se mantuvo al margen de la política y ocultó  sus ideas pasadas. En la Colonia, a  los cubanos condenados por sus ideales o acciones separatistas se les confiscaban sus propiedades, que quedaban bajo el control de una Junta de Bienes Embargados. Castaño Capetillo, teniente del Batallón de Voluntarios de Cienfuegos, fue, en esa localidad,  miembro de una de esas comisiones. Y por esa vía muchas de las propiedades enajenadas a los patriotas cayeron en sus manos.

ENRIQUECIMIENTO SÚBITO

Claro que si de enriquecimiento súbito y oscuro se habla en Cuba, pocos ejemplos superan al de Fulgencio Batista. El Guajirito de Banes haría una carrera meteórica no solo en la vida militar y en la política, sino también en el mundo de los negocios.

            Por su capacidad de molida diaria, los centrales Washington, Andorra y Constancia, que eran de su propiedad, convertían a Batista en el 14º hacendado y en 6º entre los de capital no norteamericano. Poseía además acciones en la Compañía Azucarera Atlántica del Golfo, el mayor consorcio norteamericano en su esfera en Cuba y el segundo grupo en capacidad de molida. Y es probable que fuera también titular de acciones en los centrales Ulacia y Corazón de Jesús. Era dueño además de una de las 40 mayores colonias cañeras. Sus intereses se extendían por varias compañías inmobiliarias, urbanizadoras y  de fomento tanto en La Habana como en Varadero. Propietario, en ese balneario,  del reparto Kwama, de múltiples edificios en la capital y de vastos terrenos en Miramar, Nuevo Vedado, Puentes Grandes y Ampliación de Almendares.

En lo que se refiere a  medios de difusión, eran  suyos los  periódicos Alerta y Pueblo, la revista Gente, las  radioemisoras RHC Cadena Azul (Radio Repórter) y Circuito Nacional Cubano,  la Cadena Oriental de Radio y Unión Radio y el Canal 12 de TV, así como de la Compañía Editorial Mediodía y la Compañía de Inversiones Radiales.  También propietario único de  Cuba Aeropostal, socio mayoritario de Aerovías Q, y el principal entre los socios privados de Cubana de Aviación. Propietario secreto de la Compañía Interamericana de Transporte por Carretera y de otras empresas de transporte, así como socio de la naviera Vacuba.

Entre otras propiedades, pertenecían asimismo a Batista el motel Oasis (Varadero) y  el hotel Colony, en Isla de Pinos.  La urbanizadora Centro Turístico de Barlovento (Marina Hemingway). La Compañía Territorial Playa Francés. La Compañía de Fomento y Turismo de Trinidad S. A. La Gerona Beach Territorial. La Compañía Hotelera Antillana, que proyectaba en el Parque Martí, en G y Malecón, un hotel de unas 700 habitaciones y un costo de 25 millones de pesos.

TAPADERAS

Si el salario de un general del Ejército no pasaba de los 400 pesos mensuales, y el del Presidente de la República era, en 1958, de 12 500, ¿cómo pudo Batista amasar una fortuna que se calcula en 300 millones? Jiménez ofrece una respuesta. La forma en que se aprovechó de la política de financiamiento y concesiones que promovía la banca estatal, bien mediante su apropiación o el cobro a través de terceros de elevadas gabelas a los empresarios beneficiados,  por cohecho, malversación e imposiciones, entre estas la  del juego prohibido, del que era principal beneficiario,  y por el cobro del 30% de las comisiones que los contratistas pagaban en efectivo por las concesiones de obras recibidas, cuyos créditos Batista supervisaba personalmente.

            Batista, con categoría 1 en la escala de Guillermo Jiménez,  enmascaraba la propiedad o su participación en unas 70 empresas a través de una telaraña tupida de testaferros, intermediarios, cómplices, socios y abogados, dirigida por Andrés Domingo y Morales del Castillo, su ministro de la Presidencia, y de su propia familia.

            

           

 

 

 

           

Frituras fritas

Frituras fritas

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

  

Sigo acopiando frases curiosas o disparatadas que leo en carteles colocados en dependencias públicas o casas privadas o que me remiten los lectores. Algunas de ellas no tienen desperdicio.

            En la ventana de una casa de la calzada de 10 de Octubre, cerca de la calle Gustavo: “Vendo gángster”. Al cabo de las semanas, el que colocó el cartel se percató de que él no vendía a Al Capone ni a Lucky Luciano, sino ejemplares de unos pequeños y simpáticos roedores y lo sustituyó por el correcto: “Vendo hámster”.

            En una estación de correos de la ciudad de Camagüey: “Después de las diez de la noche, telegramas solo para muertos”, sustituido luego por el apropiado: “Después de las diez de la noche, telegramas solo de urgencia”. Y en una vivienda de la misma ciudad, este, que me hace llegar el lector Ramón Figueredo: “No toque. Vuelva luego”; parecido a otro que, durante un tiempo, se vio obligado a colocar  el autor de esta página a fin de librarse de visitas molestas e indeseadas: “No toque a la puerta. Anúnciese a voces”. Lo que posibilitaba a este escribidor identificar por la voz del visitante y abrir la puerta a discreción.

            Hay algunos carteles memorables, como estos: “Vendo cochecito para niño metálico” y “Fabrico corrales para niños de madera”, por no hablar de verdaderas perlas idiomáticas como “Hay frituras fritas”; “Cuidado, hay un preso prófugo fugado” y  “Llegó la carne de viejos”.

            “No moleste. No compro ni sal”, leí durante mucho tiempo en la puerta de una casa del Vedado. Y en otra: “Cuidado con mi amo. El perro”. En una  de la Calzada de 10 de Octubre se leía: “Cuidado, hay perros”. Pero como el letrero se hallaba colocado justo al lado del número de la casa, al leerse de corrido parecía decir: “Cuidado, hay 777 perros”.

            El doctor Ramón Figueredo me cuenta en una carta sobre un profesor que residía en la calle Artilleros de su ciudad. Un día en que fue a visitarlo, encontró que el hombre había puesto en un lugar visible de la fachada de su casa este cartel: “Toque duro y repetido para poder oírlo”. Al leer aquello  Figueredo  se quitó un zapato y la emprendió a taconazos contra  la puerta. Compadre, me  va a tumbar la casa, dijo el profesor, molesto, al abrirle, y Figueredo, sin inmutarse, se limitó a señalar el cartel. No había hecho otra cosa que cumplir  lo que en él se recomendaba que se hiciera.

EL MOCHO DE CAMAJUANÍ

Todos los que conocieron al dictador Gerardo Machado coinciden a afirmar que era muy vivo y despierto, ágil en la réplica y demoledor en la contrarrespuesta. Tenía, sin embargo, muy bajo nivel educacional. Apenas fue a la escuela.  Desde muy temprano se vio obligado a trabajar como peón de fincas hasta que, en Camajuaní,  encontró empleo como carnicero. Ganaría el apodo de El Mocho de Camajuaní al perder un dedo en la carnicería.

 Machado, que ascendió a la Presidencia de la República en 1925 y salió de ella como bola por tronera en 1933, se hallaba en una ocasión de gira política por la antigua provincia de Oriente. Una noche, tras una ajetreada jornada de reuniones, discursos y promesas que  cumpliría o no, se reunió con sus allegados para planificar la agenda del día siguiente. Dijo:

            -Mañana, cuándo váyamo a Manzanillo…

            Alguien de los que lo escuchaba, se atrevió a rectificarlo.

            -Váyamo, no, General, vayamos…

            A lo que Machado, imperturbable, replicó:

            -No, mañana a Manzanillo. A Bayamo vamos después.

            Fue precisamente en tiempos de Machado que comenzó a utilizarse la voz “guataca”, que es un cubanismo, para designar al adulador o apapipio. Vivía rodeado de ellos. Gente que cuando preguntaba la hora, respondían: “La que usted quiera, General”. O como el senador y periodista  Wifredo Fernández, que le susurraba al oído: “Gerardo, ha comenzado tu milenio”

ENFERMEDADES CUBANAS

Hay en la Isla enfermedades que nuestros médicos, a pesar de toda su pericia, no pueden identificar por el nombre que de manera común les dan los pacientes. Un listado de esas dolencias me hace llegar Pablo Vargas, de la dirección del Instituto Cubano del Libro. Desconozco quién es el autor de la selección.

            Aire: Dolor y malestar que se produce al pasar, desabrigado  o con atuendo impropio, de un lugar cerrado y caluroso a otro abierto y ventilado.

            Destemplanza: Temperatura misteriosa del cuerpo. No es demasiado alta para considerarla fiebre ni acudir al médico, pero sí bastante seria para no concurrir al trabajo ni a la escuela.

            Sirimba: Ataque temporal con temblores y pérdida del conocimiento.

            Patatús: Llamado también patatú o patatún. Muy parecido a la sirimba, pero en este caso, la persona que lo sufre cae al suelo.

            Empacho: Problema digestivo que sigue a un atracón de comida cubana;  léase, lechón asado, arroz blanco, frijoles negros, plátanos tachinos y ensalada mixta, regada generosamente con vino tinto o cerveza. No todos acuden al médico para que los ayude a superar este mal porque siempre en la propia cuadra o al doblar de la esquina hay una viejita que lo cura con solo estirar la piel de la espalda o de una pierna.

            Mal de ojo: Es el que empieza a aquejar a un niño cuando alguien le trasmite un daño con los ojos. Se aleja con una piedra de azabache o con la oración de San Luis Beltrán.

            Cuerpo cortado: Enfermedad tan indefinible como el aire. Si hay que describírsela al jefe o al maestro, se dice que parece que va a caernos catarro. Vaya, que no es más que un catarro anterior al catarro.

            Muñeca abierta: Dislocación de esa parte del cuerpo. También puede abrirse la cintura.

            Chiflío: Se dice mejor chiflido. Diarrea aguda.

            Andancio: Similar al chiflido, pero con dimensiones epidémicas.

PEPELITO “JABLA” LENGUA

Tiempo hubo en la Habana en que, tres veces al día, desde las fortalezas se disparaban al aire los cañones  con el propósito de alejar la epidemia de cólera que asolaba la ciudad. Y se encendían en las plazas grandes hogueras de viruta y brea para que la peste se llevara el morbo. Las personas sanas andaban con un pañuelo empapado en vinagre, alcanfor  o  cloruro pegado a las narices para preservarse del azote, mientras que los especuladores, que viven siempre de las calamidades públicas, hacían su agosto con la venta de parches y papelillos que recomendaban como infalibles contra la enfermedad. A la postre, los cañonazos, las hogueras ni los pañuelos empapados daban resultado alguno.

            En febrero de 1833 se desató en La Habana una epidemia de cólera. La trajo un tal Soler y once horas después de su llegada, el hombre que le dio posada estaba muerto. Un médico de entonces, el doctor Manuel Piedra, vio el primer caso y, sin vacilar, hizo el diagnóstico certero. Fue el acabose. No pudiendo luchar contra el cólera, los habaneros de entonces la emprendieron a pedradas contra Piedra. Y como quisieron matarlo, el Capitán General tuvo que ponerle escolta.

Se dice que en tres meses la epidemia se llevó a la tercera parte de los habitantes de La Habana y al finalizar el año había matado a más de doce mil personas.  Los comercios cerraron sus puertas y desaparecieron los vendedores ambulantes. Se rompieron las relaciones de parentesco y amistad. Las calles se veían solitarias en pleno día, transitadas únicamente por sacerdotes, médicos, estudiantes de Medicina, notarios… Los más pudientes salían de la ciudad para refugiarse en sus fincas más lejanas y solo conseguían  morir a la orilla del camino real sin ayuda alguna. Nadie quería trabajar como sepulturero.  Cuando el cementerio de Espada se hizo pequeño para tantos muertos, se improvisó uno frente a la Quinta de los Molinos, rozando con lo que hoy es la calzada de Ayestarán. En  aquella fosa enorme pararon   muchos de los cadáveres recogidos en la calle y otros más que, sin estar muertos, fueron enterrados en la cal viva.

            Y ese es precisamente el motivo de esta historia que cuenta el escritor Álvaro de la Iglesia en sus Tradiciones cubanas. Sucedió que un esclavo carabalí, ya casi al anochecer, debió conducir a aquella fosa una carreta con 22 cadáveres. Solo que entre ellos iba un borracho que, dado por muerto, había sido recogido en la Plaza Vieja. El fresco de la noche, el traqueteo del vehículo o lo que fuera, provocó que el curda volviera a la vida. El negro, al verlo incorporarse entre sus compañeros de ruta, le preguntó si estaba jugando y le recomendó que volviera a acostarse. No estoy enfermo, dijo el borracho. Peor, dijo el negro, tú etá muelto.Y agregó: Yo lleva veintidó mueltoaquí va eclito: papelito jabla lengua.

ACEITE DE PALO

Mucho ha variado la Medicina desde entonces. Ya al tétanos no se le llama pasmo ni ictericia a la hepatitis. Ni a la gastroenteritis se le dice acidosis. Ya los collares de higuereta al secarse no indican que se recogieron las paperas ni se emplean aquellas cataplasmas de cebo de carnero, borra de café y hojas de salvia envueltos en papel de cartucho  para sacar la pechuguera que dejaba el catarro. Tampoco las heridas se curan con aceite de palo, que evitaba el pasmo. Ni se habla de angurria para identificar  las ganas reiteradas e incontenibles de orinar. 

            Como dice el lector Manuel Lagunilla, de Trinidad, hoy “el lenguaje médico y científico ha traspasado el ámbito de los institutos de investigación, los hospitales y otros centros de salud para invadir el habla popular. Las palabras comunes, corrientes, sencillas se han tornado asépticas, blancas, oxigenadas, con olor a éter y sabor a yodo”.

            Así, nadie pide ya una hoja de salvia para aliviarse la punzada que siente en la cabeza. Sino una dipirona para la cefalea. No se habla de mala digestión, sino de ingesta y a la presión baja, que subía con un poco de café, se le llama hipotensión. Nadie imagina a nuestras abuelas, dice el doctor Lagunilla, hablando de un niño hiperquinético. Sentenciaban sencillamente: Este vejigo es un bofe.

 

             

           

           

 

           

           

           

     

Soledad y pasión de René Portocarrero

Soledad y pasión de René Portocarrero

Ciro Bianchi Ross

 

 

René Portocarrero no tuvo nunca una idea preconcebida al enfrentarse a una tela en blanco. Sorprendido siempre por las formas y la composición, su pintura surgía espontáneamente, como una planta, en un juego dramático que entrecruzaba formas y colores. Trabajaba todos los días y gustaba hacer suya la famosa frase de Picasso: “No busco, encuentro”. Pero tenía jornadas en las que no encontraba nada y otras en las que encontraba tres veces. Solía enamorarse de un tema y adentrarse en él hasta agotar todas sus posibilidades. Así surgieron figuras de carnaval, diablitos, santos populares, paisajes de La Habana, catedrales, plazas, mariposas, mujeres…  expresados con un sentimiento total y dentro de una universalización de las formas.

            -Quizás donde mejor pueda apreciarse esto es en la ornamentación de la colección de Carnavales. Hay quienes han señalado en ella las influencias más diversas, desde las hindúes hasta la de los aborígenes americanos, sin olvidar las de varios folclores del mundo. Mis Carnavales son un homenaje a toda la pintura… No sé si eso de las influencias será cierto o no. Lo que sí es cierto es que mi capacidad de aprehender es muy intensa. Nunca me es ajena una manifestación artística genuina.

            Esa fue la  respuesta del artista cuando, en 1978, le pedí que caracterizara su pintura. Prefería no hacerlo de otra forma  que mediante la demostración de su propia capacidad plástica.  Por eso, más que barroca, deseaba que su pintura fuera, sencillamente, pintura. Sin adjetivos.

            Mucho se ha hablado de lo barroco en la obra de Portocarrero. En ella había logrado atrapar, decía Carpentier, el barroquismo generalizado, viviente y parlero de La Habana y los habaneros. Y es aplicable a ella el concepto de barroco como un arte de la contraconquista americana, que señaló Lezama Lima. Barroco americano con su tensión y plutonismo de estilo plenario que abarca formas de vida y sentimiento.

            Pero si aplicamos a esta obra el marbete de barroca, dónde encaja entonces todo “lo otro” que hay en ella, dónde quedan la línea nórdica, lo monstruoso románico, el hieratismo indoamericano, el romanticismo criollo, la rigidez bizantina, lo depurado gótico, la asepsia novecentista… asimilados por un pintor que supo apresar las más recónditas  esencias cubanas. El crítico Guy Pérez Cisneros habló, en 1944, de “lo atlántico” en Portocarrero. Quizás sea ese el término, ambiguo y preciso a la vez,  que mejor abarque y defina la obra del pintor cubano. “Cruce de Churriguera y de Ingres en el que a veces vence Churriguera. Atlántico que lo destiñe todo. Atlántico teñido de barroco español, iluminado a la vez por una luceta de medio punto románico y por el puro esplendor del Malecón en mediodía”.

            Más que de etapas, en su pintura debe hablarse de temas, expresados en una mágica continuación.

            -Eso lo ha señalado más de un crítico. En mi obra hay continuación, no ruptura. Puede resumirse en un solo cuadro y obedece a una misma mano a pesar de que creo que mi pintura tiene todos los estilos y ningún estilo, o un estilo que es una forma de cambio. Es un poco como La Habana, que no tiene estilo arquitectónico definido y en la que caben todos los estilos.

            Ante un paisaje de La Habana pintado por Portocarrero, la narradora francesa Marguerite Duras dijo al artista que había reproducido muy bien a Estambul. Ella tenía razón, comentaría después el pintor, porque Estambul es una ciudad que estuvo siempre en su imaginación. Pero aquel paisaje era también el de La Habana, lo que el paisaje habanero tiene de universal.

            En esta ciudad nació Portocarrero, en 1912. Desde muy pequeño se sintió atraído por los vitrales de las casas coloniales cubanas, y poco después pintaba ya en grandes telas y con colores de aceite, sin haber recibido predicaciones de nadie porque “el pintor siempre sabe lo que tiene que hacer”. En cierta ocasión el pequeño René vio por una puerta entreabierta a una hermosa y elegante  mujer que, mientras conversaba con su padre, se iba despojando de todas sus joyas, que depositaba sobre la mesa del despacho. Aquella dama había asesinado a su esposo y quería que el doctor Portocarrero asumiera su defensa. No podría el abogado librarla de la cárcel, pero muchos años después el niño aquel la inmortalizaría en sus Floras.

Su pintura auténticamente cubana se inicia, a comienzos de la década de los 40, con “Mujer sentada” y “Casa en Viñales”, y a esos años  corresponden asimismo sus “Interiores del Cerro”, piezas buscadas con afán por los coleccionistas.  A partir de ahí pintaría en la soledad y en la pasión.  En 1944 realiza su primera exposición personal: 140 cuadros que chorrearon su luz espesa, su densa policromía dorada en uno de los salones de la universidad habanera, y al año siguiente expone por primera vez en Nueva York, cuando Chagall, Guggenheim, Dalí y Bretón instaron a Leyy a que lo presentara en su prestigiosa galería. En 1955 publica Las máscaras, cuaderno con doce dibujos y un epílogo. Y en 1960 da a conocer  El sueño, poema que había escrito con dibujos y palabras el 1 de septiembre de 1939, el mismo día en que se desencadenó la segunda guerra mundial. Hay una fecha más en la obra de Portocarrero: 1959. “La Revolución, me dijo, impulsa toda mi obra”.

            No resultaba fácil conversar con René Portocarrero, a quien, de tan callado, apodaron en una época, “el mudo”. Lograr el acceso a su casa era todo un ritual. Un ojo asomaba por la mirilla de la puerta al reclamo del timbre. El ojo desaparecía y minutos después, allí estaba el ojo otra vez. Era otro ojo. Portocarrero había sido el primero en mirar, pero no  abría la puerta si Raúl Milián, con quien formaba pareja desde fines de los años 30, no daba su consentimiento. Milián era  quien, de inicio,  hacía los honores al visitante hasta que, sin despedirse, se retiraba a una habitación y desde ella, sin reparo alguno,  escuchaba la conversación y seguía los pormenores de la visita. Sus celos irracionales  eran también de índole profesional  pues,  excelente pintor él mismo, vivió siempre supeditado a la fama de su amigo. Eso acrecentaba las discusiones inevitables en toda pareja; discordia   que  llegaba a veces a la agresión física cuando René golpeaba a Raúl con una espátula y este devolvía el golpe con un pisapapel o un tintero. Pronto retornaba la calma, sin embargo, al ensimismarse Milián  en su Kierkegaar y replegarse Portocarrero  en la pintura.  A veces Milián amenazaba con lanzarse al vacío desde la terraza  y, por teléfono, movilizaba a media Habana para que corriera a evitarlo hasta que,  entrados ya  los años 80, se suicidó de verdad.  Creo que, pese a todo, le caí bien. De otra forma no hubiera consentido que Portocarrero me obsequiara una Flora bellísima y  una buena cantidad de dibujos que me dedicó  con su letra redonda y amuchachada.

            Portocarrero, desgastado por el alcohol y disminuido por el cigarrillo, apenas  sobrevivió a Milián. Murió en 1985  a consecuencia de un accidente doméstico. En la sala de cuidados intensivos donde lo recluyeron, los médicos, para calmarle sus crisis de delirio, consintieron en administrarle por vasos media botella de ron diaria.   Piezas suyas se han cotizado en más de un cuarto de millón de dólares.  Decía:

            -Como pintor dispongo de un mundo que me es afín. Un mundo que fluye desde la niñez. Un mundo que ciñe y ordena. Ese mundo es Cuba. Es su paisaje y sus pueblos y ciudades. Es el gran colorido de sus fiestas. Son sus santos insistentes que afirman un no sé qué de coraje ancestral en nuestra isla. Es la extraordinaria varonía de nuestro pueblo a través de la historia sucesiva. Y es también el señorío de su vegetación bajo un sol radiante. Todos esos sentimientos me asisten cuando pinto.

           

           

  

La novela del aire

La novela del aire

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

  

Nadie hablaba de “radionovela” ni de “novela radial” hasta que los cubanos inventamos dichos términos, y lo mismo sucedió con el de “telenovela”. Inventamos los términos porque antes habíamos inventado el producto. De ahí que una famosísima radionovelista de ayer, Iris Dávila, expresara hace años que los cubanos son los culpables de un hecho literario unido por el cordón umbilical a la tecnología del siglo XX y causante de no pocas polémicas en los círculos intelectuales de la América Latina. Aludía, por supuesto, a la narrativa transformada y expandida primero por la radio y luego por la televisión.

            -Asumimos la responsabilidad y confesamos el pecado… Cuba tuvo la osadía de introducir en un incipiente sistema electrónico el viejo oficio de fabular –decía la autora de Divorciadas y Por los caminos de la vida.

            Añadía:

            -El atrevimiento originó en lengua hispana un género insólito, más dramático que narrativo, por cuanto su forma elocutiva esencial era el diálogo y no la narración, y por cuanto demandaba el juego histriónico de voces moduladas, sin que por ello dejara de ser novela,  o sea, acción más o menos lenta y más o menos amplia, si bien no contada en pretérito sino expresada en presente.

            Aunque podría hablarse de algunos intentos anteriores –a partir de 1919- la radio cubana nació en 1922. El 10 de octubre de ese año, Alfredo Zayas y Alfonso, Presidente de la República de Cuba, inauguraba la radio cubana con un discurso que pronunció… en inglés. Lo hizo desde los micrófonos de una poderosa emisora  de 500 watts, instalada en la sede de la Compañía Cubana de Teléfonos, subsidiaria de la ITT. Era la primera emisora norteamericana en la América Latina, y surgió, se dijo, con un carácter “experimental” a fin de acercarse, en esencia, a una gran masa analfabeta e iletrada.

            Poco después, de una primitiva red de radioaficionados, surgieron emprendedores animosos que sembraron la Isla de emisoras pequeñas. En 1933 había en Cuba 62 radioemisoras que situaban al país, en este campo, a la cabeza del continente, solo superado por Estados Unidos y Canadá. En Uruguay había entonces 25 estaciones de radio, 22 en Brasil y 17 en la Argentina.

            -El factor cuantitativo, determinante en este caso, marcó la tónica y el estilo de las audiciones. Con rapidez, desde el principio, en música, en chispazos humorísticos, en declamaciones y noticias, se impusieron las preferencias nacionales –afirmaba Iris Dávila.

SOAP OPERA – RADIONOVELA

En Estados Unidos, mientras tanto, había surgido un producto radiofónico eficaz: la soap opera.

            Existía allí un vivo interés por lanzarlo en la América Latina, pero esperaban hacerlo en el momento propicio. Se necesitaba antes, como plataforma, inundar de aparatos receptores perfeccionados las vastas regiones del continente y asegurar así la utilidad del negocio.

            En Cuba, sin embargo, se iba ganando terreno, acaso por intuición, en cuanto a los contenidos radiofónicos afines a una gran masa de oyentes. Y ya en 1934 asoma aquí la radionovela. Nace en una emisora de la ciudad de Santiago de Cuba y tiene como protagonista a Chan Li Po, un detective chino que haría célebre su frase de “Paciencia, mucha paciencia”. Su creador es Félix Benjamín Caignet Salomón.

            Pero Caignet no partió de la nada. Otros autores le abonaron el camino.

HÁBITO DE AUDIENCIA

Ya en 1929 se decían versos y monólogos por la radio cubana, y en 1931 se radió por primera vez algo muy parecido a una novela amorosa: su autor fue el  célebre poeta José Ángel Buesa. A partir de ahí gana fuerza el radioteatro, dramatizaciones que contemplaban los ingredientes –música y efectos sonoros- de lo que después se llamaría el lenguaje radial. Y por esa misma época el propio Caignet, basándose en un recuerdo de su niñez, el de los cuenteros populares, introdujo el suspenso en un programa infantil que escribía entonces: cortaba la narración en un momento culminante de la trama y había que esperar al capítulo siguiente para enterarse de cómo proseguía la acción.

            Por ese tiempo comenzaban en la radio cubana las adaptaciones de grandes obras de la literatura universal y de piezas conocidas del teatro español. Con eso se fomentó el hábito de audiencia, que no tardaría en dar paso al hábito de continuidad que se implantaría con las obras de teatro que se trasmitían a razón de un acto por día.

            Por entonces Caignet estaba estrenando, en Santiago de Cuba, la primera serie de su Chan Li Po. En 1937 viene a La Habana y logra un contrato en una emisora de segunda fila. Pero allí duraría poco tiempo; una emisora poderosa lo ficha y trasmite durante unos ocho años consecutivos las sutiles deducciones del detective despejador de crímenes e incógnitas que complace a un auditorio cada vez más mayoritario.

            En esa misma época CMQ pide a sus oyentes que sugieran los títulos de las novelas que les gustaría escuchar. Se adaptan así para la radio obras como 24 horas en la vida de una mujer, de Zweig, Tú eres la paz, de Martínez Sierra, El hombre que yo amé, de Rostand, y Cumbres borrascosas, de Bronte. Son los años en que el gran narrador cubano Alejo Carpentier hace para la radio versiones de novelas famosas y en un capítulo de una hora de duración condensa títulos como La cartuja de Parma, Quo vadis, Los cuatro jinetes del Apocalipsis…

 

RADIONOVELA DEL CORAZÓN

 

La radionovela del corazón propiamente dicha surgió en 1941, cuando la RHC Cadena Azul inicia su espacio La Novela del Aire. El primer título original cubano en esa línea es Por la ciudad rueda un grito, de Reynaldo López del Rincón, adaptador hasta entonces de grandes novelas. López del Rincón, con su obra, hizo zafra de público e inauguró toda una etapa.

            En 1944 Caignet estrena El precio de una vida, y, dos años después, con Peor que las víboras ratifica su popularidad. Ya en 1945 aparece El collar de las lágrimas, de Pepito Sánchez Arcilla, que con sus 965 capítulos  es la novela más larga que ha trasmitido la radio cubana en toda su historia. En 1946 salían al aire  aquí entre 25 y 30 radionovelas diarias. En 1948 se radia El derecho de nacer, y su autor, Félix B. Caignet, se sitúa a la cabeza de los escritores del género.

            En ese periodo surgen, entre otros, los nombres imprescindibles de Iris Dávila, Hilda Morales, Caridad Bravo Adams,  Dora Alonso, René Alouis, Aleida Amaya… que acaparan, cada uno de ellos con estilo propio, el favor de radioescuchas cubanos y de otras latitudes pues no era extraño que sus obras se trasmitiesen en diez o doce naciones.

Cuando se introduce la televisión en Cuba, en 1950, muchos autores radiales incursionaron, en ocasiones para quedarse, en el nuevo medio. Surgen otros nombres. Algunos –Iris Dávila, Aleida Amaya, Roberto Garriga…- se adaptan a las nuevas circunstancias. Otros tendrían una presencia menos amplia y determinante o deciden mantenerse en  la radio.

            -Despunta la telenovela nuestra –precisaba Iris Dávila. Considerada globalmente semejante vitalidad implica una dinámica creativa desmesurada y vertiginosa, de extraordinario relieve sociológico en el contexto cultural cubano de la década del 50 donde aún persistía un 24% de analfabetos y donde las manifestaciones artístico-literarias eran inaccesibles para el gran público.

MUERTE Y RESURRECCIÓN

 

Ya en los 60 se execró el folletín en la radio y la televisión cubanas. Se cortó su proceso natural y se perdieron muchos de sus recursos y sus técnicas. Ya para entonces Caignet había dejado de escribir, y también Iris Dávila. René Alouis se dedicaba a la Medicina.  Hilda Morales escribiría  solo dos radionovelas entre 1959 y 1967. Otros autores de antes, como Aleida Amaya, se sumaban  a los nuevos tiempos, pero en la TV el folletín había dado  paso, en la serie Horizontes,  a lo que el público llamó “la novela de los sindicatos”, sin bien trataba de mantener los recursos y los ganchos de la “novelita”.

            En la radio, la cosa no fue mejor. Es una historia no escrita. Llegó un día al ICR-T un director que no quería más folletines. Se desconoce si la idea se generó en su propia cabeza y, aunque no la expresó abiertamente, los escritores captaron sus señas y empezaron a actuar en consecuencia. Pero la decisión era más drástica de lo que en un inicio parecía y un día ordenó que  todas las radionovelas  en el aire finalizaran de un día para otro. Lo que sucedió es fácil de imaginar. La orden se cumplió, pero las emisoras quedaron prácticamente sin programación.  

            Enrique Núñez Rodríguez, que entonces escribía aún para la radio, no escapó a esa suerte. Contó una vez el fin de Leonardo Moncada, aquella serie de aventuras que hizo época en sus días. Lo convocaron  a la dirección del organismo y le pidieron que pusiera a su personaje a deshacer entuertos en la América Latina. Enrique lógicamente se negó, dejó de escribir el serial y el nuevo escritor recibió la encomienda de matar a Moncada. Poco después aquel director era sustituido y la gente dio un título muy radial a su democión. Le llamó La venganza de Moncada.

            El folletín volvería por sus propios pies en 1992 cuando Radio Progreso trasmitió Más allá del amor, de Josefina Martínez. Pasión y prejuicio, de Eduardo Macías, marcó en la televisión un hito en este sentido. Y en 1996, en la radio, Cuando la vida vuelve, de Joaquín Cuartas, provocaba un fenómeno de audiencia desconocido en la Isla desde muchos años antes. Cuartas, al escribirla, quiso saber si los mecanismos de Caignet funcionaban todavía, y resultado demostró que sí, que, como en los días de El derecho de nacer, el país se paralizaba de nuevo a la hora de la trasmisión. Cuadras no repetía a Caignet. Pagaba tributo al  folletín clásico sin desdeñar por ello las ganancias de la comunicación moderna. Y es que el folletín gusta porque en él se exacerban todos los elementos dramáticos.

El hombre actúa, ama, odia y sufre impulsado por fuerzas y mitos morales que vienen de la antigua Grecia. El hombre necesita que le cuenten historias y las radionovelas y las novelas de televisión cumplen en eso la función que ayer tuvieron los juglares y los cantares de gesta, las novelas de caballería y la novela por entregas de los románticos. El hombre común  sigue necesitado de   verse realizado en un proyecto ajeno triunfante.  Se dice que quien escucha o ve un folletín, no ve ni oye una novela, sino que visita una casa en la que ocurren cosas más interesantes que en la propia. Convierte al espectador en un chismoso: sabe cosas que el protagonista desconoce y quiere gritárselas desde su sala y juega así un papel dentro de esa trampa que es la trama del folletín.