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De la mágica cubanía

De la mágica cubanía

Ciro Bianchi Ross

Foto Mayra

 

Los carnavales, las parrandas de Remedios y las charangas de Bejucal son las fiestas populares más genuinas y cubanas. Su origen se pierde en la noche de los tiempos, y todas, en su devenir, evolucionaron y se enriquecieron sin perder la esencia. En ellas el cubano se divierte y disfruta a plenitud.

            Aunque los carnavales se celebran a todo lo largo y ancho del país, son los de las ciudades de La Habana y Santiago de Cuba –cada uno con sus características- los más connotados. Más de espectáculo el primero, más de participación el otro, ambos festejos, con sus paseos y desfiles, las evoluciones de las comparsas, los disfraces, las máscaras y una música contagiosa, nacieron en los días de la esclavitud cuando los negros recibían, el 6 de enero de cada año, el permiso de sus amos para salir a la calle y entonar sus cantos y marcar el paso de sus bailes al son de los instrumentos que la nostalgia les hizo reconstruir en estas tierras.

            Fue un cura católico, sin querer, quien dio origen a las parrandas en el viejo poblado de Remedios, en la región central de la Isla. Cuentan que el párroco, para convocar a sus feligreses a las misas de aguinaldo –entre el 16 y el 24 de diciembre-,  no halló modo mejor que despertarlos, de madrugada, a fuerza del ruido infernal de latas llenas de piedras, cacharros de cocina y otros “instrumentos” nada armónicos, de manera que, imposibilitados de dormir, concurriesen a la iglesia.

            En el nacimiento de las charangas de Bejucal intervinieron también los esclavos que, tras la misa del gallo, bailaban al compás del tambor alrededor del templo de esa localidad de La Habana profunda, mientras que blancos y mulatos disfrutaban del espectáculo que regalaban aquellos negros que con movimientos frenéticos invocaban a sus dioses.

            No tardaron las charangas en convertirse en escenario de la aguda confrontación entre españoles y criollos, y surgieron así los bandos de los malayos, que agrupaba a los primeros, y el de los musicangas, donde se concertaban negros –esclavos y no- mulatos y blancos que seguían el furioso compás de los tambores, mientras que los malayos desfilaban muy tiesos, en actitud casi marcial, al ritmo de su banda. Así llegó el siglo XX y esos grupos recibieron nuevos nombres. Musicanga pasó a ser La Ceiba de Plata, con su distintivo color azul y el alacrán como símbolo. Malayo se llamó La Espina de Oro y se decidió por el rojo y el gallo. Hasta hoy.

            En Remedios, la iniciativa del cura agradó a la muchachada y poco después cada uno de los dos barrios en que se dividía la ciudad contaba con su cuadrilla de músicos infernales, quienes poco a poco cambiaron su instrumentación y perfeccionaron su ritmo para convertirlo en el actual “repique” de gangarrias, rejas, botijuelas, cencerros y tamboras que identifica a las parrandas remedianas.

EL CARMEN Y SAN SALVADOR

En cada Navidad, los moradores de un barrio acudían a despertar a los del barrio vecino mientras que el suyo era a su vez invadido por estos… Así se arribó al año de 1871 y a partir de ahí las parrandas cobraron la estructura que en lo esencial mantienen todavía.

            Se trata de una fiesta que se prepara a lo largo de todo el año, y exige esfuerzos y recursos como ninguna, y dura menos de doce horas.

            El baile no es lo fuerte en ella, y la sabrosa música cubana cede el lugar protagónico a la polka europea. No hay mascaradas ni disfraces ni congas detrás de las cuales la gente baile por las calles. No es un carnaval ni un espectáculo, sino una celebración en la que toda Remedio se vuelca y participa de alguna manera, primero en la construcción de las carrozas y los trabajos de plaza –verdaderas obras decorativas monumentales- y luego en la festividad misma.

            Una línea que se traza sobre el asfalto divide en dos el centro de la ciudad. De un lado estarán los habitantes del barrio de San Salvador; del otro, los de El Carmen. Ambas barriadas esperan que las campanas de la Parroquial Mayor indiquen que son las nueve de la noche del 24 de diciembre para empezar las hostilidades. Porque las parrandas son una “guerra” en la que cada barrio en un frenesí de pirotecnia, derrocha sus fuerzas para superar  al rival  en ruidoso alarde de estallidos de cohetes, voladores, cascadas de luces y fuegos de artificio.

            Cada barrio hace sus “presentaciones” por separado. Hay, para cada contendiente, una presentación inicial, que se llama “saludo”, seis salidas más de treinta minutos cada una y una presentación final en la que se intenta “echar el resto” y demostrar quien se es a estrépito limpio.

            Porque la gracia de las parrandas remedianas, lo que las hace singular, es la cantidad y el lucimiento de los cohetes, voladores, cascadas de luces que cada bando gasta en ellas. Una guerra simulada que termina sin vencedor ni vencido porque ya en la mañana los dos barrios se proclaman victoriosos y “corren” el triunfo con su música.

LA NOCHE MÁS LIBRE

 

No hay suceso del acontecer de Bejucal que quede fuera de sus charangas, una fiesta en la que coinciden la música, la danza, el teatro, la artesanía. Tampoco pasan inadvertidos en la celebración los acontecimientos trascendentales del país. Los incorpora y quedan grabados como huellas definitorias del desarrollo expresivo, conceptual y artístico de una fiesta que sobresale por su magia, sus tambores, su cabildo y por esos personajes como la Macorina, la Mujiganga, el Yerbero, la Bollera y la Culona que ponen una nota más de alegría en el duelo fraterno que entablan, en los días finales de cada año, La Ceiba de Plata y La Espina de Oro, el alacrán y el gallo,  en defensa de sus colores respectivos.

            Los carnavales de La Habana y Santiago tienen lugar en las noches de nuestro ardiente verano. En la capital, a lo largo del mítico Malecón. En los de Santiago, más coloridos y vigorosos, los integrantes de sus paseos o comparsas hacen un extenso recorrido por la ciudad seguidos por las congas que son, se dice, el vínculo directo con la génesis del carnaval, el ritmo puro y vivo sostenido por tambores, campanas estridentes y la aguda corneta china cuyo sonido identifica a cada barrio.

            Al igual que el  de Santiago, el de La Habana evolucionó y sigue siendo el mismo cuando el retumbe de los cueros marca el ritmo y fluye la música, incontenible como las olas del mar sobre el muro Malecón inmediato, para llenar la noche de alegría, de ganas de vivir y de disfrutar una libertad más libre porque es la noche del carnaval de La Habana.

           

 

             

 

La gota de oro de la décima cubana

La gota de oro de la décima cubana

Ciro Bianchi Ross

 

Si en la poesía del siglo XIX cubano, Manzano es el esclavo y Heredia, el desterrado, Mendive, el maestro, Milanés, el loco y Zenea, el mártir, Juan Cristóbal Nápoles  Fajardo es el desaparecido. En 1862, el hombre que había hecho célebre el seudónimo de El Cucalambé y que gozaba ya de una popularidad enorme por sus versos, desapareció para siempre, sin dejar rastro,  y hasta hoy llegan las conjeturas sobre su desaparición. Tenía 33 años de edad entonces.

            Pasó su infancia en la hacienda paterna, en las cercanías de la ciudad de Las Tunas, en la porción oriental del país, y se sintió identificado con el ambiente rural, que llevó a sus versos. Un abuelo sacerdote le enseñó latín, lo introdujo en la lectura de Virgilio y Horacio y lo hizo conocer bien a poetas españoles como Garcilaso y Villegas. Sin embargo, su cultura literaria no impidió que Nápoles Fajardo adoptara en su poesía la expresión común de los campesinos cubanos. Una parte de su obra clasifica dentro de lo que en nuestra literatura se llamó el ciboneyismo, con la evocación ingenua y sencilla de los aborígenes de la Isla. La otra, que escribió casi siempre en décimas, se inserta en el criollismo y pinta las costumbres de los habitantes de nuestros campos. Es esta la parte más trascendente de su quehacer literario. No solo logró en ella el trasunto del color local, sino que consustanció anhelos y sentimientos del guajiro cubano. De ahí la nunca agotada popularidad de sus versos, que muchos memorizan de tanto que los oyeron repetir, sin haberlos leído nunca y a veces sin poder precisar siquiera quién los escribió. 

            Por la orilla floreciente / que baña el río de Yara, / donde dulce, fresca y clara / se desliza la corriente, / donde brilla el sol ardiente / de nuestra abrasada zona, / y un cielo hermoso corona / la selva, el monte y el prado/ iba un guajiro montado / sobre una yegua trotona.

            Más que a la letra, la poesía de El Cucalambé se liga a la voz. A diferencia de otras naciones hispanoamericanas en las que el romance fue el metro popular por excelencia, el cubano se decidió por la décima. Sin ella, casi siempre improvisaba de repente, recitada o cantada al compás de una guitarra, se hace inconcebible en Cuba, incluso hoy, una fiesta campesina. Muchos poetas la cultivaron a lo largo del siglo XIX, pero no cuajó totalmente hasta la aparición de Nápoles Fajardo. Hasta entonces, dice Cintio Vitier, faltó algo más categórico y menos personal, un molde flexible que el pueblo adoptara como suyo, una destilación difícil y sin embargo sencilla, que se convirtiera en norma. Esa gota de oro fue la décima de El Cucalambé.

            Una expresión campechana y fina. Una adjetivación fresca y pura. La posesión indiscutida del paisaje como argumento primero y básico de la nacionalidad. Una intención patriótica soterrada. La  manera sutil de combatir por la independencia. Una formulación sentimental y rítmica que serviría al guajiro para el canto cotidiano y la controversia en el guateque… Todo eso lo debemos a El Cucalambé, asegura Vitier, y hoy, cuando leemos o escuchamos a  verdaderos maestros de la poesía popular asistimos al triunfo de una tradición que atravesó treinta años de guerra contra España con la palabra de Cuba apoyada en la guitarra. No es de extrañar entonces que desde hace más de dos décadas se celebre en la finca del poeta, en Las Tunas, la Jornada Cucalambeana y el Festival Iberoamericano de la Décima, fiesta de la cultura campesina que congrega cada año  a especialistas y curiosos de muchas partes del mundo.

            Entre 1848 y 1852 participó el poeta en varias conspiraciones contra España. Luego contrajo matrimonio,  tuvo dos hijos y en la ciudad de Santiago de Cuba aceptó un puesto en la administración colonial. La vida parecía sonreírle, pero, recio y altivo como era,  le molestaban las críticas de sus antiguos compañeros que le reprochaban el haberle admitido empleo al gobierno. La primera guerra de independencia no tardaría en estallar con todas sus tempestades y El Cucalambé vivía sin duda su propia tempestad interna. Aunque algunos afirman que tal vez el elemento español más recalcitrante se lo quitó del medio, asesinándolo, la hipótesis más aceptada es la del suicidio. Publicó un solo libro, Rumores del Hórmigo. No llegó a la posteridad ninguno de sus retratos. Poco importa ya porque, al decir de Cintio Vitier, su auténtico rostro se dibuja en la gota de oro de la décima que acuñó como moneda nacional.

           

           

           

Otra visita a Dulce María Loynaz

Otra visita a Dulce María Loynaz

Ciro Bianchi Ross

  

La obra de Dulce María Loynaz desarma a la crítica y seduce a públicos cada vez más diversos y numerosos. Es el suyo un mundo real y estilizado a la vez. El amor está presente en sus páginas, y también lo están Cuba y un vasto mundo de seres poéticamente reales, como “la mujer estéril”, que halla en Dulce María un canto digno de su angustia.

En sus poemas iniciales parece advertirse la huella de Juan Ramón Jiménez y de Tagore, pero ella fue haciendo un  verso cada vez más suyo hasta llegar a la sencillez y  perfección de Poemas sin nombre (1953). Otros poemarios que dio a conocer  son Juegos de agua (1947) Carta de amor a Tut-Ank-Amen (1953) Últimos días de una casa (1958) Poemas náufragos (199l) Bestiarium y La novia de Lázaro (ambos de1993). En 1955 publicó en Madrid, su Obra lírica, y hay ediciones cubanas de sus obras completas.

            Se evidencian vasos comunicantes entre la poesía de la Loynaz y Jardín (1951)  su “novela lírica”, expresión del rico mundo real e imaginario de Bárbara, la protagonista. Un verano en Tenerife (1958)  conjuga felizmente descripción y narración, fantasía y lirismo, mientras  que con Fe de vida (1995) evocación del que fuera su esposo, Pablo Alvarez de Cañas, la autora, de algún modo, adelantó sus memorias que nunca llegó a escribir.

            Volví en estos días a la casa donde, en la barriada habanera del Vedado,  vivieron Dulce y Pablo, y en la que radica el centro cultural que lleva el nombre de la escritora y que se ocupa de coordinar la promoción literaria en el país. Estuve por primera vez allí en 1980. Se decía entonces, y no era del todo infundado, que la Loynaz, que cuando estaba casada con Álvarez de Cañas, bien pagado  cronista social del periódico El País, ofrecía allí recepciones hasta para mil personas, no recibía ya ni concedía entrevistas porque se había enterrado en vida. Aun así, la llamé por teléfono y me recibió en la tarde siguiente. Me dijo: Joven, usted que vive en el mundo, cuénteme qué pasa fuera. Yo acopiaba entonces información para mi libro sobre los días cubanos de García Lorca y le pedí que me contara sobre lo cierto y lo falso en su relación con el poeta andaluz. Lo hizo con lujo de detalles. Creo que fui el primer periodista cubano que la entrevistó después de 1959.  

 Me habló mucho sobre Pablo, de quien llegaron a comentarse  romances reales o supuestos con una ex Primera Dama de la República y con una de las figuras más conspicuas de la aristocracia cubana. Dulce María ignoraba lo que hubo de cierto en esos amores; sí que Pablo, que no contaba con el favor de la familia de la escritora,  pasó 26 años  pretendiéndola sin desmayos  hasta que logró que  lo aceptara cuando ella tenía ya 44. Era un hombre con suerte, me dijo. No fumaba, y los fabricantes de puros lo hicieron promotor internacional de los habanos; no sabía una palabra de inglés y se le confiaban campañas publicitarias en Estados Unidos, y en cuanto a escribir… jamás lo vi escribir una línea. Sus asistentes  le escribían las  crónicas, y él fijaba la precedencia  de los invitados a un acto, distribuía y calibraba los adjetivos… En 1999 se publicó en Canarias el álbum de boda de Dulce y Pablo; una joya bibliográfica.  

En la entrada principal, a ambos lados del vestíbulo, están los salones Dorado y Colonial, ambientados, al igual que la capilla, como cuando Dulce María era dueña y señora de la casa. Se muestran en esos tres aposentos más de 200 objetos que le pertenecieron, entre ellos, la muy valiosa colección de abanicos de la escritora. En ese vestíbulo, próxima a la puerta entreabierta, ya en sus últimos años, se sentaba  a partir de las cinco de la tarde en medio de una soledad de muerte en espera de un visitante ocasional que a veces no llegaba hasta el día en que el recinto comenzó a llenarse de admiradores que querían además ser sus amigos.

Dulce María Loynaz nació en La Habana, en 1902. Su padre, Enrique Loynaz del Castillo, fue general de la  Guerra de Independencia (1895-98). Por la línea materna descendía de una de las familias más acaudaladas de Cuba en el siglo XIX, los Muñoz Sañudo. Sus abuelos fueron muertos a hachazos por un hombre que penetró en su casa con el propósito de robarles;  uno de los crímenes más sonados de la etapa colonial y que quedó sin esclarecer.  Presidió la Academia Cubana de la Lengua y mereció el Premio Nacional de Literatura en 1987. Cinco años después se le confirió el Premio Miguel de Cervantes, el más importante que se concede a un escritor iberoamericano, y lo recibió, ya en sillas de ruedas, de manos del rey Juan Carlos de España,  en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares. Murió en La Habana en 1997.

  

Yo soy la Virgen de la Caridad

Yo soy la Virgen de la Caridad

Ciro Bianchi Ross

Se ha dicho en reiteradas ocasiones que El Cobre, una localidad de la provincia oriental de Santiago de Cuba, es el lugar más visitado de la Isla. La aseveración puede ser cierta: allí se halla el santuario donde se venera la imagen de la virgen de la Caridad, la Patrona de Cuba. Para los católicos, como indica su nombre,  es la virgen del amor, la piedad, la compasión, la gracia y la indulgencia. La Caridad es Ochún en el panteón yoruba, diosa de las aguas y la fecundidad, de la sexualidad  y el oro, y también del amor, en esa religión de origen africano.

            Unas 500 personas acuden a diario a la basílica y los visitantes pasan de mil durante los fines de semana y las vacaciones de verano. Algunos llegan desde muy lejos. Con su visita, muchos pagan una promesa y otros la hacen inspirados en la devoción e incluso la simple curiosidad. Asistir a la misa que allí se dice es secundario para la mayor parte de ellos,  pero nadie quiere irse sin ver la imagen de la virgen, con su corona y su traje bordado en oro, en cuyo pecho luce el escudo de la República.

            En la Capilla de los Milagros, que anteceden al camerín de la virgen, los fieles pagan sus promesas y depositan sus ofrendas. Oran y agradece. Piden e invocan.  Allí se acumula un abigarrado conjunto de objetos. Hay de todo en esa Capilla, desde bolígrafos y prendas baratas hasta candelabros  y ánforas de plata, joyas de gran valor y jarrones de fina porcelana. Es todo un tesoro ofrendado a la Caridad, donde no faltan bisturís y estetóscopos; votos de enfermos que se hallaron a las puertas de la muerte y volvieron a la vida. Se aprecian en una vitrina grados y condecoraciones militares que pertenecieron a soldados y oficiales del ejército de la dictadura batistiana, y en otra, distintivos del Ejército Rebelde, que la derrocó, así como órdenes  y medallas que algunos combatientes cubanos ganaron en la guerra de Angola.

            Sobresalen de modo particular algunas de esas ofrendas. Como la silueta en oro blanco del Comandante en Jefe Fidel Castro,  que su señora madre, doña Lina Ruz,  colocó en el lugar en ruego por la vida de su hijo. La medalla acreditativa de su Premio Nobel, que en los años 50 ofrendó a la Caridad el gran escritor norteamericano Ernest Hemingway. La bandera cubana que le tributaron los veteranos de las guerras de liberación contra España…

            Porque la Virgen de la Caridad del Cobre es también la virgen mambisa. La de los que se alzaron en armas contra España y asumieron el nombre de mambises. Carlos Manuel de Céspedes, Padre la Patria, y sus hombres, en 1868, la veneraron en el santuario, y su imagen, prendida al pecho de muchos de los combatientes del Ejército Libertador, acompañó a los cubanos en su decisión irrevocable de conquistar su independencia.

            Fueron precisamente miles de soldados y oficiales mambises, encabezados por el mayor general Jesús Rabí, los que solicitaron  a comienzos del siglo XX  y obtuvieron del papa Benedicto XV,  en 1916, que se declara Patrona de Cuba a la Virgen de la Caridad del Cobre. En 1998 el papa Juan Pablo II bendijo su imagen durante su visita a Cuba y la hizo tributaria de valiosas ofrendas. Su día es el 8 de septiembre.

HISTORIA Y LEYENDA

 

 

Los yacimientos de Cobre que se descubrieron en el lugar fueron el origen, a fines del siglo XVI, de un asentamiento poblacional que se llamó Real Sitio de Minas de Santiago del Prado, y que es la actual villa de El Cobre.

            Desde allí, un día de 1606, cuenta la leyenda, salieron tres hombres con el propósito de buscar sal en la bahía de Nipe y regresaron con la imagen que desde entonces se venera en el poblado. Después de una tormenta la encontraron flotando en las aguas del mar sobre un tablero donde se leía: “Yo soy la Virgen de la Caridad”.

            Ya en El Cobre, la colocaron en una ermita y un día la imagen desapareció. La encontraron en la cima de la colina. La retornaron a la ermita y volvió a desaparecer dos veces más para hacerse hallar siempre en la loma. Fue así que se optó por construir una capilla al lado de la iglesia existente, y cuando se dispuso la construcción de un templo nuevo la Virgen de la Caridad del Cobre ocupó en el altar principal el puesto del apóstol Santiago, el mayor.

            Los descubridores fueron Juan y Rodrigo de Hoyos y Juan Moreno, nombres que con el transcurrir del tiempo pasaron a ser Juan Hoyo, Juan Indio y Juan Esclavo, tres juanes que “cobran una función simbólica: representan los elementos étnicos y los valores culturales que han entrado en la composición del pueblo cubano […] nuestro pueblo indoafrohispano”.

            Eso dice José Juan Arrom, el prestigioso ensayista cubano que hizo toda su carrera en EE UU, en su estudio “La Virgen de la Caridad del Cobre: historia, leyenda y símbolo sincrético”, luego de bucear en muchos documentos con el interés de llegar a precisiones acerca del origen de la imagen.

            Relata Arrom que en los albores de la colonización española en América, un marinero español que, muy enfermo, fue abandonado por sus compañeros en un punto de la costa sur de la región oriental de Cuba, entregó a un cacique aborigen una imagen de la virgen. Los indios la veneraron a su manera y el aludido cacique la llevó prendida a su pecho durante los combates: creyó que le aseguraría la victoria. Pero no es esa, sin duda, la imagen que conocemos hoy  y que apareció en Nipe. La del santuario es una imagen de bulto, en tanto que la del cacique, confirma Arrom, estaba pintada sobre un papel.

            Una imagen de bulto de la Virgen de la Caridad de Illescas, localidad española de la provincia de Toledo, pudo haber sido llevada al Real Sitio de Minas por el capitán español Francisco Sánchez de Moya. Allí estaba, en efecto, esa imagen, en 1608, según acredita un documento de la época que Arrom reproduce en su estudio. El parecido, y no solo en el nombre, entre la Caridad de Illescas y la Caridad del Cobre es sorprendente, y quizás la imagen que se halla en la basílica sea la misma que llevó Sánchez de Moya cuando recibió del Rey de España la orden de organizar en el lugar una fundición de cobre y edificar una iglesia. En la casa de un ermitaño avecindado en la zona estaba la imagen de la Caridad, que después la imaginación y el fervor populares quisieron hacer aparecer en las aguas de la bahía de Nipe para dar pie a una hermosa leyenda.

            “No deseo entrar en la cuestión de que si las fuerzas que trasladaron la imagen del Cobre a Nipe fueron humanas o divinas…” dice José Juan Arrom, y reproduce enseguida aquellas palabras del Quijote: “Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, y si es fantástica o no es fantástica, y estas no son cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo”.

            Yo tampoco lo haré, por supuesto. De todos modos, la Caridad de los católicos, la Ochún de los yorubas, es y será símbolo de comprensión y amor, y también expresión incontrovertible de cubanía, exaltados en una leyenda que sobrevive al paso de los siglos.

           

La masacre de Orfila

La masacre de Orfila

Ciro Bianchi Ross

 

Se cumplieron sesenta años justos de la masacre de Orfila, aquel suceso que conmocionó a Cuba el lunes 15 de septiembre de 1947, cuando la residencia del comandante Antonio Morín Dopico fue asaltada por fuerzas a las órdenes del comandante Mario Salabarría. La agresión, repelida por los sitiados, se prolongó durante casi tres horas y para detenerla se impuso la intervención de  tropas del Ejército, que acudieron al lugar con veinte tanques y camiones blindados. Una verdadera batalla campal en la que, entre otros, resultaron muertos, después de haberse rendido, y ya fuera de la casa, el comandante Emilio Tro y la señora Aurora Soler de Morín, en estado de gestación. “Siempre creí que la expresión ‘cortina de fuego’ no era más que una frase literaria; ahora sé que es una terrible realidad”, declaró a la prensa un testigo presencial del suceso.

            Como otros tantos, Tro y Salabarría emergieron a la luz pública después del ascenso al poder, en 1944, de Ramón Grau San Martín, cuando muchos luchadores antimachadistas pasaron factura al Autenticismo en demanda de compensaciones o le reclamaron el cumplimiento de los postulados políticos por los que lidiaron. Pronto se multiplicaron los llamados “grupos de acción” que dirimían sus diferencias a tiro limpio y barrían a sus adversarios. Grau animó a esos grupos, los armó y, al mismo tiempo, estimuló sus rivalidades. Tro –jefe de la Unión Insurreccional Revolucionaria (UIR)- se mostró contrario al grupo de Orlando León Lemus (El Colorado)  y no acató la autoridad de Salabarría. Las diferencias se agudizaron cuando el Presidente lo nombró director de la Academia de la Policía Nacional y Tro insistió en instalar su despacho en el mismo edificio donde Salabarría, jefe del Servicio de Investigaciones e Informaciones Extraordinarias, tenía sus oficinas. El nombre de Tro se vinculaba al atentado de la calzada de Ayestarán, el 26 de mayo de 1947, del que El Colorado salió milagrosamente ileso. Morín Dopico, por su parte, provenía del “bonche” universitario y, aunque fue absuelto, se le suponía implicado en la muerte del profesor y jefe de la Policía Universitaria  Ramiro Valdés Daussá, en 1940. Grau, para que se “regenerara” lo designó jefe de la Policía del municipio de Marianao. Su alianza con Tro era estratégica: ambos eran enemigos de Salabarría. Ya Blas Roca, secretario general del Partido Socialista Popular y a la sazón Representante a la Cámara, había advertido que aquellos nombramientos en los cuerpos policiales de jefes y miembros de las pandillas tendrían consecuencias fatales para la seguridad ciudadana y el desenvolvimiento político de la nación.

 

LOS SUCESOS

 

En la noche del 5 de septiembre de 1947, el automóvil de Tro era impactado por más de sesenta disparos. Sus ocupantes resultaron heridos, pero Tro no se hallaba en el interior del vehículo. Los agresores, dijeron las víctimas, eran gente de El Colorado, e identificaron entre ellos a uno de sus hombres, el capitán Rafael Ávila. Una semana después, el viernes 12, Ávila era abatido a balazos en la bodega de 21 y D, en el Vedado. Salabarría, designado como oficial investigador del atentado, logró, luego de riguroso interrogatorio, que los testigos reconocieran a Tro como culpable, lo que en las entrevistas iniciales  nadie se había atrevido a hacer.  El sábado 13 se libraba orden de detención contra Tro, y Salabarría recibió la misión de ejecutarla.

            El 15, al filo del mediodía, Tro y tres de sus hombres acudieron a un almuerzo en la casa de Morín Dopico, en 8 esquina a D, reparto Benítez, en Marianao, una barriada conocida por Orfila, a causa de la farmacia situada en la zona. Hacia las tres de la tarde desde un auto patrullero se hicieron disparos contra la residencia y se generalizó el tiroteo. Entre los agresores, que eran unos doscientos,  estaban Salabarría y El Colorado. También el comandante Roberto Meoqui, Rogelio Hernández Vega (Cucú) segundo jefe de la Policía Secreta, José Fallat, alias El Turquito…

            Cuando Tro y sus acompañantes decidieron rendirse ya habían arribado al lugar las tropas del Ejército, con las que venía el general Gregorio Querejeta y el teniente coronel Lázaro Landeira, jefe de los tanques. El primero en salir de la casa fue Morín Dopico que llevaba en brazos, herida a sedal, a su hija Miriam, de apenas diez meses de nacida. Luego, salió Aurora Soler y, detrás, Emilio Tro. Todo parecía haber terminado cuando se escuchó de nuevo el tableteo de una ametralladora y la esposa de Morín, herida de muerte, cayó al suelo. Un policía la tomó por los brazos para levantarla y Tro trató de alcanzarla por los tobillos. Una ráfaga más y Tro se desplomó cocido a balazos. Trató de asirse, tal vez para incorporarse,  a las piernas del capitán De la Osa, ayudante del  general Genovevo Pérez, jefe del Ejército, que también resultó herido por la misma ráfaga. Fue inútil. Tenía quince perforaciones en el tórax, dos en la región escapular, otras seis a flor de piel, tres en el hombro, otra en el muslo y otra más en la cara que le destrozó el maxilar superior y le vació el ojo derecho.

            Imágenes que el camarógrafo Guayo, del Noticiero Nacional,  captó en ese momento muestran a El Turquito cuando disparaba contra Aurora Soler y Emilio Tro. Sus disparos, de pasada, hirieron al chofer de este y fulminaron a Luis Padierne, otro de los hombres de Tro. El Ejército impidió que continuara la matanza, que arrojó seis muertos por parte de los sitiados y muertos y heridos por la parte contraria. Morín Dopico fue conducido al Hospital Militar en calidad de detenido, y el teniente coronel Landeira arrestó a Salabarría. Eran más de las seis de la tarde y una lluvia intensa caía sobre La Habana. La sangre de las víctimas, impulsada por el agua, cubría de rojo el pavimento.

            La madre de Tro fue la primera en acusar al presidente Grau como el responsable de la tragedia. Lo mismo hicieron muchos de los líderes políticos de la época que tacharon al Gobierno de “irresponsable, inepto e indisciplinado” “Bajo el régimen actual no hay garantías para las mujeres ni los niños, respetados aun en las etapas peores del terror en Cuba”, dijo el senador  Eduardo Chibás, en tanto que otros tildaron al Ejecutivo de fomentador de desórdenes y violencia, y algunos más, de manera clara y terminante, identificaron al Presidente como “el gran culpable, el gran defraudador, el gran asesino, el gran simulador”.

            Lo cierto es que Grau, refugiado en sus habitaciones privadas del Palacio Presidencial, se negó a atender a los que acudieron a la mansión del ejecutivo a fin de que dispusiera la intervención del Ejército en la refriega, toda vez que era sabido que Tro y sus hombres jamás se entregarían a las fuerzas de Salabarría. Se ha especulado mucho sobre esa actitud de Grau. Muchos años después Salabarría revelaría un detalle desconocido. El mandatario sufría de repentinas pérdidas de memoria y mientras transcurría  lo de Orfila estaba en una de sus crisis, lo que impidió que se le diera participación de los sucesos. Alguien avisó al general Genovevo Pérez, de visita en Washington, de lo que sucedía y el obeso y bien vitaminado militar dispuso desde allá el empleo de los  blindados para poner fin a la matanza.

            El Gobierno requisó las copias del documental que el Noticiero Nacional filmó minuto a minuto durante el combate. El estudiante Fidel Castro acusaría al presidente Grau, a su ministro de Gobernación y al jefe de la Policía de ese secuestro encaminado a borrar pruebas acusatorias.

 

FINAL

 

Morín Dopico falleció en La Habana a fines de los 80, y por la misma época su hija Miriam abandonó el país. Cucú Hernández Vega fue ultimado en julio del 48 en el consulado cubano de Ciudad de México. Roberto Meoqui murió en el sanatorio antituberculoso de La Esperanza, en 1950. El Turquito, en 1951, escapó del Castillo del Príncipe, donde guardaba prisión, en una fuga espectacular protagonizada por Policarpo Soler y dirigida, desde fuera, por El Colorado. En febrero de 1955, fuerzas comandadas por el teniente coronel Lutgardo Martín Pérez abatieron a El Colorado en la casa marcada con el número 211 de la calle Durege, en la barriada habanera de Santos Suárez. El general Querejeta murió, ya nonagenario, en La Habana, en 1984. Mario Salabarría, sentenciado a treinta años de prisión, salió del Presidio Modelo de Isla de Pinos después del triunfo de la Revolución, sin que llegara a cumplir íntegramente su condena. En 1963 fue detenido de nuevo por su participación probada en un atentado frustrado contra la vida del Comandante en Jefe Fidel Castro, y que llevaría a cabo en la Plaza de la Revolución, el 26 de julio de ese año. Consiguió otra vez su excarcelación anticipada y salió del país. Falleció en Estados Unidos en abril del 2004. Emilio Tro es una leyenda.

           

           

El hombre de las dos Habanas

El hombre de las dos Habanas

Ciro Bianchi Ross

 

Se dice un hombre de las dos Habanas y con ese título su hija Vivian Lesnik realizó un documental espléndido en que narra su vida: la estancia en la Universidad, donde trabó amistad con Fidel Castro, a quien, para salvarle la vida, mantuvo escondido en su casa durante dos semanas; su incorporación a la Ortodoxia, el partido de Eduardo Chibás, que tanto se empeñó en el adecentamiento político administrativo, la oposición a Batista, su vinculación a la guerrilla, en las montañas del Escambray, la alegría del triunfo de la Revolución y la disconformidad posterior, la salida clandestina de Cuba luego de la permanencia en una embajada, el exilio…

 Desde hace 45 años Max Lesnik vive en Miami y allí, en un ambiente hostil, aboga por el cese del bloqueo norteamericano contra Cuba y porque los cubanos de dentro y de fuera sean una sola nación y se rijan por los mismos principios. No es un sentir solitario; sabe que muchos de sus compatriotas quieren un cambio en la política de Washington hacia La Habana,  aunque no lo digan.

Con verticalidad ética y un compromiso patriótico irreductible, Lesnik ha abogado por esos cambios, primero en su revista Réplica, que le cerraron a bombazos; en el canal 23, donde mantuvo un espacio de opinión, y más recientemente en Radio Miami, donde en una  columna combativa y no exenta de jocosidad que firma con el seudónimo de El Duende, registra la vida cotidiana de la comunidad cubana en Estados Unidos.

“Haberse ido de Cuba no es un pecado”, dice. Y recalca: “Lo importante es la actitud que asumas fuera de tu país”.  No le gusta hablar del exilio político cubano, etiqueta que fue válida para los batistianos y algunos más, sino de una  emigración económica. Y está convencido de que esa labor de acercamiento que trata de realizar entre las dos Habanas solo puede hacerla desde allá.

-Si los norteamericanos vinieran a Cuba, podrían conocer a Cuba. No la entienden porque la desconocen. Desde el inicio de la confrontación entre Washington y La Habana han visitado la Isla cientos de senadores, diputados, alcaldes, gobernadores… y todos supieron aquí de la perspectiva cubana. Todavía no conozco a uno que, después de escuchar la versión cubana, haya dicho que no está de acuerdo con esa posición. Algunos son discretos en sus declaraciones y comentarios; aun así reconocen que Cuba lleva parte de la razón. Por supuesto, para impugnar la equivocada política norteamericana con respecto a Cuba, hay que estar en Estados Unidos. Conozco esa realidad porque la he vivido. Y al revés. Conozco esta porque Cuba es mi país. Aquí nací y vuelvo periódicamente.

En efecto, muchas veces ha retornado Max Lesnik a Cuba desde que en 1978 lo hiciera por primera vez. Solo en el presente año, hasta agosto, estuvo ya en cuatro ocasiones. En una, la presentar, en proyección privada, el documental El hombre de las dos Habanas; en otra, para recibir la distinción Félix Elmuza, que le confirió la Unión de Periodistas de Cuba, y más reciente volvió para asistir a los actos por el centenario del natalicio de Eduardo Chibás.   Al verlo, muchos dicen que parece un hombre que nunca salió de Cuba.

 En aquella primera ocasión, el presidente Fidel Castro le preguntó sobre sus motivos para haber salido del país. Antes de responderle, Lesnik inquirió con el mandatario   acerca del trato que debía darle: Presidente, Comandante…

-Para ti, contestó  el gobernante, sigo siendo Fidel.

 

SIEMPRE HE SIDO EL MISMO

Nos encontramos en el bar del hotel Florida, en la calle Obispo, centro neurálgico de La Habana Vieja. Crecí en esta zona, dice Lesnik. Mira hacia fuera, a través del vidrio de la puerta y añade: Como dice el periodista Luis Ortega, gracias a Eusebio Leal tenemos hoy una Habana Vieja que Lezama Lima ni siquiera hubiera soñado. Pido un expreso para mí y él  se decide por un descafeinado. Comenta que El hombre de las dos Habanas, de Vivian Lesnik, tuvo una excelente acogida en el festival de cine que en Nueva York  auspicia el actor Robert De Niro, y anuncia que en el próximo mes de diciembre podrá ser visto en La Habana pues se presentará en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano.

            -El hombre de las dos Habanas es una frase ingeniosa y un magnífico título. Pero ¿existen realmente dos Habanas?

            -Sí, existen y entrañan dos visiones completamente distintas de Cuba y del mundo. Es una denominación que viene de, cuando en los años 30 y por el número de italianos emigrados, se hablaba de la pequeña Italia en Nueva York.  No se trata de comparar la pequeña Habana de allá con la gran Habana de aquí. La de allá se concreta a una zona del sur de Miami, pero tiene fuerza económica,  gravita  por razones políticas en el destino de todos los cubanos, tanto  los del exterior como  los de dentro de la Isla, y ha llevado al gobierno norteamericano a seguir con respecto a Cuba una actitud fracasada que se mantiene vigente, sin embargo, por los políticos de esa pequeña Habana y la influencia que les da el sistema electoral vigente.  Indudablemente, existen dos Habanas. La de aquí, cada vez más abierta al mundo, y aquella, que esperamos se haga cada vez más pequeña.

            Nací en esta Habana y vivo en la pequeña Habana de Miami. Voy y vengo entre una y otra,  siempre en busca de las mejores relaciones entre ambas y en procura de que los cubanos de dentro y de fuera sean una sola nación y se rijan por los mismos principios, propósito este que pasa, desde luego, por la solución del diferendo entre Cuba y Estados Unidos.

-¿Está solo en ese empeño? ¿Es la suya una voz solitaria?

-Siempre hay voces que reflejan la opinión de otros y no diría que mi pensamiento es el de  la mayoría del exilio, pero sí que  hay muchos cubanos que piensan de la misma manera. Cuando el enemigo alude a nuestra presencia en el escenario de Miami, es prueba de que trasciende lo que decimos y que no estamos solos. No tengo ambiciones personales, no aspiro a nada en Estados Unidos. Solo queremos que cambie la política norteamericana hacia Cuba y contamos con el respaldo de muchos compatriotas.

-¿Cómo enfrenta el clima adverso y las amenazas del ala más recalcitrante del exilio?  ¿No tiene miedo?

-No los  enfrento;  los vivo. Estoy acostumbrado ya a todo tipo de presiones. Desde la etapa de la revista Réplica nos ganamos  la animadversión de la derecha irracional de Miami, que hizo que publicación fuera objeto de varios atentados terroristas. Tuvimos la buena suerte de salir vivos en aquella época, y la buena suerte nos sigue acompañando. Ahora, sentir miedo… el miedo es algo tan humano que nadie está exento de sentirlo. Pero uno se habitúa  al peligro y convive con él, no por valor, sino por costumbre. Uno empieza por no hacer caso de las amenazas, se olvida  de ellas y el miedo desaparece.

Agrega Lesnik que, al igual que toda su generación, creció en el riesgo y vivió en la hostilidad. Tenía solo tres años de edad, en noviembre de 1933, cuando, en tiempos del primer gobierno de Grau San Martín,  escuchó desde su casa, cercana al Palacio Presidencial, el bombardeo nocturno a la mansión del ejecutivo y a la mañana  siguiente los disparos y la algarabía de la contrarrevolución que quería ocupar Palacio y eliminar o poner preso al Presidente. Años más tarde, siendo niño todavía,  cuando Grau fundó el Partido Auténtico, fue pionero de esa organización política. Vivió, en la Universidad, la etapa del gangsterismo y se opuso luego a Batista. Hizo en la revista Bohemia y en la Cadena Oriental de Radio un periodismo de combate y de  oposición política abierta contra la dictadura batistiana hasta que se fue a la guerrilla del II Frente Nacional del Escambray. 

-Pudiera decir que estoy inmunizado. No le niego que  me preocupó mucho la suerte que, por mi conducta en Miami,  pudieran corren Miriam, mi esposa, y las niñas. Mientras fueron pequeñas no nos cansábamos de advertirles que no salieran de la escuela con nadie que no fuésemos nosotros, que rechazaran cualquier compañía, aun cuando hubiesen visto en casa a la persona. Una tarde fuimos a buscar a Vivian y no estaba en el colegio. La había recogido, para hacernos el favor, Luciano Nieves, ex capitán del Ejército Rebelde, donde fue ayudante del comandante Camilo Cienfuegos. No pasó nada, pero apenas cuatro días después, Nieves, que buscaba asimismo un acercamiento con el gobierno cubano, era cadáver. Fue a visitar a su hijo, internado en un hospital, y al salir al parqueo a tomar su automóvil, lo balearon por la espalda.

Cuando triunfó la Revolución volvió Lesnik a su espacio en la radio. Un día dijo en su programa que no era imperialista ni comunista porque no le daba la gana de ser ninguna de las dos cosas, y al salir de la cabina, el operador de audio le advirtió que si volvía a decir una cosa así, le cerraría los micrófonos. Lesnik decidió no regresar al programa. Era la época en la que se trabajaba en la creación de las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI) antecedente del Partido Unido de la Revolución Socialista (PURS) y del actual Partido Comunista de Cuba y que agruparía a todas las organizaciones revolucionarias. El II Frente también fue invitado a sumarse, pero ese grupo decidió disolverse y, en un manifiesto que redactó el propio Lesnik, dejó en libertad a sus integrantes para que escogiesen el camino político que quisieran. Lesnik pasó una estancia en la sede diplomática de Brasil, no como asilado, sino como invitado del embajador y luego salió de la Isla, clandestinamente, en un bote.

-Dije a Fidel que lo hice porque estaba en desacuerdo con el rumbo de la Revolución en su política de acercamiento a la Unión Soviética. No le dije que tampoco estaba de acuerdo con la pena de muerte. Estoy en desacuerdo por una cuestión de principios. Pero estar en desacuerdo o de acuerdo en una cosa como esa es para mí algo aleatorio. Porque por más que lo pienso hay delitos que no tienen otra alternativa posible que esa sanción. Por cierto, cuando dije a Fidel lo del acercamiento de Cuba con Moscú, me respondió: Si tú hubieras estado sentado en esta silla habrías hecho lo mismo.

-A esta altura de su vida, ¿le pesa haberse ido?

-Si y no. Creo que nadie debe salir de su país y nada justifica una determinación así,  sobre todo, ahora. Lo hice en un momento en que razones de tipo político me aconsejaron que pusiera agua por medio. El destierro no es nuevo en la historia de Cuba. El exilio no es un pecado. Lo importante es la conducta que asumes cuando estás fuera de tu país.

-¿Se considera ahora un exiliado?

            -No. El exilio ha cambiado mucho. Fue un exilio político, pero las circunstancias variaron y el exilio dio paso a la emigración económica. Salvo en el caso de los batistianos y de algunos más, no se puede hablar de exilio político. Les cuadraba esa etiqueta. Otros, los más, que no salieron de Cuba por razones políticas, hablan también de exilio. Dicen vivir en el exilio, como si hablaran de un término geográfico, “la patria portátil”, a la que alude  Luis Ortega. Yo, como hombre de las dos Habanas, no pienso que soy un exiliado. No lo es un hombre que transita entre una Habana y otra y que aspira a que todo cubano, de aquí y de allá, pueda hacer lo mismo.

            En el acto en que la Unión de Periodistas de Cuba hizo entrega a Max Lesnik de la distinción Félix Elmuza, el doctor Ricardo Alarcón, presidente del Parlamento cubano, calificó al condecorado de gran patriota y gran periodista; un ejemplo para los  profesionales de la prensa. Exaltó asimismo su contribución al empeño por  la liberación de los cinco luchadores  antiterroristas cubanos que guardan prisión en Estados Unidos y al cese del bloqueo contra la Isla.

            -¿Qué semejanzas y qué diferencias se advierten en el periodismo que hizo en Cuba y el  que hace en Miami?

            -Mis afanes como joven combatiente ortodoxo y contra la dictadura de Batista me llevaron a esta lucha en la etapa actual de mi vida. Siempre he sido el mismo, un rebelde,  antes y después del golpe de Estado batistiano del 10 de marzo de 1952. He militado invariablemente  en la oposición. Mientras viví en Cuba seguí una única conducta en el programa que mantenía en la Cadena Oriental de Radio y en mis colaboraciones con la revista Bohemia. Si ahora leyésemos esos artículos y escucháramos esas grabaciones, nos percataríamos de que su autor es el mismo que dirigió la revista Réplica, mantuvo un programa en el Canal 23 y escribe ahora la columna de El Duende.

            -¿Por qué El Duende un personaje que está muerto, como bien se recalca día a día? ¿Por qué no, abiertamente, Max Lesnik? ¿Elude así determinadas responsabilidades?

            -Los muertos viven, son eternos. El Duende es un fantasma que habita en una tumba fría. Cuando salí de Cuba, El Duende iba conmigo. En San Antonio de Vueltas, el pueblo donde nací y que hoy pertenece al municipio de Camajuaní, en la provincia de Villa Clara, en el centro de la Isla, aparecía un periódico con el nombre de Jalisco…En sus páginas animaba un duende que se permitía decir todo lo que los demás callaban. Recordaba a aquel personaje y lo retomé. Está bajo mi control, pero ya hoy son mucha gente. Hay duendes en Madrid, en Washington y Nueva York,  en La Habana… hasta en  El Nuevo Herald hay un duende infiltrado. Se reprodujo como las amebas. Son ya muchos duendes, pero eso no me libera de responsabilidades. Las asumo todas a los efectos legales y personales y también moralmente. Lo que sucede es que El Duende, con sus comentarios impersonales y también a veces intemporales, me permite soltura y libertad expresiva y valerme de la jocosidad y recurrir incluso al chiste, lo que me está vedado cuando también para Radio Miami hago, digamos, el comentario de Réplica.

            -¿Cómo ve la interinatura de Raúl Castro?

            -Raúl es un hombre que estuvo en todas las batallas: la Universidad, el Moncada, el Granma, la Sierra Maestra. El Ejército Rebelde.  Es un magnífico organizador, como lo ha demostrado en las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Su responsabilidad al frente del país no le llega por herencia de familia, sino por mandato constitucional. Se le dio algo que no le quedó más remedio que aceptar, pero que no le hace ningún favor, y sabe que su mandato está limitado por el tiempo y que lo que viene es el relevo generacional.

            -¿Qué reproches, qué críticas haría hoy a la Revolución?

            -Entrar en el campo de los reproches o las críticas por el mero hecho de hacerlos, carece de sentido. Creo que se impone luchar por el logro de un cambio de política de Estados Unidos hacia Cuba. Cuando esa política cambie, podría examinarse cualquier reforma, siempre y cuando esa reforma no ponga en peligro el proceso cubano. Mientras Washington gravite sobre el destino del país  se corre el riesgo de que cualquier transformación se convierta en la abertura por donde penetre el enemigo.

-Comenzó usted muy joven su vida política; con solo 21 años ocupó la secretaría general de la Juventud Ortodoxa. Tendría de seguro  un futuro promisorio en la política cubana.  El triunfo de la Revolución cortó para usted cualquier posibilidad en ese sentido. ¿Lo ve como una frustración?

            -No tuve jamás ambiciones políticas. Tuve aspiraciones políticas. Para realizar un ideal político, por supuesto, se impone llegar al poder y la presidencia de la República es la aspiración máxima de todo político. Pero  anhelar  ser el presidente de la República es algo más que llegar a serlo y siempre estuve convencido de que mi nombre, difícil de pronunciar, conspiraría contra mí en una postulación. Si le digo la verdad, me hubiera gustado ser primer ministro en un régimen parlamentario; no presidencialista, como era el cubano. Un primer ministro con mi nombre era posible en Cuba; un presidente, nunca.

Foto Mayra Gómez Fariñas

           

 

Días del perro

Días del perro

Ciro Bianchi Ross

 

El perro callejero cubano bien pudo ser el prototipo empleado por Walt Disney para desempeñar el protagonista masculino de La dama y el vagabundo porque, más que perro, el tipo es ligero y astuto como un lince: se las sabe todas. Es amante hasta las últimas consecuencias; se conoce de animales que han trepado paredes para satisfacer a la perra de sus sueños; es el que hace maromas para gestionar un pedazo de pan, el que sabe dónde cobijarse cuando llueve, hace frío o se dispone a robarle el frío a las estrellas para ganarle una noche más al calor… Ese es el perro que usted verá muy dispuesto, gallardo, por las calles de Cuba. Ahora bien, ¿cómo se llama?

Mientras los nombres de los niños se hacen en Cuba cada vez más complejos e impronunciables, las mascotas, en especial los perros, reciben nombres de personas. Lejos están los tiempos en que los falderos  se llamaban Pluto, Ríntin, Lobo o Manchi… A nadie llama ya la atención  que respondan por Dalí o Frida, Sandro o Loipa, Cintia, Mateo, Lola, Lucas, Samuel, Bruno o Tanya. Como  Napoleón y Josefina bautizó  a su pareja de pekineses alguien con mucha imaginación y sentido del humor,  sin importarle la incongruencia de  tan augustos nombres en animalitos tan pequeños.  Una destacada escritora cubana se remontó a Sófocles y a Eurípides y llamó  Electra a su salchicha, y Natalia es el nombre de la del destacado narrador  Leonardo Padura. No queda atrás el autor de esta página. Su perro no solo tiene nombre, tiene también apellido, José Cemí, como el protagonista de Paradiso, la célebre  novela  de Lezama Lima.

Tanto Natalia como Cemí son perros recogidos en la calle y se ganaron el premio gordo de su nueva vida.  Perros sin raza; mestizos, como se dice ahora. Van siendo ya toda una excepción en lo que a mascotas se refiere. De un tiempo a esta parte los perros finos se pusieron de moda, aunque a veces no sean legítimos del todo.  En los años 70, el boom del pastor alemán fue el preludio de lo que vendría después. Llegaron así  los lebreles afganos y los sabuesos y el pachón inglés y el braco francés para caer en el doberman, el chau-chau y el siberiano. Familias hay que invierten una pequeña fortuna  en perros como esos, sin tener en cuenta que ninguno es más fiel y cariñoso que el  sato. Y no son pocos los que al exponer  a sus perras de raza  a embarazos sucesivos y a veces fatales se empeñan en multiplicar la inversión inicial para abandonarlas cuando dejan de funcionarles como  máquinas de hacer dinero.

El afamado poeta Miguel Barnet, autor de Biografía de un cimarrón, es el feliz propietario de trece perros chihuahuas, descendientes casi todos de un ejemplar que fue campeón de su raza en la República Dominicana. El notable pintor Arturo Montoto y su esposa María Eugenia, duplican esa cantidad. Por humanidad, dan atención y cobijo en su casa  a 26 perros, mestizos en su mayoría, y, convencidos como están de que cuanto más indefensa se halla una criatura, más derecho tiene de que el hombre la proteja de la crueldad del hombre,  aún tienen ánimo y sentimiento para recoger a otros  sin dueños a los que alimentan,  desparasitan, inmunizan y esterilizan antes de encontrar a quienes los adopten. Nadie superaba en eso a la poetisa Dulce María Loynaz, Premio Miguel de Cervantes. La autora de Jardín mantenía sin ayuda de nadie un asilo canino en su finca La Misericordia, en las afueras de La Habana, y calladamente creó un paraíso para los perros callejeros.

Desconozco si se trata de una celebración universal, pero el 10 de abril es el Día del Perro. Así lo anuncia la Asociación Cubana para la Protección de Animales y Plantas. Todo el año debía ser, sin embargo, el día del perro, del propio y del ajeno y de ese que anda por ahí, abandonado a su suerte. No basta con proporcionarles un techo y el alimento suficiente. También es importante hacerles sentir que son queridos e importantes, que se les toma en cuenta. Captan y comparten  nuestros de estados de ánimo y entienden todo lo que les decimos. Y son capaces de respondernos y de decirnos lo que quieren. Preste, si no, atención a los ladridos y gruñidos de su mascota. Nunca sin iguales. Hay uno para cada ocasión.  No son ellos culpables de que, lerdos como somos,  no siempre  los entendamos.

Un asunto más. El perro callejero cubano es políglota. Háblele en cualquier idioma y verá.

  

   

Cambio cariocas por botellas

Cambio cariocas por botellas

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

Serafín  daba lustre a su nombre. Era un hombre seráfico, incapaz de alzar la voz, de matar siquiera a una mosca… Todas las noches, desde el atardecer y hasta la madrugada, con  un tablero que le pendía del cuello y que le quedaba a la altura del vientre, recorría el muy habanero barrio de Colón a fin de ofrecer sus mercancías a las prostitutas. Serafín llevaba en su bandeja  aquellos artículos, sanitarios y de aseo, que una prostituta podía necesitar en un momento de apuro. Se paraba entonces la mujer en cuestión a la puerta del prostíbulo y, a voz en cuello, llamaba por su nombre al anciano. Si Serafín no la escuchaba por hallarse distante del lugar, alguien le hacía saber que y de donde lo reclamaban, y allá   iba el viejo con su carga. Se detenía junto a la puerta del prostíbulo y hacía la venta. Tenía un estilo: jamás penetraba en los burdeles.

            Serafín era un buhonero. Un buhonero tardío. Y especializado, pudiéramos decir dada el área en la que se movía.  Durante décadas, a lo largo del siglo XIX, esos vendedores ambulantes de baratijas (hilos, botones, cintas…) aportaron  imagen a La Habana y cuando se establecieron dieron origen a las mercerías y a las quincallas para la venta de productos de poca monta, aunque necesarios. Y al alcance de la mano. Porque una quincalla se establecía en la sala de una vivienda y la atendía la propia familia, que ofrecía el servicio sin atenerse a horarios rigurosos de almuerzo y de cierre. En cualquier barrio podía existir un número indeterminado de quincallas, lo  que ahorraba el viaje a una tienda mejor surtida, pero distante.

            Muchos de esos vendedores a domicilio, tenían, como el lechero y el panadero, clientes fijos. Los tenía también, por suscripción, el repartidor de periódicos, que llegaba al amanecer con el diario de la mañana; no al mediodía o al día siguiente, como suele ocurrir ahora que lo trae el cartero. Entre esos vendedores madrugadores, y también con clientes fijos,  estaban el nevero y el carbonero. El primero, por cinco centavos, dejaba en el portal, envuelta en papel de periódico, una piedra de hielo de unos treinta centímetros de largo por otros de diez de alto y que dentro de la nevera o bien protegida con un saco de yute duraba buena parte del día. Era el refrigerador de los pobres…

A diferencia del nevero, que se valía de un camión para distribuir  lo suyo, el carbonero andaba en un carretón  de madera tirado por una pareja de mulos. Vendía el carbón en sacos, y entre sus ofertas se destacaba el carbón de torta;  no de forma alargada, como el convencional, sino redondo, y que las cocineras preferían para mantener la cocción “en bracitas”. Era una época en la que no se hablaba acerca  del camión de la nieve ni del carretón del carbonero, sino de los carros del nevero y del carbón, al igual que del carro de la basura y del de muerto, así como del carro  de la lechuza, que, por cuenta del municipio, conducía al necrocomio y al cementerio los cadáveres de los menesterosos.

A PLAZOS

Pero esos vendedores a domicilio no eran propiamente vendedores ambulantes. El vendedor ambulante era el que hacía su oferta de puerta en puerta o la pregonaba. Vendedores ambulantes los había para todo o para casi todo. Para lámparas de techo y de mesa. De sedas y tejidos. Joyas.  Cortinas. Líquidos para matar cucarachas. Desinfectantes. Dentaduras postizas. Imágenes religiosas. Adornos finos y que no los eran tanto. Talismanes para la buena suerte y alejar los malos ojos.  Escobas de guano. Viandas. Frutas.  Pollos. Pescados. Dulces y golosinas. Espejuelos graduados… porque muchos optometristas que no alcanzaban empleo en una óptica o en una casa de salud, no encontraban otro modo de vida que el de vender su servicio de esta manera. Había  cuadros que muchos creían de buen gusto tener. Reproducían invariablemente la imagen de un cisne o de una bandada de ellos en un lago o de una dama, que recordaba a la reina María Antonieta de Francia, mientras descendía por una escalera rodeada de admiradores.  Los que compraban algunas de esas piezas las colgaban en un lugar bien visible de la casa, aunque para hacerlo tuviesen que replegar un Gil García a la cocina. Cosméticos y productos de belleza en general y a veces de marcas reconocidas, eran además propuestos de puerta en puerta. A los que lo hacían no se les llamaba vendedores, aunque no hicieran otra cosa, sino viajantes.

            Para todo había facilidades de pago. El feliz comprador abonaba una entrada módica, que por lo general cubría la inversión del vendedor, y tras pagar muchas cómodas cuotas de cincuenta y hasta de veinticinco centavos a la semana, se convertiría  en  propietario. Pero no todos podían llegar a serlo. Se compraba urgido por la necesidad,  en un momento de embullo o bajo la presión del vendedor, que a veces era un verdadero experto en el arte de  vender, pero luego no siempre aparecían aquellos cincuenta centavos con que satisfacer la cuota.  El plazo incumplido quedaba pendiente para la semana entrante. El vendedor ponía mala cara, pero se resignaba. Su incomodidad, sin embargo, subía de tono cuando se acumulaban los plazos no pagados. Alzaba la voz y acentuaba los gestos sin importarle que el vecino de al lado presenciara la escena, y el moroso, que ya no era el feliz comprador,  se moría de pena mientras se deshacía en explicaciones.   A la semana siguiente decidía no abrirle la puerta porque por la rudeza de los golpes, sabía bien quién tocaba. Pero ni modo. El hombre volvía para reclamar lo suyo en el momento más insospechado y amenazaba con dar parte a la autoridad y llevar el caso a juicio si era preciso. Llegado a este punto, la cosa se ponía fea de verdad. Porque a la pena seguía el miedo. “En esta familia nadie ha pisado nunca una estación de Policía”, protestaba el comprador otrora feliz y ahora asustado. No había alternativa. Amenazaba el vendedor con llevarse completo lo que ya le habían pagado en parte, y el comprador, desmoralizado, se batía en retirada. Por lo general, se llegaba a un arreglo. ¿Qué haría el vendedor con una cortina ya manchada o con unos lentes graduados que no servirían a nadie más, y que a veces  a esa altura tenía más que cobrados?  No, él no era un ogro y sabía muy bien lo que era estar escachado.  Pero había que entenderlo: también tenía familia y plazos perentorios que cumplir. Daría un chance. Extendería los plazos y no se abonarían ya cincuenta centavos a la semana, sino cuarenta.  Manos dadas y pelillos a la mar, y tan amigos como siempre, que aquí estoy yo para servirle si me vuelve a necesitar.

            Nada aterraba más a un ciudadano honesto que verse como acusado delante de un juez correccional luego de haber pasado la humillación de una estancia en la unidad policial. Dicho magistrado solo tenía facultades para aplicar sanciones que no sobrepasaran los 180 días de encierro o multas inferiores a las 180 cuotas de un peso, pero sus fallos eran inapelables.

            Un artículo comprado a plazos duplicaba o casi en ocasiones  su valor real. Una sastrería vendía trajes hechos o la medida, al contado o a plazos. Pero si se escogía esa vía de compra, el cliente pagaba por lo usual traje y medio. Y casi dos refrigeradores cuando se llevaba uno solo. Lo mismo  sucedía con los automóviles. En estos casos, al igual que con los efectos eléctricos cuando se compraban a plazos, no hablaba de pagar el recibo, sino la letra. La letra del automóvil. La letra del televisor. Los vendedores grandes y pequeños hacían maravillas en eso de vender y de cobrar. Como el televisor de alcancía. El comprador lo llevaba a su casa y para hacerlo funcionar debía echar  en el depósito que el vendedor le adaptaba con ese fin  una moneda de veinte y cinco centavos. Si no, no había noticiero ni telenovela que valiera. Ni película ni pelea de boxeo. Una vez al mes un empleado de la tienda visitaba al comprador con el propósito de abrir la alcancía  y retirar el depósito. Así, poco a poco, se amortizaba el aparato.

QUE SE VA EL HUEVERO 

Las mulas que tiraban de las carretas de muchos de los vendedores ambulantes venían adornadas con plumas, flores y cintas. Los dulceros traían su mercancía en recipientes de cristal;  muy limpios. El pescador llegaba con sus productos en una canasta y cuando la clienta, que ellos llamaban marchante, escogía el pescado de su preferencia, se lo escamaba y desvisceraba en la misma puerta. El maní se compraba siempre caliente y como acabadito de tostar porque la lata en la que lo transportaba el manisero tenía debajo, y como parte de la lata misma, una especie de hornilla de carbón que le daba la temperatura apropiada.

            Estaban los que, en lugar de vender, proponían servicios. Como el que estiraba bastidores. El que reparaba y daba mantenimiento a las  máquinas de coser. El que ponía rejillas y de paso barnizaba un juego de muebles. El que deshollinaba los techos  de casas de puntales altísimos… Aunque hoy resulte difícil de creer había, en los campos, dentistas ambulantes. Y estaban los que podaban el césped, arreglaban jardines y limpiaban patios. Entre estos últimos había uno, en Lawton, cuyo recuerdo se ha mantenido vivo en mi memoria a lo largo de los años. Era un hombre ya muy mayor. Caminaba muy erguido, y venía tocado invariablemente con un sombrero de guano;  llevaba machete al cinto y en el lado izquierdo de la guayabera que lucía siempre   se distinguía su medalla de Veterano de la Independencia. Era un mambí que malvivía en  aquella República que ayudó a construir.

Aquellos vendedores ambulantes aportaban también sonido a la ciudad. Pasaba el tamalero con  sus tamales, que picaban y no picaban, porque los llevaba con y sin picante.  El vendedor de chicharrones de viento y de pellejo. Uno,  de  torticas de Morón,  decía: “Ay, qué ricas las torticas de Morón, a quilo son… Ay, qué ricas las torticas de Morón, son tentación”, frases que repetía hasta el infinito y que encerraba en el fondo toda una lección de marketing. Un vendedor de huevos, en el Vedado, pregonaba: “Pío, pío, pío, pío, que se va el huevero”.  El afilador de cuchillos y tijeras hacía sonar el caramillo. Emitía un sonido inconfundible. El heladero se anunciaba con una campana. Había varios y nunca coincidían. El de los helados Guarina, y el de los de Hatuey, marcas que competían entre sí, con sus señoritas, paleticas,  bocaditos y sus helados glaseados que llevaban en  carros modernísimos, y los de El Gallito, que se boleaban sobre un barquillo y seguían distribuyéndose en un vehículo de tracción animal y eran, sin embargo,  los preferidos. 

Entonces no existía el  chupa-chupa. En su lugar se alzaba victoriosa la carioca. Un caramelo sin envoltura,  alargado, de forma cómica, que se sostenía por un palillo mientras se chupaba; palillo que además encajaba  en la madera que le servía de soporte. El carioquero empujaba un carretón  del que colgaban aquellos caramelos y una serie de latas de conserva a los que se había puesto un asa  para convertirlas en jarros. Decía: “¡Cambio cariocas por botellas!” o “¡Cambio jarros por botellas!” Porque su negocio no estaba solo en vender, sino en acopiar frascos de vidrio que luego vendía a su vez para alzarse como uno de los pioneros en la recogida de materia prima con que contó el país.