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Un canadiense en Isla de Pinos

Un canadiense en Isla de Pinos

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

En Isla de Pinos, a comienzos del siglo XX, resultaba muy fácil para los pineros reconocer a los caimaneros entre los extranjeros residentes en aquel territorio. La cosa se complicaba con los asiáticos y con  gente de otras nacionalidades  pues a los japoneses les llamaban chinos, y los canadienses y europeos allí asentados eran, para ellos de manera invariable,  americanos. De ahí la dificultad del historiador Juan Colina La Rosa para precisar la existencia  de una colonia formada por más de cincuenta familias provenientes de Canadá que en aquella fecha llegaron a la isla en busca de fortuna. Se les tenía como estadounidenses y a William Joseph Mills, el más conspicuo de sus personajes, como a uno de los más grandes inversionistas de Estados Unidos en la zona.  Pues no. En verdad  William Joseph Mills nació en Bingranton, Ontario,  Canadá y en Isla de Pinos, donde falleció, pasó los últimos cuarenta años de su vida. Era el propietario y presidente de la Isle of Pines Steamship Company, la línea naviera que conectaba Nueva Gerona con el Surgidero de Batabanó, empresa que sus descendientes  perdieron en 1955, cuando, presionados por el gobierno de Batista, fueron obligados a venderla. Encontré estos datos en un viejo número del año 2004 de la revista pinera Carapachibey y no quiero dejar  pasar la ocasión para compartirlos con los lectores de esta página.

CASA JUNTO AL RÍO

Mills llegó a Cuba, con toda su familia, en 1901. Tenía entonces 42 años de edad y hacía mucho que se hallaba fuera de su país. En Siracusa, Nueva York, había contraído matrimonio, en 1889,  con Anne Benneth Tomlinso, y nacieron sus tres hijos, entre ellos Robert Davis, el primogénito,  que a su muerte  lo sucedería como cabeza de la empresa de vapores.

            Al arribar a Isla de Pinos, Mills construyó de inmediato una casa de madera para vivienda, al estilo de las existentes en su país natal, al lado del río Callejón, cerca del poblado de Santa Bárbara. Allí residiría hasta el final de su vida, dice Colina La Rosa y añade que su compañía fue sin duda una de las empresas más importantes del territorio pues dominaba completamente el tráfico marítimo hacia y desde la Isla Grande. Conformaban la flota los barcos “Protector”, arrendado a sus propietarios y que prestaba servicios desde el siglo XIX; “James J. Cambell”, que se movía por una propela de rueda situada en uno de sus laterales, y además “Veguero”, “Isla” y “Cuba”, hasta que a partir de 1905 el  “Cristóbal Colón” fue el buque insignia de la compañía. En ellos, advierte, Colina La Rosa, se trasladaron a Isla de Pinos muchos de los primeros colonos norteamericanos. Cinco pesos era el precio del pasaje de segunda clase  en esas embarcaciones; no incluía servicio de comida a bordo. El de primera, que sí la llevaba incluida, tenía un valor de siete pesos con sesenta centavos.

EL CICLÓN DEL 26

El ciclón del 20 de octubre de 1926 fue terrible para La Habana. Es asimismo la más grande tragedia natural sufrida por Isla de Pinos. La atravesó de sur a norte con vientos sostenidos de más de 200 kilómetros por hora y arrasó todas las edificaciones y los sembrados que encontró a su paso. Los barcos de Mills no corrieron mejor suerte.

            Tanto fue el estrago que funcionarios de la embajada británica en La Habana visitaron el territorio pinero a fin de inquirir sobre el destino de la colonia canadiense allí asentada. Eran entonces  unas 55 familias, casi todos cosechadores de toronjas; granjeros en su mayoría procedentes de Ontario y el medio oeste canadiense, aunque también había en el grupo pensionados del ejército. Cada una de esas familias era dueña de la tierra que cultivaba o al menos, de una parte de ella. “Muy trabajadores, diligentes y de buen carácter”, constataron los funcionarios británicos en su visita.

            El historiador Colina La Rosa cita en su artículo para la revista Carapachibey parte del informe que elaboraron los diplomáticos:

            “… todos los asentamientos humanos en mayor o menor medida fueron destruidos. El puerto de Nueva Gerona está en ruina. Los árboles han sido derribados, ocho o diez barcos están completamente destruidos, la mayoría de los edificios han quedado en los cimientos y muchos de aquellos que no fueron derribados han sufrido daños tan severos que son virtualmente inhabitables”.

            También en otras localidades  eran evidentes los estragos. “La villa de Santa Bárbara, en la cual vive un gran por ciento de los canadienses, ha quedado en la cimentación de las casas y las condiciones en Santa Fe son peores… Ni siquiera el diez por ciento de las viviendas de los plantadores que entrevisté puede ser reparada”.

            Las pérdidas resultaron también cuantiosas para Mills. Las aguas del río Las Casas salieron de su cauce y la fuerza del viento convirtió en amasijos a algunos de sus barcos y a otros se los llevó muy lejos de la orilla. Pero el empresario supo sobreponerse a las dificultades y se las arregló para mantener el monopolio de la transportación marítima.

¿VA PARA CUBA?

La moto nave “El Pinero” fue, de todas, la más importante de las embarcaciones de la compañía de Mills. Está inscrita en la historia. Y también en el imaginario del cubano. Todos en algún momento hemos oído hablar de esta mítica embarcación que conectaba dos territorios del archipiélago, muy cerca y,  sin embargo, muy distantes antes de 1959.

Porque hasta esa fecha para los gobiernos cubanos Isla de Pinos era un lugar olvidado y los pineros, con razón, veían el resto del territorio nacional como una tierra extraña que parecía ser la metrópoli de una humilde colonia donde la  atención oficial se concentraba en el Reclusorio Nacional para Hombres, el llamado Presidio Modelo, y en los soldados y clases del Ejército y la Marina de Guerra que, castigados,  eran enviados allí a prestar servicio. De ahí la pregunta que formulaban entonces los pineros cuando veían a alguien se disponía a tomar  el barco rumbo a Batabanó. Inquirían: “¿Va para Cuba?”.

            Se dice que Isla de Pinos es la Isla del Tesoro inmortalizada por Robert L. Stevenson en su célebre novela. Los oficiales ingleses que la inspeccionaron cuando sus tropas se apoderaron de La Habana, en 1762, la valoraron como la “joyita de los mares del sur”.  Los extranjeros la consideraron un buen negocio. Eran los dueños del dinero, la tierra y las mejores plantaciones citrícolas en las que los cubanos laboraban en calidad de jornaleros.  El millonario Hedges, propietario de la textilera Ariguanabo, adquirió allí, después de 1940, unos 70 000 acres de terreno en la costa sur, y propietarios norteamericanos rodeaban la famosa playa de Bibijagua, de arenas negras, e impedían la entrada a ese sitio de excepcional belleza. Hasta 1945 solo dos presidentes cubanos visitaron el territorio. Grau, que lo hizo en esa misma fecha, y Machado, veinte años antes, para dejarle la herencia maldita del Presidio. Batista, aficionado a la pesquería, se construyó allí una casa de descanso, y lo mismo hicieron algunos funcionarios de su gobierno. Pero hablábamos de “El Pinero”. Mills lo adquirió, por 119 000 pesos,  en 1926 y  rebautizó con ese nombre a aquella moto nave de acero construida  en Filadelfia, en 1901, y que hasta entonces se llamó “Vapor Nuevo”. Tenía con 51 metros de eslora.

GOLPES

 

Afirma Juan Colina La Rosa que el muelle de la compañía radicaba en las márgenes del río Las Casas, pero que sus embarcaciones se hacían visibles en cualquiera de los puertos pineros. Entre 1931 y 1940 Mills obtuvo ganancias superiores a los 129 000 pesos.

            En 1934 la quiebra del National Bank & Trust Company repercutió en los propietarios y comerciantes radicados en la isla. Era el antiguo Isle of Pines Bank, fundado en 1905 y que había cambiado de nombre en 1912. El viejo Mills había estado muy vinculado a esa entidad y ya para entonces también lo estaba su hijo Robert Davis, nombrado por el Juzgado de Instrucción y Primera Instancia local  en el cargo de Comisionado para conocer y determinar todo lo concerniente al estado financiero del National Bank, que confrontaba problemas desde mucho antes.

            Desde su fundación aquel banco, actuando en calidad de representante legal de Mills, había sido el encargado de comprar los barcos para la compañía, y su quiebra fue un golpe que estremeció a la empresa. Ya para entonces Mills tenía 75 años de edad y aunque se mantenía como administrador y tesorero de su naviera, delegaba cada día más las decisiones del negocio en su hijo mayor. No le quedaba mucho tiempo de vida. Falleció en 1939, de un ataque al corazón, incapaz de sobreponerse a la muerte de su esposa, ocurrida un año antes.

            Robert Davis asumió entonces a plenitud la dirección de la empresa. En 1944 adquirió para ella una nueva embarcación, a la que dio el nombre de su padre, como homenaje a su memoria.

            Llegaron así los años 50. Tras el golpe de Estado de 1952, algunos hombres de negocio y figuras del gobierno batistiano, incluido el propio Batista, se “giraron” hacia Isla de Pinos. No solo construyeron allí casas de veraneo, sino que invirtieron en tierras, impulsaron  la zona franca, movieron  el turismo y proyectaron alguna que otra industria, como una gran fábrica de cigarrillos que se quedó en los planes. Fue entonces que, entre otras instalaciones hoteleras, se edificó el Colony, que se inauguró en la noche del 31 de diciembre de 1958…

            Esos peces grandes terminaron por comerse al chico. Robert Davis Mills no pudo soportar las presiones a que lo sometieron y se vio obligado a vender la Isle of Pines Steamship Company al ganadero y comerciante Francisco Cajigas y al cigarrero Ramón Rodríguez, propietario de la marca de cigarrillos Partagás.

            No consigna, lamentablemente, el historiador Juan Colina La Rosa en su artículo para la revista Carapachibey, qué se hizo de él. Imaginamos que una vez perdidos sus negocios abandonara Isla de Pinos, la tierra en la que hasta entonces había pasado casi toda su vida.

           

  

           

           

           

           

 

Días cubanos de Anaís Nin

Días cubanos de Anaís Nin

Ciro Bianchi Ross

El otro día me enfrenté cara a cara con una verdad de Perogrullo. Por esas cosas del azar concurrente, de las que hablaba Lezama Lima, yo había leído por la mañana un artículo sobre Anaís Nin Culmell (1903-1977) la célebre escritora norteamericana de tormentosos amores y que “desafió la moral que imponía límites a la moral femenina”, y esa noche me topé con una carta en la que Rafael Díaz-Balart, a la sazón subsecretario de Gobernación del régimen de Batista, le decía con el mayor desparpajo al titular de esa cartera, Ramón Hermida, que él quería tener tantas “botellas” (sinecuras) como las que disfrutaba Bernabé Sánchez Culmell. Me percaté entonces de una realidad bien evidente y en la que no reparé antes: no solo eran cubanos los padres de Anaís Nin, sino que la autora de Delta de Venus y La casa del incesto tenía toda una familia cubana. Pero había más. A partir de octubre de 1922 y hasta una fecha todavía no determinada del año siguiente, Anaís pasó una temporada en la Isla donde radicó junto a su tía Antolina Culmell, en la finca La Generala, en el barrio habanero de Luyanó. En La Habana asimismo contrajo matrimonio.

Dos preguntas me asaltaron entonces. ¿Quiénes conformaron la familia cubana de Anaís Nin? ¿Existía aún en Luyanó la casa donde habitó? A la primera interrogante hallé respuesta casi inmediata gracias a la colaboración del erudito Gonzalo Sala, autor de un Diccionario biográfico cubano que urge publicar.  Aparte de figuras de la política y la empresa, se encuentran en esa familia un arquitecto notable y muy galardonado, y un campeón olímpico: un yatista que se alzó con la medalla de plata en Londres, en 1948, y que cuatro años después estuvo a punto de repetir la misma hazaña en Helsinki. Un general de las luchas por la independencia de Cuba  está también entre sus familiares… La otra pregunta no demoré en evacuarla, pese a que nadie  en Luyanó o, mejor, en la barriada de Lawton, tiene ya memoria de La Generala, que, con su empinada escalinata de acceso desde la calle, guarda todavía, sin embargo, el secreto de los días cubanos de Anaís Nin.

UNA NIÑA FEA

Joaquín Nin Castellanos y Rosa Culmell Vaurigard se conocieron y casaron en La Habana, en 1902, y como regalo de bodas la pareja recibió del padre de Rosa, un danés afincado en Cuba y a quien apodaban Papató, los boletos para un viaje a Europa y la promesa de ayuda hasta que pudieran abrirse camino en Francia. Allí, en Neully, nació la primera hija del matrimonio a la que, al igual que a su abuela y una tía maternas, que vivía en la calle 27 esquina a N, en El Vedado, llamaron Anaís. Pero ahí mismo comenzaron las desavenencias pues Nin, que llegaría a ser un pianista notable y cosmopolita y que era diez años más joven que su esposa, se sintió molesto por aquella niña fea que ocupaba el lugar del varón esperado. Aunque tendrían dos hijos más, el matrimonio hizo crisis. El músico abandonó a la familia en Berlín, y Rosa, con los niños, se instaló en Nueva York, mientras que Anaís empezó a anidar una pasión enfermiza por el padre.

Fue en esa cuidad donde Anaís conoció a Hugo Parker-Guiler, protestante, de ascendencia irlandesa y empleado bancario, que un día sorprendió a los suyos con el anuncio  de su proyectada boda con aquella muchacha católica, pobre y descendiente de cubanos. Fue precisamente para evitar esa boda que la madre de Anaís decidió que su hija viajara a La Habana donde olvidaría su mal de amores y, al amparo de la tía Antolina, encontraría acaso un buen partido entre los amigos de la rama acaudalada de la familia. Pero Hugo, aun cuando lo amenazaron con desheredarlo, se trasladó a Cuba y se casó aquí con ella.

Ambos llegaron vírgenes al matrimonio y la pareja demoró en concretar su primera relación marital, y eso hizo de Anaís una obsesiva del sexo. No era una mujer espectacularmente bella, pero sí muy atractiva y seductora que gustaba de provocar a los hombres con la mirada.

Eso, lejos de disgustar a Hugo, le agradaba y enorgullecía. Lo cierto es que, sin acudir al divorcio, soportó las infidelidades de Anaís que, entre otros,  tuvo  romances sonados con el novelista Henry Miller y con June, la esposa de este. Desgraciado en amores, Hugo tuvo, sin embargo, una suerte loca con el dinero: hizo fortuna en la bolsa. Con el tiempo, incursionó en el cine y llevó a la pantalla Bells of Atlantis, basada en una obra de Anaís.

Sobre su vida y sus experiencias sexuales escribió ella en un diario que comenzó a llevar cuando tenía once años de edad y que se interrumpió con su muerte. Totaliza unas 35 000 páginas manuscritas y la selección de lo que de ellas se publicó alcanza unos diez volúmenes. Anaís se atrevió a vivir la vida y también a escribirla, y construyó un universo propio con base en la exploración de su identidad.

Algunos piensan que mucho de lo que está en el diario no es más que una “mentira vital”, sin límites precisos entre la verdad y la ficción, pero son más los que no dudan ni discuten el origen real de sus historias de infidelidades y encuentros sexuales, y realzan lo que hay en ellas de indagación del deseo desde el punto de vista de la mujer. Sobre esas páginas indiscretas, dijo el novelista cubano Lisandro Otero: “Captó mi atención su estilo delicado y auténtico. Escribía una prosa leve y frágil, como la que se espera de una mujer, pero tras su aparente debilidad se intuía una ciclópea corpulencia. Cada adjetivo era colocado de una manera irrefutable, como si hubiese sido inventado por ella…”

LA QUINTA DE LOS LOCOS

 

A Anaís, La Habana le pareció una ciudad de extremos y contrastes. Aquí, dijo, los pobres eran desamparadamente pobres, y los ricos, ostentosamente ricos. La entusiasmaron las casitas modestas pintadas de colores varios y también las mansiones opulentas de balcones, vitrales y patios interiores. Pero sobre todo le encantaba la naturaleza cubana: el aire, suave y agradable; los campos, fértiles y pródigos y las palmas altísimas alzándose hacia un cielo lleno de brillo. “Todo luce transformado por una calidez y suavidad ocultas”, escribió. Una naturaleza, un campo, un cielo, un mar que le regalaban su belleza abrumadora, que muchos no percibían y que ella entendía como una forma divinamente pura.

Anaís estaba instalada en La Generala, la casa de Antolina, la viuda del general de división Rafael de Cárdenas, muerto en 1911, a los 42 años, y cuyo nombre fue dado por el Ayuntamiento a una calle de la barriada, precisamente a esa de la esquina de la casa que habitaba, y desde allí escribió a su primo predilecto, Eduardo Sánchez Culmell, hijo de su tía Anaís y del Gobernador de la provincia de Camagüey. Le dijo: “Me encuentro viviendo en las afueras de la ciudad, en la más bella de las casas, casi un palacio, amueblado y decorado con exquisitez, rodeada de un jardín encantador…”

Pero del esplendor de ayer a La Generala solo le quedan la escalinata y los pisos. Cuando la abandonaron Antolina y sus hijos –Charles, el campeón olímpico, y Rafael, el arquitecto- sirvió de sede, durante un tiempo, a la 13ra. Estación de Policía y luego dio albergue a un manicomio, el Sanatorio Baralt, del doctor José Baralt Barnet, hasta que en los años 50 se convirtió en casa de vecindad.

Por eso La Generala no es La Generala para los vecinos del barrio, que siguen recordándola como La Quinta de los Locos.

                                                                                                        

 

Anaís Nin: Retrato de familia

Anaís Nin: Retrato de familia

Ciro Bianchi Ross 

 

Thorwald Culmell, el abuelo materno de Anaís Nin, era un danés afincado en La Habana, donde llegó a asumir la representación consular de su país y fue partidario decidido de la independencia de Cuba. Le apodaban Papató y tuvo ocho hijas con la francesa Anaís Vaurigard. Como la escritora dice en su Diario llamarse Ángeles Anaís Antolina Rosa Edelmira, es de suponer que esos fuesen los nombres de casi todas las hijas del acaudalado Papató. De ellas, Rosa casó con Joaquín Nin Castellanos; Anaís, con Bernabé Sánchez Batista, y Antolina lo hizo con Rafael de Cárdenas Benítez. Poco agradaron a Papató los amores de Rosa con aquel joven aspirante a músico que quería labrarse un destino como concertista y compositor. Pero debe haber visto con muy buenos ojos los matrimonios de Anaís y Antolina. Bernabé, que llegaría a ser Gobernador de la provincia de Camagüey, era propietario en esa zona de la finca Santa Beatriz y de una  casa comercial con sede en el puerto de Nuevitas que se consideraba como la más pujante de toda la provincia, en tanto que Rafael, abogado, era uno de los generales más jóvenes del Ejército Libertador.

            Aprovecharé el espacio de hoy para dar continuidad al tema de los vínculos cubanos de Anaís Nin, la escritora norteamericana de Invierno de artificio y Pájaros de fuego que con sus novelas-río y sobre todo con su Diario creó un espejo de la vida y lo hizo, y esto es lo importante, con una conciencia femenina.

EL TÍO RAFAEL

Sobre la familia de Rafael de Cárdenas habló el poeta Julián del Casal por lo menos en dos de sus crónicas. Nicolás, su antecesor, era, dice Casal, “un distinguido caballero y notable sportsman”,  miembro del Club de Esgrima de La Habana. El poeta estaba entre los asistentes al buffet que don Nicolás ofreció en su casa con motivo de la inauguración de dicho Club, en junio de 1888. “Después de saborear exquisitos fiambres y primores de repostería, apuntaba Casal, se invitó al señor Enrique José Varona, en nombre de los concurrentes, a que brindara, haciéndolo con la oportunidad y el arte del que él solo es capaz”. El poeta, en su crónica, ensalzó la casa de la familia Cárdenas como “de las mejores de La Habana”, y afirmó al respecto: “…pocas veces la riqueza se encuentra tan estrechamente enlazada al buen gusto. Pensad en lo más exquisito, en lo más valioso, en lo más original y la realidad sobrepujará vuestros pensamientos…”. Uno de los pisos de la mansión, que se ubicaba frente al parque de Isabel la Católica, lo ocupaba Guillermo Collazo, “cumplido caballero y una de nuestras glorias pictóricas”, que estaba casado con Ángela, cuñada de Nicolás y tía, por tanto de Rafael. El pintor Collazo (1850-1896) fue uno de nuestros grandes retratistas y llegó a tener éxito en París, donde contó con estudio propio. Amigo de Martí, sirvió de padrino a este cuando lo recomendó como crítico de arte al director de la revista norteamericana The Tour.

            Rafael de Cárdenas se incorporó a la guerra por la independencia con 26 años de edad y llegó a ser jefe de la Brigada Norte de la Segunda División del Quinto Cuerpo del Ejército Libertador. Hombre dotado de grandes cualidades para el mando y la organización. Muy valiosa fue su participación en el alijo y salvamento de expediciones que con personal y armas arribaron a Cuba por el litoral del este de La Habana. Terminó la contienda bélica, en 1898, con grados de general de brigada, y con posterioridad se le confirió el grado de gracia de general de división. Fue de los pocos oficiales cubanos que pudo presenciar el traspaso  de España a Estados Unidos de la soberanía de la Isla  cuando el 1 de enero de 1899, el general Jiménez Castellanos, en nombre del monarca español, resignó el mando ante el general Brooke, interventor militar norteamericano.

            Ese día, en el Salón del Trono del Palacio de los Capitanes Generales, asistieron a la ceremonia los mayores generales José Miguel Gómez y Mario García-Menocal, y también los generales Alberto Nodarse, “Mayía” Rodríguez, Francisco de Paula Valiente, Eugenio Sánchez Agramonte, José Lacret y Leyte Vidal. Entre ellos estaba Rafael de Cárdenas y eso da idea de su preeminencia.

            Ya en la República de desempeñó como segundo jefe de la Policía de La Habana y ocupó la jefatura en propiedad  al renunciarla  García-Menocal. El presidente Estrada Palma lo destituyó cuando la huelga de los tabaqueros (1902) amenazaba con convertirse en una huelga general. Más tarde se le repuso en el cargo y los últimos años de su vida –falleció en 1911-  los pasó dedicados a los asuntos de su bufete y a los negocios particulares. En 1929, la Policía Nacional erigió un monumento a su memoria en la entrada de la playa de Guanabo. El Callejero de La Habana correspondiente a 1909 ubica la residencia de Cárdenas en la Calzada de Luyanó no. 114. No puede precisar aún el autor de esta página en qué momento la familia se instaló en la casa de la barriada de Lawton que Anaís identificaba como La Generala. En 1927 dicha casa estaba deshabitada.

EL GOBERNADOR

 

Bernabé Sánchez Batista, otro de los tíos de Anaís, fue una figura prominente del Partido Conservador y ocupó el cargo de gobernador de Camagüey entre 1913 y 1917. En ese puesto lo sorprendió la rebelión de La Chambelona. Huestes liberales, capitaneadas en la provincia por Gustavo Caballero, lo hicieron prisionero en la jefatura de Policía de la localidad, donde había buscado refugio junto a otros correligionarios. Sus captores lo trasladaron luego a la finca La Matilde, y allí Caballero dispuso la liberación del Gobernador antes de que 200 soldados fieles al presidente García-Menocal y encabezados por el comandante Lezama Rodda, padre del poeta, asaltaran el lugar y pusieran en fuga a los alzados.

            Con Anaís Culmell, Bernabé tuvo siete hijos, entre ellos, Eduardo, el primo predilecto de la escritora. Bernabé, otro de sus hijos, llegó a ser senador de la República y disfrutó de tantas “botellas” (sinecuras) que despertaba la envidia de otros políticos inescrupulosos. Otro, llamado Thorwald, como el abuelo, se casó con Ernestina Sarrá, del clan farmacéutico de ese nombre.

            Faltaría hablar ahora sobre el padre de Anaís Nin, que luego de recorrer medio mundo sentó otra vez sus reales en La Habana, donde murió, y acerca de Joaquín, el hermano de la escritora y pianista como el padre,  que vivió una larga temporada  en Cuba y demostró su raro virtuosismo en los célebres conciertos que ofreció aquí en 1944. Los pasaremos por alto en este momento. De todas formas, esta no es más que una investigación que comienza y de la que seguiremos dando cuentas al lector.

 

Barnet: Aspiramos a una UNEAC renovada

Barnet:  Aspiramos a una UNEAC renovada

Por Ciro Bianchi Ross

Foto Mayra   

 

-Nunca tuve en mi vida una responsabilidad más ardua y compleja que esta. Y creo que todos los vicepresidentes del Grupo Ejecutivo de la Comisión Organizadora del VII Congreso podrían decir lo mismo. Porque de esta gestión depende el destino de nuestros escritores y artistas, la protección y el cuidado de sus obras, el respeto a las jerarquías y a las personalidades.        

Miguel Barnet apenas permanece sentado. Escucha y responde a mis preguntas mientras recorre a pequeños trancos su oficina. Su jornada comenzó  muy temprano en la mañana  en la Fundación Fernando Ortiz, que preside, y pasará a partir de  ahora largas horas en la casona de 17 y H. Es fundador de la UNEAC y durante los últimos 21 años ocupó una de sus vicepresidencias antes de asumir su responsabilidad actual. Tan larga vinculación no  exigió antes, sin embargo, tanto tiempo y dedicación a este escritor que por el conjunto de su obra acaba de merecer en Chile el Premio José Donoso, el cuarto galardón que en cuestión de meses corona su notable carrera.

- La Fundación, la UNEAC, su propia obra… ¿inventa Miguel Barnet el tiempo?        

 -Desconozco de dónde sale tanta energía. Ando siempre con el tanque lleno porque temo al fondaje. Si no anduviera así, me sentiría irresponsable.           Tengo, en efecto, la Fundación, tengo mi pequeña obra… y ahora esta tarea  de la vicepresidencia primera del Grupo Ejecutivo. La acepté por disciplina revolucionaria y por la confianza en la calidad humana de los miembros de la organización. Me impelieron también a aceptarla el hecho de que nuestro presidente sea un hombre tan inteligente, moderado y honesto como Sergio Corrieri, y que en el grupo de dirección podamos contar con una mujer tan lúcida y brillante como Graziella Pogolotti, por no hablar de la dedicación que en el desempeño de sus funciones evidencia el resto del equipo; gente que ha estado más cerca o más lejos de la UNEAC, pero consciente de la responsabilidad que asumió y que trabaja porque  se refuercen los cimientos de la organización, porque tenga una proyección cada vez más cultural y  apoye a lo más valioso y genuino, cualquiera que sea su raíz, desde las más decantadas y cultas hasta las más populares. Por eso en un mismo día la Unión rindió homenaje a Alicia Alonso y el Ballet Nacional de Cuba, por sus recientes éxitos en París, y a los Muñequitos de Matanzas por su trabajo con la rumba; manifestaciones que son diferentes y que aun así se tocan.        

-¿A qué UNEAC se aspira?        

 -Todos aspiramos a una UNEAC renovada. A dotarla de una nueva imagen y darle nuevos contenidos.  Parecerá un lugar común y no lo es. Creemos que debe haber gente joven en la directiva, y sobre todo con talento. Jóvenes  que con su obra hayan demostrado ya sus capacidades. Aspiramos a una UNEAC que no sea un gremio, sino una asociación de los creadores más notables del país, consecuentes con la impronta que dejaron aquí los fundadores.         

-Los fundadores de la UNEAC dejaron su impronta. Pero el espíritu de la organización se apagó mucho en los años 70 y 80. No es hasta la década del 90 en la que la UNEAC volvió a ser lo que fue o en que  lo fue por primera vez acaso. ¿Está usted de acuerdo con esa apreciación?        

-La UNEAC tuvo un despertador. Fue Abel Prieto, nuestro actual ministro de Cultura Ganamos mucho con Abel; la UNEAC extendió su alcance y sus relaciones. Su presencia y su influencia en la vida nacional. Abel marcó un hito en el destino de nuestra organización y la huella que dejó aquí es por donde debemos transitar. Carlos Martí, a su tiempo, hizo cosas muy positivas. Son obras suyas la galería Villa Manuela y la sala de navegación, así como el embellecimiento de nuestra sede. Toca a los que vienen detrás llenar vacíos y lagunas que quedaron en el trayecto. Rescatar todo aquello que fue la UNEAC y despertarla del letargo. Mover las actividades culturales y resucitar principios y bases fundacionales.        

-Cuando se asiste a las sesiones de las comisiones de trabajo y se escuchan los planteos que en ellas se hacen, se tiene la impresión de que muchos miembros  piden y esperan demasiado de la UNEAC, problemas que no corresponden a la UNEAC ni está a su alcance resolver. ¿Cuáles son sus comentarios al respecto?        

-Son en muchos casos problemas del Estado y la sociedad. El Congreso no debe verse con un “ábrete, Sésamo” que enfrentará todas  las dificultades ni resolverá todos los problemas. Pero sí puede proseguir y avivar  el diálogo cada vez más cercano con las autoridades del país sobre esos problemas.   Eso lo ha ganado la UNEAC. Tenemos un diálogo fluido y el Congreso debe fortalecer esos lazos. Hay una sola política cultural. Es unitaria dentro de la diversidad, de comprensión hacia la obra, si es honesta,  por crítica que sea. No se trata de tolerar, sino de aceptar variantes del pensamiento siempre que no ataque los principios básicos de nuestra identidad nacional.        

-Hay, de seguro, una sola política cultural. Pero se aplica de diferentes formas. Una cosa son los libros, digamos, y otra la prensa y la TV. ¿Qué puede hacer la UNEAC frente a eso?        

-Ahí es donde la UNEAC tiene el importante papel de logar el equilibrio. La cultura es la expresión más alta de la política. Si los políticos no son cultos,  tienen más riesgo de fracasar.        

-La UNEAC agrupó siempre a lo más valioso del arte y las letras nacionales. En  el transcurso de los últimos diez años su membresía se ha duplicado. ¿Cedió la calidad ante la cantidad?        

-El crecimiento fue excesivo en algunas asociaciones. Y se da el caso contrario: creadores que no están en la UNEAC y que necesitaríamos que estuviesen. Como dirección provisional, que no solo prepara el Congreso, sino que vela por el desenvolvimiento de la organización, acordamos paralizar los nuevos  ingresos, cuidar de que los miembros estén al día en el pago de la cotización y que todos tengan una obra vigente.  La directiva que emerja del Congreso seguirá en cuanto a eso los procedimientos y decisiones que estime oportunos y determinará el ingreso de nuevos valores. Pero no habrá purgas entre los que ya están.        

-¿Y el trabajo en provincias?        

-Se trabaja inteligente  y racionalmente y en todas las provincias encontramos mucha receptividad. Miembros de la Comisión Organizadora y del Grupo Ejecutivo viajaron al interior de la Isla, primero en visitas de indagación, de búsqueda e identificación y definición de problemas. Se confeccionaron las listas con las figuras que conformarían  las comisiones organizadoras en cada territorio y esas listas se sometieron al voto  de la membresía y fueron aprobadas. Las asambleas fluyeron democráticamente y la gente habló con libertad.        

-¿Cómo valora el trabajo que acometieron hasta ahora las comisiones, el Grupo Ejecutivo, la Comisión Organizadora?  

-Diría que ha sido de interacción y se asienta en una divisa: Que la voz de todos los miembros sea escuchada.          No tenemos aún la fecha exacta del Congreso. Pensamos que podría celebrarse entre los meses de abril y mayo.  Se ha ido posponiendo. Eso no es una novedad. Es sano, hasta cierto punto, que tengamos tiempo para reflexionar. Muchas cosas se han ido decantando. La guerra de los correos electrónicos  de comienzos de año descansa ahora más en las ideas que en las personas.         

-Si el Congreso estuviese transcurriendo en este momento, ¿qué planteos haría Miguel Barnet, el escritor, no el vicepresidente primero, ante la reunión?        

-Llevaría los temas del respeto a la cultura y a las manifestaciones populares de esa cultura. Me pronunciaría contra el mercantilismo que adultera los valores legítimos  y porque no se lucre con valores de trasfondo religioso. Hablaría de la necesidad imperiosa de legitimar nuestra literatura y el arte cubano y trataría de que, en conjunto,  se piensen las formas que permitirían  romper las barreras hegemónicas de los grupos que obstaculizan nuestra presencia en el exterior. Defendería, por último, el pago de los derechos de autor en todas las manifestaciones de la creación artística y literaria a fin de que escritores y artistas reciban la compensación adecuada a sus jerarquías, aunque en muchos casos esos derechos no les permitirían vivir exclusivamente de su obra.        

-¿Cómo se proyecta hoy a nivel internacional nuestra cultura?        

-No hay límites por nuestra parte. Hay artistas que viajan al exterior y llevan sus obras. Hay convenios con instituciones afines y todo artista tiene libertad para viajar cuando es invitado. El problema radica en los consorcios de derecha que tratan de aplastar la cultura cubana con intención política. Hubo en las editoriales españolas un boom de la literatura cubana. Lo hubo además en otros países. Luego, esas mismas editoriales se han mostrado bastante reticentes y solo dan cabida en sus catálogos a aquellos títulos que son expresión de un realismo sucio o que abordan temas conflictivos de la realidad cubana. O a escritores disidentes,  que tienen  más espacio. Quiero puntualizar que cuando hablo de disidentes, no aludo  a Pedro Juan Gutiérrez, un escritor de raíz y cuya obra aprecio.        

-¿Se siente optimista Miguel Barnet por el trabajo realizado?        

-Soy optimista. Nuestro pequeño equipo de dirección ha sido muy activo y participativo. Con plena conciencia de su responsabilidad.   

Habladurías

Habladurías

Ciro Bianchi Ross

Caricatura Laz

 

Imaginen cómo andarían las cosas en Cuba que en 1695, el general de galeones Diego de Córdova y Laso de la Vega tuvo que desembolsar 14 000 pesos o escudos de plata y depositar una fianza de otros 16 500 para que el rey de España lo nombrase gobernador de la colonia, cargo que asumiría con el compromiso de traspasarlo al general Diego de Viana, el antiguo gobernador, tan pronto se librase este del juicio al que se le sometía y del que se suponía saldría  absuelto. Los sueldos, derechos y honorarios de un gobernador colonial no superaban entonces los 5 000 escudos anuales, de manera que Diego de Córdova tendría que apretar el paso para recuperar su  inversión. Y lo hizo. Mejoró las defensas de La Habana, reorganizó sus milicias y no escatimó esfuerzos  para fomentar la riqueza en el territorio: bajo su mando florecieron las vegas de tabaco, se levantaron no menos de veinte ingenios azucareros y la ganadería se incrementó de manera considerable, mientras que, por la izquierda, se adineraba. Y lo hacía tan discretamente que nadie se atrevió en su momento a acusarlo de ladrón. Cesó en el cargo en 1702 sin suscitar los odios y denuestos que debían soportar sus iguales.

HAMBRIENTO Y DESNUDO

Cuando Salvador de Muro y Salazar, marqués de Someruelos, se presentó en el Palacio de los Capitanes Generales para anunciar que era el nuevo gobernador de la Isla, el gobernador en propiedad, Juan Procopio de Bassecourt, conde de Santa Clara, debió pensar que su sustituto había caído del cielo porque desde dos meses antes no entraba barco alguno en el puerto de La Habana.

            Y es que Someruelos, perseguida de cerca por corsarios ingleses la nave en que viajaba –España e Inglaterra estaban en guerra entonces- se vio obligado a desembarcar en Casilda y desde allí a caballo, seguido por numerosos criados y sin un solo ayudante de campo, en penosa travesía, tomó rumbo a la capital. El clima, infernal, hizo más difícil el viaje, y mojado por la lluvia y sucio de fango llegó Someruelos al ingenio Holanda, próximo a Güines, donde su propietario le dio posada con tanta generosidad y fineza que el recién llegado no tuvo más alternativa que responder revelando su identidad. Venía, con sus credenciales cosidas al forro de la ropa, a sustituir a un gobernador probo y capaz, que cometió sin embargo el error de acoger en La Habana a los fugitivos príncipes de Orleáns, uno de los cuales, Luis Felipe, llegaría a ser rey de los franceses. Protestó por ello la Francia revolucionaria, entonces república y aliada de España, y obtuvo el extrañamiento de los príncipes y el relevo de Bassecourt.

            Por un sofocón peor que el de Someruelos pasaría el mariscal de campo Francisco Riaño y Gamboa, caballero de Santiago, cuando, en octubre de 1634, se disponía a asumir el gobierno de la Isla de Cuba: la nave en que viajaba, batida por las furias de un violento huracán, naufragó a la altura del Mariel.

            La situación fiscal de la colonia alarmaba a las autoridades españolas. Contadores como Francisco Castañeda, Pedro de Armenteros y Lázaro Yáñez de Minaya habían entronizado el desorden más lamentable en las rentas y en los gastos públicos de la Isla y se imponían medidas encaminadas a reprimir malversaciones,  abusos y descréditos. Riaño se alzó como la carta de triunfo de la corona  para enmendar la situación en el lejano territorio, donde el intercambio comercial retrocedía al estado primitivo: el trueque prevalecía sobre la compraventa y se expandía el contrabando.

La tarea que se le encomendaba no resultaba fácil y Riaño  sabía que poderosos intereses se opondrían aquí a sus propósitos adecentadores. Con más inquietudes que entusiasmo partió para cumplir su destino, pero por obra y gracia de aquel huracán su recibimiento fue peor de lo que podía esperar. Salvó la vida en tablitas, a costa de grandes penalidades, y aunque se desconoce cómo se las arregló para llegar al fin a La Habana, sí se conoce que debió presentarse ante el Cabildo hambriento y casi desnudo, pero con los documentos reales que avalaban su designación como gobernador y que  el agua ni el viento lograron arrebatarle.

LA HOGUERA DEL GOBERNADOR

Juan de la Pezuela apenas duró diez meses en el gobierno de la Isla a partir de diciembre de 1853. Su generosidad y nobleza, su honradez acrisolada, la serenidad con que solía tomar las decisiones aquel caballero español a la antigua usanza, como le llamó José Ignacio Rodríguez,  despertaron pronto la inquina del elemento español más recalcitrante.  Pezuela hizo cuanto estuvo a su alcance por proteger a los negros al adoptar medidas enérgicas para la extinción de la trata esclavista y defendió a los emancipados, que, aunque nominalmente libres,  no eran sino esclavos perpetuos del gobierno colonial.

            Una noche un vulgar delator visitó a Pezuela para denunciar una conspiración y entregarle la lista de los complotados. Estalló la ira del gobernador. Ciertamente, esas maquinaciones de los hijos del país contra España lo sacaban del paso e  indignaban. Aparentemente calmado ya, preguntó a su interlocutor qué sanción, a su juicio, debía aplicarse a los conspiradores.

            -¡La hoguera, Excelencia, la hoguera! –respondió el delator. Solo en la hoguera expiarán esos traidores su delito.

            -Tiene usted razón. ¡Los quemaré a todos, sin perdonar a ninguno! –repuso Pezuela con serena naturalidad.

            Dicho y hecho. Acercó la lista, que no leyó, a la llama de una vela y aguardó a que el papel quedase reducido  por completo a cenizas.

LIBRES SÍ, PERO NO

La capital de la Isla radicaba todavía en Santiago y a ella llegó en febrero de 1544 el licenciado Juan de Ávila con los despachos, expedidos por la Audiencia de Santo Domingo, que lo acreditaban  como el nuevo gobernador. No solo traía el recién llegado esos papeles. Portaba además las ordenanzas de Valladolid, de agosto de 1543, que decretaban la supresión de las encomiendas de indios y otros abusos de índole parecida, que Ávila debía aplicar y hacer observar bajo su mando.

            Las ordenanzas disponían la libertad de los indios, pero con condiciones. Los declaraban fieles y leales vasallos de la corona. Sin embargo,  estatuían al mismo tiempo que aquel que los hubiera recibido en encomienda, si bien no podría legarlos a sus sucesores,  los conservaría hasta su muerte. El gobernador hizo creer que, amparado en las ordenanzas, se hallaba animado de un alto espíritu de justicia, pero pronto –apenas veinte días después de su llegada- dejaba traslucir en una carta al rey un criterio opuesto a la emancipación.

            Tenía 28 años de edad y había caído en las manos de doña Guiomar de Guzmán, viuda del tesorero Pedro de Paz, vecina principal de la primitiva villa  y usufructuaria de una de las grandes encomiendas de la región oriental,  a  cuya casa, en Santiago de Cuba, había ido a residir. El interés, la sagacidad y los halagos que ella solía dispensarle hicieron que Ávila se parcializara  a favor de los colonos de Santiago: los eximió del cumplimiento de las ordenanzas de Valladolid al tiempo en que se empeñaba en aplicarlas con todo rigor en Bayamo y Baracoa.  La influencia de Guiomar sobre Ávila que fue, al comienzo, discreta y apenas perceptible,  creció en el transcurso de los días y llegó a su punto culminante cuando la pareja, ajena a la diferencia de edad, decidió contraer matrimonio. Entonces ya sin tapujos Ávila se identificó con las ambiciones de Guiomar e hizo suyas sus fobias y sus filias y cayó en el desafecto y en el descrédito. Las quejas de los afectados se sucedieron contra él hasta que en 1546 llegó a Santiago el licenciado Antonio Chaves con las prerrogativas  reales para sustituirlo, detenerlo e investigar sus desmanes.

OTRA VEZ GUIOMAR

Ardua resultaba la tarea de Chaves al frente del gobierno por las condiciones deplorables de la colonia. No tardó en escribir al rey para imponerlo de los malos tratos a los que se sometía a los indios, las discordias entre los funcionarios públicos y la arrogancia de algunos encomenderos, que, por su riqueza y poderío, se hacían prácticamente incontrolables. La Isla está perdida, decía al monarca en su carta. Y añadía: Veré cómo conciliar los problemas o ponerle remedio fuerte.

            Chaves debió enfrentar a una poderosa enemiga, doña Guiomar. Al comienzo, trató ella de neutralizarlo con ofrecimientos tentadores; luego, con amenazas desembozadas. Quería evitar a toda costa que Chaves mandase  a Ávila preso a Sevilla, lo que en definitiva hizo. A partir de ahí todos supieron en Santiago que el nuevo gobernador era enérgico e inexorable. Obligó a pagar lo que por diezmos, quintos y almojarifazgos adeudaban muchos de los propietarios y se empeñó en hacer respetar las encomiendas que pretendían proteger a los indios. La Audiencia de Santo Domingo lo había nombrado gobernador de la Isla, y el rey de España lo honró con su confianza al confirmarlo en dicho cargo. Pero  tenía contados sus días de mando. Su carácter inflexible y su virtud acabaron por hacerse incompatibles con las ambiciones de los colonizadores, que propiciaron su sustitución.

MULTADO DESPUÉS DE MUERTO

 

Diego Velázquez, capitán de los reales ejércitos, Adelantado y primer gobernador de la Isla de Cuba, fue un hombre con mala suerte tanto en su vida pública como en su vida privada. Esperaba haberse hecho cargo de un territorio rico y no encontró aquí las riquezas deseadas. Trajo a su prometida, contrajo matrimonio con ella en Baracoa, y enviudó seis días después de la boda. Todas las expediciones que organizó para expandir su poder e influencia en la Tierra Firme fracasaron y el triunfo de Hernán Cortés en México fue más de lo que pudo soportar. Murió de envidia.  Le provocó  una apoplejía y murió a consecuencia de ella, en Santiago de Cuba, el 12 de junio de 1524, aunque hay autores que aseguran que falleció el 11 de junio de 1525.

            Y aquí viene lo interesante. Velázquez, que había sido sustituido en su cargo y repuesto, pero  que estaba  sometido a investigación por su gestión al frente del gobierno de la Isla, fue multado después de muerto porque, decía la sentencia, no estableció aranceles e impuestos en todos los lugares, aceptó presentes y banquetes, consintió exacciones y no distribuyó con equidad las encomiendas…

            Mala suerte la del Adelantado. Ni muerto logró librarse de ella.  

 

 

 

 

           

           

Pintor de la cubanía

Pintor de la cubanía

Ciro Bianchi Ross

Tenía, decía él de sí mismo, algo de salvaje y algo de cartesiano. Hizo rigurosos estudios académicos, aprendizaje que plasmó en no pocos cuadros, y ya en Europa, y entusiasmado con la vanguardia, se acercó al cubismo de la época negra de Picasso. Trascendental  resultaría su relación personal  con el autor de Guernica y sus acercamientos al arte negro africano. Pero en sentido inverso al de Picasso, el cubano Wifredo Lam asimiló el arte europeo a partir de las maravillas primitivas que llevaba desde su país. Con ese bagaje, cuando los alemanes ocupan la capital francesa,  regresa a Cuba para reencontrarse  con las “vibraciones de la africanía” e iniciar entonces su etapa más fecunda y definitiva en la que, lejos del cubismo, pero sin desdeñar sus ganancias,  se empeña en dar una visión propia del mestizaje cubano. Una pintura sacromágica.  Telas surgidas agresivamente de la tierra, en las que los espíritus apresados buscan  furiosos la materia para manifestarse y a los que obligó a revelar su secreto.

            La vida de Lam daría pie para una novela. Nació en 1902, en Sagua la Grande, en el norte de la región central de la Isla. Hijo de chino y mulata. Su tatarabuelo negro  ganó el sobrenombre de Mano Cortada debido a la mutilación que sufrió cuando dio muerte a un blanco que quería despojarlo de lo suyo. Su primera esposa y el hijo que tuvo con ella mueren  de hambre en España, en los días de la Guerra Civil. Entonces trabaja allí en una fábrica de explosivos. Un día decide visitar a Picasso. El malagueño lo recibe en el cuarto de baño, sumergido en la tina. Se cubre luego con una  toalla enorme  y en ese atuendo aprecia los cuadros que el cubano lleva como muestra de su trabajo. “Tú eres un pintor”, le dice Picasso y decide promocionarlo. Viene la Guerra Mundial. Su segunda esposa, una alemana,  es apresada por los nazis: la acusan de haber degradado  la raza aria al casarse con un mestizo y disponen su internamiento  en un campo de concentración. Amigos franceses logran liberarla y el matrimonio escapa a Marsella como primera escala de su viaje a América. Una noche, ya en La Habana, lo visita Igor Stravinsky.  La conversación es amena e interesante, pero el pintor desea que el compositor acabe de marcharse. Miraba con insistencia el techo de la sala donde platicaban y se decía: Se va a caer, se va caer… Stravinsky se retiró sin percance alguno. Pero esa noche el techo de aquella sala se vino abajo.

            Su viaje a Haití sería decisivo en su obra. En efecto, señala la crítica, resulta imposible el análisis de la simbología de Lam sin aludir al vodú haitiano, la santería afrocubana, el ñañiguismo habanero, los tambores y maracas de los negros, los látigos y cepos de la esclavitud. De niño y adolescente, el pintor vivió inmerso en los cultos sincréticos cubanos y en la práctica del espiritismo que animaban a  sus mayores. Desde la más tierna infancia, afirmó en una ocasión,  había vivido  la zozobra “de no ser sino una cosa entre las cosas, una presencia muda frente a objetos sin nombre”.

            Sus estancias en Nueva York influyen poderosamente en el movimiento del expresionismo abstracto (Gorky, Pollock, Kooning…)  En México, alterna con Diego Rivera. Recorre la meseta de Auyan-Tepui y el Salto del Ángel, en Venezuela, y en Colombia, el Paso del Águila… En 1956 se establece en Europa, pero el triunfo de la Revolución Cubana le impone regresos periódicos y largos a su tierra. Muere en 1982. Pidió que una porción de sus cenizas se trajeran a Cuba. Uno de sus grandes cuadros, La jungla (1942) cima, para muchos, de la pintura del III Mundo, se exhibe de manera permanente en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Otra de sus piezas capitales, La silla, está en el Museo Nacional de Bellas Artes, de La Habana.

            Vivió en la encrucijada de varias culturas, pero no fue el suyo un arte ecléctico ni de un arcaísmo imitativo de lo negro, sino una conjugación de corrientes que en él se fundieron.  Entregó, con su obra, una dimensión de la identidad cubana. Lo hizo con un lenguaje específico, con una profundidad poco lograda hasta entonces,  y develó así el mundo que quiso apresar. Fue, salvaje y cartesiano, un pintor de la cubanía.

           

             

 

             

 

La edad de merecer

La edad de merecer

Ciro Bianchi Ross

 

Ninguna edad es tan esperada ni tiene para la cubana el simbolismo de los 15. No es un cumpleaños cualquiera. Es una ilusión. Un cruce de frontera. Una franquicia. A partir de ahí viste de otro modo, acentúa el maquillaje, tiene un rango de decisiones propias. Entra en la etapa de merecer, aunque desde antes no pierda fiestas, bailes ni paseos, haya tenido dos o tres romances intrascendentes, consentidos o no, y, más que por pudor, se sonroje por secreta e íntima satisfacción cuando un desconocido la desnuda con los ojos en la calle. Las cubanas maduran temprano, más temprano que los cubanos, pero no es hasta que alcanzan los 15 que empiezan a ser vistas como mujer.

El arribo a los 15 de la muchacha de la casa es siempre un acontecimiento. La familia de recursos más limitados se esmera por proporcionarle en la fecha un día especial o al menos diferente.  Se trata de un suceso que no volverá a repetirse y marcará a la homenajeada mientras viva. Otras, con los gastos de la celebración, tiran la casa por la ventana bien  porque prima en la madre el sano anhelo de dar a la hija la fiesta que ella no tuvo o se quiere poner verde de envidia al vecino, aunque para ello se vayan en una noche los ahorros de toda la vida.

La celebración de los 15  equivale a lo que todavía en las décadas iniciales  del siglo XX era una presentación en sociedad. Se hacía con un gran baile. La orquesta acometía la pieza inicial, invariablemente un vals, y el padre de la debutante la sacaba al salón, solo para bailar con ella los acordes iniciales y entregarla, sin dejar de bailar,  al que la festejada, que lucía un vestido de noche, largo, vaporoso, de estilo, había escogido como compañero. Salían entonces parejas restantes y el baile quedaba abierto. Casi al final de su vida, la poetisa Dulce Ma. Loynaz, Premio Cervantes 1992,  recordaba todavía la fiesta con que, antes de la I Guerra Mundial, se presentaron en sociedad las hijas de Regino Truffin, importante comerciante de azúcares de la época y propietario del predio donde en 1939 se instalaría el cabaret Tropicana.

La clase media ni los sectores populares podían aspirar a tanto, pero se sentían también con el derecho de la celebración. La presentación en sociedad empezó a ceder espacio a la fiesta de 15, y la novedad permeó a la alta burguesía.  La ceremonia se simplificó, y aunque se mantenían las 15 parejas de rigor,  la música dejó de ser en vivo, el vals fue haciéndose pieza de museo y se acortaron los vestidos. Cada familia adaptó la celebración a la realidad su presupuesto.

Todavía hay quien se empeña en conmemorar los 15 de la niña con el boato de la tradición. Pero las complicaciones de la vida moderna, la aceleración del ritmo social y un nivel educacional creciente, imponen para la mayoría derroteros y metas menos efímeros. No pocas jóvenes prefieren algo menos complicado. Les es suficiente recibir en su día como obsequio aquello que ambicionaron. O dan por bastante poder estrenar  una  pitusa  a la cadera y un tope fosforescente color mandarina para bailar esa noche y hasta el amanecer al compás de la música house. O un día de playa en compañía de amigos.

            En ningún caso faltarán las fotos. Y, de entre ellas la que, bien enmarcada,  se colocará en el lugar más visible de la casa y que la retratada seguirá arrastrando consigo así pasen los años y que eternizará, aun cuando ya se hayan marchitado, la lozanía del cutis, el cabello sedoso, los ojos chispeantes,  la mirada pícara, la hermosa promesa que dejaba adivinar el escote permisivo. En Cuba se exagera en las fotos. Todas en locaciones ideales. Por eso no causa ya extrañeza ver a un fotógrafo y a una muchacha muy joven, ora vestida de una forma, ora de otra, moverse por las áreas abiertas de un hotel  en compañía de la mamá, que se ocupa hasta de los detalles más nimios. Es una quinceañera. Ha cruzado una frontera para entrar en la ilusión de los 15, la edad de merecer. 

           

  

 

Generales españoles

Generales españoles

Ciro Bianchi Ross

Caricatura Laz

 

Mi amigo, y agudo lector, el doctor Ismael Pérez Gutiérrez me ha hecho llegar la versión mecanuscrita de la larga y prolija investigación que acometió sobre los generales españoles en Cuba durante la Guerra de Independencia (1895-98). Sucede que el buen doctor no es periodista, aunque sea esa una profesión que le toca muy de cerca, ni historiador y mucho menos especialista en temas militares, sino profesor de la Facultad de Medicina del Hospital 10 de Octubre, pero su especialidad no pone límites a  su cultura y mucho menos a su curiosidad. Fue así que en 1998, en ocasión del centenario del fin de la guerra, comenzó a preguntarse sobre quiénes fueron los hombres que dirigieron y efectuaron en el terreno militar la defensa del poder español en Cuba y con qué fuerzas contaron realmente. Se trataba de un capítulo inédito en nuestra historiografía y también en la española. Mientras que allá no se hablaba del asunto porque nunca resulta agradable aludir a  la derrota, en Cuba los episodios de Elpidio Valdés,  un personaje de ficción concebido para niños, pero que caló hondo en la conciencia colectiva, simplificaban al máximo la imagen  de los militares enemigos, encarnados  en el general Resoplez, incapaz,  insuficiente e histérico. Por una razón u otra, dice Pérez Gutiérrez, los historiadores cubanos no abordaban con certeza ni justicia a aquellos generales que fueron la flor y nata de las fuerzas armadas españolas y a los que nuestros mambises mal armados y harapientos  derrotaron en toda la línea.

            Una primera búsqueda permitió al investigador identificar a unos 80 de esos altos oficiales. Algunos  –Emilio Calleja, Martínez Campos, Valeriano Weyler, Blanco Erenas, Jiménez Castellanos…- eran ciertamente muy conocidos en virtud de haber ocupado la Capitanía General o por sus encuentros combativos con los insurrectos. Pero a la mayoría de ellos  tuvo que  pescarlos casi   en las páginas de una bibliografía espesa  y relegada en la que no pasaban de ser a veces una simple mención. La cifra definitiva es sin embargo de 92 generales. Lo comprobó Pérez Gutiérrez cuando, durante una larga temporada de trabajo en la esfera de la salud en España, dedicó su escaso tiempo libre y el poco dinero  a incursionar en archivos militares de ese país, sobre todo en el de Segovia. Consultó  y obtuvo fotocopias autentificadas de los expedientes de 84 de esos generales y seis más les  fueron remitidas tras su regreso a Cuba. De los dos expedientes  que le faltan, uno, el del general Enrique Bargés Pombo, no le resultó imprescindible para dar fin a su trabajo: encontró los elementos necesarios en otras fuentes. El expediente de Salvador Díaz Ordóñez Escandón no pudo localizarse. Al parecer, se perdió para siempre. Fue un oficial que hizo la guerra con los grados de coronel y ascendió al generalato solo tras la derrota española y cuando estaba ya a punto de reembarcar para la metrópoli.

            Varias  conclusiones  saca Pérez Gutiérrez de la ardua lectura de esa documentación. Todos esos generales fueron hombres experimentados en la teoría y en la práctica de la guerra, conocedores incluso del país en que operaron. El valor y el honor primaron en la mayoría de ellos, que luchó en defensa de sus intereses patrios. Eso, apunta, engrandece todavía más a nuestros mambises, capaces de derrotar a los principales estrategas y tácticos españoles de su época. Victoria que enaltece a los cubanos y no niega méritos al enemigo. 

¡VIVA CUBA LIBRE!

Mucho se ha hablado, sin llegar a concretarse las cifras, del número de soldados de que disponía  España en la Isla al desencadenarse la Guerra de Independencia. Dice el investigador que esa tropa la conformaban 20 693 hombres en las fuerzas regulares y 69 785 en las de voluntarios, para un total de más de 90 mil efectivos. Ese llamado Ejército de Cuba estaba al mando del teniente general Emilio Calleja, gobernador de la colonia,  y contaba con dos generales de división, José Arderius y  José Lachambre, además de otros dos generales de brigada.  En todos los mencionados era vasta su experiencia “cubana”. Calleja combatió en la Guerra Grande, en la que obtuvo el grado de general, y en la Chiquita, y había sido con anterioridad gobernador de la Isla; llevaba 50 años de servicio activo en el ejército.  También en la Guerra Grande participaron Lachambre y el segundo cabo  Arderius, nacido en La Habana y concuño de Martínez Campos. Si el general de brigada Luis Prats, jefe militar de Matanzas, pudo sofocar en los primeros momentos la insurrección dentro de su territorio, no pudo Lachambre hacer lo mismo como jefe de la plaza oriental pese a que desde el primer momento se incorporó a la persecución de la expedición que trajo a Maceo por Duaba.

            Pronto los reportes satisfactorios sobre el curso de la contienda que remitía Calleja a España fueron sustituidos por mensajes alarmantes. En consecuencia,  el  capitán general Martínez Campos asumió el mando de la Isla y se reforzó el Ejército de Cuba. En nueve expediciones y en un envío desde Puerto Rico llegaron  117 795 hombres, con los que la fuerza española se elevó a más de 200 mil efectivos y se quintuplicó el número de oficiales.  Todo ese gran ejército no pudo detener el impulso de la Invasión. Con una tropa que no llegaba a los 5 000 combatientes el contingente invasor, el 15 de diciembre de 1895, destroza en Mal Tiempo, cerca de Cienfuegos, a los adversarios que se le interponen y entra  en Matanzas, pasa a La Habana y amenaza a la misma capital y sigue  su avance victorioso hacia el confín más occidental. A Martínez Campos, el gran vencedor de la Guerra Grande, no le queda más  remedio que reconocer que Cuba se ha perdido para la metrópoli y que España no tiene otro camino que el de arrasar el país. Pero él no es capaz de hacerlo y así lo asegura. Correspondería tan triste empresa a su sustituto, el teniente general Valeriano Weyler. La situación era caótica. Maceo operaba en Pinar del Río, Máximo Gómez, con crecidas fuerzas, se hallaba en La Habana. Estaban cortadas las líneas telegráficas y sufría interrupciones el cable del sur entre la capital y Batabanó. Los soldados debían transportarse por mar… “Todo acusaba un estado de gravedad tal, diría Weyler, que hacía  difícil el mando que iba a ejercer”.  

WEYLER

Afirma  el doctor Pérez Gutiérrez que Weyler podrá ser acusado de cruel, sanguinario, tozudo, aprovechado, ególatra y falsificador de la verdad, pero hay que admitir  que tuvo la habilidad de reorganizar las fuerzas a su mando, activarlas y ponerlas a la ofensiva. Logró detener el avance mambí y llevó la situación militar a un nivel de estancamiento. Disponía de 249 441 hombres con 26 generales, el más numeroso ejército que tuvo España en América hasta ese momento, pero aun así el Ejército Libertador se hacía sentir, en unas más que en otras, en todas las provincias y proseguía la guerra.

            Es bajo el mando de Weyler que ocurre la muerte de Maceo y, en La Habana, la de Adolfo del Castillo. Artilló el puerto habanero  y zonas  portuarias del interior y previó  que España tendría que enfrentarse a EE UU. Se dice en su expediente que inició el estudio de las defensas submarinas que deberían  instalarse en caso de conflicto con ese país. Dio por dominada la insurrección en las provincias occidentales, eso decía,  y cuando pensaba batir a los mambises en Oriente se vio obligado a solicitar el relevo. Su expediente no lo atribuye al fracaso en el campo militar, que es lo cierto,  sino a una cuestión política.  Cánovas del Castillo, aquel presidente del gobierno español que se empeñó en dedicar hasta el último hombre y la última peseta a la guerra de Cuba, resultó muerto en un atentado y su sucesor, Sagasta, era partidario de otra conducta hacia la colonia. El capitán general Blanco Erenas ocuparía el puesto de Weyler. Ya había estado en Cuba. Logró sofocar la Guerra Chiquita. Tenía fama de liberal, pero llegaba ahora a intentar lo imposible.

            La autonomía enarbolada por Blanco como política de apaciguamiento, no convenció a nadie. Ni al elemento español más recalcitrante ni a los separatistas. Fracasó aun entre los propios autonomistas criollos. Curiosamente ese pretendido apaciguamiento no se vio acompañado de la disminución de las tropas bajo su mando. Aumentaron. Blanco dispuso de  1 502 hombres más que Weyler en lo que respecta a fuerzas  en campaña.  El ejército regular a sus órdenes descendió en número, pero aumentaron los voluntarios, lo que hizo que en ese momento España tuviera en Cuba  una fuerza superior a los 278 mil hombres, la más alta de todos los años de la guerra.

            Blanco tuvo a 33 generales entre sus colaboradores más cercanos. Casi ninguno de los generales de Weyler se quedó en Cuba a la sustitución de este. Alegaron motivos de salud para regresar a España. En verdad eran seguidores sumisos de su jefe y enemigos de la política que Blanco quería propiciar. Es bajo Blanco  que sobreviene la entrada de EE UU en la contienda. El 26 de noviembre de 1898 el gobierno interino de la Isla quedaba en manos del teniente general Jiménez Castellanos, derrotado por Máximo Gómez en la batalla de Saratoga. El sería el encargado de traspasar la soberanía española en Cuba al general Brooke, interventor militar norteamericano, a las doce meridiano del 1 de enero de 1899. Enseguida, a bordo del vapor Rabat, partió hacia Matanzas y el 12 pasó a Cienfuegos. Saldría de Cuba en el vapor Cataluña con destino a la península el 6 de febrero. Fue el último general español que abandonó la Isla y llevaba con él lo que quedaba de su ejército.

RESUMEN

 

De esos 92 altos oficiales españoles que operaron en Cuba, tres tuvieron  el grado de capitán general. Dos de ellos –Martínez Campos y Blanco- lo ostentaban antes de venir y Weyler lo alcanzó después. Muchos de ellos arribaron  como coroneles y tenientes coroneles y uno incluso como comandante y ascendieron por su participación en la contienda. La mayor parte de ellos pertenecía a la infantería. Siete nacieron en Cuba y por lo menos uno hizo la carrera militar en la Escuela de Cadetes de La Habana. Andrés González Muñoz, santiaguero, enfrentó en varias ocasiones a su coterráneo Antonio Maceo. Tras la Paz del Zanjón y el pronunciamiento de Maceo en Baraguá, el coronel González Muñoz se reúne con el Titán. En compañía de un ayudante y el práctico que le sirve de guía, lo visita en su campamento de Palmarito, a veinte leguas de Mayarí. Maceo lo recibe, conferencian, pero no logra convencerlo de que deponga las armas. Ya como general de brigada participaría en la Guerra Chiquita y es  general de división al iniciarse la de Independencia. Sería segundo cabo en la capitanía general de Puerto Rico. La mayoría de esos oficiales requirieron de más de treinta años de servicio para acceder al generalato. Pero Pando Sánchez lo logró solo en 13 y Emiliano Loño  demoró 47. De esos generales, el que arribó más joven a Cuba (con 40 años) fue Federico Escario, ascendido a general de brigada cuando, a fines de la guerra, logró penetrar con refuerzos en la sitiada ciudad de Santiago de Cuba. Pero Ramón Echagüe llegó a la Isla ya como general y tenía sólo 42. El más viejo en el momento de su arribo fue el general de división Carlos Denis (68).  De esos generales, doce murieron en Cuba y de ellos, diez fallecieron  por enfermedad y dos en combate, aunque nueve resultaron heridos en acciones de guerra.

            Estos y otros muchos datos están en la prolija investigación del doctor Ismael Pérez Gutiérrez, que se complementa con la ficha y el retrato de cada uno de los generales españoles. Esperamos que pronto el buen doctor ponga su libro a la consideración de nuestras editoriales.