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Paseos

Parques de La Habana

Parques de La Habana

Ciro Bianchi Ross

 

Los parques conservan para siempre el encanto de la niñez. La primera y más remota expresión de propiedad social que pueda recordarse. El lugar que creíamos exclusivo aunque lo compartíamos con los primeros amigos. Donde  nos sentimos dueños sin que nadie nos lo adjudicara y  nos creímos  libres pese a que todo se hacía bajo la vigilancia de los mayores. Los mismos que luego serían ideales para los encuentros de la adolescencia  y a los que acudimos, ya en la adultez, a ver pasar la vida. Ir al parque, para los grandes, equivale, por lo general, a una actitud de dejadez; de matar el tiempo, de hacer nada.  Y es también una acción masculina. Van al parque los hombres y en ellos permanecen hasta que sospechan que en la casa están a punto de servir la comida. O, después de esta, a esperar que llegue la media noche y la casa bote el calor del día.

            Sitio de ocio bien llevado, donde se confunde el paseo con un retiro en cuya soledad se teje el oro apagado del recuerdo. Lugar que algunos convierten en mirador y en vitrina de sus vidas para esperar la oportunidad que no les llega porque son incapaces de buscarla.  

            La Habana cuenta con el parque urbano más grande del mundo. Se extiende a lo largo de unos ocho kilómetros. Es el Malecón. Su muro se convierte en un asiento  de piedra casi sin fin. Y dispone además de avenidas cuyos paseos centrales, arbolados y con bancos, son parques verdaderos. Ahí están, entre otros,  los de las calles G y Paseo, en el Vedado, vías  que con sus cincuenta metros de ancho llevan de alguna manera el mar a la ciudad;  el de la Quinta Avenida, de Miramar, que corre paralelo a la costa,  y el mítico Paseo del Prado, con copas, ménsulas  y leones de bronce, farolas, laureles frondosos y  bancos de mármol. Y están, por supuesto, los parques de barrio, presididos casi siempre por la estatua de alguien que merece ser recordado. En cada barriada habanera hay un parque llamado de los chivos, que buscan para pasar las horas estudiantes fugados de clase y jóvenes enamorados que quieren librarse de la curiosidad callejera y encuentran en ellos espacio discreto para el amorío.

            Urbes hay en Cuba que tienen más parques que otras, como Holguín, en el este de la Isla, la llamada ciudad de los parques. En parques del interior del país existió la costumbre inmemorial de que las muchachas los recorrieran en un sentido y los varones en sentido contrario y así lo hicieran hasta que dos de los que daban las vueltas simpatizaran o se atrajeran y empezaran a dar las vueltas juntos.  Hay parques que privilegian los estudiantes para el repaso de última hora antes del examen, y parques, como el de 21 y H, en el Vedado, del que, a la caída de la tarde, se adueñan  los perros más lindos de La Habana. Parques íntimos, casi una prolongación del hogar, donde los padres llevaron a sus hijos y terminan paseando a los nietos, y otros,  cosmopolitas como el parque Central y el del Quijote. El de la India atrae por su estatua de mármol que representa a la “Noble Habana”.  El parque Lenin, en el sur de la capital, merecería un punto aparte. Sus 745 hectáreas arboladas sirven de pulmón a la ciudad, al igual que el Metropolitano, a la vera del río Almendares.

Hay en la ciudad un parque de los cabezones, por los bustos de figuras egregias que allí se erigen.  Los del pescado, de los filósofos, de las lavanderas, de los enamorados y,  en las inmediaciones de la Universidad, el de los mártires. Y un parque de la Fraternidad Americana donde, hace más de 80 años, se sembró una ceiba con tierra de todas las repúblicas del continente y quedó cercada por una verja cuya puerta se abre con una llave de oro.

           

           

           

           

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Anatomía de La Habana

Anatomía de La Habana

Ciro Bianchi Ross

 

La Habana es la dueña del tiempo y la memoria, dice el poeta Miguel Barnet. El arquitecto norteamericano Andrés Duany asegura que la capital cubana, como ciudad, tiene en la América el potencial de Roma. Para García Lorca, La Habana era, sencillamente, “una maravilla”. De su “irreductible ambivalencia” le ve nacer su encanto a la ciudad la doctora Graziella Pogolotti. Para el historiador Eusebio Leal definir La Habana es tan difícil como definir la poesía.

            La Habana, esta ciudad bulliciosa y parlera –tan bien apresada en los lienzos de René Portocarrero- marítima, abierta y desprejuiciada, que sabe, sin embargo, vivir su propia vida interior, es una ciudad con todos los estilos y ningún estilo, “un estilo sin estilo que a la larga, por proceso de simbiosis, de amalgama, se erige en un barroquismo peculiar que hace las veces de estilo”, como afirmara el gran novelista cubano Alejo Carpentier.

            Ciudad barroca en su sentido heterogéneo y abigarrado, y también “tímida, sobria, como escondida”, construida a escala humana, sin que la arquitectura llegue jamás a aplastar al hombre. Así sucede en el centro histórico y también en La Habana moderna donde los rascacielos y edificios altos, a veces un tanto impersonales y sin carácter, no tapan el sol ni impiden el paso de la brisa marina.

            La Habana es una de las ciudades americanas que mejor conserva su legado histórico y su núcleo colonial. El casco fundacional de la urbe, en la llamada Habana Vieja, es uno de los conjuntos urbanos más importantes del continente. Allí pueden verse 88 monumentos de valor histórico-arquitectónico, 860 de valor ambiental y 1 760 construcciones armónicas. Unas edificaciones corresponden a los siglos XVI y XVII. “Es una zona monumental por excelencia, el 90% de sus edificaciones son valiosas…” precisa Eusebio Leal.

            No se piense que se visita un museo. En todo caso el visitante se verá inmerso en un museo viviente, en una zona en la que residen unas 100 000 personas y hay oficinas, escuelas y establecimientos comerciales. El proceso de restauración al que hace años se ve sometida La Habana Vieja rehuye convertirla en una zona estática, dedicada a la contemplación, sino que se propone conservarla y revitalizarla como un área viva en el contexto de la ciudad y que se conjuguen, de manera armoniosa, sus funciones habitacionales, culturales y turísticas.

            De La Habana moderna, lo mejor es el Vedado, una de las manifestaciones más coherentes del urbanismo contemporáneo. Esa es la opinión de todos los especialistas. Cierto es que, como otras zonas de la ciudad, está dañado, pero está ahí y es el lugar más codiciado por los habitantes de la ciudad para residir.

            Algunos de los edificios construidos en los últimos años desentonan, son agresivos con su entorno, intrusos en su ambiente. Pero la ciudad debe tolerarlos y asumirlos.

            A juicio del arquitecto Mario Coyula, se insiste tanto en el valor de La Habana Vieja que se corre el riesgo de pensar que el resto de la ciudad no lo tiene. Para él, más de la mitad de la ciudad tiene valor arquitectónico porque en ella aparecen estilos y tendencias de todas las épocas.

            “La esencia de La Habana es el concierto que ella misma organiza y ahí lo más importante es la escala, el ritmo que la luz y la sombra establecen en sus fachadas”, añade Coyula. A su juicio hay dos edificios emblemáticos en la ciudad: el Palacio de los Capitanes Generales, en La Habana Vieja, y el restaurante Las Ruinas, en el Parque Lenin, en las afueras de la capital.

            La Habana es el primer polo turístico de Cuba. Aquí están los grandes hoteles, los cabarets rutilantes, los más afamados restaurantes, y una franja de playas al este de la ciudad que se extiende a lo largo de más de diez kilómetros de blanca y fina arena y aguas cristalinas.

            La Habana sobresale también en la cultura; un gran mosaico donde lo español y lo negro se dieron la mano para engendrar una identidad propia. Abren sus puertas aquí unos cuarenta museos de primer orden y sus ferias y  festivales internacionales de cine, libros, música, plástica y ballet atraen a especialistas y curiosos de latitudes muy diversas. Su universidad, fundada en 1728,  es muy prestigiosa y sus instituciones médicas y científicas gozan de reconocimiento más allá de los límites de la Isla.

            En la capital se hallan los santuarios de tres de los santos más venerados por los cubanos: los de San Lázaro, el santo de los perros y las muletas de palo, el leproso de los milagros; de Santa Bárbara, en la barriada humilde de Párraga, y de la Virgen de Regla, la santa negra del manto azul que carga en sus brazos a un niño blanco. Deidades que, en el panteón de la Santería se identifican, respectivamente, como Babalú Ayé, Shangó y Yemayá, madre de todos los orishas.

            La Habana con sus toques de santo y sus tapas de coco tiradas al azar para leer el futuro y demás ritos africanos. Donde, a veces, en una misma casa se guardan los atributos del Palo Monte y la Santería y las imágenes de las deidades cristianas.

            La Habana de las rumbas de cajón y las chancletas de palo, del gran jolgorio del carnaval y de las fiestas espontáneas en las casas de vecindad.

            Muchos afirman que La Habana es una de las ciudades más bellas del mundo. Ernest Hemingway, el célebre novelista norteamericano que vivió aquí los últimos años de su vida, decía que en belleza solo Venecia y París superaban a la capital cubana. Es posible. Por lo pronto vale asegurar que la luz del trópico, la noche en el Malecón, el lugar más popular y cosmopolita de la urbe, y la sonrisa y la afabilidad del cubano, entre otros encantos propios, ganan al visitante para siempre.

            A fines del siglo XVI, en atención a su posición geográfica, alguien definió a La Habana de manera justa. La llamó “Llave del Nuevo Mundo y Antesala de las Indias”. El sabio alemán Alejandro de  Humboldt, a quien los cubanos consideran su segundo descubridor, la vio como la más alegre, pintoresca y encantadora de las ciudades. Algo más acá un poeta la exaltó como una mujer con tres amantes rivales: el sol, el mar y el cielo… y muy recientemente otro poeta, Fayad Jamís, luego de reparar en sus portales y columnas, sus parques y plazas y, sobre todo, en sus rincones olvidados y perdidos, la cantó como una urbe de sueños, edificada en claridad y espuma.

            A la sombra de una ceiba que existía en el lado noreste de lo que sería la Plaza de Armas, se celebró en La Habana la  primera misa y se constituyó el primer cabildo. El Templete, monumento que se inauguró en 1828, perpetúa el acto fundacional de la villa. La ceiba que se ve allí ahora se plantó en 1959.

            En las religiones afrocubanas, la ceiba es un árbol sagrado. Los negros venidos de África como esclavos depositaron en ella su leyenda. Para los creyentes en ese árbol se asientan todos los santos, los antepasados, los santos católicos y espíritus diversos. La ceiba recibe tratamiento de santo y no se corta ni se quema ni se derriba sin permiso de los orishas.

            Dicen que quien da tres vueltas alrededor de la ceiba de El Templete se le concede el deseo que formule. Así es La Habana de acogedora y generosa.

El Malecón con que vivo

El Malecón con que vivo

Ciro Bianchi Ross

Foto Silvia Mayra

 

 

No se concibe La Habana sin la Rampa, la escalinata universitaria, la Plaza de la Revolución ni la heladería Coppelia. Tampoco se concibe sin su Malecón, el sitio más cosmopolita de la urbe. Tanta importancia se le da, que ese nombre genérico y que es sinónimo de dique, adquiere aquí categoría de nombre propio y se escribe con letra inicial mayúscula.

Son algo más  de siete kilómetros de un  muro que corre de este a oeste y se extiende entre dos fortalezas coloniales: el castillo de la Punta, al comienzo del Paseo del Prado, y el castillito de La Chorrera, a la vera de la desembocadura del río Almendares. Del lado de acá, la ciudad vieja y nueva, con algunos de sus mejores hoteles, monumentos y parques;  del otro lado, el mar abierto, azul, sencillo, democrático, como lo definiera nuestro gran poeta Nicolás Guillén. Una transitada avenida lo bordea de extremo a extremo y cada uno de sus  cuatro tramos tiene un nombre que lo identifica. Pero para cualquier  habanero que se respete, la costanera, a pesar de sus tramos,  no tiene más nombre que Malecón, el camino más rápido para conectarse con Miramar y la Marina Hemingway desde La Habana Vieja, y que se convierte durante los carnavales habaneros en la pista de baile más grande del mundo.   

Así como no se concibe La Habana sin ese muro y su populosa vía aledaña, no se concibe el Malecón sin sus enamorados y sus pescadores. Desde que hace más de cien años comenzó a construirse esa obra que embelleció la ciudad, los habaneros lo hicieron  lugar de preferencia para el paseo. Y parejas de enamorados, acunadas por la brisa marina, acudieron en busca de intimidad: una intimidad que  consiguen inexplicablemente  aunque casi a su lado se hallen sentadas  otras parejas con idéntico propósito.

Eso ocurre sobre todo en las noches. De día, el Malecón es de los pescadores. No se sabe cuándo empezaron a aparecer. Tal vez hayan estado siempre. Los de aquí son,  como todos los pescadores del mundo, gente callada, de paciencia infinita, de una constancia y un optimismo dignos de mejor causa y exagerados a más no poder cuando aluden a su ocupación. Aunque las aguas de la zona no están exentas de contaminación, se mantienen habitables para numerosas especies gracias al movimiento incesante de las corrientes: mar afuera, la famosa corriente del Golfo, y, pegada a la tierra, la contracorriente costera, que los marineros españoles llamaron en el pasado la revesa de La Habana por lo difícil que hacía que  grandes buques entraran al puerto.  Llegan con sus avíos, los despliegan y ¡a pescar! Aunque a veces nada pesquen o cobren solo una pobre captura tras muchas horas de faena bajo un sol de justicia  que hace caer barretas encendidas  sobre sus cabezas.

            No importa. Nada los desanima. Son toda una estirpe. Tienen linaje y nobleza.  Son los pescadores del Malecón, y volverán al día siguiente para más de lo mismo. Lo curioso es que a la mayoría de ellos no los alienta el interés material. Solo el gusto por hacer lo que hacen para después comentar con otros pescadores que consiguieron atrapar el peje más grande del mundo que solo existió en su imaginación y en su deseo.  

Lugares que ya no son

Lugares que ya no son

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

La pelota vasca tiene carta de naturalización en Cuba después del cese de la dominación española. Se intentó introducirla durante la dominación colonial, pero se fue aplazando el asunto y cuando por fin llegó a La Habana ya se conocía y practicaba en Brasil y la Argentina, Italia, Egipto y, por supuesto, en toda España.

            El comerciante Basilio Sarrasqueta logró que el general Leonardo Wood, el interventor norteamericano, que se convertiría en un fanático de ese deporte y  llegó a practicarlo todos los días, se entusiasmara y aprobara el proyecto, incluidas las apuestas que se harían en los juegos. Movió entonces Sarrasqueta sus influencias entre el alto comercio español radicado en La Habana y, con el apoyo decisivo de Manuel Otaduy,  agente general de la Compañía Trasatlántica Española, logró levantar un capital de cien mil pesos que permitieron la compra del terreno enmarcado entre las calles Concordia y Lucena, Marqués González y Virtudes. Allí se construyó el frontón, el llamado Palacio de los Gritos.  Y, sin que el edificio contara aún, por falta de dinero,  con todas las comodidades para el público, se celebró el primer partido el 10 de marzo de 1901.

            El partido inaugural fue precedido por el almuerzo que los propietarios y encargados del frontón ofrecieron al general Wood: un bacalao a la vizcaína rociado con abundante vino de rioja. Después todos los asistentes, vestidos de blanco y tocados con boinas rojas, se dispusieron a presenciar  el juego. Se escucharon las notas del Himno Vasco y enseguida comenzó la función. Fue un éxito superior al esperado.

            Los promotores de los juegos, que  advirtieron la facilidad pasmosa con que la gente se jugaba durante ellos las monedas de cinco pesos, comprendieron que un público así merecía lo mejor y que se le premiara con la posibilidad de admirar a los jugadores más connotados. Fue tanto el éxito que las figuras del alto comercio siguieron respaldando la iniciativa y en 1903 se introducían reformas y ampliaciones que mejoraron las condiciones del edificio.

            La concesión para operar el frontón, que era por diez años,  cesó durante  la presidencia de José Miguel Gómez. El edificio pasó a ser propiedad del Ayuntamiento de La Habana y albergó en sus dependencias al naciente Museo Nacional (1913). Pero en tiempos del presidente Mario García Menocal, fanático de la pelota vasca y de las carreras de caballos, se renovó la concesión a la empresa y el frontón volvió a abrir sus puertas en 1918.  Los duelos de las parejas de pelotari movilizaban cantidades de dinero enormes y mantenían la tensión de los espectadores.

 

LA BOMBONERA

Mantuvo el Palacio de los Gritos una hegemonía absoluta hasta 1921 cuando concluyó la construcción del llamado Nuevo Frontón. Un edificio bellísimo, con muchas comodidades para los aficionados, pero en la prisa por terminarlo se cometió la equivocación de invertir la colocación de las piedras del frontis y del rebote.

            Comenzó la competencia entre los empresarios de ambas instalaciones y jugadores del frontón de la calle Concordia, incluso figuras principales como Erdoza, Isidoro y Erguiluz,   pasaron a jugar en el nuevo edificio, que se nutrió además de pelotaris  venidos del frontón de Cienfuegos. Si al primero se le llamó El Palacio de los Gritos, el Nuevo Frontón sería El Palacio de las Luces.

            El deporte del remonte y la pala no progresó en el  Nuevo Frontón. Fracasó como empresa en 1923 y, aunque ya quebrado, siguió siendo escenario de algunas temporadas de pelota vasca hasta que  cerró definitivamente tras los daños que en su estructura ocasionó el ciclón de 1926. Se convirtió entonces en Palacio de los Deportes hasta que fue adquirido por el movimiento obrero para ubicar allí la Confederación de Trabajadores de Cuba (CTC). Pensaban los líderes proletarios adaptar el edificio a sus nuevos fines, pero no fue posible ya que, comenzadas las remodelaciones, hubo derrumbes que advirtieron que su estructura no soportaría las reformas proyectadas. Fue entonces que se determinó la construcción de un edificio nuevo, el de la actual CTC.

            Hubo otro gran frontón en La Habana, cuya construcción fue anterior a la del Nuevo Frontón.  El Habana-Madrid, situado en Belascoaín y Sitios. Le llamaron La Bombonera porque su hermoso y ventilado local –contaba con 140 puertas y ventanas-  se dedicó mayormente al juego de mujeres. Las jóvenes vascas que jugaron en sus predios llenaban sin esfuerzo los 1 800 asientos de la instalación.

            Se dice que la pelota vasca es “deporte, arte, ballet y magia”. No es raro que el zaguero, desafiando la ley de gravedad, trepe por la pared lateral o la del fondo para contestar el tiro de una pelota que viaja a más de 100 millas por hora. La velocidad de la bola al salir de la cesta es tal que los límites de la pared de rebote-frontón están definidos por una plancha metálica que al ser tocada por la pelota suena como una campana. 

            En 1932, la lucha contra Machado y la crisis económica marcaron el cierre del brillante ciclo de la pelota vasca en La Habana. Repuntará a partir de 1937 cuando España, a consecuencia de la guerra civil, sale del mercado.

            Dice Marinello que fue en el Palacio de los Gritos donde  surgió el término de “botellero” para identificar a aquellos que cobraban un sueldo del Estado, del municipio o de alguna dependencia pública sin disparar un chícharo. Aunque en verdad la palabra “botella” identifica a un mal que viene desde la Colonia y que crece desmedidamente en los días de la segunda ocupación militar norteamericana.

            Sucede que durante los partidos de pelota vasca, algunos muchachos entraban al frontón para llevar botellas de agua fría a los pelotaris. Esos muchachos no abonaban la entrada y con el pretexto del agua, disfrutaban de casi todo el partido. De ahí, dice Marinello, viene el término.

LA GLORIETA DE MARIANAO

 

Ya en la década de 1840 Marianao gozaba de renombre entre las mejores familias de La Habana que acudían a ese poblado a pasar las temporadas de verano aprovechando su excelente situación geográfica y la garantía de disponer de agua abundante. Poco a poco, como lugar de veraneo,  llegó a rivalizar con otros sitios ya consolidados en la preferencia de los habaneros, como el Cerro y Puentes Grandes.

            Pero, en opinión del estudioso Francisco Morán, fue la edificación e inauguración de la Glorieta lo que cimentó la celebridad del poblado que, además de sus magníficas condiciones para el descanso, se hizo notar desde entonces por los atractivos bailes que se convirtieron en cita obligada de la gente divertida y la juventud alegre de La Habana y Marianao.

            A la inauguración de la Glorieta, el 24 de junio de 1848, acudieron jóvenes y adultos de las familias de mayor rango social y, en general, todos los que estaban ansiosos de pasarla bien.

            Meses antes se había establecido la primera línea de diligencias que, los domingos y días festivos, hacía dos viajes redondos en las mañanas y otros dos por la tarde.

            Amenizaban los bailes las mejores orquestas, como la del Progreso. Orquestas que, dice Antonio Bachiller y Morales, “confundían sus ecos desde las márgenes de Marianao hasta las del Almendares y su hija primogénita, la Zanja Real.

            La Glorieta fue demolida en 1857 y en junio del año siguiente abrió sus puertas, en el mismo sitio, el Teatro Principal, nombrado Concha originalmente. Era de madera y tenía forma de herradura, por lo que se le llamó el segundo Tacón.

            Entre otros artistas destacados, pasó por su escenario Adelina Patti, considerada la mejor soprano absoluta de todos los tiempos. Asimismo importantes compañías  extranjeras y nacionales de ópera hicieron allí sus temporadas. 

            Lo destruyó el ciclón del 26 siendo ya teatro y cine. Lo reconstruyeron y reinauguraron el 20 de mayo de 1927.

            Es uno de los símbolos de Marianao. Pero en la actualidad está cerrado y en proceso de franca destrucción.

QUINTA DURAÑONA

Uno de los edificios emblemáticos de Marianao, ubicado en 51 esquina a 118. 

Lo hizo construir, en 1858,  Francisco Durañona, rico empresario español, dueño del central Toledo y socio de la empresa del ferrocarril Marianao-Habana. El nombre de central obedece al de la ciudad natal de su propietario.

            En la guerra del 95, el Palacio fue hospital militar. Y al finalizar la contienda, cuartel general del Ejército norteamericano y residencia del general Lee, gobernador militar de La Habana.   Y fue la sede del gobierno interventor  durante  la ocupación militar norteamericana de 1906.

            A partir del 29 de junio de 1913, el general Mario García Menocal lo convirtió en Palacio Presidencial de verano, y utilizó también, con ese fin, la Quinta de los Molinos.  Los presidentes despachaban y vivían entonces el  viejo Palacio de los Capitanes Generales. No se había construido aún el Palacio Presidencial de la calle Refugio número 1, que el propio Menocal estrenó en 1920.

            Fue después sede de una  Academia de Artes Manuales, del Internado de Varones Claudio Dumas y, tras el triunfo de la Revolución, de una tabaquería. Alberga hoy la academia de ballet Pro Danza, que dirige Laura Alonso.

PLAZA DEL VAPOR

Ya en 1818 se había construido en extramuros, en el espacio comprendido entre las calles Galiano, Reina, Dragones y Águila,  un edificio de forma octogonal, con casillas de madera sobre ruedas, para que sirviera de mercado a los pobladores de la zona.

            Se le llamó Plaza del Vapor porque su constructor, el catalán Francisco Marty, constructor asimismo y empresario del Teatro Tacón, que era el hombre que controlaba el monopolio del pescado en la capital, había hecho colocar en una fonda de su propiedad y que daba a la calle Galiano, un cuadro donde se veía el buque Neptuno, el primero de vapor que, en 1819, realizó viajes entre La Habana y Matanzas.

            Ya sobre 1840 ese edificio fue remodelado para convertirlo en un inmueble de vastas proporciones, que se caracterizaría por sus colosales arcadas de sillería que comprendían la altura del piso bajo y el entresuelo. Sobre ellas descansaba el piso principal. Un edificio no exento de elegancia. La fachada principal daba a la calle Galiano. Eran sólidas las armazones de hierro del patio y en las rejas y barandas de toda la edificación se destacaban las letras M y T, iniciales de Miguel Tacón.

            En 1918 dejó de ser mercado y sus actividades se trasladaron al espacio que ocupó la estación ferroviaria de Villanueva (Capitolio) y luego al Mercado Único. Fue entonces cuando se derribaron las armazones de hierro del patio.

            Aunque volvería a ser mercado provisionalmente, la parte exterior del edificio no dejó nunca de estar ocupada por unos pequeños establecimientos que funcionaban como expendios de frutas, mariscos, flores, yerbas medicinales, telas y ropa hecha, sombreros, zapatos… y cualquier otra cosa que fuese posible vender, hasta caricias, por las noches.  El piso superior y principal estaba ocupado por las viviendas de unas 200 familias y el edificio se convirtió sobre todo en el verdadero mercado habanero del billete. Allí se vendía no menos del 50% de los billetes de lotería. El billete que no se encontrara allí, no aparecía prácticamente en ningún otro sitio.

            Después de 1959 el edificio fue derribado. Ocupa su espacio el parque de El Curita.

           

 

La Quinta Avenida

La Quinta Avenida

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

¿Sabía usted que la casa del ex presidente Ramón Grau San Martín, “la choza” que se construyó en Quinta Avenida esquina a 14, dispone de 19 cuartos de baño, sin contar los de los garajes y la piscina,  y que al menos su planta alta  puede recorrerse completa, pasando de habitación en habitación, sin necesidad de tener que salir a ningún corredor o pasillo? ¿Qué en la casa de la condesa de Buenavista, en Quinta Avenida y Seis, que mereció en 1929-1930 el Premio del Concurso de Fachadas del Club Rotario,  habitan ahora 23 familias, lo que la convierte en una casa de vecindad en una de las mejores y más codiciadas  zonas residenciales  de La Habana? ¿Qué la iglesia Jesús de Miramar, en Quinta Avenida y 80 es, en cuanto a área se refiere, el templo mayor de Cuba y el segundo en cuanto a capacidad para los fieles, superado solo por la Catedral de Santiago?  ¿Sabía que esa importante vía se llamó en sus inicios Avenida de las Américas?  

            La Quinta Avenida se extiende desde el túnel que la conecta con la calle Calzada, del Vedado, hasta el río Santa Ana, en la localidad de Santa Fe. A partir de ahí se convierte en Carretera Panamericana y llega a Mariel.  Su trazado resultó decisivo para el fomento del reparto Miramar y también del Country Club Park y del reparto Playa de Marianao, que se ubica entre Miramar y el Country. Las clases adineradas salieron paulatinamente de la parte más vieja de la capital cubana y construyeron sus casonas y palacetes en el Cerro y el Vedado. Más tarde emigrarían  hacia el oeste, más allá de la boca del río Almendares.

            En el diseño de la importante vía intervino el arquitecto norteamericano John F Duncan, autor del monumento al presidente Grant, en Estados Unidos, junto al arquitecto cubano Leonardo Morales, graduado en la Universidad de Columbia. Por eso se dice que Miramar, con sus manzanas rectangulares de 100 x 200 m, se parece tanto a Manhattan.  Se erige, en su comienzo, la  Fuente de las Américas. Más allá se encuentra el reloj, que es símbolo del municipio Playa y que, si funcionara, dejaría escuchar un sonido similar al de las campanas del Big Ben, de Londres. A la altura de la calle 42 se halla  La Copa,  que da nombre a la zona, y que fue donada por Carlos Miguel de Céspedes en sus días de ministro de Obras Públicas del dictador Gerardo Machado.

              Pese a su paseo central arbolado, la Quinta Avenida  no es una vía homogénea; cambia por trechos según su arquitectura y la época de construcción. Quizás el tramo menos parecido al resto es el que media entre las rotondas de las calles 112 y 120. Allí, en la acera sur, frente al famoso Coney Island Park, existía un conjunto de bares, billares y centros nocturnos como Panchín, Pompilio,  Rumba Palace, El Niche, Choricera, Los Tres Hermanos, Pennsylvania, La Taberna de Pedro… construidos casi todos de madera, con  piso de cemento  y techos de zinc y que lindaban con lo marginal, pero que eran visitados por todas las clases sociales.

Pennsylvania era el escenario de la vedette Tula Montenegro, que lucía una anatomía descomunal. En algunos de aquellos tugurios estaba Teherán, que había cosechado éxitos en el Cotton Club, de Broadway, junto a Duke Ellington y Cab Calloway,  mientras que en Choricera, El Niche  o en Los  Tres Hermanos y ocasionalmente en el Rumba Palace montaba Silvano Shueg Hechevarría, el célebre Chory, “el artista que se anunciaba solo”,  sus espectáculos escalofriantes con aquella música que sacaba de   timbales, sartenes y botellas vacías.

Delante de esos centros nocturnos, en la propia acera, se alzaba todo un tinglado de puestos de fritas. Uno al lado del otro. Lo que hizo que la zona fuera conocida como Las Fritas de Marianao. Detrás, disimulados por los ficus, había un número impreciso de posadas y prostíbulos.  Uno de ellos, muy famoso,  a la altura de la calle 112, se llamaba La Finquita.

Ya nada de eso existe. Desaparecieron muchos de aquellos locales o se convirtieron en los años 90 en cafeterías de comida rápida, identificadas por una estridente pintura de rojo catchup y amarillo mostaza. Dice el arquitecto Mario Coyula: “Quizás buscando una cubanía extemporánea y forzada, o como reflejo de la ruralización creciente de la capital, el Rumba Palace ha sido tocado con una empinada cobija de guano, a manera de sombrero campesino”.

Más allá de lo anecdótico, algún día habrá que valorar cuánto deben el son y la rumba, y la rumba de cajón,  a aquella escuela de músicos populares y a ese escenario imprescindible que para la música cubana fueron “Las Fritas de Marianao”, de la Quinta Avenida.

LA CASA VERDE

A comienzos del siglo XX lo que andando el tiempo sería el reparto Miramar era un inmenso potrero. José Manuel Morales, propietario de la finca La Miranda, colindante con el Almendares, solicitó del Ayuntamiento la licencia pertinente para urbanizarla, permiso que se le concedió en 1911. Pero Morales sufrió serios contratiempos y no pudo culminar su empeño. Pasaron sus tierras, en 1918,  a manos de Ramón González Mendoza y José López Rodríguez (Pote) que dieron impulso a la urbanización. Tampoco la verían concluida. Pote se suicidó el 27 de marzo de 1921  y González de  Mendoza murió poco después, el 18 de abril,  de pulmonía. La parte correspondiente a Pote la adquirió entonces el ex presidente Mario García  Menocal.

            Ya en 1925 se le consideraba una ciudad jardín, con una arquitectura eminentemente doméstica en la que sobresaldrían, tras el fin de la II Guerra Mundial,  ejemplos antológicos de lo que se llama el Movimiento Moderno en la arquitectura. A juicio de especialistas, sin embargo, allí se cometió un grave error urbanístico. El afán de lucro y especulación llevó a los promotores del reparto a parcelar y vender la zona más aledaña al mar, lo que hace que el paisaje marino se aprecie con interferencias. Lo que no hubiese sucedido si el Malecón hubiera podido continuar extendiéndose hacia el oeste.   Curiosamente, salvo una parte de Miramar, ni siquiera los barrios más elegantes del municipio Playa están conectados al alcantarillado y dependen de fosas y tanques sépticos para la deposición de albañales.

            “Miramar es posiblemente el barrio de La Habana que más veces ha cambiado en los últimos cuarenta años. Al quedar prácticamente vacío por la salida en masa de la burguesía, muchas mansiones fueron adaptadas como escuelas y albergues para estudiantes de todo el país que habían recibido becas del Gobierno Revolucionario; y la Quinta Avenida conoció un nuevo paisaje con niños uniformados marchando por su paseo central. En la medida en que se fueron construyendo escuelas, esas casas se vaciaron nuevamente, dejando dentro en muchos casos a las personas que habían cuidado de los niños, que fueron llamadas tías…

“Se extendió el uso de las casas más importantes por embajadas y residencias diplomáticas; otras fueron dedicadas a viviendas para técnicos extranjeros; y muchas se fueron adaptando, más o menos adecuadamente, para oficinas estatales y centros de investigación científica. Pero al mismo tiempo los apartamentos y casas menos lujosas se entregaron a cubanos, dentro de un estricto control por la administración de Zona Congelada, introduciendo una mezcla social antes desconocida en estos repartos”,  escribe el arquitecto Coyula.

Una casa ahora en restauración,  a la entrada de la Quinta Avenida, llamó  poderosamente la atención de los habaneros a lo largo de las últimas décadas y entró en el imaginario popular. Es la llamada casa de las tejas verdes, único ejemplo del estilo renacimiento alemán que exhibe la ciudad.  No era su estilo lo que  atraía la curiosidad, sino su deterioro. Aquel inmueble se iba degradando hasta límites insoportables. Como se desconocía quién la  habitaba  ni por qué se había permitido que llegara a tal grado de abandono, la gente dio al asunto la explicación que creyó más oportuna.

Así, se dijo, la casa verde había sido construida por Pote y en ella se había suicidado el acaudalado banquero y negociante de azúcares. Ninguna de las dos afirmaciones es cierta. La casa se edificó en 1926, cinco años después de la muerte de Pote, que se privó de la vida, colgándose del tubo de la ducha, en la residencia que se había hecho construir en el espacio donde después sus hijos construirían el edificio López Serrano.

Cuando resultó imposible seguirle adjudicando a Pote la casona de Quinta y 2, la leyenda popular se la atribuyó a Carlos Miguel de Céspedes. El astuto y eficiente funcionario machadista la habría construido para su amante, Esmeralda. Así, se decía, él, que estaba casado, podía verla desde Villa Miramar, la casa donde se encuentra el restaurante 1830, del lado de acá de la desembocadura del Almendares. No cree este escribidor que la visión fuese posible a tanta distancia; además, Esmeralda tenía casa, puesta por Carlos Miguel, en Malecón. De todas formas, el rumor persistió y queda como expresión de uno de los grandes amores de la Cuba republicana. Los ojos verdes de Esmeralda convirtieron a su amante en un fanático de todo lo verde. Con tinta de ese color firmaba los documentos oficiales en sus tiempos de ministro, cuando resultaba obligatorio hacerlo con tinta negra. Y verdes son las tejas que todavía le faltan  al templo del Corpus Christi, donado por Carlos Miguel de la Iglesia Católica.

La casa de Quinta Avenida esquina a 2, obra del arquitecto José Luis Echarte, fue mandada a construir, para vivirla con su esposa,  por Armando de Armas, Cocó, un individuo que fue mayordomo de Palacio durante los dos periodos presidenciales del general Menocal. Se estableció luego el matrimonio en Francia y la casa verde pasó a pertenecer al oculista Pedro Hechavarría y su esposa. Se separó la pareja; el médico radicó su consulta privada en 17, 306, en el Vedado, y la señora quedó sola en aquella mansión, sin recursos suficientes para sacarla adelante o siquiera detener el deterioro.  Allí, como un personaje de Los sobrevivientes, la película de Tomás Gutiérrez Alea, residió hasta su muerte. 

 

MÚSICA DE FRITAS

 

Allí sonaba lo más estridente, lo más arrebatado, lo que de verdad hacía gozar. A Las Fritas de Marianao dedicó Jorge Mañach una de sus Estampas de San Cristóbal y sirvieron de escenario a un reportaje apasionante que Lino Novás Calvo dedicó a los boteros y que en buena medida parece escrito para hoy mismo. “Con un carácter impuesto por lo popular y hasta populachero, la zona de la playa de Marianao se convirtió en otro foco de la vida nocturna habanera”, escribe el musicólogo Leonardo Acosta.

            Por sus precarios escenarios pasaron figuras como Benny Moré, Antonio Arcaño, Arsenio Rodríguez, Zenén Suárez, Carlos Embale, Tata Güines y, se dice,  un muy joven Juan Formell con su amigo Changuito y decenas de artistas no tan conocidos como Evelio Rodríguez, El Trovador Espirituano,  la “sevillanita” Obdulia Breijos o el olvidado travesti Musmé.

            Mucho contrastaban aquellos centros nocturnos de mala muerte con los clubes que abrían sus puertas al norte de la Quinta Avenida, algunos de ellos muy exclusivos, como el Habana Yacht Club.  Pero allí estaban. No había más que cruzar la calle para insertarse en la aventura.

 

 

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El cañonazo de las nueve

El cañonazo de las nueve

Ciro Bianchi Ross

 

En  los años 60 yo escuchaba en mi casa el cañonazo de las nueve hasta que un buen día, sin darme cuenta, aunque seguía disparándose, dejé de oírlo  a causa quizás del crecimiento de la ciudad y al incremento de los ruidos que agredían el ambiente.

            Hubo una época en que uno podía seguir el ritmo de la vida y poner el reloj en hora gracias a avisos lejanos. En una fábrica cercana a donde vivía anunciaban el inicio, el receso y el cese de la jornada laboral con un largo y agudo silbato que inundaba todo el reparto, a las siete y a las once de la mañana, y a la una y a las cinco de la tarde. “Báñate, que ya sonó el pito de las cinco” o Acuéstate que hace rato que sonó el cañonazo…” eran frases familiares entonces, como familiares eran aquellos sonidos. No se necesitaba ver la hora pues el pito de las siete advertía que se imponía  salir de la cama y empezar a prepararse para el colegio.  Uno podía poner  los frijoles en remojo, empezar a desalar el tasajo,  tomarse las pastillas que recetó el médico y, en definitiva,  regir su horario con aquellos anuncios, aunque La Habana vivió durante unos dos años y medio sin su tradicional disparo y, al menos en una ocasión  el cañonazo sonó fuera de hora. Parecerá increíble, pero fue así: el 18 de septiembre de 1902, el disparo no se hizo a las nueve, sino a las 9:30, y nunca se explicó el por qué.

            Se dice que La Habana sin su cañonazo es como si le faltara el Malecón, porque el cañonazo de las nueve es tan habanero como el Morro, La Giraldilla y La Fuente de la India.  Mas entre el 24 de junio de 1942 y el 1 de diciembre de 1945 no hubo cañonazo que valiera en la ciudad. Cuba había entrado en la Segunda Guerra Mundial y el Estado Mayor del Ejército prohibía el disparo nocturno a fin de ahorrar pólvora y no ofrecer nuestra posición al enemigo.

            Allá por los años 50 un empresario radicado en Puerto Rico recibió en su establecimiento  la visita de un sujeto que  dijo ser habanero y  pedía empleo. El dueño del negocio, cubano, para constatar  si el visitante decía la verdad  o no, le hizo dos preguntas clave: ¿A qué hora mataron a Lola?  ¿A qué hora suena el cañonazo?

            A la primera interrogante, el supuesto habanero respondió que no se encontraba en la ciudad el día del asesinato de Lola, y con respecto al cañonazo, dijo que La Habana era una urbe tranquila y pacífica, y demostró así que debió haber nacido en otra parte y que de la capital cubana no sabía absolutamente nada pues, aunque no pueda ya precisar  con certeza quién fue Lola, nadie en Cuba desconoce que la mataron a las tres de la tarde y mucho menos ignora la hora del cañonazo.            

Durante la Colonia, el cañonazo sirvió para anunciar que se abrían y se cerraban las puertas de las murallas que, decía el historiador Emilio Roig, “formando un enorme cinturón de piedra, rodeaban y defendían, como inexpugnables fortalezas de su época, la primitiva, modesta, sencilla, patriarcal y pequeña ciudad de San Cristóbal de La Habana”.

            Porque entonces no era un solo cañonazo, sino dos. Y coexistían dos ciudades, que eran una sola, la de intramuros y la de extramuros, divididas por aquel paredón. A las 4:30 de la mañana, al toque de diana, el cañonazo indicaba que debían alzarse los rastrillos, tenderse los puentes levadizos y abrirse las puertas de las murallas para permitir el tráfico entre una parte y otra. Y el de las ocho de la noche, al toque de retreta, disponía que se hiciera lo contrario. Caían los rastrillos, se elevaban los puentes y se cerraban las puertas y nadie entonces podía entrar en la ciudad amurallada. Ni salir. El disparo se hacía desde el buque de guerra que servía de Capitanía en el Apostadero; luego, empezó a hacerse desde la fortaleza de la Cabaña, y con el tiempo, cuando el toque de retreta dio paso al toque de silencio, desapareció el cañonazo de las 4:30 y el de las ocho empezó a escucharse  a las nueve de la noche, costumbre  que se mantuvo luego de la desaparición de las murallas con el único objetivo de anunciar pueblerinamente la hora y llega hasta hoy.

 

El Cerro

El Cerro

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

¿Sabe usted por qué se dice que  el Cerro tiene la llave? En verdad,  la tan repetida frase no está respaldada por ninguna razón. Surge de una guaracha que con ese título compuso Fernando Noa en 1949 y musicalizó Arsenio Rodríguez, “El ciego maravilloso”.  Pero si se le da vueltas al asunto, la expresión puede ser cierta porque por el Cerro pasan las conductoras de los tres acueductos que han surtido de agua a La Habana a través de los siglos.

            Por el Cerro daremos un paseíto este domingo. Pero antes déjeme decir que lo que es hoy una populosa barriada apenas tenía tres calles en 1863. La calzada que lleva el nombre de la localidad y las calles de Buenos Aires y Tulipán, donde se erigía  la  residencia el conde de Peñalver, lugar de descanso, por largas temporadas, del obispo Espada. El historiador Jacobo de la Pezuela decía entonces que el Cerro no podía unirse con el cuerpo de La Habana porque “aún los separan grandes espacios despoblados”.

            Era, en esa fecha, el barrio empresarial y diplomático por excelencia. El Miramar de hoy, diríamos. Eliza McHatton-Ripley, una norteamericana que vivió en Cuba entre 1865 y 1875 y que publicaría un delicioso libro de memorias sobre su estancia en la Isla (From flag to flag; Nueva York, 1889) quiere, mientras hace las gestiones pertinentes para comprar un ingenio azucarero, instalarse en el Cerro, donde “las calles eran más anchas y las casas tenían espacio para respirar”. Busca una casa pequeña, pero en la barriada todas lo parecen desde la calle para extenderse luego, hacia el fondo, en un número indefinido, casi ilimitado, de aposentos. Encuentra al fin una que más o menos  le acomoda y apunta en su libro que la ubicación de la vivienda es su mayor atractivo. Eliza vive  directamente enfrente del cónsul inglés, a un tiro de piedra del cónsul alemán, al doblar del representante ruso, mientras que en las inmediaciones se asientan  comerciantes  y hombres de negocio, lo que es para ella un agradable  compañía.

            Ya en el siglo XX, la embajada de los Estados Unidos de Norteamérica estuvo emplazada durante largos años en la quinta  de Echarte, en Santa Catalina, 4, en esa barriada.

LEONES DE PIEDRA

Los orígenes del Cerro se sitúan en los albores del siglo XIX, cuando se estableció allí una hacienda que terminó dando nombre al lugar.

En 1807 se construyó  en la localidad una iglesia de madera. La edificación  se hizo inservible y en 1843 fue sustituida por otra de mampostería , dedicada a San Salvador, por haberla patrocinado don Salvador de Muro, marqués de Someruelos, entonces gobernador de la Isla.

Las primeras casas de la barriada fueron construidas por los habitantes más acaudalados  de la capital a un lado y al otro de la Calzada, que conectaba a la capital con Marianao y con la Vuelta Abajo.   Unos pasaban en ellas los meses de mayor calor;  otros, las habitaban durante todo el año, trasladándose a La Habana solo para sus ocupaciones y  negocios.

Las casas por lo general eran de una sola planta. Constituyeron una derivación de la casona criolla. Con pisos de mármol y altos puntales. Rodeadas de amplios jardines. Tenían un gran portal que la rodeaba por los costados. Se entraba a la sala espaciosa. Y a la sala seguía la saleta que daba directamente al gran patio central. Las habitaciones se hallaban a ambos lados del patio. Se comunicaban entre sí y todas se abrían a la galería que lo  rodeaba.

Al fondo estaban el comedor, la cocina y las habitaciones de la servidumbre que daban a su vez sobre otro patio más pequeño que el anterior. El cuarto de baño y los servicios sanitarios estaban también al fondo, aunque en algunas de estas casas había en el jardín un pequeño pabellón, de forma redonda u octagonal, con persianas,  y ocupada casi toda su área por una piscina que se utilizaba para los baños habituales.

De dos plantas, sin embargo, es la quinta de los condes de Santovenia, edificada en Calzada del Cerro y Patria,  entre 1832 y 1841; edificio verdaderamente señorial, de estilo neoclásico, italianizante. Un verdadero Trianón no solo por su estilo, sino por su exquisito refinamiento. Su fachada frontal mide 40 metros de largo, y su sala de recepciones tiene 16 metros de frente por seis de fondo. En esa casa se hospedó el archiduque Alejo, hijo de Alejandro II, zar de Rusia, y también dos príncipes de la Casa de Orleáns que luego sería reyes de Francia con los nombres de Luis Felipe y Carlos X.

Los condes de Santovenia, luego de vivir la casa durante años, la pusieron en venta y fue adquirida por los albaceas testamentarios de otra acaudalada señora, con objeto de instalar allí un asilo de ancianos. Ese asilo, atendido por Hermanas de la Caridad, se llama en verdad Susana Benítez, que era el nombre de la benefactora. Pero todos los habaneros lo conocen como Santovenia. 

Sucede lo mismo con la iglesia situada en Calzada del Cerro y Tulipán. Se le llama del Corazón de María por su gran escultura frontal que tiene dicho nombre en una cenefa cuando el verdadero es el de San Salvador del Mundo.

Entre otras muchas, muy valiosa en el Cerro es  la quinta del conde de Fernandina, que ocupa el número 1257 de la Calzada.  Más reducida, pero tan lujosa como la anterior. Menos solemne, pero más graciosa. La construyó, en 1819, el primer conde y su sucesor se empeñó en engrandecerla. El tercer conde contrajo matrimonio con la habanera Serafina Montalvo. Se fue a París el matrimonio y allí a Serafina le entró el loco y desmedido afán de competir, en joyas y vestidos, caballos y carruajes, nada menos que con la emperatriz Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III, sin más consecuencia que la de  llevar a la ruina a los Fernandina, que perdieron su fortuna y con ella el palacio del Cerro.

Otra residencia digna de mención es la de Leopoldo González Carvajal, dueño de vegas de tabaco en la más occidental de las provincias cubanas y de la marca Cabañas y Carvajal. Tenía don Leopoldo muchísimo dinero e intentaba codearse con lo más exclusivo de la sociedad. Pero la aristocracia lo rechazaba. Le llamaba, con desprecio, El tabaquero.

Fue Carvajal a España, facilitó no poco dinero al odiado rey Fernando VII y el monarca lo premió con un título nobiliario, marqués de Pinar del Río. Regresó Carvajal a La Habana. Pensó que la nobleza habanera lo aceptaría entonces, pero los nobles siguieron llamándolo por su apelativo de siempre.

La nobleza cubana solía colocar ante las fachadas de sus residencias dos leones de piedra que indicaban su condición. Carvajal mandó a hacérselos de mármol. Y, cuenta la leyenda,  que el conde de Fernandina, que era además Grande de España, ordenó retiraran sus leones de piedra a fin de que no sufrieran la afrenta de aquellos otros leones espurios.

UN ELEVADOR DE SOGA

El Cerro, aquella barriada aristocrática, tenía, sin embargo, un gran inconveniente. Por allí pasaba la Zanja Real, un foco contaminante. Casi todas las familias más ricas lo abandonaron y las fabulosas mansiones fueron ocupadas por instituciones benéficas, industrias, establecimientos comerciales o se convirtieron en casas de vecindad.

            La casa de los condes de Fernandina (actual sede de la Asamblea Municipal del Poder Popular) albergó a  la Asociación Cubana, clínica de cierto renombre en su tiempo. La casa del marqués de Pinar del Río pertenece al asilo Santovenia. La quinta de Leonor Herrera fue,  con el nombre de Covadonga, la casa de salud del Centro Asturiano. Y la finca de recreo del conde de O’Reilly, la de la Asociación de Dependientes del Comercio de La Habana, con lo que la casa de vivienda del predio se convirtió en el primer pabellón de esa instalación fundada el 11 de abril de 1880. Se trató entonces de  una inversión de $6 984,25. Disponía de un capital de 847 pesos y contaba con 677 socios. En 1955, el capital ascendía a $4 652 106.00; había ingresos por $2 865 262.00, egresos por $2 808 958.00 y contaba con 74 468 asociados.

            Por cierto, fue en Dependientes (hoy, hospital 10 de Octubre) donde, en  1907,  se realizó  por primera vez en Cuba y por segunda vez en América una sutura de corazón. El doctor Bernardo Moas, primer cirujano de la clínica,  se la practicó a un paciente que  sobrevivió 18 días tras la operación, lo que se consideró todo un éxito dado el estado de la medicina y los recursos de que disponía el centro. El proceder de Moas fue muy elogiado por los doctores Carlos J. Finlay y Joaquín Albarrán.

Fue también  en Dependientes donde funcionó, en 1958,  el primer servicio de parto sin dolor que existió en Cuba. Lo introdujo el Dr. José Ramón Fernández, ginecólogo y cirujano partero, luego de un viaje de estudios que lo llevó a EE UU y las principales capitales europeas.

Por el área de terreno donde se asentaba, Covadonga (hospital Salvador Allende) era el mayor centro de salud de Cuba, superado solo por el hospital Calixto García. Dependientes, sin embargo, aventaba a Covadonga por el número de sus pabellones (25) y, por tanto, su capacidad de ingreso.

No todos los centros hospitalarios  de la barriada eran de esas dimensiones. Los había pequeños. Como aquella clínica que recuerda Sonnia Moro en su libro Nostalgias de una habanera del Cerro, cuya lectura recomendamos.  La Bondad. Se ubicaba en el número 1263 de la Calzada y se le tenía como la decana de las casas de salud del país. Carecía de elevador convencional y se valían de un artefacto rudimentario para transportar a personas en estado grave, fracturados, operados y recién paridas desde el primer piso hasta el segundo y viceversa. Un cajón donde colocaban al enfermo y que era manipulado por un hombre gracias a una gruesa soga.

SIRIQUE

En el Cerro nació Gustavo Sánchez Galarraga, un poeta hoy olvidado y que algún día habrá que volver a leer a fin de constatar cuánta verdad y cuánta mentira se encierra en la valoración que de él hicieron  sus detractores. En la escuela pública número 37 estudió un niño llamado Rubén Martínez Villena. Regía en esa escuela un curioso sistema de educación cívica con una especie de república escolar. Rubén fue elegido presidente de esa república y hasta aquel colegio situado en Tulipán y La Rosa se fue el general Gerardo Machado, entonces secretario de Gobernación en el gabinete de José Miguel Gómez, a fin de entregar personalmente al niño un diploma de reconocimiento. Fue la primera de las dos veces en que se vieron cara a cara y conversaron aquellos dos seres que terminarían siendo enemigos irreconciliables.

            En el Cerro nació el pintor Portocarrero y vivió Alfredo González Suazo, que heredó de su padre, famoso árbitro de béisbol, el sobrenombre de Sirique. Era propietario de un taller de tornería, en Santa Rosa entre Cruz del Padre e Infanta,  y allí, todos los domingos, a partir de la una de la tarde, congregó durante años a los más famosos trovadores cubanos. Fue la  Peña de Sirique, a la que se dedicaron no pocos reportajes y artículos e incluso un documental cinematográfico, de José Massip.  

             

 

 

 

 

 

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Coppelia

Coppelia

Ciro Bianchi Ross

Caricatura Laz

 

La heladería Coppelia cumplió, el pasado 4 de junio, 42 años de construida. Lo curioso es que este establecimiento monumental, enclavado en lo que sigue siendo el corazón de La Habana moderna, no se ha inaugurado nunca de manera oficial. Un día abrió sus áreas al público y la gente entró para saborear los 26 sabores de helados que ofertaba entonces y que, con el tiempo, llegaron a ser 54. Fue en esa época el centro de encuentro y reunión por excelencia, y en buena medida lo sigue siendo. Los jóvenes de entonces, antes de ir a cualquier lugar, iban primero a Coppelia, o terminaban la noche en sus predios. A la oferta de los helados se unía la de sueros y batidos, y los precios eran escandalosamente bajos, más si comparan con la calidad del producto, sencillamente insuperable. Un helado Coppelia es un helado Coppelia, y punto.

            El triunfo de la Revolución no solo propició  a las grandes masas el acceso a la educación y la salud. Les abrió también las puertas del consumo y la recreación. Empezó a comer  el que no comía y clubes y centros de esparcimiento que fueron exclusivos de la burguesía se llenaron de trabajadores y estudiantes. El Instituto Nacional de la Industria Turística (INIT) impulsaba un plan de excursiones nacionales, con una campaña publicitaria sin precedentes que giraba en torno al lema “A viajar por mi Cuba que me lleva el INIT” y que podían  pagarse hasta  doce meses después de la fecha de su disfrute. Los congresos más trascendentes  se celebraban entonces en el Hotel Habana Libre, y el Pabellón Cuba pasó a ser sede de grandes exposiciones, en tanto que en las aceras de La Rampa se empotraban losas de granito que reproducían obras de importantes pintores cubanos para convertirlas en una galería de arte su generis.

            Era la época en que Miriam Acevedo cantaba poemas de Virgilio Piñera en El Gato Tuerto, y en La Roca,  Martha Strada arrebataba con su estilo. Bola de Nieve complacía a sus admiradores en una sala pequeña, casi íntima del Museo Napoleónico y hacía que el público abarrotara el Auditórium Amadeo Roldán para escucharlo en  sus recitales de medianoche, y el cantante José Tejedor tenía tres programas diarios en la radio cubana. Aquel año de 1966, cuando se inauguró Coppelia,  fue también el de la primera feria del libro, que tuvo lugar en el Pabellón Cuba y sus alrededores. El año en que se reimplantó la venta liberada  de los huevos,  se inició, con carácter experimental, el plan de la Escuela al Campo y se creó el Centro Nacional de Permutas. Un año en que EE UU no pudo impedir la presencia de Cuba en los X Juegos Centroamericanos y del Caribe, que se celebraban en Puerto Rico. También un año de agresiones, sabotajes, infiltraciones enemigas, planes de atentado contra las más altas figuras de la dirección del país. Soldados norteamericanos, desde la base naval en Guantánamo, asesinaban a Luis Ramírez, combatiente del Batallón de la Frontera, y el Gobierno Revolucionario se veía obligado a decretar el estado de alerta ante una cínica declaración injerencista de Washington. Dos ciclones azotaron la Isla; el Alma, en junio, e Inés, en octubre. Se creó el Consejo Nacional de la Defensa Civil en  aquel año que concluyó con una cena gigante en la Plaza de la Revolución en saludo a la victoria de enero.

            Se extendía la cocina italiana en la preferencia del cubano;  había croquetas que se pegaban al velo del paladar y les llamaban mira cielo o croquetas de ave… de averigua de qué estaban hechas. Aparecía tímidamente la guachipupa en sustitución del Son, el único refresco (de cola) que se expendía embotellado en la capital. Se comía espléndidamente en restaurantes como 1830 y Centro Vasco,  y  el espectacular sándwich cubano campeaba por sus respetos en El Carmelo de Calzada, en la Casa Potín y en La Alborada, del Hotel Nacional. Un sándwich y una cerveza por dos pesos de la época. Entonces en los restaurantes se ofertaba un solo plato fuerte por comensal y para repetir el sándwich y la cerveza en aquellas cafeterías se imponía hacer la cola de nuevo. ¡Y qué colas! Porque el ciudadano común de todas las procedencias y colores  podía entrar a esos lugares y sentarse a una mesa, y tenía dinero para hacerlo.

EL VIEJO HOSPITAL

Solo en una Habana así podía concebirse una heladería con mil capacidades como Coppelia. Hasta ese momento los establecimientos de ese tipo estaban dispersos por la ciudad, y muy célebre seguía siendo la heladería Ward,  emplazada en la avenida de Santa Catalina, cerca de la Ciudad Deportiva, luego de haber estado situada en la calle 23.  Las fábricas de helados vendían por lo general  sus productos en la vía pública. Para ello, El Gallito se valía de coches tirados por caballos, alumbrados por una lámpara de carburo, en tanto que marcas como Hatuey, Guarina y San Bernardo, con un mejor posesionamiento del mercado, utilizaban camiones refrigerados,  que se situaban en lugares céntricos,  o carritos de mano, que el heladero empujaba mientras que, para anunciarse,  hacía sonar su campanilla.   

            Yo no recuerdo qué hubo en la esquina de 23 y N antes de que allí se construyera, en 1963 y en solo 70 días, el Pabellón Cuba. Me inclino a pensar que se trataba de un terreno yermo que los arquitectos Juan Campos y Enrique Fuentes aprovecharon para emplazar esa edificación abierta a la brisa y a la perspectiva; un alarde de arquitectura aérea donde las suaves pendientes avanzan hacia la vegetación y el agua cristalina. Acogería entre otros eventos, la Primera Muestra de la Cultura Cubana, en 1967, y, en esa misma fecha, el importante Salón de Mayo, que trajo a Cuba desde París lo que en el mundo se hacía en el campo de las artes plásticas.

            En la manzana comprendida entre las calles 23 y 21, L y K, donde se construyó la heladería Coppelia, estuvo el hospital Reina Mercedes. Se llamó así por la esposa del rey  Alfonso XII, de España, bisabuelo del actual rey Juan Carlos. Mercedes murió poco después del matrimonio. Su muerte dio pie, en el Madrid de aquellos días, a un poemita que llega hasta hoy. “¿Dónde vas Alfonso XII? / ¿Dónde vas, triste de ti? / Voy en busca de Mercedes, / que ayer tarde la perdí”. Pese al dolor de la pérdida, Alfonso volvió a casarse. El hospital pasó a ser entonces Nuestra Señora de las Mercedes, pero los habaneros terminaron llamándolo Mercedes a secas. Funcionó hasta 1954. Sus terrenos, que en 1886 costaron 7 000 pesos, se vendieron entonces en casi 300 000. Una compañía constructora  se empeñó en edificar  allí un hotel  de 500 habitaciones. El triunfo de la Revolución tronchó el proyecto, y en el espacio del demolido hospital Mercedes se construyó un centro turístico con lagos y montañas artificiales, escenario flotante, bar, cafetería y restaurante para 500 comensales. Por razones que desconoce este escribidor,  ese centro turístico no progresó y dio paso a un cabaret que llevó el nombre de Nocturnal. Llegó así el año de 1966. Se dice que de un congreso celebrado en el hotel Habana Libre surgió la iniciativa de convertir la zona recreativa  en cuestión en un espacio más silencioso y familiar. Y fue así que alguien precisó la idea de la heladería. Cuando el arquitecto Mario Girona se enteró de que se le había confiado la ejecución del proyecto, se sintió anonadado. Se quería una cosa familiar, pero aquella heladería de mil capacidades, pensó, sería un establecimiento demasiado grande.

LA RAMPA

Ya para entonces La Rampa era La Rampa. Llamada así por su acentuada inclinación, se edificó en un abrir y cerrar de ojos desde que en 1947 se inaugurara el teatro Warner (actual cine Yara) y al año siguiente el edificio Radio Centro. No tardó en construirse el edificio Ambar Motors (actual Ministerio del Comercio Exterior) destinado a oficinas y sede de los  distribuidores en Cuba de los automóviles Cadillac, Oldsmobile y Chevrolet y donde se instalaron además los estudios del Canal 12 de TV, y una escuela de dealers para casinos de juego…

 Fueron esos inmuebles, situados en los dos extremos de la Rampa y en aceras opuestas,  los que impulsaron el desarrollo de la zona. A partir de ellos y en menos de diez años se construyeron allí tal cantidad de edificios para viviendas, comercios, oficinas, agencias de publicidad  y lugares de esparcimiento que resulta imposible, por razones de espacio, detallarlos. Se dice que una de las formas de medir la actividad comercial de una zona es por el número de agencias bancarias establecidas en ella. No menos de ocho oficinas centrales y sucursales de bancos se asentaron en La Rampa, y otras tres, que no alcanzaron espacio, lo hicieron en calles aledañas. La Rampa fue también el milagro del comercio habanero. Porque la gente se había acostumbrado a salir de compras por calles sustancialmente planas y cuyos portales la protegían del sol y de la lluvia. Nada de eso había en La Rampa y aun así se impuso.

LA OBRA

Pronto pasó la confusión del arquitecto Mario Girona ante la obra que se le confiaba. Comprendió que era cosa de los tiempos nuevos y había que asumirla. Influido posiblemente por su exitoso proyecto anterior, el centro turístico Guamá, en la Ciénaga de Zapata, le bastó una semana para concebir el croquis de la heladería.

            Como la obra seguía pareciéndole demasiado grande, capaz de aplastar al cliente, procuró que quien degustara un helado allí encontrara cierta intimidad a escala humana. Para conseguirlo diseñó cinco áreas pequeñas, una cancha amplia, pero dividida en tres secciones y un piso alto también seccionado. Incluyó asimismo en sus planos  una frondosa vegetación natural que, lejos de importunar al cliente, se integraba en alguna medida con las áreas exteriores.

            Columnas de hormigón armado, fundidas en el lugar, se emplearon en el edificio central. Se utilizaron en su construcción  vigas prefabricadas a pie de obra y un techo circular, cuyo domo de 40 metros de luz libre está rematado por un lucernario de cristales de colores. Las vigas vuelan sobre las terrazas y se apoyan en muros que ofician como contrafuertes. Es de doce metros el diámetro de cada piso de los salones superiores.

            “La presión de la edificación fue muy grande”, recordaba el arquitecto Mario Girona. Por el sistema prefabricado se buscó  la repetición de elementos estructurales como vigas y elementos de cubierta. A lo largo de seis meses se trabajó las 24 horas de cada día…  Finalmente se concluyó, en tiempo,  la obra ciclópea. Y por esas cosas de la vida ni siquiera tuvo ceremonia de inauguración. Un buen dí a se abrió, justo en junio de 1966, se empezó a vender y  la gente curiosa entró  a saborear helados.

EL ALMANAQUE

Los años han pasado. El periodo especial  golpeó a Coppelia de manera sensible. No oferta ya la gama de sabores que tuvo en un tiempo ni el helado Coppelia es siempre Coppelia. En estos días de verano, niños y adultos hacen con júbilo largas filas bajo un sol de justicia para acceder a alguna de sus áreas. Otros esperan a que llegue el invierno, aunque sea nuestro invierno fementido, para acudir a la entrañable heladería que tanto recuerdos desenreda a los que tuvimos la dicha de visitarla cuando acababa de estrenarse. Solo que ahora acudimos a la caída de la tarde, y no en la noche, como antes. Señal que esos 42 años que cumplió ahora Coppelia también empiezan a pesar de alguna manera  en nuestra alma. Es decir, en nuestro almanaque.

 

 

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