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Viejo periodismo

Viejo periodismo

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

 

La Asociación de Reporters surgió en La Habana, en 1902, con 17 miembros. No es que entonces, como se ha dicho, el periodismo no existiera. Había columnistas, cronistas y gacetilleros,  pero el reportaje –entiéndase la información que llegaba a los periódicos  procedente de lo que ahora llamamos sectores-  era escasa y apenas merecía la atención de los directores de los diarios. Lo que les llegaba por esa vía, lo condensaban y relegaban  la apretada síntesis  a las páginas interiores de las publicaciones.

            El reportaje de los departamentos oficiales se inicia entre 1880 y 1890 en el Palacio de los Capitanes Generales. Solo había tres sectores que atender en esa época: el policiaco, el mercantil y el oficial, es decir, la información que se generaba en las instancias del gobierno.

            Dos jurisdicciones tenía el Capitán General en función de su mando: la civil y la militar, que delegaba por lo común en el Segundo Cabo. La jurisdicción civil se subdividía en secciones: Gracia y Justicia; Gobernación; Intendencia General de Hacienda, Fomento e Índice. En esta última era donde se resumían órdenes y decretos llegados desde la península, en tanto que la de Fomento, que incluía agricultura, obras públicas y comercio, era la que más información generaba.

            Como todas esas secciones radicaban en un mismo edificio, el del Capitán General, bastaba un solo reportero para “cubrirlas” para su periódico. Algo se complicó la situación para los reporteros  cuando el gobierno interventor norteamericano aumentó el número de esos departamentos y algunos de ellos salieron del viejo Palacio para empezar a gozar de edificio independiente, política que se continuó bajo el gobierno de Estrada Palma, cuando la secretaría de Obras Públicas se instaló en el viejo Arsenal, donde radica desde 1912 la Estación Central de Ferrocarriles. 

            Al instaurarse la República, en 1902, los ministerios, llamados entonces secretarias, fueron: Estado y Justicia, Gobernación, Hacienda, Obras Públicas, Instrucción Pública y Agricultura e Industrias. El presidente José Miguel Gómez adicionó, en 1909, las de Sanidad y Comunicaciones. Menocal, la de Guerra y Marina.  Grau, en 1933, creó la secretaría del Trabajo y Mendieta, al año siguiente, la de Comercio.

            El primer salón del que los periodistas dispusieron para trabajar en una dependencia oficial se habilitó en el viejo Palacio Presidencial (Palacio de los Capitanes Generales) a comienzos del mandato de Estrada Palma, cuando se les acondicionó una mesa con plumas y  tinteros en lo que después fue la portería del edificio. Era una mesa para seis asientos. Y no hacían falta más porque en aquella época solo La Discusión, El Diario de la Marina, El Nuevo País, El Comercio y El Mundo tenían  periodistas acreditados ante la máxima instancia del poder.  Eran tan pocos que se estableció entre ellos una camaradería extraordinaria que, en lo personal, los llevaba a desprenderse del último peso y la última camisa para ayudar a un compañero y que, en lo profesional, dada la complejidad y variedad de sectores, propiciaba un intercambio de pequeñas noticias que facilitaba la labor de rutina. Pero otra cosa era cuando uno  de ellos andaba detrás del “palo periodístico” o quería agenciarse una exclusiva. Entonces no había camaradería que valiera. Así fueron famosas, entre 1911 y 1913, las guerras entre los reporteros de La Prensa y La Noche que atendían el Palacio Presidencial.

MEJOR NO MENEARLO

Uno de aquellos “palos” se los anotaría, por pura casualidad, el reportero Enrique H. Moreno, uno de los periodistas cubanos de más extensa trayectoria profesional en todos los tiempos: estuvo entre los fundadores de la Asociación de Reporters en 1902 y todavía en los años 50 se mantenía activo.

            Contaba Moreno que en una de esas noches en las que nada sucede y nada parece que sucederá, disfrutaba,  repatingado en una  luneta, la puesta  de una obra en el teatro Albizu, cuando advirtió que el secretario de Gobernación, que ocupaba un placo cercano a su asiento, avisado por un ayudante, se ponía de pie y abandonaba la sala con nerviosismo evidente.

            Sin pensarlo dos veces Moreno salió del teatro tras el ministro, pero no pudo alcanzarlo en la calle, donde el funcionario había abordado su coche de inmediato. Intentó el reportero tomar un vehículo para seguirlo; no consiguió ninguno y, a buen paso, se dirigió al ministerio.

            Allí,  la antesala del despacho del ministro estaba vacía. Resignado a esperar por alguien que le dijera si algo sucedía o no, Moreno se entretuvo en seguir el ritmo de un aparato telegráfico que no paraba de sonar. En eso lo sorprendió el subsecretario.

            -¿Qué hace aquí, Moreno? –inquirió.

            -Nada.  Me entretenía oyendo el telégrafo –respondió el periodista que, con la mayor intención, marcó cada una de las sílabas de sus palabras.

            El subsecretario cambió de color y le echó el brazo por los hombros.

            -Tenemos que hablar –dijo y lo invitó a su despacho.

            Ya en su oficina y en la suposición de que Moreno se había enterado por el telégrafo de lo que estaba pasando, procedió a comentar la noticia. Los liberales se habían alzado en armas contra el presidente Estrada Palma y quería recomendarle cómo dar la información a fin de evitar la alarma en el país.

            Lo que nunca llegaría a saber aquel subsecretario era que de telegrafía Moreno  no sabía ni jota. 

            Otro “palo” no menos sonado se lo anotó el reportero José Benítez, del periódico El Día. Corría el año de 1908 cuando descubrió que  la secretaria de  Emigio González, jefe de la Policía Secreta, tenía por costumbre no utilizar por más de una vez el papel carbón que empleaba en las copias de los informes más reservados. Hecho ese descubrimiento, advirtió otro detalle importante: la mujer no se deshacía de esos papeles, sino que los acumulaba en la tablilla de apoyo de su mesa de trabajo.

            A partir de ese momento, Benítez comenzó a ser visita cada vez más frecuente en el local de la secretaria y se las arreglaba para, en el menor descuido, tomar de la tablilla un manojo de aquellos papeles que, luego, a trasluz, leía en la bodega de la esquina.

            Fue así que se enteró del contenido de un informe del jefe de la Secreta al ministro de Gobernación en el que daba cuenta de que el millonario periodista  Antonio San Miguel, el norteamericano Frank Steinhart, propietario de la empresa de los tranvías habaneros,  y Juan Gualberto Gómez estaban detrás de la insurrección de los Independientes de Color, capitaneada por Estenoz e Ivonet, y habían financiado el alzamiento.

            Resultó  de altura el escándalo que levantó la exclusiva de Benítez cuando se dio a conocer en el periódico de Armando André. No pasó, sin embargo,  del revuelo que ocasionó tanto en el sector político como en el estrictamente periodístico. Los tres acusados eran personajes importantes y, por otro lado, ya el alzamiento había sido ahogado en sangre. Y mejor no menearlo.

            Armando André, de filiación política conservadora, fue la primera víctima del gobierno dictatorial de Machado. Ordenó asesinarlo en agosto de 1925, a solo tres meses de haber tomado posesión de la presidencia y cuando todavía no había empezado a enseñar las garras y gozaba  de amplio respaldo popular, que se evidenció en los 200 840 sufragios con que llegó al poder y que lo llevaron a obtener la mayoría en cinco de las seis provincias cubanas de entonces. Perdió solo Pinar del Río, históricamente conservadora,  por 200 votos.

            Existen varias versiones de la causa que movió la orden del asesinato de Armando André. Se dice que, en una nota aparecida en El Día,   el periodista aludió a la supuesta relación amorosa entre  una de las hijas de Machado y una amiga con la que se disponía a viajar al exterior.  

Esa es la versión más difundida, lo que no equivale a decir que sea la verdadera. El caso es que una madrugada André llegó a su casa y no pudo meter la llave en la cerradura, que le habían taponeado con jabón. Mientras buscada la forma de entrar, matones a sueldo del gobierno lo acribillaron a balazos desde la calle.

EL PAPELITO

La forma en que se conseguían esas exclusivas, vista desde hoy y juzgadas desde el punto de vista de otras profesiones, quizás no se considere totalmente ética, pero tenían validez en su época. Llegaron así los días de la I Guerra Mundial y los directores de periódicos empezaron a ver con nuevos ojos la información  que emanaba de las secretarías y los  departamentos oficiales y a destacar su importancia mediante reportes especiales que con frecuencia alcanzaban el rango de la primera página.

            Desplazaba así, definitivamente, al reportaje mercantil, que era la información que verdaderamente interesaba durante los primeros años del siglo XX. Se generaba, en lo fundamental, en el puerto de La Habana y existía un periódico, El Avisador Mercantil, que la divulgaba en exclusiva hasta que  El Mundo decidió incluirla en sus ediciones diarias. Digamos de paso que es  mucho lo que el periodismo cubano debe a ese diario. Abrió puertas tanto en la gráfica (ilustraciones y fotografías) como a lo que los géneros periodísticos se refiere. En sus páginas apareció, el 20 de mayo de 1902,  la primera entrevista moderna de la prensa cubana:   la que Manuel Márquez Sterling hizo a Tomás Estrada Palma.

            La información ministerial decayó y perdió fuerza en los periódicos en los años 30. Eran los días de los gobiernos títeres que el coronel Batista manejaba desde el campamento militar de Columbia, y surgió en las secretarias y otros departamentos del Estado  el llamado Buró de Prensa.

            Poco tenía que hacer entonces el reportero. La información le llegaba molida, colada y digerida en hojas de papel mimeografiadas y se centraba sobre todo en noticias o referencias halagadoras para el titular del departamento.

            A ese procedimiento, los periodistas le llamaron “el papelito”, y tuvo sus antecedentes en el Ministerio de Agricultura con las listas de marcas y patentes que se entregaban  a los reporteros y siguió luego en Obras Públicas con la relación estudios, proyectos y subastas que ese departamento tenía entre manos. La fórmula pasó a otros sectores y se generalizó hasta que en 1941 el Primer Congreso Nacional de Periodistas exigió la abolición de los buroes de prensa, sustituidos a partir de entonces por oficinas de información y publicidad que no tenían afanes tan totalizadores.

             

           

           

           

           

                

           

           

La cicatriz que mató a un hombre

La cicatriz que mató a un hombre

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

Esta es una historia cierta de cabo a rabo.

            A las nueve de la noche del 13 de enero de 1907, Francisco García Rodríguez, un mocetón asturiano que atendía la bodega situada en la esquina de Indio y Rayo, en La Habana, era  salvajemente atacado en su establecimiento. Su agresor,  Yeyo Vasallo, con un cuchillo enorme, le propinó una herida en la mejilla y otra, espectacular, en el cuello. Cuando los médicos esperaban su muerte segura, cicatrizó la herida más grave y el sujeto pareció que se salvaría. Dos meses más tarde, sin embargo, era cadáver. La cicatriz, al obstruirle la laringe, lo había matado.

            Aunque no se había promulgado aún la llamada “Ley del Cierre” (22 de mayo de 1910)  que dispuso que los establecimientos públicos no permanecieran abiertos después de las seis de la tarde, lo que contribuyó al descanso y dio una vida normal a miles de empleados que eran prácticamente esclavos de los comercios donde trabajaban, existían ya regulaciones que obligaban a tiendas y bodegas, en domingos y días festivos,  a cerrar sus puertas a una hora determinada.

            La medida se incumplía, sin embargo. Los comerciantes, si  bien mantenían su establecimiento aparentemente cerrado, dejaban, después de la hora límite, una puerta discretamente abierta, la de la trastienda,  para el cliente que pudiera caer.

            Así lo hacía invariablemente el bodeguero García Rodríguez, veterano de la contravención, un hombre para quien no existían las leyes sociales, más preocupado por procurarse ganancias, por mínimas que pudieran ser,  que por el descanso y la familia. “Nadie cogiendo se arruina”, era la frase que de tanto repetir se había convertido para él en una suerte de divisa.

            Aquel 13 de enero, García Rodríguez esperaba que fuesen las diez para cerrar la última puerta e irse a dormir. Bien se lo merecía después de aquella semana agotadora, con un rosario interminable de horas pasadas detrás del mostrador. El aburrimiento lo hacía bostezar y de pie en la acera, junto a la pequeña puerta abierta, daba las buenas noches a un vecino, seguía con  ojos codiciosos  el ondulante caminar de una mulata barroca o deslizaba un piropo picante al oído de la sirvienta de la esquina  que, luego de finalizar sus labores,  escapaba de la casa para encontrarse con el novio en un rincón cualquiera. ¡Si al menos apareciera don Agapito! El tenedor de libros de  al doblar, en efecto,   llegaba  con algo interesante que decir  y siempre existía con él la posibilidad de echar un partido de damas, aunque con don Agapito no había rival que valiera… Pero para el bodeguero Francisco García Rodríguez, aquel 13 de enero la única realidad era la noche solitaria y oscura.

            De pronto, un tumulto de voces le llegó por la calle Indio y también el ruido de las ruedas de un coche que avanzaba trabajosamente sobre el adoquinado lleno de furnias.  Se detuvo el vehículo delante de la puerta abierta de la trastienda y de él descendieron Manuel Torres (El Zurdito) Alfonso Casanova (El Ñato) y Ricardo Valdés (Bachata). Descendió asimismo Yeyo Vasallo, el cochero. La risa y las bromas que intercambiaban los recién llegados dieron confianza al bodeguero.

            -Estos paisanos han tenido una noche más feliz que la mía –pensó.

YEYO O EL OPTIMISMO

Después de transitar por varios lugares, la Cárcel de La Habana terminó encontrando asiento, en 1792, en el propio Palacio de los Capitanes Generales. En dicho edificio coexistían el Gobernador General, el Ayuntamiento habanero, diversos establecimientos comerciales y oficinas privadas y también los presos, a los que se les destinó un espacio que daba a la calle Mercaderes, al fondo del inmueble.

Estaba habilitada para 400 reclusos, pero a partir de 1824 nunca albergó a menos de 600. Crecía la ciudad y crecía también el número de delincuentes y ya en 1834, con la batida que dio el Gobernador Tacón contra los conspiradores políticos y los delincuentes comunes, pasaban de 700 los presos. En ese mismo año la situación se complicó: se declaró el cólera entre la población penal y Tacón dispuso que los reclusos fueran trasladados a La Cabaña mientras se construía una cárcel en La Habana. Se le llamó Cárcel Nueva o Cárcel de Tacón  y fue emplazada en la explanada descubierta que se extendía entre la llamada puerta de La Punta, de la muralla, y el castillo del mismo nombre. Allí estuvo hasta su desactivación, en 1926, cuando los reclusos pasaron al Castillo del Príncipe, que funcionaba como presidio desde 1904, y más tarde también al llamado Presidio Modelo, en Isla de Pinos.

Tenía  el edificio 40 varas de frente,   440  de fondo y 20 varas de altura. Disponía de un vasto patio, donde los reclusos tomaban el sol y podían ser vistos por sus familiares. Era  de estilo neoclásico, de los pocos inmuebles de carácter civil que evidenciaron en La Habana dicho estilo. En el piso principal del edificio tenía su sede la Real Audiencia Pretorial, creada en 1834, y más tarde, y hasta 1938,  la tuvo la Audiencia de La Habana.

Aquella instalación podía albergar a 2 000 presos, divididos en departamentos por sexo, clases sociales y delitos. Pero comenzó a hacerse pequeña a comienzos del siglo XX. El presidio, la cárcel, la cárcel de mujeres, el vivac, la Audiencia… tal número de departamentos en un solo inmueble obligaba a los visitantes a tener contacto con los presos cuando salían al patio a tomar el sol.

“Regáleme un cigarro”… “No sé cuántos días hace que no fumo”… “¿Tiene por ahí un cigarrito que le sobre…?”, decían los presos y muchas cajetillas fueron insuficientes  para complacer a aquellos hombres que deliraban por exhalar un poco de humo.

En aquella época, los reporteros policiales eran visita diaria en la cárcel. Unos pocos minutos de conversación con un detenido valían más, para los efectos informativos, que todas las piezas de una causa. Una breve conversación reportaba tres o cuatro cuartillas de prosa sin literatura, pero pletóricas de interés y que luego eran bebidas literalmente por los lectores; los monopolizaba. Graves señores del comercio y la banca, empresarios desmelados y políticos en activo podían desconocer el último invento científico, pero conocían hasta la última letra el nombre de la prostituta navajeada por su amante y en qué tenebrosas circunstancias, y la dama de alto copete seguía el curso del último drama pasional, aunque unos y otros expresaran en público su desdén por la llamada crónica roja.

Una mañana, el periodista Guillermo Herrera, repórter policial entonces de un matutino habanero y que terminaría siéndolo, en la década del 40, del periódico El País, entró en la cárcel, como lo hacía habitualmente, en busca de noticias, cuando un recluso a quien  conocía de vista le cerró el paso para pedirle un cigarro.  Con un cubo de agua sucia y una frazada, el preso se disponía a limpiar el patio del penal.

-Usted es periodista, ¿verdad?

-Sí, ¿y tú? ¡Ya! Tú eres cochero, si no me equivoco.

-Soy Yeyo Vasallo, el cochero de los muchachos de la Acera del Louvre.

-¡Ah! Te acusan del asalto de la bodega de Rayo…

-Sí, señor, pero no me condenarán por homicidio. Acaban de decirme que ya está el la calle el “gallego” al que le di la puñalada en el pescuezo. Le ha quedado una cicatriz. Mi abogado pedirá enseguida que cambien la radicación de la causa, por lesiones graves…

Poco duró el optimismo de Yeyo Vasallo. Días después de aquella conversación, el cadáver del asturiano García Rodríguez estaba tendido en la mesa de disección del doctor Cueto, director del Necrocomio, que ocupaba entonces un edificio de dos plantas situado frente a la cárcel, en el propio Paseo del Prado.

-He aquí algo curioso, que no se repetirá mucho –comentó el forense al examinar el cuerpo sin vida del bodeguero. A este hombre no lo mató la herida; lo mató la cicatriz.

LOS HECHOS

-Oye, tú, ¿se puede entrar? –preguntó Yeyo, en plante de jefe del grupo. Respondió afirmativamente el bodeguero y en fila india hizo que Yeyo y sus acompañantes penetraran en el establecimiento.

            -¿Qué van a tomar?

            Pidieron cerveza los  cuatro y por indicación de uno de ellos, el bodeguero lasqueó un poco de queso amarillo y abrió una lata de sardinas que dejó sobre el mostrador. Servidos los supuestos clientes, el bodeguero volvió a la puerta de la trastienda. Debía estar atento a los movimientos del vigilante de ronda, que podía “rayarlo” con una multa por mantener abierto el establecimiento a esa hora.

            Aquellos cuatro sujetos tenían un plan bien fraguado; apoderarse de la recaudación del día, que debía estar aún en la caja contadora. Volvió adentro  el bodeguero y, sin que mediara palabra alguna, Yeyo lo acometió con fiereza. Tenía ya en la mano un cuchillo enorme. Logró García Rodríguez armarse con el cuchillo del lunch, pero más que entablar un combate buscaba burlar el cerco que le tendían los cuatro parroquianos y  ganar la puerta abierta de la trastienda.

            No pudo. El cuchillo de Yeyo lo alcanzó en la mejilla y enseguida le abrió un boquete horrible en el cuello. Con la sangre manándole a borbotones, cayó  García Rodríguez al suelo, y desde esa posición lanzó su cuchillo, que fue a clavarse en la pierna de Yeyo Vasallo, que en ese momento ordenaba a sus cómplices que saquearan la bodega.

            Solo había 17 pesos en la caja contadora. Los agresores se apropiaron además de un queso de bola, dos botellas de vino y algunas golosinas.

FINAL

Salió el grupo de la bodega a todo correr. Abordaron el coche. Pensaban salir a Monte y ganar los Cuatro Caminos, pero a causa de los chuchazos el caballo se encabritó y  el vehículo se volcó  al proyectarse contra un portal. Huyeron El Zurdito, El Ñato y Bachata, pero Yeyo, aturdido por la caída, vio que un policía se le acercaba.

            -¿Se ha hecho daño, cochero?

            -No, solo fue un susto –respondió. El vigilante reparó en la ropa manchada de sangre e insistió en conducirlo a la casa de socorros. Entró Yeyo  a ella con desfachatez. Pensaba que el asalto a la bodega no se había descubierto todavía y no había nada que lo incriminara. Con buena suerte justificaría la herida de la pierna… Pero lo que vio en la casa de socorros lo dejó mudo. Allí estaba el bodeguero. “Ese… ese fue el que me agredió”, aseguró con mucha dificultad García Rodríguez.

            El 18 de septiembre de 1907, la Audiencia de La Habana condenaba Yeyo Vasallo, cochero de la Acera del Louvre,  a 17 años, cuatro meses y un día de reclusión. El Zurdito, El Ñato y Bachata fueron absueltos.

            (Con información de Guillermo Herrera)

             

           

 

 

 

           

Cuba quiso salvar a Madero (I)

Cuba quiso salvar a Madero (I)

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

En febrero de 1913, el embajador cubano en México, Manuel Márquez Sterling, trató en vano de salvar la vida del presidente Francisco I. Madero y de su segundo, el vicepresidente José Pino Suárez, prisioneros ambos en el Palacio Nacional.  La gestión noble y humanitaria,  acometida por el diplomático a título personal, contó con el respaldo del presidente José Miguel Gómez y del gobierno de la Isla, que acogería en calidad de asilados a los familiares del mártir. El entonces canciller Manuel Sanguily hizo saber a Washington de la repugnancia de Cuba ante la posibilidad de que reconociera al general Victoriano Huerta, protagonista del golpe de Estado contra Madero,  y La Habana, de inmediato, sentó su estrategia: no rompería relaciones con México, pero no reconocería al nuevo gobierno ni sancionaría la usurpación de los derechos del pueblo hermano, conducta que seguirían   las cancillerías de Brasil, Chile y Argentina. 

            Los padres de Madero, refugiados en la legación japonesa en la Ciudad de México, rogaron a Márquez Sterling que, a nombre de ambos, pidiese al cuerpo diplomático acreditado que intercediera por la vida de sus hijos Francisco y Gustavo, diputado al Congreso de la Unión; súplica que extendían a favor del vicepresidente Pino Suárez. Márquez Sterling, sabiendo que ninguno de sus colegas podía influir más en el pedido que el embajador norteamericano, que era además el decano de los embajadores,  ya había dirigido a este una nota privada en la que le solicitaba  hiciera suya la iniciativa, y brindaba el crucero Cuba, surto en el puerto de Veracruz, para sacar del país al mandatario depuesto.

            Por intermedio de Márquez Sterling logró la esposa de Madero que el embajador norteamericano la recibiera.

            -Su marido no sabía gobernar; jamás pidió ni quiso escuchar mi consejo –le dijo. No cree que la vida del presidente corra peligro. Con internarlo en un manicomio, recalca, será suficiente. El brusco diálogo se prolonga y no tiene el diplomático una palabra suave o de consuelo para la atribulada señora. ¿Pedir él la libertad del señor Madero? ¿Interceder por Pino Suárez? ¡Nunca! Huerta hará lo que  convenga. Ripostó  ella:

            -Otros ministros, colegas suyos, se afanan por evitar la catástrofe. El de Chile, el de Brasil, el de Cuba…

            El embajador sonrió con crueldad y amartilló cada una de sus palabras:

            -Esos señores no tienen influencia.

MADERO ESTÁ PERDIDO

Madero había tomado posesión de la presidencia de México 15 meses antes, luego de encabezar el movimiento que puso fin a las tres décadas de dictadura del general Porfirio Díaz. Un sobrino de este, el general Félix Díaz, se rebeló contra su gobierno y, encerrado en la Ciudadela, bombardeaba la capital. Pero por el hambre o por la fuerza estaba llamado a ser cazado en su propia ratonera. Eso pensaba el presidente,  a quien sus jefes militares aseguraban que el reducto enemigo no demoraría en caer en manos gubernamentales. Desconocía que la traición anidaba en sus predios. Huerta, jefe del ejército, negociaba con Félix Díaz, y el general Blanchet, recién llegado de Toluca al frente de 2 000 soldados y que juraba lealtad  al gobierno legítimo, esperaba el momento oportuno para dar el golpe.  El cuerpo diplomático en su mayor parte era hostil a Madero y el embajador norteamericano se la tenía jurada. Mantenía relaciones con Díaz y con Huerta y alentaba tanto a uno como a otro. Estaba al tanto del papel de  Blanchet en el asunto, y sabía por tanto que, en el momento de la verdad,   “El loco” solo podía contar con el apoyo de la insignificante batería del general Angeles. Amaga el embajador con la intervención militar y lanza al presidente una amenaza siniestra: “Solo la renuncia podría salvarlo”, mensaje que el representante de España tiene la triste e indigna misión de trasmitir al mandatario.  

            Madero escribe al presidente Taft. Apela en su mensaje “a los sentimientos del gran pueblo americano” a fin de impedir una “conflagración de consecuencias inconcebiblemente más vastas de las que se trata de remediar”. En realidad, el embajador ha jugado, por su cuenta y riesgo, con el fantasma de la intervención. Taft estaba  a punto de abandonar el cargo y no se metería en empresa de tanta monta. No importa. El embajador persiste en su actitud provocadora y en el artificio de sus tremendas amenazas. Tiene la embajada llena a toda hora. Se mueve entre los grupos y conversa con los  visitantes en voz baja, como si tuviera para cada uno secretos y confidencias. En uno de esos recibos lo sorprende Márquez Sterling. “Pronto se restablecerá el orden”, le advierte, pero no tiene tiempo para atender al cubano  personalmente. Su secretario particular le hará saber los detalles. Pasan a una habitación vecina y en ella el secretario, a quien Márquez Sterling detesta por parlanchín y antipático, deja de ser un funcionario subalterno para ascender por un momento al rango de hombre importante.  Dice con aire grave: “Madero está perdido”. El embajador cubano comprende  que Huerta y Félix Díaz habían llegado a un entendimiento. Escribe: “La lucha tornóse una farsa empapada en sangre. El gato se puso de acuerdo con el ratón. Huerta reunió toda la baraja en su mano, y jugó tranquila y fríamente, sobre el tapete político, un trágico solitario de naipes”.

JAMÁS RENUNCIARÉ

En la madrugada del 18 de febrero las ametralladoras del general Angeles rompieron el silencio y retumbaron  los cañones de la Ciudadela. El problema internacional parecía despejarse con la respuesta tranquilizadora de Taft al mensaje de Madero. Los jefes militares aseguraban que tomarían  esa misma tarde el reducto enemigo. Huerta sabía que no sería así  y lo hacía saber a once senadores a los que había convocado: era imposible tomar la Ciudadela por asalto y el gobierno carecía de lo indispensable para aplastar la rebelión. Apelaron los reunidos al ministro de Guerra: a fin de evitar la intervención extranjera, lo exhortaron a que convenciera a Madero de la necesidad de su renuncia o que lo obligase a ello. Los increpa duramente el ministro y allí, delante de Huerta y de Blanchet,  los acusa de corruptores del ejército. Bajan el tono los senadores. Ahora solo quieren ver al presidente y el ministro les consigue la audiencia. Huerta se les anticipa. Madero le dice: “Acabo de saber que algunos senadores, enemigos míos, le invitan a que imponga mi renuncia”. “Sí, señor presidente, responde Huerta, pero no les haga usted caso porque son unos bandidos. Las tropas acaban de ocupar el edificio que es la llave de asalto a la Ciudadela”.

            Llegan los senadores y uno de ellos, en nombre del grupo,  le pide que renuncie, única manera de conjurar, a su entender, todos los peligros. Madero tiene una sola respuesta:

            -Jamás renunciaré. El pueblo me ha elegido y moriré, si fuere preciso, en el cumplimiento de mi deber, que está aquí.

            Pero su destino estaba decidido y Huerta terminaba su lento y trágico solitario de naipes al dejar prácticamente sin resguardo  al mandatario. Las tropas incondicionalmente maderistas, las que lo  acompañaban desde 1910, habían mermado al ser lanzadas a pecho descubierto contra la artillería gruesa de la Ciudadela, y la guarnición de Palacio ya no estaba a cargo de los que Madero llamaba “mis bravos carabineros”, sus coterráneos, sino de soldados al mando del general Blanchet.

CALMA, MUCHACHOS, NO TIREN

Despedidos los senadores oposicionistas, vuelve la calma a las oficinas presidenciales. Estudiaba el mandatario con sus colaboradores más cercanos  los medios de proporcionar alimento a los sectores más pobres de la población en caso de que la guerra se prolongara, cuando el teniente coronel Jiménez Riveroll, un hombre de Blanchet, penetra en la estancia. Lleva, dice, un recado de Huerta. El gobernador de Oaxaca avanza sublevado contra el gobierno  y el presidente debe salir de Palacio. Madero y el teniente coronel pasan  a conversar a un corredor. Sabe Madero de la lealtad inquebrantable del gobernador y pone en duda las palabras de Riveroll. Dígale a Huerta que venga él mismo a darme el informe, expresa. Pero el oficial toma al mandatario de un brazo e intenta arrastrarlo. Madero, ágil y fuerte, de deshace y logra entrar en uno de los salones seguido de ministros y ayudantes. Les sigue Riveroll y con él una tropa de veinte soldados raros.

            -¿A dónde va esa fuerza? –grita con energía un oficial leal al presidente y le ordena retirarse. Obedecen maquinalmente los soldados, y Riveroll, pálido, estremecido, les ordena dar media vuelta y que apresten sus armas. No concluyó de dar la voz de fuego. Lo fulmina, con su pistola, un capitán maderista. Un mayor que llega por la puerta del fondo se apresta a tomar el mando del grupo de soldados y cae también fulminado. El piquete hace entonces una descarga cerrada sobre Madero, pero uno de los presentes cubre al presidente con su cuerpo. Repiten la descarga los soldados, y Madero, con  los brazos en cruz, avanza hacia ellos.

            -Calma, muchachos, no tiren –les dice y el piquete se desbanda. Corren los ministros, escaleras abajo, en busca de Huerta, a quien creen ajeno a los acontecimientos, y Madero se asoma a los balcones para escuchar voces que lo vitorean desde la calle de la Acequia y la Plaza de la Constitución y que le devuelven la confianza.

            Baja al patio. Los oficiales de guardia le presentan armas, conforme al reglamento. No es una ilusión. Ha recuperado su autoridad. Y se encamina hacia la tropa. Son soldados del batallón 27, que, Madero lo ignora,  solo obedecen al general Blanchet. Les dice:

            -Soldados, quieren aprehender al presidente de la República, pero ustedes sabrán defenderme porque si estoy aquí es por la voluntad del pueblo mexicano…

            No pudo decir una palabra más. Blanchet le puso una pistola en el pecho y cortó el discurso.

            -Señor –le dijo- es usted mi prisionero. ¡Ríndase!

            Comprende Madero que a esa hora toda resistencia es inútil y se deja conducir a las oficinas de la Comandancia Militar de Palacio, donde queda detenido.  Sus ministros, que bajaron antes en busca de Huerta, están ya presos, apiñados en una garita, salvo el de Hacienda, que logró fugarse. Están presos también el gobernador del distrito y el general Angeles. Y el diputado Gustavo, hermano del presidente, apresado por órdenes de Huerta luego de haber almorzado con él, con buen apetito, en un restaurante cercano a Palacio. El caudillo golpista recuenta sus prisioneros y dispone liberar a los ministros y que se interne al vicepresidente Pino Suárez en la Intendencia de Palacio donde ya están recluidos Angeles y el presidente. ¿Y Gustavo?, pregunta  Madero con insistencia. La noche antes su hermano le había hecho llegar un escueto y profético recado donde le decía: “Pereceremos todos”.

                                                                                  (Continuará)

           

           

 

             

 

 

           

 

           

Cuba quiso salvar a Madero (II)

Cuba quiso salvar a Madero (II)

Ciro Bianchi Ross

 

 

Apenas quedó detenido  el presidente Madero, el embajador norteamericano, que esperaba el acontecimiento desde tres días antes, reúne al cuerpo diplomático para darle cuenta en detalle del asunto. Muy mala opinión sobre su colega tiene Márquez Sterling, el embajador cubano. “Es de los que hablan lo que deben callar y callan lo que deben hablar; el hombre más indiscreto concebible”. No cabe en sí de gozo el diplomático norteamericano. “Esta es la salvación de México; habrá paz, progreso y riqueza”, asegura e informa que ha impuesto de los acontecimientos a Félix Díaz, el general sedicioso de La Ciudadela, y que lo hizo antes de que Huerta, el general golpista, se lo pidiera. Comunica además los nombres de los que figurarán como ministros en el nuevo gobierno. Ya los sabe pese a que  Huerta no ha tomado aún posesión de la presidencia.

            Abandona Márquez Sterling la reunión, pero vuelve a la embajada norteamericana, en busca de noticias, a las diez de la noche. Allí esperan con el mismo propósito  los embajadores de Chile y Brasil, interesados por la suerte del presidente depuesto.  El norteamericano sale a saludarlos y les dice que pronto los hará pasar “adentro”. Porque en esos mismos momentos, en un salón contiguo, Huerta y Díaz, supuestos enemigos hasta la víspera, sellan la traición con un abrazo.

“A DON PANCHO LO TRUENAN”

La noche del 18 de febrero fue triste para embajador cubano. A la mañana siguiente, alguien lo interceptó mientras compraba tabacos en un estanquillo. Le dijo:

            -Fusilarán a don Pancho; son capaces de todo. A Márquez Sterling esa posibilidad le parecía todavía inverosímil. Pero su interlocutor acabó de convencerlo cuando le dijo que ya habían fusilado al hermano del presidente luego de someterlo a terribles tormentos y vaciarle su único ojo sano con la punta de una espada. “Aquí, desgraciadamente, lo inverosímil sería lo contrario”, arguyó.  Quiso responder el embajador, pero lo ahogaron las palabras. “No hay tiempo que perder, embajador, tome usted la iniciativa”.

            Volvió Márquez Sterling a su casa y redactó una nota privada para su colega norteamericano. En la legación japonesa los padres de Madero le solicitaron que en su nombre pidiera al cuerpo diplomático que interpusiera sus buenos oficios para salvar la vida de Francisco y Gustavo, a quien todavía suponían con vida. Visitó otra vez el cubano la embajada norteamericana. El embajador apenas pudo contener su cólera. Se oponía sin rodeos a que el cuerpo diplomático tomara iniciativa alguna en ese sentido. Vaya usted a Palacio y hable con Huerta. Hágalo  a título personal, pero no a nombre del cuerpo diplomático, le dijo y pidió al embajador de España, dispuesto siempre a complacerlo, que lo acompañara.

            Ya en Palacio, un oficial condujo a ambos diplomáticos a la sala donde el embajador de Chile charlaba con el general que detuvo a Madero. Al conocer el motivo que los traía aseguró el militar  que la vida del detenido no corría peligro alguno. El presidente se negaba a renunciar y eso complicaba las cosas, pero cedió… Informó  sobre las condiciones de la dimisión. Madero, su hermano Gustavo, el vicepresidente Pino Suárez y el general Angeles, con sus respectivas familias, con la protección necesaria y la garantía de diplomáticos extranjeros,  viajarían en tren, esa misma noche (19 de febrero)  hacia Veracruz para embarcar al exterior. Los  diplomáticos acompañantes serían  depositarios de la renuncia y de una carta en la que Huerta se comprometía a cumplir lo estipulado. La renuncia no se remitiría al Congreso hasta que Madero hubiera no abandonado el territorio nacional, lo que avalaba que salía del país siendo todavía el presidente de la República. También pedía Madero que los gobernadores estaduales permanecieran en sus puestos y que ninguno de sus amigos fuera molestado por razones políticas.

            No pudieron los embajadores de Cuba y España ver a Huerta; estaba durmiendo. Quisieron visitar  a Madero y los autorizaron. En su confinamiento de la Intendencia del Palacio Nacional, que compartía con Pino Suárez y el general Angeles,  el presidente los acogió con alegría. Nada sabía aún de la muerte de su hermano.  Aceptó el ofrecimiento del crucero Cuba para salir del país, así como la compañía del embajador cubano hasta Veracruz y comentó que  la partida sería sobre las diez de la noche, pero pidió a Márquez Sterling  que acudiera antes de esa hora ya que su presencia haría más fácil subsanar cualquier inconveniente.

El ambiente era franco y nada hacía presentir la catástrofe. Solo el general Angeles tenía la sospecha de un desenlace horrible. Dijo al embajador cubano en un aparte: “A don Pancho lo truenan”.

MI HOSPITALARIO Y FINO AMIGO

A las ocho de la noche vuelve Márquez Sterling al Palacio Nacional. Madero conversa con su tío Ernesto y otro visitante. Repara de pronto en que no ha se recibido aún el salvoconducto de Huerta. Sale el tío Ernesto en busca del documento y regresa con una extraña noticia. El canciller de Madero se dirigía en esos momentos al Congreso a presentar la renuncia del presidente y su vice. Pide Madero a su tío que lo ataje y lo traiga a la Intendencia. Regresa  con una noticia peor. La renuncia ha sido presentada. “Pues ve y dile que no dimita él, que retenga la presidencia interina hasta que salgamos del país”. Es tarde. Solo durante 45 minutos retuvo el canciller la presidencia interina; tiempo suficiente para renunciarla luego de haber nombrado ministro de Estado y de Gobernación al general Victoriano Huerta. Sabe Madero a esa hora que cayó en una trampa y que Huerta no cumpliría su palabra. Sin embargo, el tío Ernesto no  descarta la posibilidad del viaje a Veracruz, quizás a las cinco de la mañana, la misma hora  en que Huerta sacó de la Ciudad de México al derrocado dictador Porfirio Díaz.

            Teme Pino Suárez un atentado si el embajador de Cuba los abandona y el general Angeles opina que no saldrán vivos del trance. Márquez Sterling se brinda gustoso a acompañarlos. Madero se opone a que el embajador cubano pase por molestia semejante, allí donde no tiene  siquiera una cama que ofrecer. Márquez Sterling insiste. Escribe al respecto: “Tomar el sombrero,  tranquilamente, y  despedirme, hasta la vista, abandonándolos a la bayoneta del centinela, hubiera sido impropio de mi situación, de mi nombre de cubano, de mi raza caballeresca. Amparar con la bandera de mi patria al presidente a quien, un mes antes, había presentado solemnemente mis credenciales, era cumplir con el honor de nuestro escudo, interpretar, en toda su intensidad, la misión de concordia que las circunstancias me impusieron”.

            Llega un mensaje de Huerta para el embajador. Puede irse, si lo desea,  a descansar a su casa,  pues no habrá tren  esa noche. Pregunta Márquez Sterling si el viaje será posible en horas de la mañana. Nada sabe el mensajero, que pide permiso para retirarse y se despide con una reverencia.

            Madero, desde su puesto, ha escuchado el mensaje. Dice con resignación: “No habrá tren a ninguna hora”. Toma un retrato suyo de la mesa del centro y escribe: “A mi hospitalario y fino amigo Manuel Márquez Sterling, en prueba de mi estimación y agradecimiento”. Extiende el presente al embajador. Le dice: “Guárdelo en memoria de esta noche desolada”.

LEY DE FUGA

De tres sillas hace Madero una cama para el embajador de Cuba. A las diez de la mañana siguiente todavía está Márquez Sterling con los detenidos. Madero no concibe que Huerta quiera privarlo de la vida ni cree que Félix Díaz lo consienta, siéndolo, como es, deudor de la suya. Pero pocas horas después Madero y Pino Suárez estaban muertos. Sobre las diez de la noche fueron a buscarlos con el pretexto de que se les trasladaría a la Penitenciaría. No llegaron a entrar en ella. Huerta y Díaz, en un concierto feroz, decidieron eliminarlos. Un grupo de gendarmes esperaría en las inmediaciones del penal a los dos automóviles que conducían a los prisioneros. Al llegar a la puerta principal del edificio, el oficial encargado de la custodia ordenó que los vehículos buscaran la entrada trasera. En eso vio a los emboscados y dispuso que los autos  detuvieran la marcha. Baje usted, dijo a Madero y le disparó a la cabeza, mientras que Pino Suárez corría la misma suerte. Entonces los gendarmes tirotearon los automóviles a fin de justificar, con los cadáveres todavía palpitantes,  la aplicación de la ley de fuga.

            Debe la familia Madero salir de México. Márquez Sterling es llamado a La Habana, para consultas, por el presidente José Miguel Gómez. Lo embargan las dudas. ¿Estaría el gobierno cubano descontento de su actitud? ¿Se romperían las relaciones con México? ¿Se relacionaría el llamado con la salud de su anciana madre, ya muy enferma? Repasa uno a uno sus actos a favor de Madero y no cree que tenga nada de qué arrepentirse. Su gestión a favor del presidente asesinado se ha extendido más allá de los círculos diplomáticos y gubernamentales. Un día, a la salida de la embajada norteamericana, un grupo de curiosos lo vitorea, y alguien le grita: Embajador, usted ha ganado para Cuba el corazón de los hombres honrados.

            Hay prisa por su regreso a La Habana. En la estación de ferrocarril busca ansioso Márquez Sterling a la esposa, la madre y las hermanas del presidente mártir, confiadas a la protección del embajador chileno, aunque sin documentos que amparen su salida.  No las ve, pero alguien le avisa que están ya en uno de los vagones, escondidas más que encerradas  en el drawing-room. A su arribo al crucero Cuba, los soldados  presentan armas al embajador y se le rinden los honores correspondientes a su cargo. Le siguen, enlutadas y llorosas, las señoras Madero, a las que aguardan a bordo del buque el padre y el tío del presidente asesinado.

EN LA HABANA

 

La tragedia mexicana fue un acontecimiento mundial que alcanzó en Cuba una repercusión extraordinaria. Madero traicionado estremeció a los cubanos. Madero mártir los indignó. Se sucedían los mítines y los actos de solidaridad con el pueblo mexicano, y una multitud enorme esperó en los muelles y las calles aledañas el desembarco de la familia Madero a las diez de la noche del 1 de marzo de 1913. El canciller Sanguily, con numeroso elemento oficial, y las hijas de José Miguel la recibieron en la Capitanía del Puerto. Los automóviles en los que se  trasladó a los recién llegados  al hotel Telégrafo, en Prado y Neptuno, iban envueltos en un oleaje humano inmenso y fue necesario que la policía despejara los contornos del edificio para que entraran los viajeros, profunda y justamente conmovidos.

            A contrapelo de la opinión pública, José Miguel se negó a romper relaciones, pero tampoco reconoció al gobierno de Huerta. Al presidente Taft le quedaban días en el cargo y su sucesor no demoró en destituir a su embajador en México, que intentó frustrar, en su raíz, la Revolución Mexicana. Simple cambio de hombres porque Washington persistió en su actitud injerencista. Bien supo Márquez Sterling, uno de nuestros grandes periodistas, dónde estaba, más allá de un embajador insensible e incapaz,  el origen del intervencionismo, que amenazaba por igual a México y a Cuba.

(Fuente: Los últimos días del presidente Madero, de Manuel Márquez Sterling)

           

 

 

           

           

             

           

Sindo Garay

Sindo Garay

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

 

 

Los cubanos son los creadores del bolero. José (Pepe) Sánchez, un sastre oriundo de la ciudad de Santiago de Cuba, compuso, en 1885, el primer bolero auténtico que marcó la pauta a los que le seguirán. A partir de ahí la canción popular cubana –llámese criolla, guajira, clave, bambuco, habanera, bolero o canción propiamente dicha,  según sus características rítmicas o métricas- experimentaría  un auge extraordinario. En la propia Santiago hacen lo suyo Alberto Villalón y Miguel Matamoros; en Cienfuegos, Eusebio Delfín, mientras que Rafael Gómez (Teofilito) y Miguelito Companioni se destacan en Sancti Spíritus. En La Habana, proveniente también del centro de la Isla, está, con su guitarra a cuesta, Manuel Corona. Son los años de Boda negra, Mariposita de primavera, La guinda,  Pensamiento, Mujer perjura, Longina… Una música que en buena medida se compone y se canta  en la calle, en el cafetín de mala muerte,  en serenatas bajo los balcones.

            Dentro de ese grupo, Sindo Garay, El Patriarca, ocupa un lugar prominente. Nació en Santiago, el 12 de abril de 1867,  y aprendió la guitarra con Pepe Sánchez. Fue trapecista de circo y, espíritu inquieto, se movió a lo largo de toda la Isla y conoció no pocas naciones sudamericanas hasta que se asentó en La Habana  y en el ya desaparecido café Vista Alegre hizo casi toda su obra. En ese mítico establecimiento del centro de la capital cubana surgieron muchas de las más gustadas melodías del cancionero popular. Sindo y su hijo Guarionex –adviértase en el nombre el pretendido influjo de los primitivos pobladores de la Isla- eran clientes habituales del lugar, como lo eran también  otros músicos y trovadores: Graciano Gómez, Manolo Romero, Chepín,  Manuel Luna… al igual que el compositor Antonio María Romeu, el llamado Mago de las Teclas.  

Murió Sindo Garay, el 17 de julio de 1967,   con 101 años. Es el autor más cantado por los intérpretes de la canción tradicional cubana. Hace un tiempo   esa vocalista extraordinaria que es Miriam Ramos hizo versiones memorables de muchas de las  composiciones de Sindo. Demostraron lo que ya se sabía: se trata de  una música viva y vigente  cuatro décadas después del fallecimiento del compositor.

            ¿Por qué sigue gustando? Es, sencillamente, expresión de lo mejor de nuestro cancionero. Y lo es asimismo del ser nacional. En la música de Sindo Garay palpita Cuba; ríe y llora en piezas de gran riqueza musical y también de alto contenido literario. Textos cargados de una poesía auténtica y raigal, que celebran  al país,  la mujer, el amor, el desamor… La tarde, La bayamesa, El huracán y la palma y Perla marina, entre otras muchas,  lo hacen bien evidente.

 

LARGA E INCREÍBLE VIDA

Sindo Garay no solo hizo música. Creó además una leyenda. En  su  anecdotario riquísimo y que evidencia, sobre todo, a un poeta, no se puede deslindar a veces dónde termina la verdad y comienza la invención.

Su  larga vida guarda pasajes increíbles. Aprendió a leer por su cuenta; caminaba por su Santiago natal y  copiaba las palabras que veía en anuncios y carteles.  Decía, y parece ser cierto,  haber estrechado la mano de José Martí. Conoció al Apóstol de la Independencia de Cuba, en Dajabón, República Dominicana, cuando llegó allí como emigrado. Y pudo, ya al final de su existencia, conocer a Fidel. El líder de la Revolución haría una comparecencia televisiva en la Universidad Popular, y pidió a su hijo Hatuey que lo llevara.

El propio Sindo relataría ese encuentro: “Cuando él me vio en el estudio se me acercó sonriente para saludarme”. Fidel le dijo: “¿Quién no conoce a Sindo Garay en Cuba?”. Precisaba  el compositor: “Me abrazó muy afectuoso y me sentí más pequeño de lo que soy cuando sus brazos me rodearon”.  

 Guardaba un  grato recuerdo de Flor Crombet, cuando aquel combatiente de la Guerra de los Diez Años llegó a Santiago, en 1890,  pretextando un viaje de negocios. Sindo  lo evocaba en su plática:

            -¡Ay, Flor! Qué prestancia. Lo vi una sola vez y no tuvieron que señalármelo. Uno lo veía y ya sabía quién era.

            Durante la Guerra de Independencia sirvió como mensajero y correo marítimo. Era un nadador experto y poseía una gran resistencia  pese a su constitución física. Eso le permitía cruzar a nado la bahía santiaguera para hacer contacto con las tropas del general Agustín Cebreco.

            Cuando nació, en un hogar humilde,  no se había iniciado aún la Guerra de los Diez Años. Tenía once años cuando sobrevino la llamada Paz del Zanjón. “¡Aquello fue terrible! Después de tanto luchar…” decía. Fue por aquella época en que se enamoró por primera vez. Perdidamente, y pensamos que también en vano.  La muchacha se llamaba María Mestre, y era maestra en Guantánamo.  El dato en sí carecería de importancia si no fuera porque ese romance inspiró a Sindo la primera de sus composiciones musicales, Quiéreme, trigueña.

            De vuelta a Santiago, Pepe Sánchez lo retuvo a su lado. La Habana, sin embargo, comenzó a dibujarse en su horizonte. Por acá andaba ya Alberto Villalón que con una de sus composiciones, El ocaso, se había metido a los habaneros  en el bolsillo. Dijo entonces Sindo a sus amigos: “Veremos si esto que llevo gusta también”.

Era, nada más y nada menos,  que esa pieza que dice:

Retorna, vida mía, que te espero / con una irresistible sed de amar

Sindo no hizo nunca vida política. Pero en muchas de sus obras expresó un claro sentido de la justicia social y dejó anotados los males que aquejaban al país. Así, con motivo de la sublevación de los Independientes de Color (1912) escribió:

Pobre Cuba, señores. /  Pobre Cuba: sus montañas. / Sus praderas. Qué se hicieron / los hombres que en sus campos / sucumbieron…

Y dijo a la caída de la dictadura de Machado:

Se crecieron los ríos, / se ha escapado el enjambre; / ¡pero quedan bohíos / todos llenos de sangre!

Los destrozos que ocasiona el ciclón de octubre de 1926, lo conmueven profundamente. . Compone entonces El huracán y la palma, joya de nuestro cancionero.

Se dice que en una ocasión su gran amigo  Eduardo Sánchez de Fuentes lo hizo escuchar a Beethoven. Contaría Sindo Garay años después:

-Me quedé petrificado. A la semana volví y le dije: Maestro, ese alemán (Beethoven) me impresionó. Mire a ver qué le parece esta sindada. Y enseguida hizo escuchar al autor de la habanera lo que acababa de componer, Germania, la más difícil, dicen los entendidos, de las canciones trovadorescas cubanas.

Otra sindada es La bayamesa. Está en Bayamo y pasa toda una noche de parranda con Eulisipo Ramírez. La mañana los sorprende en el portal de la casa de su amigo. Sale la esposa de este y Sindo se disculpa. Ella le habla sobre sus antepasados. Avanza el día y Sindo no puede dormir, repasa mentalmente las palabras de la señora y escribe:

 Tiene en su alma la bayamesa / tristes recuerdos de tradiciones

“Aceptado que brotase la espontánea inspiración melódica, pero ¿cómo es posible que armonizara de esa manera quien no conocía absolutamente nada de música?”, se preguntaba Eduardo Robreño, y se daba a sí mismo la respuesta:

“El secreto se lo llevó a la tumba”.

Dejó dicho en lo que se considera su testamento lírico:

Que cuando se reúnan / recuerden mis canciones.

QUE CANTEN LOS QUE COMIERON

Sindo Garay es el autor de la frase “Que canten los que comieron”. Veamos la historia.

            Llegó en una ocasión el trovador a la ciudad de Bayamo y quisieron sus amigos congratularlo con un soberbio chilindrón en la finca El Salado, predio campestre de un político local, José Narciso Milanés Tamayo. Se dispuso el sacrificio de un cordero, empezó el ron a correr a raudales y Sindo llenó con su voz y su guitarra la espléndida terraza  de la casa de vivienda. El doctor Enrique Fernández, conocido médico bayamés, que cantaba muy bien, lo acompañaba y varios jóvenes se sumaban al coro. El cordero hervía con gran parsimonia ya que, se dice, la carne de los animales que se acaban de sacrificar es más lenta en ablandarse.

            Sindo, cansado de cantar y tocar y bastante pasado de tragos, abandonó la terraza y deambuló por la casa. Entró en la primera habitación que encontró a su paso y, sin pensarlo, dos veces, se tendió en la cama. Quedó profundamente dormido, mientras que los que permanecieron en la terraza apuraron el chilindrón y se lo hicieron servir con casabe mojado y plátano verde y ñame hervidos. Devoraron las cazuelas en un decir amén, sin dejar una sola postica para el cantor durmiente.

            El que más y el que menos cabeceó en los sillones después de la comida y poco a poco los ánimos volvieron al grupo. Hubo una nueva ronda de tragos y luego otra y con ellas el deseo de escuchar de otra vez  al trovador. Alguien fue a buscarlo a la habitación donde descansaba.

            -Vamos, Sindo, vamos… Quieren que les cantes una vez más  La bayamesa

            Regresó el compositor a la terraza, despierto del todo, pero muerto de hambre. Comentó:

            -¡Estoy desfallecido! ¿A qué hora nos comemos ese chilindrón?

            Nadie se atrevía a responder hasta que el doctor Fernández tomó la palabra.

            -¿El chilindrón? ¿Quién se acuerda? Ya nos lo comimos y estaba tan rico que no dejamos ni los huesos… Ahora, vamos a cantar.

            Sindo Garay dio por sentado que lo que decía Fernández no era cierto, pero cuando se convenció que nadie se había acordado de él  se plantó en 31.

            -¡Ah! ¿Sí? ¿Se lo comieron todo y no me dejaron nada. Pues no. Ahora ¡qué canten los que comieron!

           

           

           

           

 

 

 

 

 

 

              

             

 

¡Jaque doble!

¡Jaque doble!

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

José Raúl Capablanca casi nunca hablaba de ajedrez. Su cultura general era tan vasta que le permitía abordar con agudeza y fluidez los temas más variados y seguir inteligentemente el tópico que esbozara su interlocutor, por difícil que fuera. Era, sin embargo, un mal conferenciante: reducía sus expresiones a términos esenciales porque suponía, equivocadamente, que los demás seguían el curso de su pensamiento. No fue nada disciplinado como deportista y su estilo de vida giraba en sentido inverso al del resto de los mortales: se iba a la cama cuando los demás se disponían a levantarse y desayunaba a la hora del almuerzo. Llegó a ganar unos 25 mil dólares al año, cifra no alcanzada por ningún otro maestro en su época.  Como nunca necesitó molestarse ni esforzarse para llegar a ser lo que fue, se le considera el ajedrecista más grande de todos los tiempos. En efecto, como afirmó el maestro Mijail Botvinnik,  no se puede comprender el mundo de ajedrez sin mirarlo con los ojos de Capablanca.

            Parece que no   tuvo nunca  un juego de ajedrez propio que valiera la pena. Eso se desprende de una información que apareció en el British Chess Magazine, en mayo de 1941, a menos de un año de su muerte.

            Preparaba el campeón la edición de su libro Chess Fundamentals y un jugador famoso le ayudaba a revisar las pruebas de imprenta del  volumen. Con ese propósito lo visitaba todas las tardes y discutían sobre la posición y el movimiento de las fichas esbozados por Capablanca en cada una de las propuestas contenidas en la obra y cómo quedaban atrapadas en el papel.   Lo hacían “en seco”; nunca ante un tablero. En una ocasión, sin embargo, al compañero de Capablanca se le hizo difícil comprender determinada propuesta de este y al maestro no le quedó otro remedio que buscar un juego de ajedrez para mostrar, en vivo, la jugada.

            El famoso colaborador de Capablanca se emocionó. Después de tantas y tantas visitas, vería al fin el juego de ajedrez que el cubano utilizaba en su intimidad, aquel donde estudiaba y planeaba sus jugadas sensacionales. En su entusiasmo llegó a imaginarlo  de marfil y brillantes…

            Volvió Capablanca al salón. Por tablero traía el  pedazo de una tela a cuadros, parte posiblemente de algún mantel, cortado con descuido y deshilachado. Las piezas eran más decepcionantes aún. De diferentes colores y estilos, todas ellas parecían provenir de juegos diferentes, salvo las  torres blancas, casi iguales, ya que el maestro las suplía por dos terrones de azúcar.

¡SE CREE QUE SOY BOBO!

Una tarde de diciembre de 1894 llegó José Raúl Capablanca, de la mano de su padre, al Club de Ajedrez de La Habana. Vestía el niño un trajecito blanco con una cinta amarilla ancha  en  la cintura  y lucía un  lazo en la cabeza que le recogía los bucles.

            Aquella tarde visitaba el círculo ajedrecístico el ilustre maestro polaco Juan Taubenhaus, a la sazón campeón de Francia, y  todos los presentes se apresuraron en hablarle sobre la buena mano y la inteligencia prodigiosa que ante el tablero evidenciaba aquel chiquillo de seis años de edad. Taubenhaus no creyó palabra de cuanto le decían o lo creyó a medias y para cerciorarse invitó a jugar al cubanito, concediéndole la dama de ventaja.

            La partida se enredó a las pocas jugadas. Taubenhaus, para aligerar la tensión o tal vez para invocar la buena suerte, daba vueltas sin cesar a la sortija que usaba en el dedo índice de su mano derecha y sus jugadas se hacían lentas y complicadas. Cada vez requería el maestro polaco de más tiempo para pensar, mientras que José Raúl hacía las suyas con una celeridad vertiginosa.

            Tendía Taubenhaus ingeniosas celadas y hacía difíciles combinaciones de doble efecto. José Raúl las descubría y reía con estrépito.

            -¡Se cree que soy bobo! –expresaba  y añadía frases picantes que exasperaban a su rival, cada vez en situación más desventajosa.  

            La partida se hizo insostenible. Taubenhaus, ya irremediablemente perdido y sin alternativa alguna,  hizo un movimiento falso con una torre para ver qué se le ocurría al niño.

            José Raúl no pudo ya contenerse. Como tocado por un resorte eléctrico se puso de pie sobre su silla, apoyó una rodilla en la mesa y con un caballo en la mano gritó: ¡Jaque doble! Y sin esperar más,  sabiendo derrotado a su contrario,  salió disparado y se puso a correr por el salón.

            Taubenhaus sonrió y, puesto de pie, abrió el coro de aplausos con que los presentes en el círculo celebraron  al cubanito  que acaba de derrotar al campeón de Francia, y el acaudalado Enrique Conill ordenó champán para todos.

            Tiempo después  volvieron a encontrarse.  Capablanca, ya con 23 años, pasaba por París, luego de salir vencedor en el célebre torneo de San Sebastián. Con orgullo, Taubenhaus declaró entonces que él había sido el único maestro que, aunque sin éxito, se había enfrentado al portentoso ajedrecista cubano dándole la dama de ventaja.

OTRO DESTINO

De haber seguido los consejos y orientaciones de su padrino, Capablanca hubiese sido administrador de un central azucarero. Al mismo tiempo en que se dispuso a costear sus estudios de Ingeniería Química en la universidad norteamericana de Columbia, Ramón San Pelayo exigió a su ahijado que abandonara para siempre el mundo del ajedrez. Lo quería al frente de uno de sus ingenios, decisión esta que mal que bien fue acatada por el padre del ajedrecista, que no quiso que su vástago desperdiciara aquella oportunidad.

            Capablanca, ya en EE UU, no cumplió su promesa y, aunque obtenía altas notas en sus estudios universitarios y su nombre figuró incluso en el cuadro de honor de los mejores alumnos durante 1906 y 1907, Pelayo le retiró su ayuda económica y ordenó que se le entregara lo justamente necesario para el pasaje de regreso.

            Sin apoyo de ningún tipo y en un país extraño, insistió Capablanca en continuar sus estudios. Para sufragarlos vendió parte de su ropa,  escribió para periódicos y revistas artículos que casi siempre le rechazaron y llegó incluso a aceptar el contrato que le propuso un club profesional de béisbol. No jugaba nada mal a la pelota… Contaba además con los pequeños premios que se ofrecían a los vencedores en los torneos relámpagos.  Sin embargo,  dicen sus biógrafos,  le faltaba experiencia en la dura escuela de la vida para pelearla desde abajo. Se dice también que de haberle comunicado a su padrino su intención de rectificar, todo habría vuelto a ser como antes, pero “Capablanca era demasiado orgulloso para pedir clemencia y no estaba dispuesto a prometer algo que no iba a cumplir después”.

COMO A UN HÉROE

Ya en 1909 gozaba Capablanca de una  popularidad enorme  en EE UU y la reafirmó con su victoria sobre Frank J. Marshall, el campeón nacional de ese país y uno de los jugadores más brillantes y completos que se recuerde; un match asombroso de ocho victorias y una derrota que demostró ampliamente su calibre. El maestro norteamericano pensó que enfrentar a Capablanca sería un paseo, la posibilidad, bien pagada además, de “hacer una fácil y breve demostración objetiva de la diferencia que existe entre un gran maestro y un buen aficionado”. Se equivocó.  Sobre ese encuentro, diría después el cubano: “Jugué con Marshall sin conocer la teoría de las aperturas ni consultar ningún libro. Todo mi caudal teórico era lo aprendido en la práctica y de oídas. La victoria me situó de repente en el grupo de los maestros de nota…”           

Decidió entonces Capablanca regresar a su tierra luego de seis años de ausencia. En el canal de entrada de la bahía habanera numerosas embarcaciones pequeñas se situaron a los costados del vapor que lo traía. Desde ellas lo saludaban y lanzaban voladores  numerosas personas, entre las que reconoció a sus padres. Los barcos surtos en puerto hicieron sonar sus sirenas y en el muelle la banda del municipio acometió las notas del Himno Nacional. No era todavía el campeón del mundo, pero ya Cuba lo saludaba como a un héroe. 

      

ALEKHINE-CAPABLANCA-EUWE

Alexander Alekhine arrebató a Capablanca la corona del mundo y durante años se las arregló para evadir la revancha y, en definitiva nunca se la dio. En 1935 ocurrió algo insospechado. El gran maestro holandés Max Euwe derrotaba a Alekhine y se adjudicaba el título supremo por un punto de ventaja.  Fue ciertamente un reinado efímero –hasta 1937-  y además muy discutido.  Alekhine jugó bajo una tremenda presión nerviosa y no parece que hubiera acudido sobrio a todas las partidas. Capablanca se beneficiaba con su derrota. Aun así comentó que en el encuentro Alekhine-Euwe sucedieron cosas que no se concebían que pudieran ocurrir en el ajedrez.

            Euwe, por supuesto, no era cualquier cosa. Tenía fama de ser uno de los investigadores más acuciosos y científicos del ajedrez de su tiempo. En 1928, después de haber jugado una célebre quinta partida contra Bogoljubow, en el torneo de La Haya, descubrió una nueva modalidad para una variante antiquísima y la estudió y practicó durante largos meses, con todas las combinaciones razonables y posibles. Solo restaba que un contrincante, con su apertura, le diera la oportunidad de ejecutarla.

            Fue precisamente Capablanca quien le dio ocasión para ello, en el Club de Ajedrez de Londres. A las treinta y seis  jugadas, por su posición y con dos peones de ventaja, Euwe parecía vencedor. Cuando se selló la partida,  Capablanca estaba en una situación extremadamente crítica. Apuntó el cubano la jugada con la que reanudaría el juego al día siguiente y la dio a guardar al director del torneo. Menos de cinco minutos pensó nuestro compatriota antes de hacer su apunte. Los expertos que rodeaban a los dos jugadores no veían solución alguna y, sin vacilar, proclamaban  ganador a Euwe. El holandés había hecho, aseveraban, una partida brillante y perfecta.

            Al día siguiente se abrió el sobre que contenía el apunte de  la jugada de Capablanca y  se reanudó el partido. El cubano sacrificaba  la reina y en un decir amén acababa con su adversario, al que obligó a rendirse, por mate, en menos de cinco jugadas.

            Euwe ni los consumados jugadores que seguían la partida imaginaron  la magistral salida  del cubano. Nadie  volvió a acordarse de la modalidad tan largamente estudiada por Max Euwe.

 

RECONOCIMIENTO ETERNO

Entre 1916 y 1925  José Raúl Capablanca no perdió un solo juego. Incluso en la simultánea de Cleveland (1922) donde jugó contra 102 tableros,  hizo una tabla, pero no perdió ninguna partida. En 1921, en La Habana, frente al doctor Emmamuel Lasker ganó la corona del mundo cuatro a cero, récord no igualado, hasta entonces al menos, en los campeonatos de ajedrez.  A los 12 se había ceñido  la corona de Cuba frente al maestro Juan Corzo,   pero desde el año anterior se le consideraba un jugador de primera clase. Tenía cuatro años cuando derrotó por primera vez a su padre. Nadie lo enseñó a jugar ajedrez. Aprendió solo; le bastó  ver cómo lo hacían sus mayores. El 9 de marzo de 1942, un día después de su muerte, en Nueva York, Marshall declaraba a la prensa: “Los siglos venideros no podrán olvidar su nombre, sus libros, sus anécdotas ni su juego y este será el eterno reconocimiento de su gloria”.

            (Fuentes: Textos de Víctor Muñoz, Juan M. Pérez-Boudet y Miguel A. Sánchez)

Sala de armas

Sala de armas

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

Un triunfo resonante se anotó la esgrima cubana en 1922, cuando,  en una competencia internacional que tuvo lugar en el Atletic Club de Nueva York,  el equipo del patio,  que contendió en las tres armas –florete, espada y sable- derrotó en toda la línea a los esgrimistas norteamericanos.

            Formaban parte de la delegación cubana Ramón Fonts, Silvio de Cárdenas, David Aizcorbe y Eduardo Héctor Alonso, entre otros y como capitán iba Manuel Dionisio Díaz, deportista de  técnica impresionante. Buena parte del éxito correspondió al maestro José María Rivas, que trabajó con tesón en el entrenamiento de nuestros compatriotas. La preparación del equipo se llevó a cabo en la sala de armas  de la Asociación de Dependientes del Comercio de La Habana, ubicada en su edificio social de Prado y Trocadero, donde radica desde hace unos años la Escuela Nacional de Danza. Fue en ese mismo lugar, en el propio año de 1922,  donde, al calor del maestro Pío Alonso, se fundó la Federación de Esgrima de Cuba.

            No finalizaron en el Atletic Club los triunfos cubanos. Se repitieron en Washington y en Boston y, en esa misma ciudad, volvieron a imponerse en los encuentros que sostuvieron en la Universidad de Harvard. Tal cadena de victorias tuvo un resultado inmediato: hizo que se desbordara el entusiasmo en las salas de armas que existían en la Isla.

EL PRIMER GIMNASIO

La esgrima como deporte organizado parece haber surgido en Cuba en 1867-1868. Fue entonces cuando se inauguró, San Rafael e Industria, la sala de armas del Casino Español. Por aquellos días se instalaban salas similares en el Círculo Militar, en Prado y Trocadero, donde después estuvo el Centro de Dependientes, y en el Unión Club, sito todavía en Zulueta y Neptuno, en los altos del Café Alemán, y no en el bello edificio de las cariátides de Malecón, 17.

            El primer director de la sala de armas del Casino Español fue el italiano Juan Galletti, que permaneció al frente de la instalación hasta 1874. El francés Pedro Cherembau, que lo sustituyó, la dirigió por poco tiempo; falleció cuatro años más tarde. Ocupó su lugar, hasta 1907, su hijo Julio. Mientras eso sucedía, el Casino Español, con su sala de armas a cuestas,  cambiaba de domicilio una y otra vez. Pasó, de San Rafael e Industria, a San Rafael entre Zulueta y Monserrate, donde estuvo después el teatro Albizu y luego el Centro Asturiano, espacio que ocupan hoy las salas europeas del Museo Nacional. De ahí se trasladó  para el antiguo palacio de Villalba, en Egido entre Monte y Dragones; sede del efímero Senado de la colonia en los días del régimen autonómico de 1898. Otro nuevo desplazamiento hacia Prado y Neptuno y otro más, en 1901, hacia Prado y Trocadero, hasta que seis años después inauguró su bello edificio de Prado y Ánimas; actual Palacio de los Matrimonios.

            Se conserva una foto de la apertura de la sala de armas en el último de los edificios mencionados. En ella aparece, ya muy anciano, el maestro Julio Cherembau. Lo rodea un grupo numeroso de discípulos. Entre ellos, un hombre  que luce una abundante cabellera negra peinada con una raya al medio. Es el doctor Ramón Grau San Martín. Un joven médico, entonces sin aspiraciones políticas, que ocuparía sin embargo la presidencia de la República en dos ocasiones.

            Otra sala de armas de aquellos días fue la del Club Gimnástico, en Prado, 86, por la numeración antigua. Su apertura el 30 de mayo de 1891, fue un sonado acontecimiento esgrimístico y  una fiesta lucidísima. Sala y gimnasio fueron punto de reunión de hombres muy notables y valiosos. Un grupo muy heterogéneo en el que sobresalían Enrique Hernández Miyares, el poeta del célebre soneto “La más fermosa” y el periodista Héctor de Saavedra; el millonario Juan Pedro Baró y el patriota Manuel Sanguily… Con todo, las figuras más notables,  en lo referido estrictamente a la esgrima, que en aquella sala tomaron lecciones con el maestro Aurelio P. Granados, fueron Filiberto Fonts, hombre de fuerza hercúlea y deportista consumado, padre de Ramón, y Francisco Varona Murias, que legaría un libro en el que relata los más de cien lances de honor  en los que tomó parte. Su récord nadie lo superó. Fue el hombre que más veces se batió a duelo en Cuba. Se tomaba como propias las ofensas aunque no le tocaran. Bastaba que un amigo suyo fuera agraviado y allí estaba Varona Murias para sacar la cara en su nombre.

El gimnasio de Prado, 86 no es el más antiguo de Cuba. Ese lugar corresponde al que estuvo emplazado en la esquina de Consulado y Virtudes, espacio que ocuparían sucesivamente  el teatro Alhambra y el cine Alkázar.

APARECE RAMÓN FONTS

El triunfo de Ramón Fonts en París trae un aire favorable para la esgrima cubana. Apenas tiene 16 años de edad, pero logra imponerse ante esgrimistas de reconocida fortaleza. Sorprende por su forma de manejar la espada y las victorias se las anota una tras otra ante el asombro de todos.

            Es de elevada estatura, sus piernas son largas y ágiles y con su mano izquierda produce golpes de arresto sin reparar en los ataques del contrario. Su velocidad impone pavor al adversario.

            Fonts revoluciona los cánones espadísticos imperantes, dice David Aizcorbe.  Hasta entonces, se afirma, la espada se practicaba casi como  el florete y los tiradores clásicos, en su mayoría, iban a la parada. El cubano se apropió de la lección de los grandes maestros en cuanto a que la esgrima es el arte de tocar sin ser tocado y sorprendía en sus ataques a los rivales al meter su punta por donde quiera que encontrara un espacio, por estrecho que fuera. Esa técnica le dio renombre mundial.

El deporte lo había atraído  siempre. Su padre no solo  sobresalía en la esgrima sino también  en el tiro de pistola, y el hijo quería ser como él. Sus condiciones físicas lo ayudaban.   Vivían en Francia  entonces y eso decidió que el muchacho empezara a entrenarse con el francés Juan Ayat y el italiano Antonio Conte, ídolos de la esgrima en París en aquellos días. Pocos años después sería el cubano quien conquistara a Francia con sus éxitos sobre los más reputados ases de la espada mundial.

Recorrió Fonts, luego del triunfo de París, las principales salas de armas europeas y en Madrid, esgrimistas de la talla de Carbonell y Sanz se maravillaron con el juego dificilísimo que el genial cubano  había implantado  con la espada.

Todas esas noticias llegaban a Cuba y estimulaban la práctica de la esgrima entre nosotros. Pero nadie había visto aquí batirse a Ramón Fonts. Había verdadera expectativa por verlo, y Fonts  vino, cargado de laureles, en compañía de su padre, el hombre que había hecho al campeón obligándolo al ejercicio metódico y bien dirigido de las armas.

CRUCE DE MAESTROS

Sucedió entonces algo interesante. Tal era la fama internacional de Fonts que muchos maestros de la esgrima pensaron que en cada cubano había un as de la espada en potencia. Eso resultó positivo por ingenuo que pueda parecer. Porque destacados esgrimistas de otros países se instalaron en La Habana, que se convirtió en un verdadero cruce de maestros y campeones. Cobraban sumas exorbitantes por sus lecciones. Hasta el conde Athos de San Malato, autor de uno de los códigos que regían los duelos, estuvo por aquí.

            Se multiplicaron entonces las salas de armas. Eduardo Alesson, llegado de España, abrió la suya en los entresuelos del teatro Payret. Y Jules Loustalot, otra en Monserrate entre Empedrado y Tejadillo. Pío Alonso se consolidó en el Centro de Dependientes.  El cubano Desiderio Ferreira, que en los años 40 moriría baleado ante la puerta de su casa en el apacible reparto San Miguel –un pase cuenta por su pasado machadista- instaló su sala en el local que fue del Unión Club, en Zulueta y Neptuno, un espacio al que dio un tono rojo, que lo hacía atractivo y original.

            Hubo asimismo salas de armas en el Miramar Yacht Club y en el Colegio de Arquitectos. En la sede  de la Cruz Roja, en el Instituto y en la Universidad  de La Habana.  Las hubo también en el Ejército y en  la Marina de Guerra. Los políticos que en un momento se entrenaron y practicaron preferiblemente con  Loustalot, contaron con  la sala de armas del Capitolio, una de las más bellas de la ciudad, a cargo del ya aludido José María Rivas.  Los periodistas dispusieron de la suya en la sede de la Asociación de Reporters.

No todos los que acudían a las prácticas de esgrima lo hacían por amor al deporte o por el honor de poder representar algún día los colores del país. Todavía en los años 40 del siglo pasado bastaba con que alguien se sintiera ofendido para que planteara la llamada cuestión de honor. Designaba entonces a sus representantes, que visitaban al ofensor, y este a su vez designaba los suyos. Los padrinos de una y otra parte se reunían para pactar las condiciones del lance: lugar y fecha del encuentro, el arma con que se dirimiría el asunto y la forma en que transcurriría el enfrentamiento.

        El arma escogida podía ser la espada o la espada francesa, el sable con punta o sin ella, o con filo, contrafilo y punta… Una vez decidida el arma establecían los padrinos a cuántas reprisses sería el combate, lo que duraría cada una de ellas y el tiempo de descanso entre una y otra. Si seleccionaban la pistola -el revólver estaba terminantemente prohibido- se fijaba cuántos disparos harían los contendientes y a cuántos pasos y si dispararían a discreción o a una voz de mando. La cosa se ponía fea cuando se acordaba que el duelo fuera con todas las consecuencias o a todo juego, como se decía, pero aun así los duelistas debían obedecer las órdenes del juez de campo y  acatar sin chistar su determinación de dar por finalizado el lance.

PERIODISTAS Y POLÍTICOS

Periodistas y políticos eran de los más retados a duelo y figuraban entre los que más se batían. Entre los primeros, por nuestra cuenta, Wifredo Fernández se batió cinco veces, Santiago Claret, ocho, Muzaurrieta, nueve y Antonio Iraizoz, 16. No existe constancia de que Grau San Martín se haya batido nunca, aunque sí llegó a retar a duelo al director de Bohemia por una información que apareció en la sección “En Cuba”. Famoso fue el duelo de Ricardo Núñez Portuondo, político liberal y médico de cabecera  del tirano Machado,  en que propinó a su rival, ante la curiosidad morbosa de 200 espectadores, una herida de 15 centímetros   que lo tajó desde la frente hasta el pecho.  El maestro Rivas se especializó en los lances de honor y fueron muchos en los que intervino como juez de campo. Puede  decirse que no hubo político sobresaliente que no utilizara sus servicios. Entre ellos Eduardo Chibás, que se batió nueve veces con figuras tales como Tony Varona, Alberto Inocente Álvarez y Francisco y Carlos Prío Socarrás. En ocasión del duelo de Chibás con el senador José Manuel Casanova, el Zar del Azúcar, advirtió Rivas al primero que no bastaba el coraje, sino que se requería de un poco de técnica. Es preciso, arguyó, seguir con la vista la punta del arma del rival.

         -Mire, Rivas, esa será la preocupación del contrario porque yo no veo ni la punta de la mía –respondió Chibás que padecía de una miopía bárbara y salió herido de casi todos sus duelos.

 

 

Agua al dominó

Agua al dominó

Ciro Bianchi Ross

 

Si el béisbol es el deporte nacional de Cuba, el dominó es el pasatiempo preferido. Un cubano podrá confesar que nunca obtuvo buenas notas en física o que hizo trampas en el último informe que rindió a su jefe, pero jamás admitirá que es un mal jugador de dominó. Y es que el dominó solo tolera dos clases de jugadores: los que saben jugarlo y los creen que lo juegan.

            Alguien me dijo en una ocasión que, como el ajedrez, tenía categoría de juego ciencia. No hay que exagerar. Claro que detrás del acto aparentemente mecánico de colocar una ficha detrás de otra sobre el tablero hay siempre una estrategia.  Requiere, sí, de cierto grado de concentración, capacidad para observar  y de  mucha  retentiva por parte de cada uno de los jugadores para llevar en la mente tanto las jugadas de su pareja como de los contrarios. Un buen jugador de dominó espera siempre la ficha que pondrá quien le antecede en la jugada y sabe del aprieto en que se haya su compañero antes de que quede en evidencia. A juzgar por la gente que juega dominó y gana, no hay que ser ningún José Raúl Capablanca para hacerlo. Una técnica muy recurrida  es la de salir cuanto antes de las fichas más cargadas. A los que así proceden  se les llama “botagordas” y, por mucho que la suerte los acompañe, rara vez son buenos jugadores.

            Si bien el dominó es un juego que transcurre en silencio –se dice que lo inventó un mudo- ha generado muchísimas expresiones y numerosos vocablos. Al acto de mover  las fichas en el tablero para que cada jugador tome las que les corresponde, se le llama “dar agua” y, por extensión, se  da agua al dominó  cuando se impone buscar una solución perentoria.  Una pareja da “pollona” a la pareja contraria cuando no permite que gane ninguna de las datas de un partido, que, por general, son a cien tantos y a veces a 150. Un  jugador “tranca” el juego cuando pone en la mesa una ficha agotada ya para el resto  de los jugadores;  “se agacha” cuando injustificadamente se queda con fichas del contrario y no se las da para que él mismo  las “mate”, y “domina” cuando “se pega” con su última ficha. Cada una de ellas  tiene su nombre. La uña,  el duque,  la trina,  el cuarteto,  Quintín, el sexteto,  el septeto, ocho mil y más murieron en la guerra,  la novilla y  la blancura. También se llama Octavio al 8 y Blanquizal de Jaruco al blanco.  El doble seis es “la caja de muerto”, la ficha más pesada del juego, la que, dicen muchos, resulta más difícil de colocar.  Es habitual que el jugador que inicia el juego lo haga con un doble; si no, hizo una salida “capicúa”. Cuando corresponde jugar a uno de los participantes y no lleva ficha para hacerlo, toca ligeramente la mesa y dice “paso”.

            En Cuba lo juegan tanto los hombres como las mujeres, y el juego más generalizado es el de 55 fichas, aunque en la región oriental de la Isla gusta más el de 28. Se trata de un juego que enaltece el espíritu gregario. Permite estrechar lazos de amistad y conocer mejor a las personas. Pero no todos los partidos de dominó transcurren en un ámbito distendido. Mucho malestar causa que, al final de la data, uno de los jugadores se “vire” con el doble blanco. E incomoda al jugador que se le quede en la mano la ficha con la que pensó pegarse. La llamada Vieja del Doble Tres no soportó verse en una situación semejante y sufrió una trombosis cerebral  ante el mismo tablero. Para inmortalizar el momento, sus deudos hicieron reproducir la partida en cuestión  sobre el mármol de la  losa del panteón donde la enterraron en la necrópolis habanera de Colón.  Solo que allí la señora logra colocar su ficha  y el doble tres sirve de jardinera a su tumba. 

            Se atribuye a los chinos la invención de este juego. Pero lo cierto es que en 1922 se encontró un dominó en la tumba de Tutankamón, que reinó en Egipto hacia el año 1325 antes de nuestra era, y se dice también que los primeros restos arqueológicos que con ese pasatiempo se relacionan proceden de Caldea y tienen cuatro mil años de antigüedad. De cualquier manera el dominó pasó  a Europa en el siglo XVIII y fue a mediados de esa centuria cuando los españoles lo introdujeron en Cuba. Llegó para quedarse como la fabada asturiana, el vino tinto, el chorizo y el caldo gallego.