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Pasión y muerte de Yarini

Pasión y muerte de Yarini

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

¿Era un aristócrata o un héroe, un santo o un guerrero?  Para algunos, Alberto Manuel Francisco Yarini y Ponce de León era, antes que todo, un político, alguien  que hubiera llegado lejos en la cosa pública cubana… ministro, senador o, por qué no, presidente. Todas esas posibilidades se frustraron con su asesinato. Tenía entonces 28 años de edad y era el “gallo” de San Isidro, el rey de los chulos cubanos. Transcurridos  casi cien años de su muerte  nadie ha osado disputarle su bien ganada corona.

Hoy, a pedido de no pocos lectores, volvemos a traer a esta página al singular personaje. Nos valemos para ello del libro titulado San Isidro, 1910; Alberto Yarini y su época, escrito por  Dulcila Cañizares luego de una investigación que le llevó más de treinta años. De ese título, precisamos,  tomamos la información tal cual.   

            Alejo Carpentier recordaba a Yarini  como  un personaje mitológico, un ser fabuloso. Cuando paseaba a caballo por la calle Obispo, todos, hombres y mujeres, salían a la puerta de los establecimientos para verlo pasar. Para Miguel Barnet, sin embargo, y así lo dice en su Canción de Rachel, toda la fama de Yarini es mitad cierta y mitad invento porque Yarini no pasó de ser un chulo de barrio.

            Dulcila Cañizares, su más acuciosa biógrafa, lo describe como un hombre de cinco pies y seis pulgadas de estatura y 60 kilogramos de peso. Siempre perfumado y bien trajeado. Hablaba pausadamente y en voz baja.  Había estudiado en EE UU y dominaba el inglés a la perfección. Un hombre educado que tenía a su favor un ámbito familiar distinguido.  Sabía escuchar a los que lo superaban en edad y en jerarquía. Todo sonrisas y gestos refinados con las damas cuando se encontraba en el mundo social, político y familiar, pero en su imperio de chulos y prostitutas, matones y gente de mal vivir, era el guapo al que había que hablarle por lo bajo y rendirle pleitesías y respeto.

Era Yarini, sigue diciendo Dulcila Cañizares,  un hombre bastante metódico en su vida cotidiana. Se levantaba tarde y desayunaba invariablemente en su casa. Luego, sacaba a pasear a sus perros.   Hacía un recorrido habitual. Bajaba por Paula hasta Picota, doblaba a la derecha y caminaba hasta San Isidro para llegar a la fonda El Cuba. Allí se encontraba con su amigo Pepito Basterrechea y bebía un trago de ginebra, un mojito criollo o una copa de coñac. Después los dos amigos continuaban por San Isidro abajo hasta Compostela. En el bar de esa esquina bebía ron o cerveza y se limpiaba los zapatos. En su casa de la calle Paula vivían, en perfecta armonía, Elena Morales, una mulata en la flor de sus 22 años, Celia Martínez, una mestiza preciosa, y  La Petite Berthe, la francesa por la que lo mataron. Con el chulo en la cabecera, las tres se sentaban a su mesa en un orden que corría desde la izquierda. Sabían que la que ocupara la silla colocada a  la derecha de Yarini sería la elegida de la noche. 

A veces salía del barrio. Gustaba de los paseos en automóvil hasta la playa de Marianao o la Víbora. Lo normal era que tomara un auto de alquiler en el Parque Central para dirigirse al Palais Royal, un salón con barra y piano ubicado en la calle Marina, donde está ahora el edificio Carreño.  Frecuentaba asimismo el salón Manzanares, en Carlos III e Infanta,  sitio de bailes públicos,  o iba a bailar al Círculo de Artesanos de Santiago de las Vegas, o a La Verbena, en 41 y 30, en Marianao. Visitaba también el café Vista Alegre, en Belascoaín entre San Lázaro y Malecón, donde Sindo Garay compuso una canción para él. Se titula “Nada temas, la vida te sonríe”.  Degustaba refrescos de cebada en Egido y Gloria. Y gustaba de la ópera y el teatro.

            Había una guajirita que lo asediaba. Yarini se le  escondía  porque suponía que era virgen y él, decía, “no desgraciaba a ninguna mujer”. Jamás tuvo amores con sirvientas  ni costureras. Buscaba siempre entre las mujeres del gran mundo, con preferencia entre las esposas de los comerciantes y hombres acaudalados y les rayaba la pintura.

MONEDAS Y PALMADAS

El barrio de San Isidro era en la época la zona de tolerancia por excelencia de La Habana. Dentro de aquellos cuchitriles donde se comerciaba el sexo, apunta Dulcila Cañizares,  las preferidas casi siempre eran las francesas porque, mejor vestidas y perfumadas, menos vulgares y groseras, introdujeron modalidades desconocidas en la prostitución cubana. En lugar de la cohabitación habitual, practicaban el sexo oral, lo que les permitía abreviar el “trabajo”, y, con el tiempo mejor aprovechado, hacer mayor el número de clientes que atendían por noche. Las había italianas, austriacas, canadienses, belgas, suizas… pero para los cubanos todas eran francesas.

            Yarini controlaba a  una buena cantidad de prostitutas  que trabajaban para él en diversas accesorias. Tenía un burdel  de su propiedad, en Picota entre Luz y Acosta, y otro más, del que era copropietario y donde ejercían no menos de diez mujeres.

            Por las calles de San Isidro se regodeaba Yarini con aires de caballero intachable. Regalaba monedas a los chiquillos y sabía premiar con una palmada en el hombro a los que lo adulaban. Los souteneurs extranjeros eran sus enemigos y sabía que debía cuidarse de ellos. Pero Yarini andaba solo, sin guardaespaldas ni protección alguna. 

 

INSIDIAS E INTRIGAS

Louis Letot, uno de los chulos franceses de la zona,  trajo un día de Francia a la mujer más bella que se había visto jamás en San Isidro. Estaba orgulloso de la hermosura que aquella mujer a la que por su pequeña estatura llamaban La Petite Berthe, y la hizo su amante, aunque tenía una concubina principal, Jennie Fontaine,  que ejercía la prostitución en San Isidro 180 y compartía su casa de la calle Desamparados, 108 (números actuales).  Letot tenía 28 años, seis pies de estatura y 78 kilogramos. Pelo castaño. Cuidado bigote.

            Un día Berthe reparó en Yarini. Era más apuesto que Letot, más influyente, más respetado, más rico. Se sintió atraída. Yarini la aceptó.  Eso ocurrió cuando Letot se encontraba de nuevo fuera del país. Cuando regresó, el ambiente de San Isidro estaba caldeado. Los chulos extranjeros lucían agresivos y molestos; no podían admitir que la francesa se hubiera pasado al bando de los cubanos y fuera pertenencia de Yarini.

            Yarini fue al encuentro de Letot y le explicó lo que había sucedido. Letot aceptó los hechos y la cosa pareció terminar ahí. Pero los chulos foráneos, con insidias e intrigas, incitaban a Letot a tomar venganza.  Comenzaron una guerra sorda contra los chulos cubanos. El asunto se agravó cuando Yarini se personó en la casa de Letot y exigió que le entregase la ropa de Berthe, si no quería que lo matara a puñaladas. Letot se la entregó y no volvió a dirigirle la palabra.

A Letot siguieron dándole cuerda: debía acabar con Yarini.  Varios chulos franceses se ofrecieron para ayudarlo. En la  mañana del 21 de noviembre de 1910 se levantó con el presentimiento de que no tendría un buen día. Pero no podía dejar de enfrentar a Yarini porque sus amigos no perdonaban un paso en falso si de hombría se trataba.  Salió de su casa sobre las cinco de la tarde. Caminó por la calle Habana hasta el Club de los Franceses, en Velazco esquina a Desamparados,  y trazó el plan en compañía de algunos amigos. Se apostarían en la calle y en las azoteas de las casas de enfrente de la accesoria de Yarini donde ejercía Berthe. Se le enviaría recado a Yarini para que acudiera al lugar con cualquier pretexto,  y al salir de la accesoria sería acribillado a balazos. Ese sería el final de Yarini y de los chulos cubanos que, al faltarle el jefe, se batirían en retirada. Entre copa y copa Letot se fue envalentonando.Salió del Club, siguió bebiendo en el Café de Víctor, en Habana esquina a San Isidro,  y luego fue a comer a su casa. Se dirigió a la calle Compostela y dobló en dirección a San Isidro. Sus amigos, en cumplimiento de su promesa, estaban convenientemente apostados.

HACIA LA MUERTE

Mientras tanto, Yarini, sacado de su casa mediante un extraño recado,  doblaba por Picota hacia San Isidro y por la acera de la izquierda avanzaba hacia la accesoria situada entre Compostela y Habana. Al pasar Compostela se le unió Basterrechea. Llegaron a la accesoria donde ejercía Berthe, pero que esa noche ocupaba Elena Morales. Cuando Yarini y Basterrechea salían a la calle, Elena se les anticipó y advirtió  a Letot, revolver en mano, de pie, frente a la entrada principal de la casa. Al ver a Yarini, el francés comenzó a disparar y una lluvia de balas caía desde las azoteas de las casas de enfrente, donde se habían apostado no menos de ocho de los amigos de Letot. Yarini sacó su revólver,  pero no tuvo tiempo de defenderse. Detrás venía, revólver en mano, Basterrechea, que disparó sobre Letot y lo hirió mortalmente en el centro de la frente.

            Prosiguió el tiroteo. Basterrechea, al ver a Yarini herido y constatar que la Policía se acercaba, arrojó su arma y se dio a la fuga. Jennie Fontaine corrió hacia el cuerpo inerte de Letot y se abrazó a él. Recogió su revólver y lo desapareció para siempre. Yarini, todavía vivo, yacía en la acera. Una de sus concubinas lo abrazó llorando. La sangre, incontenible, manaba de su vientre.

            En un coche lo llevaron hasta la Estación de Policía de la calle Paula. De allí, en ambulancia, al antiguo Hospital de Emergencias.  Los franceses apostados en las azoteas huyeron por los tejados. Basterrechea fue detenido. Varios de los extranjeros implicados quedaron  detenidos después. Los amigos de Yarini juraron venganza.

EL ENTIERRO

A las 10:30 de la noche del 22 de noviembre fallecía Alberto Yarini. Entró en agonía sobre las diez  y la noticia corrió por la ciudad.  Al llegar los restos  a su casa, en Galiano 116 (actual),  había ya en la calle personas esperándolo. En torno al féretro, en la capilla mortuoria, montada por la funeraria Caballero, las guardias de honor se relevaban cada cinco minutos. Se calcula que unas diez mil personas desfilaron ante el cadáver para despedirlo.

            El dia 24, desde las ocho de la mañana, una multitud compacta esperaba la salida para el cementerio  y colmaba la calle Galiano, desde Lagunas a Virtudes, y la calle Ánimas, desde San Nicolás hasta Blanco. A las 9:15 partió el cortejo. Lo encabezaba una carroza imperial tirada por cuatro parejas de caballos, y dotada de cuatro palafreneros, el cochero y un postillón. Seguía el coche con las coronas y detrás la banda de música de la Casa de Beneficencia. El sarcófago era transportado en hombros de seis amigos, que se turnaban por tramos. Detrás, el público cubría más de tres cuadras largas. La gente se agolpó en las aceras para verlo pasar.  El cortejo salió por Galiano, buscó Reina y Carlos III y de ahí Zapata. Al llegar a Carlos III, en contra de la voluntad de los amigos más íntimos, se colocó el féretro dentro del coche fúnebre, mientas que la gente lo seguía a pie hasta el cementerio. Detrás avanzaban 200 coches vacíos, entre ellos el del Presidente de la República.  Ocho vigilantes de caballería, que se revelaban de acuerdo con las demarcaciones correspondientes, acompañaban el entierro para garantizar el orden. Los encabezaba el propio jefe de la Policía, brigadier Armando de la Riva, y sus más cercanos colaboradores.

            Se celebró el juicio. Basterrechea, el amigo de Yarini, fue absuelto porque Yarini tuvo tiempo de confesarse como el autor de la muerte del francés.  Quedaron también absueltos los chulos extranjeros que incitaron a Letot y fueron sus cómplices en el asesinato.

           

             

 

 

 

 

 

 

 

 

Café con leche

Café con leche

Ciro Bianchi Ross

 

Algún día habrá que hacer un estudio acerca del papel del café con leche en la vida cubana. O mejor, en la vida habanera. Lo cierto es que la sabrosa y reconfortante mezcla –más clara o más oscura- aparece en los momentos más cruciales e insospechados de nuestra historia.

            Existía la costumbre en La Habana de no encender el fogón el domingo por la noche. Se comía frío ese día.  Se recurría entonces a la frita, a la media noche, al perro caliente,  a la “galletita preparada” y al inexcusable   café con leche.  Cuando John Niewhof, de la West Indies, inventó esa bebida en Brasil, por lo que se erigió un monumento en Pernambuco, no pudo imaginar cómo y hasta qué punto se enraizaría  el café con leche en  nuestra capital, al extremo de que al reparar en ella los que venían del interior concluían que los habaneros éramos unos muertos de hambre. Cuba es un país de chicharrones y café con leche, dijo cierta vez  el avieso político Orestes Ferrara en irónica alusión a una realidad: el café con leche, las fritas, los tamales, los bollitos de carita, la majúa, los chicharrones de viento y de pellejo fueron platos recurridos en extremo en la gastronomía popular.  Verdaderos monumentos a la nutrición de quien no tenía nada mejor que llevarse a la boca.

            El café con leche emerge una y otra vez en la vida pública cubana.   

En la madrugada del 5 de septiembre de 1933, el profesor Ramón Grau San Martín, antes de salir de su casa en la calle 17 esquina a J, en el Vedado, invitó a café con leche a los estudiantes que fueron a buscarlo para acompañarlo al campamento militar de Columbia, donde sería designado miembro de la Junta Ejecutiva o Pentarquía que sustituyó al presidente Carlos Manuel de Céspedes. Y Batista, también en Columbia, en enero de 1934, interrumpió la reunión que sostenían allí civiles y militares que discutían el reemplazo de Grau por Carlos Mendieta para invitar a los presentes a degustar un café con leche en su casa.

            Eduardo Chibás cada vez que se batía en duelo –y se batió nueve veces- pasaba por la cafetería Kasalta, a la entrada del reparto Miramar, y pedía café con leche doble. El senador Félix Lancís, enterado de que se había llevado a cabo el golpe de Estado contra el presidente Prío, pidió a su esposa que le sirviera un café con leche antes de trasladarse al Palacio Presidencial. Batista, en la madrugada del 1 de enero de 1959, con los barbudos pisándole ya los talones, ingirió una taza de café con leche antes de trasladarse al aeropuerto militar… Fue lo último que hizo en Cuba.

En el transcurso de los años, el mejor sándwich fue  el del café OK, en Zanja y Belascoaín, en tanto que un emparedado como el Elena Ruz, que combina, y de qué manera, el pavo asado con la mermelada de fresa y el queso crema  era exclusivo de El Carmelo, el mejor grill-room capitalino de los 50. El restaurante El Faro, en Pepe Antonio y Máximo Gómez, en Guanabacoa, tenía fama de elaborar las mejores papas rellenas de La Habana. Y los tamales, con picante y sin picante,  que se vendían en el portal de la bodega La Guajira, en 24 esquina a 25, en el Vedado, no tenían paragón. Los mejores ostiones, los de Infanta y San Lázaro. Fritas, las de Sebastián Carro, en Zapata y Paseo.  Para sopa china, el Mercado Único… Revivía a un muerto.

En ningún otro establecimiento habanero se  discutió, en los años 40 y 50,  la primacía del café con leche del café Las Villas, en Galiano casi esquina a Lagunas.

Así lo aseguraba ese gran periodista que fue Enrique de la Osa, y lo precisa también José Pardo Llada en su libro Yo me acuerdo. Diccionario de nostalgias cubanas. Se le añadía por lo general al café con leche un pintica de sal. Si la sal se desparramaba, se hacía el exorcismo de echar sal por encima del hombro para alejar el mal agüero.

 

 

 

           

           

¡Se la comieron!

¡Se la comieron!

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

Hay frases y palabras que se usaban mucho cuando yo era niño y que no escucho desde hace largo tiempo.

            Cuando se decía, por ejemplo, “se armó la de Pancho Alday”, ya se sabía que la cosa había terminado en tragedia, gritos, fajazón.  Equivalía a “acabó como la fiesta del Guatao”, aunque nadie sabe con certeza qué pasó en dicha localidad. En un excelente reportaje, el periodista y narrador Gregorio Ortega trató de investigarlo hace muchos años y allegó en su pesquisa mil versiones sin que supiera al final cuál era la verdadera. Como tampoco se conoce con precisión qué pasó en un pueblo de la provincia de Matanzas que dio pie a la no menos famosa frase de “a correr liberales de Perico”, aunque leí en alguna parte que el autor de la recordada expresión fue el político Aquilino Lombart.

            Palabras que ya no se escuchan tampoco son “flus” –corrupción de “flux”- por traje, juego de pantalón y chaqueta, terno. Tampoco se escucha “abombada” por “tibia”, y “con kile” cayó también en el olvido como sinónimo de “mucho”: comió “con kile”, corrió “con kile”. Lo mismo pasó con “habitante” por “infeliz, menesteroso, desposeído, olvidado de la fortuna”.

            Cuando yo era niño oía decir “Fulano es un habitante”, y no encontraba el sentido del asunto porque pensaba que todos somos habitantes. Solo muchos años después, como quien dice ayer, hallé la explicación del vocablo. En Cuba, en el siglo XVII, había vecinos y habitantes. Los vecinos tenían entre sus derechos el de elegir a los alcaldes y a los regidores y de disfrutar de tierras para edificar, labrar y criar ganado. Los habitantes carecían de esos privilegios.

            “Encartonado” o “acartonado” son palabras también en desuso. Se decía de quien curado de una tuberculosis lucía débil y pálido de por vida.

            Hubo aquí “acartonados” famosos, como el actor Alberto Garrido, el popular negrito del vernáculo. Y Carlos Manuel Palma, político, abogado –El Abogado de las Mujeres- y director de la revista Show, dedicada a la farándula y en la que Palmita aparecía en todas y en cada una de sus páginas.

Palmita era un fotomaníaco. En su casa, cuidadosamente enmarcadas, autografiadas y colgadas en las paredes, había fotos de Palma con Perón, Frank Sinatra, Pérez Prado, Tongolele, Batista, Hemingway, Kid Gavilán… y hasta una foto de Palma solo con una foto de Palma al lado.

 Palma se pasó 50 años tosiendo y murió, ya muy viejo, de otra cosa: lo atropelló un ómnibus en la Infanta y Humbolt, justo en la esquina de su casa.

            Otro “encartonado” ilustre fue Carlos Márquez Sterling, presidente de la Asamblea Constituyente de 1940 y candidato presidencial en la farsa electoral del 3 de noviembre de 1958.

            De Márquez Sterling hay una anécdota sabrosa. Resulta que Batista quería que la Constitución del 40 se proclamara cuanto antes y no encontró forma mejor de apurarla que “tocar” con 25 mil pesos a los principales factores de la Asamblea. Pero dejó a Márquez Sterling fuera del juego y el tipo, que no tenía nada de bobo, empezó a frenar las sesiones y así lo hizo hasta recibir su tajada. Con el dinero, se fabricó la casa de la avenida Santa Catalina esquina a Luz Caballero, en la habanera barriada de Santos Suárez. Y la gente, con sorna, llamaba a esa residencia Villa Constituyente.

            Otra frase olvidada: “Cayó como warandol de a peso”. El warandol era una tela buena, ancha y barata, con mucha demanda entre los sectores más populares. De ahí que “Cayó como warandol de a peso” era sinónimo de algo bien recibido.

            Cierro este pequeño catauro con otra frase: “¡Se la comió!” “¡Se la comieron!” No está precisamente en desuso. Se sigue usando para expresar lo equivocado que está alguien con respecto a algo o para catalogar una colosal metedura de pata.

            Pues bien, la frase se originó  durante la revolución liberal de La Chambelona, de febrero de 1917.  EE UU le declararía la guerra a Alemania, lo que Cuba no demoraría en hacer, y varios senadores norteamericanos acusaron a los liberales cubanos de germanófilos y  estar pagados por los alemanes.  A lo que un cubano que sabía bien por dónde andaba la cosa, respondió: “¡Se la comieron!”.

            

 

 

 

 

El Cerro

El Cerro

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

¿Sabe usted por qué se dice que  el Cerro tiene la llave? En verdad,  la tan repetida frase no está respaldada por ninguna razón. Surge de una guaracha que con ese título compuso Fernando Noa en 1949 y musicalizó Arsenio Rodríguez, “El ciego maravilloso”.  Pero si se le da vueltas al asunto, la expresión puede ser cierta porque por el Cerro pasan las conductoras de los tres acueductos que han surtido de agua a La Habana a través de los siglos.

            Por el Cerro daremos un paseíto este domingo. Pero antes déjeme decir que lo que es hoy una populosa barriada apenas tenía tres calles en 1863. La calzada que lleva el nombre de la localidad y las calles de Buenos Aires y Tulipán, donde se erigía  la  residencia el conde de Peñalver, lugar de descanso, por largas temporadas, del obispo Espada. El historiador Jacobo de la Pezuela decía entonces que el Cerro no podía unirse con el cuerpo de La Habana porque “aún los separan grandes espacios despoblados”.

            Era, en esa fecha, el barrio empresarial y diplomático por excelencia. El Miramar de hoy, diríamos. Eliza McHatton-Ripley, una norteamericana que vivió en Cuba entre 1865 y 1875 y que publicaría un delicioso libro de memorias sobre su estancia en la Isla (From flag to flag; Nueva York, 1889) quiere, mientras hace las gestiones pertinentes para comprar un ingenio azucarero, instalarse en el Cerro, donde “las calles eran más anchas y las casas tenían espacio para respirar”. Busca una casa pequeña, pero en la barriada todas lo parecen desde la calle para extenderse luego, hacia el fondo, en un número indefinido, casi ilimitado, de aposentos. Encuentra al fin una que más o menos  le acomoda y apunta en su libro que la ubicación de la vivienda es su mayor atractivo. Eliza vive  directamente enfrente del cónsul inglés, a un tiro de piedra del cónsul alemán, al doblar del representante ruso, mientras que en las inmediaciones se asientan  comerciantes  y hombres de negocio, lo que es para ella un agradable  compañía.

            Ya en el siglo XX, la embajada de los Estados Unidos de Norteamérica estuvo emplazada durante largos años en la quinta  de Echarte, en Santa Catalina, 4, en esa barriada.

LEONES DE PIEDRA

Los orígenes del Cerro se sitúan en los albores del siglo XIX, cuando se estableció allí una hacienda que terminó dando nombre al lugar.

En 1807 se construyó  en la localidad una iglesia de madera. La edificación  se hizo inservible y en 1843 fue sustituida por otra de mampostería , dedicada a San Salvador, por haberla patrocinado don Salvador de Muro, marqués de Someruelos, entonces gobernador de la Isla.

Las primeras casas de la barriada fueron construidas por los habitantes más acaudalados  de la capital a un lado y al otro de la Calzada, que conectaba a la capital con Marianao y con la Vuelta Abajo.   Unos pasaban en ellas los meses de mayor calor;  otros, las habitaban durante todo el año, trasladándose a La Habana solo para sus ocupaciones y  negocios.

Las casas por lo general eran de una sola planta. Constituyeron una derivación de la casona criolla. Con pisos de mármol y altos puntales. Rodeadas de amplios jardines. Tenían un gran portal que la rodeaba por los costados. Se entraba a la sala espaciosa. Y a la sala seguía la saleta que daba directamente al gran patio central. Las habitaciones se hallaban a ambos lados del patio. Se comunicaban entre sí y todas se abrían a la galería que lo  rodeaba.

Al fondo estaban el comedor, la cocina y las habitaciones de la servidumbre que daban a su vez sobre otro patio más pequeño que el anterior. El cuarto de baño y los servicios sanitarios estaban también al fondo, aunque en algunas de estas casas había en el jardín un pequeño pabellón, de forma redonda u octagonal, con persianas,  y ocupada casi toda su área por una piscina que se utilizaba para los baños habituales.

De dos plantas, sin embargo, es la quinta de los condes de Santovenia, edificada en Calzada del Cerro y Patria,  entre 1832 y 1841; edificio verdaderamente señorial, de estilo neoclásico, italianizante. Un verdadero Trianón no solo por su estilo, sino por su exquisito refinamiento. Su fachada frontal mide 40 metros de largo, y su sala de recepciones tiene 16 metros de frente por seis de fondo. En esa casa se hospedó el archiduque Alejo, hijo de Alejandro II, zar de Rusia, y también dos príncipes de la Casa de Orleáns que luego sería reyes de Francia con los nombres de Luis Felipe y Carlos X.

Los condes de Santovenia, luego de vivir la casa durante años, la pusieron en venta y fue adquirida por los albaceas testamentarios de otra acaudalada señora, con objeto de instalar allí un asilo de ancianos. Ese asilo, atendido por Hermanas de la Caridad, se llama en verdad Susana Benítez, que era el nombre de la benefactora. Pero todos los habaneros lo conocen como Santovenia. 

Sucede lo mismo con la iglesia situada en Calzada del Cerro y Tulipán. Se le llama del Corazón de María por su gran escultura frontal que tiene dicho nombre en una cenefa cuando el verdadero es el de San Salvador del Mundo.

Entre otras muchas, muy valiosa en el Cerro es  la quinta del conde de Fernandina, que ocupa el número 1257 de la Calzada.  Más reducida, pero tan lujosa como la anterior. Menos solemne, pero más graciosa. La construyó, en 1819, el primer conde y su sucesor se empeñó en engrandecerla. El tercer conde contrajo matrimonio con la habanera Serafina Montalvo. Se fue a París el matrimonio y allí a Serafina le entró el loco y desmedido afán de competir, en joyas y vestidos, caballos y carruajes, nada menos que con la emperatriz Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III, sin más consecuencia que la de  llevar a la ruina a los Fernandina, que perdieron su fortuna y con ella el palacio del Cerro.

Otra residencia digna de mención es la de Leopoldo González Carvajal, dueño de vegas de tabaco en la más occidental de las provincias cubanas y de la marca Cabañas y Carvajal. Tenía don Leopoldo muchísimo dinero e intentaba codearse con lo más exclusivo de la sociedad. Pero la aristocracia lo rechazaba. Le llamaba, con desprecio, El tabaquero.

Fue Carvajal a España, facilitó no poco dinero al odiado rey Fernando VII y el monarca lo premió con un título nobiliario, marqués de Pinar del Río. Regresó Carvajal a La Habana. Pensó que la nobleza habanera lo aceptaría entonces, pero los nobles siguieron llamándolo por su apelativo de siempre.

La nobleza cubana solía colocar ante las fachadas de sus residencias dos leones de piedra que indicaban su condición. Carvajal mandó a hacérselos de mármol. Y, cuenta la leyenda,  que el conde de Fernandina, que era además Grande de España, ordenó retiraran sus leones de piedra a fin de que no sufrieran la afrenta de aquellos otros leones espurios.

UN ELEVADOR DE SOGA

El Cerro, aquella barriada aristocrática, tenía, sin embargo, un gran inconveniente. Por allí pasaba la Zanja Real, un foco contaminante. Casi todas las familias más ricas lo abandonaron y las fabulosas mansiones fueron ocupadas por instituciones benéficas, industrias, establecimientos comerciales o se convirtieron en casas de vecindad.

            La casa de los condes de Fernandina (actual sede de la Asamblea Municipal del Poder Popular) albergó a  la Asociación Cubana, clínica de cierto renombre en su tiempo. La casa del marqués de Pinar del Río pertenece al asilo Santovenia. La quinta de Leonor Herrera fue,  con el nombre de Covadonga, la casa de salud del Centro Asturiano. Y la finca de recreo del conde de O’Reilly, la de la Asociación de Dependientes del Comercio de La Habana, con lo que la casa de vivienda del predio se convirtió en el primer pabellón de esa instalación fundada el 11 de abril de 1880. Se trató entonces de  una inversión de $6 984,25. Disponía de un capital de 847 pesos y contaba con 677 socios. En 1955, el capital ascendía a $4 652 106.00; había ingresos por $2 865 262.00, egresos por $2 808 958.00 y contaba con 74 468 asociados.

            Por cierto, fue en Dependientes (hoy, hospital 10 de Octubre) donde, en  1907,  se realizó  por primera vez en Cuba y por segunda vez en América una sutura de corazón. El doctor Bernardo Moas, primer cirujano de la clínica,  se la practicó a un paciente que  sobrevivió 18 días tras la operación, lo que se consideró todo un éxito dado el estado de la medicina y los recursos de que disponía el centro. El proceder de Moas fue muy elogiado por los doctores Carlos J. Finlay y Joaquín Albarrán.

Fue también  en Dependientes donde funcionó, en 1958,  el primer servicio de parto sin dolor que existió en Cuba. Lo introdujo el Dr. José Ramón Fernández, ginecólogo y cirujano partero, luego de un viaje de estudios que lo llevó a EE UU y las principales capitales europeas.

Por el área de terreno donde se asentaba, Covadonga (hospital Salvador Allende) era el mayor centro de salud de Cuba, superado solo por el hospital Calixto García. Dependientes, sin embargo, aventaba a Covadonga por el número de sus pabellones (25) y, por tanto, su capacidad de ingreso.

No todos los centros hospitalarios  de la barriada eran de esas dimensiones. Los había pequeños. Como aquella clínica que recuerda Sonnia Moro en su libro Nostalgias de una habanera del Cerro, cuya lectura recomendamos.  La Bondad. Se ubicaba en el número 1263 de la Calzada y se le tenía como la decana de las casas de salud del país. Carecía de elevador convencional y se valían de un artefacto rudimentario para transportar a personas en estado grave, fracturados, operados y recién paridas desde el primer piso hasta el segundo y viceversa. Un cajón donde colocaban al enfermo y que era manipulado por un hombre gracias a una gruesa soga.

SIRIQUE

En el Cerro nació Gustavo Sánchez Galarraga, un poeta hoy olvidado y que algún día habrá que volver a leer a fin de constatar cuánta verdad y cuánta mentira se encierra en la valoración que de él hicieron  sus detractores. En la escuela pública número 37 estudió un niño llamado Rubén Martínez Villena. Regía en esa escuela un curioso sistema de educación cívica con una especie de república escolar. Rubén fue elegido presidente de esa república y hasta aquel colegio situado en Tulipán y La Rosa se fue el general Gerardo Machado, entonces secretario de Gobernación en el gabinete de José Miguel Gómez, a fin de entregar personalmente al niño un diploma de reconocimiento. Fue la primera de las dos veces en que se vieron cara a cara y conversaron aquellos dos seres que terminarían siendo enemigos irreconciliables.

            En el Cerro nació el pintor Portocarrero y vivió Alfredo González Suazo, que heredó de su padre, famoso árbitro de béisbol, el sobrenombre de Sirique. Era propietario de un taller de tornería, en Santa Rosa entre Cruz del Padre e Infanta,  y allí, todos los domingos, a partir de la una de la tarde, congregó durante años a los más famosos trovadores cubanos. Fue la  Peña de Sirique, a la que se dedicaron no pocos reportajes y artículos e incluso un documental cinematográfico, de José Massip.  

             

 

 

 

 

 

Coppelia

Coppelia

Ciro Bianchi Ross

Caricatura Laz

 

La heladería Coppelia cumplió, el pasado 4 de junio, 42 años de construida. Lo curioso es que este establecimiento monumental, enclavado en lo que sigue siendo el corazón de La Habana moderna, no se ha inaugurado nunca de manera oficial. Un día abrió sus áreas al público y la gente entró para saborear los 26 sabores de helados que ofertaba entonces y que, con el tiempo, llegaron a ser 54. Fue en esa época el centro de encuentro y reunión por excelencia, y en buena medida lo sigue siendo. Los jóvenes de entonces, antes de ir a cualquier lugar, iban primero a Coppelia, o terminaban la noche en sus predios. A la oferta de los helados se unía la de sueros y batidos, y los precios eran escandalosamente bajos, más si comparan con la calidad del producto, sencillamente insuperable. Un helado Coppelia es un helado Coppelia, y punto.

            El triunfo de la Revolución no solo propició  a las grandes masas el acceso a la educación y la salud. Les abrió también las puertas del consumo y la recreación. Empezó a comer  el que no comía y clubes y centros de esparcimiento que fueron exclusivos de la burguesía se llenaron de trabajadores y estudiantes. El Instituto Nacional de la Industria Turística (INIT) impulsaba un plan de excursiones nacionales, con una campaña publicitaria sin precedentes que giraba en torno al lema “A viajar por mi Cuba que me lleva el INIT” y que podían  pagarse hasta  doce meses después de la fecha de su disfrute. Los congresos más trascendentes  se celebraban entonces en el Hotel Habana Libre, y el Pabellón Cuba pasó a ser sede de grandes exposiciones, en tanto que en las aceras de La Rampa se empotraban losas de granito que reproducían obras de importantes pintores cubanos para convertirlas en una galería de arte su generis.

            Era la época en que Miriam Acevedo cantaba poemas de Virgilio Piñera en El Gato Tuerto, y en La Roca,  Martha Strada arrebataba con su estilo. Bola de Nieve complacía a sus admiradores en una sala pequeña, casi íntima del Museo Napoleónico y hacía que el público abarrotara el Auditórium Amadeo Roldán para escucharlo en  sus recitales de medianoche, y el cantante José Tejedor tenía tres programas diarios en la radio cubana. Aquel año de 1966, cuando se inauguró Coppelia,  fue también el de la primera feria del libro, que tuvo lugar en el Pabellón Cuba y sus alrededores. El año en que se reimplantó la venta liberada  de los huevos,  se inició, con carácter experimental, el plan de la Escuela al Campo y se creó el Centro Nacional de Permutas. Un año en que EE UU no pudo impedir la presencia de Cuba en los X Juegos Centroamericanos y del Caribe, que se celebraban en Puerto Rico. También un año de agresiones, sabotajes, infiltraciones enemigas, planes de atentado contra las más altas figuras de la dirección del país. Soldados norteamericanos, desde la base naval en Guantánamo, asesinaban a Luis Ramírez, combatiente del Batallón de la Frontera, y el Gobierno Revolucionario se veía obligado a decretar el estado de alerta ante una cínica declaración injerencista de Washington. Dos ciclones azotaron la Isla; el Alma, en junio, e Inés, en octubre. Se creó el Consejo Nacional de la Defensa Civil en  aquel año que concluyó con una cena gigante en la Plaza de la Revolución en saludo a la victoria de enero.

            Se extendía la cocina italiana en la preferencia del cubano;  había croquetas que se pegaban al velo del paladar y les llamaban mira cielo o croquetas de ave… de averigua de qué estaban hechas. Aparecía tímidamente la guachipupa en sustitución del Son, el único refresco (de cola) que se expendía embotellado en la capital. Se comía espléndidamente en restaurantes como 1830 y Centro Vasco,  y  el espectacular sándwich cubano campeaba por sus respetos en El Carmelo de Calzada, en la Casa Potín y en La Alborada, del Hotel Nacional. Un sándwich y una cerveza por dos pesos de la época. Entonces en los restaurantes se ofertaba un solo plato fuerte por comensal y para repetir el sándwich y la cerveza en aquellas cafeterías se imponía hacer la cola de nuevo. ¡Y qué colas! Porque el ciudadano común de todas las procedencias y colores  podía entrar a esos lugares y sentarse a una mesa, y tenía dinero para hacerlo.

EL VIEJO HOSPITAL

Solo en una Habana así podía concebirse una heladería con mil capacidades como Coppelia. Hasta ese momento los establecimientos de ese tipo estaban dispersos por la ciudad, y muy célebre seguía siendo la heladería Ward,  emplazada en la avenida de Santa Catalina, cerca de la Ciudad Deportiva, luego de haber estado situada en la calle 23.  Las fábricas de helados vendían por lo general  sus productos en la vía pública. Para ello, El Gallito se valía de coches tirados por caballos, alumbrados por una lámpara de carburo, en tanto que marcas como Hatuey, Guarina y San Bernardo, con un mejor posesionamiento del mercado, utilizaban camiones refrigerados,  que se situaban en lugares céntricos,  o carritos de mano, que el heladero empujaba mientras que, para anunciarse,  hacía sonar su campanilla.   

            Yo no recuerdo qué hubo en la esquina de 23 y N antes de que allí se construyera, en 1963 y en solo 70 días, el Pabellón Cuba. Me inclino a pensar que se trataba de un terreno yermo que los arquitectos Juan Campos y Enrique Fuentes aprovecharon para emplazar esa edificación abierta a la brisa y a la perspectiva; un alarde de arquitectura aérea donde las suaves pendientes avanzan hacia la vegetación y el agua cristalina. Acogería entre otros eventos, la Primera Muestra de la Cultura Cubana, en 1967, y, en esa misma fecha, el importante Salón de Mayo, que trajo a Cuba desde París lo que en el mundo se hacía en el campo de las artes plásticas.

            En la manzana comprendida entre las calles 23 y 21, L y K, donde se construyó la heladería Coppelia, estuvo el hospital Reina Mercedes. Se llamó así por la esposa del rey  Alfonso XII, de España, bisabuelo del actual rey Juan Carlos. Mercedes murió poco después del matrimonio. Su muerte dio pie, en el Madrid de aquellos días, a un poemita que llega hasta hoy. “¿Dónde vas Alfonso XII? / ¿Dónde vas, triste de ti? / Voy en busca de Mercedes, / que ayer tarde la perdí”. Pese al dolor de la pérdida, Alfonso volvió a casarse. El hospital pasó a ser entonces Nuestra Señora de las Mercedes, pero los habaneros terminaron llamándolo Mercedes a secas. Funcionó hasta 1954. Sus terrenos, que en 1886 costaron 7 000 pesos, se vendieron entonces en casi 300 000. Una compañía constructora  se empeñó en edificar  allí un hotel  de 500 habitaciones. El triunfo de la Revolución tronchó el proyecto, y en el espacio del demolido hospital Mercedes se construyó un centro turístico con lagos y montañas artificiales, escenario flotante, bar, cafetería y restaurante para 500 comensales. Por razones que desconoce este escribidor,  ese centro turístico no progresó y dio paso a un cabaret que llevó el nombre de Nocturnal. Llegó así el año de 1966. Se dice que de un congreso celebrado en el hotel Habana Libre surgió la iniciativa de convertir la zona recreativa  en cuestión en un espacio más silencioso y familiar. Y fue así que alguien precisó la idea de la heladería. Cuando el arquitecto Mario Girona se enteró de que se le había confiado la ejecución del proyecto, se sintió anonadado. Se quería una cosa familiar, pero aquella heladería de mil capacidades, pensó, sería un establecimiento demasiado grande.

LA RAMPA

Ya para entonces La Rampa era La Rampa. Llamada así por su acentuada inclinación, se edificó en un abrir y cerrar de ojos desde que en 1947 se inaugurara el teatro Warner (actual cine Yara) y al año siguiente el edificio Radio Centro. No tardó en construirse el edificio Ambar Motors (actual Ministerio del Comercio Exterior) destinado a oficinas y sede de los  distribuidores en Cuba de los automóviles Cadillac, Oldsmobile y Chevrolet y donde se instalaron además los estudios del Canal 12 de TV, y una escuela de dealers para casinos de juego…

 Fueron esos inmuebles, situados en los dos extremos de la Rampa y en aceras opuestas,  los que impulsaron el desarrollo de la zona. A partir de ellos y en menos de diez años se construyeron allí tal cantidad de edificios para viviendas, comercios, oficinas, agencias de publicidad  y lugares de esparcimiento que resulta imposible, por razones de espacio, detallarlos. Se dice que una de las formas de medir la actividad comercial de una zona es por el número de agencias bancarias establecidas en ella. No menos de ocho oficinas centrales y sucursales de bancos se asentaron en La Rampa, y otras tres, que no alcanzaron espacio, lo hicieron en calles aledañas. La Rampa fue también el milagro del comercio habanero. Porque la gente se había acostumbrado a salir de compras por calles sustancialmente planas y cuyos portales la protegían del sol y de la lluvia. Nada de eso había en La Rampa y aun así se impuso.

LA OBRA

Pronto pasó la confusión del arquitecto Mario Girona ante la obra que se le confiaba. Comprendió que era cosa de los tiempos nuevos y había que asumirla. Influido posiblemente por su exitoso proyecto anterior, el centro turístico Guamá, en la Ciénaga de Zapata, le bastó una semana para concebir el croquis de la heladería.

            Como la obra seguía pareciéndole demasiado grande, capaz de aplastar al cliente, procuró que quien degustara un helado allí encontrara cierta intimidad a escala humana. Para conseguirlo diseñó cinco áreas pequeñas, una cancha amplia, pero dividida en tres secciones y un piso alto también seccionado. Incluyó asimismo en sus planos  una frondosa vegetación natural que, lejos de importunar al cliente, se integraba en alguna medida con las áreas exteriores.

            Columnas de hormigón armado, fundidas en el lugar, se emplearon en el edificio central. Se utilizaron en su construcción  vigas prefabricadas a pie de obra y un techo circular, cuyo domo de 40 metros de luz libre está rematado por un lucernario de cristales de colores. Las vigas vuelan sobre las terrazas y se apoyan en muros que ofician como contrafuertes. Es de doce metros el diámetro de cada piso de los salones superiores.

            “La presión de la edificación fue muy grande”, recordaba el arquitecto Mario Girona. Por el sistema prefabricado se buscó  la repetición de elementos estructurales como vigas y elementos de cubierta. A lo largo de seis meses se trabajó las 24 horas de cada día…  Finalmente se concluyó, en tiempo,  la obra ciclópea. Y por esas cosas de la vida ni siquiera tuvo ceremonia de inauguración. Un buen dí a se abrió, justo en junio de 1966, se empezó a vender y  la gente curiosa entró  a saborear helados.

EL ALMANAQUE

Los años han pasado. El periodo especial  golpeó a Coppelia de manera sensible. No oferta ya la gama de sabores que tuvo en un tiempo ni el helado Coppelia es siempre Coppelia. En estos días de verano, niños y adultos hacen con júbilo largas filas bajo un sol de justicia para acceder a alguna de sus áreas. Otros esperan a que llegue el invierno, aunque sea nuestro invierno fementido, para acudir a la entrañable heladería que tanto recuerdos desenreda a los que tuvimos la dicha de visitarla cuando acababa de estrenarse. Solo que ahora acudimos a la caída de la tarde, y no en la noche, como antes. Señal que esos 42 años que cumplió ahora Coppelia también empiezan a pesar de alguna manera  en nuestra alma. Es decir, en nuestro almanaque.

 

 

A Joe Louis le quitaron los pantalones en La Habana

A Joe Louis le quitaron los pantalones en La Habana

Ciro Bianchi Ross 

Caricatura Laz

 

 

Quizás sorprenda saber que en Cuba, hasta 1921, el boxeo fue un deporte prohibido. Nunca se argumentaron razones sólidas o de peso para que así fuera. Se trataba de una disposición tan simplista como aquella otra con la que se pretendió suspender el fútbol. Se decía que en los futbolistas salían al terreno en calzoncillos.

Pero que el boxeo estuviese prohibido, no quiere decir que no se practicara. Incluso, los resultados de las peleas aparecían como si nada en los periódicos. Se imponía pedir un permiso especial para organizar un encuentro boxístico, o celebrarlo de manera clandestina. Muchas peleas se llevaron a cabo en el patio y en la azotea del American Club (actual Federación de Sociedades Asturianas) en Prado y Virtudes, y en  el periódico Cuba, en la calle Empedrado. También en algunas residencias particulares.

Con la creación de la Comisión Nacional de Boxeo, en 1921,  cesaron  las prohibiciones de ese deporte. La Comisión, sin embargo, tuvo durante años una existencia tan  precaria, con divisiones internas y una directiva extremadamente cambiante, que la práctica misma del boxeo llegó a verse amenazada hasta que resurgió en 1936 con la celebración de un campeonato amateur y de otro que llevó el nombre de Guantes del Oro.

El 10 de abril de 1944 se inauguró el Palacio de Convenciones y Deportes, de Paseo y Mar. Antes hubo otro Palacio de los Deportes en el espacio que luego ocupó la Confederación de Trabajadores de Cuba. Se hizo una colecta entre los obreros para adquirirlo. Se pensó remodelarlo para adaptarlo a sus nuevos fines, pero por el mal estado del edificio no fue posible reformarlo  y hubo que construir uno nuevo.

El coliseo de Paseo y Mar, emplazado donde hoy se halla la Fuente de la Juventud, fue demolido a mediados de los años 50 a fin de posibilitar la continuación del Malecón,  que en esa etapa se extendió hasta el final del Vedado.

CAMPEONES

Dos campeones mundiales en boxeo tuvo la Isla antes de 1959. Kid Chocolate y Kid Gavilán. Y otros dos que merecieron serlo y no lo fueron: Kid Charol y Kid Tunero, dice Elio Menéndez, maestro de la crónica deportiva. Chocolate, que solía repetir “El boxeo soy yo”, fue el genio hecho boxeador y logró dos coronas mundiales. Gavilán tuvo menos técnica y menos dominio del ring que Chocolate, pero  pegada y  resistencia mayores.

.           En lugar de establecerse en EE UU, Kid Charol viajó a Sudamérica. En Buenos Aires lo acogieron con los brazos abiertos y llegó a ser un ídolo nacional en la Argentina. Allí vivió intensamente la vida, alternando el entrenamiento y el ring con las pistas de baile y el cabaret. De esa manera transcurrieron sus mejores años. De su calibre como boxeador da idea este incidente: Una noche lo sacaron del hospital, donde trataban de curarlo de una grave enfermedad, y lo pusieron sobre un cuadrilátero para que se enfrentara al consagrado boxeador norteamericano Dave Shade, que lo aventajaba en muchas libras. Charol, con heroicidad, logró un veredicto de tablas. Se llamaba Esteban Gallard.

Kid Tunero se llamaba Evelio Mustelier, y era natural de Las Tunas. Hizo toda su carrera en Europa, donde se enfrentó y venció, entre otros,  a cuatro  figuras que llegaron a coronarse campeones mundiales.

Dice Elio Menéndez:

“Tunero apenas había efectuado una docena de peleas en Cuba –todas semiprofesionales- cuando en 1929 partió a la conquista de Europa. Trabajo le costó abrirse paso en el Viejo Mundo, donde llegó a convertirse en un auténtico ídolo, especialmente para los aficionados de Francia, país donde fundó un hogar y vivió por mucho tiempo.

“Solicitado por promotores de todas partes, la invasión alemana a Francia durante la II Guerra Mundial lo sorprendió peleando en Sudamérica, lejos de la esposa y de los dos hijos varones que había dejado en la Costa Azul francesa. Comenzó entonces para Evelio Mustelier un calvario de largos años sin noticias familiares, suplicio que finalizó cuando el fascismo cayó derrotado.

“Imposibilitado de regresar a Europa mientras duró la ocupación nazi, Tunero alargó su gira por América y fue entonces cuando debutó como profesional en su patria. Y si trabajo le costó imponerse allá, otro tanto le costó aquí, donde su estilo clásico europeo no gustó desde el primer momento. Para convencer –no bastaba con vencer- tuvo que derrotar a los mimados de la casa… y a cuanto cacareado fenómeno le trajeron de afuera”.

Se retiró definitivamente en 1950.

En el Palacio de los Deportes, de Paseo y Mar, se enfrentó Tunero a Hansking Barrows. Al sonar el último gong, los jueces, con el beneplácito de los aficionados,  dieron por vencedor al cubano. Para todos había sido una pelea más. Pero no para Tunero, que empezó a padecer de mareos, fuertes dolores de cabeza y un malestar indescriptible. No consultó con nadie, pero tomó la decisión de retirarse del ring. Él no sería como otros muchos boxeadores que conocía muy bien y  que andaban a tropezones, con el hablar balbuceante y una sonrisa estúpida congelada en el rostro.

En 1991, Teófilo Stevenson fue invitado a Barcelona para que viese las obras que se construían con vistas a las Olimpiadas de 1992. Allí sus admiradores lo agasajaron con un gran almuerzo. Stevenson quiso que su comprovinciano Tunero, que vivía en Barcelona,  estuviese presente. Se prodigaron atenciones y se expresaron una admiración recíproca.

JOHNSON-WILLARD

Aunque debió haber muchas peleas de boxeo vendidas, de todas las que se celebraron en Cuba la pelea amañada por antonomasia fue la de Jack Johnson y Jess Willard. Tuvo lugar en 1915, en el hipódromo Oriental Park, de La Habana. Fue una pala mayúscula.

            Sus promotores pensaban celebrarla en México, pero allí, con la Revolución andando y Pancho Villa dando jan, no estaba la magdalena para tafetanes. Quisieron entonces que tuviese lugar en El Paso, Texas, pero Johnson se negó porque la justicia norteamericana le llevaba una cuenta y temía que lo detuvieran. No quedó otra alternativa que pactarla para La Habana.

            Johnson tenía vendida la pelea por 30 000 dólares, que recibiría a la hora del pesaje, y  ya en las pesas se enteró de que habían cambiado la bola y que  el dinero le sería entregado a su esposa una vez que se iniciara el combate. La pelea duró mucho porque solo en el round 26 entró la señora en posesión de la magua e hizo al marido la señal convenida. Johnson entonces, “fulminado” por un derechazo de Willard,  cayó bocarriba en  la lona. Y el sol era tan fuerte que se tapó la cara con las manos.

            Nada debe extrañarnos hoy que una pelea de boxeo se prolongara tanto. Igual pasaba en la pelota. En el viejo estadio de la Tropical hubo un tope entre Habana y Almendares que se extendió por 23 entradas. El escritor José Lezama Lima, que entonces era un fanático del béisbol y que en su adolescencia fue un buen field de la novena de Prado y Trocadero, y que presenció aquel juego de nunca acabar, me decía que el público se quedó dormido en los asientos y que hasta los peloteros echaron su pestañazo  en el dugout.

A CABALLO

Ya que aludimos al Oriental Park, vale recordar que se dice, aunque no se ha probado, que el deporte hípico, en Cuba, se inició en la ciudad matancera de Colón. Corrían los tiempos de la Colonia y el ejército español mantenía una escuela de aplicación en dicha localidad. Los oficiales allí destacados, quizás para matar el aburrimiento, trazaron una pista y empezaron las competencias. Poco después se despertaba en Camagüey extraordinario interés por las carreras de caballos. Un camino recto sirvió de pista y se construyeron unos cuantos palcos que eran ocupados por militares españoles, sus familiares y algunos cubanos invitados. Fue entonces que, por primera vez, se efectuaron apuestas entre los espectadores. Apostadores como tales, en realidad, no había, pero la gente se lanzaba de un palco a otro bolsitas que contenían, en onzas de oro, la cantidad estipulada en cada postura.

            El espléndido hipódromo Oriental Park, en Marianao, que fue en su tiempo orgullo de Cuba y América, se inauguró el 14 de enero de 1915. No fue la primera instalación de su tipo que hubo en La Habana. Hubo otro que se construyó, ya en la República, en lo que sería después el reparto La Sierra y su límite con el reparto Almendares. Se le denominó Hipódromo Almendares y auspiciaba competencias de galope y de trote, eliminadas después  estas últimas del ambiente hípico cubano. No duró mucho tiempo.  Los premios,  bajos en extremo, los caballos, escasos y de mala calidad y la pobre presentación del espectáculo llevaron a la ruina al Hipódromo Almendares.

JOE LOUIS EN LA HABANA

1949. 4 de marzo. Gran Stadium del Cerro. Está en Cuba Joe Louis, el Bombardero de Detroit, la Esfinge Negra, el hombre que en 25 oportunidades defendió su título de campeón mundial de los pesos completos, récord no igualado hasta ahora. Había sido el monarca del orbe desde el 25 de junio de 1937 hasta el 1 de marzo del 49, en que lo renunció invicto.

A partir de entonces para poder seguir viviendo y compensar de alguna manera su mal invertido dinero, decidió  el campeón ofrecer una serie de peleas de exhibición, como la que esa noche del 4 de marzo sostendría en La Habana con el cubano Omelio Agramonte como plato especial de un programa que tendría su pelea estelar en la que celebrarían el bien ranqueado Lulu Constantino y el titular cubano de los plumas Miguel Acevedo.

El día 4 a las doce meridiano se procedió al pesaje de los boxeadores y por la báscula, instalada en el dugout de tercera, desfilaron, bien ligeros de ropa, todos los boxeadores, y entre ellos, por supuesto, el mismo Joe Louis.

La llegada de Louis era esperada por la prensa. A su arribo, decenas de cámaras fotográficas funcionaron al mismo tiempo y las agendas se abrieron en espera de las declaraciones del campeón, que no dijo media palabra. Un  camarógrafo esperaba  a que Louis se pesara y vistiera para hacer su reportaje.

Pero sucedió algo inaudito. Joe Louis salió de la pesa y no encontró su ropa cuando fue a vestirse. Un admirador se la había robado.

(Fuentes: Textos de Elio Menéndez, “Peter” y Mario de la Hoya)

 

 

 

 

 

 

 

Fabelo: Entre el espanto y la ternura

Fabelo: Entre el espanto y la ternura

Ciro Bianchi Ross

 

Roberto Fabelo vive y pinta entre el espanto y la ternura. Son las señales que le envía la vida desde rincones sombríos y luminosos. En las paredes de uno de los baños de la casa de  su amigo el cantautor Pablo Milanés ha dibujado en secreto muchos ángeles y demonios. Reconoce tener una relación clarísima con Goya, en especial con sus pinturas negras, y también con la cubana Antonia Eiriz que legó en su arte y en su labor docente una visión muy cuestionadora de la vida. Se le pregunta con frecuencia si esos seres extraños y deformes que salen de sus manos lo dejan dormir tranquilo. Consigue un sueño plácido, en efecto, porque dibujar  es para él una forma de drenar y no es precisamente de los sueños de donde emergen sus personajes, sino de  una realidad que metamorfosea, modifica, interpreta, entrecruza con experiencias y vivencias. Si dibuja a un gordo no es para burlarse de su gordura. El gordo de su dibujo es una metáfora que le permite aludir a los excesos. Su crítica es siempre metafórica, de ironías sutiles. Es un mirón. Observa a su alrededor y dibuja siempre. Y en busca de las verdades del hombre  plasma en su obra una visión respetuosa, pero también divertida, de todo y de todos, de nuestra idiosincrasia, del desbordamiento y exageración de nuestras vidas, nuestras ilusiones, nuestras fantasías. No siempre logra Fabelo explicarse todo lo que dibuja y por qué lo hace. Por eso, mientras más pinta y  dibuja, menos habla.

            José Roberto Fabelo Pérez nació en Guáimaro, localidad de la provincia de Camagüey, en la porción oriental de la Isla, el 28 de enero de 1950. Ve la fecha de su natalicio como una feliz coincidencia. Un día como ese (de 1853)  nació José Martí, Apóstol de la Independencia de Cuba, y eso lo vinculó de manera muy particular a lo martiano, sin contar que sus padres le inculcaron la decencia, el respeto y la solidaridad por los demás. “Todo eso influyó en mi formación”, reconoce y recuerda que desde niño le gustó pintar. Dibujaba en todas partes, las paredes, los pizarrones, las aceras y la gente se reunía para ver lo que hacía. Al mismo tiempo transformaba en animalitos cuanto material caía en sus manos, la arcilla, la cera de los panales de miel, la madera. Asevera: “De ahí nace mi interés por modelar”.

            Afirma que nunca ha dejado de ser niño. Cree que esa condición, que insiste en proteger y mantener incólume, se palpa en su obra “juguetona” gracias a elementos muy obvios y a veces subyacentes, o en las ideas y recurrencias. 

Ya en La Habana,  Fabelo  realizó estudios de Pintura en la Escuela Nacional de Arte y en 1981 se graduó en el Instituto Superior de Arte. Hoy su obra forma parte de los fondos de importantes museos nacionales y extranjeros y su pintura ha sido muy bien cotizada en subastas internacionales, como la de Sotherby’s. Aun así tiene la sensación de que todavía está empezando.

            Se define como un hombre cauteloso que a veces se arriesga demasiado y pone toda la energía posible en sus ataques de audacia. Pinta o dibuja sobre cualquier superficie y es capaz de transformar en obra de arte el objeto más inverosímil. Los 58 años vividos le parecen solo un instante en el que sin embargo pasaron millones de cosas, buenas y malas, como la muerte de su padre y de  uno de sus hijos. Tiene otros dos y una mujer a la que define como “una energía de mil soles”.  La familia le permite volcarse en su trabajo artístico y compensa pérdidas o carencias ya irremediables. Ha cambiado 25 veces de casa y su plato preferido es la crema de calabaza que elabora según una receta personal. Gusta de los boleros y se le ha visto cantándolos a dúo con el español Joaquín Sabina por la Quinta Avenida de La Habana.

           

           

           

           

Fritas

Fritas

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

Entre todas las comidas rápidas, la frita tuvo preeminencia en La Habana antes de 1959. Más que los bollitos de carita y las majúas de los puestos de chinos, los perros calientes, entonces llamados hot dog, los chicharrones de viento y de pellejo, los emparedados y los tamales, la humildísima frita fue la reina de la gastronomía popular. Ocupaba un primer sitial que solo le disputaba el café con leche. Una de aquellas bolitas de carne bien condimentada, colocada entre dos tapas de pan untadas con mostaza y catsup y con la provisión correspondiente de malanga o boniato frito y cortado a la juliana, satisfacía el apetito y daba energía para lo que vendría después, más si se acompañaba de un refresco o un guarapo o se reforzaba con  una copita de ostiones. Fue el mejor de los inventos para matar el hambre. Un sostén  de pobres que terminó imponiéndose entre otras capas de la sociedad, así como en su momento  el tasajo y el bacalao, comida de esclavos, invadieron y terminaron por adueñarse de la mesa de los amos.

            Se dice que es la versión nacional de la hamburguesa norteamericana, lo que no parece cierto pues la frita se había  extendido antes que esa modalidad de carne picada venida de fuera arraigara entre nosotros. Fernando Ortiz incluyó el vocablo en su Nuevo Catauro de Cubanismos, y ya en 1926 Jorge Mañach dedicaba a la frita una de sus estampas de San Cristóbal. Estaba en consonancia con el gusto del cubano por lo frito, una de las constantes del paladar criollo. Las vidrieras donde se expendía, hechas de madera (o aluminio)  y cristal y con un fogón de gas o luz brillante, daban imagen peculiar a La Habana y le aportaban uno de sus olores característicos, el olor de las frituras, que rivalizaba con el del  aroma dulzón del coñac en las bodegas y el del perfume barato de la tardes.

INSTITUCIONES INCONMOVIBLES

El puesto de fritas era una de las instituciones inconmovibles del barrio, como lo fueron la bodega, el café y el puesto de chinos y, en otro orden, la quincalla. El bodeguero (también el quincallero) sabía muy bien cómo satisfacer a su clientela sin necesidad de recurrir a estudios de mercado. Los chinos eran famosos por sus helados de frutas y  su gama de alimentos ligeros cuyo origen todavía se desconoce pues no eran chinos ni cubanos ni tampoco parecían proceder de San Francisco de California, por donde pasaba  toda la comida china que se conocía en Cuba. Con lo que ellos expendían la gente no se alimentaba, pero se llenaba. Y todo por unos pocos centavos. De ahí que, tanto a los puestos de fritas como a los de chinos, se les llamara “casas de socorro”. La cosa, sin embargo, se ponía mala cuando no se ganaba ni para la frita, palabra que aquí, como vulgarismo, identificaba a la comida.

            El lunchero era otra cosa; tenía su categoría. Era casi un artista que, con gracia,  movía sus cuchillos en el aire para coger el ritmo y colocar sobre una tapa de  pan el pedazo de pierna de cerdo, las lonjas de queso, el jamón planchado, el pepinillo encurtido… antes de enviar el emparedado en la plancha, de donde salía tostado y crujiente. Los batidos tenían su magia. El cliente apuraba los primeros sorbos pues sabía que en el recipiente de la batidora quedaba siempre un residuo con el que el dependiente del café volvería a rebosarle el vaso.

            Existía en La Habana la costumbre de no encender el fogón los domingos por la noche.  Se comía frío ese día: una media noche o una frita, unas galletas  y el inexcusable café con leche. Cuando John Niewhof, de la West Indies, inventó esa mezcla en Brasil, por lo que se erigió un monumento en Pernambuco, no pudo imaginar cómo y hasta qué punto se enraizaría  en nuestra capital, al extremo que al reparar en ella los que venían del interior concluían que los habaneros eran unos muertos de hambre.

Se dice que el mejor café con leche de La Habana era el del café Las Villas, en Galiano y Laguna. El mejor sándwich, el del café OK, en Zanja y Belascoaín, en tanto que un emparedado como el Elena Ruz, que combina, y de qué manera, el pavo asado con la mermelada de fresa, era exclusivo de El Carmelo, el mejor grill-room capitalino de los 50. Los mejores ostiones, los de Infanta y San Lázaro. Mariscos, los del Puerto de Sagua, en la calle Egido.  Para sopa china, el Mercado Único… Revivía a un muerto.

            ¿Y las fritas? ¿Dónde se comían las fritas más deliciosas de La Habana?

LA FRITA SE ARISTOCRATIZA

Propietarios ilustres  de vidrieras de fritas, hubo varios en La Habana. Fidel Castro tuvo la suya, me dicen, en las inmediaciones del cine Infanta. Frente al restaurante Kasalta, a la entrada de Miramar,  la tuvo el periodista Carlos Lechuga. El entonces joven dirigente ortodoxo Max Lesnik llegó a tener seis, una de ellas en la estratégica esquina de 23 y 12, en el Vedado. Pero su aventura capitalista terminó abruptamente. Un día lo detuvo la policía batistiana, pasó la noche en el vivac del Castillo del Príncipe y al quedar en libertad sus  puestos ya no existían. La policía había dado cuenta de ellos.

            No hay dudas de  que el gran fritero  fue Sebastián Carro Seijido. Aristocratizó la frita. Empleó solo los mejores productos.  Enseñó a sus empleados a trabajar con limpieza y, sobre todo, les exigió que, en su trato con los clientes,  dieran muestras de una cortesía exquisita, y se empeñó en ganarse a la clientela femenina porque era esta la que arrastraba a los niños y a toda la familia. Tanto prosperó Sebastián Carro que a fines de los años 50 se daba el lujo de anunciarse en el exclusivo Libro de Oro de la Sociedad Habanera.

            ¿Quién fue Sebastián? Hoy, muchos años después de su fallecimiento, nos resultó fácil seguirle los pasos gracias a la colaboración de Juan Pablo Fernández Bravo, hombre de memoria prodigiosa pese a sus 82 años y a quien todos, en el reparto Santa Amalia, conocen por Panchito. Trabajó hasta su jubilación como capitán de los restaurantes del Hotel Riviera, pero antes, y luego de ejercer como dependiente en el café Hijas de Galicia, cercano a clínica de ese nombre, y en el restaurante El Escorial, casa de comidas españolas de Marina y San Lázaro, fue socio industrial de Sebastián, es decir, alguien que se incorpora a un negocio y comparte sus ganancias, pero que no aporta capital; solo su trabajo.

TRAS LAS HUELLAS

La inmigración gallega fue grande en Cuba durante las primeras décadas del siglo XX. Las mujeres, que a menudo no sabían leer ni escribir, se colocaban como sirvientas, en tanto que los hombres trabajaban en lo que se les presentaba.  Sebastián Carro fue uno de aquellos tantos gallegos  que buscó y encontró una vida mejor en la Isla. Fue carbonero, pero cuando el gas comenzó a imponerse como combustible doméstico en la barriada se percató de  que debía incursionar en  otro giro. Puso entonces un puesto de fritas en los bajos de su casa, en Zapata y A, pero de allí lo sacó el decreto del presidente Grau que prohibía la venta en los portales. El propietario del Paseo Club, restaurante-bar de Paseo y Zapata, le dio la mano al cederle, con vista a la calle Zapata, un pequeño espacio en su establecimiento. Ya sus fritas tenían fama y la afluencia de clientes fue haciéndose cada vez mayor. Sebastián, pese a que  contaba con la ayuda de su esposa y de dos empleados, apenas daba a basto. Abrió entonces la cafetería El Bulevar, en 23 entre Dos y Cuatro, y llevó a Panchito de socio. Progresó más el negocio e inauguró otra cafetería en la calle Paseo, frente al antiguo Palacio de los Deportes, que entonces se llamó Sebastián y es la actual La Cocinita. Cuando triunfó la Revolución, sus planes eran los de expandirse hacia la zona de  Ayestarán.

            El Estado, en negociaciones con el propietario con posterioridad a 1959,  adquirió El Bulevar, y Panchito se mantuvo como encargado hasta 1965, cuando pasó al Hotel Riviera. Néstor, uno de los hijos de Sebastián,  quedó al frente del negocio de Zapata y Paseo, pero lo convirtió en una fonda. Otro de sus hijos, Iván, terminó entregando voluntariamente La Cocinita a Gastronomía. Sebastián Carro Seijido falleció en La Habana, presumiblemente en los años 70. 

 

SECRETOS

Hay varios modos de elaborar la frita. Nitza Villapol recomendaba el empleo del huevo batido en su composición. En las de Max Lesnik, al igual que en las de Sebastián, se excluía el huevo. Max empleaba migas de pan mojadas en leche para dar consistencia a la masa, que en su fórmula era de una proporción de tres partes de carne de res y una, de cerdo. Sebastián aglutinaba con harina su conjunto, que se elaboraba con carne de res de primera y masa de cerdo limpia en iguales cantidades. En todos los casos resultaba importante el empleo del pimentón español, que daba a la frita sabor característico. En las fritas,   Sebastián utilizaba pan de acemita, y para los panes con bistec que también ofertaba empleaba el pan de flauta hecho con   manteca de cerdo que expendía la panadería La Francesa, en Águila entre Reina y Dragones. Eran bistecs de cañada que pasaban por una maquinita que los porcionaba sin partirlos para facilidad del cliente.

            Porque Sebastián no solo ofertó la cubanísima frita en sus establecimientos. También el bistec y  la costilla de cerdo. La empanada de bonito. El pan con tortilla, que se preparaba solo con huevos criollos. El perro caliente. Y los batidos, elaborados invariablemente con la leche de la vaquería Las Níveas, propiedad de Carlos Lechuga.  En el hot dog y en la frita estaba el  fuerte de Sebastián. De ahí que el lema de su negocio fuera “Fritas deliciosas. Exquisitos hot dog”.

            Algo importante precisa Panchito. En aquellos establecimientos nunca se utilizó el pan de un día para otro; era siempre fresco. Hace nuestro interlocutor otra precisión significativa. Sebastián sustituía la papa por boniato. Se cortaba a la juliana, se pasaba por una máquina que le daba consistencia de fideos y se freían. Se colocaban después, junto con la frita, entre las dos tapas de pan. En las fritas de Max Lesnik no se utilizaba la papa y tampoco el boniato, sino la malanga.

FRITAS DE MARIANAO

Muy célebres fueron  las llamadas fritas de Marianao, hilera de timbiriches que se alineaban delante de los cabarets de tercera y cuarta categoría abiertos en la Quinta Avenida, frente al parque de diversiones. Aunque terminaron dándole nombre al lugar, las fritas son lo menos memorable del asunto; sí aquellos centros nocturnos modestísimos que tanto contribuyeron al desarrollo y la difusión de la música cubana, en particular el son y la rumba.  Lugares que,  por su atmósfera de delirio, deslumbraron en su momento a García Lorca, Agustín Lara, Errol Flynn, Cab Calloway, Gary Cooper, María Félix. Marlon Brando…

            Hoy la frita ha desaparecido del panorama capitalino. Se la tragó la hamburguesa. Pugna, sin embargo, por reaparecer. De hecho, resurgió ya en la cafetería del Puerto de Sagua, en la calle Egido. Ojalá cobre vida de nuevo. Por sabrosa. Por nutritiva. Por cubana.