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El mulo muerto

El mulo muerto

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz 

 

En la madrugada del 17 de mayo de 1946 el ruido de una balacera atronadora sembró la alarma en la familia militar. La noche anterior, a las 23 horas, tocaron llamada general en el campamento de Columbia, sin que la tropa llegara a conocer los motivos. Tres horas más tarde, luego de la explosión de varias granadas, se generalizó el  tiroteo que provocó que el campamento, donde se hallaba  la sede del Estado Mayor General,  se pusiera de inmediato en zafarrancho de combate. Pero ahí acabó la cosa. Sobrevino una quietud absoluta,  solo turbada por los numerosos vehículos que arribaban a la instalación. En efecto, tan pronto se supo la noticia,  no demoraron en hacerse presentes en Columbia  altos oficiales, ministros  y parlamentarios, entre ellos, el senador Eduardo Chibás que llegó acompañado por el titular interino de Gobernación y del periodista Enrique de la Osa, que se encargaría de reportar el hecho.

GENOVEVO EN CAMISETA

-¡Hemos frustrado el movimiento¡ ¡Tomamos todos los caminos! –vociferaba, en camiseta,  el mayor general Genovevo Pérez Dámera, jefe del Ejército, mientras repartía copas de coñac  Felipe II y tabacos Montecristi número 1 entre los visitantes, generales  y ayudantes de guardia que lo rodeaban. Lucía sudoroso y jadeante, descompuesto, como si aún se hallara bajo la impresión del terrible combate. Hablaba como si hubiera acabado de librar la batalla de las Ardennas, recordaría De la Osa. No se reportaban sin embargo muertos, heridos ni prisioneros y, desde las ventanas del Estado Mayor, solo se veían en el polígono del campamento un pequeño tanque de guerra y los vehículos de los recién llegados.

            ¿Qué había sucedido?  De la Osa confesó que sintió menos temor en el campamento que en el auto conducido por Chibás, que era un pésimo y temerario chofer. El ministro de Agricultura, Germán Álvarez Fuentes, “El hombre de la Ipecacuana”, tan pronto se enteró de que algo ocurría en Columbia, telefoneó a un colega y juntos acudieron a las oficinas del Ministerio de Defensa, donde suponían que su titular estuviese recibiendo los partes de guerra. Pero el comandante Menéndez Villoch dormía a esa hora  a piernas sueltas en su casa de La Víbora. El canciller Alberto Inocente Álvarez tuvo que recurrir a la prensa para enterarse lo que estaba pasando. El presidente Grau, en el teatro Auditorium,  fue abordado en la noche siguiente por varios  periodistas que le reprocharon su silencio. La culpa no era suya, aseguró el mandatario, sino de los reporteros que nada le preguntaron. De haberlo hecho, les habría dicho lo mismo que declaró, por teléfono, al diario norteamericano The New York Sum.

            Grau dio su versión. Llegaron noticias de que un “líder revolucionario” arribaría por el aeropuerto militar y se pusieron guardias especiales en Columbia. El avión no llegó, pero sí un automóvil que se acercó a los muros del campamento y desde el que se lanzaron varias granadas. El vehículo en cuestión escapó a toda velocidad y fue infructuoso  el intento de darle alcance. El primer ministro Carlos Prío, en sus declaraciones al mismo periódico, fue más parco que su jefe y mentor. Aseveró: “El movimiento ha sido sofocado. Tomamos precauciones especiales y todo ha terminado”.

            Mientras que el general Pérez Dámera hablaba de “conspiración abortada” y Chibás calificaba los hechos como un “conato frustrado de rebelión”, Enrique de la Osa titulaba su reportaje para la sección En Cuba de la revista Bohemia como “El ‘show’ de Columbia”. Para muchos no había sido más que un ardid de Genovevo para ganar méritos, y para otros, una estratagema del gobierno “para cerrar filas, levantar su popularidad y desviar la atención de la opinión pública sobre los problemas del país”.

DE NUEVO LA FATALIDAD

El caso es que el cubano de a pie empezó a aludir al suceso con un tono entre dramático y humorístico. Porque así como en la conspiración de José Eleuterio Pedraza, de marzo de 1945, a la que nos referimos la semana anterior,  se atravesó el  inofensivo cepillo de dientes que se ocupó al ex coronel, lo que sirvió para dar nombre a la conjura y, de paso,  restarle seriedad, la fatalidad volvía a cebarse en el  alto mando castrense.

            Escribía Enrique de la Osa: “En la balacera de la noche del frustrado golpe había perecido un miembro humilde la impedimenta del Ejército, un mulo, agujereado por las balas de una ametralladora. Y ello sirvió para bautizar el brote sedicioso con el nombre de La Batalla del Mulo Muerto y la nueva conspiración cayó también en el descrédito…”

            La cosa, sin embargo, no es tan simple. No faltan hoy  especialistas y conocedores  que  aseguren que la conspiración de El Mulo Muerto fue más grave que la que protagonizó Pedraza. Porque a diferencia de esta, que involucró solo a civiles y militares retirados, la otra incluyó mayormente a militares en activo, aunque a la postre solo un humilde cabo resultara apresado.  Se ha dicho, por una parte, que la sedición comenzó en un regimiento cuando se comunicó a sus jefes la orden de traslado para la base militar de San Antonio de los Baños. Y también  que el comandante Mario Salabarría, de la Policía Nacional, no fue ajeno a esa conjura fraguada a la sombra del profesor Pablo Carrera Jústiz, que ocuparía la primera magistratura de la nación en caso de triunfar el movimiento. Este sujeto sería  uno de los “tanques pensantes” del golpe de Estado del 10 de marzo y ministro de Comunicaciones de Batista en su gabinete de 1952.

            Preguntado por la prensa, en su exilio neoyorquino, el presidente Batista se negó a comentar los sucesos. Dijo a los periodistas: “No conozco el origen de los acontecimientos. Nada puedo informar”.

            Pero el general Manuel Benítez, en Miami, aseguró a la prensa que “el abortado levantamiento militar es solamente el preludio de una “gran revolución”.

            Es precisamente con ese personaje siniestro con quien se asocia el otro conato de golpe de Estado que, el 24 de octubre de 1946, debió sufrir el gobierno del doctor Ramón Grau San Martín. La llamada conspiración de La capa negra.

BENÍTEZ, MUCHACHO LISTO

El golpe de Estado del 4 de septiembre de 1933, protagonizado por cabos y sargentos, privó de sus mandos a la oficialidad del Ejército, que terminó concentrándose en el Hotel Nacional de Cuba en torno a su caudillo natural, el coronel Julio Sanguily, convaleciente entonces de una delicada intervención quirúrgica.

            Muy pocos fueron los oficiales que entonces permanecieron en la filas, dispuestos a apoyar y a reconocer la autoridad de aquel oscuro sargento llamado Batista que encabezó la asonada militar y los despojaba de sus fueros.  Uno de ellos fue el primer teniente Francisco Tabernilla. El otro, el capitán Manuel Benítez.

            Tabernilla acompañó a Batista hasta su final en Cuba, el 31 de diciembre de 1958. A él debió sus estrellas de general de brigada y el mando del regimiento 7 destacado en la Cabaña. Cuando Grau lo sacó del servicio activo, en 1944, acompañó a Batista en su exilio y volvió a la vida de aforado con el 10 de marzo. El dictador lo premió con los grados de mayor general y con la jefatura del Estado Mayor, lo que despertó el descontento de oficiales jóvenes y verdaderamente comprometidos con el movimiento golpista. Batista no solo lo mantuvo en el cargo, sino que en virtud de la Ley Orgánica del Ejército de 1957 lo hizo jefe del creado entonces Estado Mayor Conjunto y lo ascendió sucesivamente a teniente general y a general en jefe. Tantas estrellas –cinco lucía “el viejo Pancho”, dispuestas en forma de rombo, en las charreteras y en las solapas de su guerrera- no lograron impedir el triunfo del Ejército Rebelde. Huyeron hacia el exterior en la misma madrugada. Batista hacia Santo Domingo. Tabernilla y su clan rumbo a EE UU.

            A Benítez le apodaban “El Bonito” desde sus días como actor secundario en Hollywood. Ascendió al generalato en 1942, al reinstaurarse  dicho grado en el Ejército cubano. Acumulaba méritos suficientes  para ello. No había tenido escrúpulos, en 1933,  en recomendar a Batista que bombardeara el Hotel Nacional a fin de desalojar de allí a sus antiguos compañeros, y existen sobrados motivos para suponer que fue él, en 1934,  quien ametralló al teniente coronel Mario Alfonso Hernández, jefe del regimiento Rius Rivera, de Pinar del Río, que se atrevió a exigirle a Batista que cumpliera con el compromiso de  la jefatura rotativa del Ejército, uno de los acuerdos de los sargentos golpistas del 4 de septiembre. En una madrugada tocaron a la puerta de Mario Alfonso. Preguntó este quien lo procuraba. Reconoció la voz de Benítez y, confiado, le dio acceso. Lo ultimaron delante de su esposa.

            A partir de 1941 Benítez desempeñó la jefatura de la Policía Nacional. Mucho se ha especulado acerca de su complicidad con la quinta columna nazi en Cuba. Al menos fue incapaz de neutralizar la red que conformaban más de 400 hombres, algunos de ellos figuras muy notables del deporte y la radio,  que todos los fines de semana robaba grandes cantidades de combustible de los depósitos de la Shell, en La Habana,  y las transportaba, en camiones de una lechería,  a Camagüey donde submarinos alemanes permanecían camuflados en la cayería norte.   Resulta, desde luego, bastante ingenuo inculpar a un solo hombre, que, por importante que fuera, no debió ser más que una de las piezas de un gran engranaje. En las altas esferas del gobierno batistiano de la época no eran pocos los que simpatizaban con Hitler y su política. Sin ir muy lejos: el canciller José Manuel Cortina tuvo que renunciar a su cargo luego de que en una interpelación parlamentaria se le acusara de antidemócrata y de negociar con los pasaportes de los emigrados judíos.

            Batista tendría que quitarse de encima al general Benítez cuando, en junio del 44, amenazó con hacerse del control de las Fuerzas Armadas y convertirse en el hombre fuerte de la nación. Entonces se fue a EE UU. Poco después   se le acusó de la malversación de medio millón de pesos en la Policía Nacional y de haberse apropiado de otros 100 000 destinados a la construcción de la carretera Pinar del Río-La Palma. Se le formularon además cargos por tráfico de drogas y asesinato. La exportación ilegal de máquinas traganíqueles en sus tiempos de jerarca policial le reportaba no menos de 7 000 pesos a la semana, y el control del juego ilícito, desde los garitos hasta las vidrieras de apuntaciones, unos 3 000 pesos diarios. Aun así, su afán desorbitado de dinero lo llevó a vender en su provecho 500 camas de la Policía, a 20 pesos cada una. De eso también se le acusó. Pero no pasó nada.

            ¿Cuál fue su papel en la conspiración de La capa negra? Lo veremos oportunamente.

            (Fuentes: Textos de Enrique de la Osa y Eduardo Vázquez García)

           

           

           

           

           

             

           

           

           

           

             

La conspiración del cepillo de dientes

La conspiración del cepillo de dientes

Ciro Bianchi Ross

Caricatura Laz 

 

Tres conspiraciones que no desechaban el magnicidio  enfrentó el presidente Ramón Grau San Martín durante sus tres primeros años de gobierno. La prensa, en su momento, puso en duda su existencia,  las ridiculizó, las tiró a choteo y a eso se debe en gran parte el nombre despectivo con que se les conoce: El cepillo de dientes, El mulo muerto y La capa negra.  Pero no hay duda de que esas conspiraciones existieron. Los batistianos, desalojados del poder por la aplastante victoria electoral  que llevó a Grau a la presidencia el 10 de octubre de 1944, ansiaban la vuelta al pasado. Y trataban de allanar el camino. Muchos de los civiles y militares  que  se vieron involucrados en esos complots  (Tabernilla, Pilar García, Ernesto de la Fe, Ramón Vasconcelos,  Carrera Jústiz…) ocuparían cargos prominentes con el retorno de Batista al poder, en 1952. Para el propio  Batista, entonces en el exilio, esas conspiraciones eran “la demostración de la descomposición, la ausencia de orden y la falta de autoridad responsable prevalecientes en Cuba”. Esto es, los mismos argumentos con los que pretendió justificar el golpe de Estado del 10 de marzo.  En una de esas conjuras llegó a planearse el asesinato de una figura prominente de la oposición a fin de  propiciar  un clima de conmoción nacional. Así lo hicieron en 1952 cuando Ernesto de la Fe consiguió convencer a elementos de la Unión Insurreccional Revolucionaria (UIR)  de que atentaran contra la vida de Alejo Cossío del Pino, ex ministro de Gobernación y propietario entonces de Radio Cadena Habana, muerto a balazos en el café Strand de la calzada de Belascoaín. De la Fe, ya ministro de Información del gobierno batistiano, llegó a visitar a los asesinos de Cossío  en el Castillo del Príncipe y Batista no tardó en indultarlos.

PEDRAZA CON TRES ESTRELLAS

En la mañana del 16 de marzo de 1945 ingresaban en La Cabaña, en calidad de detenidos,  el ex coronel José  Eleuterio Pedraza, varios ex oficiales del Ejército y de la Policía Nacional y algunos civiles acusados de conspirar para el derrocamiento del gobierno.

              Pedraza había sido uno de los sargentos del golpe de Estado del 4 de septiembre de 1933 y se convirtió en el hombre más odiado de la capital cuando asumió la jefatura de la Policía y, en virtud de la ley marcial vigente, mandó a dormir a los habaneros a las nueve de la noche, mientras instauraba la práctica de conducir a los detenidos a parajes oscuros y solitarios y hacerles  ingerir, a punta de pistola, un litro del purgante conocido como palmacristi o, en su defecto, un litro de aceite de aeroplano.  Luego sustituyó a Batista en la jefatura del Ejército, pero fue destituido, en 1941,  cuando intentó darle un golpe de Estado. Entonces le dedicaron una guaracha que decía en una de sus partes: “Pedraza, con tres estrellas / no pudo ser general…”

               Con el propósito de llevar adelante su asonada golpista contra Grau,  Pedraza había llegado de México, por el cabo de San Antonio, dos semanas antes y envió emisarios a La Habana a fin de que contactaran con altos oficiales de las Fuerzas Armadas.

               La noticia de su presencia  en Cuba se supo a través del general Abelardo  Gómez Gómez  a quien el ex comandante José Manuel Fajardo comunicó que Fredesvindo Bosque, negociante de máquinas traganíqueles buscado en EE UU, quería verlo porque tenía para él un recado del ex coronel. Gómez expresó extrañeza por el interés de Pedraza en su persona, pero dijo que si Bosque quería verlo, estaba dispuesto a recibirlo. Fajardo dijo que no, que fuera a visitarlo porque tenía escondido al conspirador. Entonces Gómez llevó al ex comandante  a presencia del mayor  general  Genovevo Pérez, jefe del Estado Mayor,  y el sujeto, angustiado por su situación, terminó reconociendo que él no era más que un mensajero.

               Inmediatamente, Genovevo se puso en contacto con el subsecretario de Defensa, Luis A.  Collado, y acompañado por este, Gómez Gómez, Fajardo y 30 números, se dirigió a  la casa de Bosque. La residencia fue rodeada aparatosamente y registrada. Genovevo llevó a Bosque a terrenos colindantes y, pistola en mano, amenazó con matarlo si no confesaba el escondite del jefe conspirador. Bosque no habló.

               Eso ocurrió el día 12 de marzo. Grau, enterado ya de la situación, salió a un viaje previsto a Isla de Pinos, pero aseguró que adelantaría su regreso. Pedraza contactó con el coronel Ruperto Cabrera y lo invitó a sumarse al complot. Cabrera se lo comunicó al jefe del Estado Mayor y este a Grau. El Presidente tomó juramento de lealtad a Cabrera y lo autorizó a entrevistarse con Pedraza.

               Lo hicieron  y Pedraza, luego de explicarle en detalles sus propósitos, le dijo, en presencia del teniente Epifanio Hernández Gil, que acompañaba a Cabrera, que Genovevo sería asesinado y los complotados se apoderarían de los mandos en la Ciudad Militar de Columbia. Añadió que de allí saldría un emisario que, con el pretexto de informar a Grau acerca la situación, asesinaría al mandatario. Le notificó que  Belisario Hernández, otro de los artífices de la práctica del palmacristi y ex ayudante de Batista,  ocuparía la jefatura de  la Aviación, y  Pilar García  la de la  Policía Nacional. El propio Cabrera, aseveró,  sería tal vez el elegido para dar muerte al Presidente de la República.

¡CABALLEROS, AQUÍ ESTÁ EL GUAPO!

Las autoridades ignoraban la fecha exacta del golpe  y temían ser sorprendidas. Por eso decidieron adelantarse y arrestar al principal protagonista y a sus más cercanos colaboradores. Esa actuación anticipada impidió conocer el plan en su verdadera magnitud y la identidad de todos los militares  y civiles involucrados. Un aparatoso dispositivo se orquestó para la captura de Pedraza en la finca Santa Rosalía,  en San Antonio de las Vegas,  mientras que en La Habana se detenía a otros presuntos implicados.

               Fueron detenidos junto al ex coronel, su ayudante, el soldado Julio Rodríguez (alias El Mulato) el colono de la finca, Hilario Pedregal y sus dos hijos y un motorista de apellido Rodríguez. Mientras tanto, en La Habana, el coronel Carreño Fiallo, jefe de la Policía Nacional,  en compañía de los comandantes Meoqui Lezama y Mario Salabarría, con 30 perseguidoras,  efectuaba la detención de numerosos ex oficiales del Ejército, y un servicio semejante realizaba el cuerpo de la Policía Secreta.

               Tropas al mando del general Abelardo Gómez rodearon la finca Santa Rosalía el jueves 15 de marzo, a las 11:30 de la noche. Pedraza y El Mulato se ocultaron bajo un montón de pencas secas. El sargento Mena, de la escolta del coronel Carreño Fiallo, notó que las hojas secas se movían y apuntó hacia ellas con una ametralladora. Con asombro vio levantarse al ex coronel con una pistola en la mano, que dejó caer al suelo. Un soldado que presenció la escena y la docilidad de Pedraza, advirtió a sus compañeros. Dijo: “¡Caballeros, aquí está el guapo!”. 

               El día 16, tras la detención de Pedraza, se llevó a cabo en la Plaza del Pueblo, frente al Palacio Presidencial, una gigantesca manifestación de apoyo al Gobierno. Grau apareció en la terraza norte rodeado de sus principales colaboradores civiles y el alto mando militar. Dijo: “Aquí están los jefes de un Ejército plenamente identificado con el Gobierno. Los otros están en la Cabaña”.

               Ese mismo día el Presidente declaró a la prensa que no se trataba de un complot de fecha reciente, sino un movimiento organizado desde antes de su toma de posesión. Añadió que el Gobierno había actuado con serenidad y no suspendió las garantías ni declaró el estado de guerra. Anunció que el detonante de la conspiración había sido la campaña de prensa  desatada por varios periodistas para incitar a la revuelta y violentar las instituciones. Así, aludía en primer término al periodista y senador liberal  Ramón Vasconcelos que se había destacado por sus ataques mordaces al Gobierno. Preguntado sobre la posible participación de Batista en los hechos, Grau respondió que no tenía noticia alguna de ello, pero que tampoco la tenía en contrario. Batista, desde San Francisco, California, desmintió cualquier implicación.

HABLA CHIBÁS

Chibás, en charla radial de 1 de abril, dejó entrever que los tres puntales de la conspiración eran Batista, Vasconcelos y Pedraza, quienes urdieron el cuartelazo durante un encuentro que tuvieron en México. En esa ocasión Batista fue partidario de esperar a que se creara la atmósfera propicia para el golpe, pero Pedraza, considerando que el momento había llegado, partió para Cuba en una goleta. A Vasconcelos, dijo Chibás, lo comprometen dos notas encontradas en la cartera del ex coronel.

               El juicio de Pedraza  y  sus  cómplices concluyó el 13 de abril de 1945. Se les condenó a un año de prisión. ¿Se había cerrado el capítulo?

               El 25 de noviembre de 1945, Bohemia dio a conocer que el día 18 de ese mes había sido la fecha prevista para acometer un golpe de Estado. La acción principal consistía en eliminar a Grau cuando acudiera   a presenciar el desfile militar por el aniversario del natalicio de Máximo Gómez que tendría lugar en la Cabaña, donde el mandatario inauguraría un parque y una glorieta. Se abriría fuego contra el Presidente desde uno o dos tanques y al mismo tiempo se atacarían los cuarteles del Regimiento 7, donde oficiales comprometidos asumirían el mando. Se ocuparían el Palacio Presidencial y otros edificios públicos, y el poder quedaría en manos de Pedraza, quien desde la prisión, según Bohemia, habría ultimado todos los detalles e incluso había mandado a confeccionar el uniforme, con grados de General, que vestiría en la ocasión. Bohemia añadía que no todos los oficiales comprometidos con Pedraza fueron arrestados en marzo, y que las ventajosas consideraciones que el ex coronel disfrutaba en la prisión –celda espaciosa, refrigerador, radio, muebles cómodos, dieta variada, salidas a la calle- habían permitido que se restablecieran los contactos y prosiguiera la conspiración. Decía Bohemia que el Gobierno tuvo conocimiento del plan y suspendió el desfile con el pretexto de la visita a Cuba del Presidente de Chile.  El desfile se trasladó para el 25 y Grau estuvo en la Cabaña. Visitó a los presos y conversó con Pedraza.  El día 27  el general Genovevo Pérez  desmintió ese supuesto golpe. Pero Bohemia insistió en su veracidad. Nada ha podido comprobarse en un sentido ni en otro.

               El de Pedraza fue el primer intento de derrocamiento que reconoció  el Gobierno de Grau. Las contradicciones, la escasez de pruebas por parte del Gobierno  y los puntos que quedaron sin esclarecer en  las investigaciones provocaron desconfianza y recelo en la opinión pública e hicieron que algunas publicaciones  lo tiraran a broma. A lo que contribuyeron los sarcasmos de Vasconcelos, la llamada Pluma de Oro del periodismo cubano,  que fue quien le dio  nombre a la conspiración  porque un inocuo  cepillo de dientes fue de las pocas cosas que se incautaron al ex coronel José Eleuterio Pedraza.

                Faltaban aún la batalla de El mulo muerto y la conspiración de  La capa negra y también un intento de bombardear  el Palacio Presidencial y asesinar al Presidente. Así lo veremos el próximo domingo.

               (Con documentación de Enrique de la Osa y Humberto Vázquez García)

              

 

 

A punta de espuela

A punta de espuela

Ciro Bianchi Ross

Caricatura Laz

 

El campeonato correspondiente a 1946-47 del béisbol profesional cubano estuvo caliente. Hubo hasta muertos y,  por lo menos,  un suicidio. Y no pocos incidentes que debieron dirimirse ante los tribunales.  Aunque,  como siempre,  eran cuatro los clubes que se disputaban el título, solo dos de ellos, el Habana y el Almendares, mantuvieron a lo largo de la serie una enconada rivalidad y alzaron con ello el interés del torneo.  Todos daban por vencedor al Habana, conducido por Miguel Ángel González, y todavía unos días antes de que finalizara la contienda ni el más acérrimo almendarista soñaba con que su novena ganara la competencia. Sucedió, sin embargo, lo impensable. El equipo del alacrán, que dirigía Adolfo Luque, picó y lo hizo de tal manera que desinfló al león rojo del Habana y el conjunto de Mike González, que lucía como la mejor máquina beisbolera de la contienda, cayó destrozado ante el empuje de sus contrarios.

            Como sucede por lo general en esos casos, el triunfo se le atribuyó a un solo hombre, el pitcher Max Lanier enviado al Almendares en cambalache por el catcher Bassett pocas semanas antes de que finalizara la lid.   Cierto es que Lanier humilló a los bateadores rojos cuando,  en la recta final del campeonato, estaban sumidos en un slump terrible y ya sin esperanzas de reaccionar. Pero, y eso fue lo decisivo, el Almendares, que nada tenía que perder y mucho que ganar, jugó, ante el asombro de propios y extraños, una pelota cohesionada. Por otra parte, saltaba a la vista que el Habana carecía de un lanzador de cabecera capaz de consolidar su triunfo. Mike González había confiado más en su habilidad como manager que en la realidad y se arriesgó porque en sus planes no parecía factible la derrota.

            Lanier, que jugaba con el club Marianao, llegó al Almendares  por pura casualidad. Se enfrentaban el Marianao y el Habana cuando un jugador habanista, al deslizarse violentamente en el home, lesionó al catcher del equipo rival, que quedó inutilizado para lo que restaba de temporada. Tuvo el Marianao que recurrir a receptores novatos que rara vez salían airosos al contar, como contaba esa novena, con lanzadores tan difíciles y variados como Lanier, Calvert y Sandalio Consuegra. Fue entonces que se planteó el cambio de Bassett, segundo receptor del Almendares, por Max Lanier. El propietario del Marianao se resistió en un principio a prescindir de los servicios de Lanier, pero cedió al fin movido por  los continuos fracasos de sus receptores y como una forma de hacer un recorte saludable en la economía de su equipo pues “El Monstruo”, como apodaban a Lanier, devengaba un salario elevadísimo. Pasó Lanier al Almendares y tuvo así ese equipo en sus filas al jugador que no tardaría en ser factor decisivo, aunque no único, de su victoria.

TRIUNFO INESPERADO

El león lanzó zarpazos antes de morir y obtuvo un triunfo inesperado con un home rum de “Sagüita” Hernández. Ninguno de los 30 000 espectadores que ese día  seguían en el estadio el enfrentamiento entre los eternos rivales y veían como el pitcher azul le colgaba un cero tras otro al Habana, pudo pensar que el club de Miguel Ángel González ganaría ese encuentro y, mucho menos, en la forma en que lo hizo.

            Lanzaba Jessup por el Almendares y al llegar a la novena entrada, con escore de 2 x 0 a favor del alacrán, el Habana, que era home club, ocupó su turno al bate y,  ya con dos out, consiguió colocar dos hombres en las almohadillas. Tocó batear a “Sagüita”. Un strike. Otro más, pero en el lanzamiento siguiente el pitcher envió una bola a la altura del pecho del bateador. Sagüita le fajó golosamente y envió la pelota al jardín izquierdo, donde Santos Amaro intentó fildearla. Pese a su elevada estatura, el jardinero no pudo impedir que pasara sobre la cerca para darle la victoria al Habana.

            Los almendaristas se desplomaron en sus asientos, mientras que los habanistas ennudecieron ante la sorpresa del home rum. Luego todo fue júbilo y los seguidores del club de Miguel Ángel González se lanzaron al terreno a celebrar el éxito.

            Siguió otro juego, ganado por Lanier, en un cerrado duelo de lanzadores. Quedaban aún dos encuentros más entre los eternos rivales cuando el delegado de los almendaristas preguntó a Adolfo Luque si Lanier podría lanzar en el último de los dos desafíos.

            El viejo y popular mentor, esperanzado en ganar el campeonato y, de paso,  hacer rabiar a su viejo y querido amigo Mike González, expresó su confianza en que pudiera hacerlo, pero correspondía a Lanier la decisión definitiva. Si lo hace, aseveró el delegado del Almendares a nombre de los propietarios del club, tendrá, gane o pierda,   una gratificación de 500 dólares. Lanier, sin embargo, acogió con frialdad el ofrecimiento  y se limitó a responder que pensaría en la propuesta. Solo contestó definitivamente cuando los azules volvieron a derrotar a los leones con Agapito Mayor en la línea de fuego. “El Monstruo” estaba dispuesto a jugarse el todo por el todo y, en efecto, ocupó el box y dominó a sus rivales.

            La reñida batalla entre el Habana y el Almendares  aumentó en grado superlativo la afición por el deporte nacional. Los ánimos se exacerbaron, más de un fanático fue incapaz de controlar sus nervios y se dio rienda suelta a la pasión. Los incidentes se sucedieron y los juzgados correccionales y de instrucción tuvieron que ventilar no pocos casos provocados por discusiones beisboleras. La sangre llegó al río en más de una ocasión. Un fanático del Almendares  dijo a otro del equipo rival: “Te acompaño en tus sentimientos” y fue atacado a cuchilladas por el irascible habanista. Y alguien más, confiado en la aventura segura de las huestes rojas, apostó al pecho, sin tener un centavo en fondo,  a favor del Habana y no encontró otro camino que el del suicidio para escapar de aquellos a los que debía dinero.

TIEMPO DE GALLOS

Se decía en la década de 1940 que nadie en el mundo superaba a los cubanos en lo que a la cría de gallos finos o de pelea se refiere. Había en esos años excelentes criadores en Las Villas, Camagüey y La Habana. Prueba de ello es que entre 1946 y 1947 el Ministerio de Agricultura concedió permisos de exportación para más de 2 000 gallos que en su mayoría fueron a parar a Puerto Rico y también a México, Venezuela y Colombia. Fue una primacía conquistada, decía un especialista, a punta de espuela.

            En esa fecha, en cambio, entraron al país unos 700 gallos jerezanos comprados a criadores de Cádiz, Almería, Sevilla y Jerez. Pese a su precio –costaba cada uno de ellos alrededor de 125 dólares- eran muy inferiores a los nacidos y criados en la Isla.

            Factores decisivos justificaban la pobre clase de esos ejemplares importados. La guerra civil ocasionó en España la escasez y el encarecimiento de muchos renglones alimenticios. Faltó el trigo, que es la base de la alimentación de los plumíferos en ese pais y ante ese imperativo muchas crías desaparecieron.

Eso no fue obstáculo para que vendedores andaluces ponderaran su mercancía como si fuese de oro. Llegaban a Cuba con el cigarrillo en la boca y la mentira en la lengua. Decían  “Este gallo tumbó al Alcázar de Toledo”. O “Este alazán se faja hasta con la catedral de Sevilla”. Otros aseguraban: “Mi gallo ha peleado en unas diez grandes ferias y nunca ha sido derrotado”. Pero a la hora de la verdad los gallos que, al decir de sus vendedores,  tantas proezas acumulaban, huían al recibir el primer golpe en un ojo. Los compradores cubanos demoraban en comprender que habían sido estafados. Eran gallos comprados en los mercados de Andalucía por veinte o treinta pesetas (dos o tres pesos cubanos de los de entonces) para ser revendidos en La Habana, donde el precio de un gallo de exportación oscilaba entre los cuarenta y los setenta pesos.

En esa época existían muchas vallas de gallos en esta capital. La Nacional, de la Esquina de Tejas, y la valla Habana, en la plazoleta de Agua Dulce, atraían a un público numeroso por la calidad de sus funciones y excelente ubicación. No quedaba muy atrás la valla Guanabacoa, en la localidad de ese nombre, que renació luego de vivir una vida en precario porque sus dueños no se preocupaban de hacer el anuncio oportuno de sus funciones. Superado ese error y,  con la instalación remozada por entero,  la valla Guanabacoa  fue convirtiéndose en uno de los principales centros gallísticos habaneros.

PALACIO DE LOS GRITOS

 

En la pelota vasca estaban muy extendidas las supersticiones. Así, se decía que el bando que anotara el primer tanto, perdía el encuentro, y que el 33 representaba un punto fatídico en la marcha ascendente del tanteador pues al llegar a ese número de tantos, la pareja que los había obtenido sufría un tropezón.

            En Cuba se jugó pelota vasca y de la buena. En la época de oro de ese deporte pasaron por La Habana los pelotaris Erdoza, apodado “El Fenómeno” y Mario Rincón, conocido por “Navarrete”, que fueron, en su momento, los astros más refulgentes de sus cuadros respectivos; Erdoza como delantero, y el otro, como zaguero. Entonces se hicieron admirar asimismo en El Palacio de los Gritos (Lucena y Concordia) Irigoya,  Eguiluz y Salsamendi (padre). También El Gran Charra, el jugador que más daño causó al juego formidable de Erdoza cuando este, por derecho propio, reclamaba el calificativo de “El Fenómeno” de la cuadra.

            Más acá en el tiempo vinieron otras estrellas de primera magnitud. Y les siguieron otras pues el frontón reforzaba sus cuadros con pelotaris procedentes de Barcelona, Madrid y otras ciudades de España.

            En la década de 1940, un jugador conocido por “Pistón” era considerado como el mejor delantero del orbe, en tanto que Guillermo Amuchástegui se consolidaba como la máxima atracción de taquilla en El Palacio de los Gritos. Fermín Mugerza evidenciaba una pegada tan descomunal como la del “fenómeno” Erdoza, y José Luis Salsamendi (hijo), el popular “Marqués de Barcelona”, se convertía en un fuerte rival de “Pistón”.  

No desea ni puede este escribidor extenderse en los detalles del juego de la cesta punta en Cuba. Trajo el asunto a cuento porque quiere sencillamente contar una de las muchas anécdotas que tuvieron como protagonista a Guillermo  Amuchástegui.

            Guillermo era un tremendo como pelotari. Pero era un pésimo chofer. Aun así insistía en conducir. Una tarde, por evitar a un transeúnte, desvió la dirección de su vehículo y ¡pum! metió el automóvil  directico  en un bar, con el destrozo consiguiente.

            Al ruido estrepitoso de copas y botellas rotas y mesas y sillas destrozadas  acudió el dueño  del establecimiento, que  luego de las lamentaciones  que es de suponer reclamó la indemnizaciñon correspondiente.

            Pagó Guillermo, con creces, la reclamación que se le hacía. Pidió luego un vermut y se lo bebió con la mayor tranquilidad del mundo. Cuando decidió marcharse, el propietario del bar insistió en acompañarlo hasta el automóvil. Deshaciéndose en atenciones y cumplidos, le decía:

            -Ya sabe usted donde nos tiene a sus órdenes y no deje de repetir estas visitas con más frecuencia.

            Se desconoce si Guillermo Amuchástegui volvió a pasar  frente a aquel establecimiento. Pero de seguro nunca más se le ocurrió entrar en ese sitio.

            (Fuentes: textos de Alberto Coronado, José O’Farrill y Juan Melis)

           

             

           

 

           

Fuego en la ferretería de Isasi

Fuego en la ferretería de Isasi

Ciro Bianchi Ross

 

 

Una tragedia conmocionó a La Habana el sábado 17 de mayo de 1890. Pasadas las 10:30 de la noche, una llamada telefónica recibida en el cuartel central de los bomberos del Comercio daba cuenta del incendio desatado en la ferretería de Isasi, en Mercaderes y Lamparilla. Agentes del orden público, periodistas, propietarios y empleados de los comercios aledaños y vecinos y curiosos en general, al conjuro de los sonidos de los silbatos de la Policía y el tañer de las campanas de las iglesias, empezaron a concentrarse  en los alrededores del lugar del suceso. Arribaron los bomberos del Comercio. Llegaron también  los bomberos municipales… Cuando las llamas se hacían incontrolables desde fuera, se estimó que debía abrirse  un boquete en una de las puertas del establecimiento con el propósito de pasar una manguera y organizar la extinción desde el interior de la ferretería.  Eso  hacía, hacha en mano,  uno de los bomberos del municipio  cuando se produjo la explosión.

            Un resplandor intenso alumbró el espacio. Se elevó una densa columna de humo y los escombros obstruyeron la calle Lamparilla. Los principales jefes de los bomberos de ambos cuerpos quedaron sepultados por los cascotes y las piedras que se desprendieron de las paredes y el incendio pareció cobrar nuevos bríos y amenazó con extenderse a  los edificios colindantes.

            Varios bomberos lograron  penetrar en el establecimiento y subieron a la planta alta donde   quedaron  atrapados en medio de una oscuridad total y el humo que los asfixiaba. Venciendo obstáculos enormes, uno de ellos derribó una puerta con su hacha. Salieron así a un balcón y desde allí reclamaron a gritos una soga que les permitió deslizarse hacia la calle.

            Se refrescaban las paredes de las casas inmediatas y también los escombros a fin de acometer las labores de búsqueda y rescate. No se utilizaron picos ni palas para esa tarea. A fin de no lastimar a los que, vivos o muertos, podían encontrarse bajo ellas, las ruinas se removían con las manos.  El periodista Ricardo Mora, sepultado por los destrozos y apenas sin poder respirar,  gritaba desesperadamente para que lo sacaran de su fosa improvisada y solo cuando estuvo fuera tuvo conciencia de que bajo su cuerpo había agonizado Francisco Ordóñez,  jefe de salvamento del Cuerpo de Bomberos del Comercio. José Miró, inspector especial de la Policía, murió aplastado por los escombros. Murió asimismo el teniente coronel Andrés Zencoviech, jefe  de los  bomberos municipales… Las llamas no fueron apagadas del todo hasta la tarde del domingo.

            En aquel siniestro perdieron la vida nueve bomberos del municipio y otros 17 entre los bomberos del Comercio. Encontraron además la muerte un  miembro de la Marina, cuatro agentes del orden público y ocho vecinos porque no fueron pocos los moradores de la zona que, de manera desinteresada, se sumaron a las labores de extinción y rescate y demostraron  heroísmo impresionante.

            Transcurrieron 118 años del fuego de la ferretería de Isasi. Desde entonces ningún incendio en Cuba costó la vida a tantos bomberos.

HORROR Y CÓLERA

A la tragedia del fuego se sumó, diez días después, la tragedia del agua. Llovió a cántaros y las inundaciones provocaron en la capital numerosas víctimas y daños de consideración.

            Al comentar ambos sucesos, pero en lo esencial el de Isasi,  el gran poeta Julián del Casal decía en una crónica publicada en el diario La Discusión, el 2 de junio de 1890, que  ante el incendio y las inundaciones  los habaneros experimentaron horror y cólera. Precisaba:

            “El horror ha sido lo más general. Tan pronto como este periódico, en la mañana del incendio, esparció la noticia desoladora de la catástrofe, describiendo el fuego, enumerando las víctimas y enalteciendo la memoria de ellas, no hubo una sola persona que no se sintiera horrorizada hasta lo más profundo de su corazón. Cada uno buscaba preferentemente el espacio en que figuraban los nombres de los muertos. Al  encontrar el de algún conocido la emoción  era tanto más fuerte cuanto más imprevista. Entonces se recordaba su figura, su carácter y sus merecimientos. Y el estupor se acrecentaba, porque si todavía no estamos familiarizados con la idea de que la muerte es cosa natural, mucho menos lo estaremos cuando esta ocurra por causas imprevistas…”

            El sentimiento del horror, en opinión del cronista,  quedó a un lado o se adormeció un instante para ser sustituido por el de  la cólera. Cólera provocada no solo por el dolor por la muerte de seres tan heroicos, sino por el de saber “que habíamos tenido un peligro suspendido sobre nuestras cabezas”.

            Escribía Casal a renglón seguido: “Y convencidos de que estamos libres ya de ese peligro, hemos formulado una serie de cargos contra los que ya por ignorancia, ya por mala fe, según el criterio de cada cual, colaboraron en la catástrofe, dejando sumidos a muchos supervivientes en la más negra desolación”.

            ¿Qué sucedió en verdad en la ferretería de Isasi? ¿A qué peligro suspendido sobre la cabeza de los habaneros aludía el poeta?

DETENIDO ISASI

Mientras los socios y empleados de la ferretería se hicieron presentes en los alrededores del establecimiento  tan pronto supieron del incendio, el propietario principal, Juan Isasi, tardó en dar señales de vida, pese a que supo lo sucedía cuando un amigo le llevó noticias  del siniestro a su  casa del Vedado. A la una de la mañana del domingo la Policía lo detuvo en la calle Mercaderes. Conducido ante el juez de guardia declaró desconocer la causa de lo acaecido. Aseveró  que  en la ferretería no pernoctaba persona alguna y que en ella   no había gas ni materiales explosivos almacenados ya que  la dinamita que vendía la guardaba en depósitos del gobierno. Preguntado sobre si su negocio estaba asegurado, respondió que sí, en veinte mil pesos oro y añadió que aunque las pólizas vencían el domingo 18, a las doce de la noche, las había pagado el sábado, esto es, el mismo día del siniestro.   El juez dispuso que quedara detenido e incomunicado, y aplicó la misma medida a los socios y dependientes del ferretero.

            Juan Isasi mentía descaradamente en cuanto al material explosivo.  Los peritos que evaluaron el siniestro y sus causas,  no demoraron  en llegar a la conclusión  que fue la dinamita, almacenada en grandes cantidades, lo que provocó la explosión fatal.

            El domingo 18 fue de luto para La Habana. Cerraron los comercios. Se suspendieron las fiestas. El entierro, en la tarde del lunes 19, fue apoteósico. El carro de bomberos “Virgen de los Desamparados” transportaba los restos del teniente coronel Zencoviech. En otro carro bomba iban los de Juan Musset, Óscar Conill y Francisco Ordóñez. Otros coches bombas conducían a las víctimas restantes. A todos, menos a Musset por decisión familiar,  se les dio sepultura en la tierra. Como reconocimiento y homenaje, los cuerpos de orden público, el Cuerpo de Bomberos del Comercio y el Cuerpo de Bomberos Municipales recibieron, por Real Decreto,  el título de Muy Benéfico y la Cruz de la Orden Civil de Beneficencia, de primera clase;  se les autorizó a usar las  insignias de la Orden en sus banderas, y el título en sellos y documentos.

ALBUM DE LA CATÁSTROFE

Pronto comenzaron las colectas para socorrer a los familiares de las víctimas. Los periódicos abrieron suscripciones con ese propósito y  el teatro Albisu programó una función de beneficio. El Círculo Militar celebraba una velada fúnebre con el mismo objetivo. Recurrimos de nuevo a Julián del Casal, prolijo en los detalles de aquella noche. Dice el poeta en su crónica de 18 de junio de 1890 y  que, como la ya citada, se publicó asimismo en La Discusión:

            “La casa que ocupa el Círculo, estaba suntuosamente decorada. Desde que se trasponía el umbral, la vista no encontraba más que alfombras elegantes… panoplias soberbias cuajadas de armas y, sobre todo, una profusión de flores… como si se hubiese querido dar una muestra de las maravillas y de los esplendores de la flora tropical.

            “En el salón principal, invadido por la concurrencia, la luz del gas, tamizada por las bombas de cristal cuajado, resbalaba a lo largo de las paredes estucadas, arrancaba chispas multicolores de las joyas femeninas y fingía incendiar los vidrios de las puertas, esparciendo por todas partes su dorada claridad”.

            Elogia Casal los discursos que aquella noche se pronunciaron, y celebra la inspiración de los poetas que recitaron sus versos. Le parece excelente la parte musical de la velada y, cronista social al fin, pondera  a la concurrencia “pues sabido es que allí solo asisten personas de alto rango y de reconocido valer”.

            Un folleto ilustrado, con detalles del incendio de la ferretería y de las inundaciones del día 28 de mayo, circulaba ya en La Habana el 19 de junio. “El  álbum de la tragedia”, como le llama Casal en otra crónica, escrito al correr de la pluma, pero ajustado perfectamente a la verdad y sin falte un solo detalle en el recuento. Abren  el folleto las páginas de Domitila García de Coronado, que “se enternece y gime al recuerdo de la catástrofe”, y sigue de inmediato  la reseña de los hechos.

            “Leyéndola detenidamente se siente estallar el incendio, se oye la espantosa detonación, se presencia el transporte de los heridos a los hospitales, se saben los nombres de las víctimas, se juzga la conducta de las autoridades en tan espantoso momento, se lee la biografía de los desaparecidos y se asiste a la conducción de los restos mortales al cementerio, comprendiéndose luego perfectamente el sentimiento de duelo que embargó, por muchos días, el corazón de los habitantes de esta capital”, escribía Casal.

            Sentimiento de duelo que no podo impedir, sin embargo, que el ferretero Juan Isasi quedara en libertad el 30 de julio. Poderoso caballero es Don Dinero.

EL MONUMENTO

El Ayuntamiento de La Habana decidió erigir, en la necrópolis de Colón, un monumento a los bomberos muertos. Se inauguró el 24 de julio de 1897 en una ceremonia a la que asistieron diez mil personas y presidió Valeriano Weyler, el más sanguinario de militares españoles que a Cuba le tocó padecer. Obra de los españoles Agustín Querol (escultor) y Martínez Zapata (arquitecto) es todo de mármol blanco y muestra cuatros figuras de tamaño heroico que simbolizan la Abnegación, el Dolor, el Heroísmo y el Martirio. La columna central está rematada por un grupo escultórico que representa al Ángel de la Fe conduciendo a un bombero a la inmortalidad. Dice en una de sus inscripciones: “El pueblo de La Habana llora su noble sacrificio, bendice su abnegación heroica y agradecido les dedica este monumento para guardar sus cenizas y perpetuar su memoria”.

           

           

 

 

           

           

             

           

           

Debates en la Cámara

Debates en la Cámara

Ciro Bianchi Ross

 

Un movido debate se suscitó en la Cámara de Representantes con motivo de la biblioteca que ese cuerpo del Legislativo adquirió para sí y que, entre otros libros, incluía novelas de Flaubert, Goncourt y Manzoni, así como tratados sobre la doctrina cristiana, vida de santos y manuales de carpintería y de fabricación de automóviles.

            Fue en la sesión correspondiente al 11de noviembre de 1903, ocho días después de que quedara abierta la nueva legislatura. El sabio don Carlos de la Torre presidía la Cámara. Esos parlamentarios eran electos, por sufragio directo, para un periodo de cuatro años y se les exigía ser cubanos por nacimiento o naturalización, estar en pleno disfrute de sus derechos civiles y políticos y haber cumplido 25 años de edad.  Los no cubanos que aspiraran al cargo  debían demostrar, contados a partir de su naturalización,  ocho años de residencia en el país. Se elegía entonces un diputado por cada 25 000 habitantes o fracción de más de 12 500.  Por eso 72 representantes conformaban aquella Cámara, mientras que el Senado estaba integrado por 24 senadores,  cuatro  por cada provincia, que debían tener 35 años de edad como mínimo, gozar de todos sus derechos y ser cubano por nacimiento, no por naturalización. Los senadores se elegían para un periodo de ocho años y su elección era indirecta. Los escogía una asamblea de compromisarios, cuya mitad eran los que pagaban mayores impuestos en cada territorio.  Así lo disponía la Constitución de 1901.

Volvamos a la sesión del 11 de noviembre de 1903.  Entre otras figuras hoy del todo olvidadas, formaban entonces  parte de aquella  Cámara de Representantes  Carlos Manuel de Céspedes, el hijo del Padre de la Patria, el todavía coronel Enrique Loynaz del Castillo, Enrique Villuendas, joven y brillante político liberal asesinado en la ciudad de Cienfuegos, en 1906,  el coronel Carlos Mendieta…

Daba entonces la República sus primeros pasos. El presupuesto de la nación era de algo más de quince millones y medio de pesos. Había 399 kilómetros de carreteras en toda la Isla y existían en el país 3 476 aulas de enseñanza primaria, de las que 1 649 eran rurales, mientras que en la Universidad de La Habana, que desde  el 7 de mayo de 1902 funcionaba en las instalaciones de la Pirotecnia Militar, en la loma de Aróstegui, donde se encuentra todavía, estaban matriculados 557 estudiantes.  

Se creaba por entonces, en los altos del edificio que ocupaba la secretaría (ministerio) de Hacienda, una Estación Meteorológica, Climatológica y de Cosechas, que debió ser el antecedente del Observatorio Nacional. Con una dotación de 100 000 pesos, de los que a la postre sobró la mitad, se trabajaba en el castillo del Príncipe a fin de adaptarlo para Presidio Nacional. Cuba entraba en la Unión Postal Universal y mejoraba sensiblemente el servicio de correos. Contadas eran las localidades del país que no recibían la correspondencia con más frecuencia que en los días de la intervención norteamericana y –algo que hoy asombra y admira- había barriadas en La Habana en las que el cartero hacía sus repartos tres y hasta cuatro veces por día.

Cinco legaciones, 26 cónsules profesionales y 43 cónsules honorarios asumían la representación de Cuba en el exterior en aquel ya lejano año de 1903. El gobierno norteamericano decía reconocer la soberanía de Cuba sobre la Isla de Pinos, tema controvertido en las relaciones entre ambos países durante largo tiempo y se avanzaba en Washington en la elaboración del llamado tratado de Reciprocidad Comercial entre las dos naciones.

La estabilidad de la República hasta entonces solo se había visto turbada en dos ocasiones y ambas en la provincia de Oriente.  Primero, en un barrio del Caney,  con el alzamiento de 60 ó 70 hombres, “compelidos unos por la fuerza  y traídos otros por medios engañosos”, según se expresa en el informe del gobierno.  El otro, en  el pueblo de Vicana, en la jurisdicción de Manzanillo, donde se levantaron en armas “cuatro hombres de moralidad dudosa, si no de malos antecedentes”, según la misma fuente. Pero esos movimientos fueron sofocados por la Guardia Rural, recién creada entonces.

Por último, en aquella fecha se había iniciado la tarea de liquidar sus haberes a los miembros  del Ejército Libertador y 53 774 ciudadanos acreditaban en las oficinas pertinentes su condición de combatientes de la gloriosa tropa.

NO VENGO A LEER NOVELAS

Fue en la sesión del 11 de noviembre de 1903 cuando se propuso por primera vez el proyecto de lo que sería el Tribunal de Cuentas. Aquella tarde, el representante Antonio Masferrer, “el independiente de la Cámara”, como le llamaban sus compañeros, pidió que el Ejecutivo remitiera a la Comisión de Examen de Cuentas todas las facturas pagadas  por la dependencias gubernamentales desde la instauración de la República, en 1902.

            -Cada mes se emiten más de 28 000 comprobantes… ¿Dónde vamos a meter tantos papeles?, expresó, molesto,  uno de los diputados presentes y otro más comentó que habilitar un local con ese propósito era lo de menos porque el asunto radicaba en  encontrar quién revisara esas facturas. Añadió: “Tendremos que armarnos de la paciencia suficiente para leerlas”.

            La propuesta de Masferrer no prosperó, y siguió, después de un breve receso, la andanada de Rafael Martínez Ortiz contra biblioteca comprada por la Cámara para que prestara servicio en su sede. Digamos  que dicho personaje no fue ningún  sicofante. Era por el contrario un hombre culto. Periodista. Historiador.  Buen orador. Nació en la ciudad de Santa Clara, en 1859, y dirigió allí dos periódicos. Se afilió al autonomismo y pasó luego  a las filas de la Independencia,  y fue su eficaz propagandista. Sirvió a la República  como ministro de Hacienda, Agricultura y Estado (Relaciones Exteriores) en varios gobiernos y representó a Cuba como embajador en Francia. Murió en París en 1931. Dejó un libro interesante: Cuba: los primeros años de independencia, del que se hicieron varias ediciones… Aquel día, se puso de pie y dijo con voz tonante:

            -Señores representantes: Con profunda sorpresa he visto la biblioteca que adquirió la Cámara. Se encuentran en ella cientos de obras que nada tienen que ver con los trabajos legislativos. Ni siquiera para hacer pasar ratos de solaz a los representantes.

            El secretario de la Cámara intentó tomar la palabra, pero Martínez Ortiz no se dejó interrumpir. Prosiguió:

            -Incluye novelas de Flaubert, de Goncourt, de Manzoni… Se adquirieron tratados de carpintería, sobre reparación de motores… ¿Para qué?

            Intentó continuar, pero otro representante se le impuso para decir que esa compra era de la exclusiva competencia de la Comisión de Gobierno de la Cámara y que no le parecía oportuno  llevarla a una sesión de ese cuerpo colegislador  porque robaba el tiempo que los diputados necesitaban para legislar. Habló enseguida Carlos de la Torre y pidió a Martínez Ortiz que reservase su planteo para otra ocasión.

No se amoscó el aludido.

            -Como representante tengo derecho a dirigir preguntas a la Cámara en cualquier momento –dijo.

            -Preguntas, sí, pero censuras, no –ripostó, rápido, Carlos de la Torre.

            -No he dicho que censuro a la Comisión de Gobierno. Lo que hago es sorprenderme. Confieso que estoy sorprendido de haber encontrado esos libros en nuestra biblioteca.

            Sufrió Martínez Ortiz una nueva interrupción. Alguien le preguntó si no le gustaban las novelas de Flaubert. Replicó:

            -No vengo a la Cámara a leer novelas… Yo solo quiero saber por boca  de cualquiera de los miembros de la Comisión de Gobierno de este cuerpo qué móviles tuvieron para adquirir esas novelas así como vidas de santos, tratados para la construcción de automóviles y otras obras que nada tienen que ver con las labores parlamentarias.

            Pudo hacerse oír por fin el secretario de la Cámara.

            -Ruego a los señores representantes que dejen el tema de los libros  para una sesión secreta. Y no sin cierto humor añadió: Aprovecharemos dicha sesión para demostrar nuestras dotes literarias.

IMPORTACIÓN DE BRACEROS

En otras sesiones se discutió el presupuesto del año 1904. El gobierno tenía urgencia de que lo aprobaran. Pero los representantes se tomaron todo el tiempo del mundo antes de hacerlo. Durante catorce días con sus noches la Comisión correspondiente de la Cámara analizó cada uno de sus renglones y luego los diputados los discutieron durante varios días más. De manera especial se debatió en torno al salario de los mozos de limpieza de los ministerios. Ganaban 25 pesos mensuales y hubo la intención de aumentarles diez pesos. Al final se acordó que ganaran 30. Villuendas arrancó los aplausos de la gradería cuando expresó su opinión al respecto: “Acepto los 30 pesos mensuales para no dilatar el debate. Pero lo siento como si yo fuera un mozo de limpieza…”

            Alguien propuso, dentro de la discusión del presupuesto, que se eliminara el hospital de infecciosos de Las Ánimas, ubicado en los terrenos donde radica hoy el Pediátrico de Centro Habana. El representante Albarrán fue demoledor en su defensa del hospital y consiguió que no lo cerraran.

            -Del hospital de Las Ánimas, prestigiado por Finlay y por Juan Guiteras, se habla con respeto en todos los centros científicos del mundo. Y vosotros queréis suprimirlo… Gracias a ese hospital hemos impedido que el horrible fantasma de la fiebre amarilla reaparezca en nuestro territorio. Dirige ese hospital un hombre eminente, el doctor Guiteras quien, entre otros trabajos importantísimos, acaba de descubrir el inquilá-tome, causa, ignorada hasta ahora entre nosotros, de gran mortalidad infantil. Y allí, en su humilde laboratorio, el doctor Mario Lebredo realiza trabajos sobre parasitología que hacen concebir halagüeñas esperanzas en nuestro mundo científico.

            Muy interesantes fueron asimismo los debates sobre la importación de braceros para que trabajaran la tierra. Solo el tres por ciento de la superficie cultivable del país  estaba en explotación entonces. Ante la escasez de fuerza de trabajo en los campos, un grupo de parlamentarios, entre los que figuraba Carlos de la Torre, impulsó una ley que autorizaba al Ejecutivo a facilitarles el pasaje gratuito a los que desde España, Canarias y Puerto Rico quisieran realizar trabajos agrícolas en Cuba. Debía pagar también el gobierno los pasajes de aquellos cubanos que en razón de la zafra azucarera debían moverse de una provincia a otra, y recompensar con una ayuda de cien pesos oro,  para que comprasen semillas y útiles de labranza, a todos los braceros extranjeros que, una vez vencido su compromiso de trabajo, decidiesen permanecer en Cuba para seguir trabajando la tierra.

           

 

           

 

           

              

 

 

Sírveme un guarapo

Sírveme un guarapo

Ciro Bianchi Ross

 

Pocas cosas reconfortan y estimulan tanto como un buen guarapo. El cansancio, la fatiga, el calor desaparecen de golpe cuando se ingiere esa bebida que es el jugo de la caña de azúcar pelada y exprimida. Se trata de un proceso que transcurre sin manipulaciones extrañas ni adiciones de ningún tipo; apenas sin intermediarios y a la vista del consumidor. El jugo que extrae un pequeño trapiche pasa  directamente al vaso de quien va a degustarlo y sin demora alguna pues el guarapo es tan orgullo y altanero que no admite demoras. De ahí que resulten vanos los intentos de embotellarlo. Se recomienda ingerirlo bien frío –enfriado con hielo frappé- y algunos lo prefieren con unas goticas de limón.

            El guarapo es el gran alimento líquido; la sangre del azúcar. En tiempos de hambruna colonial resultaba el sostén de la dieta. Desde entonces sigue siendo una bebida popular que para muchos era parte de la alimentación diaria. Un vaso de guarapo acompañado de un dulce de harina o de un emparedado, por modesto que sea, provoca una sensación de hartazgo difícil de conseguir de otro modo. No solo fue alimento de pobre; su demanda se extendió a todos los sectores de la sociedad y llega hasta hoy.

            La caña, una vez en el central azucarero, se exprime entre dos masas rodantes de metal. Es el paso inicial de un arduo y complejo proceso que por vaporización convierte el guarapo en azúcar. Esas masas rodantes de hoy equivalen al trapiche primitivo, movido por tracción animal o por trabajo esclavo antes de que se utilizaran la fuerza hidráulica, el vapor, la electricidad. Fueron los negros esclavos los que dieron nombre propio al guarapo, que fermentado es pariente cercano del aguardiente y el ron.  Lo denominaron garapa, palabra muy extendida en Angola y Congo para identificar a una bebida fermentada o cerveza derivada del maíz o de la yuca o mandioca. Los negros congos, esclavos en los centrales azucareros cubanos –llamados ingenios o cachimbos según su capacidad de producción- aplicaron su voz africana al guarapo de la caña de azúcar.

            Garapa procedía de la voz portuguesa xarope o de la española jarabe, que descendía  a su vez del árabe xarab, que significa bebida. Guarapo entonces es corrupción de garapa. Curiosa genealogía: del árabe al español y al portugués y de estos al congo, y del congo otra vez al español y al portugués de las colonias americanas.

            Mucho se ha exagerado acerca de los daños que provoca el azúcar. Pura o en refrescos, helados, bizcochos, pasteles, con leche o chocolate… usada racional e inteligentemente es fuente de energía, ingrediente de salud y alegría de la mesa. Entonces, no pierda la oportunidad de saborear un buen guarapo. Recomendación que agradecerá.

           

Panchita la Cienfueguera

Panchita la Cienfueguera

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

Esta es una historia espeluznante. En los días finales del mes de marzo de 1942, los peones agrícolas Ángel Barranco y Antonio Rodríguez que rendían su faena diaria en los cañaverales de la finca Primavera, perteneciente al central España, en el municipio matancero de Perico, encontraron un cráneo junto a una caja de cartón vacía y, diseminados,  ropas y artículos propios de mujer. Impuestas las autoridades del macabro hallazgo, miembros del Ejército y de la Policía Nacional, trabajadores del ingenio azucarero y un nutrido grupo de residentes locales se dieron a la tarea de hallar  los restos del cuerpo, que de manera infructuosa buscaron por todos los contornos. La comunidad, profundamente conmovida, creyó ver en aquel   cráneo de mujer descubierto el de una  ignorada vecina víctima de otro descuartizamiento.  Fresco estaba todavía el recuerdo  de Celia Margarita Mena, trucidada un par de años antes en La Habana.

            El juez local radicó causa por asesinato. Pero se desconocía quién era la occisa y la culpabilidad del crimen  no recaía sobre una persona determinada. Ni siquiera se sospechaba quién podía haber sido el victimario.  De esa manera, el Gabinete Nacional de Identificación se hacía cargo de un misterio más y aceptaba,  con su celo habitual,  la resolución del problema policíaco.

La búsqueda de los técnicos del Gabinete en el lugar de los hechos resultó más provechosa. Aparecieron una rama de la mandíbula inferior, diversos fragmentos de cráneo y numerosas piezas dentarias, entregadas de inmediato al doctor Israel Castellanos, director del Gabinete, y a su odontólogo, el doctor Carlos Criner. En poder del doctor  Castellanos quedaron asimismo los objetos encontrados: vestidos, dos carteras, un par de zapatos blancos y otras prendas femeninas. La caja de cartón, que originalmente contuvo cuatro docenas de las latas de salchichas y que sobre el fondo y la tapa mostraba señales de haber estar amarrada con un cordel grueso en forma de cruz,   parecía, sin embargo,  hablar por sí misma. En su solapa superior izquierda tenía escrita, con lápiz de creyón rojo,  esta frase: “Recuerdos de Panchita la Cienfueguera”.  Y en uno de sus laterales, pero con lápiz negro, se leía: “Francisca Rodríguez Chirino”.

UN PAÑUELO DE HOMBRE

Pero esos indicios, de momento, no conducían a ninguna parte, y Castellanos prefirió constatar si la caja había sido utilizada para trasladar al cañaveral el cráneo con la mandíbula inferior o si en su defecto solo contenía ropas y objetos de la víctima. Pronto rechazó la primera hipótesis. Si la cabeza decapitada hubiera sido transportada en ella,  la caja presentaría vestigios de sangre, además del penetrante y persistente olor de la putrefacción. Al descartar que la caja de salchichas hubiera servido para trasladar la cabeza en cuestión, el investigador llegó a una conclusión importante: la muerte de la mujer sin identificar había ocurrido en el propio cañaveral.

A otra conclusión arribó de inmediato el doctor Israel Castellanos. El examen de los vestidos revelaba que su última poseedora fue una mujer que vivía en la pobreza absoluta, casi en la indigencia. La ropa era muy diversa. Vestidos de calidad inferior, muy zurcidos, usados ostensiblemente por una mujer delgada, paupérrima y descuidada, y vestidos caros, finísimos y de tallas superiores a los otros, pero adaptados a un cuerpo menudo con hilos disímiles y siempre a mano.

El pañuelo de mujer, muy usado y desteñido, encontrado en el cañaveral, mostraba un nudo en uno de sus ángulos y en el interior del nudo contenía tres monedas de un centavo. Estaba manchado de tierra colorada y evidenciaba haber sido pisado sobre el terreno húmedo. Un refajo arrojó huellas  de sangre en los tirantes y en su parte posterior. Cerca del refajo apareció un vestido desgarrado en dos grandes pedazos y con plastrones de tierra colorada en la espalda y  las asentaderas. El primer plastrón, explicó el director del Gabinete Nacional, se produjo al ponerse en contacto la espalda de la mujer que portaba dicho vestido con el suelo colorado y húmedo del cañaveral, mientras que el plastrón inferior se hizo al caer ella sobre sus glúteos, lo que evidenciaba que ese era el vestido que llevaba puesto la víctima al ocurrir la tragedia. Un lazo de los que usan las mujeres para recogerse el pelo y adornarse la cabeza tenía también huellas de sangre.

Un pañuelo de hombre apareció en el lugar de los hechos. Una tela muy usada, a  rayas verdes, sin iniciales bordadas y doblado transversalmente de un ángulo a otro, como se hace cuando se coloca sobre la cabeza. Tenía, en uno de sus ángulos, un alfiler imperdible, cerrado, con un pedacito de tela del propio pañuelo, pedazo que pertenecía al otro ángulo de la prenda. Las máculas superficiales halladas en la tela permitían colegir que el pañuelo había sido arrastrado por el viento.

Dicho pañuelo no pudo pertenecer a nadie más que no fuese el victimario y posibilitaba arribar a otra conclusión importantísima. Fue roto por tracción, lo que ponía de manifiesto que la mujer muerta en la finca Primavera había intentado defenderse en los momentos postreros.

PISTAS FALSAS

Las investigaciones avanzaban aun sin que pudiese precisarse la identidad de la víctima ni la de su asesino. Las piezas óseas encontradas en el cañaveral correspondían a un mismo cráneo, el de una mujer de la raza blanca con cabellos lisos y castaños y peinados en trenzas,  que tendría entre 35 y 40 años al morir. El cráneo no había estado inhumado en tierra ni colocado en un sarcófago. Permaneció al aire libre y mostraba huellas indudables de haber sido atacado por perros jíbaros  y aves de rapiña.

            El odontólogo Criner reconstruía la dentadura de la víctima y se hacía circular su fotografía. Eran dientes de forma cuadrado-ovoidea;  faltaba un incisivo y otro mostraba una caries de tercer grado.  Se publicó además la foto de un sombrero de crochet blanco que presumiblemente perteneció a la occisa, y el apelativo de Panchita la Cienfueguera y el nombre de Francisca Rodríguez Chirino se repetían hasta el cansancio en la prensa.  El doctor Castellanos, por su parte, reproducía,  a partir de las ropas encontradas, el cuerpo de la mujer en una especie de maniquí al que adicionó las trenzas castañas  y cubrió con sus vestidos. Fue tan cuidadoso en los destalles que no olvidó el abriguito rojo que la figura  llevaba sobre el brazo izquierdo flexionado. Fotografió la armazón de espaldas y, hoy vestido de una manera y mañana, de otra, hizo publicar las fotos en los periódicos. Se veía a la mujer como si hiciera el retorno de una larga y fatigosa caminata.

            Pronto un zapatero de la calle Espada, en La Habana, acudió voluntariamente al Gabinete Nacional de Identificación para notificar que por el aspecto de la boca y el sombrerito tejido creía reconocer a cierta enfermera graduada que ya  había perdido de vista. Compañeras de esa enfermera se personaron también en el Gabinete con informaciones y fotos que pudiesen corroborar o desmentir la declaración del zapatero. Se presentó asimismo  el dentista que años antes atendió a dicha enfermera. La mujer que recordaba haber tratado  en su consulta era presumida e inclinada al acicalamiento; no podía tener una boca tan descuidada. Un informe del jefe del puesto de la Guardia Rural del central Lugareño, en Camagüey, puso fin a las suposiciones. Allí vivía con su esposo y gozaba de buena salud la enfermera a la que daban por muerta.

            Un hallazgo complicó las investigaciones. Tres sábanas  bordadas y finas,  la funda de una almohada y una bata blanca con manchas de sangre aparecieron  bajo el puente del Canal de Roque. Las indagaciones parecía que tomarían otro camino, pero el nuevo descubrimiento no guardaba relación con el crimen del cañaveral de la finca Primavera del central España, en Perico. Las manchas  en las ropas de un sitio y otro correspondían  a grupos sanguíneos diferentes y tampoco coincidían  los elementos y rastros ambientales entre unas y otras.

            A esta altura, las opiniones sobre el caso estaban divididas. Unos hablaban de descuartizamiento. Otros, como el doctor Castellanos, se inclinaban por la decapitación, mientras que no eran pocos los que sostenían que no se había perpetrado crimen alguno en Perico. Alegaban que si bien apareció una cabeza, no aparecían otros huesos ni partes del resto del cuerpo. Justo es decir que nunca aparecieron.

¡MAMÁ! ¡POBRE MAMÁ!

Porfirio Vázquez, blanco de 18 años de edad, cumplía en la cárcel de la ciudad de Matanzas una sanción de nueve meses por atentado a agente de la autoridad. Todos los jueves y domingos, sin faltar uno, el recluso recibía la visita de su madre que le llevaba cigarros, dulces y otras chucherías que le ayudaban a pasar su encierro. Un día  Porfirio la esperó en vano.  No llegó y faltó en las visitas subsiguientes. Nadie le daba razón de ella hasta que su hermano Evelio, de 12 años, que vivía recogido por una señora en un campamento de indigentes situado en los manglares de la playa matancera de Bellamar, fue a verlo. Se abrazó a él, llorando. Un caminante me dijo que mamá fue asesinada en Perico. Pudo Porfirio ponerse en contacto con el Gabinete Nacional de Identificación y sus agentes lo visitaron en la cárcel. Le mostraron las fotos del maniquí, las ropas halladas en el cañaveral, el sombrerito de crochet. No cupieron ya dudas. La occisa era Francisca Rodríguez Chirino, conocida como Panchita la Cienfueguera.

            Desde cuatro años antes, contó el hijo a la Policía, vivía ella maritalmente con un sujeto que se hacía llamar, indistintamente, Guillermo Castillo, Manuel García o Bárbaro Carbonell, alías Barbarito, que la obligaba a pedir limosnas en su provecho y la golpeaba salvajemente cuando ella se negaba a complacerlo. Intentó la Cienfueguera huir de su concubino y buscó refugio en el campamento de indigentes de la playa de Bellamar. Pero allí fue Barbarito a buscarla y se la llevó bajo amenaza.

            La Policía Secreta ubicó a Barbarito en Ciego de Ávila y lo detuvo. Trasladado a Colón, se confesó culpable de la muerte del menor Francisco Cabrera, cuyo cadáver fue hallado en una alcantarilla de la localidad de Jicotea. Con respecto a la Cienfueguera dijo que sostuvieron un violentísimo altercado en un cañaveral del central España y que ella intentó pegarle. Fue ahí que él decidió castigarla con un fleje. Los golpes la hicieron rodar por tierra, sin sentido.

Lo hice porque me era infiel, precisó.  Negó con énfasis, sin embargo, haberla descuartizado o decapitado. Por lo que se confirmó la suposición de que el cuerpo fue dispersado por los perros jíbaros.

            El juicio por este caso sensacional se llevó a cabo en la Audiencia de Matanzas que impuso una sanción de veinte años de privación de libertad  a Barbarito por el homicidio de Panchita la Cienfueguera.

            (Con información de Armando Canalejo)

 

 

           

 

 

 

 

           

El cañonazo de las nueve

El cañonazo de las nueve

Ciro Bianchi Ross

 

En  los años 60 yo escuchaba en mi casa el cañonazo de las nueve hasta que un buen día, sin darme cuenta, aunque seguía disparándose, dejé de oírlo  a causa quizás del crecimiento de la ciudad y al incremento de los ruidos que agredían el ambiente.

            Hubo una época en que uno podía seguir el ritmo de la vida y poner el reloj en hora gracias a avisos lejanos. En una fábrica cercana a donde vivía anunciaban el inicio, el receso y el cese de la jornada laboral con un largo y agudo silbato que inundaba todo el reparto, a las siete y a las once de la mañana, y a la una y a las cinco de la tarde. “Báñate, que ya sonó el pito de las cinco” o Acuéstate que hace rato que sonó el cañonazo…” eran frases familiares entonces, como familiares eran aquellos sonidos. No se necesitaba ver la hora pues el pito de las siete advertía que se imponía  salir de la cama y empezar a prepararse para el colegio.  Uno podía poner  los frijoles en remojo, empezar a desalar el tasajo,  tomarse las pastillas que recetó el médico y, en definitiva,  regir su horario con aquellos anuncios, aunque La Habana vivió durante unos dos años y medio sin su tradicional disparo y, al menos en una ocasión  el cañonazo sonó fuera de hora. Parecerá increíble, pero fue así: el 18 de septiembre de 1902, el disparo no se hizo a las nueve, sino a las 9:30, y nunca se explicó el por qué.

            Se dice que La Habana sin su cañonazo es como si le faltara el Malecón, porque el cañonazo de las nueve es tan habanero como el Morro, La Giraldilla y La Fuente de la India.  Mas entre el 24 de junio de 1942 y el 1 de diciembre de 1945 no hubo cañonazo que valiera en la ciudad. Cuba había entrado en la Segunda Guerra Mundial y el Estado Mayor del Ejército prohibía el disparo nocturno a fin de ahorrar pólvora y no ofrecer nuestra posición al enemigo.

            Allá por los años 50 un empresario radicado en Puerto Rico recibió en su establecimiento  la visita de un sujeto que  dijo ser habanero y  pedía empleo. El dueño del negocio, cubano, para constatar  si el visitante decía la verdad  o no, le hizo dos preguntas clave: ¿A qué hora mataron a Lola?  ¿A qué hora suena el cañonazo?

            A la primera interrogante, el supuesto habanero respondió que no se encontraba en la ciudad el día del asesinato de Lola, y con respecto al cañonazo, dijo que La Habana era una urbe tranquila y pacífica, y demostró así que debió haber nacido en otra parte y que de la capital cubana no sabía absolutamente nada pues, aunque no pueda ya precisar  con certeza quién fue Lola, nadie en Cuba desconoce que la mataron a las tres de la tarde y mucho menos ignora la hora del cañonazo.            

Durante la Colonia, el cañonazo sirvió para anunciar que se abrían y se cerraban las puertas de las murallas que, decía el historiador Emilio Roig, “formando un enorme cinturón de piedra, rodeaban y defendían, como inexpugnables fortalezas de su época, la primitiva, modesta, sencilla, patriarcal y pequeña ciudad de San Cristóbal de La Habana”.

            Porque entonces no era un solo cañonazo, sino dos. Y coexistían dos ciudades, que eran una sola, la de intramuros y la de extramuros, divididas por aquel paredón. A las 4:30 de la mañana, al toque de diana, el cañonazo indicaba que debían alzarse los rastrillos, tenderse los puentes levadizos y abrirse las puertas de las murallas para permitir el tráfico entre una parte y otra. Y el de las ocho de la noche, al toque de retreta, disponía que se hiciera lo contrario. Caían los rastrillos, se elevaban los puentes y se cerraban las puertas y nadie entonces podía entrar en la ciudad amurallada. Ni salir. El disparo se hacía desde el buque de guerra que servía de Capitanía en el Apostadero; luego, empezó a hacerse desde la fortaleza de la Cabaña, y con el tiempo, cuando el toque de retreta dio paso al toque de silencio, desapareció el cañonazo de las 4:30 y el de las ocho empezó a escucharse  a las nueve de la noche, costumbre  que se mantuvo luego de la desaparición de las murallas con el único objetivo de anunciar pueblerinamente la hora y llega hasta hoy.