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Las armas secretas

Las armas secretas

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

Las últimas armas que recibió Fulgencio Batista para apuntalar su ya tambaleante dictadura le vinieron de la República Dominicana y de la Nicaragua de Somoza. Lo primero es bastante conocido: fueron aquellas carabinas San Cristóbal que, en el fragor de la lucha, a veces funcionaban y otras no. Lo segundo se supo no hace mucho tiempo, cuando se revelaron documentos que obran en los fondos  de Cuban Heritage Collection, de la Universidad de Miami.

            El ex  dictador estaba indignado. Había llegado a sus oídos el rumor de que el general Francisco Tabernilla Palmero (Silito) a quien había visto nacer y que se desempeñó, hasta el 31 de diciembre de 1958,  como su secretario privado y jefe de la División de Infantería destacada en el campamento de Columbia, se había atrevido a escribir a Anastasio Somoza Debayle, jefe de la Guardia Nacional de Nicaragua, para aconsejarle acerca de la actitud a  asumir sobre la invasión de Olama y Mejillones protagonizada por Pedro Joaquín Chamorro al frente de un centenar de hombres, en junio de 1959. Batista se había enterado que  Tabernilla Palmero sugirió a Somoza que cortara el flujo de víveres, ropas y medicamentos hacia la zona insurgente y le había dicho,  como si Somoza tuviese necesidad de que se lo dijeran, que “la represión contra los involucrados en hechos conspirativos deberá ser tan imparcial y tan severa como las circunstancias lo requieran”.

            No era, sin embargo, un rumor lo que al ex mandatario cubano llegaba hasta la lejana Funchal, en las islas Madeiras. El mismo Tabernilla Palmero se encargaría de rectificarlo. “La carta a Somoza no es rumor. Le acompaño la copia. Se la hice al contemplar a su país invadido, para que no fuera a incurrir en los mismos errores que nosotros cometimos”, le aclara el secretario respondón  a Batista en una misiva fechada el 8 de noviembre de 1959. Dice además: “Usted sabe que yo mantenía amistad con él [con Somoza Debayle] y no podía olvidar que cooperó decididamente con nuestro Ejército…”

            Tabernilla Palmero refresca la memoria de su antiguo jefe: Le dice que, cuando ya en los meses finales del gobierno batistiano, solo quedaban dos mil balas de 37 mm, llamó a Somoza Debayle y “al día siguiente aterrizaba en Ciudad Militar un avión de la NICA con cuatro mil balas para los tanques”.Añade: Por cierto que usted dio un crédito de 40 mil pesos para ese pedido, pero no se pagó oportunamente”.

            En resumen, Somoza, que fue derrotado por los sandinistas en julio de 1979, envió a su colega en desgracia 30 tanques T-17 con 90 ametralladoras, 16 mil balas para cañón de 37 mm, un millón de balas calibre .30, bombas de napalm y bombas de fragmentación de 500 y mil libras. Una bonita remesa.  

Silito era uno de los miembros más conspicuos del clan de los Tabernilla. Su padre  era el jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas cubanas. Uno de sus hermanos, jefe de la Fuerza Aérea del Ejército, mientras que otro desempeñaba también un importante cargo. Tío político suyo era el general Alberto Ríos Chaviano, el carnicero del cuartel Moncada, en 1953.  Estaba al frente del Regimiento Mixto de Tanques de Columbia cuando,  al ocurrir el asalto al Palacio Presidencial el 13 de marzo de 1957, acudió en auxilio del dictador, lo que le valió el ascenso a General de Brigada y la jefatura de la División de Infantería, aunque aquel día los blindados, girando desde su propio eje desde Columbia, llegaron mucho después de que  el combate había cesado. A mediados de 1959 los tiempos eran otros. Batista y los Tabernilla se hallaban en el exilio y el ex dictador los acusaba de traición y los responsabilizaba en gran parte con el fracaso militar frente a la guerrilla. Y ellos, a su vez, acusaban a Batista y, para demostrarlo, pidieron (y pagaron) al periodista José Suárez Núñez, batistiano hasta la víspera, que escribiera el libro El gran culpable.  

De ahí la carta que sobre la actitud de Tabernilla Palmero remite Batista, desde Funchal,  a dos misteriosos “R y P”  (¿Irenaldo García Báez y Orlando Piedra?). La califica como una injerencia en los asuntos internos de Nicaragua.  “Las expresiones y lo que trata de afirmar, como la carta enviada a los Somoza, encierran tales degeneraciones, que lo mejor es ignorarlo totalmente”, recomienda en ella  a sus ex colaboradores y les dice que tiene noticias de que el documento de Silito fue recibido con “asco” por sus destinatarios.

“TUVE QUE BARRER MI HABITACIÓN”

Se desconoce si Batista llegó a saldar la deuda con Somoza. A Rafael Leónidas Trujillo, el sátrapa dominicano, sí tuvo que pagarle la suya. Ese fue uno de sus mayores contratiempos en la República Dominicana.

            Batista llegó a Santo Domingo en la mañana del 1ro de enero. En la base militar donde aterrizó su avión lo esperaba, para darle la bienvenida oficial,  Ranfis Trujillo, hijo predilecto del Generalísimo (aunque las malas lenguas decían que era hijo de un cubano) a quien su padre otorgó los grados de coronel cuando tenía tres de edad y lo promovió a general a los nueve. Lo declararon huésped de honor de la República Dominicana y lo alojaron en un palacete, cercano al Palacio Nacional,  que se destinaba a  visitantes ilustres. Pensó que el Benefactor lo recibiría de inmediato, pero debió esperar más de 48 horas para que le concediera la audiencia. Ese mismo día, 3 de enero, se le acabó la jactancia cuando Trujillo le comunicó que pondría a su disposición 25 mil hombres y los barcos y aviones necesarios para que encabezara una expedición a Cuba. Batista se negó, pero se brindó para promover y costear un atentado contra el jefe de la Revolución Cubana.

            Meses después Trujillo lo llamaba nuevamente a Palacio. En la entrevista anterior había apelado a su valor y hombría. Ahora apelaba a su bolsillo. Batista tenía una cuenta pendiente con el Estado dominicano: no había pagado el último envío de armas y  le exigía el saldo de la deuda, ascendente a 90 mil dólares.

            Batista respondió que no se trataba de un asunto personal, sino que aquellas armas eran una deuda del Estado cubano. Trujillo lo miró con sorna.

            -Usted no pretenderá que yo le cobre a Castro unas armas que se usaron contra él –dijo. Añadió: Piénselo, general Batista. Yo tengo que cobrar. Son armas del Ejército dominicano y ese dinero es de la República. Se las envié para ayudarlo…

            -Yo no poseo ese dinero. Apenas tengo para vivir. Soy un hombre pobre…-balbuceó Batista.

            El Generalísimo, por supuesto, no se lo creyó y al día siguiente le envió a su suite del hotel Jaragua, donde se había instalado después de la primera entrevista, al jefe de sus ayudantes, un coronel del Ejército que, con respeto y siempre en atención, le trasmitió saludos del Benefactor y le recordó la deuda. Batista volvió a esgrimir los mismos argumentos y los reiteró en cada una de las visitas del militar, visitas que llegaron a hacerse diarias hasta que ocurrió lo inesperado.

            Otro coronel se presentó en el hotel Jaragua junto con dos soldados y conminó a Batista a seguirlo. Trujillo quería verlo inmediatamente. Batista accedió. El tono de la voz y la rudeza de los gestos del coronel y la mirada torva de los dos soldados dejaron sin alternativa al ex dictador. Al salir, pidió al almirante Rodríguez Calderón que lo acompañara. El ex jefe de la Marina de Guerra cubana pasaba casi todo el tiempo junto a Batista desde que su esposa Marta viajara a Nueva York.

            Batista y Calderón fueron “paseados” por Ciudad Trujillo y oscurecía ya cuando el carro en que viajaban salió de la capital. En definitiva, irían a dar a la cárcel de La 40.

Allí, en celdas separadas, pasaron la noche y parte del día siguiente y, diría Batista en una carta que meses después y ya desde Funchal remitió a Rivero Agüero y que firmó con el seudónimo de Mateo, “me obligaron a barrer mi habitación”.

            A La 40 fue a rescatarlo el jefe de los ayudantes de Trujillo, el que siempre le hablaba con respeto y en posición de firme. Le pidió disculpas. Le dijo que se trataba de una extralimitación por no haber concurrido Batista a registrarse como extranjero y que el Generalísimo estaba apenadísimo. Pero aquel paseíto y la breve estancia en la cárcel lo ablandaron para siempre y ya en el hotel, bañado y vestido de limpio, abonó el importe de la deuda. El ex hombre fuerte de Cuba, el otrora hijo predilecto de Washington, el dictador a quién, en la Conferencia Panamericana de 1956, el presidente Eisenhower llamó “mi amigo”, había sido puesto en ridículo para siempre. Días después Trujillo lo convocaba de nuevo. Quería un millón de dólares para sufragar las actividades anticubanas. Batista le extendió el cheque sin decir media palabra.

            Su futuro en la República Dominicana era incierto. A finales de junio del 59, el influyente periodista norteamericano Drew Pearson, muy ligado al Departamento de Estado, escribía en su columna: “(…) Lo que le sucederá a manos de los ex oficiales de su Ejército o de Trujillo, queda por ver”.

            El 17 de julio un despacho cablegráfico de la AP informaba que el ex dictador había sido detenido en el aeropuerto cuando intentaba salir de Ciudad Trujillo a bordo de un avión privado. El mismo día, otra noticia, fechada en Washington,  decía que Batista acudió  al consulado norteamericano de Santo Domingo a fin de pedir la entrada en Estados Unidos. La información no precisaba si le concederían el permiso.

            El gobierno norteamericano parecía haberlo abandonado a su suerte. La esposa del ex dictador no lograba hacerse recibir por la señora de Eisenhower y apelaba a ella a través de una carta pública. Mientras tanto, Gonzalo Güell, ex ministro de Estado cubano, recorría las cancillerías europeas tratado de que algún país concediera asilo al dictador. Su abogado neoyorquino ponía el grito en el cielo: la vida del ex general corría peligro en la República Dominicana.

            Al fin, el Departamento de Estado decidió actuar y pidió a la cancillería brasileña que gestionase el asilo en Portugal. Antes de abandonar la República Dominicana, Batista debió entregar otros dos millones de dólares a Trujillo por el permiso de salida. Corría el mes de octubre de 1959 y una foto lo captó a su llegada al aeropuerto madrileño de Barajas. Había perdido el pelo en la República Dominicana.  

            Debe decirse que lo que costaron  a Batista los meses que pasó en  el Santo Domingo  del Benefactor, es un asunto no esclarecido del todo y del que se ofrecen  cifras diferentes. Dos hombres muy cercanos al ex mandatario, Orlando Piedra y Roberto Fernández Miranda, aseguran que lo entregado no pasó del millón de dólares de los tres que exigió Trujillo, cantidad que evidentemente no incluye el pago de las carabinas San Cristóbal. Pero en la ya aludida carta a Rivero Agüero y que firmó como Mateo, Batista se queja de su estancia en la República Dominicana, donde Trujillo “me robó cuatro millones de dólares y tuve que barrer mi habitación”. 

   

MISTERIO CHINO

 

Rodemos hacia atrás ahora la máquina del tiempo. Es el 31 de diciembre de 1958 y en Columbia espera por Batista una delegación dominicana. La manda Trujillo para que coordine el envío de tropas  que apuntalarían a un ejército incapaz ya de ganar siquiera una escaramuza contra los rebeldes. El grupo lo integran el coronel Johnny Abbes García, jefe de la tenebrosa Inteligencia trujillista y altos oficiales del Ejército y la Marina. Acompañan a la comitiva un yugoslavo y un chino que vienen a resolver el problema de las carabinas  San Cristóbal que a veces disparaban y otras no. Batista se negó a recibirlos y los dejó embarcados en Cuba. Escribe Orlando Piedra en sus memorias que hombres a su mando los buscaron por toda La Habana para sacarlos de la Isla, y no les fue posible dar con ellos, pero que Abbes García no perdonó lo sucedido y de ahí el trato que dispensó a los batistianos que arribaron a Santo Domingo. A uno de ellos, el capitán Juan Castellanos del Buró de Investigaciones, lo mantuvo secuestrado durante un par de días y lo sometió a torturas con choques eléctricos luego de haberlo mantenido sumergido en tanques de agua pestilente.

            Cómo salieron de Cuba aquellos trujillistas es algo no aclarado del todo. Se dice solo el chino no pudo hacerlo y que, apresado, pasó su temporada en una cárcel cubana donde mató el tiempo enseñando su idioma a otros reclusos. Hay otra versión. A las siete de la mañana del 1ro de enero,  Porfirio Rubirosa, play boy devenido embajador del Generalísimo en La Habana, tocó a la puerta de un distinguido abogado, vecino suyo en el reparto Biltmore. Pidió que le consiguiera una avioneta para sacar de Cuba, con destino a Miami,  al coronel Abbes García, al yugoslavo y al chino. Abbes y el yugoslavo podían entrar en Estados Unidos; no así el otro. Era, sin embargo, un obstáculo superable y lo consiguieron cuando desde la avioneta en vuelo arrojaron al chino al Estrecho de la Florida.

            Dos dictaduras, la de Trujillo y la de Somoza, trataron, en los meses finales de 1958,  salvar a otra dictadura. Las tres cayeron.   

                       

             

           

 

             

             

 

De prisa

De prisa

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

En varias ocasiones hemos hablado en esta página sobre el vuelo de Mariano Barberán y Joaquín Collar, los heroicos aviadores españoles, protagonistas, en 1933, a bordo del Cuatro Vientos,  del vuelo Sevilla-Camagüey, que los llevó a atravesar, sin escalas, el Atlántico por su parte más ancha. Hazaña no intentada hasta entonces. En 39 horas con 50 minutos hicieron los 7 570 km que separan esas ciudades.

            De Camagüey el Cuatro Vientos voló a La Habana. Pasaron Barberán y Collar varias jornadas en nuestra capital y de aquí partieron rumbo a México, donde se les esperaba. Jamás llegaron a su destino.

            Todo eso es historia conocida. Lo que se conoce menos es que en los primeros días de 1936 un aviador cubano despegó de Camagüey para cruzar el Atlántico de oeste a este y, sin  pretensión de batir marca alguna, devolver a España la visita que Barberán y Collar  habían hecho a Cuba. La información, que me llega gracias a la gentileza del destacado historiador cubano  Gustavo Placer Cervera,  la ofrece Juan Antonio Guerrero Misa en su libro El vuelo Sevilla-Cuba-México del avión Cuatro Vientos, publicado el año pasado en España por el Instituto de Historia y Cultura Aeronáuticas y el Servicio de Historia y Cultura del Ejército del Aire.

            El aviador cubano, teniente de la Marina de Guerra, se llamaba Antonio Menéndez Peláez e hizo el viaje a bordo del avión bautizado como 4 de septiembre; un monoplano Lockheed Sirius 88 transformado en monoplaza y al que se le hicieron adaptaciones  importantes para la travesía.

            Despegó Menéndez Peláez en Camagüey, a las siete de la mañana del 13 de enero para tomar tierra en Campo Alegre, Venezuela, y de allí se trasladó al aeródromo de la Pan American, en Maiquetía. Al día siguiente se elevó hacia Puerto España, en la isla de Trinidad, y pasó a Ámsterdam, en la antigua Guayana Británica, y a Leguiar, para concluir en Pará, Brasil, en el delta del Amazonas, el 3 de febrero. Dos días más tarde se desplazó hasta San Luis de Maranho y Fortaleza y culminó en la jornada siguiente la primera fase de su vuelo al aterrizar en Natal a fin de cruzar desde ese punto el océano para arribar a África.

            Sobre el Atlántico, el teniente Menéndez Peláez encontró vientos fuertes y mal tiempo, lo que lo obligó a volar, en muchas ocasiones, a escasa altura sobre el agua. Como no llevaba radio a bordo, debió confiar en su pericia como navegante y tomó de referencia los barcos en ruta que avistaba desde su aparato. Consiguió aterrizar en Bathhurst, Senegal, después de haber recorrido 3 160 km sobre el océano.

            Desde Bathhurst voló el cubano al cabo Yuby, en el antiguo Sahara español, el 12 de febrero y dos días después llegó por fin a Sevilla para tomar tierra en el aeropuerto militar de Tablada, desde donde, tres años antes, partió el Cuatro Vientos en su histórico viaje a Camagüey. En Tablada se tributó al militar cubano un caluroso recibimiento, el mismo que recibiría una semana después al arribar al aeródromo que llevaba el nombre famoso del aparato utilizado por Barberán y Collar.

            En resumen, el teniente Antonio Menéndez Peláez, a bordo del avión 4 de Septiembre, recorrió 14 454 km en 72 horas y 27 minutos para devolver el abrazo que en 1933 dos valerosos aviadores trajeron desde España.

            Comenta el historiador español Guerrero Misa: “El gesto de Menéndez puso punto final a una época de heroísmo y profesionalidad que hoy sólo podemos tomar como ejemplo y que hermanó, ya para siempre, a las aviaciones de ambos lados del océano. Desde la hazaña de Barberán y Collar, el mar ya no nos separa”.

HOTELES EN 1926

De los treinta hoteles habaneros que incluye la guía turística de la Asociación de Comerciantes de La Habana correspondiente a 1926, solo siete siguen todavía como hoteles: Ambos Mundos, Florida, Inglaterra, Saratoga, Telégrafo, Sevilla y Plaza.

            De esos treinta establecimientos hoteleros, dos se ubicaban en el Vedado: Cecil, en Calzada y A, y Maison Royal, al comienzo de  la calle 17, y uno en Marianao, Almendares, cuyo edificio  sirve de sede, desde hace muchos años, al Estado Mayor de la Fuerza Aérea. Los 27 hoteles restantes se localizaban en La Habana Vieja y Centro Habana.

            De todos, el que reportaba mayor número de habitaciones era  Sevilla (350) seguido por  Plaza (300) y Majestic, en la calzada de Belascoaín, (250). Hoteles con cien habitaciones o más eran entonces Almendares y La Unión, en la calle Cuba, 55, con 150 cada uno; Perla de Cuba, en Amistad,  125 y  Luz, frente a la plazoleta de ese nombre, 120. Los hoteles Pasaje, en el Paseo del Prado, y Royal Palm, frente a parque de Colón y no en la calle de San Rafael, donde estuvo después, disponían de cien habitaciones cada uno.

            El de más altos precios era el hotel Almendares, con 18 pesos por habitación. Y el más económico, el Majestic, con precios de $2,50 para la habitación sencilla y de $3,50 para la doble. Una habitación sencilla en el Plaza costaba entonces entre tres y doce pesos y entre 6 y 16, la doble. En el hotel Inglaterra (80 habitaciones)  los precios eran  de cinco y ocho. En el hotel Florida (75 habitaciones) la sencilla oscilaba entre tres y siete pesos y entre cinco y doce, la doble. Telégrafo (50 habitaciones) resultaba más económico; los precios corrían entre los tres y los diez pesos. Más caros eran  Regina (50 habitaciones, en la calle Águila) que cobraba entre seis y catorce pesos, y  Pasaje, entre cuatro y doce. No se consignan en esa guía los precios del hotel Sevilla.

            Nada o poco dicen a los habaneros de hoy los nombres de esos hoteles desaparecidos hace años. Dejaron de “sonar” nombres como Biscuit, Gran América, Harding, La Esfera, Manhattan, Roma, Santa Fe…

RECADO DE CALLE G

Lo que hoy es el Vedado surgió a partir de 1859 cuando el propietario de la finca El Carmelo urbanizó su propiedad. Al año siguiente, el conde de Pozos Dulces, propietario de la finca El Vedado, hizo lo mismo con la suya. El primero de esos predios se extendía desde la actual calle Paseo hasta el río Almendares, mientras que la posesión del conde se enmarcaba en el espacio que ocupa el hospital América Arias, la llamada Maternidad de Línea,  hasta la calle 21 y entre las de G y Paseo. El propietario de El Carmelo dio número a las calles de su área, de menor a mayor desde Paseo hasta el río y dotó de números impares a las paralelas al mar. Lo que obligó a Pozos Dulces a dar nombres de letras a sus vías, mientras que aprovechaba la numeración impar para las vías que las cortaban.  

            Me cuenta el doctor Juan de las Cuevas, autor del libro 500 años de construcciones en Cuba, obra sencillamente monumental, que en 1859 Ivo León, urbanista de los repartos El Carmelo y Vedado, dio el nombre de Paseo a la avenida que conocemos como tal. Pero que en planos correspondientes a 1880, G pasa a llamarse Calle del Paseo y Paseo se convierte en la Avenida del Prado. Denominaciones que se mantienen en el plano de 1899, confeccionado por el gobierno interventor norteamericano. En 1929, sin embargo, Paseo recupera su nombre original y G es ya G o Avenida de los Presidentes, aunque, como apunta la doctora Adelaida de Juan, ningún vedadense que se respete la llama de esa manera, y ella lo es y del cogollito.

            Otro dato de mucho interés me pasa Juan de las Cuevas. En el aludido mapa de 1880 aparecen ya reflejadas dos edificaciones en G entre 23 y 25, que debieron ser las primeras de toda esa importante vía, y que no aparecerán consignadas en el mapa de 1899.

            En los años iniciales del Vedado, aún en tiempos de la Colonia, la avenida 23 se llamó Paseo de Medina, propietario o urbanista de otro de los repartos que conformaron la barriada. Medina, por una contrata de la administración española en Cuba, era el hombre que aportaba las piedras necesarias para las construcciones del gobierno. Donde quiera sacaba piedras, comenta De las Cuevas, y él es el causante de las oquedades existentes en la calle F entre 19 y 21 y  en 21 esquina a G. Tenía su casa frente a lo que es el cine Riviera.

            Todavía hay más, apunta Juan de las Cuevas. Hasta los años veinte del siglo pasado la calle G se detenía en  25, donde ya se habían edificado el hotel Palace y el edificio Chibás.  G no llegaba a Carlos III porque la cerraba la loma de Aróstegui. Fue Carlos Miguel de Céspedes, el dinámico ministro de Obras Públicas del gobierno de Machado, quien dispuso que se cortara dicha elevación en dos  para extender la avenida.

            Fue asimismo Carlos Miguel quien comenzó la construcción del monumento al mayor general José Miguel Gómez, segundo Presidente de la nación,  obras que se paralizaron por la crisis económica de 1929 y que culminaron en 1936 gracias a una colecta del pueblo de La Habana.

            Ya para entonces se había erigido, en G y Quinta, el monumento a Tomás Estrada Palma, primer Presidente de la República de Cuba. Monumento del que hoy solo puede apreciarse su base y  el  par de zapatos que quedó sobre ella al ser arrancada, en los años 60,  la estatua del mandatario.

            Y ahora viene lo mejor. Me dice Juan de las Cuevas que la idea de Carlos Miguel de Céspedes era la de erigir un monumento al dictador Machado en la intercepción de G y Malecón, obra que, por fortuna, no llegó a iniciarse.

            Muy cerca de allí, a la altura de la calle Tercera, se erige el extraño edificio que ocupa, desde su fundación, en 1959, la Casa de las Américas. Se construyó en los años 40 y hasta el triunfo de la Revolución fue la  sede de la Sociedad  Colombista Panamericana y dio albergue a otras instituciones y empresas como la Asociación Panamericana de Escritores, la Casa Continental de la Cultura y una sucursal del Banco Continental Cubano. Fue en sus salones que tuvo lugar, en 1956,  el llamado Diálogo Cívico,  encuentro que presidió Cosme de la Torriente en su carácter de timonel de la Sociedad de Amigos de la República.

            A fines de diciembre de 1955 y en enero del 56, don Cosme sostuvo dos largas entrevistas con Batista en el Palacio Presidencial. Jurista de larguísima trayectoria, De la Torriente había sido Canciller durante el gobierno de Menocal y le tocó presidir  la asamblea general de la Sociedad de las Naciones. Su propósito era el de convencer  al dictador de la inconstitucionalidad de muchos de sus decretos y, en definitiva, de la ilegalidad de su gobierno y hacerlo entrar en razones para  que convocara a elecciones generales. Matrero como era, Batista se negó a discutir el asunto de manera pormenorizada porque él se reconocía, afirmó, en una posición desventajosa frente a su interlocutor, que era abogado, y sugirió que esas discusiones se llevaran a cabo entre representantes del gobierno y de los partidos opositores.

            Ese fue el origen del Diálogo Cívico en el  que una oposición “atomizada y pedigüeña”, como le llamó Fidel desde México, hizo sus planteos de que el dictador dejara de serlo y  abandonara su cargo por las buenas.   Un fracaso desde el comienzo porque Batista a lo más que accedió fue a sacar a elecciones todas las magistraturas menos la suya. El desembarco del Granma, el 2 de diciembre de 1956, le dio el puntillazo final a esa vía y clausuró para siempre el camino de la negociación.

            El edificio de la Casa se construyó en el espacio que había ocupado, recuerda Lisandro Otero en sus memorias, un castillete barroco y recargado con guirnaldas de piedra. Ya en el edificio de la Colombista, con el cual no se sabía qué hacer y que se adscribió al Ministerio de Relaciones Exteriores antes de destinarlo a Casa de las Américas,   instaló Raúl Roa,  por breve tiempo, su despacho como titular de esa cartera.  

            Las edificaciones iniciales del Vedado, casi todas de madera, se emplazaron en la calle Línea. Una de las casas más antiguas, que se conserva, es la de Línea y B. Su propietario edificó además dos mansiones en la calle B entre Línea y Calzada. Eran casas destinadas al alquiler, algo totalmente inusual en la época pues nadie arrendaba  una mansión, sino que, si podía,  la fabricaba.

Es a partir de la segunda intervención norteamericana (1906-09) y en el gobierno de José Miguel (1909-13) cuando en verdad empieza a fabricarse en el Vedado. Los miembros  del Ejército Libertador, licenciados,  cobran su paga y los generales reciben compensaciones muy altas. Es entonces que muchos de esos altos ofíciales se hacen edificar sus residencias en Línea, y  también en 17 y  en G.

Para tener una idea de cuánto cobraron los generales gracias al empréstito de 35 millones de dólares concertado por Estrada Palma con EE UU, baste decir que uno de ellos, Bartolomé Masó, y lo sé de buena fuente,  recibió 32 000 dólares.  ¿Cuánto cobrarían Menocal y José Miguel?

 

 

El Águila Negra

El Águila Negra

Ciro Bianchi Ross 

 

En varias ocasiones he aludido en esta página a El Águila Negra, el guajiro de Tacajó que se convirtió en uno de los grandes estafadores internacionales de todos los tiempos.

Lo hice siempre de pasada porque no disponía de información suficiente. Soy, sin embargo, un escribidor afortunado. Un lector solidario, Antonio Lemus Nicolau, de Gibara, Holguín, que me ha sacado de apuros similares, pese a que no nos conocemos personalmente,  me hizo llegar en fotocopias largos fragmentos de la prolija investigación que sobre el personaje acometió el periodista holguinero Ángel Quintana Bermúdez y que recogió en un libro que desconocía hasta ahora, El Águila Negra y otras historias.

            Quintana Bermúdez buceó  en archivos y hemerotecas en busca de datos sobre El Águila Negra  y localizó y recogió el testimonio de algunos de sus  familiares radicados en Cuba. En el curso de la investigación, uno de los hijos del experto timador, periodista radicado en Panamá, se puso en contacto con Quintana Bermúdez. Él también acopió información sobre su padre y había escrito “un novelón” que envió a un concurso sin resultado positivo alguno. Entonces todavía vivían, en Venezuela y México, otros hijos del estafador. Pero ya su esposa, la panameña Griselda Contrera,  había muerto, en 1983, llevándose con ella, dice uno de sus vástagos,  “el verdadero secreto de El Águila”. Unos tres lustros antes, en 1967, en México, había muerto a los 80 años de edad,  víctima de un derrame cerebral,  el más increíble y sagaz de los tramposos, sin que la policía de país alguno, apunta Quintana Bermúdez, supiera dónde guardó su mal habido caudal.  

            Hasta donde sé, y por las fotocopias de sus materiales, lamentablemente incompletas, que me remitió Lemus Nicolau, el periodista Quintana Bermúdez no escribió una biografía. Pero en las crónicas que dedicó al personaje mucho se atisba acerca de su vida y “hazañas”. De niño, sufrió en carne propia los rigores de la Reconcentración ordenada por el sanguinario Valeriano Weyler y nunca pudo asistir escuela alguna, pero cuando supo hacerlo  leyó todo lo que cayó en sus manos, sobre todo en las cárceles que le tocó conocer. Salvó milagrosamente la vida cuando un torero burlado lo tiró al mar desde un trasatlántico en una zona infectada de tiburones y en China se libró en tablitas  de la furia de un terrateniente a quien estafó de manera consuetudinaria y  que después de hacer que le propinaran una paliza descomunal,  lo condenó a trabajar como esclavo en sus arrozales por el resto de sus días. En 1937 estuvo a punto de estafar nada menos que al temido  José Eleuterio Pedraza, jefe de la Policía cubana…

            La de El Águila Negra es una vida de novela, en la que, como a un Edmundo Dantés tropical, no falta su Abate Farías. En efecto, en la cárcel de Santiago de Cuba encontró a un verdadero amigo y maestro, El Murciélago. El anciano delincuente advirtió la inteligencia y la audacia del joven imberbe y le enseñó todas las trampas posibles en los juegos de cartas y lo instruyó en el difícil arte de engañar al prójimo.  Poco antes de morir, El Murciélago lo declaró su heredero y le cedió, como único legado, un grueso cinturón de cuero. Cuídalo, es de buena piel, comentó al entregárselo. La piel, por buena que fuera, no podía pesar tanto y El Águila advirtió que aquel fajín pesaba mucho. No podía ser de otro modo porque guardaba, en su doble forro, decenas y decenas de monedas de oro.

 

EN PRIMERA CLASE

José Roque Ramírez es el nombre verdadero de El Águila Negra. Nació el 16 de agosto de 1888, en la localidad holguinera de Tacajó. Trabajó la tierra, sin éxito y era todavía muy joven cuando, en la ciudad de Guantánamo,  se inició en la vida delincuencial: pasaba billetes falsos de 20 dólares; no existía aún la moneda cubana. Lo descubrieron, pero pudo evadir la acción policial. En Boca de Samá, donde buscó refugio,  su madre lo enseñó a leer y a escribir y allí, durante tres años, se mantuvo tranquilo y olvidado hasta que quiso ir a su pueblo natal para ver cómo andaban las cosas. Le echaron el guante y, con una condena de 12  años de privación de libertad, fue a parar a la Cárcel Provincial de Oriente, sita entonces en la calle Marina número 12, en Santiago de Cuba.

Es en ese establecimiento penal donde  traba relación con El Murciélago, un gaditano de nombre Leonardo Tejeda Legón, condenado a 30 años por la muerte de su amante. Simpatizan, juegan a las cartas,  conversan durante horas enteras. El muchacho es listo y Tejeda sabe tanto por viejo como por diablo.  Pronto caen en boca de los otros reclusos y los comentarios crecen cuando se advierte que la vida de Roque Ramírez y del anciano mejora por día. Ya no comen del rancho aborrecible de la prisión, sino que se hacen traer la comida de fuera, disfrutan de buenos  tabacos y no les faltan las bebidas alcohólicas que los custodios, condescendientes, les permiten pasar.  

            Y es que El Águila Negra ha empezado ya  a hacer de las suyas. En cartas que salen de la prisión santiaguera da cuenta a  hombres ricos de otras localidades de un cuantioso tesoro cuyo escondite guarda en secreto un oficial preso. Se necesitaba de mucho dinero para sacarlo de la cárcel, pero a cambio  el oficial, tan pronto estuviera en la calle,  estaba dispuesto a compartir su fortuna con los que lo ayudaran.  Las cartas van escritas en el papel timbrado del Dr. José Roque Ramírez, abogado con domicilio en Marina número 12, la misma dirección de la cárcel.

            La venta de acciones del tesoro escondido marcha a todo tren y en el supuesto bufete llueven las cartas de respuesta y, lo que es mejor, los certificados de giros postales emitidos a nombre de Roque Ramírez hasta el día en que el juez municipal de Arroyo Blanco, extrañado de no recibir aviso por los más de 3 000 pesos que invirtió en el negocio, tomó el tren con destino a Santiago. Ya en la ciudad localizó la dirección y ahí mismo ardió Troya. Dos años más vinieron a sumarse a la condena de El Águila Negra.

            No los cumpliría. Volvió a tomar papel y pluma y escribió textos conmovedores encaminados a obtener su indulto. Una de esas cartas, remitida a la esposa de un ministro del presidente Menocal, dio en el blanco. La señora abogó a su favor  y le concedieron la libertad.

            Las trampas que tan bien le enseñó El Murciélago le permiten salir vencedor en cuanto juego de naipes participa. En Sagua la Grande, de una sola sentada, acopia 5 000 pesos, y 6 000 en Ciego de Ávila. Pero quiere ver mundo. El puerto mexicano de Veracruz será su destino. De ahí, elegante y con buenos modales,  bien vestido y con una conversación fácil y amena, emprenderá las travesías, siempre en camarotes de lujo,  que lo llevarán a Barcelona, Londres, Manila, Shangai, California, Buenos Aires… ORO PURO

En Canadá le birló un cuarto de millón de dólares a una anciana a la que había jurado amor eterno. En la Guayana francesa juega a las cartas con el Gobernador General de la colonia y lo despoja de varios miles de dólares. En la Pampa argentina deslumbra a patrones y peones. Se hace llamar Belisario Roldán y es un rico magnate petrolero de Tampico. Los gana a todos con su verbo locuaz, su cordialidad, su gentileza. Se muestra como un caballero opulento y generoso que sabe hacer regalos fantásticos a los ricos y sorprender a los que lo sirven con propinas insospechadas. En Bahía Blanca, también en la Argentina,  adquiere caballos de pura sangre y más de mil toros con destino a su granja experimental, en México y se escabulle antes de pagarlos. No se marcha de la Argentina sin estafar a un importante joyero bonaerense por más de 60 000 dólares.

En la ciudad haitiana de Puerto Príncipe se presenta como un diplomático mexicano interesado en adquirir, por instrucciones de su gobierno, grandes cantidades de café. Es ahora el señor Castañón y pone en su mirilla a un caficultor francés radicado en la isla, el señor Berard,  viejo, arisco,  egoísta, ambicioso. Le compra todo un cargamento del grano, que no le paga, pero que llega a su destino, en Veracruz. Enseguida le ofrece 100 000 dólares por su posesión y le explica el motivo. Ha descubierto en ella un entierro de barras de oro. No accede el francés a la venta, pero está dispuesto a compartir las ganancias con el cubano. Busca Roque Ramírez un detector de metales, opera el aparato, perciben sus señales y excavan. Cincuenta lingotes  salen de la tierra. Raspa Roque uno de ellos y Berard, estremecido,  recoge las limallas que luego analizará un joyero. No hay duda posible: es oro puro.

            Como nadie en Haití lo compraría, Castañón otorga un voto de confianza al francés y lo insta a que viaje a Nueva York, donde la Casa Morgan se perfila como un comprador seguro. Le pide un favor, que le anticipe 30 000 dólares para emprender cierto negocio no previsto en su presupuesto. Da Berard gustoso el dinero e invita al cubano a que se instale en su residencia hasta que regrese. En Nueva York el fiasco fue total. Eran de bronce los 49 lingotes que llevaba. El que sí era de oro puro había quedado en poder de El Águila Negra, que pidió conservarlo como recuerdo. 

 

FINAL

El intento de estafar al coronel Pedraza costó a El Águila Negra dos años de cárcel. En 1943 regresa a México y se instala en su lujosa residencia de Chapultepec. Lleva esa vez,  producto de sus estafas,  unos 270 mil dólares consigo. Dos policías cubanos, Jacinto Hernández Nodarse y Luis Torres Catá, le siguen los pasos. La justicia cubana lo reclama y a sus requerimientos la policía de México lo detienen en más de diez ocasiones. Gasta Roque Ramírez una fortuna en abogados que retardan una y otra vez la extradición hasta que, por orden del ministro de Gobernación, lo confinan en la prisión de Lecumberri.  Alega Roque Ramírez su condición de ciudadano mexicano, pero son falsos los documentos con que pretende avalar su ciudadanía y Cuba demuestra que no se trata de dos sujetos con el mismo nombre, sino de un solo hombre con dos personalidades. La repatriación está cerca y El Águila Negra encarga a su esposa que contrate los servicios del pistolero Pavía Franco, que, con su banda,  ultimaría a sus custodios en el camino del aeropuerto. Nada pueden hacer.

            En la tarde del 5 de agosto de 1944 llega a Rancho Boyeros el avión que trae a Roque Ramírez para pasar en el castillo del Príncipe la más larga temporada penitenciaria de su vida. Batista lo indultó en 1953 y enseguida se trasladó a México con su familia.

            (Fuente: textos de Ángel Quintana Bermúdez)

 

           

 

           

           

           

                

                 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La última noche de Batista

La última noche de Batista

Ciro Bianchi Ross

 

El fracaso de la acción del Palacio Presidencial, el 13 de marzo de 1957, clausuró una forma de lucha: “El proyecto abreviante de la guerra mediante el descabezamiento del régimen en la cima dentro de la tesis de una gran insurrección urbana”.

            Un hecho importante en la estrategia revolucionaria tuvo lugar en la Sierra Maestra, el 3 de mayo de 1958, cuando la dirección nacional del Movimiento 26 de Julio designó a Fidel Castro como Comandante en Jefe del Ejército Rebelde y secretario general de la organización, con lo que asumió la conducción política y militar de la guerra tanto en la montaña como en las ciudades.

            A partir de esa reunión, la lucha seguiría la línea de la Sierra, que llamaba a la confrontación armada directa que se extendería a otras regiones y dominaría el país, y que, dice Che Guevara: “pondría fin a algunas ilusiones ingenuas de pretendidas huelgas generales revolucionarias cuando la situación no había madurado lo suficiente para que se produjera una explosión de ese tipo”.

            Esa carencia de condiciones había motivado el fracaso de la huelga del 9 de abril de 1958. Lejos de afectar la estabilidad del régimen batistiano, aquella huelga permitió al gobierno, luego de reprimir ferozmente a los huelguistas, movilizar hacia la Sierra Maestra grandes contingentes militares.

            Batista llevaba a cabo así su llamada Ofensiva de Primavera como parte del Plan F-F (Fin de Fidel) diseñado por sus estrategas. Diez mil soldados de la tiranía, agrupados en 14 batallones y siete compañías independientes atenazaron la zona del I Frente, comandado por Fidel.

            Con solo 300 hombres, cien de los cuales carecían de armamentos, el jefe revolucionario opuso a la ofensiva enemiga una resistencia frontal, que en unos 30 combates y seis batallas de envergadura, en la región de Santo Domingo, en pleno corazón de la  Sierra, aniquiló o puso en fuga al ejército adversario, cuyos flamantes estrategas se cubrieron de ridículo para siempre.

            Tras la ofensiva de primavera, el régimen batistiano quedó con la columna vertebral rota, pero no vencido. Fue entones cuando el Comandante en Jefe ordenó la contraofensiva rebelde, en la que los comandantes Ernesto Che Guevara y Camilo Cienfuegos tuvieron un papel decisivo al encomendárseles la misión de sacar la guerra de los límites de la provincia oriental. Camilo debía llegar hasta Pinar del Río y Che operaría en la central provincia de Las Villas.

            Fidel y el resto de sus comandantes continuarían la lucha en Oriente, estrechando cada vez más el cerco elástico en torno a la importante plaza militar de Santiago de Cuba.

            Esa era, a grandes rasgos, la situación militar del país en diciembre de 1958.

 

EL ÚLTIMO MES

Ya para esa fecha, el territorio oriental estaba casi totalmente controlado por el Ejército Rebelde. En Las Villas, 2000 efectivos militares no pudieron contener el avance de las columnas invasoras de Camilo y Che (conformada por ciento y tantos hombres cada una de ellas) y se combatía asimismo en regiones de Camagüey y Pinar del Río.

            Crecía la impopularidad del régimen y el desencanto permeaba a sectores que hasta muy poco antes le habían dado su apoyo tácito o abierto. En La Habana, donde la represión se hacía sentir con verdadera saña, la ciudadanía acataba la orientación del Movimiento 26 de Julio que, bajo la consigna de 0 3 C (cero compras, cero cine, cero cena) llamaba al retraimiento durante las celebraciones pascuales. Las calles lucían tristes y desiertas.

            La batalla de Guisa, que se extendió, bajo la conducción de Fidel entre el 20 y el 30 de noviembre, tuvo lugar prácticamente a la vista de la ciudad de Bayamo, sede del puesto de mando de la Zona de Operaciones antiguerrilleras. El Ejército Rebelde luchó allí contra nueve refuerzos que llegaron con apoyo de artillería y aviación. La victoria le permitió proveerse de una cantidad apreciable de armas, pertrechos y equipos, incluidos dos tanques T-17, 55 000 tiros, un mortero y siete ametralladoras. El Ejército de la tiranía sufrió más de 200 bajas.

            Liberada Guisa, el Comandante en Jefe decidió tomar los pueblos de Jiguaní, Baire y Maffo, con lo que el sector comprendido entre Bayazo y Palma Soriano quedaría controlado por los rebeldes, que dominarían también el tramo de la carretera Central que se extiende entre ambas ciudades. Cuando Palma cayó en poder de las huestes revolucionarias, Bayamo y Santiago quedaron aislados.

            El 10 de diciembre, los pueblos de Baire y Jiguaní pasaban a ser territorio libre, y el 11 comenzaría la batalla de Maffo, que se extendería hasta el 30. Palma Soriano se rendía ante las tropas del comandante Juan Almeida y la ciudad de Santiago empezó a divisarse ya para el Ejército Rebelde.

            En la provincia de  Las Villas la situación resultaba también favorable para las huestes de Camilo y Che. Esos jefes guerrilleros, en tres semanas, había logrado inmovilizar los destacamentos militares. Destruyeron los puentes sobre los ríos Tuinicú y Falcón, en la carretera Central, con lo que interrumpieron el tránsito entre La Habana y los pueblos situados al este de Santa Clara, la capital provincial.  Y con el fin de obstaculizar el desplazamiento del ferrocarril central, interrumpieron asimismo varios tramos de la vía férrea.

            Che puso sitio a Fomento, lo tomó y después atacó Guayos y  Cabaiguán con igual éxito. Posteriormente Placetas, Remedios, Caibarién y Camajuaní se rindieron ante sus tropas, en tanto que Camilo atacaba las guarniciones de los pueblos del norte de la provincia y ponía sitio a Yaguajay, donde el Ejército resistió el asedio durante 11 días. El 23 de diciembre los rebeldes se apoderaban de Sancti Spíritus, ciudad de unos 115 000 habitantes.

            La estrategia del Che, como jefe de operaciones en Las Villas, era la de reducir las guarniciones de las ciudades y pueblos situados alrededor de Santa Clara, fuerte plaza militar y punto obligado del tráfico por carretera y vía férrea entre La Habana y el este del país.  Con ello impediría la llegada de refuerzos una vez comenzado el cerco de la ciudad.

            El 29 de diciembre, mientras Fidel se proponía el ataque a Santiago, Che daba la orden de combate contra las guarniciones destacadas en Santa Clara, que caería en sus manos al mediodía del 1 de enero de 1959. Ya para esa fecha, el legendario guerrillero había descarrilado y capturado el tren blindado que, con sus 22 vagones cargados de hombres, armas y equipos para la reparación de caminos y vías férreas, era una de las últimas cartas de triunfo de la tiranía.

ASÍ PAGA EL DIABLO

En aquel mes de diciembre de 1958, en que el gobierno batistiano se desmoronaba a ojos vista, Washington trató de llevar a cabo una maniobra política encaminada a salvar al régimen mediante el sacrificio del tirano.

            Earl Smith, embajador norteamericano en Cuba hasta enero del 59, da la clave en su libro El cuarto piso, en el que expone los detalles de su misión diplomática en La Habana. Dice:

            “Los representantes de los monopolios estaban de acuerdo en que era muy tarde [se refiere a diciembre de 1958] para ayudar a Batista y que la mejor alternativa era la de proponer una junta cívico militar. Estos caballeros coincidían en que una junta lograría un apoyo general del pueblo de Cuba y debilitaría a castro si incluía a figuras representativas de la oposición política y algunos de los elementos mejores del gobierno. Batista sería excluido…”

            Agobiado por las continuas derrotas de un Ejército que no era  capaz de ganar ya siquiera una escaramuza, Batista recibió, el 9 de diciembre, a un curioso personaje. El norteamericano William D. Pawley, hombre de negocios que había comenzado a venir a  Cuba, en los años 30,  como promotor de la Panamarican Airways y que en ese momento representaba los intereses de los Autobuses Modernos, que competerían con la empresa cubana de los Ómnibus Aliados. Eran viejos conocidos. 

            Pawley se entrevistó con Batista en Kuquine, la finca de recreo del Presidente, y lo hizo a título personal pues el personaje dijo no tener vínculos con el gobierno de su país. En realidad, con aquella entrevista cumplía la misión encomendada por la administración de su país: persuadir al tirano de que presentara la renuncia.

            Pawley habó como un amigo y no como un emisario. De ahí que todo lo que ofrecía a cambio de la dimisión del Presidente, afirmó, debía ser aprobado luego por Washington. Él trataría de que fuera así. Si el general renunciaba, aseguró, podría irse a vivir a EE UU, donde Batista tenía su residencia en Daytona Beach, y no se molestaría a sus amigos y partidarios. Le dio a conocer la lista de los integrantes de la junta cívico militar que lo sustituiría. “Nosotros, puntualizó el visitante, haremos un esfuerzo para que Fidel Castro no llegue al poder”. 

            Algún tiempo después, septiembre de 1960, cuando testificó ante un subcomité del Senado norteamericano, Pawley dijo: “Yo fui seleccionado para ir a Cuba a hablar con Batista y tratar de persuadirlo de que renunciara… No tuve resultados en mis esfuerzos, pero si Rubotton me hubiera autorizado a decir siquiera lo que le estoy ofreciendo tiene la aprobación tácita y el respaldo de mi gobierno, creo que Batista habría aceptado”.

            Pawley llevó a cabo su misión a espaldas del embajador Smith, quien se enteró de casualidad, antes que por el conducto oficial, de que un enviado de la administración se entrevistaría con Batista. El Departamento de Estado nunca le dijo su nombre, y el diplomático no conoció su identidad ni supo los detalles de la conversación con el Presidente hasta que coincidió con Pawley en la sesión del Senado ya aludida. Al hacer contacto con Batista a través de Pawley, Washington protegía las excelentes relaciones existentes entre Smith y Batista y reservaba al embajador para la gestión oficial en caso de que, como ocurrió, el tirano no escuchara la voz amistosa del emisario.

            En La Habana, sin embargo, había gente mejor enterada que Smith de la misión de Pawley. Mario Lazo, asociado con Jorge Cubas en el bufete habanero que llevaba sus nombres (Edificio Ambar Motors; Piso 9. Tfno. 70 9452) era uno de los abogados cubanos de la United Fruit y de otras grandes compañías norteamericanas. Esas empresas sugirieron a Washington la sustitución de Batista por una junta militar, y Allan Dulles, director de la CIA, comunicó a los ejecutivos de esas firmas que Pawley viajaría a La Habana para hablar con el dictador.

EL HOMBRE HERIDO

Pawley llegó el 5 de diciembre. El día antes el Departamento de Estado había pedido a Smith que se trasladara a Washington para consultas. El 9 se entrevistaron Pawley y Batista. El 10, Smith fue recibido en el Departamento de Estado. En la reunión se hallaban Robert Murphy, subsecretario; Roy Rubotton, secretario auxiliar, entre otros personajes. “Allí estaba también, diría Smith, el enlace de la CIA con el Departamento de Estado”.

            En esa reunión comunicaron al embajador los nombres de los integrantes de la posible junta militar que suplantaría a Batista. No coincidían enteramente con los que Pawley dio el día anterior al tirano. La composición de la junta fue la única noticia que Smith sacó del encuentro. El resto de los asuntos que le plantearon los conocía a través de Mario Lazo.

            El embajador regresó a La Habana y pasó un cable a Washington: quería saber el resultado de la conversación de Pawley con Batista. No tuvo respuesta. Días después cursó otro mensaje: estaba seriamente amenazado el desarrollo de la zafra azucarera de 1959 por controlar los rebeldes prácticamente la porción este de la Isla. Esa vez sí le contestaron y de manera urgente.

            “En las primeras horas de la mañana del día 14 de diciembre recibí instrucciones de Washington, dice Smith en su libro El cuarto piso. Era evidente, según decía el secretario Roy Rubotton… que Batista conservaba la esperanza de que EE UU lo apoyara hasta la toma de posesión del doctor Rivero Agüero, electo presidente el 3 de noviembre de 1958. Mi misión consistía en desengañarlo”.

            Inmediatamente Smith se entrevistó con el canciller Gonzalo Güell y por su conducto le solicitó audiencia a Batista. Dijo al Canciller: “Tengo el desagradable deber de informar al Presidente de la República que EE UU no apoyará al actual gobierno de Cuba y que me gobierno cree que Batista está perdiendo efectivo control sobre la situación”.

            Batista recibió al diplomático el día 17, en Kuquine. Quiso Smith dorarle la píldora y comentó que cumplía ese encargo con desagrado. Pero, dijo entrando al grano, su gobierno veía con escepticismo la idea de que el dictador permaneciera en el poder hasta el 24 de febrero. Después llegó lo peor. Pawley había dicho a Batista que Washington le concedería el permiso de entrada a territorio norteamericano y que su criterio sería atendido para conformar la junta militar que lo sustituiría. Lo que tenía que decirle Smith era muy diferente.

            Batista comentó que sin su presencia el Ejército se desintegraría, manifestó que EE UU debía respaldarlo hasta el 24 de febrero y propuso, como fórmula salvadora, que Rivero Agüero, una vez en el poder, formara un gobierno de coalición y constituyera una asamblea nacional que convocara a elecciones. “Esa asamblea debe tener todo el respaldo de EE UU”, precisó.

            Smith fue tajante. “Le dije que no esperara respaldo de mi gobierno a ninguna de sus posibles soluciones ni el apoyo a su posición”.

            Batista adujo que la junta no podría resistir sin su apoyo y que, de formarse, tenía que incluir a Rivero Agüero.

            Comentario de Smith: “Le dije bien claro que yo no estaba autorizado para admitirle la discusión de soluciones específicas o personalidades de la próxima junta”.

            El dictador preguntó entonces si después de la renuncia podía trasladarse a su casa de Daytona.

            “Le sugerí que pasara un año o más en España u otro país y que no demorara su partida de Cuba más del tiempo necesario para una ordenada trasmisión de mandos”.

            Al resumir la entrevista con el mandatario, el embajador expresa en El cuarto piso que durante la conversación advirtió que Batista “respiraba como un hombre herido, y él y yo lo sabíamos bien”.

            En la noche del 22 de diciembre de 1958, el tirano dictó al general Silito Tabernilla, su secretario privado,  los nombres de los que lo acompañarían en la fuga y cómo se distribuirían en los tres primeros aviones. En el suyo viajarían Marta, su esposa, y su hijo Jorge, varios ministros, los esbirros Esteban Ventura Novo y Orlando Piedra, jefe del Buró de Investigaciones, y cuatro o cinco guardaespaldas... Entre los 51 pasajeros de la segunda aeronave, que llegaría a Jacksonville, irían el clan de los Tabernilla y algunos de los otros hijos de Batista, y en el tercero, un C-47 ejecutivo, el avión presidencial que llevaba el nombre de Guáimaro, 13 personas más. Aunque la ubicación de los fugitivos en los aviones sufrió cambios de última hora, la lista la conformaban cien nombres en total. El resto de los batistianos quedarían  abandonados a su suerte.

LA TRAICIÓN DE COLUMBIA

El 28 de diciembre, ante el desplome inminente de la tiranía, el mayor general Eulogio Cantillo Porras, Ayudante General del Ejército y jefe de la Zona de Operaciones, llegaba en helicóptero al central Oriente, en Palma Soriano, para entrevistarse con el Comandante en Jefe. Cantillo era el gran derrotado de la ofensiva de primavera, que estuvo bajo su conducción personal. En esos momentos las fuerzas armadas batistianas no podían resistir 15 días más el avance victorioso de la guerrilla.

            Según la revista Bohemia (sección En Cuba; 11 de enero, 1959) la entrevista se desarrolló en los siguientes términos.

            -A usted no le tienen que importar nada Batista ni los Tabernilla ni toda esa gentuza, general Cantillo. Esa es una ralea que no ha tenido piedad de Cuba, pero tampoco la ha tenido de los militares cubanos. Los ha llevado a una guerra que se pierde siempre porque contra el pueblo no se puede ganar una guerra…

            “Pero entiéndalo bien, continuó Fidel, yo no autorizaré ningún tipo de movimiento que permita la fuga de Batista. Nuestro primer planteamiento es la entrega de los que consideramos criminales de guerra, empezando por el dictador. No transijo en esto.

            “Lo que hace falta no es un madrugonazo más en Columbia ni una solución por encima, que deje intacto lo podrido, añadió el jefe del Ejército Rebelde. Hay que sublevar la guarnición de Santiago, que es lo suficiente fuerte y está bien armadas, sumar al pueblo y a los revolucionarios en un movimiento irresistible porque de seguro se le unirán todas las guarniciones del país.

            Cantillo adujo que necesitaba trasladarse a la capital.

            -No, no, es un riesgo que vaya usted a La Habana.

            -No creo que sea ningún riesgo.

            -Corre usted el peligro de que lo detengan porque aquí todo se sabe.

            -No, yo estoy seguro de que no me detienen…

            Ambos interlocutores guardaron silencio. Fidel se expresó con recelo:

            -¿Me promete usted que no se v a dejar persuadir en La Habana por poderosos intereses? ¿Quién me asegura que no hay gente grande detrás de usted, empeñada en dar un golpe de Estado en la capital?

            -Yo le prometo que no.

            -¿Me lo promete de veras?

            -Se lo prometo.

            -¿Me lo jura por su honor de militar?

            -Se lo juro.

            En resumen, Cantillo se comprometió con Fidel a protagonizar a las tres de la tarde del 31 de diciembre  un pronunciamiento militar en el cuartel Moncada, de Santiago, y desde allí se exigiría la renuncia del gobierno y la captura de los grandes culpables. No cumplió nada de lo pactado.

            En Respuesta, Batista se refiere a esa entrevista y hay que ver con natural reserva lo que afirma. Dice que el alto oficial vio al líder rebelde en cumplimiento de una orden del mayor general Francisco Tabernilla Dolz, jefe del Estado Mayor Conjunto. Él (Batista) ordenó a su vez el regreso de Cantillo y cuando este arribó al aeropuerto militar, un oficial lo condujo a presencia del dictador.

            “…Cuando le pregunté por qué se había ido a Oriente sin verme, me respondió que cuando informaba a Tabernilla de los problemas bajo su mando, el jefe del EMC le insistió en que hiciera contacto con Castro. Entonces él (Cantillo) se acordó de un sacerdote, el padre Guzmán, que le había enviado un  mensaje a los efectos de servirle de intermediario. Tabernilla le había ordenado partir de inmediato, buscar al cura y arreglar una entrevista personal con Fidel Castro para determinar qué es lo que quiere”.

            Concluye Batista:

            “El mero hecho de que la entrevista se hubiera efectuado significaba algo más que una actitud derrotista. Era la derrota en sí”.

            No se sabe, quizás ya no se sepa nunca, si el dictador estuvo detrás del encuentro de Cantillo con Fidel. Astuto como era, es muy posible que lo haya estado y que moviera hasta el final los hilos de la situación que concluyó con su fuga. Por encima de sus afirmaciones en Respuesta y frases para la historia, hubo un entendimiento total entre Batista y Cantillo, incluso después de que este le pidiera la renuncia.

            El 2 de enero de 1959, en el discurso que pronunció en el parque Céspedes, de Santiago de Cuba, Fidel se refirió a su reunión con Cantillo y expresó que había aceptado entrevistarse con el general por lo que su compromiso podría significar en el acortamiento de la lucha, y enjuiciaba de manera categórica la actitud del oficial de la tiranía. “No voy a andar con paños calientes, expuso ante los santiagueros, para decirles que el general Cantillo nos traicionó… Pero desde luego lo habíamos dicho siempre: no vayan a tratar a última hora de venir a resolver esto con un golpecito militar porque si hay golpe militar de espaldas al pueblo, nuestra Revolución seguirá adelante. Esta vez no se frustrará la Revolución. Esta vez, por fortuna para Cuba, la Revolución llegará de verdad a su término”.

LA NOCHE DEL ÚLTIMO DÍA

En El cuarto piso, el embajador Smith dice que el Departamento de Estado le comunicó que la junta que suplantaría al dictador estaría integrada por el general Eulogio Cantillo, el coronel Ramón Barquín, el general Arístides  Sosa de Quesada y alguien más cuyo nombre ni revela. En el Congressional Record de 2 de septiembre de 1960, que recoge la deposición de Pawley ante el Senado, se afirma que la junta estaría compuesta por el coronel Barquín, el general Martín Díaz Tamayo, Pepín Bosch, de la casa ronera Bacardí “otro cuyo nombre se me escapa en este momento”.

            Cuando Batista abandonó el poder en 1944 su sucesor, el doctor Ramón Grau San Martín, se empeñó en limpiar al Ejército de oficiales ostensiblemente batistianos. El coronel auditor Sosa de Quesada sobrevivió a esa limpieza y permaneció en las filas. Allí, agazapado en su oscuro puesto burocrático,  volvió a encontrarlo Batista a su vuelta, el 10 de marzo de 1952, y lo ascendió a general de brigada. El capitán Díaz Tamayo no tuvo la suerte de que Grau lo dejara en las Fuerzas Armadas. Licenciado, trabajó en la Terminal de Ómnibus de La Habana, pero volvió  con Batista a Columbia, en el mismo automóvil,  el día del golpe de Estado y recibió en premio las estrellas de general. Por su actitud conspirativa estaba sujeto a investigación al producirse el desplome de la tiranía. Eulogio Cantillo no participó en la conspiración que llevó a Batista al poder en 1952. Intentó una tímida resistencia en el cuerpo de Aviación, entonces bajo su mando, hasta que su hermano, el capitán Carlos Cantillo fue a buscarlo para conducirlo a presencia del jefe golpista. Entró en su despacho con las estrellas de coronel. Saldría del local como general de brigada y Ayudante General del Ejército. Entonces, con su nombre, su  prestigio y su autoridad trabajó en la consolidación del golpe de Estado.

            De los militares cuyos nombres se barajaban para conformar la junta que sustituiría al dictador, solo Ramón M. Barquín López era decididamente antibatistiano. Junto a los coroneles Eulogio Cantillo y Eduardo Martín Elena, era de los oficiales más respetados de las Fuerzas Armadas y uno de los hombres en los que la oficialidad joven cifraba sus esperanzas de cambio. Pensaban esos jóvenes militares que de ascender cualquiera de esos tres coroneles al escalón principal de mando, el Ejército se adecentaría.

Cantillo se sumó a Batista y Martín Elena abandonó las filas tras el 10 de marzo. Barquín, en cambio, guardaba prisión en la Isla de Pinos desde que fuera develada la conspiración del 4 de abril de 1956, la llamada conspiración de Los Puros, en la que estuvieron implicados unos 120 oficiales con mando de tropas, de los que solo 13 fueron condenados.

A las diez de la noche del 31 de diciembre el coronel Joaquín Casillas Lumpuy, jefe de la plaza militar de Las Villas, logra contactar por teléfono con el dictador. Pide refuerzos urgentes para contrarrestar el asedio de Che Guevara contra la ciudad de Santa Clara, la capital provincial. . Batista le promete la ayuda pedida.

A esa misma hora Cantillo le dice que la situación en Oriente es insostenible pues habiendo trascendido su entrevista con Fidel, las tropas están ansiosas de facilitar los planes. En cuanto a los refuerzos para Santa Clara, comenta el general que el propósito es irrealizable. Añade tajante: “La situación es gravísima. Debe usted tomar una rápida resolución pues en cuestión de horas Castro entrará en Santiago con apoyo de nuestras propias fuerzas.

Esperan el año nuevo en la Ciudad Militar de Columbia, junto a Batista, los jerarcas militares y civiles. A muchos de ellos los citaron con premura los ayudantes presidenciales. Otros se valieron del pretexto de la fecha para comprobar por sí mismos lo que había de cierto en los insistentes rumores de la renuncia del Presidente, rumores que circulaban desde el día 29, cuando el dictador envió a EE UU a sus dos hijos más pequeños.

Aunque muchos aseguraban que Batista daría su batalla definitiva, y acaso postrera, en La Habana, y otros eran de la opinión de que no renunciaría en esa fecha porque había preparado su agenda de trabajo para el 2 de enero, existía entre sus íntimos y colaboradores una inquietud que crecía por momentos. A pesar de la celebración del año nuevo, el ambiente en la casa presidencial de Columbia no era precisamente de fiesta, y los continuos apartes entre el dictador y Cantillo, que evidenciaban perfecto entendimiento entre ambos, acrecentaban la tensión.

Poco antes de las doce de la noche los invitados pasaron al comedor y Batista con una copa de champán en la mano deseó a todos un feliz año nuevo.

Lo que sigue a ese momento es un tanto confuso. Según un testigo presencial, unos quince minutos después del brindis, uno de sus ayudantes avisó a Batista de que su presencia era reclamada en el despacho presidencial.  Refirió Anselmo Alliegro, todavía presidente del Senado, que el mandatario lo mandó a buscar a su despacho y que cuando entró en el local vio a Batista muy nervioso y despeinado. Sudaba pese al aire acondicionado y estaba rodeado del alto mando militar. Le dijo:

-¿Qué le parece Alliegro? Estos señores me han dado un golpe de Estado.

Increpó Alliegro a los militares, pero Batista lo tomó por un brazo y lo condujo a un ángulo de la oficina. Ya yo no puedo hacerme obedecer. Firma la renuncia y vámonos, expresó el dictador y habló de tres conspiraciones que en ese momento anidaban en el campamento militar. Alliegro suscribió el documento. Como el Vicepresidente había renunciado para aspirar a la Alcaldía de La Habana, correspondía la Presidencia  al titular del Senado. 

Momentos antes, el mayor general Eulogio Cantillo, delante del resto de los altos oficiales y hablando al parecer en nombre de todos,  había dicho a Batista:

-Señor Presidente: Los jefes y oficiales del Ejército, en aras del restablecimiento de la paz que tanto necesita el país, apelamos a su patriotismo y a su amor al pueblo, y solicitamos que usted renuncie a su cargo.

Batista tomó la palabra a su vez. Luego pidió papel y pluma y escribió de su puño y letra la renuncia. A esa hora solo quedaban en Columbia los colaboradores más allegados.

EL ÚLTIMO ¡SALUD! ¡SALUD! ¡SALUD!

A la una de la mañana del ya primero de enero de 1959 la jefatura de la Policía Nacional ordenaba que sus carros se presentaran en sus respectivas unidades y se encomendó a sus choferes que recogieran en sus casas a una serie de jefes policíacos. Treinta o cuarenta minutos después una caravana de unos treinta automóviles se fue formando en la Avenida 23, frente al Buró de Investigaciones. Al fin recibió la comitiva la orden de ponerse en movimiento con destino al aeropuerto militar de Columbia. Unas cien personas descendieron allí, nerviosas y preocupadas. Al arribar a su destino, el coronel Orlando Piedra, jefe del Buró y responsable de aquella operación,  pidió que solo lo acompañaran los hombres “previamente citados”. Entre ellos se hallaba la flor y nata de los criminales batistianos: Medina y Sarmiento, Calzadilla y Rodríguez, Margoza y Macagüero, Antolín Falcón y Mariano Faget... sin contar los que estaban ya dentro. Aunque parezca increíble, algunos pensaron que los habían llevado porque allí tendría lugar una entrevista con Fidel Castro, pero Piedra los sacó de toda posible confusión al gritarles:

            -Señores –dijo- ¡esto se acabó!

            A las 2:10 llegó Batista al aeropuerto. Vestía de casimir oscuro y lucía sereno en medio de la tensión de sus acompañantes. Con él venían su esposa Marta, cuatro de sus hijos, algunos de sus colaboradores y el general Cantillo. Unas 15 personas en total. De otro vehículo descendieron Rubén Batista, otro de los hijos del dictador,  y su esposa e hija, y Elisa Godínez, primera esposa de Batista.

El general Silito Tabernilla empezó a vocear los nombres de los que abordarían cada uno de los aviones dispuestos para la fuga. En el avión de Batista  viajarían Marta y su hijo Jorge, varios ministros, los esbirros Esteban Ventura Novo y Orlando Piedra  y cuatro o cinco guardaespaldas... Entre los 51 pasajeros de la segunda aeronave, que llegaría a Jacksonville, irían el clan de los Tabernilla y algunos de los otros hijos de Batista, y en el tercero, un C-47 ejecutivo, el avión presidencial que llevaba el nombre de Guáimaro, 13 personas más. Aunque la ubicación de los fugitivos en los aviones sufrió cambios de última hora, la lista la conformaban cien nombres en total. El resto de los batistianos quedaba abandonado a su suerte.

            Antes de subir al avión, Batista hizo un nuevo aparte con Cantillo. En entendimiento entre el mandatario defenestrado y el militar golpista seguía siendo perfecto.

            -Ya sabes lo que te he dicho y lo que tienes que hacer. Llama a las personalidades que te he mencionado: doctores Núñez Portuondo, Raúl de Cárdenas y Cuervo Rubio y diles cuáles son mis propósitos…

            -Muy bien, general.

            -Trata de que esas personas te ayuden. Son representativas de grandes zonas de opinión y su colaboración es necesaria en estos instantes.

            -Así lo creo, general.

            -En fin, Cantillo, no olvides mis instrucciones. De ti depende el éxito de las gestiones que realices a partir de ahora.

            Batista subió por la escalerilla, ya arriba se volvió hacia Cantillo y repitió la frase con la que invariablemente terminaba sus discursos y alocuciones:

            -¡Salud! ¡Salud! ¡Salud!

            Cantillo se comunicó entonces con el embajador Smith y lo impuso de los últimos acontecimientos. Decretó el alto al fuego, nombró nuevos jefes en las plazas militares y en la jefatura del Estado Mayor y de inmediato, aunque sin éxito, procedió a constituir la junta cívico militar. Su gestión en Columbia resultó efímera, se deshizo como una pompa de jabón cuando después del mediodía del primero de año la sala de gobierno del Tribunal Supremo de Justicia se negó a tomar juramento al doctor Carlos M. Piedra y Piedra que, como magistrado más antiguo de esa instancia de justicia, se aprestaba a posesionarse de  la Presidencia de la República. Esa misma tarde un avión militar volaba rumbo a la Isla de Pinos para traer a Columbia al coronel Ramón Barquín como última carta de triunfo del desarticulado Ejército de Cuba.

            A las nueve de la noche llegó Barquín a la Ciudad Militar. Vestía todavía el uniforme de presidiario. Se encontró con Cantillo en el despacho del jefe del Estado Mayor Conjunto. Sostuvieron un diálogo breve:

            -Cantillo, en nombre de la Revolución y el pueblo de Cuba, a los que me debo, asumo revolucionariamente la jefatura…

            -Bien, Barquín, si eso es así, qué remedio queda sino aceptar.

            Cantillo, con sus ayudantes y su escolta, se retiró a su casa en la propia Ciudad Militar.  En el juicio que se le siguió por su complicidad con el golpe de Estado del 10 de marzo, declaró que en ese momento Barquín le ofreció un avión para que saliera de Cuba, y que él rechazó la oferta porque estaba decidido a “compartir la suerte de sus hombres”. Hasta sus últimos días, Barquín negó categóricamente que le hubiera hecho tal ofrecimiento. El 2 de enero, el primer teniente José Ramón Fernández, recién llegado a Columbia desde el presidio de la Isla de Pinos, detuvo al general Cantillo en su residencia y lo condujo a la prisión militar, mientras que Barquín hacía nuevos nombramientos, incluso para aquellas plazas que estaban ya en manos del Ejército Rebelde.  

            Fidel se había negado a reconocer la autoridad del general Cantillo y tampoco reconoció y fue muy crítico con aquel coronel que hablaba en nombre del pueblo y la Revolución. El Comandante en Jefe designaba como jefe del Estado Mayor del Ejército derrotado al coronel José Rego Rubido, al mando hasta ese momento de la plaza militar de Santiago de Cuba. Y desde la ciudad de Palma Soriano, y a través de las ondas de Radio Rebelde, no acataba el cese de las hostilidades y llamaba al pueblo a la huelga general revolucionaria que impediría que la Revolución se viera frustrada en sus propósitos.

            Las columnas de Camilo y Che entraron en La Habana. La huelga revolucionaria fue una realidad y frustró el intento de los militares de controlar el poder. El 8 de enero la capital tributaba a Fidel un recibimiento apoteósico.

 

 

Fray Olallo

Fray Olallo

Ciro Bianchi Ross

 

El padre Olallo no hizo milagros, pero en Camagüey se le tiene como un santo. Era un adolescente cuando, ya como profeso de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, fue destinado a uno de los hospitales civiles de esa ciudad a fin de que completara su formación religiosa y profesional.  En el hospital de San Juan de Dios,  durante 54 años, se dedicó al cuidado del enfermo, del más necesitado, del marginado.

Eran tiempos en los que un solo médico atendía los tres hospitales civiles de la localidad y no era raro que, en épocas de epidemias, los pacientes tuvieran que amontonarse en patios y pasillos de esas  casas de salud o de… muerte.  Para aliviar tantas calamidades,  Olallo, en la práctica de todos los días,  se hizo cirujano, boticario y dentista, pero siguió asumiendo con humildad las labores más desagradables, como las de botar orinales, bañar a enfermos, lavar paños ensangrentados, cargar cadáveres...

Aunque le llamaban Padre Olallo nunca quiso ordenarse sacerdote porque no se consideraba digno de tal distinción y prefirió seguir con sus enfermos para los que fue, unas veces, el hombre que trataba de ofrecerles la mejor atención médica posible, y, en otras, el religioso que les ayudaba a morir en paz. Mortificaba su cuerpo con ayunos constantes y largas vigilias. Aún así encontraba tiempo para enseñar a leer y a escribir a los niños pobres de la barriada en un aula que habilitó en el propio hospital.

            Hace apenas una semana, en la plaza de la Libertad, de la ciudad de Camagüey, tuvo lugar la ceremonia de beatificación de fray José Olallo Valdés, hermano hospitalario de la Orden de San Juan de Dios. El acto, presidido por el cardenal José Saraiva Martins, prefecto emérito de la Congregación para la Causa de los Santos del Vaticano, y que contó con la asistencia del presidente Raúl Castro, fue la culminación de un largo sumario que tuvo uno de sus hitos esenciales en 1990 cuando fueron remitidas a Roma las actas finales de la documentación del proceso diocesano que avalaban la beatificación de fray Olallo. Más de quince años después, el Papa Benedicto XVI reconoció a Olallo como Venerable al firmar los decretos que proclamaban sus virtudes heroicas. Se abrió entonces otra espera hasta que el pasado 15 de marzo Su Santidad firmó la Carta Apostólica en la que declaró Beato a fray Olallo, con lo que la Iglesia Católica podrá rendirle culto público.

PICHÓN DE CURA

Desde el portal de su casa,  en el punto más elevado de la Sierra de Cubitas,  el propietario de la finca Las Cocinas Altas, vio que se abría la talanquera del batey para dar paso a dos jinetes. No demoraron en llegar a su presencia. A uno de ellos, que resultó ser José Olallo Valdés,  lo veía por primera vez  en su vida. El otro era un viejo vecino.

            -Buenos días, don José –dijo el vecino. Aquí le traigo a este pichón de cura… No puede seguir hasta el pueblo pues está derrengado.

            El aspecto de Olallo, con 15 años de edad entonces,  era, en verdad, deplorable. Los siete días que demoró  su travesía marítima entre La Habana y el pequeño embarcadero de La Guanaja, en la costa camagüeyana, fueron para él de constante mareo y malestar. Y a ello se sumaban las doce leguas de mal camino recorridas a caballo desde el desembarco. Nunca antes había cabalgado y lucía maltrecho, su rostro era la estampa del dolor y la bata blanca que llevaba, a guisa de sotana,  estaba manchada por el barro rojo de aquellos lugares. Sus muslos y asentaderas eran una llaga viva y la fiebre comenzaba a hacer estragos en su cuerpo.

            “Después de cinco o seis días de descanso, y de curarle sus llagas de acuerdo con los tiempos aquellos, conducido por mi abuelo y otro vecino, fue traído a Puerto Príncipe, y llevado al hospital de San Juan de Dios…”, escribe Abel Marrero Companioni, nieto del propietario de Las Cocinas Altas,  en su libro  Tradiciones camagüeyanas. Andando el tiempo el propio Marrero Companioni llegaría a conocer personalmente a fray Olallo pues la casa de su familia se ubicaba frente  la misma plaza donde se erigía el hospital.

            Era un establecimiento exclusivo  para hombres: blancos pobres, esclavos, negros y pardos libres, presidiarios, bandoleros heridos. Si un bandolero fallecía en un enfrentamiento con la fuerza pública, se expedía allí el correspondiente  certificado de defunción. Al estallar la Guerra Grande (1868) el hospital empezó a recibir  soldados del Ejército Libertador capturados heridos por los españoles.

            Olallo había sido mandado a Camagüey  en días críticos para la ciudad. Debía reforzar el hospital en un momento en que una epidemia de cólera sembraba el espanto y la muerte entre los principeños. Ese fue su comienzo en la vida hospitalaria. Refiere Marrero Companioni, que lo escuchó de boca de testigos presenciales, que pasaba todo el tiempo al lado de los enfermos y moribundos, lo que hizo que,  precisa el cronista, a pesar de su corta edad empezara a revelarse como un iluminado en aquel antro de dolor y miseria donde fallecían entre 30 y 35 enfermos por jornada. Mantendría la misma consagración cuando otros brotes de cólera y también de viruela y fiebre amarilla ocasionaron víctimas cuantiosas en la urbe.

            Esa dedicación le valió que, ya con 36 años de edad,  se le promoviera a Enfermero Mayor del hospital. Pero Olallo siguió siendo el mismo de siempre: el más humilde de los empleados, dispuesto, de manera invariable,  a atender al que lo necesitara. Era, afirman los que lo conocieron, dulce y afable por naturaleza y con verdadera vocación para las funciones que asumía. Respetuoso y comedido. Solo una orden se negó a cumplir. Se opuso con firmeza a la disposición que establecía negarle auxilio a aquellos heridos que llegaban espontáneamente al hospital, sin previo conocimiento de las autoridades. La medida le pareció inhumana y se rebeló contra ella. No aguardaría por permiso alguno para aliviar el dolor o salvar la vida de un desgraciado. Cumpliría su misión sin importarle las consecuencias.

EL CADÁVER DE AGRAMONTE

La misma valentía mostró Olallo en el amanecer del 12 de mayo de 1873. Una columna española irrumpió en la plaza de San Juan de Dios. Conducía a varios heridos y el cadáver de un hombre doblado sobre el lomo de un caballo. Era el del mayor general Ignacio Agramonte, muerto el día anterior en el combate de Jimaguayú.

            Dos soldados desataron las sogas que sujetaban el cadáver y el cuerpo sin vida del Bayardo de la Revolución Cubana, sucio de sangre y lodo,  cayó al pavimento y quedó a la vista de vecinos y curiosos.

            Olallo no podía permitir el escarnio. Ordenó que una camilla condujera el cadáver al interior del hospital y limpió el rostro de El Mayor con su propio pañuelo. Pronto se sumó a Olallo el sacerdote Manuel Martínez Saltage –“muy buen cubano”, apunta Marrero Companioni-  y juntos rezaron durante varios minutos. Al final, otra vez volvió Olallo a limpiar el rostro maltratado del mambí.

            Una versión similar a la de Marrero Companioni ofrece Eugenio Betancourt, nieto de El Mayor. Dice que fray Olallo y el padre Manuel lavaron con aguardiente la cara del patriota y tendieron el cadáver en un pasillo del hospital. Así lo corrobora el acta del inspector Antonio Olarte, que cita Betancourt. Expresa dicho documento que el cuerpo de Agramonte estaba colocado en unas andas de madera teñidas de negro, boca arriba, con las piernas y los brazos extendidos, y apoyada la cabeza en una almohada.

EXPÓSITO

 

José Olalla Valdés nació en La Habana, en 1820.  Nunca supo quiénes fueron  sus padres. Lo depositaron en la Casa Cuna de San José, en esta capital.  Lo acompañaba una nota donde se afirmaba  que había nacido el 20 de febrero. No se sabe qué decidió su vocación por la asistencia de enfermos y desvalidos. Lo cierto es que llegó a convertirse en el alma mater del hospital de San Juan de Dios. Fueron exitosas muchas de las intervenciones quirúrgicas que se vio obligado a acometer de urgencia y los cuidados que prodigaba evitaron  la gangrena hospitalaria en numerosos pacientes. Jamás preguntó a un enfermo si era cubano o español, esclavo o liberto.  En los más de cincuenta  años que pasó en ese establecimiento no faltó a su trabajo un solo día ni  durmió fuera una sola noche. En su pequeña celda solo disponía del  mísero catre que usó durante todo ese tiempo. Olallo llegó a Camagüey como súbdito de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios y, con el tiempo, ascendió a superior responsable. Pero durante los últimos trece años de su vida sería  el único miembro de esa comunidad religiosa en Cuba y en América.

            En 1888 una epidemia de viruela causó estragos en Camagüey. El padre Olallo, ya con 68 años de edad, tiene la salud quebrantada y anda casi sin fuerzas. Aun así se le ve junto a los enfermos que mueren por decenas. No puede devolverles la salud a todos, pero les lleva el consuelo espiritual, les trasmite una frase amable, les hace sentir un gesto de cariño.

            “Ya hacía meses que casi no podía andar, encorvado, con su hermosa cabellera blanca, su rostro aguileño, con una cerrada barba también muy blanca y su mirada triste del que avizora la muerte, así lo recordamos en nuestros doce años; ya casi no salía de su humilde celda al fondo del hospital, hasta que el día 7 de marzo de 1889 dejó de latir su generoso corazón…”, escribe Abel Marrero Companioni en sus Tradiciones camagüeyanas.

            La noticia conmovió a la sociedad principeña. Los periódicos se hicieron eco de la triste nueva y exaltaron las virtudes del difunto fraile. Dijo el periódico El Pueblo: “El padre Olallo  es de esos seres que al abandonar la vida dejan tras sí esa luminosa estela de bondad sublime, piadosa compasión, de inmaculada virtud exenta de todo egoísmo, sin mancilla de hipocresía”. Y otro diario: “El Camagüey está de luto. Un pesar inmenso lo apena. Todo el que tenga corazón de hombre y sepa lo que significa la palabra gratitud, ha llorado”.

            El Arzobispo de La Habana se trasladó a Camagüey para asistir a los funerales de Olallo. En espera de la llegada del prelado,  el cadáver permaneció insepulto durante tres días y a lo largo de todo ese tiempo una muchedumbre enorme oró en voz alta y de rodillas en la plaza y en los portales del hospital. El entierro se convirtió en una manifestación de duelo gigantesca.

            El pueblo camagüeyano le levantó al padre Olallo un sencillo monumento en la necrópolis de la ciudad. Y ya en la República, el Ayuntamiento dio su nombre a la calle de Los Pobres. “Mis hermanos los pobres”, afirmaba el fraile cuando se refería a esa calle.

            Nunca faltaron flores ni ruegos en su tumba.

            (Con documentación de Marrero Companioni, Rico Hernández y Cruz Palenzuela.)

           

             

 

 

           

             

           

             

           

 

¡Se acabaron las pistolas!

¡Se acabaron las pistolas!

Ciro Bianchi Ross

 

 

Alejo Cossío del Pino, propietario de Radio Cadena Habana y del restaurante campestre Topeka, tenía razones para sentirse deprimido. Hacía rato que había olvidado la amenaza de muerte que pendía sobre él  desde que, en los días de la masacre de Orfila (septiembre de 1947),  los seguidores de Emilio Tro lo acusaron de favorecer a los adictos de Mario Salabarría y colocaron su nombre en la lápida de la tumba del jefe de la Unión Insurreccional Revolucionaria para advertir que la UIR había puesto precio a su cabeza.  

Algo más inmediato lo aplastaba.  A sus desavenencias recientes con el alcalde habanero Nicolás Castellanos se sumaba la comunicación recibida aquella mañana. Pese a haber quedado como primer suplente, con más de  diez mil votos, en las elecciones legislativas de 1950, el Tribunal Superior Electoral reconocía a José Basterrechea, que solo alcanzó dos mil sufragios, el derecho a ocupar la curul dejada vacía por Benito Remedios en la Cámara de Representantes. Aducía el Tribunal que Cossío no pertenecía ya al Partido Republicano, por el que había aspirado. Si bien el documento expresaba que la decisión final del asunto debía tomarla  la comisión de actas de la Cámara, Cossío comprendió que no volvería, al menos esta vez, al ala derecha del Capitolio.  

            -Todo me está saliendo mal –se dijo e hizo varias  llamadas telefónicas para compartir la noticia adversa con sus amigos. Con uno de ellos, el parlamentario Radio Cremata, quedó en verse esa noche en la puerta de la emisora. Llegó Cremata a la hora convenida y, junto con José R. Mérida, presidente del Partido Nacional Cubano en el barrio de Arsenal, cruzaron la calzada de Belascoaín y caminaron hasta la calle San José. Allí en el café-restaurante Strand, aguardaban Ceferino Duque y un hermano de Cossío.

            Nada presagiaba la tragedia. Había pocos clientes en el Strand a esa hora y todo parecía tranquilo aquella noche del 11 de febrero de 1952. Tomó asiento el grupo alrededor de una mesa y solo cuando el dependiente trajo el pedido, Cossío, de espaldas a la calle San José, comenzó a leer en voz alta el dictamen del Tribunal Superior Electoral.

            Seguían los cinco amigos los rutinarios y aburridos argumentos judiciales cuando un Olbsmobile rojo hizo una parada momentánea cerca del café para dejar salir a cuatro sujetos. Continuó el vehículo la marcha, dobló por San José y. con el motor encendido,  aparcó  a medianía de cuadra, mientras los cuatro individuos, sin premura,  caminaron  por la acera,  bordearon  el Strand y abrieron fuego sobre el grupo. Cossío cayó hacia fuera y en su caída arrastró a Mérida, gravemente herido. Corrieron los agresores hacia el vehículo disparando al aire para sembrar el pánico. A la altura de la calle Marqués González, el policía de ronda, con riesgo de su vida, intercambió disparos con los ocupantes del automóvil, sin llegar a detenerlo. En el Strand, Cremata, Duque y el hermano de Cossío, repuestos del desconcierto del atentado, quisieron ayudar a las víctimas que se agitaban en sus charcos de sangre. Fue entonces que se percataron de  que Duque y Cremata estaban  heridos también. Alejo Cossío del Pino, con dieciséis perforaciones de bala en sus espaldas, no llegó vivo al hospital de Emergencias.

LAS SEÑAS Y EL SANTO

Por la destacada personalidad de la víctima, la muerte de Cossío  provocó en el país una ola de justificada indignación. Para muchos, la UIR había cumplido el juramento de eliminarlo que hizo en el sepelio de Emilio Tro. Para otros, por la frecuencia e impunidad de hechos como ese, el máximo responsable era el gobierno de Carlos Prío, incapaz  de controlar el gangsterismo pese al llamado “pacto de los grupos” que,  auspiciado por el Ejecutivo, pretendía poner fin a la actividad de los caballeros del gatillo alegre. Otros iban más lejos y acusaban al ex presidente Grau como responsable máximo del asesinato. Es ese sentido recordaban que “ese viejo hipócrita” se había empeñado en hacerle la vida imposible durante los cinco meses y medio que lo mantuvo como su ministro de Gobernación (Interior). Al asumir esa cartera, Cossío había declarado: “¡Se acabaron las pistolas!” y enunciaba un vasto plan para cortar de raíz el crimen político organizado. Vana ilusión pues mientras el ministro tomaba las medidas que creía oportunas  para acabar con el pistolerismo, Grau seguía recibiendo en el despacho presidencial a los más connotados pistoleros.

            Por lo pronto, las tres personas detenidas de inmediato tras la perpetración del atentado, tuvieron que ser dejadas en libertad. Los dos miembros de la UIR apresados por la Policía tenían una coartada perfecta. A la hora de los hechos bebían tranquilamente en el Bodegón de Toyo  con el comandante Luis Varona, del Buró de Investigaciones. El tercer detenido era el propio Basterrechea que celebraba en su casa la decisión que a su favor emitiera el Tribunal Superior Electoral.  Había sido la suya una detención gratuita pues nada lo vinculaba con el incidente.

            Alguien conocía, sin embargo,  el camino a seguir para llegar a los culpables. Tan pronto recibió, en su residencia del reparto Miramar,  la noticia de la muerte de Cossío, el vicepresidente de la República, Guillermo Alonso Pujol, recordó las conversaciones que, casi un año antes y con la mayor reserva, sostuviera con el general Fulgencio Batista, en su finca Kuquine. El militar trató entonces  de sumar a Alonso Pujol, pese a su posición en el gobierno, al golpe de Estado que tramaba contra Prío. Justo es decir que el hábil político no secundó los planes golpistas, pero prefirió guardar silencio y no ponerlos en conocimiento del gobierno al que pertenecía.

            En aquellas conversaciones matinales, mientras desayunaban, Batista exponía las razones que, a su juicio, justificaban en el golpe de Estado. El gangsterismo era una de ellas. “Es un mal que nos lleva a la anarquía y el Ejército y nosotros estamos en el deber de salvar la sociedad cubana”, dijo. En efecto, repuso Alonso Pujol,  es una deshonra nacional, y un mal que debe extirparse. Añadió: “Pero sus víctimas hasta ahora carecen de relieve, en su mayor parte son miembros de clanes seudo revolucionarios, y tales sucesos no han logrado herir en lo profundo la sensibilidad pública. No creo que estos hechos de sangre y la censurable conducta de las autoridades dejándolos sin castigo sean bastantes para justificar históricamente un alzamiento militar… Aún no ha ocurrido un hecho de tanta resonancia como fue en España la muerte de Calvo Sotelo, preludio de la sublevación de los generales Sanjurjo, Franco y Mola”.

            Creía Alonso Pujol haber influido lo suficiente en el ánimo de Batista para disuadirlo  de sus planes conspirativos cuando el atentado a Alejo Cossío del Pino lo sacó de su error. No se trataba de una víctima más, sino de un hombre que había ganado relieve gracias a sus arrestos cívicos y que podía convertirse en el Calvo Sotelo que Batista buscaba. Por eso decidió no esperar y a las once de la noche apremió una conferencia telefónica con el primer mandatario. A esa altura, las diferencias entre el Presidente y el Vice eran ya notorias e insalvables, al punto de que Prío había privado de su escolta a Alonso Pujol y le había retirado la custodia de su casa. No obstante, en aquella conversación telefónica, si bien no disimuló su vehemencia, habló con cuidadosa consideración para la autoridad del jefe del Estado. Le dijo:

            -Como integrante del régimen que presides, me creo autorizado a exhortarte, con todo respeto, para que actúes de modo inmediato y con suprema energía. Te sugiero  la urgente sustitución del jefe de la Policía, la suspensión de las garantías constitucionales, que asumas personalmente la jefatura de las Fuerzas Armadas y dictes las otras medidas que sean procedentes para dar una batida en firme a los criminales que, con todos sus desmanes, están a punto de provocar una catástrofe”.

            Contaría después Alonso Pujol que Prío compartió su criterio y,   tras  agradecerle sus observaciones,  le dijo que salía de inmediato para Palacio, donde reuniría al consejo de ministros. Alonso Pujol debió sentir tranquila su conciencia. Con lo dicho, quedaba bien con Prío y, con su silencio, seguía quedando bien con Batista. Había dado las señas al Presidente, sin mencionarle el santo.

CAMINO DE COLUMBIA

Pero informes del Servicio de Inteligencia Militar ponían en conocimiento del alto mando del Ejército los trajines conspirativos de Batista. Como sabía que no llegaría al poder por la vía electoral, se proponía conseguirlo por la fuerza.

En las reuniones que sostenía con un nutrido grupo de militares en retiro en las oficinas de su Partido Acción Unitaria, en 17 No. 306, en el Vedado, y en su propia residencia campestre, se insistía en la necesidad de crear un clima de agitación nacional tendente a demostrar que el gobierno de Prío carecía de fuerza para controlar el orden, mantener la paz pública y garantizar los derechos de la propiedad y la libre empresa. Se quería llevar a la opinión pública el criterio de que solo Batista podía restablecer el equilibrio. Por eso  se orientaba estimular a los militantes del PAU a realizar atentados personales y promover alteraciones que colocarían a la República en un estado de inquietud y alarma que justificarían las aspiraciones batistianas.

Después de la conversación telefónica con Alonso Pujol, Prío salió de su finca La Chata, en Arroyo Naranjo, decidido a suspender las garantías constitucionales y dar una batida a las pandillas gangsteriles con el nombramiento de un nuevo jefe de la Policía Nacional. Ya en Palacio,  convocó a sus más cercanos colaboradores. Pronto en torno al Presidente se reunieron el primer ministro, Oscar Gans, y  los titulares de Gobernación y Defensa, Segundo Curti y Rubén de León, respectivamente. Acudieron también los jefes del Ejército y la Marina, el fiscal del Tribunal Supremo y Orlando Puente, secretario de la Presidencia y artífice del “pacto de los grupos”.

Cuando el decreto que suspendía las garantías, redactado y mecanografiado por Puente, estuvo listo, el Presidente lo sometió a la consideración de los reunidos. El primer ministro, los jefes militares, Rubén de León y el fiscal del Supremo votaron porque no se tomara esa medida. Adujeron que la oposición acusaría al presidente de valerse de la muerte de Cossío del Pino para favorecer la posición electoral del candidato gubernamental, el auténtico Carlos Hevia. Prío y Curti, por el contrario, pensaban que la suspensión de las garantías constitucionales frenaría, al menos de momento, a los conspiradores. Anota el historiador Newton Briones Montoto: “Prevaleció la opinión de la mayoría y no se suspendieron las garantías”.

Se nombró, sí, al teniente coronel  Juan Consuegra, del Ejército,  como  jefe de la División Central de la Policía Nacional. El nuevo titular, hombre enérgico y hasta rudo, según calificativos de la prensa de la época,  había ingresado en las Fuerzas Armadas en 1937 y a partir de 1944, a la sombra del general Genovevo Pérez, prosperó rápidamente en la jerarquía castrense. Con su nombramiento se militarizaba la Policía. Miembros de la llamada Compañía Especial que, para otros fines,  el teniente José Ramón Fernández y Álvarez había contribuido a entrenar  con esmero en Columbia, prestarían servicio en su sección radiomotorizada. Consuegra ordenó la detención de más de treinta pistoleros. Ocurrió lo de siempre: los tribunales, alegando falta de pruebas,  los dejaron en libertad.

Se dice que existen elementos que confirman que Batista  pagó a los asesinos de Alejo Cossío del Pino. Se dice que, ya siendo presidente, los indultó. La muerte del propietario de Radio Cadena Habana le allanó el camino hacia Columbia, el 10 de marzo de 1952.

(Fuentes: Textos de Enrique de la Osa, Alonso Pujol y Newton Briones Montoto)

 

 

 

Gestos y palabras

Gestos y palabras

Ciro Bianchi Ross

 

Se dice que una de las formas de identificar  a un cubano, hállese donde se halle, es por lo que come. Preferirá siempre una ración abundante de arroz, un guiso para mojarlo, alguna carne frita y, desde luego, el postre imprescindible porque si no remata la cena con algo dulce, siente que no ha comido.

 Otra forma de identificarlo  es la de reparar en la forma en que conversa. Habla por lo general muy alto y acompaña sus palabras con gestos fuertes y reiterados, al punto de que quien los observa, de desconocer esa particularidad, podría llegar a pensar que está en presencia de personas que discuten y que en algún momento llegarán a las manos cuando, en verdad, sostienen una conversación amistosa. Dos vecinas pueden airear sus intimidades de balcón a balcón o de acera a acera con la mayor tranquilidad del mundo y un diálogo entre dos llega a convertirse casi en una charla para toda una multitud porque el cubano es así. Magnifica cuanto hace.  Si está contento, si puede vanagloriarse de algún logro, por ínfimo y efímero que sea, procura que todos lo sepan y compartan su entusiasmo, y si está triste, no oculta su pena, sino que la proclama. Algo de eso se aprecia en las ciudades de René Portocarrero, una de las temáticas más emblemáticas y celebradas del artista.  La Habana que el pintor atrapó en sus lienzos no es  solo abigarrada y de un barroquismo viviente y generalizado.  Es también parlanchina y uno percibe sus voces y sus ecos.

            La Habana siempre ha sido, como diría Alejo Carpentier, una ciudad sonante. El tañer de las campanas de las iglesias a cada hora del día y de la noche, el pregón de los vendedores callejeros, la música que brotaba de  bailes improvisados por cualquier motivo, impresionaron notablemente a viajeros que, en siglos pasados, dejaron memorias de su estancia en Cuba. Y Federico García Lorca vio en 1930 a la capital cubana como una ciudad  con mucho calor y gente que habla muy alto. Poco varió  desde entonces el ruidoso problema del ruido, con radios y equipos de música conectados  a todo volumen y automóviles antediluvianos, por lo general de marcas norteamericanas, que nadie se explica cómo funcionan todavía, pero que suenan  como tanques de guerra.

            Hay varios tipos de conversadores. El escarbador deja desnudo en plena vía pública a quien participa de su charla. Otros nacieron para la polémica y les basta que alguien a su alrededor diga “rojo” para que ellos respondan que “verde”. El que echa sapos y culebras por la boca cuando se refiere al prójimo ausente  y quiere hacer creer que es incapaz de murmurar sobre alguien a sus espaldas. El dueño de la verdad infalible. El que pone la nota trágica. Los que traen “la última”, aunque sea mentira.  El que parece estar a punto de decir algo trascendental y, al final, no dice nada. Los que después de que todo está dicho, tienen aún algo que decir y terminan repitiendo lo que ya se dijo.  De todos ellos, el peor es el lluvioso. Hay que valerse de un paraguas para evitar ser salpicados por su saliva. Pero si ellos no existieran, los parques,  las barberías, los cafés y los bares perderían en mucho su razón de existir. No hay lugar como el bar para las confesiones. Los devaneos de la esposa, el entusiasmo por la chiquilla de enfrente, la mala cabeza de los hijos, los problemas laborales terminan revelándose en la cantina como ante el confesionario. Siempre hay alguien dispuesto a escucharlos y si se hace el bobo, carga con la cuenta.  

No hay como darse una vuelta por el Parque Central habanero. Decenas  de personas se dan allí  cita espontánea para discurrir sobre los pormenores de la serie nacional de béisbol, el deporte nacional. No dialogan, rugen.  Varios de ellos gritan para poder imponerse sobre otros que a su vez hacen lo mismo. Enfatizan sus palabras con la mano. La acompañan con la fuerza de la mirada. La cabeza se mueve, ora despectiva, ora, altanera.  Parecen que van a agredirse. Dirimen  la conveniencia de una jugada, lo oportuno o inoportuno de la decisión del mentor de un equipo, si el tiro a tercera fue out o una “cuchilla” del árbitro, si la sustitución de tal o más cual jugador a finales del juego fue razonable o no lo fue. Nadie da su brazo a torcer. Ni admitirá estar equivocado.  Cuando más, abandonará el campo al contrario, no porque se haya convencido de la verdad del otro, sino para perdonarle la vida porque al cubano le es más fácil ser condescendiente que justo. Al final, la sangre nunca llegará al río y cada cual se irá por donde vino para reencontrarse con energías renovadas en el mismo sitio al día siguiente.

             

             

La capa negra

La capa negra

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz 

 

Con la detención en La Habana, Marianao y Pinar del Río de unas cincuenta  personas, las autoridades cubanas desarticulaban, el 24 de octubre de 1946, el tercero de los complots que debió enfrentar, y sofocó, el presidente Ramón Grau San Martín.  

Sus organizadores proyectaban apoderarse, en los días subsiguientes,  del campamento militar de Columbia, luego de pasar a cuchillo a todas sus postas, y también de la sede del regimiento Rius Rivera, en la capital pinareña, donde, procedente de Miami,  habría desembarcado ya el ex general Manuel Benítez, que se trasladaría a la capital a fin de asumir las riendas del gobierno de la nación.

El plan contemplaba el asesinato de las principales figuras del gobierno grausista y de los líderes más connotados de la Alianza Auténtico-Republicana en el poder, e incluía asimismo lo que los conjurados llamaban “72 horas de libre matanza” encaminada a sacar del juego  a todos los que se oponían a la vuelta del pasado batistiano. Los golpistas estaban equipados con armas de fabricación norteamericana tan modernas que no habían llegado todavía a manos del Ejército cubano.

Así como sucedió con El cepillo de dientes y El mulo muerto, las anteriores conspiraciones antigrausistas, el nombre que recibiría esta cerró a cal y canto su entrada en la historia y la redujo a un episodio tragicómico. Alguien, al conocer que todo lo ocupado por la Policía a uno de los principales encartados fue una capa de agua de color negro, bautizó el golpe como La capa negra. Escribía Enrique de la Osa en Bohemia: “Y la nueva y brillante acción militar se venía también al suelo, abrumada por el peso del choteo popular. ¡No era posible tomar el campamento de Columbia sin más armas que una capa de agua…! ¡Ni por negra e impermeable que fuera…!”

Sin embargo, a juicio de Blas Roca, secretario general del Partido Socialista Popular (PSP) la conspiración de La capa negra había representado “un verdadero peligro”.  Era solo una muestra del quehacer que desplegaban grupos aventureros para echar abajo al gobierno constitucional con el propósito ulterior de desmantelar las conquistas logradas por el pueblo con sangre y sacrificio.

La capa negra es una tentativa que no puede subestimarse, aseveraba el dirigente comunista. Y añadía: “A nosotros nos consta que no era una capa negra el centro de la conspiración, puesto que algunos de nuestros militantes tuvieron la oportunidad de ver, casualmente, algunas armas modernas en manos de algunos conspiradores”. Conspiradores que no fueron detenidos, concluía Blas, ni sus armas ocupadas.

No era la primera vez que el Partido Socialista Popular  alertaba sobre grupos terroristas que pretendían aprovecharse del descontento popular creciente para crear el estado de ánimo en la opinión pública, la disposición en la ciudadanía y el fondo político imprescindible para perpetrar un golpe de Estado. Proyectaban esos grupos una ola de atentados, cuyas víctimas serían, entre otros, dirigentes del PSP. Escribe el historiador Humberto Vázquez: “En el plan tendente a desestabilizar la situación polìtica y crear el ambiente golpista, participaban activamente los agentes y espías norteamericanos diseminados en la Isla y conocidos como G-Men. Esos individuos concentraban su acción en las Fuerzas Armadas, donde urdían intrigas contra el gobierno y esgrimían el pretexto comunista para instigar las tendencias violetas”.

TIROTEO EN LA CORONELA

Ciertamente, algo más que una capa de agua ocupaban la Policía y el Ejército en una finca perteneciente a Nena Benítez, hermana del ex general,  ubicada en el reparto residencial de La Coronela, en Marianao. Se encontraron allí diez ametralladoras de mano, cuatro rifles, doce revólveres y pistolas automáticas y otros pertrechos. Militares y agentes policiacos rodearon la finca en cuestión y conminaron a los allí reunidos a rendirse. Lejos de hacerlo, los sitiados respondieron con una cerrada balacera. No demoraron en deponer su actitud y fueron detenidos. Poco después se efectuaban nuevas detenciones en otras zonas de la capital y en Pinar del Río, donde era apresado el periodista Ernesto de la Fe,  vinculado a los grupos gangsteriles o “de acción”, como se les llamaba en la época a las bandas del gatillo alegre.

            Un informe de la jefatura del Ejército reveló que el alto mando castrense conocía de la conspiración, y seguía sus hilos desde un mes antes, cuando un oficial radicado en Pinar del Río  hizo saber a sus superiores que elementos cercanos al ex general Benítez le habían invitado a  sumarse al movimiento. A la información aportada por el oficial siguieron otras en el mismo sentido. Todos los informantes recibieron la orden de aparentar su acuerdo con la propuesta y fingir que se incorporaban  a la conjura con el propósito de conocer su alcance y de qué medios disponía. Decía saber más el Ejército. Desde el 7 u 8 de octubre tenía conocimiento de que la acción militar tendría lugar el 24 o en días posteriores.

            Se adjudicó al ex general Benítez la jefatura del movimiento. Lo inculpaban  informes de la Inteligencia Militar. La finca de La Coronela era propiedad de una hermana suya y entre los detenidos figuraban muchos de sus amigos personales. Uno de ellos, Rafael Montenegro, conducido a presencia de Grau por el pistolero Orlando León Lemus (“El Colorado”) aseguró al Presidente que los conspiradores ejecutarían un atentado contra una figura relevante de la oposición a fin de ganarse las simpatías de sus seguidores políticos y luego tomarían Pinar del Río, adonde llegaría Benítez para dirigirse a La Habana y ocupar el campamento de Columbia.

            A esas alturas ya Manuel Benítez se había evaporado de La Habana. El mismo día 24,  en que fue asaltada la finca de La Coronela, volaba tranquilamente hacia Miami. Desde su residencia, en la Florida, declaró que nada tenía que ver con el complot. Batista, en su casa de Daytona Beach, negó asimismo su participación  en la conjura y advirtió que “las noticias sobre el intento de golpe eran la demostración de la descomposición, la ausencia de orden y la falta de una autoridad responsable prevalecientes en Cuba”.

            En las esferas gubernamentales hubo opiniones encontradas en cuanto a la conspiración. El capitán Jorge Agostini, jefe del Servicio Secreto del Palacio Presidencial, aseguró que el movimiento abortado carecía de importancia. En cambio, el primer ministro Carlos Prío opinó que el revuelo político de la oposición estaba dirigido “a crear un clima de violencia adecuado para que unos cuantos locos asaltaran el poder y lo entregaran luego a personas de regímenes caducos”, es decir, batistianos. Acusó a la prensa de intentar confundir a la opinión pública al hacerle creer que la conspiración no existía e informó que los conjurados fueron detenidos cuando ya estaban organizados en grupos y prestos a utilizar un armamento que todavía no se conocía en Cuba. Fue Prío quien anunció que los golpistas tenían entre sus planes conceder tres días de licencia para matar una vez que se hubieran apoderado del gobierno.

            En el proceso de instrucción, Ernesto de la Fe dijo al general Ruperto Cabrera, que lo interrogaba, que le causaba risa escucharle decir que él (De la Fe) aspiraba a la presidencia de la nación pues jamás había tendido tales pretensiones. De todas formas, De la Fe y sus compañeros fueron llevados ante el Tribunal de Urgencia por atentar contra los poderes del Estado y participar  en un complot que provocaría un movimiento insurreccional en el país con miras a derrocar al gobierno. Fue un juicio expedito. El 7 de enero de 1947, el tribunal absolvía a veinte y uno de los encartados y condenaba a los otros veinte y nueve a penas de dos o tres años de prisión. Tres años de privación de libertad correspondieron a Ernesto de la Fe.

            Mientras tanto, el cubano de a pie, angustiado por realidades tangibles como la carestía de la vida y el desempleo, seguía,  entre incrédulo y burlón,  el curso de los acontecimientos. Una caricatura aparecida en la revista Bohemia quiso sintetizar lo que esta publicación asumía como un sentimiento generalizado. Se veía en el dibujo a un hombre enmascarado e identificado como Bolsa Negra en el momento en que, a punta de pistola, asaltaba a su campesino. Un cubano asustado conversaba con Grau en un ángulo del dibujo.  Le decía: “Doctor, déjese de estar pensando en la capa negra y acabe con la bolsa negra que es mucho más peligrosa”.

… Y ELLOS SE JUNTAN

De la Fe recusó al tribunal que lo juzgaría. Uno de sus magistrados era allegado del ex coronel Pedraza, que guardaba prisión desde los días de la conspiración del Cepillo de Dientes. Ese magistrado, dijo,  en connivencia con el gobierno, los condenaría a él y a sus compañeros a cambio de la liberación de su pariente. No valió su protesta.  El grupo implicado en La capa negra extinguiría su sanción en la Cabaña y se impuso entonces trasladar a Pedraza a una galera interior de la fortaleza para evitar un incidente serio.

            Pedraza tuvo que responder por  ocho causas que tenía pendientes. No se le quiso ver culpable en ninguna, aunque le sobraban méritos para ello, y, cumplida la sanción por El cepillo de dientes, abandonó la Cabaña el 24 de abril del 47. De la Fe salió de prisión antes de previsto y, en 1952, Batista lo premió con el Ministerio de Información.   Pedraza, que era un hombre rico –poseía más de cuatro mil cabezas de ganado- se ocupó de sus asuntos particulares hasta que a fines de 1958 su compadre Batista, superadas ya las desavenencias de 1941, cuando Pedraza quiso derrocarlo, lo creyó el hombre indicado para acabar con la insurrección en la región central del país. Con grados de general de brigada  volvió a las filas y  asumió el cargo de Inspector General del Ejército. Se dio el gusto entonces  de abofetear en público al ya general Alberto Ríos Chaviano, al que tachó de cobarde  por su fracaso en Las Villas. No hay constancia de que Pedraza llegara a combatir. Ya para esa fecha el Ejército batistiano era incapaz de ganar siquiera una escaramuza contra las heroicas huestes rebeldes.

            Ernesto de la Fe fue apresado en La Habana en los primeros días de enero de 1959 y, por su complicidad con la dictadura, un tribunal revolucionario lo condenó a quince años de prisión. Pedraza abandonó el país en el último avión que, ya en la mañana del 1ro de enero, salió del aeropuerto militar de Columbia.

            En Santo Domingo, donde se radicó, asumió la jefatura de la legión  con que Rafael Leónidas Trujillo pensaba invadir la Isla y acabar con la Revolución. Reclamó  el sátrapa dominicano el concurso de Batista y este se comprometió a financiar un plan para eliminar físicamente a Fidel. Para ello el ex dictador buscó el concurso de Rolando Masferrer, jefe de los tristemente célebres Tigres, a la sazón en Miami, quien le recomendó a dos sujetos de confianza. Arribaron  los asesinos clandestinamente a La Habana y contaron ya dentro con la ayuda de la organización contrarrevolucionaria que De la Fe dirigía desde la cárcel. Un agente de la naciente Seguridad del Estado, infiltrado en la organización contrarrevolucionaria, dio cuenta de la llegada de los personajes, si bien no pudo precisar el fin que los animaba. Se dio la orden entonces de detenerlos de manera casual en la calle, proceder a su identificación y trasladarlos al mando policial más cercano. Los dos sujetos respondieron con ráfagas de ametralladoras al requerimiento de la Policía y pudieron salir de La Habana en la lancha que los esperaba en un atracadero a la entrada del río Almendares. De más está decir que se fueron como vinieron, sin cumplir su objetivo.

(Fuentes: Textos de Enrique de la Osa, Eduardo Vázquez y Fabián Escalante)