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Plaza, cien años

Plaza,  cien años

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

 

Tiene aire de época.  Es amplio y espacioso, como para perderse en sus salones. Bellísimo. Combina el estilo colonial con el confort de la vida moderna. Su ubicación resulta insuperable y desde sus balcones  y terrazas regala una de las mejores vistas de La Habana. El Hotel Plaza cumplió cien años y retiene con orgullo la corona real que desde su inauguración luce en su monograma.

            Persiste en esta instalación la distinción de antaño. Impactan sus pisos de mosaicos franceses trabajados a mano. Los techos casetonados. Las lámparas de cristal y bronce. Las fuentes que evocan los patios rumorosos de ayer. Las obras de arte originales… En el área de alojamiento, los muebles se conjugan con la estructura de las habitaciones y algunas de ellas conservan parte de su  mobiliario original, como esos comodísimos sillones llamados comadritas.  No se piense, sin embargo, que el Hotel Plaza se detuvo en el tiempo. Sin que le hagan perder su estilo, las facilidades del mundo actual están también en sus predios. 

            En 1895 la opulenta familia Pedroso construyó su residencia en el terreno que hoy ocupa el Plaza. En 1898 la casa fue la sede del Diario de la Marina. En 1902 el edificio es adquirido por el norteamericano Walter Fletcher Smith que lo remodela a fin de adaptarlo para un  hotel que no llega a inaugurar. Smith vende el inmueble a Leopoldo González  Carvajal, Marqués de Pinar del Río y propietario de las marcas de habanos Cabañas y Carvajal y Por Larrañaga.  Es el Marqués quien encarga que se adicionen dos plantas al edificio sin que por ello se altere su estilo ni su fachada. E inaugura el hotel el 3 de enero de 1909. Desde entonces y hasta su intervención, en los años 60,  por el Estado cubano, el Plaza siempre estuvo en manos de la familia Carvajal. Su última propietaria llevaba el curioso nombre de Pergentina. Pergentina Carvajal.

CAFÉ CON BUÑUELOS

Dice la doctora Estela Rivas, que ha indagado en la historia de buena parte de los hoteles habaneros, que las tierras  donde se ubicaría el Plaza se otorgaron  en regalía  al sacerdote Cristóbal Bonifaz de Rivera, provisor del Obispado y propietario de un ingenio azucarero localizado en la zona de Jesús del Monte.  Bonifaz debía utilizarlas para fomentar una estancia de labor y una arboleda. Posteriormente el predio es adquirido por el matrimonio que conformaban el catalán  Gaspar Arteaga y Petronila Medrano, natural de Jamaica.  La construcción de la Muralla, que  afecta y mutila ese y otros terrenos, da pie a un engorroso litigio que durará hasta la segunda mitad del siglo XIX cuando el Cabildo de La Habana, primero, y la Corona española, después, reconocen el derecho que sobre las tierras en cuestión tenían los herederos de Gaspar y Petronila.

            Mientras tanto, crecía La Habana fuera del recinto amurallado. El Campo de Marte (actual Plaza de la Fraternidad)  el Paseo del  Prado y el teatro Tacón se convertían en sitios preferidos para los habaneros, y una nueva puerta en la Muralla, la de Monserrate, facilitaba el tránsito entre un lado y otro del cinturón de piedra, que comenzó a hacerse inoperante. Su demolición dio origen al reparto Las Murallas, zona en la  que construiría su casa la acaudalada familia Pedroso.

            La nueva urbanización crece lentamente hasta 1875. El centro de la capital, sin embargo, sufre un vuelvo durante los años iniciales del siglo XX. Se traza la avenida del Malecón desde La Punta hasta Belascoaín y comienza a edificarse en el Vedado.  En 1905 se emplaza en el Parque Central, antigua plaza de Isabel II, la estatua de José Martí, obra del cubano Vilalta Saavedra y se construyen mansiones fastuosas a lo largo del Paseo del Prado y de calles como Zulueta y Monserrate. La Manzana de Gómez, todavía de una sola planta, pasa a ser un importante complejo comercial y en 1907 se coloca la primera piedra de lo que sería el edificio del Muy Ilustre Centro Gallego.

            ¿Qué hizo que el norteamericano Fletcher Smith desistiera de su idea de convertir en hotel la casa de los Pedroso?  Dice la historiadora Estela Rivas que cuando Carlos Miguel de Céspedes, Carlos Manuel de la Cruz y José Manuel Cortina, asociados en lo que se llamaba el bufete de las Tres C, decidieron urbanizar los terrenos de lo que sería el reparto Playa de Marianao, encontraron que ese sujeto, llegado a la Isla, con grados de capitán, en los días de la guerra hispano-cubano-americana, era propietario de dos mansiones en el área. Quisieron los de las Tres C comprárselas, pero Smith pidió por ellas las astronómica suma de cien mil pesos, oferta que rechazaron los interesados. Céspedes entonces lo amenazó y le advirtió que se lo quitaría del camino a como fuera. Eso motivó, apunta Estela Rivas, que el norteamericano pidiera licencia para portar armas de fuego y  llegó a vérsele con pistola al cinto. No era tan fiero el león y Céspedes terminó metiéndole el pie. El edificio que soñaba convertir en hotel lo vendió al Marqués de Pinar del Río.

            González Carvajal tenía ciertamente muchísimo dinero, lo que, pensaba él, le daba derecho a alternar con la impenetrable aristocracia habanera. Los nobles de La Habana lo rechazaban y le llamaban, con desprecio, El Tabaquero. Viajó don Leopoldo a España, hizo allí cuantiosos favores financieros a la Corona y el gobierno de Madrid, en pago, le otorgó el título de Marqués de Pinar del Río. Pero de vuelta a La Habana, la nobleza criolla siguió rechazándolo y llamándole, con desprecio, El Tabaquero. Se estilaba que todo noble situara ante la fachada de su casa dos leones de piedra que identificaban  su condición. El nuevo y flamante Marqués de Pinar del Río ordenó que los suyos se los tallaran en mármol. Entonces el Conde de Fernandina, su vecino, dispuso la retirada de sus leones  para evitarles que sufrieran la cercanía de aquellos leones espurios.

            El Hotel Plaza abrió sus puertas con un baile de caridad. Dijo entonces la revista El Fígaro: “La fiesta resultó magnífica y como digno complemento de la brillante concurrencia, tanto del elemento americano como de la buena sociedad habanera, se sirvió un excelente buffet y Torroella presentó una orquesta de veinte profesores…”

            Esas y otras publicaciones promueven el hotel como un establecimiento que merece visitarse por sus ascensores (todo un acontecimiento en la fecha) sus precios módicos y los momentos musicales que asegura el cuarteto de Cosculluela. La prensa alaba la calidad de la cocina de la instalación y la curiosa oferta de su cafetería El Tivolí: el café con buñuelos. “Fíjese en el hueco y no en el buñuelo”,  sugería un anuncio de entonces.

HUÉSPEDES Y VISITANTES

La historia de un hotel puede escribirse asimismo con la relación de sus huéspedes y visitantes.

            En el Plaza se alojaron las célebres bailarinas Ana Pavlova e Isadora Ducan. Los aviadores españoles Mariano Barberán y Joaquín Collar. El inmortal ajedrecista cubano José Raúl Capablanca. El pelotero norteamericano Babe Ruth… Uno de los restaurantes de este hotel fue el escenario escogido por la comunidad hebrea habanera para rendir homenaje a Albert Einstein durante su visita relámpago a la capital de la Isla. Ya aquí, el creador de la Teoría de la Relatividad hizo una excursión a Santiago de las Vegas para conocer la campiña cubana, recibió homenajes de la Academia de Ciencias y de la Sociedad de Geografía y adquirió un sombrero en la exclusiva tienda El Encanto, de Galiano y San Rafael.

            También en Santiago de las Vegas estuvo Isadora Ducan, huésped del hotel en 1917.  Dice explícitamente en sus memorias que visitó el lazareto de El Rincón, entonces acabado de inaugurar, y también la llamada finca de los monos, propiedad de Rosalía Abreu. En su libro Mi vida recuerda los cafés típicos de La Habana. Tendría una vida trágica. Sus dos hijos murieron en un accidente y su propia muerte fue consecuencia de una casualidad lamentable cuando la larguísima chalina que llevaba anudada al cuello  se enredó con el eje del vehículo en que viajaba  y le provocó la muerte por estrangulamiento.

            La bailarina rusa Ana Pavlova estuvo en Cuba en  1915 y en 1917, y en una de esas ocasiones se alojó en el Plaza. En esa última fecha bailó Giselle en el Teatro Nacional (hoy Gran Teatro de La Habana). En la primera parece haber bailado El lago de los cisnes.

El 14 de marzo de 1915 decía la prensa cubana: “Muy pocas veces hemos podido ver en el escenario del rojo coliseo tanta distinción y elegancia como la de anoche con motivo de hacer aparición ante el público habanero la más notable bailarina de nuestra época”.

En aquella ocasión la bailarina se empeñó en reforzar su ropero personal entre nosotros ya que le habían dicho de las modistas de La Habana, muchas de ellas, francesas,  eran las mejores de América.

Renée Méndez Capote, que la conoció personalmente en esa fecha, la recordaba “Menudita, frágil, bajita, parecía un pajarito, una mariposa, un ser alado. Fuera completamente de lo que entonces se consideraba belleza femenina, esta mujercita imponía, sin embargo, por su prestancia y su gracia. De ella emanaba un atractivo especial, como el que se siente ante una obra de arte, solo al mirarla –sencilla, modestamente vestida, sin afeites ni peinado pretencioso- se sentía uno impresionado. Nos pareció un ser de otro mundo”.

Barberán y Collar fueron protagonistas, en 1933, a bordo del Cuatro Vientos, del vuelo Sevilla-Camagüey, que los llevó a atravesar, sin escalas,  el Atlántico por su parte más ancha. Hazaña inédita hasta entonces. Treinta y nueve horas y 50 minutos demoraron en hacer los 7 570 km que separan esas ciudades.

Una estancia breve. Ya en Cuba se le detectaron al Cuatro Vientos algunas fallas: un salidero de gasolina y astilladuras en la hélice, que era de madera, desperfectos que fueron reparados por un mecánico español. La madrugada del día en que abandonaron La Habana presagiaba mal tiempo, pero los pilotos, sobre todo Barberán, que era el jefe del dúo, decidieron partir  pese a encontrarse indispuestos y muy cansados por el largo viaje y los agasajos interminables que se les brindaron en Cuba. En México aguardaban su llegada 600 000 mexicanos. Jamás llegaron a su destino.

BABE RUTH

La habitación 216 de este establecimiento hotelero se conserva tal y como era cuando la ocupó el sensacional Babe Ruth.  Era el norteamericano una verdadera atracción del béisbol: había propinado 54 jonrrones en la Liga Americana. El empresario cubano Abel Linares, con intención de levantar ese deporte en Cuba, trajo a La Habana, en octubre de 1920,  a los Gigantes, a los que sumó a Babe Ruth, para una serie de veinte juegos con los clubes Habana y Almendares.  Babe ganaría 2000 dólares por encuentro.   Cuando llegó a Cuba ya los topes habían comenzado por lo que debía participar en nueve encuentros. De ellos, uno se suspendió. Se jugaba entonces en el Almendares Park, situado en el área que ocupa la Terminal de Ómnibus de La Habana.

Babe Ruth, dice el cronista Elio Menéndez retomando fuentes de la época, decepcionó a los habaneros. Solo logró  conectar dos jonrrones. Cronistas de entonces explicaban que los pitcheres, temerosos de su poder, lo trabajaban con bolas malas, y que él, con la ilusión de complacer al público, les tiraba a todas.

Hubo juegos peores que otros. Como el quinto encuentro, el 6 de noviembre. Cristóbal Torriente, un negro cienfueguero, conectó tres jonrrones en el juego, y Babe no pudo batear imparable alguno a Isidro Fabré, El Catalán. Pero al final, Babe cobró los 2000 dólares convenidos, y Torriente los 200 pesos que sus compañeros le recolectaron pasando la gorra entre la fanaticada.

Terminados los encuentros de La Habana, fue invitado a jugar en Santiago de Cuba. Se constituyó al efecto una novena a la que se le dio el nombre de Estrellas de Babe Ruth. Se jugarían solo dos juegos. Pero el primero de ellos fue terrible para el norteamericano y su equipo.  Pablo Guillén lo ponchó tres veces y dio lechada a los contrarios.

Todo lo que ganó aquí, y más también, lo perdió en el frontón jai alai y en el hipódromo Oriental Park. En el hotel Casagranda, de Santiago, gastó una fortuna en los dados. Pero Babe se sentía encantado en La Habana e insistió en quedarse por más tiempo. Pero de una opinión muy distinta fueron su esposa y el representante que lo acompañaban. 

A cien años de su apertura, el Plaza sigue siendo el Plaza. Mantiene la distinción y la elegancia del 1900.  Un típico hotel de ciudad que regala un entorno de maravilla. Siguen sobrando las razones para preferirlo en su centenario.

 

200 años de Plácido

200 años de Plácido

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

 

Si El Cucalambé es  el único poeta cubano que logra una verdadera transustanciación con el pueblo, al quedar abolida toda frontera entre lo que escribió y lo que se le atribuye, Plácido es, junto con Heredia, el primero que llega a ser gustado por cultos y no cultos pues unía, decía Lezama Lima, la espontaneidad a un refinamiento cuya esencia es constante aunque desconocida. Precisaba Lezama: “Fue la alegría de la casa, de la fiesta, de la guitarra y de la noche melancólica. Tenía la llave que abría la puerta de lo fiestero y aéreo”.

            Las ediciones de sus versos superaron en número a las de Heredia y fue el poeta cubano más divulgado en el siglo XIX. Cultivó, por encargo,  la poesía de ocasión y sus improvisaciones conforman en lo esencial el grueso de su obra. No era raro que en fiestas y saraos, en los que su presencia era solicitada,  le dieran una frase  para que a partir de ella improvisara  el poema, que le salía con facilidad pasmosa.  Cintio Vitier lo define como un juglar. Fue también un cronista. Hay naturalidad y limpidez en muchos de sus versos, incluso los más ocasionales. Primor y agradable espontaneidad en sus letrillas. Sus sonetos eróticos, sobre todo el titulado “A una ingrata”, revelan una rara calidad. Compuso odas de pura resonancia. Sus romances denotan su cubanía…

            El crítico español Marcelino Menéndez Pelayo, que pasa por alto o no puede apreciar la travesura genuinamente criolla de Plácido, no es remiso, sin embargo,  al elogio. Expresó:

            “Quien escribió el magistral y primoroso romance “Jicotencal”, que Góngora no desdeñaría entre los suyos, el bello soneto descriptivo “La muerte de Gessler”, la graciosa letrilla “La flor de la caña” y la inspirada plegaria que iba recitando camino del patíbulo, no necesita ser mulato ni haber sido fusilado para que la posteridad lo recuerde…” Es cierto, pero  como dice Cintio Vitier, nosotros también lo recordamos como el mulato fusilado por la estupidez del colonialismo español y el racismo de todos los tiempos.

            Plácido llegó a ser un hombre muy conocido y apreciado en la sociedad matancera. Gente de todas las clases sociales le pedían que animara sus festejos y diversiones. Esa popularidad fue la causa de su desgracia. Las autoridades españolas lo consideraron capaz de encabezar una de las reales o supuestas conspiraciones de negros y mulatos que conmovían a la Isla hacia 1840. Lo incluyeron en una de ellas. La llamada conspiración de la Escalera.  Fue puesto en prisión y, aunque las acusaciones no se probaron, lo condenaron a muerte. Murió fusilado en la ciudad de Matanzas, en 1844.

UNA BIOGRAFÍA

Plácido nació en La Habana, en una casa de la calle Bernaza, frente a lo que es hoy La Moderna Poesía, el 18 de marzo de 1809. Hijo de la bailarina española, natural de Burgos, Concepción Vázquez, y del peluquero mulato Diego Ferrer Matoso. Se habían conocido en el Teatro Principal, donde ambos trabajaban. Quiso la madre que el nacimiento del niño pasara en secreto y no demoró en deshacerse de él al abandonarlo en la Casa Cuna de la calle Muralla esquina a Oficios. Tuvo, sin embargo, el gesto de darle su nombre pues en una nota que acompañaba al tierno infante y en la que  se consignaba su fecha de nacimiento, se decía que se llamaba Gabriel de la Concepción. Lo bautizaron el mismo día de su ingreso en la Casa Cuna y por decisión oculta o declarada del padre, lo registraron como Diego Gabriel de la Concepción y se le dio el apellido Valdés, obligatorio para los niños expósitos. Su padrino sería el farmacéutico Plácido Fuentes y de él tomaría el poeta el seudónimo que lo hizo célebre, aunque otros afirman que lo tomó de la novela Plácido y Blanca, de la condesa de Genlis.  

            Poco se sabe acerca de los amores  entre el peluquero y la bailarina. Ella hizo dinero con el baile, y aunque mantuvo relaciones con el hijo, obligado a tratarla de “señora”, reprimió siempre cualquier manifestación de amor maternal y lo vio marchar al paredón de fusilamiento sin que un gesto de desesperación  borrara el pasado indiferente. Expresa Plácido en su soneto “Fatalidad”: “Entre el materno tálamo y la cuna/ El férreo juro del honor pusiste…”  Leopoldo Horrego Estuch,  en su libro Plácido, el  poeta infortunado, dice que aparte del problema social que para una blanca entrañaba en la época  tener un hijo, fruto del amor libre,  por demás,  con un pardo, Concepción, quien llegó a escribir poemas y publicarlos,  quería todo el tiempo para dedicarlo  su arte. El peluquero, en cambio, sintió remordimiento ante el destino del muchacho  y terminó sacándolo de la Casa Cuna a fin de ponerlo bajo el cuidado de su madre y hermanas.

            Los recursos de la familia Ferrer Matoso eran escasos y Diego, que podía ganar hoy un quitrín en una apuesta de juego y perderlo, en otra,  al día siguiente, era irresponsable y poco previsor. Quería al hijo, pero olvidaba a menudo  los deberes que tenía para con el pequeño. Así, entre la falta de recursos familiares  y la indiferencia paterna, el futuro poeta no podría ir a la escuela hasta los diez años de edad, precisamente cuando el peluquero salió de Cuba para establecerse en México. Estudió Plácido en varias escuelas, entre ellas el Colegio de Belén, que, en su sección de pobres,  admitía a niños negros y mulatos, y sorprendía a los maestros por su vivacidad y clara inteligencia, mientras que su simpatía le ganaba el afecto de todos, si bien su disciplina dejaba mucho que desear.  Llegó a ser un nadador hábil y atrevido.  

            Solo pudo asistir a la escuela durante dos años. A los doce, cuando ya improvisaba con facilidad décimas y cuartetas,  comenzó a trabajar en una carpintería. Pasó después, como aprendiz, al taller del célebre pintor retratista Vicente Escobar, y, más tarde, a la imprenta de José Severino Boloña, donde encontró ambiente propicio para su poesía y se adiestró en el oficio de tipógrafo. Como en la imprenta no ganaba lo suficiente, decidió Plácido hacerse peinetero, empleo productivo entonces ya que en Cuba, al igual que en Andalucía, la peineta era un adorno imprescindible en la mujer. A la vuelta de pocos meses, en la platería de Misa, en la calle Dragones, se convierte en un artífice del carey que entre sus manos se transforma en bastones de severa elegancia,   peinetas de alados arabescos, delicadas pulseras.

EL POETA

El peinetero es ya Plácido el poeta. En su mesa de  la platería, al lado de sus herramientas, tiene siempre un libro y un pedazo de papel, donde queda anotado lo que improvisa. Desde sus días en la imprenta de Boloña no solo despierta la admiración de los que lo escuchan improvisar, sino que, a petición de amigos y compañeros, escribe sonetos y cuartetas que luego se copian con profusión  y pasan de mano en mano.

            En 1836 se traslada a Matanzas, donde trabaja como redactor del periódico La Aurora. Le encargan la sección poética, muy importante en aquellos años, y tiene la obligación de publicar un poema en cada número del periódico. Le pagan veinticinco pesos mensuales, pero Plácido redondea sus entradas con los versos de ocasión que escribe con temas de bodas,  cumpleaños y bautizos y que vende a los interesados. Se dice que llegó a cobrar varias onzas de oro por algunas de sus poesías elogiosas. Las presentaba  impresas en seda, enmarcadas en dorado y con filigranas y viñetas muy del gusto de la época. Y no era raro que algún sujeto enamorado le pidiera, y pagara,   un poema que luego hacía pasar como suyo a los ojos de la amada.

            Muchos criticaron a Plácido que comercializara  sus composiciones, y durante años se afirmó que José Jacinto Milanés se inspiró en él para escribir “El poeta envilecido”, un sujeto  que después de haber deleitado con sus improvisaciones a los asistentes a una fiesta recibía la recompensa de compartir las sobras del banquete con el perro de la casa.  No es cierto. Milanés siempre se refirió a Plácido con respeto y admiración y el poema en cuestión, abstracto o alegórico, se escribió sin pensar en una persona determinada. Así lo afirmó, por escrito, en 1880, Federico Milanés, hermano de José Jacinto. Casi noventa años después Cintio Vitier se alegraba de poder  rectificar error tan difundido porque “Plácido, desde Del Monte hasta Sanguily, fue maltratado por la crítica, y porque de ese modo se salva de la tacha de injusto a Milanés”, tan alabado por Plácido por otra parte.

            . En 1836 publica su primer libro, Poesías. Cuatro años después da a conocer El veguero, cuaderno que agrupa letrillas y epigramas.  En 1834 había colaborado,  con su poema “La siempreviva”,  en la Aureola Poética que se dedicó al poeta español Francisco Martínez de la Rosa. Este que es además ministro de la Corona, de acuerdo con otro poeta, Juan Nicasio Gallego, invitan al cubano a trasladarse a España. Plácido se niega. Necesita de su propio paisaje.

            Acerca de su poesía, escribió Lezama Lima: “Plácido incorpora a nuestra poesía la gracia juglaresca. Nuestra poesía salía de la pesantez del neoclasicismo para entrar en los excesos del romanticismo, entonces fue cuando llegó la gracia sonriente y el aire amable de Plácido. Es innegable que en su verbo poético se expresan muchas de las condiciones de nuestra naturaleza, transparencia, juego de agua, enlaces finos y sutiles. Raro será el poema, aun en los más ocasionales, en que no se encuentre un giro gracioso, una metáfora airada y como la misteriosa penetración de los cuatro elementos de nuestra raíz… Forma parte de nuestra naturaleza, es fino, sensual, medido. Tiene algo de los finos valles de las provincias occidentales…”

FUSILADO

 

En Matanzas, contrae matrimonio el poeta con María Gila Morales. Había tenido una novia, Fela, que murió en 1833, durante la epidemia de cólera en La Habana. Radicado ya en tierras yumurinas, hace escasas visitas a la capital de la Isla, donde se aloja siempre en casa de su madre. En busca de mejores posibilidades de trabajo, se traslada, en compañía de su esposa, a Santa Clara. Está en Trinidad en 1843. Allí, el 1 de abril,  mediante un anónimo lleno de faltas de ortografía y dirigido al Gobernador Político de Las Villas, documento que Horrego Estuch  reprodujo en su libro citado, se le implica en una conspiración de pardos y morenos, que, al decir de quien lo escribe, estallaría muy pronto en varias de las localidades del territorio.  Ofrece el remitente del anónimo los nombres de los supuestos conspiradores y advierte que Plácido llegó a Santa Clara para hacer contacto con los rebeldes locales y organizarlos. Parece estar bien informado el soplón. Menciona al cabecilla del complot y dice que esconde en su casa catorce arrobas de balas, pólvora, mechas y fusiles. No solo revela el informante nombres y detalles, sino que hace indicaciones al Gobernador acerca de cómo debe reprimirse a los involucrados y le pide que con los negros y mulatos de la zona, aunque no estén en la conspiración, se muestre también inflexible y haga que se cumpla la disposición que les prohibe reunirse y andar por la calle a ciertas horas.

            Ese anónimo costó a Plácido seis meses de encierro en Trinidad. Un documento suscrito en esa ciudad el 15 de noviembre de 1843, hace constar que se había depurado la inocencia del poeta y que había sido absuelto en el proceso  que se  le siguió en el tribunal de la Comisión Militar. No obstante, advierte el informe, “sería conveniente que la autoridad territorial donde fuese a residir dicho individuo estuviera al tanto de su comportamiento y le exigiera que en el término de quince días se ocupara útilmente…” Es desfavorable la opinión que tienen sobre él las autoridades trinitarias: “… Su conducta durante el tiempo que aquí ha permanecido en libertad… es bastante mala: no se le ha conocido ocupación alguna; es hombre sospechoso y… perjudicial su permanencia en la Isla”.

            Ese informe selló su suerte. Meses después fue acusado de formar parte de la llamada Conspiración de la Escalera. No escapó esta vez. Junto a diez acusados más lo fusilaron en el amanecer del 28 de junio de 1844.

            Poco antes hizo su testamento. Era tan pobre que dejó solo “memoria” para la gente que quería y los poetas que admiraba. Escribió también, durante sus últimas horas, algunos poemas, entre ellos, “Adiós a mi lira”, “Plegaria a Dios” y uno que dedicó a su madre. Esos manuscritos los pudo el propio poeta entregar a su esposa.

            Unas veinte mil  personas contemplaron el espectáculo horrendo de aquel fusilamiento. Los esclavos de los lugares cercanos fueron llevados para que les sirviera de escarmiento, pero muchos acudieron movidos por la curiosidad morbosa de ver ejecutar al poeta. Plácido, que no se cansó de proclamar su inocencia en los interrogatorios, recitaba con voz clara su “Plegaria…” mientras avanzaba hacia la muerte. Un redoble de tambores ahogó su palabra vibrante y ante los condenados se formó un pelotón de 44 soldados con sus jefes. Cuatro soldados para cada uno de los sentenciados. Dos les dispararían a la cabeza y dos, al pecho. Y un sacerdote para cada supliciado. Rezaron el Credo los curas y los reos y aun tuvo Plácido fuerza suficiente para gritar que emplazaba ante el juicio de Dios a sus verdugos y fiscales, y los mencionó por sus nombres. Se dio la orden de fuego. “Adiós, patria querida…” exclamó. Pero la primera descarga, al alcanzarlo solo  en el hombro,  lo dejó con vida. A una nueva orden  se aprestaron cuatro soldados. Una nueva descarga y voló despedazada su cabeza.

 

           

               

           

           

El Malecón con que vivo

El Malecón con que vivo

Ciro Bianchi Ross

Foto Silvia Mayra

 

 

No se concibe La Habana sin la Rampa, la escalinata universitaria, la Plaza de la Revolución ni la heladería Coppelia. Tampoco se concibe sin su Malecón, el sitio más cosmopolita de la urbe. Tanta importancia se le da, que ese nombre genérico y que es sinónimo de dique, adquiere aquí categoría de nombre propio y se escribe con letra inicial mayúscula.

Son algo más  de siete kilómetros de un  muro que corre de este a oeste y se extiende entre dos fortalezas coloniales: el castillo de la Punta, al comienzo del Paseo del Prado, y el castillito de La Chorrera, a la vera de la desembocadura del río Almendares. Del lado de acá, la ciudad vieja y nueva, con algunos de sus mejores hoteles, monumentos y parques;  del otro lado, el mar abierto, azul, sencillo, democrático, como lo definiera nuestro gran poeta Nicolás Guillén. Una transitada avenida lo bordea de extremo a extremo y cada uno de sus  cuatro tramos tiene un nombre que lo identifica. Pero para cualquier  habanero que se respete, la costanera, a pesar de sus tramos,  no tiene más nombre que Malecón, el camino más rápido para conectarse con Miramar y la Marina Hemingway desde La Habana Vieja, y que se convierte durante los carnavales habaneros en la pista de baile más grande del mundo.   

Así como no se concibe La Habana sin ese muro y su populosa vía aledaña, no se concibe el Malecón sin sus enamorados y sus pescadores. Desde que hace más de cien años comenzó a construirse esa obra que embelleció la ciudad, los habaneros lo hicieron  lugar de preferencia para el paseo. Y parejas de enamorados, acunadas por la brisa marina, acudieron en busca de intimidad: una intimidad que  consiguen inexplicablemente  aunque casi a su lado se hallen sentadas  otras parejas con idéntico propósito.

Eso ocurre sobre todo en las noches. De día, el Malecón es de los pescadores. No se sabe cuándo empezaron a aparecer. Tal vez hayan estado siempre. Los de aquí son,  como todos los pescadores del mundo, gente callada, de paciencia infinita, de una constancia y un optimismo dignos de mejor causa y exagerados a más no poder cuando aluden a su ocupación. Aunque las aguas de la zona no están exentas de contaminación, se mantienen habitables para numerosas especies gracias al movimiento incesante de las corrientes: mar afuera, la famosa corriente del Golfo, y, pegada a la tierra, la contracorriente costera, que los marineros españoles llamaron en el pasado la revesa de La Habana por lo difícil que hacía que  grandes buques entraran al puerto.  Llegan con sus avíos, los despliegan y ¡a pescar! Aunque a veces nada pesquen o cobren solo una pobre captura tras muchas horas de faena bajo un sol de justicia  que hace caer barretas encendidas  sobre sus cabezas.

            No importa. Nada los desanima. Son toda una estirpe. Tienen linaje y nobleza.  Son los pescadores del Malecón, y volverán al día siguiente para más de lo mismo. Lo curioso es que a la mayoría de ellos no los alienta el interés material. Solo el gusto por hacer lo que hacen para después comentar con otros pescadores que consiguieron atrapar el peje más grande del mundo que solo existió en su imaginación y en su deseo.  

Todo el mundo baila

Todo el mundo baila

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

Se dice que La Habana es la ciudad más bailadora del mundo. Los que han estudiado el asunto no vacilan en afirmar que se baila aquí más que en Nueva York y en París. Cualquier espacio, por reducido que sea, resulta válido para ello y no sorprende a estas alturas el espectáculo que regalan los más jóvenes cuando en la parada del ómnibus o a la entrada de la escuela se contonean solos al ritmo de la música que llevan acoplada a los oídos.

            Parece que siempre fue más o menos así si damos crédito al testimonio de Nicolás Tanco y Armero, un colombiano que  organizó el tráfico de culíes chinos a Cuba y se enriqueció en el empeño. Estuvo aquí a mediados del siglo XIX y, en sus memorias, deja constancia del asunto, como si el baile  formase parte del paisaje habanero. Camina Tanco por la ciudad y advierte y  anota en su libro: “La pasión dominante es el baile; todo el mundo baila en La Habana sin reparar en edad, clase o condición… Las mismas danzas se bailan en el  palacio que en el bohío… Todo el día se oyen tocar las danzas, ya en las casas particulares, ya por los órganos que andan por las calles, a cuyo sonido suelen bailar los paseantes. Muchas veces he pasado, a mediodía, por una de aquellas casas que dan al Circo; la música ha herido mis oídos…”

¿DÓNDE ESTÁ LA MA’TEODORA? 

        

La primera orquesta con que contó La Habana se conformó a finales del siglo XVI. Poco antes, en 1582, una Relación de vecinos de La Habana y Guanabacoa  no consignaba a ningún residente en esas localidades que tuviese la profesión de músico. Sin embargo, ya en Santiago de Cuba existía en esa fecha una pequeña agrupación que tocaba tanto en las fiestas como en las iglesias. La integraban dos tocadores de pífano; un sevillano, tocador de violón, llamado Pascual de Ochoa, y dos negras libres dominicanas, oriundas de Santiago de los Caballeros, las hermanas Micaela y Teodora Ginés, aquella de “¿Dónde está la Ma’Teodora? /  Rajando la leña está / ¿Con su palo y su bandola? / Rajando la leña está/  ¿Dónde está que no la veo? / Rajando la leña está / Rajando la leña está…”

            Pero dos de aquellos músicos (¡qué actual nos parece el pasado!) se desgajaron del conjunto a fin de buscar vida en La Habana, que desde 1553 era la residencia oficial del gobierno de la colonia y contaba con líneas marítimas que la conectaban con las ciudades de Veracruz y Cartagena, transformándola en “llave del Nuevo Mundo”. Así, Pascual de Ochoa y Micaela Ginés se unieron aquí con el malagueño Pedro Almanza (violín) y el lisboeta Jácome  Viceira (clarinete) para formar un cuarteto que en sus presentaciones contaba con el acompañamiento espontáneo de gente que “rascaba el calabazo y tañía las castañuelas”.

            Ese conjunto gozó de gran popularidad; era el único. Se les reclamaba en bailes y diversiones y concurrían asimismo a la parroquia en ocasión de fiestas solemnes como las de San Cristóbal y el Corpus Christi. Eran tantos sus compromisos que, para asegurar su presencia, se dice en una crónica de la época, “es preciso pujarles la paga, y además de ella, que es exorbitante, llevarles cabalgaduras, darles ración de vino y hacerles, a cada uno, y también a sus familiares (además de lo que comen y beben en la función) un plato de cuanto se pone en la mesa, el cual se llevan a sus casas…”  No obstante, esos músicos pidieron al Cabildo de La Habana, en 1597,  un salario que los ayudara a sustentarse. Accedieron los regidores  a la solicitud y les asignaron  cien ducados anuales; 25 por cabeza. Se desconoce ya si el pedido obedeció a que su situación económica no era tan halagüeña como se dice en la crónica o si Micaela Ginés y sus compañeros buscaron cómo redondear sus entradas.

CINCUENTA BAILES DIARIOS

En 1798, apunta el cronista Buenaventura Pascual Ferrer, el baile, como diversión más apetecida, lindaba casi con la locura.  No menos de cincuenta bailes diarios  tienen lugar en La Habana de entonces. Comenta: “No se necesita ser convidado ni aun tener conocimiento alguno en la casa… basta presentarse decentemente para bailar”. 

Hay en esa fecha, en la Plaza Mayor, una sociedad donde se baila por suscripción. Asisten las familias más distinguidas y hay en ella salones destinados al descanso y  al juego.  La gente principal contrata para sus fiestas a buenos músicos y danza a la francesa. Los que no pueden darse ese lujo, lo hacen al son de una o dos guitarras y un calabazo hueco con hendiduras. Precisa el cronista: “Cantan y bailan unas tonadas alegres y bulliciosas, inventadas por ellos mismos, con ligereza y gracia increíbles. La clase de las mulatas es la que más se distingue en estas danzas”.

            El 28 de febrero de 1838 se inaugura el teatro Tacón con un gran baile de máscaras en el que participan, se dice, unas siete mil personas. Casi diez años después, a su paso por La Habana,  escribía el vizconde D’Harponville: “El año entero es un solo baile y la Isla un solo salón. Cuando no se baila en las sociedades líricas, en los casinos o en los pueblos de temporada, se baila en la propia casa de familia, muchas veces sin piano ni violines y con solo el compás de la voz de los bailadores”.

            En los carnavales, el baile cobra tintes de arrebato. Samuel Hazard, el autor del libro Cuba a pluma y lápiz acude, en los meses anteriores al inicio de la guerra del 68, a un baile de carnaval en el Liceo Artístico y Literario de Mantazas. Al filo de la media noche sale a la plaza a fin de tomar un poco de aire fresco. El espectáculo lo deslumbra. Hay tal profusión de luces, recuerda Hazard, que parece que se está en pleno día. Y también música y baile por doquier, canto, júbilo, diabluras. Gente de todas las edades, sexos y colores, mezclada en una confusión inextricable, que se divierte al aire libre.

            Ahí no acaba la fiesta, sin embargo. Alguien invita a Hazard al baile de máscaras que está a punto de comenzar. Acepta el viajero la convidada y aprecia en el salón a blancos y negros, ansiosos de baile y ruido, que ejecutan todas las figuras de la danza criolla, muchas de las cuales, escribe, “son completamente desconocidas para la mujeres decentes”. Ya en 1776 la danza conocida como chuchumbé, llevada de La Habana al puerto mexicano de Veracruz, había sido prohibida por el tribunal de la Santa Inquisición “por la indecencia de sus formas y coplas”.  

Cualquier pretexto parece apropiado para convocar un baile: un nacimiento, un bautizo, un matrimonio… y como locación se asalta sencillamente una casa de familia que, prevenida de antemano, acepta de ordinario el compromiso, más por halagar su propia vanidad que por compartir el regocijo ajeno. Se baila en los barracones de esclavos y en las sociedades de negros y mulatos. Y los campesinos llenan sus ocios con zapateos, puntos y rumbitas.  La Independencia da pie al baile patriótico, y son pocos los mítines políticos que no se cierran –guayo, clarinete y timbales por medio- con un guateque.

            Compositores y cantantes populares –negros y blancos- matizan sus creaciones con el dicharacho expresivo que recorre las calles. El choteo y el tono picaresco entran en la guaracha y en la música que se escribe para ciertos géneros teatrales. En 1801, el ya aludido Buenaventura Pascual Ferrer se queja de que tanto en la calle como en casas particulares se entonen cantares que “ultrajan la inocencia y ofenden la moral”. Menciona, entre otros, la guaracha titulada “Guabina”, que “en boca de los que la cantan sabe a cuantas cosas puercas, indecentes y majaderas se pueda pensar”.  Muchos años después, a partir de 1879, se diría lo mismo del danzón, nacido en la ciudad de Matanzas y que  se elevó a la categoría de baile nacional. De “licencioso y disoluto” se califica el nuevo ritmo. Una música “alborotosa y lasciva” en la que los timbales fingen redobles de deseo, el guayo exacerba la lujuria y el clarinete y el cornetín parecen imitar las ansias, las súplicas y el esfuerzo del que se enfrasca ardorosamente en la posesión amorosa. Más acá  en el tiempo sucederá lo mismo con el bolero, tildado en sus orígenes de “prostibulario”.

EL COCHE MUSICAL

La música había tenido la prerrogativa de mezclar negros y blancos. El final del siglo XIX va a caracterizarse por una nacionalidad cubana bien definida. Pero, advierte María Teresa Linares, todo lo nacional molestaba a la Colonia, y lo africano también. Los negros que, desde tiempos inmemoriales,  salían a la calle con sus cabildos y toques de tambor en ocasión del día de Reyes (6 de enero)  fueron privados de esa diversión a partir de 1884 y se prohibían bailes y fandangos sin el permiso correspondiente del gobierno, medida que, en las ciudades,  afectaba por igual  a negros y a blancos, mientras que en los campos la guardia civil perseguía tanto  los juegos de monte y las peleas de gallo de manigua  como las charanguitas de acordeón, timbal y güiro, aunque había música en las bodegas y guateques autorizados.

Algunas de esas medidas pasan a la República, como la que prohibe en los carnavales “el toque de tambores y otros instrumentos de origen africano y frases indecentes que los acompañan”. Y en cierto momento se suspenden hasta los carnavales mismos. Fiestas esas en las que, a lo largo de las primeras décadas del siglo pasado, sobresalen las orquestas de Raymundo Valenzuela, que inspiraran a José Lezama Lima su poema “El coche musical”, sencillamente antológico.

“La Habana de los años veinte fue, como pocas veces antes o después, escenario de una vida artística y cultural que la convirtió en polo de atracción al que acudían artistas de todo el país y extranjeros, y estos últimos tenían La Habana como primera escala obligada para hacer la América…” escribe Leonardo Acosta. Añade: “Salvo algunos cambios esta Habana permaneció casi la misma durante las dos décadas siguientes…”

El foco de la vida nocturna habanera se hallaba entonces, en lo esencial,  en lo que hoy conocemos como Centro Habana,  con una extensión hacia la parte más antigua de la ciudad. La era del automóvil hizo que los cabarets más lujosos, como Montmartre, se ubicaran fuera de ese sitio y aun en lugares apartados, como son los casos del Casino Nacional y el Jockey Club, el Summer Casino y el Sans Souci. Aseguraban un tercer foco los cabarets populares de la Playa de Marianao.

            ¿Dónde se bailaba entonces? El baile siguió siendo una forma de esparcimiento muy arraigada. Y continuó teniendo por  escenario el reducido espacio de casas particulares y patios de cuartería y también grandes áreas abiertas como las de los terrenos de las cervecerías La Polar y La Tropical, santuario nacional de los bailadores.

            Se bailaba en sociedades de recreo, gremiales y de profesionales. Y en  Los centros regionales españoles (Centro Gallego, Centro Asturiano) y, entre otras instituciones,  también la Asociación de Dependientes del Comercio de La Habana, en Prado y Trocadero, programaba fiestas periódicas para sus asociados, a las que  podía accederse por invitación o mediante el pago de la entrada. Hebreos, árabes y chinos tenían asimismo sus sociedades, al igual que los norteamericanos el American Club, en Prado y Virtudes, y la Community House, en la actual Casa de la Música, de Miramar. Y los ingleses, la suya,  en la carretera de Vento.

            Podía bailarse además, mediante el pago de la entrada, en  salones como Sport Antillano, en Zanja y Belascoaín;  La Galatea, frente al parque de Albear;  Encanto, en Zanja y Gervasio;  La Fantástica, solo para negros, en Galiano y Barcelona y en el salón de Prado y Neptuno, en los altos de la cafetería Miami, donde nació el chachachá.

Las llamadas sociedades “de color” agrupaban, por lo general,  a negros y mulatos y dentro de ellas los asociados se diferenciaban por sus ingresos económicos y su posición social.

¿Y las academias de baile? Venían desde la Colonia y a veces se vinculaban a la prostitución. El cliente, antes de entrar, compraba en la puerta varios tiquetes o papeletas que iría consumiendo a una por cada baile. Dentro de la academia aguardaban las muchachas. El hombre elegía a su compañera de baile y le entregaba la papeleta antes de salir a la pista. Al final de la noche, la muchacha presentaba en la caja esas papeletas y cobraba en consecuencia.

Muy famosa fue la academia de Marte y Belona, en Monte y Amistad. Y también Habana Sport, en Galiano y San José, y Rialto, en Neptuno entre Prado y Consulado. De ellas y de otras cosas hablaremos la próxima semana.

           

             

 

             

             

           

 

             

 

Noche en La Habana

Noche en La Habana

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

Las academias de baile, llamadas también escuelitas,  venían desde la Colonia. Existían supuestamente para enseñar o adiestrar a quienes querían aprender a bailar o entrenarse en los pasos de algún nuevo ritmo. Pero el entrenamiento no estaba en manos de un maestro, sino de muchachas que aguardaban en el salón la llegada de algún cliente que les pidiera una pieza. Un baile tarifado que el hombre retribuía con la papeleta que había comprado previamente, y que mientras bailaba sostenía en la mano izquierda a fin de que un empleado se la ponchara y que luego entregaba a su compañera de baile.  Podía bailar una o varias piezas con la misma muchacha o cambiar de pareja cuando lo deseara y, si las cosas iban bien con alguna de ellas, invitarla a compartir un trago en la propia cantina de la academia. Para que las ganancias de la casa fueran mayores, y también para evitar que la bailarina se aturdiera o se emborrachara, el trago que se le servía estaba aguado o no contenía alcohol; era un simple simulacro con té, manzanilla o algún refresco de cola. En muchos casos, la academia no era más que una forma encubierta de prostitución. O el lugar propicio para divertirse o pasar un buen rato. Al final de la noche, la muchacha cobraba lo suyo según lo que hubiese bailado, lo que avalaba con las papeletas que tuviera en su poder; un tanto para ella y el otro, para la escuelita.

            Por cierto, en esas academias no debían entrar militares vestidos de uniforme. Para evitar que  sucediese, antes de la creación de la Policía Militar, el Estado Mayor del Ejército encargaba, todos los fines de semana,  a  un oficial, un sargento y dos o tres alistados, provistos de un brazalete que los identificaba,   que recorriesen las escuelitas para proceder a la detención de posibles infractores. Los militares, claro está, no solo bailaban, sino que sabían hacerlo. Las clases de baile, impartidas por el profesor Rubén Savón, eran obligatorias en los cursos de la Escuela de Cadetes de Managua; bailaban hombres con hombres. Práctica que se eliminó después del triunfo de la Revolución cuando los propios alumnos pidieron al comandante Ernesto Guevara, de visita en la institución, que los apoyara en su reclamo de abolirlas.

20 ACADEMIAS Y 7000 BARES

Don Felipe Poey y Aloy, el insigne naturalista habanero nacido en 1799 y muerto en 1891, que investigó sobre peces y minerales y legó a la posteridad una monumental Ictiología cubana, incursionó asimismo en la crónica de costumbres y en una de ellas contó su visita a la sala de bailes de Escauriza. Da Poey vueltas por el salón a fin de reconocer lo que llama “el ganado”, mientras la orquesta deja escuchar una danza titulada Panetela para la vieja. Cesa la música y, tras un breve respiro, se escuchan los acordes de la danza Baja la pata que, dice el cronista, dejó a todos los danzantes con la pata levantada. Ha reparado en una joven. Le cuentan que ha bailado con la flor y nata de los bailadores de La Habana. Quiere saber más sobre ella. “Doncella de medio uso”, le advierten, y alguien que escucha la conversación protesta porque la señorita sobre la que murmuran es pobre y modesta, pero pertenece a algunas academias. ¿Academias de ciencias?, inquiere Poey. “No, academias de bailes, escuelitas… allí gana la muchacha alguna cosa, sirviendo de compañera a los asistentes, lo cual no le impide conservar su virtud”.

            Es la época, apunta María Teresa Linares en su Introducción a la música popular cubana, de las academias de baile y de las “casas de cuna”, en las que se movía una fauna de  mulatas de rumbo y petimetres. Lo curioso es que varios años después, en 1928, había en La Habana no menos de veinte de esas academias; una etapa en la que, al conjuro de la ley seca imperante en Estados Unidos y que empujó hacia la Isla una buena parte de la corriente turística de ese país, se abrieron en Cuba unos siete mil bares y salas de fiesta.  

            Antonio Arcaño, El Monarca, en alusión a las academias de baile, decía, en 1986,  a la periodista Erena Hernández, que en los primeros tiempos de la dictadura de Machado hubo discrepancias entre Baldomero Acosta, alcalde de Marianao, y el ministro de Gobernación Rogerio Zayas Bazán y que este, en represalia, clausuró los cabarets de la Playa, las llamadas fritas de la Quinta Avenida.

            “Los músicos tuvimos que trasladarnos  para las academias de baile de Centro Habana: Sport Antillano [donde estaba la orquesta de Arsenio Rodríguez] Galatea, Marte y Belona, y a una sociedad de personas de color. En las academias no dejaban entrar hombres negros y, sin embargo, tenían empleadas mulatas ‘adelantadas’ ¡y bonitas!

            “En Marianao trabajábamos de diez de la noche a cinco de la mañana, ganábamos tres pesos y nos daban la cena. Las academias funcionaban de nueve de la noche a dos de la mañana, y tenían doble turno: alternaba un sexteto con una orquesta, y tocaban sesenta o setenta danzones diarios. Los clientes compraban una tira de tickets y se los ponchaban. La pieza valía cinco centavos; le daban tres a la mujer y dos para la casa. Los músicos recibíamos un peso con sesenta centavos, diarios, por lo que se recaudaba en la puerta y la cantina”.

            La cantidad que se pagaba por la pieza variaba de una época a otra, y se dice que las orquestas abreviaban las interpretaciones de los números musicales a fin de que el cliente se viera obligado a entregar más papeletas por el mismo tiempo de baile y la jornada resultara menos cansona para sus integrantes. Pero si en las academias se pagaba a tanto la pieza, en los salones de baile se hacía al entrar un pago único. Recordaba al respecto el maestro Enrique Jorrín:

            “Ya en 1948 tocábamos [con la orquesta América] en los salones de Prado y Neptuno, que estaban en el segundo piso de esa céntrica esquina, en los altos del restaurante Miami… Allí un tal Vicente Amores daba bailes los viernes, sábados y domingos, de nueve de la noche a tres de la mañana; los domingos se hacía la matinée entre las dos de la tarde y ocho de la noche. A Prado y Neptuno iban muchos jóvenes, sobre todo estudiantes del Instituto [de Segunda Enseñanza de La Habana]. Es falso eso que se ha dicho de que la mayor concurrencia era de maleantes. Asistían muchos jóvenes de las sociedades [de recreo] también, lo mismo blancos que negros, siempre y cuando los hombres pagaran su peso de entrada y las mujeres sus treinta centavos”.

            Las sociedades de recreo, dice Leonardo Acosta en su imprescindible Descarga cubana: el jazz en Cuba 1900-1950, representaban a todas las clases y estratos sociales  y raciales y seguían en parte el patrón de castas creado por la Colonia y reforzado en la República con su política de inmigración masiva de españoles para “blanquear” el país. Además, surgía una clase media de negros y mulatos y se dividieron según sus ingresos, aunque también por el matiz de la piel y hubo intentos de dividirlos según su región de origen, reviviendo los viejos cabildos de nación (congos, carabalíes, lucumíes…) de la época colonial.

            Entre esas sociedades “de color”, no era lo mismo el aristocrático Club Atenas que los populares Sport Club y la Sociedad El Pilar. Escribe Leonardo Acosta: “En el Club Atenas se llegaba al absurdo de que las orquestas eran obligadas por una Comisión de Orden a tocar fox trots, valses, danzones o boleros, pero se les prohibía tocar rumbas, sones o mambos. Mientras tanto, los blancos de la ‘buena sociedad’ se desarticulaban bailando la música de los negros, aunque contrataban por lo general orquestas blancas. Además, se impuso la costumbre de terminar las fiestas con una conga callejera, en la que todos arrollaban en fila india, moda que pasó a Estados Unidos”.

            Ese mismo absurdo era comentado por Félix Chapottín en su entrevista de 1986 con la ya citada Erena Hernández. Luego de recordar que el Septeto Habanero llevó el son a sociedades como el Miramar Yacht Club y el Vedado Tennis, precisaba: “…las sociedades negras como la Unión Fraternal y el Club Atenas nos discriminaban… la misma gente de nosotros. Entendían que no era decente tocar el son, pensaban que el blanco los despreciaría, les llamaría negros rumberos… ¡sabe Dios! Fíjese si la discriminación era grande que las criadas de mano no podían pertenecer al Club Atenas”.

HACHEROS

Los hacheros, que era como se les llamaba a los buenos y más persistentes bailadores, tenían  mecas como la valla Habana, en Vía Blanca y 10 de Octubre, el cabaret La Campana, en Infanta y San Martín, La Vallita, de Cerro y Palatino, y también en los salones de las cervecería Tropical y Polar, en Puentes Grandes, verdaderas catedrales de la música popular bailable. Se bailaba en los centros regionales y en los clubes de recreo de las playas. Si hoy localizáramos en un mapa los establecimientos en los que se podía bailar en La Habana de los 50, nos sorprenderíamos al advertir que no existiría  barrio o localidad habanera  que quedara excluido. Sitios fuera de cualquier itinerario imaginable como  Mantilla, La Lira, Guanabacoa, Cojímar, San Francisco de Paula, Cotorro, San Miguel del Padrón, Campo Florido, Luyanó… donde el Sierra Nigth Club ofrecía dos show diarios con dos orquestas.

Cerca del Caballo Blanco, se halla el Ali Bar, escenario preferido de Benny Moré, y en Boyeros, entre otros muchos, el Reloj Club, con discreto motel al lado, el Bambú Club, donde se presentó Tongolele, y el Mambo Club, último refugio de la célebre Marina Cuenya (al fin logré averiguar el apellido de esta señora)  propietaria de los más exclusivos prostíbulos habaneros durante varias décadas. Había además una victrola en cada esquina. Y por no dejar de haber, y para confirmar lo “avanzada” que estaba La Habana de los 50, dice Leonardo Acosta, había hasta un cabaret de travestis, entonces transformistas, El Colonial, en Oficios entre Teniente Rey y Amargura, donde la orquesta acompañaba a La Estrella del Bolero, La Bailarina Española y a La Bailarina Exótica. En bares y nigth club de las zonas de tolerancia (Kumaon, Victoria, Brindis, Bolero, en el barrio de Pajarito) había también música en vivo. Esos centros nocturnos no disponían de casinos de juego, pero en muchos de ellos existían máquinas traga níkeles.

            El cabaret Las Vegas, en la calle Infanta, marcaba una especie de frontera entre Centro Habana y el Vedado. Su propietario era un curioso personaje que, con el propósito de hacerlo desaparecer,   se robó del Museo Bacardí, de Santiago, el jaquet  que Batista había usado cuando el coronel Pedraza quiso darle un golpe de Estado, en 1941.

            El centro de la vida nocturna habanera se fue desplazando. Si en la década de los 20 fue la Acera del Louvre, en los 50 será la Rampa. El Casino Nacional, en el Country Club, cerró sus puertas, y el Montmartre lo haría en octubre de 1956 luego del atentado al teniente coronel Antonio Blanco Rico, jefe del Servicio de Inteligencia Militar. Los grandes cabarets eran entonces Tropicana y el cada vez más consolidado Sans Souci, en la carretera de Arroyo Arenas. También los de los grandes hoteles que se inauguraron a partir de 1955.  Pero pequeños clubes nocturnos, la mayoría con música en vivo, surgían como “hongos” en el Vedado y empezaron a florecer en Miramar, hasta entonces una barriada netamente residencial.

Dice  Cristóbal Díaz Ayala en su libro Del Areito a la Nueva Trova que  los grandes cabarets dirigían sus shows por igual a los turistas y a los cubanos; pero había una segunda línea dirigidos a la clientela cubana casi exclusivamente, en lugares más modestos, pero por lo general con dos orquestas y un show que podía tener, a veces, un coro de bailarinas, e indefectiblemente una pareja de bailes cubanos o internacionales o españoles, un trío y una o más figuras de cartel.

Parejas de baile famosas hubo muchas. Desde fines de los años 20 a comienzos de los 30 se estableció la costumbre de que las orquestas cubanas salieran al exterior con una pareja de baile. Se dice que la primera fue la de Ofelia y Pimienta, que debutaron en Nueva York, en 1931, con la orquesta Habana Casino de Don Justo Aspiazu, en la que figuraba Antonio Machín. Pero antes, esa misma agrupación había llevado una exhibición de bailarines de rumba a Estados Unidos.

Tal vez me equivoque, pero pienso que la pareja más famosa fue la de Ana Gloria y Rolando. Rolando salió de Cuba en 1959 y nunca más bailó y Ana Gloria, por esa misma fecha,  abandonó también el baile, y todavía se les recuerda.

Una foto publicada en una revista muestra a la bailarina descalza y en provocativa ropa de dormir. Es Día de Reyes y contempla una colección de muñecas. Dice el pie de foto: “A esta Ana Gloria tan bella / mil muñecas Baltasar / le trajo sin dejar huellas…/ Cuántos quisieran jugar a las muñecas con ella”. 

 

 

 

           

           

           

Lugares que ya no son

Lugares que ya no son

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

La pelota vasca tiene carta de naturalización en Cuba después del cese de la dominación española. Se intentó introducirla durante la dominación colonial, pero se fue aplazando el asunto y cuando por fin llegó a La Habana ya se conocía y practicaba en Brasil y la Argentina, Italia, Egipto y, por supuesto, en toda España.

            El comerciante Basilio Sarrasqueta logró que el general Leonardo Wood, el interventor norteamericano, que se convertiría en un fanático de ese deporte y  llegó a practicarlo todos los días, se entusiasmara y aprobara el proyecto, incluidas las apuestas que se harían en los juegos. Movió entonces Sarrasqueta sus influencias entre el alto comercio español radicado en La Habana y, con el apoyo decisivo de Manuel Otaduy,  agente general de la Compañía Trasatlántica Española, logró levantar un capital de cien mil pesos que permitieron la compra del terreno enmarcado entre las calles Concordia y Lucena, Marqués González y Virtudes. Allí se construyó el frontón, el llamado Palacio de los Gritos.  Y, sin que el edificio contara aún, por falta de dinero,  con todas las comodidades para el público, se celebró el primer partido el 10 de marzo de 1901.

            El partido inaugural fue precedido por el almuerzo que los propietarios y encargados del frontón ofrecieron al general Wood: un bacalao a la vizcaína rociado con abundante vino de rioja. Después todos los asistentes, vestidos de blanco y tocados con boinas rojas, se dispusieron a presenciar  el juego. Se escucharon las notas del Himno Vasco y enseguida comenzó la función. Fue un éxito superior al esperado.

            Los promotores de los juegos, que  advirtieron la facilidad pasmosa con que la gente se jugaba durante ellos las monedas de cinco pesos, comprendieron que un público así merecía lo mejor y que se le premiara con la posibilidad de admirar a los jugadores más connotados. Fue tanto el éxito que las figuras del alto comercio siguieron respaldando la iniciativa y en 1903 se introducían reformas y ampliaciones que mejoraron las condiciones del edificio.

            La concesión para operar el frontón, que era por diez años,  cesó durante  la presidencia de José Miguel Gómez. El edificio pasó a ser propiedad del Ayuntamiento de La Habana y albergó en sus dependencias al naciente Museo Nacional (1913). Pero en tiempos del presidente Mario García Menocal, fanático de la pelota vasca y de las carreras de caballos, se renovó la concesión a la empresa y el frontón volvió a abrir sus puertas en 1918.  Los duelos de las parejas de pelotari movilizaban cantidades de dinero enormes y mantenían la tensión de los espectadores.

 

LA BOMBONERA

Mantuvo el Palacio de los Gritos una hegemonía absoluta hasta 1921 cuando concluyó la construcción del llamado Nuevo Frontón. Un edificio bellísimo, con muchas comodidades para los aficionados, pero en la prisa por terminarlo se cometió la equivocación de invertir la colocación de las piedras del frontis y del rebote.

            Comenzó la competencia entre los empresarios de ambas instalaciones y jugadores del frontón de la calle Concordia, incluso figuras principales como Erdoza, Isidoro y Erguiluz,   pasaron a jugar en el nuevo edificio, que se nutrió además de pelotaris  venidos del frontón de Cienfuegos. Si al primero se le llamó El Palacio de los Gritos, el Nuevo Frontón sería El Palacio de las Luces.

            El deporte del remonte y la pala no progresó en el  Nuevo Frontón. Fracasó como empresa en 1923 y, aunque ya quebrado, siguió siendo escenario de algunas temporadas de pelota vasca hasta que  cerró definitivamente tras los daños que en su estructura ocasionó el ciclón de 1926. Se convirtió entonces en Palacio de los Deportes hasta que fue adquirido por el movimiento obrero para ubicar allí la Confederación de Trabajadores de Cuba (CTC). Pensaban los líderes proletarios adaptar el edificio a sus nuevos fines, pero no fue posible ya que, comenzadas las remodelaciones, hubo derrumbes que advirtieron que su estructura no soportaría las reformas proyectadas. Fue entonces que se determinó la construcción de un edificio nuevo, el de la actual CTC.

            Hubo otro gran frontón en La Habana, cuya construcción fue anterior a la del Nuevo Frontón.  El Habana-Madrid, situado en Belascoaín y Sitios. Le llamaron La Bombonera porque su hermoso y ventilado local –contaba con 140 puertas y ventanas-  se dedicó mayormente al juego de mujeres. Las jóvenes vascas que jugaron en sus predios llenaban sin esfuerzo los 1 800 asientos de la instalación.

            Se dice que la pelota vasca es “deporte, arte, ballet y magia”. No es raro que el zaguero, desafiando la ley de gravedad, trepe por la pared lateral o la del fondo para contestar el tiro de una pelota que viaja a más de 100 millas por hora. La velocidad de la bola al salir de la cesta es tal que los límites de la pared de rebote-frontón están definidos por una plancha metálica que al ser tocada por la pelota suena como una campana. 

            En 1932, la lucha contra Machado y la crisis económica marcaron el cierre del brillante ciclo de la pelota vasca en La Habana. Repuntará a partir de 1937 cuando España, a consecuencia de la guerra civil, sale del mercado.

            Dice Marinello que fue en el Palacio de los Gritos donde  surgió el término de “botellero” para identificar a aquellos que cobraban un sueldo del Estado, del municipio o de alguna dependencia pública sin disparar un chícharo. Aunque en verdad la palabra “botella” identifica a un mal que viene desde la Colonia y que crece desmedidamente en los días de la segunda ocupación militar norteamericana.

            Sucede que durante los partidos de pelota vasca, algunos muchachos entraban al frontón para llevar botellas de agua fría a los pelotaris. Esos muchachos no abonaban la entrada y con el pretexto del agua, disfrutaban de casi todo el partido. De ahí, dice Marinello, viene el término.

LA GLORIETA DE MARIANAO

 

Ya en la década de 1840 Marianao gozaba de renombre entre las mejores familias de La Habana que acudían a ese poblado a pasar las temporadas de verano aprovechando su excelente situación geográfica y la garantía de disponer de agua abundante. Poco a poco, como lugar de veraneo,  llegó a rivalizar con otros sitios ya consolidados en la preferencia de los habaneros, como el Cerro y Puentes Grandes.

            Pero, en opinión del estudioso Francisco Morán, fue la edificación e inauguración de la Glorieta lo que cimentó la celebridad del poblado que, además de sus magníficas condiciones para el descanso, se hizo notar desde entonces por los atractivos bailes que se convirtieron en cita obligada de la gente divertida y la juventud alegre de La Habana y Marianao.

            A la inauguración de la Glorieta, el 24 de junio de 1848, acudieron jóvenes y adultos de las familias de mayor rango social y, en general, todos los que estaban ansiosos de pasarla bien.

            Meses antes se había establecido la primera línea de diligencias que, los domingos y días festivos, hacía dos viajes redondos en las mañanas y otros dos por la tarde.

            Amenizaban los bailes las mejores orquestas, como la del Progreso. Orquestas que, dice Antonio Bachiller y Morales, “confundían sus ecos desde las márgenes de Marianao hasta las del Almendares y su hija primogénita, la Zanja Real.

            La Glorieta fue demolida en 1857 y en junio del año siguiente abrió sus puertas, en el mismo sitio, el Teatro Principal, nombrado Concha originalmente. Era de madera y tenía forma de herradura, por lo que se le llamó el segundo Tacón.

            Entre otros artistas destacados, pasó por su escenario Adelina Patti, considerada la mejor soprano absoluta de todos los tiempos. Asimismo importantes compañías  extranjeras y nacionales de ópera hicieron allí sus temporadas. 

            Lo destruyó el ciclón del 26 siendo ya teatro y cine. Lo reconstruyeron y reinauguraron el 20 de mayo de 1927.

            Es uno de los símbolos de Marianao. Pero en la actualidad está cerrado y en proceso de franca destrucción.

QUINTA DURAÑONA

Uno de los edificios emblemáticos de Marianao, ubicado en 51 esquina a 118. 

Lo hizo construir, en 1858,  Francisco Durañona, rico empresario español, dueño del central Toledo y socio de la empresa del ferrocarril Marianao-Habana. El nombre de central obedece al de la ciudad natal de su propietario.

            En la guerra del 95, el Palacio fue hospital militar. Y al finalizar la contienda, cuartel general del Ejército norteamericano y residencia del general Lee, gobernador militar de La Habana.   Y fue la sede del gobierno interventor  durante  la ocupación militar norteamericana de 1906.

            A partir del 29 de junio de 1913, el general Mario García Menocal lo convirtió en Palacio Presidencial de verano, y utilizó también, con ese fin, la Quinta de los Molinos.  Los presidentes despachaban y vivían entonces el  viejo Palacio de los Capitanes Generales. No se había construido aún el Palacio Presidencial de la calle Refugio número 1, que el propio Menocal estrenó en 1920.

            Fue después sede de una  Academia de Artes Manuales, del Internado de Varones Claudio Dumas y, tras el triunfo de la Revolución, de una tabaquería. Alberga hoy la academia de ballet Pro Danza, que dirige Laura Alonso.

PLAZA DEL VAPOR

Ya en 1818 se había construido en extramuros, en el espacio comprendido entre las calles Galiano, Reina, Dragones y Águila,  un edificio de forma octogonal, con casillas de madera sobre ruedas, para que sirviera de mercado a los pobladores de la zona.

            Se le llamó Plaza del Vapor porque su constructor, el catalán Francisco Marty, constructor asimismo y empresario del Teatro Tacón, que era el hombre que controlaba el monopolio del pescado en la capital, había hecho colocar en una fonda de su propiedad y que daba a la calle Galiano, un cuadro donde se veía el buque Neptuno, el primero de vapor que, en 1819, realizó viajes entre La Habana y Matanzas.

            Ya sobre 1840 ese edificio fue remodelado para convertirlo en un inmueble de vastas proporciones, que se caracterizaría por sus colosales arcadas de sillería que comprendían la altura del piso bajo y el entresuelo. Sobre ellas descansaba el piso principal. Un edificio no exento de elegancia. La fachada principal daba a la calle Galiano. Eran sólidas las armazones de hierro del patio y en las rejas y barandas de toda la edificación se destacaban las letras M y T, iniciales de Miguel Tacón.

            En 1918 dejó de ser mercado y sus actividades se trasladaron al espacio que ocupó la estación ferroviaria de Villanueva (Capitolio) y luego al Mercado Único. Fue entonces cuando se derribaron las armazones de hierro del patio.

            Aunque volvería a ser mercado provisionalmente, la parte exterior del edificio no dejó nunca de estar ocupada por unos pequeños establecimientos que funcionaban como expendios de frutas, mariscos, flores, yerbas medicinales, telas y ropa hecha, sombreros, zapatos… y cualquier otra cosa que fuese posible vender, hasta caricias, por las noches.  El piso superior y principal estaba ocupado por las viviendas de unas 200 familias y el edificio se convirtió sobre todo en el verdadero mercado habanero del billete. Allí se vendía no menos del 50% de los billetes de lotería. El billete que no se encontrara allí, no aparecía prácticamente en ningún otro sitio.

            Después de 1959 el edificio fue derribado. Ocupa su espacio el parque de El Curita.

           

 

De ñapa

De ñapa

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

 Lo contó el colega y amigo Ángel Quintana Bermúdez, de Holguín, en una crónica deliciosa. En marzo de 1926, cuatro jóvenes Banes, que  se impusieron el reto de llegar a La Habana en automóvil, demoraron 69 horas y diez minutos en arribar a su destino. Recorrieron 1 158 kilómetros y se sintieron satisfechos de su marca pues un intento anterior, desde Santiago de Cuba, había  consumido seis días a sus protagonistas.

            No se había construido aún la carretera Central, eran deficitarios los enlaces entre una y otra localidad y la mayor parte de la travesía debieron hacerla por caminos más supuestos que reales. Los rodeos, impuestos por las propias dificultades del terreno,  alargaron la distancia.  En algunos sitios, no les quedó otra opción que guiarse por las estrellas, como si fueran navegantes de la mar océana. En resumen, partieron de Banes a las 10:50 de la mañana del miércoles 24 de marzo  y llegaron a la capital de la Isla el sábado 27, también en la mañana, a las ocho. Durante todo ese tiempo  se detuvieron unas 18 horas para satisfacer las necesidades más elementales, lo que hizo que la marcha propiamente dicha fuera de 51 horas y veinte minutos.  Promediaron 22,6 kilómetros por hora, de los 35 de velocidad máxima que alcanzaba el vehículo, un Ford de los conocidos como fotingo trespatá, que gastó  46 galones de gasolina y seis cuartos de aceite en la travesía y concluyó el viaje con un neumático de baja.

            Sebastián Pérez, promotor de la iniciativa, no tuvo que insistirle demasiado a Lorenzo Serrano, Joaquín Díaz, Santiago Zaldívar y Juan (Chino) Leyva para que asumieran la empresa. Una multitud entusiasta los despidió en el café Norma, desde donde arrancó su peligrosa aventura porque,  a la carencia y mal estado de las vías existentes cuando las había,  se sumaba la situación del país.

            Todo era confusión y pánico en la provincia agramontina tras el secuestro del millonario Enrique Pina Jiménez, expone Quintana Bermúdez en su crónica. La Guardia Rural, cuerpo del Ejército que asumía funciones de policía en los campos y que se caracterizó, siempre al servicio de los latifundistas y la burguesía agraria,   por sus abusos y atropellos hasta su desaparición en 1959, intensificaba con saña su macabra cacería de isleños residentes en la región, a los que responsabilizaba con lo de Pina, y no pasaba un día sin que se reportaran allí asaltos, tiroteos, detenciones, muertos… Había miedo, recelo y desconfianza.  Las poblaciones quedaban desiertas y los campesinos se encerraban en sus bohíos en cuanto caía la noche.  Para complicar aún más las cosas, una pantera se había fugado del circo Montalvo y andaba suelta por los campos.

            Todo eso dificultó el viaje y no resultó raro que en muchas localidades Serrano y sus compañeros fueran tomados como cómplices del secuestro. En las proximidades de Cabaiguán tuvieron necesidad de llegar a una casa para que les indicaran cuál de los tres caminos que por allí pasaban era el que servía para llegar a La Habana. No les abrieron la puerta. Y en Limonar, cuando el vehículo se detuvo ante la planta eléctrica, el sereno que la custodiaba echó a correr y alertó a la Guardia Rural con su silbato, aquellos llamados pitos de auxilio que en el silencio de la noche se escuchaban a cientos de metros de distancia. Al instante se presentaron varios miembros de la Rural y rodearon a los viajeros. Afortunadamente, los dejaron continuar. Sabían de su propósito de llegar a La Habana. Toda Cuba seguía la hazaña a través de los periódicos, y Banes más que ninguna otra parte.

            Hasta allá llegaban los telegramas que, como partes de guerra,  iban enviando los viajeros, a su paso por las poblaciones,  para dar cuenta a sus coterráneo de las incidencias de la travesía y que se colocaban, para que todos pudieran leerlos,  en una pizarra del café Norma, mientras que el diario banense Pueblo mantenía al tanto a sus lectores de todas las peripecias. El día 26, sin embargo, no hubo noticias y el periódico supuso por qué. Dijo, al día siguiente, a modo de explicación: “En su afán de llegar lo más pronto posible a La Habana, Serrano no habrá querido detenerse en ningún pueblo, y de ahí la falta del diario telegrama a este periódico”.

            En efecto, el viaje Banes-Habana estaba a punto de llegar a su fin y el fotingo  trespatá de Serrano entraba a la capital con la escolta de varios vehículos que se le sumaron en las cercanías de Matanzas.

            Claro que en una travesía tan larga y accidentada hubo momentos jocosos. En la ciudad de Santa Clara, donde arribaron de madrugada, entraron a desayunar a un café y advirtieron un extraño entra y sale en la trastienda del establecimiento. Cuando el dueño o encargado del lugar se acercó para servirles el café con leche, Lorenzo Serrano comentó para que todos pudieran oírlo:

            -¡Se lo dije, señor juez! En el fondo están jugando al prohibido.

            Las manos del que les servía comenzaron a temblar visiblemente y trabajo  le costó cumplir su tarea. Luego corrió a la trastienda, que quedó a oscuras,  para avisar del peligro. Y mucho más nervioso estaba cuando Serrano  volvió a llamarlo a la mesa, ahora con la intención de pedirle la cuenta. Dijo entonces el comerciante:

            -No faltaba más, hombre… ¡Por Santiago de Compostela que ya está “pagá”  su cuenta.

            Otra ocurrencia tuvo Serrano,  ya en La Habana, cuando, en unión de sus compañeros, se personó en la agencia de los neumáticos Good Year para una singular reclamación.

            Mostró al gerente norteamericano de la firma la magulladura que presentaba una de las gomas del Ford y le pidió que se la restituyera porque aquel neumático, adquirido en Banes, tenía un defecto de fábrica.

            Examinó con detenimiento el gerente la parte deteriorada y alegó que la magulladura no era un problema de fabricación, sino que obedecía al uso que se le había dado a la goma.

            Serrano, por supuesto, no aceptó el veredicto y,  él que sí y el otro que no, se trabaron en una discusión que hizo que en torno a ellos se agruparan todos los empleados cubanos de la agencia. A lo más que accedió el gerente, consciente de lo perjudicial que podía resultar para su negocio una mala opinión de aquellos ya célebres choferes, fue a venderles el neumático a precio de costo.

            Pero Serrano lo quería gratis y en su afán retó al norteamericano a jugarse a cara o cruz su importe. El gerente aceptó y, enseguida,  puso el cubano la regla del juego.

            -Si cae estrella, usted pierde; si cae escudo, yo gano, sentenció.

            Quizás por no dominar bien el español o por el acaloramiento de la discusión,  el norteamericano aceptó las insólitas condiciones que no le dejaban más alternativa que la de perder. No demoró el fatal desenlace.

            Escribe Ángel Quintana Bermúdez en su crónica:

            “Saltar por el aire la moneda y rodar Serrano la flamante goma hasta el afamado fotinguito que esperaba parqueado frente al edificio, fueron dos cosas iguales, y todo ante las miradas desconcertadas de los empleados de la agencia por la argucia del pillín de Lorenzo: Si cae estrella, usted pierde; Si cae escudo, yo gano”.

            Varios días anduvieron Lorenzo Serrano, Joaquín Díaz, Santiago Zaldívar y el Chino Leyva en La Habana, donde la prensa se hacía eco de su hazaña. Decía le periódico Heraldo de Cuba: “Cuatro jóvenes drivers del simpático pueblo de Banes de la indómita región oriental acaban de realizar un viaje en automóvil desde aquel pueblo hasta la capital”. Ya eran famosos.

            Llegó al fin la hora del regreso. Los senderos habían empeorado a causa de la lluvia y la pantera escapada del circo Montalvo seguía imponiendo respeto. Tampoco habían  cesado  los operativos para la búsqueda y captura de los implicados en el secuestro del colono  Enrique Pina Jiménez, y la actuación de la  Guardia Rural seguía despertando en los campos un miedo mayor que el que provocaba la pantera fugitiva.

            Los cuatro choferes llegaron a Banes sin mayores contratiempos. Y con la alegría de ser los segundos en realizar parecido periplo, con el que hicieron trizas la marca impuesta por sus antecesores santiagueros.

            Cerca de Veguitas, a las puertas de Banes, una multitud, que encabezaba Sebastián Pérez, patrocinador del viaje, le tributó un recibimiento  caluroso y entusiasta.

            La peligrosa aventura había terminado. Lamentablemente, la excelente crónica de Ángel Quintero Bermúdez no consigna las horas que Lorenzo Serrano y sus compañeros emplearon en el viaje de regreso.

La Quinta Avenida

La Quinta Avenida

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Laz

 

¿Sabía usted que la casa del ex presidente Ramón Grau San Martín, “la choza” que se construyó en Quinta Avenida esquina a 14, dispone de 19 cuartos de baño, sin contar los de los garajes y la piscina,  y que al menos su planta alta  puede recorrerse completa, pasando de habitación en habitación, sin necesidad de tener que salir a ningún corredor o pasillo? ¿Qué en la casa de la condesa de Buenavista, en Quinta Avenida y Seis, que mereció en 1929-1930 el Premio del Concurso de Fachadas del Club Rotario,  habitan ahora 23 familias, lo que la convierte en una casa de vecindad en una de las mejores y más codiciadas  zonas residenciales  de La Habana? ¿Qué la iglesia Jesús de Miramar, en Quinta Avenida y 80 es, en cuanto a área se refiere, el templo mayor de Cuba y el segundo en cuanto a capacidad para los fieles, superado solo por la Catedral de Santiago?  ¿Sabía que esa importante vía se llamó en sus inicios Avenida de las Américas?  

            La Quinta Avenida se extiende desde el túnel que la conecta con la calle Calzada, del Vedado, hasta el río Santa Ana, en la localidad de Santa Fe. A partir de ahí se convierte en Carretera Panamericana y llega a Mariel.  Su trazado resultó decisivo para el fomento del reparto Miramar y también del Country Club Park y del reparto Playa de Marianao, que se ubica entre Miramar y el Country. Las clases adineradas salieron paulatinamente de la parte más vieja de la capital cubana y construyeron sus casonas y palacetes en el Cerro y el Vedado. Más tarde emigrarían  hacia el oeste, más allá de la boca del río Almendares.

            En el diseño de la importante vía intervino el arquitecto norteamericano John F Duncan, autor del monumento al presidente Grant, en Estados Unidos, junto al arquitecto cubano Leonardo Morales, graduado en la Universidad de Columbia. Por eso se dice que Miramar, con sus manzanas rectangulares de 100 x 200 m, se parece tanto a Manhattan.  Se erige, en su comienzo, la  Fuente de las Américas. Más allá se encuentra el reloj, que es símbolo del municipio Playa y que, si funcionara, dejaría escuchar un sonido similar al de las campanas del Big Ben, de Londres. A la altura de la calle 42 se halla  La Copa,  que da nombre a la zona, y que fue donada por Carlos Miguel de Céspedes en sus días de ministro de Obras Públicas del dictador Gerardo Machado.

              Pese a su paseo central arbolado, la Quinta Avenida  no es una vía homogénea; cambia por trechos según su arquitectura y la época de construcción. Quizás el tramo menos parecido al resto es el que media entre las rotondas de las calles 112 y 120. Allí, en la acera sur, frente al famoso Coney Island Park, existía un conjunto de bares, billares y centros nocturnos como Panchín, Pompilio,  Rumba Palace, El Niche, Choricera, Los Tres Hermanos, Pennsylvania, La Taberna de Pedro… construidos casi todos de madera, con  piso de cemento  y techos de zinc y que lindaban con lo marginal, pero que eran visitados por todas las clases sociales.

Pennsylvania era el escenario de la vedette Tula Montenegro, que lucía una anatomía descomunal. En algunos de aquellos tugurios estaba Teherán, que había cosechado éxitos en el Cotton Club, de Broadway, junto a Duke Ellington y Cab Calloway,  mientras que en Choricera, El Niche  o en Los  Tres Hermanos y ocasionalmente en el Rumba Palace montaba Silvano Shueg Hechevarría, el célebre Chory, “el artista que se anunciaba solo”,  sus espectáculos escalofriantes con aquella música que sacaba de   timbales, sartenes y botellas vacías.

Delante de esos centros nocturnos, en la propia acera, se alzaba todo un tinglado de puestos de fritas. Uno al lado del otro. Lo que hizo que la zona fuera conocida como Las Fritas de Marianao. Detrás, disimulados por los ficus, había un número impreciso de posadas y prostíbulos.  Uno de ellos, muy famoso,  a la altura de la calle 112, se llamaba La Finquita.

Ya nada de eso existe. Desaparecieron muchos de aquellos locales o se convirtieron en los años 90 en cafeterías de comida rápida, identificadas por una estridente pintura de rojo catchup y amarillo mostaza. Dice el arquitecto Mario Coyula: “Quizás buscando una cubanía extemporánea y forzada, o como reflejo de la ruralización creciente de la capital, el Rumba Palace ha sido tocado con una empinada cobija de guano, a manera de sombrero campesino”.

Más allá de lo anecdótico, algún día habrá que valorar cuánto deben el son y la rumba, y la rumba de cajón,  a aquella escuela de músicos populares y a ese escenario imprescindible que para la música cubana fueron “Las Fritas de Marianao”, de la Quinta Avenida.

LA CASA VERDE

A comienzos del siglo XX lo que andando el tiempo sería el reparto Miramar era un inmenso potrero. José Manuel Morales, propietario de la finca La Miranda, colindante con el Almendares, solicitó del Ayuntamiento la licencia pertinente para urbanizarla, permiso que se le concedió en 1911. Pero Morales sufrió serios contratiempos y no pudo culminar su empeño. Pasaron sus tierras, en 1918,  a manos de Ramón González Mendoza y José López Rodríguez (Pote) que dieron impulso a la urbanización. Tampoco la verían concluida. Pote se suicidó el 27 de marzo de 1921  y González de  Mendoza murió poco después, el 18 de abril,  de pulmonía. La parte correspondiente a Pote la adquirió entonces el ex presidente Mario García  Menocal.

            Ya en 1925 se le consideraba una ciudad jardín, con una arquitectura eminentemente doméstica en la que sobresaldrían, tras el fin de la II Guerra Mundial,  ejemplos antológicos de lo que se llama el Movimiento Moderno en la arquitectura. A juicio de especialistas, sin embargo, allí se cometió un grave error urbanístico. El afán de lucro y especulación llevó a los promotores del reparto a parcelar y vender la zona más aledaña al mar, lo que hace que el paisaje marino se aprecie con interferencias. Lo que no hubiese sucedido si el Malecón hubiera podido continuar extendiéndose hacia el oeste.   Curiosamente, salvo una parte de Miramar, ni siquiera los barrios más elegantes del municipio Playa están conectados al alcantarillado y dependen de fosas y tanques sépticos para la deposición de albañales.

            “Miramar es posiblemente el barrio de La Habana que más veces ha cambiado en los últimos cuarenta años. Al quedar prácticamente vacío por la salida en masa de la burguesía, muchas mansiones fueron adaptadas como escuelas y albergues para estudiantes de todo el país que habían recibido becas del Gobierno Revolucionario; y la Quinta Avenida conoció un nuevo paisaje con niños uniformados marchando por su paseo central. En la medida en que se fueron construyendo escuelas, esas casas se vaciaron nuevamente, dejando dentro en muchos casos a las personas que habían cuidado de los niños, que fueron llamadas tías…

“Se extendió el uso de las casas más importantes por embajadas y residencias diplomáticas; otras fueron dedicadas a viviendas para técnicos extranjeros; y muchas se fueron adaptando, más o menos adecuadamente, para oficinas estatales y centros de investigación científica. Pero al mismo tiempo los apartamentos y casas menos lujosas se entregaron a cubanos, dentro de un estricto control por la administración de Zona Congelada, introduciendo una mezcla social antes desconocida en estos repartos”,  escribe el arquitecto Coyula.

Una casa ahora en restauración,  a la entrada de la Quinta Avenida, llamó  poderosamente la atención de los habaneros a lo largo de las últimas décadas y entró en el imaginario popular. Es la llamada casa de las tejas verdes, único ejemplo del estilo renacimiento alemán que exhibe la ciudad.  No era su estilo lo que  atraía la curiosidad, sino su deterioro. Aquel inmueble se iba degradando hasta límites insoportables. Como se desconocía quién la  habitaba  ni por qué se había permitido que llegara a tal grado de abandono, la gente dio al asunto la explicación que creyó más oportuna.

Así, se dijo, la casa verde había sido construida por Pote y en ella se había suicidado el acaudalado banquero y negociante de azúcares. Ninguna de las dos afirmaciones es cierta. La casa se edificó en 1926, cinco años después de la muerte de Pote, que se privó de la vida, colgándose del tubo de la ducha, en la residencia que se había hecho construir en el espacio donde después sus hijos construirían el edificio López Serrano.

Cuando resultó imposible seguirle adjudicando a Pote la casona de Quinta y 2, la leyenda popular se la atribuyó a Carlos Miguel de Céspedes. El astuto y eficiente funcionario machadista la habría construido para su amante, Esmeralda. Así, se decía, él, que estaba casado, podía verla desde Villa Miramar, la casa donde se encuentra el restaurante 1830, del lado de acá de la desembocadura del Almendares. No cree este escribidor que la visión fuese posible a tanta distancia; además, Esmeralda tenía casa, puesta por Carlos Miguel, en Malecón. De todas formas, el rumor persistió y queda como expresión de uno de los grandes amores de la Cuba republicana. Los ojos verdes de Esmeralda convirtieron a su amante en un fanático de todo lo verde. Con tinta de ese color firmaba los documentos oficiales en sus tiempos de ministro, cuando resultaba obligatorio hacerlo con tinta negra. Y verdes son las tejas que todavía le faltan  al templo del Corpus Christi, donado por Carlos Miguel de la Iglesia Católica.

La casa de Quinta Avenida esquina a 2, obra del arquitecto José Luis Echarte, fue mandada a construir, para vivirla con su esposa,  por Armando de Armas, Cocó, un individuo que fue mayordomo de Palacio durante los dos periodos presidenciales del general Menocal. Se estableció luego el matrimonio en Francia y la casa verde pasó a pertenecer al oculista Pedro Hechavarría y su esposa. Se separó la pareja; el médico radicó su consulta privada en 17, 306, en el Vedado, y la señora quedó sola en aquella mansión, sin recursos suficientes para sacarla adelante o siquiera detener el deterioro.  Allí, como un personaje de Los sobrevivientes, la película de Tomás Gutiérrez Alea, residió hasta su muerte. 

 

MÚSICA DE FRITAS

 

Allí sonaba lo más estridente, lo más arrebatado, lo que de verdad hacía gozar. A Las Fritas de Marianao dedicó Jorge Mañach una de sus Estampas de San Cristóbal y sirvieron de escenario a un reportaje apasionante que Lino Novás Calvo dedicó a los boteros y que en buena medida parece escrito para hoy mismo. “Con un carácter impuesto por lo popular y hasta populachero, la zona de la playa de Marianao se convirtió en otro foco de la vida nocturna habanera”, escribe el musicólogo Leonardo Acosta.

            Por sus precarios escenarios pasaron figuras como Benny Moré, Antonio Arcaño, Arsenio Rodríguez, Zenén Suárez, Carlos Embale, Tata Güines y, se dice,  un muy joven Juan Formell con su amigo Changuito y decenas de artistas no tan conocidos como Evelio Rodríguez, El Trovador Espirituano,  la “sevillanita” Obdulia Breijos o el olvidado travesti Musmé.

            Mucho contrastaban aquellos centros nocturnos de mala muerte con los clubes que abrían sus puertas al norte de la Quinta Avenida, algunos de ellos muy exclusivos, como el Habana Yacht Club.  Pero allí estaban. No había más que cruzar la calle para insertarse en la aventura.