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Cara a Cara

El periodista más leído

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Una entrevista con Ciro Bianchi Ross

Susadny González Rodríguez 

Caricatura Pedro Méndez

“Ciro Bianchi Ross es capaz de entrevistar a un árbol para preguntarle sobre el escondite de Adonais”, escribió  en una ocasión José Lezama Lima. Durante 40 años de fructífera labor este hombrecito sencillo ha logrado plasmar en el papel una mirada propia, buscando el lado humano en cada entrevistado, en cada acontecimiento que reporta.  «Comencé a hacer entrevistas por envidia», afirma. Entendió a tiempo que a pocos podía interesar su vida. Prefirió entonces hurgar en el quehacer de otros mediante un diálogo bien llevado, lo que terminó otorgándole  un lugar merecido dentro de nuestro periodismo.   Hoy Leonardo Padura  califica sus crónicas como “necesarios y jubilosos islotes”,   y  Rosa Miriam Elizalde le celebra   su vehemencia y su audacia y también su condición de observador febril e instintivo. Un periodista que, dice Manuel Echevarría, no ceja en su empeño de redescubrir el mundo y contarlo a su manera.Conversador con dotes de humorista. Fiel al cigarrillo y al añejo. Amante del buen café… Parece una enciclopedia  viviente que no ofrece espacio a la vanidad y evita sentarse a la sombra de la insuficiencia. La cabeza semidesierta evidencia el paso de los  58 años cumplidos el pasado 31 de octubre. Es tal vez el periodista cubano  más leído. Está traducido a idiomas  impotables como el japonés.  Sus libros se agotan casi en el mismo momento en que salen de la imprenta y es mucha la resonancia de su columna dominical en el periódico Juventud Rebelde. Como si eso fuese poco, su blog Barraca habanera tiene “Full Record” de entradas entre las bitácoras cubanas en Internet, según aseveran estudios  del Scout Portal Toolkit, de Estados Unidos.

— ¿Cómo fueron sus inicios en el periódico El Mundo?

El Mundo era, todavía en 1967, un gran periódico en la línea  tradicional. Tenía una página fuerte de opinión. Escribían en ella de manera habitual, Loló de la Torriente, Samuel Feijóo, Salvador Bueno, Manuel Díaz Martínez y muchos más. Eventualmente lo hacían  Cintio Vitier y Carpentier. En esa página y con tales vecinos  me vería yo a partir del 21 de enero de ese año. A los 17 años—estudiaba bachillerato— como no conocía a ningún periodista envié por correo a Luis Gómez Wangüemert, el director, un artículo sobre Tristán de Jesús Medina, cura y poeta del siglo XIX. Eran dos cuartillas escritas en una máquina prestada. Lo publicaron. Seguí escribiendo y enviándole mis artículos y cuado tenía ya unos cuantos publicados, Wangüemert me hizo un pago retroactivo desde la primera colaboración, dinero que aproveché para adquirir los volúmenes que todavía me faltaban de las Obras completas, de Martí, y Hombradía de Antonio Maceo, de Raúl Aparicio. Comprendí de golpe que escribir sería lo mío. Me gustaba hacerlo y además pagaban por ello. Decía Oriana Fallaci: «Los periodistas somos unos privilegiados. Vivimos en la pasión por contar historias. Tenemos curiosidad por saber lo que pasa y gozamos con el placer de contarlo. Y nos pagan por eso»

.Cintio, Carpentier, Loló, Samuel… ¿No tuvo temor de no estar a su altura?

Siempre he sido muy atrevido y entonces lo era más que ahora. Por otra parte, fue el director del periódico quien decidió que yo estuviese en esa página.

 ¿Quiénes lo influyen?

—Viví una de las experiencias más enriquecedoras del periodismo revolucionario: la revista Cuba Internacional. Fue para mí una verdadera escuela a partir de 1972 y  complementaba esa enseñanza práctica  con lecturas incesantes. Allí publiqué una entrevista a Nicolás Guillén en ocasión del setenta cumpleaños del poeta nacional, diálogo que se desplegara a ocho páginas con portada. Fue mi primer trabajo publicado en esa revista.En esos años me leí completa la sección “En Cuba”, de  Enrique de la Osa,   desde que apareció en 1943 hasta 1960, cuando comenzó a perder interés.  Aprendí mucho con ella desde el punto de vista profesional, aunque hoy comprendo  que fue expresión de una  visión tendenciosa y parcializada de la realidad nacional. Pese a eso, sigue viva por su técnica, por su empeño logrado de ofrecer “la noticia vestida”, y sigo considerando a Enrique, a quien quise mucho, como uno de los grandes periodistas cubanos. Jaime Sarusky es un periodista siempre cercano, como también lo fue un cronista llamado Nicolás Guillén. Cuba: ZDA, de Lisandro Otero, fue importante en su momento. Al igual que Los que luchan y los que lloran, de Jorge Ricardo Masetti, y Tras la cortina de chiclet, del cubano Ángel Boán, hoy tan olvidado. Si de entrevistas se trata, nada superó para mí, en su tiempo, un libro como El oficio del escritor, y mucho me entusiasmaron las entrevistas de Luis Suárez, sobre todo su largo y apasionante diálogo con Diego Rivera, y el Reportaje a Perón, de Carlos María Gutiérrez. Alejo Carpentier y Leonardo Padura  cada día se me hacen mayores como cronistas.

 — Una vez dijo que un periodista joven debe hacerse imprescindible en una redacción. ¿Usted lo consiguió?

Evidentemente. Un periodista joven que entra en competencia con gente de mayor edad y experiencia tiene que saber hacerse imprescindible; hacerse notar con su trabajo,  mostrarse dispuesto a acometer cualquier encargo y hacerlo bien. Tiene ventajas a su favor: los viejos acopian los conocimientos y las “mañas”, pero han hecho lo mismo muchas veces y están cansados, sienten ese agobio que llegan a causar todas las redacciones. Eso hay que aprovecharlo antes de que uno mismo empiece también a sentir ese agobio.

El diario Juventud Rebelde lo acoge a partir del 4 de noviembre del 2001, con la publicación de  Paciencia, mucha paciencia, crónica   dedicada a la vida de Félix B. Caignet, autor d El Derecho de nacer. Allí aceptó el reto que la pluma de Enrique Núñez Rodríguez imponía en la página  de Lectura de ese diario.  La palabra exacta, la crónica exquisita impregnada de historia, el humor de trasfondo en cada párrafo, no tuvieron en cuenta el precedente. Cautivó la curiosidad y la sed de conocimientos del lector dominical.

Aunque nunca pensé en una colaboración sistemática, tenía muchas ganas de verme en la edición dominical de ese diario. Un jueves por la mañana me llamó Rosa Miriam Elizalde, en aquel tiempo subdirectora del periódico, para invitarme a ser el “vecino de los altos” en una página que compartiría con Enrique. Acepté de inmediato. Le advertí que escribía a máquina, lo que podría resultar un inconveniente para el trabajo de la redacción. No dio importancia al detalle. Cuando le dije que contara con mi primer trabajo para la semana entrante, contestó que lo esperaba ese mismo domingo. No tuve alternativa. Y ese domingo apareció mi primera crónica.

Sus crónicas en Juventud Rebelde lo han convertido en uno de los periodistas más leídos de Cuba…

—Es una página muy agradecida y ha gozado desde el inicio del favor de los lectores. Benévolos que son. No hay otra explicación posible.

53 PREGUNTAS PARA LA HISTORIA

Bianchi realizó la compilación de Imagen y posibilidad de Lezama Lima. Editó la correspondencia y  los diarios de ese  escritor y trabajó en la edición crítica de Paradiso junto a Cintio Vitier.De su pluma han salido varios títulos, donde cultiva y brinda una clase magistral sobre el género que dice empezó a  hacer por envidia: la entrevista.Las palabras de otro (1983) fue calificado por la crítica como: «un libro para la historia. Un orgánico contrapunteo entre periodismo y ensayo que define un estilo dentro del testimonio». Allí conversa con prominentes personalidades de las letras cubanas: Eliseo Diego, Cintio Vitier, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén—Para su entrevista con Guillén, ¿consultó la obra del poeta o simplemente tenía ya dominio de ella?

Empecé muy temprano a leer a Nicolás Guillén. Me asomé a su poesía gracias a aquellos libritos que publicaba la editorial Losada, de Buenos Aires, en su colección Contemporánea. En 1960, 1961, apenas había ediciones cubanas de los libros de Nicolás. Después empecé a interesarme también  por su periodismo. Aunque muchos no lo reconocen, nuestro gran poeta fue un gran periodista, y yo no me perdía una de aquellas crónicas que en esa época daba a conocer en el periódico Hoy. Ya en 1962, Samuel Feijóo publicó una selección del periodismo de Guillén, Prosa de prisa, y el primero de los dos volúmenes de Nicolás Guillén: apuntes para un estudio biográfico-crítico, de Ángel Augier. Conocía todo eso cuando la revista Cuba Internacional, a comienzos de 1972, me encargó aquella entrevista por su cumpleaños. Lo primero que hice fue visitar al poeta en su despacho de la Unión de Escritores y solicitarle la entrevista a nombre de la revista Cuba. Dijo que sí y pidió que le hiciera llegar el cuestionario.  Nunca me ha gustado entregar al entrevistado un cuestionario previo. Obliga al entrevistador a un quehacer exhaustivo. A aparentar una brillantez que estimule la apetencia del entrevistado. Sin contar que cuando el entrevistado ve el cuestionario, insiste en responderlo por escrito, lo que en la mayor parte de los casos resta a la entrevista espontaneidad y frescura y trunca la posibilidad de la repregunta.  No tenía alternativa, y, aunque me preciaba de conocer la obra de Nicolás, para hilvanar el cuestionario que me pedía volví a volcarme sobre sus poemarios, repasé su periodismo, estudié los comentarios sobre su obra que tuve a mi alcance y releí otra vez de cabo a rabo  el estudio de Augier, que entonces iba ya por el segundo volumen.Un día, de mañana, llegué a su despacho con el dichoso cuestionario a cuestas: 53 preguntas. Lo leyó el poeta con detenimiento y luego de asegurar  que lo contestaría preguntó si prefería grabar la entrevista  o coger al dictado sus respuestas. Como hasta entonces nunca había utilizado una grabadora y estaba loco por hacerlo, le dije que prefería grabar. Sucedió lo previsible.  Dijo el poeta: Entonces, te la responderé por escrito. Prometió hacerlo cuanto antes

.— ¿Fue así de fácil?

—Varias semanas después recibí una llamada telefónica de Sara Casals, su secretaria. Nicolás quería verme esa misma tarde, a las dos, en su casa. “Trata de llegar a la hora, recalcó Sara, pues él tiene pensado irse a la playa, pero no lo hará hasta que hable contigo”. Me extrañó sobremanera el lugar de la cita pues bien sabía, se lo escuché decir a él mismo, que, como norma, eludía recibir en su casa. Me extrañó también lo perentorio de la llamada. Cuando a la hora exacta toqué a la puerta del piso 22 del edificio Someillán, en el Vedado, tenía el convencimiento de encontrarme con mi cuestionario respondido. Una sirvienta me condujo a la sala de estar.  Él contestó mi saludo sin volverse y me invitó a sentar. Fue al grano. Dijo: “Te he mandado a buscar para decirte personalmente que no contestaré tu cuestionario”. Inquirí los motivos. “Mira esta pregunta, por ejemplo. Aquí tú te interesas en saber por qué yo no participé en la lucha contra Machado… Si te hubieras tomado la molestia de consultar el libro de Ángel Augier sabrías el por qué”. Respondí que el libro en cuestión no lo había leído una vez, sino dos: una, por el placer de leerlo y otra, precisamente, para elaborar el cuestionario, pero que a mí no me interesaba lo que pudiera decir el afanoso  crítico, sino lo que él tenía que decir al respecto. “Pues si quieres tu entrevista, tendrás que cambiar todas las preguntas porque de este no responderé ninguna”. Hoy es viernes, le dije. El lunes tendrá usted en su despacho el nuevo cuestionario. En efecto, el lunes, estaba yo delante del poeta con otras 53 preguntas. Comenzó a leerlas. Su cara se contrajo en una mueca de desagrado. De las anteriores, yo había cambiado 52 pues en la nueva entrega dejé  intacta la pregunta sobre su no participación en la lucha antimachadista.“Mira, voy a responder ahora, y no por escrito, a tu interés. No participé en la lucha contra Machado porque, a consecuencia de la muerte de mi padre, asesinado durante la revolución liberal de La Chambelona, yo estaba desencantado de la política tradicional”. Siempre he pensado que el entrevistado necesita a veces que lo sacudan para hacerlo hablar y obligarlo a mostrar su verdad. Jugándome el todo por el todo, repuse: es que por ahí se dice que en ese tiempo usted desempañaba un puesto de censor en el Ministerio de Gobernación (Interior) de la dictadura… En cuanto a lo que me dice acerca de su desencanto, yo no sabía que en ese tiempo el Directorio Estudiantil, el ABC, el Partido Comunista, el Ala Izquierda y otros grupos que llevaron el peso de la lucha contra Machado formaban parte del juego de la política tradicional… Me interrumpió. “Tú hablas demasiado de prisa y yo oigo demasiado despacio”. No se habló más. Nos despedimos en los mejores términos luego de aseverarme de que diera por segura la entrevista. Cuando franqueaba ya la puerta de salida me preguntó la edad. Veintitrés años, respondí e inquirí a mi vez: ¿Por qué? Me dijo: “Pareces que tienes 24”.

¿Le gustó al poeta aquella entrevista?

—Jamás se lo pregunté. En verdad, nunca he preguntado a un entrevistado si le gustó o no la entrevista que le hice. Pienso que sí. Luego de entregarme sus respuestas mecanografiadas, con decenas de correcciones e interpolaciones hechas por su propia mano, siguió dándole vueltas al texto y me llamó por teléfono  un par de veces para que retocara un pasaje o hiciera un añadido. Gracias a su gestión, la entrevista apareció en Crisis, la revista que Eduardo Galeano dirigía en Buenos Aires, y en la Recopilación de textos sobre Nicolás Guillén que hizo Nancy Morejón. En una de esas precisiones que introdujo  después, y que no estaban en el texto original, es cuando Nicolás revela que su padre, sorprendido enfermo, había sido asesinado por un grupo de soldados de  la tropa del teniente coronel Lezama Rodda. Esa revelación afectó mucho a Lezama. Nunca se había hablado de eso y Nicolás no lo había dicho antes. Lezama reconocía que su padre, muy querido y respetado en el Ejército, fue un militar de mano dura, pero vio aquello como un golpe bajo que recibía, en el ostracismo en que  estaba, en un momento en que no podía defenderse ni reivindicar la memoria de su  progenitor. Nicolás, que era un hombre muy fino y delicado, me dijo que lo había hecho, y hoy me apena repetirlo, porque aquella era “una entrevista para la historia”. Por cierto que en la entrevista  le pedí que, a la vuelta de los años, comentara una frase aparecida en el número inicial de La Gaceta del Caribe y que iba dirigida directamente al pulmón de Lezama Lima: “Nadie necesita de plateadas espuelas para hacer andar a Pegaso”. En su primer manuscrito respondió, que “eso estaba ya muy lejos”. En una versión posterior, y también “para la historia”, escribió: “Nunca colaboré en Espuela de plata, pues mantuve un criterio francamente opuesto al de sus redactores. Yo pertenecía al grupo de los escritores revolucionarios y nuestro papel estaba junto a las masas trabajadoras…”Cuando Lezama leyó eso, me dijo: “Respuesta inexacta. Es verdad que jamás colaboró en Espuela de plata, pero lo que debió haber dicho es que nunca nadie lo invitó a que lo hiciera”.

¿Cómo eran las relaciones entre ambos poetas?

—Cordiales, en sentido general, diría yo. En la selva, las fieras marcan su territorio y no traspasan las líneas imaginarias; se observan desde lejos. En una ocasión, en alusión a Nicolás,  Lezama me comentó que bastaba leer su poema “Iba yo por un camino” para convencerse del gran poeta que era. Y en otra me contó que, en 1968, cuando el  jurado del premio de  poesía Julián del Casal de la UNEAC se inclinaba por  Fuera del juego, de Heberto Padilla, Nicolás había ido a verlo a su casa para pedirle que no votara a favor de ese poemario. “No me digas que te gusta porque la poesía de Padilla nada  tiene que ver contigo”, afirmó el autor de Tengo y Lezama ripostó que, en efecto, no le gustaba el poemario, pero era, sin duda, el mejor de los que competían y que el hecho de que él votara en contra poco alteraría el resultado final pues el resto del jurado había decidido ya concederle el galardón. “Salva tu responsabilidad”, le advirtió Nicolás, y añadió: “Padilla es una mala persona. Recuerda  la saña con la que te atacó en los primeros años de la Revolución; fue implacable contigo y con Orígenes”. Lezama no había olvidado, pero imagino que, vanidoso como era, lo conmoviera el poema de pecador arrepentido que Padilla le dedicaba en su libro. Cuando Nicolás se percató de que no lo convencería de que votara en contra de Fuera del juego, le dijo: “Allá tú. Te vas a echar una palangana de mierda en la cara”. Y Lezama, recordando la frase, expresó aquella vez: “No sabes lo que me ha pesado no haberle hecho caso a Nicolás”.

Lezama fue un hombre muy cercano a usted. ¿De él,  qué lo impresionó más? ¿El escritor o el hombre?

Lezama era un hombre imponente. Simpático. Comunicativo, cordialísimo y muy generoso. Yo diría que su rasgo distintivo era la generosidad.

 NI UN SOLO APUNTE

En 1988 aparece Voces de América Latina, libro asimismo  muy bien acogido por la crítica, donde Ciro ofrece una visión de la vida y los  sueños de prestigiosos narradores latinoamericanos. El más antiguo de los textos es el de José Lezama Lima. «Excepto Miguel Barnet, Pedro Jorge Vera y Mario Benedetti que lo hicieron por escrito, el resto respondió de viva voz y yo recogí sus palabras sin valerme de la grabadora. Ni con Julio Cortázar, ni con Augusto Monterroso hice un solo apunte», afirma en la introducción del volumen

 — El hecho de no utilizar la grabadora, ¿lo ve como un desafío a su memoria?

—La memoria se ejercita. Los periodistas abusan tanto de la grabadora que llegará el día en que se queden sin recuerdos. Comencé a trabajar en una época que esas grabadoras pequeñas no existían en Cuba. Y nadie soñaba con el audio layer.  No niego su utilidad y reconozco que en medios como la radio, se hace imprescindible, pero es muy trabajosa. Lo obliga a uno a escuchar, por lo menos, la misma entrevista dos veces. Decía Truman Capote que cualquier persona es capaz de recordar con exactitud lo que le dijeron dos horas antes.Uno toma  notas y va haciendo al mismo tiempo la edición de su texto.  A la hora de redactar, el trabajo se hace más fácil y el resultado, menos encartonado. Porque una cosa es el lenguaje hablado y otra la palabra hablada llevada al papel.

¿Nunca teme olvidar un detalle importante?

—Se tiende a memorizar lo esencial. Si algún detalle se me quedó fuera, dé por seguro de que no era importante. Si de entrevistas y reportajes se trata, de manera invariable dejo transcurrir unos días  entre el momento en que acopié la información y el momento se sentarme a escribirlos. En ese periodo se borra lo secundario y queda solo lo esencial o es de un interés mayor. Y es en ese tiempo en que aparece la oración con la que iniciaré mi texto.

— ¿Le ha traído inconvenientes  el hecho de no  utilizarla?

Nunca. Sé  que algunos de mis entrevistados se han sentido incómodos por lo que les hice decir  o por la forma en que los retraté y caractericé. Pero ninguno me ha desmentido jamás.Asumo mis responsabilidades hasta el final. Sé muy bien que hay gente que no debe entrevistarse si no es con una grabadora de por medio. Ministros, por ejemplo. Por eso nunca he entrevistado a ninguno. Se lo pierden ellos. No desconozco  lo difícil que resulta para un periodista cubano entrevistar a un ministro o a un miembro de nivel del funcionariado: ninguno concede entrevistas y, por derivación o imitación, tampoco las dan los funcionarios menores. Entre la crisis de la noticia y la falta de reportajes y buenas entrevistas, languidece  la prensa cubana.

  Atraer a los lectores… ¿Ha sido siempre ese el motivo de sus entrevistas?

 ---Las motivaciones son siempre las mismas: el interés de embocarme con el entrevistado, ser el hilo conductor entre él y el lector, hacerle decir lo que mucha gente quiere saber acerca de su vida y, a la postre, estar en su bibliografía.   

UN GÉNERO SUTIL, DELICADO, COMPROMETEDOR

Ciro no oculta su preferencia por La Oreja de Dios (1998), donde conversa sobre la aventura de hacer periodismo contada por quienes lo hacen: el cubano Enrique de la Osa, Ernesto González Bermejo, uruguayo, Gregorio Selser, argentino,  el brasileño Fernando Morais  y otras personalidades  dedicadas a esta noble profesión.

— ¿Cómo prepara sus entrevistas?

—Antes de encontrarme con alguien para entrevistarlo —entrevistas de personalidad, desde luego— procuro conocer de su vida y su quehacer tanto como él mismo. Todo me interesa, sus éxitos, sus fracasos, sus matrimonios, sus decepciones, pues nunca se sabe por dónde se agarrará al personaje ni desde qué lado podrá uno encajarle la banderilla.Tengo una muy extensa colección de recortes, clasificados y archivados. Y ficheros en los que acumulo toda la información que pueda acopiar sobre una persona célebre, sin que saber si algún día llegaré a entrevistarla. No es raro que en el acopio de datos me valga además de fuentes vivas, amigos y enemigos del personaje que me darán una visión más amplia, diversa y contradictoria. Los “pecaditos” también quedan anotados, y los utilizo eventualmente. Por lo común, preparo un temario de antemano, que no es, por supuesto, una camisa de fuerza, sino una pauta, una guía, que muchas veces se rompe.

— ¿Qué tiene en cuenta a la hora de organizar las entrevistas para un libro?

—Me es muy fácil porque desde el momento en que acometo la entrevista pienso en el libro en el que la incluiré. Para mí la publicación periódica, con todo lo importante que pueda ser, es siempre transitoria, convencido de  que el destino último del buen periodismo debe ser el libro.

— Ya frente a frente con el entrevistado, ¿hay algún momento particularmente difícil?

Suele decirse que el comienzo, ese “romper el hielo” entre entrevistador y entrevistado. ¿Cómo se logra? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Kant decía que cuando uno llegaba a un lugar y no sabía sobre qué hablar, lo recomendable era hacerlo acerca del estado del tiempo. He usado ese recurso muchas veces. O hago un chiste, relato una anécdota, comento sobre un hecho que acabé de presenciar o que actualizo. Lo importante es aligerar la tensión. El asunto es conseguir  un diálogo sin desmayos, en el que la palabra, como una pelotita de ping-pong, se mantenga en el aire batida por dos buenos jugadores, sin caídas, sin reiteraciones, sin evasivas intolerables, sin digresiones más allá de lo permisible.Por eso, si el momento inicial es difícil, lo que sigue  es encarnizado hasta el final. Si el entrevistador preparó bien su trabajo y se mantuvo atento al diálogo sabrá el momento exacto en que deba largarse.

¿Se ha identificado con alguno de sus entrevistados?

— Con muchos de ellos. Me gusta terminar como amigo de la gente que entrevisto. En ocasiones, el cara a cara con un personaje me ha hecho variar para bien la opinión que tenía sobre él. Y al revés, gente que se me cayó del altar después de una entrevista. Quizás por eso eludo, aunque a veces no lo logre, entrevistar a mis amigos. Tampoco me gusta entrevistar a la misma persona dos veces.

— Usted ha dicho que es a partir de su segunda entrevista con René Portocarrero que empieza a identificarse con su trabajo periodístico.

Esa segunda entrevista es de 1978; la anterior, de 1974. Marcó un hito en mi trabajo. Fue en ella, a la hora de escribirla, donde por primera vez apliqué el consejo sabio que me dio Loló de la Torriente, el mismo que muchos años atrás dio a ella Ramón Gómez de la Serna. Una noche, entre tragos de tequila y un aluvión de recuerdos, la autora de Mi casa en la tierra me dijo: “Suelta la mano”. Y de verdad que la solté en esa entrevista que salió así, de un tirón, para demostrarme que un género tan manoseado y  del que tanto se abusa,  puede ser tan rico y creador como la crónica y el reportaje

.¿Es, a su juicio, el género periodístico  más difícil?

Preferiría definirlo como sutil y delicado, comprometedor. Quiero decir que la entrevista, como el reportaje, es una técnica que si se conoce y domina da un resultado más o menos aceptable.  Muchas entrevistas se frustran porque el periodista se cohíbe de preguntar aquello que se supone  debería saber. Con la técnica y solo con ella se consigue una entrevista pasable. O buena. Excelente incluso. Pero no la entrevista con mayúscula.

¿Cómo se consigue entonces?

— Se necesita de cierta gracia. Y de otros muchos factores: preparación adecuada, arrojo, suspicacia, cultura, inteligencia, astucia… Y a la hora de escribirla, cuidar de que la prosa mantenga la frescura de lo hablado. Solo el entrevistador sabe cuánto hay de él mismo en una entrevista. A la hora de escribir uno pule, retoca, omite, destaca, lleva a primer plano esto o aquello o lo relega a fin de que el entrevistado ofrezca en el texto “su definición mejor”. De ahí que pueda añadir  que la entrevista es también  un género ingrato. Comprometedor por lo que entraña asumir las palabras de otro. Sutil por el esfuerzo que representa  que el entrevistado se reconozca en el texto.

Al quehacer desolador, terrible y privilegiado—según dice— que practica, sumó en 1999 su cuarto libro: Oficio de intruso, que persiste en ese «juego no necesariamente plácido entre dos o más personas». En casi 200 páginas invita a descubrir la magia en la fotografía de Korda, la poesía de Nancy Morejón, la música de Harold Gramatges

—Se habrá encontrado con entrevistados difíciles a lo largo de su carrera…

—Algunos. Está el que pone reparos y se hace de rogar. El que quiere dejar inconcluso el diálogo. El que pretende arrimar la brasa a su sardina y se esfuerza por conducir la entrevista por el bando que le es propicio… Cada uno de esos casos tiene su antídoto específico e intransferible, solo que se requiere de mucha experiencia para administrarle la poción y la dosis adecuadas. No basta a veces halagar la vanidad de un entrevistado posible, hacerlo sentir tan o más importante de lo que es. No conviene apabullarlo con todo lo que sabemos sobre él cuando basta con darle a entender que no  lo dejaremos meter gato por liebre. En ocasiones, es sabio mostrarse humilde, y en otras, arrogante. Siempre darse a respetar. La indiferencia, a ratos, es oportuna. Dice un proverbio árabe: La mujer es como la sombra; la persigues y te huye, le huyes y te persigue. Algunos entrevistados son iguales.

¿Cuál ha sido su entrevista más difícil?

—No hay entrevistas difíciles. Los difíciles son los entrevistados.  El pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín fue muy difícil ciertamente porque él  dio por terminado el encuentro  cuando yo apenas  había acabado de empezar.  Tuve que imponérmele para que permitiera seguir adelante. También lo fue, por otras razones,  el narrador peruano Bryce Echenique. Pero ninguno lo  fue más  que  Gabriel García Márquez. Demoré cinco años para que me concediera la entrevista.  El autor de El coronel no tiene quien le escriba repite que, por solidaridad, nunca dice que no a un periodista. No dice que no, pero no le concede la entrevista. Es comprensible. Un día comentó con el periodista mexicano Luis Suárez  que eran tantos los prólogos que le pedían cada año (unos 200) que estaba valorando la idea de contratar a alguien para que se los escribiera, y Suárez le dijo que contratara a Isabel Allende, que escribía como él, lo que al colombiano no le gustó ni un poquito. Si eso es con los prólogos, ¿cuántas entrevista le pedirán?No resistí a la tentación de solicitarle una entrevista a García Márquez. No recuerdo ya dónde ni en qué circunstancia, y no me dijo que no, por supuesto, pero en ese momento no me la concedió. Pasó el tiempo. Una tarde sesionaría en Casa de las Américas el Comité Permanente de Intelectuales por la Soberanía de los Pueblos y, para reiterarle mi solicitud, monté una guardia sin límites en la puerta de esa institución.García Márquez llegó a bordo de un Mercedes. No más lo vi descender del vehículo me le acerqué con el ánimo de recordarle mi interés. Esfuerzo inútil. Volvió a pasar el tiempo. Me lo topé de golpe en el Palacio de las Convenciones de La Habana. Lo saludé y reiteré mi pedido. Resignado, sacó un papelito estrujado del bolsillo derecho de la guayabera y me lo pasó. “Localízame mañana temprano en ese teléfono”, aseguró. Llamé y logré hablar con él. Preguntó mi número telefónico y “no te muevas de ahí que te hablo  en cuanto me desocupe”. Esta vez sí tendría suerte, pero el tiempo pasó  con su fluir callado y cuando a las cinco de la tarde lo llamé de nuevo, me dijeron que  ya  el novelista estaba en México.Tiempo después de ese último intento me lo encontré una noche en La Maison, a donde yo había acudido a presenciar un desfile de modas. El gran escritor bebía, solo, acodado en  la barra. No quise molestarlo porque, como decía Hemingway, no hay porqué  molestar a una persona por el simple hecho de encontrarla en un lugar público. Pero no le quité el ojo de encima y cuando, junto con su esposa, se sentó a una mesa para ver el desfile, yo me instalé en otra desde la que me fuera fácil vigilarlo. No había comenzado todavía el show cuando entró al salón la gran novelista brasileña Nélida Piñón, con quien, a partir de una entrevista, mantenía una buena relación. En el intermedio del desfile, fui a saludarla. García Márquez, inexplicablemente, me recordaba. “Este es  el hombre que quiere entrevistarme,  dijo. ¿Tienes el ‘grabador’ contigo?” No lo tenía ni me hacía falta. “Podemos hacer la entrevista, añadió, pero ¿por qué no haces mejor una crónica sobre esta noche?… Hablas de estas muchachas espléndidas que hemos visto, hablas de Nélida, de mí…”  Con el ánimo de allanar el camino le dije: Mire, son solo dos preguntas.Terminó el desfile y me le pegué como una lapa. “Voy al baño”, me dijo. Lo seguí y lo esperé en la puerta. Esa vez no se me escaparía. Y allí mismo, en el vestíbulo del urinario, nos sentamos a la pequeña mesa donde  una empleada colocaba los rollos de papel higiénico para entregar su porción  a los que usarían del sanitario. Periodistas que asistieron al desfile se percataron de que yo había podido agarrar a García Márquez e intentaron entrar al local donde nos encontrábamos. Pero mi esposa de entonces, sargento mayor  de la caballería prusiana, les cerró el pasó.

 Afirmó hace años que tuvo etapas en las que se debatió entre la incertidumbre y el complejo de ineptitud. ¿Los superó?

Nunca los he dejado de sentir, en mayor o menor medida. Pero uno encara su trabajo y ya.         

  — ¿Cuán crítico es con su trabajo?

Soy un periodista profesional. Eso quiere decir que trabajo con temas, fechas de entrega y número de cuartillas que impone otro. Aun así, cuando entrego un texto para su publicación es porque estoy conforme con él. Es lo mejor que pude hacer en ese momento. Nunca he acometido un reportaje ni una entrevista con “el tanque de repuesto”, con “el piloto automático”. Eso no equivale a decir que me sienta satisfecho con lo que hice. Ni tampoco insatisfecho, que es otra forma de satisfacción.

 ¿Es por eso que dijo que nunca escribió una cuartilla que no fuera  por encargo?

—Sucede que casi todo el trabajo periodístico es por encargo. El encargo es inherente al quehacer periodístico.  No haría  un reportaje o una entrevista si no hay previamente una publicación interesada en ellos. Puede ocurrírseme la idea para una entrevista, pero la hago solo cuando sé de antemano que hay una publicación dispuesta a acogerla. Si no, ¿qué sentido tendría? 

En la actualidad, ¿son otros los que escogen sus temas y deciden el género en que debe tratarlos?

—Si es un reportaje o una entrevista, sí. Invariablemente. Ahora, si se refiere al  espacio que desde hace cinco años ocupo todas las semanas en Juventud Rebelde, no. En ese periódico he disfrutado siempre de una libertad absoluta en cuanto a la elección de los temas y su tratamiento. Allí nunca  me han impuesto asuntos ni  me los han sugerido siquiera, y jamás le han censurado una sola coma a lo que entrego.

SENADOR, GINECÓLOGO, PERIODISTA

Ciro heredó de su padre y su  abuela el arte de contar historias. Con apenas siete años dominaba acontecimientos de la época republicana. Sabía de memoria aquellos relatos que se contaban en su casa,  y terminó percatándose de que «el suceso más absurdo se hace creíble si quien lo cuenta sabe ubicarlo en una realidad».

¿Qué recuerda de sus diez primeros años de vida?

—El asalto al Palacio Presidencial, el 13 de marzo de 1957. Cursaba la enseñanza primaria y recuerdo que el director del colegio entró al aula y dijo: Algo muy grave está pasando en La Habana. Y nos dio la salida, aunque todavía no era la hora, no sin advertirnos antes que corriésemos para la casa.  Recuerdo también  vívidamente cómo la muerte del jefe de la Policía batistiana y la del jefe del Servicio de Inteligencia del ejército de la dictadura,  ajusticiados por los revolucionarios con pocos días de diferencia  a fines del mes de octubre, me frustraron, en 1956,  mi fiesta de cumpleaños, que celebramos casi clandestinamente, con la casa cerrada a cal y canto por temor de que algún chivato pensara que celebrábamos lo otro. En otro plano, recuerdo de esa etapa con mucho agrado las “paradas” estudiantiles de  los 28 de enero en el Parque Central,  las fiestas de Navidad, con aquel árbol enorme y colmado de adornos que colocaban a la entrada del reparto Fontanar y los días de Reyes.  Y, por supuesto, el triunfo de la Revolución.

¿No fue su infancia como la de otros niños?

—Sin llegar a ser “el niño de Asunción”, si le digo la verdad tengo que reconocer que fui bastante rarito.

¿Pensó siempre en ejercer el oficio de la palabra o en dar otro destino a su vida?

—Mi padre me llevó a visitar el Capitolio. Me impresionaron la tribuna y los escaños de maderas preciosas, las lámparas de bronce, los timbres para llamar a los lacayos…  Aquí trabajan los senadores, comentó mi padre. Le pregunté qué quienes eran ellos y él, con toda la solemnidad del caso, me dijo que eran los padres de la patria. En ese momento yo quise ser Senador de la República. Tenía cinco años de edad. Pero al año siguiente o al otro, quería ser ginecólogo. Como usted se imaginará yo entonces no sabía a derechas qué era un senador ni en qué parte de la anatomía femenina husmeaba ese especialista… Un día comprendí que de eso, a mí lo que me gustaban eran las palabras.

 RESCATE DE LA MEMORIA OCULTA

— ¿Por qué esa insistencia en desempolvar la época republicana en sus crónicas?

—-Dice el escritor mexicano Carlos Fuentes: “Algo es cierto: nosotros hicimos el pasado y somos responsables de él, a menos de que conscientemente queramos ser olvidados cuando nosotros mismos seamos el pasado”.

  ¿Aun con todo lo que se ha escrito sobre el tema?

-Es que, por lo general, se da una visión maniquea de ese pasado, en blanco y negro, sin matices. No piense que nuestra historia está tan estudiada. Hay mucho de calco y repetición. Y mentiras que se repiten sin sonrojo. Hay múltiples ejemplos. Se habla, digamos, de la Causa 82 que se siguió contra el ex presidente Grau y algunos de sus colaboradores, pero jamás se dice, siquiera por respeto al lector, que esa Causa fue sobreseída y Grau exonerado de cargos. Si algo que sucedió en una fecha relativamente reciente es aún tan desconocido, ¿qué queda para lo que sucedió hace cien años? Y es que de la historia existen versiones, sobre todo la  del vencedor. Pocas veces o ninguna llegamos a conocer la visión de los vencidos. A la historia se llega por aproximaciones. Mientras mayores y mejores sean esas aproximaciones, más completa es la historia.

 — ¿Se considera usted un historiador?

—De ninguna manera. Soy un periodista que escribe sobre temas de historia. Mejor, sobre temas de la pequeña historia, con los que se hace la crónica. Gusto de trabajar con versiones de un suceso y me aproximo al pasado a través de hechos que en la gran historia no ocupan espacio, y de personajes marginales que nunca entrarán en ella. Procuro, y eso lo han señalado  otros, una aproximación lingüística a ese pasado, y reparo en lo que muchos pueden pasar por alto pero que da, a mi juicio, el sabor de la época. Nunca el pasado nos ayudará a comprender el presente. Pienso que es justamente al revés: el presente  ilumina el pasado. Al saber cómo somos, podemos entender cómo fueron, qué pensaron y por qué actuaron los que nos precedieron. Quisiera  que cada crónica aportara algo interesante, descubriera otro ángulo del asunto o despertara un interés que mueva a profundizar en el tema, pero mi  verdadera  motivación es que el lector disfrute con lo que escribo.

¿De ahí ese matiz humorístico tan perceptible en sus crónicas? ¿Se lo propone o, simplemente, sale?

—Siempre trato de ver la vida por su costado más amable. Aun a las peores situaciones he buscado la arista que me haga sonreír.

Su libro sobre Lorca, ¿es el de un historiador o el de un periodista? Insisto en esto porque alguien tan riguroso como Ian Gibson, autor de la mejor biografía que existe del poeta granadino, se remite a usted una y otra vez cuando aborda el capítulo cubano de Federico…

Pienso que es un reportaje que a medida que aborda aquellos días “sedientos y desbordados” de Federico en Cuba, se empeña en dar la época. Lo concebí y estructuré  como un reportaje y acopié los datos necesarios como el reportero que soy

.Lorca fue el camino para conocer a Dulce María. ¿Qué impresión le causó la poetisa?

Creo que fui el primer periodista cubano que entrevistó a Dulce María y a su hermana Flor después del triunfo de la Revolución. Yo la sabía ahí, en su mansión enorme del Vedado, pero desconocía cómo llegarle, hasta que Cintio Vitier me proporcionó su número de teléfono. La llamé y expliqué mi propósito. Me preguntó cuándo quería verla. Dejé que fuera ella quien fijara el encuentro. La cita fue en  la tarde siguiente. Respondió a mis preguntas, aclaró algunas dudas y recomendó que no dejara de ver a Flor, más cercana a Lorca que ella. La propia Dulce María  me gestionaría la entrevista. De Dulce María solo conocía entonces algunos de sus poemas insertados en antologías y su libro Un verano en Tenerife. Aquella mujer que fue una leyenda viva de la sociedad habanera, se había encerrado en su casa y vivía en una soledad espantosa, en el mayor olvido. Me dijo: “Joven, usted que anda en el mundo, cuénteme qué pasa fuera”. Días después me encontraría con Flor Loynaz, una persona sencillamente encantadora.

—Decía usted hace años que no había perdido la emoción que le causaba ver su nombre en blanco y negro. Después de varios libros en su haber y muchísimos  textos periodísticos, quizás esa emoción se haya convertido ya en costumbre. ¿Es así?

Se equivoca. Me sigo ilusionando igual que antes. Y con igual ilusión leo, una vez publicado,  lo que escribí. Con decirle que cada domingo espero en el portal la llegada de Juventud Rebelde.

¿Lo movió su gusto por la culinaria para acometer un libro como Yo soy el chef?

—La cocina, como la moda, es un arte que interesa a todo el mundo. Uno se viste y come todos los días. Me considero un buen cocinero. Eso sí, poco imaginativo ya que me gusta cocinar con apego a la receta.  Pero no fue esa preferencia lo que me llevó a un libro como ese. No se sabía mucho acerca  de ese gran chef que es el cubano Gilberto Smith, y quise llenar ese vacío. Es la clásica “teoría del hueco”. Hay un hueco y se impone rellenarlo. Sucedió con Smith y sucedió con Lorca. Me gusta acopiar recetas de platos y de cocteles, y me llevo algunas cada vez que paso por un bar o una instalación gastronómica. Tuve columnas fijas de cocina cubana en las revistas Cuba Internacional, Prisma y Correo de Cuba, y escribí el capítulo sobre ese tema en la multimedia Todo de Cuba. Con los cocteles hice en soporte digital algo que se llamó La noche cubana.

Revolución y Cultura y La Gaceta de Cuba, también son testigos del quehacer periodístico de Bianchi Ross, que ostenta el Premio Latinoamericano de Periodismo José Martí y el de Periodismo Cultural José Antonio Fernández de Castro, por la obra de su vida.  Mantiene columnas fijas en la revista Correo de Cuba,  la revista digital Cubanow y en la página Web de la UNEAC. Colaborador además la revista  de Sol y Son,  y,  para beneplácito del público, continúa con su espacio habitual en la edición del domingo de Juventud Rebelde.  De 1988 a 1993 ejerció el magisterio como profesor de la asignatura de Géneros Periodísticos en la Facultad de Periodismo de la Universidad de La Habana.

--- ¿Fue para usted la docencia tiempo perdido?

--- La docencia no es nunca tiempo perdido. Ni siquiera tiempo invertido. La docencia es siempre tiempo ganado. Lo que sucede es que la formación de un periodista se asocia más con la curiosidad y el sentido común que con un programa universitario de materias concretas.

¿Cuánto debe Ciro Bianchi a la suerte y a la oportunidad?

La suerte se hace y la oportunidad se propicia o no se deja pasar. Eso es parte del talento. Nadie me regaló nunca nada y lo que para algunos resultó más o menos fácil, a mí me sigue siendo bien difícil. Pero soy como la jicotea: cuando muerdo, no suelto.

 ¿Cuál es el mayor privilegio que le ha concedido el periodismo?

—Estar en lugares donde muchos hubieran querido estar y conocer gente que muchos hubieran querido conocer. De ahí ese papel de hilo conductor entre un hecho, un lugar o un personaje y el lector que atribuyo a los periodistas.

¿Qué ha sido el periodismo para usted?

—Todo. No me concebiría a mí mismo si no lo fuera.

¿Cómo le gustaría que lo recordaran?

—Los que vendrán después tendrán muchas cosas más interesantes y verdaderamente importantes que recordar que este periodista que fui yo.      

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Cara a Cara con Rosa Fornés

Cara a Cara con Rosa Fornés

Ciro Bianchi Ross

 

Se le consideró en su tiempo la gran vedette de América. Fue la mujer más deseada de Cuba y figura entre las mejor vestidas de la Isla. Chávez, el modisto mexicano que vistió a tantas luminarias, conservó en su taller, durante décadas, un maniquí con sus medidas. Sabe que le asientan el verde, el negro y el blanco, y si de perfumes se trata prefiere el Shalimar, de Guerlain, el Diva, de Saint Laurent, y el Paloma Picasso, mientras que, entre las joyas, se inclina por los brillantes… Durante los últimos 65 años, Rosa Fornés ha llenado, y de qué manera, el mundo del espectáculo. Hizo radio, teatro, cabaret, cine, televisión y recogió aplausos tanto en lo lírico como en lo dramático, la comedia, el musical, la canción ligera. Ahora, cuando ya de vuelta de todo pudiera contentarse con mirar al mundo desde arriba, dio a conocer sus memorias, provocadas sagazmente por el escritor Evelio R. Mora, y se lanzó con la revista Una rosa para todos en una gira que la llevó por todo el país. Tiene más de 80 años de edad, cinco nietos y dos bisnietas, pero para júbilo de los que la siguen y la quieren ese mito viviente que es la Fornés se empeña en mantener su centro.

            -Yo no sé lo qué es pedir trabajo. Fíjese bien, nunca, ¡nunca!, me acerqué a un empresario para que me diera un contrato ni supliqué un papel a un director, y mucho menos lo haría hoy. Por ser así me perdí cosas que tal vez me hubiera gustado hacer, pero siempre me mantuve invariable en ese principio. Me llaman, vienen a verme y me proponen esto o lo otro, y de una propuesta como esa salió Una rosa para todos  que me dio el gusto de presentarme en el escenario con mi hija Rosa María Medel y otros valores jóvenes y fue un éxito tremendo. Claro, tuve que planificarme para acometerlo. Me dije: “Ya no estás para fiestas”. Por eso, cuando terminaba la función y mis compañeros se iban por ahí a divertirse, yo me volvía a mi hotel y reponía energías para la jornada siguiente. ¿Sabe una cosa? Siempre he sido muy audaz. Y esa audacia me valió mucho en un medio como el artístico donde para triunfar no basta el talento, sino también la suerte y la oportunidad.

            Cuando me comuniqué por teléfono con Rosa Fornés para solicitarle esta entrevista, pensé que pondría reparos. Pero no; me citó para el sábado siguiente, a las cuatro. Solo pidió que ese día le recordara el compromiso a media mañana. Cuando volví a llamarla para hacerlo, preguntó si me acompañaría algún fotógrafo y me respuesta afirmativa pareció hacerla dudar. “Entonces tendré que prepararme”, comentó como para sí. Le dije que de seguro no lo necesitaría, pero insistió. “A lo mejor tendrá que esperar un poco”, dijo. Cuando llegamos a su casa, Yuma, un perro dócil y hermosísimo, fruto del cruce extraño entre un san bernardo y un chau-chau, fue el primero en salir a recibirnos al jardín y enseguida La China, la asistente de la actriz, nos dijo, de parte de Rosa, que viéramos y seleccionáramos los lugares donde se le tomarían las fotos. Cuando la artista apareció al fin en la sala de estar, lo hizo como si saliera a un escenario: desbordaba simpatía y buscaba el asentimiento de los que la esperábamos. Eran las 4:30. Las estrellas siempre se hacen esperar.

            -En mi casa había una buena discoteca. Mi madre me decía: “Te contaré el argumento de esta ópera”, y me la ponía luego en el tocadiscos. Así fui creciendo. Mi padre quería que yo me preparara para la vida, que estudiara secretariado, comercio, qué sé yo. Y yo un día me presenté en La Corte Suprema del Arte, un  programa para aficionados, que descubría talentos y que llegó a tener una gran audiencia en la radio, y me llevé el premio. Dijo mi padre: “Bueno, ya ganaste; ahora a lo tuyo, que es el estudio…” Yo quería ser artista. Insistí y tuve que imponerme. Estudié canto, baile y música y aprendí muchísimo con esa gran actriz que fue Enriqueta Sierra… Tenía 15 años. Casi enseguida debuté con Antonio Palacios e hice mi primer papel en el cine: interpreté a una madre con tres hijas, y cualquiera de ellas era mayor que yo en edad.

            Dicen los que la conocen que Rosa es jovial en público y melancólica en la intimidad, y que se ha hecho más artista y más bella con la sensibilidad y la sabiduría de los años. Nació en Nueva York, aunque nadie dude de su cubanía, y la trajeron a Cuba a los tres años. La Guerra Civil la sorprendió en España. Retornó a la Isla de nuevo y a los 20 años tenía ya una carrera hecha. El día en que cumplió los 18 celebró también su 150 presentación consecutiva en Luisa Fernanda, donde encarnó el papel de la duquesa Carolina.

            -Hacía yo en México una revista musical de esas que te imponen una trusa ajustada y muy corta  y que te hacen lucir al aire unas piernas larguísimas, y una noche, al regresar al camerino, encuentro a dos señores que me aguardaban. Se presentaron. Eran Moreno Torroba y Fernández Shaw, los autores de Luisa Fernanda. “Todo el mundo nos comenta que no hay otra duquesa Carolina como la que usted hace, y hemos venido a conocerla”, dijeron. Y yo respondí: “¡Ay! Qué honor, pero qué pena que me hayan visto en esta facha”.

            “Me dediqué mucho a lo lírico y eso es uno de mis mayores orgullos. La opereta, al igual que la zarzuela, me dio la posibilidad de alternar en la escena con grandes figuras, tanto en Cuba como en México y España. La opereta permitió también que demostrara mi calidad de actriz, pero ninguna de las dos me hizo desistir de mi interés por la canción ligera. Me reprocharon que no incursionara en la ópera, y yo me decía: “A la ópera puedo llegar, pero me faltan puntos”. Me decían además: “Una cantante como tú no debe meterse en lo popular”, y yo me decía: “Tengo la voz bien colocada y no tengo por qué preocuparme”.

            “A mí me tocó una época muy dura. Subía una obra a escena y el teatro la programaba en dos funciones diarias de lunes a sábado, y tres el domingo. Eso te daba una escuela tremenda, seguridad, una confianza extraordinaria. Y al mismo tiempo tenías que seguir estudiando, superándote sobre la marcha, aunque tuvieras que sacrificarlo todo en aras de tu arte porque  cada día,  con cada actuación, con cada presentación en público o ante una cámara, se vuelve a empezar. La gente me dice: “Bueno, a su edad, con su experiencia, ya nada debe asustarla, nada debe inquietarla…” Yo respondo: “Pues no, cada actuación es para mí como si fuera la primera vez; siento el mismo miedo, las mismas preocupaciones, y tal vez más, y es que soy muy autocrítica, muy exigente conmigo misma y nada me molesta más que dar al público menos de lo que el público espera de mí.

            Dice la Fornés que en su larga carrera hubo más alegrías que penas. Ríe y recuerda aquella noche en la que interpretaba el papel de una odalisca persa y se pisó el vestido, “un vestido que me quedaba muy bonito, pero tenía la tela podrida”, comenta, y quedó en el escenario cubierta solo por unos bombachos y el pelo. Menciona asimismo su actuación en La dama de las camelias. “Margarita Gautier muere en la obra de Dumas y yo me moría de verdad en el escenario; sufría un ataque de llanto tremendo y apenas podía salir a saludar al publico que aplaudía a rabiar”.

            -Una  lo sacrifica todo por esos aplausos. Yo, hasta dónde me fue posible, cuidé mucho a mi familia, a mi madre, que me vivió hasta hace poco; a Rosa María, la hija que tuve con el actor mexicano Manuel Medel, y a Tania, la hija de Armando Bianchi, que llegó pequeñita a mi vida. Mi relación con Armando duró 28 años, hasta su muerte. Siempre digo que tengo dos hijas, y los nietos de Tania son tan nietos míos como los de Rosa María.

            “Sé cocinar, coser, bordar, tejer… En ocasiones, muy de tarde en tarde, soy capaz de confeccionarme un vestido. Si me meto en la cocina es solo para prepararme una tortilla. Sí me mantengo muy al tanto de la casa, pero en cuanto a las labores propiamente domésticas siempre he contado con ayuda. Ahora me acompaña uno de los hijos de Rosa María. Antes hablaba mucho con mi madre, salía con ella. Fue una mujer muy saludable hasta el final”.

            En una butaca, dormitando, Toña la Negra, la gata de Rosa, asiste a toda la entrevista. Ahí la encontramos y en su butaca quedó cuando nos fuimos. La artista ha sido una coleccionista inteligente de obras de arte y apenas le alcanzan las paredes para colgar sus cuadros. Hay espacio en la casa para las fotos de gente que ha querido: Cantinflas, Pedro Vargas, Libertad Lamarque,  Ernesto Lecuona… y otras muchas de ella misma  sola o en compañía de Jorge Negrete, Pedro Infante, Benny Moré, Adolfo Guzmán, Armando Bianchi… Y para los trofeos de incontables premios y reconocimientos, como la Orden Félix Varela, la más alta condecoración cultural que confiere el Estado cubano.

            ¿Cuál es el secreto de su éxito?, pregunto y la respuesta viene rápida como si Rosa Fornés la hubiese pensado de  antemano:

            -Aparte de la calidad de mi trabajo, el hecho de haber sabido ir con el tiempo.

            Vuelvo a inquirir.

            ¿Cómo ve el mundo a los 80 años?

            -El mundo evoluciona y he sabido evolucionar con él. Creo que esa es la clave de que me mantenga vigente. Me miro ahora y me veo parada 30 ó 40 años atrás. Todavía con 50 años yo me comía el mundo y aún me asombro de todo lo que pude hacer entre los 50 y los 60, entre los 60 y los 70, entre los 70 y los 80. Procuré siempre logar una buena armonía  en mi familia y con mis compañeros de trabajo, y los éxitos de otros artistas los sentí como míos. Lo importante no es querer seguir haciendo lo que hiciste, sino saber lo que puedes hacer… Lo importante es no dejarse aplastar ni abatir. Hay que estar arriba y mirar el futuro. Sí, por extraño que parezca, todavía miro el futuro y espero que la gente se sorprenda con lo que seré capaz de hacer a partir de ahora, y siga dándome el cariño que me dio siempre.

 

           

  

Cuba está preparada contra la fiebre aviar

Cuba está preparada contra la fiebre aviar

Ciro Bianchi Ross

 

Los cubanos  Gustavo Kourí y María Guadalupe Guzmán han hecho con  relación al dengue aportes universales en el  estudio de esa enfermedad, y piensan que  en torno a la fiebre aviar se ha desatado un clima de histeria que solo beneficiará al mercado

 

El profesor Gustavo Kourí, director del Instituto de Medicina Tropical (IPK) de La Habana, y vicepresidente de la Academia de Ciencias de Cuba, es conocido internacionalmente por sus investigaciones en torno al dengue, tema en el que, junto a su esposa, la profesora María Guadalupe Guzmán, ha hecho no pocos aportes a nivel mundial, afirma que en torno a la fiebre aviar hay mucha histeria y un interés de mercado.

-La fiebre está limitada a las aves. El temor es que el virus H5N1, que la provoca, haga una mutación, se adapte al hombre y el hombre lo trasmita al hombre. Ese es un peligro real, pero que todavía está por verse. Lo cierto es que en cuanto a la fiebre se ha creado un clima de histeria que solo beneficiará al mercado. Cada tableta del medicamento que la combate cuesta dos dólares con diez centavos y se necesitan no menos de diez tabletas para el tratamiento, y cuando al fin se obtenga la vacuna en la que se trabaja, solo los ricos podrán adquirirla. ¿Cuántas personas del Tercer Mundo tendrán acceso a la vacuna? ¿Cuántas podrán pagar el medicamento?

Desde su aparición, hace dos años, la fiebre aviar se extendió por ocho países y mató a 103 personas. Se habla mucho sobre ella y nada se dice, sin embargo, precisa el doctor Kourí, “acerca de la influenza, una enfermedad perfectamente evitable por vacuna y que aun así causa cada año 3,9 millones de muertes en el mundo”. Se pregunta: “¿Por qué nada se dice sobre ella?

-La influenza, el sarampión, la malaria, la tuberculosis, las diarreas y el sida son responsables de 14 millones de muertes anuales en el planeta. Recalco: 14 millones de muertes. La mayor parte de ellas son evitables. Hay vacunas contra la influenza, como ya dije, y contra el sarampión; también la hay  contra la tuberculosis, que cuenta con medicamentos eficaces para combatirla y que es una enfermedad que retrocede en cuanto mejoran las condiciones sociales. Existen medicamentos contra la malaria,  las enfermedades diarreicas responden a la asistencia médica y en cuanto al sida, sabemos que  medicamentos y estilos de vida adecuados  retardan la aparición de los síntomas de la  enfermedad y prolongan la vida del enfermo una vez que aparecen. Los ricos pueden pagar vacunas y tratamientos y como los que mueren son los de abajo, muy poco se habla de la mayoría de estas enfermedades.

AGRESIÓN BIOLÓGICA

Si el profesor Kourí tuvo una vocación muy definida por la Medicina desde su infancia –es hijo del eminente investigador Pedro Kourí, creador del Instituto de Medina Tropical que lleva su nombre- su esposa, la profesora Guzmán, tardó en decidirse por esa carrera, y no lo hubiera hecho de tener la posibilidad de matricular Pedagogía o Idiomas. Pero ya en ella no tardó en inclinarse hacia la investigación, no la que propicia la asistencia médica, sino la de laboratorio. Desde 1994 dirigió en el IPK el área de Virología hasta que recientemente pasó, con igual responsabilidad, al área de Dengue dentro de la propia institución. El año pasado ella fue una de los doce científicos que la prestigiosa revista norteamericana Ciencia escogió para publicar su biografía. Es ese un hecho consagratorio.

            Las áreas de Dengue, de Tuberculosis, de Control de Vectores y de Otras Enfermedades Virales son en el IPK centros colaboradores de la Organización Mundial y de la Oficina Panamericana de la Salud (OPS/OMS). El periodista se interesó en conocer cómo se traduce esa colaboración.

            -Los estudios sobre dengue empezaron en Cuba hace mucho tiempo –responde la doctora Guzmán. En 1977 apareció el dengue tipo 1 en las Américas. Entró por Jamaica y un sacerdote o misionero lo trajo a nuestro país, en específico, a la ciudad oriental de Santiago de Cuba. En los dos años que duró el cuadro de esta enfermedad se reportaron en la isla más de 500 000 enfermos. Enfermos no son todos los que se infectan y estudios serológicos evidenciaron que se infectaron entre cuatro y cinco millones de personas, esto es, la mitad de la población cubana. Eso nos preparó negativamente para lo que vendría después. En efecto, en 1981 se desata aquí una epidemia de dengue tipo 2, introducida de manera premeditada como parte de la política de hostigamiento –político, económico, militar-  de Washington contra La Habana y que adquirió entonces la característica de una agresión biológica. En cuatro meses el dengue 2 causó más de 10 000 enfermos graves y la muerte de 158 personas, niños en la mayoría de los casos. No se reportó otro brote hasta 1997, en Santiago: hubo otro en el 2001, y uno más en fecha más reciente.

            Precisa la profesora Guzmán que el dengue puede pasar asintomático o con un cuadro clínico benigno –fiebre, dolor de cabeza…- o puede provocar el cuadro grave de la enfermedad o dengue hemorrágico, nombre con que se le identificó en Tailandia, que es su cuna, aun cuando no curse por lo general con grandes hemorragias. Se identifican cuatro tipos dengue, que responden a igual número de cepas.  

            Hasta la epidemia del 81 en Cuba, los investigadores que estudiaban esta enfermedad en el mundo no sabían bien si el enfermo podía desarrollar un cuadro grave de dengue cuando sufría una segunda infección por el virus. Las opiniones se dividían. Especialistas del IPK, encabezados por los profesores Kourí y Guzmán, llegaron a la conclusión, después de esa epidemia, que una segunda infección es un factor muy grande de riesgo de padecer dengue hemorrágico; lo que no equivale a decir, apunta Guzmán, que no   todo el que sufra de una segunda infección padecerá de dengue hemorrágico, pero sí que el que lo padece es porque tuvo infecciones anteriores por dos cepas diferentes del virus.

            -El papel de la infección secundaria es una de las grandes observaciones y confirmaciones de Cuba al estudio del dengue. Otro aporte es el de que, una vez infectado el individuo,  el riesgo de dengue hemorrágico puede durar 24 años y más. Otro: el blanco es más propenso a la enfermedad que el negro. O el blanco tiene genes que lo hacen sensible o el negro tiene genes de resistencia. Hay factores genéticos en el dengue y en su estudio se trabaja en Cuba y otros países. Llegamos además a la conclusión de  que  personas con antecedentes de diabetes, asma o siklemia son más proclives al dengue hemorrágico que las que no los tienen. Ese es otro de los aportes cubanos y que se traducen en la colaboración que prestamos a organizaciones internacionales de la salud.

            Agrega la profesora Guzmán que en el 2001 circuló en la Ciudad de La Habana el dengue tipo 3. En ese momento, lógicamente, todavía vivían muchos de los que se infectaron con el dengue tipo1 en el 77 y de los que en el 81 se infectaron con el dengue tipo 2. Por tanto, muchas personas  pudieron padecer el dengue 1 o el dengue 2 y luego el dengue 3. Expresa: “La secuencia de infección 1-3 parece ser más riesgosa que la de 1-2”.

            -En Cuba el dengue tiene un comportamiento muy particular. Viene la epidemia y las autoridades sanitarias la enfrentan y la eliminan. Pero cuando nos movemos hacia regiones donde el dengue es un serio problema de salud encontramos que las cuatro cepas circulan el año entero. Es  muy difícil precisar entonces con cuál de esas cepas y cuándo un individuo se infectó antes. De ahí que resulten importantes las claridades aportadas por Cuba en cuanto a las secuencias de infección, así como la observación que pudimos hacer cuando la epidemia de dengue 2 en Santiago. Comprobamos allí que el virus fue cambiando. Cómo influye ese cambio en la evolución de la enfermedad del paciente y en la de la propia epidemia, son cosas que todavía no sabemos, pero  puede redundar en una mayor severidad del padecimiento.

SISTEMA DE VIGILANCIA

¿Cómo se produce el contagio? Responde el profesor Gustavo Kourí.

            -Una persona de visita en un país donde el dengue es endémico sufre la picadura de un mosquito infectado. La picazón que provoca esa picadura puede causarle molestias, pero por lo demás esa persona sigue en perfecto estado. Cinco, siete días después comienza el periodo de incubación. Está incubando el virus, el virus empieza a multiplicarse y la persona hace una viremia –virus en sangre. Tiene el virus en la sangre, pero esa persona puede no sentir mal alguno, sigue perfectamente. Regresa a su país de origen o viaja a otro destino, es picado allí por otro mosquito, que se infecta y pasa a su vez por un periodo de incubación hasta que ese mosquito es capaz de trasmitir la enfermedad cuando pica a otra persona.

            A juicio del director del Instituto de Medicina Tropical mantener en un país bajos niveles del mosquito Aedes aegypti es responsabilidad de toda la población. De hecho es una meta que no puede alcanzarse sin el apoyo consciente de  la comunidad. Es un mosquito doméstico, vive en la casa o sus alrededores, pica de día, preferiblemente en amaneceres y atardeceres y se reproduce en agua limpia y en los bebederos de animales afectivos. Si se saca al vector de su hábitat se elimina entre el 60 y el 70 por ciento de las posibilidades de la enfermedad.

            Cuba cuenta con un sistema de vigilancia epidemiológica y de enfermedades emergentes. En todo el país se vigila de manera permanente la aparición de brotes. Se cuenta para ello con una red de laboratorios y de centros municipales y provinciales de Higiene y Epidemiología. Es un sistema de persigue detectar cuanto antes la aparición de una posible epidemia y eliminarla o neutralizarla.

            -Eso solo se puede tener en un sistema de salud como el nuestro. La salud privada que es la que, por obra de la globalización neoliberal, prima en  América Latina, necesita enfermos. La salud pública no los quiere; es preventiva. La crisis económica de los 90 perjudicó nuestro sistema de vigilancia, pero estamos en condiciones de restituirlo a los niveles que alcanzó en los 80 y de perfeccionarlo. Cuba tiene en lo que a la salud se refiere un sistema de atención universal y gratuito como no lo hay en otra parte.

            “El sida y la malaria ponen en grave peligro a la población africana, prosigue el profesor Gustavo Kourí.  Hay países de África en los que el 35 y hasta el 40 por ciento de la población está infectada por el sida. Si los niños nacen ya con sida, ¿cuál será el destino de esas naciones? Morirán todos sus habitantes, lamentablemente. Yo advierto la indiferencia con la que los países ricos contemplan esa situación y, como soy malpensado, concluyo que se aprovechan de ella con vistas a apoderarse de los enormes recursos naturales  con los que cuenta ese continente.

            ¿Cómo enfrenta Cuba el problema de la fiebre aviar?

            - El país se está preparando. Hay una comisión, que dirige el Ministro de Salud Pública, que atiende el asunto. Se trabaja en la vigilancia de las aves y de los humanos. Se destinan recursos para la protección y se equipan  tres laboratorios para el diagnóstico. ¿Qué pasará? Nadie lo sabe. Ojalá no entre. Pero si viene, no nos sorprenderá desprevenidos –concluye el profesor Gustavo Kourí.

           

           

             

           

    

Cara a Cara con Pedro Trigo

Cara a Cara con Pedro Trigo

Ciro Bianchi Ross

 

Pedro Trigo López es uno de los treintitantos moncadistas que todavía viven. Él y su hermano Julio formaron parte del grupo que el 26 de julio de 1953, bajo las órdenes del entonces joven abogado Fidel Castro, asaltó el cuartel Moncada en Santiago de Cuba a fin de dar  inicio a  la lucha armada contra la dictadura de Fulgencio Batista. Julio fue detenido tras el combate y, al igual que muchos de sus compañeros, asesinado luego  sufrir horribles torturas. Pedro salió con vida y logró escapar milagrosamente de la ciudad. Hoy, a los 77 años de edad y más de medio siglo después de aquella gesta, rememora su colaboración con Fidel antes y después del Moncada y precisa el momento en que por primera vez escuchó al jefe de la Revolución abordar en público el tema de la reforma agraria.

YO SOY FIDEL CASTRO

-¿Cuándo conoció a Fidel?

-En la localidad habanera de Santiago de las Vegas, antes del golpe de Estado batistiano de 1952. Allí, en una asamblea del Partido Ortodoxo Fidel me escuchó referir que en nuestro propio municipio el presidente Prío había adquirido cinco fincas, de las que expulsó  a los arrendatarios que las trabajaban y en las que tenía como jornaleros a miembros de las Fuerzas Armadas. Me abordó cuando bajé de la tribuna. Me dijo: Yo soy Fidel Castro. Y preguntó: ¿Todo eso es verdad? Ante mi respuesta afirmativa, comentó que le había dado una gran idea. ¿Qué te parece si nos damos a buscar todos los datos, entrevistamos a esos campesinos desalojados y denunciamos el caso?  Prío había adquirido las fincas Lage, Gordillo, Pancho Simón, Potrerillo de Menocal y Paso Seco, 54 caballerías en total,  y las unificó bajo el nombre de El Rocío. En 48 caballerías de aquellas 54 están hoy el Parque Lenin, la escuela vocacional del mismo nombre y el Jardín Botánico Nacional. Fidel precisó que me buscaría al día siguiente en mi casa, a las ocho de la noche, para ponernos de acuerdo sobre la forma en que acometeríamos la investigación. Pero a las ocho de la mañana ya estaba conmigo. Llegó acompañado de Juan Martínez Tinguao,  valioso compañero, y después se sumaron al grupo José Luis Tassende y Gildo Fleitas, muertos más tarde en el Moncada. Como primera tarea debíamos fotografiar a los más de cien  campesinos desalojados, algunos de los cuales llevaron hasta  18 años trabajando aquellas tierras.

Recuerda Trigo que Fidel, luego de probar que aquellas fincas eran propiedad de Prío, denunció el hecho desde las páginas del periódico Alerta, y que antes, en una reunión que sostuvo con los campesinos expulsados, les habló sobre la necesidad de impulsar en el país una ley de reforma agraria que  acabara con el latifundio y diese la propiedad  la tierra al que la trabajaba. A partir de ahí no pierde contacto con Fidel y precisa que pocos días después del golpe de Estado con el que Batista derrocó a Prío, Fidel le habló de lo imperioso que resultaba crear un movimiento verdaderamente revolucionario que se opusiese a la naciente dictadura. Fue entonces que le orientó que organizara en el pueblo de Calabazar, donde vivía, una célula insurreccional que conformarían obreros, campesinos, estudiantes e intelectuales honestos que estuvieran dispuestos a empuñar las armas para llevar la Revolución al poder. Pedro, al igual que su hermano Julio, eran en esos momentos obreros textiles. Yo no me atrevería a afirmar que aquella fue la primera célula de lo que sería el Movimiento 26 de Julio, pero sí que estuvo entre las tres primeras, dice Trigo.

            -Y ahí empezamos a conspirar.  Abel Santamaría, a quien  conocí por aquel entonces, me pidió un día que citara a los hombres de mi grupo para  reunirse con ellos. Se interesó por nuestro nivel de escolaridad y preguntó enseguida cuántos leíamos a Martí. Algunos lo hacían; otros, no. Y dijo Abel que todos debíamos leerlo porque él sería el guía de la acción que llevaríamos adelante y porque era extraordinaria la vigencia de su pensamiento, no solo  para aquellos momentos, sino para el futuro.

            Fue a través de Pedro Trigo que se allegó  la mayor parte de los uniformes militares que se utilizaron en el asalto al cuartel Moncada. Un pariente suyo, Florentino Martínez, enfermero del Ejército y que terminaría por ser uno de los moncadistas,  los consiguió para el Movimiento, en tanto que en la casa de Melba Hernández, una de las mujeres incorporadas a la acción, -la otra fue Haydée Santamaría- se confeccionaron los de aquellos combatientes que como Fidel, requerían de tallas no disponibles en el lote adquirido.

EN SANTIAGO

-Se nos dio la orden de trasladarnos a Santiago de Cuba y ya allí nos agrupamos en la granjita Siboney, en las afueras de la ciudad. Se hablaba de la acción a la que nos abocábamos y se decía que sería a la hora cero, pero salvo Fidel y Abel, creo que ninguno de  nosotros sabíamos de que acción se trataba ni cuándo sería. Yo me enteré que atacaríamos el Moncada pasada ya la una de la mañana del propio 26 de julio cuando Fidel me lo hizo saber en la plaza de Marte mientras esperábamos  la llegada del doctor Mario Muñoz, otro de los combatientes. Mandó Fidel a Abel a encontrarse con Muñoz en El Esperón y nosotros hicimos un recorrido por Santiago, pasamos por el cuartel  y fuimos a la casa del periodista Luis Conte Agüero, la llamada “Voz más alta de Oriente”. Fue allí donde me enteré que, ya con el Moncada en nuestro poder, yo debía tomar la Cadena Oriental de Radio para que Conte arengara al pueblo. Conte no se encontraba: había salido para La Habana dos días antes, y Fidel me dijo que no me preocupara porque él, que presentía que Conte era un cobarde, había instruido a otro de los combatientes, el poeta Raúl Gómez García, para que llamara a los santiagueros a la lucha. Cuando nos encontramos con el doctor Muñoz, preguntó a Fidel: ¿Hoy es la hora cero? Sí, doctor, hoy es la hora cero. Oye, qué día escogiste, ripostó Muñoz, hoy cumplo 42 años. De vuelta a la granjita, pregunté a Abel Santamaría si todo estaba debidamente sincronizado. Sí, Pedrito, todo está sincronizado, ¿tienes alguna duda? Respondí que no la tenía, y Abel añadió: Mira, piensa lo peor, que nos maten a todos. Si es así, de todas maneras triunfamos porque salvamos la vigencia de Martí en el centenario de su natalicio. Quién iba a pensar que horas después Abel estaría muerto.

            Pero Pedro Trigo no llegó a combatir en el Moncada. Su hermano Julio, en cambio, que ya en Santiago recibió de Abel la orden de regresar a La Habana a causa de la hemotisis que se le presentó a consecuencia de la severa enfermedad pulmonar que padecía, no obedeció y combatió junto a Abel en el Hospital Civil, desde donde el grupo del que formaban parte  Melba y Haydée  apoyó la acción principal. Estuvo disparando mientras le quedaron balas para hacerlo.

            -Hubo gente que se negó a participar en la acción cuando se enteró de que el objetivo sería el Moncada. Fidel solo les pidió que abandonaran la granjita Siboney una vez que todos los combatientes hubieran salido. No le hicieron caso, lo hicieron al mismo tiempo que nosotros y ocasionaron que tres de nuestros automóviles, siguiéndolos sin saber que  volvían a La Habana, se desviaran de su ruta. Ese fue mi caso. Iba ya por  los Elevados de Quintero cuando escuché los disparos e intenté reorientarme. ¿Dónde queda el Moncada?, pregunté a un santiaguero corpulento que, calzado con chancletas de palo, venía bailando pues Santiago celebraba en esos días sus fiestas de carnaval. Vea, me dijo el hombre, coja por ahí y siga los tiros. Cuando llegué a la posta tres del cuartel ya Fidel había dado la orden de retirada.

            Fueron momentos angustiosos. Iban ocho combatientes a bordo del vehículo y Trigo comprendió que así no llegarían  a ninguna parte. Algunos tendrían que seguir a pie, buscar otra vía de escape, pero nadie quería abandonar el automóvil hasta que él y dos compañeros lo hicieron. Trigo deambuló por Santiago, sin conocer la ciudad, y se quitó el uniforme militar que llevaba puesto, al igual que casi todos los combatientes, encima de la ropa de civil. Para su suerte vio venir un ómnibus. Lo hizo detener y preguntó a dónde se dirigía. La Habana era su destino. Ya en su asiento, el conductor le facilitó un peine. Péinese y arréglese la guayabera, le dijo, que ya veremos cómo salimos de esta. A la altura de El Cobre otro moncadista abordó el vehículo. Vestía de pantalón militar y la camisa que le había facilitado un campesino. La camisa más chillona que he visto en mi vida, recuerda Trigo.

            -En Calabazar me esperaban agentes del Servicio de Inteligencia Militar (SIM) con orden de detenerme. Me llevaron a la sede de ese cuerpo represivo y me encerraron en un calabozo. Allí, acobardado,  estaba Juan Bosch, el futuro presidente de la República Dominicana. Bosch había sido asesor del Prío y le escribía sus discursos y la dictadura quería vincular al ex presidente con el asalto al Moncada. Pidió Bosch que le trajeran una aspirina y una gaseosa y cuando  se las llevaron en una bandejita, le rogué que me dejara dos dedos del refresco. Hacía tres días que no ingería líquido y tenía la boca y la garganta totalmente secas. Me lo negó mientras que,  aún más amedrentado, me gritaba: No me hable, no me comprometa, no se me acerque. Poco después lo liberaron. Ni él ni Prío tenían nada que ver con Fidel ni con  lo del Moncada.

            Por esas cosas que pasan, a Trigo no se le pudo probar su participación en los hechos. Es más un taxista  batistiano de su localidad, confundido, aseguró haberlo tenido como pasajero aquel domingo 26 de julio. Por tanto, si estaba en Calabazar, no podía haber estado en Santiago.   Lo dejaron en libertad con la advertencia de que no saliera de Calabazar y que en la localidad no hiciera más movimientos que los de la casa al trabajo y del trabajo a la casa. Pero cuando Melba y Haydée quedaron libres, luego de cumplir su condena, se puso a disposición de esas valerosas mujeres, y lo mismo haría con Fidel tras  la amnistía de 1955.  Luego de la partida de Fidel hacía México siguió dentro del Movimiento Revolucionario 26 de Julio hasta que tuvo que salir al exilio.

           

           

                         

 
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Cara a Cara con José Ramón Fernández

Cara a Cara con José Ramón Fernández

Ciro Bianchi Ross

Hace 45 años, en abril de 1961, el entonces capitán José Ramón Fernández fue uno de los oficiales principales que, bajo el mando directo de Fidel Castro, asumió como jefe de tropas el enfrentamiento al desembarco  mercenario de  Bahía de Cochinos. Le llaman Gallego y es Vicepresidente del Gobierno cubano

Cuando le pregunto cuáles son sus funciones como Vicepresidente del Gobierno, cargo que desempaña desde 1978, responde que las de cumplir las tareas que el jefe ordena y delega en él, y añade enseguida que son muchas y muy diversas.

            José Ramón Fernández  parece incansable. Llega a sus oficinas a las seis de la mañana y hasta pasadas las siete de la tarde se mantiene al tanto de los asuntos de su competencia en una rutina que no altera siquiera los sábados.

            Luego hace un poco de ejercicios y camina siempre treinta minutos después de la comida. Tiene fama de ser un excelente organizador y un hábil diplomático. Su sentido de la responsabilidad y la disciplina son proverbiales.

            Pero este Héroe de la República de Cuba es también un hombre sencillo y sensible, jovial y afable. La gente con cariño y respeto le llama  Gallego”, pese a que su nacimiento ocurrió en Santiago de Cuba en 1923 y sus padres eran asturianos.

            De 1956 a 1959 el entonces primer teniente José Ramón Fernández sufrió prisión por su participación en la llamada Conspiración de los Puros, un movimiento militar que pretendió derrocar la tiranía de Fulgencio Batista.

            Tras el triunfo de la Revolución fue director de la Escuela de Cadetes del Ejército Rebelde, de la Escuela de Responsables de Milicias de Matanzas y de escuelas para la preparación de batallones de las Milicias de La Habana.

            Ascendido a Comandante, ocupó importantes responsabilidades en las Fuerzas Armas, de las que fue viceministro. Desde 1972 hasta 1990 se mantuvo al frente del Ministerio de Educación y es miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba desde su fundación en 1965. También resultó electo diputado al Parlamento cubano desde la creación de ese órgano en 1976.

            En 1996 asumió la presidencia del Comité Olímpico cubano y en esa misma fecha fue ascendido a General de Brigada ®. Había ingresado en el Ejército, como soldado, el 30 de agosto de 1940.

            Hace 45 años, en abril de 1961, el entonces capitán José Ramón Fernández fue uno de los oficiales principales que, bajo el mando directo del Comandante en Jefe Fidel Castro, mandó la agrupación de fuerzas que combatió en la dirección Australia-Playa Larga-Playa Girón durante el rechazo y derrota de la agresión mercenaria.

LA LLAMADA DE FIDEL

-Se insiste tanto en la cobardía de los mercenarios y en  que la invasión de Bahía de Cochinos fue derrotada en menos de 72 horas, que a veces se llega a pensar que la victoria cubana fue un paseo…

            -El enemigo nos ocasionó 176 muertos y más de 300 heridos, cincuenta de los cuales quedaron incapacitados de por vida. Combatieron duramente y en algunos lugares lo hicieron con más fuerza que en otros. Pero posibilidades reales de éxito no tuvieron nunca, como tampoco las tendrán ahora, porque se enfrentaban a un pueblo que defendía sus conquistas sociales, su libertad y su soberanía.

            “El Comandante en Jefe tuvo la convicción de que el golpe principal sería por la Ciénaga de Zapata y fue allí donde ordenó que se concentrara nuestro esfuerzo principal, aunque las fuerzas empleadas no sobrepasaron el 10 por ciento de las disponibles en La Habana. A parir de ahí la firme y certera dirección de Fidel determinó la victoria”.

            -¿Cuál fue su papel en los combates?

            -El domingo 16 de abril, pasada la medianoche, recibí en la Escuela de Cadetes de Managua una llamada de Fidel. Me ordenaba que condujera a la Escuela de Responsables de Milicias, constituida en batallón de combate, con la intención de enfrentar el desembarco mercenario y aniquilarlo.

            “Me trasladé a Matanzas, donde la Escuela había sido ya movilizada por la oportuna llamada del compañero Fidel, y de allí, en camiones que requisamos, se trasladó a la zona del central azucarero Australia. Cuando a las 12 del día 17 de abril informé a Fidel que habíamos tomado Pálpite y Soplillar, dos localidades cienagueras, expresó:

            ¡Ya ganamos la guerra! Si esa gente no se dio cuenta de que debió defender Pálpite, está perdida.

            “Me informó en aquella conversación de los barcos enemigos hundidos por nuestra heroica Fuerza Aérea. A mí me correspondía dirigir las acciones combativas en la dirección del central azucarero Australia, junto a Pálpite, Playa larga y Playa Girón, como antes expresé, y otros compañeros tenían tareas paralelas desde otras direcciones; todos, insisto, bajo el mando directo de Fidel que desde el inicio tuvo la clara visión de que debíamos derrotar al enemigo en el menor tiempo posible a fin de evitar la intervención directa de Estados Unidos.

            “Fidel fue verdadero ejemplo y guía con su presencia en el frente de combate en una y otra de las direcciones donde se desarrollaban las acciones”.

            -¿Cuál fue la participación norteamericana en la agresión?

            -El Gobierno norteamericano la organizó, pagó, armó, equipó, estimuló y asesoró.  Los planes de agresión fueron ideados y ajustados por la Agencia Central de Inteligencia, con la asesora del Pentágono, y estudiados por la junta de jefes de Estado Mayor del Ejército norteamericano.

            “Fue, a mi juicio, la mayor operación militar secreta, es decir, sin que se hubiera declarado el estado de guerra, que se lanzó contra un país hasta esa fecha. Su objetivo era el destruir a la Revolución e instalar un gobierno títere del de Estados Unidos, sin importar la muerte de niños, mujeres y civiles inocentes que la acción pudiera provocar”.

            -¿Qué fuerzas componían la brigada invasora?

            -La brigada 2506, que así se identificaba, contaba con 16 aviones B-26, seis C-46 y ocho C-54, esos dos últimos, aviones de transporte, y dos PBY, el conocido Catalina, capaz de aterrizar y marizar.

            “La proporción de pilotos de la fuerza enemiga con respecto a la nuestra era de seis a uno, y tenían tres veces más aviones de combate que nosotros. Los pocos pilotos que teníamos volaban en aparatos que ellos calificaban de Patria o Muerte, pues no estaban de alta ni de baja, simplemente operaban gracias a la inventiva de los mecánicos y al coraje de nuestros pilotos.

            “Formaban parte de la brigada seis batallones de infantería, un batallón de armas pesadas, una compañía de tanques y otros medios de combate con todas las estructuras de exploración, abastecimiento, ingeniería, comunicaciones, etc. Es decir, la misma estructura que en esa época tenía una unidad de las fuerzas armadas de Estados Unidos. Mil quinientos hombres, según se afirma en documentos norteamericanos desclasificados, conformaban la fuerza invasora. De ellos hicimos 1 197 prisioneros.

            “Entre los invasores venían 194 militares y esbirros de la tiranía batistiana, 100 latifundistas, 24 grandes propietarios, 67 casatenientes, 112 grandes comerciantes, 179 acomodados, 35 magnates industriales y 112 lumpens. Esa era la composición social de la brigada”.

DENTRO DEL ENEMIGO

-¿Podría intentar, así sea a grandes trazos, resumir los combates?

            -El día 17,  a las 12  horas  tuvimos una cabeza de playa dentro del territorio que al desembarcar  había ocupado la brigada invasora en Pálpite. Se asegura Pálpite, se bloquean las carreteras que conducían a San Blas, desde Covadonga y Yaguaramas, y se bloquea la posible huída de los mercenarios hacia Cienfuegos. Quedaron taponados y no se les dejó descansar, pues se les sometió a ataques y a  hostigamientos constantes.

            “Las fuerzas revolucionarias toman Playa Larga el 18 muy temprano y avanzan  hasta Punta Perdiz, con lo que se situaron a once kilómetros de Playa Girón, sin que se dejara de combatir en San Blas. Ya en ese momento se evidencia la derrota del enemigo, aunque refuerza San Blas y Girón. Las fuerzas revolucionarias no logran cortar a los invasores dividiéndolos en tres partes, como ordenó el Comandante en jefe.

            “En horas de la mañana del 19 de abril, las fuerzas revolucionarias que avanzaron desde Playa Larga se situaron a unos dos kilómetros de Girón. Se luchó en San Blas, y Fidel, presente allí, organizó nuestras acciones combativas. Hay durante todo el día violentos combates en la parte oeste de Girón.

            “Alrededor de las 11, tropas cubanas que avanzaban desde Covadonga y Yaguaramas ocupan, unidas, el poblado de San Blas. Esa tarde el Comandante en Jefe ordenó a la artillería que estaba en Covadonga que con sus cañones de 122 milímetros atacara Playa Girón y que una parte de sus proyectiles cayera en esa localidad y la otra, en el mar para evitar que los mercenarios se reembarcaran.  Las fuerzas que avanzan desde Playa Larga y la escasa Fuerza Aérea Revolucionaria también baten la zona.

            “Fidel dispuso que se tomara Girón antes de la noche. A las 5:30 de la tarde las fuerzas de la Revolución ocupan Playa Girón e inmediatamente después lo hicieron las que avanzaban desde San Blas-Helechal-Playa Girón. Se hubiera podido tomar más temprano…”

AGÁRRALOS           

-Sí, pero ocurre lo que usted supuso un segundo desembarco. ¿Fue así?

            -Exacto. Estábamos ya a menos de dos kilómetros de Girón cuando un oficial me señaló dos barcos de guerra que se aproximaban.  Eran dos destructores norteamericanos, el USS Easton y el USS Murria, que entre otros escoltaban o protegían la flota mercenaria. Se movían hacia la costa y penetraron en nuestras aguas jurisdiccionales.

            “Es entonces que ordené que se detuviera la ofensiva y que los cañones y los tanques, así como dos baterías de 85 milímetros se emplazaran en dirección al mar. Los destructores venían con los cañones desenfundados y de ellos salían botes hacia la costa  y desde la costa salían botes hacia ellos.

            “Yo envié un mensaje a Fidel del que no me arrepiento, pero que me abochorna: Mándeme un batallón de infantería y otro de tanques, que hay un nuevo desembarco.

            “Y Fidel, que estaba en otro sector del frente, en el norte, desde donde no se divisaba el mar, dedujo con claridad el propósito de los destructores y la operación que planeaban, y me respondió: Se te quieren escapar, agárralos.

            “Debo confesar que en ese momento sobrevaloré el ímpetu combativo del enemigo, que luchó tenazmente en defensa de sus posiciones en Girón, pero que no tenía ya perspectiva alguna de éxito. Era un error otro desembarco con las fuerzas revolucionarias presentes, las cuales acometían una ofensiva continua, vigorosa y con un dominio completo de la situación.

            “Todavía afincado en la creencia de que aquello era un refuerzo, un nuevo desembarco, pues el mensaje de Fidel me llegó mucho después, ordené hacer fuego contra los botes con todos los medios disponibles, mientras la fuerza aérea hizo lo mismo, no así sobre los destructores norteamericanos como sugerían muchos de nuestros combatientes.

            “Los destructores pusieron entonces proa al mar y se alejaron sin rescatar, hasta donde conocemos, a los tripulantes de ninguno de los botes”.

            -Disparar o no disparar contra los destructores, imagino que habrá sido para usted una determinación muy difícil de tomar.

            -Fue muy difícil ciertamente decidir que nuestros combatientes no hicieran fuego contra los verdaderos invasores. Estábamos conscientes de que no disparar contra ellos era la decisión correcta, aunque pareciera un acto de debilidad ante mis subordinados. Dispararle a esos barcos podría haber engendrado un conflicto directo con Estados Unidos.

            “¡Cuántas imágenes pasaron por mi mente en esos momentos! Tomaba una determinación que no había consultado con nadie. ¡Cuánta preocupación! Nadie sabe cuánta es la soledad de un jefe ante una situación como esa”.

            -En el plano personal, ¿qué significó Girón para usted?

            -Lo he repetido mucho: una ansiada oportunidad de realización personal. Es verdad que yo me opuse a la tiranía de Batista y guardé prisión casi tres años, pero Girón me permitió participar directamente en la defensa de la Revolución y el socialismo y poner mi vida en juego por mis ideales.

            -Hechos importantes de su vida ocurren casi siempre en el mes de abril. El movimiento militar en el que usted participó contra Batista iba a suceder en abril de 1956 y es en la propia fecha cuando usted es detenido y condenado. En abril de 1959 le imponen los grados de Capitán y también en un mes de abril lo ascienden a General de Brigada y se le distingue con el título de Héroe de la República de Cuba.

            -Es que la mayor parte de las distinciones y ascensos ocurren en aniversarios de la victoria de Playa Girón. Le diré algo: héroes son todos los que allí lucharon y cayeron.

           

           

           

             

           

           

Cara a cara con Luis Carbonell

Cara a cara con Luis Carbonell

Por Ciro Bianchi Ross

Juglar del Caribe, sabe hallar la joya lírica donde otros no la ven y ponerla de relieve. Sobre él escribió el poeta Emilio Ballagas: “Es su superior, en ocasiones, a la calidad de la poesía que interpreta”.

Montar la Elegía a Jesús Menéndez le llevó tres años, tanto como tardó Nicolás Guillén en escribirla. La rumba de Tallet, se la aprendió cuando tenía 17 años y vino a recitarla en público a los 55. A Luis Carbonell no le basta con repetir un texto. Para incorporar un poema a su repertorio le valora primero sus posibilidades escénicas y para hacerlo suyo lo escudriña en todos sus detalles hasta que visualiza  su contenido y encuentra el ritmo con que quiere declamarlo. Una declamación que al espectador le parecerá la espontaneidad misma  y que, sin embargo, es siempre fruto de un esfuerzo en el que hasta la respiración está memorizada. Su virtud es hallar la joya lírica y expresiva donde otros no la ven, y ponerla de relieve, escribe el crítico Virgilio López Lemus acerca de este artista que, al decir del poeta Emilio Ballagas, “es superior, en ocasiones, a la calidad de la poesía que interpreta”.

            -Estudio todos los días por la mañana y por la tarde. Me aprendo incluso textos que nunca declamaré, pero que me sirven para comprender mejor al autor de quien recitaré otro poema. Me sé completo, por ejemplo, Romancero gitano, de Lorca, y jamás diré en público ninguno de los poemas que lo conforman.

Carbonell es el mejor intérprete de la llamada poesía negra, afrocubana o mulata. “El acuarelista de la poesía antillana”, como se le conoce desde hace décadas, un apelativo que, si bien tiende a encasillarlo, contribuyó a hacerlo popular y que hoy, aunque no le moleste en absoluto, piensa que le queda chico. ¿Por qué entonces no definirlo como lo que es, un juglar? Un rey sin más trono que la palabra, dice el poeta Cos Causse, que salva del olvido poemas que sin su voz dormirían el sueño eterno en las páginas de libros poco afortunados.

VIVENCIA SOBRECOGEDORA

Luis no será músico; será médico o abogado. Así lo he decidido, recuerda Luis Carbonell que repetía su madre, Amelia Pullés.

 -Mi madre era un látigo. No podía ser de otra manera aquella mujer que crió y dio escuela a las siete fieras que éramos nosotros. Pero he aquí que a mí las cosas que más me gustaban,  y me gustan, son la música, la poesía y, por encima de todo,  la enseñanza, a las que terminaría dedicándome.  Mi madre fue una gran maestra, una maestra famosa en Santiago de Cuba.  Falleció en 1979 y todavía ando buscando que me apruebe.

Una de las hermanas de Carbonell recitaba con gracia y tenía la cultura suficiente para adentrarse en los poemas que declamaba. Hubiera sido, asegura, una buena recitadora. ¿Influyó ella hasta el punto de decidir su destino?  No lo cree, afirma, y recuerda el día en que otra hermana suya decía en voz alta dos poemas de Guillén, Sabás y Balada de Simón Caraballo, y “yo vi a esos personajes a los que aludía el poeta, me representé a Sabás, que pedía limosnas de puerta en puerta,  y a Simón, comido por la sarna, mientras dormía en un portal con un ladrillo como almohada”. Una vivencia sobrecogedora y decisiva, puntualiza el artista, y  puede precisarle la fecha: “Fue después del terremoto que asoló a Santiago en 1932”.

El niño prosiguió sus estudios. Cuando cursaba la enseñanza media superior contribuía ya al sostén de la casa con lo que cobraba por repasarle a sus compañeros, “y si alguien no podía pagarme le repasaba igual ya que mi madre aseveraba siempre que el conocimiento no se le negaba a nadie”. Aprendió inglés y llegó a convertirse en un profesor cotizado de ese idioma, y trabajó además como director artístico de la CMQC, una emisora de radio local. “Allí hice a Pacho Alonso”, rememora. Cuando intuyó que en Santiago de Cuba no haría nada nuevo, decidió viajar a Nueva York. ¿A qué?

UN HOMBRE CON SUERTE

-A nada, a correr la aventura. He tenido siempre mucha suerte – dice y toca madera.

            Allí estaba Eusebia Cosme, la recitadora cubana a la que mucho admiró, aunque comprendió pronto que nada le aportaría y que radicaba en Nueva York desde 1939. Y estaban, de paso, la cancionera Esther Borja y el maestro Ernesto Lecuona. Conoció a Diosa Costello, la llamada “bomba atómica puertorriqueña”, que nunca se atrevió a venir a Cuba por temor a Rita Montaner, y a otra cantante boricua de voz impresionante,  Aida Puyols, para quien montó Sangre africana, de Gilberto Valdés, una canción muy difícil de interpretar y que entre otras pocas acometieron la Montaner y Linda Mirabal. “Aida la cantó para su autor y Gilberto la escuchó temblando; pidió que la repitiera  y se echó a llorar. Fue ahí que me invitó a que lo acompañara a España”.

            -Regresé a Cuba con la esperanza de ese viaje, pero Gilberto era tan bondadoso como disperso y el asunto no se concretó. Me había instalado aquí en La Habana en la casa de Esther Borja, más que una amiga, una hermana para mí desde entonces, y ella asumió la tarea de “empujarme”. Una noche insistió en que la acompañara a un homenaje que se le tributaría a René Cabel, “El tenor de las Antillas”, que se disponía a partir en una larga gira. Cabel era un hombre muy querido y la función en su honor congregó a toda la farándula. Esther me advirtió que yo tendría que actuar y, en efecto, cuando llegamos al teatro, lleno hasta el tope, pidió a José Antonio Alonso, que fungía como presentador, que me colara en la lista de los que actuarían.

            Carbonell se situó cerca del escenario en espera de la llamada de Alonso y allí estuvo hasta que se cansó y volvió a su butaca, junto a Esther. A insistencia de ella subió de nuevo para otra espera que, como la anterior, le fue demasiado larga. Convencido de que no lo llamarían, regresó a su asiento. Fue entonces Esther la que subió a hablar con Alonso. “Mira, no lo voy a llamar porque aquí recitaron ya cuatro primeros actores y no pasó nada”. “A ti eso no te importa. Llámalo de todas maneras”.

            -El espectáculo había comenzado a las nueve de la noche y cuando Alonso, presionado por Esther, me llamó al fin faltaban cinco minutos para la una de la mañana. Recité Rumba de la negra Pancha, de José Antonio Portuondo, y los aplausos parecieron que echarían abajo el teatro,  y la ovación se repitió cuando dije  Habladurías, un poema clásico venezolano de Manuel Rodríguez Cárdenas… Haría, esa noche, cuatro poemas en total.

            Pocos días después la esposa del millonario Ernesto Sarrá contactó a Carbonell para que actuara en la fiesta que daría en su residencia. Allí coincidió con Pepe Viondi, el gran artista cómico argentino que pasó una larguísima temporada entre nosotros.   Viondi lo reconoció y entre otros elogios le dijo: “No, usted no recita, usted pinta el poema”.

SOY MUY TÍMIDO

Rehuye la cámara. Cuando ve que un fotógrafo se acerca, vira la cara, trata de escabullirse, se aparta. Lo hizo así desde siempre porque era remiso a que su madre siguiera su carrera a través de la prensa. Elude a los entrevistadores. “No, no me gustan los periodistas ni hablar de mi mismo y no sé por qué lo haciendo ahora”. Precisa: “Aunque usted no lo crea, soy muy tímido”. Añade enseguida que los golpes enseñan y las alegrías también. “A esta altura, mi carapacho es de cuero. Tengo 82 años de edad. Soy un fósil”. La enfermedad, sin embargo, no ha podido vencerlo.

            Largo es el aval de Luis Carbonell como repertorista. Ha montado las voces en piezas que interpretaron grandes cantantes cubanos, entre ellos  Esther Borja y Linda Mirabal, y fueron sus alumnos figuras que hoy son de primera fila como Luiba María Hevia, “que tiene una voz excelente para la música sudamericana”, y Paulo F. G., “que me gusta más como bolerista que como salsero”. Muy reconocida es también la asesoría que prestó a agrupaciones musicales como las de Orlando de la Rosa, Facundo Rivero, D’Aida, Cuarteto del Rey, Trío Antillano, Los Cañas… y ha tomado parte muy activa en no pocas producciones discográficas. Los discos en los que colaboró con la Borja en los años 50 son, sencillamente, antológicos.

            Su faceta como narrador oral es poco conocida. Ha hecho espectáculos unipersonales en el teatro y de los 60 discos que ha grabado, la crítica destaca sobre todo el que se titula La mulata, ñáñigo al cielo y otros poemas, al que califica como “una genuina joya poético-discográfica”. En el repertorio de este declamador se cuentan poemas de Guillén y Tallet, de Ballagas y Regino Pedroso, de Agustín Acosta, todos cubanos, y también de los españoles Lorca y Camín; Palés Matos, de Puerto Rico, y el dominicano José Antonio Alix. Muy celebradas son sus interpretaciones del venezolano Aquiles Nazoa. Así, afirma el crítico López Lemus, “solo en su reinado de gracia personal,  él es un artista del mestizaje creativo, propio no únicamente de la identidad cubana, sino de la convergencia identitaria caribeña”.

            ¿Qué nos deparará  ahora? Sin duda,  llevará a la escena o a grabará nuevos poemas. Por lo pronto, trabaja con el pianista Ulises Hernández en la grabación de unas danzas que el gran compositor cubano Ignacio Cervantes concibió para piano y voz.

           

           

  

             

  

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