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Hechos

Resurrección de Caíñas

Resurrección de Caíñas

Ciro Bianchi Ross

 

Llevar a juicio a un parlamentario, así fuera por una infracción de tránsito, era fruto de un proceso que comenzaba cuando un tribunal suplicaba al cuerpo colegislador  al que pertenecía el presunto culpable que le retirara la inmunidad a fin de que pudiese ser juzgado; suplicatorio que debía  ser aceptado o rechazado en el plazo de los 40 días siguientes de haberse librado. No habían transcurrido todavía diez días de la muerte del representante Arturo Vinent Juliá cuando el Senado se reunía para considerar el pedido que en ese sentido hacía el Tribunal Supremo en contra del senador Luis Caíñas Milanés, acusado del asesinato.

               No era un procedimiento inédito en el parlamento cubano.  En los comienzos de la República, la Cámara de Representantes le retiró la inmunidad al general Silverio Sánchez Figueras por la muerte, en un duelo irregular, del también legislador Severo Moleón (Ver JR, 25-1-04) y en 1913 el senador Vidal Morales y el representante Arias se vieron privados de las suyas  por su implicación en el tiroteo donde perdió la vida el jefe de la Policía habanera (JR, 4-4-04). Luego, en 1922, el representante José Cano dio muerte en el hotel Luz a su colega Martínez Alonso. También se le retiró la inmunidad, pero logró huir al extranjero (JR, 1-2-04) como hizo en 193l el senador Modesto Maidique luego de matar  a tiros al también senador Zayas Bazán (JR, 13 y 20-6-04). Cuando el representante Mariano Corona, comandante del Ejército Libertador y director de El Cubano Libre,  fue acusado de la muerte del periodista Constantino Insua, él mismo pidió a la Cámara que se le  privase de su inmunidad. Fue absuelto en el juicio, como lo fue Vidal Morales y no así Arias, que enloqueció en el Castillo del Príncipe.

            En cuanto al pedido de supresión de la inmunidad de Caíñas Milanés, el Senado tenía interés en poner punto final cuanto antes a tan espinoso problema a fin de librarse de las presiones que por un lado sufrían sus miembros por parte del súper ministro José Manuel Alemán que, con el propósito de que no se accediera al suplicatorio, intentaba comprar a todos –oposicionistas y partidarios del régimen- con el ofrecimiento de una nutrida lista de puestos burocráticos con cargo al célebre Inciso K y  la Renta de  Lotería, y, por otro, las de la viuda de la víctima, señora Amelia Ross, que con lágrimas, pero con firmeza pedía justicia para su esposo desaparecido. Por encima de esas presiones gravitaba la mirada vigilante y fiscalizadora de la opinión pública.

BOLA NEGRA

Así, el día 27 de octubre de 1947, a las cuatro de la tarde, el comunista Juan Marinello, senador por Camagüey y vicepresidente del Senado, declaró abierta la sesión donde se dirimiría el asunto, y cinco minutos después traspasaba su responsabilidad al auténtico Miguel Suárez Fernández, senador por Las Villas y titular en propiedad del cuerpo, que había llegado tarde al ala izquierda del Capitolio. Efectuado el pase de lista, se comprobó que había quórum  para celebrar la reunión pues asistían 45 del total de los 54 senadores (eran nueve  por cada una de las seis provincias) y enseguida “Miguelito” anunció que como se  abordaría un asunto que afectaba a un miembro del Senado, la sesión sería secreta,  por lo que se desalojarían  las tribunas públicas.  Invitó además  a los periodistas a que abandonaran el local y también fueron sacados del recinto los ujieres y taquígrafos antes de que se iniciara la lectura del largo y farragoso documento del Supremo, que reproducía el auto de procesamiento por el asesinato de Arturo Vinent y la petición en cuanto a su asesino.

            Terminada la lectura, solicitó  la palabra el ortodoxo Pelayo Cuervo; demandó, a nombre de su partido, una votación nominal, de manera que quedase constancia en acta de quiénes votaban a favor del suplicatorio del Supremo y quiénes en contra. A eso  se opusieron varios senadores, entre ellos el republicano Santiago Rey que invocando preceptos legales exigió que la votación se hiciera con bolas negras y blancas, como era habitual en los casos donde se enjuiciaba  la conducta de un miembro del cuerpo. La discusión en torno a ambas propuestas parecía hacerse interminable. Ortodoxos y comunistas –había tres entonces en el Senado-  se pronunciaban  sin vacilaciones por la votación nominal, pero la mayoría de los restantes se apegaba a la idea de la votación secreta. Era un momento difícil para muchos de ellos, en especial para Carlos Prío, ministro y senador por Pinar del Río, que como parte del equipo gobernante debía votar en contra de que se le retirara la inmunidad a Caíñas, pero que como aspirante a la Presidencia de la República debía hacerlo a favor para no enajenarse el apoyo de los seguidores de Vinent.

            Al fin, por 27 votos contra 18, triunfó la propuesta de la votación secreta y dos mujeres penetraron entonces en el hemiciclo. Una portaba una copa cubierta; la otra, una caja pequeña con las bolas. Cada uno de los senadores presentes debía escoger la suya: blanca, si accedía al suplicatorio; negra, en caso contrario, y la depositarla en la copa. El conteo final arrojó las cifras siguientes: 28 bolas blancas y 17 negras. Luis Caíñas Milanés, privado de sus fueros,  debía responder ante la justicia por su crimen. Pero no llegó a hacerlo. Fuera del Capitolio, en  compañía de José Manuel Alemán, esperó el  fin de la sesión y una vez enterado del resultado del conteo de bolas  salió del país con destino a la Florida.

POSTULADO

Todo parecía haber acabado para él.  En rebeldía, los tribunales le iniciaron un proceso con exclusión de fianza. Debía ser internado en un establecimiento penal como medida preventiva y se reclamó su extradición al gobierno norteamericano, que nunca lo repatrió. Pero en la Isla Caíñas Milanés tenía amigos que trabajaban a su favor y las gestiones y el interés singular  de Alemán y del  republicano Guillermo Alonso Pujol, senador por Matanzas y aspirante, por la Coalición Auténtico Republicana, a la Vicepresidencia de la República, dieron sus resultados cuando la asamblea del Partido Auténtico en la provincia de Oriente lo postuló como representante a la Cámara.

            La viuda de Vinent, con indignación y dolor, dirigió entonces una carta al doctor Grau, cabeza cimera de ese partido. Pero no se contentó con aquella misiva al  mandatario, sino que promovió en la Junta Provincial Electoral de Oriente un recurso de impugnación  contra Caíñas  que pareció que progresaría cuando esa instancia dispuso que se le tachara de la lista de candidatos  por no gozar de todos los derechos civiles y políticos, limitados por el auto de procesamiento, y porque la Instrucción General 40 de 1944 impedía postularse a procesados por delitos políticos contra personas. Amigos y correligionarios de Caíñas, luego de insistir en su inocencia, acusaron a su vez a la parte contraria de querer barrerlo  de la escena política y de que preparaban un complot para asesinarlo, lo que impedía a Caíñas retornar a Cuba y enfrentar el juicio correspondiente.

            Mientras tanto, en Miami Beach, cómodamente instalado en la casa marcada con el número 11 de la calle Terrace, lo que era sabido tanto en Cuba como por las autoridades migratorias norteamericanas,  Caíñas  se quejaba, con amargura, de que José Manuel Alemán no lo recibía ni Alonso Pujol tampoco. Sin nada que hacer (“Nadie se acuerda de mí”, repetía)  dormía durante casi todo el día y recorría a pie  la playa por la noche.

            Nada evitó al cabo que Caíñas figurase en el ticket cameral del  Partido Auténtico y que saliera electo en los comicios del l de junio de 1948. Todavía, sin embargo, quedaba una oportunidad  para impedir su acceso a la Cámara de Representantes cuando el pleno de ese cuerpo se reuniera, el 24 de septiembre, para dictaminar sobre los certificados de elección de sus miembros. El día 23 la viuda de Vinent volvió a la carga. En una misiva dirigida  esa vez a cada una de las esposas de los legisladores les pedía que hicieran cuanto estuviese a su alcance para impedir la validación del acta de Caíñas Milanés. Decía: “Ayer la víctima fue mi esposo; mañana puede ser el de usted si quedan impunes los crímenes de esta naturaleza…”

            El día del pleno, los parlamentarios ortodoxos y comunistas pidieron la tacha del acta de Caíñas, todavía en EE. UU.  Solo un legislador auténtico, Teodoro Tejeda Setién, les dio su apoyo, velando por la higiene moral del Congreso y la República, y la propuesta, carente de votos suficientes que la respaldaran,  no progresó. La Cámara de Representantes abría así  sus puertas a un asesino.

(Fuente: En Cuba; primer tiempo (1947-1948) de Enrique de la Osa)              

Desaparecido

Desaparecido

Ciro Bianchi Ross


Con un pretexto banal los que lo procuraron lo hicieron salir a la calle oscura y desierta, mojada por la lluvia fina y pertinaz, y tras una breve plática se le vio abordar el automóvil que esperaba con el motor encendido. Antes, con un gesto, se despidió de los que seguían la escena desde el portal de la casa marcada con el número 8 de la calle Cervantes, en el reparto Sevillano. Era el 10 de diciembre de 1950 y Mauricio Báez, exiliado dominicano radicado en La Habana, había caído en la trampa. El destacado líder obrero y luchador contra la satrapía de Rafael Leónidas Trujillo desaparecía para siempre, sin dejar rastro. Nunca más volvería a saberse de él.

CAYO CONFITES

Había saltado definitivamente a los primeros planos de la actualidad dominicana cuando en 1942 organizó y condujo la huelga que paralizó al mayor central azucarero de su país. Aunque Trujillo movilizó entonces todas sus fuerzas para reprimirlo, no pudo sofocar el paro y la compañía propietaria tuvo que acceder a las demandas sindicales referidas al cumplimiento de la jornada laboral de ocho horas —y no de doce— y al aumento del 50 por ciento del salario. En cuanto cesó el movimiento, el sátrapa dispuso la persecución de Báez, que tuvo que irse a México.Desplegó en ese país una intensa campaña antitrujillista, pero en 1946 regresó a Dominicana ganado por una de las tantas ofertas de democratización que prometía Trujillo. Sobresalió de nuevo en la lucha sindical y bien pronto constató en carne propia el engaño del dictador cuando, víctima de una paliza brutal, fue dejado por muerto en plena calle.Pudo otra vez salir al exilio y en Cuba estuvo en la expedición de Cayo Confites, aquel grupo de 1 200 dominicanos y cubanos que con el apoyo del presidente Grau y de los gobiernos de Guatemala y Venezuela quiso en 1947 derrocar a Trujillo y que fue abortada por el Ejército cubano.Al saberse de la organización de la expedición, el general Marshall, secretario de Estado norteamericano, instruyó a Norweb, su embajador en La Habana: debía presionar a Grau para que la aplastara “rápida y eficazmente”. Pero Grau no era hombre fácil de presionar. Tal vez por eso se optó por invitar a Washington al mayor general Genovevo Pérez Dámera, jefe del Estado Mayor del Ejército. Permaneció allá durante los días 15 y 16 de septiembre y a su regreso procedió a desmantelar la expedición que había salido ya rumbo a su destino y que fue interceptada por unidades de la Marina de Guerra cubana.Se dice que Trujillo recompensó a Genovevo con una crecida suma de dinero. Poco después del fracaso de Cayo Confites, Juan Bosch, uno de los expedicionarios, le preguntó directamente, durante un encuentro en Guanabo, si eso era cierto. El militar rehuyó la respuesta. Dijo que si él no hubiera llegado a impedirla, todos los expedicionarios estarían muertos porque Trujillo estaba alertado y preparado para liquidarlos. Preguntó Bosch entonces cómo había logrado convencer a Grau para que le permitiera hacer lo que hizo. Le dije lo mismo, respondió Genovevo. Historiadores dominicanos llegaron a la conclusión de que el general cubano no reveló toda la verdad porque si bien el dictador estaba enterado por la Inteligencia norteamericana de lo que se gestaba, no le refirió lo que bien sabía: barcos y aviones de EE.UU. impedirían la expedición. El presidente Truman acababa de proclamar su política de contención de la influencia soviética y Trujillo era considerado por el gobierno norteamericano un aliado invaluable. 

RAMFIS

Después de Cayo Confites, Mauricio Báez prosiguió en La Habana su prédica contra la satrapía que ensangrentaba a su país. Desde su espacio en la emisora RHC-Cadena Azul atacaba al dictador y no cejaba en su denuncia de los desmanes de su representante diplomático en Cuba, el siniestro Félix Bernardino, a quien identificaba como el ejecutor principal en la Isla de los planes terroristas del déspota. Afirma el historiador dominicano Bernardo Vega que en una de esas emisiones Báez aludió a Ramfis Trujillo para decir que no era hijo del dictador, sino de un tal Rafael Dominicis, amante de María Martínez antes de su matrimonio con Trujillo. Algo parecido escribiría en Bohemia el profesor Jesús de Galíndez al asegurar que Ramfis era hijo de un cubano. Según Vega, esa afirmación costó la vida de Báez y a Galíndez, que agentes trujillistas secuestraron en Nueva York y no volvió a conocerse su paradero.  Si Ramfis era realmente hijo de Trujillo, es algo que no puede aseverar este columnista, pero sí decir que el dictador, que tenía un sentido del amor familiar exagerado y enfermizo, lo tenía como su primogénito y el preferido entre sus 40 hijos legítimos y naturales, y lo demostró cuando lo nombró coronel del ejército dominicano a los tres años de edad y lo promovió a general a los nueve.Cualquier cosa era posible en la República Dominicana donde Trujillo se autotituló Generalísimo y Padre de la Patria Nueva, dio su nombre a la capital del país, se hizo erigir más de mil monumentos, amasó una fortuna de 9 000 millones de dólares y convirtió a su tierra en un “cementerio sin cruces”. Fue un engendro macabro de EE.UU. Debutó en la vida como chulo y cuatrero y estuvo preso por falsificación y estafa, pero el ejército norteamericano, que entonces ocupaba su país, luego de utilizarlo como chivato, lo insertó en la Policía. Llegó a ser jefe de ese cuerpo y lo fue luego del Ejército. En 1930 fue electo por primera vez a la presidencia y a partir de ahí la ejerció directamente o por intermedio de familiares o amigos hasta 1961, fecha en la que comenzó a estorbar a Washington, que alentó y armó a los hombres que lo asesinaron. Su cadáver mutilado y casi irreconocible apareció embutido en el maletero de un carro abandonado en el garaje de una casa deshabitada.

IMPUNES

Los tres hombres que se personaron en la casa del reparto Sevillano en busca de Báez dieron el pretexto falso de que iban de parte del parlamentario Enrique Enríquez, cuñado del presidente Prío, “por el asunto de la máquina”, y Báez los siguió a la calle pese a que no los conocía e ignoraba de qué máquina le hablaban. Resulta inexplicable que un hombre curtido en la lucha y que sabía con qué enemigos trataba, se dejara embaucar de esa manera. Al subir mansamente al automóvil quizá evitó que lo mataran allí mismo y se tomara represalia con la familia que lo albergaba. Pronto se supo que esos sujetos eran hombres de confianza del ex parlametario Eugenio Rodríguez Cartas, que no debía ser ajeno al secuestro. No ocultaba sus simpatías por Trujillo y le debía favores, entre otros la protección que le brindó en Dominicana cuando se vio obligado a salir de Cuba luego de haber cosido a balazos al también parlamentario Carlos Frayle Goldarás, en el edificio América.Se dice que desde el Sevillano, Báez fue conducido a la finca de Rodríguez Cartas en el Wajay, de allí se le trasladó a Camagüey y desde Camagüey a la República Dominicana en un avión que despegó por la pista que Genovevo Pérez Dámera tenía en su finca La Larga. Ya para entonces Genovevo no era el jefe del Ejército. Conminado por un grupo de altos oficiales, Prío lo había destituido el 23 de agosto de 1949, entre otras cosas porque se suponía que produciría un golpe de Estado en connivencia con Trujillo. El secuestro de Mauricio Báez quedó impune.

(Fuentes: Textos de Víctor Grimaldi, Bernardo Vega, Raúl Aguiar y Enrique de la Osa)

        

                                                 

Pipi Hernández

Pipi Hernández

Ciro Bianchi Ross


Las primeras informaciones atribuyeron el crimen a móviles personales: enemistades, problemas laborales, deudas, faldas... Pero la verdad era bien distinta y no tardó en abrirse paso: aquel hombre que llegaba cadáver a la casa de socorros del Vedado, fulminado por seis cuchilladas —tres debajo de cada axila— propinadas por una mano experta y que le cruzaron literalmente el cuerpo, había sido víctima de un motivo político. Corría el mes de agosto de 1955 y, en una violación monstruosa de la soberanía nacional, las garras del chacal dominicano Rafael Leonidas Trujillo se hacían sentir nuevamente en La Habana. Cinco años antes había sido secuestrado aquí el dirigente obrero Mauricio Báez. Ahora tocaba el turno a Manuel de Jesús Hernández.Sus amigos le llamaban Pipi y sufría sobre sus espaldas un exilio que duraba ya 24 años. Junto con su familia fue pionero de la oposición a Trujillo. Se le opuso en cuanto, exaltado por el ejército de ocupación norteamericano, el otrora cuatrero y estafador logró hacerse del control del país. Su padre padeció cárcel y torturas, al igual que dos de sus hermanos, en tanto que otros dos se veían obligados también a vivir fuera de su tierra.Un destierro activo propiciaba Cuba a Pipi Hernández. Fue aquí uno de los pilares de la unidad de acción contra la dictadura y factor de peso en la integración del frente Unido Dominicano, una entidad que tras vencer divisiones enojosas consiguió nuclear a todas las fuerzas oposicionistas. Encomiables resultaron sus esfuerzos para rescatar a aquellos compatriotas suyos que luego de cruzar la frontera eran apresados por la policía haitiana.Un día, en un  bote de remos, arribó por las costas de la provincia de Oriente un grupo de dominicanos que logró escapar a la represión trujillista. Entre ellos venía uno que dijo ser oficial del ejército expulsado de las filas por su quehacer contra la dictadura. Se llamaba Ulises Sánchez Hinojosa y no se cansaba de hacer profesión de fe de su militancia democrática.El largo exilio había entrenado a Pipi Hernández en la detección de espías y soplones. No tardó en percatarse de que aquel supuesto ex militar era un agente a sueldo de Trujillo. Ese descubrimiento le costaría la vida.

ASESINO SIN FRONTERAS

Ningún otro dictador latinoamericano llegó en su momento tan lejos como Trujillo en la práctica sistemática del asesinato político. Sus hombres, para hacer hablar a los detenidos, recurrían a la aplicación de descargas eléctricas, de cigarros encendidos que aplastaban sobre la piel del apresado y de tanques llenos de agua pestilente en la que sumergían al prisionero hasta la boca durante horas y días enteros. En las cárceles trujillistas había ruedos con perros de presa adiestrados para cercenar a dentelladas a un detenido y existían en el país campos de concentración instalados en islas distantes donde no había nada de comer.Los que no se doblegaban ante la tortura morían, según los reportes oficiales, en un intento de fuga o en un accidente automovilístico o se ahorcaban en sus celdas “empujados por el remordimiento” de haberse rebelado contra el Benefactor y Padre de la Patria Nueva. Otros desaparecían para siempre pese a las pacientes y minuciosas investigaciones que la Policía decía acometer en su búsqueda. “Se perdió”, aseveraban sencillamente en esos casos. El dictador era dueño de un humor macabro. En 1931 dispuso el asesinato del senador Desiderio Arias. La misma noche del crimen se personó en la casa del difunto y, sentado junto al ataúd, veló hasta la mañana siguiente cuando decretó tres días de duelo nacional.Era un asesino sin fronteras. Con cobertura diplomática o sin ella sus agentes se movían en aquellas ciudades de América donde grupos antitrujillistas hacían sentir su presencia para infiltrarlos o asesinar a sus dirigentes connotados. Así murió en Nueva York el escritor Andrés Requena, autor de Cementerio sin cruces, y fue secuestrado el profesor Jesús de Galíndez, autor de La era de Trujillo. En esa ciudad también fue ultimado el ex diputado Sergio Bencosmo, hijo de un líder político asesinado en República Dominicana. En esa ocasión el asesino no buscaba a Bencosmo sino a Andrés Morales, jefe político de la frustrada expedición de Cayo Confites, y penetró en su apartamento. No lo encontró, pero encontró a Bencosmo y lo mató.Trujillo asimismo ordenó el complot contra la vida del ex presidente haitiano Lescot, pero la conjura se descubrió a tiempo, y dispuso el asesinato del escritor Valentín Tejada, que salvó la vida de milagro luego de haber sido cosido a puñaladas. Pipi Hernández no tuvo esa suerte.

EL CRIMEN

Cuando lo asesinaron, Pipi trabajaba como capataz en las obras del hotel Habana Hilton, entonces en construcción, y tenía mujer e hijos cubanos.Un día, antes de salir de su casa, en la calle A, 706, en el Vedado, aseguró a su esposa, Dolores Méndez Gómez, que regresaría temprano. Ella le ofreció un vaso de leche, “para que tengas el estómago despejado”, y él se despidió con un beso en la mejilla. Sería su última demostración de cariño. Poco después, sobre las diez de la noche, cuando volvía junto a los suyos, tres hombres salieron de las sombras y le cortaron el paso en la esquina de 25 y A. Dos de ellos le agarraron los brazos y se los levantaron con fuerza. El otro, con un cuchillo, trabajó con rapidez y precisión el cuerpo indefenso.La escena, oscura y solitaria, era ideal para el crimen. Cerca de allí los transeúntes indiferentes pasaban sin que les llamara la atención aquel grupo. Un marinero creyó escuchar un grito. Se acercó y precisó hombres que huían y dejaban un bulto en el suelo. Disparó contra los fugitivos, pero no pudo atajarlos. Prestó atención entonces al cuerpo que yacía en la acera, en medio de un charco de sangre. Ya Pipi Hernández estaba muerto.Días después del suceso, una ambulancia, seguida de un automóvil de la embajada dominicana, arribaba al aeropuerto de Rancho Boyeros. Del primero de los vehículos se sacó una camilla. En ella, sonriente, iba acostado un hombre que, a requerimiento de la prensa, los diplomáticos identificaron como un comerciante que había enfermado gravemente en La Habana. Los reporteros llamaron a la embajada y la respuesta entonces fue diferente: el sujeto en cuestión sufrió una caída en el estadio del Cerro. Una llamada más y la caída había ocurrido frente al torreón de la calle Marina. El encamillado, herido tal vez por una de las balas perdidas del marinero, no era otro que Emilio Sánchez Hinojosa, hermano de Ulises, el ex militar a quien Pipi había denunciado como agente del déspota. Tenía una hoja de servicio tenebrosa: salió silenciosamente de Cuba tras la desaparición de Mauricio Báez, llegó a la Isla días antes del asesinato de Pipi y estaba en Nueva York cuando ultimaron a Requena. A bordo de la nave, rumbo a Dominicana, iba también Ulises.Con el tiempo la Policía Nacional capturó a los cubanos que participaron en el asesinato, un tal Robinson (escribo de memoria) y Rafael Emilio Soler Puig, alias El Muerto, célebre por el asesinato, en 1948, del líder comunista portuario Aracelio Iglesias y una cadena de delitos que pasaban por la amenaza, la usurpación de funciones y el asalto. Aunque estuvo procesado por ambos crímenes, no pagó sus culpas por ellos. Tuvo, sin embargo, la mala idea de venir en la invasión mercenaria de Playa Girón. Capturado, no se le juzgó junto al resto de los mercenarios, sino que en compañía de otros 13 esbirros batistianos y asesinos que vinieron también en la invasión, se le siguió un juicio aparte en Santa Clara, el 8 de septiembre de 1961. Lo condenaron a muerte.

(Fuentes: Textos de Juan Jiménez Gruñón y Enrique de la Osa)

               

Papeletas

Papeletas

Ciro Bianchi Ross

Caricatura de Adan

En la Cuba del siglo XIX se hacía imprescindible obtener una licencia, y portarla en un lugar visible, para poder ejercer, vamos a llamarle así, el oficio de mendigo. Así lo cuenta nuestra vieja conocida – hemos hablado de ella aquí varias veces-  Eliza Mc Hatton-Ripley. Una norteamericana que vivió en la Isla entre 1865 y 1875 y recogió sus memorias en From flag to flag (De bandera a bandera) libro que dio a conocer en Nueva York, en 1890.

            Apunta Eliza  que los sábados las calles de la capital se llenaban de pordioseros. Muchos de ellos sucios, enfermos, deformes y repulsivos, pero que los había también de apariencia saludable y pulcramente vestidos que se hacían seguir por sirvientes que llevaban las bolsas para las limosnas.

            “Un mendicante […] pasaba con frecuencia por nuestra casa haciendo sonar una campanilla. De las diversas casas salían sirvientes que, con darle alguna moneda, adquirían el privilegio de besar una bendita, pero sucia estampa que le colgaba al cuello”,  escribe Eliza Mc Hatton-Ripley.

OTRAS LICENCIAS

Y ya que de licencias hablamos, vale recordar lo que expresa otra norteamericana, Louisa Mathilde Woodruff, que nos visitó en 1870 y recogió sus impresiones sobre nuestro país en el libro My winter in Cuba (Mi invierno en Cuba) publicado, también en Nueva York, al año siguiente.

            Dice que en La Habana, todo el que quería construir o reparar una vivienda, debía primero obtener una licencia y pagarla. Añade:

“Pero no deberá interpretarse que esto es un permiso ilimitado para bloquear la calle y poner en peligro las vidas de los paseantes desprevenidos. Cada vez que, por la noche, se encuentre en una calle cubana una pila de ladrillos, de piedras o tablones, una cama de mezcla, un hueco en el pavimento o cualquier otra cosa molesta ocasionada por la construcción, también se verá que todo ello tiene encima un poste con una linterna que lo hace visible desde lejos y que permite que pueda verse, y determinarse su naturaleza y extensión exactas. Quien no ponga ese faro será castigado con una fuerte multa. El bloqueo también deberá limitarse escrupulosamente a una tercera parte de la estrecha calle”.

VACA LECHERA

Más adelante, en su libro, Louisa Mathilde Woodruff anota algunos de los impuestos que regían en la Cuba colonial y también las licencias y permisos que se hacía necesario obtener.

            “Hay un impuesto de registro, un impuesto sobre la renta, un impuesto sobre la propiedad, la industria y el comercio. Todas las cosechas pagan un por ciento. Todos los contratos deberán hacerse en papel timbrado, suministrado por el gobierno […]

            “Deben obtenerse licencias o permisos para abrir una escuela, una tienda, un mercado o un lugar de diversión o entretenimiento público, para vender en las calles, para entrar a una profesión, para cambiar de residencia (ya sea de una casa a otra casa o de uno a otro pueblo) para dar una fiesta, por mantener un carruaje, por alquilar un esclavo, por publicar un periódico o panfleto y por viajar por la Isla, y deberá obtenerse un pasaporte para abandonarla”.

            Advierte: “La falta de esos permisos puede ser castigada con una multa”. Y expresa de inmediato: “Menos de la mitad del ingreso así obtenido se necesita para los gastos de gobierno de la Isla, el resto se envía al Gobierno de la metrópoli. No es sorprendente que Cuba haya recibido el expresivo aunque poco elegante apodo de La vaca lechera de España.

COSAS DE ETIQUETA

El Capitán General de la Isla, estuviese casado o no, no podía sentar señoras a su mesa ni cenar con hombre alguno, fuera su rango el que fuese. Lo cuenta así Mathilde Houston, otra norteamericana que estuvo por aquí y dejó sus impresiones en el libro titulado Texas and the gulf of Mexico; or yatching the New World (Texas y el golfo de México o navegando en el Nuevo Mundo) publicado en 1884. Mathilde, que viajó en compañía de su esposo -era un matrimonio adinerado- recorrieron  Madeira, Barbados, Jamaica, Belice, Nueva Orleáns, Galveston, Houston, Florida, Lousiana, Texas y La Habana. Y pasaron  también Bermudas y las islas Azores.

            Mathilde y su esposo visitaron al gobernador Valdés en el Palacio de los Capitanes Generales. Era soltero el personaje, pero se hacía acompañar por la señora Olivar, esposa del embajador español en México. Ella, dice Mathilde Houston, reside con la máxima autoridad colonial  y le asiste en la tarea de hacer los honores del palacio. “Aunque no le está permitido invitar a las damas para que cenen con él, la prohibición no se extiende a las veladas nocturnas”, afirma, y apunta como al descuido: “Me dijeron que el actual Gobernador no disfrutaba en lo más mínimo la forzada monotonía de su existencia”.

PASEO POR EL PASEO

Pasea de noche, en volanta,  Mathilde Houston por el Paseo de Tacón (actual Carlos III). Hacerlo, comenta, es el gran evento de cada día. Allí, “los chismes aumentan su cotización; cada paseante es escrutado y escudriñado; se concertan citas y las reputaciones son víctimas de la mofa”.

            Asombra a la visitante la costumbre de las cubanas. Se toman buen cuidado de que las blancas y amplias vestiduras cuelguen más abajo del estribo de las volantas, de manera que los vuelos, encajes y bordados permanezcan fuera del carruaje. Cuando la damisela que la acompañaba en su paseo  advirtió que Mathilde se recogía su vestido para preservarlo del polvo del camino y del contacto con las ruedas, la reprendió amablemente. No era elegante.

GOLPES DE ABANICO

Examina con detenimiento Mathilde a las mujeres cubanas de la clase adinerada que le toca conocer. De día, raramente se hacen visibles. De noche, sin embargo, se exhiben con ventaja. Todas usan rouge desde la niñez, aunque sus ojos negros no necesitan ciertamente de ningún maquillaje para lucir chispeantes. Ha oído hablar sobre el movimiento ondulante de la cubana al desplazarse y quiere aquí observarlo de cerca. Decepción. Las mujeres con las que alternan apenas caminan. Dice acerca de ellas: Hablan un poco y mal el francés,  se ocupan escasa e indiferentemente de la religión, flirtean.  Puntualiza: “Baten con sorprendente destreza sus grandes abanicos”.

QUÉ BUEN CHASQUIDO

Hay en La Habana del siglo XIX abanicos para todos los gustos y bolsillos. Sus precios oscilan desde los  de cincuenta centavos a los  ciento cincuenta dólares equivalentes, advierte la ya mencionada Louisa Mathilde Woodruff. Entra a una tienda para adquirir alguno y, de los baratos, el tendero dice que son mudos, o sea, incapaces del idioma de los abanicos en el que están tan versadas las cubanas y, por lo tanto, no son válidos si de coquetear con ellos se trata.

            Los caros, y mientras más caros, mejor, asegura el tendero a Louisa Mathilde, podrán a sus pies a toda la población masculina de La Habana. “¡Vea que buen chasquido tiene!, expresa, abriéndolo y cerrándolo con un traquido que casi hace salir a una fuera de la piel. Y después de haber agotado tanto el lenguaje como el gesto refiriéndose a sus perfecciones, termina con ese beso de la punta de los dedos que significa cosas indecibles”, recuerda la testimoniante.

            Aunque la escritora ni tampoco ninguna de las restantes viajeras, explica el lenguaje de los abanicos, en que tan expertas fueron las cubanas de ayer, revelaremos ahora algunas claves:

            Apoyar los labios en los padrones del abanico: No me fío.

            Abanicarse muy despacio: Me eres indiferente.             Pasar el dedo índice por las varillas: Tenemos que hablar.            Quitarse con los padrones el cabello de la frente: No me olvides.            Abanicarse con la mano izquierda: Celos. No coquetees con esa.            Salir al balcón abanicándose: Saldré luego.            Entrar en la sala cerrando el abanico: Hoy no saldré de casa.

            La calle Mercaderes, dice Louisa Mathilde, es la Broadway de La Habana, pero no menos movida y atrayente le parece la calle Obispo. Abundan en la ciudad  las joyerías hermosas. Las mercerías y las bisuterías están por doquier. Las librerías son buenas, pero escasas. Puntualiza: “Cierta tienda que hace esquina se especializa en cirios para los devotos, mostrándolos de todos los tamaños y colores, desde un inmenso polo de cera que pudiera servir de señal en una barbería hasta pequeñísimos cirios rosados, azules y blancos que servirían para iluminar salones de hadas”.

DE TIENDAS

Los lienzos y los encajes son tentadoramente baratos en La Habana de entonces; también lo son los sombreros de hojas de palma y los libros españoles. Las sedas y los rasos son muy caros, y las modistas francesas hacen su agosto pues cobran precios respetables por su trabajo.   Las tiendas  de entonces se llamaban Esperanza,  Maravilla, Deseo… y las señoras no descienden de las volantas cuando van de compras. Se hacen traer las mercancías al carruaje y seleccionan y encargan  sus preferencias. Igual sucede cuando acuden a una sorbetería. Entonces los caballeros ofrecen su diligente asistencia y son recompensados con sonrisas y significativos revoloteos y cierres de los siempre oportunos abanicos.

            Pero las extranjeras de paso por Cuba no respetan esa  norma que tanto placer provoca a las cubanas.  La inglesa Fanny Erskine Inglis, marquesa de Calderón de la Barca, en su visita de  1839, no espera en la volanta los servicios  del tendero, y, sin pensarlo, entra a las tiendas.  Es la esposa del primer embajador español en México. Lo mismo hará Mathilde Houston cuando, agobiada por el calor, en la Plaza de Armas, desea refrescar con un helado y entra a tomarlo a La Dominica. Un gran café, asegura, que será mencionado asimismo en otros testimonios de la época, con su piso de piedra, su fuente  y sus mesas de mármol, lleno a todas horas del día y de la noche por gente de muy variadas nacionalidades.

           

              

           

           

                         

Los Rough Riders

Los Rough Riders

Ciro Bianchi Ross

 

En uno de los “muñequitos” que pasa ahora la TV nacional y que ilustra lo que significaría para Cuba el llamado proceso de transición diseñado por Washington, se ve a una maestra que pretende explicar a sus alumnos el papel y las hazañas de los Rough Riders en la independencia cubana. Al final no puede cumplir su cometido porque el inevitable Pepito, que esta vez no es más que otro Elpidio Valdés, empuña la corneta mambisa para llamar a sus compañeritos al combate y la maestra y los que la prohíjan huyen despavoridos.

            El término Rough Riders ha llamado la atención de muchos telespectadores que desconocen su significado. Literalmente quiere decir “jinetes duros”. Desde el punto de vista histórico esos jinetes duros no eran otra cosa que soldados de fortuna que se sumaron al ejército norteamericano que en 1898 intervino en la guerra de Cuba contra España.

            Los mandaba el coronel Leonardo Wood, un médico que andando el tiempo sería el gobernador militar de la Isla y uno de los más fuertes defensores de la anexión de Cuba a Estados Unidos, y tenían como segundo jefe al teniente coronel Teodoro Roosevelt, futuro presidente de su país. Era un cuerpo de voluntarios que procedía en lo esencial del oeste norteamericano; cawboys reclutados entre cazadores, vaqueros y rancheros, indiferentes a peligros y privaciones en su vida de constante aventura. Entre ellos había algunos indios y más de cien jóvenes del este, ávidos también de las fuertes emociones y de las ganancias que les reportaría su participación en la contienda bélica.

            Justo es decir enseguida que no todos los jóvenes norteamericanos que se sumaron al ejército de su país para venir a Cuba eran mercenarios. Muchos de ellos, y hay que incluir aquí a los voluntarios de Nebraska, por ejemplo, pidieron ser repatriados en cuanto advirtieron el verdadero cariz de aquella guerra. Escribía al respecto el coronel William J. Bryan: “Se alistaron voluntariamente para acabar con el yugo de España en Cuba y para nada más. No se alistaron para emprender la subyugación de otros pueblos”.

            Pero no procedió así la mayoría del ejército de ocupación. Casas violentadas, comercios saqueados, robos, asesinatos y mujeres vejadas o violadas fueron el saldo de la entrada de las tropas norteamericanas, con sus Rough Riders anexos, en Santiago de Cuba, donde además de aliarse con cuanto enemigo de la independencia encontraron a su paso, pagaban cuando compraban con papel moneda de los Estados Confederados del Sur, un dinero que carecía de valor desde muchos años antes.

ANTE EL DESASTRE

Algunos autores elogian la valentía de los Rough Riders, sobre todo en la batalla de San Juan, donde entraron, se dice, en un cuerpo a cuerpo con el enemigo. Pero no es eso lo que se desprende del desesperado telegrama que desde el campo de batalla remitió Teodoro Roosevelt al senador Lodge. Expresa: “Por amor del cielo, diga al Presidente que nos envíe todos los regimientos, y, sobre todo, todas las baterías disponibles. Hasta ahora hemos ganado a coste muy alto. Estamos a no mucha distancia de un terrible desastre militar”. Es el clásico “Manden hombres que estamos ganando” y que reafirma no solo el denuedo con que los españoles defendieron sus posiciones, sino también la certeza de que sin el apoyo de los mambises y sin el genio militar del general Calixto García poco hubieran podido hacer aquellas tropas que con sus l5 regimientos de infantería, uno de ingenieros y cuatro batallones de artillería, amén de una potente escuadra naval, formaban el ejército más grande y poderoso con que se tuvo que enfrentar España en tierras de América

Para que no quepa duda del papel decisivo del Ejército Libertador en su apoyo a los norteamericanos vale recordar que el  almirante McKeala aseguró que los cubanos habían ido a salvarnos del pánico en que se  encontraban desde su llegada y que no los dejaba siquiera respirar y que no sabía cómo agradecerles en nombre del gobierno de su país que como una bendición del cielo llegaran en momentos precisos para evitar el desastre.

McKeala alude en específico a la ayuda recibida por los primeros 600 infantes de marina que desembarcaron cerca de Guantánamo y que contaron con el apoyo providencial del coronel  Enrique Thomas. Pero esa ayuda no cesaría a lo largo de toda la contienda, tanto en los combates como en el trazado de la estrategia que decidiría la victoria..

Sobre esa estrategia no lograban ponerse de acuerdo, ya frente a las costas cubanas, el almirante Sampson, jefe de la escuadra naval, y el general Shafter, jefe del 5to. Cuerpo de Ejército,  por lo que determinaron conocer la opinión de Calixto. Sampson era partidario de iniciar los combates en Santiago de Cuba con la toma del Morro, cuando lo importante era lanzarse sobre el objetivo principal, la ciudad misma. Calixto lo convenció de ello y propuso que los norteamericanos, luego de su desembarco en Daiquiri,  atacasen la urbe por el este, en tanto  los mambises lo harían por el oeste completándose así un cerco que privaría a los españoles de cualquier refuerzo.

Los norteamericanos aceptaron la estrategia de Calixto García. Entonces fuerzas bajo el mando del general Cebreco ocuparon posiciones al oeste de Santiago con la idea de interceptar la ayuda e iniciar maniobras encaminadas a distraer al enemigo. El brigadier Castillo Duany con sus hombres iniciaría la limpieza de las costas para facilitar el desembarco norteamericano. Al mismo tiempo, un fuerte contingente mambí situado cerca de Guantánamo impediría cualquier refuerzo español que desde ese punto obstaculizara o frustrara el desembarco, y los 530 hombres del coronel González Clavel tomarían el caserío de Daiquiri para apoyar a los 6 000 marinos que pisarían tierra

cubana por ese lugar.

ACTUACIÓN DESASTROSA

A partir de ese momento no hubo momento de la guerra de Cuba y Estados Unidos contra España que no pusiera de relieve el valor, la estrategia superior y la altísima moral combativa del mando y de las fuerzas cubanos.

            La actuación del ejército norteamericano fue desastrosa en Las Guásimas, donde recibieron un duro castigo de parte de los españoles, aunque al final esa y otras localidades quedaron en manos de los norteamericanos a causa de la retirada inexplicable de sus adversarios. El general Lawton, que se comprometió a ocupar El Caney en dos horas, demoró doce para conseguirlo y en ello le resultaron imprescindibles los consejos de Calixto y los refuerzos enviados por este. Ese mismo día (1 de julio) al amanecer comenzaba la batalla de San Juan. Los norteamericanos, con sus Rough Riders a cuesta,  y tropas cubanas avanzaron hacia esa posición que tomaron al fin. De los 450 españoles que la defendían, se salvaron solo 90. Los cubanos tuvieron más de 200 bajas y los norteamericanos perdieron a 1012 de sus hombres.

            Después de San Juan las posiciones cubanas se consolidaron al ocupar sucesivamente varios puntos y localidades, entre ellos la importante loma de Quintero, desde la que se dominaba todo Santiago. Pero el calor y sobre todo aquellas más de mil bajas desmoronaron al general Shafter, que comunicó a sus oficiales la decisión de retirarse de las operaciones y pedir ayuda a Washington. La retirada no se la aceptaron, pero sí la renuncia, y el alto mando norteamericano recurrió a Calixto García para confiarle la conducción de las hostilidades. No aceptó el general cubano la propuesta. Antes había recomendado a Shafter que no interrumpiera el ataque mientras que se comprometía a asaltar la ciudad desde la loma de Quintero. La interrupción de las operaciones dio a los españoles la oportunidad de reorganizarse y enviar a Santiago   refuerzos capaces de revertir su situación y copar a cubanos y norteamericanos, atormentados por la escasez de abastecimientos y las privaciones del trópico. La destrucción de la escuadra del almirante Pascual Cervera a la salida de la bahía santiaguera dio un giro inesperado a la guerra. Santiago no tardaría en rendirse y los mambises tendrían que esperar hasta el 1ro de enero de 1959 para entrar en la ciudad ya que en aquella ocasión el ejército norteamericano impidió que el Ejército Libertador y Calixto García, su Lugarteniente General, lo hicieran. Dijeron que se temía que los mambises se vengaran de los españoles, cuando en realidad fueron los norteamericanos que en aquella plaza ocupada cometieron todo tipo de abusos y atropellos, mientras mantenían en sus cargos a las autoridades españolas que los desempeñaban.

            Nada de esto hubiera dicho la maestra de los “muñequitos” aludidos arriba cuando pretendía explicar a sus alumnos las supuestas hazañas de los Rough Riders en la independencia de Cuba.

           

    

La fuga espectacular de Evangelina Cossío

La fuga espectacular de Evangelina Cossío

Ciro Bianchi Ross

 Fue, mírese como se mire, una acción audaz, si bien no puede deslindarse de la implacable campaña orquestada por cierta prensa norteamericana para apurar la intervención militar de Estados Unidos en la guerra que Cuba libraba contra España.

            En la noche del 7 de octubre de 1897, un periodista del New York Journal, una de las tantas publicaciones  del magnate William Randolph Hearst, propició la fuga de Evangelina Cossío Cisneros de la Casa de Recogidas de La Habana. Allí aguardaba su traslado a Ceuta, en África, donde debía cumplir una condena de veinte años de cárcel. Eran los tiempos del sanguinario gobernador Valeriano Weyler, y la muchacha, de belleza extraordinaria, fue conocida en el mundo como la Juana de Arco de América.

EL COMPLOT PINERO

Un tiempo antes ella se había involucrado en un complot que se proponía la captura del jefe militar de la Isla de Pinos y la proclamación de la independencia de ese territorio. Acto seguido se atacaría el cuartel de caballería de Nueva Gerona, la cuidad capital de esa isla, y, con las armas ocupadas en la instalación, una parte de los amotinados abordarían un cañonero a fin de trasladarse a la isla grande y sumarse a las fuerzas del Ejército Libertador. Muchos pineros y unos trescientos presos y deportados políticos, entre los que se encontraba el padre de Evangelina Cossío, participaban en la temeraria acción y la muchacha de diecisiete años de edad era una pieza clave en los hechos pues debía atraer a su casa, como en efecto hizo, al jefe español para que lo retuvieran.

            El enamoradizo coronel José Bérriz fue capturado y el golpe transcurrió con éxito, pero una traición impidió que se consumara. Siguió a esto unan severa represión y Bérriz, que había llegado a creerse el interés que le fingía Evangelina, se ensañó con ella. La sometieron a consejo de guerra y la condenaron.

            Hearst, en su empeño de precipitar la intervención del vacilante presidente Mckinley en la guerra cubana y en su interés por destronar a su rival Joseph Pulitzer, editor y propietario del New York World, vio los cielos abiertos al enterarse del caso de Evangelina y exclamó complacido: “Ahora la tenemos donde queríamos. Hay que iniciar un movimiento de protesta a escala internacional. ¡Ni un solo ojo puede quedarse sin llorar!”.

            Y ahí mismo comenzó la campaña del New York Journal a favor de una “delicada e inocente joven, educada en un convento, a la que los esbirros españoles amenazan con un futuro peor que la muerte”, y la campaña dio frutos inmediatos: se creó en Estados Unidos un Comité Pro Evangelina Cossío, que encabezó la Primera Dama de la nación, y se recogieron 200 000 firmas que, en reclamo de la libertad de la muchacha, se remitieron al Papa, a fin de lograr por su conducto la clemencia de la reina María Cristina, de España, quien siquiera se dignó a responder.

            Las informaciones sobre Evangelina Cossío ocupaban grandes titulares en los periódicos de Hearst y en especial en el Journal. En ellas se insistía en que la mantenían descalza y semidesnuda en la Casa de Recogidas, mal alimentada y sometida a las atrocidades más horribles y a un trato inmoral. Todo eso era falso y lo desmintió oportunamente, sin que Hearst le hiciera caso, el general Fitzhugh Lee, cónsul norteamericano en La Habana, quien, además, insistía en que la joven había participado, como ella misma reconoció, en el levantamiento de la Isla de Pinos.

            Hearst no soltaba prenda y cada mañana en sus periódicos echaba leña nueva al fuego de aquella historia en la que mezclaba la verdad y la mentira. Quería hacerla vivir durante el mayor tiempo posible y subió la parada cuando encargó a uno de sus corresponsales especiales que se trasladara a La Habana y sacara de la cárcel, a como fuera, a Evangelina Cossío.

LÁUDANO EN EL CAFÉ

Karl Decker, el periodista escogido por Hearst, llegó a la capital cubana y se alojó en el hotel Inglaterra, el preferido entonces por los corresponsales extranjeros. Le echó un vistazo a la Casa de Recogidas y consiguió, gracias al soborno, entrevistarse con Evangelina, a la que dio a entender lo que tramaba. Pronto se topó con dos hombres dispuestos a secundarlo, Tom Mallory, un irlandés aventurero, y el cubano Miguel Hernandón, a los que se sumarían Carlos Carbonell, que escondería a Evangelina en su casa, y un imprescindible cochero.

            El traslado de la muchacha a Ceuta parecía inminente, el tiempo apremiaba y Decker, desesperado, concibió una acción descabellada: acudió a la Casa de Recogidas dispuesto a sacar a Evangelina de su celda a punta de pistola, pero esa vez ni siquiera le permitieron entrar en el establecimiento penitenciario. Mallory  entonces propuso dinamitar una de sus paredes y la idea se desechó enseguida porque la explosión hubiera atraído al lugar a una numerosa tropa. En eso se recibió un mensaje de Evangelina: estaba recluida en una celda de la segunda planta del edificio y el calabozo tenía una ventana con barrotes que daba a la azotea. Había una casa deshabitada a un costado de las Recogidas, un inmueble de dos pisos, cuya azotea quedaba aproximadamente al mismo nivel de la de la cárcel, de la que lo separaba solo un callejón estrecho, y Decker, que tenía fondos ilimitados para la aventura, no vaciló en alquilarla.

            El periodista y su grupo procederían así: pasarían de una azotea a otra gracias a una escalera de mano que tenderían entre los muros de ambos edificios. Un mensaje a Evangelina la instruyó para que estuviera preparada en la medianoche del día 6 de octubre, y ella respondió que lo estaría y avisó que desde tres días antes, con unas gotas de láudano que adicionaba al café, ponía a dormir temprano a sus compañeras de celda y al custodio que velaba junto a ella.

A BOMBO Y PLATILLO

La escalera resultó no tener el largo suficiente y quedó apoyada en solo tres o cuatro pulgadas de los muros. Hernandón, haciendo maromas, pasó el primero, y luego lo hicieron en periodista y el irlandés. A gatas llegaron a la ventana de la celda donde Evangelina esperaba al borde del ataque de nervios. Los barrotes que debían aserrar eran más gruesos y resistentes de lo que suponían y todos se aferraron a uno de ellos y con todas sus fuerzas consiguieron doblarlo para abrir el pequeño espacio por donde, a duras penas, pasó Evangelina.

            El cruce de un edificio a otro fue riesgoso para la muchacha, pero Hernandón, que volvió a abrir el camino, hizo prodigios de equilibrio, se sostuvo en el extremo y la ayudó en el tránsito. Ya en el interior de la casa, los hombres bebieron una copa de brandy y Hernandón acompañó a Evangelina hasta el coche que la aguardaba a unas tres cuadras de distancia y que la trasladaría hasta la casa de Carbonell. Despuntaba la mañana del 7 de octubre.

              Pocos días después, vestida de hombre y con la abundante cabellera oculta en el sombrero, Evangelina Cossío Cisneros abordaba el vapor Séneca que la llevaría a Estados Unidos. Carbonell discretamente la seguía de cerca, y Decker, sentado a una mesa del café de Luz, vio deslizarse el paquebote hasta el canal del puerto. Al día siguiente el periodista escapaba a Panamá.

            Evangelina fue recibida en Estados Unidos con bombos y platillos. Miles de personas la aclamaron en Nueva York y se le hizo una recepción grandiosa en Madison Square.  El Presidente la recibió en la Casa Blanca  y la agasajaron en el Congreso y las familias más conspicuas. Cien mil monedas de plata –de 5, 10 y 25 dólares- se fundieron en su honor, como souvenir. Hearst aseveró: “¡Un periódico norteamericano logra con un golpe lo que no pudo la diplomacia de Estados Unidos!”

            Allí Evangelina Cossío se casó, en primera nupcias, con Carlos Carbonell, que, ya en la República, fundó el Club Náutico de Marianao. En los años cincuenta del siglo pasado todavía vivía, pero la existencia no parecía haberle sonreído a juzgar por lo modesto de su morada en La Habana vieja. En una entrevista que concedió en esa época confesó su añoranza por el pasado y su esperanza de un porvenir mejor para Cuba.

El último embajador

El último embajador

Ciro Bianchi Ross

 

Cuando se rompieron las relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos, ya  Philip Wilson  Bonsal, el último de los embajadores norteamericanos acreditados  en La Habana, había vuelto a Washington, luego de poner la representación diplomática en manos de un encargado de negocios. Cuando se produjo la ruptura,  las relaciones entre los dos países, de hecho,  estaban rotas.  Lo que se rompió formalmente el 3 de enero de 1961 fue una ficción, un fantasma, algo que no existía a consecuencia  de la política de hostigamiento y agresión que la administración del presidente Eisenhower implementó contra Cuba desde el mismo momento del triunfo de la Revolución, el primero de enero de 1959, y que llega hasta hoy.

            Sus dos antecesores inmediatos, Arthur Gardner y Earl E. T.  Smith,  fueron desastrosos. Más que como el embajador norteamericano en Cuba, el primero  se proyectó  como el representante de la ITT en La Habana a fin de lograr del gobierno la autorización para el incremento de las tarifas telefónicas  y fue capaz de brindar por el dictador Fulgencio Batista en un banquete que tuvo lugar al día siguiente de los sucesos tristemente célebres de la calle  Humbolt, donde cuatro líderes estudiantiles fueron asesinados por la policía batistiana. Smith, que a nombre de Batista ofrecía fiestas “cubanas” en el Waldorf Astoria, no pasó de ser un servidor fiel del déspota. Tan escandalosa fue su actitud a favor de Batista que la propia colonia norteamericana en Cuba solicitó a Washington  su relevo a la caída de la dictadura, lo que obligó a Smith a renunciar el 10 de enero.

            “De continuarse con la presente política norteamericana con respecto a Cuba, los Estados Unidos se quedarán con un solo amigo, el dictador Fulgencio Batista”,  había escrito, en marzo de 1958, en The New York Times,  el periodista Homer Brigart luego  de una estancia en la Isla. Diez meses después se  esperaba que EE UU hubiese aprendido de sus errores,  y algunos  norteamericanos  propusieron al Departamento de Estado que Herbert  L. Matthews, un brillante periodista  que en 1957  subió a la Sierra Maestra y entrevistó a Fidel Castro, fuese el sustituto de Smith. No hay indicios  que Washington considerara esa propuesta y cuando parecía que el nuevo embajador sería Robert Woodward que, con igual rango, se desempeñaba en Montevideo, Washington decidía mover hacia La Habana a Philip Bonsal,  su embajador en Bolivia.

TRAYECTORIA

            Su carrera diplomática había comenzado precisamente en la capital cubana. A fines de los años 30 Bonsal vino a Cuba como empleado de la ITT y juró aquí como vicecónsul de su país. Recibió  el  primer ascenso pocos meses después cuando se le nombró secretario de tercera de su embajada. No permanecería mucho tiempo en La Habana. Llamado a Washington, se vio adscrito a la División de Repúblicas Americanas del Departamento de Estado, pero ya en 1940 se le designó director interino de ese departamento y más tarde, su director en propiedad.

            Con esa experiencia se le promovió a secretario de segunda clase, y se desempeñó  en Madrid, durante tres años, como encargado de negocios ad-interim. Pasó luego a Holanda y de ahí a París como asesor del embajador Harriman,  administrador de la Cooperación Económica con Europa que  impulsaba los planes Marshall y Truman en el Viejo Continente. Fue ministro consejero en Francia y en 1951 regresó a Washington como director de la Oficina de Filipinas y del Sudeste Asiático.

            En 1955 se le designó embajador en Colombia. No lo sería por mucho tiempo. Fue relevado discretamente  cuando el presidente Rojas Pinillas pidió a Washington que su representante  tuviese más relaciones con el  gobierno que con la oposición. Se le ubicó entonces en la delegación  norteamericana ante la ONU hasta que se decidió su designación en Bolivia. De ahí, a La Habana. Presentó sus cartas credenciales el 4 de marzo de 1959.  Tenía 56 años de edad.

            Era hijo del periodista y diplomático Stephen Bonsal, autor de dos libros sobre Cuba, uno de los cuales, The Fight  for Santiago, narra sucesos de la guerra hispano cubano americana, de los  que el autor fue testigo de primera mano. Como representante de su país, Stephen cumplió importantes misiones, una de ellas en México, en los días de la revolución. Philip, que hizo estudios elementales en Suiza y se graduó en la universidad de Yale, dominaba el francés, el italiano, el alemán y el español.

UN PROBLEMA DIFÍCIL

            “Mr. Bonsal está preparado, por su carácter, sus cualidades personales, sus convicciones democráticas y su experiencia para representar a su país en Cuba durante este periodo crítico”, expresó con motivo de su designación el comentarista político cubano Herminio Portell Vilá.  Matthews, en The New York Times, dijo por su parte: “El más difícil problema diplomático que encara ahora el Departamento de Estado es Cuba. Durante muchos años los Estados Unidos favorecieron al general Batista. (…) le vendieron armas con las cuales mataba a otros cubanos, armas supervisadas por la misión militar norteamericana que está todavía en Cuba. Los Estados Unidos tenían en Cuba una comunidad de negocios pro Batista en manos de norteamericanos, y el embajador Smith ha sido señalado como hostil a Fidel Castro, el hombre que es un héroe para la mayoría de sus compatriotas y que, obviamente, estaba ganando la guerra desde hacía meses”.

            Bonsal, sin embargo, sería incapaz de percatarse de lo que realmente sucedía en la Isla. Diría en sus memorias:

            En la Cuba de antes de Castro, la desbordante presencia norteamericana en términos geopolíticos era un permanente recordatorio de la naturaleza imperfecta de la soberanía cubana. Valorada por algunos como una garantía de estabilidad y del mantenimiento de lo que era en general una forma de vida satisfactoria, era rechazada por otros como una trasgresión intolerable de la independencia y la dignidad del pueblo cubano. Yo sospecho que la mayoría de los cubanos pensantes la consideraban como un hecho de la realidad contra el cual era inútil luchar. Después de todo, ello significaba para Cuba un número de ventajas económicas aparentemente irremplazables”.

            Pero no culpemos totalmente a Mr. Bonsal. Nadie supera sus propios límites. Fue, a juicio  de Luis Ortega, periodista cubano radicado en EE UU,  un diplomático que actuó con inteligencia en defensa de su país y que en defensa de su país hizo todo lo que estuvo a su alcance para presionar, frenar y domesticar la Revolución.  No lo consiguió.  No lo podía conseguir.

ESCALADA

La acogida que el gobierno norteamericano brindó a los asesinos y ladrones que huyeron de Cuba tras la caída de la dictadura de Batista, fue el primer acto hostil de Washington contra La Habana, y bien pronto comenzó en EE UU una bien orquestada campaña  encaminada a denigrar a la Revolución, a la que se acusaba de acometer una “purga sangrienta” por  los juicios a los que sometía a asesinos y torturadores del batistato. En junio de 1959 el gobierno de Eisenhower comenzaba a fabricar la contrarrevolución cubana cuando la subcomisión de Seguridad Interna del Senado concedía audiencias a criminales prófugos, desertores del Ejército Rebelde y de organizaciones revolucionarias  y políticos desplazados del panorama nacional cubano. El 8 de julio del propio año el Congreso norteamericano apuntaba directamente al corazón de la economía cubana al concederle al Presidente mayores facultades para suspender la ayuda a todo país que confiscara propiedades estadounidenses sin una justa compensación inmediata. En agosto, dos funcionarios de la embajada de EE UU eran apresados, y liberados luego, mientras participaban en una reunión con  elementos contrarrevolucionarios: programaban  actos de sabotaje en coordinación con  el plan de invasión a Cuba desde  la República Dominicana.

            A partir de ahí se suceden los sabotajes principalmente contra objetivos económicos. El más cruento de ellos, en esa época,  fue el de la voladura, en el puerto habanero, del vapor la Coubre, que traía a bordo un importante cargamento de armas compradas en Bélgica. Dejó un saldo de 101 muertos y más de 200 heridos. Eran del conocimiento de las autoridades cubanas los esfuerzos del cónsul norteamericano en Amberes para evitar ese embarque. Meses antes de este suceso, el 11 de diciembre de 1959, Allen Dulles, director de la CIA, proponía al Consejo de Seguridad de EE UU cuatro acciones para derrocar a la Revolución Cubana, una de las cuales consideraba cuidadosamente la eliminación física de Fidel Castro. Ya el 17 de marzo Eisenhower ordenaba  a Dulles la preparación de una fuerza armada de cubanos exiliados que se utilizaría en una invasión a Cuba.

            Refinerías norteamericanas asentadas en la Isla se negaron a refinar el petróleo soviético adquirido por Cuba. El país no tuvo más alternativa que intervenirlas. Como respuesta, Washington dispuso la rebaja de 700 000 toneladas de azúcar de la cuota asignada a Cuba y poco después suspendió las operaciones de la planta de níquel de Nicaro, en el oriente cubano. El 19 de octubre de 1960 se implementa el primer paso del bloqueo económico que dura hasta hoy cuando Eisenhower dispone la suspensión de las exportaciones norteamericanas a Cuba, con excepción de los alimentos y las medicinas, y el 16 de diciembre cancela la cuota azucarera. La prohibición de los viajes de norteamericanos a la Isla y el requerimiento de valerse de un pasaporte especial para hacerlo, data asimismo de esta época. Se dictó el 16 de enero de 1961.

MIENTRAS TANTO…

La Revolución no detenía su marcha ni el pueblo y los dirigentes cubanos se amedrentaban.

            En marzo del 59 el Gobierno Revolucionario disponía la intervención de la Cuban Telephone Co. El 17 de mayo siguiente promulgaba la ley de la reforma agraria, y poco después, se decidía la rebaja de las tarifas eléctricas. En agosto de 1960 Cuba nacionalizaba las refinerías de petróleo y los centrales azucareros de propiedad norteamericana, así como las compañías de teléfono y de electricidad. En octubre, una nueva ley de nacionalización comprendía  a los bancos extranjeros (menos a los canadienses) y a otras 328 grandes empresas. Y en noviembre se nacionalizan las empresas norteamericanas que habían quedado fuera de las medidas anteriores. Fue la respuesta al embargo de mercancías destinadas a Cuba. Al mismo tiempo, el pueblo fortalecía su defensa. En octubre de 1959 se creaban las Milicias Nacionales Revolucionarias, y en septiembre del 60 surgían los Comités de Defensa de la Revolución.

            El embajador Bonsal debió haber pasado en La Habana los momentos más amargos de su vida. No permanecía ciertamente con las manos cruzadas. Cursaba notas de protesta. Se entrevistaba con el presidente Dorticós. Hablaba con Fidel Castro en persona. De manera verbal o por escrito expresaba Bonsal  “la preocupación seria del gobierno de los Estados Unidos respecto al estado actual de las relaciones con  Cuba”. Le intranquilizaban, decía, “lo que parecían ser esfuerzos deliberados y concertados en Cuba de sustituir la tradicional amistad entre los pueblos cubano y norteamericano que son ajenos al expresado deseo de ambos gobiernos de mantener buenas relaciones”. Mentía: “Estados Unidos ha observado y seguirá observando una política de no intervención en los asuntos internos de Cuba, y hace cumplir, en la forma más cabal a su alcance, la Ley de Neutralidad, las leyes aduanales y otras legislaciones que prohíben ciertas actividades contra gobiernos extranjeros por personas residentes en los Estados Unidos”. Volvía mentir: “El gobierno de los Estados Unidos no puede hacer otra cosa que rechazar con indignación toda inferencia de que el gobierno de los Estados Unidos, sus funcionarios o el pueblo de los Estados Unidos han apoyado o mirado con pasividad las actividades ilegales contra el gobierno de Cuba”.

            Los hechos lo desmentían. Vale recordar, a modo de ejemplos, la revocación de la licencia para vender helicópteros norteamericanos a la Isla, la suspensión del servicio de inspección en puertos cubanos de frutas y vegetales con destino a EE UU, el boicot contra barcos que procedentes de Cuba tuvieran como destino puertos de  la costa atlántica norteamericana y la autorización de las trasmisiones por onda corta de programas redactados por los llamados “refugiados cubanos” y el Servicio de Información de los EE UU… Washington reparaba ya, sin embozo ni recato, la agresión mercenaria de Bahía de Cochinos.

            Llegó así el 2 de enero de 1961. Bonsal no estaba ya en La Habana y su  encargado de negocios recibió una nota de protesta del gobierno cubano: “Como consecuencia directa de las actividades de espionaje y subversión de los funcionarios de la embajada norteamericana en Cuba, el Gobierno revolucionario de Cuba solicita del gobierno de los Estados Unidos la limitación de su personal diplomático y consular en La Habana al número de once personas, el mismo mantenido por el gobierno de Cuba en la ciudad de Washington y acorde con los principios y costumbres establecidos respecto a ello en las relaciones internacionales”.

            Washington reaccionó con violencia. Pasando de victimario a víctima calificó el documento como “el último de una serie de hostigamientos, acusaciones infundadas y vilipendios”, y rompió formalmente las relaciones que ya no existían.

            Años después, Philip W. Bonsal publicó un ensayo sobre Cuba. Es, desde luego, un texto contra la Revolución, aunque no oculte la admiración de su autor por Fidel Castro. Reconoce incluso al dirigente  algunas cualidades, como la del carisma.  Dice en sus páginas en los momentos en que escribe la Revolución Cubana se hallaba   en su recta final. De nuevo Bonsal se equivocaba. El ensayo en cuestión es de 1967.